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Identidad y arbitrariedad

Julio A. Company Ortega

Hablar de identidad, es, en el fondo, algo impreciso ya que podríamos decir, que la identidad en sí misma, como fenómeno natural, universal o espontáneo, no existe. ¿Qué quiere decir esto? Que se trata más bien, no de una identidad, sino de identificaciones con las que el yo se va constituyendo, y que, por lo tanto, no es algo garantizado por el hecho de nacer. ¿Y con qué se produce dicha identificación? Con el universo de significantes que nos precede aún antes de nuestra llegada al mundo. Por ejemplo: nos piensan, nos ponen nombre, tenemos apellido, se crean expectativas de nuestro aspecto físico, cualidades, similitudes a otras personas, un porvenir, etc. y, además, estos significantes, provienen de un Otro, Otro que habla de y por nosotros antes de que nosotros hablemos. Por lo tanto, el yo es pura imagen e identificación con el Otro, identificaciones imaginarias con el Otro, es decir, una ilusión. Así pues, no es tanto, yo soy yo, sino como decía Lacan basándose en un poema de Rimbaud, el yo es otro. Ya Freud en su “Proyecto de psicología para neurólogos” (1895) hablaba de que el primer yo se construye con otro semejante: la madre; también en “Introducción del narcisismo” (1914), habla de que, para la formación del yo, “es necesario un nuevo acto psíquico”. La conducta en los animales, a diferencia de los seres humanos, no requiere de ningún aprendizaje y está pegada filogenéticamente a los miembros de una especie, es decir, que se pone en marcha por instinto, por ejemplo: nacen y nadie les enseña a caminar, comunicarse, a comer, a identificar a sus depredadores, etc., sino que es algo, sencillamente, que se despliega automáticamente en cada miembro de la especie, sin excepción. Es decir, estas conductas tienen su causa en la naturaleza misma. Este despliegue en el ser humano no es algo natural, sino fruto de la cultura, y, por lo tanto, serán conductas particulares a una comunidad, a un momento histórico y por consiguiente aprendidas. De hecho, si pensamos en los pocos comportamientos innatos, como puede ser el acto reflejo del chupeteo, reflejo de Moro, etc., desaparecen éstos en cuanto comienza a conformarse el cuerpo erógeno, es decir cuando el sujeto queda inscrito en la cadena de significantes del Otro, a saber, cuando se da paso de lo natural, a lo cultural. Poniendo la lupa ahora en el significante y la relación con su significado, su sentido, vemos que en el ser humano no tiene una relación natural, sino que es algo totalmente arbitrario, es decir, que un significante cualquiera no está pegado a un significado universal (como puede significar presa una cebra para un león), sino a un significado arbitrariamente adquirido y proveniente de lo externo. En la psicosis, por ejemplo, en el momento del desencadenamiento, lo que se deshace es la relación entre el significante y significado, abriéndose un agujero que da lugar a la perplejidad más absoluta, fruto de la atomización de la identidad del ser. Sólo a posteriori, en un intento de curación, éste tapona la grieta emergente en lo más íntimo de su ser con una metáfora delirante, y da así un nuevo sentido a la realidad que había perdido. Así pues, pese a que todos podamos compartir en lo general, por el hecho de vivir en una misma cultura o comunidad, un mismo sentido de la realidad, en lo particular del individuo, éste será muy diferente. La identidad, por lo tanto, no será como hemos dicho ya, espontánea o universal, sino que se constituirá en relación a los significantes por los que se vea envuelta, significantes que nacerán del discurso del Otro y, como anunciaba Lacan, estos significantes estructurarán nuestro inconsciente como un lenguaje. De hecho, aquí, hay cierta diferencia con lo que podría argumentar Freud, en el sentido de que el inconsciente no es como una bolsa continente de representaciones traumáticas y significados ocultos, sino que está estructurado como un lenguaje y que, por tanto, estará a la vista en la palabra, en el discurso del sujeto y en las formaciones del inconsciente: un lapsus, un síntoma, un sueño. Y ¿en qué momento, surge el yo? En la grieta simbólica producida en la repetición de un mismo significante. En esa repetición se produce una incompletud donde nacerá la demanda y por lo tanto el empuje hacia una identificación con aquello que completa al gran Otro, la madre o el sustituto que ejecute la función materna. Lacan sitúa este momento en el estadio del espejo. Es ese momento en que la imagen del propio cuerpo reflejado en el espejo produce en el niño un sentimiento de

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Revista digital ACPP - núm 6 - any 2018  

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