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coronas de las muelas, enchapadas en oro, y un tábano le merodeaba la nariz. Vomité sobre sus botas de goma. Alrededor suyo había tres dogos. Uno estaba muerto. La pata de atrás que se llegaba a ver terminaba en unas lanas de carne coagulada que cubrían el hueso y tenía el lomo al rojo vivo, como si conservara una salpicadura de lava. Otro parecía sano y lengüeteaba la sangre que se desprendía de lo que quedaba de la cabeza de Ordóñez. Al acercarme, vi que tenía la columna quebrada y no se podía mo-

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“El piquete”, de Hernán Vanoli  

Ilustrado por Ezequiel García.

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