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Semana del 20 al 27 de Octubre del 2012 www ● semanariopalestra ● com

6 eprime enterarse por la prensa y la televisión de tantas cosas que aterran por su trágica trascendencia y por su desoladora realidad. Aseguran los científicos y estudiosos que cada día desaparece una especie animal y hay una pérdida diaria considerable de recursos bióticos no renovables y que esto es producto de un desarrollo que no contempló sus desastrosos resultados. Es decir, que no tenemos conciencia del valor ecológico y hasta económico que representan los ecosistemas. Hay en los planes de desarrollo social una aparente confrontación y una pregunta obligada ¿sólo se puede progresar impactando el medio ambiente? La naturaleza no puede estar supeditada al hombre, sino que es a la inversa, porque aquella sigue su curso irrevocablemente inmutable, mientras que el ser humano puede adoptarse a ella… o ¿acaso no nació para responder al árbol y hoy responde al concreto, sin sufrir menoscabo? Pero cometemos un error al no hacer nada porque sólo podemos hacer muy poco. Nada se resuelve dejando que las noticias acerca de los grandes problemas ecológicos nos abrumen y nos paralicen. En realidad, todos podemos tomar

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Galería » Graciela Moreno de Hess pequeñas medidas cada día para hacer que la tierra sea más habitable para nosotros mismos y para las generaciones que nos suceden. No ponernos sólo a esperar que los gobiernos y las instituciones reparen el daño ecológico y la contaminación que proceden de acciones de millones de personas. Así como somos la cusa del problema, también somos el punto de partida de su solución. Podemos tomar medidas sencillas, de bajo costo, que requieren de muy poco esfuerzo y muy pocos cambios en nuestro estilo de vida. Por ejemplo: podríamos dejar de comprar ardillas, tucanes y demás animales silvestres. Si tiene aire acondicionado, cerciórese de que puertas y ventanas estén bien selladas para evitar que se escape el frío, ya que esto es un importante consumidor de energía o ajuste el termostato de su calentador de agua en su punto más bajo, es decir, que no esté más

caliente de lo necesario o cuide de que el piloto de su estufa de gas arda con una flama azul cónica para no desperdiciar energía y no contaminar. No use más luz de la necesaria: apague sus luces cuando no las necesite. No desperdicie el agua: fíjese que se pueden desperdiciar hasta más de 50 litros cada vez que se lava los dientes. 75 en cada afeitada y 110 en lavar cada pila de platos. Una familia puede ahora 75,000 litros o más de agua cada año con sólo moderar su uso. Además, la idea de que nosotros no podemos hacer nada nos ha vuelto pesimistas, pero entérese de que un número creciente de investigaciones han demostrado que las personas optimistas pueden ayudarse así a ser más felices, más saludables y más capaces de resolver estos problemas. Si somos pesimistas al respecto, pensemos que hay razones importantes para cambiar nuestro entorno. El pensamiento positivo conduce a la acción positiva… y a la reacción. Las pruebas parecen indicar que lo que esperamos del mundo, será probablemente lo que obtengamos. Vale la pena intentarlo, ¿verdad lector? Julio 18 de 1997

“LA PLAZA” esde muy niño, siempre escuché nombrar como la “plaza”, al viejo mercado municipal, que existió en el lugar más céntrico de la ciudad. Ocupando una extensión de terreno casi cuadrada, que limitaba por el norte con el palacio municipal, y por el sur, con la hoy calle Rascón, por el oriente, con la avenida Madero y por el poniente, con la actual calle de Allende. Y le decían la “plaza”, porque entonces, todo mundo lo llamaba así. “Fue a hacer la plaza” decían, refiriéndose a la acción de ir de compras a ese sitio. O bien, “nos vemos por la plaza” o “se encuentra muy cerca de la plaza”, aplicaciones todas, correspondientes a señalar, que se trataba de un punto de referencia, que no admitía equivocaciones. Y es que en aquellos tiempos, el nombre del mercado, para nada intervenía en la denominación dada al lugar, en donde se adquieren o se venden cosas. Por eso, el nombre de la “plaza”, prevaleció por muchos años, hasta que la época moderna, poco a poco fue influyendo en el decir de las gentes, hasta sepultar definitivamente ese modismo, y dejar en su justo y correspondiente lugar, el nombre de mercado. Lo anterior viene a cuanto, porque hace muy pocas semanas, “Palestra” publicó una interesante fotografía, en donde se aprecia claramente, una buena parte de la antigua fachada de la “plaza”, o mercado, como usted guste llamarle. Precisamente, los salientes de los tres caballetes de los edificios de lámina de zinc, que correspondía a las construcciones pertenecientes a las tres tiendas que con vista al oriente, la cerraban por ese lado, todas funcionaban como expendios de abarrotes en general. Antes, quiero dejar aclarado, que esos tres negocios que cito, pertenecieron a distintos dueños en el largo devenir del tiempo. Mas queriendo hacer una remembranza de todos aquellos que se encontraban establecidos en la “plaza”, allá por los años de 1938 a 1940, comenzaré por señalar, que en ese entonces, la primera en el costado sur, pertenecía a los distinguidos hermanos, señores: Luis y Francisco Pérez Menéndez, la del centro; al señor Agapito Pastor, y la del norte, frontera al palacio municipal, al siempre bonachón en su trato, señor: Antonio Haro. Aquí bajaba una escalinata a la explanada principal, lo mismo que entre las tiendas de los Pérez Menéndez y la de Don Agapito, donde existía la otra escalera de acceso. Pero sigamos adelante. Bajando por la primera escalinata, al final y a mano derecha, se localizaba la tienda de abarrotes, del señor Porfirio Quiala, persona muy conocida y apreciada.

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Esta tienda abría por el lado norte, el cuadrángulo de negocios, que formaban y constituían la “plaza”. Por cierto que la casa “Quiala” como la nombraban, después pasó a ser propiedad del señor Don Jesús Díaz del Castillo. La seguía la tienda de ropa “La Sirena” propiedad del siempre amable y risueño, señor Don Elías Rodríguez Pretelín. Aquí el entonces muy jovencito Carlos Suárez Sinta, se desempeñaba como el dependiente principal. Después seguía “La Nacional”, propiedad del señor Pedro Rodríguez Mortera, igualmente dedicada a la venta de ropa y novedades. Por cierto que Don Pedro, en esa época, era el representante de los radios “General Electric”, los cuales se exhibían en el mostrador del negocio. Es grato recordar, que aquí se desempeñaba como dependiente, el inolvidable amigo, Carlos Rodríguez Mortera “El Gallego” desparramando su simpatía por todos lados y sin despegarse jamás de sus labios el imprescindible cigarrillo. Terminaba en ese lado, con la tienda “La Sorpresa”, propiedad del respetuoso Don Andrés Ocaña, que aparte de las telas,

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ya incluía en su negocio la zapatería. Jorge Toto era el empleado principal, siempre muy atento y servicial. Seguía un pasillo de acceso a la “plaza” y comenzaba la hilera de tiendas del lado poniente, con la ropa y novedades “La Flechita”, propiedad de los agradables y populares hermanos Fernando y Manolo Muñiz. Recuerdo que también incluían en su negocio, la venta de los radios R.C.A. Víctor. Ramón López, aquí comenzó sus pininos como reparador de radios, lo mismo Tino Torres, quien laboraba como dependiente, su carrera de comerciante en el ramo de ropa. Seguía la perfumería y mercería propiedad del señor Praxedies Rodríguez, en ese tiempo muy renombrada por su amplio surtido. Después un pasillo de acceso a la “plaza”, y proseguía la muy completa negociación de abarrotes y sombreros de palma, propiedad de los hermanos, señores; Don Roberto y Don Raúl Calzada Menéndez, personas finas y atentas que hacía que todo aquel que se acercaba a su negocio en procuración de cualquier mercancía, se sintiera verdaderamente a gusto. Aquí ayudando a su

padre Don Roberto, se veía a Mario, condiscípulo y amigo de la infancia, muerto en circunstancias lamentables. Y terminaba ese lado, con la tienda igualmente de abarrotes, “Mi Preferida”. “¡Acá! ¡Acá! Pedro Alonso vende barato”, como rezaba al frente del mostrador. Este fue un negocio en donde siempre existía alegría; y es que Guillermo Alonso “El Picho Alonso”, le daba un tono festivo a todo lo que se le ocurría, con ese su hablar alto y sonoro que se escuchaba en toda la “plaza”. Después había otro pasillo de acceso, y comenzaba el lado sur, con la tienda “La Troya”, propiedad del siempre caballeroso, Don Joaquín Ortega. Aquí se expendían, esos artículos no comunes, sino aquellos únicos y raros de vender; porque lo mismo le despachaban a uno, diez centavos de canicas, que un freno para el caballo, unos anzuelos para pescar o un cartucho de dinamita. Después se encontraba un amplio local que fue ocupado por diversos comerciantes; como Patricio López y Amalio Alonso, que recuerdo. Pero por lo regular permanecía cerrado, parece que tenía algo de salmuera el dichoso lugar. Seguía otro pasillo de acceso a la “plaza” y después la tienda de abarrotes, “El Mixto” del altruista y respetuoso señor, Don Alberto J. González, en donde como dependiente trabajaban, los recordados, Genaro Mateu y el dicharachero, Francisco “Chico” Pérez. Con este negocio terminaba el lado sur, siguiendo el orden que traemos, ya en el lado oriente, a espaldas de las tres tiendas exteriores que formaban la fachada, se localizaba la de Don Rafael Escalera Mortera, con el activo Pedro Valle al frente. Después para finalizar ese lado, dividida por la escalinata que bajaba, se encontraba la tienda “El Porvenir” del entrañable amigo que fue, Don Alfredo Toto Oliveros, teniendo como dependiente encargado a Rafael Limón “El Pelón”. Negocio muy fuerte por cierto, en donde se encontraba de todo lo que se necesitaba en el ramo de abarrotes. Para terminar con esta modesta relación; citaré a la tienda “La Central”, que se levantaba al centro de la explanada. Ocupaba una construcción de forma casi redonda, que por su situación señoreaba la “plaza” por todos sus lados. Este negocio pertenecía al señor Don Alonso de la Maza y como la mayoría se dedicaba a la venta de abarrotes. Como notarán, existían demasiados negocios que se dedicaban a la venta de abarrotes y de ropa. Pero hay que tomar en cuenta que en aquellos tiempos, allí en la “plaza”, se concentraba todo el movimiento comercial de la región, y por lo tanto el punto a donde concurría el grueso de los consumidores.

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