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>> ¿Música de frontera? Las respuestas de Rivera y Artigas >> Edgardo Ferreira, dirigente citrícola salteño De aquel que aprende sobre su andar >> El viejo juego de la taba La suerte que gira en el aire

Número 06 / Octubre de 2014 / Uruguay / Revista mensual de distribución gratuita junto al semanario Brecha /


“Ojo isgrelado” es una “corrupción del portugués: ojos grandes, penetrantes”, instruyó alguna vez Carlos de Mello, el músico de Rivera, al Zitarrosa del exilio. Y es con esa clase de mirada que esta nueva edición de Ajena intenta acercarse a algunos de los bellos líos de que están hechas las fronteras. La de Rivera y la de Artigas, para empezar, en un informe que pregunta sobre la posibilidad de existencia de algo que pueda llamarse, precisamente, “música de frontera”. Quienes contestan y conjeturan son los propios músicos, los que allí componen o compusieron. El artiguense Ernesto Díaz, por ejemplo, que tanto y tan bien suena hoy día, y que en su canción “Re-frontera” le arregla una buena parodia a esa otra cantada por Drexler. La curiosidad va tras las particularidades de esa música, pero también por las trashumancias simbólicas, sociales, políticas y lingüísticas entre esas tierras y el Brasil. No olvida tampoco la relación con el propio Uruguay, con la capital, con el Estado, su ley y sus porfías. Rivera, otra frontera, y un joven que escribe “Ditardisiña”: la palabra dice sutilmente de la melancolía feliz, tan vecina de la saudade, que él y su tierra padecen. Por segunda vez, Brasil. Y aun otra: una serie fotográfica trae noticias de la Semana Farroupilha de Aceguá, en Cerro Largo, fiesta tradicional que también comparten Rivera y Santana do Livramento, y que es celebrada en setiembre en homenaje a la Revolución Farroupilha o “Guerra de los Farrapos” (harapos), rebelión republicana y gaúcha que en 1835 quiso desentenderse del imperio brasileño. Fuera ya de mixturas y bordes, unas páginas dibujan el perfil de un temprano y nervioso sindicalista salteño: historias sobre las deplorables condiciones laborales soportadas por los trabajadores de la naranja en un pasado penosamente cercano, pero también sobre las conquistas de las que hoy pueden enorgullecerse. Y como la tierra aflige pero también juega, este número le acuerda una nota al viejo y todavía intacto juego de la taba, esos huesos volando en el aire que arbitrados por el “canchero” o “coimero” van a dar al suelo con “suerte” o de “culo”. Por último, un poco de luz sobre dos rincones ignorados: una esquina y su afecto en el pueblo 25 de Agosto, y una mina en Lavalleja, la del “oro de los tontos”, que así fue el menosprecio.

Staff

Foto de tapa: Manuela Aldabe. Techo de un “piquete” (rancho tradicional de la frontera Uruguay-Brasil) durante la Semana Farroupilha en Aceguá, Cerro Largo.

Escriben, fotografían e ilustran este número: Carlos Contrera / Daniel Erosa / Daniel Gatti / David Benavídez / Diego Faraone / Federico Gutiérrez / Jorge Mato (ca_teter) / Manuela Aldabe / Mauricio Künhe / Venancio Acosta.

Coordinación general: Mariana Contreras. // Edición de fotografía: Alejandro Arigón. // Producción: Juan Manuel Chaves. // Corrección: Inés Casamayou // Diseño: Lateral.com.uy // Logística y administración: Cooperativa LABRECHA. Comercial: Paola Puentes (ppuentes@brecha.com.uy) / Gustavo Moraes (gmoraes@brecha.com.uy) / 2902.50.42/43/44 Contacto: ajenarevista@gmail.com Impreso en Impresora Rojo, Euclides Salari 3472. Nº de Depósito Legal: 363.933

www.revistaajena.com


>> Música desde los límites

Fronteramente “Fronteramente” es un neologismo del poeta artiguense Fabián Severo. No los hay pocos entre los versos con que labra sus mixturas lo que llamamos música de frontera. ¿Pero existe tal cosa? Con esa inquietud recorrimos los límites, hallando historias y respuestas para una pregunta que se resiste a la clausura. En el piquete (rancho), un momento de descanso para el gaitero en la Semana Farroupilha de Aceguá, Cerro Largo.

“Es la primera vez que encabezo Aún corrían días en los que no convenía una carta de este modo, arriesgar ni un palmo. “Es difícil Txt: sin conocer a mi para mí tomar contacto (y más a la Venancio Acosta corresponsal”, abría el distancia) con alguien que ya Fotos: remitente. El sobre, despachado conoce mis canciones, y tal vez de Manuela Aldabe el 26 de julio desde tierras algún modo me juzga a través de mexicanas, dio con la ciudad de ellas”, se atajaba en las primeras Rivera, su destino indicado, en los meses líneas, escritas a máquina y corregidas al sucesivos de aquel año 1981. Fueron el vuelo con garabatos de bolígrafo. segundo nombre y el segundo apellido del Carlos de Mello, el destinatario, leía que escribía los que quedaron aquello sin parpadear. Zitarrosa era más estampados en el membrete, con el grande que los Beatles. Punto. Inclúyase propósito de no comprometer al ese detalle para comprender por qué ese destinatario: “Rte: Francisco Yribarne, día Carlos, a sus treinta y pocos años, Prados de Coyoacán, México DF”. caminaba por las paredes de la riverense En verdad, el que escribía, y desde el calle Atilio Paiva, al 473. exilio, era Alfredo Zitarrosa, y suyo el Hasta el día de hoy, y por una recaudo de no exponerse así como así. razón que no tiene caso recordar, a

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Entrada al primer rancho de la plaza del Parque Farroupilha, piquete brasileño que abre las puertas a la semana tradicional de Aceguá.

de temáticas propias de la vida en la frontera. “No sé si es un movimiento o qué”, se explica. Afuera, una llovizna molesta arremete a intervalos.

Carlos de Mello se lo conoce como “Yoni”. Pertenece a la segunda generación de hijos orientales, descendientes de un familión venido desde algún lugar de la península ibérica y recalado en Río Grande del Sur, cuando esto que llamamos Uruguay acaso recién lidiaba con su primer destete. El primero que nació de este lado fue su abuelo. Los entornos rurales del departamento de Rivera arrullaron su juventud y modelaron sus primeras impresiones del mundo: en particular, un poblado llamado Moirones, tajada de tierra que se empotra al río Yaguarí como un caparazón. Lo hicieron de tal modo que allá por los 70 Yoni encerró a Moirones en una canción. “Yaguatirica”, la llamó. La grabaron unos amigos suyos, el dúo Tacuruses, y quedó entre los surcos de un LP, que un día y quién sabe cómo fue a dar a los oídos de Alfredo Zitarrosa en su exilio mexicano. A los oídos de Yoni llegó, tiempo después, la noticia de que Zitarrosa pedía autorización para grabarla. Y así fue, legando una larga amistad epistolar en el camino. En la posdata a la misiva, el hombre por cuya voz el Uruguay cantaba se mostró intrigado por algunas expresiones que aquel joven riverense utilizaba en la canción: “Por favor aclarame el significado de ʻfaseroʼ, ʻmacureroʼ, ʻarirañaʼ. Vale”. “Yaguatirica”, en la voz de Zitarrosa, representó uno de los momentos más importantes en que la canción popular reflejó rastros de un Uruguay donde las pistas de la identidad oficial se extravían, y se continúan extraviando, felizmente, hasta el día de hoy.

Un exilio es un movimiento violento, un corte perturbador: esa es la fórmula que escoge para evocar sus 18 años, cuando necesitó migrar a Montevideo tras una parcela en la Facultad de Derecho. Hoy es escribano. Desde los 15 tuvo guitarra; desde aquel exilio, una necesidad de decir algo acerca de su lugar en el mundo. En Moirones tiene un rancho frente al Yaguarí al que siempre vuelve; quedó allí el recuerdo de sus padres en un panteón al amparo del campo. Con el tiempo, hacer canciones también se le hizo oficio, y frecuentó un modo particular de desempeñarlo: a partir de las conversaciones con la gente de Moirones. Los grababa y después concebía la música. “Yaguatirica” fue originalmente compuesta en portuñol, expone: Zitarrosa no la canta así, pues la suya es una versión uruguayizada. Sin embargo, conserva esas palabras que son como piedras puras, dice, las que intrigaban al cantor. “Macurero alude a carpincho grande; ariraña es lobito de río; fasero, del portugués: compadrito; ojo isgrelado, corrupción del portugués: ojos grandes, penetrantes; mboi-tatá, del guaraní: sinónimo de fuego fatuo, luz mala; caiporá no tiene una traducción literal del guaraní, aquí en estos pagos es sinónimo de caminante, tipo solitario. En fin, como ves el español y el portugués, misturados con el guaraní, dan estos colores fronterizos”, le escribió a Zitarrosa en una carta posterior. Treinta y pico de años después, Yoni vuelve sobre sus pasos. Conjetura acerca de si se puede o no hablar de una “música fronteriza”. Sin embargo, reconoce la gestación de algo que no logra precisar, pero que tiene que ver con la aparición reciente de varios creadores que, como él, echan mano del portuñol y

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¿Y si hubiera un “ser fronterizo” cuya constitución histórica legó con el tiempo un cierto recelo hacia las reglas impuestas?, conjeturamos, y el mate se congela. —Decía Marx: el ser material determina la conciencia social. Y si vos sos un tipo de la frontera no le das mucha pelota a la ley. Una vez me encontré con un paisano al que la Policía lo había agarrado trayendo nafta de Cerrillada para vender en Vichadero. Y me decía: “Estos milicoʼ, hijos de puta, sinvergüenzas, que tan ahí y nao trabaian. Uno aquí, trabaiando. ¡Hacer esto conmigo!”. No entendía la ley. Era una forma de pensar fronteriza, que es más transgresora. La identidad nacional lo tiene sin cuidado. Nos apresuraríamos, sin embargo, si colocáramos esta actitud como una propiedad común del conjeturado ser fronterizo: “Yo no reivindico tanto la uruguayez porque nosotros somos brasileros también, tenemos raíz brasilera”. Cree también, y le asiste la evidencia, que la uruguayez es casi una cuestión posmoderna en este continente. Se siente más a gusto con una identidad artiguista puesto que “Artigas jamás fue uruguayo”. —Pero culturalmente la frontera también está bajo un dominio de una cultura autorrepresiva. Porque hablar portuñol queda feo, está mal. El “Chito” es muy mal visto desde algunos sectores sociales. Pero él se caga de risa. Es un transgresor maravilloso. Chito de Mello (la coincidencia en el apellido es casualidad) es otro cantor insigne de la ciudad de Rivera. Vive a unas cuadras de la casa de Yoni, y ambos celebran una amistad de años. Acaso hacerle una visita nos ayude a zanjar la búsqueda. —Voy a grabar un disco. Palabras más, palabras menos, es lo primero que dice Chito luego de descubrirnos su vivienda. En especial entera a Yoni, que lo congratula sorprendido mientras se anticipa puertas adentro. Durante sus estadías en Montevideo, Chito de Mello se aloja en el local de la


Federación Anarquista Uruguaya. Allí se encontraba cuando hace poco recibió una llamada de representantes del sello Ayuí. “Eugenio [que así se llama en realidad], tenemos un estudio para grabar”, le dijeron. “El Rubén Olivera me va a conseguir tremenda viola”, nos advierte ahora, en tanto avanzamos hacia la cocina entre cuadros de Yupanqui y láminas con el rostro aún prístino de Gerardo Gatti. Mientras lee esto, Chito de Mello estará en Montevideo grabando su nuevo disco. La primera vez que lo hizo no necesitó más que unas pocas horas: grabó de sopetón, y en una sola toma. El resultado se llama Rompidioma, su primer trabajo, al que le siguieron varios más. Nació en Yaguarí, sexta sección del departamento de Rivera, en el meollo de la campaña y en la línea de fuego de la pobreza más cruda. A los 8 años empezó a trillar la guitarra y no paró. Ya había caído con su familia en un barrio de la ciudad de Rivera, cuando el vozarrón de Carlos Molina lo despeinó para siempre. En el barrio Insausti la gurisada se juntaba a escuchar los clásicos alrededor de una radio a batería que emitía según para dónde soplara el viento; mediando los 60 recién el lujo de los aparatos radiales empezó a poblar el caserío y a despedir aires musicales que las ondas traficaban desde Brasil. A los 17 Chito recaló en Montevideo por primera vez, donde arriesgó la subsistencia en un puesto de feria. La nube oscura de la dictadura lo encontró vagando por los pueblos del Interior, donde tocó en cuanto boliche hallaba en el camino, y fue aprendiendo de quienes dominaban el oficio. Comprobó la admiración que la gente de los poblados sentía por Serafín J. García y por Ruben Lena, y se dijo que de allí en adelante dedicaría lo suyo a la realidad social riverense. En Chito de Mello el portuñol se exacerba, a la par de un ingenio particular para utilizarlo. Para él la música fronteriza no existe, como no existe la música uruguaya. Hay música regional, y punto. “Tipificar al candombe como musical nacional es un error que en Rivera no te lo lleva nadie”, opina. Aquel compromiso de Carlos Molina de incluir la denuncia en sus composiciones, de cantar con las achuras, es quizás, junto a un uso certero del dialecto fronterizo, su marca más distintiva. –Yo me siento tan uruguayo como el montevideano. No estamos al margen de

nada. Quizás sí en Montevideo nos tengan al margen, por el yeito de hablar, por el entrevero que hacemos. Yo defiendo la cultura riverense y la cultura de frontera sin querer hacer ninguna división. Aunque el Estado es el gran ogro que tienen las sociedades, y es cierto que la única que tenés para rebatir su imposición es evadir. Pero eso no es una actitud fronteriza exclusivamente, puede ser de cualquier parte. Para hacer contracultura, por ejemplo, no necesitás ser fronterizo. Chito también reconoce que el avispero de la canción fronteriza se está agitando. Aunque admite ser objeto de

“Macurero alude a carpincho grande; ariraña es lobito de río; fasero, del portugués: compadrito; ojo isgrelado, corrupción del portugués: ojos grandes, penetrantes; mboi– tatá, del guaraní: sinónimo de fuego fatuo, luz mala.” Carlos de Mello en carta a Zitarrosa.

desdén por parte de cierto sector de la población de la ciudad, no lo atribuye al uso del portuñol, sino a lo que se ha propuesto cantar. —Los poetas que en Rivera empezaron a escribir en dialecto (Agustín Bisio, Olinto María Simões), y hasta el propio Yoni, nunca le hincaron el diente a la cuestión social. Y acá a muchos les chupa un huevo cómo escribís, les interesa qué escribís. Además acá hace quince años el dialecto no era considerado una cosa seria, a pesar de que Zitarrosa había grabado “Yaguatirica”. Hoy hay varios focos, y ojalá esto no se desvirtúe para el lado de la onda y de la pavada.

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Acá muchos interpretaron el dialecto, quizás por lo que escribían los antiguos, como una cosa graciosa. Y yo no soy payaso para estar divirtiendo a nadie. Techerinha, Demônios da Garoa, Nelson Gonçalves fueron, entre otros, cantautores que sobrevolaban los aires musicales de la frontera de Uruguay con Brasil en el ocaso

Un rancho uruguayo. La de los años 50. Junto a ellos se organizadora del fue educando el oído de los piquete por el Municipio jóvenes riverenses de la época: de Aceguá baila en la Chito y Yoni de Mello entre ellos. última noche de festejo. A la par de la influencia brasilera, el folclore argentino y la canción oriental les llegaban en malón, y a veces hasta indistintamente: Atahualpa Yupanqui y Osiris Rodríguez Castillos, Los Chalchaleros y Amalia de la Vega. Con los años desarrollaron dos estéticas fácilmente distinguibles, aunque pertenecen a la misma generación. A pesar de lo expeditivo, y al contrario de Chito, Yoni de Mello no suele frecuentar lo que llama canción


de protesta. “No me salen”, admite. Sus composiciones son sustancialmente alusivas a lo rural, con un estilo poético y una musicalidad afincada en cierta tradición folclórica, si se quiere más conservadora: —Nunca tuve el propósito de una estética que no fuera apoyarme en una rítmica de raíz folclórica. Mi estética es mucho más rural porque vengo de ahí, mi familia viene de ahí, al punto de que yo tengo un rancho a orillas del Yaguarí, que es una pequeña chacrita. Es la tierra de mis padres. Hay como un llamado muy fuerte de devolver cosas ahí, de decirle gracias a los ancestros. El Chito, en cambio, es un poeta más suburbano, de boliche. Efectivamente, Chito, aunque echa mano de ritmos tradicionales, esgrime una estética urbana y rupturista, si se tiene en cuenta el empleo que hace del portuñol. Además se resiste a ser identificado musicalmente con la música rural:

La plaza durante la ceremonia de cierre y apagado de la "chama crioula".

—El Yoni es tremendo paisajista. Pero usa una terminología que no es totalmente de campaña. No es un poeta gauchesco. La mayoría de lo que se conoce como campero no es propiamente de la vida rural. El gaucho empieza a hacer milongas cuando deriva en los arrabales de las ciudades. Incluso se habla de que la milonga viene de

Andalucía o tiene rasgos africanos. Hoy vas a un baile de campaña y el gauchaje baila cumbia. Es mentira que en los bailes de campaña se baila chamarrita. La mazurca también, vino de Polonia. Nada de eso se inventó en campaña. Fue gestado en las ciudades. El que diga: “ese tipo canta cosas del campo”, no sabe nada. Además el gaucho no existe más. Hoy podés ver a un tipo con esas cosas enchufadas en los oídos, escuchando

En las inmediaciones hay una serie de establecimientos donde los visitantes pueden degustar algo al paso. Los Oreia vagan en busca de comida como ratas. No pisan la escuela, caen en cana cada dos por tres, se trompean, chamuyan en un portuñol intestino. Si hacen la moneda para un litro de caña Marumbí en botella de plástico, es la fiesta. “Los Oreia”, escrita por Antonio de la Peña, es la canción que abre el primer

“Quizás sí en Montevideo nos tengan al margen, por el yeito de hablar, por el entrevero que hacemos. Yo defiendo la cultura riverense y la cultura de frontera, sin querer hacer ninguna división.” cumbia, y trayendo una majada en moto para ordeñar. Y a ese mismo lo vas a ver en la escuela del pago bailando la misma cumbia el fin de semana. Y eso es tan auténtico como la mazurca o la milonga que después le encajan al tipo. Es el año 1999. La plaza Batlle es un foco céntrico de la ciudad de Artigas. Los gurises, que son varios, tienen entre 5 y 12 años. Conocen las minucias de los alrededores como su propio hogar. Dos de

ellos son hermanos. Sus cabezas rapadas a cero son la marca inconfundible de que han visitado algún centro de reclusión; es lo que allí acostumbran hacer para ahuyentarles los piojos, cuando no por llana costumbre institucional. Por esa razón las grandes orejas de los dos hermanos sobresalen, y eso valió el apodo de “los Oreia” para toda la tribu que con ellos trilla día y noche la plaza con nombre de caudillo ausente.

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disco de Ernesto Díaz, Cualquier uno (Ayuí-Tacuabé, 2014): después de haber sido trabajado durante años, salió a los tumbos y llamó la atención. Hastiados de ver a la canción popular uruguaya repetirse hasta el infinito y ser promovida como identidad cultural oficial (en algunos casos como una lentejuela más del gran disfraz cultural de la administración progresista), muchos pusieron el ojo en las canciones que este compositor artiguense había custodiado obstinadamente. Ernesto tenía 20 años cuando por primera vez mostró una composición suya en público. Hacía pocos años que había migrado a Montevideo, y la tocó en la muestra del Taller Uruguayo de Música Popular. La canción se llamaba “Chico Tristeza” y estaba escrita en portuñol, de ahí el recelo al reconocer su autoría cuando Ney Perazza se acercó, y admirado, inquirió: “Bo, ¿y esa canción que cantaste?”. En Artigas el candombe también llega a ser una manifestación “sectaria”. Aun así, después de descubrirla en un disco, la música de Ruben Rada fue lo que Ernesto Díaz más escuchó en su vida. Cuando era adolescente quería tocar el chico pero había sido formateado culturalmente para tocar el repenique, uno de los instrumentos de percusión por antonomasia del Carnaval carioca, que a Artigas había llegado naturalmente, y que no obstante los gobiernos municipales se encargaron de imponer a los ponchazos. Incursionó en la percusión al amparo de algunos músicos locales, y ese fue su primer despegue. Ya en Montevideo estudió guitarra y dio con el cometido


impostergable de empezar a hacer canciones. Trabajó de todo terreno en un boliche montevideano, y a la larga ya había hecho migas con un plantel de músicos entre los que se fue formando. Mientras tanto, cargaba en secreto años de música de Brasil que sonaba en las radios, y más años de canales brasileros sintonizados en la televisión a toda hora cuando la dictadura en Artigas no permitía emitir durante la noche. “Es mía, la hice yo”, le respondió aquella vez a Ney Perazza, y años después parió un disco único, rodeado de músicos como Leo Maslíah, Guilherme de Alencar Pinto, Braulio López y Francisco Fattoruso. Hoy llega a ofuscarse con los que creen haber encontrado en el portuñol la gran novedad. —No es nada nuevo esto, loco. Así hablaba mi abuela. No estamos inventando nada: lo gauchesco ya está, lo fronterizo ya está, la lengua ya está. Estamos cocinando con ingredientes que ya están. Ahora, yo soy urbano: veo un caballo y disparo. Iba al campo de turista, a pescar. Pero cuando empecé a hacer música en Montevideo me quise diferenciar de todo ese flujo de poética en mis congéneres montevideanos, que tiene que ver con una herencia drexleriana y cabreriana. Y después de otra herencia poética del rock. Quise mi yo en otro lado. También hay que ver que existen distintas fronteras: yo hice una canción que se llama “Re-frontera”, que es a propósito de la canción sobre la frontera de Drexler. Una parodia, como diciendo: vos hiciste una canción de tu frontera, y yo, que soy de la frontera, voy a hacer una re-frontera. Porque el Uruguay también es una frontera, eso es de lo que no nos damos cuenta: Uruguay nació como una cuña metida entre dos monstruos. Ernesto propone una estética original, que se agencia a lo que venía siendo producido en Rivera, pero integra elementos originales de la música popular uruguaya y brasilera, de surgimiento más reciente. Montevideo vio en él, con razón, una clara influencia de Caetano Veloso. Pero hay más. Él cree que la música de Brasil le llega en forma diferente a alguien de la frontera que a un montevideano: “En Artigas estaba en el aire”, opina. “Mientras que a Montevideo

llega intelectualmente. Yo escuchaba a Jorge Ben en la radio y no sabía quién era; me interesa muchísimo ahora, pero me digo: ¡ah! ¿Este era el que cantaba en la radio cuando mi padre se dormía y quedaba sonando la radio Quaraí?”. La única forma que encuentra Ernesto para identificar la música de frontera es lo que llama una “fronterez”, una cierta lectura a la hora de digerir la música. En la frontera el castellano es la lengua del Estado. Código para relaciones oficiales y protocolos. Suena como un frío llamamiento al orden. La política y la escuela hablan en español. En español se dictan las sentencias. La ira del padre de familia también se dice en la lengua del Estado. Los oídos de la uruguayez históricamente quisieron escuchar en el portuñol una afrenta que suele lindar con el desprecio, en ocasiones sólo equiparable a la repulsa por lo foráneo. Cuando no, lo hallan una manifestación chistosa, algo exótica tal vez, no más que eso. De cualquier forma, la frontera acaba por revelarse en los suyos donde quiera que estén. Hay quienes acusan recibo, hay quienes recelan de ella. Lo que dicen y hacen los músicos fronterizos también espeja esta realidad, que es tan cultural como política. Ernesto Díaz no encuentra problemas al asumir el Uruguay de la identidad oficial y el de la otra. También conjetura acerca de qué significa ser de la frontera: —Nosotros siendo fronterizos siempre estuvimos de espaldas al Estado

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en nuestro ser más íntimo. Hay Descansando una forma de pensar fronteriza, antes del baile. loco, el problema es que está al margen. Ser frontera es estar al margen de lo oficial. Te encuentran para cobrarte impuestos, pero después no te encuentran para nada más. Se sabe bien que las políticas piloto durante la dictadura se hicieron en Artigas. Cuando no sabían qué iba a pasar con las vacunas las probaban allá. En mí la probaron, y en mi hermana. Si estaba todo bien la probaban en el resto de Uruguay. Las políticas antirrabia, todos los planes piloto, ¿por qué? “Ahí mesmo me despedí / de mi infeliz compañera. / ʻMe voyʼ, le dije, ʻande quieraʼ, / aunque me agarre el gobierno, / pues infierno por infierno / prefiero el de la frontera.” Hasta el Martín Fierro había dejado una pista. Quedaron rastros del ser fronterizo desde “Yaguatirica” a “Los Oreia”; del “Contrabandista ’e frontera” de Pancho Viera a los versos de Ruben Lena por Prudencio Correa, o al grupo riverense Trabuco Naranjero que grabó con Chito de Mello un rocanrol en portuñol que pega en los dientes. La cultura fronteriza se viene insinuando desde hace mucho tiempo, e irrumpe cuando sus exponentes actuales en la canción y en la poesía aceptan, sin mucho aspaviento, el tortuoso destino de forjarse un camino propio, fronteramente.


>> Sobre el antiguo juego de la taba

“Traiga cuentos la guitarra de cuando el fierro brillaba, cuentos de truco y de taba, de cuadreras y de copas, cuentos de la Costa Brava y el Camino de las Tropas.” Jorge Luis Borges (Fragmento de “Milonga de dos hermanos”)

Endomingados, salen temprano de las casas, aprovisionados para todo el día. A caballo –los menos a esta altura–, en moto, en camioneta o en auto, formando como un camino de hormigas multicolor, van llegando en procesión pagana al punto de reunión; puede ser una escuela rural, un local de feria o las instalaciones de alguna sociedad agropecuaria. Hombres, mujeres y niños de botas recién lustradas, ropa y sombrero de salir, y algún peso Aunque fueron definidos por algunos autores como en el bolsillo, se juntan a hacer “sociales” cuando hay carreras o hay “entretenimientos pacíficos, el de la taba y los gallos”, ambos se “beneficio” en la escuela. Algunos llegan temprano para prohibieron en tiempos de matreros y gobiernos autoritarios. Txt: chamuscar una paleta de oveja, y mientras esperan las Demasiadas veces, decían, el alcohol y las apuestas desataban la Daniel Erosa pencas o el baile de la noche, “grande o chico, siempre hay violencia de aquellos hombres que ponían el coraje por encima de un jueguito de taba”. Porque si bien la ruralidad está bastante transformada y hay menos caballos que motos y más smartphones que lazos, algunas tradiciones lúdicas de la campaña se mantienen casi intactas. La taba es una de ellas. No es un juego autóctono ni un invento de los gauchos. Fue introducido por los españoles en toda América y tiene antecedentes aun más lejanos. Pero la paisanada lo asumió como propio y lo mantiene hasta hoy. Como escribió el argentino Jorge Luis Borges, uno de los más lúcidos observadores del gaucho: “sus preferencias fueron la guitarra (…), la taba, las cuadreras, la redonda rueda del mate junto al fuego de leña y el truco hecho de tiempo, no de codicia”.

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cualquier valor y estaban habituados a resolver sus conflictos a filo de facón: “Murió en reyertas de baraja y taba;/ dio su vida a la patria, que ignoraba,/ Y así perdiendo, fue perdiendo todo”, dijo también Borges en un poema titulado “Gaucho”. En Uruguay la primera norma que reguló los juegos de azar vio la luz bajo la presidencia del general Máximo Santos. Es la ley 1.595, del 16 de diciembre de 1882, y establece como “absolutamente prohibidos los juegos de suerte, o azar, o de fortuna o en que intervenga envite”. Luego el Código Penal estableció en varios artículos que la explotación y la participación en juegos de azar constituían una falta y no un delito. Pero los avances de la modernidad ya habían metido en el corral de lo clandestino a aquellas costumbres primitivas y al omnipresente juego. “El disciplinamiento del caos bárbaro, con las pulsiones a menudo desbocadas, fue uno de los resultados de la conversión del trabajo en sagrado y del juego en pecado”, dice Barrán en su Historia de la sensibilidad en el Uruguay. “El Novecientos –sigue– que descubrió las libertades inventó también las disciplinas. El obrero obtuvo la jornada de ocho horas pero dejó de jugar.” En la campaña la ley de las ocho horas demoró más de un siglo en llegar, pero el juego todavía no terminó.

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La taba es un hueso que tienen los cuadrúpedos en la pierna, en la parte que forma el garrón. El que se usa para el juego es el del vacuno, si es de buey o toro viejo, mejor (ver recuadro). Compiten dos jugadores, un “canchero” o “coimero” arbitra y lleva las apuestas, y los demás son apostadores. Consiste en tirar al aire ese hueso (también conocido como astrágalo) que tiene una parte cóncava en forma de S, llamada “suerte”, y del lado opuesto una parte lisa que se denomina “culo”. La taba puede caer en tres posiciones válidas: suerte (la parte lisa hacia arriba), y se gana; culo (la parte hueca hacia arriba), y se pierde; y en forma vertical, llamada pinino (que es siempre ganadora y se paga doble o triple según se haya acordado). En cualquier otra posición que caiga no se valida la jugada. Muchos piensan que es un juego antiguo y olvidado, pero aún se lo practica con entusiasmo en todos los rincones del Uruguay rural. Se juega en los beneficios que hacen las escuelas de campaña, en la previa de las carreras de caballo y en alguna que otra yerra de esas que se hacen a la antigua, con vecinos invitados, asado con cuero y pasteles. Siempre al fondo, a un costado, medio escondida en un bosquecito, se arma la cancha despejando el suelo de pastos, humedeciendo un poco el terreno si hace falta, y marcando las líneas con la punta del cuchillo o una tirada de alambre fino. Las canchas tienen en general un largo de seis pasos, pero hay algunas de tiro largo, de hasta nueve pasos. Los jugadores, enfrentados, realizan su tiro hacia el lado contrario, teniendo que sobrepasar la línea divisoria para que la jugada valga.

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Las apuestas se cruzan a los gritos. —¡Cien al que tira! –provoca el primero. —¡Agarro! –le contestan. —¡Van otros 200! –dicen del otro lado. —No puedo… —Voy 500 por fuera —Voy… –dice uno que recién llega.

“La taba”, de Florencio Molina Campos. Témpera sobre papel, 1958.

Luego de acordadas las apuestas, los billetes se tiran al piso y se los sujeta con una piedra, o simplemente uno de los apostadores los pisa para que no se vuelen. El coimero se lleva el 10% de la apuesta. Los únicos tiros que no le dejan nada son los que se invalidan cuando la taba cae de costado. Tampoco agarra nada de lo que corre por fuera, que suelen ser las apuestas más elevadas. “El coimero siempre saca, salga lo que salga; sólo que la taba caiga de costado, pero ahí nadie cobra nada. Y es el que gana más, siempre gana más que cualquier uno que juegue. Es el único

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que come en todas las vueltas”, cuenta Rodolfo, que se pasó la tarde de coimero en una taba organizada en la previa de una carrera de potros que se corrió ese domingo en Cruz de Piedra, un paraje situado en pleno campo, entre Melo y Aceguá. “Y juegan 100 p’acá, 100 p’allá, y sacás plata al final. Antes, cuando había que pagarle el sueldo a las cocineras de la escuela se hacían beneficios para recaudar fondos, y con la taba vos sacabas la mitad de lo que te daba el beneficio”, recuerda. —¿Y cuánto dinero se juega en una tarde? —Ah, es incalculable la plata que se juega, porque juegan de 100,

de 200, de 500 por tirada, pero se juega otro tanto, o más fuerte, por afuera. En un rato juegan 20 mil pesos igual. Y depende la altura del mes, pero si se ponen a tirar por mil o 2 mil pesos, que ahora pasa, el coimero hace 8 o 10 mil en la tarde que no tiene ni gracia.

El que se encarniza, pierde

Pero a pesar de lo que cuenta, Rodolfo cree que la taba “no es un juego de mucha plata. No se hacen vales o Había llegado medio adobado, y antes de ir a relojear el apronte del tordillo favorito cheques: yo nunca vi. Porque tampoco juega gente de de la carrera de fondo, se compró otra cerveza en la cantina. Y mientras el matungo plata. Es un juego de gente de trabajo y de borrachos”, se se comía la pista, apenas rozando los remos sobre la gramilla, él se bajó unos tragos ríe. de caña que le convidaron. De boina blanca, camisa roja, bombacha beige y unas La taba es un juego de hombres, y aunque “en estos botas de caña blanda medio amarillas. Cuando vio que la carrera demoraba, pasó por juegos chicos o en algún asado familiar alguna mujer se la cantina a reponer y se fue derechito a la taba. Sacó “una chala de 500” de un entrevera”, no es lo habitual. Los jugadores y paquetito de plata que traía en el bolsillo, miró de ojos firmes al que tiraba y gritó: apostadores, parados o en cuclillas, rodean la cancha. —500 al tiro, 500 al tiro… Algunos esperan el tiro mansos, masticando un pastito, —¡Voy! –le contestó un veterano de camisa a cuadros y pelo teñido, tirándole un armando un tabaco con una sola mano o sacándole el billete a los pies. cuerpo al humo del asado que hace llorar los ojos. Otros Perdió. Manoteó el bolsillo y se quedó parado, en un balanceo mínimo que iba del agitan el ambiente pasando una botella de caña, que taco a la punta de la bota. Volvió a jugar. vuelta tras vuelta se va quedando seca. Tiro va, tiro viene, Siempre de apostador, perdió cuatro manos de 500 y ganó una. Empecinado, el griterío y las bromas se multiplican y la plata cambia de pidió el turno pisando la taba y se puso a tirar. Perdió otra vez. Recostado sobre la manos a cada rato. pared de costaneros de un baño improvisado para la ocasión, metió la mano en el La taba se tira de vuelta y media y de dos vueltas; bolsillo, contó lo que quedaba, lo guardó y enderezó hacia la cantina. son los tiros más comunes. “O tirás para adelante o tirás El hombre del pelo teñido se juntó a conversar con un moreno que tiraba hacía para atrás, pero hay muchos que no te llevan la tirada rato y ganaba siempre, y con otro más, que andaba con un bolso con varias tabas, para adelante porque el que es práctico la clava siempre. fichas, cartas, una suerte de casino de campaña portátil. La ponen con el culo para arriba y la tiran de modo que dé —¿Ya se fue? –preguntó el veterano una media vuelta hacia adelante, y siempre cae suerte —Yo lo voy a buscar. Él viene, si quedó con la sangre en ojo –dijo el del bolso. clavada. De casualidad te erran un tiro”, explica el viejo Miguel, que trabaja de casero en una estancia y le gusta Al ratito, acomodándose la boina con la palma de la mano, mirando fijo para no “tirar el hueso” si hay oportunidad. marearse, volvió: Los buenos tiradores clavan una y otra vez el hueso —Mil al tiro que ya terminé de perder –dijo envalentonado. del lado de la suerte en la tierra húmeda entre —¡Toy! –dijo el moreno, y lo dejó ganar un par de manos. aclamaciones y risotadas. Pero nunca falta un chambón Después entre los tres, en un mareo de apuestas cruzadas, le pelaron “más de que manda la taba rodando como pelota y desata todo seis palos”, decía luego, arrepentido. tipo de bromas y cargadas. Porque es un juego simple En toda timba debe haber una trampa, pero en este juego, además de alguna pero requiere maña y cabeza fría. En cada tiro los taba culera,1 siempre hay una barrita que juega en equipo. Vienen juntos, pero se jugadores, más que ganar la apuesta, parecen querer separan y juegan en contra del que aparezca. Por lo general hay dos buenos tiradores demostrar la habilidad que poseen. Y cada vez que el y uno que pone el capital y provoca las apuestas por fuera del coimero. Cuando va a hueso gira en el aire va en juego su orgullo y su destreza. tirar el jugador de ellos, “se le apilan contra el que está enfrente. Si vos estás con “Es como una jineteada o cualquier competencia –dice plata te ofrecen pagarte más, igual. Viven de eso, andan en todas las timbas y se Rodolfo–: hay algunos que son más habilidosos. Los cuadran pal lado del que tiene plata. Recorren todas las carreras y si ven que no hay taberos que son clavadores pierden de casualidad. Pero coimero, copan el juego. Un fin de semana medio bueno comen asado de arriba y te de repente alguno que no sabe nada o un borracho tira a sacan 4 o 5 mil pesos”, explica un veterano que estaba mirando toda la jugada y lo loco, así, y le gana… ahora, para ganar seguro no hay además los conoce. nada. Sólo gana el conservador, ese que aprovecha seis o “En el juego, a lo largo siempre te pelan. Y el borracho tira toda la plata en una siete manos de corrido y cuando empieza a perder se mano sola, igual. Es así: el que se encarniza pierde”, remata. retira, y deja pasar un rato y se mete de nuevo; esos son los que ganan. Es un juego de rachas. A veces es la 1. Es una taba cargada para que siempre caiga sin suerte, de ahí lo de “culera”. cabeza del tipo: uno que es frío juega mejor, y siempre hay alguno que se acalambra y pierde pa’ el más jodido.” Pero no todo está en la individualidad del jugador. También pesa “si somos o no compañeros, porque si estás jugando por la joda, tirás en contra de uno que es amigo; pero cuando el juego se pone fuerte, ahí se arman barras de un lado y del otro. Por lo general

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Yerra de terneros y taba de buey

se enfrentan a jugar los que son de zonas diferentes. Hay una cuestión de territorio.”

Era la tercera yerra de la semana, medias tardías, pero aprovechando las vacaciones de primavera de los gurises. Y en este tipo de yerra, hechas a la antigua, invitando vecinos a comer una vaquillona con cuero, a practicar las destrezas del lazo y a dar una mano en la tarea, hay bastante trabajo pero también hay bastante diversión. Porque “al que le gusta el lazo, disfruta un buen pial”, y porque además casi con seguridad habrá abundante de comer y de tomar, fútbol para los más jóvenes… y para los grandes, taba. Las mismas manos que hasta hace un rato hacían silbar el lazo en las mangueras, revoleando el sobeo sobre las cabezas y pialando a la ternerada arisca, ahora están tentando suerte con el hueso. Seguramente quedan pocos lugares que hagan estas fiestas de trabajo, pero quedan. Acá en la campaña de Cerro Largo hay varios vecinos que lo hacen, aunque eso sí, a la taba juegan “por joder, sin plata”, dice Miguel. Y si bien el juego es más familiar y las apuestas son simbólicas, todos saben que la mejor taba es la del buey. Un animal viejo que pasó la vida afirmando los garrones para arar las chacras. “Se sacan del buey porque es más grande, y cuanto más grande, más estable y es mejor para el coimero, porque tiene pocas posibilidades de caer en una posición inválida, y entonces cobra siempre. Si son chiquitas se vuelcan y el coimero queda de mirón, sin cobrar nada”, cuenta.

Los tataranietos de aquellos gauchos sin alambrado, ese 5% de la población que todavía vive en la campaña, saben que “antiguamente” sólo se jugaba a la vista de todo el mundo cuando había elecciones. “Cuando yo era chico era así, porque ese día la Policía no te prendía ni que estuvieras armando relajo”, cuenta Miguel mientras sigue de reojo la parábola de la taba en el aire. “Se jugaba siempre cuando había que votar. La gente llegaba a caballo, hacían asado en la escuela y pasaba el día jugando... Y en las carreras también siempre hay taba”, explica. Pero a decir verdad, la de la taba es una clandestinidad en el papel ya que salvo que “venga un milico muy baboso, no te hacen problemas”, dice el presidente de la comisión fomento de la escuela. Muchas veces la taba es el rubro que más ganancias deja para la escuela cuando se hacen beneficios. Se saca plata de la entrada, de las pizzas y tortas que las madres llevan para vender, del asado y los chorizos que algún vecino donó, de las bebidas, y de las comisiones que deja la taba. Y es que todavía hoy, con poca discreción y la tolerancia cómplice de las autoridades uniformadas, se juega a la taba en casi todo el país. Igual que antes, como describe el libro La vida rural en el Uruguay: “No puede haber reunión sin unos tiros de taba.”

—Pero al fin de cuentas, ¿está prohibido o no? —Yo nunca tuve problemas, pero había un milico en La Rata que era temible, lo veían llegar y había que disparar. Iba derechito a las tabas y no dejaba jugar. Te sacaba las tabas –cuenta Rodolfo–. La gente juntaba de apuro los billetes del piso, pero la plata del coimero, con las fichas, marchaba con el milico. Hay cada milico baboso, de esos que les gusta que los vean. O que vienen con el comisario y quieren ganar puntos. Pero en vez de hacerse notar por las buenas… Hasta a los gurises les da asco, porque estás tratando de hacer un peso para la escuela, no es lucro para nadie. —¿Y hay otro tipo de policías, más permisivos? —Unos se arriman a mirar o a jugar nomás. Había uno que era seco para jugar, si estaba de guardia jugaba, y si no, de particular, andaba en todas las carreras del lado de la taba. Era loco por jugar a la taba. Llegaba temprano, y si no

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había él mismo te hacía de coimero; era macanudo. A las escuelas, cuando vienen milicos que dejan jugar, les queda bruto beneficio. —¿Y es cierto que dos por tres se arman problemas con las apuestas? —A veces cuando hay borrachos empalagosos que se marean entre ellos, y cuando se marean quieren tener siempre la razón. Pero son los que siempre tienen problemas, sea con la taba o con el cantinero porque le sirvió la copa muy llena.

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Clic

El Vasco E

n el año 2010 el teatro Solís y los Centros MEC implementaron el programa Un Pueblo al Solís. La idea consistía en invitar a viajar a Montevideo a los habitantes de una localidad del Interior y a presenciar una función en el teatro Solís. Me pareció una oportunidad magnífica para realizar una historia fotográfica, y cuando en la lista de pueblos vi que figuraba 25 de Agosto y el viaje se haría en un tren puesto exclusivamente para ellos, la historia me cerró por completo: yo tenía que estar allí. 25 de Agosto significa mucho para mí. Es la historia de mis vacaciones infantiles en la casa de los tíos Miguel y Maruja, casi mis segundos padres. Es el río Santa Lucía, la playa y la pesca en bote. Los campamentos con la barra de amigos de mi primo Miguel, más grandes que yo, de los que me fascinaba escuchar los cuentos de sus andanzas.

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También era tener todo el día una bicicleta para mí y recorrer el pueblo de punta a punta con aquel sol abrasador que proyectaba mi sombra justo entre las ruedas. En el Club Unión, una semana de Carnaval, bailé por primera vez, hamacado por “Hey Jude” de los Beatles, tocada por una banda y cantada por un flaco de pelo largo, pantalones oxford y Txt y Foto: una camisa negra a lunares con un cuello muy largo. Carlos Contrera Uno de esos veranos mi primo, mayor que yo, ya estaba en edad de conseguirse un trabajo, por lo menos durante las vacaciones. Fue así que por las tardes comenzó a atender en el bar El Vasco, ubicado en una esquina elevada del pueblo. Hasta allí llegaba con mi bicicleta. El interior del bar estaba siempre fresco y resultaba reparador después de mis acaloradas travesías, además siempre me invitaban con algún pomelo Salus, de aquellos que antes de destapar había que invertirlos porque tenían la pulpa asentada en el fondo. Pero un día la invitación no fue de pomelo ni Citral, sino una copita de anís, que después trajo otra, y alguna otra, supongo, no recuerdo bien, porque el resultado fue una borrachera que provocó que nunca más en mi vida volviera a probar el anís.

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Me comuniqué con el Centro MEC local y ellos me pusieron en contacto con una de las familias que seguro viajarían en tren a Montevideo para la función en el Solís. Viajé a 25 de Agosto unas semanas antes, conocí a toda la familia, los acompañé y fotografié en sus actividades diarias, supe de sus expectativas y entusiasmo ante el viaje. Cuando llegó el día los acompañé hasta la llegada al teatro. Mientras recorría y fotografiaba el pueblo, una tarde lluviosa de agosto volví a toparme con aquella esquina de vereda un tanto más alta que las demás y con el cartel inconfundible del bar El Vasco. El barcino de la ventana, al igual que el cartel, casi logra camuflarse con el moho de la pared. En cambio, el recuerdo mohoso de aquella resaca de anís todavía perdura en mi memoria.

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Parajes insospechados >> La mina de Arrospide

La red eléctrica ilumina sólo parcialmente algunos tramos.

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l cartel a un costado de la ruta 8, vacila antes de pasar: adentro la oscuridad sobre el quilómetro 123 (a tres es completa y, apenas traspasando el quilómetros de la ciudad goteante umbral, la temperatura Txt: de Minas), llama a la perplejidad: baja unos cuantos grados en Diego Faraone “Mina de oro”, señala. Entrando contraste con el día soleado que se Fotos: por el acceso a la Sociedad vive en el exterior. Se trata de un Mauricio Kühne Agropecuaria de Lavalleja y estrecho y largo túnel en la roca, siguiendo el serpenteante camino con el suelo repleto de charcos. por dos quilómetros, un nuevo letrero Mientras este cronista se congratula de reafirma con desparpajo “Mina de oro”, haber tomado la precaución de llevar botas quitando al viajero toda posibilidad de duda. de lluvia, cae en la cuenta de que habría Al adentrarse en el terreno señalado puede sido necesario otro elemento: una linterna. verse a un lado del camino una choza que Aquí la oscuridad reina, y sólo queda oficia como administración, más adelante parcialmente aplacada cuando el guía y un pequeño riachuelo y, finalmente, un actual propietario de la mina, Antonio pequeño cerro. A su pie, una hendidura de Marmo, enciende un generador que prende unos dos metros y medio de profundidad se las luces que señalan el camino a través de abre en la roca. Es la entrada. las galerías. Apenas dados unos pasos, Como el día anterior había llovido el Marmo, quien sí lleva linterna y desde hace agua se escurre ahora por todos lados, en años orienta a los visitantes, sugiere utilizar particular sobre esta abertura. El visitante un casco para seguir avanzando: “No es

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reglamentario”, aclara, pero conviene ponérselo para evitar golpearse la cabeza en los tramos donde el techo es muy bajo. Caminando apenas unos metros más se puede comprender la cualidad propiamente laberíntica de la mina: son casi 720 metros de túneles que se entrecruzan; caminos que se abren y llevan a recintos altos o bajísimos, se ensanchan o se estrechan para finalmente terminar en el mismo lugar que uno estaba antes, otros se cortan abruptamente frente a una pared de roca. La iluminación del generador sólo llega a 300 metros de la entrada, hay tramos en una penumbra cerrada, otros apenas iluminados por el débil fulgor de las linternas que avanzan. En algunos puntos pueden verse “chimeneas” o aperturas en la roca por donde, desde la superficie, llega la luz natural. Es que hace unos 250 años, cuando en la mina los esclavos se deslomaban arqueados picando y cargando rocas, se hicieron esas aperturas para que entrara algo de aire y luz, y a su vez para elevar mediante poleas el material extraído. Marmo hace referencia a las imposibles jornadas de esos esclavos, intoxicándose con polvo de roca, con el aire que escaseaba y sin escapatoria posible.


Las paredes delatan las razones de tal despropósito: un brillo dorado señala una presencia mínima de oro en la roca. Durante la larga “fiebre del oro” exploradores de distintas procedencias se embarcaban en misiones ciclópeas a lo largo y ancho del nuevo continente en busca del preciado metal. A veces daban con esto, parajes recónditos que ofrecían rocas fulgorosas, embelesando los ojos codiciosos. A esta clase de oro en proporciones mínimas se lo llama “el oro de los tontos”; podrían extraerse tres gramos por tonelada de piedra, y aun así llegarían apenas al quilate 14 (el oro puro es 24). En definitiva, la extracción aquí no era en absoluto redituable. Se cree que fue un español llamado don Cosme Álvarez, vecino de Montevideo, quien comenzó las obstinadas excavaciones por el año 1762, y probablemente haya comenzado la labor extrayendo de aquí lo que pudo de oro, plata y cobre. Héctor Villagrán, actual titular de los terrenos adyacentes, dice que en 1935 el principal propietario de la mina pasó a ser Tomás Arrospide, quien le dio su nombre. A partir de 1938 comenzó a extraerse cuarzo aurífero, y ahí se dio inicio al gran Pozo de la Calavera, cavándose nuevas galerías subterráneas. En varios tramos hay pequeños lagos; mínimos en apariencia, pero sumamente profundos. Asegura Marmo que allí, sumergidos, hay dos niveles más de galerías, uno a 12 metros y otro a 24, cada cual con su propia red de laberintos. El último que explotó la mina fue un ente estatal, UTE, que se la arrendó a Arrospide para la extracción de cobre. Así se

instalaron bombas y motores para evacuar el agua de los pisos inferiores. El agua de estos lagos es cristalina, perfectamente potable, pero no se alcanza a ver el fondo. De vez en cuando se utilizan para practicar un deporte extremo si los hay: el buceo dentro de las minas es considerado una de las actividades más riesgosas, ya que cualquier problema o mal funcionamiento

mármol, vetas amarillas de azufre, y un verde que señala la presencia de cobre. Cuando UTE terminó con la explotación de este último mineral se tapió la entrada de la mina durante varios años, para evitar accidentes a los curiosos y aventureros. Posteriormente se acondicionó la mina para realizar visitas guiadas. Luego de un rato recorriendo túneles observando distintos detalles se pierde absolutamente la orientación, y la acústica del lugar no ayuda: si en un túnel alguien te habla desde atrás, se escucha como si estuviera más adelante. La noción de tiempo se pierde con facilidad, si es de día o de En algunos intervalos, las chimeneas repentino de los equipos implica noche, aunque permiten que entre luz y aire a la mina. desandar todo el camino hecho dentro hay una señal de la mina. Para colmo las brújulas no muy clara que suelen funcionar allí abajo porque la marca la diferencia: cuando el sol cae presencia de ciertos minerales las comienzan a salir los murciélagos en desestabilizan. bandadas. Durante el día también se los Las paredes presentan varias puede ver, si uno es lo suficientemente tonalidades, dependiendo del tramo en que valiente como para ir hasta su mismo lecho, uno se encuentre. Los pequeños brillos en las secciones más recónditas de la mina. dorados son vestigios de oro, el rojo es Allí donde los pasillos se estrechan aun más hierro, el anaranjado arcilla, lo transparente y hay que empezar a doblar el cuello o cuarzo aurífero, hay rocas blancas de andar semiagachado para no golpearse la cabeza, pululan estos Carretillas oxidadas roedores. Si uno se evocan tiempos acerca, comienzan a pretéritos. revolotear en todas las direcciones, pasando tan cerca que te rozan sus alas. En estos tramos el aire escasea, la temperatura aumenta considerablemente y es inevitable sentirse sofocado. La incursión en este paraje del que poco se conoce y se habla es absolutamente fascinante, la sólida roca machacada y moldurada en forma de galerías esconde historias pretéritas de las que raramente oímos hablar. Aunque el recorrido también puede traer un retrogusto amargo: aquel surgido por el esfuerzo de abstracción que implica descubrir que también supo ser un averno, uno de los recintos en los que tuvo lugar la más salvaje explotación humana que se haya sufrido en territorios de la Banda Oriental.

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Perfil

Edgardo Ferreira, dirigente citrícola

“La parte de los trabajadores en la torta” ha crecido, pero la frontera sigue siendo fina entre estar de un lado y otro de la zona de vulnerabilidad.

En 2002 se bautizó como dirigente sindical, tenía veintipocos años pero ya cargaba sobre sí las consecuencias del abuso patronal que imperaba en el medio rural.

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Perfil // Edgardo Ferreira

Edgardo Ferreira tiene 32 años pero hace más de diez que anda en las vueltas del sindicalismo rural. Es de andar tranquilo, no levanta la voz, parece tímido, y cuesta imaginarlo apenas entrado en la veintena Txt: batallando entre trabajadores curtidos –pero Daniel Gatti “adormecidos, derrotados”–, en aquel año 2002 de Fotos: debacle nacional en que él data su bautismo de fuego. Federico Gutiérrez Recién empezaba a trabajar en los naranjales salteños, superaron los 5.000 en sus mejores tiempos. “La en los enormes naranjales de la empresa Caputto que naranja, los citrus, ya estaban, pero no eran lo que son se pierden hacia el río Uruguay, allí en Constitución, a unos 40 ahora, la principal fuente de ingresos de la gente, casi que la quilómetros de la frontera con Argentina, cuando le picó el única.” bicho del sindicalismo. Desde entonces no lo soltó, y a Edgardo, Ni en la época de oro del ingenio, Constitución dejó de ser que hoy es vicepresidente del Sindicato de Trabajadores de la un poblado pobre, de calles de tierra y casas humildes. “Pero Industria Citrícola y Afines (SITRACITA), le cuesta pensarse con entonces tenía más movimiento, y el cierre de El Espinillar tiró un futuro fuera del gremialismo, fuera del gremialismo a cientos de personas a la calle. Se terminaron yendo en pajuerano, “esa cosa tan especial, tan difícil de imaginar para cantidades.” La villa se vació, perdió casi que a la mitad de sus quienes no viven en el campo. Por lo que me dicen los pobladores y orilló convertirse en un pueblo fantasma. compañeros de otros gremios y yo mismo veo, tiene los problemas que son comunes a cualquier organización sindical, El padre de Edgardo fue uno de los que emigró. Marchó a pero esta realidad es también tan distinta”. Buenos Aires. Antes de seguirlo, en 2001, Edgardo trabajó en un tambo, a la entrada de Constitución, en el quilómetro 8. El día que recibió a Ajena llovía parejo, se anunciaban Tenía 18 años, hacía poco que había terminado el bachillerato, aguaceros récord para las horas posteriores que después no se “y por capricho nomás desemboqué allí. Necesitaba laburar, concretaron, y los gigantescos predios de Caputto estaban pero fue tremendo”. Lo que más recuerda Edgardo del trabajo vacíos: un jugoso desierto verde superpoblado de árboles de en el naranjas, mandarinas y limones, que Ernesto iba mostrando y establecimiento clasificando según las variedades, a un lado y otro de los lechero –una de senderos internos. “A la larga uno logra que este oficio le guste, las propiedades va conociendo los tiempos de las cosechas, aprendiendo cómo de la familia tratar al cítrico”, dice, explicando cómo hacer, con una tijera Chapuis, ligada a especial, un alicate, para sacar la fruta del árbol de manera de los naranjeros de que “sea útil y no se pierda”. “Si la cortás a mano, zas, está Caputto, para los perdida”, y se trata de “mercadería de exportación, que tiene que terminaría laburando después– es “la tremenda que salir perfecta”. explotación” que padeció. Al borde del esclavismo. “Estabas de En los 12 años que lleva en Caputto, Edgardo “probó de lunes a lunes, por lo menos diez horas, para ganar 100 pesos. todo”: pasó siete en la cosecha, después estuvo en la quinta, Una miseria. Se aprovechaban de que no había sindicato y que hizo tareas de limpieza, plantación, mantenimiento, cura, y la gente tenía miedo de abrir la boca para plantear el más llegó hasta el sector de control de calidad, en el que está hoy. mínimo reclamo. No te daban ropa ni botas, a veces pasabas el “Me gustaba eso de pasarme de un lado a otro, hacer todas las día entero mojado o embarrado, y si te lastimabas y perdías tareas: tenía esa idea de que un buen trabajador, y jornales de ingresos por lesiones que te habías causado fundamentalmente un buen sindicalista, debe conocer lo que trabajando, como sucedía, miraban para otro lado. Simplemente pasa en cada parte de la cadena”. te jodías.” Las ofertas de empleo en los alrededores eran muy Edgardo “llegó al citrus” en plena crisis, en 2002, cuando pocas, y los patrones decían “acá las cosas son así, si no te Constitución todavía no había acabado de hacer el duelo del gusta te vas” y con eso compraban silencio. cierre de El Espinillar, clausurado en los 90 después de un largo En el tambo Edgardo empezó, antes de los 20 años, a tener proceso de decadencia “en parte querido por quienes problemas físicos que le provocaron –agachadas constantes, manejaban el poder”. “Lo fueron dejando morir de a poco”, levantadas de peso y jornadas interminables mediante– una cuenta. “La Villa” era una antes del ingenio –poblada por hernia de disco. “Era muy joven, me tomé en serio aquello de ‘si peones que trabajaban como zafrales en las estancias de la no te gusta te vas’ que me lanzó un capataz, y me fui. En aquel zona, en algún viñedo–, fue otra muy distinta con el momento preferí irme antes que protestar.” Y así partió hacia surgimiento, a fines de los 50, del complejo azucarero de Argentina, justo en 2001, a reunirse con su padre. “En Buenos ANCAP, un imán para migrantes de departamentos vecinos, e Aires hice cualquier cosa, sobre todo en los countries, cortando incluso del sur de Brasil, y fue muy otra después. El Espinillar el pasto, como jardinero, en mantenimiento. Y algunos otros ocupaba, entre empleos directos e indirectos, a alrededor de laburos más.” Aguantó un año y pegó la vuelta. una tercera parte de los habitantes de Constitución, que Extrañaba, no se “hallaba”, y “Argentina estaba casi igual que acá, o peor”. Era “la” crisis.

“Ese prototipo del trabajador de la naranja explotado y humillado se está dejando de lado. Por la lucha sindical, claro.”

* Verso de la canción “Adiós mi Salto”, de Víctor Lima.

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Tiene sólo 32 años, pero no se imagina lejos de Salto: dejar su sindicato le parece impensable.

Cuando volvió a Uruguay, a Salto, a Constitución, lo que había, si no quería regresar al tambo, era “la naranja”. No quedaba otra. La familia Caputto ya reinaba prácticamente en solitario en la zona, o por lo menos estaba escasamente acompañada. Se había ido expandiendo, comprando a pequeños productores y absorbiendo cientos y cientos de hectáreas de lo que habían sido las tierras del ingenio de El Espinillar. Las dos quintas más grandes de naranjales de Salto son hoy de Caputto, hay una de Guarino, desapareció Solari, y el resto son pequeñas extensiones de entre 40 y 50 hectáreas. En total, Caputto controla actualmente 50 quintas en siete departamentos, empleando a 2.000 personas. La citrícola es, como tantas otras, una industria cada vez más concentrada: seis empresas son propietarias de 11.132 hectáreas, y 327 de poco más de 5.550 hectáreas. Caputto es la que más exporta, a través de su filial Citrícola Salteña, y a la exportación va hoy el 47 por ciento de una producción que comenzó siendo, años ha, sobre todo para el mercado interno. Ferreira se convirtió entonces en un peón zafral más en una industria en la que entre 70 y 80% de sus compañeros lo son. En total, entre ocasionales y permanentes, la cadena citrícola salteña ocupa a unos 5.000 trabajadores directos. Llegaron a ser el doble, dice Edgardo, pero los cambios en el sistema de producción, la mayor mecanización, redujeron la mano de obra a algo más de la mitad en espacio de dos décadas. “Cosecha y packing son las áreas que más abarcan gente, sobre todo la cosecha; la quinta un poco menos: ahí están los permanentes. Lo bueno es que gracias a que se vende cada vez más afuera, a

Europa, a Rusia, a los árabes, y ahora parece que a Estados Unidos, a contraestación, la zafra se ha ido extendiendo y es muy corto el período en que no tenés laburo.” De marzo a diciembre hay conchabo en la naranja, la mandarina, el limón, y se han agregado los arándanos. También surgieron olivares, en Zanja Honda, al costado de la ruta. Emplean todavía poca mano de obra, “pero están prendiendo”. “Lo que quiere actualmente el Ministerio de Trabajo es que se forme una cadena productiva entre la naranja, los arándanos, los olivos, para tener a la gente ocupada los doce meses y que no vaya al seguro de paro”. Dice Edgardo que los salarios siguen estando sumergidos en la citricultura, y que eso ha provocado que buena parte de los peones haya emigrado hacia la construcción, que paga bastante más y por ahora tiene fuerte demanda. Pero las condiciones laborales sí que han mejorado, asegura, y lo atribuye en gran parte a la acción de los sindicatos, del SITRACITA, y antes del SUDORA y de la UNATRA, “la madre de todos los rurales”, según apunta, y también al “clima” creado en 2005. Cuando él arrancó en la naranja algunas de las mayores aberraciones que habían caracterizado al trabajo del “cosechero”, del recolector de la fruta, ya no existían. Por ejemplo, habían desaparecido, al menos en las grandes empresas, las llamadas “camisas naranjeras”, unas sacas que el trabajador se colgaba del hombro y ajustaba en la cintura y en las que se apilaban entre 50 y 70 quilos de fruta; una barbaridad, no cuesta calibrar las desviaciones de columna –también enfermedades urinarias– que habrá producido. En Caputto fueron de uso corriente hasta, como mínimo, el año

Recién empezaba a trabajar en los naranjales salteños, apenas entrado en la veintena, cuando le picó el bicho del sindicalismo. Y desde entonces no lo soltó. 2000. Como también fue norma que a los trabajadores se los sometiera casi que a una sesión de baño químico –de baño en químicos– para desinfectarlos: cuando despuntaba la jornada, el capataz pasaba con una suerte de manguera y los rociaba con un producto cuya composición la empresa ocultaba. Era habitual que los cosecheros presentaran afecciones respiratorias y cutáneas. La empresa –“las empresas, porque eran todas”– no se hacía cargo de tratamiento alguno. Así pasaban los trabajadores, empapados en ese producto, toda la jornada, a veces de nueve o diez horas, y así llegaban a sus casas, porque no había en las quintas lugar para bañarse, ni siquiera para cambiarse de ropa. “En 2002 las camisas naranjeras habían sido remplazadas por un bolso que te permite meter hasta 20 quilos de frutas. Hoy te seguís subiendo a una escalera para cortar manualmente la

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Perfil // Edgardo Ferreira

mandarina o la naranja, apilándola en el bolso que te tirás al hombro, pero es obvio que no es lo mismo cargar 20 quilos que cargar 50, 60 o 70.” Los bolsos ya eran de uso en algunas quintas citrícolas del litoral en los años 90, pero Caputto tardó bastante más en incorporarlos. La mayor empresa del sector, la que más produce y vende, fue siempre un hueso duro de roer. De sus tiempos iniciales en Caputto Edgardo recuerda que si bien ya no estaban las camisas naranjeras y los trabajadores no eran fumigados “en directo” sobre su cuerpo, “persistían algunos otros abusos”, en materia de condiciones de trabajo, sistema de remuneración y relaciones laborales. Y el clima era de sometimiento al patrón. Sobre todo de parte de los trabajadores más veteranos, acostumbrados a un modo de relacionamiento patriarcal y a que sus derechos empezaran y terminaran donde el empresario lo estableciera. “La gente mayor era la más brava, llevaban el miedo metido adentro, y eran más leales a los patrones.” Con los jóvenes era distinto. “No venían de esa historia, tenían otra actitud, y cuando se les hablaba respondían más rápidamente y eran un poco más corajudos. Fue de todas maneras un trabajo de hormiga, mano a mano, ir convenciendo uno a uno a los compañeros de que valía la pena formar un sindicato.” Los más viejos estaban acostumbrados a que los intentos anteriores de sindicalización terminaran casi que invariablemente en el despido de los “agitadores”, y los más jóvenes no tenían tradición ni experiencia alguna. “Así que entre una cosa y la otra estabas bastante solo.”

Fue ahí que Ferreira se forjó una reputación de batallador, de organizador eficaz que le reconocen colegas de otras zonas. SITRACITA fue consiguiendo cosas de a puchos. “Me costó un par de años ganarles la cabeza a los compañeros. Yo afilié personalmente a pila de gente. Los juntaba en el portón de la quinta antes de entrar a trabajar. Lo que los decidió a afiliarse fue ver ese trabajo de hormiga, que uno se la jugaba, y a otros ver que los resultados se daban”, dice Edgardo, y remarca varias veces el grado de involucramiento personal que requiere en el campo, sobre todo en el campo, dedicarse a la tarea sindical. Personaliza al punto que cuando se refiere a los varios sindicatos que se formaron en los últimos años los menciona por el nombre de sus dirigentes: “allá en Azucitrus, en Paysandú, el Lucio Soria logró afiliar a cantidad de trabajadores, y en San José, Germán [González, de Utrasurpa] también hizo lo suyo, afilió a todo el mundo”. Hay que tener bastante vocación, es cierto, quedás muy expuesto cuando querés formar un sindicato en lugares como estos, dice. “Acá en el campo es más fácil que los patrones

abusen, se aprovechen, porque hay más ignorancia, porque es muy común que los empleos sean zafrales, precarios, y eso dificulta la organización, y también por el tipo de relaciones que se forman. Muchos patrones, y sus capataces, estaban acostumbrados a tratar a los trabajadores como esclavos, a darles tareas que no correspondían con lo que tenían

Las condiciones de trabajo han cambiado para bien, pero los salarios siguen siendo muy bajos.

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Mucho del trabajo del recolector de naranjas sigue siendo manual. Es condición para que la calidad del fruto sea buena.

que hacer, con la función para la que los contrataron, o a tenerlos todo el día a su servicio, como si fueran sus domésticos.” En febrero pasado en la chacra 29 de Caputto, dice una crónica del diario local El Pueblo, un capataz salió rifle al hombro a increpar a los jornaleros que le reclamaban por las malas condiciones en que estaban las herramientas que les habían entregado. “Acá se trabaja así y punto. Ya van a ver lo que tendrán por revoltosos”, les dijo el hombre, que fue luego protegido por la empresa. “Es normal que el capataz tenga un arma porque se utiliza para matar perdices, unos animales que tanto afectan a las plantaciones”, se escudaron los representantes de Caputto. “Lo normal en el campo –observa Ferreira– ha sido la prepotencia”, los abusos propios de una cultura feudal que costará años erradicar. Él cree, sin embargo, que se ha avanzado, y que casos como el de la chacra 29 de Caputto, o el que se dio en 2011 en

terrenos sanduceros de la empresa de capitales belgas Forbel (180 trabajadores despedidos de un saque en el marco de un intento de liquidar la estructura del sindicato local), van quedando en el pasado. “Nos cambió la vida que se volviera a convocar a los consejos de salarios. Para la mayoría de los rurales la ley de ocho horas fue como una revolución, que se les pagara las extras por encima de una jornada normal de trabajo, cosa a la que todo el mundo tenía derecho salvo ellos. Se decía ‘para qué quieren trabajar menos si después van y se chupan todo’ y se les negaba hasta el derecho a estar con su familia, porque en jornadas de diez horas y reventado como terminabas, imaginate si eso era posible.” En el citrus, ya antes de que entrara en vigencia la ley, “las ocho horas” estaban extendidas. “En Caputto, y creo que también en Azucitrus y en Forbel, hace bastante que laburamos seis horas pagadas ocho (una hora para ir a la quinta y otra para venir), de lunes a sábado. Pero con los consejos ganamos en otras cosas: logramos que se reglamentara el convenio 184 de la OIT, de seguridad y salud en la agricultura, que significa bastante para los rurales: que te paguen el desgaste de ropa, que se cubran los accidentes, los gastos en salud, cosas así con las que antes ni soñábamos. Aquello de que trabajabas igual si llovía a cántaros o de que te fumigaban encima como si nada y después a llorar al cuartito se ha acabado”. Dice que puede haber alguna excepción, pero que en general eso ya no se ve. Y que en Caputto seguro que ya no. “Ese prototipo del trabajador de la naranja explotado y humillado se está dejando de lado. Por la lucha sindical, claro.” SITRACITA consiguió también que las empresas asuman los costos de mamografías y papanicolau de las trabajadoras citrícolas y que los días de inicio y final de clases a las mujeres se los paguen como días trabajados. La propia pareja de Edgardo, madre de sus dos nenes de 5 y 7 años, está “en la naranja” hace un buen tiempo. “Se ven

La depredación o la pesca industrial y los grandes proyectos como la búsqueda de petróleo, la construcción de la regasificadora en Montevideo o el puerto de aguas profundas en La Paloma, son sus mayores preocupaciones al hablar del futuro de la pesca.

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mujeres en muchas tareas, en la clasificación de frutas, en el packing, hasta conduciendo autoelevadores.” Dice que en la cosecha la relación es de cuatro cada seis hombres. —¿Se afilian igual que los varones? —Sí, también se afilian. Se están afiliando todos por estos lados, en realidad. Como ejemplo cita –y se le encienden los ojos– el del tambo en que trabajó cuando tenía 18 años: “Lo sindicalizó María Flores. El dueño tuvo que pagar multas y las horas extra a sus

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Perfil // Edgardo Ferreira

trabajadores, reconocer que no eran sus esclavos, blanqueó a los que estaban en negro, que no sé si no eran la mayoría. Un gran logro”. La vivienda podría ser otro. SITRACITA firmó el año pasado un convenio con los ministerios de Agricultura y de Trabajo, la Intendencia de Salto y el Movimiento para la Erradicación de la Vivienda Insalubre Rural para que unas setenta familias de citrícolas puedan acceder a casa propia. “Nunca MEVIR había trabajado con un sindicato. Ya están los terrenos y ahora ellos están estudiando cada situación.” —¿Te va a tocar? —No, a mí no. Yo estoy construyendo acá al lado, con mucho sacrificio pero puedo –­ apunta, y señala un predio contiguo a la casa donde recibe a Ajena, de tres habitaciones, en la que vive su madre, y por ahora él también, con su mujer y sus dos hijos. Fundamentalmente queda el salario. “Es en lo que nos estamos concentrando. Está muy bajo. El promedio de hoy es unos 450 pesos por día. Si pasás del número mínimo de cajones que pide la empresa, podés llegar a 700, 800 diarios.” La Unatra reclama la media canasta básica para todo el sector rural. “Estamos también trabajando con la UDELAR y la Unatra en un proyecto de ciencias sociales que estudia cómo los citrícolas podrán acceder al seguro de paro en mejores condiciones: a los trabajadores permanentes se les exige un mínimo de 250 jornadas y a los zafrales 200; queremos que sean 200 y 150.” La industria puede asumir, dice Edgardo. “Las

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empresas están ganando mucho, y más van a ganar si se concretan las exportaciones de naranjas para Estados Unidos. Se mandaron un par de contenedores a prueba, y parece que puede funcionar. La calidad del producto nacional es muy buena. Si se da, se van a necesitar algunas inversiones, porque las exigencias de ese mercado son grandes y particulares, pero lo que nosotros no queremos es que esas inversiones se realicen manteniendo los salarios en un piso y que luego, cuando las ganancias lleguen, se las lleven los empresarios y a nosotros nada. Ya estamos negociando en esa perspectiva.” Por ahora Edgardo no se ve lejos de Salto, de Constitución o Belén, el pueblo gemelo, ahí al lado, tan dependiente de “la naranja” como el suyo. Tampoco se imagina fuera de la industria. A sus 32 años dice que se ve quedándose “en la zona”, que ya emigró y volvió, que ya hizo otras cosas. Después de terminar el bachillerato cursó tres años de ingeniería en electrónica en Salto capital, pero no pudo cerrar el ciclo. “Mi abuelo se enfermó y todo se complicó, gastamos mucha plata y tuve que abandonar. Capaz que algún día consiga retomar, y ahí veré. Pero igual. Dejar todo, irme a otra rama, otro departamento, ni que te digo otro país, me complica.” Y debería dejar el sindicato. “Ta bravo.”

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Txt: David Benavídez // Ilustración: ca_teter

Futuro Interior

Q

ué linda que está la tardecita hoy. A muchos les da tristeza, pero a mí no. A mí me pone feliz. Tal vez porque me pone melancólico, y eso es dulce. Pero no triste. Triste es otra cosa. Triste es olvidarse. Olvidarse, por ejemplo, del nombre de un viejo amigo, o del propio. Peor es olvidarse del propio nombre. Claro que no te olvidás de tu nombre, ese que suena cuando juntás todas las letritas. Pero triste es decir tu nombre y que no te suene, que se te haya olvidado cómo lo decía mamá, o vos mismo cuando te lo preguntaban cuando eras gurí y tú lo decías. Eso es triste. Más que olvidarse, saber que olvidás algo pero que no podés acordarte porque se te enreda una cerrazón en el corazón. Eso pasa a veces con Rivera, me parece. Y me da pena, porque la veo triste, atrás de tanta pantalla y cartel, atrás de tanto vidrio y luz, como una gurisa que llora atrás del mostrador. Me parece a veces, cuando voy mirando las veredas y las casas que acarician la ventanilla del Boreal, que escucho a Rivera decir el nombre de ella, y lo dice, y lo dice, y lo dice. Pero no lo encuentra. Ah, pero a veces lo encuentra. Suena, por ejemplo, en los talones encardidos que juegan en el obelisco, sin saber de estados, en las casitas de madera de la Estiva, en los boliches de Amarillo o Cerro Pelado, y en los galpones que juntan un bandoneón con una guitarra y adoban la noche con una buena milonga. Suena sí. Y suena como siempre. Con gustito a ticholo, y a polvo. Esencialmente a polvo, polvo y color, polvo y pasto, polvo y cuero. Cuero curtido por el sol y por el frío, y por el polvo. Rivera es feliz. A pesar de todo, y también gracias a todo, es feliz. Con la gurisada que se junta en la rampla vieja de AFE a la salida del liceo, los veteranos que se sientan a tomar mate enfrente a la ruta, y los borrachos de siempre que se juntan en aquel bar de la calle Brasil, que no me acuerdo el nombre. Y mi abuela también, aunque le gusta más la campaña, como a mí. Pero la soledad es fría a veces, como helada de julio. Y las tardecitas se van amontonando como sombras del tiempo, y van arrinconando a los viejos contra la ciudad. Voy a ir a ver a la abuela un día de estos. Tengo ganas de verla. Hablar con ella tiene gustito a Blanquillos. Se saborea monte y pan casero cuando se habla con ella, y fogón a leña y estufa, y ropa lavada a mano, y arroyo, y manzanillas, y tangerinas, y guiso de arroz, y florcitas del campo y también de jardín, y dulce de leche con nuditos, y siesta y chicharras, y mataojos, y tapera con paredes de terrón y techo de paja, y horneros, y sacrificio de todos los días y de todos los años, y portuñol, sí, mi portuñol. A eso tienen gusto las palabras de mi abuela. Y a tardecita también. Este es el mundito que me gusta, el de mi abuela, el del tío Miguel, que está allá en Rivera Chico bolicheando como siempre, y el del Chiquinote, que vive todavía allá en campaña y es todo un héroe sin saberlo. Este es mi lugar. A veces me corrigen alguna brasileriada, y los gurises de la residencia se ríen de mi acento. Pero no son brasileriadas, son de otra patria, de la frontera, de la mía.

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Me acuerdo del día que la maestra nos enseñó que las palabras en portuñol tenían que escribirse entre comillas, como si no fueran mías. Se las podía invitar, a esas palabras descalzas, pero sin dejarlas pasar de la puerta. Desde entonces las comillas siempre me parecieron dedos de vieja dengosa. Me acuerdo que a la salida armábamos carreras con los gurises, y con el galope de la petisa las comillas iban cayendo, iban quedando tiradas por el camino, tapadas por el polvo que levantaban los cascos y la alegría, la alegría auténtica. Uno se pone a acordarse tanto que parece que no está contento acá. Pero uno está contento acá. Aunque se calienta a veces con lo que ve, porque Rivera no se tapa sólo con lucecitas, también con cartones, con esos cartones de aire acondicionado, y uno tiene que suspender la paz. Rivera es así, ácida, y dulce. Como un ticholo. Oscura, pero envuelta en papelito transparente. Inevitable. Rivera es polvo, y yo sombra, siempre sombra. Sombra de polvo. Pero hay gente aquí que es sol, es siempre sol, y dan ganas de asomarse, aunque ya sea de tardecita. Habrá que entrar ahora y dejar de ver. Pero mañana hay que levantarse tempranito, a ver, a pensar, pero sobre todo, a taparse de polvo colorado. Que no lo hay en cualquier lado.

David tiene 19 años. Nació en la ciudad de Rivera, pasó su infancia en el campo, en Blanquillos, y su adolescencia en Minas de Corrales. Hace dos años volvió a Rivera para estudiar profesorado de literatura en el CERP del Norte. De lunes a viernes vive en una residencia y los fines de semana regresa a sus pagos.

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