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Identidad y arbitrariedad

Julio A. Company Ortega

sorpresa y júbilo, pero una imagen al fin y al cabo que viene de fuera. Esta imagen funciona como un anticipo, algo a alcanzar, a lograr. Lo que el niño ve es que hay otro, y ese otro es el yo. A partir de ese momento se producirá una escisión irreversible entre el sujeto y el yo. Esto se ve muy claro en el ejemplo paradigmático de la anorexia: por mucho que el cuerpo real esté extremadamente delgado, el yo se ve gordo; también en situaciones cotidianas como cuando nos miramos al espejo y decimos “vaya cara tengo hoy”, significa que esperábamos ver otra cosa, marcamos cierta distancia entre la imagen y lo que esperaba encontrar. Esta imagen anticipa su unidad. Antes de tener un control motor, el niño ya puede reconocer la imagen en el espejo. ¿Pero, qué hay antes de esa imagen? La percepción de un cuerpo fragmentado, en dispersión, la angustia primordial, percepción, a la vez, que sólo se percibe a posteriori, retrospectivamente. Es frecuente que un psicótico en pleno desencadenamiento, no se reconozca en el espejo, o que lo haga parcialmente. El espejo, por otro lado, no tiene que ser el material físico, sino la imagen que le devuelve el Otro (gestos, calor, ternura, palabras…), por tanto, si esta imagen se le devuelve, es porque previamente ha habido una matriz simbólica, es decir, que existe el deseo de la madre por ese hijo, hecho que antecede incluso a su nacimiento. Deducimos así, que la maternidad no es genética ni instintiva (como vemos claramente en el reino animal), sino que para que haya maternaje la madre tiene que desear al niño como falo, es decir como algo que la completa, y así alienarlo a su cadena de significantes, la inscripción al mundo simbólico. Esa identificación especular, lo que va a producir es la formación del yo ideal,

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Revista Digital de Psicoteràpia Psicoanalítica de l'ACPP | Núm 6 2018

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Revista digital ACPP - núm 6 - any 2018  

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