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ESCRIBIR EN DICTADURA

Mi noche triste Mario Delgado Aparaín Tengo una resistencia visceral a recordar los tiempos de la dictadura. Supongo que es humano, tal vez por lo de vaya la gracia que tiene recrear los tiempos en que se era un paria. Porque eso y no otra cosa significaba “ser de izquierda” en ciudades como Minas o Tacuarembó o en pueblos como Solís de Mataojo o como Sarandí del Yi o Santa Clara de Olimar. En sitios así no había forma de cobijarse en el gran número, en volverse invisible tras las multitudes cada vez menos anónimas (siempre me intrigó el tamaño y la velocidad evolutiva de los ficheros de “inteligencia”) de Montevideo. Ser paria era sentir que había gente que se cruzaba de vereda para evitar el saludo, o que en determinada farmacia o en tal almacén no se debía entrar – porque “a los comunistas y tupafrentistas no se les vendía”–, o que lo “tanteaban” en las reuniones buscando una respuesta definida sobre “Rusia”, o sobre los que se tendrían que ir para Cuba y no se iban, o frente al enigmático comentario “algo habrá hecho para que lo metan preso”. En una palabra, ser un paria izquierdista era vivir en la perpetua tensión del ser sin serlo, en estado de silencioso conflicto ético, en convivencia cotidiana con la paranoia o con el complejo de culpa por no estar preso o por estar vivo o por no ser suficientemente heroico. Crear en un mundo así no era nada fácil, en particular porque un presente desprovisto en sí mismo de valores no sólo no ofrece estímulos, sino que además alimenta severas crisis de autoestima por el solo hecho de vivir en él. Es ahí cuando muchos creadores, para bien o para mal, terminan buceando en su propio pasado a la búsqueda de referencias válidas, dotadas de una vitalidad digna y verosímil. En mi caso ocurrió eso. Venía del norte y del campo y habían quedado atrás historias de infancia y adolescencia que, hasta entonces, estaban enterradas en el olvido de todos. En ese sentido recuerdo perfectamente una noche de apagón en el terrible Buenos Aires de Videla –siempre pensé que los apagones son verdaderos acontecimientos culturales–, en que no tuve más remedio que echarme boca arriba a pensar en mí mismo, en el presente tenebroso y en una balbuceante respuesta a la pregunta de cómo diablos había llegado hasta allí, al lugar donde estaba, a una cama turca pulguienta de una pensión que, para colmo, se llamaba Mi noche triste. Pues fue allí y en aquella noche cuando, huyendo del presente y de mis 24 años, me detuve en las historias de los negros de mi infancia, en un mundo realmente mío, virgen, campesino y continental, hasta concluir que, al contrario del presente, el pasado del que era dueño absoluto era realmente hermoso, digno de ser convertido en una fuente de creación y sometido, hasta donde me dieran las fuerzas, a una minuciosa operación de rescate. Apenas vino la luz, comencé a escribir sin otras referencias que el recuerdo de las lecturas y las conversaciones en Minas con dos entrañables escritores del pueblo: Milton Fornaro y Ariel Muniz. Pero, en aquellos tiempos, crear y sentirse huérfano eran la misma cosa. No tuve, como muchos de mi generación, la fortuna de frecuentar mesas de boliche con maestros o con una diva de las letras. Se habían ido o estaban presos o se habían muerto. Se hablaba de ellos como si pertenecieran a un pasado remoto, se contaban anécdotas de sus amores, de sus desplantes inteligentes, de sus mundos perfectos, frases en camino de volverse célebres, leyendas, puras leyendas del silencio nocturno. Estando en Buenos Aires tuve la oportunidad de mi primera publicación compartida en Montevideo. Éramos los “nuevos” de Los más jóvenes cuentan, un puñado de desconocidos entre sí, que logró reunir con felicidad el inolvidable “Beto” Oreggioni y que, más allá de nuestros valores relativos, sirvió para que conociéramos la letra impresa y sintiéramos que estábamos en trance de ser una generación. De esos días y ya en Montevideo, recuerdo haber conocido a cuatro poetas mayores: Marosa di Giorgio, Juan Carlos Macedo, Washington Benavides y Salvador Puig. Y cuatro narradores de los grandes: Héctor Galmés, Mario Arregui, Anderssen Banchero y Armonía Somers. Todos leídos y releídos. Y disfrutados y exprimidos en sus solidarias alternancias con gusto a poco, bimensuales, trimestrales, en las cálidas cuevas


de Arca o de Banda Oriental, donde se podía hablar, montando guardia cada tanto desde las ventanas. Fue por entonces que comencé a jerarquizar realmente la tarea de escribir. A sentir que tanto el rescate del pasado como pergeñar mundos en donde se soñaba con una condición humana diferente, eran en sí mismos actos de resistencia. Que, como señalaba maravillosamente João Guimarães Rosa, escribir era resistir. Fue así que nació Mosquitos y sus habitantes, un mundo poblado por la gente del medio, por aquellos que debían convivir día por día con el miedo o con la convicción enfermiza de lo interminable, de esa eternidad con que suelen amenazar todas las dictaduras. Y en donde la cuestión verdadera estaba en eso tan universal, como solía decir mi madre por entonces, de convivir con la miseria, sea cual sea ella, sin volverse miserable.

Mi noche triste  

Mario Delgado Aparaín

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