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despedazaban a un jabalí bebé y había dicho que no iba a hacerlo nunca más, mientras el otro, algo más bajo y musculoso, de rulos pelirrojos y las dos manos absolutamente tatuadas, había pedido tirar sin demasiado éxito. Terminamos el desayuno mientras Alelí, liberada, probaba su propio pan en una mesa pequeña pintada de rojo que había junto a la puerta que llevaba a la sala de máquinas, donde Antonella explicó que había una caldera y una bomba de agua. Estuve un buen

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“El piquete”, de Hernán Vanoli  

Ilustrado por Ezequiel García.

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