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des térmicas. Por las tardes, mientras ellos preparaban sus armas y todos sus gadgets para las salidas tras una larga siesta, mientras los dogos de nuestros anfitriones aullaban y olisqueaban la muerte, me gustaba sentarme a fumar sobre unos troncos. El zonda barnizaba el horizonte de terracota, los caranchos levantaban sus últimos vuelos y mi hermano y Trini se encerraban a coger con cariño y persistencia en la habitación que compartíamos, sin televisores inteligentes ni aire acondicionado, en la

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“El piquete”, de Hernán Vanoli  

Ilustrado por Ezequiel García.

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