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PRÓLOGO Vacuna contra el virus demoníaco Por Alexis Oliva Hubo un largo tiempo en que fue teoría oficial. Gestada en el entorno intelectual de Raúl Alfonsín, su partida de nacimiento es la frase de Ernesto Sábato en el prólogo del Informe Nunca Más, de la Conadep: “Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda”. Desde entonces, la teoría de los dos demonios operó como una implícita justificación del terrorismo de Estado: aquello fue una guerra entre aparatos militares, en la que la izquierda “tiró la primera piedra” y la derecha respondió con excesos; el resto de la sociedad fue rehén de esa guerra; la única violencia fue la de las armas, tan condenable si se ejercía desde la sociedad civil o desde el aparato represivo del Estado. Las diferencias cuantitativas y cualitativas no importaban; tampoco si se combatía en contra o a favor de un orden social injusto y criminal. Con datos, argumentos, contexto, memoria y verdad, este trabajo de Familiares –editado por primera vez en 2006, a treinta años del inicio de la última dictadura– se ocupa de refutar la urdimbre de mentiras que componen esa matriz interpretativa, que gobernó por muchos años el abordaje de los años 70 y fundamentó los pacificadores indultos de Carlos Menem en 1989-90. Vigente como tesis estatal durante más de dos décadas, fue derogada en el acto del 24 de marzo de 2004 en la ESMA, cuando el entonces presidente Néstor Kirchner pidió perdón de parte del Estado nacional por la vergüenza de haber callado durante veinte años de democracia por tantas atrocidades; y agregó: “No es rencor ni odio lo que nos guía; me guía la justicia y la lucha contra la impunidad. Los que hicieron este hecho tenebroso y macabro de tantos campos de concentración, como fue la ESMA, tienen un solo nombre: son asesinos repudiados por el pueblo argentino. Al contrario, quienes allí murieron eran la generación que creyó y sigue creyendo en los que quedamos que este país se puede cambiar”.

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Esa definición política se tradujo en justicia institucional, con la anulación de las leyes de impunidad y el impulso a los juicios a los represores. Alumbró, también, una nueva visión del terrorismo de Estado como brazo ejecutor de una dictadura cívico-militar-eclesiástica. Sin embargo, la teoría de los dos demonios se reinventa y sigue activa, invocada por figuras políticas como el gobernador cordobés José Manuel de la Sota, quien justo en la jornada inaugural del juicio por la megacausa La Perla/La Ribera manifestó: El grupo de conducción de esta guerrilla antiargentina mandó a la muerte a miles de jóvenes. Se enamoraron de las armas y de la violencia y llevaron a miles de jóvenes idealistas a la muerte; sin embargo, siguen libres y algunos de ellos están en el gobierno o son asesores. O reciclada en editoriales de la prensa hegemónica de Córdoba, como el publicado el 24 de marzo de 2009: “La violencia y el terrorismo tanto el terrorismo revolucionario como el terrorismo de Estado le hicieron un daño inmenso a la sociedad argentina”. Desde esa visión integral, el drama comenzó primero, con la insurgencia revolucionaria de izquierda (Montoneros, ERP, FAR y otros), lanzados a una estrategia de toma del poder por la vía armada, desafío que el poder respondió con la represión ilegal y, finalmente, apelando al terrorismo de Estado. El mismo argumento que Luciano Benjamín Menéndez repite en cada alegato. O publicitada en una moda editorial de autores que desde un presunto revisionismo de derecha vuelven a demonizar a la militancia revolucionaria, esta vez con el fin de desprestigiar la política de derechos humanos del Gobierno nacional y cuestionar los juicios de lesa humanidad. Exitosos inspiradores de consignas caceroleras, son también los testigos de contexto citados por las defensas de los represores. Como un virus con capacidad para mutar y camuflarse, cada tanto los dos demonios vuelven a atacar. Por eso esta reedición es tan indispensable como una vacuna.


INTRODUCCIÓN Todas las sociedades occidentales han generado un sistema represivo que se enmarca dentro de los límites de lo legal y que funciona para contener las protestas y las manifestaciones de descontento del pueblo. Cuando este sistema represivo “normal” ya no resulta suficiente para limitar ese descontento, surge entonces la parte más sucia de la represión: el exterminio físico y la desaparición de aquellos que se definen como enemigos. Llamamos teoría de los dos demonios a esa visión simplificada de los procesos sociales conflictivos, que intenta explicar un fenómeno sólo a partir del enfrentamiento entre dos grupos ideológicamente opuestos, dejando al margen de la discusión al resto de la sociedad. Este dispositivo de comprensión de la historia se ha usado en innumerables ocasiones, en general por quienes han sostenido el poder ilegítimamente y necesitan justificarlo. En nuestro país, luego del fin de la dictadura, surge como una versión que explica el terrorismo de Estado desde una supuesta necesidad de combatir la subversión, justificando así el accionar de las fuerzas represivas. Esta visión, tiene dos momentos que se encuentran encadenados: En primer lugar, es necesario generar un enemigo que debe ser eliminado. Para que esa eliminación sea posible y tenga alguna justificación, el “otro” debe estar caracterizado negativamente. Allí aparece el término “demonio”, relacionado directamente con lo religioso, con las operaciones discursivas que elaboró la Iglesia en diferentes ocasiones, como por ejemplo en la inquisición. Una vez que se fijó este carácter demoníaco en el enemigo, es posible su eliminación. En el caso de la última dictadura en Argentina, el poder militar, acompañado por muchos sectores políticos y medios de comunicación, elaboró amplias y complejas campañas de propaganda que intentaron hacer de los luchadores populares los nuevos “demonios” que atentaban contra el orden y los valores establecidos. Luego del fin de la dictadura, en un segundo momento, ante la evidencia de las atrocidades cometidas y de la ilegalidad

del funcionamiento de los grupos de tareas y de todo el aparato represivo, fue necesario elaborar un nuevo discurso que pudiera exculpar a los militares suponiendo que lo sucedido fue una “guerra”. Así, el modo de explicar las desapariciones, las torturas, los asesinatos y las persecuciones es encuadrarlo dentro de los “excesos” cometidos en esa guerra, que no es una guerra clásica, sino sucia por lo que hay que utilizar métodos “no tradicionales”. Teniendo esta argumentación como punto de referencia, a partir de 1983, desde muchos sectores (intelectuales, políticos, sociales), proponen diversos análisis sobre la dictadura que se encuadran dentro de la teoría de los dos demonios. Básicamente, el esquema es el siguiente: ante el caos desatado por la crisis económica y social del gobierno de Isabel, y por la creciente actividad de las organizaciones “subversivas”, se justifica el ascenso al poder del gobierno de facto mediante un golpe de Estado. Este gobierno militar, elabora un programa que incluye el aniquilamiento de la subversión y se desata una guerra sucia, en la que el poder de facto se enfrenta con las organizaciones armadas y tiene como resultado de este enfrentamiento el período más trájico que vivió nuestro país. Como vemos, la sociedad en su conjunto, el sector civil, queda al margen del proceso político y militar. Éste es sólo el resultado de la encarnizada lucha entre dos “demonios”, dos poderes ideológicamente contrarios que se enfrentan militarmente. El resultado es una grosera y absurda simplificación de una historia mucho más compleja. Pero no se trata de una simplificación inocente. Tiene una marcada e inocultable intencionalidad política: victimizar (en el mejor de los casos) o culpabilizar (en casi todos los casos) a los luchadores populares. Aquí no se distingue ni si quiera entre las opciones armadas, todos son “subversivos”. Y este procedimiento sigue la misma línea de la dictadura, que hizo del terrorismo de Estado y de su accionar clandestino un modus operandi que le permitió adueñarse del poder, imponer un sistema político, social y económico terrible, cometer una infinidad de delitos, legitimarse durante muchos años y finalmente negociar su impunidad con los gobiernos posteriores.

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PREGUNTAS Cuando el sistema represivo normal o legal ya no resulta suficiente para contener el descontento del pueblo, surge la parte más sucia de la represión: el exterminio físico y la desaparición de quienes se considera enemigos. Surge entonces la teoría de los dos demonios como el argumento utilizado para justificar el accionar de las fuerzas represivas durante la última dictadura militar. ¿Por quiénes? Esta teoría es acuñada por los sectores más reaccionarios, como los militares, los grandes empresarios, las fuerzas policiales, sectores ultraconservadores de la Iglesia, formadores de opinión y una parte de la sociedad que defendió y defiende el terrorismo de Estado. “Fue una guerra sucia”, afirman. El asunto es que no hubo una guerra. Hubo sí un genocidio, un plan sistemático de desaparición, torturas, muerte, robo de niños, robo de viviendas de los detenidos, miles de presos políticos y exiliados, y centenares de centros clandestinos de detención (CCD). “Un estado de conmoción interna”, aclaran. Sin embargo, una situación así de ninguna manera justifica el terrorismo de Estado. Terrorismo que fue el ejercido por una Junta Militar que se impuso autoritariamente, el 24 de Marzo de 1976, y que depuso a un gobierno democráticamente elegido.

Todo ciudadano debe tener acceso no sólo a la educación, a la vivienda y a la salud, también un juicio legal y la defensa judicial (en el caso de que haya existido un delito) son derechos de todos. Pero esto no sucedía durante el gobierno militar. La mayoría de las libertades ciudadanas fueron clausuradas. Así se prohibió también la participación política y se disolvió el Congreso, el órgano democrático de representación ciudadana. Además, fueron removidos de sus cargos todos los miembros de la Corte Suprema de Justicia, fueron intervenidos militarmente los sindicatos de trabajadores y de las universidades, la actividad partidaria fue proscripta y se ejerció de manera férrea una dura censura de los medios de comunicación; por nombrar sólo algunos ejemplos de las medidas políticas que dictó la Junta Militar. Ejemplos que sirven para pensar el momento que vivió la sociedad argentina, perseguida, atemorizada y sin posibilidades de hacer oír su voz frente al poder. Entonces ¿quién provocó ese “estado de conmoción interna”? ¿cuándo comenzamos a convivir con el caos, la inseguridad y la impunidad de crímenes terribles? ¿cuál fue la verdadera amenaza que soportó nuestro pueblo?.


Las luchas y denuncias a nivel internacional Los familiares de las víctimas del terrorismo de Estado comenzaron en la dictadura a investigar sobre el destino de sus seres queridos. Al ver que su búsqueda resultaba inútil en su interminable recorrido por comisarías, dependencias del ejército e iglesias, tuvieron la iniciativa de organizarse para realizar conjuntamente las denuncias en el exterior. Este intento partía de considerar que la difusión en el exterior y el conocimiento de lo que ocurría en Argentina sería un paso para frenar la represión y, a la vez, serviría para accionar mecanismos internacionales que permitieran obtener información más precisa sobre los lugares y las condiciones de detención. Articulados con los familiares, los primeros exiliados comenzaron con las denuncias públicas, sobre todo en Europa, aportando valiosos datos. Ante esta nueva situación, los militares se infiltraron en estas organizaciones: el caso más resonante fue el de Alfredo Astiz en Madres de Plaza de Mayo. Sin embargo, hubo muchos otros personajes realizando esta sucia tarea, y muchos de ellos fueron reconocidos luego por ex detenidos que habían pasado por los campos de concentración. En diciembre de 1977, el dictador Jorge R. Videla insistió en negar las persecuciones en una conferencia ante periodistas extranjeros: “Los desaparecidos no están, no existen, están desaparecidos.” En 1978 se realiza en Argentina el Mundial de Fútbol, quizá la mayor maquinaria de prensa montada por el aparato propagandístico de la dictadura. No obstante el clima de euforia, pudieron dejarse oír las denuncias que realizaban los exiliados en los medios europeos. Y la respuesta militar no se hizo esperar, se implementaron inmediatamente distintas acciones: amenazar a los familiares de los presos políticos y a los militantes de derechos humanos diciendo que en el caso de que hubiese algún atentado los presos serían asesinados, traslados de los presos políticos como rehenes de una cárcel a otra, bajo amenazas de ser fusilados y finalmente, reforzar la

EL PLAN CÓNDOR En las décadas del '60 y '70 el objetivo, para miles de luchadores en América y en muchos otros lugares del mundo, fue llevar adelante un proceso político transformador que tuviera como resultado el acceso a una sociedad digna, justa y solidaria. El grado de desarrollo de las luchas sociales fue tan importante que llegó a sacudir las bases del imperialismo a partir de la movilización masiva y de un avance constante de la conciencia popular. La intención de implementar un plan económico y político que favoreciera a las clases dominantes y frenara este avance de la movilización popular derivó en la imposición de un sistema represivo. Y esto sólo fue posible con la aplicación sistemática del terrorismo de estado en América Latina. De esta manera, el Estado represor se sustentó en el ejercicio de la va de mantener la dominación y la explotación de los pueblos. Fueron las bandas paramilitares primero, y los golpes de Estado después, que se dieron sucesivamente en nuestra América y que se aplicaron sistemáticamente, lo que se llamó Plan Cóndor. Un plan de imposición de gobiernos digitados desde los Estados Unidos, con una coordinación de las fuerzas represivas de todos los países de sudamérica entrenadas en la Escuela de las Américas, que tuvo el nefasto resultado de 130.000 desaparecidos en toda América Latina. La complicidad de los sucesivos gobiernos posteriores hizo que hasta el día de hoy los Organismos de Derechos Humanos estén investigando y relevando datos, porque hubo luchadores que fueron llevados de un país a otro, al igual que los niños apropiados, de acuerdo a este siniestro plan, aplicado con el mismo rigor en todos los países del Cono Sur Americano: Argentina, Brasil, Chile, Bolivia, Paraguay y Uruguay.


propaganda montada sobre un terrible slogan que decía “Los argentinos somos derechos y humanos”, una muestra más del cinismo con que se presentaba públicamente la dictadura, pretendiendo ser un proceso limpio y respetuoso que sólo tenía como objetivo el “saneamiento de las instituciones”. Luego del mundial, la entrada de la Cruz Roja Internacional a las cárceles en 1978 posibilitó que se constataran las pésimas condiciones carcelarias. Además, pese a las amenazas que sufrieron los presos políticos, sacados de las cárceles y llevados nuevamente a los campos de concentración para que no denunciaran, se logró dar testimonios de las torturas, los fusilamientos de presos políticos, la existencia de los campos de concentración y las desapariciones. La posterior visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1979, y su terminante y severo informe publicado un año después, sirvió para certificar la veracidad de todas las denuncias que se estaban realizando.

El plan económico “La democracia de masas es incompatible con el orden económico: los casos de Brasil, Chile, Uruguay y Argentina están confirmando esta afirmación… Afortunadamente el gobierno militar optó por el camino liberal, aunque se haya aplicado de forma pragmática y gradual.”

Álvaro Alsogaray, en el diario La Razón, a un mes de iniciado el golpe. El plan económico fue diseñado básicamente por el empresario José Alfredo Martínez de Hoz, quien se desempeñó como Ministro de Economía desde el inicio de la dictadura hasta el 29 de marzo de 1981. El plan económico fue presentado el 2 de abril de 1976, y sus objetivos principales fueron detener la inflación y estimular la inversión extranjera. Se inició así una etapa marcada por el endeudamiento y la reducción arancelaria que llegó a su máximo nivel en 1978. Lo destacable de este plan es que su expresa finalidad de incrementar la competitividad

de la economía de importaciones masivas produjo un efecto desastroso sobre la industria nacional, que se vio cada vez más presionada con la consecuente reducción de puestos de trabajo. Todo este plan fue apoyado para su realización por una profunda reforma de las leyes laborales, que incluyó la prohibición del derecho de huelga, la intervención de los sindicatos y una política represiva de las organizaciones obreras. En resumen. El proceso de endeudamiento constituyó esencialmente una operación delictiva ejecutada por empresas nacionales y extranjeras, militares y agentes económicos, según se comprobó en el importante fallo de 196 fojas dictado el 13 de julio de 2000 en el caso “Alejandro

LO QUE NOS QUEDÓ - Grandes empresas industriales cerraron sus plantas - La producción industrial redujo entre 10% y 15% su aporte al PBI - La deuda externa se elevó de 7.875 millones de dólares en 1975, a 45.087 millones de dólares en 1983. - El masivo cierre de las entidades crediticias, cuyos pasivos debió asumir el Estado. - Los créditos hipotecarios alcanzaron una tasa de interés del 100% anual, tasa que resultó impagable para quienes habían solicitado créditos hipotecarios y condujo a una gran parte de la población a perder la propiedad de sus viviendas. - El congelamiento de los salarios: el salario real, sobre una base 100 en 1970, había subido a 124 en 1975. En 1976, sólo un año más tarde, cae bruscamente a 79, el nivel más bajo desde los años '30 (Fuente: OIT 1988). Nunca más volverá a recuperarse. - La tasa de pobreza, que desde los años '40 se había ubicado siempre por debajo del 10%, era del 5,8% en 1974, subió al 12,8% en 1980 y al 37,4% en 1982 (Fuente: INDEC, datos correspondientes al Gran Bs As). -Con el objetivo de controlar la demanda de divisas y mantener una política de atraso cambiario, Martínez de Hoz implementó a fines de 1978 un sistema de devaluación programada, apodado “la tablita”, que promovía la especulación financiera.


Olmos c/ Martínez de Hoz y otros s/ Defraudación” (Fuente: Banco Central, 1985)

Política cultural y educativa La educación fue otro de los ejes sobre los que se sostuvo el aparato dictatorial. Básicamente, pensaron que desde allí se “desterraría la ideología subversiva”. Desde esta idea llevaron adelante una “purificación” del cuerpo docente, especialmente en las áreas de ciencias sociales y humanidades. Cesantías, despidos y prohibición del ejercicio profesional fueron las medidas para quienes sobrevivieron a las desapariciones o al encarcelamiento. Paralelamente, se desarrolló un proceso de revisión de contenidos. El gobierno militar sostuvo claramente que la nueva educación debía demostrar la falsedad de las nuevas

doctrinas pedagógicas, muchas de las cuales fueron enseñadas antes del 24 de marzo de 1976. Este proceso se complementó con medidas de control y disciplinamiento para los alumnos, comenzando por la vestimenta y el aspecto exterior: se prohibió el uso de pelo largo y barba, en las mujeres prohibieron el cabello suelto y el uso de pantalones, el uso de jeans debió modificarse por el traje.

FUENTES: • Basualdo, Eduardo: “Sistema político y modelo de acumulación en la Argentina”. 2002, p. 76. • Juan E. Villa: “Obreros de la Memoria”, en revista GH. 2005, p. 12


• Se prohibió a varios músicos: entre ellos a Mercedes Sosa, Víctor Heredia, Joan Manuel Serrat y Silvio Rodríguez. • Se “depuraron los programas de estudio” de todo contenido contrario a la “cultura occidental y cristiana”. • Se prohibieron los Centro de Estudiantes.

Complicidad de la Iglesia

Por otra parte, la persecución ideológica se extendió también a todos los campos de la cultura: publicaciones, televisión, cine, teatro, música, etc. Y todas las creaciones pasaron por el control y la censura. Como ejemplo de esta política en el ámbito educativo y cultural, en 1977, el Ministerio de Cultura y Educación publicó un folleto que llevaba el título “Subversión en el ámbito educativo, conozcamos a nuestro enemigo”, donde se establecían las pautas para identificar y denunciar las actividades consideradas subversivas. De esta manera, se militarizaba la educación, trasladando al cuerpo docente la carga autoritaria, y sembrando la desconfianza y la sospecha constante en las instituciones de la enseñanza. Por último, mencionaremos una serie de medidas que se tomaron con el fin de detectar y secuestrar bibliografía considerada “marxista” e identificar a los docentes que aconsejaban “libros subversivos”. Se creó un grupo especial de control y censura de material o producción científica, cultural, política o artística. • Se realizaron quemas de libros. •Se elaboraron listas negras de artistas, científicos e intelectuales • Se intervinieron las universidades. • Se prohibió la matemática moderna. • Se prohibieron los recitales de Rock.

Mientras la Dictadura se mantuvo en el poder, la Iglesia oficial tenía un solo enemigo. Este enemigo estaba bien definido: era esa parte del pueblo que estaba en las cárceles, eran los desaparecidos y los luchadores populares, eran los familiares que buscaban a sus seres queridos; todos ellos representaban el mal, ese demonio que la Iglesia necesitaba para fortalecerse. Del otro lado, los “Soldados del Evangelio”, eran quienes comulgaban y a quienes ayudaban en su fe, entrando libremente en las cárceles y centros clandestinos de detención y presenciando en muchos casos actos aberrantes de tortura. El cinismo y la perversidad demostrada por los capellanes es difícil de igualar: otorgaban el perdón de los crímenes en honor a “actos de servicio” mientras silenciaban lo que allí veían. Cuando la institución eclesiástica advierte que el terrorismo de Estado estaba llegando a su fin, el Episcopado es uno de los primeros en valerse de la teoría de los dos demonios para justificar su actitud frente al terrorismo de Estado. Esto puede verse en un documento fechado en abril de 1983, llamado “Dios, el Hombre y la Conciencia”. Hoy después de 30 años parecen darse cuenta de sus errores y de sus horrores, admitiendo al fin parte de su responsabilidad. Es que no son tiempos para la hipocresía y la mentira. Como dice León Gieco: “Todo está clavado en la memoria, espina de la vida y de la historia. La memoria pincha hasta sangrar, a los pueblos que la amarran y no la dejan andar libre como el viento.”


Crecíamos con la música de Joan Báez, nos enamoramos con los versos de Pablo Neruda, charlábamos junto a Jean P. Sartre, recitábamos a Nicolás Guillén, leíamos Los condenados de la tierra de Frantz Fannon… Necesitábamos entender el Mayo Francés y la Revolución Cubana, enterarnos de la invasión a Argelia, de la lucha del pueblo vietnamita, era urgente construir al hombre nuevo junto al camino del Che… Pero nos encontrábamos en un país donde estaba proscripto el partido mayoritario, los sindicatos estaban intervenidos, la educación se ponía al servicio de una clase dominante con otro proyecto de país… En Córdoba, en el marco sindical, Tosco lideraba el modelo en el que la militancia gremial formaba parte de la construcción de otro país: “Yo soy uno de los que fueron, de los que son y serán represaliados, castigados y perseguidos, uno de los tantos con nombre y sin nombre que luchan, que ganan y pierden pero que en definitiva triunfarán al final del largo camino que nos lleva a una vida sin explotados ni explotadores” (Textual de Agustín Tosco, en una entrevista realizada en la cárcel). En la lucha sindical, surge Sitrac-Sitram como representante del ala clasista, una concepción en donde la organización no estaba sólo al servicio de los trabajadores sino que se insertaba en una construcción política de unidad combativa. Junto a gremios como Smata con Elpidio Torres, o la UTA con Atilio López transitaron el camino de la unidad

de los trabajadores. A pesar de las distintas extracciones y visiones políticas encabezaron en conjunto la lucha obrera, articulada con sectores estudiantiles, que tuvo su máxima expresión en El Cordobazo, el principio del fin del gobierno dictatorial de Onganía. La resistencia al régimen duró varios años, pero fue resquebrajando sus bases hasta provocar finalmente su caída en 1973. La unidad de los obreros y estudiantes y el respaldo del pueblo en general, permitió el logro de muchas reivindicaciones históricas, y promovieron las luchas que luego se dieron en distintos momentos políticos de nuestro país. Complementando este proceso de movilización y actividad política, se generan diferentes confluencias en frentes antiimperialistas que suman a distintos sectores sociales y corrientes políticas. El objetivo era llevar adelante una disputa por un proyecto de país no dependiente y con equidad social. En las organizaciones estudiantiles se realizaban asambleas disputando un modelo de participación y horizontalidad educativa, proponiendo diferentes trabajos sociales. Este movimiento era acompañado por algunos sectores de la Iglesia, como los adherentes a la Teología de la Liberación y el movimiento de curas tercermundistas, y se asentaba en una amplia red de organizaciones barriales. El carácter nacional y popular de las luchas era un posicionamiento que intentaba poner un freno a la


hegemonía norteamericana en Latinoamérica, a sabiendas de que Estados Unidos necesitaba el control del continente como parte de su enfrentamiento con la Unión Soviética, en el marco de la Guerra Fría. Es imposible comprender esta parte de nuestra historia si no inscribimos los hechos en ese contexto de enfrentamiento ideológico a nivel mundial. La vida política formaba parte de la vida cotidiana. La lucha por una transformación radical de las condiciones de vida era percibida como una urgencia. La revolución se presentaba como una posibilidad real, las utopías, el motor de la lucha, cobraron cuerpo, moldeadas al calor de la organización popular. Existía, en fin, la oportunidad concreta de acceder a una sociedad más justa, eso valía el riesgo de la militancia política. Y esta militancia estuvo representada en un amplio abanico de prácticas, de formas y organizaciones. Incluso en los sectores más politizados la lucha se desarrolló de distintas maneras, y una de ellas fue la opción por las organizaciones armadas. El diagnóstico era claro: existía un ejército (las fuerzas represivas) que representaba el modelo de acumulación capitalista y que respondía a los intereses de los sectores de poder. Y muchos creyeron necesario resistir a ese embate autoritario con un ejército popular. Las organizaciones armadas surgen como la expresión de sectores revolucionarios que consideraban que la lucha contra el imperialismo y la burguesía debía ser llevada en esos términos. “…Tenía 24 años, acababa de recibirme de médico. Queríamos cambiar el mundo apostando al socialismo y rescatando la historia de lucha de los trabajadores peronistas. Dentro del peronismo éramos el sector que veía al socialismo como un cambio superador e interpretábamos que la forma de vencer a los sectores dominantes era, entre otros métodos, con el uso de las armas. Montoneros se hace conocer con acciones

armadas porque no había posibilidades políticas, ya que el peronismo estaba proscripto. Con la apertura de la democracia (1973) desarrollamos una intensa actividad política de masas en todos los frentes, y suspendemos la lucha armada. En esta etapa somos agredidos por sectores de la clase dominante dentro del peronismo como la burocracia sindical, López Rega y la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) lo que nos obliga a retomar la lucha armada en acciones defensivas, y esto nos lleva a una retracción en los frentes políticos. Eso hizo que los sectores más organizados de Montoneros fueran perdiendo inserción en las bases. Ahí surgió una desviación, que fue el militarismo, que intentó reemplazar la pérdida de inserción en los frentes con acciones armadas de envergadura. Esto llevó a una lucha desigual y a la derrota del proyecto político de Montoneros.” Luis, militante montonero preso y exiliado. “Pienso que la teoría de los dos demonios es injusta, cruel y profundamente inhumana… Deforma maliciosamente la realidad. Es verdad que muchos tomamos el camino de la lucha armada, pero este hecho no convierte a nadie en demonio. Pongamos en la galería de los demonios a nuestros próceres de la primera independencia, como San Martín o Belgrano, ellos no dudaron en tomar las armas para garantizar nuestra independencia. Nosotros tampoco dudamos en tomar las armas para terminar con el hambre y la miseria de nuestro pueblo... Ahora bien, si luchar por todos los medios para acabar con semejante injusticia es ser un demonio, me asumo como tal. Yo soy un ex militante de base del PRT y ERP, y como tal, asumo como propios los aciertos y los errores de esa organización. Me siento orgulloso de la maravillosa humanidad de mis dirigentes y compañeros que jamás denigraron ni humillaron al enemigo. Nunca se vejó ni torturó a nadie, jamás actuamos por venganza, siempre se actuó por justicia, con amor a la vida y a la verdad.” Gustavo, militante del PRT - ERP.


Los pueblos construyen sus identidades y escriben sus historias con relatos y memorias compartidas. Sin esas memorias colectivas no hay verdades que brinden a la justicia la posibilidad de justas condenas. En este sentido nuestra organización, junto a H.I.J.O.S., fijó objetivos conjuntos. Con ello consolidamos acciones de difusión y promoción de los derechos humanos y, también, la identificación de Juicio y Castigo como bandera de nuestras reivindicaciones. El desarrollo de los juicios en nuestra provincia fue marcando, en estos últimos siete años, un aprendizaje socio-cultural que difícilmente pueda borrarse. Los acusados de aniquilar a toda una generación, de torturar y robar niños, hoy, están sentados ante un tribunal que respeta todas sus garantías constitucionales con derecho a defensa y a gozar de libertades condicionales (sin los controles correspondientes) y hasta prisiones domiciliarias, tal como lo

determinan las leyes vigentes. Esto fue transformando el significado de nuestras demandas. Lo que en un principio fue “Aparición con vida, Juicio y Castigo, Cárcel común perpetua y efectiva”, toma un nuevo empuje en la producción colectiva de la memoria. Vamos por las complicidades que, gracias a los testimonios, fueron quedando al descubierto: sectores de la Iglesia e importantes sectores empresariales que colaboraron por acción u omisión con el terrorismo de Estado. Además de confirmar la falsedad de la teoría de los dos demonios, quedó en la sociedad un sello identitario, que no permitirá distorsiones en la historia. Todas las conquistas logradas en relación al reconocimiento de derechos e internalización de justicia es, para nuestra organización, un orden social que debería ser legitimado en la conciencia social para un verdadero Nunca Más.


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Cartilla 2 demonios ago15  
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