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EL LUGAR DE LAS SOMBRAS PERDIDAS juliรกn stoppello * ilustrado por: niko


Stoppello, Julián El lugar de las sombras perdidas / Julián Stoppello ; coordinación general de María Inés Kreplak ; ilustrado por Nicolás Perfetto. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Ministerio de Cultura de la Nación. Secretaria de Políticas Socioculturales, 2015. 102 p. : il. ; 16 x 12 cm. - (Leer es futuro / Vitali, Franco; 37) ISBN 978-987-3772-99-3 1. Cuentos. I. Kreplak, María Inés , coord. II. Perfetto, Nicolás, ilus. III. Título. CDD A863

Fecha de catalogación: 16/11/2015 • Coordinación editorial: Inés Kreplak • Edición literaria: Marcos Almada • Asistencia edición literaria: Juliana Portilla y Sebastián Basualdo • Diseño de tapa e interiores: Pablo Kozodij


colección leer es futuro En el marco de una serie de actividades de promoción y fomento de la lectura, el Ministerio de Cultura presenta la colección de narrativa Leer es Futuro, que llega a tus manos en forma gratuita para que puedas disfrutar del placer de la lectura. En esta oportunidad, convocamos a escritores jóvenes cuya carrera está apenas comenzando, con el objetivo de visibilizar su tarea, contribuir a la difusión de sus obras y democratizar el acceso a la palabra, en continuidad con la ampliación de derechos garantizada por los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. También hay que mencionar la inclusión de


los ilustradores de cada uno de estos libros: todos j贸venes y talentosos dibujantes con ganas de mostrar su trabajo masivamente. Y en un formato de bolsillo para que la literatura te acompa帽e a donde vayas, porque leer es sembrar futuro. Ministerio de Cultura Teresa Parodi | Ministra de Cultura


julián stoppello paraná, entre ríos, 1977. Fue periodista en la revista Análisis y redactor de El Diario de Paraná. Actualmente dirige el sitio periodístico entreriosahora.com y trabaja en radio y televisión. Publicó Perro preso y otros cuentos de fútbol (Tráfico de Arte), Aníbal Sánchez, el diez entrerriano (Tráfico de arte), Mala letra (Fundación Editorial La Hendija) y Perro Preso (La Hendija).


niko zárate, buenos aires, 1986. Es dibujante e historietista. Estudió dibujo de historieta con Pier Brito y guión de historieta con Diego Agrimbau. A lo largo de los años participó en concursos de cómics y ganado algunos. Sus obras fueron expuestas en varias oportunidades en festivales y convenciones, la más reciente fue en el Festival Internacional “Salon Stripa” en Belgrado, Serbia (septiembre, 2015). Desde 2007 se desarrolla como profesional freelance dedicándose a la ilustración, storyboards y dibujo de historietas publicitarias. Vive en la Ciudad de Buenos Aires, donde se encuentra trabajando en su primer libro de historietas.


entre ella y el mundo


La cancha era semi cubierta, helada en invierno, con un tinglado de chapa que se defendía a mitad de camino. Un proyecto interrumpido había dejado grandes flancos a la intemperie, por los que se colaba el viento. El piso era de una baldosa rústica y los aros, unas circunferencias aboyadas y levemente inclinadas hacía arriba. Se necesitaba más que buena puntería para sacudir las penosas redes

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de hilo gastado, hacía falta un toque de magia. En esa cancha, los partidos resultaban de bajo score y por mística del local, de mucho roce. Dario Rubén Pozzoli había sufrido experiencias inolvidables en ese estadio inconcluso, más aún, diría que vivió algunos episodios de riesgo para su estampa de recia autoridad y su carrera arbitral. Uno de ellos sucedió en una noche fría de mucha crispación en el campo de juego y en la única tribuna de cemento que se apretaba contra el fleje pintado de amarillo. El partido había terminado con la derrota del local por margen ajustado. Y si el local perdía resultaba difícil salir, sin consecuencias, por la menguada escalerita que daba a un

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patio encerrado entre la cancha y la cantina, con un paredón al norte elevado por más de quince metros. Aquella vez, Dario Rubén Pozzoli bajó con su compañero arbitral, siempre con la mirada oblicua, el gesto grave, los anteojos de vidrios verdosos colgados al cuello, imperturbable frente a los insultos y escuchó sobre el final de su trayecto, ya casi por alcanzar la cantina, que la esposa del vicepresidente del club lo llamaba desde la puerta del quincho a un lado del patio: “Vení Pozzoli, vení que tenés que cobrar”. Pozzoli no leyó en la mirada ni en el gesto, ni mucho menos en las palabras de la mujer, indicio alguno de amenaza. Y allá fue. Ni bien entró al quincho, entonces sí, claro,

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vio cómo venía la mano. “¿Vos querías cobrar, gordo?”, dijo la mujer, acompañada por dos dirigentes y tres tipos más que Pozzoli no conocía. El árbitro no respondió. “Muchachos, el gordo quiere cobrar”, insistió la mujer con una media sonrisa burlona en la boca y Pozzoli, claro, por más que intentó volver sobre sus pasos, cobró, él y su compañero. Podría haber sido peor, lo salvó de la masacre la sensibilidad de su nariz. De chiquito, a veces sin motivo y a veces nada más que al roce, la nariz le sangraba como si súbitamente se rajaran dos mangueras incontrolables donde parecía fugarse todo lo que Pozzoli podía guardar en sus venas: se iba en sangre. Tantas veces lo había avergonzado esa sensibilidad:

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en la fila de la escuela, en alguna clase, jugando con amigos en la cuadra de su casa. Tantas veces se había ido corriendo para evitar que los demás vieran el espectáculo de su nariz chorreando sangre que aquella vez, por lo menos, se reconcilió un poco con su antigua debilidad. Le pegaron sí, pero apenas le dieron en la nariz empezó a sangrar de tal modo que los agresores salieron disparando del susto y Pozzoli logró zafar más o menos indemne de la emboscada. Su compañero tuvo menos suerte: le astillaron la mandíbula a trompadas. Darío Rubén Pozzoli no era, de ningún modo, fácil de amedrentar. Seco y distante, hablaba con un tono grave pero en voz baja, como tramando un complot o formulando una

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amenaza, aunque en verdad en la cancha nunca llegaba a un nivel de cercanía con nadie como para hacer una u otra cosa. Lo máximo que podía decir eran cosas como “no fue falta”, “siga, no sea llorón”, “déjese de mariconear”. Eso sí, Pozzoli jamás admitía un error. Hay árbitros que entienden que genera confianza o empatía decirle al jugador cosas al estilo de “esa no la vi” o “la próxima te la cobro”. Él, en cambio, mantenía un gesto que podía confundirse con cierto desagrado por lo que estaba observando. Pozzoli parecía haber chupado limones durante todo el período en que su madre tendría que haberlo amamantado. En síntesis y digámoslo de una vez, por más de que no había sospecha alguna sobre su

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honestidad, siempre fue un permanente sospechoso de cagar los partidos de puro gusto. Era uno de los árbitros más odiados de la ciudad y por consiguiente, cuando Pozzoli dirigía, lo puteaban antes de que arrojara la pelota al salto. “¿Qué cagada nos va a hacer hoy este gordo forro?”, podía escuchar cuando se acercaba a la mitad de cancha para iniciar el juego. Pozzoli lució siempre inconmovible a las críticas, es más, parecían de algún modo reforzar su autoridad en la cancha. Mientras transcurría el partido adoptaba una posición más erguida, sacando pecho y panza. Y en la tribuna “Pozzoli y la recontra puta madre que te parió”. Así todo el partido.

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Uno de los episodios que narro, sin embargo, desmiente alguna presunción acerca de que Pozzoli hacía oídos sordos a los insultos o que nada más los recibía como una música inspiradora que aumentaba su sensación de poder en el campo de juego. No habían pasado más de cinco minutos de partido, cuando el juez caminaba por el lateral izquierdo de aquella cancha siempre helada y una mujer le gritó muy cerca del oído: “¡Narcisista!”. Eso le dijo: “Narcisista”, enfatizando especialmente la ce y la primera ese, aunque lo que había retumbado en sus oídos era la te. Por primera vez en su carrera, Pozzoli se dio vuelta frente a una expresión de la tribuna,

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confundido, más aún, alarmado. La mujer insistió con más precisiones: “Gordo narcisista”. Pozzoli se recompuso y recuperó el silbato que se le había caído de los labios. Al ver la reacción del juez frente a semejante acusación, los vecinos de la señora creyeron vislumbrar un talón de Aquiles en el carácter impenetrable del juez. La lectura, a primera mano, fue más o menos esta: “hay que probar con insultos raros. Eso le duele al gordo”. Se escucharon, a lo largo de ese partido, una serie de epítetos de lo más rebuscados: “juez impiadoso”, “gordo botarate”, “árbitro necio”, “Pozzoli hijo de una grandísima madama degustadora de cachiporras”, “pedazo de engreído”, “cleptómano de la justicia”, “vizcacha sin

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agujero”, “Pozzoli nazi fascista”, “adulador del pito” y una docena más que ya no me acuerdo. Nada de eso, sin embargo, volvió a resentir la actitud de rígida autoridad que emanaba de Dario Rubén Pozzoli y su permanente gesto de desprecio con el que se manejaba en la cancha. Interiormente, el árbitro había sentido el insulto de la mujer como una explosión: “narcisista”. Eso le había dicho y había sonado tan femeninamente cruel que por primera vez en su vida sintió que su cuerpo se desinflaba irremediablemente ante unas cincuenta personas que iban a destruirlo, aunque alcanzara solo con esa mujer. Cuando regresó a casa, Pozzoli buscó el

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término en una de las enciclopedias que su madre todavía conservaba en el estudio que había sido de su padre. “Narcisismo: es una alusión al mito de Narciso, amor a la imagen de sí mismo. Si bien se puede aludir a una serie de rasgos propios de la personalidad normal, sin embargo el narcisismo puede también manifestarse como una forma patológica extrema en algunos desórdenes de la personalidad, como el trastorno narcisista de la personalidad, en que el paciente sobreestima sus habilidades y tiene una necesidad excesiva de admiración y afirmación”. No encontró en el detalle de la acusación de la que había sido víctima el motivo de su repentino sufrimiento. De todos modos, por

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primera vez, con un interés reconcentrado y profundo, se miró al espejo como a las aguas quietas de un lago cristalino: ¿estaba Pozzolli enamorado de su figura? Ensayó algunos gestos, no tenía mayor ductilidad expresiva, así que probó especialmente con los que utilizaba en la cancha y revestían dos variantes: la cara de siempre y la cara de “te expulsé y a llorar al muro” que incluía una porción de placentera saña. La segunda, concluyó, sentaba mejor. Por lo demás, no había enamoramiento alguno: su panza protuberante, los lentes colgados al cuello, los ojos chicos y de color corriente que podía ser cualquiera sin gracia en la gama del marrón. La boca recta, un poco inclinada hacia abajo, el cuello breve, los hombros ni

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tan tan, ni muy muy, la cintura vencida por la flacidez abdominal. No, definitivamente no estaba enamorado de su figura. Entonces, ¿por qué?, se preguntaba Pozzoli, ¿por qué le habían gritado narcisista y por qué lo había desinflado el insulto que hasta ese momento desconocía? Pensó en la voz: una voz femenina, remarcada en la ce y la ese, aunque la te final le seguía retumbando en los oídos. Recién entonces pensó en Claudia y se le vino a la memoria. Los dos afuera, esperando, en la misma tribuna apretada contra el fleje amarillo, esperando que los dejaran jugar: Pozzoli excluido por gordo antiojudo y Claudia, por muy chica. Los dos ensayando solos en el patio de las revanchas, sobre un

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tablero de madera en ruinas y un aro deformado sin red. Uno contra uno con Claudia. Competencia de tiros con Claudia, una Coca Cola en el quiosco de enfrente, sentados en la vereda. Con ella, Pozzoli se olvidaba de que casi nunca tenía lugar en los picados con los demás gurises, a no ser que faltara alguno para llegar a los diez. Prefería jugar con ella, rozarla en el juego, sentir su cuerpo en la fricción de la competencia. Podía pasar la tarde entera en esa insistencia de toques y dobles. Pero a veces faltaba uno y lo llamaban y Pozzoli no podía decir que no aunque los hubiera mandado a la mismísima mierda con total de seguir jugando con Claudia, pero no lo podía hacer y

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la dejaba sola, en la tribuna apretada contra la raya amarilla. Claudia un día dejó de ir a esa cancha que estaba a la vuelta de su casa, adonde se escapaba sin permiso para jugar al básquet con los varones. Terminó por lograr que sus padres la inscribieran en un club con equipo femenino. Pozzoli no la volvió a ver y tampoco se animó a buscarla después del último abandono. La invitación había sido rara, ambigua, distinta a la que solía acontecer: la invitación no era para Pozzoli específicamente, sino para cualquiera de los dos, para uno de los dos. Por primera vez, los jugadores de allá contaban a Claudia como una posible contendiente, Pozzoli leyó la esperanza en los ojos de ella y se

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desanimó hasta el infinito. Se iría con ellos sin más, estaba perdido. Entonces subió los escalones corriendo y la dejó en el patio, sin volver la vista hacia atrás. Claudia no volvió al club desde aquella vez. Se encontraron en la misma cancha, cinco años después, cuando ella ya era una joven promesa y él, un árbitro que hacía sus primeras experiencias dirigiendo femenino. Ella estaba preciosa con el pelo recogido en una cola y la camiseta con un número 11 ondulante por la presión de los pechos apretados. Apenas si se saludaron, Pozzoli tiró el salto y se movió en la cancha sin perderla de vista, siguiendo sus acciones con anhelo. Anhelo de entrometerse entre ella y el mundo. De robar

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su atención, de quedar otra vez a solas, frente a frente. Se concentraba, inevitablemente, en los detalles inspirados: las piernas de Claudia, sus hombros, el calce de su remera tensa sobre los pechos, la forma de sus caderas al inclinarse para defender. Pozzoli no podía evitar encadenar las imágenes y olvidarse de todo lo demás, con una excitación creciente y vigorosa que le dio miedo hasta paralizarlo. En ese preciso momento se dio el primero de una serie de fallos espasmódicos: frente al justificado reclamo de una de las basquetbolistas ante una falta flagrante ignorada por él, resolvió la expulsión sin advertencia alguna. Afuera.

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El partido se enrareció tanto como el andar de Pozzoli en la cancha: cobraba, literalmente, cualquier cosa y su acción era tan deliberada y ecuánime en el sin sentido que el resto de los protagonistas, incluso su colega, más que alterados por el fastidio se veían desconcertados. Antes del desenlace lo más raro aconteció cuando el DT local intentó hacer un cambio y reemplazar a Claudia por otra jugadora. Pozzoli se acercó a la mesa de control y con total autoridad, casi a los gritos, expresó: “Ese cambio no va, la once no sale”. Tres o cuatro minutos después, se precipitó el final: sucedió en el momento que su antigua compañera de juego robó una pelota en mitad de cancha y se fue sola para sumar dos puntos

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sencillos a favor de su equipo. Pozzoli, que durante todo el partido había hecho caso omiso a las reglas de tránsito arbitral en la cancha e intentaba por todos los medios permanecer cerca de Claudia, vio entonces su oportunidad y no la desaprovechó: al observar que ella encaraba el aro, se remontó al tiempo del encanto y corrió hasta alcanzarla y saltar en dulce rivalidad para interponerse entre ella y el aro. Entre ella y el mundo. Cayeron juntos al piso, casi lentamente, envueltos en el delirio del juez. Claudia salió como pudo del abrazo de Pozzoli, mientras las diez personas que observaban desde la tribuna apretada contra el fleje amarillo no podían hacer otra cosa que

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hundirse en el silencio. Fue la primera vez en la historia que un árbitro echó a otro. Pozzoli se fue incorporando, como recién amanecido después de un sueño placentero, entonces miró a Claudia sonriente y en la cúspide del amor escuchó de su boca el peor de los insultos: “gordo falluto”, dijo ella y le dio la espalda. Tal vez había sido eso: nada más que eso. La voz de una mujer retumbando en su cabeza y la te más fuerte que nada. Igual, pensó Pozzoli mirándose al espejo, ahora ya no tenía sentido y, finalmente, se sacó el silbato como si fuera una cadenita con una imagen sagrada en la que ya no creía.

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la melancolĂ­a del albaĂąil


Hoy vino a casa Vizcacha para traer una lista de materiales. Había quedado en pasar el sábado, pero suele llegar puntualmente un día o una semana después de sus anuncios. Es ordenado en eso. De edad indefinida, miopía severa y piel gastada por el trabajo a la intemperie, además de ser un buen albañil, padre de varios hijos y especialista en manejar los tiempos de una

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obra según ojo de buen cubero, Vizcacha es un narrador notable. Tiene eso que se nombraría como pregnancia en una obra de arte o tal vez sea sencillamente carisma. “Vizcacha, carisma, dejate de joder”, diría mi vecino. En fin, lo que digo es que Vizcacha es un juglar o un contador de historias de suspenso, cuando uno le deja tiempo para contar, claro. Hoy yo estaba por arrancar el fuego, Lorena ordenaba el comedor para recibir visitas y Vizcacha demoraba su despedida, creo yo, porque andaba con ganas de conversar. Lorena le preguntó entonces por algunos de sus colegas, los otros albañiles que levantaron a su mando esta casa. Así surgió el recuerdo de Casimiro.

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“Andaba deprimido —empezó Vizcacha—, muy mal desde que se separó de la mujer propia y el Casi le daba mucho. Vivía en una pensión tipo conventillo, por allá y se empezó a drogar también. Bueno él antes se drogaba y tenía una trencita, se creía un gurí, pero después se juntó con la mujer, tuvo las nenas y se sosegó. Separado se empezó a juntar con los mismos malandras, a drogarse, con mugre nomás, porque eso no es cocaína, es mugre. Y aparte le daba mucho”. Cuando Vizcacha dice le daba mucho, lo hace siempre empinando el pulgar de la mano derecha a la altura de su boca y cuando dice por allá, revolea el mismo brazo hacia el sur. La cosa es que nos fue enredando en la

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historia del Casi. Ya casi que lo podíamos ver volviendo solo, después de terminar el trabajo en la obra, entrando a una casa antigua y derruida, donde ropero de por medio compartía habitación con un hombre que trabajaba de sereno. “Era imposible darse cuenta —siguió el narrador—, el Casi vivía haciendo bromas, te engrasaba el manubrio de la bicicleta o las herramientas, te jodía todo el tiempo. No decía nada que andaba tan mal”. Un viernes, de regreso a casa, el Casi se cruzó con su compañero el sereno, que lo invitó con un pollo. Comieron en silencio, pero el Casi esta vez, extrañamente, no se quedó a tomar vino, dijo que no tenía ganas y se fue

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a su pieza. A su lado de la pieza dividida por el ropero. Solo, sentado en un cajón de manzanas que tenía por silla, tomó en soledad y también ató una soga en la parte superior de la puerta, anudada a la falleba. El vecino lo descubrió al día siguiente cuando volvió de la obra. “No escuchaba nada y como la pieza estaba dividida por el ropero, se subió a un tacho de veinte litros para ver qué pasaba. Ahí lo vio”. Después de Casimiro, Vizcacha se acordó de Tito. “Pobre —evocó el albañil afectado— tenía problemas respiratorios el Tito. Una noche de helada salió en cuero a sacar la basura, ¿se

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puede creer?, en cuero salió el inconsciente y cuando volvió, fumando, se atacó”, resumió Vizcacha. Parece que Tito dejó el cigarrillo sobre la mesada, se sentó a reponerse de la tos y se quedó sin aire. Lo encontraron sentado, con el cigarrillo consumido sobre la mesada y la ceniza desarmada en suelo. Al final, nos contó que con su amigo hablan de los muertos. Parece que los dos, Tito y Casimiro, eran socios en las bromas, cargosos hasta el hartazgo. “Todos los días estamos con Diego y decimos en qué andarán el Casi y el Tito. Los saludamos. Si me tropiezo o algo de eso, enseguida me dice mi compañero, ahí está, el Casimiro, que tipo rompe pelotas. Los

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otros días, sin ir más lejos, sentimos un ruido cerca de mi auto y Diego me dijo sonaste, ahí anda el Casimiro, cuando fui al auto, estaba descargada la batería. Y sí, este seguro me había dejado las luces prendidas”. Vizcacha soltó una risa lánguida tras su ocurrencia y se fue, con la melancolía del domingo encima, mientras el cielo resplandeciente se empezaba a volver gris de nubes.

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el cantante


Fue una de mis primeras salidas nocturnas. Yo tenía catorce años, él era mayor. Subimos a un colectivo en la plaza y recién bajamos en una de las últimas paradas. Mi sensación fue rara, o mejor dicho ambigua, cuando la oscuridad se fue devorando las luces del coche y el rugido grave del motor y sus latas sueltas comenzaron a chapalear en el silencio hasta convertirse, primero en recuerdo y después

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en ausencia. Yo miré a mi alrededor, desorientado. Mi amigo se apuró a prender un cigarrillo y el ruido del fósforo raspando contra la cajita fue un disparo de largada y, al mismo tiempo, un aviso de soledad. Me sentí solo y por lo bajo, o para adentro, protesté contra quien le había dado de baja a mi infancia: mi padre y su muerte. Pedro, así se llamaba mi amigo, sacó una petaca de un bolsillo interno de la campera estilo militar que le había regalado el payaso para su cumpleaños número 17 y luego de abrir la tapa, le dio un buen trago. A la vera de la ruta, bajo la helada nocturna, sentí los mordiscos del miedo sin entender su origen, también sentí hambre de algo con la

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misma consistencia que el futuro. Tal vez eso me ayudó a no dudar ni un instante y darle un trago a la petaca. El líquido pasó con dificultad por mi paladar dulce y me provocó algunas arcadas que pude controlar de milagro. Otro se hubiera reído, Pedro no, por eso era mi amigo. Cruzamos la ruta y nos internamos en una callecita angosta, flanqueada por unos sauces de extensos mechones amarillentos que barrían la tierra emitiendo un seseo que azuzaba el miedo. Pedro se detuvo en la mitad de la calle, con la mano que sostenía la petaca señaló al frente, donde parpadeaba una luz roja y me dijo algo que no recuerdo con precisión pero que significaba que estábamos cerca.

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Después se aproximó a una lomada y se sentó, como siempre, adoptando una posición semejante a la de un buda en ejercicio de meditación. Tomamos lo que quedaba en la petaca en silencio. Pedro no desperdiciaba aliento en palabras y no era, creo yo, porque algo en su cabeza funcionara mal, tal como sospechaban en el barrio. Deduzco que tenía que ver con su historia y con una decisión propia. Él llegó a la ciudad de la mano de su madre a los siete u ocho años. Atrás había dejado un pueblo de calles sin asfalto, una casa de lata donde convivía con varios hermanos y un hombre de pocas pulgas, que tenía por costumbre tomar y golpear, o viceversa. Sé que

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la madre entró a trabajar en la casa del payaso como empleada doméstica, lo que ignoré hasta la noche que relató es por qué eligió a Pedro y no a otro de sus tantos hijos para la huida. El payaso vivía con su esposa en una casona antigua. Era un jubilado de buen pasar, que entre otras cosas había sido representante de una firma de seguros. Y payaso, claro. Se encariño rápido con Pedro, lo cual no resultó del todo beneficioso para mi amigo. Es que el tipo, resignado a no encontrar descendencia en el vientre de su mujer, tomó a Pedro por hijo y heredero de un oficio que desplegaba con una alegría repugnante. Justamente me hice amigo de Pedro luego de una de sus últimas experiencias como Yayi, el infortunado

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amigo de Pochola, el payaso. El número lo contrató mi madre para mi cumpleaños. En el barrio todos lo contrataban, creo que por costumbre y porque lo hacía por monedas, o peor, por placer. No recuerdo con exactitud los chistes de Pochola, sí que Pedro estaba estático en un rincón del patio de casa, pintado de forma ridícula, con una sonrisa roja y una luna azul en la mejilla. En un momento del show, Pedro caminó unos pasos hacia el frente, se colocó detrás de Pochola y le dio una patada en el culo. Entonces todos rieron. Pochola siguió hablando como si nada y Pedro repitió el gesto cuatro veces, hasta que el payaso viejo se dio vuelta y preguntó: “Y vos, ¿qué querés, Yayi? Si no

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sabés hacer nada”. “Cantar”, gritó Yayi. “Chicos, ¿quieren que Yayi cante?”, preguntó Pochola agitando la mano en signo de negación, con una mueca de terror en la boca. Los chicos dijimos sí. “Bueno Yayi, cantá”, ordenó Pochola y se tapó los oídos. “Primero tengo que afinar”, explicó Yayi tocándose la garganta y luego empezó a emitir unos ruidos rasposos, más un par de eructos y la imitación de un breve pedorreo, mientras Pochola repartía tomates y huevos de plástico. Yayi comenzó a cantar Manuelita desafinando forzadamente y todos le tiramos lo que teníamos en la mano, riéndonos.

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Yo sabía lo que seguía, ya había visto el show en otros cumpleaños del barrio. Pochola entraría a escena otra vez, sacando a Yayi a las patadas y todos aplaudirían el cierre de la escena. Sin embargo esa tarde, cuando Pochola entró a patear a Yayi, este se corrió esquivando el golpe y el viejo terminó de espaldas en el piso. Todos reímos y Yayi empezó a cantar otra vez, pero en este caso una canción que yo no conocía, con los ojos cerrados, haciendo el gesto de rasgar una guitarra invisible y con un esfuerzo desmesurado por respetar el ritmo y la melodía de su canción. Duró un instante el cuadro, hasta que Pochola se incorporó y sacó a Yayi a los empujones del patio ante el aplauso general.

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Después escuchamos los gritos y corrimos a la cocina pensando que el número tenía su continuidad en otro lugar de la casa. En la cocina, Yayi estaba inmóvil en un rincón, con los ojos muy abiertos y los puños crispados al costado del cuerpo. Pochola solo interrumpía los gritos para darle cachetadas. Entonces, todos reímos y el payaso se dio vuelta, ensayó una sonrisa exagerada y arrastró a Yayi hasta la puerta. Mamá, que nunca tuvo demasiado tino, me mandó unas horas después a la casa del payaso para devolver las cosas que habían quedado desparramadas en el patio. En la puerta me recibió Pedro, todavía tenía los cachetes colorados por los golpes y evidentemente se había

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arrancado, o le habían arrancado, el traje de payaso, porque la tela brillosa estaba cortada en distintas partes y de la rodilla izquierda para abajo, asomaba un pantalón camuflado, estilo militar. “¿Te gustó la canción?”, me preguntó después de recibirme la bolsa. Yo entendí lo que me decía, pero igual me salió preguntar cuál. “La segunda”, dijo. Respondí que sí. Pedro me invitó a pasar, el payaso no estaba. En la pieza tenía un poster de Bruce Lee y otro de Chuck Norris. A partir de esa tarde nos frecuentamos a pesar de que en mi casa no estaban muy conformes con mi amigo. Ya por entonces Pedro se interesaba por las artes marciales y su

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obsesión eran las películas sobre ninjas y la serie de Kung Fu. Yo, en cambio, prefería jugar a la pelota con otros amigos del barrio, pero de vez en cuando iba a su casa para ver cómo avanzaba su arsenal. En principio las armas las fabricaba él con bastante ingenio y, aunque precarias, las estrellitas y los puñales se parecían a las que se utilizaban en las películas. Con el tiempo y la plata de sus trabajos de auxiliar de payaso, el que recaudaba vendiendo diarios viejos que juntaba casa por casa, más otra plata que ganaba ayudando en el vivero de calle Urquiza, se fue comprando las versiones originales. No recuerdo con precisión nuestros diálogos, pero sí la velocidad con la que transcurrían

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las horas mientras planeábamos colarnos por los techos a una casa abandonada de calle Palma donde se emplazaría nuestra base secreta. Mientras tanto, Pedro me entrenaba en sus artes marciales un poco aparatosas y, aunque yo insistía, no me dejaba manipular sus armas, argumentando que era muy chico y podía hacer alguna cagada. Creo que tuvimos una sola pelea y fue cuando le dije que todas sus porquerías no le iban a servir de nada si venía un tipo con un revólver. Más precisamente, le solté que un ninja se mete las estrellitas en el culo si viene un fulano y le pega un tiro. La discusión se hizo ríspida y, con la misma línea de razonamiento, terminé por agregar que él no sabía nada de nada

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y que mano a mano, a pesar de sus patadas voladoras, si le embocaban una buena piña se terminaba todo el circo. Fue una provocación de mi parte y sé que tuvo ganas de probar sobre mi pequeña humanidad toda su sabiduría marcial, sin embargo se fue y simplemente nos dejamos de ver, salvo por una tarde en que yo estaba jugando a la pelota en el baldío de 25 de Mayo y Cura Álvarez, y luego de una discusión por un penal mal sancionado, me agarré a las trompadas con Enrique Pereira. Nadie se metía y el tipo me estaba matando a pesar de que yo le jugaba sucio, de tal forma que me prendí de su brazo como un perro asustado que utiliza el último recurso y el único que tiene. No sé de dónde salió Pedro, pero me lo sacó

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de encima a Pereira con una patada. El alivio, de todos modos, fue efímero: como mis compañeros estaban más próximos a los rivales que a Pedro, permitieron que el equipo contrario, en pleno, tomara venganza de su intervención y se precipitara sobre mi amigo con una seguidilla de golpes que no le permitieron reacción alguna. Yo estaba demasiado atontado por los golpes o demasiado atemorizado para intentar nada, mucho menos, una defensa. Tenía 12 años cuando ocurrió aquello de la pelea y juro que pocas veces me sentí tan cretino como entonces. Al dorso de los párpados me quedó impresa por mucho tiempo la imagen de Pedro recibiendo la paliza y yo alejándome por 25 de Mayo sordo por el miedo.

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Pasaron dos años hasta que volví a hablar con él, fue en julio, unos días después de mi cumpleaños, en el velorio de mi padre. Pedro me acompañó hasta casa en silencio, con la cabeza gacha, manipulando un cigarrillo que no se decidía a prender, creo que porque yo nunca lo había visto fumar y le parecía inapropiado mostrarme la novedad en ese contexto. Tenías unas ojeras breves abultando el camino a los ojos escondidos y una barba rala asomando en el mentón. Todavía vestía pantalones estilo militar y seguía sin darle mucha importancia al peine, a pesar de su melena larga. Cuando llegamos a la esquina, donde cada cual tomaría su camino, me habló sobre la casa

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de calle Palma y me dijo que sabía cómo entrar, lo cual a mí no me provocó nada entre medio del ruido residual de los pésames y los llantos. Insistió con el tema, y mientras yo sentía verdaderas ganas de gritar y sacudir la cabeza para sacarme de encima el murmullo que me atormentaba, me mostró una llave, sonriendo. No sé por qué acepté, supongo que en mi vida hay una larga lista de decisiones que asocio con un cuerpo fláccido que se deja arrastrar sin resistencia por olas de distintas características. Sucede que en mi caso la orilla no se ve o suele ser un problema. Entramos a la casa con la llave que Pedro había conseguido de la propia inmobiliaria a cambio de cortar el césped del fondo de vez

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en cuando para que llegado el caso se pudiera exhibir en condiciones. Nada me pareció interesante, ni siquiera había luz artificial, así que fuimos al patio y nos sentamos en el césped. Años atrás habíamos gastado horas, semanas, planeando la toma de esa casa e imaginando los peligros que deberíamos sortear para tener nuestra guarida. Ahora estábamos en el centro del misterio, un patio rectangular, abandonado, ordinario, observando la llama del encendedor que rascaba Pedro indeciso, alumbrados por la llamita sonsa y la claridad menuda de la luna, abordados por un silencio tosco y llorón que consumía el aire. No sabía qué hacía ahí, por qué no estaba soltando la

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angustia en mi pieza, por qué no estaba en brazos de mi madre, por qué me dejaban solo. No sé qué hizo primero: si hablar o tomar, supongo que sacó la petaca que tenía escondida en la campera y comenzó a tomar con demasiada velocidad, finalmente prendió el cigarrillo. Lo que sí recuerdo es que estaba exultante y hablaba con una fluidez desconocida para mí, nombraba mujeres, las describía con gestos y las tocaba en el aire. Yo lo miraba perplejo mientras me relataba noche por noche sus expediciones a ese lugar alejado, donde gastaba la plata que le robaba al payaso. Cuando intenté incorporarme, no sin un poco de brusquedad, me obligó a sentarme otra vez haciendo presión en mis hombros.

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—Me tengo que ir, están todos en casa y mamá se va a preocupar —dije aún sin definirme entre la excusa y la queja. Me miró desilusionado, luego inclinó la cabeza y comenzó golpear el cigarrillo contra el piso delicadamente, provocando una fuga de chispas que rápidamente fueron consumidas por el viento y la oscuridad. —Se te va a pasar —me dijo, lacónico como antes, aún sin levantar la vista. —¿Qué se me va a pasar? —Eso que sentís ahora, se te va a pasar. Yo traté de interpretar lo que sentía, pero no podía divisar otra cosa que aturdimiento y miedo. Tuve un acceso de rabia y creo que podría haber golpeado a Pedro porque mi

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temor estaba demasiado ocupado en otras cosas como para alertarme sobre un posible daño físico. —¿Quién te contó esas cosas? ¿Chuck Norris? Pedro pareció no reparar en mi pregunta, pero esta vez sí apagó el pucho y me miró a través de la oscuridad con ojos cansados. —¿Vamos mañana a la noche? —me dijo, mientras me levantaba. —No sé —respondí y cuando di el primer paso en la calle sentí que súbitamente, en ese instante, dejaba mi vida atrás. Al día siguiente todavía me sentía atontado y mi percepción de la ausencia era confusa, momentáneamente; la muerte era una palabra definitiva, pero yo de eso no sabía nada

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y sentía que aún no me correspondía saberlo. Pedro llegó con la oscuridad y no opuse resistencia a su invitación porque sencillamente no tenía ganas de negarme, ni de elegir. Fuimos al centro, subimos al colectivo y nos bajamos en las afueras de la ciudad, donde yo me sentía extranjero. Me emborraché antes de entrar al bar, por eso los hechos posteriores me resultan algo confusos. Sé que no había más de cinco o seis mesas ocupadas alrededor de un rectángulo iluminado con una luz rojiza, donde algunos hombres bailaban con las putas. Recuerdo que nos ubicamos en la mesa más alejada y Pedro pidió una cerveza a una mujer que le frotó la cabeza afectuosamente.

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—¿No es medio chico para traerlo acá? —se quejó ella haciendo un gesto en dirección a mí. —Es mi hermanito, no lo podía dejar solo — dijo Pedro y me pasó el brazo por los hombros. —¿Él también es de Pablo? —No, él no —respondió, lacónico, Pedro y la mujer siguió camino a la barra. Mucho antes de comprender algo acerca de lo que hacíamos ahí, el cantante salió a escena sin que nadie lo presentara. Era una figura algo desgarbada, con bigotes blancos y una melena cana que casi tocaba los hombros pero dejaba completamente despejada la mollera y sus alrededores. Además de eso, era idéntico a Pedro: la misma nariz recta, los ojos intensamente azules, la mandíbula filosa, las piernas chuecas.

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El cantante comenzó su recital, sin que nadie más que Pedro y yo le prestáramos atención, mientras las mujeres intentaban arrastrar a los pocos clientes hacia la barra o las habitaciones antes del final de la noche. El tipo entonaba sin matices un bolero que Pedro evidentemente conocía de memoria y seguía moviendo la boca. Me animé a interrumpirlo. —¿A esto vinimos? —me salió. Pedro manoteó el aire y me callé hasta el final de la primera canción. —Este es mi viejo, el de verdad, no es ni borracho, ni payaso, ¿viste? —¿Y dónde estaba? —se me ocurrió preguntar. —Cantando —me dijo, orgulloso.

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mandale saludos a espinoza


I La primera vez que Montero lo nombró a Espinosa fue en una de aquellas reuniones de los jueves en el bar del Turco. Éramos pocos esa noche: Ferreira, Grimaldi, Montero y yo. En realidad, Montero llegó tarde y se dio el gusto de hacer el chiste de siempre. Pasó por adelante de la mesa y se fue a sentar en uno de

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los taburetes pegados a la barra como si nos desconociera. Después, como nadie reparó en decirle algo, se arrimó solo: —Yo les vengo a traer la solución para sacar a este equipo adelante y ustedes ni me invitan a la mesa —se quejó el gordo mientras arrastraba una silla haciendo demasiado ruido. Nos tenía acostumbrados a ese tipo de escenas, como a sus pésimos chistes y otras bromas desubicadas. —En serio loco, tengo la justa, la posta — dijo apoyando los codos en la mesa y echándose hacia adelante. —Qué te pasa, Montero, a ver querido, qué bichito te picó en ese cerebro diminuto, obviamente limitado por el tamaño del cráneo

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—dijo Ferreira repitiendo una frase que ya era muletilla. —¿Ustedes lo conocen a Espinosa? —dijo el gordo, ahora serio y en voz baja, como contando un secreto. —¿Espinosa?, ¿qué Espinosa? ¿El Juanchi, el que vive acá a la vuelta? —preguntó Grimaldi. —No, no, ese no. —¿Y cual Espinosa?, ¿cómo se llama? —lo apuró Ferreira. —No, no, no sé cómo se llama, Espinosa se llama, qué sé yo. —Y bueno gordo, pero qué hay con ese Espinosa —dije para arrimarlo un poco a quid de la cuestión. —Es un fe-nó-me-no —aseguró Montero

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moviendo exageradamente los músculos de su cara fofa. —¡No saben cómo juega a la pelota! Si lo metemos en el equipo, aunque sea tres o cuatro partidos, porque después se lo llevan a River, ganamos por goleada, por muerte, es Maradona —agregó el gordo y nos empezamos a cagar de risa. Otra característica de su personalidad era la exageración, por no decir la mentira. —En serio loco —insistió Montero— es buenísimo, te pasa como si fueras un muñequito, es una bestia el tipo. —A ver, Monterito, ¿dónde lo viste? ¿Quién es ese Espinosa? —dijo Ferreira. —Viste la casa de mi tío el Remo, bueno,

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viste que yo voy siempre los domingos a comer asados ahí, pero todos los domingos, porque como el Remo no puede venir... —Bueno, gordo, dale, quién es Espinosa — interrumpió Grimaldi. —No me apurés que estoy contando —lo paró en seco Montero—. Bueno, los Espinosa viven en una casa a 200 metros del campo de mi tío. Una casita humilde y son como ocho o nueve hermanos, más no sé cuántos primos que también viven ahí. Todos son Espinosa. El domingo pasado salgo a caminar por la ruta, paso por enfrente de la casa de los Espinosa y los veo que estaban jugando a la pelota. Me quedé mirando, viste que uno ve un picadito y se queda por ahí a ver si lo invitan a jugar.

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Bueno, a mí no me invitaron. —Menos mal, sino quebrabas a uno —se metió Grimaldi y el gordo agradeció la intervención con su risa de chimpancé y siguió el relato: —Estuve un rato largo mirando y este Espinosa que te digo, un flaquito, petiso, que no das dos pesos si lo ves, se mareaba a todos, pero los pasaba como postes, una velocidad, una gambeta, impresionante. —¿Y qué querés qué hagamos nosotros? — preguntó Ferreira. —Y si lo traemos a jugar al torneo libre los pasamos por encima a todos, es Maradona el pibe, en serio te digo. —¡Pero gordo querido!, no te das cuenta de

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que estaba jugando con sus hermanitos, que jugando en serio cambia la cosa. —Ustedes no me den bola si quieren, pero ese Espinosa es un fe-nó-me-no —repitió el gordo. Después la conversación cambió de rumbo y Montero se quedó en silencio, empacado como un gurisito, hasta que Ferreira lo hizo morder el anzuelo pidiéndole que cuente algún chiste. El gordo sacó su repertorio y tuvimos que soportarlo media hora contando cuentos. *

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II Yo siempre dije que Grimaldi era un tipo curioso e ingenuo. En definitiva, era el único que podía creerse, aunque sea la mitad o un cachito, la historia de Montero. El lunes a la noche Grimaldi convocó a una reunión en el bar del Turco con los mismos concurrentes del jueves anterior. “Es top secret”, dijo. Cuando llegamos Ferreira y yo, ya estaban ahí: Grimaldi anotaba no sé qué cosas en una libretita y Montero le dictaba mientras tecleaba una calculadora diminuta. —¿Qué hacen che, se van de viaje a Bariloche con el curso? —dijo Ferreira y enseguida

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agregó—. ¿Gordo, vos sabés sobre estas cosas de la ciencia?, mirá que la matemática y para colmo con tecnología de avanzada, requiere un mínimo indispensable de cerebro... —Callate, Ferreira y sentate de una vez — ordenó Grimaldi. Nos sentamos, Grimaldi y Montero se miraron un instante cómo para decidir cuál de los dos empezaba a contar. —Me pueden explicar cómo viene la mano, ah ya sé..., están por comprar un árbitro y les pasó tarifa con rebaja —se burló Ferreira. —¡Qué árbitro, qué tarifa con rebaja! Espinosa papá, lo tenemos a Espinosa —dijo el gordo y Grimaldi le pegó en la nuca con la mano abierta para que se callara.

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—Ah... Espinosa —dije—, ¿y las cuentas esas para qué son? Grimaldi dejó todas sus anotaciones, nos pidió discreción con un manotazo al aire y después confesó: —El gordo tenía razón, Espinosa es un fenómeno, es Maradona, yo mismo lo fui a ver, el pibe la rompe, vos lo ves y no das dos pesos, pero tiene una habilidad de la puta madre. —Y lo podés traer un día para probarlo —se entusiasmó Ferreira. —Qué prueba Paco, de qué prueba me hablás —Grimaldi parecía enojado—, te estoy diciendo que es Maradona y vos lo querés probar. Estuve dos horas negociando con los primos para traerlo el sábado a jugar y vos

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querés probarlo. Te digo que es un fenómeno. Acá no es cuestión de probar, es cuestión de juntar ochocientos mangos de acá al sábado. —¡Ochocientos mangos! Vos estás enfermo, querés pagarle ochocientos mangos para que juegue a un tipo que ni conocemos. ¿A vos la boludez te la contagió el gordo? Grimaldi juntó los papeles apurado y amenazó con levantarse. —Pará Santiago, en serio te digo, cómo le vamos a pagar a un tipo para que juegue, es un bolazo lo que decís. —Es un bolazo que por no poner sesenta mangos cada uno no lo traigamos a Espinosa. Después el tipo va a jugar en la selección y nosotros vamos a decir “mirá Espinosa, pensar

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que lo pudimos tener 90 minutos con nosotros”. —¿Para tanto es? Si fuera así ya estaría en algún equipo. —No le calienta al tipo, juega con los hermanos y los primos nomás, nunca fue a un club, ¡si juega en patas! No quería saber nada cuando le dije de venir con nosotros, después me corrió uno de los primos y me dijo que por 800 mangos jugaba un partido. Se ve que los primos saben lo que el pibe vale, pero él no caza una, de pedo me dijo “yo juego acá nomás”. Parece medio cortina, pero jugando es..., qué sé yo, muy parecido al Diego. A Ferreira lo mató la curiosidad, y a mí, por qué negarlo, también. El jueves hicimos la reunión “Top Secret” con todos los integrantes

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del equipo y planteamos el tema. Hubo resistencia, discusiones, pero no por nada Ferreira era el capitán, el tipo los convenció a todos de que pongan los sesenta mangos. Por primera vez habíamos contratado un jugador, un tal Espinosa. * III Hicimos lo posible para que no se divulgara la noticia, pero se ve que no fueron discretos, porque el sábado todo el mundo sabía de nuestra adquisición con cifras y datos. Incluso en Región salió publicado: “El debut de un

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tal Espinosa despierta expectativa en el torneo libre”. Teníamos al nuevo Maradona, ese era el rumor. Grimaldi y Montero fueron los encargados de ir a buscar al campo a nuestra estrella, con los ochocientos pesos que habíamos juntado. Nunca habíamos visto tanto público alrededor de la cancha. Estaban los entrenadores de Huracán y de Atlético, y días después comentaron que Central había mandado un tipo para observar a Espinosa. Faltaban cinco minutos para que arranque el partido cuando vimos estacionar el Falcon de Montero. Entonces se escuchó un grito potente: “¡Ahí viene Espinosa!”. Todo el mundo se dio vuelta para ver a nuestro jugador. La puerta

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trasera del Falcon se abrió y el próximo sonido lo provocó la palma de Montero golpeando en la espalda de Espinosa y su voz intentando un susurro que en realidad se escuchó claramente en el silencio: “Tranquilo pibe, de acá vamos a River, esto me lo vas a agradecer toda la vida”. Espinosa caminó hasta la cancha con la cabeza gacha. De su figura delgada y diminuta solo llamaba la atención lo extenso de su torso con relación a lo breve de sus piernas. Avanzaba custodiado por Montero y Grimaldi, que parecían disfrutar el momento de forma especial. “Me sentía Cóppola”, llegó a confesar el gordo unos días después. *

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IV El partido arrancó y Espinosa parecía inmovilizado. El tipo se miraba los botines que le había prestado Grimaldi y no atinaba siquiera a seguir el rumbo de la pelota. Ferreira le gritaba desesperado y Montero le hacía gestos obscenos a la tribuna que se empezaba a tomar para la joda a nuestro refuerzo y también al gordo que solito se había puesto la chapa de “descubridor”. Fueron minutos de hondo dramatismo para nuestro equipo que había comprado un talento por ochocientos mangos y parecía haber recibido una momia. Indignado por la situación y las risas que surgían alrededor del campo,

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después de un recupero en nuestra área, Ferreira le apuntó a la cabeza de Espinosa. Tremendo zapatazo pegó el capitán. Entonces, el silencio cayó brusco sobre ese rincón de la ciudad, como un telón gigante que da por terminada la función, o mejor al revés, el ruido se acabó porque la función había empezado. La momia Espinosa recibió el violento disparo como una caricia al pecho, la pelota se desinfló entre las rayas de la camiseta y resbaló dócil hasta su pie izquierdo como un animal que se entrega manso a su auténtico dueño. El tipo levantó la cabeza en mitad de cancha, amagó a salir por derecha y enganchó para la izquierda. Justo cuando se le arrimaba el cinco rival se detuvo, volvió a mirar hacia adelante

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e inesperadamente sacó el disparo... La pelota viajó por el cielo como un globo brillante y cayó pesada, inevitable, directo a la red. Ese gol se tragó las voces, salvo la del gordo Montero, que se fue corriendo y con un salto criminal derribó al artista zurdo que la gente miraba con la mandíbula colgando a la altura del pecho. Espinosa cayó al césped dando un alarido terrible y quedó gritando debajo de Montero, que lloraba emocionado. Ahí estaba el gordo y su gloria, el descubridor del otro Diego, abrazando su tierra prometida, las Indias de Colón, el Espinosa de Montero. Lo tuvieron que sacar entre dos, abajo Espinosa aullaba de dolor y su pie izquierdo parecía vencido hacia

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afuera, quebrado, flojo como un botín relleno de trapo. Montero no tuvo tiempo, ni tampoco la lucidez para entender que había aplastado su futuro en un instante. Seguía celebrando, insultando al público que se había desarmado en burlas minutos antes. Intentamos llevar a Espinoza al hospital, pero enseguida aparecieron, quién sabe de dónde, sus ocho hermanos y no sé cuántos primos más, y se lo llevaron. No lo volvimos a ver y tampoco tuvieron suerte los entrenadores que desfilaron por su antigua casa. Dicen que los Espinosa se mudaron. Pobre gordo, se pasó encerrado mucho tiempo tratando de olvidar el episodio y ahora es jugador compulsivo,

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se delira toda la plata en juegos de azar. Igual creo que no pasa minuto sin que el recuerdo lo atormente. Y si logra despegarse un instante de aquel partido, alguien se lo recuerda, con un saludo que Montero escucha seguido: ยกChe gordo, mandale saludos a Espinosa!

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surubĂ­


Milan Kundera dice, en alguna parte de La insoportable levedad del ser, algo sobre la relaci贸n con los animales. Dice que la relaci贸n con los perros, por caso, define a una persona capaz de ternura. De experimentar ternura. Bueno, Milan Kundera dice una innumerable cantidad de cosas en La insoportable levedad del ser y no todas son, necesariamente, ciertas o inspiradoras de nuevas reflexiones.

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Pero eso de la ternura y los animales, vamos a anotarlo. Una vez me contaron una historia extraordinaria que utilicé para escribir en El Diario y pasó inadvertida, salvo por el llamado de un lector que decía conocer al hombre del relato cuando en realidad yo estaba seguro de haber modificado el nombre real del personaje por uno ficticio. Todavía no sé si lo hice o si había seguido el cuento tan a pie juntillas que de todos modos revelaba la verdad en sus detalles, con nombre y apellido. Lo inquietante, en todo caso, no es si cambié o no los datos personales, sino que este lector venía a confirmar que la historia era, digamos, cierta, cuando yo había utilizado

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(creo) nombres de ficción, porque no terminaba de creerla. Voy de nuevo entonces. En una localidad entrerriana recostada sobre el río Paraná, un reconocido guía de pesca solía acompañar a los pescadores seguidos por su inseparable Pocho, un perro como cualquiera de esos que andan retozando en la costa: de pelo oscuro ensortijado por la mugre, pero de perceptible alegría en la libertad del paisaje ribereño. Una alegría mansa, de perro Pocho. Quien me narró la historia, cuenta que aquella vuelta había salido con Bertoldi a buscar surubíes porque se venía, en efecto, la fiesta del surubí y estaban, por decirlo así, entrenando.

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Ya en la lancha, Bertoldi indicó el lugar estratégico, echaron ancla y empezó la espera. En el primer pique, después de una media hora, mientras el pescador se acometía a la tarea, Bertoldi alertó a Pocho. El perro se asomó al río, con el hocico casi rozó el agua, olfateó por un instante y se volvió a echar, con ánimo de siesta interrumpida. “No es surubí”, dictaminó Bertoldi. El pescador, envuelto en la fascinación del duelo con el pez, no advirtió la sentencia y siguió en lo suyo ensimismado. Era un bagre, un bagre de buen tamaño, pero un bagre al fin. A las tres de la tarde, se dio el segundo episodio: el pescador volvió a sentir el tirón y se afirmó en su caña, dejando a un lado la jarra

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de fernet que compartía con Bertoldi. “Pocho”, azuzó el guía y el perro, con evidente desgano, volvió a asomarse al borde de la lancha como quien va a confirmar la sospecha de que no ha pasado nada. Olfateó al ras del agua y se volvió a echar, al parecer agobiado por un cansancio antiguo. “No es surubí”, aseguró Bertoldi. El pescador escuchó nítidamente el dictamen y en medio de la pelea, algo irascible, largó “y cómo carajo sabe que no es surubí”. “Yo no sé, Pocho sabe”, dijo, lacónico, Bertoldi y se tomó un trago de fernet. Lo que salió fue un moncholo de buenas dimensiones, pero el pescador no quería moncholo, ni bagre, ni amarillo. Buscaba al surubí.

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La escena se repitió dos veces más: salió otro bagre y a la cuarta vez el tipo ya cortó la línea cuando escuchó el anuncio agorero de Bertoldi después de la correspondiente pesquisa de Pocho. Estaba, definitivamente, ofuscado. Renegaba de haber contratado semejante personaje, que no hacía otra cosa que anunciar su fracaso. Ya declinaba la tarde, cuando Pocho salió de su letargo. Bertoldi le acarició el lomo mugriento, sacó un pedazo de tripa de una bolsa y le dio de comer en la boca. Después el perro se asomó al borde de la lancha y soltó dos ladridos. —¿No va a tirar más? —consultó Bertoldi. El pescador miraba el agua, vencido, como quien observa la cancha donde se va a jugar

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un campeonato del mundo al que no logró clasificar en el último segundo. —No, para qué, no sale surubí. —Qué pena —murmuró el guía. —Por qué que pena —se molestó el pescador. —Porque es un lindo momento para probar. —Quién se lo dijo, ¿Pocho? —No me lo dijo, pero lo olfateó. De buena gana hubiera insultado a Bertoldi, levantado ancla y emprendido la vuelta para dormir su tarde frustrada en la cabaña de alquiler. Ya el fernet le hacía efecto en los párpados pesados como cortinas de esterillas y el sol le había dejado su correspondiente castigo en el lomo. Pero estaba ahí. Con Bertoldi y con Pocho. Armó y tiró de nuevo.

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A los pocos minutos, picó otra vez. Pocho se levantó, esta vez sin necesidad de aviso, se asomó apurado y empezó a ladrar al río. “Es surubí”, anunció Bertoldi. El pescador hizo todo lo que tenía que hacer con la última esperanza insuflando la fuerza que ya escaseaba como el fernet. La pelea duró unos instantes hasta que el pescado salió defendiendo su vida inútilmente con el anzuelo bien incrustado en la boca rota. Era surubí, un surubí grande, grande como el asombro del pescador, como la imagen agigantada del sabio Pocho. El pescador cuenta más cosas de aquella experiencia con Bertoldi y Pocho. Dice que el perro despinaba los pescados a la perfección

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y que por la noche conoció otras de sus cualidades: envalentonado con la pesca se quedaron un buen rato en la isla con don Petro, un isleño viejo y encorvado. En la noche orillera se oían los coletazos de los peces a los lejos, la música grave de los sapos y una insistencia de chicharra. Eso, hasta que Pocho empezó a ladrar en torno a don Petro, mostrando los dientes a la oscuridad cerrada detrás del viejo. En voz baja, para que el hombre no escuchara —aunque no escuchaba casi nada— Bertoldi le dijo: “Son las ánimas, vienen por don Petro”. Pocho seguía ladrando y el isleño, silencioso, arrimó unas ramitas secas para avivar las llamas, como si nada.

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El pescador vio el rostro del viejo iluminado por el fuego y sintió un súbito escalofrío que ascendía por la espalda. Al rato estaban saliendo, apurados, de regreso. Como es buen contador, para el final, el narrador me dejó un último detalle, como quien sabe jugar de lo más tranquilo con un ancho de espadas bien oculto en su mano ganadora. “¿Sabés una cosa? —me dijo—, cuando fui a buscar a Bertoldi para salir la última vez, ya no salía de guía. ¿Y sabés por qué? Hice silencio. “Pocho había muerto y al poquito tiempo que Pocho murió, Bertoldi perdió la visión de uno de sus ojos por completo. Se quedó tuerto”. “Todavía no sé —reflexionó en voz alta— si

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él dejó de salir porque murió Pocho, porqué perdió la mitad de su vista o por las dos cosas al mismo tiempo”. Me quedé pensando en cómo podía escribir la historia para que sonara verosimil. “Tampoco, claro, me animé a preguntar”, completó el pescador.

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AUTORIDADES PRESIDENTA DE LA NACIÓN

Cristina Fernández de Kirchner MINISTRA DE CULTURA

Teresa Parodi JEFA DE GABINETE

Verónica Fiorito SECRETARIO DE POLÍTICAS SOCIOCULTURALES

Franco Vitali


"El lugar de las sombras perdidas", de Julián Stoppello  

Ilustrado por Niko

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