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Salvador Rogelio Ortega Martínez Gobernador del Estado Libre y Soberano de Guerrero Rafael Tovar y de Teresa Presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes Arturo Martínez Secretario de Cultura

Núñez

Antonio Vera Crestani Director General de Vinculación Cultural Citlali Guerrero Morales Subsecretaria de Formación y Vinculación Cultural Antonio Salinas Bautista Director de Formación Artística y Fomento a la Lectura


HeroĂ­na Alma Salamandra Ramos


HeroĂ­na Alma Salamandra Ramos

Salamandra Ramos, Alma HeroĂ­na / Alma Salamandra Ramos 24 p. 14 cm


Primera edición, 2015 © Alma Salamandra Ramos

Editor: Walter Jay Portada y formación: Jetzabel Selene Solano Jandete Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, sin la previa autorización por escrito. Impreso en México / Printed in Mexico

Ganador del Premio Estatal de Cuento, Poesía y Ensayo Literario Joven 2012 en la categoría de cuento


A mis cuatro traviesos: Amairani, Danae, Roberto y Estrella A mi compañero y cómplice de vida: Luis Castelán A mi heroína: Nela Terrones


Don’t you know, honey, Ain’t nobody ever gonna love you the way I try to do? who’ll take all your pain, honey, your heartache, too? And if you need me, you know that I’ll always be around if you ever want me come on and cry, cry baby, cry baby, cry baby… Janis Joplin: “Cry baby”


En el principio fue la muerte. Alguien habría salido del lugar persiguiendo su pasado. Tendida en la cama del cuarto del hotel, ella yace con los ojos abiertos. La pupila dilatada parece mirar un lugar inasible. El cuerpo helado. La cabellera desordenada sobre las sábanas sucias. La mano derecha en rictus al frente, como si intentara sujetarse de algo. Las horas son cangrejos enormes y oscuros que llevan los destinos entre las tenazas. El tiempo es agua que sube de un extremo a otro en el Riverside. Las cascadas se elevan, viajan las linfas su cauce hasta los altos hielos de las montañas, donde suben al cielo en forma de nieve que se convierte en nube, retorna al océano y cae lentamente en forma de vapor que se condensa y se vuelve oleaje: espuma absorbida por corrientes en retroceso hasta la playa, donde coloca la arena, grano a grano sobre las rocas, para unir, gradualmente, los continentes. El corazón palpita de nuevo, brusco pero débil, vuelve a fluir la sangre, en sentido inverso, regresando el oxígeno a las células que están en los últimos momentos de la vida. La carne desnuda se estremece levemente. Poco a poco aumenta la fuerza que había dejado escapar. Se convulsiona. No hay gritos. Los ojos se entornan. Luego parece tranquilizarse. Duerme. Su respiración es


agitada. Transcurren las manecillas del reloj en dirección contraria. Treinta minutos o dos horas. Abre los ojos lentamente. Canta en murmullos. Va hacia el inodoro. Vemos el cuerpo desnudo a horcajadas, tosiendo. Pronuncia maldiciones hacia atrás, camina de espaldas en dirección a la cama nuevamente. Una jeringuilla vuela por los aires, cae en sus manos, pincha la vena del brazo, extrae un líquido lechoso con sangre. Es posible contemplar, en el interior del tubo de cristal, nubarrones líquidos: ahí podrían sobrevivir eriales con vacas enormes que se devoran y hacen el amor, la cal que acaricia la piel de las mujeres más viejas sobre el planeta. Saca la aguja de su brazo. Vacía el líquido en una cucharilla sobre el buró. El contenido hierve y entonces lo coloca sobre la flama del encendedor entre sus dedos temblorosos, hasta enfriarlo. El agua salta a un frasco farmacéutico, queda el polvo que regresa a una pequeña bolsa que aprieta en sus manos y coloca sobre el buró. Algunas lágrimas suben por sus mejillas y entran por las glándulas en la frontera de sus ojos. Un grito penetra su garganta y un hombre desnudo entra en la habitación caminando de espaldas, dejando su ropa amontonada en un rincón. Se sienta junto a ella. Ambos manotean y se escuchan sonidos que podrían ser insultos. Luego quedan en silencio. Él monta sobre


ella. La esperma que está dentro de su vagina viaja por el conducto del pene hasta el interior de los testículos del hombre; un gruñido espasmódico entra en aquella garganta. El hombre se balancea sobre el cuerpo desnudo de la mujer. Baja de ella. Él la besa. La ropa tirada en un rincón se eleva hasta sus manos y enguanta al cuerpo del hombre con precisión geométrica. Ella toma la bolsita de polvo blanco sobre el buró y lo pone en la mano del hombre. Éste la guarda en su saco… “Nioreh”, pronuncia. El bar dice: Storm. La madrugada comienza a dar paso a la noche. Ella toma una botella de whisky y de su boca brota el elíxir que llena el cristal. En la calle hay una multitud que camina en orden inverso. Ella entra de espaldas a un edificio. Ríe y se coloca unos audífonos enormes para acercarse a un micrófono aislado. Las notas surgen de los rincones del propio equipo de grabación y entran en su boca. La cinta magnetofónica queda virgen conforme la música viaja hacia sus labios, a sus cuerdas vocales y se vuelve aire en sus pulmones. El mundo sigue su decurso. El sol viaja de poniente a oriente. Los autos se tragan el humo en las calles de Las Vegas. Del cuatro de octubre de 1970 se sucede el día tres. Múltiples jeringas en manos de Janis Lys continúan extrayendo, noche tras tarde, el líquido blanco que se


convierte en polvo y que va a dar a los bolsillos de algún desconocido. El viento lleva las hojas de las calles y las levanta hasta depositar cada una de ellas en las ramas, en su original sitio exacto; el fuego nace de las cenizas en los botes de las calles, genera basura en bolsas de plástico que son llevadas a los hogares donde los padres extraen cajas de cereal, que van llenándose conforme sale de la boca de los hijos; cáscaras de plátano que terminan envolviendo al fruto para entregarse en supermercados donde se colocarán en cajas, se estibarán en grandes camiones y por mano de muchos hombres serán colocados en los platanales, hasta que el árbol los absorba, transformándolos en agua y minerales que saldrán por sus raíces para ser bebidos por la tierra; niños a los que, después del llanto, las tijeras unen los cordones umbilicales y son regresados al vientre original. Vemos a una madre gritando en inglés inverso: “Ojalá no hubieras nacido”. A Janis devorando su propia voz una y otra vez, succionándola desde todos los rincones del aire, alimentando su alma con cada nota musical que sale de sus oídos y llega a los instrumentos de la Cosmic Blues Band, germinando la luz hasta los reflectores, desde el oro de su ropa al lado de sus hermanos de muerte: Hendrix y Morrison, en el Festival de Monterey. A Neil Armstrong en la pantalla globular de un televisor,


saltando de la superficie de la Luna al Viking, para volver a la Tierra y seguir soñando en tocar aquella inhóspita roca hasta el principio de los tiempos. Las chimeneas de las fábricas devoran el humo de los cielos. Estudiantes en todo el mundo son recogidos de fosas comunes para ser amontonados y devueltos a la vida por ejércitos, a cuyas armas entran proyectiles repartidos por los muros de las ciudades y los cuerpos de centenares caídos. Una flor marchita revive su frescura conforme es pisoteada y salta a la boca de un fusil, de donde es retirada por alguien que lleva un ramillete y luego es llevada a la planta original a la que se une hasta ser transformada en botón, que regresa toda savia al tallo. Ejércitos que en marcha inversa corren para ordenarse en filas por plazas y parques públicos. En la ciudad de México, jóvenes salen de sus refugios, despavoridos, de espaldas deshuyen desde departamentos vecinos y callejones, para unirse en la plaza de Tlatelolco con aquellos que a través de sus heridas chupan charcos de sangre propia, vomitan balas de sus carnes y se ponen de pie, masticando consignas que caen en aquellas gargantas, pulmones y mentes, en un retorno a la inocencia que no tiene remedio, hurgando su pasado vivo hacia adelante para acudir a reuniones y mítines, donde las palabras de libertad son absorbidas de las pancartas


por pinceles que abandonarán los colores en latas de aluminio que son cerradas herméticamente. La Guerra de los Seis Días contra Egipto, Jordania y Siria, en Israel, llegará al primero de ellos y luego al día antecedente. Violeta Parra será desenterrada de su tumba en el cementerio de Santiago y aquella bala calibre 22 brotará de su cráneo para entrar al arma que cae en sus manos y se oculta en una caja de madera, la que poco a poco rejuvenecerá hasta ser parte de un roble a la mitad de un bosque en Chile. Las manos del Che Guevara volverán a pertenecerle, retomando la vida todo su cuerpo, reencontrando su camino inverso por las selvas de Boliva hasta Cuba. Elliot, el mismo día que algunos cierran los ojos y vuelven a la semilla, retornará también para que su pluma beba la tinta de la The Waste Land. Y más. Janis se encuentra con Leonard Cohen en el Chelsea Hotel, y devuelven la cena de la boca a los platos, al lado de Paul Bowles y Warhol, mientras que, cruzando el océano, los acordes inversos de Revolver adquieren su sentido original. Los 120 kilómetros del muro de Berlín desaparecen organizadamente, ladrillo por ladrillo, hasta que miembros del partido socialista alemán toman en sus manos la primera piedra. La imagen de la Monroe termina una canción melosa a Kennedy por televisión para transcurrir hasta iniciarla. Vemos la escena de


Psicosis, de Hitchock, donde el grito fluye de los oídos de espectadores hasta la banda de la película: la mano se eleva y baja con el puñal, la sombra tras la cortina se aleja, el rostro de Janet Leigh pasa del horror a la tranquilidad. Carpentier permanece frente a algún relato, cuyas páginas se vacían. Janis, de diecisiete años, con el pelo teñido de naranja, abraza a un joven negro en un bar de Louisiana, se besan, y la letra de “Roll Over Beetovhen”, de Chuck Berry, entra por sus bocas. Janis recibiendo un grito de su maestra en el high school, para dormir de inmediato. Vuelan las risas en orden contrario. El viento entra por su boca y se encienden ocho velas sobre un pastel azul y rosa, con el recuerdo fresco de la “Cenicienta”, de Disney, que pronto se borrará al iniciar la película, encenderse la luz, salir hacia atrás, recibir dinero en la taquilla del cine, regresar el boleto, dormir, soñar, noche tras amanecer, donde inicia el invierno y continúa la primavera, hasta que Janis Lyn Joplin mira crecer el rostro de su madre, convertirse en una figura densa, sin forma, y llora inhalando sus propios gritos, eructando leche hacia los pezones que tiene en su boca, cierra los ojos, penetra a su madre un martes de enero de 1943, se instala en el vientre, patalea, contrae sus órganos y fluidos, se vuelve una nuez de carne, óvulo fecundado,


infinitesimal espermatozoide que surge de aquel planeta gelatinoso para nadar en sentido contrario, salir del cuerpo de Dorothy y entrar en el de Seth, su futuro padre. Entonces la conciencia se vuelve un punto en la mitad del cosmos, se revierte sobre sí misma y existe apenas en un instante, no antes, que sin embargo podamos detenernos y contemplar, saber que aquí se encuentra ella, inmovilizar aquí el relato, no dar un paso atrás, ni siquiera de millonésima de segundo, de lo contrario, nuestra heroína, nuestra futura Janis, dejaría de existir y jamás, jamás cantaría “Cry baby”.


Heroína De Alma Salamandra Ramos, Se terminó de imprimir en mayo de 2015 en los talleres de Guevara impresores s.a. de c.v. México, Distrito Federal. En su composición se utilizaron fuentes de la familia candara y arno pro. el tiro consta de 500 ejemplares. Servicios editoriales De otro tipo. www.deotrotipo.mx


Heroina  

En el principio fue la muerte. Alguien habría salido del lugar persiguiendo su pasado. Tendida en la cama del cuarto del hotel, ella yace co...

Heroina  

En el principio fue la muerte. Alguien habría salido del lugar persiguiendo su pasado. Tendida en la cama del cuarto del hotel, ella yace co...

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