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Acerca de la violencia

Yolanda La Torre Guevara

Para afrontar todo esto los humanos desde la prehistoria se han juntado, buscando que “la unión haga la fuerza” y así surge la cultura, pero ni mucho menos es lo que se pretendía. La estructura psíquica con sus tendencias destructivas convierte al grupo humano, mediante su organización, en un cúmulo de enfrentamientos a través de la jerarquía y la ambición de poder. De esta manera se instituye el conflicto organizándose patologías sociales de supuestos básicos, que diría Bion, y surgen individuos que buscan el poder para dominar, satisfacer el narcisismo, que por su primitivismo es voraz y despiadado, destacando sobre los otros en formas concretas de logros y riqueza. Con la búsqueda delirante de superioridad en sus extremos sabemos cuán estrepitosos son sus fracasos, apartados de los valores que hacen la vida más vivible, la búsqueda del poder se hace inacabable, se perfeccionan las armas para imponerse en las guerras. Los sometidos, violentados, los inferiores, se hacen necesarios para la confirmación del poder y de la fuerza y estos, muchas veces, son eternos aspirantes a ocupar el estatus dominante. Las víctimas, no solo son víctimas en el hecho violento, son dañadas muchas veces en su propia constitución, en la que se ha instaurado el dolor del odio y la venganza y muchas veces, la búsqueda de sus propias víctimas mediante la violencia reivindicativa, desposeídas de su capacidad de perdón. El salir del sufrimiento es un objetivo en el que se empeña la vida. No siempre es posible y entonces no queda más remedio que conformarse con modos de evasión y de evitación del dolor que esto produce: así, nos enfrentamos por un lado a la naturaleza intentando modificarla con el ensueño de alguna vez dominarla; y por otra parte manejar nuestras sensaciones, ya que el sufrimiento existe en tanto lo sentimos, a partir de forzar la consecución del placer a través de la manipulación del cuerpo por la química u otros medios, buscar el aislamiento por las drogas, “las quitapenas” o buscar el aislamiento como evasión del sufrimiento. Por todo esto parece que la humanidad siempre está al borde de la extinción, comprobable en el hecho trágico de las guerras. A pesar de ello no todo es destrucción en el grupo humano. Como decíamos, Eros representante del instinto de vida y la agresividad representante del instinto de muerte son dos tendencias de la naturaleza física y psíquica que se enfrentan, se combinan, a ser posible se integran ayudados por la enorme voluntad de vivir del ser humano, no importa para qué, la cosa es vivir como decía Schopenhauer. Pero surge la oposición, que no es pasiva y tiene la misma fuerza pulsional, el impulso a volver al opuesto, al mundo inanimado, a dejar de ser vivos. Con estas circunstancias casi podríamos preguntarnos no por qué sufre el ser humano, sino por qué no siempre sufre. Nuestro equipo de Eros y Thanatos, amor y odio y sus derivados, hacen a la mente muy compleja. El amor y el odio, hasta integrarse, han de pasar por derivados como la envidia, los celos, la culpa persecutoria o reparatoria etc., etc. Ese es un largo camino de integración que define distintas maneras de ser y estar en el mundo y podemos ver, a pesar de todo, que el ser humano es capaz de integrarse en el polo creativo, es capaz de amar, de sentir compasión, de reparación y que es casi posible aquello de “ama a tu prójimo como a ti mismo”, pero es muy difícil. Dentro de lo inevitable se organiza de diferentes maneras y aquí se hallan las diferencias humanas que observamos en actitudes muy claras: los que portan las armas y la destrucción, quienes buscan y estudian cómo salvar vidas, reparar, curar heridos, acercarse a la desgracia y aquellos para los que la vida es un dolor, equipados de su compasión y sus valores. Es posible la integración de las fuerzas Amor, Odio y Conocimiento (Bion) en una personalidad apasionada cuyo mayor anhelo son las relaciones apasionadas con otros seres humanos. Freud, a pesar de su pesimismo muy al estilo de Schopenhauer, filósofo tan influyente en los pensadores del siglo XIX y principios del XX, liberó a la humanidad de la esclavitud moral y creó un método único de afrontar el dolor psíquico, emprendió con todo coraje la defensa de la salud como el mayor y quizás único patrimonio humano. Abrió caminos y dejó sendas con huellas por las que transitan enfoques nuevos y, no solo en el campo psicoanalítico, influyó en muchas disciplinas que

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Revista digital ACPP - núm 6 - any 2018  

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