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多PODEMOS DETONAR LA CALIDAD EDUCATIVA ? Por: Elba Esther Gordillo Morales


Cuando hablamos de educación, parece que lo hacemos desde la perspectiva de que es la más alta prioridad nacional, pero, ¿en verdad es así? No hay discurso gubernamental, oferta electoral, o siquiera una encuesta abierta dirigida a la sociedad, en que la educación no aparezca como la prioridad. Sin embargo, la preocupación manifiesta en estas declaraciones no necesariamente se traduce en acciones concretas. Partamos del principio de que el éxito educativo hoy es el resultado de la confluencia de múltiples factores dirigidos hacia un mismo objetivo. Conceptualización muy diferente de aquella elaborada desde el espacio del paternalismo gubernamental, que estuvo vigente durante muchas décadas en la que el Estado cumplía su responsabilidad educativa construyendo escuelas y contratando maestros, y el educando y la familia lo hacían con el simple hecho de asistir a la escuela.


La divisa “Mejores escuelas harán de nuestros hijos mejores mexicanos” delinea con toda nitidez la visión educativa de aquel régimen. En ese tiempo la sociedad nacional se encontraba “equilibrada”, por decirlo de alguna manera, ya que la economía crecía sostenidamente, la tasa de empleo lo hacía también, la inflación era menor al desempeño económico, el modelo de sustitución de importaciones resultaba eficiente, la tasa de crecimiento demográfico era razonable y, como consecuencia, el sistema educativo aportaba el capital humano adecuado y necesario para las necesidades del país. En aquel entonces el modelo de sociedad cerrada se correspondía con sistemas autocontenidos cuyo único referente era lo que sucedía en su interior. Por lo tanto, no se consideraban en las decisiones gubernamentales los impactos que desde fuera se producían. Y no porque dichos impactos no existieran en nuestra vida, sino porque el Estado hegemónico tenía entre sus funciones la de amortiguarlos, eso a cambio de que la sociedad se mantuviera en esa engañosa situación de “equilibrio”. Desde nuestro lugar y tiempo es evidente que un modelo cerrado de ninguna manera ha bría podido detonar un desarrollo acelerado ni auspiciar modelos de éxito, puesto que su función controladora no permite el desarrollo de la sociedad en sus distintos ámbitos local nacional e internacional.


No obstante, cuando el Estado hegemónico decide cambiar el modelo —más allá de si era necesario, conveniente o representaba “una oportunidad única”—, lo hace preservando su función de control, es decir: todo tiene que cambiar pero el que sigue mandando soy yo. El resultado fue que los cambios, para la mayoría de los mexicanos, fueron parciales, los resultados incoherentes y el país no logró salir del subdesarrollo. A pesar de los augurios y de la aparente impecabilidad de la decisión, ni la economía encontró nuevas motivaciones de crecimiento —hace más de 20 años que entre avances mínimos y retrocesos máximos presenta un saldo negativo—, ni la distribución del ingreso mejoró — incluso empeoró—, ni las empresas se hicieron competitivas—los monopolios son hoy mucho más eficaces—, ni las expectativas sociales se ampliaron —la pobreza y la expulsión de mano de obra crecen consistentemente—. Ante tal déficit de crecimiento en nuestro país, ¿de verdad podemos jugar en las ligas mundiales de la economía cuando 30% de la producción industrial es maquila, otro 30% de la producción manufacturera no maquiladora es de extranjeros, y el 30% restante compra su tecnología en el exterior?


Asimismo, otro factor negativo, que incluso no estuvo considerado en el cambio de paradigma, fue que el modelo educativo se mantuvo, o peor aún, se mantiene a pesar de que el andamiaje institucional es otro. Actualmente, la responsabilidad de la educación ya no es sólo del gobierno, sino que recae en los hombros de todos los que en ella intervienen, y ésta es una condición indispensable para avanzar hacia la calidad educativa. De igual forma, tenemos que aceptar que la educación que tenemos hoy en día es incompatible con las necesidades que el país reclama para su buen desarrollo. Claro que podemos y debemos generar acciones para mejorar la calidad de la educación, pero tendremos que reconocer el costo que ello implica. Sin duda el gobierno será el primero que deberá aprovechar mejor los instrumentos con que dispone, puesto que la carga burocrática, acrítica y estancada del aparato educativo, que se vio multiplicada por el federalismo educativo, ya no aporta valor al andamiaje educativo y mucho menos a la calidad de nuestra Educación.


Por otro lado, sabemos que un factor esencial para la calidad educativa es la inversión que en este rubro se realice. De tal forma que no habrá mejora posible mientras carezcamos de los recursos fiscales necesarios para mejorar la infraestructura educativa, acercándola a los umbrales tecnológicos que hoy se reclaman. Una inversión seria en la educación no sucederá en tanto las grandes empresas no solo no paguen lo que deben, sino que les sean reintegradas cantidades insultantes por concepto de devolución de impuestos supuestamente mal cobrados. Entonces, no habrá calidad educativa, ni tendremos avances en muchos otros renglones del desarrollo humano, si las 40 empresas más grandes del país siguen “pagando” impuestos irrisorios a cambio de mantener una lealtad convenenciera con un régimen político ya caduco. Cabe decir que tampoco la habrá si nos conformamos con la precaria situación en que se encuentran muchas escuelas que incluso carecen de agua potable y baños decorosos y cuyo avance tecnológico es marginal.


De igual forma, no habrá mejora en la calidad educativa mientras los padres de familia, parte esencial e insustituible del proceso educativo, no modifiquen el concepto que tienen de su participación —actualmente pareciera que la escuela es una cómoda guardería y que se cumple con la educación con el simple hecho de enviar a los hijos a la escuela—. Es necesario que de verdad se involucren en el proceso formativo de sus hijos e intervengan de manera más activa en el aprovechamiento de su tiempo libre. Se estima que los niños mexicanos pasan, en promedio, tres horas diarias viendo la televisión, es decir, más de mil horas al año por niño y 25 mil millones de horas por año entre toda la población en educación básica. A todo ese tiempo disponible es imprescindible dotarle de contenidos formativos, que además deberán estar vinculados con la educación de calidad a que se aspira.


El cambio del modelo nacional en la educación supone también la necesidad de modificar la formación y educación permanente de los maestros. Muchos de los profesores en servicio fueron formados con la idea de Estado hegemónico, que es imprescindible transformar. En dicha transformación no se deberá perder de vista que, si bien el cambio de modelo fue fragmentario e impuesto, no se podrá volver atrás. Ya la Carrera Magisterial, instaurada en la década de los 90, preveía ligar el desempeño magisterial con la evidencia de calidad en la tarea docente, pero fue un mecanismo que terminó volviéndose meritocrático, motivo por el cual también hay que reformularla.


En conclusión, los detonadores que nos lleven a tener una educación de calidad dependerán del correcto desempeño de muchos factores y de la asunción de relevantes decisiones: fiscales, de corresponsabilidad hogar-escuela, de uso positivo del tiempo, de un nuevo modelo de formación magisterial, es decir, necesitamos una nueva cultura y actitud nacional que nos permitan enfrentar el reto de formar adecuadamente a las generaciones de mexicanos del siglo XXI. *Presidenta del SNTE.

PROFRA. ELBA ESTHER GORDILLO MORALES


SINDICATO NACIONAL DE TRABAJARES DE LA EDUCACION SECCION 27 “POR LA EDUCACION AL SERVICIO DEL PUEBLO” SRIO. GRAL. PROFR. JAIME QUIÑONEZ MUÑOZ

COLEGIADO DE FORMACION SINDICAL SRIA DE CONCILIACION SINDICAL PROFRA. YOLANDA GPE. ZATARAIN OSUNA Culiacán, Sinaloa, 27 de Enero de 2011

¿PODEMOS DETONAR LA EDUCACION?  

DOCUMENTO DE REFLEXION DE LA PRESIDENTA DEL SNTE ELBA ESTHER GORDILLO MORALES

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