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Fernando Zertuche Muñoz

Jaime Torres Bodet realidad y destino

Secretaría de Educación Pública

Alonso Lujambio Irazábal Secretario de Educación Pública Rodolfo Tuirán Gutiérrez Subsecretario de Educación Superior Miguel Ángel Martínez Espinosa Subsecretario de Educación Media Superior Fernando González Sánchez Subsecretario de Educación Básica Guillermo Bernal Miranda Oficial Mayor Jaime Torres Bodet Realidad y destino © Fernando Zertuche Muñoz Coordinación editorial: Josué Ramírez Coordinadoras de la investigación iconográfica: Paulina Deschamps Ramírez y Adriana Xhrouet Aguilera Primera edición 2011 ISBN: 978-607-464-311-4

© D.R. Editado por Agencia Promotora de Publicaciones, S.A. de C.V. Avenida Eugenio Garza Sada Sur 2245 Colonia Roma, Monterrey, N.L. C.P. 64700 Arte y diseño APP: Daniel Ballinas Núñez Manipulación digital: Miguel Velásquez Evers Edición: Angélica Ponce Todos los derechos reservados, bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos.

A mis amadas nietas Ximena, Arantza, Isabel, Victoria y Emilia. TambiĂŠn a mi nieto amado Juan Patricio. VerĂŠ con sus ojos.

Índice

Prólogo por Alonso Lujambio

7

Agradecimientos

13

Nota preliminar

15

Capítulo I.

Formación y juventud (1902-1924)

Capítulo II. El escritor y la diplomacia (1925-1940)

19 55

Capítulo III. Nuevas responsabilidades (1941-1946). Secretario de Educación Pública (1943-1946) Capítulo IV. El representante mexicano (1946-1958)

87 109

Capítulo V. Secretario de Educación Pública, Segunda oportunidad (1958-1964)

139

Capítulo VI. Años finales (1965-1974)

167

Epílogo

183

Notas

187

Archivos y bibliohemerografía

195

Prólogo Alonso Lujambio *

Un sueño es posible si quien lo concibe busca forjarlo a cabalidad. Me refiero al sueño como aspiración o como inspiración, como voluntad creadora. De alguna manera somos lo que hemos sido, pero también lo que soñamos, lo que queremos ser. Hay quienes han soñado en grande, quienes han dedicado su vida entera a la construcción de un ideal compartido, de un mundo que no existe pero que es posible. Esas personas son paradigmas de su tiempo. Los hombres y las mujeres que se asumen hijos de su tiempo, pero también constructores de futuro pueden ser olvidados, no obstante que sus obras perduren, que permanezcan entre nosotros y sean ya nuestras. El tiempo es despiadado con hombres y mujeres que fueron parte invaluable en la creación y el fortalecimiento de nuestra cultura y que pueden quedar relegados a un segundo plano, a pesar del valioso trabajo que realizaron: personas brillantes capaces de realizar obras luminosas, personas que se convierten en personajes de nuestra historia, que dejan una huella profunda en nuestra vida colectiva. Por eso es importante la tarea del historiador, por eso la biografía es un trabajo social indispensable para generar un tejido social fuerte, una identidad colectiva sabedora de su valor y de sus conquistas. Queremos biografías para la conciencia social del pasado, del presente y del futuro de una comunidad que ha surgido tras el esfuerzo de muchas generaciones y el empeño de tantos personajes clave que mostraron, como diamante pulido, las mejores facetas del ser humano. Uno de esos seres humanos, que asumen la vida como necesidad de brindar a sus semejantes un ejemplo, fue y es, en nuestra memoria, Jaime Torres Bodet. Este excepcional mexicano nació en la Ciudad de México el 17 de abril de 1902 y murió, en la misma ciudad, en 1974. A los diecinueve años de edad, *  Secretario de Educación Pública

Jaime inició su paticipación en la vida educativa de México como secretario particular del secretario de Educación Pública, José Vasconcelos. Desde ese momento tuvo contacto con la tarea educativa entendida como aspiración humanista, además de formar parte de un grupo de jóvenes mexicanos reunidos poco después en torno de la revista Contemporáneos (1928-1931). En 1929, a los veintisiete años, ingresó al servicio exterior (estuvo en España, Francia, Holanda, Bélgica, Argentina), y volvió a México en 1940 convocado por el presidente Manuel Ávila Camacho para ocupar la subsecretaría de Relaciones Exteriores. En diciembre de 1943 fue nombrado, a los cuarenta y un años, secretario de Educación Pública. Desde ese cargo, el también escritor y poeta concentró sus esfuerzos en la campaña contra el analfabetismo; en el mejoramiento de los maestros; en la ampliación de la infraestructura y la cobertura educativas; en las misiones culturales; en la creación de las bibliotecas y en la articulación de cultura y educación. Durante su primera gestión como secretario (1943-1946), creó el Instituto de Capacitación del Magisterio, reactivó el Instituto Nacional de Pedagogía y, dado que la vinculación entre cultura y arte le eran naturales por su formación e historia personal, impulsó la creación del Instituto Nacional de Bellas Artes. Al terminar su gestión como secretario de Educación Pública, se hizo cargo, a los cuarenta y cuatro años de edad, de la Secretaría de Relaciones Exteriores (1946-1948); posteriormente, a los cuarenta y seis años fue director general de la UNESCO (1948-1952), desde donde abrió espacios de colaboración para la educación en México y, después, embajador de México en Francia (1954-1958). En 1958, cuando Torres Bodet tiene cincuenta y seis años, regresa a su despacho en la Secretaría de Educación Pública, convocado por el presidente Adolfo López Mateos. Será nuevamente secretario hasta 1964. En diciembre de 1958, el presidente envió al Congreso de la Unión la iniciativa del Plan de Expansión y Mejoramiento de la Enseñanza Primaria, mismo que entró en vigor en enero de 1959 y que se conoce como el Plan de Once Años. Con este plan aumentó la capacidad de servicio institucional con programas como, por ejemplo, y destacadamente, el de los Libros de Texto Gratuitos. También creó los Centros de Capacitación para Trabajo Industrial. Fue miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, de El Colegio Nacional, del Instituto de Francia y de la Academia del Mundo Latino. Recibió reconocimientos honoris causa en varias universidades. En 1966 recibió el Premio Nacional de Letras a los sesenta y cuatro años de edad. 8

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

Este extraordinario libro de Fernando Zertuche Muñoz traza la vida de Jaime Torres Bodet, un hombre de especial interés para los mexicanos por muchas razones: su entereza e integridad como funcionario público; su capacidad probada para dar satisfacción a las demandas sociales y enfrentar los desafíos que él mismo reconocía en los diversos aspectos de una difícil realidad, la de un México desigual e injusto; su amistad profunda con personajes de especial lucidez y creatividad, una generación de destacados mexicanos comprometidos con la nación y combativos desde la trinchera de la intelectualidad; pero, ante todo, este libro habla del incansable esfuerzo de Torres Bodet por propiciar los cambios que él consideraba necesarios para hacer de México un espacio para la dignidad humana. En fin, Zertuche nos ayuda a entender, de manera integral, los diversos aspectos de la vida de Torres Bodet, uno de esos hombres cuyas ideas, obras y legado forman parte de la historia del siglo XX mexicano. Por ello, la biografía de Torres Bodet que nos ofrece Fernando Zertuche Muñoz no es sólo oportuna: constituye una pieza fundamental para tener un panorama más completo de la historia de México, así como de la construcción y el desarrollo de sus instituciones educativas y culturales. Aquí se reafirma la importancia de la vida y la obra de Torres Bodet, el lugar que ocupó en nuestra cultura y que, con la ayuda de este libro convincente y conmovedor, conservará entre nosotros. Estas páginas subrayan el valor de la biografía del hombre y del funcionario que fue Torres Bodet, a la vez que confirman las cualidades del propio autor. Los intereses vitales del biógrafo se ponen de manifiesto en este libro de excepcional valor. Fernando Zertuche Muñoz ha estudiado con profundidad y seriedad la historia de México desde mediados del siglo pasado. Como funcionario ha impulsado el desarrollo de esa historia y, como autor, nos lo muestra a través de la vida de sus personajes biografiados. Zertuche construye de esta manera un juego de espejos donde él y el lector se miran al mirar al biografiado. Fernando Zertuche Muñoz ha sido funcionario, constructor, también él, de instituciones, al tiempo que profesor en diversas centros educativos en donde se ha interesado por el estudio de la historia mexicana, movido por una singular pasión. Destaca su interés por los grandes movimientos sociales y, especialmente, por aquellos personajes que fueron capaces de impulsar cambios y transformaciones relevantes para el país. 9

Una característica que comparten todos los personajes que ha abordado Fernando Zertuche Muñoz es el sentido de la ética, porque el autor de este libro valora la coherencia, la fusión de discurso y acción. Así, esta biografía de Torres Bodet se suma a otros libros escritos por Zertuche en los que aborda la vida de personajes clave de nuestra historia. Remito al lector a su libro La primera presidencia de Benito Juárez (1972), o a su ensayo biográfico Si el tiempo te consulta. Palabras sobre Benito Juárez (1981). También están esos tres libros dedicados a Flores Magón: Ricardo Flores Magón. El sueño alternativo (1995), Ricardo Flores Magón (2004), y Charlas de café con Ricardo Flores Magón (2009). Otros personajes que han sido de especial relevancia para Fernando Zertuche Muñoz son Luis Cabrera y Francisco J. Mújica: ahí están sus publicaciones relativas a ellos: Francisco J. Mújica (1987), y Luis Cabrera: una visión de México (1988). Libros todos ellos dedicados al hombre, al personaje histórico, a su inserción en su tiempo y a su relevancia en el nuestro. Podemos encontrar en la obra de Fernando Zertuche Muñoz un reflejo, también, de su participación como funcionario público. Ahí se refleja, desde otra perspectiva, la historia propia de instituciones centrales para el desarrollo social del país. Tal es el caso del texto Historia del Instituto Mexicano del Seguro Social. Los primeros años. 1943-1944 (1978). Su paso por el Instituto Mexicano del Seguro Social, por la Secretaría del Trabajo, por la dirección del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos o por el Instituto Federal Electoral nos hacen ver que, como funcionario, Fernando Zertuche Muñoz ha puesto su interés en causas sociales y ciudadanas. Humanista de formación, egresado de la Facultad de Derecho de la UNAM, Zertuche no quiso quedarse, como él mismo dice, como “aprendiz de todo, maestro de nada”. Siempre se interesó por la historia, pero su trabajo está especialmente centrado en aquellos mexicanos donde los sueños, la esperanza, incluso la ilusión utópica, son guía y destino de sus acciones. Reitero que una de las características de los personajes estudiados por Zertuche es la congruencia con sus sueños. Por eso Benito Juárez, el presidente, el reformador; Flores Magón, el pensador cuyas ideas permean los planteamientos más extremos de la Revolución Mexicana; por eso también Luis Cabrera, el hombre intelectual comprometido con el trabajo periodístico; por eso Francisco J. Mújica, el radical, impulsor de la obra social de la Revolución. Y también, por eso ahora, Jaime Torres Bodet, el hombre y el funcionario, el novelista y el poeta, el 10

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

internacionalista, el educador, el humanista, aquel que se atrevió a construir una obra que perdura hasta nuestros días. Destaca, aún, la reforma al artículo tercero constitucional de 1946, que terminó con la ominosa, para la libertad y la cultura, “educación socialista”. Desde entonces quedaron plasmados los  criterios que guían la educación en México: “esa educación se basará en  los resultados del progreso científico, luchará contra la ignorancia y sus efectos, las servidumbres, los fanatismos y los prejuicios”. Además de democrática, será nacional en cuanto “atenderá a la comprensión de nuestros problemas, al aprovechamiento de nuestros recursos, a la defensa de nuestra independencia política, al aseguramiento de nuestra independencia económica y a la continuidad y acrecentamiento de nuestra cultura”. Contribuirá, también, “a la mejor convivencia humana, tanto por los elementos que aporte a fin de robustecer en el educando, junto con el aprecio para la dignidad de la persona y la integridad de la familia, la convicción del interés general de la sociedad, cuanto por el cuidado que ponga en sustentar los ideales de fraternidad e igualdad de derechos de todos los hombres, evitando los privilegios de razas, de religión, de grupos,  de sexos o de individuos”. Estas ideas sí pudieron convocar a la cohesión entre mexicanos y son vigentes. En este libro sobre Jaime Torres Bodet, Fernando Zertuche Muñoz muestra no sólo al escritor y funcionario: nos acerca también al pensador, al viajero incansable, al conocedor de otras culturas, al amigo de los clásicos y benefactor de sus contemporáneos y de las generaciones que lo siguieron, al poeta,  al hombre de excelente pluma y exquisita factura literaria. Jaime Torres Bodet: hombre de pensamiento y hombre de acción. En esta nueva biografía, mediante su mirada, su oído y su madura sensibilidad, Fernando Zertuche Muñoz nos devuelve a Jaime Torres Bodet, y nos enseña lo posible a partir de los sueños y las esperanzas de este personaje que configuró en mucho los sueños y las esperanzas de sus connacionales. Puedo afirmar que si bien Fernando Zertuche Muñoz ha sido y es aprendiz impar, ha sido y es también maestro, al igual que Jaime Torres Bodet, maestro para todos, maestro de todo aquello que queremos, y debemos recordar de la historia de México. Vasconcelos fue el gran secretario de Educación, el creador de la Secretaría de Educación Pública. Le sigue, indudablemente, y de cerca, el secretario Torres Bodet. Esta biografía es la mejor manera de celebrar los noventa años de vida de la Secretaría de Educación Pública. 11

Agradecimientos

Antes de cualquier expresión quiero participar mis agradecimientos. Son muchos y variados. En primer término, al maestro Alonso Lujambio, secretario de Educación Pública, a quien propuse realizar esta biografía y me estimuló para redactarla. Su generosidad y confianza provienen de nuestras jornadas comunes en el Instituto Federal Electoral. Ahora comparto con él la celebración que dispuso ante el nonagésimo aniversario de la fundación de la secretaría. Sin su apoyo estas páginas no existirían. Mi gratitud se extiende, en forma inmediata, al maestro José Manuel Villalpando, director general del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Su ayuda y aliento me permitieron encauzar mis tareas profesionales, durante el segundo semestre del pasado año, hacia la vida de Jaime Torres Bodet. El maestro Villalpando me puso, asimismo, en contacto con investigadores institucionales. Mi limitación física me proporcionó una afortunada condición. Recurrí a jóvenes historiadores de la Universidad Nacional Autónoma de México, quienes me acompañaron generosamente. Desde el día inicial de la investigación compartieron lecturas y tomaron mis dictados, hasta el punto final de los textos. Disfruté la ayuda, paciencia y tenacidad de los historiadores Martín Díaz Vázquez y Adriana Xhrouet Aguilera, cultos, inteligentes, destacados profesionales. Después, ante la vastedad del empeño, se agregaron Paulina Deschamps Ramírez y Víctor Manuel Hernández Vázquez, quienes complementaron la revisión de fuentes y las jornadas vespertinas. La eficiencia y conocimientos de ellos ���los cuatro— volvieron posible el intenso encargo. Adicionalmente propuse a Adriana y a Paulina la búsqueda de imágenes, su selección y explicación, que enriquecen el conocimiento del ser humano Jaime Torres Bodet.

Los dieciocho apartados del temario indican la extensión de la obra biográfica, por lo cual hallé apoyo, para temas particulares, en los jóvenes investigadores María José Villaseñor Zepeda, Esteban King Álvarez y Fabián Alfaro García. El maestro Villalpando me facilitó la colaboración de funcionarios e investigadores del INEHRM. Reitero mi agradecimiento a la maestra Mónica Barrón, quien nos proporcionó imágenes de Torres Bodet resguardadas por el Archivo Fotográfico a su digno cargo. Simultáneamente, los historiadores Emma Paula Ruiz Ham, Angélica Vázquez del Mercado, Miguel Alessio Robles, Carlos Betancourt Cid y Roberto Espinoza de los Monteros compartieron sus saberes e investigaciones, y a ellos también dirijo mi cálida gratitud. Los becarios Nora Deveaux Cabrera y Óscar Torres Figueroa colaboraron en la consulta de fuentes hemerográficas ya seleccionadas, y agradezco sinceramente sus aportaciones. En último término, pero de ninguna manera final, expreso a Marta, mi esposa, compañera de vida, mi honda gratitud por retornar a años iniciales, cuando empecé a recibir su incomparable estímulo, paciencia y comprensión ante mis tareas. F.Z.M.

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Nota preliminar

El olvido ha cubierto a Jaime Torres Bodet. Su nombre, figura, afanes y obras están desvanecidos en el recuerdo de los mexicanos. Hace tiempo, instituciones académicas —El Colegio Nacional, El Colegio de México y la Universidad Nacional Autónoma de México— emprendieron la realización de foros, ciclos, conferencias o aportes escritos relativos al destacado personaje. Después, únicamente autores de tesis profesionales y libros que examinan algún aspecto de Torres Bodet han dirigido la mirada hacia él. Su transformación en una delgadísima sombra cumple la sentencia de Antonio Caso, admirado y admirable maestro de inicios del siglo XX mexicano: “el tiempo, invencible e indiferente, a todos da razón y a todos desengaña”.1 Los motivos son múltiples, y empiezan con el desdeño oficial sobre el pasado inmediato y la discreción de Torres Bodet para hacer público su carácter de protagonista de realizaciones memorables. Su pertenencia al grupo de los Contemporáneos, integrado por tan relevantes escritores, ocultó sus obras y dispersó el aprecio público. Por otro lado la variedad de sus textos, los múltiples géneros literarios que cultivó, han impedido que se reconozca su preeminencia como poeta, ensayista o narrador. Situaciones semejantes han sido compartidas en nuestro país por intelectuales, ideólogos, revolucionarios y funcionarios que pretendieron, mediante instituciones o movimientos, transformar la cultura nacional. Jaime Torres Bodet no es solitario ejemplo del desconocimiento generalizado, pero realizó, emprendió o propuso valiosas obras de tan diversa índole, que justifican la pretensión de recordarlo. El género biográfico es discutible, como Torres Bodet lo expresó en su juventud, porque contiene “una voluntad pedagógica intolerable”;2 también Jorge Luis Borges, a su manera, combatió los propósitos de los biógrafos: “que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente”.3

Advertido de esos riesgos tan claramente señalados, emprendí la investigación acerca de los acontecimientos y sucesos de la vida de Jaime Torres Bodet. Cada tema estudiado se convertía en un extenso territorio, y cada decisión incluía las circunstancias del momento, del entorno en el cual se producía. Consecuentemente, abandoné la pretensión de redactar una obra exhaustiva, a cambio de un relato veraz, que excluyera —hasta donde es posible— mis opiniones, simpatías o diferencias. Considero que una fórmula valiosa para cualquier biógrafo es impedir su presencia en la narración pretendida. Desde luego la disposición, intensidad y relevancia de los asuntos tratados en el texto biográfico implican una jerarquización personal, conducida por las Memorias del propio Torres Bodet, que ofrecieron sitio a los eslabones de su destino. Las labores de investigación realizadas se extendieron  en forma plena, por lo cual cada afirmación del relato está fundamentada en documentaciones fehacientes y valederas. Conforme a mis tendencias profesionales y mis prácticas, no incorporé sucesos ni actitudes imaginarios que desdijeran la solidez del recuento. A pesar de esa actitud respetuosa, este libro nace de mis convicciones respecto de Jaime Torres Bodet: su inteligencia y cultura superiores; la educación cartesiana que recibió, para disfrutar de cualquier derecho sólo después del cumplimiento de las obligaciones; la creación de perdurables instituciones educativas, culturales e internacionales; el alejamiento de una vocación poética esencial ante su carrera de servidor público, así como los destellos de su vida privada. Resuenan en mí las afirmaciones de Torres Bodet y de Borges. Pretendí evitar por ello el impulso pedagógico y la evocación de sentimientos ajenos, para entregar a los lectores un reencuentro con la vida de un mexicano que aspiró, desde los momentos iniciales de su existencia, a cumplir con su deber y lo convirtió en su realidad y destino.

1 Antonio Caso, “Presentación”, en Luis Castillo Ledón, Hidalgo. La vida del héroe. México, Talleres Gráficos de la Nación, 1948, vol. 1, p. v. 2 Jaime Torres Bodet, “Tiempo de arena”, en Obras escogidas. México, Fondo de Cultura Económica, 1961, p. 342. 3 Jorge Luis Borges, Evaristo Carriego. Buenos Aires, Emecé, 1955, p. 33. 16

¡Oh inteligencia, soledad en llamas que todo lo concibe sin crearlo! [...]—oh inteligencia, páramo de espejos! helada emanación de rosas pétreas en la cumbre de un tiempo paralítico. José Gorostiza

capítulo I.

Formación y juventud (1902-1924)

Principia, pues, aquí, tu obra futura, Noche, y con la lengua libre de falacia explícame la edad, el sol, la acacia, el río, el viento, el musgo, la escultura...1 Jaime Torres Bodet

Al inicio del siglo XX la Ciudad de México mantiene condiciones formadas en un prolongado itinerario. Posee, por tanto, las desigualdades extremosas nacidas en la era de la conquista. La mayor extensión urbana está incluida en la antigua traza virreinal, cuyo espacio no excede ocho y medio kilómetros cuadrados, y en sus linderos —sobre todo al norte y al oriente— se amplían barrios y arrabales para los indigentes. Las desproporciones sociales y económicas, tan injustas, son semejantes en las diversas regiones del territorio mexicano: de sus trece millones seiscientos mil habitantes, casi el 82% es campesino y únicamente el 18% restante se acomoda, si ello es posible, en las ciudades. Los pobres —indígenas en la más importante porción— acumulan casi el 91% del total, y un 8% es de las clases medias.2 El 3% de los mexicanos —cerca de cuatrocientos mil— vive en la capital del país. Una enorme mayoría de paupérrimos procede del campo; sus harapos y vestimentas, sus tareas manuales, domésticas, artesanales, serviles, otorgan una contradictoria imagen rural a esa ciudad afrancesada, emblemática y orgullosa del progreso de la República. Esa condición sobresale: la perdurabilidad de una sociedad campesina. En el año de 1900 Porfirio Díaz logra su quinta reelección como presidente de la República. Domina la totalidad de las instituciones nacionales y de las entidades de la federación; conduce y somete a los otros poderes constitucionales y confía en que su presencia garantiza disciplina, paz, desarrollo. La doctrina positivista y el darwinismo social explican, justifican la atroz inamovibilidad: los más aptos mandan, pues la sociedad

naturalmente otorga jerarquía y lugar merecido para todos y para cada uno de los seres humanos. A las estructuras superiores, políticas y económicas, corresponden las satisfacciones, los placeres, las comodidades. En la capital del país, la leve minoría de la clase alta, seguida por la parte más acomodada de la media, aspira a la igualdad con los residentes de las grandes ciudades europeas y estadounidenses (o por lo menos, a parecerse). Sus propiedades, sus residencias, se ubican donde todo se tiene: luz eléctrica, sistemas hidráulicos, avenidas y calles pavimentadas, jardines, servicios urbanos eficientes, policías, transportes, teléfono. También las instituciones culturales, al igual que salones de diversión, teatros, restaurantes e incipientes salas cinematográficas. Todo lo que representa la plenitud de una aparente modernidad y el ilusionado confort. La historia de la familia Torres Bodet principia en 1890, lejos de la capital mexicana. Comienza en Lima, Perú, cuando Alejandro Lorenzo Torres Girbent y Emilia Bodet Levallois, de veinte años de edad, contraen matrimonio. Él, de treinta y ocho años, es un español originario de Barcelona, igual que sus padres, Jaime Torres y Teresa Girbent, quienes permanecen en la capital catalana. No así los de Emilia, franceses: Federico Bodet, originario de Burdeos, y Elisa Levallois, de Saint-Malo, que emigran a Sudamérica y en Perú forman su familia. Alejandro y Emilia pretenden encontrar mejores condiciones de vida y eligen a México como destino. Llegan al puerto de Veracruz en 1895 y prosiguen el viaje hasta la Ciudad de México, pues Alejandro es empresario y representante teatral; necesita residir en una población conveniente para sus empeños profesionales. El centro capitalino es lugar de teatros y del mundo del espectáculo, por lo cual la pareja renta una vivienda en los altos del número cuatro de la calle del Factor, en contra esquina con Donceles, frente a la Cámara de Diputados. El domicilio escogido es provechoso para las actividades del jefe de familia. Es cercano a la plaza principal de la ciudad, en el encuentro de dos calles que provienen de iniciales caminos de conquistadores y que en su denominación testimonian su antigüedad. Los jóvenes nobles que acompañan a los guerreros invasores son los donceles que ahí construyen sus residencias y crean un ámbito opulento que, con naturales vicisitudes, aún perdura. Por su parte, el nombre de la calle del Factor —en la cual se construyen palacios de funcionarios virreinales— alude al oficial real que concentra rentas y tributos 20

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

Retrato de Emilia Bodet en 1936. Sus raíces francesas fueron una herencia determinante para su hijo, Jaime Torres Bodet.

Alejandro Torres y Girbent, originario de Barcelona, emigró a Lima a finales del siglo XIX donde conoció a Emilia Bodet.

pertenecientes a la corona española. Se trata, pues, de una pequeña zona que conserva prestigio, buena ubicación, acomodo y que permite, también, el desarrollo familiar. Emilia promueve la migración de los Bodet Levallois. Inicialmente llega Clotilde, la hermana mayor, y después se agregan Elisa y Federico, quien tardíamente se establece en México en 1898. Finalmente aparecen los padres, Federico y Elisa, al inicio del siglo XX. El primogénito de la pareja Torres Bodet, Jaime Mario, nace el jueves 17 de abril de 1902. Principia su vida en el ambiente de un hogar de clase media acomodada, con predominio de la rama materna, cuyos integrantes compensan las constantes ausencias paternas. Así, la primera infancia de Torres Bodet transcurre de manera placentera y conforme a las condiciones familiares y al ambiente social de su clase: El niño de las clases medias y altas porfirianas representaba uno de los símbolos por excelencia de una inocencia y una pureza “naturales”, cuyo bienestar debía protegerse. 21

Estos valores tienen su correspondencia

con las imágenes. Los retratos de estos

niños pretendían borrar en algunos casos las diferencias de género y los presentaban como seres asexuados e inmaculados, sin la menor huella de corrupción.3

Tres acontecimientos oscurecen la placidez de la familia Torres. La abuela materna fallece el 2 de septiembre de 1902, cuando el recién nacido aún no cumple cinco meses  de edad; y el 4 de marzo de 1904 muere el abuelo Federico Bodet. En ese mismo año nace el hermano menor de Jaime, llamado Mario, pero tras padecer una escarlatina invencible, concluye su breve existencia el día 31 de agosto de 1908. (El recuerdo de Mario permanece en fotografìas, Durante su infancia, Jaime convivió mucho con la familia de su madre. En la imagen, con su tío Federico Homdedeu. con facciones y una estructura corpoc. 1905 ral muy parecida a la de su hermano mayor, quien abandona el uso de su segundo nombre de pila a favor de  un olvido definitivo. Ni siquiera en sus memorias lo menciona.)4 A pesar de esos infortunios, convertido Jaime en hijo único, recibe el cuidado de sus mayores y una esmerada formación. De acuerdo con los valores y usos de la época, Emilia Bodet asume la vigilancia sobre su hijo. Para ella la vida es —a la manera jansenista— un proyecto permanente de obligaciones, deberes y tareas realizadas para obtener ciertos derechos, entre los cuales destacan el conocimiento del idioma francés y de sus poetas y prosistas: Mi madre cultivaba la pedagogía del estímulo, no la de la sensación. Me alentaba en

lo que ella creía bueno y valioso o justo. Ese aliento me alejaba insensiblemente de lo demás. Y me alejaba de lo demás con mayor eficacia que una serie de prohibiciones y de censuras. No restringió nunca mi libertad. Le bastó guiarla.5 22

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

Al principio, Jaime destaca en los aprendizajes de lectura y caligrafía en un jardín de niños. Sin embargo, Emilia prefiere encargarse personalmente de la educación de su hijo. El cuarto infantil se convierte en un pequeño salón de clases: una mesa transformada en pupitre al que se acompaña con una silla, un tintero, cuadernos de trabajo, un globo terráqueo y, también, se consigue un pizarrón plegable. La madre decide un horario de estudio de las 9 a las 12 horas, de lunes a sábado sin interrupción. Las lecciones están subordinadas al programa de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes y los libros de texto son los indicados oficialmente. Al pequeño Jaime Jaime, a la derecha de la fotografía, con su hermano Mario, le parecen venturosas las formas quien murió a los cuatro años de fiebre escarlatina. c. 1905 decididas, en las cuales los conocimientos, la presencia materna, los nuevos aprendizajes y el descubrimiento de la lengua francesa constituyen jornadas muy gratas. Aun así, los Torres Bodet advierten paulatinamente las deficiencias de la escuela familiar. La imposibilidad de tener compañeros, los retos y ventajas de los tratos sociales y la ausencia de verdaderos maestros pueden incapacitar al niño para la vida. Alejandro convence a su esposa de todo ello y ambos eligen un centro escolar, cuando Jaime está por cumplir siete años de edad. Ignacio Manuel Altamirano fue el autor, en 1865, de un proyecto de ley para establecer una Escuela Normal de Profesores, institución ilusionada, que transformaría al magisterio mexicano de educación básica. En las pretensiones del ilustre autor aparecía la creación de un plantel de párvulos, así como la primaria para las prácticas del alumnado. Al aprobarse la ley específica en 1887, se destina a la Normal un edificio ubicado en el extremo oriente del Palacio Nacional. 23

Los padres de Jaime consideran que la institución magisterial posee las mejores características y se encaminan a inscribirlo en ella. El director, Abraham Castellanos, decide valorar el aprendizaje del pequeño aspirante. Lo somete a pruebas, a “exámenes de suficiencia”, en los cuales demuestra los conocimientos adecuados para ingresar al tercer grado de la primaria. El nivel básico de estudios consta de seis años, de los cuales cuatro conforman la educación elemental y los dos siguientes la “primaria superior”; normativamente sólo es obligatorio el primer tramo. La escuela anexa a la normal funciona con maestros de notable prestigio, tales como el mencionado Abraham Castellanos —promotor de la educación popular y adherido a las doctrinas de Enrique Rébsamen—, Francisco César Morales, Clemente Beltrán y Anselmo Núñez. Ellos son responsables de los cuatro ciclos que ahí estudia Torres Bodet. Su infancia transcurre de manera semejante a la de un niño capitalino de clase media acomodada. Una precocidad sobresaliente estructura su carácter singular. En primer término destaca la comprensión de la lectura y el fácil ejercicio de la escritura, que lo han acompañado aun antes de ingresar a la educación formal. Su desdén por los ejercicios físicos y su preferencia hacia los libros lo distancian de los intereses infantiles habituales. Recuerda haber declamado, con dificultad, una poesía a Justo Sierra, secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes. Desde luego, entiende  y practica el idioma francés, como casi nadie de sus compañeros. Enciende el interés de sus maestros: el profesor Morales disfruta y testimonia su fascinación por Jaime, por su habilidad verbal y escrita, por su temprana cultura y entendimiento de los clásicos. Es un niño solitario, inhibido, discreto, pero presuntuoso. Los valores familiares y, en especial, los de su madre, lo troquelan y lo convencen de anteponer a diversiones, gozos o distracciones, el enfrentamiento de las dificultades y el cumplimiento de los deberes y obligaciones. La infancia de Jaime es obra construida, también, por su padre. Perduran en él recuerdos incomparables de la presencia, las actitudes y las decisiones de Alejandro Torres, de breve estatura, esbelto, ágil y envejecido por la calvicie y una cuidada barba blanca. Además, es un juez generoso y justo, que otorga premios ilusionados o sorprendentes. Su hijo conservaría en la memoria esta imagen: 24

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

Sus manos eran también una confidencia: la más honda, la más valiente, la última de la noche… Manos duras, viriles, de uñas robustas, venas

espesas y articulaciones que deformaba ya el artritismo. Manos que no habían tomado la pluma sino

para escribir compromisos fundamentales. Manos sin subterfugios y sin sortijas, que la cólera debía

haber apretado violentamente, que las caricias no habían pulido y que —cortadas por el filo de los

puños almidonados— parecían más viejas y más humildes que el resto de su persona. ¡Cuántas

generaciones de labradores y de marinos, de herreros y de jinetes había necesitado la biología

para producir ese par de patéticos instrumentos

que se esforzaban por legarme una vida de honor y de probidad!6

El niño que vive, sobre todo, en el mundo de los libros, durante los paseos familiares se conmueve cuando sus padres se encaminan a la Jaime vistió desde pequeño según los estándares Avenida 5 de Mayo. Ahí son tantas las librerías  de las clases acomodadas de la época. Esta formalidad lo acompañó el resto de su vida. y papelerías, que Jaime presagia la contra-  dicción entre poder adquirir algo y la imposibilidad de tener todo lo deseado. Las experiencias vitales, los deslumbramientos, siempre son diferentes  frente a los escaparates, ante las ofertas y el hallazgo de útiles para el aprendizaje y la escritura, entre los cuales destacan las sorprendentes plumas fuente. La biblioteca infantil es enriquecida paso a paso, pero casi nada es igual al premio que su padre le regala por haber concluido la educación primaria: la colección de los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós. Como un viajero asombrado y dichoso, ocupa un lugar en las fantasías de sus admirados hombres de letras. Asimismo, encuentra acomodo y gozo ante la música y las representaciones de ópera, que su padre promueve y facilita en los territorios de su actividad profesional. Alejandro Torres mantiene, desde su llegada a la capital de México, sus tareas de empresario y representante de artistas. Por ello, conforme a las 25

circunstancias, patrocina espectáculos y, a la vez, se convierte en agente de empresas que lo contratan para organizar funciones, locales, abonos y administrar su personal. En 1900 le corresponde participar en la inauguración del Teatro Renacimiento, al presentar a la ópera italiana de Milán, la cual continúa ahí durante varios años. En 1906 acepta una propuesta de la Compañía de Ópera Italiana, que tiene buena y perdurable fortuna. Miguel Sigaldi y José Torres Ovando, Rosalía Chalía y Emilia Leovalli son los cantantes principales de esa empresa, que sobrevive a las variantes habituales en el mundo del espectáculo. Se suceden los escenarios capitalinos en los cuales trabaja la compañía representada por Alejandro Torres. Él obtiene prestigio por ser honrado, trabajador, seguro en los tratos y franco en las propuestas. Amplía los ámbitos de la agrupación y se dedica, durante 1907 y hasta 1909, a organizar giras y temporadas cortas en Parral, Hermosillo, Guaymas y Mazatlán. También ofrece funciones en locales de San Miguel de Allende, Matehuala, Torreón, Guadalajara y Zacatecas; y en el mes de febrero de 1910 da un vuelco a sus labores: extiende las presentaciones a El Salvador, Panamá, Colombia y Venezuela.

Torres Bodet creció entre adultos. Aquí se le ve, vestido con un traje oscuro, junto a Alberto, quien era hijo de los empleados domésticos de la familia y uno de sus pocos compañeros de juego. c. 1910

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Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

El renombre de la Compañía de Ópera Italiana, la calidad de sus cantantes y el repertorio escogido, facilitan que sea integrada a los festejos gubernamentales del centenario de la Independencia. Alejandro contrata a intérpretes provenientes de Nueva York, de Boston y del teatro San Carlo de Nápoles, que se presentan en el Arbeu, en la función de gala del 11 de septiembre. Estas actividades, los constantes viajes y los escenarios tan diversos, significan un distanciamiento inevitable. Jaime, sin embargo, queda compensado por la generosidad de su padre, quien lo lleva a conocer la preparación de los espectáculos, los teatros más afamados de la capital, el aprecio por el arte, el renovado asombro y el placer infantil ante cada historia o fantasía que presencia. Los acontecimientos políticos modifican al país: para coincidir con las fiestas de 1910, se construye una nueva escuela normal en la Calzada de Tacuba, donde antes se ubicaba el colegio militar. El 12 de septiembre de ese año se inaugura el plantel y Jaime concluye ahí su cuarto grado de primaria. Al poco tiempo se divulga el plan revolucionario de Francisco I. Madero, el cual no altera de inmediato a la Ciudad de México; pero en marzo de 1911 los capitalinos reclaman cambios y el apacible orden se derrumba. Paulatinamente la tensión se amplía y, sin convertirse en una contienda cruenta, los ciudadanos reciben noticias de la defensa férrea del ejército federal, simultáneas a los avances y victorias de las tropas revolucionarias. La familia Torres ya no habita, desde tiempo atrás, la casa de Donceles y Factor, y al mudarse a la calle de Independencia se aleja de los sitios de la alteración: la Cámara de Diputados, la calle de Plateros y el propio centro de la ciudad. Ni siquiera contempla la llegada del general Díaz al recinto parlamentario, el 1 de abril de 1911, cuando propone su último cambio de ministerio y las postreras modificaciones constitucionales, con el ánimo  de convencer a los ciudadanos. Tampoco el alboroto popular por la anhelada renuncia del presidente de la República. Seguramente por la extranjería de los padres y la edad de Jaime, la familia no se agrega al jubiloso recibimiento del líder triunfador el 7 de junio de ese año. Las consecuencias del derrumbamiento del régimen porfirista, y los contradictorios compromisos de Ciudad Juárez aceptados por Francisco I. Madero, fortalecen el optimismo ciudadano, hermanado con la certidumbre de que nada cambiará. Alejandro Torres continúa sus actividades con resultados muy favorables, al surgir una nueva compañía encabezada por 27

Jaime sentado en la sala de su casa; detrás de él, su madre Emilia acompañada por sus hermanas Elisa y Clotilde (de pie). c. 1910

Miguel Sigaldi, que lo nombra su representante. La nueva empresa es muy afortunada: con breves interrupciones, lleva a cabo temporadas en el teatro Colón durante casi doce meses; realiza giras en provincia y Torres obtiene una concesión del teatro Arbeu para ofrecer funciones populares de ópera. El venturoso año de 1912 concluye con la aprobación del sexto grado de primaria de Jaime.

El gobierno de Francisco I. Madero, iniciado en noviembre de 1911, vive una normalidad sólo aparente. Mantenidos los poderes de la República, funcionan las instituciones; se licencia a casi todos los rebeldes y sobreviven los miembros del antiguo régimen, tanto en la Cámara de Senadores como en el Poder Judicial y en las jefaturas de las fuerzas armadas. A pesar de ello —precisamente por todo ello—, en los primeros dieciséis meses de su 28

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

mandato Madero afronta cinco levantamientos armados: el zapatista, escudado en el Plan de Ayala; el de Pascual Orozco, con el Plan de la Empacadora; el de Bernardo Reyes; el de Félix Díaz y, finalmente, el que llevan a cabo los dos últimos en febrero de 1913. La Ciudad de México es escenario de esta rebelión que, a pesar de su inferioridad inicial, se convierte en un complot de porfiristas y traidores al gobierno. Desde el principio de la lucha, el 9 de febrero, los alzados hacen del centro de la capital un campo de batalla, y la cruenta asonada concluye con la aprehensión del presidente y el vicepresidente de la República. En la conjura sobresale Victoriano Huerta, general de la época porfirista, quien es nombrado por Madero comandante militar de la plaza. Tras cambiar de bando obtiene las renuncias de don Francisco y José María Pino Suárez; mediante formalidades legales se hace nombrar presidente interino de la República; ordena la ejecución de los legítimos mandatarios y establece un régimen antidemocrático, ilegal, dictatorial. Aunque las tropas de Emiliano Zapata en ciertas ocasiones asedian lugares del sur de la ciudad, los combates armados no habían sido parte  de la cotidianeidad capitalina. La “Decena Trágica”, del 9 al 19 de febrero de 1913, es una desgraciada experiencia. No sólo por los constantes enfrentamientos de las fuerzas leales al gobierno y las tropas rebeldes, sino por las desventuras humanas: las víctimas inocentes, la incapacidad generalizada para atender a los heridos, los abusos de los soldados sobre la población y sus bienes. Los habitantes se refugian en sus viviendas, se alimentan con lo que pueden y quedan a la espera de los resultados de tan insólita situación. Los padres de Jaime reaccionan en forma semejante y él aprovecha la inesperada prisión hogareña para leer la obra galdosiana y encontrar en los episodios sobresalientes del autor español experiencias más intensas, extremas y más severas que la suya, pero incapaces de lesionarlo. Además, el pequeño Torres Bodet está preparado para el futuro inmediato. Su madre lo ha inscrito como alumno numerario, es decir regular, del primer año de la Escuela Nacional Preparatoria. La ilustre institución, eje singular del sistema educativo juarista, es fruto de la doctrina positivista de Augusto Comte, que en la ciencia basa conocimientos y aprendizajes. Los estudios íntegros del ciclo escolar se llevan a cabo en cinco grados e incluyen veintiséis asignaturas, entre ellas matemáticas, dibujo, trabajos manuales, lengua española, francés, inglés, geografía, historia y literatura. 29

Por su mundo de adolescentes y jóvenes, la educación física es una materia necesaria. En marzo de 1913 las alteraciones de los días cruentos concluyen y principian los cursos preparatorianos. Al poco tiempo, en el mes de agosto, Victoriano Huerta expide un reglamento inusitado, que comprende a la Escuela Nacional Preparatoria en el régimen “para la organización disciplinaria militar”, con el ánimo y el objetivo de que sea semejante a los cuerpos castrenses. Sin dilación los alumnos se someten a la enseñanza marcial. Se les dota de uniformes, se les divide por grados de acuerdo con su posición escolar y Jaime queda en el cuerpo de soldados rasos. La edad y la anticipación de conocimientos le proporciona ventajas e inconvenientes. Su madre lo acompaña todos los días. Se despide de él en la puerta de la Catedral, pues desde ahí ya no habrá riesgos en su itinerario hasta la calle de San Ildefonso y permite, además, que ingrese al plantel en forma independiente, a la manera de sus compañeros. La decisión familiar de mantener a Jaime en un estado pueril, de prohibir que repentinamente se convierta en un joven, lo sujeta a una ridícula obligación que perdura durante los primeros cuatro años preparatorianos: vestirse con

Diploma de la Escuela Nacional Preparatoria de Jaime Torres Bodet, 7 de junio de 1920.

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Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

pantalones cortos, zapatos de charol, medias hasta la mitad de la pierna y un  extravagante saco sin solapas con el adorno de una ancha corbata. Esto,  un leve sobrepeso, su propia soberbia, demostrada en sus comportamientos y en sus respuestas en clase, y una discreción desdeñosa, lo convierten en objeto de burlas y en un alumno solitario. El tránsito de la adolescencia de Jaime tiende, como el de tantos otros, a la búsqueda, al descubrimiento, al encuentro de aficiones propias, a la definición de los gustos personales y a la seguridad de los ideales y del porvenir. La ópera se disminuye entre sus preferencias, pero aumenta su asombro y el disfrute de la música. Las composiciones de Chopin, Beethoven y Mozart lo  seducen, y es entonces cuando este arte empieza a ejercer sobre él, como lo dirá años más tarde, “una magnífica dictadura”.7 Acrecienta sus lecturas y enlaza la obligación de recorrer los textos escolares con su interés por obras narrativas y poéticas europeas. Desde luego, prefiere también los paradigmas de la literatura y la historia nacionales. Integrante de su generación, encuentra en el cinematógrafo mudo el arte peculiar de su tiempo y recorre El Salón Rojo, el Cine Casino y el Cine Principal. El jovencito de los pantalones cortos se da cuenta de que sus sentidos modifican el lenguaje y sus intereses. En el tranvía, durante las habituales caminatas, en la penumbra de las salas cinematográficas, distingue, prefiere y trata de definir su asombro ante la belleza, las miradas y las sonrisas de jóvenes desconocidas a quienes no tiene forma de acercarse. A veces se atreve a iniciar una conversación y, de vez en cuando, logra una respuesta. Las inhibiciones, los titubeos, los temores adolescentes son vencidos en el trato cotidiano en las aulas preparatorianas y principia a tener amigos, no sólo compañeros. Aventura tratos —corteses, adecuados, afines— con maestros preferidos de literatura. Primero con Enrique Fernández Granados y con un grupo de jóvenes profesores que en 1914 llega a la preparatoria: Alberto Vázquez del Mercado, Manuel Toussaint y Antonio Castro Leal. A principios de 1915 un acontecimiento lo transforma. Jaime, aún de doce años, se atreve a entregar un poema —una breve rapsodia— precisamente a su profesor Fernández Granados, con la pretensión de conocer su juicio. Torres Bodet recibe una elogiosa respuesta que otorga la tierra firme de su vocación: será un hombre de letras, un escritor, un poeta. Pero el júbilo se convierte de inmediato en una nueva necesidad. A partir de 31

esa convicción, descuida los estudios —se conforma con atenderlos y aprobarlos— y destina sus horarios escolares a recorrer las bibliotecas públicas. La del Museo Nacional, plácido recinto ubicado en la cercana calle de Moneda, se convierte en su furtivo refugio. Antes de esos ensueños, las condiciones exteriores varían incesantemente. Los capitalinos contemplan y padecen el mandato de Victoriano Huerta, que disuelve el Congreso, encarcela a los diputados, ejecuta a sus enemigos y reorienta el gasto público para oponerse a la rebelión de Venustiano Carranza. La oposición constitucionalista, iniciada en marzo de 1913, desde el norte del país se extiende, se convierte en acción popular y, en año y medio, derrota al régimen espurio. La contienda siguiente, entre carrancistas y seguidores de Francisco Villa y Emiliano Zapata, en torno de la Convención Revolucionaria, convierte a la Ciudad de México en escenario de decisiones gubernamentales diversas, contradictorias, sin sentido aparente. Así ocurre durante quince meses, desde fines de 1914 hasta principios de 1916, en los cuales el gobierno citadino es, sucesivamente, de constitucionalistas, zapatistas, villistas, convencionistas y finalmente carrancistas. La supremacía de cada uno de ellos provoca desdichas y sufrimientos. El hambre diaria se extiende sin remedio y avasalla a casi todos. La capacidad económica de las clases medias se angosta, y los pobres no tienen defensa alguna. Las autoridades no demuestran experiencia ni seguridad y sus ordenamientos son ingratos. Nada perdura, nada permanece. La fragilidad de la situación se demuestra en el papel moneda: cada facción determina la circulación de diversos billetes y los “bilimbiques”, los “cartones”, los “coloraditos”, los “dos caritas” circulan efímeramente. Así mismo las monedas de latón, níquel, cobre, plomo o bronce tienen valores insignificantes. Sobrevivir se transforma en aspiración cotidiana. La zozobra, la anormalidad de esta caótica situación se refleja en la Escuela Nacional Preparatoria. Algunas modificaciones son favorables. Se desmilitariza a los alumnos y se reducen los estudios a cuatro años, para mencionar decisiones populares. En otra ocasión se exige el pago de una colegiatura mensual y en otra más se desprende al plantel preparatorio de la Universidad Nacional para convertirlo en dependencia del gobierno de la ciudad. Los alumnos demuestran conformidad, pero ante todo habilidades para afrontar los sucesivos avatares: encontrar caminos seguros para asistir a 32

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

sus clases, hallar recursos económicos para los gastos habituales y tratar de comprender las finalidades de la lucha armada. Jaime Torres Bodet, al recordar esos años, dice: “en mi caso, como en el de tantos jóvenes mexicanos, la energía acumulada emanaba del clima, magnético como pocos, en que se realizó la Revolución”.8 La familia Torres desde 1913 se traslada a la colonia San Rafael. Primero a la casa número 97 de la calle Alfonso Herrera y al año siguiente a otra cercana, en José Rosas Moreno número 144. En esta vivienda, Jaime utiliza su habitación como el sitio de las disciplinas de escritor y al término de sus tareas estudiantiles y familiares se dedica a escribir poemas. Es decir, a pesar de ejercitar su clara vocación, conforme con sus valores, asume sus quehaceres escolares en forma destacada. Jaime continúa siendo objeto de burlas, actitudes que, como él mismo comprende, se originan en su apariencia física: “estimulados por el recuerdo de mis pantalones heterodoxos, algunos muchachos me dedicaban una alusión desprovista de amenidad”.9 A pesar de ello, la convivencia obligada propicia el encuentro con compañeros afines a su forma de ser y a sus intereses. En Bernardo Ortiz de Montellano, José Gorostiza, Carlos Pellicer y Luis Garrido, descubre parecidos que lo despojan de la soledad adolescente para convertirla en juventud gregaria. Aunque todos ellos aspiran a convertirse en escritores, Pellicer lleva una singular delantera y deslumbra con sus poemas a todos sus amigos. Cuando Jaime cursa el último año de la preparatoria y ha comprobado facilidades en la expresión poética, influida primordialmente por el tono austero, la ensoñación melancólica y la admiración ante la existencia de Enrique González Martínez, reúne un conjunto de poemas —corregidos obsesivamente— que anudan su anticipación literaria a experiencias distantes, consecuencia  del inicio de la juventud. Adquiere la amistad de Enrique González Rojo, hijo del  poeta mayor, y un trato frecuente con ambos. Un resultado de todo ello es la publicación de su poemario inicial, titulado Fervor, que contiene un prólogo de González Martínez. El libro es editado en 1918 por la Imprenta Ballescá. El dominio materno conduce a Jaime —ya vestido con pantalones largos desde el año anterior— a la Escuela de Jurisprudencia de la Universidad Nacional de México. Por el amor y la admiración filiales, acepta la inscripción como alumno numerario, en el primer grado de abogacía, cuyas ventajas suponen el acceso a numerosas y diversas actividades profesionales o al sitio 33

De izquierda a derecha: Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo, Roque Estrada, Álvaro Obregón, Alejandro Quijano, Francisco Monterde, Julio Jiménez Rueda, Joaquín Icazbalceta, un personaje no identificado, Bernardo Gastélum, Aarón Sáenz, Jaime Torres Bodet y Xavier Villaurrutia. c. 1924

prominente de los políticos. Nada de ello lo atrae lo suficiente para soportar los cinco años de la carrera. Sin embargo, compensa su doblegamiento ante la posibilidad de ser discípulo de eminentes profesores, entre quienes destaca Antonio Caso, maestro de Sociología General y Jurídica en el primer curso. También los profesores Erasmo Castellanos Quinto, de Literatura Forense, y Fernando Lizardi, en las cátedras de Iniciación a la Ciencia del Derecho y Derecho General Público. En 1909, Antonio Caso había integrado el Ateneo de la Juventud en unión de Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes y José Vasconcelos, con el propósito de divulgar la cultura mexicana y sus valores. El pequeño grupo sostuvo una valiosa crítica contra la escena intelectual porfiriana; discutió las bases del sistema educativo del positivismo; postuló el retorno del humanismo y el hallazgo de pensadores contrarios a las razones morales del régimen. Todos sus integrantes enfrentaron con extraordinario rigor y seriedad los principios del cambio. Aunque los protagonistas del Ateneo tomaron diversos caminos desde 1913, Caso permaneció en una actividad docente inalterable. Para el joven Torres Bodet, el maestro Caso representaba al ser ideal, al pensador inflexible en sus principios. Tiempo después lo recordó de esta manera: Hombre de tipo romántico, apasionado, intenso y sentimental, todo en él convencía

magistralmente […]. “Virtud es fuerza”, le oíamos repetir, en el aula en que dirigía el concierto mágico de sus clases. Y su fuerza mayor era la virtud. Porque, mexicano como el que más, Antonio Caso no puso su patriotismo en la tolerancia. Lo puso en la afirmación de lo que creía. Acertó en ello. El patriotismo genuino es aquel que pide más a la patria, más por la patria.10

Un nuevo orden constitucional conduce al país a una naciente normalidad. Vigente la ley suprema de 1917 desde el 1 de mayo; puestas a prueba sus instituciones y el mandato de un presidente de la República; casi pacificada la nación, salvo brotes rebeldes regionales con el zapatismo como principal guerrilla, se pretende convivir en una etapa pacífica y bienhechora. El minúsculo mundo de los estudiantes de derecho es también territorio plácido, sólo alterado por la intensidad y las pasiones de los jóvenes alumnos. Torres Bodet demuestra —a sus dieciséis años— la reciedumbre altanera de su carácter. Con esmero asiste a sus jornadas escolares; participa en ellas y sobresale en las calificaciones mensuales. En forma 36

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

simultánea inicia el camino formal de sus preferencias: se inscribe en la Escuela Nacional de Altos Estudios para especializarse en lengua y literatura francesas, con la autorización de asistir al primer y segundo cursos. Su voluntad de convertirse en escritor y, sobre todo, en poeta, es el centro de sus diarios empeños. Colabora en varias publicaciones culturales, como la Revista Moderna y la publicación estudiantil San-Ev-Ank. Inventa proyectos literarios con José Gorostiza, Enrique González Rojo y Bernardo Ortiz de Montellano. Éste es su amigo del alma, como lo recuerda Salvador Novo: “Fue en una época su amigo más fiel y más íntimo; quien más lo admiraba; quien lo veía sin envidia triunfar y ascender”11 (aunque, según el propio Novo, “era celoso del privilegio de su intimidad con un Jaime arrolladoramente triunfante”).12 Los cuatro poetas pretenden reconstruir el desaparecido Ateneo de la Juventud, con el mismo nombre y objetivos semejantes. Emprenden conferencias, discusiones y la necesaria divulgación de los autores extranjeros de su momento, 1918. Al término del primer año de la carrera de abogado, Torres Bodet aprueba de manera excelente las asignaturas y en dos de ellas  —Iniciación a la Ciencia del Derecho y Derecho Público— el presidente del jurado anota en los resultados del examen, oral y escrito: “Este alumno mereció especial mención del jurado por sus extensos conocimientos en la materia y su notable erudición”.13 Las cátedras del segundo año profesional —Derecho Civil, Derecho Romano, Historia del Derecho Patrio y Medicina Legal— lo llevan a territorios desconocidos y muy diversos a los del ciclo anterior. El encuentro con disciplinas y tareas tan directamente relacionadas con la práctica del abogado activo, el postulante, lo alejan de su interés por el derecho público y seguramente agravian, dificultan los ejercicios de su vocación literaria. Al término de ese año, 1919, no presenta los exámenes finales y proyecta la Portada de la revista San-Ev-Ank de noviembre de 1918. 37

modificación de su inmediato futuro. Expone a sus padres la pretensión de estudiar en París, en la Sorbona, y encuentra su fácil aprobación, siempre que lo acompañe doña Emilia y el padre permanezca en la Ciudad de México, aunque se prevea una separación de cuatro años. Los planes familiares se alteran y se dificultan por la enfermedad de la tía Clotilde, hermana de Emilia, quien vivía en Cuautla, Morelos. En su casa Jaime ha vacacionado durante su infancia y su adolescencia, ha disfrutado del ámbito rural de su país y ha descubierto las felices diferencias con su pequeño mundo citadino. La enfermedad de la tía la obliga a radicar en la Ciudad de México y vivir con su marido en la casa de los Torres Bodet, por el dilatado tratamiento impuesto debido al mal que padece. Se inicia así el año de 1920. De todas formas, en marzo se adquieren los boletos de Jaime y su madre para el navío que los conducirá  de Veracruz a Saint-Nazaire en el mes de agosto. El joven Torres Bodet formalmente se reinscribe en la Escuela de Jurisprudencia para cursar de nueva cuenta el segundo año. La cotidianeidad parece más grata: vaga en el bosque de Chapultepec, se acostumbra a matutinas caminatas —durante las cuales da sitio a próximos poemas— y almuerza con amigos en el Café América. Mientras tanto, las molestias de Clotilde Bodet se intensifican, y su fallecimiento sucede ante la presencia y el dolor de sus familiares. Casi simultáneamente los revolucionarios sonorenses enfrentan al gobierno; se fortalecen con la complicidad de prácticamente todos los jefes militares del país; acorralan al presidente Venustiano Carranza y terminan con él en la villa poblana de Tlaxcalantongo, a fines del mes de mayo.

La rebelión que dirigen los generales sonorenses ocasiona el final de la lucha armada en nuestro país. La aspiración de los comandantes militares que derrotan a Victoriano Huerta, a Francisco Villa y a Emiliano Zapata, se realiza cuando ocupan plenamente el poder nacional. El Estado revolucionario aparece sin dilación; los jefes victoriosos no están subordinados ya a civiles, abogados o políticos sin participación en los campos de batalla. Se experimenta también una peculiar situación social: abatidos, excluidos los protagonistas y actores del viejo régimen, quedan exiliados o 38

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disminuidos. De igual manera, vencido el grupo de empleados gubernamentales del constitucionalismo —que domina durante los casi seis años anteriores—, los revolucionarios, los hombres de la guerra, deben aprender el arte administrativo. Sólo pueden extraerlo de sus experiencias regionales, estatales, sin duda alguna fragmentarias. Además, necesitan desconfiar de sus antiguos compañeros. Ante ese vacío, desde el interinato de Adolfo de la Huerta y en el siguiente periodo presidencial, el de Álvaro Obregón, los funcionarios recurren a nuevos mexicanos: los jóvenes. Sin herencias oscuras, sin complicidades ni intereses particulares, y con una precocidad extraordinaria los más capaces, representan, lógicamente, los seguros y mejores colaboradores en las tareas nacionales. José Joaquín Blanco describe este fenómeno: La juventud tuvo connotaciones morales, estéticas y simbólicas propias de los años veinte, que depositaban en el Joven los más generosos ideales humanos: es el activo, el audaz, el ambicioso, el experimentador, el capaz de las grandes emociones, el creador.14

En esta etapa de “regeneración nacional”, se acomodan con fácil naturalidad los integrantes de otras generaciones. En 1915 habían ingresado a la Escuela de Jurisprudencia siete alumnos que presagiaban las formalidades del abogado y fundaron una Sociedad de Conferencias y Conciertos que, supuestamente, los acompañaría a lo largo de su carrera profesional. Con el impulso de Alberto Vázquez del Mercado, el mayor de todos, se comprometieron Vicente Lombardo Toledano, Manuel Gómez Morín, Alfonso Caso, Antonio Castro Leal, Teófilo Olea y Leyva y Jesús Moreno Vaca. Su relevancia en los estudios jurídicos, la distinción de sus expresiones políticas, su participación en las actividades escolares y docentes, les otorgaron el nombre —irónico, irreverente y zumbón— de los Siete Sabios, que aludía al grupo de filósofos griegos de la antigüedad. Todos ellos ocupan cargos en el nuevo gobierno y el primero de ellos, Alberto Vázquez del Mercado, es designado Secretario de Gobierno del Distrito Federal. Con su jerarquía recomienda a los compañeros del grupo y a jóvenes destacados. Por su parte, en forma insólita, Jaime Torres Bodet experimenta dudas sobre su existencia, acerca de su porvenir inmediato, que no corresponden a su habitual entereza. El ambiente político y el académico testimonian la 39

necesaria presencia de los jóvenes de su generación. Antonio Caso propone nombrarlo profesor de literatura en la Escuela Nacional de Altos Estudios. Jaime emprende así la experiencia docente en un tema predilecto. El nuevo profesor reflexiona, sin interrupción, respecto de las ventajas e inconvenientes de una prolongada ausencia. Finalmente decide no realizar el proyectado viaje a Francia, aunque sus explicaciones no contienen un hecho definitivo para impedirlo. ¿Cómo justificar esa elección ante sus padres y su tío, quienes han vendido la biblioteca y los muebles propios para afrontar los gastos? Vázquez del Mercado ofrece la solución: en la Escuela Nacional Preparatoria está vacante el cargo de Secretario y se lo propone a Torres Bodet. El 19 de agosto de 1920 Jaime asume la responsabilidad administrativa del plantel en que había concluido sus estudios al término de 1917. Se transforma en funcionario y las condiciones del personal, el mantenimiento físico de las dependencias, los recursos materiales y los acontecimientos estudiantiles —no siempre gratos— le hacen vivir experiencias sorprendentes para sus 18 años de edad, cuando aún parece un alumno levemente rezagado. Todo ha cambiado. El joven ya no es el “panzón”, ni siquiera “Bodet el náufrago de Chapultepec” y menos el “cachetitos de manzana”. Es un elegante caballero, con traje de High Life o de El Palacio de Hierro. Mide un metro setenta y cuatro centímetros, es esbelto, de cabello grueso ondulado. Su rostro aparenta una mayor edad: la amplia frente combada, la nariz recta y un poco larga, el entorno facial ancho, prolongado con el mentón partido. La piel blanca y los ojos cafés confiesan su naturaleza de criollo. Se le suele ver con un cigarrillo en la mano, y en la intimidad solitaria de su casa emprende el placer —aparentemente adulto— de fumar pipa. La inexperiencia y sobrestimación juveniles, unidas a una seriedad altanera, son elementos que Jaime demuestra en la primera etapa de su encargo. Salvador Novo recuerda muchos años más tarde el ánimo y el carácter del novel secretario de la preparatoria: Acaso, cuando era tan joven que el triunfo anacrónico le pudiera marear, pareciera orgulloso de él, vanidoso de su talento. Los años le humanizarían para conservarle un depurado recato […].15

Yo le conocí en la Preparatoria, de que él acababa de ser nombrado secretario, y en

que yo era todavía alumno. Solíamos regresar juntos a casas próximas, […] y mientras 40

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

nos decíamos los últimos versos, me ofrecía un cigarrillo Gadol Melek con una aclaración que patentizaba su admira-

ción por Vasconcelos: “De éstos fuma el rector”. 16

El rector conoce el resultado de las tareas realizadas por el secretario preparatoriano: su puntualidad, los afanes por cumplir la totalidad de sus obligaciones, el prestigio que adquiere en la cátedra y en la oficina. Vasconcelos necesita un nuevo secretario particular; escoge a Torres Bodet en el mes de marzo de 1921 y simpatizan mutuamente. El joven designado acepta un excepcional aprendizaje que su admirado jefe otorga generosamente. Entre los altos funcionarios del Joven ambicioso y preparado, Jaime pasa de la secretaría de la Escuela Nacional Preparatoria a la rectoría de la primer mandato sonorense, muchos Universidad para trabajar con José Vasconcelos. c. 1921 de ellos con grado militar, destaca un ciudadano: el abogado José Vasconcelos, ateneísta de 1909 y afiliado al antirreeleccionismo inicial. Distante del carrancismo, asesora a Francisco Villa, participa en la Convención revolucionaria y figura en uno de sus gobiernos. Ante la derrota se exilia, pero tiempo después encuentra en Álvaro Obregón a un interlocutor atento y apasionado por sus planes educativos. El oaxaqueño es culto, inteligente sin fracturas, enérgico y poseedor de una ideología nacionalista, fortalecida por un humanismo “de misionero y de iluminado”.17 Convencido predicador del sentido moral de la Revolución, impulsor del hombre nuevo, pretende fundar en las instituciones escolares la dignidad de los mexicanos. Mantiene otra creencia: que los jóvenes, exentos de vicios, serán los protagonistas de los días por venir: Recurrió a los jóvenes para que le ayudasen en las campañas y labores de la Universidad y la Secretaría de Educación Pública porque “la regeneración moral de la patria” exigía 41

personas “no viciadas” por intereses, ni habituadas a la mezquindad o a la rutina en el trabajo: con los jóvenes quizá se fracasara, pero con los mayores el fracaso era seguro.18

El interinato presidencial de Adolfo de la Huerta es de sólo un semestre, y la estancia de José Vasconcelos en la rectoría de la Universidad es un breve tránsito para preparar la renovación del ministerio de la educación. Su compromiso es idearlo, integrar su estructura jurídica, convencer al Congreso de la Unión de la importancia de su creación y desde el cargo universitario principiar las tareas de una institución nacional. La secretaría de Estado iniciada por Justo Sierra en 1905 pudo perdurar durante los vaivenes revolucionarios hasta 1917, cuando Venustiano Carranza propuso convertirla en un departamento administrativo y entregar las escuelas primarias y la preparatoria al gobierno de la Ciudad de México. El proyecto de ley del rector Vasconcelos para la creación de la Secretaría de Educación Pública Federal es presentado a la Cámara de Diputados el 22 de octubre de 1920. Contra la limitación territorial de la anterior institución —que tenía jurisdicción únicamente sobre el Distrito Federal y los territorios—, la propuesta vasconceliana determina una entidad nacional. Conforme a los términos de esa época, se constituye la federalización de la enseñanza. Se incluye un ciclo primario igualitario, sin distinciones sociales ni étnicas, pues quedan incorporados los indígenas. Unidos a un departamento educativo, se instituye el de Bibliotecas, para proporcionar servicios de lectura como una obligación pública y necesario complemento de la escuela, al igual que el de Bellas Artes para estimular, divulgar y preservar las expresiones artísticas del pueblo mexicano. Posteriormente Vasconcelos habría de afirmar que ese ministerio “transformaría el alma de México”.19 La iniciativa no enfrenta opositores en un principio. La necesidad de la escuela es un planteamiento, “un clamor popular” recogido por diversas facciones revolucionarias, presente en la Constitución de 1917 con el carácter laico y —en el caso de primaria oficial— gratuito. Debían, por ello, lograrse dos objetivos: primero, incluir en la carta magna la secretaría de Estado de la educación nacional y en segundo término establecer en  la legislación secundaria la organización, los deberes y las facultades de la dependencia fundada. Álvaro Obregón está convencido de la utilidad de esa institución. Aun antes de asumir la presidencia de la República apoya la iniciativa de las 42

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

modificaciones constitucionales. El tránsito legislativo del proyecto de José Vasconcelos resulta fácil ante el Congreso de la Unión. En marzo de 1921 el texto aprobado inicia su recorrido por los cuerpos parlamentarios locales. El rector Vasconcelos decide viajar a las capitales estatales para dar a conocer las ventajas de esa nueva secretaría de Estado y la urgencia de su pronta aparición. Visita las entidades más importantes en un exceso de protagonismo y con una hábil preparación, ya que es unánime la certidumbre política del interés presidencial por el asunto. Con esos elementos el 30 de junio se promulgan las reformas constitucionales. El conocimiento que Vasconcelos Al trabajar con José Vasconcelos, Torres Bodet sentó las bases tiene de los dirigentes políticos del de su compromiso con la educación de México. Retrato de Vasconcelos dedicado a Torres Bodet, agosto de 1923. país lo demuestra con acciones. El rector instala escuelas, bibliotecas y “misiones culturales”. Estas previsiones resultan muy útiles, ya que al presentarse en la Cámara de Diputados las reformas legales para el funcionamiento de la Secretaría de Educación Pública se multiplican iniciativas legislativas (Vasconcelos cuenta diez) para sepultar su proyecto. La mejor defensa del rector consiste en que son inútiles las variantes y las ocurrencias de los entremetidos frente a algo que ya existe: “insistí en que lo único procedente era aprobar los planes según los cuales estaba funcionando ya de hecho un organismo que necesitaba el espaldarazo de la legalidad para perpetuarse, pero no para ser”.20 El presidente Obregón apoya al rector, su posición y planes inmediatos. Otorga a la Universidad los Talleres Gráficos de la Nación y, al autorizar el departamento editorial correspondiente, amplía su presupuesto para imprimir la revista El maestro, emprender la colección de “Obras de autores 43

clásicos antiguos” y distribuir un millón de ejemplares de “un libro de lectura elemental” (tal como lo expresa en su informe presidencial del 1º de septiembre de 1921). Las propuestas de los diputados para reformar la ley de Secretarías de Estado y legalizar la estructura de la SEP, controvertidas por la inflexibilidad de Vasconcelos, propician una determinación intermedia que libra la oposición tenaz. El 3 de octubre de 1921 se publica en el Diario Oficial de la Federación el decreto del Congreso de la Unión que determina el establecimiento de la dependencia denominada Secretaría de Educación Pública, así como sus funciones. La promoción, el ascenso de un funcionario administrativo, beneficia en muchas ocasiones a los colaboradores próximos. Jaime Torres Bodet obtiene una mejoría por la transformación del rector en ministro. Como secretario particular le corresponde una remuneración de 750 pesos mensuales y continúa como profesor de literatura en la Escuela Nacional Preparatoria. Las afinidades entre el joven asistente, aún de diecinueve años, y su superior, de treinta y nueve, son cimiento firme para los entendimientos. La apasionada dedicación y entrega en el trabajo es el troquel que recibe Jaime de un maestro excepcional. José Vasconcelos pretende sembrar sus valores e infundir su pasión renovadora en todos los aspectos de su acción: desde la construcción de un magnífico edificio administrativo; desde su energía para comprometer a los jóvenes en la contienda contra la miseria, para colaborar en las misiones culturales, hasta lograr la ayuda de ciudadanos alfabetizadores. Impulsa la responsabilidad de los artistas con la cultura mexicana y la interpretación de sus condiciones. Les propone, también, que abandonen las torres de marfil ante los problemas sociales y el desamparo de los más necesitados. La ejemplaridad del maestro Vasconcelos desborda limitaciones de cualquier tipo, a fin de lograr la regeneración de los seres humanos. En el ánimo del titular de la Secretaría de Educación Pública existe una tarea central: “derrotar a la ignorancia”. Establece una dependencia encargada de la alfabetización, necesaria para la mayoría de los adultos mexicanos. Conforme a sus criterios, califica como un servicio de “emergencia patriótica” esa tarea, a la cual convoca por todos los medios posibles y convierte en responsables a compatriotas letrados. Así, obliga a los maestros federales para que adicionen a sus jornadas habituales el deber de enseñar a leer y 44

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escribir a los vecinos de sus comunidades. Sale en búsqueda de ciudadanos a los que nombra profesores honorarios y miembros de verdaderas brigadas. Pide a los jóvenes universitarios que atiendan barrios proletarios de la capital y requiere a los niños que cursan los tres últimos años de primaria, en cualquier escuela del país, para que se integren al “ejército infantil”. En los poblados rurales pretende reunir a sus habitantes en las plazas públicas para que escuchen a orquestas populares de Bellas Artes, y levanten pizarrones después de cada concierto y con las enseñanzas de los maestros aprendan la palabra libertadora. Esas medidas alfabetizadoras son testimonio de la transformación del sistema educativo. No es la paulatina edificación de aulas escolares, ni  la llegada del maestro: es un pacto de unión, es la ilusión de la igualdad en la búsqueda, en el encuentro con los semejantes necesitados. Desde luego, sus resultados son muy variados y, aunque el método de alfabetización prevé lecciones y consecuencias en cinco meses, los profesores honorarios son únicamente 3 076 en el primer año; los voluntarios de la Universidad suman 1 500 jóvenes; y, aunque los maestros de la federación demuestran su eficiencia, el soñado “ejército infantil” no llega a formarse. Pero más allá de los datos concretos, el vuelco del sistema educativo revolucionario es perdurable. El decreto que funda al ministerio de educación agrega una dependencia no ideada en el proyecto original: el Departamento de Educación y Cultura Indígenas. Contradice la pretensión de Vasconcelos de castellanizar, de integrar a los pueblos originarios al mestizaje nacional y disminuir sus diferencias culturales y sociales. Se obedece, sin embargo, la disposición legal mediante la implantación de “Misiones Culturales”. Como un convencido admirador de los frailes evangelizadores en la Nueva España, y por su convicción íntima del apostolado cumplido por los buenos profesores, el ministro crea una pequeña pero formidable institución que atenderá —como es su deber personal— a las comunidades indígenas. Encarga a los docentes rurales convertir su plantel en una “casa del pueblo”, en la cual los adultos aprendan a leer y escribir (en castellano), se habitúen a la lectura e ingresen a las enseñanzas de técnicas agrícolas. El maestro debe adiestrar a jóvenes de la comunidad para atender los poblados vecinos, construir aulas que también se convertirán en casas del pueblo. Posteriormente se agregan grupos que constituyen las “misiones” culturales. Arriban pedagogos agrícolas, muchachos que leen en la plaza pública 45

noticias de los diarios, relatan cuentos y enseñan la historia nacional. Con unos cuantos recién llegados organizan conjuntos musicales, representaciones teatrales y reorientan, o por lo menos tratan de hacerlo, el interés de los pobladores hacia el disfrute de la cultura. Vasconcelos sostiene que los miembros de las misiones culturales, seleccionados por sus destrezas y alta calidad, reciben los mejores sueldos de la dependencia, como un reconocimiento a su esencial labor. A los cinco meses de iniciados los trabajos de la Secretaría de Educación Pública, el jefe del Departamento de Bibliotecas, Vicente Lombardo Toledano, abandona ese cargo al ser designado director de la Escuela Nacional Preparatoria. En marzo de 1922, Jaime Torres Bodet, todavía de diecinueve años de edad, ocupa la Jaime durante su estancia en la Dirección de Bibliotecas vacante (y aunque José Vasconcelos acompañado de su fiel perro, Fox, 1925. no expresa las causas del nombramiento —ni tenía por qué hacerlo—, se recuerda que públicamente había afirmado: “siempre me ha preocupado la opinión de los poetas”).21 Antes de cumplir dos años de servicios públicos, Jaime ocupa una importante función. Asume la tarea de hacer posible el complemento de la enseñanza: la lectura de los libros, mediante la implantación del servicio extendido de las bibliotecas, que en ese tiempo corresponde por completo al poder público. La nueva oportunidad otorgada a Torres Bodet, su natural alegría por una responsabilidad tan afín a sus gustos, a su vocación —los amados libros— se reduce ante la maltrecha salud paterna. Paulatinamente, Alejandro Torres disminuye sus actividades, su entusiasmo vital, los paseos familiares, las conversaciones cotidianas y el interés por las ocupaciones diarias. Al término del año 1922, sólo conserva una melancolía severa; como lo hiciera 46

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su fallecida cuñada Clotilde, se ocupa de observar, de escuchar la habitual energía de la estación de trenes Colonia, tan cercana a su domicilio de la calle Altamirano. Jaime se pregunta que escondía su padre: “¿El cansancio, el pesar, lo irremediable y completo de la vejez?”.22 El diagnóstico médico presagia el final de su existencia: padece púrpura hemorrágica, una compleja e incurable enfermedad que produce fiebre, lesiones dermatológicas y, en los órganos fundamentales, pérdidas internas de sangre. El tiempo transcurre sin mejoría alguna hasta concluir, penosamente, la última etapa. El 9 de marzo de 1923, al año siguiente del nuevo cargo de Jaime, fallece su padre a los setenta y dos años de edad. El dolor, la terrible pesadumbre por la pérdida del amado ser generoso y severo, adusto y tierno, pragmático y culto, son sentimientos no afrontados en ninguna circunstancia anterior. El sufrimiento desconocido se atenúa con las obligaciones de trabajo. Los propósitos de Torres Bodet son acrecentar, en primer término, el número de libros en las entidades del país; multiplicar las bibliotecas anexas a los planteles educativos y, en tercer lugar, organizar recintos de lectura en las ciudades más importantes de la república. La falta de bibliotecas es condición real del México de los años veinte. Su necesidad vuelve indispensable el establecimiento de salas de lectura, y la labor es floreciente. Las cifras oficiales testimonian labores cumplidas: al mes de junio de 1923 se han organizado 771 bibliotecas, sumadas las públicas, escolares, obreras y ambulantes.  Se les ha dotado con 102 779 volúmenes. Para el informe presidencial del año siguiente, el de 1924, la tarea ha permanecido y se ha ampliado. Se trata ya de 984 instituciones y 151 296 ejemplares entregados. Como un espacio emblemático, se establecen en la Ciudad de México la biblioteca “Miguel de Cervantes Saavedra” y la Biblioteca Iberoamericana. 720 000 personas han concurrido a los recintos creados Retrato de Alejandro Torres, poco antes de su muerte. c. 1920 por el Departamento. 47

Efectivamente, el interés de escolares y adultos encuentra en los centros de lectura cotidiana satisfacción. José Vasconcelos impulsa y aprueba una red de bibliotecas adecuadas a las comunidades y ciudades. Con hechos se defiende de las opiniones adversas que lo limitan a un desarraigo cultural, antinacionalista, como el editor de diecisiete obras de autores clásicos. Los críticos desdeñan o ignoran la entrega de dos millones de libros de lectura primaria, y miles de textos de historia y de geografía obsequiados. Sobre todo, pretenden desconocer los cuidadosos acervos bibliotecarios, dirigidos específicamente a obreros, campesinos, artesanos, alumnos de los ciclos escolares básicos, o destinados a adolescentes y a jóvenes, al igual que a las mujeres interesadas en conocimientos prácticos para las actividades cotidianas. (En los primeros meses de funcionamiento del Departamento de Bibliotecas y en su revista oficial, El libro y el pueblo, se divulgan los reglamentos de toda clase de bibliotecas y la conformación de las obras destinadas a cada tipo de ellas, que catalogan los libros más útiles, destinados a sus posibles lectores.) Los cimientos, la estructura y el resultado de la tarea de las bibliotecas vasconcelianas son la inicial cosecha de la creencia en el poder de la palabra escrita; en la certidumbre de que el aprendizaje de la lectura es vano si no se tiene qué leer. La precocidad del talento creativo de Torres Bodet es característica desde su adolescencia. La temprana decisión de convertirse en un hombre de letras, en un poeta, fundamentada en las enseñanzas de su profesor de literatura Enrique Fernández Granados; su tenacidad por conocer y comprender a los clásicos españoles y, también, a los escritores franceses del siglo XIX, lo acompañan en sus cotidianos esfuerzos. A los trece años de edad principia a recorrer los senderos de la poesía; fracasa en muchas ocasiones, se equivoca en otras, pero sabe reemprender el camino. Comprende en sí mismo que el talento es trabajo, y que su inexperiencia y la modestia de sus vivencias lo conducen sin remedio a encontrar en las obras de sus mayores, de verdaderos maestros, la tierra firme. En ese territorio quedan Enrique González Martínez y Amado Nervo. He apuntado ya que a los dieciséis años, siendo un joven universitario, Jaime valora, después de incesantes correcciones, que es propietario de 48

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un pequeño cuerpo de poemas suficiente para editar un libro. Consigue a los editores —la Imprenta Ballescá—; se decide por el título Fervor; convence a Enrique González Martínez (quien ha influido tanto en su tono poético) para que enaltezca el librito con un prólogo, portador de la bienvenida a  un jovencísimo integrante de la reciente generación de poetas y que reconoce la calidad de sus textos. Como corresponde a sus sentimientos la obra está dedicada a su madre y ofrece un testimonio veraz, ingenuo, simple, de su temprana edad. Guillermo Sheridan explica las características del novel poemario: Resume en su medio tono crepuscular, lleno de jar-

dines, alamedas y cupidillos, rimados en estrictos alejandrinos o yacientes en “canciones” lánguidas,

Portada de Fervor (1918).

todas las convenciones del tardío modernismo cris-

tiano a la mexicana, salpimentadas a veces por un tímido erotismo privado a la manera de [Henri de] Régnier.23

Desde 1911, las vicisitudes y la anormalidad de la política, los comportamientos sociales y la vida económica de la Ciudad de México lastiman profundamente el desarrollo cultural. La edición de obras académicas, poéticas y narrativas se limita a pocos ejemplos hasta 1916, cuando el constitucionalismo gobierna ya sin contrincantes poderosos. Los grupos literarios sobreviven en las instituciones universitarias y en torno de personajes emblemáticos. Conforme a los modelos europeos, la más eficiente publicidad y la difusión de sus obras se realiza mediante publicaciones periódicas, efímeras revistas culturales. En 1917 González Martínez, Ramón López Velarde y Efrén Rebolledo fundan un semanario con el título de Pegaso (del cual aparecen sólo veinte números). En sus páginas aparecen colaboraciones de dos nuevos poetas: Carlos Pellicer y Jaime Torres Bodet, aún adolescente. Éste participa también en la Revista Nueva, que dirigen José Gorostiza y Enrique González Rojo en 1919, como el 49

primer intento de su generación, fallida experiencia con sólo dos números publicados. En el segundo semestre de 1920 Enrique González Martínez inicia otra revista, ahora mensual, México Moderno, la cual subsiste hasta 1923. Invita a miembros del Ateneo de la Juventud —Reyes, Vasconcelos y Henríquez Ureña—; a jóvenes del grupo de 1915, tales como, Vicente Lombardo Toledano, Manuel Gómez Morín, Manuel Toussaint y Daniel Cosío Villegas. Con el ánimo de convertir a la publicación en un crisol, pide la colaboración de los recién aparecidos: a José Gorostiza y a Jaime Torres Bodet, quien colabora con el análisis y la crítica de la literatura francesa y acepta, durante breves lapsos, la responsabilidad de tres secciones. Por otra parte, en forma destacada se convierte en traductor de André Gide y en 1920 la editorial Cvltvra publica su versión castellana de Los límites del arte y algunas reflexiones de moral y literatura, con un prólogo suyo. Jaime y Bernardo Ortiz de Montellano fundan la segunda publicación periódica de su generación literaria. El 1 de diciembre de 1922 aparece el primer número de La Falange, la cual afirma su presencia por la estrechez de la vida, la pérdida de los ideales y el desdén a los reclamos de los hombres de letras. Para unir a poetas y artistas de América se constituye un conjunto de creadores que, con orden y disciplina laboriosa, persigue un fin común; es decir, una falange que “sin dogmas, sin prejuicios, sin odios y sin compromisos” dará voz a la raza y al alma latinas y a todos los creadores de una literatura sana y sincera. Con el patrocinio de José Vasconcelos, los responsables de La Falange se subordinan a los ideales del secretario de Educación; con él trabajan y expresan su convencimiento por la supremacía y la permanencia de las expresiones de los legatarios de la cultura Portada de la revista Falange de enero de 1923. 50

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grecolatina. A pesar de su ánimo tolerante y pacífico, desautorizan cualquier vínculo con el mundo literario sajón. Los jóvenes responsables de la revista diseñan una imagen muy atractiva. Con acierto invitan a un magnífico pintor para ilustrar cada número. Se suceden Adolfo Best Maugard, Diego Rivera, Carlos Mérida, Manuel Rodríguez Lozano, Abraham Ángel y finalmente, Roberto Montenegro en el sexto y último. También incluyen caricaturas de Miguel Covarrubias. Aunque el contenido no es temático, aventuran cuatro secciones permanentes: una de humorismo; otra de letras francesas a cargo de Rafael Lozano; la tercera en manos de Torres Bodet, llamada “Glosario”, la cual da noticia de las publicaciones nacionales novedosas y de las actividades culturales de la Secretaría de Educación Pública. Bernardo Ortiz de Montellano asume la redacción de otra sección, “A.B.C.”, dedicada a la literatura popular. El buen gusto de los directores y la calidad de los textos y de sus autores promueven un rápido interés y un creciente prestigio de la publicación. Son otras circunstancias, simultáneas y lamentables, las que apresuran el final. En primer término, la pérdida del patrocinio de José Vasconcelos y, por tanto, su evidente alejamiento de la utilidad de La Falange; en segundo lugar, el fallecimiento del padre de Torres Bodet, que provoca la suspensión temporal de la revista después del tercer número (aunque hasta fines de 1923 concluye la edición). El tercer sitio, determinante, lo ocupa una certidumbre evidente y previsible. No es posible cumplir, eficaz y simultáneamente, deberes de la función pública y tareas personales permanentes y, también, obligatorias. El número final de La Falange se publica en octubre de 1923. Más allá de sus tareas de promotor cultural, creador y colaborador de revistas; estudiante de una carrera profesional o temprano profesor en la Preparatoria; ensayista; traductor, y aun empleado público, sobresale en Jaime Torres Bodet la expresión poética. Se trata de una verdadera vocación, del llamado de una condición de vida, que desde sus años adolescentes se vuelca en la labor cotidiana, en la disciplina diaria para ejercitarse y dominar no sólo su precocidad de conocimientos y cultura, sino su fecundidad. A pesar de que han transcurrido cuatro años desde la publicación de Fervor, sus colaboraciones en publicaciones periódicas fortalecen su identidad de poeta. El centenario de la consumación de la Independencia nacional ofrece al presidente Álvaro Obregón y a su gobierno, en 1921, la oportunidad de 51

conmemorarlo. El mandatario sonorense y sus colaboradores advierten que esta circunstancia favorable les permitirá demostrar —al “concierto de las naciones”— que México es un país civilizado, pacífico, culto y festivo. Los rancheros que gobiernan han abandonado su rusticidad y simpleza; han transformado sus modales y sus costumbres por matrimonios, empresas, negocios y trato con personajes y damas de “buena sociedad”. Así, se proponen bailes, banquetes, funciones de ópera y de teatro. En el oropel de las fiestas ofrecidas a los diplomáticos y representantes extranjeros, la Universidad Nacional organiza un certamen poético denominado Juegos Florales. Jaime participa y obtiene el primer lugar con el poema “El Alma de los Jardines”, referido a diversas etapas de la existencia humana y a vivencias que describe al transcurrir por los jardines espirituales. El 21 de septiembre de ese año se celebra una ceremonia, a la manera de ese momento y al modo de los festejos, en el teatro Esperanza Iris. La preside José Vasconcelos acompañado por Ramón del Valle Inclán. Desde luego, el centro del evento es la reina del centenario, la “dulce y graciosa majestad” Hortensia (hija del secretario En la recepción del premio Juegos Florales. Torres Bodet se encuentra a la derecha de la dama que presidió el festejo, Hortensia de Gobernación Plutarco Elías Calles, hija del secretario de Gobernación Plutarco Elías Calles. Calles), acompañada por veinte “princesas”, señoritas de la alta sociedad. Torres Bodet, vestido de frac, dedica su composición al célebre escritor español ahí presente, y después de declamarla, como es debido, se arrodilla ante la soberana, quien le entrega la “flor natural” merecida. Se trata del primer premio que recibe Jaime en  su vida. 52

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A los veinte años de edad, Torres Bodet decide divulgar su obra poética y casi simultáneamente aparecen dos libros: El corazón delirante, de la editorial Porrúa, y Canciones, de la editorial Cvltvra; frutos del final de su adolescencia y de las horas primeras de su juventud. Contienen la evidente inexperiencia y los temas poéticos que suscita el porvenir: el amor, las pruebas y desafíos de la vida, y la muerte. Son expresión honesta de anhelos y pretensiones, y sobre todo en Canciones, se valen de un ánimo didáctico, con entonaciones fáciles, para ganar una aceptación común. “Se anhela el amor carnal, se habla de lo pasajero de la vida, se incide en la descripción del paisaje, sin referirlo, como es usual entre los jóvenes, a imprecisos estados de ánimo”.24 Al poco tiempo, ya en el año 1923, la editorial Calleja, desde Madrid, publica su obra siguiente: Nuevas Canciones. Aparentemente es la edición ampliada de Canciones, pues permanecen veintiún poemas de los veinticinco del anterior poemario, a los que se suman diecinueve textos inéditos. Ya se insiste en el amor apasionado, cierto, alegre o desilusionado y se extiende el sentimiento amoroso por la patria o por los niños. La tenacidad, el oficio adquirido, la voz propia, quedan incorporados en las dos obras siguientes: La casa y Los días, que publica la editorial Herrero Hermanos de la Ciudad de México, también en 1923. En ellos se descubren nuevas influencias: de Juan Ramón Jiménez, de Antonio Machado y de Francis James, así como otra característica singular: la aparición de los aromas, que proviene de Ramón López Velarde. Como otro signo distintivo, el poeta refiere experiencias aparentemente reales. La casa es un vasto poema cercano a un diario íntimo. Contiene un relato y la reflexión consecuente, que aluden a cuestiones autobiográficas. Repre-  senta el inicio de otra etapa lírica de Torres Bodet, en la cual anuda la sencillez, descripción de sitios, objetos, preocupaciones y consecuencias optimistas. El poemario contiguo, Los días, representa el otro lado de la misma moneda. La madurez del joven poeta es reconocida por sus compañeros y los lectores contemporáneos. Entienden que el fino estilo y la retórica fácil ahora dan vida a los cambios cotidianos, a sus tristezas y a la melancolía, que la vida diaria afronta sin remedio. Xavier Villaurrutia así lo comprende: Todos habremos de sentir, después de una lectura lenta como éste su nuevo libro la merece, la exige, que Los días es entre ellos el que muestra al poeta completo y 53

diverso, reaccionando frente a la vida, no una vida particular sino la del mayor número, la que nos hiere diariamente sin que nos detengamos a expresarla en palabras; reaccionando también frente a las cosas y las

almas humildes, a las que ha sabido llegar tan cerca y tan íntimamente.25

Jaime Torres Bodet es un poeta formado. Su

pensamiento conciso, contenido, explica que no venga a romper nuestra tradición poética; antes bien a continuarla. La seguridad de su acento, su conciencia artís-

tica, lo han afirmado personal, trabajando dentro de normas arquitectónicas y fuera de ellas. En octubre de 1923 El Universal Ilustrado dedicó a Jaime su apartado “Zig-zags en la república de las letras”, síntoma de la creciente presencia del poeta.

Su voz tiene un diapasón que suena grato y fami-

liar. Por eso el público lo ha acogido con fácil naturalidad, sin asombros.26

Esta fecunda etapa concluye al siguiente año, 1924, en el cual la misma editorial de los hermanos Herrero publica Poemas, séptimo volumen poético de Jaime Torres Bodet. Contiene un gran número de composiciones, setenta y siete. En apariencia se trata de una discreta antología de textos inéditos, ya que su lectura demuestra distintos momentos del joven creador. Él mismo lo explica: “Más que lo dicho es el tono el que explica la canción”.27 Aunque se advierten diferencias entre temas y experiencias no vividas, ya se demuestra una seguridad en la expresión y la realidad de los sentimientos: el amor, la pasión, el mestizaje de lo propio y la contemplación en la naturaleza, los frutos y sus aromas y, también, como corresponde a su edad, textos amorosos fallidos y enamoramientos sin buen final. Poemas es testimonio de una etapa de maduración, de límpida aceptación de la vida y de sus vicisitudes, y de una afortunada selección.  Así lo afirma al final del libro: Colmena de la tarde, diálogo en el vergel;

la palabra es abeja pero el silencio es miel.28

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Capítulo II. El escritor y la diplomacia (1925-1940) Volver de un libro igual, tocar desnuda la espada que de lejos nos hería y ver que todo sigue y se reanuda, la juventud, el canto, la alegría… 29 Jaime Torres Bodet

José Vasconcelos poseía un carácter extraordinario —febril, apasionado, generoso—, al igual que la certidumbre de su enorme valía, sin equivocación alguna ante los sucesos de la existencia, propia o ajena. Los cargos de rector de la Universidad Nacional de México y de secretario de Educación Pública solamente tienen un defecto: estar subordinados a los criterios y las decisiones del presidente de la República. Así, frente a sus diferencias de juicio, el funcionario proclama y utiliza una poderosa arma, la renuncia a sus empleos. En octubre de 1920 Vasconcelos divulga sus críticas contra Juan Vicente Gómez, dictador de Venezuela, y las fortalece con la presentación de su dimisión como rector; pero Adolfo de la Huerta no la admite. Al año siguiente, al emprender la defensa de su proyecto del ministerio educativo, amenaza con retirarse si el Congreso de la Unión en algo modifica la iniciativa legal ya presentada. No cumple esa promesa y se somete ante el decreto del poder legislativo que funda y organiza la secretaría de Estado. Durante el año de 1923 se vuelven públicas las discrepancias entre Álvaro Obregón y José Vasconcelos, sobre todo al finalizar ese lapso. Las tareas confiadas no están acompañadas de suficientes recursos económicos, por lo cual el secretario advierte su retiro; y aunque ese planteamiento no se difunde, en el mes de enero de 1924 se convierte en verídico. El asesinato del senador Francisco Field Jurado, dirigido por sus adversarios sindicales; la violencia y la injusticia de la ejecución, son los motivos que Vasconcelos expone para abandonar la dependencia. Sin embargo, permanece la confianza de Álvaro Obregón quien rechaza esta decisión.

El episodio final de esa compleja relación se origina en una situación distante: un grupo de políticos oaxaqueños le pide al secretario de Educación que se convierta en candidato para lograr la gubernatura de la entidad común. Confiado en su responsabilidad pública, opuesto a Plutarco Elías Calles —quien ya es presidente electo de la República—, explica a Obregón las causas de una definitiva renuncia, presentada y admitida el 2 de julio de ese año, 1924. La vacante dejada por Vasconcelos la ocupa el subsecretario de la dependencia, el doctor Bernardo J. Gastélum, médico sinaloense de 38 años, con experiencia diplomática y prestigio educativo. Amigo cercano de Álvaro Obregón, le corresponde administrar el breve periodo final de ese mandato. Desde 1923, cuando llega a Educación, se relaciona con Torres Bodet y sus cercanos colaboradores: Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo, al igual que con los más jóvenes, Xavier Villaurrutia y Salvador Novo. El doctor Gastélum también es afín a los proyectos culturales que sus subordinados le confían, pero no permanece como secretario de Estado. El presidente Elías Calles lo nombra jefe de un departamento administrativo, el de Salubridad. Así, a los 22 años de edad Jaime recibe los iniciales contratiempos en sus actividades. Sufre la pérdida de Vasconcelos, de sus enseñanzas cotidianas, de su aprecio incondicional y, previsiblemente, de la ilusión juvenil por el progreso de su jefe. Al convertirse en secretario particular del médico, en enero de 1925, su salario mensual se reduce a casi la mitad de lo que percibía en el Departamento de Bibliotecas. En sus memorias Jaime expresa que el motivo de su decisión de acompañar a Gastélum Jaime, de pie, acompañando a José Vasconcelos, quien fue un ejemplo a seguir para el joven funcionario. c. 1921 fue la amistad que los unía. 56

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Gastélum demuestra sus aciertos al escoger a sus colaboradores. Confía las responsabilidades administrativas a compañeros de la Secretaría de Educación y agrupa a prestigiados y honorables profesionales de la medicina en las tareas sanitarias. Esa actitud y sus naturales consecuencias distinguen al departamento de Salubridad durante el mandato callista. De acuerdo con los valores y la severa moral inculcados desde su infancia, Jaime cree, persigue y cumple su nueva responsabilidad administrativa, pero comprende que la vida personal ahí no se encuentra. Las hazañas, los descubrimientos de Louis Pasteur, Frederick Grant Banting o Camille Guérin son muy distantes de los dones, intereses y logros de Fedor Dostoievski, Retrato de Bernardo Gastélum en 1925, jefe de Jaime en Salubridad. Marcel Proust o André Gide. No sólo ello; el estímulo a la lectura, la propagación y distribución de libros así como sus resultados concretos se convierten en una pérdida inmediata para  Torres Bodet, a quien ahora corresponde el trato habitual con el gremio médico y las conversaciones respecto de enfermedades o pérdidas de la salud. Las responsabilidades cotidianas de ese servicio público representan para Jaime una tregua que confía provisional. Aunque sus recuerdos respecto de ese encargo laboral demuestran un precoz desaliento —la existencia subordinada a hábitos sin temperatura, a la fatiga por las tareas burocráticas—, no afirma reclamaciones y mucho menos agravios. Aprecia las oportunidades de viajar con el jefe del departamento y acepta dos invitaciones académicas, en Estados Unidos y Cuba. Durante los cuatro años transcurridos, de 1925 a 1928, experimenta en sí mismo las diferencias, los contrastes —algunos extremosos— entre el trabajo y la vida. 57

El interés cultural de Jaime es tan vasto que agradece la plácida monotonía del Departamento de Salubridad. Agrega a su tenaz estudio de la literatura francesa, el de la poesía y la crítica españolas, al igual que las expresiones sudamericanas. Como integrante de su generación, se sorprende y disfruta del arte cinematográfico, mas no le interesan las representaciones teatrales. Durante todas las noches aprovecha la tranquilidad hogareña que comparte con su madre y su tía Elisa, en la casa ubicada en la calle Ignacio Manuel Altamirano, cerca de la estación Colonia. El bullicio, la sonoridad de la terminal tranviaria y de sus ocupantes disminuye y se ciega al final del día. En un acostumbrado silencio, Torres Bodet lee y escribe —de las 9 a las 12 de la noche— en su estudio, con muros plenos de libros, ante un escritorio que apenas da cabida a textos recién nacidos, semicorregidos y otros, en espera de su publicación. Otra situación alegra la monotonía cotidiana. Al inicio de 1922 conoce a una joven zacatecana, cuatro años menor que él. La relación inicial no tiene un carácter importante, pero el transcurso del tiempo y el trato continuo fortalecen los sentimientos mutuos: se enamoran. Ella, Josefina Juárez Montañés, vive sola en la Ciudad de México; estudia piano e inglés y se adecua a los gustos, jornadas y enseñanzas de su novio. Las colaboraciones de Jaime en revistas son constantes durante estos años y están enriquecidas, ya que agregan a la creación poética textos de crítica cultural. Además se asocia a la editorial Cvltvra, de Julio Torri y Agustín Loera y Chávez. Participa discretamente en las decisiones colectivas de la empresa en unión de cercanos amigos y compañeros: Genaro Estrada, Manuel Toussaint y José Gorostiza, entre otros. El prestigio, el extendido conocimiento Jaime siguió frecuentando a sus amistades de la de la juvenil generación nacida en el preparatoria pues coincidieron en el ámbito laboral. c. 1920 primer decenio del siglo XX agrupa a sus 58

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Jaime con Josefina Juárez, la compañera de toda su vida, en los inicios de su noviazgo, 1922.

miembros, singularmente, en un mismo medio social y en idénticos territorios laborales. Con el doctor Gastélum, se reúnen constantemente Torres Bodet, Enrique González Rojo, Bernardo Ortiz de Montellano, José Gorostiza, Salvador Novo y Xavier Villaurrutia. El trato, los afectos, las afinidades y las coincidencias cronológicas impulsan la necesidad de encauzar la creación de cada uno de ellos en una publicación periódica, en una empresa editorial, o en ambas. La mayoría de ellos prefiere la primera opción, e inician la edificación de la revista Contemporáneos.

A todos agrada la denominación escogida para la revista. El término “contemporáneo” es un acierto pues se refiere a la existencia simultánea de las personas o las cosas; la forma plural alude a los protagonistas, los autores de textos, y no denota una actitud política que delimite a propios y a extraños. Torres Bodet es quien lo propone. Recuerda que desde su infancia el sustantivo lo atrajo en el idioma francés (contemporain). Proviene de una colección 59

de biografías cuyo título resumido aparecía en el lomo: Biographie Nouvelle des Contemporains. El nombre de Contemporáneos es aceptado en 1924; principia a identificar no sólo a una futura empresa cultural, sino a los jóvenes poetas que la impulsan. Su presencia —iniciada en el Nuevo Ateneo de la Juventud— es reconocida paulatinamente, pues todos divulgan sus primeros poemarios a partir de que Torres Bodet publica Fervor en 1918. Sin el propósito de constituir un grupo —pues en ningún momento suscriben una proclama, un ideario de propósitos colectivos—, al año siguiente, en 1925, dan a conocer sus nuevas creaciones poéticas. Ya no se trata de las colaboraciones en diarios, revistas o suplementos, sino de libros de poesía. Como signos comunes, reconocen una tradición heredada; recuperan las influencias de sus mayores: Enrique González Martínez, Amado Nervo o Ramón López Velarde; manifiestan el ánimo insólito de asumir un carácter profesional y se distinguen por la alta calidad de sus incipientes obras. El reconocimiento y aun la admiración que obtiene el grupo juvenil desde sus inicios, aunque se reduce al mundo urbano, escolarizado y sensible de ese tiempo, origina también un rechazo y desdén beligerantes. La mexicanidad, el nacionalismo y los temas de la patria no se distinguen, no aparecen explícitamente en los textos de los Contemporáneos. Ese desinterés, juzgan algunos, debe obedecer a la falta de vigor, a la tibieza, a un diferente modo de ser; por ello, Julio Jiménez Rueda pronuncia una conferencia que alerta, que da la voz de alarma a los feligreses de la revolución, con el título de “El afeminamiento en la literatura mexicana”. Un poco antes, los estridentistas comandados por Manuel Maples Arce se convierten en adversarios, sobre todo por un ensayo expuesto por Xavier Villaurrutia, “La poesía de los jóvenes de México”, aparentemente destinado al elogio de su comunidad literaria:

Por la seriedad y consciencia artística de su labor; porque sintetizan, en su porción máxima, las primeras realizaciones de un tiempo nuevo es preciso apartar en un

grupo sin grupo a Jaime Torres Bodet, a Carlos Pellicer, a Ortiz de Montellano, a

Salvador Novo, a Enrique González Rojo, a José Gorostiza y a Ignacio Barajas Lozano.

La producción de estos poetas, inconciliable por el alcance diverso, por la distinta

personalidad, puede agruparse, sin embargo, ya que se halla presidida por un concepto claro del arte como algo sustantivo y trascendente. 60

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

Quien más, quien menos, todos han asimilado las conquistas de nuestra lírica; y

cada cual muestra ahora, depurada, su propia expresión.30

Las críticas divulgan literal o supuestamente, una fangosa acusación: califican de homosexuales a los Contemporáneos y así rechazan sus diferencias y su diversidad. A pesar de todo, los señalados prefieren el silencio al ingreso en una polémica estéril, que hiere la privacidad de sus vidas. Sin mella continúan su labor poética, y algunos reorientan su interés central hacia el teatro (Villaurrutia y Novo organizan en 1925 el grupo dramático y la revista Ulises) y la atención crítica respecto de las artes plásticas. (Ya llegará el momento en que defiendan sus creaciones, las ideas estéticas y nacionalistas de su expresión.) La conferencia de Villaurrutia contiene una afirmación y un ejemplo esenciales. Acierta en el valor que es constante en ellos: la libertad, cuya práctica habitual los identifica y, a su vez, los diferencia. De igual forma, testimonia un espíritu de grupo, ya que sus integrantes son muy semejantes en sus cualidades. Torres Bodet describe de otra manera a los Contemporáneos: los llama “un archipiélago de soledades”. Esa expresión no deja de ser parcial, pues las coincidencias y las afinidades del grupo son múltiples. No únicamente son contemporáneos. Cierto es que pertenecen a la misma generación pues, salvo Carlos Pellicer, todos los demás han nacido en un lapso de cinco años, de 1899 a 1904; pero además, son oriundos de poblaciones urbanas en donde se han educado, con una instrucción preparatoria como grado mínimo. Su adolescencia ha transcurrido durante las luchas revolucionarias; queda en ellos una experiencia singular y la convicción de que todo puede cambiar, por lo cual no sólo tienen un ánimo crítico sino la expresión de la hora presente, de la modernidad, que anhelan sin variación alguna. Todos son empleados en el servicio público. En él encuentran labores dignas, reconocimiento y confianza. Como había ocurrido en el Nuevo Ateneo de la Juventud, al igual que en Falange y con José Vasconcelos, Jaime es el orientador, el dirigente de las actividades. Un adversario mayor aparece. José Ortega y Gasset expone sus reflexiones y preocupaciones en un libro, La deshumanización del arte, que sorprende por su carácter conservador, tradicionalista y opuesto a los cambios; contrario, en primer término, a su mismo autor, por su defendida postura modernizante e 61

En una foto de septiembre de 1932, muchos de los amigos y maestros de Jaime Torres Bodet. Entre ellos se distinguen, sentados, de izquierda a derecha: Samuel Ramos, Roberto Montenegro, Julio Torri, Salvador Novo, Enrique Díez-Canedo, Palma Guillén, Gonzalo Zaldumbide, Enrique González Martínez y Mariano Azuela. De pie: Alcázar, Xavier Villaurrutia, Joaquín Icazbalceta, José Gorostiza, Carlos Pellicer, Manuel Toussaint, Artemio de Valle Arizpe, Xavier Icaza, Enrique González Rojo, Bernardo Ortiz de Montellano, Guillermo Jiménez, Jorge Cuesta y Celestino Gorostiza.

innovadora. Sostiene en su obra que se han extendido tendencias culturales contra la realidad. El desdén por lo humano, por la vida, ha permitido, entre otras cosas, la ruptura del sistema tradicional en la música; el abuso del monólogo y el simbolismo en la prosa; en la poesía, el verso libre, y la destrucción de la representatividad en las artes plásticas. Todo ello conduce a la enajenación del arte por el arte, a la pérdida del realismo romántico y del naturalismo, a la demolición de los valores humanos. De nueva cuenta, los Contemporáneos no responden directamente, ni están en condiciones de hacerlo, pues el opositor no se dirige a ellos y su presencia es tan distante, tan desproporcionada; pero sí se sienten 62

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

agraviados. Se defienden con la situación revolucionaria de México, con la transformación nacional vivida desde las rebeliones armadas y la propia circunstancia de cambio permanente que ello origina. También, con su propia obra, siempre relacionada con el presente y las formas creativas del momento. Continúan su expresión poética, pero sus textos se refieren, en mayor medida, a la crítica literaria. Cultivan múltiples géneros: el ensayo, la narrativa, los epistolarios, la crónica, la política. Son revolucionarios “en la sensibilidad, en la inteligencia y en el lenguaje”.31 La generación de los Contemporáneos comparte la tradición del modernismo mexicano del siglo XIX y principios del XX. Es el subsuelo y el cimiento sólido de su identidad. Pero las influencias extranjeras constituyen otro manantial. Francia y sus escritores son el primer modelo. De ellos se tiene un conocimiento profundo. Marcel Proust, André Gide, Jean Cocteau, Paul Valéry, Jean Giraudoux, representan paradigmas e influencias principales. Características familiares o personales diferencian a los miembros del grupo: Jaime Torres Bodet y Jorge Cuesta descienden de franceses, en tanto que Salvador Novo y Gilberto Owen viven más cercanos a la cultura anglosajona. El “archipiélago de soledades” de Torres Bodet es una definición afortunada. Alude, al igual que Villaurrutia, a la libre expresión de todos los  miembros de esa generación altiva, singular y plenamente novedosa. Crecen en un modestísimo medio intelectual; son autodidactas; persiguen cierto tipo de conocimientos en publicaciones europeas para asemejarse al modernismo internacional; procuran que su desarraigo y desdén sociales los protejan de la penosa ignorancia de sus compatriotas. Sin asumir la responsabilidad de crear una transformación patria —y, así, lo nacional no es un propósito confesado—, los Contemporáneos, moldeados en el nuevo ambiente de la revolución y en su optimismo, por sí mismos, expresan y demuestran su ser mexicano. Por ello el ejercicio magnífico de la crítica —que los identifica en forma sobresaliente— representa, también, el carácter, el vuelco revolucionario de los juicios y la fortaleza, el vigor de su inteligencia. Los más jóvenes de ellos son escépticos, pesimistas e introspectivos, a diferencia de los mayores, que advierten y reflexionan positivamente respecto de la nación, la cultura popular o la revolución. Lo anterior nunca excluye la creación poética. Su relevante categoría de poetas permanece intocada. Xavier Villaurrutia lo explica: “pensamos juntos. Decimos juntos lo que pensamos”. 63

El grupo impulsa la edición de Contemporáneos. En el despacho oficial del doctor Gastélum se reúnen con él los más activos e interesados: Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellano y Enrique González Rojo. Desde los primeros meses de 1928 ellos convocan a sus compañeros de generación y a otros escritores mexicanos e hispanohablantes. El resultado inmediato es afortunado. A diferencia de intentos previos, tales como Falange —que mantuvo un espíritu tradicionalista— o Ulises —aventurada e innovadora en sus textos—, la nueva publicación no expresa pretensiones singulares ni metas específicas; sólo el subtítulo declara que es una “revista mexicana de cultura”, y la sección permanente se denomina “Motivos” para insinuar una voluntad de divulgación de temas de actualidad. En sus páginas residen, indudablemente, la creación poética y la crítica cultural —de artes plásticas, bibliográficas y ensayos varios— como los géneros definitorios. El primer número aparece el 15 de junio de 1928, con características que casi no habrán de variar. La portada es de sencillez atractiva. Posee claros elementos: el nombre de la publicación; su ubicación geográfica y la fecha. En el rectángulo central se encuentra el sumario. El orden numérico del impreso también destaca, igual que una composición gráfica llamativa, que con formas geométricas representa un símbolo prehispánico de identificación nacional. La revista anuncia una temporalidad mensual y está cuidada pulcramente. La calidad de los textos pretende y logra ser lo representativo de Contemporáneos. Aunque el patrocinio principal deriva del doctor Gastélum, aparece una sección de publicidad comercial y literaria, que Portada de la revista Contemporáneos, emblemática de la ocupa un porcentaje mínimo de las literatura mexicana del siglo XX, julio de 1928. páginas. 64

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

El contenido de Contemporáneos expone a la generación literaria mexicana más importante, aparecida en 1921. La calidad de sus creaciones descubre, verdaderamente, las posibilidades nacionales, si el país se desprende de las anquilosadas estructuras del pasado. La innovación de los Contemporáneos reside en su coherencia y en sus convicciones culturales. Subsiste, sin embargo, la pequeñez del ámbito que conoce y reconoce los esfuerzos del archipiélago de soledades. Un dato lo confirma: la edición es de únicamente 1500 ejemplares.

El asesinato del presidente electo de la República, Álvaro Obregón, ocurrido el 17 de julio de 1928, extiende sus consecuencias hacia variados territorios de la vida mexicana. El Congreso de la Unión designa a Emilio Portes Gil como titular interino del Poder Ejecutivo, y los colaboradores obregonistas no alcanzan los puestos ilusionados. Se da paso, en cambio, a los seguidores de Plutarco Elías Calles, primordial dirigente político. Bernardo Gastélum concluye sus labores en el departamento de Salubridad el 30 de noviembre y, con él, sus compañeros de trabajo. Así le ocurre a Jaime Torres Bodet, quien presenta su renuncia como secretario particular. Los relevos administrativos son previsibles, naturales para los destinos individuales de los servidores públicos. Jaime, a los veintiséis años, enfrenta la tercera sucesión presidencial de su vida laboral, y prefiere, en esta ocasión, ir en búsqueda de una responsabilidad distinta de las funciones que ha experimentado en los ocho años de trabajos oficiales. Comprende que debe recurrir a la ayuda o, por lo menos, a la atención afectuosa de un amigo. Acude con Genaro Estrada, subsecretario de Relaciones Exteriores. Con él acumula experiencias comunes, desde que frecuentaban las reuniones literarias de Enrique González Martínez, en 1918. Coinciden en sus colaboraciones para la revista Pegaso; en la publicación de José Gorostiza y Enrique González Rojo, Revista nueva, de 1919, y en México moderno trabajan juntos en la redacción. Aunque el escritor sinaloense es el jefe y Jaime el secretario, enriquecen su afecto mutuo y el respeto a sus textos y libros. Efectivamente, Estrada incorpora de inmediato al solicitante en una tarea provisional, a la espera de una oportunidad en el servicio exterior. 65

La importancia de representar a nuestro país ante la comunidad internacional origina la necesidad de un cuerpo diplomático y consular profesional, práctica ya extendida en muchas naciones. La única posibilidad de ingresar es demostrar los conocimientos suficientes para cada cargo mediante exámenes. El puesto de tercer secretario es el peldaño inicial de la carrera, y Torres Bodet se inscribe para competir por una vacante que se decidirá en el mes de marzo de 1929. Sobrepasa el requisito de hablar y escribir una lengua extranjera, poseedor del francés como idioma materno, al igual que el italiano, que habla con seguridad y que sólo debe traducir. La legislación, la historia y la geografía mexicanas tampoco ofrecen dificultad alguna. Lo que implica un intenso aprendizaje es la contabilidad fiscal y mercantil, por un lado, y lo que no adquirió en la Escuela de Jurisprudencia: derecho constitucional e internacional, convenios y regulaciones diplomáticas y consulares vigentes, cuyo estudio acomete con tenacidad y disciplina. El camino iniciado es un vuelco para su experiencia y sus formas de vida. Torres Bodet debe abandonar una pausada existencia, sedentaria y tranquila; sus proyectos creativos, como la revista Contemporáneos —recién establecida—; sus tareas docentes en la Escuela Nacional de Altos Estudios. Debe decidir, también, cuestiones personales y familiares. Antes de cumplir veintisiete años es aprobado en los exámenes de Relaciones Exteriores, y se determina que España sea el destino del nuevo tercer secretario. Previamente resuelve casarse y no abandonar a su madre. El miércoles 13 de marzo de 1929 contraen matrimonio civil Josefina Juárez Montañés, soltera de veintitrés años de edad, y el adusto Jaime Torres Bodet con casi veintisiete. Tanto el padre de ella, Tiburcio Juárez, como Alejandro Torres han fallecido, y viven sus madres, Guadalupe Montañés y Emilia Bodet. Bernardo Ortiz de Montellano es el testigo principal de la novia, y por parte de Jaime su tío Federico Alberto Bodet. Los contrayentes concluyen, así, un prolongado noviazgo que principia en 1922 y que se mantiene durante siete años. Al inicio de esa relación, cuando ella tiene dieciséis años de edad y él sólo veinte, queda constancia de los ajustes del enamoramiento temprano y de las diferencias de la pareja. Pronto se expresa una incomprensión por parte del novio: “Pensé que al darte mi amor, te daba algo tan grande que tú no habrías de desear mayor cosa. En esto consistió mi error. Tú necesitabas pasear, divertirte, no lo comprendí”.32 La reconciliación parece inmediata, 66

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

las diferencias se atenúan, aunque al fin de ese año inicial Jaime deja ver nuevamente su desagrado:

Lo que mata a cada instante nuestra felicidad es tu impaciencia. Antes de formarte

un juicio exacto de mis palabras te hierve ya la cólera y cambias en seguida de tono y actitud, impulsándome torpemente a las represalias y al dolor. […] No hay día en que, con razón o sin ella, no me trates con dureza y desamor. ¿Es justo?33

Seguramente Josefina modifica su actitud y encuentra gustos afines a los de Jaime. Les entusiasma el cinematógrafo, los conciertos musicales, realizar caminatas diarias y, en el transcurso del tiempo, unidos al respeto por las actividades personales y las disciplinas de Jaime, la novia continúa estudiando inglés y piano, y se acerca afectivamente a la madre de él. En forma excepcional, deja testimonios de un reclamo, cuando Torres Bodet viaja a Nueva York en 1926: Desde que te fuiste una vez han venido a verme Bernardo y Marina; hoy fui en la

tarde y me dieron la mala noticia de que sale para Nueva York Bernardo. Más exacto no podía ser, seguramente va a recibirte a la estación y tú estarás más contento. ¿Para qué puedo hacerte yo falta?34

No puedo dormir […] entre otras cosas lo que más me inquieta es saber por qué

te preocupas tanto por Bernardo, nunca creí que lo quisieras tanto, al grado que no puedas vivir sin él.35

Estoy tan celosa de Bernardo.36

La ternura y el cariño destruyen ese sentimiento. La novia de Bernardo, Marina, es amiga muy cercana de Josefina, y las dos parejas realizan viajes al interior de la República. Además, como se ha mencionado, Ortiz de Montellano es el testigo de Josefina en su enlace civil. La permanencia de la relación entre Jaime y Josefina origina una unión preeminente, de manera tal que cuando Torres Bodet presagia infortunios en sus viajes al extranjero —desde luego antes de casarse— encomienda a su madre el bienestar de su novia. Así, a mediados de marzo de 1929, los tres emprenden el camino que los conducirá a Madrid. En la capital de España hay una situación afortunada. Enrique González Martínez es el titular de la legación. Torres Bodet se convierte en colabo-  67

Marina, novia de Bernardo Ortiz de Montellano, y Josefina (en primer plano) en la playa de Cuyutlán, Colima en 1924. Las dos parejas fueron inseparables.

rador del generoso e incomparable maestro. Inicia el aprendizaje de funciones modestas, unido al conocimiento necesario, indispensable de la estructura, los sucesos y las maneras de ser del mundo oficial del país anfitrión. Para afrontar los costos del traslado Jaime vende su biblioteca, se deshace del mobiliario familiar y confía en poder llegar hasta Madrid. Instala un departamento cercano al domicilio de la legación; resiste con su salario y pequeños ahorros los gastos habituales y lleva a su madre y a su esposa a conocer Toledo, Salamanca, Segovia y ciudades andaluzas. Ordena su existencia diaria entre los horarios laborales, el acercamiento a grupos de escritores hispanos del momento y, conforme a su vocación íntima, dedica cuatro horas para escribir. Sus cualidades —el cuidado en su trabajo, la paciente comprensión de los elementos políticos de España— lo distinguen en el ambiente de la pequeña oficina mexicana. En mayo de 1931, a los dos años de su arribo, logra  el ascenso a segundo secretario, apenas iniciado el gran vuelco político que deciden los ciudadanos españoles: la Segunda República ha nacido, en el mes de abril, con las esperanzas y las ilusiones populares, y los riesgos  de sus adversarios ultramontanos, monárquicos. Aparentemente su nueva jerarquía conduce a Jaime a otra residencia. Recibe instrucciones superiores para colaborar en la representación 68

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

mexicana en París. Ese cablegrama contiene el salvoconducto, la carta de naturalización, la realización de los ideales maternos y los ensueños adolescentes de Torres Bodet. También el mundo de los escritores más admirados. Con doce años de retraso, Jaime y su madre se instalan en la capital de Francia. Su esposa los ayuda para alquilar y acondicionar una casita en un suburbio metropolitano. Como si las ilusiones propias no fueran suficientes, el ambiente de la embajada es muy grato. El ex presidente de la República Emilio Portes Gil es el titular. Dos revolucionarios cabales, experimentados y cultos lo acompañan: Arturo J. Pani, con el cargo de cónsul general, y Marte R. Gómez. También coincide con Luis Quintanilla, antiguo adversario poético, afiliado al estridentismo, y excelente ser humano. Todos ofrecen la bienvenida, la comprensión y el conocimiento de lo que aún falta al joven diplomático, de veintinueve años. De nueva cuenta demuestra cumplimiento y esmero en sus labores. Prepara y ordena los datos necesarios para la elaboración mensual de los informes reglamentarios; lee diariamente las noticias referentes a México en la prensa francesa, inglesa e italiana; con pertinaz cuidado estudia los acontecimientos del continente europeo, desuniones y ánimos bélicos, las contradicciones y frágiles alianzas. Trata de comprender cada momento en beneficio de sus funciones. Simultáneamente está encargado de redactar las respuestas a las indicaciones y solicitudes de la cancillería. Sin que se conozca ningún testimonio escrito, es fácil suponer que doña Emilia, Josefina y Jaime procuran que los recursos familiares alcancen para asistir al teatro, ir al cinematógrafo, escuchar conciertos y recorrer museos, avenidas y barrios de la capital Pasaporte diplomático de Jaime, quien fue acompañado por su madre y su esposa en su primera estancia en Europa, marzo de 1929. del mundo. 69

Al año siguiente, en abril de 1932, la Secretaría de Relaciones Exteriores decide el traslado provisional de Torres Bodet a La Haya, como encargado de negocios. Por vez primera los deberes son escasos: presentarse ante las autoridades del reino; visitar a los representantes de países amigos y cotidianamente autorizar y renovar visados. La ignorancia del idioma vuelve más compleja su encomienda y el propósito personal de comprender a Holanda, sujeta en esos tiempos a los tratos y presiones contradictorios de Inglaterra y Alemania. Jaime se decide por disfrutar de los museos de la ciudad, recorrer sus atractivos suburbios y concluir un relato, aún trunco, que había iniciado en Francia. En septiembre de ese año, 1932, concluye su misión diplomática en la capital del Reino de Holanda. Recibe instrucciones para regresar a París, con el cargo de segundo secretario de la legación. Continúa los hábitos, las obligaciones, las situaciones oficiales y familiares; permanece su afán de entendimiento de la evolución de los infortunios europeos, hasta convertirse en un erudito en el tema. En 1934 recibe una invitación del Instituto de Estudios Hispánicos de la Universidad de París. Lo convoca a pronunciar

Torres Bodet (en el extremo izquierdo de la fotografía) durante los festejos de la “Semana de México” en Sevilla, como tercer secretario de la Legación de México en España, junio de 1930.

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Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

una conferencia en La Sorbona sobre la poesía mexicana desde Sor Juana Inés de la Cruz a Ramón López Velarde. Realiza con ello una verdadera ilusión. En julio de 1934 se le comunica una instrucción, para él desagradable. Le ordenan su traslado a la República Argentina, pues así lo decide el secretario de Relaciones Exteriores. Como si fuera una sanción, Torres Bodet se siente degradado, desdeñado en sus méritos y empeños permanentes, pues no descubre los motivos de un sorpresivo cambio de residencia y fue una ciudad predilecta para la pareja Torres Bodet, desde su tampoco una mejoría en su cargo. París primera llegada al viejo continente, 1930. Cavila, compara ventajas e inconvenientes de la existencia nómada del diplomático, de la incertidumbre continua de depender de voluntades ajenas, y se encamina a presentar su renuncia. Sus compañeras, la esposa y la madre, razonan ante él y lo convencen de aceptar su traslado a Buenos Aires, pues los cinco años de experiencia en el servicio exterior han construido el firme cimiento de una profesión digna, que contiene la distinción de representar a su patria. El anunciado traslado tiene una consecuencia familiar. Doña Emilia prefiere retornar a México, para convivir con su solitaria hermana Elisa. Los Torres Bodet despiden a la madre en el puerto de Saint-Nazaire y se disponen a emprender la mudanza, pues deben llegar a la capital argentina antes del 14 de julio. Se puede suponer que la molestia de Jaime Torres Bodet proviene de una reverente admiración por la cultura y la vida europeas. Troquelado, desarrollado en la creencia de la superioridad francesa y el primordial legado de sus creadores y escritores, considera que él es —como algunos argentinos— un europeo de América. (Este ánimo se desvanecería después para siempre, frente al esencial sentido de su mexicanidad que demostraría en cargos públicos posteriores.) Los asombros que contiene cada experiencia 71

extracontinental, no son previsibles en ningún sitio de Sudamérica, ni siquiera en Buenos Aires, a pesar de su prestigio cultural, su riqueza y la falta de mestizaje. Además, se aleja del núcleo de las relaciones multilaterales, de la complejidad, de las naciones e ideologías que determinan el comportamiento del mundo. Y todo ello a cambio de testimoniar modos y usos de gobiernos dictatoriales y rústicos. Los Torres Bodet llegan sin contratiempos a Buenos Aires. El nuevo jefe, titular de la legación, es Enrique Cabrera, culto, experimentado funcionario del servicio exterior y destacado poeta, ya silencioso. Las tareas cotidianas son semejantes a las de cualquier otra sede diplomática y, al igual que en Madrid, el idioma español cubre la mayor parte de los tratos. Desde luego Jaime procura, como en la capital ibérica, el conocimiento y la relación personal con los poetas, los hombres de letras y los colaboradores de la revista Sur. Los acrecentados síntomas de una enfermedad, incómoda pero discreta compañera desde sus iniciales andanzas por Europa, determinan la necesidad de una urgente intervención quirúrgica, una apendicectomía. Al aceptarla Torres Bodet se prepara cuidadosamente y, ante la posibilidad de oscuros resultados, entrega a Josefina una carta, que contiene instrucciones para recoger los beneficios laborales que ha acumulado y que corresponden a su posible viuda. Jaime expresa en el texto de su despedida, del 24 de octubre de 1934, sus sentimientos: Quiero principiar por decirte lo feliz que he sido siempre a tu lado; las dichas sencillas

y hondas que tu presencia en mi vida me ha deparado desde el día en que te conocí […] Tú sabes que siempre siento mucho más de lo que digo. Te amo como en nuestros años aún más juveniles, pero con más ternura todavía como a mi novia, como a mi

hermana, como a mi hija. Te amo con pasión, con cariño y con gratitud por todo lo

que has sido para mí, pues me has querido como mi amante, me has consolado como mi hermana y me has colmado de alegría como una hija… 37

La carta no debía abrirse “salvo necesidad”. Luego de los buenos resultados de la intervención quirúrgica los esposos Torres Bodet decidieron leerla y, por su contenido, conservarla. La vida bonaerense transcurre en la rutina de la noria, sin alteraciones ni sobresaltos. Lázaro Cárdenas del Río asume el poder presidencial el primero de diciembre de 1934, y empieza a dirigir la etapa más vigo-  72

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

Al iniciar su vida como diplomático, Torres Bodet comenzó a recorrer el mundo. Aunque estos viajes le permitieron acercarse a diversas culturas, significaron para él un éxodo doloroso de su país, que fue asumido como necesario por su compromiso con la humanidad.

rosa, leal, ortodoxa, con el mayor sentido social de la Revolución Mexicana. Nombra a Emilio Portes Gil secretario de Relaciones Exteriores y, al organizar el servicio exterior, designa a Marte R. Gómez titular de la legación en Francia. Para integrar a los colaboradores de su misión, el ingeniero instruye a Jaime Torres Bodet que, como primer secretario, regrese a París. Las temidas voluntades ajenas que Jaime presagiaba, al inicio de 1935 originan situaciones benéficas y dichosas. La nueva estancia parisina dura dieciséis meses, de marzo de 1935 a julio del siguiente año, salvo un mes que permanece en La Haya, en febrero de 1936, designado encargado de negocios, con el objetivo de retirar al jefe de la legación. Por su frágil estado de salud, su esposa Josefina permanece en París mientras Jaime lleva a cabo el viaje a la capital holandesa, donde  de nueva cuenta se siente ajeno, inadaptado e incomprendido. Advier-  te, sin embargo, que Europa está a punto de arder: las conjuras, las amenazas del popular gobierno de Adolfo Hitler, con sus temibles objetivos de supremacía, de dominación mundial, de instituciones imperiales y de 73

segregación racial, confunden a estadistas y a ciudadanos. La Liga de las Naciones sobrevive frágilmente, sometida una y otra vez por intolerancias y predominios. Un atroz espíritu guerrero principia a destruir la convivencia internacional y a minar la situación política de algunas naciones, como está a punto de ocurrir en España. A fines de junio el titular de Relaciones Exteriores, el general Eduardo Hay, invita a Torres Bodet para ocupar la vacante de jefe del Departamento Diplomático de la cancillería. Jaime acepta y prepara el regreso a México. Conoce la importancia de los servicios de esa dependencia y la distinción implícita a sus méritos. Admite conducir las relaciones multilaterales más importantes: con la Liga de las Naciones y la Unión Panamericana; la preparación de las conferencias y asambleas de esos organismos y, por tanto, determinar los criterios de los representantes nacionales. Los servicios se extienden a la conservación de los límites territoriales y al aprovechamiento del agua; a la interlocución con los agentes del servicio y lo relativo al protocolo y al ceremonial. El Departamento Diplomático es la dependencia técnica más importante de la secretaría y fértil vivero de experiencias, relaciones donde prevalecen criterios nacionalistas que, paulatinamente, originan el prestigio del servicio exterior mexicano. La defensa de pueblos sometidos a poderíos ajenos; la unidad con gobiernos soberanos amenazados por adversarios internos y las convicciones democráticas, expresadas continuamente en los foros internacionales, fortalecen la presencia del México revolucionario. A fines de 1937 Lázaro Cárdenas designa a Torres Bodet encargado de la legación nacional en Bélgica. La ubicación de ese reino, la complejidad de sus relaciones con los países contiguos y próximos de la Europa noroccidental, lo convierten en un sitio excepcional para entender e informar respecto de las condiciones continentales, cambiantes y que, sin remedio, presagian una hecatombe. La soberana decisión del presidente Cárdenas de expropiar los bienes de las compañías petroleras extranjeras, el 18 de marzo de 1938, modifica los deberes del servicio exterior. Se convierte en defensor de esa decisión fundamental, en divulgador de sus causas legítimas y en agente principal para impedir controversias y alejamientos de gobiernos amigos. Torres Bodet procura cumplir esa tarea con plena convicción: asiste a los más diversos foros; recurre a organizaciones políticas, académicas y sociales para explicar 74

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

Durante toda su vida, los perros fueron fieles compañeros de Jaime y Josefina. c. 1935

motivos y consecuencias de la resolución mexicana; divulga, en los medios impresos, la justicia y la gallardía de los derechos patrios. Frente a su anterior experiencia en la plácida capital argentina, el trabajo en Bruselas es arduo. Convierte los días en extensas jornadas y la vida ingresa a un territorio inusitado. Desde el inicio de 1939 las viviendas deben precaverse para mitigar el efecto de posibles bombardeos. Se adquieren máscaras antigás, se acumulan víveres y agua para sobrepasar los encierros. Las cortinas deben correrse a las 18:00, con la finalidad de impedir señales para el ataque de los aviones enemigos. En el verano incierto, Jaime acepta que Josefina emprenda un viaje de vacaciones. Las cartas que intercambian en ese breve periodo refieren la severidad diaria que cubre la vida de Torres Bodet. Ya no prolonga, …como tú dices el feo vicio de la constante lectura. No he despegado los labios, el tiempo es mi única diversión.

Estoy en una ciudad sin afectos, en una casa tan despoblada. No aprendo aún a

sentirme solo.38

Desde hace muchos años mis domingos son tú.39

Desde la primavera de 1938 se ha comprobado —en medio de justificaciones oficiales, convenios efímeros y contradictorios— la decisión demencial de 75

Adolfo Hitler y las etapas iniciales del sendero bélico que recorrerá. De igual manera, el apoyo alemán a fuerzas afines al nazismo, como en el caso de España. En la capital de Bélgica se pretende conservar una angosta normalidad, que mal que bien perdura hasta la madrugada del 10 de mayo de 1940, cuando la fuerza aérea del Tercer Reich bombardea Bruselas. Ya nada está a salvo. Las autoridades declaran a la capital ciudad abierta y principian una huida hacia el puerto de Ostende, con la pretendida aspiración de conservar su soberanía. Jaime Torres Bodet y Josefina experimentan terribles sucesos con la decisión de acompañar al gobierno legítimo. Una prolija correspondencia fue el paliativo que Jaime y La inutilidad de la medida los obliga Josefina encontraron durante los momentos en los que el trabajo les impuso una separación. a esperar en París las instrucciones de la cancillería. En medio de aflicciones, contratiempos y desventuras, el encargado de la legación mantiene unido al grupo de sus colaboradores, que aceptan sus destinos individuales en la capital de Francia. Los Torres Bodet, decididos a regresar a México, llegan a Lisboa a principios de junio, y dos meses después embarcan hacia Nueva York. La despedida del continente europeo no los convierte en seres tranquilos, libres. El peso de la desventura general los envuelve. Él describe las causas de la tragedia: …todo un mundo vencido ya, antes de que los hechos lo derrotasen. Y un mundo

vencido por la peor de las epidemias: la de la angustia. La Europa libre no había sido sólo desintegrada en la hora de la agresión. Había sido minada, durante años, por la indecisión de las democracias ante las fuerzas del fascismo y del comunismo, por su inercia frente a los sátrapas del chantaje internacional, por la indiferencia de las

grandes potencias para los pueblos débiles y por su tolerancia ante los desplantes de un Hitler que se creyó Bonaparte y un Mussolini que se soñó Julio César.40 76

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

Recordemos que en 1929 Jaime Torres Bodet se propone llevar su vida en el extranjero. El ingreso al servicio diplomático se transforma en una profesión, en sorpresas y experiencias de vida y en ser ajeno a su país, físicamente hablando, durante casi diez años. La unión con sus mujeres amadas, su madre y su esposa, se disuelve definitivamente a los cinco años, cuando doña Emilia decide regresar a México (después de días dichosos, pero periodos adversos propiciados por precarios ingresos, gastos no previstos, diferencias de criterios que incluyen un periodo intermedio de separación en Europa entre los Torres Bodet y la madre). Cuando se reencuentran en la estación del ferrocarril, Jaime halla en la ternura materna y en su sonrisa “el mejor perdón”.41 La otra ausencia, también recuperada, es la de Bernardo Ortiz de Montellano. En un interrumpido epistolario, con silencios continuos, los dos amigos intercambian algún proyecto común, tal como la realización de una colección de biografías mexicanas, en la cual Jaime redactaría la vida y las acciones de José María Morelos, en tanto que Bernardo emprendería la de Emiliano Zapata. Nada de ello cumplen, salvo un anticipado convenio que

Jaime Torres Bodet descendiendo de un avión. c. 1948

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Torres Bodet suscribe con la editorial Espasa-Calpe en Madrid. La correspondencia de Ortiz de Montellano es menos personal, menos íntima que la de su interlocutor. Torres Bodet sí expresa sus dificultades económicas; el desequilibrio interior que permanece e impide el avance de sus textos; aun la fragilidad de su salud que dificulta el cumplimiento de sus labores y, una y otra vez, en el transcurso de los tres primeros años en Europa, el agravio de no tener amigos, vivir una permanente soledad y comprobar, como le sucede en París, que lo habitual de la existencia (comer, leer, divertirse) se convierte en un reto, en un adversario. La experiencia de Jaime, su preferencia de no pertenecer a asociaciones o grupos literarios, salvo en el caso de dirigirlos, como en Contemporáneos, limita la amistad con sus semejantes. En Buenos Aires trata a Leopoldo Lugones, Norah Lange, Jorge Luis Borges, Eduardo Mallea, Ezequiel Martínez Estrada, Ricardo Molinari y Arturo Capdevila, entre otros, aunque no coincide con Silvia Ocampo, la emblemática directora de Sur. Y en Madrid, donde permanece más de dos años —casi el doble que en la capital argentina—, se relaciona y reconoce un trato amistoso con Pedro Salinas, Benjamín Jarnés, Melchor Fernández Almagro, Claudio de la Torre, Juan José Domenchina, Max Aub y Ramón del Valle Inclán, quien encabeza un grupo, una “peña” literaria en el restaurante Regina a la cual asiste frecuentemente Jaime Torres Bodet. No sólo es conocido en España por la revista Contemporáneos y por la selección que Gabriel García Maroto edita en 1928, en Madrid, con el título de Nueva antología de poetas mexicanos, y cuya singularidad consiste en distinguir a quienes no han cumplido treinta años y poseen creaciones relevantes. Además, Jaime es colaborador de la Revista de Occidente y no descuida la entrega regular de ensayos. Su fama juvenil como poeta debe unirse a su carácter de crítico cultural, que expresa en varios textos de publicaciones periódicas y que especialmente está orientado hacia obras literarias. Un precedente olvidado, un aprendizaje importante, es la transformación de Jaime en crítico cinematográfico. A los veintitrés años traduce su admiración ante el novedoso arte, que lo ha acompañado desde la infancia, en evaluación, opiniones y juicios. Con sus padres había asistido a las funciones dominicales de la Academia Metropolitana, ubicada en la esquina de las calles Dolores e Independencia; al Salón Rojo y al cine Palacio, sobre San Francisco. 78

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

El ingenuo, candoroso arte evoluciona simultáneamente con la generación de Jaime. En la tercera década del siglo XX se ha desarrollado téc-  nica y artísticamente, aunque aún no es acompañado del sonido. El juvenil  funcionario acompaña a Josefina, hasta los cines de El Carmen o Hidalgo, sin dejar de frecuentar los más afamados. Conviene con Revista de revistas la entrega de una reseña, de una crítica cinematográfica semanal y utiliza un pseudónimo familiar a la materia: Celuloide. En la sección “Cinta de plata”, el 23 de agosto de 1925 inicia sus colaboraciones, que finalizan el 9 de septiembre del siguiente año, con lo que da un total de 27 crónicas regulares, aunque en la etapa última altera su periodicidad. El gozo y el asombro ante un arte nuevo cuyas técnicas evolucionan deprisa y sobrepasan a otros espectáculos, para Fotografía de Bernardo Ortiz de Montellano. Él y Jaime Torres Bodet se originan en una carac- tuvieron una relación muy estrecha que en buena medida registrada en sus cartas y en los proyectos literarios terística particular: “una intimidad casi quedó compartidos. personal”, que asocia la penumbra con el deslumbramiento de una pantalla que expone sitios, paisajes, momentos y circunstancias que ningún otro arte puede expresar. El cinematógrafo es una revelación cultural autónoma, con posibilidades múltiples, abierta a todos las vetas dramáticas. Con su cultura de lector infatigable, Torres Bodet valora las películas, en primer término, por la calidad del argumento, sus posibles orígenes literarios y el respeto fiel, si provienen de obras maestras. Destacan las historias basadas en textos de Dickens, Ibsen, Shakespeare, Wilde, Stendhal o Esquilo. Reconoce que la reciente filmografía prefiere recorrer sendas aceptadas por espectadores comunes. Dice, por ejemplo, que el cine estadounidense no puede prescindir de los finales felices, del happy ending. Se trata de una expresión ingenua, optimista, idealizada por un pueblo joven 79

y exitoso. Torres Bodet desdeña y critica, sobre cualquier otro defecto de las historias ramplonas, la desfiguración y la caricatura. Comprende que el arte cinematográfico, a pesar de su silenciosa condición, debe vivir no únicamente de la calidad de los argumentos, sino con los actores  magníficos y profesionales. Su predilecto es Charles Chaplin, Charlot: Lo cierto es que Chaplin, frente a la masa, equivale a un libro universal, un Quijote,

una Biblia. Pocos podrán extraerle la esencia: pero cada uno reconocerá en ellos algo suyo, aunque sea su bajo fondo. Decía Chesterton que el impresor que lee la Biblia, lo

que más a menudo encuentra son las erratas. Así, frente a Chaplin, hallamos motivos

de risa, de llanto o simplemente de sonrisa matizada con un temblor contenido e inteligente.42

El joven crítico divulga que el buen actor no construye exteriormente a sus personajes. La veracidad nace desde su interior, desde su espíritu que permite las mejores expresiones, las que conmueven a los públicos. En las crónicas queda el testimonio de su aprecio y valoración por los grandes actores de la época. Acompañan a Chaplin John Gilbert, Douglas Fairbanks, John Barrymore o Adolphe Menjou, al igual que Gloria Swanson, Norma Shearer, Marie Astor y desde luego Pola Negri, a quien describe de esta manera:

El arte de Pola Negri ha hecho para ella veces de hermosura, de simpatía y empieza ahora a tener que sustituir a la juventud que se va. En otras mujeres del cinematógrafo la capacidad dramática, indudablemente viene siempre a nuestro espíritu en segundo término. Primero vemos su silueta, nos seducen sus rostros. Luego —bastante tiempo

después— apreciamos sus aptitudes. En Pola Negri, no. Lo que vale en ella es este cauce inquietante de la emoción que orienta a las grandes artistas hacia la magnitud de la tragedia. Es una excelente intérprete de la fatalidad cotidiana.43

El triunfo de los artistas, la valoración que Celuloide expresa, no le impiden señalar la falta habitual de filmes de alta calidad y, mucho más, de obras maestras. Equilibra la evolución del maravilloso arte, los peldaños ascendidos y el olvido en el que peligran las obras pretéritas. Propone la creación de una “biblioteca” de películas, el establecimiento de una filmoteca  para atesorar, volver a exhibir y conservar los testimonios artísticos de la inteligencia, el talento y la sensibilidad de los seres humanos. 80

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

En 1925 Jaime Torres Bodet también publica un libro de poemas. Como en sus anteriores ediciones, Herrero Hermanos lo edita con el título de Biombo. La obra tiene un doble significado: es el final de la juventud poética del autor y, en segundo sitio, concluye la etapa idealizada, expresiva de vivencias no personales, reflexiva en temas distantes y aún ajenos. Constituye un testimonio epidérmico, superficial y fugaz. El nombre del poemario alude al orientalismo, que talentosamente hereda de José Juan Tablada y cuyo estilo se denomina “japonismo”. Guillermo Sheridan lo describe: “Biombo celebra un erotismo asordinado de tamices orientales bajo la especie del “voyeurismo” en paisajes prodigiosos de vegetación serena, siempre al alba y bajo la lluvia”.44 Desprendidos de sentimientos y situaciones reales, los versos pretenden compartir una admiración hacia formas, valores y enamoramientos, severos y discretos de los habitantes del Japón. Rafael Solana señala el artificio: “Biombo es ya una palabra que sugiere alguna japonería; y toda la poesía de este libro, de seguro el más superficial y el menos sentido de los del poeta, es decoración, es acuarela, es quebradizo dibujo sobre frágil papel”.45 El patrimonio cultural de Torres Bodet es muy rico. Su precocidad; las disciplinas personales de estudio; un vasto conocimiento de la poesía mexicana y francesa, y el encuentro con los más importantes escritores europeos del siglo XIX y las décadas iniciales de su centuria, transforman la creación ajena en un deslumbrante caudal propio. Siempre poeta, como lo demuestran ocho títulos suyos, des-  de los dieciséis hasta los veintitrés años de edad, Jaime agrega prosas críticas, ensayos literarios, notas bibliográficas y, tal como he recordado, textos relativos al arte cinematográfico. La narrativa permanece como un territorio vacante, un contradictorio hueco. Reflexiona ante ello, conversa con sus amigos contemporáneos y decide aventurarse en ese género. Subyace un interés central indestructible en el tránsito por ese nuevo territorio: experimentar, ejercitar la prosa para depurar la creación poé-  tica. En ningún momento Torres Bodet pretende convertirse en un novelista; sin embargo, se prepara para el recorrido. Lee y relee a Vasconcelos, a Alfonso Reyes, a Mariano Azuela, a Martín Luis Guzmán y a Díaz Dufoo, el hijo. Reacciona contra sus temas, pero resguarda sus perfecciones estilísticas. Adversario del naturalismo superviviente, visita a la modernidad europea: James Joyce, Jean Giraudoux, André Gide, Benjamín Jarnés, y de nueva cuenta se adhiere a Marcel Proust. Comprende así que la fidelidad a 81

la memoria es el oriente firme, seguro, de los textos narrativos. Acepta con ello, la búsqueda de la interioridad de los personajes: en sus evocaciones, en su conciencia, en sus reflexiones se lleva a cabo el mejor viaje. Salvo la primera novela de Jaime Torres Bodet, Margarita de niebla del año 1927, y su obra inicial de crítica Contemporáneos, de 1928, el decenio que principia con su primer cargo en el exterior, en España —desde 1929 hasta 1938—, corresponde básicamente a su expresión en prosa que incluye cinco novelas frente a dos poemarios y un libro de crítica literaria. Es un periodo complejo, difícil, inusitado. La vida en países extranjeros, la responsabilidad oficial, el desempeño laboral como obligación central y las vicisitudes de Jaime y Josefina, personales y del mundo exterior, se convierten en elementos de la temprana madurez del poeta. Establece un pausado ritmo, una severa autocrítica; aleja la fertilidad juvenil y reorienta sus textos en un incesante ejercicio narrativo. Margarita de niebla, ya mencionada, posee una trama escueta, evocadora de la primera parte de la novela esencial de Marcel Proust. Un hombre que alterna sus sentimientos y sus convicciones hacia dos mujeres, y cuya decisión estimula dudas, ambigüedades. El limitado argumento deriva, asimismo, de la respetuosa certidumbre de Torres Bodet por la vastedad y plenitud creativa de sus maestros. Descubre, en el abandono de la trama, una posibilidad novedosa: una prosa vanguardista y experimental. Con un texto lleno de metáforas y juegos del lenguaje, define sin intensas variaciones el estilo de sus novelas y relatos. En la interioridad de los personajes, en sus recuerdos y sensaciones, en los virajes temporales, en las profundidades psicológicas e historias personales da vida a prosas poéticas modernistas. José Gorostiza enmarca esos elementos: “Tu Como incesante lector, Jaime siempre procuró formar una buena biblioteca. c. 1930 semilla de novela, terminó en poesía”.46 82

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

A principios del siguiente año, 1928, Herrero Hermanos edita también la primera obra crítica de Torres Bodet, Contemporáneos. Creador del aceptado título de la revista del “grupo sin grupo”, lo utiliza en un momento previo — cuatro meses antes— para presagiar que el contenido del libro y los variados temas de que se ocupa desdeñan acontecimientos y protagonistas pretéritos. Textos inéditos se mezclan con aportaciones ya publicadas. La mayoría está referida a la poesía; Jaime Torres Bodet revisa la lírica mexicana así como la argentina, desde Leopoldo Lugones; y examina las cualidades de tres creadores hispanos: Juan Ramón Jiménez, Gerardo Diego y Rafael Alberti. También incluye un análisis sobre la novela moderna y da respuesta a la preocupación de Ortega y Gasset por la deshumanización del arte. Sin duda esta obra testimonia territorios de erudición, de juicios rigurosos y ofrece un entendimiento apreciable. Margarita de niebla se imprime en la Ciudad de México por la editorial Cvltvra, pero no la siguiente novela, La educación sentimental, que edita en Madrid la empresa Espasa-Calpe en 1929. Como en la anterior experiencia, el texto está escrito en primera persona y también subyace en él un carácter autobiográfico. En este caso el estricto argumento, en que casi no pasa nada, relata la amistad de dos jóvenes de catorce años y la atracción que el narrador siente por el otro. Un viaje ocasional disuelve ese sentimiento y sus complicaciones psicológicas. La expresión poética y el estilo metafórico desembocan en la permanencia de la libertad de ambos personajes. La secuencia de los textos narrativos de Torres Bodet parece interrumpirse en el año de 1930, cuando la editorial Espasa-Calpe publica, en Madrid, su noveno poemario: Destierro, que desde el título es un hallazgo. Umbral de la madurez creativa del poeta; inicio de una etapa propia, alejada de influencias y escuelas admiradas, en él Torres Bodet muestra una voz autónoma, una expresión singular que busca, que pretende —“en una competencia de náufragos”, como él dice— evadirse de la realidad externa, lograr el destierro. El autor apela, descubre en lo íntimo, en juegos insomnes, como habitante de los sueños, de placeres oníricos, con guiños surrealistas, la libertad de su espíritu. Como una consecuencia de la prosa poética que ejercita, los versos del exilio están construidos mediante una creación narrativa. Los poemas, junto a profundas confesiones sentimentales, relatan sucesos, describen ámbitos interiores, que sustentan las emociones. En las páginas de esta obra se reconoce el ilusionado equilibrio que Torres Bodet pretende 83

entre sus sueños y la expresión de ellos; entre avatares experimentados y también soñados: En esta presencia amarilla —entre dos lámparas— de la noche,

en esta inmovilidad del espejo que cuenta al revés sus cadáveres y en esta grieta final del reloj

por donde cabe todos los días un instante imperceptible de alondra está mi eternidad. […]

De un muro a otro de la soledad

soy un hombre desnudo que sangra por un costado su sombra.47

El orden cotidiano, la disciplina del trabajo, la convicción personal de perfeccionar su expresión poética, impulsan a Jaime Torres Bodet a mantener su obra narrativa. También publicada por Espasa-Calpe en Madrid, en 1931 aparece Proserpina rescatada. La última novela escrita en primera persona, sin que aparezcan detalles autobiográficos, contiene una cuidadosa alternancia de dos tiempos: el pasado, el de la memoria, los recuerdos de los personajes, y el presente final. Asida en el mito griego de la diosa condenada a dividir su vida entre el inframundo y el edén, la protagonista libera sus sufrimientos con su propia muerte. El relato, la intensidad de la memoria puesta a prueba para hacer perdurar la realidad, sostienen las metáforas e imágenes utilizadas. También en Madrid y también de la editorial Espasa-Calpe, en 1933 se publica Estrella de día. Esta novela abandona el relato en primera persona. Ya sin interrupción alguna, aparece la distancia y la libertad para que los argumentos no contengan sucesos y evocaciones que provengan directamente del autor. El ejerLa casa de Torres Bodet en Altamirano #116, Ciudad de México. Fue aquí donde escribió sus primeras obras. cicio estilístico perdura. Está referido a una 84

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

historia más detallada que las anteriores: el enamoramiento de un ser común que se deslumbra ante la pantalla cinematográfica al descubrir a la mujer deseada. Inusitadamente, el final es feliz y a la manera de Hollywood concluye con el abrazo y el beso esperados. Primero de enero es la siguiente obra, publicada en la misma ciudad española, en 1935 por las ediciones literarias de la asociación de escritores PEN. Sin la ironía del relato anterior, aquí la historia concluye afortunada, felizmente. En el límite de un día, el personaje principal decide concluir su vida egoísta y exitosa. Renuncia a su responsabilidad empresarial y confía en un nuevo propósito. La realidad se lo otorga al conocer a una madre soltera, infortunada, Jaime en los años treinta en un periodo de gran producción literaria. que con su hijo conmueven y logran la transformación del personaje. Al tomar en sus brazos al niño advierte un cambio verdadero, el de su interior, que culmina en el propósito de adoptarlo. No se expresa burla o ironía. Al contrario, es una intensa novela psicológica que descubre y detalla renovados sentimientos de un ser humano. Incluye también el carácter liberador de la honestidad sentimental y el piso firme del pasado personal. Con la exactitud de un imaginario reloj, al cumplir diez años de la publicación de su primera novela Jaime entrega su último relato. La editorial Cvltvra 85

de la capital de México publica Sombras en 1937, cuando Torres Bodet colabora en una dependencia central de la Secretaría de Relaciones Exteriores, como ya se ha recordado. Una anciana enferma, recluida, aprisionada en una cama, recorre su pasado impulsada por el desaliento y las inquietudes que le impone un asunto familiar infortunado. Los recuerdos se encadenan en unos cuantos momentos, que desde la soledad del personaje evocan rechazos, enamoramientos, seres amados o desdeñados y que sobreviven en la conciencia de la vieja como las sombras de toda su vida. La narración descubre el fluir mental del personaje, en el perfeccionado estilo poético de Jaime. La calidad de la sintaxis y las imágenes logradas destacan en esta historia desamparada. Jaime Torres Bodet confiesa, mucho tiempo después, que su experiencia, sus ejercicios en prosa y sobre todo sus novelas, fueron un placer nuevo. Así construye una afirmación venturosa, la cual conforma la madurez poética que en la siguiente obra, Cripta, revela sin obstáculos. Al igual que Sombras se publica en 1937 y en la Ciudad de México, aunque el poemario lleva el sello de Ediciones Loera y Chávez. A los 35 años de edad Jaime ya no pide prestado a nadie. La madurez expresiva, la perfección del estilo alcanzado, sustentan la honda reflexión íntima de un hombre abandonado, que desafía las pesadillas de muerte y resiste la intensidad de la realidad emocional. El poeta acepta su soledad, la conciencia de ella y el arma que en imágenes posee para vencer la inquietante existencia y la muerte significativa. Crea, del principio al fin de sus versos, una obra extraordinaria, y así se describe: Alguien está preso aquí, en este frío lúcido recinto,

dédalo de espejos…

Alguien, al que imito. Si se va, me alejo.

Si regresa, vuelvo.

Si se duerme, sueño.

—“¿Eres tú?” me digo… Pero no contesto. 48

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Capítulo III. Nuevas responsabilidades (1941-1946) Secretario de Educación Pública (1943-1946)

Durante las épocas venturosas, las horas se deslizan calladamente, como la arena dentro de un receptáculo de cristal. Pero ¡cuántos muros yerguen los días frente a la prisa de quien se afana por realizar un programa exacto y cumplir en verdad un servicio público! 49 Jaime Torres Bodet

El regreso a México de Jaime y Josefina, en agosto de 1940, casi coincide con el término del mandato presidencial de Lázaro Cárdenas. Aunque se le propone al joven diplomático, aún de treinta y ocho años, que acepte una consejería en Buenos Aires, él prefiere reintegrarse al servicio exterior en el gobierno siguiente. Falta sólo un trimestre para ese acontecimiento y resulta lógica la espera de unos cuantos hechos, que suceden rápidamente. El nuevo titular del poder ejecutivo designa a Ezequiel Padilla secretario de Relaciones Exteriores, y Torres Bodet emprende el itinerario de las gestiones, antesalas y citas solicitadas para conocer su siguiente destino administrativo. Acumulados casi once años de antigüedad en el servicio exterior mexicano, tiene una apreciable suma de peldaños ascendidos en el extranjero: desde tercer secretario en España, hasta encargado de negocios y de la legación nacional en Bélgica, sin excluir el importante cargo de jefe del Departamento Diplomático durante casi un año y medio. El recuento de méritos, un balance objetivo queda a favor del solicitante a un nuevo cargo, y así ocurre. El secretario particular del licenciado Padilla avisa a Jaime que será recibido casi inmediatamente, pero la reunión es insólita. El titular de la dependencia, sin explicación previa, sin iniciar una plática convencional, le comunica solemnemente que Manuel Ávila Camacho, presidente de la República, lo ha designado subsecretario del ramo. Torres Bodet supone que el cargo otorgado se origina en el reconocimiento interno de su intenso desempeño y en la generosidad del titular de la secretaría, ya que no conoce

al primer mandatario. Entre las expresiones de gratitud, su nuevo jefe indica las funciones que deberán asumir ante un mundo en guerra y las metas que México debe alcanzar. Las causas principales de ese ascenso se revelan en el final de este tramo de la historia. En la reunión inicial de Jaime Torres Bodet con el presidente Ávila Camacho, éste no lo reconoce, y con expresión confusa le pregunta si no ha vivido en Morelia. La respuesta negativa, verdadera, comprueba que el diplomático es beneficiario, también, de un michoacano homónimo (a quien nunca conoce). El general Ávila Camacho pretende, desde los primeros días del régimen, disminuir la política justiciera, agraria y populista de su antecesor, a cambio Tras varios años de trabajo agitado en Europa, Jaime de otra con un sentido nacionalista regresa a México para continuar su labor en Relaciones empresarial. Anula la extendida hostiExteriores. Aquí, en Sihoplaya, Champotón, Campeche. c. 1942 lidad contra la Iglesia católica y ofrece un estado de tolerancia. Las condiciones internacionales y su núcleo bélico alientan una política exterior transparente, a favor de las democracias y comprometida con los Estados Unidos de América; no en lo militar, sino en la solidaridad y en el trato franco, de mutuo respeto. También permanece adherida a un panamericanismo de defensa y de no agresión. Por otro lado, la guerra es favorable al desarrollo económico de México. El gobierno promueve obras de infraestructura y otorga certidumbre legal para la inversión privada, industrial. Las labores en Relaciones Exteriores navegan sin sobresaltos internos, pero en la tarde del 28 de mayo de 1941 todo cambia. Ezequiel Padilla disfruta de unos días de descanso y Jaime Torres Bodet asume la conducción de la dependencia. En esa fecha Manuel Ávila Camacho remite a la secretaría del exterior una consulta de la Confederación de Trabajadores de América Latina, que deberá ser contestada en menos de 48 horas. 88

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

El subsecretario analiza el extenso cuestionario enviado y emprende una respuesta personal, pues los términos de la instrucción del Presidente impiden consultar al titular. El conocimiento de Torres Bodet en los temas presentados, sus convicciones en el comportamiento de México con sus semejantes y el notable estilo de la redacción, de la escritura precisa, construyen el proyecto de un comunicado sin defectos. Ávila Camacho nuevamente se sorprende ante el funcionario, pero ahora con legítimas razones. Sin detrimento de Ezequiel Padilla —que permanece como actor principal de la obra— el subalterno empieza a recibir un trato preferencial de Manuel Ávila Camacho: se comunica telefónicamente con él, lo convoca a su despacho y, sin duda, no conversan únicamente sobre temas internacionales, ya que afirman un trato de amistad y confianza. Jaime tiene el hábito de informar a su jefe las instrucciones presidenciales respecto de la secretaría en común, pero los encargos rebasan ese territorio y se convierten en piezas oratorias, declaraciones, respuestas a misivas personales y todo lo que requiere la prosa elegante de Torres Bodet, que agrada especialmente a Manuel Ávila Camacho.

Jaime Torres Bodet y Manuel Ávila Camacho (a la derecha en la fotografía) tuvieron no sólo una relación de trabajo sino una amistad muy estrecha que trascendió el mandato presidencial.

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El ataque militar japonés a la base estadounidense de Pearl Harbor, en diciembre de 1941, por su desmesura, es un grave momento de la lucha  contra las potencias del denominado Eje. Estados Unidos de América se declara en estado de guerra contra ellas, y espera el mismo comportamiento de las naciones del continente. Convoca a una reunión panamericana, y a pesar de la solidaridad generalizada, Brasil, Venezuela y México no ingresan a la guerra, pero rompen las relaciones con los agresores. La neutralidad de nuestro país es impracticable e indecorosa, como lo expresa Torres Bodet oportunamente, al agregarse a los criterios de Ezequiel Padilla y el cuerpo diplomático. También se preveía una agresión de los nazifascistas en América. Durante mayo de 1942, en el golfo de México dos navíos nacionales que transportan petróleo, son torpedeados y hundidos por submarinos alemanes. En el primer caso, el gobierno protesta por la agresión sin resultado alguno, y cuando ocurre el siguiente ataque el presidente decide declarar al país en estado de guerra contra Alemania, Italia y Japón. Cumple los requisitos legales, desde la resolución administrativa del Consejo de Secretarios de Estado y Jefes de Departamentos Autónomos hasta el mandato del Congreso de la Unión. Utiliza a Jaime Torres Bodet como redactor principal de sus mensajes, exhortos e iniciativas de la necesidad nacional de enfrentar la contienda. La amistad entre ellos promueve molestias y prejuicios de Ezequiel Padilla. Sin embargo, no se convierten en adversarios sino en colaboradores convencionales. Jaime, por su parte, soporta el infortunio de la frágil salud de su madre. Ella vive con su hermana Elisa, desde su regreso a México en 1937, en un departamento de la colonia Roma. Los Torres Bodet residen en una cercana casa, con el propósito de estar con ellas, acompañarlas, invitarles al teatro o al cine, a restaurantes y paseos citadinos. A principios de 1943 Emilia Bodet Levallois penetra en una comarca de constantes padecimientos. Aún no cumple los 73 años de edad. Una pulmonía la postra durante el mes de enero, y cuando aparentemente se recupera, a principios de marzo una congestión pulmonar la abate nuevamente. Jaime y Josefina testimonian la gravedad de su salud y la pérdida de su vida. En la noche del lunes 29 de marzo fallece doña Emilia, la adorada madre de Torres Bodet, la austera mujer que lo enseñó a ser; la constructora de cualidades y deberes; la creadora de todos sus días. 90

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La jerarquía administrativa del doliente hijo, el trato social y amistoso con los más importantes funcionarios del gobierno federal; su relación con los diplomáticos extranjeros y el conocimiento público de su cercanía con el presidente de la República, convierten las exequias en un acontecimiento de reseña periodística. Desde el general Ávila Camacho hasta modestos empleados de la Secretaría de Relaciones Exteriores dan testimonio personal de sus condolencias. Nada es comparable, ni siquiera cercano al dolor de Jaime. La misma noche del entierro escribe, con su voz poética, la confesión de la amorosa deuda que en él continuará: No has muerto. Has vuelto a mí. Lo que en la tierra —donde una parte de tu ser reposa—

sepultaron los hombres, no te encierra; porque yo soy tu verdadera fosa.

Dentro de esta inquietud del alma ansiosa que me diste al nacer, sigues en guerra contra la insaciedad que nos acosa

y que, desde la cuna, nos destierra.

Vives en lo que pienso, en lo que digo,

y con vida tan honda que no hay centro, hora y lugar en que no estés conmigo: pues te clavó la muerte tan adentro del corazón filial con que te abrigo

que, mientras más me busco, más te encuentro. 50

Otro legado que recibe Manuel Ávila Camacho es la educación socialista. Fruto del primer plan sexenal del Partido Nacional Revolucionario, en 1934, une dos reformas esenciales. En primer término, la modificación del artículo tercero constitucional que, al principio laico de la educación y a la obligatoriedad del ciclo primario, añade finalidades generales, como el 91

conocimiento racional y exacto del universo, para alcanzar un sistema de enseñanza socialista. También se insiste en las limitaciones a los representantes de corporaciones religiosas. Frente a ello, la pretensión avilacamachista es la unificación del país, no sólo ante la amenaza totalitaria de las fuerzas del Eje, sino por la división interna que produjo el carácter radical del anterior presidente. Según el nuevo mandatario, la educación requiere cambios respecto de su estructura y sus finalidades. En 1942 la Ley Orgánica de Educación, para lograr la unidad nacional y disminuir diferencias, anula las características propias de la educación rural —hasta entonces dirigida a conocimientos regionales, propios, y a la solidaridad comunitaria— para integrarla a la citadina y a sus planes de estudios específicos, orientados hacia las destrezas técnicas. Así se demuestra que en el nuevo sexenio el desarrollo económico ocupa el lugar de la igualdad social. El primer secretario de Educación Pública del régimen de Ávila Camacho, Luis Sánchez Pontón, dura en ese cargo sólo ocho meses. Su filiación cardenista, su adhesión a los sistemas educativos rurales y a la preeminencia de maestros izquierdistas, lo inhiben para cumplir la moderación del nuevo presidente. El sucesor de Sánchez Pontón, Octavio Véjar Vázquez, representa el extremo opuesto del anterior secretario. Defiende el valor central de la unidad, la importancia de los padres de familia organizados y una severa intolerancia contra el profesorado revolucionario, de tal manera que reorienta sus acciones a la expulsión de los docentes comunistas. A fines de 1943, Véjar Vázquez está dispuesto a lograr el despido definitivo de estos profesores y, si ello no fuere posible, renunciar a su cargo. El presidente Ávila Camacho, opuesto a decisiones extremas, remplaza al titular de la Secretaría de Educación Pública y designa, el 21 de Caricatura de Torres Bodet cercana a su ingreso a la Secretaría de Educación Pública. diciembre de 1943, a Jaime Torres Bodet. 92

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Ese día lo convoca a Palacio Nacional. Torres Bodet narra, tiempo después, que desconocía el tema a tratar y había preparado información acerca de problemas internacionales pendientes o de reciente aparición. No acierta. El presidente pide su opinión sobre la situación de la dependencia educativa, que le preocupa por variados aspectos: el desapego de la sociedad a la educación socialista; las condiciones económicas de un magisterio noble, generoso, pero mal preparado en la mayoría de los casos; las diferencias ideológicas de los responsables de la secretaría. Pero el principal, la unificación del magisterio en un organismo sindical, requiere un cuidado inmediato, y el licenciado Véjar Vázquez convalece de un tratamiento médico. Jaime Torres Bodet, enterado de muchos aspectos de la cuestión, responde y suscita una conversación prolongada que concluye en la certidumbre de procurar la solución de obstáculos y deficiencias paulatinamente, sin demorar el cambio del secretario de Educación. Por ello, el mandatario le ofrece ese puesto. Él lo agradece, pero señala los inconvenientes de sus antecedentes y conocimientos pretéritos, inadecuados para un presente complejo, e indica que es un momento inoportuno, con un presupuesto sin posibilidades de cambio. Las objeciones no persuaden al presidente, cuya decisión proviene de tiempo atrás, y Torres Bodet acepta. El nuevo titular posee juveniles antecedentes como funcionario, en las horas iniciales de la Secretaría de Educación Pública. Esta experiencia le parece muy importante a Ávila Camacho, quien además necesita que el colaborador designado entienda sus valores, la orientación ideológica y patriótica que pretende extender y, junto a ello, tenga un comportamiento conciliador, no partidario de radicalismos o extremos. Las afinidades que ha encontrado en el joven subsecretario lo estimulan para depositar en sus manos la responsabilidad educativa federal. El viernes 24 de diciembre, transcurridos diecinueve años de su anterior colaboración en la dependencia, llega Torres Bodet al despacho del secretario, ya con cuarenta y un años de edad; en la madurez de la vida y con el claro entendimiento del compromiso aceptado. Su pensamiento analítico, reflexivo, al igual que las conversaciones con el general Ávila Camacho, representan una tierra firme. Está decidido, por ello, a demostrar la posibilidad de un enlace humano, a disminuir los extremos y anular las discordias políticas. A pesar del entusiasmo, desde la hora inicial entiende y siente que lo empieza a acompañar una inquietante soledad. Su amigo Carlos Pellicer 93

llega a la oficina para felicitarlo, y le asegura: “te has retirado, Jaime, a la vida pública”.51 Esa misma tarde debe acompañar al presidente de la República a la inauguración del “Congreso de Unificación Sindical” que los maestros federales han propuesto. Antes de la ceremonia, prefiere acercarse a la tumba de sus padres, en el panteón de Dolores, para confiar en su ayuda inalterable: Allí, bajo las ramas de un pino de sombra avara, descansaban (y descansan, unidos ya para siempre) el hombre ansioso, activo, débil e intrépido y la mujer admirable,

constante y fuerte a quienes debo el honor de ser. De él, entre muchas otras dádivas,

recibí una inmensa inconformidad. De ella, el amor al trabajo y a la virtud, el deseo de hacer las cosas con probidad y con entusiasmo, exigiéndome siempre más a mí mismo de lo que pude exigir a los otros en el duro ejercicio de la existencia.52

El presidente de la República advierte, por su parte, el sentido político del nombramiento, la oportunidad de su decisión. Enfrenta la unificación de las

Jaime Torres Bodet, en sus dos periodos en la Secretaría de Educación, se preocupó por mejorar las condiciones laborales del magisterio. En esta foto, al centro, en la gira de alfabetización con un grupo de profesores rurales afuera de una Casa del Maestro. c. 1945

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distintas corrientes ideológicas que integran al magisterio federal, con otro interlocutor principal; un profesional de la diplomacia, ajeno a controversias y convencido seguidor de la política de Ávila Camacho, que representa la voluntad de ofrecer al profesorado el cambio esperado para responder a los descontentos, los agravios, las desilusiones. Jaime Torres Bodet demuestra en su mensaje inicial, al presentarse ante sus nuevos colaboradores, entendimiento, respeto a los derechos laborales y empeño por corregir errores. Sin presagiar mejoras salariales que no tiene en sus manos, reconoce los infortunios de los trabajadores federales, la precariedad de los ingresos y satisfactores económicos del magisterio. En 1943 la mitad de los 18 000 docentes tienen a lo sumo una escolaridad secundaria trunca, y en su mayoría han concluido solamente la primaria. Esa paradoja, esa contrahechura de dejar la enseñanza nacional a profesores sin conocimientos íntegros, sin capacitación pedagógica, aceptados por necesidades sociales, comprueba la urgencia de la modificación. Cuando Torres Bodet afirma su convicción de no trastornar, de no tocar siquiera los derechos obtenidos, y su orgullo por la disciplina, el patriotismo y el respeto sincero de los ideales magisteriales, ante su aspiración de unificarse ofrece comprensión y tolerancia a ese proyecto esencial. Jaime Torres Bodet sabe y ha comprobado que los propósitos administrativos deben convertirse en instituciones para no desaparecer al poco tiempo. Necesita organizar la capacitación de los profesores no titulados, multiplicar la construcción de escuelas y, primordialmente, llevar a cabo una campaña de alfabetización. La Secretaría de Educación Pública tiene numerosas dependencias, pero está estructurada en forma sencilla, sin artificios y complejidades administrativas. La natural cercanía con el titular del poder ejecutivo se acrecienta en los acuerdos semanarios. Manuel Ávila Camacho determina el nombramiento del subsecretario, el general Tomás Sánchez Hernández, tan apropiado por sus cualidades y su cultura; por su parte, Torres Bodet propone al oficial mayor, el licenciado Ernesto Enríquez Coyro, destacado abogado y compañero muy próximo en Relaciones Exteriores, cuando éste ocupa el cargo de jefe del Departamento Jurídico. El nuevo secretario comprueba, con su experiencia personal y las estadísticas a su alcance, la proporción de la ignorancia, la injusticia de la desigualdad que ha permitido que el 48% de los mayores de seis años no sepan 95

La Campaña Nacional contra el Analfabetismo recurrió a una retórica de unión nacional y responsabilidad ciudadana. En el edificio, a la izquierda, se lee: “Gracias C. Presidente General Ávila Camacho por permitirnos el honor de ser soldados de esta gran batalla. Si no cumpliéramos con este inexcusable deber mereceríamos la reprobación no sólo de las venideras generaciones sino hasta de nuestros propios hijos”, 1944-1946.

leer ni escribir. Imagina y prepara los elementos, las maneras aplicables y las modalidades para realizar una campaña nacional. Decide aprovechar la ampliación de facultades presidenciales originadas en el estado de guerra, para expedir una ley de emergencia que fundamente una acción de tal magnitud. Acude ante el Procurador General de Justicia para conocer sus criterios legales y encarga al licenciado Enríquez un proyecto jurídico de participación general, con obligaciones personales, con deberes constitucionales y de consecuencias inmediatas. El secretario revisa la iniciativa y redacta el texto introductorio. Más allá del espíritu educativo vasconceliano, Torres Bodet y sus colaboradores distinguen a los protagonistas esenciales: la otra mitad de mexicanos que sabe leer y escribir, los letrados. Preparan por ello una ley que debe convencer a los ciudadanos del carácter moral, igualitario y justiciero, para que auxilien al Estado en esta misión. Los mayores de dieciocho años 96

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y menores de sesenta, residentes en el país, que sepan leer y escribir en español, quedan obligados a enseñar el alfabeto cuando menos a otro habitante de la República. Los analfabetos mayores de seis años y menores de cuarenta adquieren, como derecho y obligación, esa enseñanza fundamental. Son objeto de la ley 5 940 000 iletrados, además de los indígenas monolingües, que requieren del aprendizaje de la lectura y la escritura en su lengua materna y, después, del castellano. El proyecto legal intitula la acción como Campaña Nacional contra el Analfabetismo y establece tres etapas: de preparación, de realización y de evaluación. Ordena la impresión de diez millones de cartillas, útiles para enseñar y para aprender, y señala las funciones auxiliares de la propia secretaria y de todos los maestros de la nación. La campaña propicia, también, el interés político por unir al país en una tarea común, seguramente aceptada, que destruya rencores y polémicas nacidas en la etapa anterior, lo cual se demostraría en el contenido de las cartillas sin orientación ideológica. Torres Bodet encarga a las profesoras Dolores Uribe y Carmen Cosgaya Rivas su elaboración, y él participa, sin conocer los artificios pedagógicos, en las lecciones que guían el inicio de la lectura. A principios de agosto de 1944 lleva el proyecto de ley emergente al general Ávila Camacho:

Al terminar de leer [el] texto, don Manuel estaba radiante. Parecía haber-  se descubierto a sí mismo en el espejo de aquella iniciativa —tan difícil de realizar. […] El fervor ingenuo del general Ávila Camacho y su espontánea alegría de hombre de bien me inquietaron profundamente.53

La iniciativa legal demuestra su cuidadosa elaboración. Es consecuencia armónica de la intención de sus autores, que desde los considerandos y la estructura de la institución, hasta las disposiciones del proceso elegido, construyen peldaños para alcanzar una meta. La destrucción de los privilegios y las desigualdades es motivo reiterado y esencial; se manifiesta en la obligación de los letrados para dignificar a sus semejantes privados de la enseñanza, a quienes se ofrece un tránsito liberador. Jaime Torres Bodet expresa el valor moral de la campaña, el fruto deseado:

Ir a los más humildes, a los más pobres, tocar sus problemas con nuestras manos, y asociarlos a nuestra vida por la enseñanza. Inclinarnos, sin reticencias y sin recelos, 97

Como parte de la ley de alfabetización del 21 de agosto de 1944, todo mexicano entre dieciocho y sesenta años que supiera leer y escribir, estaba obligado a enseñarle estas habilidades a quienes no las poseyeran. En la imagen, un módulo de información y distribución de cartillas.

sobre el libro de nuestra historia. Mientras ellos aprenden lo que sabemos, aprender nosotros lo que ellos buscan, lo que ellos piden. Juntos, en verdad juntos, empezar a leer a México. Y entender su lección de fraternidad.54

La ley que establece la Campaña Nacional contra el Analfabetismo es publicada en el Diario Oficial de la Federación el 23 de agosto de 1944. Como no había ocurrido en muchas ocasiones, el conocimiento de la campaña origina una aceptación común, extendida geográfica y socialmente. La obligación de alfabetizar es aceptada como un compromiso natural, como una retribución ética y no como una imposición indeseada. Las mujeres de las clases medias responden con entusiasmo, pero paulatinamente se dan cuenta de las dificultades de la enseñanza, ya que carecen de experiencia alguna. Encuentran una alternativa eficaz. Organizan sitios en los que concentran a los analfabetos elegidos y contratan a un alfabetizador, profesor o no, que dará cumplimiento al mandato. Las autoridades comprenden ese tropiezo, y permiten la instalación de centros de enseñanza colectiva, no como una estratagema para acatar la ley y no cumplirla, sino como un mecanismo social y ciudadano. 98

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La disposición de imprimir diez millones de cartillas es meta inalcanzable. Por dos extremos se reduce esa pretensión: los solicitantes de la alfabetización no alcanzan el total de dos millones y la impresión multimillonaria de cartillas significa un costo excesivo y, desde luego, innecesario. De manera semejante, la alfabetización de indígenas monolingües posee dificultades singulares. En ella se pierde el compromiso individual de enseñar a un compatriota, ya que el aprendizaje bilingüe, inicialmente en lenguas maternas y después en castellano, requiere instructores profesionales. Además, la cartilla común debe transformarse en cartillas especiales, en dos lenguas, cuya elaboración es compleja; sólo hasta el año de 1946 se dispone de ellas. En ese momento se entrega a mayas, tarascos, otomíes y nahuas del norte de Puebla, y Torres Bodet crea el Instituto Nacional de Alfabetización en Lenguas Indígenas, convencido de la responsabilidad oficial. El esfuerzo para reducir el analfabetismo, mediante la campaña ideada por Torres Bodet; la aceptación pública de que únicamente la participación de los habitantes del país puede resolver esa desigualdad esencial, ya que las instituciones gubernamentales están excedidas, alcanza positivos

Hacia 1944 aproximadamente la mitad de la población mayor de seis años era analfabeta. En la imagen, unos niños indígenas durante la campaña contra el analfabetismo.

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resultados. En diecisiete meses de realización, hasta fines de 1946,  1 440 000 analfabetos son incorporados al aprendizaje de la lectura y de la escritura. De ellos la mitad,  708 000, ha aprobado el examen último, y los 732 000 que restan continúan en el proceso de enseñanza. Los extremos, las diferencias económicas, sociales, culturales, preocupan a Jaime Torres Bodet y orientan sus decisiones. Se empeña en ofrecer instrumentos de mejoría a los profesores no titulados. Convence al presidente Ávila Camacho, y el 30 de diciembre de 1944 se publica el decreto que crea el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio, cuyas labores principian en el siguiente mes de marzo. Preparar y graduar a los maestros es su fin esencial, y en forma innovadora, mediante cursos por correspondencia, auxiDurante la campaña de alfabetización (1944-1946), las cartillas sirvieron de apoyo a la enseñanza de las primeras letras. Algunas liados por la enseñanza directa, fueron publicadas en lenguas indígenas. pretende dignificar a los millares de docentes inmóviles y frustrados porque reciben una mínima retribución: tres pesos diarios. La condición rural de México perdura al inicio de los años cuarenta. Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas defendieron la autonomía de los planes de estudio para los campesinos, mestizos o indígenas, y Torres Bodet no se aparta de ellos. A pesar de la recordada decisión de extender los planes de estudio citadinos a todas las regiones del país, él reconoce los valores de la escuela rural y la urgencia de enaltecerla: [En Oaxaca] visité algunas escuelas. Reinaba en todas una pobreza desgarradora: puertas desvencijadas, muros en agonía, pizarrones cansados por el trazo insistente de toscos gises; muebles cojos, insuficientes, rotos o paralíticos. Pero las caras 100

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risueñas de los alumnos vencían todo el dolor del ambiente. Había en aquellas frentes indígenas, bajo el pelo negro y rebelde, una magnífica voluntad de vivir.55

Otro problema está pendiente. El texto reformado del artículo tercero de la Constitución, vigente desde 1934, que otorga un carácter socialista a la educación, conduce con sobresaltos una aspiración, pero no su aplicación real. Conviven apasionados seguidores del texto supremo frente a grupos política y económicamente preeminentes, adversarios de la legitimidad de la enseñanza socialista. En la primera mitad de su mandato, Ávila Camacho demuestra su alejamiento de ese sistema y pronto, en el verano de 1944, expresa a Torres Bodet la posibilidad de modificarlo. El secretario, desde su mensaje inicial en diciembre del año anterior, se ubica en una posición acrítica, pero partidaria de los principios de la Revolución Mexicana. Elogia la doctrina social del movimiento transformador y la necesidad de su permanencia; afirma que ella representa las necesidades y los sufrimientos del pueblo; sin contradecirse, conversa, razona para encontrar coincidencias y cumplir el complejo encargo. Requiere también hallar el tiempo político más oportuno para presentar la reforma y pausadamente, en la reflexión personal y en las pláticas con el presidente aclara contenidos esenciales. Ambos están de acuerdo en un

Paisaje de una comunidad rural a donde llegó la campaña de alfabetización, 1945- 1946.

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Jaime Torres Bodet consideró a los analfabetos “víctimas de un combate en el cual no han siquiera participado; testigos inocentes y anónimos de una historia que se hace a sus espaldas y, en ocasiones, a pesar suyo”. Discurso del 27 de julio de 1949.

error de la pretensión radical de aplicar un sistema educativo socialista, distante del espíritu de la Constitución, que busca dar vida a una doctrina de justicia social, equitativa y democrática. El presidente Ávila Camacho busca a Narciso Bassols, autor de la modificación vigente, para conocer su opinión respecto de la conveniencia de una nueva enmienda. En una extensa carta responde de inmediato. Con variados razonamientos justifica la implantación del socialismo en México. Básicamente, insiste en que la Constitución de 1917 propugna el ideal socialista. Frente a él, la democracia es una aspiración vaga, sorda a lo popular e incoherente con la estructura jurídica fundamental. Sostiene también que en el artículo tercero se propone otorgar a la educación  pública únicamente tendencias socialistas. Reitera el imperio de un sistema laico, que prohíbe a la iglesia católica convertir los planteles escolares, sobre todo los del ciclo primario, en instrumentos de propaganda confesional. 102

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Los juicios, las explicaciones de Narciso Bassols no convencen íntegramente a Torres Bodet; coincide con él en respetar el carácter laico, científico, progresista confirmado en 1934, y ya utilizado en la redacción del proyecto. En cambio, considera necesario armonizar el sistema educativo nacional con los principios constitucionales, que no proponen al socialismo como el ambicionado régimen político de México. Casi al término de 1945, Jaime Torres Bodet entrega el nuevo texto —para él definitivo— al presidente de la República. Las innumerables conversaciones, las obsesivas correcciones, las sugerencias y críticas que en el tránsito de un año se han advertido, perfeccionan los términos de la redacción. Una estructura básica eslabona los elementos del ordenamiento pro-  puesto. El proyecto inicia con el deber, con la finalidad de desarrollar las facultades de los seres humanos. Para ello el conocimiento se basará en la ciencia y en su constante evolución. El amor a la patria, su fomento, constituye el segundo fin, al igual que la promoción de la conciencia de solidaridad internacional y de los valores de independencia y justicia. Para alcanzar esa aspiración se utilizan tres criterios, el primero de los cuales así se redacta: “será democrático, considerando a la democracia no solamente como una estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo”.56 El nacionalismo como herramienta de la independencia política y la soberanía, al igual que el fortalecimiento de la convivencia humana son los criterios adicionales. El ciclo primario permanece con su carácter obligatorio y la educación pública, en cualquier nivel, se convierte en gratuita. Persiste la prohibición a las corporaciones religiosas, ministros de culto y organizaciones de propaganda confesional para intervenir en escuelas primarias, secundarias, normales y las destinadas a obreros o a campesinos. La tarea cumplida por Jaime Torres Bodet expresa, en ciertos tramos, convicciones personales y la propuesta recoge temas y necesidades del momento de la redacción. La experiencia terrible de odios y comportamientos despóticos, totalitarios, son causa inmediata para destacar la finalidad educativa de la solidaridad internacional, de la convivencia humana y en forma sobresaliente, de la democracia, con el anhelo de impedir discordias y tragedias mundiales. Ajeno a cualquier fe religiosa, como él lo confiesa, Torres Bodet reafirma su respeto a la libertad de creencias consecuente con la educación laica. Así lo describe: 103

El fervor nacionalista permeó la Campaña Nacional contra el Analfabetismo, 1945-1946.

La escuela no debe ser, entre nosotros, ni un anexo clandestino del templo, ni un revólver deliberadamente apuntado contra la autenticidad de la fe. Nuestras aulas

han de enseñar a vivir, sin odio para la religión que las familias profesen, pero sin complicidad con los fanatismos que cualquier religión intente suscitar en las nuevas generaciones.57

Aprobado el proyecto de reforma por el presidente de la República, el 14 de diciembre de 1945 se hace público. El secretario de Gobernación, al difundirlo, confirma el propósito inmediato de entregarlo al Congreso de la Unión como una iniciativa del poder ejecutivo. Al conocerlo, el arzobispo de México y el dirigente del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación coinciden —casi sin precedentes— en favorables opiniones. Ya sin adversarios influyentes la reforma es promulgada un año después, el 30 de diciembre de 1946. Más allá de la discreción del presidente de la República y del secretario de Educación, se reconoce después en Torres Bodet al autor del nuevo artículo tercero de la Constitución. 104

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Las acciones que lleva a cabo el secretario de Educación Pública durante tres años, de diciembre de 1943 a noviembre de 1946, confirman el propósito inicial de rehacer, de restaurar la institución a su cargo. La evocación, el recuento de los resultados obtenidos corresponde, fundamentalmente, al desarrollo de la dependencia oficial. La historia administrativa excede la voluntad de Torres Bodet y de sus colaboradores. A pesar de ello, se distinguen empeños personales, cumplidos cabalmente por el protagonista principal. A semejanza de la Campaña Nacional contra el Analfabetismo, el secretario forma a la educación pública con sus convicciones íntimas, en un mundo de valores morales. Comprende que la principal función del poder público, de acuerdo con la definición de Domingo Faustino Sarmiento, es educar al soberano —al pueblo—; pero, agrega Torres Bodet, es únicamente para redimirlo, para liberarlo. El ideal del ser humano se construye sobre ese sólido cimiento; se edifica con el ejemplo del maestro y la familia; con el conocimiento de la realidad, de sus problemas; con la solidaridad y el compromiso con sus semejantes y el amor a la patria. Por ello la libertad individual es deber, ante sí y para los demás, con la aspiración de lograr el bienestar social. El sentido ético de la vida es el tejido esencial del ser verdadero, responsable, que para Torres Bodet constituye al hombre cabal. Los programas de

La reforma al artículo tercero fue ampliamente difundida por la prensa. En la imagen, El Universal, uno de los principales diarios de la época, presenta la noticia en la primera plana, 15 de diciembre de 1945.

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estudio, las enseñanzas en las aulas, los libros de texto deben quedar unidos por esa valoración. Jaime  Torres Bodet orienta sus acciones  hacia una clara finalidad, y desde el primer momento expresa su pretensión: “[en tanto] la Secretaría de Educación no sea un órgano efectivo de definición para la moral pública, llamarla ‘de Educación’ constituirá a lo sumo un alarde retórico intrascendente”.58 Su madurez personal, la plenitud de los cuarenta años de existencia, las diversas etapas de la Revolución Mexicana, de sus vicisitudes políticas y sociales, dan forma a ese criterio. En Jaime Torres Bodet sobresale el respeto hacia el magisterio. Coincide Indígenas durante la campaña de alfabetización. En el banderín se lee: “Los habitantes de Soledad con la unificación sindical y la digniEtla, por habernos alfabetizado nos hemos elevado definitivamente a la categoría de ciudadanos de ficación de la vida de los profesores MÉXICO y hombres libres del MUNDO. Soledad Etla, mexicanos. Comprende sus esfuerOax.; a 3 de diciembre de 1945”. zos y sacrificios y testimonia esa conducta con las mejorías de las retribuciones cotidianas, el aumento de sus derechos; promueve, establece una clara regulación para la capacitación, las estructuras escalafonarias y las promociones basadas en méritos. De acuerdo con su valoración personal, que pretende hacer perdurable la alfabetización y los conocimientos por medio de la lectura, el secretario constituye colecciones editoriales singulares. Publica una Biblioteca Enciclopédica Popular que en modestos libros semanales recorre el conocimiento, la imaginación, los goces humanos. Se imprimen ciento treinta y cuatro números y se vende a veinticinco centavos cada ejemplar; pero casi la mitad de la edición es distribuida gratuitamente entre los maestros rurales, con lo cual se da testimonio del carácter equitativo, solidario, de la obra. 106

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A diferencia de las anteriores etapas, durante la última —de 1940 a 1946— Torres Bodet no añade otro título a su fértil obra creativa; ni siquiera un libro de poemas. A pesar de ello, días antes de cumplir cuarenta y tres años de edad, el 11 de abril de 1945, la Academia Mexicana de la Lengua lo designa miembro correspondiente. Él considera que su nombramiento se origina del afecto, de la generosidad de Alfonso Reyes, Enrique González Martínez y Alfonso Caso, emblemáticos maestros. Las responsabilidades asumidas, inicialmente como subsecretario de Relaciones Exteriores y, de inmediato, titular de Educación Pública, lo inhiben para escribir. De nuevo se encuentra ante un dilema que considera un desafío. Para él, cualquier actividad deriva de la afirmación de la libertad de optar por distintas obligaciones. En variados momentos reconoce que los deberes lo han acompañado durante toda la vida. Desde su juventud, a los veintiséis años de edad, plantea ese dilema: las responsabilidades laborales o la dedicación a la escritura. Claramente, en esa disyuntiva la proporción mayor queda del lado de los encargos oficiales;

Una escena de la gira de alfabetización en Oaxaca. c. 1945

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Jaime Torres Bodet presidiendo una entrega de libros durante la campaña contra el analfabetismo, 1944.

a favor de los demás, de sus semejantes que requieren la lealtad de los servidores públicos. A pesar de ello, en las vigilias nocturnas, retorna a la creación poética. Se decide por el ejercicio del soneto, riguroso y estricto. Entiende que opta, sólo aparentemente, contra sí mismo. En una conversación con Salvador Novo justifica sus silencios, la tregua literaria “…que para él ha significado la atención de su cargo [que] equivale en cierta medida a un servicio de guerra, saludable por cuanto nos ha dado un contacto fecundo con la vida…”.59 Jaime Torres Bodet abandona el sentimiento juvenil de convertirse diariamente en el escritor, en el poeta. Se desprende del desconsuelo al fallar en su empeño creador y enfatiza el gozo, el disfrute de sus ocupaciones profesionales: Jamás consideré mis obligaciones como las molestas tareas de un funcionario. Iba a

mi despacho con el entusiasmo con que el artista va a su taller. Evitar un descuido, corregir un error, procurar descubrir un rayo de luz entre los enigmas […] fueron para mi espíritu —en esos años— un constante acicate y una fuente mágica de emoción.60

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Capítulo IV. El representante mexicano (1946-1958) Pero precisamente porque hallas el grano incierto en la más alta espiga y porque son de vidrio las murallas que te aíslan del tiempo y de la intriga, tu corazón incorruptible y lento vence al pesar e ignora la fatiga.61 Jaime Torres Bodet

México atraviesa, con beneficios, la contienda mundial. La vecindad con los Estados Unidos de América, sus requerimientos, sus necesidades sobresalientes durante la etapa bélica se transforman en apoyo, abastecimiento, productos nuestros. Esto implica desde la mano de obra de jornaleros agrícolas y el suministro de materiales industriales, hasta la provisión de enervantes que impulsan el optimismo y la fortaleza de las tropas, que luchan en los frentes del Pacífico. La paz, en cambio, lastima una gran porción de esos entendimientos. Por ejemplo, el gobierno estadounidense no prorroga, desde 1946, el convenio de trabajadores temporales, y con él su carácter de empleador, de patrón de mexicanos. Tampoco recuerda la adquisición de estupefacientes, ya convertidos en infracciones y delitos ante la normalidad de los nuevos tiempos. Permanece la política de la buena vecindad y el interés estadounidense por la adhesión de México a su democracia y a su hegemonía. El arribo de Miguel Alemán a la presidencia de la República, el 1 de diciembre de 1946, establece un cambio importante. Es un joven de cuarenta años, abogado, con una especial experiencia política que designa por vez primera como colaboradores principales a profesionales, egresados de las aulas universitarias o técnicas, lo cual demuestra el carácter civil del gobierno. Aún el secretario de la Defensa es un militar letrado, culto. Todo ello implica la exclusión de los aguerridos revolucionarios de antes. La transformación administrativa tiene otras variantes. Se prefiere un pragmatismo sin nacionalidad, aunque la retórica, los lemas y el fundamento

de legitimidad del régimen son similares a los utilizados anteriormente, con la Revolución Mexicana como su valor primordial. La modernización industrial y la subordinación de las clases populares; la disminución de sus ingresos; la negativa oficial a sus demandas; el abandono a la propiedad comunal y la reverencia al gran capital son características esenciales del nuevo mandato. Evidentemente Miguel Alemán opta por la inversión privada, nacional y extranjera, pero establece una condición singular: el Estado dirige y orienta el proceso de desarrollo. Así, la economía mixta asocia el entendimiento público con los empresarios, permite convertir a los funcionarios gubernamentales en negociantes, alienta la creación del falso sindicalismo y a sus dirigentes manipulables. Por su parte, sin comprometerse, los empresarios aceptan que la mejoría de la vida llegará, algún día, al resto de la población. La estabilidad política mexicana, su compromiso en favor de la democracia así como su relativa independencia frente a los Estados Unidos de América —sin antagonismos y con la pretensión de obtener financiamiento de las potencias triunfantes—, son circunstancias que Miguel Alemán utiliza para su política internacional. Al principio del mes de noviembre de 1946, el presidente electo propone formalmente a Torres Bodet el cargo de secretario de Relaciones Exte-  riores. Es fácil suponer que su valía y eficiencia demostrada durante veintisiete años de servicio público confirman las causas del nuevo nombramiento, estimulado por el general Ávila Camacho. De nueva cuenta, Jaime desvanece la importancia de todo lo demás: la atención a su Jaime Torres Bodet fue colaborador del presidente Miguel Alemán. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió con otros logrado matrimonio, el disfrute de mandatarios, con Alemán no mantuvo una amistad cercana. la lectura y de los breves momentos 110

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para escribir, así como el descanso habitual. La vida es una tarea sin fin. Y con él, Relaciones Exteriores mantiene un singular prestigio. La permanencia del servicio diplomático profesional, con promociones basadas en la demostración de méritos personales; la defensa altiva de la soberanía nacional y su independencia; el legado de preservar la paz justa, la solidaria cooperación; la lucha por la dignidad, al igual que la aplicación del derecho internacional y el sentido cabal de la realidad, son principios y características del servicio exterior mexicano y de un extendido reconocimiento internacional. México también se distingue en los órganos colegiados, multilaterales, en los cuales aplica el criterio de la paz justa y la solución convenida sin agresión alguna. En el primer momento de la posguerra, a fines de 1945, se apresura la creación de instituciones y, paradójicamente, la división de las potencias victoriosas, que constituyen dos bloques, dirigidos por los Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Miguel Alemán prefiere —pragmático como es— una asociación comercial y el

Parte importante de la labor de Jaime Torres Bodet fueron los discursos y las presentaciones públicas, (Discursos (1941-1964) reúne varios de los más significativos). c. 1946

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financiamiento del país vecino del norte para grandes proyectos de infraestructura que fundamentan su política bilateral. Al inicio del régimen alemanista un problema ensombrece las relaciones entre los dos países. A pesar de su inicial insignificancia, demuestra al nuevo secretario el carácter áspero, inflexible, de la política exterior estadounidense. La fiebre aftosa del ganado vacuno, extendida en México, amenaza con invadir los Estados Unidos y se convierte en una cuestión sin fácil remedio. La Secretaría de Relaciones Exteriores pretende hallarlo en forma preventiva para no dañar a los campesinos y ganaderos mexicanos. Las autoridades sanitarias vecinas, en cambio, demandan el sacrificio masivo de los animales, para detener la epidemia. México rechaza la permanencia de esta medida y logra aplicar la vacunación protectora. Las actitudes demostradas en el desarrollo del problema de la fiebre afto-  sa, al igual que la pretensión hegemónica de los Estados Unidos de América en sus relaciones con los países latinoamericanos, originan una defensa digna de la cancillería de Torres Bodet. Él mismo explica la situación: Aprecio sinceramente a nuestros vecinos. Admiro su voluntad de grandeza y su perseverancia en el propósito de lograrla. Por momentos, parecen darse cuenta de su enorme potencialidad para el bien. Cobran conciencia clara de sus recursos —y están

a punto de merecerlos. Pero, de pronto, confunden grandeza y fuerza. Y, al obrar con el egoísmo de un pueblo fuerte, olvidan que podrían ser todavía más grandes si no creyeran que la grandeza debe imponerse por la fuerza, y sobre la fuerza, y si admitiesen que la lealtad de los más pequeños no ha de ser subordinación servil.62

Entre los propósitos para asegurar la paz, formulados casi al fin de la guerra mundial, ocupan un adecuado sitio la convivencia de las naciones del continente americano. La Unión Panamericana es un organismo desigual, limitado en sus facultades y subordinado a los Estados Unidos de América. Esta situación convence a los países de la región de la necesidad de crear una asociación distinta, leal a la democracia, con derechos y obligaciones semejantes para todos. La división política y económica del mundo altera, invierte la lógica de un proceso de organización continental. El poderío estadounidense obtiene el consentimiento de la mayoría de los Estados latinoamericanos para convenir, en primer término, un pacto de defensa militar contra agresiones ajenas, cuyo único sentido, no expresado, es evitar la influencia comunista. 112

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Por ello queda prevista la realización de una conferencia para fundar un organismo regional. El canciller Torres Bodet devela la contradicción. Expresa la conveniencia de anticipar una nueva institución, estructurada, equitativa y respetuosa que otorgue preeminencia a la colaboración económica y cultural de los participantes. Plantea que se establezcan posteriormente las modalidades de la defensa continental. Sin embargo, la realidad latinoamericana, los compromisos gubernamentales respecto de los criterios estadounidenses, ratifican el orden de las asambleas. En agosto de 1947, en el opulento hotel–casino Quitandinha, de la ciudad brasileña de Petrópolis, se reúnen los delegados y representantes del nuevo continente, Algunas de las amistades de la juventud de Torres Bodet para determinar las características permanecieron durante muchos años. José Gorostiza (en del resguardo del continente. México segundo plano, a la derecha de la fotografía) lo acompañó a lo largo de su carrera como diplomático y como educador. En asiste con una destacada delegación: 1947 y 1948 asistieron a las conferencias de Río de Janeiro y Jaime Torres Bodet la preside y lo Bogotá. acompañan relevantes embajadores y funcionarios, entre los cuales se encuentran José Gorostiza, Pablo Campos, Josué Sáenz y Roberto Córdova. Con el propósito de no alentar una alianza bélica no se designa a ningún militar. El canciller mexicano, al intervenir en la sesión inaugural en representación de los latinoamericanos, reitera los principios continentales: independencia, igualdad, soberanía y autodeterminación de los pueblos como fundamento del respeto y los entendimientos recíprocos. Desde esa posición, logra convencimientos generalizados en los temas más importantes. México es la sólida oposición a planteamientos excesivos militaristas en manos de pequeños grupos. El supuesto estadounidense de considerar en 113

la defensa continental a los territorios de Hawái o de Filipinas es impedido por la propuesta mexicana que define geográficamente la zona de  seguridad y, con ella, el concepto de agresión continental. También se impide la creación de órganos de consulta militares, la fundación de un Estado mayor interamericano y permanece, en forma casi unánime, que la solicitud de ayuda militar provenga únicamente, en forma insustituible, de la nación agraviada y nunca de preocupaciones ajenas. Cuando esto ocurra, la defensa territorial originará una inmediata reunión de cancilleres de todo el continente, y la asistencia defensiva sólo obligará a los países que la aprueben. En el caso de medidas no militares las resoluciones deben ser aprobadas por la mayoría absoluta de los países; es decir, por dos terceras partes. Las propuestas planteadas por Jaime Torres Bodet tienen buen destino al reiterar principios, lineamientos y aspiraciones de la mayoría de los gobiernos representados. La delegación mexicana procura remover obstáculos para conservar la paz con medidas eficaces, con procedimientos aplicables realmente en el continente y alejados de defender las agresiones con la violencia. El presidente Miguel Alemán explica la postura de México, al rendir su primer informe de gobierno, el 1 de septiembre de 1947, casi simultáneamente al final de la reunión brasileña: En las deliberaciones de Quitandinha nuestra delegación ha sostenido que las

Repúblicas Americanas no se hallan reunidas para concertar una alianza bélica, sino, por el contrario, para estructurar un pacto de carácter jurídico que las coloque en aptitud de defender su patrimonio más sagrado aportando así la contribución panamericana a la obra de la armonía universal.63

El regreso a México ofrece a Jaime Torres Bodet las habituales jornadas oficiales, la preparación definitiva de la anunciada y compleja conferencia interamericana de Bogotá, prevista para los meses de marzo y abril del año siguiente, y la aprobación de informes administrativos. Una distante, lejanísima ocurrencia y un incidente diplomático lesionan la tranquilidad del canciller. Pablo Neruda, senador de la República de Chile, agrede verbalmente al presidente de su país. El poeta prevé la severidad de la respuesta gubernamental y, al reconocer la amplitud del derecho de asilo que demuestra México, se dirige a su embajada en Santiago. Esto sucede en el mes de junio de 1948. El embajador mexicano, Pedro de Alba, decide que la protección adecuada para 114

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Neruda consiste en proporcionarle un transporte que lo aleje de la capital y  lo lleve hasta territorio argentino, y no en alojarlo en el recinto diplomático. Sin alternativa posible el notable poeta es conducido hasta la frontera próxima, pero las autoridades argentinas no aceptan el tránsito. Neruda no es sometido, ni siquiera perseguido en su país. En él permanece, pero culpa a Jaime Torres Bodet de la negativa de asilo; transforma la decisión inexperta e inadecuada del embajador De Alba en una enemistad literaria, y en el poema “Acuso” del Canto general vuelve perdurable la inexistente intervención del canciller: Cerraron las cordilleras

de Chile para que no partiera a contar lo que aquí sucede.

Y cuando México abrió sus puertas para recibirme y guardarme, Torres Bodet, pobre poeta, ordenó se me entregara

a los carceleros furiosos.64

Don Jaime recuerda en sus Memorias la incomodidad que le produce el incidente. Reprocha la contradicción de la medida utilizada por el embajador, tan respetado en otras actividades. El suceso no provoca agravios posteriores, pero la notoriedad del poeta chileno, su Caricatura de Torres Bodet, realizada por David a finales singularidad como político opositor y  de 1948, cuando termina su gestión como secretario de su presencia en las corrientes comunistas Relaciones Exteriores. internacionales, originan un reproche hacia la política exterior mexicana, al desdeñar uno de sus más importantes criterios. En el umbral de la conferencia interamericana, Torres Bodet obtiene la aprobación presidencial para los delegados, asesores y secretarios de la representación nacional. De nueva cuenta lo acompañan José Gorostiza, Pablo Campos, Roberto Córdova y José Ortiz, y agrega a Antonio Carrillo Flores, Ernesto Enríquez y Mario de la Cueva, entre los más destacados. Sobresalen como asesores Antonio Gómez Robledo y Gilberto Loyo. 115

Torres Bodet, acompañado por su esposa Josefina y otros funcionarios, en su salida a Bogotá, Colombia para la Novena Conferencia Internacional Americana el 22 de marzo de 1948.

La creación de un renovado sistema interamericano, objetivo central de la asamblea, y sus múltiples regulaciones complementarias, fundamentan, por su relevancia y vastedad, la participación y presencia de altos funcionarios. Sin embargo, la reunión tiene signos desfavorables. La presencia de la guerra fría se extiende; Brasil y Chile testimonian su preocupación por el comunismo, y el canciller mexicano presagia el ánimo estadounidense  de obtener una condena formal de esta doctrina política o, por lo menos, de su presencia y acción en Latinoamérica. El gobierno mexicano insiste en  la supremacía del diálogo, en la fortaleza de la democracia y en los pilares de la comprensión, la verdad y la independencia. Efectivamente, los Estados Unidos de América, acompañados por Chile, Brasil y Perú, distribuyen un comunicado para lograr la unidad contra los métodos del comunismo internacional y, aunque no mencionan a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, declaran que la autoría de las amenazas proviene de un poder extranjero. Jaime Torres Bodet se opone, de inmediato, a convertir a la conferencia en el escenario de controversias 116

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

ideológicas, que deforman la finalidad esencial de una organización interamericana. Al no obtener un mayor apoyo, se desvanece el propósito anticomunista y se reemprenden, sin esa alteración, las tareas de la asamblea. Torres Bodet asume una acción heterodoxa: redacta un texto y divulga la posición y el compromiso mexicanos respecto de dieciséis temas relevantes para la nueva asociación. La decisión proviene de firmes tradiciones, actitudes y principios de la política exterior del país, de meditados convencimientos sobre las circunstancias —presentes y del porvenir— y de múltiples coincidencias con la mayoría de los gobiernos latinoamericanos. Así, se desdeña la posibilidad de un acuerdo simbólico para transformarlo en la estructura jurídica constitutiva de una organización interestatal, con derechos y obligaciones ciertos y como base de la cooperación interamericana. La igualdad jurídica de las entidades participantes y el principio de la no intervención se incluyen como elementos fundamentales. Posteriormente el secretario mexicano compararía su arriesgado planteamiento con la actitud aventurera del que lanza su espada al vacío y fija, de esta manera, el destino de la contienda. En la lograda carta constitutiva de Bogotá, en el artículo inicial, se declara a la OEA órgano regional de las Naciones Unidas, que sujeta a los Estados a normas esenciales y promueve la cooperación para el desarrollo económico, social y cultural de sus pueblos. Conforme a la postura del canciller mexicano se evita el establecimiento de un comité militar, subordinado a un órgano consultivo. Se acepta la doctrina Estrada, planteada también, al impedir que un gobierno reconozca a otro para obtener ventajas indebidas contrarias a la autodeterminación nacional. Se otorgan facultades primordiales a las conferencias generales y a las reuniones de cancilleres. Con carácter independiente pero complementario de la Carta de la Organización de los Estados Americanos —firmada en la sesión de clausura, el 30 de abril—, se aprueban la Declaración Americana de Derechos y Deberes del Hombre, el Tratado de Soluciones Pacíficas, el Convenio Económico y la protección a los derechos políticos y civiles de la mujer. Se anticipa la aprobación de la Carta Internacional Americana de Garantías Sociales, referida a los trabajadores. Todos estos ordenamientos fundan, organizan y establecen mecanismos para la conducción de las relaciones interamericanas en tiempo de paz. 117

Por otro lado, son múltiples los planteamientos mexicanos que se rechazan. Sobresale el arbitraje obligatorio como método práctico, habitual, para resolver conflictos y, como objetivo principal, el fomento agrícola e industrial generalizados. Tampoco se admite la proliferación del juicio de amparo. Resoluciones económicas, culturales y de justicia social no se atienden. El propósito de dignificar a los seres paupérrimos del continente americano es desoído y excluido de fórmulas aplicables. En estas cuestiones fundamentales Torres Bodet no triunfa. Los apoyos económicos se dirigen a la reconstrucción de los países devastados durante la contienda bélica, pero el canciller mexicano subraya la insuficiencia de la medida: Encomiamos la noble actitud adoptada frente a una situación que nos conmueve

profundamente: la de aquellas regiones martirizadas por la guerra. Desearíamos, no obstante, ver atendidas al mismo tiempo las privaciones de los países que, por

espacio de muchos lustros, han sido los mártires de la paz. Al mirar, en fotografías de los periódicos, a los europeos demacrados por una larga permanencia en los campos de concentración, su espectáculo nos produce tanta mayor amargura cuanto que lo

que esos cuerpos exangües nos traen a la memoria, invenciblemente, es la imagen de nuestros indios.65

Jaime Torres Bodet, de pie, en una intervención como representante de México en la Conferencia de Bogotá, 6 de abril de 1948.

118

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

El saldo final de la conferencia constitutiva de la OEA es un fruto que requiere del transcurso del tiempo, la voluntad de gobiernos y un ánimo compartido. Torres Bodet justifica, en su conciencia, los esfuerzos emprendidos y el compromiso igualitario, libre y pacífico de la delegación nacional.

Al volver a México reinicia sus actividades. Resana los huecos de su ausencia con decisiones presidenciales o de la cancillería; resiente la rutina y la falta de nuevos desafíos. Subyacen en ello sus diferencias con el presidente Alemán. El trato entre ambos no excede linderos de respeto, de autoridad política y administrativa sin discordias, y tampoco, en el otro extremo, de obediencia, subordinación y corresponsabilidad. Además, algunos resultados en Brasil y Colombia, por su sentido pacífico, de igualdad y de independencia, hieren la voluntad de supremacía estadounidense; causan una molestia adicional, también, al objetivo presidencial de asociarse política y económicamente con el gobierno de los Estados Unidos de América. Las diferencias intelectuales, morales, de Jaime Torres Bodet y

Miguel Alemán acompañado a la derecha por Jaime Torres Bodet, secretario de Relaciones Exteriores, y a la izquierda por Vicente Lombardo Toledano. c. 1947

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de Alfonso Caso, secretario de Bienes Nacionales, con el grupo central del alemanismo producen alejamiento, separación amistosa y mutua. Un acontecimiento exterior anuncia un esperado cambio. Los gobiernos de Francia y de algunos países europeos y asiáticos sugieren, con firmes razones, que el siguiente director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) sea Jaime Torres Bodet. Sin intervención oficial de México, fortalecen su candidatura para suceder al primer titular, Julian Huxley, durante un periodo de seis años a partir de noviembre de 1948. La relevante presencia internacional del canciller mexicano proviene desde la asamblea preparatoria de la UNESCO, en Londres, a mediados del otoño de 1945. Cuando al término definitivo de la Segunda Guerra Mundial parece oportuno crear instituciones mundiales para afrontar los problemas de una verdadera paz, se convoca a Estados interesados en propósitos educativos y culturales a una reunión constitutiva en la capital del reino inglés. Torres Bodet, entonces titular de la Secretaría de Educación Pública, es designado representante gubernamental, y en compañía de José Gorostiza, Samuel Ramos y Rafael F. Muñoz emprende la preparación para asistir a esa reunión. La conferencia es dispuesta en torno a proyectos de Francia e Inglaterra, que al restablecimiento, a la reconstrucción de sus patrimonios educativos y culturales otorgan la mayor importancia, y también proponen la necesaria lucha contra la ignorancia. Los avances logrados por los países europeos y por los Estados Unidos de América; su desarrollo educativo y sus propias experiencias los distancian de la situación de las naciones desamparadas. Torres Bodet participa activamente en la asamblea y es designado miembro del comité redactor del proyecto definitivo. Da voz a las necesidades de los pueblos  “mártires de la paz”. Testimonia hechos que agravian la dignidad humana, como el analfabetismo de adultos, y da cuenta de desigualdades sociales extremas. Recomienda que, unida a la reconstrucción, la tarea más importante del nuevo organismo sea el desarrollo y lleve el emblema de “una educación para la paz, para la libertad y para la justicia”. Varias de sus ideas quedan incluidas en la redacción final del acta constitutiva. La UNESCO se construye así con los mejores propósitos, los más vastos objetivos para la unión universal mediante la educación, la ciencia y la cultura. Sin embargo, no más de treinta países participan en la fundación. 120

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

Como director de la UNESCO, Torres Bodet visitó distintos lugares de Europa. Aquí, encabezando la comitiva, recorre la “Exposición de la resistencia yugoslava” durante su viaje a Belgrado en octubre de 1951.

Durante los tres años transcurridos desde entonces, el funcionario mexicano no se ha alejado de las actividades de la UNESCO por sus responsabilidades propias. Como titular de Educación Pública y de Relaciones Exteriores, no sólo ha conocido el desarrollo de la organización: permanece como interlocutor de ella con el gobierno de México. Convencido por los desafíos y las posibilidades del alto cargo internacional que se le ofrece, acude ante el presidente de la República y solicita su juicio y su aprobación, que logra sin ningún obstáculo. En los recuerdos de Torres Bodet destacan decisiones, hechos ciertos, convencimiento de peligros y, también, silencio. Expresa tenuemente algunas dudas por la alteración de su porvenir personal; la naturalidad de Miguel Alemán y sus elogios ante la distinción que excede al canciller y se otorga al país entero; la persistente actitud de no desagradarlo. Advierte la mezquindad de los Estados poderosos, de los vencedores, que mientras apoyan los fines humanos más venturosos se dedican a preparar la siguiente  guerra. Por su discreción, Jaime Torres Bodet oculta las modificaciones en su 121

ánimo, los trastornos familiares y personales, la preferencia o la servidumbre por esa nueva transformación vital. Sin hacer públicas esas inquietudes, acepta el cargo de director general de la UNESCO, y en la ciudad de Beirut, ante la conferencia general de la organización, toma posesión. Es el 26 de noviembre de 1948, y él tiene cuarenta y seis años de edad. Principian las situaciones favorables: el recibimiento cálido, convencido de los integrantes de la asamblea general y la confirmación de un nombramiento no solicitado, sin deudas con país alguno. Se agrega la felicidad de residir nuevamente en París y coordinar un pequeño grupo de colaboradores eficientes y muy bien preparados. La oportunidad de aplicar sus valores lo alienta: construir una etapa en la cual la UNESCO constituya la “conciencia alerta y vigilante” para vencer la ignorancia y, con ello, lograr el progreso colectivo; la posibilidad real de otorgar a los países no desarrollados la alfabetización popular, la educación básica y la revaloración de sus culturas. Utiliza el patrimonio de su experiencia administrativa para enfrentar una doble limitación: la modestia, por una parte, de los recursos económicos y, por la otra, de las facultades del director general, sometidas por la supremacía de la conferencia general y de un consejo ejecutivo que lo vigila, orienta, y tiene en sus manos la autorización de actividades cotidianas. La adversidad principal es conocida, aparentemente inconmovible: la contradicción primordial, que enlaza anhelos múltiples, universales, con la pequeñez presupuestal. Se dispone solamente de una anualidad apenas superior a ocho millones de dólares. Jaime Torres Bodet está dispuesto, como hombre público, a afrontar En su oficina en la UNESCO (1948-1952), donde se observan dos hábitos singulares de Torres Bodet: los cigarrillos condiciones desfavorables. Procura Chesterfield y su interés por recortar noticias. convencer a los representantes de los 122

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

Jaime Torres Bodet, director de la UNESCO, en su visita a Egipto, invierno 1950-1951.

gobiernos poderosos de dar mayores contribuciones; promueve la integración de naciones ausentes y trata de simplificar la estructura administrativa y eliminar gastos no esenciales. Incorpora el objetivo de incrementar comisiones nacionales de cooperación con la UNESCO, para convertir en interlocutores a intelectuales, científicos, educadores, que proporcionen contrapeso y opiniones afines que los gobiernos desdeñan por proteger otros intereses. Los continuos viajes que emprende para dialogar con las comisiones nacionales y sus autoridades confirman la angustiosa desigualdad y el desamparo popular. Reitera, intensa y tenazmente, que la alfabetización, la enseñanza de la lectura y la escritura, es responsabilidad principal. No debe trastornarse ese camino original, insustituible, que se fortalece en los sistemas de educación básica. Con el antecedente de experiencias fundamentales, volcadas en comunidades campesinas, Jaime Torres Bodet pro-  pone crear seis centros de capacitación del magisterio. Piensa que se instalen dos en África, igual número en Asia y los dos restantes en América Latina. Por obvias razones, encuentra en México los más generosos apoyos: Lázaro Cárdenas dona una hacienda —“La Eréndira”— en Pátzcuaro, Michoacán; el 123

gobierno federal adiciona recursos económicos y equipos constructivos, y el primer Centro Regional de Educación Fundamental para América Latina abre sus puertas en mayo de 1951. En la etapa inicial de su cargo Torres Bodet destina su existencia, sin remedio alguno, a sus deberes laborales. Debe prescindir de la compañía de Josefina, su esposa, para acostumbrarse a jornadas distintas, y en abril de 1949 le confía a su mujer: “mar de gentes, de papeles, de debates y de entrevistas. No tengo un minuto mío. […] Siento que estoy viviendo por telégrafo”.66 En el primer informe anual que rinde a la conferencia general subraya y explica los viajes emprendidos, la pequeñez de las becas otorgadas y, como siempre, los libros entregados a bibliotecas públicas. Ante la conducta de los países más poderosos —que considera hipócrita, al asegurar compromisos y elogios a las responsabilidades institucionales y no otorgar un centavo adicional para su ejecución—, el director general no oculta su indignación. Rechaza la retórica inútil y, de manera sobresaliente, el aumento de los gastos estatales para adquirir armamento, en contradicción con la mezquindad hacia la UNESCO. Advierte Jaime Torres Bodet que renunciará si no se otorgan mayores recursos económicos. Sólo se agrega un débil apoyo de casi seiscientos mil dólares y con ello, por el momento, se logra la continuidad del director general. El dilema económico proviene también de la orientación y se-  lección de los proyectos. Los países desarrollados, con extendida y alta escolaridad, no reciben beneficios inmediatos de la organización y, por ello, no se interesan en ampliar sus aportes. Esa situación no es sorprendente: la comprensión y solidaridad internacionales pretenden, casi siempre, impulsar sistemas, En su escritorio como director general de la UNESCO. París, 1948-1952. beneficios y cooperación hacia los 124

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

En el ámbito de las relaciones exteriores, Torres Bodet defendía la autonomía latinoamericana frente a las ambiciones estadounidenses. En esta foto, visita como director general de la UNESCO al presidente de los EE.UU, Harry S. Truman. c. 1949

desiguales. Es natural que la reconstrucción de naciones desarrolladas se logre en forma autónoma y eficiente, en tanto que los países menos adelantados demuestran, así sea dignamente, sus necesidades sociales, sus rezagos y su insolvencia. Por eso, la responsabilidad mayor de la UNESCO se compromete con los desamparados. Torres Bodet, por su parte, no vive satisfactoriamente. La intensidad, la extensión de jornadas incesantes, de traslados y viajes, al igual que una  interrumpida convivencia con su esposa, convierten en tristezas, cansancios y reclamos, sus sentimientos íntimos. A principios de 1951, después de una estancia en la India, le expresa a su mujer su amor por ella y le confiesa: No puedes figurarte lo triste y solo que me siento. No me encuentro a mí mismo en este despacho en el que tanto te disgustaba que me encerrase a leer. Todo me parece ajeno, como en un hotel. Lo único que me promete un poco de ti es el retrato que me dejaste y al que dirijo, entre línea y línea, una mirada de ternura y también —¿por qué no decirlo?— de callada reconvención. […] Tu viejo solitario… Jaime. 67

125

En sus cartas, además de reiterar la soledad y el agravio por la lejanía de Josefina, a sus cincuenta años de edad, muestra un disgusto por sus ocupaciones en la UNESCO. En febrero de 1952 acepta que “durante la semana tengo mis ocupaciones —que he acabado por detestar— pero que después de todo me embargan y me fatigan. Generosa fatiga, en el fondo, por comparación al vacío que ni el trabajo mismo, porque eso es lo que he hecho, consigue un poco animar”.68 Sin embargo nada disminuye la intensidad de sus jornadas. Las tareas principales que asume Torres Bodet, reflejan el anhelo moral de igualar a los desiguales. La lucha contra el analfabetismo, las acciones para extender la educación básica, el intercambio de becarios, el fortalecimiento de bibliotecas públicas testimonian la dirección inequívoca de los proyectos y el destino de sus beneficios. Las gestiones adicionales que emprende el director general para mejorar la situación económica de la institución son insuficientes. No logran convencimientos ni compromisos presupuestales. El aumento de los países miembros —que en 1948 son menos de cincuenta, y en 1952 han excedido la cifra de sesenta— no modifican las condiciones financieras. Adicionalmente, la conferencia general acepta el ingreso de España, de la España franquista, sin considerar la firme oposición del director general. En su conciencia, Torres Bodet reconoce el final de una etapa. Su permanencia en el cargo no presagia cambio alguno. Decide plantear a la asamblea principal su renuncia irrevocable y suscitar, así, una revisión de los criterios y la aparición de un ciclo renovador. Con serenidad y firme certidumbre de las tareas cumplidas, presenta su dimisión sin permitir objeciones ni rechazos, el 16 de noviembre de 1952. Rubén Portada de la revista Hoy del 6 de diciembre de 1952, Bonifaz Nuño recuerda la reacción de la donde se representa la renuncia de Torres Bodet a la UNESCO. asamblea, reunida en París: 126

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

…en la resolución donde se aceptó su renuncia, [la UNESCO] dejó establecido: “La Conferencia expresa su convicción de que el doctor Jaime Torres Bodet, en el ejercicio de sus funciones, ha rendido servicios inmensos a la paz, a la seguridad y al progreso

social, y que su obra será para todos en el seno de la Organización y en los Estados  miembros, una fuente de inspiración para el continuo progreso del espíritu de comprensión y de solidaridad internacional”.69

La separación del empleo produce en Jaime y Josefina, los Torres Bodet, atrevidas, diferentes formas de ser. Sin compromisos laborales optan por disfrutar sus últimos días en París. Viajan por admiradas ciudades europeas y visitan Egipto. Han cumplido veintitrés años de casados, y se dan cuenta de que hasta ese momento, en diciembre de 1952, viven unas verdaderas vacaciones. Para él han transcurrido treinta y dos años de trabajos sin interrupción, desde aquel día en que, a sus diecinueve años, llegó a laborar en la Escuela Nacional Preparatoria. La rígida valoración que hace de la existencia lo conduce rápidamente a escoger nuevas tareas. Él mismo advierte su imposibilidad de aceptar la falta de obligaciones, cuando confiesa su lejanía por el libre goce del descanso: “la libertad es servicio, riesgo, responsabilidad, rigor y no, por cierto, indolencia, incuria, desorden, pasividad”.70 El fugaz retiro sólo dura dos meses. En febrero de 1953 los Torres Bodet regresan a la Ciudad de México y él está comprometido de doble forma. Primero, con Alejandro Quijano, director del diario Novedades, para entregar un texto semanal de cuatro o cinco cuartillas, a partir del siguiente mes de marzo. El otro empeño es con Daniel Morales, director del semanario Mañana, quien ofrece publicar en entregas grandes viajeros, los trayectos en barco fueron continuas la primera parte de las Como frecuentes en la vida de Josefina (al centro) y Jaime (a su memorias de Jaime, Tiempo de arena. izquierda). c. 1950 127

Con Josefina en el jardín de su casa en México, tras una ardua labor en el extranjero. La ocupada vida de Torres Bodet le dejó pocos momentos de esparcimiento. c. 1952

Salvador Novo, enterado de esa colaboración, describe las características de su admirado contemporáneo:

Jaime posee un estilo magnífico, una prosa estupenda, rica y nutrida en  su profunda cultura. Aplicarla, con su temperamento de poeta, a la evocación de su

vida, producirá una obra valiosa, porque además la vida de Jaime Torres Bodet ha sido pródiga y fecunda.71

El orden, las disciplinas, predominan en los hábitos diarios de Torres Bodet. Dispone libremente del tiempo para reordenar su biblioteca, decidir la redacción de textos críticos, poemas, narraciones previstas y la puntual respuesta a la correspondencia que, en ocasiones, se acumula. En una caja fuerte guarda los originales de los escritos concluidos y aún inéditos. Reanuda su presencia en las sesiones de la Academia Mexicana de la Lengua y visita a sus mejores amigos. Los integrantes de El Colegio Nacional lo designan miembro titular el 8 de octubre de 1953, al mismo tiempo que a Guillermo Haro. Se trata de un reconocimiento a la obra poética y a la altura 128

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

intelectual de Torres Bodet. Él lo comprende y dedica su primera conferencia a la libertad del escritor, en una sesión presidida por Alfonso Reyes. La vida común, habitual, transcurre sin nada memorable. Sin embargo, al iniciarse 1954, ocurre un suceso inesperado. A principios de febrero, Josefina y Jaime regresan de la ciudad de Cuernavaca a su casa de México cuando una ráfaga de aire, aparentemente, introduce algo extraño en el ojo de Torres Bodet. Siente un temblor ocular extraño y su visión es invadida por “una gota de sombra espesa”. Su esposa reconoce, también, un enrojecimiento. Deciden comprar un colirio al llegar a la capital y al día siguiente optan por visitar a un médico especialista. Éste diagnostica un derrame,  prescribe un tratamiento doméstico y al poco tiempo, sin molestia, se recupera la visión y la hemorragia se reabsorbe. Días después, el oftalmólogo examina el ojo derecho de su paciente. Comprueba que, a pesar de la aparente mejoría, persiste un desgarramiento de la retina. Explica a los Torres Bodet el severo riesgo y la posible consecuencia inmediata de un desprendimiento total, por lo cual debe intentar fijar la retina quirúrgicamente. Se decide la operación para el 15 de marzo y el día anterior ingresa Jaime Torres Bodet al Hospital Inglés y deja en las manos de Josefina una nota: En momentos tan graves para ambos te escribo para decir que te quiero […] Has sido la poesía de mi vida. Ojalá sigas siéndolo en la noche como en la luz. […] Tu rostro me acompañará en la prueba. Lo imaginaré sonriente, como espero volver a verlo muy pronto acaso.72

La operación se realiza sin éxito. Después de setenta y dos horas se confirma el resultado: la pérdida de la visión en el ojo derecho. Durante diecisiete días Torres Bodet permanece inmovilizado en la cama hospitalaria con los ojos vendados. Cuando regresa a su casa los médicos deciden prolongar esa situación, y se modifica perdurablemente su existencia. Se agolpan en él sentimientos y propósitos. En la oscuridad posiblemente definitiva, la soledad de su habitación le produce horror. Se agobia por lo ocurrido y confiesa que, para él, una “operación de los ojos es casi una operación del alma.”73 Ante la imposibilidad de escribir y leer encuentra, resignado, la compañía de placeres perdidos: el primero es la música y, al igual que en su juventud, disfruta a Mozart y a Bach sobre cualquier otro. Como ocurre a ciertos invidentes, recobra su propia voz poética. Una noche decide 129

despojarse del vendaje y afrontar su realidad. La visión de su ojo izquierdo está intacta y sustituye parcialmente la pérdida. Don Jaime se convence, también, de la utilidad de someterse al diagnóstico y los tratamientos de otras escuelas oftalmológicas. El 2 de junio, a menos de tres meses de la operación, llega al hospital de la Universidad George Washington, en la capital estadounidense. Los exámenes, estudios, análisis y pruebas médicas son exhaustivos y anteceden a una breve hospitalización de dos días. El doctor William R. Felts Jr., responsable del caso, reitera  a Torres Bodet lo sabido: la hemorragia ocular ha sido espontánea y la cirugía fracasada. También presagia que cualquier intervención quirúrgica no tiene oportunidad de éxito; le indica que no debe usar antibióticos, y le hace saber que, conforme al estudio del laboratorio de enfermedades tropicales, las probables causas del desprendimiento son una tuberculosis o una toxoplasmosis. Únicamente recomienda terapias específicas en el ojo sano. A pocos días de regresar a México, Jaime Torres Bodet recibe la visita del presidente Adolfo Ruiz Cortines. Conversan, recorren la casa y en la biblioteca se detienen ante la mesa de trabajo. El mandatario observa la máquina de escribir y el orden de los papeles y libros sobre el mueble. Ambos han sido compañeros en el gabinete de Miguel Alemán y el trato es

Después de la operación de su ojo, Jaime retomó su vida diplomática con ayuda del presidente Ruiz Cortines quien le ofreció la embajada en Francia. c. 1955

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Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

cortés y cuidadoso; sin embargo, Ruiz Cortines modifica el tono y los temas tratados, y le dice a Torres Bodet que no debe continuar así, en un encierro que moralmente lo va a dañar. Le propone que escoja la embajada que más le interese en Europa. Torres Bodet acepta el sorpresivo ofrecimiento; elige Francia, y explica las conocidas causas de su preferencia. Los preparativos para residir en París son diferentes a los de 1948. El nuevo cargo no posee, obviamente, la autonomía de la dirección de la UNESCO. Desde el principio es conveniente la presencia de su cónyuge y los Torres Bodet lo saben. El estudio de las políticas de la Secretaría de Relaciones Exteriores es otra condición indispensable, y se cumple.  Debe informar de su partida a la Academia Mexicana de la Lengua y a El Colegio Nacional, y así lo realiza. Las relaciones franco-mexicanas no presentan problemas políticos ni controversias singulares. La situación de las colonias de Francia sólo requiere información cuidadosa y oportuna de la cancillería. Las consecuencias de todo ello dejan descubierto el gran territorio que ha previsto el nuevo embajador: el mundo cultural. Las características propias de Torres Bodet se eslabonan con los cargos cumplidos en Francia. Su ascendencia materna; la preferencia educativa de la infancia y la adolescencia, inclinada abiertamente a la cultura y literatura francesas; los servicios diplomáticos cumplidos en París, que suman varias ocasiones, y el inmediato cargo en la UNESCO, son elementos principales  de una familiaridad, de una clara cercanía y comprensión del país de destino. En 1955 se empiezan a distinguir las actividades continuas de la misión cultural trazada, que entretejen la red de las magníficas relaciones entre Francia y México. Se logran dos acciones destacadas, emblemáticas de la presencia de la representación nacional: la Universidad de la Sorbona, en sus instalaciones, patrocina la Exposición del Libro Mexicano, que planea y organiza la embajada. Con la colaboración de las autoridades educativas francesas, se demuestra la riqueza bibliográfica de nuestro país. Además se conforma un acervo de 3500 volúmenes destinados a la creación de una biblioteca en la Casa de México, desde luego en París. Simultáneamente se inician cursos universitarios con temas mexicanos. La otra labor es más perdurable que el fulgor de la muestra bibliográfica. El embajador funda una revista de periodicidad trimestral relativa a la historia, la literatura y el arte nacionales, en la que se incluyen 131

noticias del desarrollo económico mexicano. El primer número apa-  rece en junio de 1955. Las relaciones, el trato de Jaime Torres Bodet con los grupos académicos, intelectuales y universitarios de México facilitan las colaboraciones textuales de magnífica calidad. Nouvelles du Mexique, el nombre de la publicación, testimonia también el nivel de la representación diplomática. La obra de Torres Bodet se extiende a variados ámbitos. Se multiplican las becas, las conferencias de científicos e intelectuales nacionales, las estancias de compositores y artistas plásticos, en favor de la amistad de ambas naciones. El embajador todo lo utiliza y pretende beneficiar a todos. Crea la beca Hidalgo para maestros franceses; logra el reconocimiento a la Ciudad de México con la imposición de su nombre a una glorieta parisina. Anhela construir una relación viva, permanente. A pesar de ello, don Jaime sufre profundamente en su interior. Lo agravian los continuos viajes de Josefina a la Ciudad de México, para visitar a su familia o resolver cuestiones económicas. En varias cartas del verano

Torres Bodet planeó la revista Nouvelles du Mexique como parte de su labor de difusión y enaltecimiento de la relación entre México y Francia. Para las portadas se preferían imágenes representativas del paisaje y la cultura mexicanas.

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Como embajador de México, Torres Bodet promovió el nombramiento de “La Place de México” para fomentar la presencia de nuestro país en Francia. c. 1957

de 1956 expresa su desconsuelo, la devastadora soledad en que vive y su indecisión de no haber tenido un hijo: No tengo nada qué hacer, nada qué oír,

nadie a quién ver, ningún sitio al que ir, ningún informe que redactar, nada

que contarte. Y, sin embargo, me he  sentando a escribirte entre mis dos lámparas, mis únicas amigas ahora.

[…] En estas horas me asalta el remordimiento de no haberme decidido a convencerte de que adoptáramos a algún niño. Tú tienes al menos a tu familia. Ya lo sé, quien dice familia

dice penas, preocupaciones, dolores. Pero todo eso es vida. Yo, sin ti, estoy

completamente desasido de todo afecto, de toda cosa, de toda dicha.

Fuera de ti no tengo nada, no tengo

Jaime y Josefina. c. 1950

a nadie. Nadie me quiere, nadie me

necesita, nadie cuenta conmigo. Mientras estás a mi lado, no veo lo desnudo del hori-

zonte que me circunda; pero, apenas te alejas, esa cruel desnudez me abruma. Y la pueblo de fantasmas con la lectura. Pero leer no es vivir tampoco.74

Las responsabilidades de Torres Bodet, la extensión de sus jornadas, la continua repetición de ceremonias, fiestas, recepciones de la vida diplomática principian a fatigarlo, y él mismo se da cuenta de que terminará enajenado. Únicamente salva dos noches a la semana para sí mismo; en el despacho de su casa destina ese alivio para escribir y leer. En el segundo semestre de 1958 aceptan en México su dimisión y comprenden las razones personales de hastío, después del cumplimiento sobresaliente de sus tareas. Se aprueba, asimismo, que utilice el lapso de vacaciones, en el mes de agosto, para finalizar discretamente su encargo. 134

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

Hasta 1949, cuando Gráfica Panamericana edita Sonetos, persiste el más prolongado silencio poético de Jaime Torres Bodet. Cripta, la anterior obra, es de 1937, momento que coincide con mayores responsabilidades públicas y la pérdida creciente de espacios destinados a su propia vocación. La ausencia de su demostrada fecundidad facilita, con el transcurso del tiempo, una esencial madurez. Su admiración declarada por Lope de Vega, Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo, Sor Juana Inés de la Cruz y Juan Ramón Jiménez lo acercan al ejercicio del soneto, que en el rigor, la estricta forma de cuatro estrofas y catorce versos, ordenan la expresión y los tonos, ponen a prueba la sensibilidad y descubren el hondo sentido de la expresión. Torres Bodet principia la escritura de los cincuenta y cinco sonetos de esta obra en 1943, al fallecimiento de su madre. Con ese tema crea diez poemas que confiesan las deudas más íntimas, su propio ser que desde el manantial materno se apropia y atesora, en la constante visión de un espejo, empeños, méritos, actitudes que en él continúan por la voluntad de su madre. Paradójicamente, y como una cualidad fundamental, se trata de un extenso epitafio. La singularidad de publicar únicamente sonetos —cuando el autor ejercita la poesía disciplinada y habitualmente, y con ella cubre los mayores tramos desocupados de su vida—, demuestra el ánimo de impedir excesos, expresiones imperfectas, y aclarar su voz y su pensamiento. A fines de 1954 Jaime Torres Bodet entrega al director del Fondo de Cultura Económica un nuevo poemario, que aparece ese año en la colección Tezontle. Se intitula Fronteras. Sus experiencias personales —particularmente el accidente sufrido en su ojo; el periodo invidente; sus temores de permanecer así; la presencia de una soledad ilimitada, y las reflexiones que convierten en dudas y errores muchas decisiones de su vida— modifican su expresión lírica. Con esas vivencias tan próximas y la certidumbre del reencuentro con la poesía, prefiere el verso libre, amplio. Alejado de una sola forma poética, expresa reiteradamente su semejanza con los otros hombres. Enaltece su existencia en la comprobación de que los espejos descubren, reflejan a un solo ser, igual a todos. La muerte no es instrumento de temores fatales: se convierte en un refugio humano. Existir, vivir, sobrevivir, son hallazgo  135

Torres Bodet en la biblioteca de su casa, donde pudo desarrollar su pasión como escritor. En el fondo, una fotografía de su esposa Josefina.

propio, el cimiento hondo y firme, inmodificable, de la poesía. Aún la pérdida de su madre puede convertirse en silencio, en sombra, en sueño: Y ahora, al despertar, pienso de pronto si te soñó mi alma o fuiste tú, en el límite de nuestro doble exilio, quien soñó que mi alma te soñaba.75

Sin tregua, también publicado en la colección Tezontle del Fondo de Cultura Económica, en 1957, es su antología más extensa. Se sabe que deriva del poema “La noria”, que describe la incapacidad del ser humano para librarse de penurias, servidumbres, agobios. Nuevamente da forma a un humanismo personal que en los demás se reproduce a sí mismo. Permanecen los temas predilectos: la mirada introspectiva, la fugacidad de la existencia y la muerte. Con perfecta expresión, con su madurez vital recorre la poesía narrativa, que lo conduce, también, a nuevos asuntos. Dedica la obra a su esposa, Josefina, al sobrepasar veinticinco años de casados: Todo el año, contigo, es primavera

y todo el día —hasta el ocaso— aurora,

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Retrato de Torres Bodet por un amigo. ParĂ­s, julio de 1957.

pues rosa inmarcesible y luz sincera

se ganan duramente, hora tras hora. 76

En 1958 Jaime Torres Bodet publica por su cuenta, en París, Trébol de cuatro hojas, que se convertirá en su último poemario y que es un homenaje a sus amigos Carlos Pellicer, Bernardo Ortiz de Montellano, José Gorostiza y Xavier Villaurrutia. Los títulos de los cuatro poemas provienen de textos de los destinatarios: “Hora de junio”, “Muerte de cielo azul”, “Nocturno mar” y “Muerte sin fin”. Los textos aludidos, divulgados en un lapso de tres años —entre 1937 y 1939—, muestran emblemáticamente el talento, la sensibilidad magnífica de sus autores, así como diversos poderíos y tonos de voz. Torres Bodet utiliza expresiones particulares de cada uno, y articula con ellas tramos de composición: de Pellicer “momento de diamante”; de Ortiz de Montellano “ciego que ve”, y de Gorostiza “páramo de espejos” y “en el rigor del vaso que la aclara”. Villaurrutia no obtiene esa distinción, pero don Jaime despide su evocación con definitiva ternura: “y nos dejó en proyecto la alborada”.77 Torres Bodet traduce su afecto y admiración hacia cada uno de sus compañeros en tercetos de endecasílabos acertados, frescos. Llama “epístolas” a las poesías dedicadas a Pellicer y Gorostiza, y “elegías” a las realizadas en honor de Villaurrutia y Ortiz de Montellano, ya fallecidos. Las consideraciones del autor, los motivos específicos de sus poemas expresan una fórmula inmodificable: la aceptación, el compromiso ante poetas superiores. Por otra parte, el ejercicio adolescente y juvenil de la crítica literaria reaparece en Jaime Torres Bodet por causa de El Colegio Nacional, ya que sus integrantes deben dar conferencias que conformen un curso específico. Sus primeras intervenciones se refieren a un análisis comparado de las obras singulares y relevantes de Stendhal, Dostoievski y Pérez Galdós, que con el título de Inventores de realidad son publicadas en 1955. El Fondo de Cultura Económica edita en un volumen, también durante ese año, la parte inicial de la autobiografía torresbodetiana: Tiempo de arena, divulgada anteriormente en la revista Mañana. Este período de producción literaria se interrumpe, imprevisiblemente, por un nuevo encargo oficial, acontecimiento ya habitual en su prolongada vida pública. 138

Capítulo V. Secretario de Educación Pública,

segunda oportunidad (1958-1964)

Viví para los otros, en los otros… Jamás estuve solo con el alba, ni solo con el mar, ni con la estrella.78 Jaime Torres Bodet

Jaime Torres Bodet relata en el volumen último de sus Memorias los sucesos que lo conducen nuevamente a la Secretaría de Educación Pública. Su regreso de París y la certidumbre de no volver a residir en el extranjero condicionan y fortalecen los ilusionados deberes, truncos, que ya podrá cumplir gratamente: en El Colegio Nacional y en la Academia Mexicana de la Lengua, en primer lugar. Destinará el tiempo libre a la redacción de su autobiografía, evocadora de su vida pública. A principios del mes de septiembre de 1958 —después de asistir al informe de gobierno y a los saludos de costumbre— Torres Bodet es citado por Adolfo Ruiz Cortines en su residencia oficial, la de Los Pinos. En medio de la charla convencional ingresa al salón el Presidente electo, Adolfo López Mateos, y Ruiz Cortines confirma la intención del encuentro: vincular a su sucesor con un admirado servidor público. La fatiga y el hastío diplomáticos, como causas principales del final de su estancia en el extranjero, parecen también oportunos elementos para el porvenir de Torres Bodet. Faltan tres meses para el inicio del siguiente sexenio presidencial; los peldaños que él debe ascender para construir o edificar opciones de vida son simples, y principia a recorrerlos. La verdadera conversación con López Mateos se cumple rápidamente después de la intencionada reunión convocada por Ruiz Cortines. Entonces don Jaime conoce a su interlocutor: “ágil, culto, bondadoso e inteligente, [que] sin vacilaciones entró en materia”.79 Pretende convertir a la educación pública en una política de Estado y colocarla en un sitio primordial. No desea ocultar las necesidades y retrasos del país en ese tema esencial y, 

por ello, ha pensado en él para que amplíe y concluya la obra iniciada catorce años antes. La respuesta evasiva y los razonamientos, las explicaciones personales de Torres Bodet modifican la actitud del presidente electo, quien únicamente insiste en la elaboración de un documento que señale las finalidades de la educación nacional, las formas mejores de cumplimiento y la reorientación de planes y programas. El país, desde 1946, ha cambiado en muchos aspectos. El incremento demográfico es incesante: de aquellos veinte millones de mexicanos contados en el censo de 1940, doce millones más viven en 1958. La esperanza de vida sobrepasa los cincuenta años, estimulada por los sistemas de seguridad social, los centros de salud y el continuo desarrollo. La mitad de la población económicamente activa se dedica a tareas agrícolas, habita en el campo y en miles de pequeños poblados; el resto trabaja en la industria, en los servicios o en el comercio principalmente, y forma  el porvenir de las ocupaciones productivas. La familia principia a perder su predominio sobre los jóvenes citadinos, que desplazan su presencia a la escuela, el vecindario o la pandilla; empieza así a minarse la inmovilidad social. Grupos independientes de sindicatos nacionales reorientan sus demandas hacia la justicia económica y la democracia interna. Se inicia, lentamente, la impugnación del poder. Por su parte, el Estado es el gran inversionista nacional. Impulsa, dirige la economía y administra las empresas más importantes del país;  se confía en que la multiplicación de entidades paraestatales resuelva problemas comunitarios, financieros, y aliente la infraestructura del país. El sistema político presidencial, estable e institucionalizado, sigue promoviendo el idéntico nacionalismo y la aceptación popular de los años cuarenta. La educación pública tiene un gran rezago; su evolución es fragmentaria, contrahecha, y testimonia propósitos buenos, pero ineficaces. Este atraso es provocado, en gran parte, por la estructura juvenil del país. El analfabetismo alcanza en 1958 a treinta y ocho mexicanos de cada cien, y el remedio ha quedado en manos de centros vecinales. 3 970 000 niños, un poco más del 57% de la población infantil, asisten a la escuela primaria, y de ellos 2 166 000 están inscritos en colegios federales. La insuficiencia de aulas y la severa escasez de maestros limitan cualquier esfuerzo; la deserción escolar pone en evidencia los errores y fallas del sistema, así como una profunda desigualdad económica y la injusticia social que sufre un gran número de familias: de cada 140

Durante una visita a Teotihuacan en abril de 1963, Torres Bodet con el presidente L贸pez Mateos (a la derecha de la imagen). Ellos fueron importantes aliados en la lucha por la educaci贸n del pa铆s.

mil alumnos en el primer año primario, sólo cincuenta y nueve acceden al ciclo secundario y solitariamente, uno de ese millar alcanza el nivel profesional. Los porcentajes de la enseñanza decrecen dramáticamente y muestran un desinterés, un desencanto nacional. Torres Bodet desea cumplir el encargo del presidente. Sin limitación alguna debe exhibir las carencias y, sobre todo, las tareas de la educación pública durante el porvenir inmediato. Comprende que la transformación fundamental es determinar una política de Estado que otorgue sentido, finalidad y precisión a un catálogo de acciones indispensables, agrupadas en instituciones. Para ello, el redactor del artículo tercero constitucional encuentra el propósito y destino de la educación: convertir en realidad el deber normativo del ciclo primario obligatorio y gratuito. Confirma, así, el ideal superior del poder: gobernar es educar. Educar incansablemente, como es su convicción. De acuerdo con las cifras de la época, la carencia de aulas y maestros para el nivel básico es el primer obstáculo a vencer; esa situación se resuelve, sin subterfugio alguno, con el incremento del presupuesto educativo. Antes de

Inicialmente creadas por José Vasconcelos, Jaime Torres Bodet promovió las misiones culturales. c. 1959

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Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

ello la ampliación de los planteles es acción urgente, y principalmente de las escuelas rurales, pues la mayoría de ellas sólo incluye los dos primeros años de la primaria. Faltan habitaciones dignas para el profesor. Jaime Torres Bodet conserva, como un remordimiento, como una deuda pendiente de  pago, una experiencia imborrable de su primera gestión en la Secretaría  de Educación Pública, cuando visitó una modestísima escuela del campo mexicano: Contemplé un viejo catre de lona y, sobre una mesa, una palangana despostillada, un cepillo y un peine de aspecto más que dudosos. No tenía aquel habitáculo ni cocina ni el más rudimentario servicio higiénico. Eso sí, sobre la puerta del aula, se hallaba

expuesto un vistoso cartel, de los muchos que la secretaría enviaba, todos los años,

para celebrar el “Día del Árbol” y exhortar a los profesores a que plantasen alguno en el terreno próximo a sus escuelas. Busqué un arbusto en la cercanía. No hallé ninguno. Y, torpemente, pregunté al pedagógico presidiario por qué razón no había alentado a

sus alumnos a intentar lo que el cartel les recomendaba. Me contestó que el agua esca-

seaba en aquel lugar. “¡Cómo! —exclamé— ¿Y el agua de ese gran charco que estamos viendo, a pocos metros de aquí?” Se limitó a responderme: “Señor, no es tanta como

parece… Y, de ésa, bebo.” Examiné entonces su rostro pálido, sus miembros débiles, todo su ser anémico y vacilante. Padecía probablemente de amibiasis. Al despedirme, sentí el deber de pedirle perdón por mi impertinencia.80

Según el diagnóstico que Torres Bodet realiza para López Mateos, la dignificación del magisterio es condición indispensable para convertir las enseñanzas en una verdadera formación, destinada al carácter pleno de los seres humanos, al vencimiento de los retos de la vida, a demostrar virtudes ciudadanas y valores morales. La convivencia social deriva del ejemplo del maestro y su capacitación íntegra es una de las tareas más importantes del Estado mexicano. Don Jaime otorga un sitio principal a la extensión y perfeccionamiento de las Escuelas Normales y a los establecimientos de especialización. Los ideales educativos necesitan ser transmitidos por profesores cabales. La aspiración de extender la primaria a todos comprende el cumplimiento del antecedente de la alfabetización. Ésta se realiza institucionalmente con la intermediación de patronatos estatales, en más de once mil centros; pero se debe complementar la escritura y la lectura con conocimientos prácticos, útiles. Las comunidades indígenas padecen los mayores retrasos: el 10% 143

de los habitantes del país reside en ellas, y la tercera parte es monolingüe e iletrada. Sin duda alguna, la enseñanza en lengua vernácula es un deber principal, igualitario, democrático y dignificante. La educación secundaria corresponde, en esos momentos, a una pequeña porción de los adolescentes y jóvenes del país. Además, los programas de estudio quedan limitados a la reiteración de conocimientos del ciclo primario, a enseñanzas orales, memorísticas, alejadas del desafío juvenil de los estudiantes: conocer el medio, las condiciones, los problemas de la vida, y entender los valores para enfrentarla utilizando sus propias habilidades. Sin desdeñar el carácter universal del ciclo básico, se debe reorientar el segundo peldaño educativo hacia disciplinas útiles y comprometidas con su entorno social. El memorándum de Jaime Torres Bodet completa nueve páginas. Con-  tiene convicciones e ideales personales, aspiraciones generales, planes sustentados en alternativas viables. A las vastas necesidades, a los gigantescos problemas que existen en 1958, responde con un programa de igual altura. Él lo define como “muy ambicioso” y supone que no será aceptado. López Mateos le comunica su interés por aclarar dudas e interrogantes del magnífico documento y lo convoca a otra reunión. Sin tregua, reitera su propuesta

Torres Bodet en la oficina principal de la Secretaría de Educación Pública durante su segundo encargo como titular, 1958-1964.

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Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

inicial: desecha las excusas de Torres Bodet por su mal estado de salud y la fatiga que sufre. La firme voluntad y la decisión del próximo mandatario, sus insistentes razones —entre ellas el compromiso patriótico, la experiencia internacional que adeuda a México— convierten al interlocutor en el secretario de Educación Pública para el sexenio 1958 a 1964.

La decisión de Adolfo López Mateos de otorgar a la educación un sitio preeminente en su gobierno fortalece al secretario Torres Bodet en la realización de acciones inmediatas. Tiene cincuenta y seis años de edad; su madurez está enriquecida por catorce años de experiencias, y sus inalterables valores constituyen un patrimonio para asumir nuevamente la responsabilidad ministerial. Otra vez su colaborador principal es el licenciado Ernesto Enríquez, extraordinario servidor público, con el nombramiento de subsecretario del ramo; y como antes, emprende el trato preferencial con los dirigentes de la organización sindical del magisterio. Recibe, conmovido, el afecto de muchos profesores que, desde la anterior ocasión, le ofrecen su confianza y aprecio. Organiza las estructuras administrativas, reconoce lo que ha permanecido y lleva a cabo la valoración de funcionarios y dependencias de una enorme institución. Sin tardanza presenta a Adolfo López Mateos el programa fundamental. Se trata de proporcionar la instrucción primaria a la totalidad de  los niños de seis a catorce años. Sobrevive la anécdota de que el presidente, al escuchar que ése es el plan esencial de Torres Bodet, se acerca a él, lo abraza y con alegría le dice: “tenía miedo de que me hablara del alfabeto”; otorga de inmediato su aprobación.81 El compromiso mutuo, la certidumbre de tener una propuesta fundamental, originan que el 30 de diciembre de 1958 el primer mandatario envíe al Congreso de la Unión la iniciativa del Plan de Expansión y Mejoramiento de la Enseñanza Primaria. Ante la enormidad del desafío se impone la prudencia en la denominación de la propuesta. Torres Bodet prefiere utilizar términos de acciones que de una u otra manera se realizarán, de acuerdo con la capacidad presupuestal de la federación. Los posibles compromisos se transformarán en verdaderos logros. Sin embargo, el discreto título queda contradicho en la iniciativa 145

Celebración del XX aniversario de la ley que estableció la Campaña contra el Analfabetismo, en el Palacio de Bellas Artes. Entre los asistentes, al centro, el presidente López Mateos y Jaime Torres Bodet, secretario de Educación, 1964.

presidencial y por su autor, el secretario de Educación Pública, pues defiende un plan nacional muy ambicioso que busca otorgar a todos los niños del país la posibilidad de cursar la primaria. El plan determina el mejoramiento que debe lograrse: aumentar el rendimiento terminal del ciclo primario, pues la deserción alcanza un 38% de los alumnos. Sin embargo, su meta fundamental está referida a la demanda real; es decir, limitada a todos los niños con posibilidad efectiva de asistir a la escuela. La expansión del nivel básico se cumple, en la etapa inicial, al proporcionar la inscripción primera a los niños de seis años. Se debe ampliar realmente la inscripción infantil, sobre todo en el medio rural, en el cual también es indispensable completar las instalaciones y los cuerpos docentes de los planteles truncos, que representan una gran mayoría. Un órgano colegiado, una comisión, es la responsable de realizar el plan. La preside el propio Torres Bodet y la integran ocho miembros, sin que ninguno colabore en el ministerio de educación. Se trata de una combinación de funcionarios adscritos a distintas dependencias del ejecutivo federal  146

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

con destacados políticos cercanos al tema educativo. El sindicato de maestros queda representado por un dirigente en el grupo de asesores, acompañando a dos notables expertos en demografía e investigaciones sociales. Torres Bodet, al establecer la comisión, alude a ideales históricos que explican el anhelo de la educación primaria universal. Ante la proximidad de la conmemoración de los ciento cincuenta años del inicio de la independencia y el cincuentenario de la hora primera de la revolución, en 1960, insiste en que al realizar el plan nacional se logrará la verdadera independencia, la libertad, y “será la mejor manera de dar un alma lúcida y vigilante al progreso de la nación”.82 La comisión necesita fundamentar correctamente cada tramo para alcanzar la meta esencial y cimentar las respuestas a cada una de las cuestiones incluidas. Pide la ayuda de pedagogos y maestros eminentes; recibe de los responsables de las escuelas normales y de capacitación magisterial la descripción de problemas y soluciones; la Dirección General de Estadística proporciona las proyecciones y tendencias demográficas  de los lapsos siguientes; los colegios de ingenieros y arquitectos proporcionan modelos constructivos y facilidades para el levantamiento de aulas y planteles. Todo ello, así como muchas colaboraciones y aportes no mencionados, permite elaborar un informe definitivo. En octubre de 1959 la comisión entrega ese documento al secretario de Educación Pública. El cumplimiento del programa requiere un periodo de once años. La educación, con su jerarquía superior, no se reduce a un conjunto de

Torres Bodet presidió la comisión encargada de elaborar el “Plan de Once Años” que agrupó a múltiples especialistas. c. 1959

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acciones y resultados que se acumulan administrativamente: requiere una po-  lítica de Estado que debe perdurar y sobrepasar periodos presidenciales. La complejidad del plan se demuestra con la enumeración de varios elementos indispensables: se deberán crear cincuenta y un mil nuevas plazas docentes, a partir de establecer más escuelas normales, ampliar las existentes y, en forma central, capacitar al magisterio no profesional. Las aulas que deben construirse suman treinta y nueve mil, dispersas en el territorio nacional. La simplificación y mejoramiento de los planes de estudio es otra tarea necesaria. La simultaneidad de las acciones está determinada como base de la evolución gradual de las etapas y los avances. El 1 de diciembre de 1959 el presidente Adolfo López Mateos aprueba el Plan de Once Años, como finalmente fue conocido. Las previsiones de sus autores se comprueban paulatinamente: el México rural y agrícola se transforma en un país con una economía industrializada, y la migración a las ciudades es un fenómeno evidente. El incremento de las necesidades educativas corresponde a los desafíos anunciados, y el plan deviene en eje central de las actividades de la Secretaría de Educación Pública.

Torres Bodet, al centro con traje negro y lentes, acompañado de funcionarios e ingenieros en la construcción de una escuela. c. 1960

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Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

En uno de sus iniciales acuerdos presidenciales, de manera casi simultánea al planteamiento de otorgar educación básica a todos los niños, Jaime Torres Bodet presenta otra idea singular: proporcionar libros de texto y cuadernos de trabajo gratuitos precisamente al alumnado del nivel primario. La justificación de la propuesta deriva de varias causas. Destaca el principio constitucional que desde 1917 determina que la enseñanza impartida por el Estado será gratuita, y han transcurrido más de cuarenta y dos años sin que se cumpla con la entrega de libros, instrumento esencial del conocimiento. Las precarias condiciones económicas impiden a muchas familias adquirirlos, y esa limitante vuelve fugaz la presencia de sus hijos en las aulas. Desde su primer encargo como titular de la Secretaría de Educación, a Jaime Torres Bodet lo acompaña el tema de la gratuidad de los libros. En una de sus participaciones iniciales, frente a un auditorio de colaboradores de su dependencia, el 3 de febrero de 1944, expresa su preocupación causada por la ambición comercial de los editores de libros escolares, cuyos abusos amenazan a las familias menesterosas. Determina la edición de textos adecuados, promete su venta a bajos precios, así como constituir una reserva de ejemplares para distribuirlos, sin ningún costo, “entre los hijos de padres verdaderamente necesitados”. 83 El convencimiento personal de Torres Bodet es afín, semejante a una experiencia del presidente López Mateos, quien durante el régimen cardenista colabora en el Departamento Autónomo de Prensa y Publicidad. En aquellos años presenta, en unión de Antonio Luna Arroyo, Raymundo Mancisidor, Félix Azuela Padilla e Ildefonso Velázquez, una iniciativa al Ejecutivo para editar textos elementales que se distribuyan masivamente, se vendan a precios mínimos o se obsequien a los padres de familias campesinas. Lázaro Cárdenas da su beneplácito a la idea y, con la colaboración del licenciado Gonzalo Vázquez Vela, entonces secretario de Educación Pública, se crea en esa dependencia una Comisión Editorial Popular (cuyo presidente es Luna Arroyo y el vicepresidente, el propio López Mateos), con dos series. Juan Hernández Luna relata las actividades aprobadas: La primera serie se denominó Simiente, y estaba formada por libros especia-

les para las escuelas rurales, que se editaban en el ‘número que lo requieran las 149

necesidades de la educación campesina’. La segunda, titulada Serie S.E.P., esta-

ba destinada a las escuelas primarias urbanas. Se editaron siete millones de libros de ambas series, los cuales fueron distribuidos en el país a precio de costo y en muchos casos, se hicieron llegar a las escuelas de manera gratuita.84

La existencia de la Comisión Editorial Popular es muy breve. En Adolfo  López Mateos permanece ese fugaz intento; durante su campaña electoral para alcanzar la presidencia de la República reitera el ánimo de volver plenamente gratuita la educación. Los libros de texto representan un grato deber para ambos funcionarios y Torres Bodet se encarga de la preparación del proyecto, de sus características jurídicas, metodológicas, presupuestales. Concluidas las previsiones, el secretario de Educación Pública explica el programa y presenta a López Mateos un proyecto de decreto para crear un órgano colegiado, una comisión responsable de fijar contenidos, de aprobarlos conforme a los planes de estudio, de deter-  minar a los autores de cada volumen, y de imprimir y distribuir los libros en toda la República. Los ideales de igualdad, democracia y nacionalismo y los propósitos patrióticos de la enseñanza primaria quedan incluidos en los considerandos del documento. Además, Torres Bodet plantea una alternativa: los ejemplares podrán ser suficientes para la totalidad del alumnado del país o podrán limitarse a la población de las La publicación Serie SEP, editada en el gobierno de Cárdenas, fue un primarias públicas. El presiantecedente de los libros de texto gratuitos. dente de la República escucha 150

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

las diferencias y comprende el cuantioso esfuerzo económico que el proyecto requiere. Aprueba el propósito total. En la evocación personal de don Jaime perdura ese momento y la justificación presidencial: ‘Todos son niños —me dijo— y todos son parte de nuestro pueblo’. Se daba cuenta

del sacrificio económico que ese nuevo esfuerzo requería. Pero firmó el decreto, per-

suadido del bien que haría a nuestra niñez. ‘Eso sí’ —me indicó, al observar el júbilo que me produjo su decisión— ‘deberá usted velar por que los libros que entregue a

los niños nuestro gobierno sean dignos de México, y no contengan expresiones que susciten rencores, odios, prejuicios y estériles controversias’.85

El mundo escolar es de vastas proporciones. En 33 370 planteles, dispersos en la gran extensión del pa��s, asisten casi cinco millones de alumnos en los seis grados de educación básica. El 60% de ellos cursa los dos primeros años, y el resto desde el tercero al sexto. Once asignaturas representan la diversidad de conocimientos obligatorios y deben transformarse en libros de texto. Un dato expresa la importancia de la empresa: en 1959 se editan obras educativas suficientes para el 25% de los colegiales;  únicamente se cubre la demanda de las escuelas particulares y de una breve porción de las oficiales. La decisión presidencial es la respuesta firme para ofrecer con plenitud los instrumentos de la enseñanza primaria a todos los niños del país, de cada una de las escuelas que en él existen. La Comisión Nacional de Libros de Textos Gratuitos inicia sus tareas el 25 de febrero de 1959. Martín Luis Guzmán es el presidente y seis vocales integran el órgano colegiado: Arturo Arnáiz y Freig, Agustín Arroyo, Alberto Barajas, José Gorostiza, Agustín Yáñez y Gregorio López y Fuentes. A ellos se agregan los directores de los periódicos Novedades, Excélsior, El Universal, El Sol de México y La Prensa como representantes de la opinión pública. Para las tareas pedagógicas se escoge a doce especialistas. Tienen ante sí, en esa hora inicial, desafíos y compromisos inmediatos.  Sin la propiedad de recintos de impresión o de talleres, sin personal especializado ni una resma de papel, la comisión recibe propuestas muy diversas: desde la oferta de recurrir a la adquisición de rotativas de utilidad comprobada, hasta la compra íntegra de compañías impresoras. Las dificultades peculiares para obtener el papel adecuado en volúmenes precisos se presentan sin retraso, entre otros contratiempos. 151

A inicios de la década de 1960, se comenzaron a distribuir los primeros libros de texto gratuitos. Aquí la entrega en una escuela de Puebla en 1961.

Una previsible oposición es la de los editores y autores de libros escolares, que resienten abruptamente el despojo de un mercado natural y, en alianza, protestan ante un supuesto autoritarismo del gobierno federal. Reivindican además la libertad de enseñanza y denuncian el desdén ante derechos adquiridos. En el decreto presidencial que crea la institución editora se propone la participación de la iniciativa privada en sus actividades y finalidades, para lograr un pleno consenso. Con ese ánimo se reúnen autoridades de la comisión con los empresarios y escritores inconformes; les proponen utilizar sus imprentas y adquirir los derechos de sus obras para convertirlas en textos gratuitos. Nadie acepta la oferta y se clausura ese sendero. En mayo de 1959 se difunden las bases de los certámenes para libros del ciclo básico, cuyos resultados serán conocidos en agosto. Sorpresiva, inusitadamente, los jurados designados por la Secretaría de Educación declaran desiertos todos los concursos, salvo uno.86 Torres Bodet al conocer los resultados, comprometido oficial, personal e internamente con el proyecto, consulta a Martín Luis Guzmán para comprender las vicisitudes y su mejor solución. Paulatinamente se han resuelto problemas y dificultades 152

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

esenciales: está comprometido un grupo de imprentas suficiente para las ediciones que deben entregarse en los meses iniciales del siguiente año; la gran fábrica de Tuxtepec elabora la totalidad del papel necesario, y se recurre a la contratación de escritores reconocidos, en forma individual. Las medidas aplicadas tranquilizan al secretario de Educación, quien expresa su beneplácito por cada una de ellas y por el cumplimiento del compromiso adquirido con el presidente López Mateos. En la memoria de varios colaboradores del ministro pervive el recuerdo de otra decisión: Torres Bodet lee y corrige todos los textos redactados para los libros de carácter gratuito. El cuidadoso diseño de los libros delata su destino infantil. Se prefiere una estructura esbelta, de fácil uso y conservación entre los pequeños. Los títulos son acertados: Mi libro de primer año o Mi cuaderno de trabajo, por anotar dos ejemplos que al utilizar el pronombre posesivo se alejan del concepto de donación o regalo y, mucho más, de un carácter impersonal. Dentro de la tradición de los regímenes posrevolucionarios, las portadas exhiben los rostros o las figuras de los héroes emblemáticos de la Independencia, la Reforma y la Revolución. Para ilustrar las ediciones iniciales se convoca a David Alfaro Siqueiros, Roberto Montenegro, Alfredo Zalce, Fernando Leal y Raúl Anguiano, que en sus creaciones incluyen el sentido conmemorativo de las gestas libertarias que se celebran en 1960. Por sus características externas, por las proporciones y número de sus páginas, por la sencillez del papel utilizado, por los símbolos de la historia nacional escogidos, son un noble, un bello objeto. En 1962 se modifican las portadas para emplear una obra de Jorge González Camarena, intitulada “La Patria”, que se utiliza durante muchos años. El 16 de enero de 1960 se realiza la primera entrega de libros para el año inicial de la primaria, con sus cuadernos de trabajo. En un acto presidido por el gobernador de San Luis Potosí, Francisco Martínez de la Vega, y por Jaime Torres Bodet, en la escuela rural “Cuauhtémoc” de El Saucillo, la niña María Isabel Cárdenas, antes que nadie, es poseedora de esos útiles. Cincuenta compañeros de aula, serios, sorprendidos o risueños, algunos de ellos descalzos, hijos de campesinos mexicanos, esperan disciplinadamente su turno. Después de esa ceremonia, al principiar febrero, se distribuyen nacionalmente los libros y cuadernos de trabajo para los estudiantes de los dos primeros grados del calendario “A”, el que tiene más alumnos. Como representante del gobierno de la República y coautor de la tarea, Jaime 153

Después de dos años de distribuir libros de texto con portadas elaboradas por diferentes artistas, en 1962 la SEP decidió homogeneizarlas con la imagen de la patria, de Jorge González Camarena.

Torres Bodet explica sus propósitos; reconoce también que fueron muchos quienes la convirtieron en realidad: Estos libros y estos cuadernos son un don que el pueblo de México hace a sus hijos. Muchos

maestros, escritores, dibujantes, obreros, impresores y empleados públicos tuvieron que trabajar varios meses para que pudiera llegar este obsequio a todas nuestras escuelas. 87

La Comisión Nacional lleva a cabo su encomienda y durante 1960 distribuye, en forma paulatina, más de dieciséis millones de libros de texto y cuadernos de ejercicio. A los alumnos de los dos primeros grados se destina un volumen de lectura, con conocimientos elementales de seis asignaturas; cuatro ejemplares se distribuyen a todos los educandos de los tres grados siguientes, del tercero al quinto. A los alumnos del último grado, el sexto, corresponden cinco libros y cuatro cuadernos. El trabajo efectuado muestra sus objetivos esenciales: el nacionalismo y la unidad, el consenso y la concordia que propone el presidente López Mateos. Desde luego, el carácter gratuito de los 154

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

Según expresó Torres Bodet en La tierra prometida, la entrega de libros de texto fue “realizar, en la madurez, un sueño de juventud”. c. 1960

libros testimonia el afán de disminuir desigualdades y fortalecer vínculos dentro de la sociedad mexicana. La reclamación, la inconformidad de los autores y editores comerciales es ampliada por la Unión Nacional de Padres de Familia. Esta organización, promovida por la iglesia católica, defiende públicamente, como en otras ocasiones, la libertad de enseñanza; se agravia por el autoritarismo de la medida, que juzgan digna de regímenes totalitarios por su carácter antidemocrático. A esa “querella escolar”, como la designaría Soledad Loaeza, se alían el Partido Acción Nacional y la jerarquía eclesiástica. La adversidad a las  publicaciones oficiales se reorienta, por expresiones coherentes de la organización partidista, hacia la ilegitimidad del Estado educador, contra el carácter laico y el artículo tercero constitucional. Los libros de texto, según ese parecer, confirman la intolerancia antidemocrática del régimen que, con instrumentos obligatorios, pretende deformar a la niñez mexicana. Los opositores, sin olvido alguno, introducen en sus manifiestos, escritos y declaraciones el ataque a la libertad de enseñanza, a los derechos de los padres sobre la formación moral de sus hijos. La variación esencial consiste 155

en utilizar a las publicaciones escolares como motivo válido para impugnar al poder público. La oportunidad de los libros de texto es un buen elemento para justificar la inconformidad por la hegemonía y los errores de la autoridad federal. Las circunstancias del momento comprenden muchos caminos. Las condiciones de la clase proletaria son más precarias que en la década anterior; el poder adquisitivo de los salarios disminuye, agudizado por la servidumbre de los dirigentes obreros lo mismo frente a los capitalistas que al Estado empleador. La inmovilidad económica y sindical conduce a trabajadores petroleros, ferrocarrileros y maestros a construir movimientos en favor de la mejoría de la vida y la democracia gremial. Desde 1957 se extienden reclamos y rebeldías que, sin estar aliadas, en forma simultánea brotan en los más importantes sindicatos, y tienen presencia al final del mandato de Adolfo Ruiz Cortines. Desde otro extremo, anticipadamente, luchan también por los derechos, las libertades y la democratización social. Camiones de distribución de libros de texto gratuitos a fines de la década de 1960. Por su parte, los integrantes de la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos comprueban la complejidad, los obstáculos y la inexperiencia demostrada en la entrega inicial de libros y cuadernos. Simultáneamente, otorgan  su beneplácito por la honestidad, por el pundonor de los colaboradores de la nueva institución, desde su presidente hasta el más modesto empleado. Todos empeñan su capacidad, su orgullo, la convicción de cumplir una tarea excepcional. De igual manera, Torres Bodet aquilata los méritos y las fallas primeras que deben enmendarse. Impulsa la revisión de los programas y planes de estudio para mejorar también el contenido de los textos y su 156

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

correspondencia pedagógica. Lamenta la reacción de los grupos derechistas; comprende que los agrede una fórmula teórica: el Estado educador simplifica y maltrata la verdad histórica en favor de recuentos oficiales, dogmáticos. Lo mismo se considera de la educación cívica. Esas dos asignaturas son la amenaza prevista, central, para las conciencias católicas. El secretario de Educación Pública defiende la posición nacionalista, integradora y solidaria que caracteriza la propuesta de los textos comunes. En forma excesiva, pero anhelante, define la gratuidad lograda como el germen de un nuevo mexicano y otorga a la igualdad el carácter primordial de esos ciudadanos venideros. Sin embargo, la distribución primera de los libros de texto origina un nuevo brote de la querella escolar. En los colegios particulares, confesionales, se determinan listas de libros comerciales que corresponden a la educación básica, en una clara oposición a los volúmenes oficiales. El gobierno reacciona: determina públicamente el carácter obligatorio de los libros gratuitos, ya que contienen las enseñanzas aprobadas por las autoridades educativas.

El “Plan de Once Años” fue diseñado para mejorar la educación primaria, promoviendo con él valores patrióticos.

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Sin fundamento real, los grupos opositores añaden al calificativo de  obligatorio el de único, para denunciar otro ataque a la libertad de enseñanza. Ni Torres Bodet ni el presidente de la República proponen una contienda. En el segundo informe de gobierno de Adolfo López Mateos, el 1 de septiembre de 1960, se incluyen, en modo conciliador, la promesa de nuevos concursos abiertos y la diversidad de los textos escolares y su sentido complementario: “generalizado el texto gratuito como respuesta a una necesidad nacional, los maestros podrán recomendar, sin carácter obligatorio, libros complementarios y de consulta”.88 Los pasos iniciales de la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos dejan una profunda huella. Los datos muestran la magnitud  y la probidad de la obra: son más de dieciséis millones de ejemplares, y cada uno de ellos tiene un costo, promediado, de dos pesos con nueve centavos. Pero más allá de cualquier cuantificación, la tarea presagia su permanencia, su utilidad y sus cualidades. Con evidente prosa del secretario de Educación Pública, el presidente López Mateos expresa el ideal de su creación: Esos libros afirman la igualdad de derechos de todos los niños de México, afianzan

la unidad nacional en sus tradiciones más puras y deparan a los maestros elementos

auxiliares prácticos de trabajo. Nada contra el hombre y nada contra la patria. Estas han sido las normas inquebrantables de nuestra Administración.89

A partir de su primera designación como titular de la Secretaría de Educación Pública, Jaime Torres Bodet reconoce los esfuerzos, empeños y méritos de los profesores, sin ignorar que sus condiciones de vida no son dignas, que la penuria económica los acompaña casi irremediablemente. Ante ello, procura la unificación gremial, su fortalecimiento y representatividad profesional; propone mejorías salariales y, como ya he mencionado, la capacitación permanente de los maestros no titulados, así como fórmulas de ascenso mediante la comprobación de cualidades. Cuando vuelve a la Secretaría de Educación, en 1958, incrementa su aprecio y admiración por los maestros. En el reencuentro, el titular del ministerio confirma sus sentimientos y afecto; de manera igual teme que 158

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

Entrega de libros de texto en una escuela para niñas. c. 1965

haya problemas personales y colectivos del magisterio, semejantes a aquéllos de quince años atrás, aunque la sindicalización demuestra un poder superior y ya, incluso, ambiciones políticas de sus dirigentes, con la oposición lógica de grupos inconformes. Torres Bodet anuda constantemente dos conductas, consecuencia de sus valores y de su lealtad al régimen político que sirve. Sin descuido alguno acepta las decisiones superiores de protección al sistema imperante. El otro caudal lo constituye su firme compromiso con la dignidad del magisterio. En ningún momento propone servidumbres ni soluciones mezquinas, pero conforme a su axiología, los derechos son consecuencia y nunca antecedente del acatamiento de los deberes y obligaciones. Con sus palabras define al maestro ideal y exhorta a los profesores a lograr la perfección. Los entiende como seres ejemplares, capacitados para la plena enseñanza, profesionales del saber y del esfuerzo, unidos con su pueblo e irremplazables. En numerosos discursos y mensajes de Torres Bodet, la exaltación al magisterio es una pieza principal. 159

Al asumir nuevamente su cargo en Educación Pública, escucha una petición del secretario del sindicato y de maestros que, al saludarlo, expresan que debe liberarse a Othón Salazar. Se trata del líder del Movimiento Revolucionario del Magisterio, organización que desde los principios de esa década disiente de la dirigencia gremial, de su dependencia con las autoridades educativas y políticas, y está en contra del dominio, la suplantación y la aparente nulidad de las instituciones democráticas. El Movimiento Revolucionario es aceptado en varias regiones del país y, conforme a la estructura interna, se apodera de secciones sindicales, entre las cuales destaca la del Distrito Federal, la IX. En las páginas de sus Memorias, dentro del texto de La tierra prometida, Torres Bodet recuerda parcialmente los acontecimientos de su relación con el movimiento de Othón Salazar. Éste se encuentra recluido en la prisión de Lecumberri acusado por varios delitos, y Torres Bodet presenta a López Mateos, en su primer acuerdo, la petición reiterada de liberar al líder sindical, que se determina poco tiempo después. La representatividad lograda por el movimiento constituye un principio central, que no únicamente exige de las autoridades sindicales, sino de la Secretaría de Educación Pública. Dos medidas administrativas impulsan un mayor descontento: para ampliar la fuerza docente de trabajo, en 1959 se anulan las comisiones otorgadas a maestros que desempeñan puestos en la estructura gremial. Por otro lado, a partir de 1960, se decide que el servicio social de los egresados de la Escuela Nacional de Maestros debe realizarse fuera del Distrito Federal, en lugares próximos a la oriundez de los pasantes. En la múltiple perspectiva de los hechos, esas decisiones resultan muy convenientes para aumentar las escuelas en funcionamiento; sin embargo, desde su mirador, los maestros resaltan el propósito de suspender la afiliación en la importante sección de la capital del país. El Movimiento Revolucionario del Magisterio con el liderazgo de Othón Salazar emprende acciones con creciente respaldo popular. Se suceden continuamente la suspensión de las tareas docentes, las marchas callejeras en el centro de la ciudad, así como el acoso y la posesión de instalaciones del ministerio educativo. Al mismo tiempo, la sección IX entabla pláticas con funcionarios y el propio titular de la dependencia. Sin embargo, el Comité Ejecutivo Nacional del sindicato agrava la situación al destituir 160

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

a los representantes de la sección IX, quienes defienden sus derechos ante el tribunal laboral. Se conceden algunos beneficios económicos generales al magisterio, pero continúa el reclamo de los inconformes para que se restituya a sus líderes. El 10 de junio realizan una importante protesta al suspender sus labores en las primarias del Distrito Federal. La acumulación de agravios económicos y sociales y la importante presencia del magisterio rebelde incrementan la lucha popular. De acuerdo con testimonios veraces, en las marchas de los meses de junio y julio de 1960 se multiplican los participantes constantemente. En la manifestación del 25 de junio invaden los En la imagen, un grupo de madres reunidas en los patios de patios del edificio central de la secre- la Secretaría de Educación Pública mostrando su apoyo al Revolucionario del Magisterio. Revista Impacto, 11 taría educativa, proponen su indefi- Movimiento de junio de 1958. nida permanencia y son desalojados violentamente por las fuerzas policiacas citadinas. Los recuerdos de Torres Bodet concluyen en ese acontecimiento, con sus afirmaciones de la levedad de la represión, que no causa desgracias fatales. En las siguientes páginas autobiográficas relata la disminución de las protestas y finalmente, la conversión de los pasantes normalistas que aceptan la distribución geográfica dispuesta por las autoridades. Pero el olvido, la ausencia crítica o un silencio previsto para decisiones públicas ajenas, inhiben al secretario de relatar el desenlace: ante los fracasos de los interlocutores gubernamentales se decide que el secretario de la Presidencia reinicie pláticas y proponga acuerdos inmediatos. Sin embargo, las  negociaciones con los distintos grupos sindicales —singularmente el movimiento de Othón Salazar y el Comité Ejecutivo del sindicato de maestros— muestran una aparente imposibilidad de convencimiento que conducen a una desgraciada solución. El 4 de agosto se lleva a cabo otra marcha, que la 161

policía prohíbe. La manifestación es disuelta con desmedida violencia, con el ánimo atroz de ofrecer una lección vil. Fallecen dos personas, más de cinco centenares resultan heridos y se detiene a doscientos participantes, según diversos testimonios de la época. La inusitada represión provoca temores generalizados, la pérdida de acciones riesgosas, la disminución y el final de las protestas. El gobierno pretende compensar la brutalidad de ese suceso: paulatinamente quedan en libertad casi todos los aprehendidos y el Tribunal Federal de Conciliación y Arbitraje acepta el regreso de los paristas y el pago de los salarios caídos. Todo esto lo omite Torres Bodet en sus Memorias. Recuerda, sí, que al término de 1960 las tareas reingresan a la normalidad habitual. Las decisiones del presidente López Mateos y de su ministro se desarrollan dentro de los vaivenes y altibajos administrativos y financieros de una etapa que pretende la estabilidad económica y, como en otros mandatos, el desarrollo industrial y productivo del país. La educación mantiene un lugar preferente

Como parte del programa educativo de López Mateos, se impulsó la construcción de escuelas en distintas partes de la República. En la imagen, una demostración de los trabajos realizados en Culiacán, Sinaloa, 1962.

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Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

en el gasto federal y los grandes proyectos aprobados, ejecutados cuidadosamente, guían a la Secretaría de Educación Pública. El Plan de Once Años demuestra un adecuado impulso. La construcción de aulas evoluciona sin retraso, fortalecida por una ilusión común, por el noble anhelo de disponer de ellas. La formación de maestros se multiplica eficazmente, de acuerdo con las variantes regionales advertidas en el programa de educación básica. La elaboración de los libros de texto, con modificaciones útiles, constituye una actividad fundamental, inmodificable, de la educación nacional. La valoración personal de las expresiones culturales, el disfrute de ellas y el reconocimiento al talento creador de los mexicanos, comprobado en todas sus etapas, confluyen en Torres Bodet singularmente. Su afición, su preferencia por los museos, verdaderas casas del pueblo, instituciones que exponen tesoros de un patrimonio colectivo, son parte de su afán íntimo y de sus pretensiones. Conoce la sensibilidad del presidente López Mateos ante obras perdurables. A mediados de 1962 se tiene el pro-  yecto para un nuevo Museo Nacional de Antropología. Realizado por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, con la colaboración de sus colegas Rafael Mijares y Jorge Campuzano, reúne la expresión artística de las civilizaciones originarias en las etapas anteriores a la conquista. La propuesta es excepcional, magnífica. Se han considerado los elementos y características para edificar un hermoso recinto, que en nada desmerezca ante su contenido. El presidente de la República se entusiasma por la obra y sus consecuencias. Evalúa los costos, revisa las suficiencias económicas y compromete la realización íntegra dentro de su mandato. Con el mayor interés, como una responsabilidad personal, Adolfo López Mateos y Jaime Torres Bodet verifican, comprueban el avance de la construcción, sin permitir retrasos ni dejar de encontrar el tiempo para una visita semanal. En menos de dos años, el 17 de septiembre de 1964 culmina la edificación del Museo Nacional de Antropología, y ese día se inaugura. Se trata de una acción memorable, digna para el pueblo mexicano. En el mármol de un muro del vestíbulo principal, sin la inscripción de su nombre —de acuerdo con su criterio de discreción—, Jaime Torres Bodet define el hondo sentido del museo: Valor y confianza ante el porvenir hallan los pueblos en la grandeza de su pasado.

Mexicano, contémplate en el espejo de esa grandeza. Comprueba aquí, extranjero, la 163

unidad del destino humano. Pasan las civilizaciones, pero en los hombres quedará siempre la gloria de otros hombres que hayan luchado por erigirlas.90

La responsabilidad asumida en el periodo de 1958 a 1964; su desempeño inalterable en las jornadas diarias; el entusiasmo, el ímpetu y la confianza que recibe del presidente López Mateos —como Torres Bodet lo recuerda en varias páginas de sus memorias—, conspiran contra el escritor. El funcionario derrota al poeta, al crítico y al biógrafo. Todo se enmudece, salvo el autor de ensayos artísticos que envía a las imprentas dos textos:  uno sobre Balzac, convertido en breviario del Fondo de Cultura Económica, en 1959; y su examen estético de tres notables pintores, Maestros venecianos, que en 1961 publica la editorial Porrúa. En ese sexenio se concentra, sobresale un dilema vital: la alternativa de funcionario o de hombre de letras. En el caso de don Jaime proviene desde mucho tiempo atrás. A partir de las jornadas primeras en el servicio público, en los recintos universitarios, utiliza y hurta horas al descanso nocturno para dedicarlas a ejercicios poéticos. Los escritores de su generación comparten la misma disyuntiva. El gobierno representa la mejor propuesta laboral, al inicio de los años veinte. La perspectiva de tener un trabajo digno; de emprender, como entonces se decía, una “carrera”; de convertirse en especialista de algún saber administrativo y demostrar los beneficios del servidor público; de formar parte de las instituciones, agrada a muchos, entre ellos —como se ha relatado— a Torres Bodet. El autor de Fervor comprende de inmediato que la decisión preferida lo conduce a vivir a medias: A lo largo de muchos lustros, ese fue mi destino: vivir —a medias— horas de funcionario y horas de artista, sin dejar que las inquietudes del funcionario alteraran la

serenidad humana del escritor y sin permitir que el escritor deformase, por sujeción a sus preferencias, los deberes del funcionario.91

El complejo equilibrio del dilema se advierte de muchas maneras. El protagonista expresa, en la definitiva valoración de su vida, que él procuró lograrlo; 164

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

Torres Bodet (tercero de izquierda a derecha) observando un desfile. c. 1960

Alfonso Reyes, en horas tempranas presagia que, en el caso de Jaime Torres Bodet, el funcionario matará al escritor,92 y Octavio Paz, sin duda alguna, afirma que desde 1949 “la vida pública terminó por devorar al poeta”.93 A pesar de ello, durante muchos años perdura el pretendido equilibrio. El escritor sostiene que las experiencias laborales lo enriquecen y dan nacimiento a la madurez personal, a un renovado conocimiento de los seres humanos, que estimulan su poder creativo. En su idea de libertad, las responsabilidades transforman la poesía en acción. Se desdeña la torre de marfil, recinto egoísta del creador. Las explicaciones que escri-  be para justificar su destino de hombre público, nunca disminuyen.  El silencio poético, convertido en prosa de discursos, recuerdos y críticas, revela, paradójicamente, al poeta que en él vive. Durante su último cargo decide la publicación de libros antológicos, cu-  yo contenido demuestra valoraciones propias y un corte de caja de la 165

vida transcurrida. Representan, también, la certidumbre de la conclusión de una vasta etapa y de la conveniencia de que su juicio destaque las mejores creaciones. Se editan poemas en inglés y francés. La editorial Porrúa propone reimprimir íntegramente sus escritos, pero Torres Bodet entrega una selección de Obras escogidas. Este volumen tiene una sección dedicada a la poesía, con algunos ejemplos de su inspiración juvenil que dejan el lugar principal a los libros posteriores a Destierro. El único escrito autobiográfico ya publicado en su totalidad, Tiempo de arena, se conserva fielmente y antecede a la antología de crítica literaria, ensayos y sus discursos predilectos. Ese género de la escritura, el discurso, lo acompaña también durante el lapso de 1958 a 1964. Con la certeza de que no volverá a ocupar empleos oficiales, en 1965 conviene con la editorial Porrúa la edición de Discursos desde 1943 hasta 1964, que corresponden al periodo preeminente de su vida pública. Tienen cabida setenta y cuatro textos, redactados en su última gestión, referidos a asuntos educativos. En los numerosos escritos, los valores morales, la disciplina de servicio, las necesidades del pueblo y la esencial misión del maestro y sus enseñanzas, constituyen reiterados, insistentes temas que, sin excepción, destacan por un estilo y tono singulares, con su inconmovible voz de poeta.

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Capítulo VI. Años finales (1965-1974) Como inventé el nacer, la muerte invento y, sin otro epitafio que el olvido, a la nada me erijo en monumento.94 Jaime Torres Bodet

Sólo en una ocasión, cuando Miguel Alemán Valdés sucede a Manuel Ávila Camacho, permanece Jaime Torres Bodet en el gabinete presidencial. Su responsabilidad en la Secretaría de Educación Pública no es confirmada por Gustavo Díaz Ordaz, quien tampoco le confía otro cargo. Ni pretensiones ni ofertas valederas sobreviven al 30 de noviembre de 1958 para anudar eslabones de una vida encadenada al servicio público. Don Jaime se despide de la dependencia, seis años mayor que el día de su ilusionado regreso. Tiene sesenta y dos años. Para los hombres de su generación esa edad representa la etapa de plena vejez, en la cual se vislumbra el término de la vida. Más de la mitad de sus compañeros, los Contemporáneos, ha fallecido en horas anteriores: Jorge Cuesta a los treinta y nueve años, por su propia decisión; Enrique González Rojo, con cuarenta; Xavier Villaurrutia, poco antes de cumplir cuarenta y ocho; Gilberto Owen, también de cuarenta y ocho años; Bernardo Ortiz de Montellano sólo sobrepasa los cincuenta. Todavía viven Carlos Pellicer —el mayor de todos—, José Gorostiza y Salvador Novo. Cuando Torres Bodet llega desempleado a su casa resiente la libertad no deseada, la falta de responsabilidades y el descanso impuesto por desocupaciones y desventuras. Contra ello ha batallado siempre y está dispuesto a vencer. No desdeña la respuesta que ha dado a Alfonso Caso, al preguntarle éste lo que piensa hacer después de su renuncia como ministro. De inmediato contesta que buscará la compañía de un amigo de juventud, a quien no ve desde tiempo atrás. Caso pregunta de quién se trata, y él dice que recuerda muy bien su nombre: se llama Jaime Torres Bodet.95

El retorno a la vida común, después de más de cuatro décadas de afrontar jornadas intensas, lo conduce a su propio ser. La vanidad acumulada en altas jerarquías y distinciones lo acompaña, y está resguardada también en la intimidad. Su nuevo propósito inmediato —además de recobrar la compañía del joven amigo y sin olvidar sus lecciones en El Colegio Nacional— es una aspiración central, de hombre mayor: evocar, recontar su pasado. Impone su orden, las disciplinas personales, el dominio sobre el mundo minúsculo de su casa  —construida veintiún años antes, en un amplio predio de las Lomas de Virreyes. Él y Josefina edifican una biblioteca adicional de una Alejado del servicio público, Torres Bodet se dedicó a escribir planta, al extremo del jardín, y un sus memorias, impartir conferencias y a responder su abundante correspondencia. Fotografía de Ricardo Salazar. espacio para conservar la memoria c. 1965 documental de su vida. Se convierte ese territorio en un despacho, en sitio de trabajo. A Orpha Garrido, su leal secretaria, le determina horarios, obligaciones cotidianas conforme a los hábitos aprendidos en oficinas, para transcribir textos y preparar correspondencia. Dar continuidad a solicitudes y cartas recibidas constituye una tarea a cumplir sin retraso. Jaime Torres Bodet sabe que está preparado para ese momento. La honradez demostrada en sus empleos —convertida en fama pública— y su inexistente ambición por la riqueza, no contradicen una magnífica condición económica, nacida de muy buenos sueldos, para mantener una vida suficiente y cómoda. Obtiene del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales para los Trabajadores del Estado una pensión diaria de $435.00 por más de treinta años de servicios, cantidad equivalente a veinte salarios mínimos del Distrito Federal. Recibe honorarios en El Colegio Nacional, y con sus 168

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

ahorros y una inversión inmobiliaria suma ingresos correspondientes a la más alta clase media. Sus testimonios escritos no dejan de mostrar, en varias ocasiones, su melancolía: “mi existencia ha ido ganando en sombra y serenidad lo que perdió en ruido y esplendor”.96 Por otra parte exalta cualidades propias de la edad mayor, como la paciencia y la humildad. Propone un remedio para los obstáculos del egoísmo y del orgullo: abandonarlos al convertir “cada mañana en una cátedra de modestia”.97 Procura entonces, con los valores que lo constituyen, emprender un nuevo camino. Convencido de que se vive para los otros y por los otros, confirma la decisión de entregar en sus memorias el relato de lo que hizo, de lo que trató de realizar. En 1953 había publicado Tiempo de arena, su primer volumen autobiográfico, referido a la infancia y juventud hasta el final del año 1931. Sin continuidad, modifica el sentido, la cronología y las etapas de sus memorias. Dará cuenta únicamente de su vida pública a partir de su primer encargo

Su casa en Lomas de Virreyes, en Güemes no. 326, donde vivió con su esposa desde los años cuarenta.

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como secretario de Educación, en diciembre de 1943. Y su término definitivo estará unido a la conclusión de la presidencia de Adolfo López Mateos. Ese enfoque —distante de los relatos confidenciales, de vivencias personales y su desarrollo— describe a Torres Bodet. Guarda para sí, oculta a todos, pasiones, ensueños, acontecimientos que, sólo en algunas ocasiones, son materia de sus poemas. Su inflexible objetivo, la misión de su vida, es constituirse en protagonista, partícipe de las instituciones. Así, su presencia biográfica no existe en medianos cargos públicos, subordinados a jerarquías superiores; ni siquiera como subsecretario. Los dos decenios de relevante presencia, tanto en el gobierno mexicano como en la creación y dirección de organismos internacionales, justifican que la alforja de Jaime Torres Bodet contenga hechos memorables. Decide, por ello, escribir el primer volumen de sus Memorias, Años contra el tiempo, referido a su colaboración con el presidente Ávila Camacho. A un amigo que vive en París le explica el sentimiento que lo acompaña en su reencuentro con el pasado: Por mi parte, vivo también entre recuerdos y fantasmas. Es decir: trato a mi modo de revivirlos y reencarnarlos. Estoy escribiendo largas páginas de memorias que

acaso nadie leerá, pero que constituyen para mí una nueva forma de vida, desinteresada y no exenta de encanto. 98

Las actividades de don Jaime para ordenar lo cotidiano, la autobiografía y la apreciación literaria, transitan sin retraso. Permanecen costumbres habituales y formas recientes para dar sentido a la vida. Simultáneamente, en 1965 la salud del ex secretario de Estado se altera. La edad, las fragilidades físicas y enfermedades anteriores contribuyen a abrir la puerta a un padecimiento mayor, severo. Un médico especialista le diagnostica cáncer en el colon. Confirma con ello la necesidad de practicar una intervención quirúrgica que, a pesar de la gravedad del mal, ha sido exitosa en varias ocasiones. El enfermo oculta sus sentimientos por la noticia. Procura demostrar entereza sin reproche y expresa una conformidad por el tratamiento médico propuesto. En su interior, sin embargo, sobre lleva dolor, zozobra, desconsuelo. Poco tiempo después de ese suceso, Jaime Torres Bodet redacta un texto incomparable. Relata los acontecimientos anteriores y confiesa su reacción: 170

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

Me quedo solo frente a mi angustia. Voy a tener que esconderla a los seres que me

rodean. Me juzgan frío y voluntarioso. Yo mismo no creía conservar tanto amor por la

existencia. Y he aquí que la idea de abandonarla, tal vez muy pronto, me llena de des-

concierto. Hasta las expresiones de que me sirvo delatan mi malestar. ¿Qué significa, en efecto, esa frase: abandonar la existencia? Cuando muera, no seré yo, por cierto, quien la abandone, sino ella la que me arrojará de su torbellino.

[…] Me irrita la alegría, la salud y la fuerza de los demás. Todos ellos tienen pro-

yectos. Van a ver a sus amistades; llaman por teléfono para averiguar si la hora de esta o aquella cita no se ha alterado. Sonreirán de cosas que ya no comprendo ahora.

Hablarán de asuntos que, para siempre, ya no me afectan. Cada sonrisa que se dibuje en sus labios y cada palabra que digan los alejará —aunque no lo quieran— de la pobre inquietud humana en que me debato.99

El escrito íntimo muestra la presencia permanente de su soledad; el reconocimiento de la existencia, aparentemente afortunada, que encierra una terrible derrota. En las líneas del texto descubre su extrema transformación: el temor a la muerte tan próxima, a transcurrir sobre días finales, y el disimulo constante de hallarse ante un abismo y aparentar fortaleza, que se escapa a cada momento. Afirma su amor a la vida y la creencia de ser únicamente una gota del inmenso río de la humanidad. Con el dolor y su discreción a cuestas, Torres Bodet oculta sus padecimientos, prosigue sus labores. El futuro se aclara: el especialista extirpa el tumor con buenos resultados. Su paciente ya no espera la muerte inmediata, aunque el renacimiento de ese tipo de cáncer no se evita definitivamente. Debe advertirse cualquier malformación celular e impedir su evolución. Se obtiene un salvoconducto provisional. ¿Cómo será el provenir? Los amigos desconocen, salvo el doctor Raoul Fournier seguramente, la presencia de la enfermedad, los tratamientos utilizados y el real estado de salud de Torres Bodet. En su columna semanal “Cartas a un amigo”, Salvador Novo, tan próximo a él, divulga sus propias explicaciones. El 21 de agosto de 1965 escribe que Jaime no ha podido llevar a cabo un viaje a Italia por padecer de divertículos. Después, a los ocho meses, el 30 de abril de 1966, sabe que tuvo un accidente en la biblioteca de su casa; de manera “absurda […] al coger un libro, se rompió un hueso importante, y tuvo que permanecer por semanas en silla de ruedas”.100 El sigilo prometido tal vez desvía la verdad. 171

Los ex colaboradores de Torres Bodet, curiosos de su vida pública y admiradores de su obra literaria se acercan a él, cada uno en la medida en que lo permite el reservado interlocutor, y conforman un ámbito cordial y generoso. A algunos de ellos se les ocurre editar un pequeño libro, Jaime Torres Bodet en quince semblanzas, cuyo propósito es describirlo, expresar sus juicios sobre él. Esos textos, tal vez creados para halagar a quien fue el jefe, representan un ánimo leal de reconocimiento y objetiva valoración. Los cursos de El Colegio Nacional sostienen una parte de la regularidad pretendida. Son oportunos y honestos. Confirman la presencia del hombre de letras, de su talento intacto, de su visión certera en el análisis y comprensión de ejemplares maestros. Consecuencia del interés de Torres Bodet durante su vida, a partir de la adolescencia, de parciales redacciones y anhelos, las conferencias que ofrece se transforman de inmediato en libros. En ese año de 1965, desde el mes de abril, principian sus diez pláticas sobre la vida y obra de León Tolstoi y su preferida editorial, Porrúa, las presenta en un volumen a finales del año. José Emilio Pacheco explica esta parcela literaria:

Torres Bodet en la biblioteca de su casa. c. 1970

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Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

Torres Bodet entiende la crítica como un acto generoso que sirva para enriquecer la visión propia del espectador o el lector ante la obra […] Sus ensayos —de manera especial los que consagró a los novelistas del siglo XIX— se vierten en una de las más bellas prosas que se han escrito en nuestro país.101

Sin interrupción, sus textos analizan características y peculiaridades de emblemáticos narradores, poetas y pintores. Al año siguiente, en 1966, orienta su atención hacia Rubén Darío, poeta preeminente e innovador, cuya evolución creativa enriquece tendencias y expresiones con evidentes claroscuros, para el nuevo juzgador. Doce conferencias, del 10 de junio al 19 de julio, anteceden la publicación de la obra Rubén Darío. Abismo y cima, editada por la Universidad Nacional Autónoma de México con el Fondo de Cultura Económica. Don Jaime concluye la revisión de sus autores predilectos. Utiliza los cursos de los dos siguientes años, 1967 y 1968, para Marcel Proust y Enrique González Martínez, respectivamente, aunque éste aparece acompañado por Manuel José Othón. Cubre el saldo final de una actitud de vida, un itinerario constante de goces, reflexiones y admiración. De esos dos cursos únicamente el primero desemboca en una obra editorial, nuevamente de Porrúa, con el título Tiempo y memoria en la obra de Proust. El libro será la postrera aportación crítica de Jaime Torres Bodet. La redacción de sus memorias modifica los temas de las conferencias en El Colegio Nacional. Abandona el universo literario o pictórico, para exponer desde 1969 hasta 1973, cinco cursos referidos a tramos de su biografía. Inicia esta etapa con “Apuntes de mi vida. Primera serie” y le da fin con sus testimonios durante la Segunda Guerra Mundial. El escritor disfruta de sus textos, del inteligente discurso que aún mantiene y de sus cualidades intactas. A fines de 1966 Agustín Yáñez, secretario de Educación Pública, comunica a don Jaime que ha obtenido el Premio Nacional de Literatura. Sin recordar nadie la conseja de “lo que uno da, uno recibe”, el gobierno federal lo honra con una distinción ideada por él, en el año de 1945.102 Al mismo tiempo premian a David Alfaro Siqueiros, en la rama de Artes, y a Arturo Rosenblueth en Ciencias, ya que el reconocimiento se ha modificado para abarcar los tres géneros. De inmediato Torres Bodet responde entrevistas y declara al diario Excélsior que los escritores deben orientar su labor, en 173

ese momento, hacia el mejoramiento del pueblo, quien es testigo, juez y principal destinatario de la misión intelectual. Reitera su habitual expresión acerca de la intensa responsabilidad de los escritores, al dirigir su libertad, su actividad para beneficio de sus semejantes. El premio es un estímulo muy importante para Jaime Torres Bodet. Se le han otorgado doctorados honoris causa, en instituciones mexicanas y del extranjero, por su voluntad en el desarrollo educativo del país o en la convivencia internacional, pero hasta ese momento no había recibido un reconocimiento de la República. En los valores personales y en la conducta de don Jaime sobresale el respeto y admiración por las instituciones patrias y, en primer término, por el titular del poder ejecutivo. Además, la distinción contiene otra causa excepcional: por vez primera enaltece al hombre de letras, no al funcionario público. Jaime Torres Bodet es un poeta. La poesía constituye su vocación esencial, la disposición de sus cualidades y su voz perdurable. Desde el temprano entusiasmo en la adolescencia, la fecundidad de sus obras juveniles y hasta la aparición del Trébol de Cuatro Hojas, a pesar de varios silencios prolongados, él escribe, ejercita y da sentido a su talento lírico. En la época primera, sus poemas reciben elogios y una aceptación popular, que excede al breve ámbito intelectual, académico. Conforme evoluciona y alcanza una madurez singular, a partir de Cripta, se disminuyen los reconocimientos. La preeminencia pública del autor arrincona, al Torres Bodet recibió muchos reconocimientos en el extranjero. Aquí, igual que las constantes interrupel rector de la Sorbona le entrega las insignias de Doctor Honoris ciones, los juicios críticos. Octavio Causa de la Universidad de París, diciembre de 1951. Paz, en años muy posteriores a las 174

Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

creaciones de Torres Bodet, advierte que “la poesía es el corazón de su obra literaria” y afirma:

En sus momentos más intensos y puros, la poesía de Torres Bodet alcanza una suerte de transparencia diamantina y en esa transparencia reside, justamente, su virtud más

alta y su más obvia limitación. Él lo sabía y sabía, asimismo, que la estética del dia-

mante es una cárcel: para escapar, tenía que romper con él mismo y con su moral. No se atrevió.103

Como se advierte en esta cita, para Octavio Paz la falta de audacia re-  duce el “indiscutible talento crítico” de don Jaime. Su moral y su estética efectivamente se oponen a la libertad, al desenfado de sus compañeros de generación. Él representa la moderación, cuya expresión no contraría el análisis, el juicio inteligente de su prosa que se ahonda más en la descripción, en la explicación, que en el ánimo de juzgar. La extensa obra crítica de Torres Bodet se basa en la claridad. En sus novelas y cuentos, su moderación no es estética. Emplea formas vanguardistas, presentes y aun se anticipa a muchos, con textos sintéticos, intimistas, metafóricos e intencionadamente oscuros. La contención es de carácter moral. Se demuestra en los argumentos, en la descripción de situaciones y personajes con finales dispuestos a ofrecer una lección. Un convencimiento propio vulnera su obra: Torres Bodet escribe novelas con una discreta pretensión, casi adolescente, de parecerse a sus contemporáneos, a los hombres de letras que transitan la ficción durante los años veinte. Entiende que la poesía es su forma de ser y concluye, sin demora, su incursión en territorios que considera inhóspitos, en los cuales no advierte  la clara resonancia de su voz y, con una actitud crítica, da vuelta a la última página de su libro narrativo. Jaime Torres Bodet declara, en varias ocasiones próximas a la recepción del Premio Nacional de Literatura, que su obra de escritor es un aliento y una compensación. Con el primer estímulo halla una mayor comprensión de sí mismo. Por su parte, la recompensa está contenida en sus escritos, fieles a su vocación de joven y leales a un carácter adolescente, al aprendizaje sin fin. La claridad de los textos es, como he mencionado, una aspiración constante de don Jaime, quien prefiere extremar las explicaciones y las ideas en favor del cabal entendimiento; con esa finalidad contempla un tema desde 175

varias perspectivas, aunque la reiteración sea excesiva. Se considera como un hombre de buena fe, comprometido con las acciones, tareas y propósitos que emprende. El retrato que tiene de sí mismo se complementa con la visión externa. Los observadores cercanos, ocasionales, afines o distantes, resaltan la inteligencia superior de don Jaime; coinciden en que es una magnífica persona, culto, perfeccionista y muy bondadoso. Alejado de la ambición del poder para obtener riquezas, tampoco es un ser político sino, como lo califica Alfonso Caso, un servidor público. Son memorables su invariable reconocimiento a las cualidades ajenas, el convencimiento obsesivo por el valor de la educación y el respeto hacia los humildes. Por su parte, los propósitos de los Torres Bodet son semejantes, desde 1967, a los de las parejas acomodadas de su edad —él de sesenta y cinco años y ella de sesenta y uno. Sobrepasada la angustia del padecimiento letal, recuperada la entereza de un hombre mayor, mantienen una vida sin sobresaltos. Celebran cumpleaños, distinciones y onomásticos. Viajan a ciudades

Josefina y Jaime, ya mayores, continuaron recorriendo el mundo pero sin deberes oficiales. En la imagen, en Italia. c. 1970

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Jaime Torres Bodet • Realidad y Destino

Torres Bodet (a la izquierda de la imagen) acompañado de Martín Luis Guzmán, presidente de la Comisión de Postulaciones del Senado. Ambos colaboraron estrechamente en la creación de los libros de texto gratuitos. Aquí, en la entrega de la medalla Belisario Domínguez a Torres Bodet, octubre de 1971.

predilectas, amadas, y aventuran estancias y recorridos novedosos. La redacción de las Memorias perdura como la actividad indispensable de él. No la abandona, salvo en ausencias breves que prevé cuidadosamente. Cada domingo convoca a Arturo Arnáiz y Freig, Raoul Fournier, Marte R. Gómez y Rafael Solana para leerles los textos alcanzados durante la semana y pedir sus consejos. Ese año, Torres Bodet publica una antología de sus poemas en una bella edición de Finisterre que él costea. Las intervenciones quirúrgicas constituyen la temida alteración, posiblemente causadas por la reaparición del cáncer. Lo operan en noviembre de ese año, y el alivio tarda casi dos meses; a finales de diciembre le escribe a Alfonso Garza: “en lo que concierne a mi salud, me encuentro en un período de recuperación. Y espero que, dentro de unas dos semanas, podré reanudar mi trabajo habitual”.104 1968 es un periodo más venturoso. Salvo otra operación en abril, de la cual se recupera rápidamente, ya no sufre enfermedades serias. Al cumplirse cincuenta años de la publicación de su obra inicial, Fervor, El Colegio Nacional 177

celebra la reedición del poemario y realiza una ceremonia de reconocimiento al autor. A fines del año se lleva a cabo un homenaje similar en la Biblioteca Nacional. Como acostumbran, los Torres Bodet viajan a París en el verano y establecen el hábito de visitar Italia. También recorren ciudades de Portugal y de la Gran Bretaña. Durante el siguiente año, don Jaime recibe la publicación del volumen inicial de sus Memorias, Años contra el tiempo. La realización de su último propósito empieza a nacer en las páginas de ese libro editado por Porrúa. Su vida pública sobrepasa la aridez del relato administrativo con los recuerdos, la descripción de las situaciones y la apreciación sobre cada persona. Es un texto tenaz, fundado en el acatamiento de sus obligaciones. Don Jaime y doña Josefina anticipan ese acontecimiento y en el mes de julio viajan alrededor del mundo. Al año siguiente, en 1970, la buena salud lo acompaña y se publica la segunda parte de sus Memorias, La victoria sin alas, referida a los años en que ocupa el cargo de secretario de Relaciones Exteriores, 1947 y 1948. En 1971 los viajes continúan y aparece el tercer tomo de las Memorias, El desierto internacional, que comprende su desventurado mandato en la UNESCO de 1948 a 1952. En octubre, obtiene la distinción de la medalla Belisario Domínguez. El Senado de la República se la otorga por sus excepcionales obras en la función pública, de las cuales destacan la campaña contra el analfabetismo, la capacitación del magisterio, la redacción del artículo tercero, el Plan de Once Años, la creación del Museo Nacional de Antropología y el establecimiento de los libros de texto gratuitos. La ceremonia de premiación es escueta, breve, conforme al protocolo y don Jaime, al expresar su agradecimiento, pronuncia un discurso discreto,  institucional. En una carta dirigida a Alicia Aldaya el 18 de julio de 1972, Jaime Torres Bodet relata sus vicisitudes, un magnífico viaje y un inesperado mal: Parece que adivinó nuestro regreso. En efecto, casi al volver a México recibí su amable

carta del 12 de julio. Pasamos esta vez una semana en Salzburgo y en el Tirol, tres

días en Viena, cuatro en Venecia, seis en la región de los lagos del norte de Italia, con

base en Cernobbio, una semana en Roma y más de 18 días en Francia. El viaje me sirvió de descanso, pero pesqué una bronquitis en París —hacía en pleno junio, un frío invernal— y todavía no me deshago de ella.105 178

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Josefina y Jaime Torres Bodet después de la entrega de la medalla Belisario Domínguez, octubre de 1971.

Al regresar a México recibe el volumen último de las Memorias, La tierra prometida, que recuerda su colaboración en el gobierno del presidente Adolfo López Mateos. Los cuatro libros de la autobiografía se publican anualmente desde 1969. Sin diferencias notables, su número de páginas es semejante y los temarios explican el contenido de cada capítulo. Un índice onomástico los complementa y el acierto de sus títulos, metafóricos y poéticos, suscita el interés de los posibles lectores. La tierra prometida incluye, en adición al recorrido de la etapa evocada, sus sentimientos al momento de la redacción y la apreciación postrera de sus acciones. El libro de texto gratuito ocupa un sitio esencial en sus evocaciones:

Aunque han pasado los años, los libros gratuitos siguen distribuyéndose. No me hago, a este respecto, ilusión alguna. Lo sé muy bien: quienes reciben esos volúmenes ignoran

hasta el nombre del funcionario que concibió la idea de que el gobierno se los donase. No obstante, cuando —al pasar por la calle de alguna ciudad de México— encuentro a

un niño, con sus libros de texto bajo el brazo, siento que algo mío va caminando con él.106 179

Al cumplir esa obligación, que durante ocho años ha dado sentido a su vida, Jaime Torres Bodet se enfrenta a la interrogante de la siguiente labor creativa. Decide concluir sus memorias con la etapa excluida hasta ese momento: el intermedio entre el final de Tiempo de arena y el principio de Años contra el tiempo, del verano de 1930 a fines de 1940. Es el elemento omitido de la obra plena. Con su tenacidad habitual, con su anhelo de no fallar en sus compromisos, prepara la redacción de Equinoccio.

La vida de don Jaime transcurre callada, discretamente. Su existencia es una obra de relojería: sus hábitos, los acontecimientos previstos, el cotidiano empeño de los dictados y correcciones de textos, y el disfrute de viajes, están fijados con horarios precisos. Paulatinamente, las limitaciones de la vejez socavan su energía física. A mediados de 1973 Salvador Novo relata, en su columna semanal, que al hallarse en una reunión con amigos de edad

Para Torres Bodet, los años en la Secretaría de Educación Pública representaron su más dichosa labor como funcionario público.

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semejante a la suya, percibe “que [los] invadía una tácita, resignada consciencia del fin absolutamente final”.107 La tristeza descrita no puede considerarse un augurio, pues las vidas de los dos amigos han tenido enormes diferencias. Al final de ese año don Jaime se enferma y sus padecimientos lo abaten durante varios meses. El 27 de abril de 1974 manda una carta a su amigo Eduardo Avilés Ramírez en la cual afirma que aún no recupera su salud. Sufre neuritis y casi no puede caminar, aunque continúa escribiendo y le promete un ejemplar de su siguiente libro, el último de sus memorias.108 Doce días después, el jueves 9 de mayo, entrega a la editorial Porrúa las últimas pruebas corregidas personalmente, que constituyen la autorización para imprimir Equinoccio. Finaliza el recuerdo íntegro de su pasado. Contempla el vacío que queda a su alrededor al entregar el volumen extra de sus memorias. No ha decidido otro proyecto, ni comprometido sus siguientes días en ensayo alguno o discurso de cualquier índole. El dolor producido por sus enfermedades lo acompaña, lo acosa, incansablemente. Su último padecimiento lo convierte casi en un inválido. Transcurre el fin de semana, sin la reunión de los amigos que opinan sobre sus textos. Jaime Torres Bodet tiene las manos vacías; ya no conserva en la caja fuerte ninguna cuartilla novedosa y el lunes 13 escribe una nota final, en la cual advierte el significado de su decisión postrera: Ha llegado el momento en el cual no puedo fingir, a causa de mis enfermedades, que sigo viviendo, en espera, día a día, de la muerte. Prefiero ir a su encuentro y hacerlo oportunamente.

No quiero ser molesto ni inspirar piedad a nadie. He cumplido mi deber hasta el último momento. 109

Don Jaime come con su esposa. Conversan respecto del viaje siguiente a Europa y después él se levanta porque tiene una cita médica. Pasa a su biblioteca; coloca la nota de despedida sobre un libro de anotaciones, en una pequeña mesa, y decide sentarse ante su escritorio, el lugar predilecto de trabajo, en el cual están colocadas las fotografías de su madre y de su esposa. Jaime Torres Bodet empuña un revolver y lo acciona en el interior de su boca. 181

EPÍLOGO

La disposición de los elementos vitales de Jaime Torres Bodet conspiró contra él. En primer término, la sucesión de enfermedades que, resguardadas por la discreción, no han sido conocidas y descritas (aunque los tropiezos, los tratamientos a los que se enfrentó durante nueve años integran una cadena de aflicción y sufrimientos, cuyas consecuencias lo baldaron). Esa precariedad lo condujo, en segundo lugar, a depender de la atención de personas que él no deseaba agobiar, tal como lo expresó en su nota póstuma. La consideración tercera se relaciona con su inconmovible sentido del deber: completado el relato de su vida, comprendió la inutilidad de nuevos propósitos y confirmó, cuatro días antes de su muerte, el inexorable cumplimiento de sus obligaciones. El dolor —que también causaba a otros—, la invalidez y la conclusión de sus tareas estuvieron presentes en la decisión final. Así lo entendió Rubén Bonifaz Nuño: “para explicarnos su muerte y la manera de su muerte, comenzamos a procurar explicarnos su vida y el modo de su vida. Porque el sentido de su vida y su muerte tenía que ser, por absoluta necesidad, uno mismo”.110 Los diarios de la Ciudad de México destacaron, el 14 de mayo de 1974, la noticia del suicidio de don Jaime; las circunstancias previas, la descripción del sitio y las reacciones de su esposa ante el dramático acontecimiento. Los familiares, los amigos de la pareja, al enterarse, acudieron a la casa de las Lomas de Virreyes, sorprendidos, consternados o abatidos, para acompañar a la viuda.

El hecho se divulgó rápidamente en las dependencias públicas. Como habitualmente acontece ante la pérdida de un hombre destacado, se extendieron reacciones de pesar o de indiferencia sobre la vida de Torres Bodet. En forma singular, el presidente de la República, Luis Echeverría Álvarez, dispuso que la inhumación fuera directamente en la Rotonda de los Hombres Ilustres del panteón de Dolores. Es el reconocimiento más importante que otorga el gobierno mexicano. El acto luctuoso sucedió el mismo 14 de mayo por mandato presidencial. Todo trámite se cumplió de inmediato y en el transcurso de un solo día sucedieron condolencias, honores y exequias. Efectivamente, el féretro quedó expuesto en el Palacio de Bellas Artes durante la mañana de ese martes, para dar principio a las ceremonias en el recinto destinado a los artistas e intelectuales más destacados del país. Ahí se llevó a cabo el homenaje de la Secretaría de Educación Pública. Al mediodía se trasladó el cuerpo a la otra dependencia que había sido dirigida por él, la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Al día siguiente de su muerte, se organizó un homenaje en el Palacio de Bellas Artes, 14 de mayo de 1974.

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El sobrio ataúd, de color gris metálico y sin adornos, estaba cubierto por la bandera nacional y llegó a las puertas del panteón antes de las cinco de la tarde. Desde la entrada de la avenida Constituyentes hasta el centro de la Rotonda, cadetes del Colegio Militar —que con su aspecto hacían recordar la etapa juvenil de Torres Bodet— formaron una valla, resguardándolo. Ante la presencia de Luis Echeverría, el secretario del Trabajo y Previsión Social, Porfirio Muñoz Ledo, ex colaborador cercano y amigo de don Jaime, pronunció el discurso oficial en el cual definió el significado del pesar de la República, así como los valores y características del difunto funcionario. Las instituciones académicas a las cuales perteneció, por la voz de sus representantes —Antonio Castro Leal de El Colegio Nacional y Agustín Yáñez, presidente de la Academia Mexicana de la Lengua— expresaron su duelo. Después, el féretro se depositó en el lugar previsto, a la derecha de la tumba de David Alfaro Siqueiros, y concluyó así el postrer homenaje. El altivo sitio, con un ocupante más, quedó en silencio. Merecido destino del hombre que quiso ser, de múltiples maneras, en forma incesante, y tuvo que rendirse al final. Como él lo expresó: Nadie sonríe al presentarse al juicio definitivo. Aunque siempre queda un consuelo. Para quien persistió sin descanso, acaso la tumba sea el perdón de la tierra prometida.111

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Notas

CAPÍTULO I 1. 2. 3. 4. 5. 6.

7. 8. 9. 10. 11. 12. 13. 14.

15.

Jaime Torres Bodet, segundo soneto de “Nocturno”, en Sonetos. Recopilado en Obra poética. México, Porrúa, 1983, tomo II, p. 175. Arturo González Cosío, “Clases y estratos sociales”, en México. Cincuenta años de Revolución. Tomo II: La vida social. México, Fondo de Cultura Económica, 1961, p. 55. Alberto del Castillo Troncoso, “Imágenes y representaciones de la niñez en México a principios del siglo XX”, en Historia de la vida cotidiana en México. Tomo V, vol. 2: Siglo XX. La imagen, ¿espejo de la vida? México, Fondo de Cultura Económica/El Colegio de México, 2004, p. 88. Archivo del Registro Civil del Distrito Federal. Acta de defunción de Mario Torres Bodet. Libro 670, foja 304, año 1908. Elena Poniatowska, “Las enseñanzas de Torres Bodet”, en La Jornada. México, 5 mayo 2002. Jaime Torres Bodet, Tiempo de arena, en Obras escogidas. México, Fondo de Cultura Económica, 1961, p. 208. Ibid., p. 308. Ibid., p. 219. Ibid., p. 214. Ibid., p. 241. Salvador Novo, La vida en México en el periodo presidencial de Miguel Alemán. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1994, p. 296. Ibid., p. 294. AHUNAM. Fondo Escuela Nacional de Jurisprudencia. Relación de exámenes parciales. Exp. 31, f. 133. José Joaquín Blanco, “La juventud de Contemporáneos”, en Crónica literaria. Un siglo de escritores mexicanos. México, Cal y Arena, 1996, p. 163. Salvador Novo, La vida en México en el periodo presidencial de Adolfo Ruiz Cortines. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1996, tomo 1, p. 435.

16. Salvador Novo, La vida en México en el periodo presidencial de Manuel Ávila Camacho. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1994, p. 175. 17. Jaime Torres Bodet, Tiempo de arena. Op. cit., p. 262. 18. José Joaquín Blanco, op. cit., p. 161. 19. José Vasconcelos, La tormenta en Memorias. México, Fondo de Cultura Económica, 1982, vol. 1, pp. 940-945; apud. Javier Garciadiego, “Vasconcelos y la refundación”, en Revista de la Universidad de México. México, núm. 79, septiembre 2010, p. 31. 20. José Vasconcelos, El desastre. México, Trillas, 2000, p. 88. 21. Ibid., p. 62. 22. Jaime Torres Bodet, Tiempo de arena. Op. cit., p. 280. 23. Guillermo Sheridan, Los contemporáneos ayer. México, Fondo de Cultura Económica, 2003, p. 67. 24. Emmanuel Carballo, “La poesía adolescente de Torres Bodet”, en Notas de un francotirador. México, Instituto Politécnico Nacional/SOGERN, 1996, p. 180. 25. Xavier Villaurrutia, “Los días de Jaime Torres Bodet”, en Obras. Poesía/ Teatro/Prosas varias/Crítica. México, Fondo de Cultura Económica, 1966, p. 842. 26. Xavier Villaurrutia, “La poesía de los jóvenes de México”, en Obras. Poesía/ Teatro/Prosas varias/Crítica. México, Fondo de Cultura Económica, 1966, p. 828. 27. Jaime Torres Bodet, “Retórica”, en Poemas. Recopilado en Obra poética. México, Porrúa, 1983, tomo I, p. 242. 28. Ibid., tomo I, p. 287.

CAPÍTULO II 29. Jaime Torres Bodet, “Nocturno mar. Evocación de Xavier Villaurrutia”, en Trébol de cuatro hojas. Recopilado en Obra poética. México, Porrúa, 1983, tomo II, p. 345. 30. Xavier Villaurrutia, “La poesía de los jóvenes de México”. Op. cit., p. 828. 188

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31. José Alvarado, “Laberinto. La medalla a Jaime Torres Bodet”, en Excélsior, 6 de octubre de 1971, p. 7a. 32. Jaime Torres Bodet a Josefina Juárez. Carta de 24 de julio de 1922. AHUNAM. Fondo Jaime Torres Bodet. Epistolario privado. Caja 1, exp. 1. 33. Jaime Torres Bodet a Josefina Juárez. Carta de 20 de noviembre de 1922. AHUNAM. Fondo Jaime Torres Bodet. Epistolario privado. Caja 1, exp. 1. 34. Josefina Juárez a Jaime Torres Bodet. Carta de 28 de septiembre de 1926. AHUNAM. Fondo Jaime Torres Bodet. Epistolario privado. Caja 1, exp. 2. 35. Josefina Juárez a Jaime Torres Bodet. Carta de 30 de septiembre de 1926. AHUNAM. Fondo Jaime Torres Bodet. Epistolario privado. Caja 1, exp. 2. 36. Josefina Juárez a Jaime Torres Bodet. Carta de 2 de octubre de 1926. AHUNAM. Fondo Jaime Torres Bodet. Epistolario privado. Caja 1, exp. 2. 37. Jaime Torres Bodet a Josefina Juárez. Carta de 24 de octubre de 1934. AHUNAM. Fondo Jaime Torres Bodet. Epistolario privado. Caja 1, exp. 4. 38. Jaime Torres Bodet a Josefina Juárez. Carta de 13 de agosto de 1939. AHUNAM. Fondo Jaime Torres Bodet. Epistolario privado. Caja 1, exp. 7. 39. Jaime Torres Bodet a Josefina Juárez. Carta de 15 de agosto de 1939. AHUNAM. Fondo Jaime Torres Bodet. Epistolario privado. Caja 1, exp. 7. 40. Jaime Torres Bodet, Memorias. Equinoccio. México, Porrúa, 1974, p. 228. 41. Ibid., p. 143. 42. Jaime Torres Bodet, La cinta de plata. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1986, p. 91. 43. Ibid., p. 107. 44. Guillermo Sheridan, Los contemporáneos ayer. México, Fondo de Cultura Económica, 2003, pp. 184-5. 45. Rafael Solana, “Prólogo”, en Jaime Torres Bodet. Obra poética. Op.cit., tomo I, p. xvi. 46. José Gorostiza, Epistolario (1918-1940). México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1995, p. 138. 47. Jaime Torres Bodet, “Pórtico”, en Destierro. Recopilado en Obra poética. Op. cit., tomo II, p. 53. 48. Jaime Torres Bodet, “Dédalo”, en Cripta. Recopilado en Obra poética. Op. cit., tomo II, pp. 105-106.

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CAPÍTULO III 49. Jaime Torres Bodet, Memorias. Años contra el tiempo. México, Porrúa, 1969, p. 9. 50. Jaime Torres Bodet, “Continuidad” en Sonetos. Recopilado en Obra poética. México, Porrúa, 1983, tomo II, pp. 177-8. 51. Jaime Torres Bodet, Memorias. Años contra el tiempo. Op.cit., p. 33. 52. Ibid., p. 54-55. 53. Ibid., p. 164. 54. Ibid., p. 412. 55. Ibid., p. 228. 56. Leyes fundamentales de México, 1808-1957. Dirección y efemérides de Felipe Tena Ramírez. México, Porrúa, 1957, p. 818. 57. Jaime Torres Bodet, Memorias. Años contra el tiempo. Op.cit.. p. 333. 58. Jaime Torres Bodet, “Aspiraciones y meta de la educación mexicana”. Conferencia pronunciada en la sesión inaugural del Congreso de Unificación Magisterial. México, D.F., el 24 de diciembre de 1943. En Obras escogidas. México, Fondo de Cultura Económica, 1961, p. 930. 59. Salvador Novo, La vida en México en el periodo presidencial de Manuel Ávila Camacho. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1994, p. 391. 60. Jaime Torres Bodet, Memorias. Equinoccio. México, Porrúa, 1974, p. 324.

CAPÍTULO IV 61. Jaime Torres Bodet, “Muerte sin fin. Epístola a José Gorostiza”, en Trébol de cuatro hojas. Recopilado en Obra poética. México, Porrúa, 1983, tomo II, p. 341. 62. Jaime Torres Bodet, Memorias. La victoria sin alas. México, Porrúa, 1970, p. 51 63. Informe presidencial de Miguel Alemán de 1947, en Los presidentes de México ante la nación. Informes, manifiestos y documentos de 1821 a 1966. México, Cámara de Diputados: XLVI Legislatura, 1966, tomo III, p. 362. 190

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64. Pablo Neruda, Canto general. Bogotá, Carvajal, S.A., 1981, p. 185. Vid. Miguel Ángel Flores, “Neruda vs Jaime Torres Bodet: un episodio olvidado”, en Proceso, núm. 373, 26 de diciembre de 1983, p. 55. 65. Citado en Citlali Gutiérrez Javan, “Jaime Torres Bodet: escritor y diplomático. Su función como secretario de Relaciones Exteriores. Conferencias de Quitandinha y Bogotá”, tesis de licenciatura en Relaciones Internacionales. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2004, p. 152. 66. Jaime Torres Bodet a Josefina Juárez. Carta de 2 de abril de 1949. AHUNAM. Fondo Jaime Torres Bodet. Epistolario privado. Caja 1, exp. 10. 67. Jaime Torres Bodet a Josefina Juárez. Carta de 28 de marzo de 1951. AHUNAM. Fondo Jaime Torres Bodet. Epistolario privado. Caja 1, carp. 11. 68. Jaime Torres Bodet a Josefina Juárez. Carta de 24 de febrero de 1952. AHUNAM. Fondo Jaime Torres Bodet. Epistolario privado. Caja 2, carp. 12. 69. Rubén Bonifaz Nuño, “Discurso de homenaje al doctor Jaime Torres Bodet en la ceremonia solemne efectuada la noche del viernes 30 de abril de 1976” en Memorias de El Colegio Nacional. México, El Colegio Nacional, 1977 [Tomo VIII, año 1976, num. 3], p. 302. 70. Jaime Torres Bodet, “El escritor en su libertad”, en Obras escogidas. México, Fondo de Cultura Económica, 1961, p. 394. 71. Salvador Novo, La vida en México en el periodo presidencial de Adolfo Ruiz Cortines. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1996, tomo I, p. 88. 72. Jaime Torres Bodet a Josefina Juárez. Carta de 14 de marzo de 1954. AHUNAM. Fondo Jaime Torres Bodet. Epistolario privado. Caja 2, exp. 13. 73. Entrevista de Emmanuel Carballo a Jaime Torres Bodet en 1965. Citado en Emmanuel Carballo, “Jaime Torres Bodet” en Protagonistas de la literatura mexicana. México, Secretaría de Educación Pública, 1986, p. 272. 74. Jaime Torres Bodet a Josefina Juárez. Carta de 15-16 de agosto de 1956. AHUNAM. Fondo Jaime Torres Bodet. Epistolario privado. Caja 2, exp. 13. 75. Jaime Torres Bodet, “El doble exilio”, en Fronteras. Recopilado en Obra Poética. Op. cit., tomo II, p. 194. 76. Jaime Torres Bodet. “Dedicatoria”, en Sin tregua. Recopilado en Obra Poética. Op. cit., tomo II, p. 253. 77. Jaime Torres Bodet, “Nocturno mar. Evocación de Xavier Villaurrutia”, en Trébol de cuatro hojas. Recopilado en Obra poética. Op. cit., tomo II, p. 347. 191

CAPÍTULO V 78. Jaime Torres Bodet, “Pausa”, en Obra poética. México, Porrúa, 1983, tomo II, p. 353. 79. Jaime Torres Bodet, Memorias. La tierra prometida. México, Porrúa, 1972, p. 187. 80. Ibid., p. 218. 81. Citado en Valentina Torres Septién, “En busca de la modernidad. 19401960”, en Historia de la alfabetización y de la educación de adultos en México. Tomo III: El México de los grandes cambios. La época contemporánea. México, Secretaría de Educación Pública/El Colegio de México, 1994, p. 490. 82. Jaime Torres Bodet, Memorias. La tierra prometida. Op. cit., p. 251. 83. Jaime Torres Bodet, “Planes educativos, programas de estudio y textos escolares”. Discurso de 3 de febrero de 1944, recogido en Textos sobre educación. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1994, p. 359. 84. Juan Hernández Luna, La comisión nacional de los libros de texto gratuitos en el sexenio del presidente Adolfo López Mateos, 1959-1964. Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo/ Centro de Estudios sobre la Cultura Nicolaita, 1986, p. 24. 85. Jaime Torres Bodet, Memorias. La tierra prometida. Op. cit., p. 242. 86. Juan Hernández Luna, op. cit., pp. 130-137. 87. Ibid., p. 173. 88. Informe presidencial de Adolfo López Mateos, 1960, en Los presidentes de México ante la nación. Informes, manifiestos y documentos de 1821 a 1966. México, Cámara de Diputados: XLVI Legislatura, 1966, tomo IV, p. 731. 89. Ibid., p. 855. 90. Jaime Torres Bodet, Memorias. La tierra prometida. Op. cit., p. 383. 91. Ibid., p. 291. 92. Jaime Torres Bodet, Memorias. Años contra el tiempo. México, Porrúa, 1969, p. 273. 93. Octavio Paz, “Poeta secreto y hombre público: Jaime Torres Bodet”, en Rafael Olea Franco y Anthony Stanton (eds.), Los contemporáneos en el laberinto de la crítica. México, El Colegio de México: Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios, 1994, p. 4. 192

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CAPÍTULO VI 94. Jaime Torres Bodet, “Nocturno”, en Sonetos. Recopilado en Obra poética. México, Porrúa, 1983, p. 176. 95. Jaime Torres Bodet, Memorias. La tierra prometida. México, Porrúa, 1972, p. 411. 96. Ibid., pp. 415-416. 97. Elena Poniatowska, “Las enseñanzas de Torres Bodet”, en La Jornada. México, 5 mayo 2002. 98. Jaime Torres Bodet a Eduardo Avilés Ramírez. Carta de 21 de julio de 1967. AHUNAM, Fondo Jaime Torres Bodet. Archivo personal (AP-13). Caja 33, exp. 189. 99. Jaime Torres Bodet. “Moriturus…”, en Vuelta. México, D.F., núm. 210, mayo de 1994, p. 16. El maestro Guillermo Sheridan dio a conocer este insólito texto por la cesión que le otorgó el licenciado Jesús Juárez. Puede sugerirse que el propósito de Jaime Torres Bodet fue su divulgación. Se trata de una excepcional confesión de sus sentimientos y reacción ante la pérdida de la vida y el dolor y el desamparo ante su futuro. Es probable que haya condicionado su publicación hasta después de su fallecimiento o, simplemente, fue hallado en sus anotaciones íntimas. 100. Salvador Novo, La vida en México en el periodo presidencial de Gustavo Díaz Ordaz. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1998, tomo I, p. 150. 101. José Emilio Pacheco, “Jaime Torres Bodet ha llegado en los últimos años a un himno sobrio y dolorido que se nutre de la contemplación y la reflexión”, en La Cultura en México (complemento cultural de Siempre!), núm. 6, 28 de marzo de 1962, p. xv. 102. El general Ávila Camacho, entonces presidente de la República, acepta la propuesta de su cercano colaborador: seleccionar cada año a uno o varios intelectuales, artistas o científicos cuyo talento permanezca en obras excepcionales. 103. Octavio Paz, “Poeta secreto y hombre público: Jaime Torres Bodet”, en Rafael Olea Franco y Anthony Stanton (eds.), Los contemporáneos en el laberinto de la crítica. México, El Colegio de México: Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios, 1994, p. 5. 193

104. Jaime Torres Bodet a Alfonso Garza. Carta de 11 de diciembre de 1967. AHUNAM. Fondo Jaime Torres Bodet. Archivo personal (AP-37). Caja 33, exp. 191. 105. Jaime Torres Bodet a Alicia Aldaya. Carta de 18 de julio de 1972. AHUNAM. Fondo Jaime Torres Bodet. Archivo personal (AP-7). Caja 33, exp. 189. 106. Jaime Torres Bodet, Memorias. La tierra prometida. Op. cit., p. 249 107. Salvador Novo, op. cit., tomo II, p. 366. 108. Jaime Torres Bodet a Eduardo Avilés Ramírez. Carta de 27 de abril de 1974. AHUNAM, Fondo Jaime Torres Bodet. Archivo personal (AP-13). Caja 33, exp. 189. 109. El Universal, México, D.F., 14 de mayo de 1974. 110. Rubén Bonifaz Nuño, “Discurso de homenaje al doctor Jaime Torres Bodet en la ceremonia solemne efectuada la noche del viernes 30 de abril de 1976” en Memorias de El Colegio Nacional. México, El Colegio Nacional, 1977 [Tomo VIII, año 1976, num. 3], p. 294. 111. Jaime Torres Bodet. Memorias. La tierra prometida. Op. cit., p. 424.

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ARCHIVOS Y BIBLIOHEMEROGRAFÍA

ARCHIVOS CONSULTADOS

AHUNAM AHSEP

AHGE HNM

FRBN

Archivo Histórico de la Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación (IISUE).

Archivo Histórico de la Secretaría de Educación Pública. Archivo Histórico Genaro Estrada

[Secretaría de Relaciones Exteriores]. Hemeroteca Nacional de México.

Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional de México.

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PROCEDENCIA DE LAS IMÁGENES Fondo Jaime Torres Bodet. Archivo Histórico de la Universidad Nacional Autónoma de México Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación 21, 22, 23, 25, 26, 28, 30, 34-35, 41, 43, 46, 47, 52, 57, 58, 59, 68, 69, 70, 71, 75, 76, 77, 82, 84, 85, 88, 89, 92, 94, 98, 99, 100, 101, 102, 104, 106, 107, 108, 110, 111, 113, 115, 121, 122, 123, 124, 126, 127, 128, 130, 133, 136, 137, 141, 144, 146, 152, 154, 155, 157, 162, 168, 169, 172, 174, 176, 177, 179, 207

Archivo Gráfico de El Nacional Fototeca del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México 73, 96, 116, 118, 119, 125, 134, 142, 147, 148, 150, 156, 159, 165, 184 Biblioteca del Instituto de Investigaciones Estéticas Universidad Nacional Autónoma de México. 37, 50, 64

Biblioteca del Instituto de Investigaciones Filológicas Universidad Nacional Autónoma de México 49, 54, 132 Hemeroteca Nacional de México 105, 161 Fototeca Nacional Sistema Nacional de Fototecas 56

Fondo Carlos Pellicer Iconoteca del Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional de México 62 Coordinación Nacional de Literatura Instituto Nacional de Bellas Artes 79 Colección particular 180 205

Las investigaciones bibliográfica e iconográfica fueron posibles por el apoyo y generosidad de las siguientes instituciones, a las cuales expresamos nuestro agradecimiento:

Archivo Histórico de la Universidad Nacional Autónoma de México Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación Universidad Nacional Autónoma de México Biblioteca Nacional de México

Coordinación Nacional de Literatura Instituto Nacional de Bellas Artes Dirección General del Registro Civil Gobierno del Distrito Federal Fototeca Nacional Sistema Nacional de Fototecas

Hemeroteca Nacional de México

Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México

Página siguiente: retrato de Torres Bodet el 18 de septiembre de 1965, por Lola Álvarez Bravo. En la parte posterior está dedicado a Josefina: “Para la linda y buena compañera de toda mi vida, en la inquietud y en el éxito, en las alegrías y en las penas, con un amor que los años han apagado tal vez en el rostro pero no en el corazón de quien le debe lo mejor de la primavera y lo más puro del otoño, también. Jaime”.

Jaime Torres Bodet. Realidad y destino de Fernando Zertuche Muñoz se imprimió en el nonagésimo aniversario de la fundación de la Secretaría de Educación Pública, en el mes de septiembre de 2011 en los talleres de la Agencia Promotora de Publicaciones, S. A. de C.V. El cuidado de la edición estuvo a cargo de Edmée Pardo e Isabel Flores.

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9/13/11 2:21 PM


Jaime Torres Bodet