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en el aire, nubes de hollín escupidas por todos esos edificios en llamas, géiseres infernales. Los rugidos, cada vez más cercanos. No hay otra opción. Por más corto que sea, por más sencillo que parezca, salvar el precipicio que separa un edificio de otro siempre es un salto de fe. Único intento. A simple vista parecen un par de metros, prefiere ignorar la altura. Si lo que el brujo le anunció en sueños es cierto, el Portal de A. es su última oportunidad para reunirse con los de su especie y organizar una resistencia. Pero antes deberá zafarse de esa abyecta jauría. No queda tiempo para divagar. Llegan los primeros, cubren su desfigurado rostro protegiéndose de los rayos de sol que logran perforar las grasientas nubes negruzcas. La mujer respira hondo y mira fijamente la azotea de enfrente. Retrocede, toma carrerilla y acelera. Salta. Ignora el tiempo que lleva corriendo desde que despertó. Recuerda los ojos de Líktor, la mirada inerte y bovina de un hombre vacío… Trató de convencerlo, de hacerle entrar en razón para que huyese de la granja con ella, pero su cuerpo estaba marchito por dentro, el cerebro frito y exprimido de tanto conectarlo a aquellas estentóreas máquinas. Ahora tenía que evitar que hiciesen lo mismo con ella. En la granja, ese lugar donde los retienen hacinados como asnos, fingió durante días hasta encontrar el momento idóneo para la fuga. Así sedujo a uno de los vigilantes nocturnos, tuvo que practicarle una felación para ganarse su confianza. Después le atravesó el ojo derecho con un trozo afilado de pan duro y le robó las llaves de la jaula. Llegó hasta Líktor, quería llevarlo consigo, pero lo encontró acurrucado en un rincón lamiendo sus 8

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El corazon de Julia  

Una historia de zombis y cantautores

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