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Pasión y Equilibrio M

ás allá del anacrónico “sí, quedaos”, o la denominación para una llanura detrás del pico (volcán), Arequipa tiene una significación universalmente reconocida como única. Ahora sabemos que, además de su gloriosa gastronomía y una historia irrepetible, denota también un rincón de selva en Bolivia, un asteroide en el espacio, un postre en Colombia y sirve de apellido a varias familias cuya estirpe es Arequipa, nada menos. Son sinónimos de Arequipa: sus revueltas, como las tripas del chaque; su carácter telúrico, como las marchas que remecen sus calles céntricas; su naturaleza bullente, como chupe recién servido, su belleza en un día soleado cualquiera; su ser apasionado, como el alma de sus artistas; y su “nevada”, que corona de melancolía las testas de sus hijos, como ya no ocurre, desgraciadamente, con el Misti. Aunque, fuera de eso, le están pasando tantas cosas buenas a Arequipa que nadie se sorprende de la aparición de este otro fruto de la pasión, aunque sólo periodística, que se gestó durante años para ver, por fin, una luz, blanca como sus muros y como estas páginas. Como toda gran ciudad, Arequipa merece contar con una prensa local que esté a la altura de su renombre, que refleje sus preocupaciones cotidianas, sus historias, sus proyectos, sus sueños y su nobleza; que sirva de espacio para la discusión, la reflexión y la creación artística. Que sea, en verdad, la expresión de su espíritu y su inteligencia. Y a eso aspiramos. La ciudad ya debe contar con una publicación en formato revista, de inobjetable acabado, de riguroso y atractivo contenido, y de impecable despliegue gráfico. Otros ya lo han intentado, con éxitos eventuales. Ahora es nuestra oportunidad y en ello vamos de cuerpo entero. “El Búho” se pone así los pantalones largos, cuando apenas bordea los 12 años. Esperamos su comprensión, su colaboración y, sobretodo, su lectoría, que para eso se hace. También aspiramos a un equilibrio sereno y, al mismo tiempo, firme para defender la libertad de expresarnos. En esta edición hablamos de todas las y los Arequipa, en el Perú y el mundo, de las familias y apellidos que caracterizaron esta tierra, de su naturaleza y su comida, de cómo se gesta el arte y la moda que la adornan; así como de sus submundos, oscuros y profundos, tristes y gloriosos, de sus días de labranza en la campiña que aún le queda; y de la fuerza y lealtad de sus toros, emblema local de su personalidad. Por todos esos motivos, es una alegría hacer coincidir este nacimiento con el aniversario de fundación de la vieja y noble ciudad, acontecimiento feliz para nosotros, por doble motivo. Mabel Cáceres C.


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Política: Papas calientes para Humala

10 Ciudades: Arequipa en el Mundo 13 Crónica: Me llamo Arequipa 18 Abolengo: Laureles de Ayer 24 Costumbres: Pago al Agua 29 Gastronomía: Orgullo Volcánico 33 Economía: Reyes de Arequipa 37 Artes: Piel y Pincel 43 Moda: La Campiña y sus Looks 47 Submundos: Angélica, Trabajadora Sexual 51 Chacra: Peones del Siglo XXI 56 Portafolio: Combate cuerno a cuerno

DIRECCIÓN: Mabel Cáceres Calderón EDICIÓN: Jorge Álvarez Rivera José Luis Márquez Villalobos FOTOGRAFÍA: Jhonatan Segura Caballero Erick Rodríguez Etchart

REDACCIÓN: Paola Donaire Cisneros Giuliana Gutiérrez Casaperalta Jhonatan Segura Caballero Marilda Quico Ydme Efraín Rodríguez Valdivia Elmer Mamani DISEÑO GRÁFICO Y DIAGRAMACIÓN: Giancarlo Salinas Naiza

Una publicación de Editora Milenio S.A. RUC 20413998302 Calle Álvarez Thomas 107 Oficina 208 prensa@elbuho.pe

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Política

Alguna lo va a quemar. El flamante presidente Ollanta Humala heredó más de 200 conflictos sociales desatados a lo largo del país. Curiosamente, donde más queman los tubérculos es en el sur del Perú, la misma región que le dio la victoria. Aquí unas pautas para que el estrenado mandatario sepa dónde tiene que ir con guantes. Ironías de la política: ¿un ex incendiario sabrá apagar el fuego?

Texto: José Luis Márquez Villalobos Fotos: Jhonatan Segura Caballero

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El 30 de junio, por ejemplo, los pobladores de la provincia de Lampa iniciaron un paro de 48 horas para exigir dos extremos irreconciliables: canon minero, por un lado, y el retiro de las empresas mineras Arasi S.A.C. y Ciemsa, por otro lado. Así de contradictorio.

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l día que Ollanta Humala cumplió 49 años, le preguntaron si creía que el saliente presidente Alan García le dejaría “papas calientes”. Tal vez, practicando la ironía, el nuevo presidente declaró que confiaba en que García solucionaría los conflictos sociales que humeaban por todo el territorio nacional, antes de entregar la banda presidencial. Ya sea por falta de tiempo o por un ineludible regalo que se estila entre mandatarios, el gobierno nacionalista heredó 217 conflictos sociales, según datos de la Defensoría del Pueblo. Alan García no logró más que soplar un poco el descontento para entibiar los problemas y volvió a colocar las papas, pero ésta vez, en la olla de Ollanta

Choque de intereses

Lo certero es que el presidente Ollanta Humala deberá apagar la chispa del mismo descontento que caldeó su postulación y posterior elección a la presidencia. Y dado que algunos de los pedidos tienen pinta de imposibles, las riendas del gobierno que Humala acaba de tomar, le auguran manos chamuscadas. De los conflictos registrados a finales del gobierno aprista, 117 tienen origen medio ambiental. Los cálculos fueron difundidos por la vicepresidenta Marisol Espinoza, una semana antes que Gana Perú asumiera el gobierno. En aquella oportunidad Espinoza señaló que todo el país había sido concesionado, desde el mar hasta la zona de la selva y cordillera. El problema radica en que “el 95% de las concesiones obtienen permisos con información falsa”, según alertó la vicepresidenta. Mentiras más, mentiras menos, lo único verdadero es que existen muchísimos intereses en confrontación. Paradójicamente, el sur peruano, la zona donde mayor apoyo electoral recibió el presidente Humala, es la misma en la cual todos los intereses en pugna se estrellan irreconciliablemente.

Ilave, Cirilo Robles, hubiera sobrevivido a la golpiza del pueblo que lo eligió, podría haber explicado mejor la transformación del humor popular puneño. Si bien hay muchas razones para el descontento del pueblo aymara, la principal causa de conflictos ha sido el rechazo a la minería. Una realidad que el saliente gobierno trató de ignorar durante los más de 40 días que duró la paralización indefinida contra la minería, en mayo pasado. Como era previsible, las protestas se desbordaron cobrando la vida de seis personas y causando centenares de heridos. El ministerio de Energía y Minas terminó dejando sin efecto el decreto 083 que facultaba la concesión de la minera Santa Ana y convino en que las futuras concesiones contarían primero con la anuencia de la población. A pesar de los compromisos, la desconfianza, el descontento y las contradicciones siguieron. El dirigente aymara Walter Aduviri, quien lideró el último tramo de las protestas en Puno, advirtió entonces que los acuerdos habían sido solo un paso y que aún faltaban medidas concretas. Ciertamente, en otros sectores de esa región afloraron más contradicciones. El 30 de junio, por ejemplo, los pobladores de la provincia de Lampa iniciaron un paro de 48 horas para exigir dos extremo irreconciliables: canon minero, por un lado, y el retiro de las empresas mineras Arasi S.A.C. y Ciemsa, por otro lado. Así de contradictorio. En tanto los pobladores de Azángaro, que tomaron y destrozaron el aeropuerto de Juliaca, siguen esperando con apremio la descontaminación del río Ramis, afectado con los

Desilusión puneña

En el mes de junio, la región Puno concentraba el mayor número de conflictos sociales a nivel nacional, con 22 preocupantes casos. Esa misma región eligió al presidente Ollanta Humala con un aparente sólido respaldo del 77.89%. Pero Puno ha dado elocuentes ejemplos de desencantarse rápidamente de sus autoridades. Si el alcalde de

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Diálogo de plomo. Descuido y represión caracterizaron al gobierno del ex presidente García.


Política Prometedor. Cierre de campaña en Arequipa del entonces candidato Ollanta Humala. Resolver los problemas medioambientales de las mineras fue una de sus promesas. relaves de la minería informal. Cumplir con ellos no será fácil porque al otro lado del socavón está la población dedicada, precisamente, a la minería informal y los negocios que sobreviven alrededor de ella y que en conjunto mueve millones, pero no tributa y se mezcla con los sectores formales e informales como el contrabando. Humala no podrá contentar a los dos sectores. Hugo Llano, uno de los dirigentes que integraron el Comité de Lucha, resume las aspiraciones de Puno en tres puntos: inclusión social que, para el pueblo aymara, pasa forzosamente por la creación de una nueva Constitución; el apoyo político a la actividad agropecuaria, y la descontaminación de las zonas afectadas de Puno.

Tía y espina

El presidente Ollanta Humala ha asegurado que no se impondrán las concesiones. Su compromiso es hacer vinculante la consulta popular. No obstante, ni él ni su ministro de Energía y Minas, Carlos Herrera Descalzi, pueden permitirse rechazar las inversiones mineras. Herrera Descalzi ha deslizado la posibilidad de retomar proyectos mineros como Tía María, que

la trasnacional Southern quería impulsar en el distrito de Cocachacra (provincia de Islay), pero con reglas de juego un poco más estrictas y un verdadero Estudio de Impacto Ambiental. Apenas trascendió esta posibilidad, los dirigentes del Frente Amplio de Defensa del Valle de Tambo se apuraron en reafirmar que la población de Islay sigue oponiéndose al proyecto. Dado que en este conflicto también se registró la pérdida de cuatro vidas durante los 17 días que duró la paralización en contra el proyecto, convencerlos será una tarea titánica. De cualquier forma, el Valle del Tambo representa más de un desafío para el nuevo presidente. Está, además, la ya tradicional guerra del agua entre Moquegua y Arequipa que se reactiva cada año en época de estío. (Moquegua se resiste a entregar 8,22 mmc de agua de la presa de Pasto Grande a favor de los agricultores del Valle de Tambo). En este punto ya existe un compromiso por parte de los gobiernos regionales de Arequipa y Moquegua para cofinanciar un estudio hídrico de la cuenca del río Tambo que dé lugar a una solución definitiva. Pero no hay avance. Y si de peleas por agua se trata, el enfrentamiento entre Espinar (Cusco) y Arequipa, por la construcción de la represa de Angostura, en la segunda etapa del proyecto Majes, es un tema que mantendrá al presidente más que ocupado. Existe ya un compromiso de parte del nuevo gobierno para

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la construcción de represas en Cusco, con el fin de evitar un posible estrés hídrico en la cuenca del río Apurímac; sin embargo, los espinarenses se muestran totalmente reacios al proyecto. Y han ampliado sus demandas reclamando por las aguas de la represa El Pañe, en el límite regional. Aunque se trata de harina de otro costal, tampoco hay que olvidar el conflicto que perdura en la provincia de Camaná por la instalación de plantas procesadoras de harina de pescado, lo cual, inclusive, generó un enfrentamiento de competencias entre el ministerio de la Producción y la gerencia regional de Producción.

Sur eléctrico

Cusco como región tiene 13 conflictos, sumando los vigentes y los conflictos latentes. Entre los más complicados se encuentra la construcción de la central hidroeléctrica Sallca Pucará, en

Canchis. Los pobladores de esa zona están convencidos que la hidroeléctrica los dejará sin agua. Pero no es la única hidroeléctrica que tiene problemas para ver la luz. En esa disyuntiva también se encuentra el gigantesco proyecto Inambari. De construirse esta central, sería la más grande del Perú, con una inversión de 4 mil 847 millones de dólares. Pero con un costo social y ambiental bastante alto, ya que contempla la inundación de 378 kilómetros cuadrados con la consiguiente evacuación de unas ocho mil personas. Además de la pérdida de un tramo de la carretera interoceánica. Se estima que los beneficios de exportar la energía a Brasil estarían en el orden de los 2 mil millones de dólares. Este proyecto compromete no solo a localidades de Cusco, sino también poblados de Puno y Madre de Dios. Decirle no a este proyecto será una de las decisiones más difíciles de Ollanta Humala, dado su interés por mantener una alianza amistosa con el país carioca. Pero al otro lado, está la posibilidad de enfrentarse con la mayoría de pobladores pobres del sur peruano con todo el riesgo que eso representa para su gobierno, ya que se trata de su base electoral.

Banderas de guerra. Azangarinos protestan en aeropuerto de Juliaca tras la muerte de seis huelguistas. Reclamos se enfriaron pero las banderas de lucha siguen levantadas.

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Texto: José Luis Márquez Villalobos Ilustracion: Marcos Mamani (Marquiño) Un mito tecnológico dice que, en las selvas bolivianas, entre árboles espesos y lagunas indescifrables, se esconde Arequipa. La antípoda amazónica de la Ciudad Blanca peruana, que solo el Google Earth ha descubierto y que los propios bolivianos aún ignoran. Pero en el universo hay otra ciudad mágica, como bien sabe el asteroide 737, bautizado como Arequipa, hace casi un siglo. Como quien dice, los arequipeños no solo nacen donde quieren, sino que expanden su influencia y su nombre, donde menos se espera.

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á t s e a p i u q

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...y se mu

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La Arequipa boliviana no sabe de sillares, de volcanes tutelares ni de climas desérticos. Es un pueblo que, según el Internet, apenas se eleva a 652 metros sobre el nivel del mar y su población no supera las 170 personas, pero lleva el mismo nombre de la novia adorada del Misti dormido. Sin duda son poblados totalmente diferentes y su gente posiblemente también lo sea. Su temperatura, siempre tropical, debe haber evitado que el enojo de sus habitantes reciba el apelativo

en un bus cargado de rocoto relleno, para despertar su curiosidad; un par de toros de pelea, para avivar las emociones, unos cuantos yaravíes para soltar la melancolía. La oda al mar del poeta Melgar sería una melancolía aplicable también al litoral boliviano. Con una buena revolución a bordo, tendríamos completo el espíritu arequipeño. Para llegar podríamos haber caminado los 726 kilómetros en línea recta, que es la distancia que separa a las dos arequipas. Trinidad es la capital del departamento de El Beni, con 8 provincias y 48 cantones. Se supone que en ese departamento está Arequipa. No obstante, en el municipio de Trinidad no habían escuchado hablar de un lugar llamado así en su tropical Beni, salvo que se refiriera a una ciudad medio arisca al sur de Perú. El nombre no les sonaba. Los dependientes municipales que atendieron nuestras consultas creían que podía tratarse de un error de Google Earth. La verdad no sería el primero. Se sabe, por ejemplo, que la versión China de ese programa, es la que mayores imprecisiones registra. La famosa plaza de Tiananmen, emblemática en Pekín, según Google Earth, se ubica en un restaurant de Shanghái, la segunda ciudad del país. En tanto que cuatro tramos de la Gran Muralla,

Su fauna está repleta de jaguares, pumas, caimanes, serpientes y cerca de 470 especies de aves. Casi suena a un paraíso envidiable. Pero cóndores que vuelen majestuosos sobre el cañón más profundo del mundo, no tienen. Tampoco comen adobo los domingos, ni queso helado cuando el sol serrano sale a tostar mistianos. Es decir son arequipeños, pero aún no saben lo que significa. de “nevada”, como ocurre a los arequipeños en las latitudes peruanas. La región en la que se ubica la otra Arequipa se caracteriza por sus planicies extensas, llenas de pastizales y lagunas. Su fauna está repleta de jaguares, pumas, caimanes, serpientes y cerca de 470 especies de aves. Casi suena a un paraíso envidiable. Pero cóndores que vuelen majestuosos sobre el cañón más profundo del mundo, no tienen. Tampoco comen adobo los domingos, ni queso helado cuando el sol serrano sale a tostar mistianos. Es decir son arequipeños, pero aún no saben lo que eso significa, pero si los peruanos de Nebraska tienen el derecho adquirido de sentir que el “bobo” les late por la blanquiroja, a punta de comer anticuchos de corazón, más razones de amor al terruño debe tener un arequipeño nacido en cualquier parte del mundo.

Y dónde está Arequipa

La situación entonces estaba clara. Había que ver cómo eran los otros arequipeños. Tal vez llegar

que se ubican realmente cerca de Pekín, están, según el dichoso programa, al sur del río Yangtsé. Con ese antecedente, el desconocimiento de la Arequipa del Beni podía deberse a dos posibilidades: que la Arequipa boliviana sea un error o que los arequipeños de Beni sean tan populares como sus tocayos peruanos y, para bien o para mal, nadie los puede ver. Como fuera nos habríamos quedado con un montón de arequipeñismo en un vehículo. ¿Sería posible que no hubiera otra Arequipa en el mundo entero o en el universo?

Mudanza al asteroide 737

El número 737 en la Ciudad Blanca está ligado a un recuerdo terrible y a una realidad más auspiciosa. La primera se trata de la numeración del Boeing 737-200 de la aerolínea Faucett, que el 29 de febrero de 1996, se estrelló en las cercanías del aeropuerto Rodríguez Ballón. Perecieron 123 personas. La otra referencia es, más bien, agradable, incluso cósmica, ya

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Ciudades

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requipa debería estar en Bolivia. Altiva, pero enclavada en medio del verdor selvático de la provincia de El Beni. Al menos eso piensa Google Earth. Esa versátil herramienta que permite visualizar imágenes en tres dimensiones de cualquier parte del mundo, dice que Arequipa está en Bolivia. No se trata de un doble de la Ciudad Blanca. Es, más bien, algo así como su antípoda amazónica, ubicada muy cerca de la frontera entre Bolivia y Brasil.


que es la designación numérica del asteroide 737, llamado también Arequipa. Su descubrimiento se remonta a hace 98 años y fue realizado en Winchester, el 7 de diciembre de 1912, por Joel H. Metcalf. El asteroide fue bautizado en honor a esta ciudad al sur del Perú, como un reconocimiento al observatorio Boyden, que funcionó por estos pagos entre 1889 y 1927. El Boyden era una instalación de Harvard College Observatory, construida aquí para monitorear el hemisferio sur. De aquel cuerpo sideral se conoce poco. Si fuéramos a vivir en ese asteroide los años serían mucho más largos, ya que su ciclo orbital (tiempo que se demora en completar su órbita) es de mil 523 días. Tampoco hay forma de llegar hasta allá en bus. Sus 44 kilómetros de diámetro aseguran por lo menos un espacio suficiente como para construir una réplica de la catedral, de torres renacentistas y estilizadas. Incluso hasta recrear el centro histórico de pistas adoquinadas. Aunque, claro, en una eventualidad sideral de esa magnitud estaríamos apiñados, si tomamos en cuenta que tan solo la provincia mistiana bordea los 2

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mil 923 kilómetros. La región cuenta con más de 63 mil kilómetros. De modo que, hasta que los viajes espaciales sean tan comunes como los paseos a Characato, seguiremos disfrutando de la holgura de esta amplia tierra.

Arequipe colombiano

Arequipa no solo está en algún lugar de la amazonia boliviana o flotando en el espacio. De alguna manera también está endulzando la boca del pueblo colombiano. En ese país es muy famoso el dulce de leche llamado arequipe, que no es otro que nuestro conocido manjar blanco. Aunque el origen de este dulce no está totalmente claro en ese país, se especula que antiguamente era uno de los productos que la Ciudad Blanca comercializaba hacia la Gran Colombia, en los tiempos del libertador Simón Bolívar, junto a otros productos como los textiles y licores. En el trayecto, el dulce de Arequipa, reemplazó su “a” final por la “e”, y se dio a conocer en ese país como arequipe. Aunque otras versiones sitúan el origen del arequipe en Argentina, la similitud de los nombres con la ciudad peruana parece más verosímil. De todas maneras, Arequipa ya nos ha dado muestra que tiene un espíritu que se expande por todo el mundo como su nombre.


Texto: Paola Donaire Cisneros Fotos: Paola Donaire Cisneros Jhonatan Segura Caballero

Muchos llevan el nombre Arequipa en el corazón, otros lo llevan en el DNI. El apellido Arequipa no es muy común, pero está esparcido en el Perú y el mundo. Pero dónde más que en Arequipa, llamarse así podría tener mayor significado y conferir distinción a sus portadores, como es el caso de Felipe y Nélida, que nos cuentan su historia.


E

n la guía telefónica figuran ocho personas que tienen Arequipa como apellido paterno o materno. Una vive en Lambayeque, tres en Lima y cuatro en Arequipa. En el registro de contribuyentes de la Sunat encontramos 16 personas más con este apellido, entre 680 empresas e instituciones que tienen la palabra Arequipa en alguna parte de su nombre. Dos son de Lambayeque, dos de Lima y las doce restantes, de aquí.

ORIGEN

Según el historiador Alex García Salazar, el apellido Arequipa es de origen español. Incluso esgrime la teoría de que la ciudad fue bautizada así por el apellido de algún conquistador de España, como fue en los casos de Trujillo, Córdoba, Mendoza, Valdivia, León, etc. El investigador refiere además que, siendo la clase dominante española muy segregacionista en el tiempo de la Colonia, jamás hubiera llevado patronímicos quechuas a España. Esta versión niega el origen andino del nombre Arequipa, del que existen tres tradiciones. La más conocida es sobre el Inca Mayta Cápac. “Ari quepay” (sí, quedaos, en quechua), respuesta que habría dado el inca al llegar al valle de Chili, cuando sus súbditos le pidieron establecerse en la comarca, tras quedar maravillados por la belleza del paisaje y la suavidad del clima. Ésta fue la etimología que utilizó el padre Calancha que fue traducida por J. Ignacio Gamio.

gar situado a espaldas de la serranía, o sea “ariq qipa”. En cuanto al apellido, la mayoría de familias de apellido Arequipa que viven en esta ciudad provienen, curiosamente, de Puno, como descubrimos en la siguiente historia.

AREQUIPA MADRE

En la provincia puneña de Melgar existe un pueblo llamado Cupi. Entre sus 2 mil habitantes, el apellido Arequipa es bien conocido. Son varias familias, pero parientes entre sí. Como todos en Cupi, se dedican a la agricultura y ganadería en muy pequeña escala. Comparten la pobreza del resto de poblados altoandinos y han migrado también, como muchos, a distintas partes del Perú. Muchos viven en Lima, otros en el norte del país y algunos en la propia Arequipa, como nos cuenta uno de ellos, Felipe Hinojosa Arequipa. De pequeño, en Cupi, Felipe se dedicaba al pastoreo. Si bien compartía con sus seis hermanos el apellido materno, Arequipa; tres de ellos tenían otro padre, lo que resultaba en una singular combinación de apellidos: Pequeña Arequipa. Él llegó a nuestra ciudad a los 12 años, después de haber tentado suerte en Moquegua. Su madre, doña Concepción Arequipa Cáceres, con la responsabilidad de seis hijos que alimentar, decidió dejarlo en manos de su hermana, Silvia, que ya llevaba muchos años establecida en Paucarpata. Junto a su esposo, Fidel Bobadilla Velarde, y sus tres hijos, doña Silvia le dio a Felipe un nuevo hogar. Quienes han vivido una situación similar entenderán que, para Felipe, doña Silvia lleva el título de madre más grande que el de su progenitora. Al llegar a Arequipa, Felipe acompañaba a su mamá Silvia a vender “cachivaches” como ambulante en la plazoleta del

< < E n A r g e n t i n a h ay a p r o x i m a d a m e n t e 1 5 9 p e r s o n a s q u e l l e va n e s t e < < < < < a p e l l i d o . C o n l o < < < q u e A r e q u i pa e s e l 2 9 m i l 7 7 9 º a p e l l i d o < < < < < < < < < < < < < < < < < < m á s f r ec u e n t e . E s ta s p e r s o n a s v i v e n e n 4 p r o v i n c i a s . < < < < < < < < < < < < < < < Otra versión es la del Padre Blas Vela y la del Inca Garcilaso de la Vega, que dicen que el nombre de la ciudad proviene de una antigua voz aymara: “ari qquepan”, porque así llamaban los indios a un caracol marino que usaban a modo de trompeta sonora. Otra etimología, expuesta por el quechuólogo cusqueño Juan de la Cruz Salas y Sánchez y el historiador Ernst Middendorf, toma en cuenta el hecho de que la región recibió un intenso poblamiento de colonias de origen altiplánico. El nombre provendría del aymara “ari qhipaya”, de ari (agudo, filoso o puntiagudo) y qhipaya (detrás). Así, Arequipa significaría “detrás del pico”, haciendo referencia al cono volcánico del Misti, que domina el horizonte arequipeño. Esta teoría se sustenta en el hecho de que los incas consideraban al Cuzco como el centro del mundo, así que se referían a la zona de Arequipa como la tierra o lugar detrás de los volcanes o lu-

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Mercado San Camilo. Niño aún, también vendía verduras en la calle Alto de la Luna, junto a sus hermanos. Cuando ya pasaba la adolescencia, Felipe leyó un aviso en el periódico y comenzó como aprendiz en un taller de zapatería. No le pagaban un sueldo y lo que le daban para pasajes lo gastaba en algo de comer, con lo que cada día tenía que ir a pie desde su casa en Ciudad Blanca (Paucarpata) hasta el taller en Alto Misti (Miraflores). De aquella experiencia sacó el oficio que hoy le ha permitido montar su propia empresa de confección de calzado. Después de 16 años trabajando para otros, hace dos, comenzó su propio negocio con la marca “Fromi”. El nombre es una mezcla de las iniciales de su nombre, el de su esposa, Flora Castillo, y de su hija Mirella de 9 años. “Para mi hijo, Bruce, voy a crear una nueva línea de calzado masculino”, advierte. Felipe es muy dedicado a su trabajo. Él mismo se encarga de los diseños - principalmente calzado para niñas-, de comprar los insumos y de vender el producto, tanto en los mercadillos de la calle Pizarro, como en las ciudades de Juliaca y Puno. En sus “tiempos libres” también trabaja, innovando


el logotipo de su marca y buscando los mejores estampados. Una década atrás se daba tiempo para su deporte favorito: el Kung Fu. Pero no era uno más en la escuela Inti Maskay Pacha, de la avenida Jesús, Felipe fue campeón nacional dos años consecutivos, en 1991 y 1992. Ahora ya no hay mucho tiempo para las artes marciales, pero su hijo Bruce también las practica, para orgullo de su padre. Y la familia es para Felipe la mayor de sus riquezas, como para tantos hombres que llegaron de otras tierras para sembrar aquí sus raíces. Felipe Hinojosa Arequipa no es de Arequipa, como tampoco es –no tendría por qué serlo- asiduo de sus tradiciones; pero apellidarse como esta ciudad siempre le ha distinguido del resto. Sin embargo, el apellido Arequipa lo lleva con amor por una razón más poderosa, por aquella mujer que fue más que su madre, su cómplice y consejera, doña Silvia Arequipa, a quien vio partir para siempre hace un año, pero que sigue siendo su fuerza.

AREQUIPA PATERNA

A diferencia de Felipe, Nélida Arequipa Mamani, ubica los orígenes de su apellido paterno en

Oreocereus es un género de cactus que pertenece a la familia Cactaceae, conocido solamente en grandes altitudes de los Andes. Su nombre deriva del griego y significa “cacto de montaña”. En los estudios fitológicos de Britton & Rose, la especie es también llamada “Arequipa”; y Arequipiopsis, por Kreuz. & Buining Arequipa. No en la ciudad que el 15 de agosto celebra un año más de fundación española, sino en la provincia de Caylloma. Más exactamente en el poblado de Challhuanca, en el distrito de Yanque. A ella la ubicamos en la guía telefónica y la encontramos en su casa de Alto Cayma. Hace 10 años que se mudó definitivamente a la ciudad. Nuevamente la historia encaja con la de muchos migrantes que llegan aquí en busca de una vida mejor para su familia. Su experiencia tiene, además, otro tenor común a muchas mujeres: ella se encarga sola de sostener su hogar. Y haber nacido en el valle del Colca, uno de los lugares más representativos de la región, le ha proporcionado su principal herramienta de trabajo. Ella elabora artesanías con motivos cayllominos, sobre todo bordados que estampa en carteras y otros productos de tela. Nélida también borda trajes típicos del Colca y los luce

Los Arequipa. Nélida y sus hijos, con la herencia de un apellido inconfundible.

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Crónica

con orgullo, no sólo para nuestra cámara, sino también en festivales folklóricos, en los que participa danzando. Todas las prendas son bordadas por ella y, decir “todas” es bastante: blusa, chaleco, saco, manta, faja, pollera, falda y sombrero. Un atuendo completo cuesta no menos de 700 soles. Arequipeña, de apellido Arequipa, no deja pasar las celebraciones del 15 de agosto. Junto a sus tres menores hijos –Derli, Bryan y Sara- nunca faltan a las serenatas y al Corso de la Amistad. Y en las fechas especiales, la mesa se vuelve un espacio de encuentro entre la ciudad y las provincias: Chuño, mote y carne de alpaca se comparten junto a un buen caldo blanco. En el colegio, a los hijos de Nélida no los llaman por su nombre de pila, ni por su primer apellido. Tener el nombre de la ciudad como apellido materno tiene ese efecto, los llaman: Arequipa. Los más bromistas cambian el nombre de la ciudad y terminan llamándoles “Piura” o “Tacna”, pero eso a los niños sólo les hace reír. Felipe y Nélida compartieron gustosos con nosotros sus historias, las que buscamos para conocer lo que significa llevar Arequipa en el nombre; una curiosidad natural para aquellos que vivimos en estas tierras y que nos sentimos orgullosos de eso.

Fusiones. Trajo de Puno el apellido Arequipa y los sueños que fue construyendo a pulso.

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Una familia también puede compararse con una ciudad. La historia de sus miembros suele parecerse a la de su urbe o viceversa. La Ciudad Blanca ha albergado, en 471 años, a muchas familias con estirpe. Sus historias han compartido y reservado muchos triunfos y desgracias que, de alguna manera, son las de todos los que vivimos aquí.

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Texto: Efraín Rodríguez

Familia Rickets - Foto: Max T. Vargas

Los primeros. Gustavo Ricketts Lindley acompañado de su esposa María Murga Murguía (a la izquierda). Sus hijos María, Luis, Sara, Carlos, José, Leonor, Rosa y Federico. (Foto: Max T. Vargas)


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n múltiples pasajes de la vida, las historias de las familias coinciden con las de su ciudad, sean las de abolengo o las más humildes. Así ocurrió en Arequipa.

Para el historiador Eusebio Quiroz Paz Soldán en esta ciudad no hubo aristocracia. La historia le deparó a Arequipa el empuje de prósperos empresarios o funcionarios de la corona española que arribaban en representación del poderío vigente. Y es allí donde se instalan las semillas de las familias más representativas. “Ellos fueron los primeros faros de intelectualidad, arte, tecnología, autoridad local de la ciudad”, estima el abogado e historiador Mario Rommel Arce Espinoza. El radio de influencia y supremacía de las “familias insignes” de Arequipa radicaba en las varias instituciones tutelares de la ciudad. Durante el siglo XVIII, XIX y las cinco primeras décadas del siglo XX, encabezaron y se repartieron cargos entre la Universidad Nacional de San Agustín, el Colegio Independencia Americana, la Alcaldía Provincial, la Sociedad Benéfica, la Prefectura y la Corte Superior de Justicia.

GOYENECHE Y TRISTÁN, EL RASGO DESAPARECIDO De los Goyeneche no queda más que el recuerdo de su paso por la ciudad, pues actualmente no radica ninguno en Arequipa. Pero su ausencia no se tradujo en indiferencia. Antes que su árbol genealógico desparezca, realizaron donaciones y dádivas a la población arequipeña, como quien se despide de la tierra que los albergó por casi cien años. José Sebastián de Goyeneche y Barreda fue el máximo ícono del árbol genealógico y nació del matrimonio entre el capitán español Juan Crisóstomo de Goyeneche y Aguerrevere, y María Josefa Barreda y Benavides. Se graduó como abogado por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, abrazó el camino sacerdotal y logró ser arzobispo de Lima y obispo de Arequipa. Una vez propalada la independencia en el Perú, se entrevistó con el libertador Simón Bolívar y consiguió que, en 1825, las autoridades eclesiásticas juraran a favor de la naciente república y guardaran reserva hacia la corona española. Su sobrino, Juan Mariano de Goyeneche y Gamio, fue el principal benefactor de Arequipa en esa época y donó las propiedades que ahora son las instalaciones del hospital que lleva el apellido de la familia. El árbol genealógico de los Tristán adquiere representatividad cuando José Joaquín Tristán del Pozo y Carassa, y María Mercedes Moscoso Pérez

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El cardenal de niño. (Izq. a Der.) Eduardo (Juan en el futuro) Landázuri y sus hermanos Javier y Gustavo.


La sobrina. Martha Landázuri y su tío Juan “Periquito” Landázuri.

LOS OTROS CLANES

Lumbrera. Jaime Rey de Castro, eterna lumbrera de conocimiento y revolución. Su padre también fue figura influyente en la política. La rebeldía venía de sangre.

El primer Landázuri en el Perú arribó en 1750 con el encargo de la corona española de supervisar las funciones de la Casa Real de la Moneda. Su nombre era Estanislao de Landázuri y Bolívar, y se casó con Josefa Joaquina Guillén y Goyzueta. Del matrimonio nacieron Josefa, Fermín, Micaela, Ignacio, Domingo, José y Manuel Landázuri y Guillén, entre 1759 y 1770. De las ramas de este árbol genealógico, el primero en llegar a Arequipa fue Fermín, quien dio pie al desarrolló de seis generaciones hasta la actualidad. A partir de la tercera década del siglo XX, las familias iniciaron una fluida relación amical que luego se afianzaba en tórridos amoríos. Un cruce genealógico de los más representativos de la ciudad lo protagonizaron las familias Landázuri y Ricketts, que se volvió una sola y tuvo como máximos representantes en la historia local y nacional, al ex alcalde de Arequipa Javier Landázuri Ricketts, y al cardenal Juan Landázuri Ricketts. Ellos nacieron por la unión de Gustavo Landázuri y Villagra, y María Rosa Ricketts Murga y tuvieron tres hermanos más. En el otro lado de la moneda, se encontraban los Ricketts. Según su afamada historia, esta numerosa y próspera familia arequipeña tiene sus raíces locales en Gustavo Ricketts Lidley, el primero en pisar la ciudad blanca, con el objetivo de comerciar con productos del altiplano. Él se casó con María Murga Murguía y producto de la relación nacieron Luis, Carlos, José, Federico, María, Sara y Leonor. La familia basó su

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Fundadores

Oblitas deciden casarse. Estos procrean a Juan Pío, uno de los primeros caudillos arequipeños del Perú; Mariano, padre de Flora Tristán; y Victoria, esposa del ex presidente Rufino Echenique y bisabuela del escritor Alfredo Bryce Echenique. El dominó del tiempo demostró que los Tristán estaban llamados por la historia universal. Del matrimonio de Mariano Tristán y Moscoso y Anne-Pierre Laisnay nació Flora Tristán, precursora del feminismo y pensadora que contribuyó en las bases del pensamiento marxista. Flora Tristán arribó a Arequipa en 1834 para reclamar la herencia familiar a su tío Juan Pío Tristán y Moscoso; él se la negó por no estar reconocida legalmente como hija de Mariano, quien murió cuando ella tenía siete años. . El otro nexo entre la historia y los Tristán se conjuga con el matrimonio de Mariano Darío Llosa Benavides y Carmen Rivero Tristán, descendientes directos de la estirpe de Flora, que dio como fruto el nacimiento de Belisario Llosa y Rivero, bisabuelo de Mario Vargas Llosa. Según la genealogía, Flora Tristán y el nobel peruano, mantienen el linaje. Las otras familias de Arequipa no tuvieron la sobrecarga barroca del linaje de la corona y florecieron a finales del siglo XIX e inicios del XX. Se erigieron como prósperos grupos empresariales en la macroregión sur y le heredaron a Arequipa una casta intelectual. Las tertulias, fiestas y acontecimientos siempre resonaron entre los Ricketts, López de Romaña, Rey de Castro, Llosa, Landázuri, entre otras.


crecimiento y grandeza económica en la industria lanera que circuló entre Puno, Cusco, Tacna y Moquegua y hasta la fecha mantiene un predominio en ese rubro. Otros que fijaron el cruce genealógico fueron los Rey de Castro y Llosa. Emilia Llosa García López de Romaña contrajo nupcias con Jaime Rey de Castro y tuvo cuatro hijos: Emilia, Isabel, Mónica y Jaime, fallecido a los veintisiete años. “Somos una gran familia, si usted revisa los archivos y árboles genealógicos nos hemos juntado los Llosa, los Rey de Castro, los López de Romaña, los García y otras más atrás, parece que tenemos a la ciudad completa”, afirma sonriendo Emilia Llosa, quien ya bordea los 90 años. El máximo ícono de esta familia es, hasta el momento, Jaime Rey de Castro López de Romaña. Fue diputado en 1956 y destacó por su sólida formación jurista. Estuvo preso en el panóptico de Lima, por persecución de la dictadura Odrista. La otra figura del clan, que vuelve a girar en torno a una familia, es Mario Vargas Llosa. “Mario es mi sobrino, yo soy prima de su madre, Dorita, y mi madre también es prima hermana de su abuela, Carmen”, explica Emilia Llosa. “Lo conocí cuando él tenía 18 años y era un muchachito simpaticón”. Sobre esa reflexión, Emilia Llosa confiesa tener una relación amical y familiar muy entrañable con el Nobel. “Solo que a veces le reprocho por algunas barbaridades que escribe”, cuenta.

Para una ciudad que daba sus primeros pasos republicanos y desarrollaba, por fin, una aristocracia, después de superar el yugo español; los acontecimientos sociales eran el engranaje y motor de los clanes. LA FAMILIA, LA CIUDAD

Para una ciudad que daba sus primeros pasos republicanos y desarrollaba, por fin, una aristocracia, después de superar el yugo español; los acontecimientos sociales eran el engranaje y motor de los clanes. Los testimonios de Martha Landazuri y Emilia Llosa concuerdan al afirmar que la fiesta y la revolución en muchas ocasiones era una sola cosa. Como los carnavales tradicionales, que se jugaban en todo en el centro de la ciudad con pandillas de pillos que rellenaban los huevos con agua después de sacar su contenido por un pequeño hueco. “Después de tanto mojarnos, la fiesta continuaba en el Club Arequipa o en los bailes y cocteles en el teatro Municipal o Fénix”, detalla Martha Landazuri. En otros pasajes, Emilia Llosa rememora incluso a la periodista Doris Gibson Parra. “Yo la conocí y siempre sabía que estaba de fiesta en fiesta, todo siempre muy bohemio, compartiendo con los amigos”. El dicho reza: “No se puede escoger a la familia”, sin embargo, sí se puede aspirar a vivir a nuestra manera, si ésta es ordenada, limpia, bella e inteligente, mejor. Como Arequipa, de característica revolucionaria y glamorosa, al mismo tiempo.

Tercera Generación. María Murga Murguía y sus nietos. El cruce entre familias estaba concretado.

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Cr贸nica El B煤ho | La Revista | 23


Pukial de V


Vida Texto: Elmer Mamani Fotos: Patricia Pinto

Todos corremos tras Gregorio. El hombrecito avanza raudamente con la ofrenda envuelta en la manta sujeta a su espalda. Una bandada lo sigue. El tropel, moteado de algunos turistas, del anexo Chalhuanca, rastrea de cerca el rápido andar del personaje vestido con raído saco plomo. Mujeres envueltas en la vestimenta tradicional collagua, músicos que intentan seguir el compás mientras dan pasos apremiantes y niños alborotados. Todos desean observar el primer ritual de cosecha al agua. Los 4 mil 340 m.s.n.m. no impiden que los lugareños salten ágilmente de piedra en piedra para sortear el riacho. Pececitos diminutos, “chalhuas”, asoman y se desplazan en estas aguas. Bien dice el presidente de la comisión de regantes, Walter Vilca, que las “chalhuas” son manjares acompañadas de tostado, “hanca”. De ahí el nombre del poblado. Con una banda celeste que surca su torso, distintivo de autoridad en la realización del místico rito, el morador se apresura para no perder el paso a los demás. Me cuenta que, hasta la fecha, el pueblo solo había celebrado el “tinkachi”. También fiesta ritual, pero dedicada a la alpaca. Generalmente celebrada en enero, febrero o marzo, por el lapso de tres a cinco días, sin más propósito que llamar a la fertilidad de sus animales para todo el año. Las hembras son atadas para estar a merced de los machos. El abanderado aligera el paso. Cortan camino algunos pobladores por un islote largo para llegar al manantial donde se dará respeto, agradecimiento, y se solicitará permiso de uso, para que el agua no escasee. Chuncamamacha es el ojo naciente del subsuelo de agua elegido, uno de los muchos que hay en la provincia de Caylloma. El silbido gutural de la artesanal flauta y el monótono sonido del tamborcito escoltan a Gregorio Cayllahua y a Vicente Quispe, su ayudante y aprendiz. Luego de varios titubeos, en una diminuta península del manantial, los “paccos”(pagadores) se inclinan para posar sus despachos en el pastizal húmedo. Gregorio desata el bulto y se avizora un remolino de objetos que la costumbre requiere para presentar gratitud a la tierra Pachamama. La banda “Juventud los truenos”, aparecida de imprevisto, disipa el silencio. Las collaguas, tomadas de las manos, empiezan a danzar formando círculo. La chicha de jora venerada por los incas, rota por bocas negruzcas curtidas por el frío. El ambiente crea bríos de confraternidad. Gregorio ordena delicadamente los elementos que conformarán el “despacho”. El “pacco” da la impresión de mucha más edad que sólo sus 50 años. Es la primera vez que paga al agua, siempre lo ha hecho en agradecimiento a la tierra. Socarronamente me niega saber cuánto le pagarán por este trabajo, pero se disculpa diciéndome que valdrá la voluntad de quienes lo contrataron. Son más de 30 años que realiza

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Pago al agua

S

i hay pago a la tierra, también lo hay para el agua. Comuneros de un pequeño poblado de las alturas arequipeñas realizan un rito poco conocido. El ”Pukio Tinkay” (Fiesta del Agua) es el gran encuentro con la fuente creadora de vida, el símbolo espiritual de integración con las fuerzas de la naturaleza. De contenido cultural y místico, cada componente representa algún aspecto de la vida cotidiana del pueblo andino.


esta peculiar tarea. Tiene el signo característico de todo gran “chacchador” de la milenaria planta inca en su oscura dentadura. “Tengo tres”, titubea. “No, dos hijos”, logra articular mientras sonríe. Para llegar a ser “pacco”, a Gregorio le tuvo que caer un rayo. Esa es la forma iniciática para unirse con la naturaleza, su condición especial. Asegura que estuvo muerto durante minutos y luego revivió. A partir de ese instante, con 18 años, aprendió el oficio de su abuelo, también pagador. Fecha con la que igualmente comenzaron los dolores de cabeza que no cesan hasta hoy. El pequeño maestro del rito siempre ha vivido en este pueblo que alberga no más de 180 familias. Las calles desoladas ratifican que muchos de ellos se trasladan a estancias alejadas a gran distancia, unas de otras. Su familia, como todas las de la zona, se dedica a la crianza de alpacas, alpacas que necesitan bofedales y bofedales que necesitan de agua. De allí la trascendencia del ritual para ellos. En Chalhuanca no crece nada, el gélido clima no lo permite. Envuelto en serpentinas multicolores, Gregorio saca de una bolsa negra coca y luego pasa el envoltorio a los demás. Gracias a la chicha de jora, la coca, y ahora el anisado, el ambiente se torna más comunitario. El Pukio Tinkay (Fiesta del Agua) recién empieza. Un arco de flores y dos ramilletes son colocados por las mujeres dentro del manantial. El incienso

está listo. Una botella de vino se revela en las manos de Gregorio, con un pequeño recipiente, similar al cáliz católico, para que los dos “paccos” “challen” ante la Chuncamamacha. Varios chorritos de vino son dejados caer incesantemente en el agua por los pobladores. El humo del incienso reclama su intervención. Cubierto por hierba, el recipiente es levantado por Gregorio, que al filo más próximo, fronterizo a la fuente, declama e invoca a los dioses panteístas de la sierra. Así como todos beben y chacchan, también todos inciensan. Pregonando oraciones, se inclinan levemente y blanden hacia lo alto invocando a la madre tierra. En lo suyo, Gregorio, junto con su ayudante, arman despacio la mesa de ofrenda, mientras intercaladamente cambian copas y siguen moliendo coca en sus dientes. La respuesta originaria a cada elemento integrante de la mesa de ofrenda o “despacho” es muy diversa. El “uchú” (cebo) esta extraído del pecho de la piel de la alpaca, utilizado para hacer arder más vivamente el obsequio. El feto de una alpaca, elemento imprescindible, “sullo”, “… es lo que va a comer la tierra todo el año”, musita Gregorio, mientras lo saca del papel periódico en que está envuelto. “La madre tierra está viva, come, tiene sed. El agua está viva”, agrega. La riqueza está representada por el “colelibro” especie de papel de platino y de plata, que envuelve todo el obsequio. Un puñado de maíz blanco también es parte del regalo. Aparte, hierbas como la “cunuja”, necesaria para el incienso y para elevar la oración. El atado con un ave y un gato montés disecados, una concha de mar y otros misteriosos objetos, hasta la bandera peruana que ostenta Gregorio en su manta collagua, cumplen un papel en la “tinkacha”. Ahora el conjunto se ha unifi-

De pagos, de fiesta y de “paccos”. El rito está íntimamente relacionado a la fiesta, donde la participación comunitaria es

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El “pacco” da la impresión de mucha más edad que sólo 50 años. Es la primera vez que paga al agua, siempre lo ha hecho en agradecimiento a la tierra. Socarronamente me niega saber cuánto le pagarán por este trabajo, pero se disculpa diciéndome que valdrá la voluntad de quienes lo contrataron da. Toma vino y challa, chaccha coca y ora. Inciensa con lo único que queda en la vasija. Declama ser escuchado por la madre naturaleza. Y entierra la ofrenda. Las mujeres, diseminadas por todo el manantial, con sus vestidos collaguas batiéndose con el helado viento, intentan echar hojas de flores a la fuente. Casi todas las danzas tuvieron temática relativa a pagos ceremoniales, con excepción del wititi. Sin haber finalizado el concurso, el flagelo del fuerte viento se ensaña con todos los asistentes. Paulatinamente, a la gente se la ve a lo lejos, camino al poblado. Casi un centenar de alpacas cruzan el sendero comunal hacia otros bofedales, del lado opuesto. Gregorio también se quiere ir. Enojada la naturaleza, le pregunto cómo sabe que la Pachamama está contenta con la ofrenda. - Al quemarla tiene que tronar el maíz blanco - sonríe - ¿Y tronó? - Tres veces- me confirma.

indispensable para la comunión mística con la naturaleza.

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Pago al agua

cado al pago del “puquial”. La lógica de la cultura andina demuestra que todas estas tradiciones se anudan. Mientras brinda, Walter Vilca, arguye que para el próximo año el “pukial” (manantial) pagado será otro. La ceremonia terminará por donde comenzó. Horas antes, la plazoleta, orlada con una alpaca, monumento que identifica al poblado, estaba lánguidamente ocupada por niños. La caravana, cortejada por la música de la banda, que por momentos asemejada a una fiesta carnavalesca, se vino acercando al descampado escenario, 500 metros lejos del anexo. El decorado para el concurso está listo. Y los que bailarán en el concurso del Pukio Tintay también. Niños del colegio Juan Velasco Alvarado arreglan sus vestimentas. Las niñas cogen y estiran sus faldas collaguas ante el frío que azota sus rodillas. Después del pago se iniciará el concurso. El sonido de fiesta del escenario de baile se escucha hasta el manantial, donde la ofrenda viaja cubierta con una tela sobre las manos de Gregorio, de poblador a poblador, para que sea soplada. –Sopla- me dice. -Tres veces tienes que hacerlo-, replica. El hombrecito explica que son los deseos los que se posan en el “despacho”. Ya un poco alejado del manantial, quema la primera ofrenda. Verifica que todo se haya hecho cenizas. Regresa y, con ayuda de Vicente, cava con una pala el agujero para depositar la segunda ofren-


En una de las regiones más chúkaras del país hay un único consenso sobre el que se firma la paz sin condiciones: la gastronomía arequipeña es la mejor de todas. Los chauvinismos se encienden ante la contundente presencia de cualquier plato picantero y pone al comensal al nivel de experto crítico culinario. Aquí, una guía para principiantes.

Orgullo volcánico

Texto: Jorge Álvarez Rivera


Q

uien no ha sentido cómo se le enciende la lengua en el almuerzo, no ha comido en Arequipa. Ese romance entre la comida y el fuego se mantiene incluso fuera de la olla. La candela persiste en los ajíes y hasta en el anisado que acompaña los sagrados alimentos. En la tierra de Melgar, con la comida no se juega. Es pasión pura. Y como tal, han sido mujeres las encargadas de sostenerla hasta convertirla en arte. No es casualidad que el artículo femenino se anteponga a las picanterías más pedidas. “Señor taxista ¿me lleva a La Lucila?”, “¿Almorzamos en La Cau Cau?”, “¿Cuánto me cobra hasta La Palomino?”, “Nos vemos en La Capitana”. Aquí en Arequipa los chefs varones, tan de moda gracias al impulso comercial del robusto Gastón, deben comprender que hay cosas que no se consiguen en el instituto de formación gastronómica. Y pese a que la literatura sobre el particular crece con el tiempo, todavía son muchos los no iniciados. Desconocen de las propiedades más allá del sabor. La comida arequipeña, pese a su tradicional contundencia en el plato, no se trata de quitar el hambre. Eso lo hace cualquier fast food. Aquí la magia radica en las propiedades intrínsecas a cada bocado que ingresa al organismo. Uno no es el mismo después de comer. Explicamos el por qué.

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Adobo

La simpleza de su nombre es inversa a su constitución. Quien sabe prepararlo entiende el trabajo. Remojar de madrugada las carnes en chicha. No esperar al sol para empezar con el hechizo. El chancho en la que puede ser su forma más gloriosa. Anthony Bourdain, amante del cerdo en todas sus preparaciones, se quedaría a vivir en Arequipa si alguien le ofrece esta maravilla al amanecer. Es tan especial que tiene hasta un horario inamovible. El adobo se come al alba, los domingos de preferencia. Como ir a misa. Asisten a la comilona los que buscan recuperar lo que perdieron la noche anterior. Por lo general la fuerza que se va diluyendo entre copas. Pero no confundir con un simple levantamuertos. Muchas cosas devuelven la vida. Sólo el adobo regresa las ganas de vivir.

Chupe de camarones

No es una sopa. Quien se atreva a tratarla así mejor que se abstenga de probarla. Es un caldo de sorpresas. Su sustancia turbia no permite ver la maravilla que saldrá en cada cucharada. Pero claro, el asombro mayor queda reservado a la carne del crustáceo, tan bien guarnecida dentro de la armadura colorada. Algo tan bien protegido solo puede ser un tesoro. Es el plato favorito de Vargas Llosa y su ingrediente principal, así como recio en sus tenazas, es delicado en su supervivencia. Se precisa de vedas que permitan su existir.


Gastronomía

Hay quienes temen hincarle el diente a un cuy chactado por su parecido con las mascotas. Imaginen el valor de quien se empuja un demonio del río que ni rostro tiene.

Pastel de Papa

Sólo en Arequipa la humilde papa podía convertirse en protagonista. No es mero acompañamiento ni se luce como única pieza bañada en salsa. Es toda un fuente que brota del horno. Rebosa queso como si sudara gloria. Su corteza dorada es producto de una feliz unión con el huevo. Se sabe que la papa y el huevo siempre se han llevado bien. Precisa de habilidad el que pretenda cocinarlo. Un pastel de papa podría parecer una simple colocación de rodajas del tubérculo pero su geometría va más allá. Es una ecuación que le permite despejar incógnitas a la hora de comer.

Rocoto relleno

Amo y señor de la comida arequipeña. Todos los demás platos podrían girar en torno a él y acompañarlo en sendos dobles y triples. Su sola presencia en la mesa enciende la plática. “¿Picará?” se pregunta siempre el nuevo. Si el color rojo consigue alejar a los cobardes, entonces ha cumplido su cometido. Esto es para los bravos. Su relleno se envalentona con tremenda corteza. Los sabores se multiplican y hasta se contagian del ardor del rocoto. Hasta el huevo quiere picar. El comensal responsable va con respeto. Uno es tan vulnerable ante tamaño portento.

Chicha de jora

Su color fosforescente invita a tomarla. Ante la emergencia pirómana de un buen picante, su alivio llega en tragos

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largos que normalizan el cuerpo. Pero cuidado. Tanto placer puede ser perjudicial para la salud. Que hablen los que han vivido el episodio de excederse en inclinar los portales de la jora. Una borrachera feroz se desata cuando uno menos lo espera. Sus poderes en ese terreno se exacerban al combinarse con una copita de anisado. El “Prende y Apaga” es un clásico a la hora de las anécdotas picanteras. A los desavisados una recomendación: no escoger nunca el segundo piso para empezar a experimentar.

Queso helado

Postre supremo de engañoso nombre. Quienes no lo conocen le temen. “¿Es un queso frío?”. No, torpe. Es un dulce de leche que ayuda a sobrevivir al calor. Su amable temperatura acaba con los efectos del sol a 3 mil 800 m.s.n.m. Una batea plateada girando en torno al hielo es postal recurrente en las calles de la ciudad. Hacer un alto se impone para pedirlo con un poco de canela. Compararlo con las nieves del Misti no es una exageración. Mantener una estela blanca bajo el sol nuclear de esta sierra es una proeza. Comer un iceberg de leche al mediodía va por ahí.

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Gastronomía No poseen palacio, corona, cetro o altar, pero supieron hacer de su oficio un reinado donde ellos tienen la palabra. Además de buenas ganancias, el diario quehacer les brinda una satisfacción que se transmite a sus clientes, quienes han terminado rendidos ante la sazón de estos tres monarcas del sabor.

Texto:Marilda Quico Ydme Fotos: Jhonatan Segura Caballero

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Jueces, abogados, litigantes y curiosos probaron su comida y no se arrepintieron. Una razón por la que, de lunes a viernes, vende no menos de 500 sanguches. Los sábados la clientela disminuye y se vende apenas 300 ó 350

A

unque Arequipa nunca tuvo, en rigor, un rey, estuvo muy ligada a la corona española. El historiador Guillermo Zegarra Meneses, en su obra “Arequipa en el paso de la Colonia a la República. La visita de Bolivar”, sostiene que la Ciudad Blanca tuvo un apego especial a la realeza y al seguimiento estricto de los criterios dictados por los monarcas de España. Tras 471 años desde su fundación, la ciudad tiene otros reyes a quienes también guarda especial consideración y, aunque ellos no tienen palacio, corona o cetro, supieron conquistar este territorio con buena sazón.

La reina del anticucho

En la transitada avenida La Marina, decenas de autos estacionan, única y exclusivamente, para pedirle a doña Gaby Márquez un plato de su delicioso anticucho al paso. Los recurrentes “qué rico” o “unito más”, son frecuentes cualquier noche. Más aún si es viernes o sábado, días en que la propia Gaby prepara los platos que salen incesantemente de su brasero. Gaby tiene 61 años y su negocio lleva funcionando casi tanto tiempo como la edad que tiene, pues lo inició su madre, doña Ángela. Una madre soltera que hizo de su buena sazón un negocio redondo. Gaby lo heredó y lo hizo crecer. Por eso se ha ganado el apelativo de “reina del anticucho”. Inicialmente, en 1951, el negocio estaba ubicado en la esquina de la calle La Recoleta con la avenida Ejército. Permaneció ahí hasta 2003, cuando la municipalidad provincial de Arequipa pidió que desalojaran el lugar pues era inseguro. El tránsito era muy recargado y ponía en riesgo la vida de los consumidores. Entonces se trasladaron. Y desde 2007, largas filas de automóviles esperan pacientemente su turno para ser atendidos en la avenida La Marina, lugar hasta donde Gaby trasladó su palacio de 12 mesitas. Por su edad, doña Gaby ya no va todos los días a su local, pero no ha dejado de atenderlo personalmente los días viernes y sábados en los que, por ser fin de semana, se llena de clientes. Todos los días, los anticuchos se preparan en casa y los sazona ella misma. La rutina de Gaby se inicia a las 6 de la mañana y se prolonga hasta las 3 de la tarde. Va al mercado San Camilo a comprar los corazones de res para preparar los anticuchos y compra todos los condimentos enteros. “Yo los compro así, enteritos, yo

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misma los muelo porque si lo compro listos, entonces el sabor cambia”, dice. Este tal vez sea uno de los secretos por los que su negocio se distingue. Con una sonrisa en el rostro, cuenta que algunas personalidades visitaron su puesto. Simón Balbuena, ex alcalde provincial de Arequipa; Alfredo Zegarra Tejada, actual burgomaestre, Juan Manuel Guillén Benavides, presidente regional; Juan Carlos Eguren, congresista por Arequipa, entre otros. Dice que aunque no los vio personalmente, sus hijos y nietos que también la ayudan, sí los vieron.“Ellos no bajan de sus carros. Mi nietecito me dice, mira vino aquel señor que es alcalde; o así”, comenta. El propio Gastón Acurio, reconocido chef peruano, no se resistió a probar un plato preparado por Gaby. Tras su aprobación le ofreció participar en la feria gastronómica de Lima llamada Mistura. Gaby, que ya había participado en un evento similar, se negó porque el anterior le dejo un mal sabor. La mala organización de ese evento malogró los anticuchos y eso fue suficiente. Prefiere quedarse a atender a sus asiduos clientes locales. Su preocupación por ahora es otra. Dice que por su edad y los dolores musculares que sufre tendrá que dejar el negocio. Ella cree que, lamentablemente, sus hijas aún no encuentran el punto exacto para ofrecer al cliente un buen anticucho. “Ambas lo hacen más o menos, pero todavía les falta… les falta, eso me preocupa. Mi hija mayor, Rocío, va a quedarse con el negocio, pero hay que enseñarle más todavía”.

El rey de los sanguches

Antonio Adusmel Linares Castillo nació en La Joya hace 48 años. Cuando niño ayudó a sus padres en la chacra que tenían. Fue vendedor de papas, cebollas, ajos y otros. Pero hace 17 años decidió probar suerte en la ciudad de Arequipa y se inició en la venta de aquella comida rápida conocida como sándwich o sánguche. Su historia, sin embargo, es más exitosa desde hace siete años, cuando decidió establecerse en la calle Siglo XX, al frente del Poder Judicial, en un local al que bautizó como Nino’s, en honor a su padre, don Beningno, llamado Nino por los amigos. Desde entonces se hizo más que conocido. Jueces, abogados, litigantes y curiosos probaron su comida y no se arrepintieron. Una razón por la que, de lunes a viernes, vende no menos de 500 sanguches. Los sábados la clientela disminuye y se vende apenas 300 ó 350. Es un negocio que le permite darles a sus tres hijos una buena calidad de vida. El mayor, Diego (18), le ayuda en ese local, sobretodo en la contabilidad de los ingresos y egresos. Sus otros dos hijos aún están en el colegio. Y aunque el secreto de su sabor permanece bajo siete llaves, sólo sus hijos saben cómo preparar un sánguche por el que el cliente siempre vuelve. “Buenísimo”, dice un caballero que pide 5 sanguches ame-


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ricanos para llevar. “Vine por primera vez hace tiempo y desde entonces siempre vengo con mis hijos o con alguien de la familia. Es que es un sabor diferente. Voy a llevarme cinco ahora”, dice. Paga la cuenta y se va. Adusmel es arequipeño, arequipeñísimo. Así, inspirado en el tradicional plato americano de las picanterías de la ciudad blanca, creó el sanguche americano que nuestro anterior cliente lleva a su hogar. Consiste en la mezcla de tres o cuatro tipos de sanguches en uno sólo. Igual que el picante. Otra de las novedades que nos ofrece Nino’s es que el sanguche de chicharrón sí es de chicharrón, y no carne de cerdo sancochado. “La mayoría de los sanguches de chicharrón son carne hervida y el chicharrón no se hace así. Yo preparo primero el chicharrón en un perol. Ese es el verdadero sanguche”, comenta. Simón Balbuena, el ex alcalde provincial, mandaba a comprar por lo menos 30 sanguches, dos veces por mes. Quien también lo visita es Yamel Romero Peralta, ex burgomaestre de Arequipa. Los miembros de la familia Dávalos son frecuentes clientes de Nino’s, y el cantante Segundo Rosero tampoco se resistió a probar uno de sus sanguches. Su buena mano en la preparación atrajo además el interés de Gastón Acurio quien, según nos cuenta, envió uno de sus representantes para anunciarle que pronto recibiría la visita del chef. Su negocio va viento en popa. Pero tiene un problema, el local en el que trabaja es alquilado y el dueño le ha dado un año más. Luego tendrá que

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Sólo en la calle Muñoz Najar hay por lo menos otros tres “gavilanes”; en San Juan de Dios, casi el mismo número. En el Puente Bolognesi, tres. Y la calle Paucarpata también se ha convertido en un buen lugar para albergar los otros nidos de este Gavilan. buscar uno nuevo. Por ahora abrió una pequeña sucursal en la avenida Dolores. Un negocio que apenas comienza. “Con paciencia y esfuerzo, todo se puede, esa es la clave”, concluye.

El rey Gavilán

El gavilán es un ave de no más de 35 centímetros que suele volar bajo para capturar a su presa y así alimentarse él mismo y a sus polluelos. En nuestra ciudad, un gavilán ha venido engordando, gracias al hecho de alimentar a mucha gente. Un restaurante chifa que en menos de cinco años extendió sus alas por varios distritos y es hoy una de las más grandes cadenas de comida rápida. Gabino Apaza Apaza, dueño de la cadena de restaurantes y chifa El Gavilán, es uno de ellos. Según la Superintendencia Nacional de Administración Tributaria (Sunat) tiene siete locales, pero los que pudimos contar, con su inconfundible letrero verde, sobrepasan los 15, distribuidos estratégicamente en zonas comerciales. Es una costumbre más para los arequipeños de a pie, aunque no tradicional, pero sí muy consumida por su rápida y sencilla preparación y su costo accesible. Un tipo de comida que encontramos, ahora, en cada cuadra. Arroz Chaufa, Tallarín Chaufa, Sopa Wantan, Pollo Ti-pa-kay y otros, al alcance del bolsillo. El embajador de esta comida de origen chino es Gabino ApazaApaza, arequipeño de corazón, que vio en ella un buen negocio desde el año 2007. Se inició inaugurando su primer local de comida chifa llamado “El Gavilan” (sin tilde, por si acaso), en la calle Manuel Muñoz Najar. Le siguieron locales en la Calle San Juan de Dios y Puente Bolognesi, abriendo sus puertas de uno en uno. Hoy, cuatro años después, ha inaugurado más de 10 locales en Arequipa. Se convirtió entonces en el rey del chifa y del chaufa. De la rapidez y del precio. El negocio funcionó muy bien. Sólo en la calle Muñoz Najar hay por lo menos otros tres “gavilanes”; en San Juan de Dios casi el mismo número. En el Puente Bolognesi, tres. Y la calle Paucarpata también se ha convertido en un buen lugar para albergar los otros nidos de este Gavilan. La aparición de centros comerciales y supermercados fue otro aliciente para abrir más locales. Así, a menos de 100 metros de Plaza Vea, en la avenida La Marina, encontramos otros locales del Gavilán chifero. A pocas cuadras del centro comercial Saga Falabella también hay otro y, recientemente, se ha inaugurado uno más en el Puente Grau. Este gavilán es veloz, voraz y enigmático como ninguno. Por eso, no se dejó fotografiar.


Submundos

DesnudArte

Texto: Marcos Mamani Fotos: Jhonatan Segura Caballero

Su trabajo es desnudarse y permanecer inmóviles. Algo nada sencillo para estos modelos que jamás en su vida pensaron estar en cueros delante de un salón de clases con alumnos pintando su humanidad. Tuvieron que dejar atrás el pudor e intimidad para utilizar su cuerpo con un fin artístico y de supervivencia. El Búho | La Revista | 37


Yovana se quita la bata, descubre sus senos y se queda sólo en trusa. Se recuesta en el colchón, dobla su brazo izquierdo detrás de su cabeza, cruza su pierna derecha con sensualidad y posa. La luz amarilla se dispersa por todo su cuerpo resaltando a través de luces y sombras, su anatomía cobriza y morena.

S

on las 8.20 de la mañana y Yovana todavía no está desnuda. Lleva puesta una bata color marrón. Está sentada en una silla en el centro de una clase atiborrada de alumnos que acomodan sus papelotes en los caballetes. Sólo se escucha el sonido del papel. Mientras espera la orden del profesor de turno para empezar a posar, programa la alarma de su celular para que le avise a qué hora tiene que descansar. Usualmente descansa cada media hora. El salón de clase se encuentra en penumbra, las cortinas están corridas. Junto a la modelo hay una lámpara que irradia una luz amarillenta, en el suelo hay un colchón, también hay un calefactor encendido con el fin de que la modelo no sienta frio, pero el calefactor sólo calienta una parte de su cuerpo. Yovana hace algunos estiramientos. Ya son las 8.30 de la mañana y el profesor cierra la puerta para que nadie más entre y da la orden. Yovana se quita la bata, descubre sus senos y se queda sólo en trusa. Se recuesta en el colchón, dobla su brazo izquierdo detrás de su cabeza, cruza su pierna derecha con sensualidad y posa. La luz amarilla se dispersa por todo su cuerpo resaltando a través de luces y sombras su anatomía cobriza y morena.

CHARLES CHAPLIN DE MODELO

También en otro salón se cierra la puerta. Ahí se encuentra Gustavo, el único varón modelo de la escuela de Artes de la Unsa. Gustavo está posando parado con un brazo hacía arriba y el otro en la cintura. Tiene una pier-

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na que descansa en un banco. Detrás de él hay una cortina color guinda como fondo, que le da una atmosfera de misterio. La posición es forzada porque al poco rato de estar posando ya parece cansado. Dicen que hay trucos para soportar la posición. Gustavo tiene poca experiencia porque recién comenzó a trabajar de modelo este año. Antes él trabajaba de mimo en las calles, caracterizando a Charles Chaplin. Se pintaba la cara de blanco y el bigote corto. Una moneda caía en la lata que tenía en sus pies y rompía con su inmovilidad. Balanceaba su bastón, se quitaba el sombrero y hacía las mímicas corporales y gestuales del gran Chaplin. Hasta que personal de Seguridad Ciudadana terminaba botándolo, en medio de reclamos y pifias de la gente. El profesor de la escuela de Artes, Fredy Hurtado, dice que la anatomía del hombre tiene más matices para explorar artísticamente. “El eje de la clavícula, el torso, la espalda amplia, las proporciones de los pies y manos, los músculos duros”, los enumera uno a uno con los dedos, sin que le alcancen los dedos para seguir enumerando lo grandiosa en detalles que es la anatomía del hombre. Gustavo indica que su trabajo de modelo es un oficio más, aunque pocos se atreverían a posar desnudos enfrente de los demás por pudor. “Yo siempre he trabajado de estatua”, agrega.

LA ESTATUA DORADA

Quien es una verdadera estatua es Yesica porque mantiene su postura sin titubear durante toda la sesión. El pigmento amarillo en la paleta es primordial cuando la pintan porque la luz amarillenta de la lámpara resalta el color amarillo de su piel y el rubio de su cabello. Tiene mejor cuerpo que las demás chicas, coinciden los alumnos. Ella trabajó de modelo anteriormente en la escuela de artes Carlos Baca Flor. Dice que los primeros días como modelo siempre son difíciles, pues da mucho pudor mostrar la intimidad, pero después uno se acostumbra. Dice que no es un trabajo sencillo, pues se necesita concentración para permanecer inmóvil. Además los calambres son muy frecuentes cuando tiene que cruzar las extremidades, porque la sangre no discurre. “Una vez tenía los brazos hacia arriba y cuando los bajé, uno cayó como si estuviera muerto. Esa vez me asuste y me puse a llorar”, cuenta Yesica. Dice que las poses más difíciles son cuando te apoyas con una sola pierna o con un solo brazo. Otro inconveniente es el olor de los materiales que utilizan los alumnos. Recuerda que una vez se intoxicó porque le tocó sesión en una sola clase durante toda una semana y los alumnos estaban usando óleo para pintarla. “Me dolía el estómago, no podía comer y no sabía por qué era. En el hospital me dijeron que me había intoxicado con el olor al óleo”, dice.


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LA CUARTA GRACIA

La alarma del celular suena y Yovana se levanta del colchón y con premura se pone su bata, pues su cuerpo tirita de frío. Las cortinas se abren y todos descansan. Yovana camina por la clase observando los primeros bocetos a carboncillo en los papelotes. Algunos son muy buenos, otros aún se ven distantes a la realidad. Si son buenos, los alumnos tienen la costumbre de pegarlos en las paredes de la clase. Lo testimonia un excelente dibujo hecho a pastel de Susana, una de las modelos más características de la escuela. Característica porque Susana no es la modelo de cuerpo exuberante. Ella tiene papada, los rollos le cuelgan en el vientre y su cuerpo con estrías es muy voluminoso. Sin embargo, el arte tiene la misión de hacer ver la belleza en lo más anodino y la belleza del cuerpo de Susana se observa en ese dibujo. “Me ha subido la autoestima que vean mi cuerpo como modelo para el arte”, dice. El profesor Hurtado indica que los cánones de belleza son muy amplios, pues mientras más diferencias, más antropometría en las modelos, mejor. Los alumnos podrán explorar en el cuerpo humano. “El gran cuadro de Velásquez, “Las Tres Gracias”, donde se muestra a tres mujeres regordetas fue una originalidad en ese tiempo, pues no se le consideraba belleza a la gordura”, resalta. Susana tiene 3 hijos y asegura que ellos fueron la razón por la que entró a trabajar de modelo. “Mi esposo me abandonó hace años, entonces tuve que sacar adelante a mis hijos. He trabajado de

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Cuando me dijo que era para modelar pensé que se estaba burlando de mí porque yo soy gordita. La recibió el profesor Pantigoso, quien le preguntó: “Has modelado alguna vez”. Ella respondió aterrada que no. “No te preocupes, algunas veces les da infarto”, le bromeó. todo, pero jamás pensé que llegaría a trabajar de modelo. Un día una mamá del compañero de mi hijo tenía varicela, entonces me pidió que la remplazará en su trabajo. Cuando me dijo que era para modelar pensé que se estaba burlando de mí porque yo soy gordita. Ella me insistió tanto que al final acepté”, recuerda. Y quien la recibió aquella vez fue el recordado profesor José Luis Pantigoso, quien le preguntó: “Has modelado alguna vez”. Y ella le respondió aterrada que no. “No te preocupes, algunas veces les da infarto”, le bromeó. Antes de salir desnuda del vestuario se dijo: “Por mis hijos, cualquier cosa”. Y salió. El profesor Pantigoso quedó tan satisfecho de su porte de modelo que le pidió que regresara.

REFLEJO DE TU DESNUDEZ

Yovana dice que ellas son como material para la creación artística. Literalmente podría ser, pues la sesión ha culminado y ella se encuentra en el vestíbulo, cambiándose entre calentadoras desportilladas, vasijas metálicas, jarrones de amplias asas y demás chucherías que sirven para la instalación de bodegones. Después sale con la misma naturalidad con que ha posado durante hora y media y se retira. Pero los dibujos de su cuerpo y el misterioso reflejo de su desnudez continúan pegados en los caballetes del salón.


DesnudArte Una Modelo Como Inspiracion Julian Samayani tiene en su taller algunos cuadros de aquella modelo de quien se enamoró alguna vez. No le gusta hablar de eso, pero después me dice que es parte de la experiencia que uno va viviendo. Entonces empieza a remover los viejos recuerdos. Hace 6 años estaba en el último año en la escuela de Artes Carlos Baca Flor y tenía que presentar una propuesta. No se le ocurría nada hasta que apareció ella. Le dijeron:”Hay una modelo nueva”. Y la conoció. ¿Qué te gustó de ella? Hunde la cabeza y se queda pensativo hasta que dice: “Todo, su sonrisa”. Lo dice en un tono romántico, pasional. Se hicieron amigos y le pidió que posara para su propuesta. Ella aceptó. Fueron seis meses que posó desnuda para él y es como si fueran los mejores años. “Era tan espontánea a la hora de posar. Yo le decía ponte así o sonríe y ella lo hacía maravillosamente”, recuerda. Las pinceladas con los colores de su piel cubrieron sus lienzos. “Para el color de su piel usaba el color naranja con siena tostada y una pizca de azul”, dice. También idealizaba un poco las proporciones de su cuerpo. Los fondos de nubes y palomas que le ponía a sus cuadros no sólo eran por la influencia de Tiépolo, sino por el amor que sentía hacia ella. Pero la relación fue efímera y eso le dolió mucho. Para ese entonces ya tenía 12 cuadros de ella. Una manera de expresar esa desilusión fue cambiar las nubes y palomas por fondos grises. “Justo ayer estaba tomando con unos amigos y recordaba eso y ahora vienes tú a preguntarme sobre eso”, confiesa. Por un momento te quedas contemplando un cuadro de Claudia y dices, como si estuvieras pensando en voz alta, que gracias a ella pintaste como nunca antes lo habías hecho.

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Moda La dupla perfecta para inspirar un poema o para romper un corazón es sin duda una mujer en medio de un paisaje. Hoy comprobamos la efectividad de estas palabras y les traemos, a modo de propuestas un paseo de ensueño, que no busca marcar pautas dentro de los guardarropas femeninos, sino recordar que un par de feriados significa celebrar de la campiña arequipeña con estilo.

Texto: Giuliana Gutiérrez Casaperalta Fotos: Hans & Roses Fotografía

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a ciudad nos obliga a ser prácticos, serios y redimidos en estilo, para evitar cualquier llamado de atención a la rutina. Pero precisamente en fechas fundacionales no está demás la oportunidad de hacerle un corte en seco a la usanza y atreverse a disfrutar de los feriados. Tiempo ideal para pensar en banalidades que no van con nuestra costumbre, pero que de pronto se convierten en una necesidad: dejarnos llevar por el ritmo natural de la coquetería. Al disfrute de un tiempo de descanso verde se le puede añadir unas imágenes para el recuerdo; fotografías que podemos guardar para el futuro o para compartirlas en las redes sociales, muchos se animarán a visitar la campiña arequipeña gracias a nuestra simple iniciativa. Vámonos a Sabandía, Characato, Queueña o Chiguata; todos, con la familia, los amigos, con la pareja. Solo así funciona el contacto perfecto con la naturaleza, con la buena compañía.

Directo al grano

La moda no tiene por qué estar solo en la ciudad cuando necesitamos el placer de unos días en el campo y nos damos una escapadita; no viene nada mal un buen vestuario ya que ahora todos buscamos comodidad sin perder de vista algún “delirio de glamour”. Imposible no disfrutar del clima templado de la ciudad; aunque julio y agosto son meses de invierno, los días siguen siendo soleados, lo que equivale a la luz verde para usar ropa sencilla de día y abrigadora de tarde y noche. Es necesario procurar una recarga de aire fresco, combinado con aromas naturales, vegetales y animales. No hay nada más relajante que ir a ver cómo pastean unas cuantas ovejas o formar parte del paisaje montando a caballo, placer que sólo se disfruta cerca al molino de Sabandía. A continuación nuestra selección de nuevos estilos para garantizar un contacto natural de portada.

De faldas y volados

La comodidad en una larga caminata la garantiza una falda amplia ceñida a la cintura. Podrás sentir la frescura de tus pasos y asegurarte de que los mosquitos no hagan un festín de tu piel con un buen repelente. Busca blusas de algodón de colores claros para evitar el calor. Jamás se te ocurra utilizar alguna prenda negra en medio de tu caminata campestre, no querrás conocer los resultados. Y el accesorio infaltable de cualquiera que sea el atuendo que vayas a usar en tu mañana de campiña; nunca olvides un sombrero de ala ancha, de preferencia de paja natural. Eso te permitirá un buen ventilamiento en tu cabeza, además de protegerte de la máxima radiación solar. A esta recomendación añádele un bloqueador solar de alto factor de protección.

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Al viento

La recomendación general es un corte de cabello que podamos llevar suelto en la mayoría de las ocasiones. Además de sencillez y tiempo, a la hora de peinarlo ganaremos en salud capilar y de este modo nuestro cabello mantendrá un aspecto envidiable durante más tiempo. Aún así el sol sigue siendo nuestro más íntimo enemigo. Cuídate del exceso en el uso de bloquedores solares capilares o cremas para peinar hidratantes antes de exponernos a un ambiente abierto como el de la campiña arequipeña.

Vichy/Jean

Estar cómodas debe ser un propósito, y por eso un jean nunca pasará de moda. Si tenemos que destacar un estampado que defina el look picnic, sin duda, es el cuadro vichy (El que se parece al mantel de mesa). Es recomendable saber mezclarlo con colores equilibrados. Aquí lo hacemos con un chaleco de color azul marino entero. Los zapatos de gamuza color camel y flecos le agregan el toque folklórico al atuendo. Un hit de campo infalible de colores y materiales. La onda femenina siempre ha ido potenciada por la minifalda. Para no desentonar con el eterno clima de verano de la campiña arequipeña uno debe fijarse en elegir colores enteros, básicos y alegres. El amarillo, lila, violeta y matices pasteles son buenos receptores de luz solar, además de mejorar el ánimo de un paseo en medio de acequias, chacras y detalles tradicionales. Los escotes traviesos no deben dejar a la piel exenta del


La moda no tiene por qué estar solo en la ciudad cuando necesitamos el placer de unos días en el campo y nos damos una escapadita; no viene nada mal un buen vestuario ya que ahora todos buscamos comodidad sin perder de vista algún “delirio de glamour”

Inspiración Hippie al máximo

Elige este tipo de look para una jornada al aire libre. Sandalias planas tipo romanas o, botines tipo pantuflas, que ahora se han puesto a toda moda por el invierno, blusas oversize de tallas grandes y holgadas) y gafas de sol retro casan a la perfección con modelos hasta el tobillo estampados con flores multicolores, motivos étnicos , juegos psicodélicos o hasta impresos animales.

Verde

Visitar este tipo de lugares no resulta ni siquiera caro. Se puede invertir no más de 20 nuevos soles con paseo incluído por el propio Molino de Sabandía. Una buena guarnición de frutas y agua para el camino es suficiente e ideal para tener un día fuera de toda rutina. Algunos expertos naturistas recomiendan realizar paseos por lo menos una vez por semana y, preferentemente, que sean aprovechados

para una desintoxicación del cuerpo, lo que solo se logra con el consumo de mucha agua y cantidades proporcionadas de fruta y vegetales. La escueta dieta de un solo día. Además, para quienes tienen constante trabajo con un monitor de computadora o cercano a maquinarias eléctricas, no existe mejor remedio para las tensiones que someterse al concierto diario de la naturaleza, el silencio, los ecos de las piedras en alguna acequia o río y hasta el mismo canto de pájaros. Bien dicen que el verde es el color de la esperanza. Alguna vez acaso no se sintió algo tenso, con algún dolor en la espalda sin razón, o sufre de constantes dolores de cabeza inexplicables. Ésta no es una predicción, simplemente es falta del contacto natural. Felizmente en la ciudad existen muchos lugares que pueden ser una salida para nuestra rutina. Sólo falta interés y ánimo para disfrutar de ellos.

Detalles. En una facha cómoda siempre resaltan los accesorios.

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Moda

repelente y bloqueador solar; un par de gafas de sol con el respectivo filtro Uv y ¡cañón! Recuerda siempre que debes explotar tu mañana al máximo y sí, hay qué mojarse los pies en un riachuelo de agua. Hazlo, no siempre se tiene la oportunidad de evitar el stress como en los feriados. Usa ropa práctica, ligera y fresca, pero no olvides el color.


Chico picnic Y a pedido del antes reticente público masculino, se debe destacar que a los varones les gusta procurar la comodidad antes de un buen refrigerio en un día de paseo. La moda urbana funciona de igual modo en pistas asfaltadas que en medio de chacras y jardines. A ellos también se les mide con la regla general: cuidado con el sol. Las posibilidades del cuero parecen no agotarse a la hora de crear accesorios. Las botas son también un ejemplo claro del auge de propuestas que en materia de moda surgen para el hombre y la mujer. Los colores y materiales de este tipo de calzado impermeable se han diversificado hasta el punto de hacer parecer que existe un modelo para cada quien. El sombrero, que para el campo no es únicamente el de paja, es otro de los grandes rasgos del hombre del campo. Cada cual refleja una personalidad diferente y encontrar el propio requiere de paciencia y, por supuesto, de una buena confección. El Sombrero Characato tiene en su haber algunos de los más bellos y variados modelos. Calzado: Hazte de un buen par de zapatillas de cuero con suela de goma y podrás utilizarlos para ocasiones formales o caminatas por la ciudad. Polo o camiseta de algodón: Para resguardarte del viento y de las noches destempladas, esta versátil prenda puede acompañar un traje formal o unos cómodos jeans. Chaqueta deportiva de algodón: Excelente comodín para cualquier atuendo y fácilmente transportable por su liviano peso y dócil estructura.

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Angélica La última trabajadora sexual con vocación social

Texto y Fotos: Jhonatan Segura Caballero

En nuestra conservadora ciudad blanca el oficio más antiguo del mundo tuvo su génesis en la calle Piérola, para ser más específicos en los asientos traseros de un auto Dodge, no en una esquina bajo un limpio cielo ni mucho menos en una habitación de hotel como algunos parroquianos y conservadores imaginaron. Desde entonces muchas historias se han tejido al sudor de la noche y ante la mirada de muchos testigos. Uno de ellos fue Angélica, por entonces una robusta adolescente que se inició como vendedora de “rica chicha” y terminó sucumbiendo a la oferta de un extraño, sobre el cuero original del pecado.


Hay especies solitarias que a pesar de los golpes y los años no le huyen a la calle...Angélica dice que las calles Piérola y Alto de la Luna eran la mata de la prostitución de los 70’s y el himno del combate cuerpo a cuerpo era el bolero, que por entonces hacía más daño que la misma sífilis.

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esde el 2004 las trabajadoras sexuales (TS) de Arequipa tienen su propia asociación denominada “Mujeres del Sur”, formada para hacer frente al mortal padecimiento en forma de escarmiento o correctivo municipal: “la batida”. “Con la gonorrea, mal que bien, se puede, pero con el maltrato (de los policías) ni rezando el padre nuestro de rodillas”, nos confesó una T.S. de la calle San Juan de Dios. Según la presidenta de la asociación, Ana Mamani Silva, las leyes en esta ciudad no se cumplen y las trabajadoras sexuales son la clase laboral más desprotegida del panorama económico nacional: “se nos violenta y juzga bajo excusas de la moral, la prevención del delito y la salud pública”. La realidad de la calle tiene un clima impredecible y, para el caso, la batida es el rayo perseguidor. Mamani cuenta que hace unos años los serenos de José Luis Bustamante y Rivero golpearon a “Leyla”, una trabajadora sexual que “atendía” en una choza cerca de la feria Los Incas. Como producto de la violenta incursión la mujer se quedó sin trabajo y con la covacha incinerada. Sin embargo, hay especies solitarias que a pesar de los golpes y los años no le huyen a la calle y, por el contrario, albergan con ternura el oficio en un hueco muy estrecho de su corazón. Uno de esos casos es el de la veterana Angélica que en los años 60 y 70, mientras el Perú se enfrascaba en la polémica sobre si Haya fue más revolucionario que Mariátegui, ella ya deshojaba margaritas debatiéndose entre vender su cuerpo para curar la pierna de su hermano o simplemente esperar un milagro.

La niña y el zapatero

“Contra el hambre del cuerpo sólo el cuerpo”, sabias palabras de un sabido zapatero que ofreció tres monedas a una niña de 12 años para probar de su savia de nínfula. Su nombre era Angélica, no aceptó la propuesta y prefirió no decir nada a sus padres (tópico de talk show y de la vida real) porque “mi mamá se fue con el vecino” y el papá, óigalo bien, se hacía el vendedor ambulante cuando era el más sedentario de los borrachos de la cuadra. Angélica se hizo cargo de 7 hermanos menores. “El último polvo de mi padre” tenía 9 meses de nacido. Trató de criarlos, cuidarlos y educarlos, pero no los vacunó contra la rabia. Una tarde, un perro sin nombre ni raza enterró los colmillos en la pulpa de uno de sus niños, y se largó. Entonces los chorros de sangre obligaron a Angélica a conseguir dinero,

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dinero fácil y rápido. Ese mismo día volvió a la vieja zapatería. No dijo nada acerca del accidente, sólo que aceptaba tener relaciones. “Tuve que dejarme de hacer la de culo angosto”. El zapatero cerró el negocio y barrió los cueros del piso, colocó la tapa a las botellas de pegamento y se recostó. Angélica no recuerda el dolor, quizá el vaho desvencijado del hombre de 43, el ruido en la calle, lo que sus ojos veían o las partes de su cuerpo que el zapatero tocaba. “Sólo pensaba en mi hermanito desangrándose”. Quizá por eso hoy no aguanta más de 5 minutos a un hombre. Angélica se subió el pantalón y abrió la palma de su mano, esta vez las tres monedas (dos escudos y una vicuña) ofrecidas inicialmente se convirtieron en “una sola vicuñita” que equivalía a menos de la mitad, aunque fue suficiente para comprar alcohol, hilo y vendas.

Amor de lancha

Antaño el amor de una prostituta se compraba en intis y se disfrutaba en asientos de “lancha”. El parroquiano de entonces amaba entre las calles Piérola y San Camilo a bajas velocidades y sin el tráfico de nuestros días y “si el hombre no llegaba dábamos una vuelta más”, y la tarifa aumentaba: una moneda más para la dama y otra para el chofer. Los automóviles eran habitaciones de hotel, el retrovisor la ventana secreta del conductor y a su vez la mirada cómplice de la prostituta, rebautizada en la modernidad con el laborioso término de Trabajadora Sexual. Angélica dice que las calles Piérola y Alto de la Luna eran la mata de la prostitución de entonces y el himno del combate cuerpo a cuerpo, el bolero, que por entonces hacía más daño que la misma sífilis. Un Dodge con llantas radiales por pareja, los asientos bien forrados. Si había en negro era mejor. No se conocía el condón, palabras sucias ni nalgadas y había que acomodarse como mejor se podía, sobre todo en las curvas donde se desacomodaban los cuerpos y, sin querer del “misionero” se pasaba a las “20 uñas” o a una terrible luxación. A veces a la fisura, la lisura y la natura en contra. Para entonces ella vendía la rica chicha morada en el centro de la ciudad. Siempre exprimía de 2 a 3 limones, cuando no lo hacía, la mala suerte le caía como gallinazo en picada. Un día Angélica paseaba sus baldes por la calle Alto de la Luna, “me bamboleaba sin querer queriendo”, tenía 16 años y buenas piernas, anchas caderas de “maltona a punto” y la espalda bien plantada como un muro, para nada frágil a pesar de la edad. Recuerda que era lunes. “Lo recuerdo muy bien”, por ejemplo que la calle parecía un zaguán interminable y oscuro y que el cielo se “nubló bien feo”, hasta ese momento había vendido 10 vasos medianos y tan sólo uno grande cuando de pronto un hombre le preguntó: ¿trabajas? “Claro, vendo chicha”, pensó Angélica pero el parroquiano no tenía cara de sediento sino de “mañoso”. Ella se dio cuen-


Submundos “Imparable”. Carol es una TS que no descansa por sacar adelante a 3 hijos universitarios. Sin embargo también ha sido víctima del abuso policial.

“De la chicha a la carne”. Angélica se inició en la calle Alto de La Luna mientras vendía chicha, eso sucedió hace más de 40 años atrás.

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ta y recordó al zapatero, la moneda de la “vicuñita” que salvó a su hermano, pero sobre todo aquellas circunstancias. “Sólo es cuestión de abrir las piernas un rato”, se dijo. La adolescente dejó los baldes a un lado de la calle y abordó la lancha con el señor. No hay lujo de detalles para esta lid, Angélica no sintió nada, le dolió un poco pero eso fue insuficiente para un trauma. Al final se fue a casa con un cheque morado en las manos y la conciencia intacta. Se dio cuenta que esa parte primaveral de su cuerpo era más rentable que su chicha, gustaba más y no necesitaba azúcar ni limón. “Lo primero que compré con esa platita fue una cabeza de cordero, ropita y un bonito para freír”. Dice que le gustó tanto que a la fecha no la sacan ni con grúa. La calle Alto de la Luna se convirtió en la gran oportunidad laboral cama adentro y alternó en el “dream team” más rijoso de entonces, compartiendo calle con las gloriosas y casi canónigas del génesis prostibulario de la ciudad blanca: “La Pelicana”, “La Santusa” “La rica Silvia” y la no menos famosa “Boliviana”, todas acariciando hoy las 6 décadas de vida dedicadas a la filantropía corrompida y retiradas de la sinfonía del catre y el trato de pareja.

El feriado de la flor

La única que piensa seguir en la práctica “5 añitos más porque tengo deudas” es Angélica, convirtiéndose en la última trabajadora social con vocación sexual por estos pagos. Actualmente es la única mujer iniciada temprano en el negocio y, casi medio siglo después, todavía porfía entre la batida, los borrachos y la gonorrea. Su cuerpo ya no es el mismo, sus caderas se expandieron y la falda ya no le cierra. No puede caminar porque tiene la rodilla lastimada. Para preguntarle “¿haces servicio?” hay que agacharse un poco para susurrar en su sabio oído. Su vitalidad ha menguado con los años, ya no tiene la fuerza y figura de “Carola”, integrante de la Red “Mujeres del sur” que además “es una excelente profesional del sexo, que beneficia la salud sexual y psicológica de muchos clientes”. Carola también es madre ejemplar y con dos hijos universitarios, supo encontrar la visión progresista dentro del mundo de la prostitución. Por eso el timbre de su celular (“Crazy” de Aerosmith) no deja de sonar un instante. Angélica dice que por su edad ya no la “levantan”. A veces tiene suerte pero hay días que regresa a su casa sin una moneda, “es como si fuera feriado para mí” y para su flor por supuesto. Cuando logra “jalar a uno sano” no lo aguanta más de 5 minutos, por esa razón acepta que no tiene clientes, nadie vuelve a ella porque dice ser parca, fría y porque los apura. “Si termina o no, no es mi problema”. Más de uno la tildó de estafadora y le hizo fama de “mala mujer”. Incluso supo por rumores que un grupo de parroquianos se unió para formar algo así como una oficina de control de calidad para descalificar el ser-

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vicio de Angélica. “Desde mi primera experiencia con el zapatero todos mis encuentros son rápidos (…...) no disfruto, no me interesa”. Mientras tiene relaciones no dice palabras de amor, ni gime, “nada de padre lindo, bebé o rascarle el cuello, o decirle que me gustas, ni hablarle bonito.… Cinco minutos y a volar”. Muchas veces Angélica tiene que pagar un cuarto de 5 soles, comprar el preservativo y volver a casa con 2 soles, pues su tarifa es de 8. Si cobrara un par de centavos más “ni el perro me huele”. Varias veces terminó la jornada con el sudor encima y los bolsillos vacíos, irritada porque un borracho se quedó dormido acurrucado en sus pechos o porque nunca falta “uno del otro equipo que quiere que le diga mamacita rica qué bonita tu tanguita”

Al final se fue a casa con un cheque morado en las manos y la conciencia intacta. Se dio cuenta que esa parte primaveral de su cuerpo era más rentable que su chicha, gustaba más y no necesitaba azúcar ni limón La verdulera infiel

Cuando Angélica se enamoró pudo pensar en el futuro y se imaginó como mujer de un sólo hombre, a pesar que tenía “mucho pasado”. Así que tuvo que mentir como todo valiente entre los más cobardes. “Vendo verduras en el mercado San Camilo”, le dijo a su novio. Se compró una canasta y un mandil “y me puse a hacer la finta pues”. Cuando sus compañeras la vieron de la mano de aquel hombre pensaron que era un cliente más, por supuesto, “fiel” con el producto pues siempre recurría a ella. Pero su error fue lucir al galán de estreno cerca de la zona laboral y entonces no encontró boca de lobo más grande. Recuerda que una tarde iban cogidos de la mano por la calle Piérola. La gente bien creída que a la trabajadora sexual el negocio le iba cada vez mejor y ella convencida de que el novio nunca caería en la cuenta del verdadero oficio, que además tenía que ver con el negocio, pero no de la lechuga, el huacatay y el apio, sino de la pura carne. Esa misma tarde un parroquiano conocedor de los secretos de cada comisura de Angélica y además fervoroso caserito e infalible “buenapaga”, le gritó de esquina a esquina: “Angélica nos vemos en la noche en el Internacional” (hotel que a la fecha guarda vigencia en cuanto a hospedaje, masaje, frotación y espontaneidad). Aquella delación arrancó de cuajo la máscara rosa de la “prostituta”, y le dejó una enfermedad que ocasionalmente transmite en conversaciones como esta: “el arrepentimiento”. A pesar de que aquel hombre no fue toda el agua que movía su molino sino tan sólo un ave de paso, le dejó un niño; pero sobre todo la seguridad de su vocación que se manifiesta bajo un viejo voto que además se reza en todo oficio, profesión y condición: “chamba es chamba”


DesnudArte

Peones del siglo xxi

El trabajo de agricultor está fuertemente ligado a nuestra tradición histórica. Ya lo rezaban los himnos y los versos: Arequipa es sus campos, tierras y campiña. Pero hoy, quienes trabajan esta tierra, ¿mantienen esta añeja costumbre? En la siguiente crónica, constate la forma como se hace la tradicional labor del campo y su gente anónima.

Texto: Efraín Rodríguez Valdivia Fotos: Jhonatan Segura Caballero

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ientras el cielo se decolora desde la punta de los volcanes hasta lo más alto de la bóveda celeste, Elizabeth, Eugenia, Ermelinda y Benita se acurrucan sentadas, una contra con otra, en el filo de un muro de sillar. Eran las cuatro y treinta de la madrugada y el frío golpeaba como un látigo de cáñamo entre las piernas, las manos y el rostro. La única lumbrera de calor a la que te podías aferrar era a la esperanza del desayuno. No hablan, solo observan al extraño. Entre el vapor que salía de sus bocas, ellas se preguntaban de dónde había salido y por qué tenía sombrero de fieltro al estilo cardenal, si el sol de la zona exigía uno de paja seca. Benita se paró sobre el muro y dijo: “Allá viene”. Entonces todas se levantaron, cogieron sus bolsas de pajilla, amarraron sus sombreros contra el mentón y esperaron que una camioneta Datsun roja se detuviera. Cuando el vehículo paró frente a las mujeres, bajó Dilman López, dueño de unos topos en Sabandía, saludó a todas con la mano y me presentó.

para una revista”, le respondí a Benita, quien lo tomó con inocente ignorancia. Después de eso todas callaron. La camioneta avanzaba raudamente por la pista zigzagueante del pequeño valle. Desde allí se divisaba una andenería a medio florecer y a niños que jugaban entre los surcos con los perros. La luz dibujaba los cultivos de la reducida campiña, donde las vacas, ovejas y campesinos parecían adornos de un pesebre. La camioneta frenó y Dilman López abrió un pórtico de latón que ocultaba el camino a los topos de sembrío. Las damas bajaron una tras otra, mientras Ermelinda me ayudó a descender. Todas empezaron a caminar en fila por el borde del cultivo y subieron la andenería con mañosa destreza para no resbalar en la yerba húmeda. Para amenizar la caminata que duró aproximadamente diez minutos, Eugenia empezó a cantar una melodía en quechua, como quien agradecía a la tierra, y todas las demás mujeres la siguieron con el coro. El cántico encajó con la andenería y el resto de la campiña, la cual era un tablero con diversas tonalidades de verde y marrón.

***

Dilman López, clásico arequipeño a simple vista, de bigotes y cabello cano, con mejillas coloradas hasta las patillas, ojos claros y verbo loncco, se desvió del camino hacia otro topo

Eleodoro caminó hasta el centro del topo y jaló una armazón de metal y maderas para hacer los surcos. Alineó a los toros, uno junto al otro, y cargó un madero con correas, hebillas y broches. Los llevó frente a la cabeza de los toros y los puso en el suelo. - A ver joven, cargue el yugo para cuadrarlo en la cabeza de los animales-, ordenó Eleodoro. “El joven es periodista y las va acompañar a trabajar”. -¿Periodista?-, se burla con sonrisa socarrona Eugenia. -Se va morir a media mañana- El joven quiere trabajar con ustedes, así que se lo encargo señora Ermelinda.

***

Al subir a la tolva de la camioneta, Ermelinda colocó un pedazo de costalillo delgado para sentarnos ambos. Mientras avanzaba la camioneta por el camino comenzó un interrogatorio inquisitivo inverso, donde las preguntas las hacen las mujeres y no el periodista: “Está bonito tu sombrero, ¿me lo regalas?”, sugirió Elizabeth. “No, no puedo”, le respondí. “Dices que eres periodista ¿Y cuándo un periodista se ha vuelto agricultor?”, preguntó Benita mientras se abrigaba con una chal marrón de polar. “No sé, tal vez ninguno, aunque hay un agricultor que se volvió periodista y ahora escribe columnas

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para fumigar el reverdecido porrón que estaba a punto ser plagado de gusano. Ermelinda se detuvo en un topo adyacente al porrón y dijo que la jornada iniciaba allí. La mañana empezó con el desayuno. Maca con quinua en botella reciclada y pan con huevo frito casi amasado con la miga. Todos nos sentamos en el suelo y comenzamos a compartir la comida, como quien sellaba un pacto de amistad para la faena. Finalizado el relajo con los alimentos, Benita, Ermelinda, Eugenia y Elizabeth, sacaron de las bolsas mantas, tapabocas, delantales, ojotas y un gancho de metal, el cual se asemejaba a una cuchara gigante de sopa que termina en una amenazante punta doblada. Todas se empezaron a cambiar. Bajo las faldas de la faena se sacaron con delicadeza los pantalones de lana y las medias cotidianas. Hicieron una fila mirando hacia la pendiente del andén y una le amarraba a la otra el delantal como si estuvieran vistiendo a la hermana, abuela o hija menor. Después de esta prenda, vino una manta doblada en triángulo, la cual pusieron alrededor de la cintura. Se subieron las puntas del delantal hasta los bustos y dejaron la impresión de ser capullos de flores desde la cintura.


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-Ahora el joven se ha venido sin nada-, se percató Ermelinda. -¿Cómo va a llevar la semilla?- Hay que vestirlo, pues- recomendó Eugenia. Me rodearon, sacaron una faja “para que no le duela su cinturita, joven” y la colocaron como un torniquete. Después llegó el delantal, el cual lo colgaron en el cuello y lo sujetaron en la cintura. La última tela fue doblada en triángulo que amarraron al abdomen. “El joven sí parece que trabaja, ¿no?”, se burlaron entre ellas. Para finalizar su lúdico ritual me pusieron el gancho en la mano derecha. En el terreno húmedo ya estaban dibujados los surcos donde se pusieron las semillas de arveja. La repartición la hizo Elizabeth, quien dirigió la faena de la mañana. Tomó un puñado y quien las recibía abría ambas manos para cogerlas. Estas se colocaron en la tela rectangular y el gancho, en el delantal. Una vez entregada la semilla, Ermelinda nos pidió escoger un surco cada uno y empieza el sembrío de la arveja. -Así joven, mire-, me mostró Eugenia. Se agachó, cogió el gancho, hizo un hueco en la tierra, a media altura de la “costilla” del surco, puso casi siete semillas y lo tapó con el pie. “Entre hueco y hueco debe tener una distancia de veinte centímetros”, concluyó. De esa manera el sembrío de las arvejas es una actividad colosal. En cada agujero se sentía cómo la tierra humedecida se rompía al choque con la punta del gancho. Poner cada una de las semillas no es cosa fácil. Tan solo con voltear la mano se desprenden los granos. -Ermelinda mira, el joven no achunta al hueco-, exclamó Benita con pícara intención. Y las risas se propalaron en el ventarrón que corría por el andén. - Despacio joven, por poquitos- recomendó Ermelinda. Mientras todas habían culminado de sembrar sus primeros surcos y tomaban el siguiente de regreso, Eugenia continuaba con las bromas. “O sea, que si viene su enamorada no achunta”. Seguían las carcajadas. La mañana continuaba y las semillas se seguían esparciendo hasta que apareció un hombre de baja estatura y apariencia juguetona. Su rostro, trajinado por el campo y corroído por el frío, tenía la apariencia de estar tallado en piedra. Entre sus brazos traía un bidón de chicha para reanimar la fatigante jornada. -Hola Nemesio, habrás endulzado la chicha, ¿no?-, dijo Ermelinda. -Claro, pues - replicó el hombre. -Te presentamos al joven periodista que quiere ser agricultor y no al revés, como uno de sus amigos-, dijo Benita en tono de burla. -Sí, me habló Don Dilman y me dijo que me lo lleve para armar la yunta- sorprendió.

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Antes de partir hacia la yunta y distribuir la chicha, Nemesio regó dos vasos enteros sobre los sembríos mientras rezaba una oración en quechua. Las mujeres agachadas se quitaban el sombrero, enterraban el gancho e inclinaban la cabeza con entera sumisión, mientras el hombre cerraba los ojos y rogaba por la buena plantación.

***

El topo para armar yunta se encontraba dos andenes más arriba. El camino de ascenso tenía las mismas características que el anterior. Grandes pastizales húmedos de mala hierba, donde los niños de la zona se deslizaron la tarde anterior. Ne-

mesio mudo, avanzaba a mi costado, con el rostro serio y las grietas asentadas. Sus expresiones conjugaban con la caída de sus parpados y las hondas grietas de su frente. Guardaba un secreto. -Usted sabía joven que soy danzarín de tijeras-, indicó Nemesio algo excitado. -No señor, no lo sabía-, le respondí. Y develó el secreto mientras llegábamos al topo: “Danzo tijeras y me gusta desde chiquito, quiero que mis hijos bailen también, el más grande ya se fue dos veces a Japón a presentarse, es mágico. Ahora, yo creo que este pacto entre la tierra y los que bailamos es como de la madre con sus hijos. No importa que seas ayacuchano o arequipeño, igual se expresa”. Al coronar el andén, Eleodoro estaba en una esquina del topo con los toros Mocho y Pocho, listos para armar la yunta y surcar el terreno. -Eleodoro, aquí está el joven-, gritó Nemesio, a pesar de tenerlo cerca. -Ya gracias, papay, ahora va saber lo que es bueno-, le respondió mientras Nemesio se retiraba.


Y, como si se tratara de una clase de gimnasia, los animales empezaron a doblar las patas, en ánimo de calistenia, para jalar la yunta. “Dénle toros, vamos”, bramó Eleodoro mientras los animales avanzaban. -Joven, venga, dirija el arado-, ordenó Eleodoro frenando la yunta. Mientras dirigía el arado, Eleodoro caminaba junto a los toros con pausa y rebuscaba sus bolsillos Al hallarlos, sacó del bolsillo de su camisa un cigarrillo y encendedor, y vigiló que el surco hiciera un camino recto en la tierra. -Recto toros, recto- exclamó. Ambos toros, como si enten-

-A ver joven, cargue el yugo para cuadrarlo en la cabeza de los animales-, ordenó Eleodoro. Por las dimensiones y grosor del yugo, la herramienta parecía conservar el peso entero de ambos animales. Cuadrarlo detrás de la cabeza, teniendo los cachos de uno de los toros debajo de mi mentón, parecía una tarea avezada. -Qué pasa joven, no tiene fuerza, a ver yo lo pongo y usted amarra las hebillas y las correas por los cachos y los cuellos del Mocho y del Pocho-, dijo el hombre levantando el yugo. Una vez colocado el yugo en las cabezas, los animales guardaban un semblante sumiso, prestos para realizar los surcos de la faena. Al momento de poner las hebillas, uno de los animales bufó de dolor por la presión y exhaló un hálito horrendo desde su hocico en todos nuestros rostros. En la expulsión, dejó saliva aceitosa en el delantal del trabajo. El yugo quedó preparado y el gancho para el surco hasta la altura de las colas fue colocado por Eleodoro, como quien engancha un vagón de tren.

dieran la misma lengua, enderezaron el arado y prosiguieron el camino hasta el final del topo. -Tú tienes que llevar la yunta y no la yunta a ti- dijo Eleodoro en franca confesión. Tomó el mango del arado con ambas manos y lo levantó para girarlo. Arreó a los animales para que volteen y continúen. Enterró la herramienta y prosiguió. Los animales llevaban nubes de moscas entre las patas y la cola y, cada vez que el esfínter se debilitaba, rociaban excremento que era pisado por los pies descalzos de Eleodoro. Con una mano se apoyaba en el arado y con la otra sujetaba el cigarrillo, dejando rastros de humo. -Vamos joven, siga usted- sugirió el hombre. Y, tomando el arado, la faena prosiguió. Siempre brincando entre el excremento de Mocho y Pocho para no sufrir una fatídica embarrada. Entre salto y salto la yunta se desviaba. -¡Qué pasa joven, tiene miedo de pisar caca-, exclamó Eleodoro aspirando el último reducto de tabaco de su cigarrillo. -No, señor- le respondí. -Entonces hágalo bien- recriminó Eleodoro, frunciendo la cara.

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Aquella mañana, en la víspera del amanecer, Mocho y Pocho habían peleado. Ambos eran toros no menores de tres años y a uno le faltan dos dientes en el maxilar inferior. Su apariencia lánguida y adormecida indicaba que el yugo lo llevaría el hombre en la espalda. Eleodoro caminó hasta el centro del topo y jaló una armazón de metal y maderas para hacer los surcos. Alineó a los toros, uno junto al otro, y cargó un madero con correas, hebillas y broches. Los llevó frente a la cabeza de los toros y los puso en el suelo.


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Tradiciones Texto y fotos: Jhonatan Segura Caballero

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uizá antes “estos dos” fueron yunta de arado y abrieron hondos surcos en la tierra con los cachos amarrados a un madero, pero esta tarde la fiesta popular los junta para abrirse la carne o reventarse los ojos, si es el caso: matar o morir degollados dejando la cabeza en la punta del asta. Sino pregúntenle a “Menelik”, un tifón con patas que combatió hasta el hartazgo y enfrió a más de una mole en el “cuerno a cuerno” vespertino de aquellos fines de semana de 1940. Hay quienes dicen: “fue brazo derecho de Satanás” o un heraldo de la muerte porque hay cornadas en la vida tan fuertes… que fue “record tauromático” y asesino automático, y que cada uno de sus contendores terminó zapato, cartera o fleco de casaca apache y que no sólo murió virgen en el terreno de combate, sino que fue enterrado con los cachos lozanos, casi, casi, como las uñas de una quinceañera. Esta tarde todos quieren ver al glorioso Menelik reencarnado. Hay sangre y bosta sobre el lodo y el cielo arrancó nublado. Si la tierra se remece no es cosa de las placas tectónicas sino de las cabezadas de “Secreto amor” contra “Bulla”. “Floripondio” también sabe cornear pero “La cobra” bien lo aguanta. “Salte pa` allá si no quieres morir”, dice el árbitro pero esta pelea es de cirugía menor, poca sangre, el cuero intacto, cada pelo en su lugar a pesar del barro, pues “Muñeco” algo más pequeño que “Quita que te chanco” se quitó del ruedo sin más compromiso. “Dominó” y “Yack” se revuelcan en el “superfondo” -si Mauro Mina estuviera vivo sabría de qué diantres hablamos- el ganador se llevará al establo un escapulario de plata denominado “el characato de oro” que sólo se entrega a los más malditos pesos pesados que existen en la comarca y esta vez se lo lleva “Yack” por destripador y porque hizo dar vueltas de campana a “Dominó”. El respetable se quita el sombrero ante un ídolo cubierto de barro pero con las astas de hierro. Dentro de 7 días un nuevo combate avivará el folclore del pueblo y, por supuesto, la tierra temblará gracias a una vieja tradición.

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Cuerno picante. Las astas del animal son embadurnadas con rocoto para cegar al contendor. Esta estrategia de combate es utilizada por todos.

Furia taurina. En la pelea de super fondo “Yack” y “Domino” ofrecen una verdadera demostración de fuerza y coraje. Uno de los dos terminará con los cuernos en el lodo.

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Revista Nº 1 - El Buho  

Revista El Buho Agosto 2011