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>> Juan Lacaze la proletaria La crisis de la excepción coloniense >> Un pueblo de nombre particular Más feo serás vos >> Parajes insospechados La Gruta de los Helechos

Número 05 / Agosto de 2014 / Uruguay / Revista mensual de distribución gratuita junto al semanario Brecha /


Encuentros “A la gente si no se la conoce no se la entiende, y si no se la entiende no se la quiere”, dijo el lunes 28 de julio Walter “Serrano” Abella durante la presentación de Ajena en Montevideo, en la que participó junto al ingeniero agrónomo Pablo Chilibroste, director de la Universidad Tecnológica (UTEC), y Luis Pereira, director de Programación Cultural de la Intendencia de Maldonado. Serrano, periodista en la radio La Voz de Melo, valoró así el objetivo de la revista en tanto se propone conectar, dar a conocer realidades, paisajes, gente y costumbres de este Uruguay compartimentado. Una tarea necesaria, dijo, y que el país debió comenzar mucho antes. En eso de conocerse y entender realidades, estuvo el aporte de Chilibroste en materia de acceso a la educación universitaria en el país: el 25 por ciento de los montevideanos tiene formación universitaria, pero esa cifra baja al 8 por ciento para quienes viven fuera de la capital. La base de la inequidad está en el acceso. Sólo seis departamentos ofrecen formación universitaria y otros ocho terciaria no universitaria. Los jóvenes con intenciones de seguir estudiando deben resolver la inequidad viajando, pero por el camino quedan otros miles. En Florida, Lavalleja, Canelones y San José, más del 30 por ciento de los jóvenes entre 17 y 25 años viaja para estudiar (mayoritariamente a Montevideo). El número comienza a bajar conforme los departamentos se alejan de la capital. En Durazno, Soriano, Río Negro, Flores, Colonia y Maldonado, el porcentaje se ubica entre el 10 y 20 por ciento. Y en el norte del país, más Treinta y Tres y Rocha, viaja menos del 10 por ciento de los jóvenes. La UTEC, que aspira a comenzar a romper la centralización educativa, tendrá su primera sede en el ex Frigorífico Anglo, en Fray Bentos. Entre esa ciudad y su vecina Mercedes reúnen 9.000 jóvenes de entre 17 y 25 años, 5.000 de los cuales tienen secundaria completa y necesitan opciones para poder proseguir sus estudios. Pereira, por su lado, llamó la atención sobre los medios que mayoritariamente no ofrecen información sobre el acontecer nacional en su verdadera expresión, ya que construyen su agenda con “noticias de Montevideo, protagonizadas por montevideanos”, dijo cuestionando esa decisión editorial. Algo similar sucede con la cultura, donde a la oferta que surge en el Interior le es difícil llegar a Montevideo e incluso difundirse fuera de su departamento de origen, mientras que la oferta capitalina abunda en todo el país. Pereira contó también que

Staff

Foto de tapa: Ignacio Iturrioz. Helechos gigantes en la Gruta de los Helechos, Tacuarembó.

en el Interior son tres los teatros “con programación sostenida (al menos dos actividades por fin de semana): el Macció, en San José, el 25 de mayo, en Rocha, y el teatro Casa de la Cultura de Maldonado”. A pesar del cuestionamiento a la centralidad montevideana, reconoció que poner en valor la cultura que surge fuera de Montevideo, los valores artísticos, patrimoniales, identitarios de las comunidades, “es una decisión que tienen que tomar los actores culturales que están en el Interior. Nadie la va a tomar por ellos”. Un rato antes, Abella había cerrado sus palabras diciendo que “la sabiduría es la memoria de la gente que durante años y años, y generaciones y generaciones ha ido aprendiendo, a veces sobre los fracasos, y siempre buscando los éxitos”. MC

Escriben, fotografían e ilustran este número: Agustín Fernández / Álvaro Percovich / Daniel Gatti / Facundo Carrasco / Federico Gutiérrez / Ignacio Iturrioz / Javier Perdomo / Leónidas Martínez / Mariana Contreras / Matías Bervejillo / Tania Ferreira.

Coordinación general: Mariana Contreras. // Edición de fotografía: Alejandro Arigón. // Producción: Juan Manuel Chaves. // Corrección: Graciela Valdés. // Diseño: Lateral.com.uy // Logística y administración: Cooperativa LABRECHA. Comercial: Paola Puentes (ppuentes@brecha.com.uy) / Gustavo Moraes (gmoraes@brecha.com.uy) / 2902.50.42/43/44 Contacto: ajenarevista@gmail.com Impreso en Impresora Rojo, Euclides Salari 3472. Nº de Depósito Legal: 363.933

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>> Juan Lacaze la proletaria

La crisis de la

excepción

coloniense

La ciudad “más proletaria” del país está desconcertada. Sus dos grandes industrias –la antigua Campomar y sus continuaciones, y Fanapel– cerraron o redujeron su pantilla. Un crédito del FONDES para reabrir la textil, y aprovechar el conocimiento adquirido en los años de pujanza industrial flotan como ideas entre los lacacinos que combaten la sensación de impotencia.

Txt: “No hay ciudad uruguaya departamento. En casi todo Colonia Daniel Gatti de mayor tradición hay como una efervescencia, y Fotos: proletaria que Juan Lacaze. Federico Gutiérrez aquí…” Luis, cincuentón largo, No hay tampoco ciudad con más cruzado a la salida de un negocio, viejos y más en crisis”. Francisco Abella dice: “es una crisis terminal”. Y opinan –periodista en el semanario local Noticias– algo similar el maestro David Mackiewicz, se queda un momento en blanco y agrega el textil jubilado Ariel Gambetta, su colega como con bronca: “esto es un velorio que Hugo Fontana, la encargada de un curioso no termina más, una agonía lenta. Y le museo local… En el verano pasado el estamos dando la espalda al resto del presidente Mujica y varios de sus

ministros desembarcaban en tierras sabaleras. Llegaban –anunciaban– al rescate. A primera vista Juan Lacaze no da la impresión de estar “en crisis terminal”. La ciudad, en su centro, se ve prolija, calles limpias, buenas casas, lindo liceo, escuela ídem, flamante y desbordante local de UTU, una pobreza no expuesta. Y bastante movimiento en las calles comerciales. “Sí, pero es fachada”, dice Abella. La pobreza despunta en los cuatro asentamientos de los alrededores, “y si rascás te das cuenta que el consumo es sostenido por los obreros jubilados, algunos de ellos, si no la mayoría, con muy buenos ingresos (hay jubilaciones de hasta 50 mil pesos). Algo con patas muy cortas, porque cuando entrás a ver en qué andan los jóvenes, no digamos los más jóvenes, los tipos de 40, te querés morir”.

La chimenea de la ex Campomar, inaugurada en 1905, es todo un ícono en la ciudad.

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Juan Lacaze es, efectivamente, una ciudad de viejos. Y de cuño obrero. De viejos con cuño obrero. Un 25 por ciento de sus alrededor de 13.000 habitantes son jubilados. “Si Uruguay es uno de los países más envejecidos del mundo, Juan Lacaze es de los lugares más envejecidos del Uruguay”, resume Abella. La mayoría de esos pasivos viene de la industria textil y papelera. “Mucha gente tiene aquí conocimientos industriales, de oficios que fueron aprendiendo en las dos grandes empresas símbolo: la antigua Campomar & Soulas y Fanapel. Hay mucho mecánico, soldador, tornero, electricista”, dice a Ajena Mackiewicz. Las fábricas eran la sangre de la ciudad. Todo venía de ellas. Y todos iban hacia ellas. Ariel Gambetta tiene 69 y de chico encaró en Campomar “lo que no podía en la escuela. Mi padre me dijo un día: ¿no querés estudiar? Entonces a laburar, y a los 14 entré a la textil”. Allí estuvo hasta los 59 años; trabajó como obrero (“pasé por casi todas las secciones, la clasificación de lanas, el lavadero, el cardado, anduve por sótanos y techos, por el depósito y la chimenea”) y escaló hasta ser jefe de seguridad industrial. Gambetta idolatra a la vieja Campomar, al punto de haber escrito una historia de la empresa que presentó en escuelas. La fábrica comenzó a funcionar en 1905 y fue, según él, la mayor textil de América Latina. Fue, al menos, la principal de Uruguay. María Magdalena Camou, doctora en ciencias sociales que en 2011 publicó un estudio sobre la empresa, apunta que hacia los años treinta llegó a representar la mitad de la producción bruta del sector y a emplear cuatro veces más gente que la textil que le seguía en tamaño. Hacía todo el proceso industrial, de una punta a la otra, y producía casimires de lana cardada y peinada, paños de lana, fieltros, lana para tejer, hilados, frazadas, jergas, mantas, tops. “La calidad era fabulosa. Casimires Perrotts made in England se fabricaban acá. Se le mandó de regalo a la reina Isabel una frazada blanca con rosas dibujadas que era una preciosidad”, cuenta Hugo Fontana, que pasó 38 años

en el sector aprestos y se jubiló “con buen dinero”. Su padre también había trabajado en la fábrica. Llegó de Italia a los 21, picó en Montevideo y desembarcó en Colonia atraído por las promesas de la textil. Hugo siguió su camino “apenas salido de la infancia. Uno entraba con un sueldo que equivalía a 15.000 pesos de ahora, más o menos, y te pagaban para enseñarte”. Ariel Gambetta dice con nostalgia que para él la fábrica “representó casi que un padre”. “La textil propiamente de los Campomar tuvo ese papel paternalista que fue costumbre entre algunos grandes empresarios de la época, es verdad, y fue esa la que conoció Ariel. Pero antes, cuando en la empresa mandaba el italiano José Salvo, socio de José Campomar, otro de los fundadores, español, la norma era la explotación más vil, de niños, de mujeres. Salvo era un negrero. El palacio que lleva su nombre en Montevideo debería tener un letrero que dijera: ‘este edificio se construyó con la sangre de los textiles’. Levantó el palacio a fuerza de plusvalía.” Nadie recuerda esa historia, ni siquiera en Juan Lacaze: José Salvo se llama su calle principal. “Miguel Campomar fue mucho más inteligente: hizo obra social”, apunta el maestro Mackiewicz. A él la ciudad “le debe” –dice Gambetta– una escuela, un centro de salud, una plaza de deportes, un estadio, una guardería modelo para los hijos de obreras, un grupo de viviendas. Y un estilo de relaciones laborales que apuntó “a la paz social”. “Sí, don Miguel era inteligente, astuto”, asiente Abella. “Aquí instauró ese modelo de gestión paternalista, pero llegó de Montevideo, donde tenía tres fábricas, escapando de las sociedades de resistencia”, los sindicatos anarquistas. Tan vieja, o más (se creó en 1898), Fanapel no marcó tanto el ritmo de los lacacinos, piensa Gambetta. En momentos de auge de las dos, la papelera

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empleaba mucho menos gente, “pero además hay diferencias entre papeleros y textiles. El textil es derrochador. Le gusta vivir bien, gastar. Capaz que porque muchos son de origen italiano, expansivos. El papelero es más individualista, más conservador. Nosotros cobrábamos y allá íbamos a los boliches, a los comercios, a gastar. Había que ver lo que era la ciudad cuando se decía ‘pagó la fábrica’”, se relame Gambetta pensando en “su” Campomar. Mackiewicz ratifica la impronta que los textiles dejaron en Juan Lacaze. “Lo bueno y lo malo de acá viene de ellos: la timba, el alcoholismo, el derroche, pero

también los sindicatos, las La maquinaria obsoleta de cooperativas. Con los la antigua Campomar aún textiles despertaron los permanece en la planta obreros de la ciudad, como en Inglaterra”, dice, pero a la hora de evocar los años dorados el maestro es más ecuménico: “Era todo el pueblo. En una ciudad del tamaño de esta tenías de repente, 3.500 a 4.000 personas –de 2.000 a 2.500 de la textil, 1.000 de la papelera, 500 entre la curtiembre, la fábrica de cola y otras industrias– que volcaban sus ingresos localmente y hacían vivir al comercio. Un engranaje movía a otro. Las propias industrias compraban sus insumos acá. Y todo eso se notaba”. Pero de esa bonanza se acuerdan los más veteranos. Abella conoció apenas los descuentos. Campomar cerró en 1993, dejando en la calle a 1.200 personas. Un año y medio después abrió en el mismo predio Agolán, que la sobrevivió menos de dos décadas. No resistió la competencia china, como la mayoría de las empresas de su sector.


Una cooperativa, Puerto Sauce, intenta retomar la producción bajo control obrero, con bastante menos personal que el que tenía Agolán a su cierre, mientras Fanapel ha ido reduciendo poco a poco su personal, víctima de las restricciones argentinas, y hoy emplea a unos 400 trabajadores. El conjunto del tejido social lacacino resiente la decadencia de sus dos íconos industriales, dice Hugo Malán, pastor de la fuertemente presente Iglesia Valdense y presidente de la Agencia de Desarrollo Económico, un ente local creado en el año 2000 para reactivar la ciudad y que intenta montar un parque industrial en otra ala de la gigantesca factoría textil. La peculiaridad de Juan Lacaze en el contexto coloniense, su excepcionalidad regional –el entramado fabril, la casi exclusiva condición proletaria de la ciudad– puede ser también la explicación de su crisis, piensa Malán. Cuando se construyeron, y fundamentalmente cuando se desarrollaron, los enormes complejos fabriles de Campomar y Fanapel, épocas fondistas de una acelerada expansión del mercado, era otra la organización del trabajo, otras las dimensiones de las fábricas, otros los procesos industriales. “Lo que fue Campomar & Soulas no existe más, se terminó”, afirma Malán en una entrevista que le hiciera Abella. De lo que se trata ahora, piensa, es “aprovechar el saber adquirido en el trabajo industrial que tiene incorporado un alto porcentaje de la población local”, para ir hacia otra cosa.

verla”, dice a Ajena Walter Silva, dirigente de CUOPYC, el sindicato de la rama), y en las calles la marca proletaria en el orillo se ve hasta en la imposibilidad de encontrar un lugar –ni uno solo– donde tomar un café (“el obrero toma grappa, no le pidas café”, hace como que se indigna Abella).

Carmelo. “Hay una enorme producción agrícola por estas tierras, pero no tenemos lazos con ella. Podríamos imaginarnos que aquí agregáramos valor a esa producción, vincularnos con esos pueblos agrícolas a los que les va tan bien. Esta es una ciudad formada por italianos, alemanes, catalanes, algún

Juan Lacaze es una ciudad de viejos. Y de cuño obrero. De viejos con cuño obrero. Un 25 por ciento de sus alrededor de 13.000 habitantes son jubilados, la mayoría viene de la industria textil y papelera. Algunos de los efectos colaterales de “la fábrica”, de la textil –la guardería modelo, el formidable local del club CySSA (por Campomar y Soulas Sociedad Anónima), incluso el bastante coqueto estadio– vegetan perdiéndose en la noche de los tiempos. Se consumen. Gambetta agita las manos y se imagina un mapa: por allá, hacia la derecha, a orillas de la ruta 1, está Colonia Valdense –“magnífica Valdense, un espectáculo” –; más allá los secaderos de granos, los silos; hacia la izquierda, en Tarariras, los granos; y a quilómetros de Juan Lacaze, tierra adentro, Cosmopolita, una muy pequeña colonia de inmigrantes italianos, con sus tambos. Y Artillero, Minuano, Santa Ana… Y más lejos, Rosario,

Los lacacinos son bichos de ocho horas, asegura Francisco Abella, llevamos las ocho horas en los genes, confirma Ariel Gambetta, y el maestro Mackiewicz asiente con el gesto y agrega: no se puede dar un paso por aquí sin toparse con pedazos de historia obrera, en los edificios, en la cultura local. Y así es. Uno se topa literalmente con las dos grandes fábricas, fundamentalmente con la ex Campomar, un dinosaurio industrial de más de 62 mil metros cuadrados pero también con Fanapel (“ya no se hacen papeleras como ésta a la entrada de las ciudades, son una gran fuente de contaminación, un sindicalista sueco que nos visitó se quería morir al

nórdico, que ya eran obreros o técnicos cuando llegaron a Uruguay, y las generaciones que los siguieron continuaron viviendo en ese trillo”, dice Mackiewicz. “Si no miramos al agro estamos fritos”, remata Abella. Cuesta. Esther Secco es responsable del proyecto Innovación social como estrategia de desarrollo de los territorios y las personas de Juan Lacaze, un proyecto de enrevesado nombre financiado por Naciones Unidas que en 2012 realizó un diagnóstico del pueblo y de su crisis. “Surge principalmente una visión de ciudad discutida. Por un lado está la idea de que es una ciudad industrial, con la presencia de los dos grandes íconos, que continúan siendo los

Lausarot y Silva frente a la maquinaria de la textil, que está en óptimas condiciones.

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medidores de prosperidad. Por otro lado hay un cambio de rumbo que no puede detener al resto de la sociedad. Existe inestabilidad, porque la gente […] tiene dificultad para ver otras posibilidades de desarrollo”, resumió Secco en una entrevista en el semanario Noticias. Los jóvenes son, para Abella, un ejemplo claro de esa dificultad lacacina: “añoran aquel pasado, no se ven con un futuro”. La investigación de Secco lo dice negro sobre blanco: “los jóvenes manejan un discurso de nostalgia”. La ciudad no escapa, no podría hacerlo, a la crisis global, nacional, del sistema educativo, pero los índices de deserción son altos en comparación con la media coloniense (25 por ciento abandonan en tercer año de Ciclo Básico en Juan Lacaze, y sólo 8,5 en Rosario), así como lo son las tasas de pobreza y desempleo. “La alta deserción del Ciclo Básico muestra que muchos jóvenes están quedando por fuera del sistema educativo. Tomaron como propio el discurso de todo tiempo pasado fue mejor y no proyectan un futuro laboral. Ven a la ciudad como estática, que no les brinda las oportunidades que ellos esperan”. Salteña, Secco dice que viéndola de afuera Juan Lacaze “tiene un montón de capital social y muchos elementos y herramientas como para no ser una ciudad estancada”. Pero que hay algo… Abella, y sobre todo Mackiewicz y Gambetta, abundan en el anecdotario para ponerle carne a ese algo. Cuentan historias de proyectos fracasados, de esperas milagrosas por ayudas que caigan de arriba. Gambetta dice que no siempre fue así aunque en el ADN sabalero “estén las ocho horas bien arraigadas”. Se pone a sí mismo como ejemplo: “terminaba en la fábrica, agarraba la bicicleta y me iba a hacer de proyeccionista en el cine”. Y como él otros: “muchos trabajadores de la textil ponían un tallercito. Esa capacidad de iniciativa se fue perdiendo”, piensa. Abella cita el caso de un empresario uruguayo que fabrica relojes de madera y coloca su producción en Brasil. Se enteró de la crisis de Juan Lacaze en enero, “cuando los diarios mencionaron que

Mujica había venido a interesarse por la situación”. Le pareció interesante el pasado obrero de la ciudad, y como no tenía descendencia se le ocurrió ofrecer su savoir faire a alguna cooperativa local. Era un trabajo para una decena de personas, pero no le interesó a casi nadie. “No hay concepto de riesgo”, cree Abella. “Está el puerto deportivo, y la costa es una zona preciosa para desarrollar turismo”, propone Mackiewicz. Se queda pensando y dice: “claro, si se la puede recuperar: el viejo Juan Lacaze, que era un pillo, se llevó primero la arena hacia Argentina, vendió los médanos y luego los terrenos. Y ahora la costa está privatizada y llena de pozos, y la siguen agujereando sin que nadie haga nada”. La nomenclatura local, como la de todas las ciudades, está llena de homenajes a sátrapas, salvo que los sabaleros la cargan en el propio nombre de la suya, mucho menos poético que el original Puerto Sauce, se lamenta el maestro.

en maquinaria. Pero restaurar los enormes galpones vacíos de la ex Campomar necesita muchísimos millones. Tantos que una empresa brasileña que proyectaba producir allí llantas de aluminio y emplear a unas 200 personas abandonó la idea. Por lo menos en el parque. Era una de las esperanzas con que contaba la ciudad para atraer a una nueva gran empresa. (Una señora, funcionaria municipal ella, ensaya una extraña explicación a la crisis sabalera: “esto pasa porque aquí todo es de izquierda, ¿qué querés?” Juan Lacaze es, también en eso, una excepcionalidad: un feudo frenteamplista en la blanca Colonia). Walter Silva, dirigente del sindicato papelero, piensa que es cierto que en su ramo las empresas de gran porte no tienen futuro y cree que sus colegas en

La cooperativa de trabajadores necesita 1,5 millones de dólares “para arrancar” con la textil. “Podríamos estar colocando mercadería en Estados Unidos, Chile, Brasil, Canadá. Desde Rusia se interesaron por nuestras frazadas de lana cardada, especiales para zonas frías. Pero la cosa se trancó en el Fondes”.

A Juan Lacaze le faltaría –dicen Abella y Mackiewicz, Malán y Secco– “mayor cultura del emprendimiento”. Secco lo declara casi con acento liberal: “hoy el empleo se genera por uno mismo”. Como Malán, habla de insertar a la ciudad en las “cadenas productivas” de la zona, de calificar a los ex trabajadores de los “íconos” para otros empleos, de aprovechar “las capacidades instaladas” para revolucionar “la mentalidad de la gente”. Malán presenta el parque industrial que se intenta generar en una de las alas de la vieja Campomar –que hoy se reparten en distintos porcentajes la Intendencia de Colonia y la Corporación Nacional para el Desarrollo (CND)–, como una oportunidad para “cambiar la pisada”. En un área de 5.000 metros cuadrados, el parque agrupa a siete empresas que no llegan a emplear un centenar de personas. Hay una pequeña textil, una metalúrgica, dos de vestimentas, una que produce cueros sintéticos, otra que fabrica llantas de bicicletas, otra de motores eléctricos. Hasta mayo ADE llevaba invertidos casi un cuarto de millón de dólares en acondicionamiento de espacios y 431.000

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Fanapel deberían tomar nota de que “ya no hay en el mundo gigantescas papeleras como ésta”, pero cree también que muy poco ha hecho el Estado “Cuando comienza a sentirse el efecto de la crisis de 2008 –escribió Silva en un memo que entregó a Ajena– la retracción de los mercados y las crecientes restricciones de Argentina, más la competencia de los productos extrazona, planteamos al gobierno y a las empresas de la rama que sería importante potenciar el mercado interno implementando políticas de sustitución del plástico por el papel y el vidrio en los envases y formular una política de compras del Estado que favoreciera la industria nacional, no sobre la base de barreras arancelarias sino controlando el dumping, tanto el económico como el social”. En los últimos años, CUOPYC aceptó una rebaja salarial del 30 por ciento, presentó planes para reformular –incluso tecnológicamente– la industria del papel (pasar del eucalipto al pino, por ejemplo, para abaratar costos) y


enfrentar la competencia de las pasteras, acompañó el planteo de la empresa de pedir exenciones fiscales parciales, pero las respuestas no llegaron. Ni de parte de la empresa ni del gobierno. Fanapel, hoy de capitales argentinos, está en “un proceso de desinversión” y “plantea un ajuste de costos permanente” que implica la continuidad de la hemorragia de puestos de trabajo comenzada hace más de 20 años, cuando 117 trabajadores fueron despedidos con el argumento de que “debía reformularse ante la llegada del Mercosur”. “Es realmente una ironía siniestra que el no funcionamiento del bloque nos ponga hoy en la misma situación”, apunta Silva. En cuanto al Estado –se enoja– “mira para otro lado”. En noviembre de 2013, por primera vez en años, el sindicato de Fanapel decidió la suspensión de la Fiesta Nacional del Sábalo, la fiesta de la ciudad, por “la difícil situación que atraviesan los papeleros” y anunció que volvería a organizarla “apenas hayan cambiado las condiciones”… Tras el cierre de la textil, CUOPYC relevó –en parte– al de Campomar-Agolán en la “asunción de tareas sociales en la ciudad”, dice Silva. Se encarga, en especial, de mantener un CAIF que funciona enfrente de la sede sindical. Empezó con un puñado de niños, y después de una discusión en el sindicato –“había compañeros que decían que sólo debía ser para hijos de papeleros, por ejemplo– se decidió extenderlo a “todos los chicos carenciados de Juan Lacaze y alrededores. Atiende a más de 200, se les da alimentación adecuada y se les sigue en su escolarización”. Silva no quiere ni pensar “el drama que sería con estos gurises” si cerrara también la papelera. Sergio Lausarot tiene cerca de 40 años y es obrero textil “desde siempre”. Trabajó en Campomar y luego en Agolán, donde

era operario de los telares. Desde que Agolán cerró definitivamente se sumó al proyecto de cooperativa. Los últimos años la empresa, que al pasar candado había encogido hasta poco más de 200 trabajadores, “era un desastre. Si se mantenía era porque el Estado ponía plata a través de CND, que la gestionaba, pero la gestión también era deficiente”. El sindicato cuestionaba, por ejemplo, a la Corporación que mientras nada hacía para reflotar la producción pagaba sueldos de 8.500 dólares a cinco gerentes. En febrero, Agolán se extinguió. “Nos fuimos todos de licencia, y al regresar, nada”. Cuando Ajena visitó el predio –el pequeño espacio ocupado por

estar colocando mercadería en Estados Unidos, Chile, Brasil, Canadá. Cuando vino aquí una delegación de Rusia, en junio, se interesaron por nuestras frazadas de lana cardada, especiales para zonas frías. Pero la cosa se trancó en el Fondes”. A comienzos de agosto, los trabajadores amenazaron con cortar la ruta 1. A último momento desactivaron la medida, después de recibir nuevas promesas del gobierno. Si el proyecto se pone en marcha –dice Lausarot– dará empleo a un máximo de 120 personas (65 al arranque). “Tenemos el oficio y unas máquinas Las viejas casas de los altos espectaculares, casi nuevas, y mandos de Campomar son otras viejas que son un lujo y testigos de la crisis de la ciudad.

Agolán en la ciudad que era Campomar– todavía estaban armados algunos arbolitos de navidad y había telas y frazadas prontas para ser embaladas y entregadas. “Los cooperativistas hicimos un proyecto en base a estudios de mercado, lo analizó una junta en la que estaban Presidencia, la CND, el PIT-CNT, y fue aprobado”. El Fondes dio luego el okey. Pero la plata no llegó. Cooperativa Puerto Sauce pide, a término, un total de 7,9 millones de dólares. “Para arrancar – comprar la lana, la leña, mantenernos hasta cobrar los primeros pedidos–, necesitamos 1,5 millones. Ya podríamos

se pueden reciclar. Fabricaremos lo que sea necesario: si salen trapos de piso, trapos de piso, si salen frazadas, frazadas. Después se irá viendo si se precisa más gente, pero tal como está Juan Lacaze, sólo con que arranque otra vez la textil sería una inyección de ánimo que para qué te voy a contar…”

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>> En el pueblo “Los Feos”

Un nombre raro para un pueblo de cincuenta habitantes, una escuela invadida por las abejas, unos cazadores de chanchos jabalíes y peones que hacen respetar sus derechos. Además de estar bastante recortado en el mapa rural de Tacuarembó por unos caminos imposibles, este lugar pareciera estar detenido en el tiempo.

Un vecino cazó dos chanchos jabalí, cada uno pesaba 220 quilos, dice.

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Tupambaé, allí se toma un camino secundario y 60 quilómetros después se cruza el río Negro, a la altura de Paso Pereira; luego se continúan unos cinco quilómetros más hasta llegar; eso siempre y cuando el río no esté crecido y la balsa dé paso. Porque muchos podrán ser los músculos y la voluntad del balsero de apellido Gadea, pero el dispositivo –que cuenta sólo con una linga de acero de lado a lado Txt: Chiquito” se pone ansioso –o no– y pide la próxima y la fuerza del hombre que mueve la balsa con una palanca a Tania Ferreira vuelta de “vino con esprai”. Los ojos se le van mano– se abandona ante las lluvias del último mes y la crecida Fotos: poniendo cada vez más duros y saltones, la prosa Agustín Fernández del gran río. El camino será más largo entonces y habrá que dar cada vez más suelta. Renée “la Nenita” Vidarte sale con el marcha atrás por Arévalo, seguir a Tupambaé, Fraile Muerto, trago cortado y se sienta de nuevo en la puerta del boliche Caraguatá y ahí tomar la ruta 6 hasta Los Feos. Antes de llegar al esperando el desenlace del cuento del día. pueblo –pasando por Pago Lindo y dejando atrás las paradojas del El sol está bajando pero aún encandila, y no deja ver si el veterano mapa y de los nombres– se ve un cielo bien celeste y unas colinas bien que jura haber cazado dos chanchos jabalíes de 220 quilos cada uno verdes. El vehículo deberá superar 50 quilómetros de un camino rural está diciendo la verdad, o si le está poniendo color para provocar la donde un pozo se junta a otro pozo, y a su vez los dos mueren en uno boca abierta de los parroquianos. Se desaparece medio ofendido ante más ancho y profundo. la incredulidad de los forasteros, pero dos minutos más tarde vuelve Ningún cartel indica con certeza la entrada final que se debe para enseñarles el colmillo de unos diez centímetros, que trae bien en tomar hacia el pueblo, pero pensándolo bien, con ese nombre alto y al que le falta un pedazo. Y si así era el colmillo, imaginate el cualquiera dudaría de andar poniendo mucho letrero. chancho. Ante la prueba irrefutable, la Nenita entrecierra los ojos y asiente con la cabeza como corroborando la historia. Allá por los tiempos de la fundación del pueblo dos hombres salen del Dicen que es el día más frío del año, pero el trago disimula. Otro boliche, la caña en el cuerpo les altera el ánimo y las ganas de pelear campechano de nombre Walberto Duarte y de oficio alambrador entra brotan como vapor: se disponen medio borrachos, con el facón en la con la excusa de comprar alpargatas de cuero, pero ante la falta se mano, y uno le lanza al contrincante: “Mirá que sos feo”, mientras que queda a tomar una y escuchar la historia. La dueña del boliche deja el otro le contesta “¿Y te viste en el espejo? ¡Más feo serás vos!”. Y a sola a la clientela bebiendo y conversando mientras va al fondo del las manos. rancho para supervisar la cabeza de jabalí que, vuelta y vuelta, ya Según contó la maestra Myriam, esta contienda casi infantil es una hace cinco horas que hierve sobre el fuego a leña. Allí gira otra vez la de las historias favoritas de los niños en la escuela para explicar el cabeza del chancho malo que se resistió a los perros, hasta que uno se origen del nombre Los Feos. Es que existen varias versiones para un le prendió del cuello para cortarle la respiración. mismo nombre, casi tantas como personas en el pueblo. En el boliche Fue más fácil cuando llegó el hombre con escopeta a terminar la bromean que para explicar el nombre basta con mirarlos a ellos, y agonía. Es la cabeza de un jabalí que dio pelea y unas cuantas historias advierten que serán feos, ¡pero firmes! dice la Nenita. de boliche, pero ahora terminará en el queso de chancho que la Nenita Algunos se avergüenzan de la nomenclatura que les ha tocado en va a picar sin mucha espera a la mañana siguiente, no sea cosa que el suerte y prefieren llamarse Rincón de Pereira, aunque no lo sean. Otros fiambre y el antojo se reposen demasiado. mencionan la historia de un hombre de apellido Feo que dio lugar al nombre de la zona y fue parte de las familias fundadoras, pero no queda El Chiquito, la Nenita y los más veteranos del boliche pisan los 70 o 75 descendencia alguna de ese apellido ni de esas primeras familias. años pero pareciera no interesarles demasiado ese tema de envejecer. Las historias de algunos tacuaremboenses de la capital son Hoy son unas 50 personas en el pueblito, en su mayoría jubilados y también asombrosas: “Se llama pueblo Los Feos porque en 1814 un más bien pobres. barco de esclavos dejó allí una chalana con leprosos, quienes fundaron La población más joven y activa se mudó un quilómetro más el pueblo. Se casaron entre familiares y así es como sobrevivieron arriba, a Rincón de Pereira, cuando en 1998 se inauguraron las hasta hoy”, contó a Ajena un periodista de la ciudad de Tacuarembó viviendas de Mevir. Allí también está la escuela –número 79 de Rincón antes de que iniciáramos el viaje. El pueblito donde los niños nacen de Pereira–, la policlínica y la seccional de Policía. El médico viene sólo con cola de chancho seguirá siendo el rumor en la gran ciudad. una vez por mes, al igual que el sacerdote de la capilla católica que hay a la entrada de Los Feos. Cuentan los mismos pobladores que los líos de boliche son comunes, En el pueblo hay unas 20 casas, cinco almacenes (ocho contando pero los de antología eran los de hace unos 40 años atrás, cuando los los de Paso Pereira), dos iglesias evangélicas (la Nenita es la contrabandistas aparecían a caballo desde Brasil con los barriles de responsable del “Anexo Evangélico Perla de Jehová”, pegado al caña de dudosa calidad. La gente “peleaba descansando”, como dicen boliche), una central telefónica de Antel y poca cosa más. Pasando el por allá. pueblo, están los dueños de estancia y por lo tanto, los de mayor nivel Ahora a los parroquianos se les templó un poco el espíritu socioeconómico de la zona. camorrero porque se cambiaron a bebidas “más suaves” como el vino, El INE los consideró poblado rural hasta el censo de 1975 y luego según interpreta el agente de primera Wilson Pereira, el único policía de un cambio de criterio les bajó la categoría a localidad rural. Cuentan encargado de mantener el orden de la zona desde hace cinco que llegaron a ser unos 200 habitantes en los tiempos de esplendor años. Es un pueblo tranquilo, agrega, pero en algunas ocasiones laboral en el frigorífico Modelo, ubicado a 13 quilómetros de allí, pero según el último censo de 2011, oficialmente viven en Los Feos 48 personas: 25 hombres y 23 mujeres. El pueblo está a 160 quilómetros de la ciudad capital de Tacuarembó. Desde Montevideo se llega por la ruta 7 hasta poco antes de

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ha tenido que pedir refuerzos a la policía de Caraguatá. Algunas declaraciones más tarde los involucrados vuelven a su casa porque, a pesar de la mala fama, ningún poblador de Los Feos jamás ha marchado preso. Mientras, en el boliche de Renée: Arturo —Éramos como 20 en aquella estancia, dormíamos en el galpón y esa noche nos comieron las pulgas. Y al otro día, yo era el cocinero, fui de tarde a una quinta de eucaliptos y corté varas. Fui, y corté varas, y las puse arriba del alambre, y allí hice una “tarimba”, agarrada en las tijeras del techo, porque me habían comido las pulgas. Tenía 15 años. Y vinieron los viejos alambradores, medio borrachos (gesto de pulgar empinando para adentro), y a mí, que era el cocinero, me empezaron a dar caña en botella. Y el cocinero se mamó, y cuando se fue a acostar no pudo subir pa’ la tarimba y me quedé en el suelo: ¡me comieron las pulgas de nuevo! (risas) La Nenita —Ah sí, él es muy experto en la comida… (les dice a los forasteros). Arturo —En esos años había que trabajar, la pobreza era grande. A veces iba con una bombacha con un remiendo de gran tamaño. Ahora no, ¡quién se va a poner con remiendos! Si ganó el Pepe Mujica. El Pepe que dice “ese abombao”, “dale, abombao”. Y me da una tentación. Walberto —Van a ganar los colorados. ¡Abombaos van a ser ustedes que van a votar por esos otros! Yo soy colorau y esta vuelta voy a votar. Arturo —Yo no tengo color. Tengo cerca de 70 años y nunca voté. Le voy a hacer otra historia, porque yo tengo años m’hija: yo había sacau en el año 66, en Las Piedras, la credencial. Me hicieron sacar, mejor dicho, porque yo era más bruto que el tren. Mire, y vino una votación y teníamos que ir a Las Piedras a votar, fui allá y yo no conocía mucho, me bajé del tren, en los tiempos del tren, y agarré pa’l centro y digo, ¿dónde estarán? Yo iba pa’l club de los blancos que me mandaban, y no

La cabeza del chancho hierve sobre el fuego. Mañana habrá queso de cerdo en el boliche.

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hallé. Y digo, ¿qué voy andar buscando yo que no conozco nada? Y hallé un club de la 115, de los colorados y ¡me mandé pa’ dentro! Dije, qué voy a andar caminando, y digo: ¡bueno, yo vine a votar! Me subieron a un cachilo viejo, me llevaron a una escuela y voté. Y era la 115 del finado Gestido, que era militar. Y voté. Pero pasé todo el día sin comer y dije, ¡no voto más nunca! Y es cierto, no voté más nunca. (risas) Renée —Arturo tiene más cuentos que... Hace solo un año que tienen agua corriente y luz eléctrica en el pueblo, luego de que los vecinos organizaran una colecta para pagar juntos las obras del tendido eléctrico. Después de que se organizaran por segunda vez en realidad, porque el dinero de la primera colecta se la llevó una empresa que empezó las obras pero poco tiempo después se mandó a mudar dejándolos sin luz y en muchos casos sin ahorros. En la cotidiana, Arturo todavía prepara charque, y deja entrever que prefiere las fiambreras de campo colgando en el patio de la casa más que las nuevas heladeras eléctricas, o sacar agua de las cachimbas más que de las canillas con agua de OSE, corriente y sonante. “Que la balsa da paso”, dice la Nenita, “¡Que le digo que la balsa no da paso!” replica Arturo, y así se contrarían varias veces. Discuten como si sus vidas dependieran de ello y la verdad que les afecta poco y nada porque no se mueven del pueblo salvo los días de cobro. Y ese día es todo un evento: los mismos almaceneros disponen de sus camionetas y vehículos para llevar y traer a los viejos hasta Caraguatá a cobrar la jubilación, todo por una módica suma de 200 o 300 pesos, dependiendo del chofer. Silvia, la almacenera, tiene dos nenas en la escuela y un marido distribuidor de productos químicos agrícolas. La mujer atiende el negocio devenido en cantina para los que quieren unas cervezas al mediodía del sábado, y al mismo tiempo ofrece medialunas de jamón y queso y pastelitos de dulce de membrillo a los transeúntes. Después de algunos silencios prolongados, suelta en catarsis las tantas dificultades que están teniendo con la educación de los niños; la escuela permanece cerrada hasta nuevo aviso por una invasión de abejas. Mientras, los 26 escolares de la zona están tomando clases en el salón de Mevir de Rincón de Pereira. Hay abejas entre los huecos de las paredes y también hay una arquitecta de Primaria que dice que no se puede perforar nada para fumigar porque después no hay dinero para cerrar el agujero. Hay también una inspectora que después de una visita y un iluminado razonamiento sugirió que debían esperar a que las abejas se fueran solas. La lista de situaciones inconcebibles continúa: unas ceibalitas que no tienen Internet porque no hay antena en la zona, un niño en sillas de ruedas y un edificio inaccesible, los padres que se han organizado e incluso recolectado dinero y voluntad para hacer ellos mismos estas reparaciones –incluyendo el sacar a las abejas– pero Primaria les niega cualquier intervención que no esté aprobada por los arquitectos del

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ente (sólo podrá intervenir una empresa constructora habilitada por el organismo, pero ninguna llega jamás). Por lo que cuentan los vecinos, hay que aguantar otro poco más la depresión de la burocracia educativa: una experiencia piloto de liceo rural con docentes de la UTU se intentó este año y la idea se abandonó simplemente porque no había chofer para los ómnibus que traerían a los 60 adolescentes ya anotados de las zonas aledañas. De vuelta a lo de antes: las familias se tienen que mudar a Las Toscas o a Melo si es que quieren que sus hijos comiencen el liceo. Los jóvenes más valientes se mudan solos con 12 años en contra de la preocupación y el consejo familiar, y otros pocos se quedan en Los Feos trabajando en las estancias o en la tierra de la familia y se casan con sus ex compañeritos de escuela. Silvia, las dos nenas y el marido distribuidor de productos químicos agrícolas van a mudarse a Las Toscas dentro de unos cuatro años, cuando la hija más grande termine la escuela y comience el liceo allá. Entre campos arroceros, tierras obligadas a rotar entre la soja y el trigo, estancias ganaderas, la forestación y el cercano Frigorífico Modelo, la población activa de Los Feos trabaja. Otros tantos son laburantes zafrales que andan de paso con sus familias pero deciden no radicarse en la zona. Son nuevos peones que ya no duermen en las estancias como antes, sino que ahora regresan a sus casas por la noche. Obligan a sus patrones a respetar la ley de ocho horas y el pago doble en los feriados, y si no se mandan a mudar, porque estancias y trabajo no faltan. Son nuevos peones que andan con moto y teléfono celular, y que ahora les pica el bichito de la curiosidad por los partidos políticos de izquierda, o simplemente no se dejan embaucar como antes por ningún candidato que cae en paracaídas solo en tiempos electorales para cortar cintas de obras que no hicieron. Juan, el bolichero de allá arriba en el repecho, atiende uno de los tantos negocios a unas cuadras del pueblo. Juan y su familia llegaron hace cinco años desde Melo porque a él le gusta vivir en el campo, le gusta vivir en Los Feos, pero más le gusta dormir tranquilo con la puerta abierta y tirar los anzuelos al agua cada tanto. Ahora que tiene electricidad en su casa recuerda el trabajo que pasó con la heladera a gas y el generador de 12 voltios que solo prendían de noche. A pesar de que no vuela ni una mosca por aquellos caminos, Juan asegura que el negocio del almacén anda de lo más bien. Desde este almacén y desde la casa de Myriam –la maestra del pueblo– ya hace un año que por la noche se pueden ver los puntitos de luz en el pueblo, allá abajo donde antes era solo campo oscuro con algún farolito parpadeante. Myriam sostiene antes que nada que la gente de Los feos es muy solidaria y de gran corazón: recién operada de cáncer de mama, los vecinos le reacondicionaron la casa para su bienvenida. Pero reconoce que se ha perdido el valor del trabajo, sobre todo en los jóvenes: “¿Viste eso de cerrarse? ¿Eso de que el mismo lugar te condiciona? Bueno, acá pasa eso. El gurí de antes sabía que tenía que pasar trabajo para tener sus cosas, ahora los padres los acostumbran a no hacer nada. No conocen la dignidad del trabajo, y que las cosas no te vienen en bandeja de plata”. Su suegra Camila (65 años), que vive al lado de su casa, explica que “es la crianza en casa, ahora los van dejando y cuando quieren gobernar a los niños ya no pueden. Nosotros éramos diez hermanos y

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Los Feos, un pequeño pueblo perdido en el paisaje rural de Tacuarembó. nos teníamos que arreglar como podíamos”. Tenían chacra y Camila después salía en un carro a vender lo cosechado a los almacenes. El dulce de leche lo preparaba “para el gasto” de la casa, pero igual vendía quesos caseros y lavaba ropa “para afuera”. Todo mientras era empleada de la cocina del Frigorífico Modelo. “Se ha perdido el valor del trabajo en las chiquilinas”, coincide con su nuera. De la nada, Chiquito salta del cajón de madera donde estaba sentado para agregar que lo que falta en el pueblo son chiquilinas jóvenes y lindas, mientras tira una guiñada de ojo saltón. Por otro lado, la Nenita elabora una explicación de por qué la carne de las hembras jabalíes es más rica que la de los machos –y la catinga–, pero después admite que “todo va en gustos”. En Los Feos, lo único que parece seguro es que dentro de diez o 100 años el tiempo se seguirá tocando con los dedos; otros personajes –tal vez los mismos– estarán sentados en los mismos banquitos de madera, picando el queso de la Nenita, hablando de los mismos chanchos y las mismas pulgas. No habrán envejecido ni una cana, hasta el más abombao lo sabe.

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Clic

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ra uno de esos días de paseo por las sierras, y desde Villa Serrana tomamos rumbo al Penitente. Al borde del camino, recostado a un alambrado y con su caballo al costado, se encontraba él. Cuidaba el ganado que pastaba tranquilamente en los alrededores. Yo, que circulaba con la cámara a cuestas pensando en personajes que fueran sumándose a mi serie de retratados, que terminarían siendo mi “paisaje interior”, no dudé en que él debía estar. Me bajé del auto y me fui acercando lentamente. Fueron muy pocas las fotos que le Él casi ni se movió. saqué, pues la cámara era una de formato Cuando me encontraba a corta distancia, medio analógico, que me permitía sacar le dije: doce fotos por rollo. Y el proceso de sacar —Buenas tardes, ¿me permite tomarle una foto con este tipo de cámaras es mucho una foto? más lento que el ágil de una réflex digital. A lo cual me contestó: Finalmente, para despedirme, le —¿Y cuánto me va a costar? pregunté su nombre, lo que no había hecho Compartí mi sorpresa con una mirada hasta ese momento. hacia Suci, mi compañera, que observaba a —Juvenil Acosta –me dijo. unos metros y que con una leve “Qué nombre tan particular. sonrisa me indicaba que ella ¿O me habrá dicho Juvenal?”, Txt y Foto: también había escuchado lo dicho. pensé, pero la dejé por esa. Álvaro Percovich A partir de entonces se Le di las gracias y la mano, y sucedió un diálogo muy particular, seguimos viaje. de esos que transforman las palabras en Meses después, en Villa Serrana, el otras, por el simple hecho de una aparente primero de año del 2008, fotografiando a sordera, que yo le atribuí a él. Artigas González, alambrador él, en una Era un hombre muy viejo, y se sentía reunión con lugareños muestro la foto de frágil, su estampa me hacía imaginar que se Juvenil, pues la había copiado junto con había escapado de un cuadro de Blanes. otros retratos, para andar mostrando a los El poncho que tenía puesto parecía futuros fotografiados e ir ganando su haber sobrevivido a mil batallas, no sé de confianza en el asunto. qué tipo, quizá contra un ejército de polillas Entonces dice uno de ellos: asesinas, o simplemente al paso del tiempo y —Mirá, es Tito Perdomo. los inviernos más crudos. —No, Juvenil –digo yo. Una de esas cosas que él no me —No –me dicen–, ese es Tito Perdomo, escuchaba era que yo le pedía que se que vive para ahí arriba, saliendo para el quedara en el alambrado, tal como lo había Penitente, cerca de la escuela. visto cuando llegué, pero él se ponía pegado Enseguida pensé que cuando lo al caballo, agarrándolo de las riendas… volviera a ver le iba a preguntar, con voz Y yo me frustré con la situación. clara y fuerte, nuevamente su nombre, y Pero finalmente se dio: el caballo quedó que haría todo lo posible por poner toda la al costado y me sesgué lo suficiente para que atención debida en su respuesta. Quería él quedara solo contra el alambrado. confirmar quién era verdaderamente el sordo. Y cuál era definitivamente su nombre. Eso nunca pudo ser, al tiempo me enteré de que él había fallecido.

Tito Perdomo

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Parajes insospechados >> Gruta de los Helechos

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e dicen gruta pero es quebrada. El campo viene ondeado, suave como siempre, hasta el instante en que la tierra se abre como alguna vez lo Txt: hicieron los mares. Los verdes, que Mariana Contreras a la distancia parecen unos Fotos: montecitos achaparrados e Ignacio Iturrioz insignificantes son en realidad la punta del iceberg de la vegetación frondosa que nace en la fosa de más de siete metros, y cuya base no se descubre si una no se anima al descenso. La Gruta de los Helechos corta zigzagueante el campo tacuaremboense por más de un quilómetro y forma parte de un capricho de la naturaleza mucho más amplio: las quebradas del norte. Vienen desde Brasil y entran al país por Rivera, pasan por Tacuarembó, se extienden hasta Salto y Artigas atravesando la cuchilla de

Santa Ana, la cuchilla Negra y la de Haedo. UNESCO las declaró este año Reserva de la Biósfera, y señaló lo siguiente: “Esta reserva tiene una superficie de 110.882 hectáreas y comprende un mosaico de ecosistemas variados, entre los que figura un bosque primario de selva subtropical. Los ecosistemas de la pampa comprenden praderas templadas y constituyen una zona de nidificación importante para numerosas especies de aves. Actualmente, pesan graves amenazas sobre la conservación de las praderas y sólo un porcentaje muy

reducido de ellas (0,7 por ciento) goza de protección. La región posee algunas especies raras de anfibios, como el sapo de Uruguay (hyla uruguaya) o el de Devincenzi (melanophryniscus devincenzii), y también de reptiles como la serpiente cascabel sudamericana (crotalus durissus terrificus). El sitio cuenta con una población reducida dedicada a actividades agrarias. Uno de los objetivos de esta reserva de biosfera consiste en reforzar las tradiciones de los gauchos, pastores de ganado de la pampa.” Andrés Berrutti, ingeniero agrónomo, conocedor de la zona y promotor inicial de su preservación, dice que la declaración

Los líquenes que cuelgan de los árboles le dan aspecto encantado al paisaje.

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detenerse a mirar los “hongos saprófitos de madera muerta” que parecen mariposas adheridas a los troncos, o detectar un nuevo brote vegetal naciendo entre el mantillo. Al final, allí está la sellowiana, con sus hojas que alcanzan dos metros de largo y cuyo tronco raíz, también conocido como xaxim, es utilizado para hacer macetas debido a que conservan mucho la humedad. Necesita un ambiente muy especial para crecer, mezcla de humedad excesiva y buen resguardo, y la quebrada es uno de los pocos lugares en Uruguay que se lo ofrece. Al menos por ahora el helecho gigante puede verse: la idea de las macetas, tanto aquí como en Brasil provocó la sensible baja en el número de plantas, al punto de que su comercialización está prohibida, aunque es bastante común verlas en ferias. La depredación es el motivo principal por el que el dueño del campo ya no permite la visita del público, aunque la llegada a la gruta –ajena a todos los mecanismos de protección de áreas naturales del país– no cueste más que el esfuerzo de saltar un alambrado.

Sobre el final de la cuchilla de Haedo la tierra se abre para dar paso a la Gruta. abarca sólo a las quebradas de Rivera, algo que considera “demencial” porque impone un “límite político a un ecosistema que comparte biodiversidad y paisaje”. A lo lejos, los cerros. La Gruta de los Helechos está en las últimas estribaciones de la cuchilla de Haedo, y Berrutti junto a Luis de los Santos, un amigo que durante años cuidó los predios (son de propiedad privada), le puso nombre a esas elevaciones: Cerro de los Capitanes es uno, la Mesa de los Vientos es otro. En ellos, y a lo lejos también, se ve el perao, una zona empedrada que les sobresale y donde crece el monte de cornisa con especies que no se ven en la quebrada ni tampoco en el monte serrano. Años atrás, Berrutti fue contratado como técnico y junto a su amigo organizaron senderos para los visitantes a través de un Proyecto de Producción Responsable financiado por el Ministerio de Ganadería, pero renunció cuando vio que pasado un año el Ministerio no se había siquiera interesado en saber si el dinero había sido bien empleado. En ese tiempo hicieron las sendas y marcaron puntos de observación del paisaje, que no sólo es la gruta sino todo su entorno. En la superficie, por ejemplo, se observan grandes rocas de base arenosa, vestigios de cuando esta zona no era otra cosa que el desierto de Botucatú, hace más de 150 millones de años. La naturaleza jugó de manera tal que por momentos pareciera que la arena se hizo piedra en el preciso instante en que el viento la iba arrastrando. Pero lo mejor está abajo, en la grieta húmeda convertida en barrizal por las lluvias de invierno. La bajada es escarpada. Hay que desentreverarse de las ramas, y al tiempo también asirse a ellas para no caer. Abajo se pisa sobre el “mantillo”, esa capa de suelo hecha de la acumulación imparable de hojas caducas que nutre la

exuberancia vegetal y que hoy se entrevera con el barro; si el pie se equivoca, el riesgo de enterrarse hasta la mitad de la pantorrilla es bastante alto. Abajo está la base de todo. Aquí nace la yerba mate, silvestre, como en casi ningún punto del país; se entrecruza con las raíces del arrayán y la pitanga, la quina de campo (la que Rómulo Mangini mezcló con cáscara de naranja cuando se le dio por inventar la tónica Paso de los Toros), la espina corona, la envira (usada para cestería), el chalchal, (“no podemos poner todas porque no nos da el día”, dice Andrés, y sigue enumerando): camino de vaca, tembetarí, palo látex (al cortar la hoja se desprenden gotitas de un líquido blanco y pegajoso “que de chicos poníamos en los alambres para cazar pajaritos”), calaguala, algunas palmeras pindó. Hasta un mandarino creció en plena quebrada. Y entre todos ellos cuelgan las barbas de viejo y la usnea, dos curiosidades más de la naturaleza que le dan al espacio el aspecto de bosque encantado. La gruta toma su nombre de las plantas. El ingeniero Carlos Brussa relevó 80 especies de helechos en el área, pero son, sin duda, los helechos de tronco (dicksonia sellowiana) los que se llevan todas las palmas. Hay que andar un rato para encontrarlos, un rato sin desperdicio caminando entre La naturaleza naciendo en las paredes de piedra que se funden con troncos y raíces de la Gruta de los Helechos. la vegetación queriendo llegar a la superficie, hay que

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Perfil

Álvaro García, pescador artesanal

Otra especie en

Álvaro “Popo” García. Las redes en orden para comenzar.

e x t i n ci ó n Preocupado por el futuro de la pesca artesanal, y convencido de la necesidad de conservar el mar y la vida marina, Álvaro García parte desde Kiyú a navegar las aguas bravas del Río de la Plata desde hace 16 años. Es el único pescador artesanal que queda en el balneario.

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Perfil // Álvaro García

Álvaro “Popo” García es un tipo entrañable. Con 41 años cumplidos, hace 16 que está instalado en la boca del arroyo Mauricio, una pequeña línea de agua que serpentea por el sur de tierras josefinas hasta desembocar en el Río de la Plata. Hasta ayer nomás allí estaba el límite imaginario del balneario Kiyú, pero ahora el arroyo es parte integral a causa del crecimiento que el balneario tuvo en los últimos años, provocado por el boom inmobiliario que vive el sur de San José. Pareciera como si los propietarios de nuevas Txt: casas de veraneo hubiesen decidido seguir los pasos Javier Perdomo de este pescador de sonrisa amplia y escaso pelo, Fotos: casado con María Laura Barrios, con quien tiene Leónidas Martínez tres hijos –Mónica Daniela de 17 años, Thalía Marilyn de 15 y Álvaro Matías de 8 años–, y que luego de deambular por varios oficios se decidió por lo que le gustaba: compró una barca y se instaló precariamente en ese punto del ahora muy popular arroyo, pero que fue un espacio desolado hasta los últimos años del siglo que pasó. “Estuve metido en los tambos”, dice “el Popo” al hablar de sus trabajos anteriores a la pesca. Piensa un momento, rebobina y recuerda que su primera tarea fue la venta de diarios, y que luego pasó por los hornos de ladrillo, por la construcción –en Montevideo, aclara–, también fabricó palets y trabajó con la leche en la empresa láctea llamada Silvana, que ahora se denomina Lactosan y es propiedad de capitales daneses. Claro que no llegó a la pesca como simple último recurso ante la malaria económica. Tenía contacto con el agua y sus pormenores desde la niñez, siempre estuvo allí, presente, como una referencia ciertamente familiar. Su hermano trabajó toda la vida en el rubro y siempre tuvo en su entorno gente “vinculada a la vida en los barcos”. En una ocasión, difícil de recordar cuanto tiempo atrás, Popo viajó en excursión a Río Branco y lo único que se le ocurrió traerse fue un trasmallo “de contrabando”, dice y ríe como si hubiese cometido una gran “bandideada”, de esas que se cuentan en las largas jornadas de asado. Su vinculación definitiva con el oficio y con el río –o el océano, si fuera necesario–, se produjo luego de un accidente laboral en la construcción. Le dieron la “prejubilación” y para no estar sin hacer nada un primo lo invitó a “salirle a la pesca”. Popo, que no le escapó nunca al trabajo, dio el sí de inmediato y hoy sólo se baja de su barca para descansar o cuando las condiciones del tiempo le impiden navegar. Cuando no hay pesca le sale a la tala de árboles, corta pasto en las casas de alquiler, las cuida de las visitas inoportunas y atiende el almacén familiar.

Pesca en las aguas de Kiyú y en la medida de lo posible no va más allá, aunque ahora no queda más alternativa que quebrar su propia regla y hacerse al río a unos 20 y tantos quilómetros de su lugar, porque en el balneario hace mucho que no está saliendo nada. “Me tuve que mover sí o sí; este año lo tuve que hacer obligado”, dice casi avergonzado, agachando la cabeza, acodado en la Popo 8303 de color naranja, su barca. Popo habla con Ajena en un punto perdido de Ciudad del Plata, lugar desde el que, antes de tiempo, van saliendo las últimas barcas porque el viento en el río sopla ahora más de la cuenta. En la suya ya se trabaja en la revisión de las redes, que a simple vista exhiben poco. Todo tiene un porqué y el de Popo es claro: “respeto a quienes están pescando en otros lugares, me gustaría que

A la impropia hora de las dos y media sale de su casa, si es que debe ir a Ciudad del Plata; estando en Kiyú, se levanta a las 5. Observa el río y por mensaje le avisa al tripulante: “salgo” o “no salgo”. En ese ritual tan simple, puede estar la diferencia entre la vida y la muerte.

Álvaro “Popo” García no es un pescador nómade como lo son la mayoría de quienes se dedican a esta sacrificada profesión.

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respetaran mi lugar, no quiero tener un trasmallo en ‘la boca’ y que vengan y me pongan otro al lado”, dice el pescador que cuando llegó a la zona se instaló a unos pocos metros del agua en un vehículo viejo, rudimentariamente adaptado como vivienda, sin mucha idea de qué iba a pasar con él y su naciente familia. Los sacrificios que ha pasado para tener cerca a su familia, le hacen ser desconfiado de los barcos que van y vienen buscando la pesca rápida. Hubo épocas en que las barcas llegaron a ser más de 40; gente nómade, dice, gente que va hacia donde hay peces, algo que Popo no comparte. No es que mantenga mala relación con los pescadores que se arriman por el balneario, muy por el contrario es consciente que necesitan unos de otros. Cuando en pleno invierno por Kiyú no se asoma un solo visitante (o como mucho alguno va a tomar mate el domingo de tarde), el almacén a cargo de su esposa María Laura, los tiene como principales clientes. Ella un día perdió la cuenta de cuántas milanesas al pan completas hizo para los pecadores que llegaron y con los que, por supuesto, había entablado contacto y amistad. El 19 de junio de 2013 fue una fecha de quiebre para la familia de Álvaro García, ya que luego de 15 años de vivir separados –su esposa y sus hijos estaban a 17 quilómetros,

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en Libertad– todos se mudaron a la casa que de a poco construyó y que terminó sustituyendo al vehículo que utilizaba como vivienda. “Tengo a mi familia cerca, hoy por hoy hice mi casa en Kiyú, tengo mi comercio, tengo todo, estamos todos juntos”, cuenta en declaración que parece de hombre realizado. Más si le suma que sus hijas, que no andaban bien en el liceo (muchas distracciones, según el severo padre), ahora en la escuela rural, donde tienen séptimo, octavo y noveno, tienen buenas calificaciones. Popo el pescador, se ríe de esos visitantes de verano que muy sueltos de cuerpo le dicen “pero qué vida agradable que llevás acá abajo. Ellos no saben de la soledad del invierno”, dice y uno se lo corrobora con la cabeza, porque somos muchos los habitantes del departamento que alguna vez buscamos esa soledad en Kiyú, por los más disímiles motivos.

—Si bien es Río de la Plata, estamos en plena boca del océano, tanto entra agua salada como dulce. Si viene viento del este, sureste, entra agua salada y con ella la corvina, la anchoa, la palometa, la pescadilla, la lisa, el mochuelo; todos pescados de agua salada. Si viene agua dulce, entra el sábalo, la carpa, el chancho armado, el dorado, el lenguado, el pejerrey, muchas variedades. “Kiyú le abre las puertas a todo”. Ahora, por ejemplo, es tiempo de pejerrey y por ello el primer fin de semana de agosto hubo un campeonato de pesca en uno de los paradores del balneario (¡no salió un solo pejerrey!), y por ello también es que el pescador espera que vaya aumentando el número de pescadores presentes en Kiyú. La larga experiencia le permite saber lo que el mar trae pero también lo que puede llevarse, y por eso tiene claro cuándo salir.

Con dolor, este pescador de corazón abierto ve que los que viven de la costa, del agua, van para atrás, cree que a nadie le importa la vida del pescador artesanal y se siente parte de una especie en extinción. “Termina una temporada de pescado y hay 200 barcas para vender”.

Dieciséis años mirando hacia las aguas del Río de la Plata le dan la suficiente experiencia como para decir en cada momento lo que puede pescarse.

Antes de embarcar mira el río, observa con atención; para él no hay pescado que valga arriesgar su vida con tres hijos por criar. A la impropia hora de las dos y media sale de su casa, si es que debe ir a Ciudad del Plata; estando en Hace 16 años que Popo, el Kiyú, se levanta a las 5. Observa el río y por mensaje le pescador, está asentado en Kiyú. avisa al tripulante: “salgo” o “no salgo”. En ese ritual tan

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simple, puede estar la diferencia entre la vida y la muerte. Piensa mucho antes de decirlo con soltura, pero no cree haber pasado por una situación en que su vida haya estado realmente en juego dentro del agua. Alguna vez se quedó sin motor, y hasta lo agarraron sudestadas grandes que le causaron temor, pero nunca sintió la presencia del peligro. Al de arriba le pidió más de una vez: “sacame de acá” y lo sacó, porque al pensar y por más que no lo quiera reconocer, más de una vez se le complicó bastante. Popo hace otro silencio antes de explicar que nunca tuvo clara su religiosidad, pero en la soledad del mar cuando tuvo que pedirle a Él que lo sacara, lo sacó. “Contra el agua no hay quien pueda. Al fuego quizás lo pares, pero al agua no la parás. Ella va y va, por más que vos le pongas un muro”, sentencia y esa misma idea es la que lo hace asirse hasta de lo que no está seguro.

“Yo les digo, en broma, ‘no se me lleven Trabajando junto a su esposa María todo el pescado’”. Pero el conocimiento Laura en la barca Popo 8303. que le dieron Karumbé y Zoe son apenas consecuencias de un convencimiento personal de la necesidad de ayudar y conservar las “existencias” marinas.

El Popo es un tipo de características muy singulares en su rubro, reconocido incluso Aquel intento cooperativo allende las costas del balneario. Hace ya algunos años –tal vez 2006 o 2007– encalló una Hoy Álvaro García es casi el único tortuga marina cerca de la “base de pescador que reside y trabaja en Kiyú, operaciones” del pescador y éste armó un pero en algún momento, no hace más auténtico revuelo en el balneario y más allá. de ocho o diez años atrás, hubo un Así es que se contactó con la organización pequeño grupo de pescadores viviendo Karumbé (tortuga, en guaraní), cuyo objetivo y juntos tuvieron una cámara de frío central es proteger la biodiversidad marina en para mantener el producto de la pesca. peligro, principalmente a las tortugas y sus Finalmente el proyecto quedó en nada. hábitats. En Uruguay hay sólo tres cooperativas El contacto fue fructífero al punto que los de pescadores. especialistas de Karumbé “desembarcaron” en Es que, según Popo, el pescador es Kiyú para salvar a la tortuga gravemente muy bohemio, tiene que andar por todos herida, y lo lograron. La llevaron a Maldonado lados, y eso dificulta la unión. “El donde tienen la sede, la bautizaron con el pescador picotea, ahora nomás yo estoy nombre de Zoe y la devolvieron al océano, no con gente de Río Negro y ahora se sin antes colocarle un chip en su caparazón vienen para Kiyú por el sábalo, que ya para estudiar su ruta y comportamiento. Popo empezó a salir”, dice. dice que siguen recibiendo su señal, aunque También su esposa intentó hacer los propios técnicos de Karumbé ya en 2009, algo más elaborado y estuvo decían que el chip había dejado de funcionar, aprendiendo todo lo referente al igualmente lo habían considerado más que procesamiento del pescado. Hacían positivo porque les sirvió para analizar muchos chorizos de pescado, hamburguesas, aspectos de su comportamiento. Pero los datos tartas, pero las exigencias de de Popo dicen que luego de llegar a Australia Bromatología hicieron inviable continuar ahora Zoe está volviendo para esta zona del con el emprendimiento, aunque en la planeta. casa y entre los amigos, aún se disfrutan Karumbé y Zoe le ayudaron a “abrir la los resultados de aquel aprendizaje. cabeza” y le permitieron salir de Kiyú. Gracias a su amiga la tortuga, participó de congresos en Piriápolis, en El Sauce y en Colonia. Hay argentinos que conoció en congresos y charlas a los que fue invitado por la organización, y cuando van navegando cerca de Kiyú, lo llaman para saludarlo y decirle que andan en su zona.

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—Hoy vivo del mar, sin el mar no soy nada, preciso del agua, por eso siempre digo que el agua te da y te saca, pero vos también devolvele al agua, ¿por qué no devolver al agua un delfín o una tortuga?; la tortuga siete quillas por ejemplo, sólo come aguavivas y hay gente que es alérgica a las aguavivas, entonces por qué vamos a matarla si puede salvar vidas humanas, comiendo aguavivas. “Devolverle al agua un bicho que es del agua, es bueno. Qué te hace un delfín a vos; nada, entonces por qué lo vas a matar”, resume el pescador, que sabe que si llama a los referentes de Karumbé de inmediato los tiene en Kiyú cuando un animal marino aparece muerto o herido en las arenas. “¿Qué tenés, Popo?”, preguntan cuando él los


La seguridad Cada salida al mar debe estar bien preparada y con todos los elementos de seguridad básicos. Los elementos más importantes según Popo, son el llamado “hombre al agua”, un salvavidas con forma de aro que va con una piola agarrado al cuerpo, uno se mete dentro del aro y eso impide el hundimiento. El aro que utiliza Popo aguanta hasta 150 quilos. “Los chalecos también aguantan según el quilaje, en mi caso aguanta hasta 120 kilos. También tenés que salir con las luces de bengala, con el botiquín completo porque nunca sabés lo que te va a pasar dentro del agua”. Bengalas, espejo de señales y pito para niebla, extinguidores de incendios, bombas de achique, linterna, ancla, una esponja grande, radio VHF, o teléfono celular, son los otros elementos a considerar por el pescador a la hora de hacerse al agua.

llama, sin necesidad de mediar un hola. El último de los animales asistido por Álvaro García, fue una ballena de siete toneladas, que encalló, ya muerta, en las arenas de Kiyú el último mayo y que fue motivo de notas y visitas por doquier en una semana en que la agenda de los medios, a no ser por las elecciones internas, parecía estar vacía de novedades. Popo junto a la ballena estuvieron en el “top five” Popo sueña con crear un museo para de las noticias más comentadas, según él exponer las piezas que le regala el mar. mismo recuerda con cierto orgullo.

Uno de sus sueños locos es crear una especie de museo marítimo en el balneario. Cuenta con varias piezas para donar a ese museo, y ha hablado con decenas de propietarios de casas en el balneario que dicen también tener y estar dispuestos a donarlas. Habrá que pensar en la financiación de ese proyecto y el pescador sonríe y dice, atento al teléfono y los gritos de sus tripulantes que se quieren volver a casa: “la Intendencia se va a tener que poner”. El particular respeto que tiene García hacia el mar y sus habitantes le hace ver con preocupación creciente la presencia de depredadores, barcos piratas, brasileños y argentinos que invaden las aguas territoriales uruguayas, aunque también hay barcos uruguayos que pasan para el otro lado. La depredación o la pesca industrial y los grandes proyectos como la búsqueda de petróleo, la construcción de la regasificadora en Montevideo o el puerto de aguas profundas en La Paloma, son sus mayores preocupaciones al hablar del futuro de la pesca. Hay menos pescado y seguirá habiendo menos, según percibe, en la medida que esos proyectos sigan consolidándose.

La depredación o la pesca industrial y los grandes proyectos como la búsqueda de petróleo, la construcción de la regasificadora en Montevideo o el puerto de aguas profundas en La Paloma, son sus mayores preocupaciones al hablar del futuro de la pesca.

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Que aparezca un cardumen ahora no quiere decir que haya pescado, son cardúmenes que vienen y se van. No hay pescado los 365 días del año, ni acá, ni en el este, ni en el norte, dice con preocupación, mientras recuenta el puñado de corvinas que su ayudante logró sacar de las redes. En el último contacto que mantuvo con técnicos de la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos, llegados para ver la ballena muerta, le preguntaron si le parecía que había Costos de la embarcación menos pescado y se generó este diálogo: Para poner una barca en el agua se —Claro que hay necesitan unos 210.000 pesos, según menos –dijo él. los números que maneja el pescador —Pero nuestros artesanal. El casco puede salir 30.000 estudios dicen que hay pesos; la barca completa, sin la más –refutó el técnico. herramienta, hasta 80.000 pesos. A eso —¿Dónde hay más? hay que agregarle el costo del motor, –le contestó–. En el que nuevo sale unos 115.000 pesos. escritorio es mucho el Luego hay que añadir las redes y los pescado que hay, pero materiales de seguridad. Popo a esta vayan a la costa, estén altura de su vida tiene un capital con los pescadores, importante: 40 redes metidas en el agua, cuyo costo asciende a 5.000 pesos cada una. “Yo vine con un bote de lata y me he capitalizado, no me puedo quejar”, dice el único pescador artesanal de Kiyú.

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Perfil // Álvaro García

Una jornada La Popo 8303, es una barca pequeña de color naranja, en la que va el timonel (en este caso es el propio Popo) y un tripulante, aunque la embarcación soporta un tercer ocupante. Llevan las redes enroscadas en el fondo de la nave y una vez determinado el lugar en que las tirarán, cumplen la tarea entre ambos. Para marcar el lugar en que están sus redes utiliza banderines naranjas. Si hay pesca, la jornada se puede extender por todo el día; si no se pesca nada o arrecia el viento, puede terminar en una hora. Pero el trabajo no termina con la salida del agua, hay que sacar los pescados de las redes, ponerlos en cajas y mientras Popo negocia con los dueños de los camiones refrigerados que los esperan en la orilla para llevar la mercadería a las fábricas o a los comercios, el tripulante acomoda todo el material de la barca para la próxima salida, que puede ocurrir a las horas de haber llegado a tierra o luego de varios días, dependiendo del clima.

conversen con ellos, pídanle las boletas de lo que vendieron. Con dolor, este pescador de corazón abierto ve que los que viven de la costa, del agua, van para atrás, cree que a nadie le importa la vida del pescador artesanal y se siente parte de una especie en extinción. “Termina una temporada de pescado y hay 200 barcas para vender”, dice para ejemplificar los pesares del pescador artesanal. Pese a todas las vicisitudes le da para vivir, aunque, claro está, con conducta, porque hay zafras buenas que pueden dar mucho dinero junto y rachas malas, en las que no sale nada. Por eso García insiste mucho en la necesidad de “guardar para cuando no hay”, en este caso, peces que pescar. Su idea es salir hasta que el cuerpo aguante, y aspira a crecer porque sabe que un día no podrá salir más. Para ese momento quiere tener más barcas trabajando para él, por eso piensa seguir invirtiendo en el agua; pagando lo que hay que pagar, porque bien sabe lo que es el sacrificio.

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Con convencimiento dice que a su marinero, le A veces las aguas calmas no son buenas. Ese día la bajante da el 30 por ciento de la ganancia; hay quienes le impidió la salida. dicen que paga demasiado, pero valora la vida de los demás y cree que es justo que su ayudante gane bien si se arriesga tanto como él. Las charlas con el Popo son interminables. Queda claro que en su forma rápida, ligera y hasta atropellada de comunicarse, se encuentran reflejados aquellos inviernos que pasó solo, con frío, y deseando que alguien se diera una vuelta para conversar con él, al menos un rato. El pescador conservacionista y preocupado por los frutos del mar, siempre tiene algo más para decir al momento de la despedida. Se entretiene con las notas de sus hijas y en alabanzas a la educación en la escuela rural, donde no se utilizan las fotocopias (en este caso porque la más cercana fotocopiadora puede quedar a 10 o 12 quilómetros), pero seguir escribiendo podría ser redundante; si anda por Kiyú, pregunte por “la boca” y lo guiarán; siguiendo el camino hasta el final se encontrará con el almacén del Popo. Comience usted la conversación en el exacto punto en que queda ésta, el Popo conversa siempre con quien se le acerque.

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Txt: Facundo Carrasco // Ilustración: Matias Bervejillo

Futuro Interior

I

En este pueblo, enclavado tercamente hace cerca de 100 años en un lugar absurdo, el tiempo transcurre como algo espeso que fluye con su propio ritmo, que se deja llevar por algún capricho oculto, que corre o se frena indefinidamente esperando en las esquinas, deteniendo las noches, prolongando los gestos. Es Tarariras un conjunto de hombres y mujeres, y calles y casas, un lugar mitológico donde los muertos y sus historias conviven con los vivos, que se vuelven a repetir con otros nombres y en otros lugares, los mismos lugares. Es posible que sus orígenes y su misma fundación sean consecuencia de un tren que quedó varado en las vías, dejando a todos sus ocupantes a merced de su propia suerte y forzándolos a construir barracas, bancos, boticas, bares oscuros de mostradores gastados. Pero también es factible que todo esto sea mentira, pura blasfemia, y que la verdadera génesis de este lugar se remonte a una sola y mágica aparición momentánea. El advenimiento instantáneo de un centenar de casas y de un millar de habitantes desconcertados, pero que como personas discretas, jamás hicieron demasiado revuelo por lo brusco de este suceso, como tampoco invirtieron su tiempo preguntándole al cura del pueblo el origen de tal rareza. A mí me gustaría pensar esto último. Creer que formamos parte de un modesto suceso bíblico aún no puesto en palabras, ni cantado, ni alabado. Un anónimo gesto de Dios, como el alzamiento de una mano, como un parpadeo.

II

Nos pasamos la vida entre estos juegos y trampas que nos acechan a la vuelta de la esquina. Hay años que consumimos de golpe, se los traga todos juntos, se los apura como un vaso de caña; o por el contrario, se los deja libres para que nos desmenucen lentamente, que se disgreguen en mil hechos. Y hay vidas como estacas en la tierra; y otras como álbumes de fotos, como vacaciones en la playa, hechas de instantes perfectos, de momentos para coleccionar, filatelias.

III

Tarariras todavía insiste en una figura acabada. Y hay una brisa de pradera inmensa que lucha y que cruza el pueblo a lo ancho y largo, un aire liviano que nace en los campos, aire de caballos y de tibios soles de ocasos. De parajes perdidos, de montes, de estío. La misma brisa que pule los ásperos bordes de las veredas. La que empuja los límites del pueblo, que se difumina hacia los márgenes en casas desperdigadas, en una forma inconclusa, ralas figuras. Muchas veces es esta brisa la que nos confunde y desorienta por las noches, la que nos cambia los rostros y nos obliga al otro día a buscarnos en los demás, a reencontrarnos en los otros, como frente a un espejo.

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Deambulan por las calles de la ciudad centenares de fantasmas, siempre inocentes y discretos, misteriosamente avergonzados. Algunos al comienzo apenas se diferencias de los vivos, e incluso por un tiempo mantienen sus mismas ocupaciones y asisten a los mismos lugares de los que eran habituales. Con el paso de los años, poco a poco se van tornando más livianos e insustanciales, y desaparecen con gestos de desgano, despidiéndose de las casas en tono de reproche y disculpa. Pero para aquellos que se muestran completamente negados a alejarse de estas tierras, se les permite quedarse en una vieja tapera a las afueras del pueblo, donde pueden interactuar entre ellos, replicar los gestos mínimos y perfectos de la vida cotidiana y hacerse visibles una vez al día para preguntarle a algún transeúnte sobre el clima, o simplemente saludarlo. Todo esto lo sabe cualquier habitante del pueblo; como también intuye que más allá de las mil formas de la muerte, existen otras formas de la vida. Que hay un estar en los demás. Que viviremos siempre acá por más que estemos a quilómetros de distancia y nuestro propio recuerdo del pueblo sea difuso; aunque la tierra nos haya abrazado. Viviremos y moriremos siempre acá, en el eco que choca las paredes, en las palabras que horadan las copas, y en las bocas que nos nombran solapadamente, en las mil formas de la memoria.

Facundo nació en Tarariras, Colonia, hace 21 años. Hace tres que llegó a Montevideo para estudiar Ciencias de la Comunicación en la Universidad de la República. En 2014, mientras cursa la última materia de tercer año, volvió a su ciudad natal a vivir, aunque todas las semanas viaja a la capital a cursar la materia faltante.

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Ajena Nº5  

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