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PROTAGONISTA

Un golpe anunciado El golpe de Estado fue el 27 de junio de 1973. Pero venía de mucho más lejos y había señales que no todos leímos igual, aunque todos pagamos el precio. Esteban Valenti El golpe de Estado en Uruguay tiene fecha fija: 27 de junio de 1973. Y es justo, por la disolución del Parlamento, los decretos emitidos por el presidente-dictador ese día, y, sobre todo, porque la percepción de la resistencia democrática fue ésa: que el largo y tortuoso camino había llegado a una encrucijada. Con el golpe y con la huelga general nos jugábamos un largo período de nuestra democracia y de nuestras vidas. Pero también es cierto que el golpe venía de mucho más lejos. Y que las señales eran inequívocas. No todos las leímos de la misma manera, aunque todos las pagamos con la misma tragedia. No fue percibido igualmente el envío por parte del gobierno-autoritario de la ley de seguridad del Estado que fue votada por el Parlamento, incluso por sectores claramente democráticos de los partidos tradicionales. No todos reaccionamos de igual manera ante los comunicados 4 y 7 de febrero de 1972. Un sector fundamental de la izquierda y de los sectores democráticos, en particular el Partido Comunista con muy fuerte influencia en el movimiento sindical, estudiantil y social, tuvo una actitud por lo menos de expectativa. Abrir la puerta a esas sutilezas en torno a la interna militar fue extremadamente riesgoso. Y aunque no fue una interpretación uniforme y estuvo llena de matices, lo cierto es que el impacto principal fue negativo y contribuyó a crear confusión y a perder el eje principal de la batalla. Al menos durante algunos meses. La tarea debía ser exclusivamente construir, reforzar y ampliar al máximo el frente democrático que muy remotamente podía incluir a sectores militares, que habían ya sido desplazados de toda capacidad de incidencia en los acontecimientos. Aunque también es justo recordar que antes de los comunicados 4 y 7 el propio MLN trasmitió señales y actitudes de expectativa hacia sectores militares. La historia debe ser completa. Discutir si existían o no esos sectores antigolpistas en las Fuerzas Armadas es absurdo. No hay duda de que existían tensiones y diferencias. La pregunta es si lo correcto era alentar ese confuso mensaje de los comunicados 4 y 7 o concentrar todo el esfuerzo en consolidar el frente democrático. Hoy, con la historia vista, no tengo ninguna duda de que cometimos un error. Y ese error no partía sólo de un análisis incorrecto de la relación de fuerzas en la sociedad, en el país y en las propias Fuerzas Armadas sino, en una visión “peruanista”, de un posible atajo nacionalista hacia la liberación, que influyó de manera muy fuerte en la izquierda del continente. Antes de que se cayera el muro se cayó la ilusión de que los militares nacionalistas –por encima de la democracia y con un papel mesiánico– podían llevarnos hacia la liberación. Hay un aspecto crítico que es posible que no haya sido tratado suficientemente. Es la reacción frente a la tortura aplicada a los presos políticos antes del golpe de Estado. No creo necesario explicar mi profunda y radical discrepancia con la estrategia del MLN antes de 1972, en particular en ese año, y más en general con la historia de los “dos demonios” que para nada explica la compleja realidad de la dictadura y su resistencia. Pero eso no me impide admitir que no reaccionamos adecuadamente, que debíamos haber sido mucho más duros en la denuncias de las torturas, en la defensa de los derechos humanos, del compromiso democrático más allá de diferencias y polémicas. No sólo por razones humanas –que deberían ser siempre las principales–, sino incluso por exclusivas razones políticas y democráticas. Ésta es mi visión desde el movimiento estudiantil de aquellos años. De todas maneras, las interpretaciones mecánicas sobre esos procesos políticos e ideológicos nunca serán buenas. Cuando llegó la hora de paralizar el país, de ocupar las fábricas y las facultades, pesaron mucho más las tradiciones democráticas, la historia y las resoluciones adoptadas explícitamente en los congresos de la CNT y en los organismos de la FEUU que cualquier otra cosa. Fue un momento de inflexión clara y precisa. Se optó por la lucha, por convocar manifestaciones de la mayor amplitud, como la del 9 de julio conjuntamente con el Partido Nacional, y se apostó integralmente a la resistencia. Además, la dictadura dejaba poco espacio para las sutilezas.


La historia no es equilibrio La historia es historia cuando es completa, cuando no tiene espacios vacíos y cuando las responsabilidades, los méritos, las tendencias, los errores y los aciertos ocupan su sitio. Treinta años son suficientes para, “con estudio y sin ira”, seguir escribiendo, entre todos, nuestra historia. Debemos asumir los temas polémicos, incluyendo los famosos comunicados 4 y 7, de cuya interpretación no quiero evadir un ápice de responsabilidad, como dirigente político y estudiantil de aquella época. Pero... la historia no es equilibrio, es tratar de reconstruir la realidad y sus tendencias, su humor y sus sentimientos. El 27 de junio, el fatídico día del golpe, Paco Espínola se fue para siempre, en una coincidencia llena de simbolismos. Y en la puerta de su casa, en los viejos apartamentos de la rambla y Solano García, los dirigentes estudiantiles coordinamos los detalles de la huelga. Y fuimos fieles. Hasta el último día que hubo huelga la FEUU y la Universidad fueron un baluarte de la resistencia y de la democracia. Y las mejores tradiciones estudiantiles y universitarias –de las que se habla tan poco hoy en día y algunos las maltratan en el mercadito de las nuevas urgencias como cosas pasadas de moda– cumplieron. Vaya si cumplieron. Como lo hizo el movimiento sindical en su inmensa mayoría. Y ésa es una página fundamental de la historia. Con la misma desnuda crudeza debemos decir que las previsiones fueron erradas. Al salir de la huelga afirmamos que la dictadura nacía muerta, y la agonía duró nada menos que once años.


Un golpe anunciado