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Textos

Ana Martínez Castillo Mercedes Cano Pérez Ilustraciones

Sofía Martínez Gonzálezas

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En 1912 E

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2 Edimburgo

era una ciudad gris. Su invierno era cruel: el frío silbaba en las callejas y miles de faroles iluminaban las casas en una noche perpetua. La gente paseaba triste. Todos los días se ponía a llover cuando intentaban pensar en momentos felices. Las calles de Edimburgo eran estrechas y frías. Nadie quería estar en ellas demasiado tiempo. Por eso, cuando un niño se perdía o cuando sus padres se morían o se cansaban de él, iba a parar al orfanato, en el centro de la ciudad.

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El Orfanato e

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o era una

casa grande, llena de puertas, de cuadros, de esquinas y cucarachas. Fue fundado hacía mucho tiempo por dos hermanos con vocación coleccionista, Elka y Apoluniuz Kowalski. Habían llegado de Polonia para hacer dinero, pero ninguno de sus negocios funcionó. Ninguno salvo el orfanato. Allí podían coleccionar niños flacos, niños feos, niños rubios y morenos, niños minúsculos con piojos descomunales. Pero sobre todo coleccionaban niños raros que nunca eran adoptados.

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Una ta

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a tarde de

diciembre el timbre de la mansión se escuchó por primera vez en muchos años. Sonó con un ruido metálico, como una tos de anciana. Dic, doc. Una pareja joven esperaba al otro lado de la puerta. Margaret y Víctor Sinclair habían sufrido mucho. Habían esperado tener un niño, sentirlo crecer despacio, como una crisálida. Pero eso no pasó nunca. Creían que allí estaría el niño o la niña que el destino les había negado.

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La puerta s

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a se abrió

con un crujido.

correteen por toda la casa.

Los hermanos Kowalski se miraron de reojo y dejaron ver una sonrisa forzada, como de cartón.

—Hacen un ruido insoportable y lo ponen todo perdido —añadió la señora Kowalski torciendo los labios con una mueca de asco.

—Pasen, pasen —dijeron enseñando los dientes llenos de caries—, seguro que aquí encontrarán lo que buscan.

—Si lo desean, pueden conocerlos ustedes mismos. —Elka Kowalski hizo tintinear un manojo de llaves— Pero no entren en la última habitación. Esa está cerrada.

La pareja, muy educada, asintió con un leve movimiento de cabeza y siguió a los dueños del orfanato. Cruzaron puertas, pasillos, doblaron esquinas alfombradas, caminaron hacia lo más profundo de aquella casa que parecía un laberinto con goteras.

La pareja sonrió y comenzó a recorrer el largo pasillo.

El señor Kowalski se detuvo ante un oscuro corredor en el que se abrían ocho puertas. —Aquí viven nuestros siete niños. Los encerramos con llave porque no nos gusta que

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A Marius n

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s nunca

lo llamaban por su nombre. Se le conocía en el orfanato con el apodo de Niño Peste, aunque nadie lo nombraba nunca. Los motivos de su pestilencia eran desconocidos, pero sin duda explicaban la causa de su abandono.

dormían, durmiendo cuando todos jugaban, preguntándose a todas horas por qué a nadie le interesaba conocer la belleza de su corazón.

Definir su olor es difícil. Podría decirse que era una mezcla de rata atropellada, gato dormido, bistec en mal estado, madera mojada, granja de gallinas, lentejas hechas hace dos semanas, baño público en un día de feria de ganado. El mal olor lo envolvía como un jersey. Los niños sabían que Marius se acercaba porque una fetidez a huevos pasados lo anunciaba antes de llegar. Por mucho que se bañara el olor seguía ahí. Era eso y mucho más lo que hacía que Marius viviera apartado, comiendo cuando todos

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Desde p

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e pequeña

Charlotte tenía una manía muy rara. Le gustaba enterrar a sus muñecas en el patio trasero de su casa. Esa costumbre, que al principio parecía inocente, fue volviéndose más siniestra: la niña empezó a abrir los cuerpecitos de trapo para ver qué tenían dentro. Quería saber de qué habían muerto sus muñecas. Miraba detrás de sus ojos de cristal, arañaba la porcelana de la que estaban hechas, sacaba los rellenos de lana, analizaba corazones y estómagos imaginarios y, por último, las cosía con una perfecta cicatriz de hilo.

salmos en latín con voz de ultratumba. El jardín se convirtió en un camposanto de muñecas que compartían su descanso eterno con los dientes perdidos de la infancia y las mascotas fallecidas de las ancianas del barrio. Parece ser que la niña fue al orfanato voluntariamente, muy triste tras la misteriosa desaparición de sus padres. Llegó con su pala de enterradora (su juguete preferido) y su traje de viuda. Se presentó a la señora Kowalski y le ofreció cuidar el jardín, que desde entonces fue la envidia de las vecinas.

Después les hacía entierros en los que se vestía de negro y lloraba durante horas. Su imagen de viuda preocupaba a sus padres. Ellos no entendían los suspiros de tristeza que Charlotte lanzaba al aire, ni por qué recitaba

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El favorito d

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o de la señora

Kowalski era Adam.

La ayudaba a tenerlo todo muy limpio. Adam había llegado al orfanato a través del alcantarillado público de Edimburgo. Llenas de reptiles, ratas y fantasmas, esa red subterránea era el cómodo hogar del niño Adam.

la cloaca frente al orfanato. En lugar de la oscuridad de siempre, vio en el fondo de la alcantarilla dos ojillos suplicantes, decididos a comer lo que tirase. Así nació una amistad que duró para siempre.

Allí podía comer lo que quisiera. Era un lugar sin madres cabezonas empeñadas en hacerle tragar su ración semanal de espinacas. El niño Adam disfrutaba de un menú propio de un príncipe: ranas perdidas (atraídas por la humedad de las tuberías), crías de ratas, cucarachas crujientes de todos los tamaños, arañas deliciosas y cabezas de pescado. Una mañana, tras la limpieza semanal, la señora Kowalski fue a tirar el agua sucia a

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El dormi to

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mi torio de

de Robert no era solo el dormitorio de

un niño.

Era también el archivo más completo de libros de magia de todo Edimburgo. Robert tenía alma de bibliotecario, aspecto de bibliotecario, humor de bibliotecario. Sabía que con la ayuda de sus viejos libros era capaz de resolver cualquier misterio. Porque el mundo, según Robert, estaba lleno de misterios. Y sobre todo el Orfanato. Robert había resuelto, gracias a sus manuales de magia, el motivo por el que las puertas de la casa crujían. Había anunciado que muy pronto estallarían dos guerras mundiales y que habría una tercera que terminaría hasta con el zumbido de las moscas. En las largas noches de insomnio, había llegado

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a pensar que el orfanato era un espejismo. Que era como una sombra que no se refleja en los espejos. Tanto estudio había hecho de Robert un niño antipático que no confiaba en nadie. Por eso, cuando los Sinclair entraron en su habitación para conocerlo, apenas levantó los ojos de la enciclopedia que estaba leyendo. Carraspeó como un anciano y dijo: —El papel de flores de las paredes, las pelusas y el timbre de la entrada, los señores Kowalski e incluso yo mismo no somos más que sombras. Estoy investigando el origen de tales alucinaciones, qué mente malvada las produce. Todos pensaban que Robert estaba loco. El matrimonio Sinclair salió de la habitación con la misma impresión.

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Los se単ores K

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s Kowalski

nunca supieron si Raluca era una niña o eran dos. A veces se la veía en la cocina y un segundo más tarde la encontraban correteando por el jardín. En ocasiones la señora Elka la vestía con su falda escocesa, se daba la vuelta un monento para cogerle los zapatos, y de pronto la niña aparecía vestida con su traje negro de los domingos.

la hora de la cena con su larga melena oscura. De hecho, el niño Robert estaba cansado de decir que Raluca y una niña como ella paseaban de la mano cada noche por el pasillo. Caminaban muy despacito, entre susurros, como si estuvieran contándose algún secreto.

Además, se diría que comía por dos. Rebañaba su plato como una niña buena y al rato bajaba al comedor suplicando un poco de sopa porque estaba hambrienta. Nadie en el orfanato sabía muy bien si sus ojos eran azules o castaños. El colmo fue el día en que le raparon el pelo tras una epidemia de piojos. Raluca apareció a

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Edgardo s

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o se había

quedado huérfano a los pocos meses de nacer.

pasar la noche en vela contemplándolo para no olvidar nunca su rostro.

Su madre era una muchacha muy bella y delicada que, según le dijeron, trabajaba por las noches en una estrecha callejuela de la ciudad vieja. Una enfermedad llamada tuberculosis la fue apagando poco a poco. En ocasiones Edgardo cerraba los ojos, los apretaba mucho, mucho y trataba de rescatar los recuerdos de su madre, pero sólo había sobrevivido el tacto de una mano fría en un cuartucho húmedo.

Edgardo suspiraba y, a la luz de un candil, escribía largos poemas a su madre muerta. Otras veces le hablaba. Lleno de tristeza y de un poco de locura, creía que le respondía con consejos maternales desde el lienzo. Aunque Edgardo había dedicado su corta vida a recordarla, en el fondo sabía que ella no volvería nunca más. Nunca más.

Deseaba con todas sus fuerzas que ella estuviera allí y lo abrazara cuando tenía fiebre, que lo meciera cuando algún niño le quitaba un juguete, que lo arropara al acostarse. Edgardo sólo conservaba de su madre un retrato, dibujado por algún enamorado, y solía

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Los padres d

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s de Elliot

eran muy supersticiosos, como todos los granjeros de las Tierras Altas de Escocia. Dormían con un cuchillo debajo de la almohada para dar esquinazo a las brujas y en Halloween colocaban en la puerta cruces hechas con hojas de fresno. Evitaban los caminos por la noche para no tropezarse con el perro negro, señal de que uno iba a morirse en menos que canta un gallo, y recitaban largas oraciones en gaélico que espantaban a los muertos más bromistas. Elliot también era muy supersticioso. Por eso tenía miedo de que algún espíritu robara el aliento de sus padres mientras dormían. Había brujas capaces de hacer eso. Elliot se levantaba sigiloso y pasaba horas contemplando el vaivén de la respiración de sus padres. Si alguna bruja

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intentaba hacerles daño él podría espantarla. Una noche su padre se despertó con el estrépito de sus propios ronquidos y vio al pequeño Elliot vigilando, con la mirada perdida y agarrado al dosel de la cama. Sintió un escalofrío y creyó ver en su propio hijo el vivo retrato de la muerte que los acechaba. Recordó de golpe todos los cuentos de miedo que había escuchado en su infancia. Nunca pudo recuperarse del susto. A la mañana siguiente, Elliot se vio en la calle con su traje menos viejo y perfumado de colonia. Su madre había metido todas sus cosas de niño pobre en una pequeña maleta: una muda y un ejemplar manoseado de la Biblia. Así fue como Elliot echó a andar y llegó al orfanato.

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Margaret S

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t Sinclair

cerró tras de sí la puerta de la última habitación y lanzó un suspiro.

Sin hacer apenas ruido, giraron la llave en la cerradura de la octava puerta.

Estaba segura de que ninguno de esos huérfanos era para ellos. Eran niños demasiado extraños. Su marido la abrazó y se dieron la vuelta para volver a casa. La señora Sinclair se paró en mitad del pasillo. Aún quedaba una puerta por abrir. —No podemos entrar ahí, cariño. Esa habitación está cerrada. —dijo el señor Sinclair. Su esposa hizo tintinear las llaves en la mano. —La casa es muy grande, Víctor, no se enterarán si echamos un vistazo. Quizá ahí esté el único niño normal de todo el orfanato.

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La habi ta

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bi tación tenía

un olor apolillado y

antiguo.

Los señores Sinclair miraron a su alrededor y no vieron a nadie. Un montón de muebles viejos llenaba los rincones. Solo se escuchaba el continuo masticar de las carcomas. De las paredes colgaban cuadros llenos de polvo, fotografías color sepia, grabados, retratos desgastados por el paso de los años. El señor Sinclair tomó a su esposa del brazo para marcharse, pero los ojos de ella se fijaron por casualidad en una fotografía que colgaba sobre la chimenea. Se acercó y miró la imagen de cerca. Era una foto de grupo.

retrato podía leerse: Edimburgo, 1880. La señora Sinclair frunció el ceño. Había algo raro en aquella foto. Era de hacía más de treinta años. Junto a ella colgaba un grabado descolorido por el tiempo. Y allí estaba Raluca, Adam, Charlotte y todos los demás, peinados con bucles a la moda del siglo XVIII. Un poco más allá, la señora Sinclair descubrió una pintura en la que los niños y los señores Kowalski aparecían vistiendo ropas desgastadas de la gente pobre del siglo XVII.

En segundo plano posaban los hermanos Kowalski con su mirada agria. Delante de ellos sonreían a la cámara los siete niños del orfanato, con las bocas abiertas como si estuvieran diciendo “patata”. Al pie del

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La habita c

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a ción se llenó

del aliento frío de diciembre. Una ráfaga de aire sopló y los cortinajes se movieron. Alguien carraspeó a su espalda. La señora Sinclair dio un respingo cuando escuchó la voz de Elka Kowalski:

Como el que acaba de ver un fantasma. Sin mirar atrás.

—Qué gente más maleducada. Manoseando todos nuestros recuerdos, cotilleando entre nuestras cosas. Hay que tener poca vergüenza. La señora Sinclair se llevó las manos a la boca y dejó caer las llaves al suelo. Desde el quicio de la puerta los señores Kowalski los miraban enfadados. A través de sus cuerpos medio transparentes se adivinaba el pasillo, el inicio de la escalera, el papel pintado. Después desaparecieron como si nunca hubieran estado allí. El señor Sinclair arrastró a su mujer hacia la puerta y echaron a correr con toda su alma.

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Nadie ech贸 e

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ó en falta Orfanato Para ser exactos nadie recordaba que en aquella parte de Edimburgo hubiera uno. Los señores Sinclair pasearon alguna vez por esa misma calle y tan sólo encontraron un solar vacío, en el que un gato se lamía la pata con su lengua rugosa. Las ancianas, encogidas junto al fuego en las noches de lluvia, solían contar historias. Relatos de aparecidos. Cuentos de espectros que se presentan sin motivo a las gentes de bien. Edimburgo es una ciudad llena de fantasmas. Y en ocasiones ocurren cosas así. Así de raras.

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