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co que ella consideraba el peor de los males. Leía en español, pero prefería las traducciones porque las disfrutaba más. Al hablar le brillaban los ojos, por alguna razón tenía las cejas delineadas y sentí las espinas de la masculinidad creciendo en el eje transversal que me atraviesa el cerebro, el alma y los testículos. Empecé a recomendarle libros hasta que se aburrió de esos nombres que nunca iba a recordar y me dijo si yo estaba dispuesto a hacerle un favor. Me apoyé sobre el respaldo de la silla de

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“El piquete”, de Hernán Vanoli  

Ilustrado por Ezequiel García.

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