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EL CORAZÓN DE JULIA

una historia de zombis y cantautores

una novelita de

GUAL&CANTAVELLA ilustrada por

RIOT ÜBER ALLES editada por

señor pulpo


Gual & Cantavella

El coraz贸n de Julia

una historia de zombis y cantautores Ilustraciones de

Riot 眉ber Alles

Editando libros desde 1832


Colección “Dramas sociales de ayer y hoy” Colección dirigida por el Señor Pulpo Título de la edición original: Never gonna give you up, never gonna let you down Diseño de la colección: Señor Pulpo Primera edición: octubre de 2011

Este libro ha sido posible gracias a la colaboración entre Editorial Señor Pulpo y Editorial Morsa. Editorial Morsa Carmen, 89, Local 5. 08001 Barcelona www.morsa.es

EDITORIAL SEÑOR PULPO Esta obra está publicada bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento - No comercial - Compartir Igual 3.0 Para ver una copia de esta licencia, visita: creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0

ISBN XXXXXXXX Depósito legal: XXXX Impreso en Ecolograf S.A. Printed in Spain


Esta es una historia de amor y de muerte. De unas cosas que empiezan y otras que terminan. De algo que asoma a su albor, como el rubor primerizo en las mejillas al fin sonrojadas de una dama ya madura ante su joven donjuán, y algo que expira apenas nacido, con un edificio de palabras derrumbado sobre ese amor tan reciente, cuando apenas se han dado las manos, furtivos los dos, aplastados para siempre en compañía de un corazón metalizado y al son de una desconsolada melodía. Es también una historia en la que alguien que ignora el principio (alguien que lo ignora con vehemencia, altivez y precisión) pregona su miedo al final, amortiza su miedo al final, contagia su miedo al final, grita hasta el hartazgo su miedo a un final que, todos lo sabemos, jamás llegará. Es por último una historia que no entiende de comienzos ni tampoco de condenas, una historia de pasión infinita y comunión verdadera que atraviesa el tiempo como el cuchillo la carne fresca. Una tragicomedia en ocho actos que sucede a ambas orillas de la muerte.


Esto no es un libro. Es un libelo. Henry Miller


Después del Arte Corre descalza entre las ruinas. Es lo único que se mueve en un paraje desolado y grisáceo, la última gota de vida. La mujer huye, gime presa del pánico. Se detiene ante un edificio calcinado, un antiguo y majestuoso teatro de estilo isabelino. Como una niña frente a un gigante de piedra. Absolutamente nada a su alrededor. Mira hacia arriba, a los ojos del gigante, donde cree atisbar una luz. Una remota esperanza. Se santigua y decide entrar. No se entretiene comprobando el ascensor, prefiere las escaleras. Avanza con determinación, crujen los cristales bajo sus pies amoratados. A la altura del tercer piso los oye llegar, desgarrando en manada el silencio del lugar. Gruñen enloquecidos, sedientos de quién sabe qué. La mujer se asoma por el hueco de la escalera. Decenas de ojos enrojecidos apuntan hacia arriba, hacia ella, como descontrolados punteros láser. Lanzan piedras a las vidrieras del hall, se mean en un busto de Fernando el Católico. Una voz gutural e incomprensible ruge, otras aúllan. Se dirigen al pie de la escalera, se atropellan los unos a los otros. Algunos escalones ceden bajo el peso de tantos cuerpos y atrapan sus pies como afilados cepos. La mujer se estremece ante el tronar de esas pisadas salvajes, sólo unos metros más abajo, y acelera su ascenso. El suelo tiembla. Ella pierde el paso y se tuerce un tobillo. Ahora se incorpora, mientras siga corriendo mantendrá caliente ese tendón. Alcanza la azotea, se asoma, otea el horizonte para vislumbrar las posibles alternativas. Lo único que ve son cúmulos de ceniza flotando 7


en el aire, nubes de hollín escupidas por todos esos edificios en llamas, géiseres infernales. Los rugidos, cada vez más cercanos. No hay otra opción. Por más corto que sea, por más sencillo que parezca, salvar el precipicio que separa un edificio de otro siempre es un salto de fe. Único intento. A simple vista parecen un par de metros, prefiere ignorar la altura. Si lo que el brujo le anunció en sueños es cierto, el Portal de A. es su última oportunidad para reunirse con los de su especie y organizar una resistencia. Pero antes deberá zafarse de esa abyecta jauría. No queda tiempo para divagar. Llegan los primeros, cubren su desfigurado rostro protegiéndose de los rayos de sol que logran perforar las grasientas nubes negruzcas. La mujer respira hondo y mira fijamente la azotea de enfrente. Retrocede, toma carrerilla y acelera. Salta. Ignora el tiempo que lleva corriendo desde que despertó. Recuerda los ojos de Líktor, la mirada inerte y bovina de un hombre vacío… Trató de convencerlo, de hacerle entrar en razón para que huyese de la granja con ella, pero su cuerpo estaba marchito por dentro, el cerebro frito y exprimido de tanto conectarlo a aquellas estentóreas máquinas. Ahora tenía que evitar que hiciesen lo mismo con ella. En la granja, ese lugar donde los retienen hacinados como asnos, fingió durante días hasta encontrar el momento idóneo para la fuga. Así sedujo a uno de los vigilantes nocturnos, tuvo que practicarle una felación para ganarse su confianza. Después le atravesó el ojo derecho con un trozo afilado de pan duro y le robó las llaves de la jaula. Llegó hasta Líktor, quería llevarlo consigo, pero lo encontró acurrucado en un rincón lamiendo sus 8


propios vómitos y farfullando algo acerca de un gran hombre, un hombre que labra caminos. Ella se dio la vuelta, tragó saliva y corrió. Ahora salta y supera el precipicio, alcanza la segunda azotea y cae rodando. Su tobillo hierve. Se arrastra por el suelo buscando el refugio de los trasteros, tal vez allí encuentre algo, un arma, un escondite. Ellos no dudan en saltar, muchos se despeñan. Gritos ahogados, ni una mirada atrás. Pero unos cuantos logran aterrizar al otro lado. Sonidos secos de luxaciones y fracturas al tomar tierra. La mujer se incorpora a duras penas y busca refugio entre la ropa tendida. En el extremo opuesto de la azotea hay montones de sábanas agujereadas y sucias. Tiene la vaga intención de distraerlos. Cada vez están más cerca, sus estremecedores gruñidos, sus ininteligibles soflamas rebeldes. Y el olor, un escalofriante hedor procedente de esas pastosas ulceraciones epidérmicas que cubren sus cuerpos y que la dejan sin respiración y la agotan. Pero sigue corriendo, corre dejando atrás un reguero de sangre, y eso parece excitarlos aún más. Siente que se asfixia. Su campo visual reducido a un pasillo apestoso directo al abismo. Están más cerca, más aún. Corre. Nota su aliento sofocante y putrefacto, su sed despiadada. Comprueba horrorizada cómo se le agota el oxígeno, su arrítmico resuello, a punto de desfallecer. Sus rodillas acaban cediendo. La mujer besa el suelo. Una garra huesuda y torpe aprisiona su tobillo y empieza a arrastrar su cuerpo rendido a la infamia. –Bienvenidos –dice una voz sureña desde lo alto de un par de botas camperas Mustang con espuelas de plata, pantalones de cuero Diesel, chaleco tejano H&M y una Remington de doble cañón recortada del 10


calibre doce. Parece haber salido de la nada. De sus carnosos labios cuelga una colilla de Winston y de su cuello unos prismáticos Olympus. Apura la colilla, la escupe, guiña un ojo y repite: –Bienvenidos. La masa hedionda da un paso atrás. Duda. Algunos de ellos murmuran. Abren la boca mostrando sus inflamadas y ennegrecidas encías, vomitan coágulos sanguinolentos. La voz sureña se desliza por entre la ropa tendida con una facilidad pasmosa, como un espectro, como un ángel aliado de la noche. Aparece y desaparece, los confunde, su estela hace ondear las sábanas y éstas toman formas juguetonas hasta que de pronto están todos envueltos y atrapados en esa improvisada telaraña. Entonces la voz sureña se detiene y dispara dos veces apuntando a ese amasijo de sábanas y cuerpos, transformándolo en una gigante y fétida mancha roja. No está el mundo para malgastar munición, le aclara a la mujer antes de que ésta desfallezca. El tenue reflejo de la Luna realza su belleza. Él le guiña un ojo, la alza en brazos, y se la lleva de allí. La mujer no lo recuerda, pero está segura de que hubo algo antes de la granja, sabe que debe haberlo. No es posible que naciese en aquel lugar. Es como si el trauma sufrido entre aquellas rejas, las humillaciones constantes, la violencia, el desprecio, la esclavitud, hubiesen relegado su condición humana a unas pocas y esquivas imágenes. Su vínculo con Líktor era muy profundo, más que con el resto de ganado (así les llamaban los vigilantes), pero es incapaz de averiguar por qué. Para los vigilantes eran sólo números. 11


Cuando el altavoz berreaba un número, alguien iba a ser conectado (u “ordeñado”, en el repugnante argot de aquellos monstruos). Alguien era cazado por una red y arrastrado fuera de la jaula. El dolor absoluto. Flashes, impresiones visuales de tubos amarillos invadiendo su cuerpo, una brocha untándoles la piel con una especie de aceite helado, el mismo que corría por esos tubos amarillos que surgían del suelo y morían en su boca, su nariz, sus oídos, esos mismos tubos amarillos que se hundían en su ano. El sonido mecánico de una manivela y acto seguido el tormento inacabable, los interrogatorios indescifrables, los latigazos, y esa creciente sensación de vacío. De desnudez, de violación espiritual. Ese constante y mohíno estupor paralizante. La despierta un picante aroma a barbacoa. Su salvador le ofrece una salchicha asada pinchada en una espada ornamental en la que se lee Coronel Tapioca. Está rica. Ella se pregunta por qué reconoce el sabor de una salchicha si no recuerda haber comido más que pan duro y piel de pollo. El nombre de su salvador es Mike. Ella se da cuenta de que no recuerda cómo se llama y rompe a llorar. Él la abraza, ella se siente extrañamente aliviada. Escuchan las incesantes sirenas allá abajo, los berridos y las explosiones, el interminable caos en el que se ha convertido su mundo. Los incendios y el humo por todas partes. A todas horas. Pero allí en lo alto, en su silenciosa alameda, la noche es opaca y dura, el cielo un muro liso e impenetrable sin estrellas en el techo. Han caído al fondo de un pozo y alguien se ha tragado la cuerda. Mike es un hombre resuelto. La deja al cuidado del campamento mientras él sale en búsqueda de pro12


visiones. Sufre alguna escaramuza, pero regresa con munición para su Remington, latas de conserva Dani y paquetes de salchichas bratwurst Campofrío. Las salchichas bratwurst Campofrío soportan cualquier temperatura y ambiente durante meses, y su estómago está dando muestra de poder resistir la eterna ingesta de esas salchichas bratwurst Campofrío. La supervivencia extrema requiere de adaptación al medio y actitud prosaica. A ese gato enorme y atento que merodea por la azotea y al que Mike parece haber adoptado como mascota, también le gustan las salchichas bratwurst Campofrío. Es un lince, uno de los pocos que quedan. Su retina adaptada a la oscuridad nos ayudará a prevenir ataques, asegura Mike, se llamará Che. Ella asiente, pero en realidad no sabe qué es un lince. Tampoco sabe qué es un gato. La mujer tiene dudas que Mike trata de aclarar generosamente, pero cada respuesta suscita otro interrogante mayor. Él parece saber más de lo que demuestra, pero dosifica la información por su propio bien. Le dice que ese Portal de A. con el que soñó no es más que un residuo en su memoria, reminiscencias de su vida anterior a la granja. Le dice que no hay ni brujo ni Resistencia ni sueño premonitorio. Que no hay nada de esperanzador en sus vidas. Ese Portal es un cabo del que tirar para conocer el pasado, si es que se atreve. Pero sobre el futuro no hay duda, el futuro no es más que esta maldita miseria. Si sigue empeñada, él podría llevarla hasta el Portal, pero tendrá que ser paciente. El camino es largo y peligroso, a través de las Colinas de la Santa. También el Portal puede esperar, seguirá siempre en el mismo lugar, viendo pasar el tiempo. Antes debería aprender a usar un arma. 13


Al cabo de unas noches, la mujer escucha un estridente maullido del Che. Mike aún no ha regresado. Ella se levanta, entrecierra los ojos y le parece atisbar una sombra inmóvil junto a la caseta de la azotea. Una criatura oculta en la sombra, acurrucada, que murmura algo entre dientes, cosas extrañas acerca de un gran hombre, un hombre que traerá la paz consigo. La mujer se acerca con cuidado, atraída por la magnética letanía de una voz que le resulta familiar. Al fin lo recuerda, y no puede contener la emoción. Ahora ya sabe quién es, quiénes son… pues siendo dos, en tiempos fueron uno. Da gracias al Señor por permitirles reencontrarse, por concederles esta segunda oportunidad. Pausadamente, la criatura se gira mostrando un rostro amarillento y excoriado, una mirada enfermiza e inestable. Una mirada traumatizada. Sostiene una especie de bola peluda y rojiza que se pasa de una mano a la otra. La mujer se detiene y duda, pero algo en su interior, el destino tal vez, la incita a acercarse un poco más y tomarlo entre sus brazos. Le pregunta cómo consiguió escapar, le asegura que ha rezado todos los días por él. Lo tranquiliza, con ella estará seguro. La criatura se mece sobre sus rodillas, tirita y gimotea. Entonces la mujer se percata de algo, observa detenidamente esa bola pegajosa… ¡y la bola le devuelve la mirada! Tras unos instantes de incertidumbre, cierra los ojos y se siente aturdida por una imposible sensación de alivio y al mismo tiempo de pesar. Ahora lo comprende todo, absolutamente todo. Ahora sabe qué ha sucedido. Solloza y clama qué te han hecho, Líktor, qué te han hecho Líktor suelta el cráneo del Che dejándolo rodar por 14


la azotea. Cloc, cloc. Abre la boca mostrando sus oscuras fauces, sangre borboteando en su garganta. Un rugido inhumano y ensordecedor. Y un paralizante cañón de fetidez directo al rostro de la mujer. Sus ojos inyectados en sangre, los vasos sanguíneos quebrados, dos láseres rojos que apuntan a sus pechos, que rondan su sexo. Líktor se relame, ha estado masticando su propia lengua, un colgante rasgado de tejidos abiertos. Su mandíbula desencajada muestra una dentadura hecha trizas, su rostro cubierto de heridas abiertas y purulentas. El cielo negro como en la última de las noches. La mujer sigue inmóvil, aletargada, entregada, dejándose llevar por las tinieblas. Cuando de repente, un chasquido y un destello de luz. Unos breves símbolos brillantes, una C y una T…. Un forcejeo y un crujido. El cuerpo de Líktor se tambalea durante unos segundos hasta que sus cuatro extremidades ceden y cae desplomado. Su cabeza se separa y rueda por la azotea. Cloc, cloc. La voz sureña de Mike dice: –¡A los hijos del estertor… Bieeenveeeniidooooos!

to be continued...

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capítulos

Acto I Después del Arte Acto II Luces blancas, puntos de luz Acto III Soledad en la base de la pirámide Acto IV La fuerza del corazón Acto V Al abordaje y un maletín Acto VI El último muerto de la guerra civil Acto VII Sangre en los ojos de un gigante: empieza la película Acto VIII Puntos blancos, sangre de luz

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