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Moros, Cristianos y Castillos en el alto Guadalquivir Cómo vivían, cómo luchaban, cómo comían, cómo amaban


Proyecto Natural de Jaén

Moros, Cristianos y Castillos en el Alto Guadalquivir Cómo vivían, cómo luchaban, cómo comían, cómo amaban

Juan Eslava Galán

Universidad de Jaén


EDICIÓN: Servicio de Publicaciones. Universidad de Jaén. Fundaciones Culturales. Colección “Natural de Jaén” EDITOR COORDINADOR: José Ángel Marín Gámez TEXTOS: Manuel Parras Rosa Antonio Javier Sánchez Camacho José Luis Adán López TRASNCRIPCIÓN ENTREVISTA: Ana Tirado de la Chica IMAGEN PORTADA Y GUARDAS: Composición inspirada sobre Miniaturas del Códice T.I.1 de la Real Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (siglo XIII), obra magna de Alfonso X el Sabio, Rey de Castilla (1221-1284) ENTREVISTA: José Luis Adán López FOTOGRAFÍAS ENTREVISTA: Miguel Espín Pacheco DISEÑO: José Ángel Marín Gámez IMPRESIÓN: Gráficas La Paz de Torredonjimeno, S. L. Depósito legal: J-675-2012 ISBN: 978-84-8439-633-8


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Saluda del Rector El Proyecto ‘Natural de Jaén’ de nuestra Universidad es una realidad que adquiere de nuevo consistencia. Su objetivo es el reconocimiento de personas destacadas por su trayectoria en alguno de los ámbitos del conocimiento, las artes o la cultura. Dicho reconocimiento no es un fin en sí mismo, sino la consecuencia del tesón y buen hacer de personas vinculadas a nuestra tierra. En esta ocasión la Universidad de Jaén impulsa con Juan Eslava el Proyecto ‘Natural de Jaén’, y en él concreta su compromiso decidido con el desarrollo integral de la provincia. Se trata, por tanto, de una distinción académica al esfuerzo sostenido y al trabajo continuado, que en este caso obtiene su recompensa en forma de reconocimiento público. A nadie se oculta que una de las virtudes del uso adecuado de los reconocimientos, reside en que pueden ser una valiosa herramienta estratégica dentro de las organizaciones. Quizá no descubra nada, pero conviene recordar la utilidad social de la lógica del reconocimiento como un indicador del avance colectivo a través de la observación concreta del devenir individual. Y así lo hemos considerado al ofrecer un referente profesional y personal como el que hoy reseñamos en la persona de Juan Eslava Galán. Escritor de prestigio nacional e internacional que merece la atención de infinidad de lectores y el respeto de los especialistas. Juan Eslava Galán es un autor notorio en las letras hispanas. Es un narrador certero en géneros como la novela

histórica, la inventiva, la ficción y el misterio; géneros que con frecuencia combina de forma atinada. Atendiendo a su fructífero proceder intelectual no parece aventurado afirmar que la evolución personal sea al mismo tiempo una cualidad que nos permite madurar colectivamente. Juan Eslava es un escritor prolífico y concienzudo, cuya producción literaria no depende solo de la inspiración. Lo que nos habla por sí solo de su tenacidad, rigor y constancia en la labor cotidiana. Eslava Galán reúne en su pluma tanto al novelista ameno como al historiador solvente y, desde luego, ha acreditado una labor ensayística poco común. Además, de todos es sabido que sus obras destilan un particular sentido del humor, a veces tierno y en ocasiones mordaz. Entre sus múltiples obras destacan especialmente En busca del unicornio, por la que obtuvo el Premio Planeta, novela ambientada en el reinado de Enrique IV el Impotente, valiéndose de una prosa de regusto medieval, prosa de la que hace espléndida muestra en su reciente novela Últimas pasiones del caballero Almafiera. También destacan obras como El comedido hidalgo, que refleja con ecos cervantinos la España de fines del siglo XVI, o La mula y Señorita, cuyas tramas se desarrollan durante la contienda civil española. Y, de entre ellas, quisiera destacar la que hoy tenemos la fortuna de presentar, Moros, cristianos y castillos en el Alto Guadalquivir (cómo vivían, como comían, como luchaban, cómo amaban), que se da a la luz en el seno del Proyecto Natural de Jaén.

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En el Proyecto “Natural de Jaén” contamos con el apoyo de la empresa Gráficas La Paz de Torredonjimeno, que se suma a la iniciativa de reconocer a paisanos nuestros de acreditada trayectoria más allá de nuestras fronteras. Los reconocimientos proyectados tendrán un efecto tangible en la sociedad de Jaén mediante una serie de actuaciones concre-

tas que también repercutirán en las generaciones futuras. Así, en la presente obra se ofrece un audiovisual que contiene una entrevista en profundidad con Juan Eslava Galán, junto con la publicación del libro de su autoría, Moros, cristianos y castillos en el Alto Guadalquivir (cómo vivían, como comían, como luchaban, cómo amaban). Manuel Parras Rosa Rector de la Universidad de Jaén


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Saluda del Alcalde de Arjona Acercarse a la figura de Juan Eslava Galán para un arjonero es saludar a una de nuestras señas de identidad más queridas y reconocidas. Decir que uno comparte patria chica con uno de los mejores escritores en lengua española, y uno de los más leídos, es para el vecino de Arjona motivo de profundo orgullo e íntimo gozo que es correspondido por Eslava Galán con una media sonrisa y cierta timidez.

Sus obras han obtenido distinciones tan importantes como el premio Planeta de 1987 por ‘En busca del unicornio’, el Ateneo de Sevilla por ‘El comedido Hidalgo’ o el Fernando Lara por ‘Señorita’. Pero sin duda la mejor recompensa y honor que puede tener Eslava Galán es haber conquistado a millones de lectores a través del mundo a través de sus casi setenta libros publicados.

El devenir del tiempo, jalonado por sus éxitos literarios, hizo que se pusiera distancia física entre “su pueblo” y su figura, pero a Juan Eslava Galán se le siente cerca de su pueblo y él mismo se siente en su tierra, ésta ha sido una constante que se ha repetido, se repite, y que se plasma alla donde estuviera o escriba. Destacar, su afable personalidad, su fina ironía, cercanía y un cierto aire a sabio griego que le viene de sus largas horas de trabajo y estudio. Es un artesano de la escritura y la creación y cada libro suyo es un pedazo de historia empaquetada entre letras.

Si bien Juan Eslava Galán ya tiene una calle y una biblioteca con su nombre en Arjona, el mejor homenaje que los arjoner@s le podemos hacer, y le hacemos, es releer sus libros, obras que nos han hecho disfrutar, aprender y soñar… A través de ellas, nos gustaría que supiera que sus ensayos, narraciones y personajes han forjado, desde lo más íntimo de nuestro ser, también nuestra propia historia, o cuanto menos el orgullo de pertenencia a una tierra, Arjona. Antonio Javier Sanchez Camacho Alcalde de Arjona.

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Entrevista realizada por José Luis Adán López

José Luis Adán López (JLAL): Me gustaría que al final de esta entrevista, quienes la lean o quienes la vean, conozcan un poco más de su vida, de sus quehaceres cotidianos, de sus ideas, de su obra… En definitiva, de Juan Eslava Galán. Espero que lo consigamos. Este encuentro forma parte de un proyecto más amplio impulsado por la Universidad de Jaén y que persigue reconocer a quienes engrandecen a su tierra. Como bien sabe, usted va a ser reconocido por la institución universitaria como “Natural de Jaén”.

humor socarrón, de retranca, tan nuestro y muchas cosas de nuestro buen hacer, y de la hospitalidad, de la buena acogida que dispensamos al forastero. Cosas que creo que son virtudes específicamente jaeneras.

Tengo claro que el apellido “de Jaén” se corresponde a su condición de paisano, a haber nacido en la provincia, como lo certifica su propio D.N.I. pero, ¿qué considera que conlleva su vínculo con el nombre “Natural”? En definitiva, ¿cómo entiende que debe ser una persona para ser estimada como “Natural de Jaén”? Juan Eslava Galán (JEG): Siempre he defendido la idea de que los jaeneros somos unos andaluces especiales. Jaén es tierra de paso y eso determina mucho nuestro carácter. Jaén no es ni andaluz ni manchego, sino una tierra intermedia y, si me fuerzan, yo diría que parte de La Mancha penetra por encima de Despeñaperros en Jaén, y que la Andalucía más conocida o más tópica, si queremos, yo diría que empieza en Andújar y Martos. Lo he defendido algunas veces en escritos. En cualquier caso, somos distintos, no somos el andaluz típico ni somos tampoco el manchego, sino una especie intermedia que me parece que es lo que nos da también ese

JLAL: Si hacemos un ejercicio de imaginación, ¿cuán diferente hubiera sido Juan Eslava Galán de no haber nacido en Jaén? JEG: Yo no me imagino naciendo fuera de Jaén, la verdad, aunque creo que siempre tenemos que tender a ser universales y yo me acomodo a muchos lugares. Me siento especialmente bien en Jaén, aunque también cuando voy a Jaén me llevo berrinches por los cambios que veo que no me gustan porque, claro, siempre se lleva la tierra como algo propio. Tú vas afuera y, bueno, lo juzgas más o menos desapa-

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sionadamente. A Jaén yo no la puedo juzgar desapasionadamente, eso es evidente. Pero no me veo siendo de otra parte, la verdad. Yo soy yo porque he nacido en Jaén, es parte de mi identidad, entre otras cosas. JLAL: Además, nacido en Jaén, y en pueblo, ¿eso marca más todavía? JEG: Pues claro, para mi generación, muchísimo. Ahora ya con la cosa de la televisión todo está muy nivelado, pero en los tiempos de mi infancia había una sociedad que era específicamente rural y otra urbana, muy distintas. No hablo ya de Jaén, sino de toda España. Jaén, entonces, era una ciudad levítica, pequeñita, provinciana. Sin embargo, era la capital y había una gran diferencia respecto a los pueblos. Yo nací en Arjona y, a los nueve años, me cambié a Jaén, y ese fue uno de los mayores cambios de mi vida. He pasado de una sociedad a otra bastante distinta. JLAL: Hablamos de Arjona, precisamente de esos años de infancia. Creo que todos guardamos recuerdos de niñez, sensaciones, imágenes, personas con las que tenemos especial cariño. ¿Qué es lo que recuerda usted de Arjona? JEG: Tengo muy buenos recuerdos de mi pueblo. Siempre se dice: “la patria del hombre es la infancia”. Más que el lugar, es la edad. Yo era hijo de un fabricante de aceites en aquella época en la que todavía había estraperlo y hambre. Afortunadamente, por ser mi padre fabricante de aceites, mi familia tenía un buen pasar. Pero yo vivía en las afueras del pueblo, porque entonces las fábricas de aceite eran muy contaminantes (por los alpechines), ahora ese problema se ha resuelto. Así es que me crié en un barrio obrero, aunque era hijo de la clase media. Y guardo muy buen recuerdo de mi pueblo. De hecho, sigo muy vinculado a Arjona y procuro arrimar el hombro en los proyectos municipales adonde yo puedo llegar, porque creo que una de las cosas que dignifica a las personas es su vinculación con la patria chica y que tenemos el deber de colaborar con ella. JLAL: ¿Alguna persona especial? JEG: Yo diría el maestro don Julio. Yo he sido muy mal estudiante y he tenido muy malas notas en el Bachillerato,

pero no podré olvidar nunca a don Julio, el maestro que me enseñó a leer, me enseñó a escribir y me enseñó a pensar, que es lo más importante. Todavía vive una gloriosa ancianidad. JLAL: Habla de lectura… De niño, ¿qué leía? JEG: Los niños de mi generación leíamos, sobre todo, tebeos, que se alquilaban, porque tampoco había dinero para comprarlos. Recuerdo con cariño los tebeos de El Guerrero del Antifaz, después vino el Capitán Trueno, y ése fue mi cambio del pueblo de El Guerrero del Antifaz al Capitán Trueno ya en Jaén. Pero, en fin, leíamos tebeos. Y, luego, otra curiosa costumbre, que ahora con la L.O.G.S.E. creadora de analfabetos se ha perdido, en las escuelas de entonces se leía “El Quijote”. No había “Quijotes” para todos, pero en la escuela de pueblo, humilde, rural, había un sobado ejemplar del “Quijote” y, del mismo modo que se pasaba el Rosario todos los días por la tarde y, por la mañana, antes de entrar en clase se cantaba el “Cara al Sol” con la mano extendida, pues también había un momento a lo largo del día en que se ponían todos los alumnos de espaldas a la pared, en corro, y cada uno leía un párrafo del “Quijote” que pasaba de mano en mano. Digamos que mi iniciación a la buena literatura fue a través de un “Quijote” colectivo leído así.


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JLAL: De mayor, ¿qué quería ser entonces?, ¿con qué soñaba? JEG: De mayor, yo no quería ser ni piloto ni torero, curiosamente, yo siempre quise ser profesor. Había dos asignaturas que se me daban bien: una era la Gramática y otra era la Historia, y también la Historia Sagrada, que entonces era muy importante, una especie de mitología cristiana. Entonces, que yo recuerde, siempre quise ser profesor. Y al final lo fui, pero de Inglés, curiosamente, por estos azares de la vida, acabé de profesor de Inglés. JLAL: ¿Quién le alentó en sus estudios? ¿Quizás fue el profesor al que se refería antes? JEG: A él lo perdí de vista cuando me mudé a Jaén. Después he recuperado mi relación con él porque es un hombre al que le tengo mucho cariño y respeto. Pero yo diría que mi profesión en los estudios la alentaron mis padres a cogotazos, porque era muy mal alumno. Me expulsaron de varios colegios. Todo eso lo he contado ya en mi novela escolar, “Escuelas y prisiones de Vicentito González”. JLAL: Tengo la sensación de que entonces la cultura del esfuerzo supongo que era mucho mayor. JEG: Entonces, sí. Entonces había cultura del esfuerzo, cosa que ahora no hay. Yo siempre lo he admirado mucho y lo he defendido en varios libros. Aquella generación de nuestros padres fue capaz de aplazar su bienestar para la

generación siguiente, o sea, yo me mato trabajando -que era cuando la gente compraba las cosas a plazos, emigraba-, me mato trabajando para que mis hijos tengan una vida más desahogada de la que he tenido yo. Esa heroicidad la cumplió la generación anterior. Desgraciadamente, esa virtud se ha perdido y, ahora, la generación actual me da la impresión de que lo único que quiere es el bienestar sin trabajo previo, disfrutar de los placeres de la vida o de las comodidades directamente. Es decir, ya no hay aprendices, todos quieren ser directamente oficiales y en cuanto alcanzan un título aspiran a un buen sueldo y entrar de jefes. Obviamente, la cosa no funciona así. JLAL: Una última cuestión vinculada a Arjona: mantiene algún tipo de ritual cuando vuelve al pueblo. JEG: Se podría decir que sí. Cuando vuelvo al pueblo, recorro a solas, por mi cuenta, la parte antigua y el cementerio. Después llamo a los amigos y les digo que estoy allí para tomarnos unas copas. JLAL: Lleva décadas fuera de Jaén. Sin embargo, tiene unos vínculos muy estrechos. No sé cómo lo hace, si las nuevas tecnologías le ayudan, ¿con quién contacta?, ¿cómo se informa de algún modo de lo que pasa? JEG: Ayuda mucho tener allí amigos, muy buenos amigos y, obviamente, también las nuevas tecnologías, claro. Me mantengo informado de lo que va pasando por Jaén, de cómo va y, cada vez que puedo, me desvío de donde esté y lo visito. No siempre me gusta lo que veo, tengo también que decirlo. Por ejemplo, en mi última visita me di una vuelta por el barrio de San Ildefonso y se me vino el alma a los pies, porque aquel barrio menestral que yo conocí, que era precioso, de casitas más o menos iguales, muy decentitas, de clase media y de hortelanos se ha convertido en un adefesio, una yuxtaposición de edificios de cemento y ladrillo, discordantes que no me gusta. Creo que en ese sentido no hemos sabido defender nuestro Patrimonio popular de Jaén. JLAL: De algún modo, ¿ese Patrimonio popular está rivalizándose por la modernidad mal entendida?, ¿pude ser que urbanísticamente hemos querido ser ciudadanos

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más grandes y no hemos reflexionado sobre nuestro pasado? JEG: Sí, estoy absolutamente convencido. Primero, yo no creo en las ciudades grandes. Es decir, hoy, con la facilidad que hay para muchas cosas, una ciudad no tiene por qué ser demasiado grande. Yo creo que una ciudad manejable, de escala humana, oscila entre los 120.000 y los 250.000 habitantes. Es el tamaño que yo veo más conveniente. Ese urbanismo desaforado que hemos practicado en Jaén se ha cargado buena parte de la ciudad, es mi opinión, y es una pena. Me parece que no hemos sabido conservar lo que teníamos y, por una modernidad mal entendida, hemos perjudicado nuestro ya de por sí escaso patrimonio. JLAL: En esa visión de Jaén, por ejemplo, el tranvía, ¿era necesario en la ciudad? JEG: Yo no sé hasta qué punto era necesario, pero lo veo bastante inviable. Eso es algo que a mí personalmente me duele. Yo sólo he visto, obviamente, las instalaciones del tranvía. No lo he visto funcionando. La idea de vincular con un tranvía dos partes de Jaén, no sé si eso puede mantenerse a la larga con los propios dividendos que genere. Creo que hay dudas sobre ese particular. En cualquier caso, si finalmente fracasa, será una nueva muestra de modernidad mal entendida. Debo añadir también que siempre he visto problemático el urbanismo de Jaén, y venga el Ayuntamiento que venga, siempre va a ser problemático. Jaén es una ciudad arris-

cada, incómoda, arrimada a un cerro por razones defensivas que tenían sentido en la Edad Media, pero que no lo tienen ahora. Eso no hay que perderlo de vista. Y esos son los mimbres con los que hacemos el cesto. JLAL: Le propongo que hablemos ahora sobre su obra, aunque sin alejarnos de Jaén, creo que Jaén siempre tuvo que ser defendida desde sus potencialidades y realidades frente a la indiferencia o incluso al olvido por parte de muchos. Sin embargo, en sus obras, Jaén casi está en el centro de todo, en muchas de sus obras. Estoy en lo cierto, ¿no? JEG: Sí, completamente. Tolstoi, el gran novelista ruso, decía: “describe tu aldea y estarás describiendo el mundo”. Creo que el fin último de la literatura es ahondar en el alma humana, y eso se consigue a través de personajes e historias inventadas. La manera que yo he escogido, a lo mejor es la manera más fácil o la manera que más conecta con mis sentimientos, es hacerlo a través de Jaén. Recuerdo que el editor Lara, padre del actual, me preguntaba “¿en qué libro sobre Jaén estás trabajando ahora?” Daba por hecho que en el libro que estuviera haciendo tenía que salir Jaén como elemento principal. Y, efectivamente, siempre intento sacar Jaén. Mis dos últimas novelas (“Rey Lobo” y “Últimas pasiones del caballero Almafiera”), las hemos presentado además en Jaén porque la acción ocurría en estas tierras. No obstante, no creo que sea un escritor localista. Simplemente describo el mundo a través de tu pueblo, y mi pueblo es Jaén y provincia. Por otra parte, quiero también siempre romper una lanza en favor de Jaén porque aquello de ser tierra de paso no lo llevo del todo bien y me gustaría que la gente que pasa de largo se detuviera un poco en ella y conociera todo lo bueno que puede ofrecer. Cuando algún amigo de fuera me dice que quiere visitar Andalucía y me pide que le recomiende lugares, siempre le digo que empiece por Úbeda, Baeza y Jaén. No le voy a decir todos los pueblos de la provincia, claro, pero al menos Úbeda, Baeza y Jaén, que sorprenden gratamente al visitante. Hay que vender lo nuestro, porque no todo Andalucía va a ser siempre el “topicazo” que Sevilla, que Córdoba, que Granada... ¿Y quién lo va a vender, si no lo vendemos nosotros?


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JLAL: Un historiador siempre tiene el referente de los hechos sucedidos y usted además pone el foco en las historias de gente corriente. ¿Es que no le gusta la ficción o es que algunas veces la realidad supera la ficción? JEG: Por una parte, me gusta la ficción, y por otra, me gusta la Historia, y en esa disyuntiva he pasado muchos años, haciendo una novela y después un ensayo. Hasta que he comenzado a trabajar en lo que no sé si será un género nuevo que es la “Historia ficcionada” o la “ficción historiada”. Mis últimos textos son cada vez más mezcla de esos dos géneros. Creo que hay que ir renovando las cosas. A mí también me interesa mucho la vida cotidiana de la gente, es decir, la gente que padece la Historia, no los que la hacen. Me interesa menos cómo viven los ministros, los políticos, los presidentes o los reyes. Lo que me interesa es la vida de la gente corriente, del que está aperreado, del que sufre, del que brean a impuestos para mantener a esa casta de grandes gobernantes o también, a veces, de grandes holgazanes. JLAL: Precisamente, hablando de esa cuestión, la historia de su último libro la sitúa ocho siglos atrás, ahora que se cumple el octavo centenario de la Batalla de las Navas de Tolosa. Un libro en el que además del rigor histórico y la documentación que aporta que, por cierto, es bastante precisa, ha novelado una relación de amor, no sé si es que los libros históricos no venden o es que es necesario novelar la Historia. JEG: [risas] Buena pregunta. Además de escribir, yo tengo que vender, porque yo soy un autor comercial. Es decir, soy un artesano que hace un producto del que vive y tiene que venderlo para pagar las facturas. Un artesano al que, a lo mejor, a veces, según la crítica y según los lectores, le salen obras de arte, y entonces asciende a la categoría de artista. Eso es lo que somos todos los que escribimos, con mejor o peor fortuna. Yo parto de la honrada y realista consideración del artesano que soy. Debo ver cómo está el mercado en el que voy a colocar un producto porque, si ese producto fracasara, los editores dejarían de interesarse por mí y yo ascendería a la categoría de artista absoluto, como esos escritores de culto que componen obras maestras merecedoras de loa y

encomio, pero que como nadie las lee porque aburren a las ovejas, ningún editor las publica. Pongamos como ejemplo de producto artesanal mi última novela, “Últimas pasiones del caballero Almafiera”. Lo que yo quería en realidad era novelar la Cruzada que condujo a la batalla de las Navas de Tolosa y la batalla misma, de la que este año celebramos el octavo centenario. Una novela sobre una batalla les puede interesar a los chicos, pero no a las chicas, que abominan de la guerra. A ellas les gustan más las novelas de amor. Resulta que hay pocos chicos lectores de novelas porque los hombres estamos demasiado preocupados por el fútbol, la Liga y todas estas cosas tan importantes. Los hombres leemos poca novela. Si yo pretendo hacer una novela que se venda, tengo que tener en cuenta a las lectores, que son, casi todas, mujeres. Por lo tanto debe ser una historia de amor. Resultado: Una historia de amor, intensa, romántica, sensual, es el motivo principal de la novela y la cruzada y la batalla de las Navas es el fondo. Así sí se venderá. Es como si hubiese disimulado la medicina con la miel, como se hace en los jarabes. He presentado una historia de amor y he cumplido con el compromiso de historiar la batalla que le debía a mi provincia.

JLAL: Precisamente, esa batalla, la de las Navas, forma parte de esa cadena que supone la Ruta de los Castillos y las Batallas de Jaén, en la que tiene usted muchí-

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simo que ver. ¿Conocemos realmente los giennenses la importancia de esa ruta?

que es lo urgente, es decir, el futuro de nuestros hijos, no el pasado de nuestros abuelos o de nuestros padres.

JEG: Pues no, desgraciadamente, no. A mí me gustaría que lo giennenses, que ya empezamos a viajar (y eso es muy bueno porque viajar te abre la mente y, sobre todo, te hace conocer tu tierra mejor), conociéramos mejor lo nuestro. Siempre lo he recomendado mucho y se lo recomendaba a mis alumnos. Para ver Jaén hay que salir fuera y mirarlo desde ahí, del mismo modo que para ver bien un cerro tienes que bajarte a la llanura o, para abarcar la llanura, tienes que subirte al cerro. Pues, efectivamente, para ver bien Jaén, hay que salir de él.

Dicho eso, sí estoy de acuerdo en una cosa y es que el que tiene un familiar enterrado en una cuneta como si fuera un perro, es obvio que hay que buscarlo y enterrarlo dignamente. Pero hacer de eso una herramienta o una palanca política, no me parece bien.

JLAL: Uno de los temas sobre el que más se ha escrito, y quizás yo creo que en demasiadas ocasiones buscando la confrontación, es el tema de la Guerra Civil. Usted, de algún modo, en La Mula presenta un alegato antibélico, pero además una visión, de alguna manera, para que rebaje tensiones, tengo la sensación. ¿Por qué hay tantos libros de la Guerra Civil? JEG: Evidentemente porque es un tema que no hemos resuelto los españoles. Últimamente los partidos políticos principales se tiran a la cabeza los muertos de la Guerra, como si los nietos pudieran ser responsables de los abusos que perpetraron los abuelos. Hubo barbaridades en los dos bandos pero, obviamente, los “españolitos” actuales no somos responsables de lo que hicieron nuestros abuelos. Por tanto, habría que enterrar aquello, dejar de hablar de la guerra y encarar el futuro

JLAL: Precisamente la historia de La Mula se hizo película, pero no se ha estrenado… JEG: Desgraciadamente hay un problema entre las dos productoras, inglesa y española, y hasta que se resuelva no se puede estrenar, aunque la película está montada y lista. A mí me emociona y me parece que está muy bien hecha. Además, qué voy a decir, si soy el guionista. Espero que se resuelva y que alguna vez la podamos ver. Además está rodada mayormente en Jaén, en Andújar y Lopera. Sería una pena que no se estrenara. JLAL: Como bien sabe, en Jaén ya se está construyendo el Museo Íbero y en Rey Lobo usted abordó la importancia de los íberos y su legado. Con la construcción de este Museo, ¿saldamos una deuda en Jaén? JEG: Creo que no es sólo una deuda, sino también un buen proyecto de futuro porque Jaén, nuestra capital, comparada con otras grandes ciudades españolas o andaluzas, tiene menos atractivos, es evidente. Lo peor es que está desviada de las grandes rutas, emplazada un poco a trasmano (por cuestiones de estrategia medieval). Si ahora pudiéramos tocar Jaén con una varita mágica y cambiarla de sitio, la habríamos emplazado en Andújar, es mi opinión, y entonces la tendríamos muy bien comunicada al pie de una Autopista Nacional y probablemente con AVE cuyo trazado pasaría por Despeñaperros y no lo habrían desviado, ni siquiera por razones técnicas, hacia la provincia de Córdoba. Jaén a orillas del Guadalquivir y en el paso natural que después conduce a Córdoba, Sevilla y el mar... ¡qué maravilla! Y conste que yo estoy enamorado del Zumel, de la Mella, de las Peñas de Castro, de las sierras de Otíñar... de todo ello. Pero encuentro que Jaén está mal emplazado. Perdón, me he ido otra vez por


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los cerros de Úbeda. No sé si he contestado la pregunta. ¿Cuál era la pregunta? JLAL: Si se salda de alguna manera la deuda con el tema de los íberos con la creación del Museo. JEG: Ah, sí: lo que quería decir es que es muy importante que uno de nuestros proyectos de desarrollo futuro puede y debe ser el fomento del Turismo cultural. No nos queda otra. En el lote que puede atraer a visitantes a nuestra ciudad entraría el impresionante castillo que vale la pena visitar, la catedral, el conjunto Baños Árabes-Museo de Arte Naïf, y, por supuesto, el Museo de los Íberos, pieza esencial de esa oferta cultural que le debemos a Jaén. No sólo porque es también una justificación de nuestra Historia, que eso es una herencia que se nos ha dado y debemos acrecentar y conservar, sino porque ese Museo bien instalado con criterio moderno puede ser interesantísimo y puede atraer a mucha gente. Estoy pensando en dos museos también desviados de los grandes itinerarios que atraen a multitudes: la neocueva de Altamira y el de Atapuerca. Yo tengo grandes esperanzas en el Museo. JLAL: Tengo que preguntarle por la religión, algo tan esencial en el devenir de la Historia, y permítame que la compare como si fuera un enfermo para preguntarle, ¿en qué estado se encuentra actualmente? JEG: Yo creo que estamos viviendo un fin de época, una época de crisis, y que ahora mismo el cristianismo está en franca decadencia. La sociedad cristiana está orillándose hacia no sabemos qué: la descreencia, la atonía religiosa… No lo sé. Al propio tiempo hay que consignar que el islam avanza, lo cual es una desgracia para el mundo y una desgracia para los que profesan el Islam, dicho sea sin pelos en la lengua. Europa está en decadencia también y, claro, Europa es fundamentalmente la civilización occidental cristiana. Ya veremos lo que sale. Está repitiéndose, aunque a mayor velocidad, la caída del Imperio romano: somos conscientes de que vivimos una decadencia, pero ignoramos a dónde iremos a parar. Yo espero que no suceda una Edad Media oscura como sucedió entonces, sino que sea otra alternativa, que sea

más luminosa, quizá basada en la recuperación de unos valores occidentales que heredamos de Grecia y de Roma y que el cristianismo completó y ayudó a mantener. Y, ojo, yo distingo el cristianismo de la Iglesia. La mitad de los europeos son de tradición cristiana y sin embargo profesan sus creencias al margen de la Iglesia de Roma. JLAL: ¿Siguen valiendo los consejos de “Homo erectus” para la convivencia de pareja? JEG: Yo creo que sí. No soy especialmente feminista, pero creo que está comprobado que las mujeres pueden más que nosotros y que, cuando se les conceden las mismas oportunidades, nos superan en casi todo. Lo que tardemos en admitirlo, tardaremos en ser felices en pareja. En ese libro doy los consejos propios de un sexagenario que soy, que ha tenido ya cierta experiencia, como cualquier persona de mi edad, obviamente, y que intenta iluminar el camino a los que vienen detrás para que no tropiecen en las piedras en que solemos tropezar cuando procedemos de una sociedad machista. JLAL: ¿Quién sabe más de templarios, Nicholas Wilcox o Eslava Galán? De algún modo, ¿cuándo se conocieron? [risas]. JEG: Yo diría que yo sé más de templarios, lo que pasa es que Nicholas Wilcox tiene la virtualidad de que puede fantasear sobre ellos. Y yo, sin embargo, como historiador, sé que no hay ningún misterio templario, es decir, que todas esas fantasías que se han urdido sobre ellos son pura invención.

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Lo que pasa es que yo las uso como novelista pero, cuando escribo un ensayo serio, obviamente, tengo que decir que todo es inventado, y ya lo he dicho. Alguna gente no entiende esa contradicción, pero yo defiendo mi derecho a usar de mi imaginación y a inventar cuando soy novelista mientras que, cuando escribo un ensayo de divulgación histórica, me atengo a la verdad. JLAL: Antes hablaba de que tiene que hacer de artesano de las letras. De algún modo, ¿existe una receta para hacer un libro de superventas o, por lo menos, que la editorial no se sienta decepcionada con las ventas de ese libro? JEG: Si yo supiera, o alguien supiera, de esa receta, todos mis libros serían superventas. La verdad es que no. En mi experiencia ya de veinticinco años publicando sistemáticamente todos los años, puedo decir que a menudo uno pone grandes esperanzas en un libro y cree que va a tener éxito, y el libro pasa inadvertido. Y, otras veces, un libro que compusiste sin darle demasiada importancia, acierta en la diana, gusta a la gente y es un éxito. Es muy difícil acertar. Los propios editores no saben cómo, por mucha experiencia que tengan.

JLAL: ¿Y está en peligro el estado de bienestar?

JEG: El humor español casi siempre es un humor negro, o sea que, aunque haya crisis, nosotros tenemos que incidir en el humor porque, de lo contrario, no nos quedaría más que colgarnos de un olivo, volviendo al tema jaenero.

JEG: Eso parece, que está muy en peligro, tal y como nos lo hemos planteado. Es decir, para que uno tenga Seguridad Social y todo eso, hay que cotizar porque las cosas no te las pueden dar gratis. Pero como las parejas jóvenes han dejado de tener hijos, pronto habrá un pensionista por cada trabajador, lo que es imposible de mantener. Y esto de la redistribución, que me parece muy bien, la esencia del Estado de bienestar se basa en que haya contribuyentes, gente arrimando el hombro para que el gobierno redistribuya la riqueza. Creo que en el futuro hay que valorar más el mérito y el esfuerzo y, al que rinda más, se le debe pagar proporcionalmente. Intentar que haya menos zánganos viviendo del Estado y de los impuestos del trabajador. Un régimen liberal que es en el que vivimos, y en el que debemos vivir, porque es el menos malo, debe recompensar el esfuerzo.

JLAL: ¿Y qué hemos hecho mal? Porque, seguramente, con más de cinco millones de parados, en su familia, amigos, en su entorno tiene que haber algún parado. ¿Qué hemos hecho mal para llegar hasta aquí?

JLAL: Habla del esfuerzo y estamos precisamente en una entrevista en el entorno vinculado a la universidad. No sé si tiene algún consejo que darle a esos jóvenes que ahora mismo ven el futuro muy negro.

JEG: Yo lo veo casi claro, sin saber mucho de Economía: hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y hemos dejado de trabajar. Eso es lo que hemos hecho mal. Y, ahora, obviamente, tenemos que volver a vivir dentro de nuestras posibilidades, empobreciéndonos y trabajando más.

JEG: En primer lugar, ver el futuro con moderado optimismo, ya que ellos están en edad. Estamos en un túnel, pero habrá alguna salida del túnel. Mientras tanto, deben prepararse bien, a fin de acrecentar sus posibilidades en el mundo competitivo que nos espera, nunca tirar la toalla. Además, ya

JLAL: Abro un tercer bloque para tratar asuntos varios. Por ejemplo, en sus libros el humor es algo habitual pero, ¿está la cosa para risas con esto de la crisis?


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que estamos hablando de un entorno universitario, tendríamos que ser más realistas. Las universidades, no hablo sólo de la de Jaén, sino en general, las universidades tendrían que estar más vinculadas al territorio en el que están y las posibilidades económicas que el entorno ofrece. Eso es también muy importante. Yo he vivido años en Inglaterra vinculado a universidades inglesas, siempre eso lo he echado de menos cuando he vuelto a España. JLAL: ¿Cómo cree que el libro electrónico o internet o lo que venga con las nuevas tecnologías va a influir en los autores? JEG: En el hecho de escribir no creo que influya, pero en el mundo de la edición, sí. Las nuevas tecnologías acabarán imponiéndose porque son el futuro, como se impuso el teléfono, como se impuso el telégrafo. Son palancas de futuro y hay que darles la bienvenida por muchos motivos, empezando por el ahorro de papel que salvará muchos bosques, porque todos estos libros que nos rodean han salido de bosques talados. Espero grandes innovaciones con el libro electrónico, especialmente en lo tocante a gráficos e ilustraciones. Obviamente, a mi edad, me seguirán atrayendo los libros de papel, olerlos, subrayarlos, tocarlos… Pero yo creo que la gente joven tiene que irse al libro electrónico. Toda esta biblioteca en la que hablamos, todas las bibliotecas particulares que tanto enfadan a veces a las amas de casa por la cantidad de polvo que acumulan, todo esto cabe después en una de estas carpetas que puede almacenar mil o dos mil libros. Son el futuro. JLAL: ¿Cuál es su relación con los sms, los ‘whatsapps’, los facebooks, los twitters? JEG: Pues la mitad de esas palabras no sé exactamente lo que significan, aunque me suenan familiares porque tengo hijas en edad de usarlas. Personalmente, la tecnología más avanzada que domino, y no del todo, me temo, es la utilización del ordenador como máquina de escribir. Pero ya, más allá… También soy capaz de poner mensajes en el móvil, sí, pero mensajes muy cortitos: “comemos a las tres” y cosas así.

JLAL: ¿Qué le reporta más satisfacción, una crítica favorable en un periódico o encontrarse por la calle casualmente a un lector? JEG: Encontrarme a un lector, siempre, cuando voy a ferias del libro y un lector me dice que le ha gustado el libro, se me ensancha el corazón y siento un gran estímulo para seguir. Pero, aparte de eso, acepto y agradezco las críticas, pero no necesariamente las favorables, me gustan todas, porque el caso es que hablen del libro, aunque sea bien, como decía aquel. (Creo que es una ocurrencia de Unamuno). JLAL: [risas] ¿Es más amigo de trasnochar o de madrugar, a la hora de escribir? JEG: No, yo soy muy madrugador, a las siete estoy dándole a la tecla y a la diez de la noche estoy leyendo en la cama. JLAL: ¿Quién le corrige o, de alguna manera, quién es la primera o el primer lector? JEG: Tengo un grupo de lectores, cinco o seis, a los que doy a leer mis libros antes de enviárselos al editor. Y, cuando dos de ellos coinciden en que una parte es pesada, la suprimo, aunque a mí me parezca la mejor del libro. JLAL: ¿Qué hace cuando no escribe? JEG: Cocino a diario y hago la compra en el mercado. También me gusta viajar un par de semanas al año, una en primavera y otra en otoño. O sea, llevo una vida apacible. Pero lo que más me gusta es leer y escribir, por ese orden. JLAL: ¿Qué lee, entonces? JEG: Leo de todo. Leo ensayo, preferentemente histórico, no-

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velas, algo de poesía. En historia intento estar al día de lo que se publica referente a mis áreas de interés. En novela y en poesía no estoy al día: cada vez releo más. Eso es también una cuestión de la edad. Uno empieza ya a leer menos lo que va saliendo y tiende a volver a los clásicos: Cervantes, Homero, Sender, Borges, Cunqueiro, Valle Inclán... lo que ya leyó una vez y le gustó. JLAL: El mayor tiempo de ocio que dedican los españoles, lo dedican a ver la televisión. ¿Tenemos la televisión que nos merecemos? JEG: No sé si tenemos la televisión que nos merecemos o si la televisión tiene el pueblo que se merece pero, desde luego, algo raro hay ahí que debemos arreglar. Se ha convertido en un elemento de alienación y deseducación. JLAL: ¿Dónde le gusta refugiarse? JEG: Cuando viajo, si tengo tiempo suficiente, visito, aparte de museos y monumentos, mercados y cementerios. Creo que resumen bastante bien el carácter de una comunidad. JLAL: Tres últimas reflexiones: ¿cuál es el libro que le hubiera gustado escribir? JEG: Bueno, todavía no lo he escrito. Siempre digo a mis íntimos, y aquí estamos entre paisanos de Jaén, que el libro que quiero escribir al final de mi vida, al que creo que ya me

voy acercando, es una saga de tres, cuatro, cinco novelas, lo que me dé, que ocurra en Jaén, que empiece a finales del siglo XIX y llegue hasta los años sesenta o setenta del XX. Eso es lo que realmente me gustaría hacer y digamos que estoy haciendo músculo y preparándome para escribirlo. JLAL: ¿Entonces, Jaén, sí tiene quién le escriba? JEG: Bueno, yo espero mucho de las nuevas generaciones de escritores jiennenses. Me consta que en Jaén hay gente que escribe bien y que están despuntando muy buenos escritores. No es el mejor momento del mercado para salir, lo reconozco, pero los animo a perseverar. Algunos me escriben a mi página web, y me mandan sus cosas. Creo que hay una buena reserva. Y espero que se note en el futuro, que salgan más Muñoces Molina entre nuestros paisanos. JLAL: Espero que el ejercicio que le comentaba al principio de la entrevista de intentar explicar y exponer quién es Juan Eslava Galán haya servido a lo largo de esta entrevista. Por último como amante confeso de la Historia, facilite el trabajo a quienes vean o lean esta entrevista en el futuro y defina quién es Juan Eslava Galán. JEG: Yo no me sabría definir muy bien. Creo que soy una persona normal que ha alcanzado cierto éxito porque tengo lectores fieles que leen las cosas que escribo. Que escribo lo que a mí me apetecería leer y a lo mejor ese es un punto de conexión importante con los lectores. Profeso ser fiel a los amigos, a la tierra y a mi verdad, aunque a veces resulte políticamente incorrecta. No me veo como nadie excepcional, obviamente, sino como un artesano que hace su trabajo lo mejor que puede y sabe. JLAL: Muchas gracias. JEG: A usted, encantado. Gracias.


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reseña curricular de José Luis Adán López, entrevistador de Juan Eslava Galán en el Proyecto Natural de Jaén

José Luis Adán López (Linares, 1974) es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Sevilla y posee el título de Máster en Periodismo y Comunicación Digital por las universidades Carlos III de Madrid y la Autónoma de Barcelona. Tras unas primeras experiencias en radio, finalmente se decantó por la prensa, así su actividad profesional está estrechamente ligada al diario IDEAL. Fue corresponsal de este medio en Linares a finales de la década de los noventa, impulsó el lanzamiento de una nueva edición de IDEAL en la Costa Tropical, con redacción en Motril; años después fue Editor de la sección de Local, Provincia y Andalucía en la redacción del periódico en Granada y desde 2003 es el delegado de IDEAL en la provincia de Jaén.

En este tiempo IDEAL ha reafirmado su compromiso esencial con el desarrollo de la provincia y con el progreso de su sociedad, ha consolidado la edición digital de IDEAL, www.ideal.es/jaen, con el paso a una redacción multimedia y posicionándose como medio referente en Internet en la provincia. Además en este periodo IDEAL ha puesto en marcha encuentros empresariales por los que han pasado, entre otros, ministros, consejeros y representantes de los empresarios andaluces, ha promovido unos reconocimientos a las mejores webs de Jaén o hechas aquí y ha desarrollado acciones promocionales singulares vinculadas al turismo como maratones fotográficos o proyectos como las ‘Siete maravillas de Jaén’, reconocida como I Premio de Comunicación Local por la Diputación Provincial de Jaén, entre otras iniciativas.

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Moros, Cristianos y Castillos en el alto Guadalquivir Cómo vivían, cómo luchaban, cómo comían, cómo amaban

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Capítulo 1

LA CIUDAD ISLÁMICA Los musulmanes aspiraban a vivir en ciudades. Aunque fueran nómadas del desierto, preferían asentarse en núcleos urbanos rodeados de cultivos, con un artesanado y un comercio activo. La llegada de los conquistadores islámicos a nuestra Península revitalizó las decaídas ciudades, casi abandonadas por los godos después de la ruralización que acompañó al ocaso del imperio romano, cuando las personas pudientes abandonaron los núcleos urbanos para vivir en el campo, en haciendas fortificadas (villae). Por vía de ejemplo, vamos a visitar una ciudad musulmana, Arjona, la patria de Aben Alhamar, el fundador de la dinastía nazarí, para observar cómo viven sus habitantes. Nos servirá de guía Selim ibn Abarán, un moro culto y de buena familia1. Arjona, como muchas ciudades musulmanas del Alto Guadalquivir, está emplazada en un cerro de fácil defensa, un antiguo oppidum iberorromano. La meseta del cerro es hoy un alto mirador, la Plaza de Santa María, con sus edificios de piedra, sus naranjos, sus cipreses, el remanso de los vientos de la campiña, el balcón del privilegiado paisaje desde el que se columbra, de un lado, la Peña de Martos y el espinazo de dragón de los montes de Jabalcuz y, del otro, las lejanías verdigrises de Sierra Morena.

1  Tengo cierta confianza con él porque es el protagonista de mi novela Guadalquivir.

-Todo lo que ves –dice Selim, abarcando con el gesto a la ciudad- es la medina (al-madinat) o conjunto de barrios (harat) incluidos dentro del recinto amurallado en los que la gente se agrupa por razón de origen étnico o religioso (árabes, beréberes, judíos, mozárabes…). La muralla que circunda la medina dispone de cinco puertas denominadas con el nombre de la ciudad a la que sus caminos de dirigen: Andújar, Jaén, Martos y Córdoba y del Sol. De estas puertas parten las calles principales, más anchas y empedradas, que se dirigen a la alcazaba (al-qasaba), o a los mercados. -¿La alcazaba? Así llamamos al barrio alto de la ciudad, que ocupa la meseta natural del cerro y está rodeado por una fuerte muralla con sus torres y su antemuro. La alcazaba es la parte mejor defendida de la ciudad, su corazón y su cabeza, el centro donde reside el poder, las dependencias administrativas, las mansiones de la clase dominante, el cuartel de la guarnición militar. En las ciudades importantes, la alcazaba también encierra la alcaicería, con sus tiendas de lujo, armas, sedas y perfumes. El ámbito restringido de la alcazaba simboliza también la dominación de la mayoría por la minoría dirigente. La alcazaba aisla a la aristocracia en un espacio urbano propio que preserva su intimidad, como los barrios exclusivos de ciertas ciudades modernas. Dentro de la alcazaba distinguimos: la mezquita mayor, las residencias de los

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potentados y el alcázar (qasr) residencia del gobernador y cuartel de la guarnición. Dentro de la alcazaba, el alcázar es un recinto más restringido, con sus propias murallas y torreones. También puede ejercer esta función una torre de gran porte, exenta (qal´a hurra). La alcazaba domina la ciudad y la protege de enemigos exteriores, pero, al propio tiempo, defiende a sus moradores, la clase privilegiada, de la posible rebelión de la clase sometida. La alcazaba nunca se construye aislada en medio de la

ciudad sino en un extremo de ella, con salida fácil al campo o al río para evitar que, en caso de sublevación popular, la población de la ciudad pueda cercarla. Supongamos que el enemigo asedia la ciudad, logra romper la muralla e invade sus calles y plazas. Aun así, con la ciudad saqueada y tomada, los habitantes de la alcazaba quedan a salvo, se parapetan detrás de sus murallas, más fuertes, más altas y mejor defendidas que las del recinto exterior, y pueden resistir indefinidamente. Al


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restringir el perímetro, la nueva línea resulta más fácil de defender.

bana: fuentes públicas, alcantarillado en las calles principales, baños públicos (hamman), fondas (al-fundaq) y hornos.

Descendemos de la alcazaba de Arjona y paseamos por la ciudad. Da la impresión de que la gente vive en la calle, unos porque acuden a sus obligaciones y otros porque merodean sin rumbo fijo buscando a conocidos con los que charlar. En las esquinas más céntricas, los desocupados organizan tertulias.

En el mercado reina gran animación. Un funcionario, el almotacén (al-muthasib) vigila los precios y los pesos y medidas. En caso de duda acude a los modelos oficiales que se custodian en la mezquita. Cuando hay conflictos y reyertas interviene el zalmedina o Prefecto de la Ciudad, jefe de policía que juzga en faltas de poca monta e impone castigos ejemplares, multas, latigazos, paseos infamantes a lomos de un asno llevado del ronzal por el verdugo y, si los jueces lo deciden, pena de muerte. Las ejecuciones son públicas, en algún lugar extramuros .

El zoco mayor (suq al-kebir) está cerca de la mezquita principal. En sus calles los artesanos se agrupan por especialidades: carpinteros, alfareros, tejedores, albardoneros, sastres, herbolarios, estereros, etc. Lo que podríamos denominar polígono industrial, está en el centro de la ciudad, donde el taller de elaboración de un producto y el comercio en el que se vende se confunden, pero las industrias contaminantes, como tintorerías, herrerías y almazaras, se emplazan en las afueras. Reparamos en que la ciudad carece de edificios administrativos. Tampoco tiene estatuto jurídico, ni planeamiento centralizado. El caser��o crece a su aire, como el seto de un jardín que el jardinero experto apenas poda. Es un urbanismo caótico que respeta tan sólo las normas que dicta el sentido común para comodidad de la colectividad. Las callejas retorcidas, aunque de noche tengan un aspecto torvo, tan oscuras, también protegen de los ardores del sol en tiempo caluroso y permiten que los transeúntes disfruten de una temperatura de varios grados menor que la de los espacios abiertos. Abundan, en este laberinto urbano, los callejones ciegos o adarves (al-darb) que aislan a sus moradores del bullicio; las corralas, o casas de vecinos alrededor de un patio, cuya puerta se cierra por las noches, y las correduelas o placitas interiores sin salida. También, como luego veremos, en el paseo, hay calles encubiertas, cerradas como un túnel por los voladizos de las casas.

Servicios públicos. En medio de la anárquica construcción no faltan, sin embargo, algunos servicios comunes esenciales para la vida ur-

Cuando la ciudad se expande y su caserío desborda las murallas, se forman barrios exteriores o arrabales (al-rabat) que, si crecen en importancia, se amurallan a su vez. Esto explica que en el interior de una misma ciudad puedan existir recintos murados sucesivos.

Los baños públicos. Después de una mañana ajetreada, tras visitar los zocos y la mezquita, el cuerpo pide un descanso. Nada más adecuado que un baño reparador. El árabe procedente de la reseca Península Arábiga aprecia cuanto tenga relación con la cultura del agua. En las ciudades romanas y bizantinas conquistadas, los árabes han encontrado magníficas termas y se han aficionado a los baños que han seguido utilizando con gran entusiasmo y reproducen en las nuevas ciudades que fundan. Arjona cuenta con varios baños (hamman) a los que acude la población por motivos higiénicos, rituales y sociales. El baño es, además, casino y mentidero donde los amigos se reúnen después del trabajo a hacer tertulias en las que se toma el pulso a la sociedad y se comentan los últimos acontecimientos o se traman negocios. Los baños son públicos (aunque las familias adineradas disponen, también, de baño privado). Cada barrio tiene su baño, a veces, varios. Córdoba, en el siglo X, su época de esplendor, llegó a tener más de trescientos.

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A los baños públicos acuden los hombres por la mañana y las mujeres y los niños por la tarde. Como estamos en Arjona, vamos a visitar los baños del barrio bajo, cerca de la puerta de Andújar, en el Pozo del Llano. El edificio es cuadrado, compacto, sin ventanas. La luz y la ventilación proceden de unas lumbreras (midwa) en forma de estrella de ocho puntas, abiertas en los techos abovedados. Para que no escape el calor ni penetre la lluvia, se cubren con un grueso cristal o con placas de alabastro.

La primera estancia es un vestíbulo amplio donde humea un braserillo de aromática alhucema. El encargado cobra su estipendio, una moneda de cobre, poca cosa, porque los baños están subvencionados. Por un óbolo nos alquila una toalla y unos zuecos de madera. También tiene a la venta loción jabonosa, tierra de batán (tafl) para lavar el pelo y perfume, aunque casi todos los usuarios traen esos productos de su casa o del mercado.


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Pasamos al vestuario (bait al-maslaj), nos desnudamos en unas cabinas de madera y entregamos la ropa a otro empleado. Cubiertos con la toalla pasamos a la sala fría intermedia (bait al-barid, el frigidarium de los romanos). La amplia sala está presidida por una escultura ibérica de un toro hallada al excavar el hueco de la caldera, que le da nombre a los baños, baños del Toro. Hay una alberca central rodeada de amplios deambulatorios donde los bañistas charlan o pasean Después de bañarnos pasamos a la sala templada (bait al-bastani, el tepidarium de los romanos) y después a la sala caliente (bait al-sajuni, el caldarium de los romanos). La sala es muy amplia, sostenida con columnas, con los muros decorados con pinturas geométricas en rojo y en negro. Tiene en el centro una alberquilla de agua caliente de donde los empleados del baño (tayyab) sacan baldes de agua para que los clientes que se han enjabonado y frotado con manoplas de cuerda se enjuaguen el jabón y la grasa. Hay un gran trasiego de cubos de madera (kub). Selim nos señala una puerta. -Ese es el corazón del hamman: la caldera. Es una estancia de regulares dimensiones con una gran caldera de cobre instalada sobre tabicas. Debajo arde un hornillo (al-burma) alimentado con estiércol, virutas de carpintería y otros desperdicios de la ciudad (en algún caso, ¡ay!, con libros). El agua fría procede de la calle por una tubería que desemboca en un gran pilón de mampostería. Una tubería provista de grifo alimenta la caldera. El agua caliente discurre por una tubería de bronce hasta la alberquilla de mampostería del caldarium. Selim me explica cómo se aprovecha el calor de la hoguera. El aire de la combustión, encauzado por un complejo sistema de galerías que discurren por el suelo y por las paredes, caldea las salas caliente y templada, una ingeniosa disposición copiada de los baños romanos. Este es un baño lujoso: el suelo de casi todas las dependencias es de placas de mármol, pero el de la sala caliente es de losas de piedra caliza que soporta mejor las altas temperaturas y el brusco enfriamiento cuando se vierten baldes de agua fría para producir el vapor de agua.

En la sala caliente nos aseamos. Cuando rompemos a sudar pasamos a la sala templada donde nos tendemos en unos poyos altos para que fornidos masajistas (hakak), apenas cubiertos con un sucinto taparrabos, nos froten con guantes de cerda y paño, nos unten de aceite de oliva perfumado y nos revitalicen el cuerpo con un enérgico masaje. Después pasamos a la sala de descanso, amplia y confortable, donde muchos usuarios hacen tertulia. En un extremo de la sala dos barberos ejercen su oficio, junto a la puerta lateral que comunica con las letrinas. Una óptima sesión de aseo procura limpiar el cuerpo por fuera y por dentro. En la Península Ibérica existen bastantes baños de la época musulmana, en variado estado de conservación. Vale la pena visitar los de Jaén, en el subsuelo del palacio de los Condes de Villardompardo, recientemente restaurados, un conjunto de la primera mitad del siglo XI que ocupa casi quinientos metros cuadrados. Los cristianos quizá no aprecian el baño tanto como los moros, dado que no han descubierto su aspecto relajante y se limitan al estrictamente higiénico, pero también disponen de baños en sus ciudades importantes. Sólo a partir del siglo XIII empezarán a considerar el baño como un lujo propio de moros medio afeminados y sospecharán que su uso por los moriscos obedece a cuestiones religiosas más que higiénicas, lo que acabará por desacreditarlos. En el siglo XV un clérigo cristiano critica que los moriscos de Granada, “se laven aunque sea diciembre”. Nuevamente en la ciudad, cruzamos una plazuela donde juegan los niños fingiendo batallas sobre caballitos de caña, con lanzas y espadas de lo mismo y adargas de corteza de alcornoque. De pronto aparece un cortejo nupcial que avanza por la calle empedrada. La gente suspende el trabajo y se asoma a verlo pasar desde las puertas y desde las celosías de las ventanas altas. Acompañan al novio y a los invitados músicos que tañen con entusiasmo flautas y panderetas entre la algarabía de pilluelos que dejan sus juegos para seguir al cortejo. Uno de los familiares del novio lanza al aire, de vez en cuando, un puñado de almendras garrapiñadas que la chiquillería se disputa.

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Los juristas malikíes desaprueban el uso de instrumentos musicales, pero la sociedad hispanomusulmana es bastante tolerante en estas materias, cuando los tiempos le permiten serlo. Podríamos decir que a lo largo de los ocho siglos del islam andalusí hubo épocas de más predominio religioso en las que el rigorismo se impuso, pero a menudo la sociedad es bastante permisiva.

Los flautistas y los tocadores de laúd se ganan bien la vida, especialmente en Sevilla, donde son frecuentes las veladas musicales a la luz de la luna, en tiempo cálido, en las quintas o en las barcas de recreo que transitan el Guadalquivir. En torno al zoco principal la muchedumbre es compacta y vocinglera. Para hacerse entender, Selim se ve obliga-


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do a levantar la voz por encima del ruido ambiente y de los pregones de los vendedores que alaban, a voz en grito, su mercancía e intentan atraer a los clientes que se han detenido frente a la tienda de la competencia. No faltan astrólogos (munayyim), adivinos (kahín) y echadores de la buenaventura (hasib) que arrojan unas piedrecitas sobre un tablero o remueven el agua en el fondo de una escudilla y por ese medio son capaces de predecir el futuro o los asuntos amorosos del consultante, siempre una persona “de espíritu débil”. Tampoco perfumistas (bajjar) ambulantes que a cambio de una moneda de cobre te hacen un sahumerio de incienso y madera de olor cuyos agradables efectos contribuyen por un rato a sustraerte del olor a humanidad sudada que te rodea y de los olores a fritanga, a estiércol fresco, a especias, a humanidad que impregnan las ropas y embalsaman el aire. En las plazas de los zocos no faltan artistas que entretienen a la muchedumbre. La gente se parte de risa con los bufones (mahhan) que cuentan chistes, o se extasía con los juglares o contadores de cuentos (qass), capaces de cautivar a la audiencia durante horas, o contempla las evoluciones a los titiriteros y malabaristas (mulhi) y se divierte con los ventrílocuos, con los ilusionistas (la-ib), los especialistas en sombras chinescas con marionetas (ahl al-tajyl). Lo malo es la cantidad de mendigos que continuamente molestan al forastero, especialmente si viste con elegancia y les parece pudiente, como es nuestro caso. Algunos pedigüeños están encuadrados en auténticas cofradías (tariqa sasaniyya) que prefiguran lo que, andando el tiempo, y ya con los cristianos, será el patio de Monipodio cervantino. Algunos te tiran de la manga y te cuentan historias lastimeras de familias enfermas y desatendidas, otros te enseñan llagas encendidas y supurantes, no por falsas menos repugnantes, o se fingen lisiados para aprovecharse de la predisposición a la limosna de todo buen musulmán. Pasamos por un arco ciego en la calle de las putas. Un rufián acodado en un poyete fuma tranquilamente hachis (hasis), una costumbre egipcia llegada a al-Andalus en el siglo XIV. A lo largo de los siglos, los moralistas claman contra el vicio, al parecer sin muchos resultados. La pederastia (hubb

al-walad) –nos explica Selim–, afecta a individuos de todas las clases sociales incluido el califa al-Hakam II, y es un vicio extendido especialmente durante las disolutas cortes de taifas. La sodomía, a pesar de estar prohibida por el Corán, es también corriente en al-Andalus, aunque en determinadas épocas los homosexuales (hawi o mujannat) sufren persecución por la justicia. Las putas actúan en ciertos sectores de la ciudad o en las ventas del camino (jan), donde se ofrecen al viajero y a la población dispersa por el campo. En Arjona hay dos fondas (fondaq) donde se hospedan los forasteros y los mercaderes. Son corralas cuyas habitaciones dan a una galería interior en torno a un amplio patio empedrado en el que no faltan un pozo o una fuente, un abrevadero, letrinas y otros servicios comunes. El piso bajo lo ocupan las cuadras de los animales y los almacenes donde se guardan las mercaderías.

La vivienda. Paseando por Arjona echamos de ver que el aspecto exterior de la vivienda musulmana es más bien adusto, quizá un muro decrépito, alto, cerrado, sin más hueco a la calle que la puerta de acceso que puede ser estrecha y mezquina, y situada a un lado de la fachada. Es una impresión engañosa. Por fuera la vivienda acomodada se diferencia poco de la del pobre. Es en el interior donde se refleja el estatus social y económico de la familia. Sólo en el siglo XII empezaron a abrirse huecos a la calle, protegidos por tupidas celosías que salvaguardaban la intimidad, pero permitían a los moradores vigilar el espacio público, especialmente a las moradoras, precisión machista de Selim. Casi siempre la vivienda musulmana se organiza como una serie de habitaciones en torno a un patio central que les da luz y ventilación. Si la casa es rica, dispondrá de varios patios sucesivos, quizá con un espacio ajardinado con fuente central en el primero, que nos recuerda un poco a la casa patricia romana. La zona más remota y mejor guardada es el harem, reservado a las mujeres.

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La casa humilde consta de sólo una planta. Las de cierto fuste, añaden un piso superior (al-gurfa, “algorfa”) que se utiliza en invierno. En verano se usa la planta baja, más fresquita. Algunas casas disponen de azotea rodeada de celosías e incluso, en las más acomodadas, una torre mirador, cubierta de tejado piramidal y con ventanas de doble arco partidas por una columnilla de mármol o una pilastrilla de ladrillo. La azotea, rodeada de celosías que preservan la intimidad, es el lugar ideal para dormir o tomar el fresco en las calurosas noches de verano, para tender la ropa e incluso para secar frutos que requieran solearse. Hemos notado que las escaleras, incluso las de las casas patricias, son incómodas, estrechas, de poca huella y alto peralte. Éste suele solarse con losetas rectangulares y presenta el borde protegido por un mamperlán de madera o por piezas angulares de cerámica verde. En las habitaciones del piso alto se instalan los dormitorios y, en algún caso, el harem con balcones o ventanas voladizas de madera provistas de tupidas celosías (musrif o sar´a) desde las que las mujeres pueden observar la calle sin ser vistas. A veces estas celosías disponen de una portezuela por la que las mujeres descuelgan una cesta para recoger los productos que los vendedores ambulantes pregonan por la calle. En el mismo recipiente depositan el precio de lo adquirido. De esta manera pueden comprar sin que el vendedor las vea, y preservan la intimidad de la casa. Los productos que ofrecen los vendedores ambulantes son frutas, quincalla, mercería y golosinas garrapiñadas a las que las damas son muy aficionadas. Las andalusíes no tienen los problemas de dieta de tantas mujeres actuales: sus esposos aprecian las caderas anchas, los muslos opimos, un poquito de barriga, los pechos grávidos y los montes de Venus acolchados y prominentes. Uno, que es occidental, cristiano y mal pensado, no deja de sospechar que tanto secretismo y ocultación (el harem, la cesta que se descuelga, el vendedor que ronda las ventanas) puede facilitar algún enredo digno de Las Mil y Una Noches.

Los dormitorios se instalan en las habitaciones más alejadas. A menudo un arco divide el espacio y limita el emplazamiento del camastro que se eleva unos centímetros. No hay camas propiamente dichas, sino sucesivas colchonetas que se enrollan y retiran cuando no se están usando. Llegada la hora de dormir se extienden sobre tarimas con sus lienzos y sus mantas o pieles si hiciera frío. El suelo se reviste con esteras de esparto, junco o lino, o de alfombras de vivos colores. En las casas pudientes las paredes interiores están estucadas o revestidas de yesería tallada o proveniente de moldes y pintada en colores vivos, azul, rojo, verde, negro y blanco. También abundan las bandas de azulejos decorativos, dejando espacios vacíos que se recubren con tapices. Los muros exteriores son del color del tapial o del revoque aplicado sobre el ladrillo o el adobe, es decir, pardos o rojizos. No obstante, algunos edificios nobles presentan despieces de sillería o de ladrillo pintados sobre el revoque. En las casas más modestas se usa la cal y la almagra, y a veces azulete, en cenefas o dibujando diversos entramados geométricos. Los techos entreplantas son alfarjes sostenidos sobre vigas de madera que se encastran en muros opuestos y sostienen una tablazón que, a menudo, recibe una capa de yeso o un suelo de losetas. Las vigas vistas se tallan o se pintan. A veces se ocultan tras un falso techo de escayola. En las principales dependencias de la casa vemos puertas y ventanas provistas de postigos e incluso de vidrieras. También abundan las celosías de mármol o de yeso, a veces con cristales policromados. Hemos notado que las ventanas son normalmente bajas, entre diez y veinte centímetros del suelo. Esto es, explica Selim, porque están calculadas para que se asomen a ellas personas tumbadas o sentadas en almohadones. Los suelos de las casas acomodadas son de placas de mármol, de losetas de barro cocido o de barro vidriado, a veces formando complejos diseños con olambrillas de distinto corte: hexagonales, ochavadas, en estrella, etc. Las compo-


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siciones resultan a veces tan complejas como un mosaico. Abundan los zócalos de cerámica o de estuco. En las casas modestas el suelo es de yeso tintado de almagra y mezclado con aceite rancio y moleduras de hueso de aceituna, lo que ahuyenta a los ratones.

La cocina. En la mayoría de las casas musulmanas no existe una habitación destinada a cocina (al-matbaj). A menudo se cocina en un anafre (al-nafij) u hornillo portátil de cerámica o chapa que puede instalarse en el patio principal o en el corralillo trasero, a veces bajo un cobertizo que lo protege de las inclemencias del tiempo. Algunas viviendas disponen de un hogar en el suelo para un fuego que caldea la casa y sirve para cocinar. Durante los meses invernales, la familia vive en estas estancias, las únicas verdaderamente caldeadas. En las casas donde sólo hay una chimenea que sirve para cocinar, calentar la estancia y alumbrarse, suele haber un banco corrido de mampostería (mastaba o saqifa) a lo largo de los muros laterales para sentarse durante el día o para acostarse durante la noche y una alhacena (al-jacina) donde se guardan los alimentos además de baldas y clavos para colgar sartenes y utensilios. Del hogar central se sacan las ascuas que, distribuidas en braseros metálicos portátiles, caldean las estancias en tiempo invernal.

Retrete y baño Algunas casas musulmanas disponen de retrete (bayt alma, “cuarto del agua”; o bayt al-raha, “cuarto de descanso”), a veces instalado en el hueco de la escalera con una ventanita alta, apenas más ancha que una saetera, abierta al patio para evacuar los olores e iluminar la estancia; otras veces junto al zaguán, con la ventanita a la calle. El retrete propiamente dicho es un poyete de mampostería provisto de un agujero y hendidura central que comunica, mediante dispositivo acodado, con el pozo negro o, en algu-

nas casas nobles de Córdoba y Granada, con una atarjea por la que las aguas sucias de la casa son arrastradas al colector general por las aguas sobrantes de fuentes y pilares. En el muro del retrete suele haber un nicho para el bacín (al-qasriyya) y, adosada a la pared, una pileta (naqir) alimentada por una tubería. Esta sirve para el aseo del usuario a falta de papel higiénico y para la limpieza del retrete después de cada uso. El musulmán se lava el trasero siempre con la mano izquierda y come con la derecha. Cuando la justicia le corta la mano derecha a un delincuente, a la manquedad se añade la vergüenza de verse obligado a realizar las dos funciones con la mano restante. En el cuarto del agua no falta un lebrillo o pila para asearse. Si la casa es rica habrá una bañera de loza (abzan) o incluso un sarcófago romano reutilizado (pila) al que piadosamente le habrán descabezado primero las figuras humanas, si las tenía. En un estante o alacena se disponen los recipientes que contienen los productos propios de aseo. En el zoco de los perfumistas pueden adquirirse los productos necesarios: jabón hecho con ceniza de lentisco, adelfa, vid, zarzamora, sauce o higuera, cáscara de toronja para combatir el mal olor de la boca, desodorante a base de agua de rosas, alcanfor, juncia olorosa y almártaga, y otra variedad de productos de tocador.

El jardín En las casas palaciegas, el patio central es un jardín extenso de forma rectangular en el que se reproduce el paraíso: fuente central, con cuatro regatos (los ríos del paraíso) y espacios ajardinados en los que se siembran alfombras de flores y plantas de olor (arrayán, dama de noche, etc.). El jardín moruno es un préstamo directo del jardín persa. Fuera de Arjona, en las suaves lomas de Hardón o Cotrufes, y en las apacibles riberas del Arroyo Salado, encontramos algún cortijo o quinta de recreo (almunia) rodeado de campos, huertos o jardines. En torno a Córdoba y otras ciudades proliferan, en la época tranquila del califato, y aun después, alquerías y ca-

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sas de campo en las que los pudientes atienden al ocio y al negocio. Ibn Luyún, en el siglo XIII, nos asesora sobre cómo se debe construir una casa de campo: Para emplazamiento de una casa entre jardines se debe elegir un altozano que facilite su guarda y vigilancia. Se orienta el edificio al mediodía, a la entrada de la finca, y se instala en lo más alto el pozo y la alberca o, mejor que pozo, se abre una acequia que discurra entre la umbría. La vivienda debe tener dos puertas para que quede más protegida y sea mayor el descanso del que la habita. Junto a la alberca se plantan macizos que se mantengan siempre verdes y alegren la vista. Algo más lejos debe haber parterres de flores y árboles de hoja perenne. Se rodea la heredad con viñas y se plantan parrales en los paseos que la atraviesen. A cierta distancia de las viñas, lo que quede de la finca se destina a tierra laborable y así prosperará lo que en ella se siembre. En las lindes se plantan higueras y árboles semejantes. Los grandes frutales se plantan al norte para que protejan del viento al resto de la heredad. En el centro de la finca debe haber un pabellón dotado de asientos que dé vista a todos lados, pero de tal suerte que se vea quién se acerca al pabellón antes de que llegue y que no pueda oír las conversaciones de los que están dentro. El pabellón se rodea de rosales trepadores y de macizos de arrayán. En la parte baja se construirá un aposento para huéspedes y amigos, con puerta independiente y una alberquilla oculta por árboles de las miradas de los de arriba. Si se añade un palomar y una torrecilla habitable no hay más que pedir. Para proteger la finca se cercará con una tapia. En la puerta principal habrá poyos de piedra. Los trabajadores deben ser jóvenes y personas que atiendan los consejos de los viejos.

Hospitales En las ciudades andalusíes, la población hacinada y no muy aseada está expuesta a epidemias frecuentes. La famo-

sa epidemia de la “peste negra” que asoló Europa, tanto la cristiana como la musulmana, en 1348 y los años siguientes, mató a dos tercios de la población. Con todo, la enfermedad más temida es la lepra (marad). Lejos de la ciudad, en despoblados, existen leproserías (rabad al-marda) mantenidas con fondos píos. En al-Andalus hay médicos famosos, algunos de los cuales escriben tratados de medicina, a veces inspirados en otros heredados del mundo grecorromano u oriental. Algunos dominan la técnica de la operación de cataratas. El médico (tabib) se auxilia con un enfermero (mutatabbib) que aplica ventosas o sanguijuelas y cauteriza llagas. Hay concertadores de huesos y cirujanos expertos en la extracción de flechas. El barbero sangrador (fassad) y los boticarios (saydalani) completan el catálogo de especialistas en salud. Los médicos judíos destacan dentro de la profesión, tanto en al-Andalus como en los reinos cristianos. La destreza de los cirujanos judíos de Lucena ha convertido esta ciudad cordobesa en un lugar especializado en la preparación de eunucos. En nuestro deambular por Arjona, pasamos por una placita junto al zoco de la muralla, en la actual Plaza de los Coches, donde actúan varios malabaristas acompañados por flautistas y tamboriles. Los acompaña una bailarina (raqisa) que primero canta y después realiza juegos malabares con puñales afilados. Termina nuestro paseo en la puerta de Andújar. Al otro lado del muro, a uno y otro lado del camino, se extiende uno de los cementerios (maqbaras) de la ciudad. No vemos tumbas monumentales sino modestas lápidas bastante estrechas (el difunto se entierra de lado). Las personas de cierto relieve religioso, santones, se inhuman en una especie de ermitas (quba) que se convierten en lugar de oración para los fieles. Selim cuenta que muchos compatriotas suyos acuden a la romería de la ermita de la santa de Villanueva de Andújar, quizá un antiguo ninfeo romano que, andando el tiempo, los cristianos supondrán tumba de Santa Potenciana, donde se ve la pervivencia de los lugares de culto al pasar y a pesar de las religiones.


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La cultura del agua Al-Andalus conoció una agricultura floreciente gracias a las aportaciones de los árabes, en especial las de los yemeníes, expertos en las técnicas de buscar y encauzar manantiales, así como en el regadío de los campos. Los agricultores de al-Andalus captaban aguas subterráneas, las encauzaban por medio de minas, a veces con un reguero superior y otro inferior para evitar que se mezclaran aguas de diferente calidad, y las sacaban a la superficie donde les convenía para alimentar albercas con las que regar, por medio de una red de acequias y caces, sus huertos y sembrados. La noria, conocida ya por los romanos, que la emplearon especialmente para achicar agua en las explotaciones mineras, alcanzó extraordinaria difusión en la época islámica para elevar el agua a acequias situadas a un nivel superior o para utilizar la fuerza motriz de su rueda en molinos y batanes. Había norias de agua, a veces enormes, movidas por una corriente fluvial que accionaban las muelas de piedra de un molino o los martillos de un batán; y norias de sangre, más modestas, de regadío, cuando las movía un mulo o un jumento. Algunas norias islámicas han llegado hasta nuestros días más o menos transformadas en los huertos de Alcantarilla, Murcia, y especialmente la enorme Albolafia repetidamente restaurada, que es uno de los símbolos de la Córdoba califal. El paisaje rural andalusí se llenó de acueductos, de norias y de albercas en las que se remansaba la luna llena, entre ovas y croadoras ranas. El trajín de las norias movidas por las corrientes fluviales no cesaba por la noche y ése era uno de los rasgos distintivos de las zonas hortícolas. Los expertos zahoríes de al-Andalus sabían adobar el manantial subterráneo pasando las aguas por lechos de arena para que perdieran el sabor a azufre y encañándolas a lo largo de una mina de pendiente sabiamente calculada, que no las dejara remansarse, pero que tampoco las apresurara más de la cuenta. A trechos regulares abrían lumbreras o pozos de comunicación con la superficie para la aireación del agua. Nos despedimos de Selim para continuar nuestro viaje por al-Andalus. Es posible que el lector sienta deseos de re-

petir nuestra visita. Me temo que las medinas de la antigua al-Andalus se han alterado tanto en los últimos siglos que sólo quedan dispersos vestigios de lo que fueron, pálidos testimonios de la vida islámica que un día albergaron. Uno puede evocarlas todavía en algunas ciudades del Magreb: en Fez, en Meknés, en Marraquex, que no han evolucionado tanto. La ciudad islámica peninsular más característica, Córdoba, ha crecido de tal forma que resulta difícil encontrar en ella los elementos típicos de la ciudad musulmana. Para hacerse una idea de lo que la ciudad islámica fue, sin abandonar la Península, tendremos que visitar las ruinas de dos ciudades desiertas: Calatrava la Vieja, en Ciudad Real; y Vascos, en Toledo.

El fondo de armario Entre los musulmanes, la prenda más común, tanto para hombres como para mujeres, es la camisa (qamis) de algodón o lino, cerrada, que se mete por la cabeza y llega, en algunos casos, hasta las rodillas. Su complemento son los zaragüelles (sarawil), calzones anchos ajustados a la cintura mediante un cordón (tikka) o, en ocasiones festivas, con un cinturón. Los campesinos usan sayas de borra (saya o yubba) sobre camisa de algodón (durra´a) y, en tiempo frío, túnicas de lana cerradas (silhama) o abiertas hasta la cintura (yallabiyya). A partir del siglo XIII hubo variantes lujosos de la yubba, con mangas anchas y ricamente bordada y otros no tan lujosos con cintas bordadas en el cuello o las mangas. Una variante lujosa de la camisa es la túnica (sihara), blanca, hasta los pies, que a veces se combina con una blusa (gilala) de color. Cuando hace frío se ponen encima de estos vestidos una chaqueta enguatada (mahsuw o misha) o una pelliza de piel de oveja o de conejo (farw). Los campesinos se abrigan con un chaleco de piel de cordero (tasmir). A partir del siglo XI se popularizó una prenda de origen beréber: el albornoz (burnus),de lana, amplio, a veces con capucha. Las mujeres se protegen del frío con un manto (burd o mitraf) o, en el buen tiempo, con un amplio velo (izar o

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milhafa) con las puntas atadas sobre la cabeza. En algunos casos cubren el rostro dejando sólo un ojo destapado, con el que se orientan. Todavía en la época del viajero Munzer, año 1494, pervivían entre las moras los zaragüelles y la milhafa sostenida con la mano derecha para tapar el rostro y dejar al descubierto sólo los ojos. Una prenda bastante común son las medias de lana hasta la rodilla (yawrab). En el buen tiempo se usan sandalias con suela de madera (yanka) o alpargatas con suela de esparto (nalga) o de corcho (qurq). En tiempo frío, botas de fieltro (juff). Los campesinos usan almadreñas (qabqab) o botas de piel de conejo o de oveja. Los hombres llevan la cabeza descubierta o la cubren con un gorro de lino (kufiya) o un casquete de fieltro (sasiya). Las mujeres usan un velo amplio (miqna´a), o, en algunos casos, un velo de gasa transparente que cubre la cabeza dejando asomar los ojos (jimar). En verano, los campesinos y paseantes se guardan de los rigores del sol con un sombrero de paja de anchas alas (qunzu). El referido músico Ziryab, árbitro de la elegancia en la Córdoba califal, importó la moda bagdadí consistente en prendas ligeras y blancas en los meses calurosos: finas túnicas (zihara), túnicas de seda cruda (jazz) y, en tiempo más frío, los brocados (dibay). Los elegantes usan gorros cónicos adornados con piedras preciosas, bordados (uqruf) y con tocas de brocado (taq o taqqiya). Los juristas de la Córdoba califal se distinguen por el turbante (´imama), una prenda que, en tiempos de los imperios beréberes (almoravides y almohades), se popularizó. A partir del siglo XIII, el atuendo musulmán sufrió la infuencia del modo de vestir de los victoriosos cristianos. Se ponen de moda las sayas de paño. Los militares y los viajeros usan capa (qaba) cristiana y botas altas de cuero (ajfaf). También se importan prendas magrebíes: en invierno, paños de color y albornoces de diversas hechuras; en verano, vestidos de seda, algodón, lino o pelo de cabra. El turbante decae y su uso se restringe a los juristas, como antiguamen-

te. Por el contrario, ganó adeptos el casquete de lana (gifara), rojo o verde para los musulmanes y amarillo para los judíos, así como el velo (miz´ar o taylasan) enrollado en la cabeza y con la punta caída sobre el hombro. La industria de la confección destacó en Almería y Málaga en la época nazarí, con telas de reflejos dorados (al-mawsi al-mudahhab) y sedas de vivos colores. En la segunda mitad del siglo XV muchos moros y moras granadinos vestían en las grandes ocasiones marlota (malluta) o aljuba. Esta prenda, de origen incierto, castellano o morisco, es una especie de gabán holgado y acampanado, abierto, con mangas, que puede llegar a media pierna o al tobillo, según modas. Su corte sencillo contrasta con la riqueza de los materiales: brocado, terciopelo o damasco; y sus colores vivos: azul, rojo, verde o amarillo. En cuanto al corte de pelo, los castellanos en el siglo XV lo llevaban corto y se afeitaban la barba. Por el contrario, los moros de Granada lo llevan por los hombros, con raya en medio, y solían gastar barbas.

Las diversiones Hay entretenimientos de diario y los hay excepcionales. Ya hemos visto que en el zoco y en la calle abundan los artistas y los juglares que entretienen a los desocupados. Después del trabajo muchos hombres se reúnen en las tabernas a beber vino (en las épocas en que se tolera) o té de menta y a conversar con los amigos. En Sevilla, los alegres bebedores surcan el río nocturno apenas iluminado por los farolillos de las barcas entre libaciones, chistes, jolgorio y hemos de suponer que a menudo en compañía de mujeres de la vida. Los niños, como no tienen capacidad adquisitiva alguna, se divierten organizando pedreas entre barrios rivales. A veces se descalabran con garrotes (miqra). Entre los espectáculos ocasionales destacan las peleas de perros, de gallos, de un león con un toro, de toros y perros y el hostigamiento y muerte del toro por perros y jinetes con lanzas, un posible precedente de las corridas.


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Saliendo de la ciudad, extramuros, existe una llanura despejada, la al-Musara, en la que se practican diversos deportes, especialmente las carreras de caballos, populares desde el siglo XI, y el juego del polo (sawlayan). Desde el siglo XIV se celebran torneos y juegos de cañas o batallas fingidas en las que los jinetes exhiben sus habilidades compitiendo en agilidad y puntería. El juego consiste en lanzar cañas que deben acertar en el blanco, o en el juego de tablas, que consiste en abatir un tablero lanzándole un palo cuando se cruza al galope. Los jinetes andalusíes son muy hábiles en la monta de caballos pequeños y veloces, ligeramente ensillados, con estribo corto (a la jineta). Un deporte muy popular, porque entrena para la guerra, es la caza. Los jinetes salen de montería a perseguir al ciervo o al jabalí, o entrenan aves rapaces para la caza de altanería (“de vuelo alto”). En las casas y en los cuarteles se juega bastante a las damas (qirq) y al ajedrez (sitrany) a partir del siglo IX (un juego persa de origen indio). También hay afición a diversos juegos de azar y a los dados (nard), aunque el islam los desaconseja.

La enseñanza Los andalusíes que sabían escribir, menos de los que los islamófilos nos quieren hacer creer, usaban el árabe clásico, que era la lengua oficial, pero en la calle se hablaba un dialecto del árabe, con muchas palabras latinas y romances, y el dialecto romance. En los harenes de los sultanes y grandes señores abundaban las mujeres de origen cristiano que hablaban sus propias lenguas.

En las escuelas se usaba la lengua de la calle, aunque la enseñanza coránica acudía al árabe clásico, en el que está escrito el libro sagrado. Los alumnos hacían regalos a sus maestros en las fiestas religiosas, generalmente trigo o cebada. El estudio de la literatura y de la preceptiva literaria eran esenciales para la poesía, una actividad que muchos musulmanes practicaban, junto con el canto y la música. Parece que la poesía andalusí influyó en la provenzal trovadoresca. Estas manifestaciones culturales a menudo tropezaban con el rigorismo de los teólogos y los alfaquíes (juristas, especialistas en derecho coránico) que las consideraban desviaciones doctrinales de la recta senda. Lo más parecido a una universidad actual era la escuela de la mezquita de Córdoba, donde se cursaban estudios superiores, especialmente de religión, leyes y gramática para redactar en estilo florido y en esmerada caligrafía. Este curriculum convenía a los alumnos que pretendían ingresar en la Administración. El célebre Almanzor ascendió en las oficinas palatinas gracias a su bella caligrafía. También se estudiaba geografía, astronomía y medicina. La primera universidad del mundo, la de Bagdad, a mediados del siglo XI, fue imitada por el sultán de Granada Yusuf I en el siglo XIV. Entonces no existían las carreras tal como hoy las conocemos, sino acuerdos entre alumnos y profesores para cursar unas determinadas materias y obtener los conocimientos necesarios para ejercer una profesión. La aparición del papel en el siglo X favoreció mucho los estudios y la transmisión de la cultura. Las industrias papeleras más importantes estaban en Játiva.

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Capítulo 2

LOS CRISTIANOS Siervos, caballeros y prelados. En la Baja Edad Media la sociedad cristiana estaba rígidamente estamentada en tres clases sociales, dos de ellas improductivas (los pugnatores, que eran los nobles y caballeros, y los oratores o clérigos) y una tercera productiva que mantenía a las otras dos, la de los siervos (llamados “solariegos” en Castilla y “payeses de remensa” en Cataluña). Los siervos estaban vinculados a la tierra casi como los antiguos esclavos, aunque los había en régimen de behetría que tenían derecho a escoger señor. La inmensa mayoría de la población pertenecía a esta clase desfavorecida de campesinos o pastores que habitaban en chozas miserables y se rompían el espinazo trabajando de sol a sol las tierras del señor o del monasterio. Incluso los que eran libres y podían labrar su propio pegujal, apenas alcanzaban para mantenerse a un nivel de pura subsistencia después de pagar los impuestos. Además de la contribución anual, pagadera en especie (pecho o martiniega), estaban obligados a trabajar de balde para el señor un número de días en el campo (sernas), en las carreteras (fazendera), en los castillos (castellaria) y a hospedar a sus tropas o criados (alberga), a alimentarlos (yantar) y a llevar y traer correos (mandadería). En resumen, que estaban bien fastidiados y se deslomaban para sustentar el boato y el gasto de los oratores y los pugnatores, cuyas coartadas respectivas eran velar por los intereses espirituales o por la defensa de la comunidad.

El siervo que deseaba mejorar de estado se ofrecía como colono para repoblar las tierras conquistadas al moro, donde los reyes fundaban pueblos libres o concejos a los que concedían fueros ventajosos. Estos colonos del rey (realengo) sufrían la contrapartida de vivir peligrosamente. Cuando salían a labrar los campos andaban con un ojo en el surco y otro en la estaca, por si llegaba el moro. Es muy natural que el clero y la nobleza se prestaran mutuo apoyo e hicieran lo posible para mantener sus privilegios. También es natural que estas clases improductivas justificaran sus prebendas resaltando los aspectos menos atractivos de sus respectivas ocupaciones. En la Crónica de Don Pero Niño, los militares describen su vida dura y difícil en estos términos: “Los de los oficios comunes comen el pan folgando, visten ropas delicadas, manjares bien adovados, camas blancas, safumadas; héchanse seguros, levantándose sin miedo, fuelgan en buenas posadas con sus mugeres e sus hijos, e servidos a su voluntad engordan grandes cervixes, fazen grandes barrigas, quiérense bien por hazerse bien e tenerse bixiosos”. Por el contrario, los pugnatores que luchan contra el moro: ¿Qué galardón e que honra merescen? No, ninguna. Los cavalleros, en la guerra, comen el pan con dolor; los bixios della son dolores e sudores: un buen día entre muchos malos. Pónense a todos los trabaxos, tragan muchos miedos, pasan por

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muchos peligros, a oras tienen, a oras non tienen nada. Poco vino o no ninguno. Agua de charcos e de odres. Las cotas vestidas, cargados de fierro; los enemigos, al ojo. Malas posadas, peores camas. La casa de trapos o de ojarascas; mala cama, mal sueño. -¡Guarda allá! ¿Quién anda hay? -¡Armas, armas!, al primer sueño, revatos. Al alba, trompetas. -¡Cabalgar, cabalgar! -¡Vista, vista, la gente de armas! Esculcas, escuchas, atalayas, atajadores, algareros, guardas, sobreguardas. -¡Helos, helos! -No son tantos. –Sí, son tantos. -¡Vaya allá! -¡Torne acá! -¡Tornad vos acá! -¡Id vos allá! -¡Nuevas, nuevas! -Con mal vienen estos. -No traen. -Sí traen. -¡Vamos, vamos! -¡Estemos! -¡Vamos! Tal es su oficio, vida de gran trabajo, alongados de todo vicio (...) Que mucha es la honra que los cavalleros merescen, e grandes mercedes de los reyes, por las cosas que dicho he. En el seno de la Iglesia, cuyos miembros son muy numerosos, se reproducen también las clases sociales del mundo laico: los grandes dignatarios (obispos, abades) proceden de la nobleza. Muchos entienden más de armas y caballos que de latines y “gorigoris” litúrgicos. Viven como grandes señores, mantienen amantes o barraganas y se les conocen hijos naturales a los que, a veces, dejan en herencia episcopados y abadías. A un nivel inferior están los curas de a pie, el proletariado eclesial, que proceden del pueblo y son casi tan ignorantes como él, curas de misa y olla que no aspiran a un ascenso. Finalmente están los monasterios, que son sociedades en pequeño. Probablemente el abad pertenece a la nobleza y vive como un gran señor, pero los últimos legos de las cocinas o los que labran el campo no están mejor que los siervos de una casa nobiliaria. Con todo, en la Iglesia existe una minoría ilustrada que mantiene y transmite, censurado, el legado cultural del mundo antiguo, como una lamparita que apenas alcanza a iluminar el vasto océano de tinieblas de una mayoría analfabeta, en la que también se incluyen nobles e incluso reyes. En este sentido, la apertura del camino de Santiago, que recorre Francia y los reinos cristianos de España, constituyó un propicio cauce por el que la cultura medieval, especialmente representada por las órdenes francesas de Cluny y del Císter, fertiliza los secarrales españoles y preparó el camino para

otras instituciones más hispánicas, especialmente las de los frailes franciscanos y dominicos. Hay también sucursales de las órdenes militares más prestigiosas, los Templarios y los Hospitalarios, monjes guerreros a imitación de los voluntarios de la fe islámicos, que inspiran otras órdenes específicamente peninsulares (Calatrava, Alcántara, Santiago y Avís). La cultura laica comienzó su vacilante andadura en el siglo XIII desde las universidades de Castilla (Palencia) y León (Salamanca) pero, no obstante, durante toda la Edad Media se mantuvo casi permanentemente sometida a la Iglesia. Dentro de la aristocracia existen magnates o riscoshombres, grandes señores con enormes propiedades y capacidad para mantener un pequeño ejército personal. Los que se llevan bien con el rey son sus consejeros y él los distingue con honores y mercedes. Los no tan nobles, ni tan ricos, son fijosdalgo (hijos de algo), infanzones en Castilla y mesnaderos en Aragón, vasallos de los grandes señores a los cuales asisten en la guerra. Después del siglo X, la pequeña nobleza crece con la incorporación de los caballeros, es decir, con los que tienen hacienda suficiente para mantener un caballo, que entonces valía un buen dinero. Todos estos pugnatores están obligados a participar en las campañas guerreras (fonsado). La campaña puede ser larga, de muchos días (hueste); o mera incursión saqueadora (cavalcada). A las clases sociales tradicionales hay que agregar dos apéndices importantes: los moros y judíos de los territorios conquistados. En las ciudades más importantes estas minorías disponen de barrios propios, aljamas o juderías y morerías, que gozan de cierta autonomía. Todavía la sociedad hispánica es plural. La xenofobia es una actitud más europea que española. Por eso no es sorprendente que Alfonso VI se titule Emperador de las Dos Religiones o que el epitafio de Fernando III se redacte en latín, en árabe y en hebreo. En tiempos de Roma, el Estado central protegía los derechos del ciudadano, pero en la Edad Media la autoridad se ha atomizado entre magnates, obispos y monasterios que funcionan casi autónomamente, administran justicia y co-


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bran sus propios impuestos, a menudo abusivos, por los más variados conceptos (peajes, portazgos, pontazgos montazgos). Los más débiles se acogen a la dependencia de algún gran señor, con el que establecen vínculos de vasallaje: a cambio de obediencia y tributos, el señor los toma bajo su protección. Con la conquista de las grandes ciudades musulmanas a partir del siglo XIII (Toledo, Lisboa, Valencia, Córdoba, Sevilla), el mundo cristiano se urbaniza y los concejos o ayuntamientos establecidos en esas ciudades se hacen tan poderosos como muchos grandes señores. Entonces surgen en España las cortes, que son las primeras formas democráticas europeas: asambleas en las que los magnates y los representantes de las ciudades aconsejan al rey y deliberan sobre asuntos de Estado.

Con el crecimiento de las ciudades surge también una clase social más libre, los artesanos y mercaderes, de los que se forma, también, una aristocracia urbana, los caballeros ciudadanos o burgueses, germen de la futura burguesía. También la Administración crece en complejidad a medida que aumentan los reinos y se reactiva la economía. El rey es asistido por un canciller que controla la emergente burocracia (escribientes, cartas, archivos, correspondencia diplomática); por un mayordomo, que administra el palacio y las finanzas reales, y por un alférez (más adelante, condestable) o jefe del ejército (senyaler en Cataluña). El rey nombra, además, gobernadores provinciales o merinos (luego adelantados).

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Capítulo 3

AMOR EN LOS TIEMPOS DE LA CÓLERA La mujer y el amor entre los moros En las comunidades islámicas, el mundo femenino se divide en mujeres decentes y mujeres de placer. La mujer decente es jurídicamente libre y se eleva a la categoría de esposa, pero permanece enclaus­trada en el gineceo del harem, la parte femenina de la casa, de acceso reservado al marido, a los hijos y a los eunucos, si los hubiera. Este encierro es garantía de honor del linaje, de que los hijos que conciba habrán sido engendrados por el marido y no por otro. Por el contrario, las esclavas y mujeres de placer son relativa­mente libres y pueden moverse en la calle sin vigilancia. El musulmán, al igual que sus vecinos cristianos, espera y exige que su esposa llegue virgen al matrimo­nio. Como suele ser un arreglo de las respectivas familias, con el concurso de algún mediador, la primera experiencia sexual de los dos perfectos desconocidos no siempre resulta placentera. Veamos cómo acaba una noche de bodas, según lo cuenta Ibn Hazn: Cuando se quedaron solos, habiéndose él desnudado (...) la muchacha, que era virgen, lo miró y se asustó del tamaño de su miembro. Al punto salió corriendo hacia su madre y se negó a seguir junto a él. Todos los que la rodeaban porfiaron para que volviera; pero ella rehusaba y casi se iba a morir. Por esta causa el marido se divorció de ella. En algunos periodos de la historia de al-Andalus, la mujer goza de mayor libertad y consideración social y su si-

tuación es mucho más halagüeña que en los países árabes actuales, lo que se debe, por una parte, a la influencia del componente hispanorromano, base de la población y, por otra, a las pervivencias matriarcales de los pueblos bereberes, muy recientemente islamizados, que constituían el grueso de los invasores. De algunos textos se deduce que las musulmanas españolas eran casi tan libres como nues­tras compatriotas actuales: callejeaban, se paraban a hablar con sus conocidos e incluso se citaban con ellos; escuchaban los piropos de los viandantes (¡y los contestaban!) y hasta se reunían en lugares públicos de la ciudad. Esta fue mas bien la excepción de la regla y se aplicó a mujeres de clase superior que por cuestión de herencia o linaje habían alcanzado independencia económica. La famosa Wallada, poetisa y mujer de mundo, disfrutó sucesivos amantes de uno y otro sexo. Wallada era admirable por su presencia de espíritu, pureza de lenguaje, apasionado sentir y decir ingenioso y discreto, pero no poseía la honestidad apro­piada a su elevada alcurnia y era dada al desenfado y a la ostentación de placeres. Su poesía resultaba femenilmente delicada, pero cuando descendía a terrenos más prosaicos no tenía pelos en la lengua. Lo demuestran las invectivas que dirigió contra uno de sus amantes, el poeta Ibn Zaydun, al que apostrofa de sodomita activo y pasivo, rufián, cornu­do, ladrón y eunuco que se prenda de los paquetes de los pantalones.

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Los altos mandatarios y, en general, los musulmanes de posición desahogada apreciaban mucho a las mujeres cristianas, especialmente si eran rubias, de piel blanca, y tirando a gordas. Debe ser por la novedad, igual que los desteñidos anglosajones se prendan de las morenazas mediterráneas. Casi todos los califas de Córdoba eran hijos de esclavas de origen cristiano instaladas como favoritas en el harén del califa anterior. En los mercados de esclavas se produjo un intenso tráfico de cristianas rubias procedentes principalmente de Galicia y del Cantábrico, pero también del norte de Europa. Abul-Baqa de Ronda (1204-1285) determina las cualidades de la esclava perfecta: blanca como la plata, que llene el corazón y la vista, una tierna flor en un arriate lleno de hermosura. O sea, cualidades meramente físicas, nada de que tenga buen carácter y conocimientos de cocina. Algunos mercaderes desaprensivos daban gato por liebre vendiendo musulmana libre como si fuera esclava cristiana. Disponían de mujeres ingeniosas y muy bellas que hablaban a la perfección la lengua romance y se vestían como cristianas. Pedía el cliente esclava cristiana y después de darle largas (para aumentar su deseo), se la presentaban diciéndole que acababan de recibirla de la Frontera Superior. Ella se iba con el comprador y luego, si estaba satisfecha del trato y de la casa, le pedía que la libertara y se casara con ella. En caso contrario, manifestaba ante la justicia su condición de mujer libre y el cuitado perdía a su falsa esclava sin recuperar el precio que pagó por ella. A la caída del califato, la situación de la mujer empeoró cuando los fundamentalistas al­mohades y almorávides impusieron su estricta moral.­

El tocador del harén Las moras gustaban de las joyas y los abalorios. En los tiempos del emirato adoptaron los adornos de los artesanos godos o judíos, de rica tradición joyera; después, las que venían de Bagdad con las modas. Vamos a suponer que nuestro amigo Selim nos introduce en el gabinete de una dama de

alta sociedad o, por lo menos, de familia de posibles. A la media luz de las espesas celosías (desde las que la dama vigila el menudo acontecer de la calle) contemplamos la recargada alcoba, el lecho de almohadones, tapices de abigarrados colores, esteras bordadas, una lámpara de bronce con veinte luces, un baúl para los vestidos, pequeñas gavetas... No falta el estuche de madera fragante o incluso de marfil en el que la dama guarda collares (´iqd), sortijas (jatam), zarzillos (qurt), brazaletes (siwar), para los brazos o para los tobillos (jalajil), diademas (tay) , cadenillas, colgantes y toda clase de adornos a veces incrustados de esmeraldas (zumurrud), o topacios (zarbaryad). En una cajita de madera preciosa se alinean diversas clases de peines, unos de madera, otros de marfil, de púas más o menos espesas, con las que la señora peina su larga cabellera, que sólo desplegará, larga hasta la cintura, en la intimidad del lecho conyugal. La señora se acicala en casa, donde dispone de jofainas, zafas y diversos jabones perfumados, pero, además, acude puntualmente al baño público dos veces por semana, a la hora de las mujeres, por la tarde, donde la atienden peluqueras y masajistas que amasan sus preciosas carnes con aceite perfumado de algalía (galiya). Después actúan las maquilladoras (masita), especialistas en depilación, con cenizas de nuez y otros productos. En el gabinete de la bella no faltan botes de cerámica o de cristal (sammama) con ungüentos y polvos de olor, y con alheña para las uñas, las manos y los pies. Destapamos unos cuantos: el perfume huele a limón, a violetas, a rosas y a ámbar gris (´anbar) y no falta el almizcle (misk). En un botecito de madera alargado, pintado de vivos colores, que se cierra con una barra de palo descubrimos el secreto de los insondables y bellos ojos de las andalusíes: se los tiñen con polvo de antimonio (kuhl, los castellanos dirán: ojos alcoholados). El antimonio no sólo se agrega a las cejas y a las pestañas. Da un poco de dentera verlas aplicarse el palito untado de negro antimonio al ojo abierto, cierran el párpado sobre el palito y lo retiran lateralmente. La parte interior de los párpados queda teñida de negro lo que da gran vivacidad a la mirada.


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Los hombres elegantes se tiñen también. Además resulta que el antimonio es un desifectante natural que contribuye a purificar el ojo y lo mantiene a salvo de las afecciones oculares, entonces tan frecuentes. Las canas se tiñen con alheña o con tintes oscuros. Los hombres de cabello gris suelen teñirlo con alheña o cártamo. El pensamiento masculino dominante en al-Andalus es, ¡ay!, machista. Graves autores consideran que la mujer padece un deficiente desarrollo psíquico y le atribuyen malas inclinaciones congénitas. La mujer se revela como una criatura sospechosa, una deficiente mental inclinada a la lujuria, a la que hay que vigilar y atar corto. Ibn Hazn aconseja: Jamás pienses bien, hijo mío, de ninguna mujer. El espíritu de las mujeres está vacío de toda idea que no sea la de la unión sexual (...) de ninguna otra cosa se preocupan, ni para otra cosa han sido creadas. Otra flor del mismo tratadista: Nunca he visto, en ninguna parte, a una mujer que al darse cuenta de que un hombre la mira o escucha no haga meneos superfluos, que antes le eran ajenos, o diga palabras de más, que antes no juzgaba precisas. El sagrado Corán abunda en la misma idea cuando ordena a las mujeres bajar los ojos, conservar su pureza, no mostrar sus cuerpos sino a aquellos que deban verlos. Que tengan cubierto el seno, que no dejen ver sus rostros más que a sus padres, a sus abuelos, a sus maridos, a sus hijos, a los hijos de sus maridos, a sus hermanos, a sus sobrinos, a sus mujeres, a sus esclavas, a los servidores que les son de absoluta necesidad y a los niños que no conocen lo que debe ser cubierto. Que no crucen las piernas de manera que se vean sus adornos ocultos (Sura XXIV, 31). Mano firme es, evidentemente, lo que precisa este ser veleidoso. A pesar de ello, el islam tasa generosamente sus parvos merecimientos y se muestra compasivo con ellas. Naturalmente, algunos perspicaces ingenios protesta­ron contra el envilecimiento institucional de la mujer, pero ¿qué

son estas denuncias sino breve gota de agua en el inmenso arenal del fanatismo machista? Señala Averroes: Las mujeres parecen destinadas exclusivamente a dar a luz y amamantar a los hijos y ese estado de servidumbre ha destruido en ellas la facultad de las grandes cosas. He aquí por qué no se ve entre nosotros mujer alguna dotada de virtudes morales; su vida transcurre como la de las plantas, al cuidado de los maridos. Esta mujer socialmente postergada se rebela echando mano de las escasas armas que tiene a su alcance, supera al marido con ingenio y astucia y se convierte en una criatura despótica e intrigante que a menudo cifra su desquite en herir al marido allá donde más le podía doler; es decir, se las arregla para eludir la vigilancia carcelaria de la que es objeto y comete adulterio. Para hacer frente a esta pavoro­sa eventualidad, el dueño y señor recurre a veces a un drástico remedio: extirparle el clítoris para privarla de toda posibilidad de experimentar placer sexual. De esta manera, la mujer queda reducida a lo que funcionalmente es: un orificio destinado a procurar el placer del varón y una matriz destinada a darle descendencia. Otras veces la bárbara cirugía se justifica con fines estéticos, en mujeres afectadas de hipertrofia. Un cirujano cordobés del siglo X escribe: Algunas tienen un clítoris tan grande que al ponerse erecto semeja un pene viril y hasta logran copular con él (lo que alude a la homosexualidad femenina tan frecuente en los harenes, aunque el islam la prohíbe).

El amor y sus variantes ¿Existe acaso alguna cultura libre de esa dulce locura que a veces prende entre dos personas, lo que llamamos amor? Si hemos de juzgar por los textos, los andalusíes sucumbían fácilmente a esa dolencia rebelde cuya medicina está en sí misma (...) esa dolencia deliciosa, ese mal apetecible, es decir, el amor. El collar de la paloma, tratado sobre el amor compuesto por el cordobés Ibn Hazn hacia 1022, contiene muy bellas páginas. Se trata de un amor puramente platóni­ co, el que emana de la unidad electiva de dos almas eternas que se reconocen en la tierra y se unen. Dice, por ejemplo: La unión amorosa es la existencia perfecta, la alegría perpetua,

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una gran misericordia de Dios. Yo que he gustado los más diversos placeres y que he alcanzado las más variadas fortunas, digo que ni el favor del sultán, ni las ventajas del dinero, ni el ser algo tras no ser nada, ni el retorno después del exilio, ni la seguridad después de la zozobra, ejercen sobre el alma la misma influencia que la unión amorosa. Pero, ¡ay!, la sed del amor no se sacia fácilmente: He llegado en la posesión de la persona amada a los últimos límites, tras los cuales ya no es posible que el hombre consiga más, y siempre me ha sabido a poco (...) Por amor, los tacaños se hacen generosos, los huraños desfruncen el ceño, los cobardes se envalentonan, los áspe­ros se tornan sensibles, los ignorantes se pulen, los desaliña­dos se atildan, los sucios se lavan, los viejos se las dan de jóvenes, los ascetas quebrantan sus votos y los castos se tornan disolutos.

Han pasado mil años y los recuerdos de aquel anciano todavía nos conmueven. Cuando ya los protagonistas no son siquiera polvo enamorado, parece como si todavía percibiéramos el olor de la tierra mojada, el acre ahogo de la lana que se va empapando mientras la lluvia rebota en ella como en un tambor, la sal ardiente de los voraces labios y la dulce congoja de los cuerpos abrasados por la pasión.

¿Cuáles son las señales del amor? Insistencia en la mirada, que calle embebecido cuando habla el amado, que apruebe cuanto diga, que busque pretextos para estar a su lado, que estén muy juntos donde hay espacio de sobra, que se acaricien los miembros visibles donde sea hacedero (...) el beber lo que quedó en el fondo de la copa del amado, escogiendo el lugar mismo donde él posó sus labios. Otros detalles no son menos entrañables: Jamás vi a dos enamora­dos que no cambiasen entre sí mechones de pelo perfuma­dos de ámbar y rociados con agua de rosas (...) se entregan uno a otro mondadientes ya mordisqueados o goma de masticar luego de usada. También en Ibn Hazn encontra­mos el relato conmovedor de un primer amor y de una primera experiencia sexual:

De los textos se desprende que el clero cristiano, constituido por personas de mundo, interpretaba bastante liberalmente los votos del celibato. Es lo que nos sugieren las ordenanzas municipales de Sevilla, compiladas por Ibn Abdun cuando establece que debe prohibirse a las musul­manas que entren en las abominables iglesias de los cristia­nos porque sus curas son libertinos, fornicadores y sodomi­tas. También debe prohibirse a las mujeres cristianas la entrada en las iglesias fuera de los días de oficio o fiesta porque allí comen, beben y fornican con los curas y no hay uno de ellos que no tenga dos o más de estas mujeres con quienes acostarse. Han tomado esta costumbre por haber declarado ilícito lo lícito y viceversa. Convendría, pues, mandar a los clérigos que se casaran, como ocurre en Oriente, y que si quieren lo hagan (...) no debe tolerarse que haya mujer, sea vieja o no, en casa de un cura, mientras éste se niegue a casarse.

Un hombre principal me contó que en su mocedad se enamoró de una esclava de la familia. Una vez -me dijo- tuvimos un día de campo en el cortijo de uno de mis tíos, en el llano que se extiende al poniente de Córdoba. De pronto el cielo se encapotó y comenzó a llover. En las cestas de las viandas no había mantas suficientes para todos. Entonces mi tío mandó a la esclava que se cobijara conmigo. ¡Imagínate cuanto quieras lo que fue aquella posesión, ante los ojos de todos y sin que se dieran cuenta! ¿Qué te parece esta soledad en medio de la reunión y este aislamiento en plena fiesta? Luego me dijo: jamás olvidaré aquel día.

Hacia el siglo IX, en Córdoba y en otras grandes ciudades andalusíes, encontramos una refinada y hedonista sociedad urbana en la que la relajación de las costumbres era tal, que por doquier se escuchaban agoreras advertencias de los rigoristas anunciando la ruina del califato. Uno de ellos escribe, en una carta de pésame a un amigo cuya hija ha fallecido: En los tiempos que corren el que casa a su hija con el sepulcro adquiere el mejor de los yernos.

Amor udrí Aunque estaba dispuesta a entregarse, me abstuve de ella, y no caí en la tentación que me ofrecía Satanás (...) que no soy yo como las bestias sueltas que toman los jardines como pasto. No son los versos de un perturbado. Se trata de un celebrado poema de Ahmed ibn Farach, poeta precisamente de


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Jaén, en el que contemplamos la más acabada enunciación del amor udrí, un amor desprovisto de sexo, un amor contemplativo, puramente platónico, “que se goza en una morbosa perpetua­ción del deseo”, evitadora del fracaso de la realización (García Gómez). Lo llamaron “udrí” por aludir a una mítica tribu de Arabia, los Banu Udra, que exaltaban la castidad quizá pervertidos por el monacato cristiano. Las primeras manifestaciones de este amor se detectan en el siglo X y proceden de Oriente. El amante prefiere la muerte a profanar el cuerpo del ser amado. Diferente del amor udrí es el amor caballeresco santifi­cador del amor sexual. El hombre es atraído por la mujer porque, en la perfección de la unión, se acerca a Dios. Es una especie de mística del erotismo. El hombre tiene una visión total de la perfección divina en su propio reflejo de la mujer. Por consiguiente eleva a la mujer a símbolo perfecto de su comunicación con Dios y máxima perfección terrena, lo que, en Dante, dará la “donna angelicata”. Los musulmanes españoles, aunque facultados para tener hasta cuatro esposas, en realidad raramente se casaban con más de una, si exceptuamos a sultanes y potentados para los que la posesión de muchas mujeres era cuestión de prestigio. Los ciudadanos pudientes solían adquirir esclavas de placer, de las que existía activo comercio. Ya hemos visto que eran muy apreciadas las cristianas del norte, especialmente si eran rubias. En ciertas épocas estas esclavas concubi­nas formaron una categoría similar a las geishas japonesas. Se les exigió que, además de dominar las artes del amor -que llegaban al islam desde la India por intermedio de los persas-, fuesen instruidas, buenas recitadoras y calígrafas, narradoras de cuentos y refranes y expertas músicas. La famosa Rumayqiya era excelente poeta en árabe clásico y “tañía el laúd a maravilla”.

Prostitutas y eunucos En una escala inferior están las humildísimas e inevitables putas de la casa llana. En las grandes ciudades se al-

bergan en prostíbulos (dar al jarach, la casa del impuesto) donde entregan una parte de sus ganancias al fisco, pero también en alhóndigas, fondas y ventas del camino. Como en los tiempos de Roma, la autoridad competente se empeña en que vistan de manera especial para distin­guirlas de las mujeres honestas, pero inevitablemente éstas imitan el atuendo de las perdidas con gran escándalo de las personas de orden. El tratado de Ibn Abdun, cuando los almorávides restablecieron, aunque por poco tiempo, el rigor islámico, establece que debe prohibirse a las mujeres de la casa llana que se descubran la cabeza fuera de la alhóndiga, así como que las mujeres decentes usen los mismos adornos que ellas. Prohíbaseles también que usen de coquetería cuando estén entre ellas, y que hagan fiestas, aunque se les hubiese autorizado. A las bailarinas se les prohíba que destapen el rostro. Los eunucos constituyen una clase distinta. General­ mente son prisioneros cristianos de guerra. La delicada operación de castrar la realizan médicos especializa­dos en Pechina, Lucena y otros lugares. Al Muqaddasi describe la operación: Se les corta el pene de un tajo, sobre un madero, después se les hienden las bolsas y se les sacan los testículos (...) pero a veces el testículo más pequeño escapa hacia el vientre y no se extirpa, por lo que éstos mantienen apetito sexual, les sale barba y eyaculan (...) Para que cicatrice la herida se les pone durante unos días un tubo de plomo por el que evacuan la orina. Existen dos clases de eunucos: los castrados antes de la pubertad, que no podían disimular su aspecto femenino (nalgas voluminosas, voz atiplada, ausen­cia de caracteres sexuales secundarios), y los castrados después de la pubertad, que conservan cierta apariencia viril. Los eunucos constituyen el servicio domésti­co de las casas nobles y se especializan en felación y cunnilingus. Los que han perdido los testículos pero conservan el pene pueden alcanzar, teóricamente, una erección suficiente para el coito, pero estos casos eran raros en al-Andalus. Algunos de ellos, emancipa­dos y ricos, se empeñan patéticamente en guardar las apariencias de su virilidad y mantienen un harén.

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De una esclava no se exige que sea virgen inexperta, puesto que lo normal es que el dueño la desflore incluso antes de alcanzar la pubertad, que es el plazo legal: Si la esclava no es núbil hay que esperar un mes después de la primera menstruación. Si lo es, hay que esperar a que tenga una vez sus menstruos y si está enferma se esperará tres meses lunares. Un buen caballo o una esclava doncella constituyen un delicado presente; tres esclavas, un regalo principesco. Almanzor envió al juez Abu Marwan tres muchachas vírgenes, “tan bellas como vacas silvestres”. En la misiva versificada que acompañaba al regalo, el dador expresaba sus mejores deseos: ¡Que Allah te conceda potencia para cubrirlas! Allah se mostró providente puesto que el venerable anciano, aunque no carcamal, estuvo robusto en la lid venérea y las desfloró a las tres aquella misma noche. Al día siguiente, con temblorosa pero satisfecha mano, escribió a Almanzor: Hemos roto el sello y nos hemos teñido con la sangre que corría. Volví a ser joven a la sombra de lo mejor que puede ofrecer la vida... Nos queda la duda de si el provecto juez ha recurrido a alguna de las argucias de la farmacopea amorosa musulma­ na. En todos los zocos de perfumistas se venden afrodisía­cos. Ofrecemos gustosamente al lector la fór­mula de alguno de ellos: mézclense almendra, avellana, piñones, sésamo, jenjibre, pimienta y peonia; májese en un mortero hasta que resulte una fina pasta que se ligará luego con vino dulce. El jarabe resultante se debe ingerir al menos una hora antes del proyectado coito. Otra receta menos complicada: Aquel que se sienta débil para hacer el amor debe beber, antes de irse al lecho, un vaso de miel espesa y comer veinte almendras y cien piñones, observando esta dieta tres días. Parece muy reconstituyente. Con harina cual­quiera amasa. Existe también una pomada “para estimular la erec­ ción”, compuesta de euforbio, natrón, mostaza y almizcle ligados en pasta de azucena. Debe friccionarse suavemente por el pene y la espalda. Quizá resulte un poco complicado hacerse con todos sus ingredientes, en cuyo caso se puede recurrir a otra fórmula más simple que garantiza los mismos efectos: los sesos de cuarenta pájaros cazados en época

de celo se secan, se trituran y se mezclan con esencia de jazmín. El polvo resultante es mano de santo. Según otra receta, “para preparar la vulva y estimular el apetito sexual”, hay que juntar a partes iguales quince elementos, a saber: espliego, costo, calabacín, jenjibre, jancia, flor de nuez moscada, flor de granado, canela, almizcle, ámbar, incienso, sandáraca, uñas aromáticas, nuez moscada y ácoro falso. Se nos antoja en exceso prolijo y además no se garantizan sus efectos, porque el texto sugiere que “su resultado será maravilloso, si Allah quiere”. De más fácil obtención y más fiables frutos parece la noble trufa, esa maravilla subterrá­nea, esa delicada joya. El tratado de Ibn Abdun advierte: Que no se vendan trufas en torno a la mezquita mayor, por ser un fruto buscado por los libertinos. Y, finalmente, cabe citar la cantaridina, extracto resultante de machacar y reducir a polvo moscas cantáridas (mosca española). Es un afrodisíaco contundente, pero algo peligroso para el riñón; provoca dilatación de los vasos sanguíneos de la zona genitourinaria, lo que facilita una rápida erección, aunque no se sienta deseo sexual alguno. Sigue siendo muy usado por paganos africanos y por cristianos poco temerosos de Dios. En los mismos anaqueles destinados a remedios amoro­ sos encontramos los anticonceptivos. Entre los más primiti­ vos estaban los pesarios de estiércol de elefante. Las personas escrupulosas quizá recurrieran al poético expediente de colocar un ramo de petunia bajo el colchón. También se evita el embarazo si la mujer llevaba pendiente del cuello, en una bolsita, ciclamen, un colmillo de víbora y el corazón de una liebre. Todos estos remedios concitarán dudas en el descreído lector, lo sé. Es evidente que se producirían algunos emba­ razos no deseados, para los cuales habría que recurrir a los abortivos. Un método consistía en golpear suavemente tres veces al hombre con el que se va a cohabitar con una rama de granado, o fumigarse las partes verendas con estiércol de caballo. Si a pesar de ello no se remediaba la embarazosa situación, el último remedio era confiarse a un cirujano experto o a una partera.


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Un tratado del siglo xv (El jardín perfumado, de Jeque Nefzawi) describe once posiciones para el coito, probable­ mente derivadas de las veinticinco del Kamasutra hindú. No obstante, como algunas requieren destrezas de contorsionis­ ta, lo más probable es que la pareja prudente se limitara a practicar las cuatro o cinco más asequibles: pecho contra pecho, tendidos por el dorso; la mujer a horcajadas sobre el hombre levantando una pierna, de lado y en pie, con la mujer alzada. Estos árabes, madurados por la filosofía amorosa del sensual Oriente, reconocen que el placer completo es el compartido y que lo importante no es la posición coital, sino sus resultados. Es lo que se deduce, al menos, de las sabias recomendaciones de Ibn al-jatib para prevenir las distonías neurovegetativas que suelen aquejar a las esposas: Causas de amor y dicha son que el varón satisfaga la necesidad de la hembra antes que la suya pues lo corriente es que a la mujer le quede el fracaso y la desilusión (...) y conduce a muchos males en las que necesitan satisfacción. Para ello el varón ha de tener en cuenta que los placeres no dependen de la profundidad de la vulva, sino de su oquedad y superficie. Antes de llegar al momento decisivo se supone que precede la fase aproxima­tiva: el marido debe aludir al acto sexual antes de empezar. Por eso dice el libro sagrado: Vuestras mujeres son vuestros campos. Cultivadlas todas las veces que os plazca, pero haceros preceder (Corán II, 223). La expresión “haceros preceder” se ha interpretado como licencia para gozar a la mujer de cual­quier forma excepto sodomizándola. Un comentarista lo expone en términos más precisos: Quiere decir de pie, sentados, de lado, por delante y por detrás. El proceso entraña juegos, succiones, unión, olfación, trenzado de dedos y manos, besos por todo el cuerpo y en forma descendente, también en mejillas, ojos, cabello y pechos y el dejar caer los cabellos, luego el encabalgamiento y el contacto de unos miembros con otros y finalmente la toma de posesión del sitio.... Ibn al Jatib completa el cuadro con una esclarecedora descripción técnica: Si acaece la entrega, se consolida la situación de penetración completa para dar lugar a la eyaculación y derramamiento, luego viene la calma y la laxitud antes de

la separación, después la alegría, el reconocimiento de los ojos por la consideración de lo bueno y la desaparición de la abstinencia. Facilitan el coito la mejor calidad de los alimentos, la vida muelle, la satisfacción, los perfumes, la buena vida, los baños equilibrados y los vestidos suaves. Los efectos del coito son: reduce la plétora, da vitalidad ál espíritu, restablece el pensamiento alterado y sosiega la pasión oculta. Por el contrario, la privación del coito produce vértigo, oscuridad de la visión, dolor de uréteres y tumores en los testículos. Otros tratados médicos del siglo XIV explican el modo de “hacer las vulvas placenteras estrechán­dolas y preparándolas para la unión y la manera de agrandar los penes con el mismo objeto”. En su obligada brevedad, estos tratados omiten toda referencia a los instrumentos auxiliares del amor; por ejemplo, el ingenioso anillo cosquilleador que se fabricaba desecando un párpado de cabra en torno a un palo tan grueso como el pene del usuario. En el momento de la erección, se insertaba en la base del pene de manera que las largas y sedosas pestañas caprinas produjeran en el clítoris un agradable cosquilleo durante la cópula. Es un invento mogol del siglo XIII que gozó de aceptación en el mundo islámico. Resulta bastante similar al “guesquel”, escobilla de cerda mular atada detrás del glande, con el que los indígenas patagones deleitan a sus mujeres. En contraste con estos refinamientos observamos que el cunnilingus brilla por su ausencia. A los árabes les repugna esta venerable práctica que, por otra parte, sólo produce placer a la mujer. No obstante, fue muy usada por los eunucos o entre mujeres confinadas en harenes. Otras reglas de aplicación más o menos unánime prohibían el coitus interruptus y el coito con mujer mens­truante “aunque no se eyacule y sólo se penetre hasta el anillo de la circuncisión”. En este caso estaba permitido que la mujer masturbara al hombre, pero los comentaristas no se ponían de acuerdo sobre si era correcto que el hombre se aliviara manualmente.

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Cantores y pederastas Al igual que otros pueblos antiguos, los árabes se entre­ garon con cierta asiduidad a las prácticas homosexuales a pesar de la prohibición coránica y del rigor con que las leyes las castigaron en ciertas épocas. Veamos cómo discurría una velada literaria en tiempo de los califas. El anfitrión cursaba invitaciones en verso. Tales reuniones eran, más que orgías, tertulias poéticas y literarias. Circulaban primero, en mesitas volantes, platos llenos de delicadas viandas y golosinas. Después se ponía ante cada comensal una bandeja, un pomo, una copa y un aguamanil. En el centro del machlis o corro ardían las candelas cuyo reflejo hería los búcaros de narcisos, las carnosas hojas de las plantas de lujo y las pirámides de frutos brillantes. Circulaba el esbelto copero entre los invitados, con los jarros repletos de vino blanco, grandes perlas rellenas de oro líquido, o con las ánforas de rojo néctar, colmando las copas y escuchando requiebros. Cuando el pitón de la vasija dejaba escapar el chorrito de líquido “como el cuello de un ánade que picara un rubí”, el burbujeo de la copa evocaba ingeniosas comparaciones. Se recitaba, se improvisaba y, de vez en cuando, se oía el canto de una esclava a la que otras acompañaban con laúdes, tambores y bandolas. Ejercían su imperio simultáneo el sueño, la embriaguez y el amor. García Gómez da a entender que los efebos coperos recibían requiebros. Los poetas discutían si el efebo perfecto era aquel al que aún no le había crecido el bozo o el que ya tenía renegrido el labio superior. Es posible que la afición a los mancebicos les viniera de la imitación del amor griego que les transmitía la literatutra helenística, aunque Leví Provençal señala la congénita homosexualidad de los árabes. Veamos un poema de Ibn al-Zaqqaq (muerto en 1135): donde se aúnan el vino y el mancebico: Llegó la medianoche y la oscuridad eran como su pelo negro o el azabache. Me daba a beber vino que esparcía al aire su perfume,

mientras otro licor se le unía prensado por sus ojos y sus labios. Y me emborraché tres veces: de su copa, de su saliva y de sus ojos negros. Las orde­nanzas municipales de Sevilla son terminantes en este punto: Los putos deberán ser expulsados de la ciudad y castigados dondequiera que se les sorprenda. No se les permitirá que circulen entre los musulmanes ni que anden por las fiestas, porque son fornicadores malditos de Dios y de todo el mundo. Estas ordenanzas estuvieron en vigor en tiempos de los severos almorávides, pero la tónica general del musulmán fue muy distinta. Cuando las costumbres se relajaron, en los reinos de taifas, la sodomía se practicó casi con entera libertad y gozó de cierta aceptación social. De hecho existían cantantes y músicos afeminados (hawi, mujannath) cuyos servicios, no sólo artísticos, se requerían en fiestas y banquetes. A uno de ellos alude el poeta Malik (siglo XIII): ¡Oh, tú que has hecho fortuna con tu ano! En contraste, el poeta Ibn Quzman se jacta de ser homosexual en otro poema: Si entre los hombres hay quien tiene una de las dos cualidades, sodomita o adúltero, yo reúno las dos. Para el árabe, la pareja homosexual ideal era el mozo imberbe al que ya comienza a apuntarle el bozo. En alguna época la moda femenina se virilizó hasta el punto de que las mujeres se disfrazaban de muchacho para atraer a sus enamorados. Tal ambigüedad sexual dejó rastro en la poesía: La rosa se ha abierto en su mejilla, pero está guardada por el escorpión de su patilla. No es sorprendente que una de las enfermedades reiteradamente citadas en los tratados de medicina sea la linfogranulomatosis venérea en su forma ano-rectal, típica de los pederastas. En cuanto a la homosexualidad femenina, su práctica fue bastante común en el cerrado mundo del harém, aunque estaba prohibida y se castigaba severamente: Allah ha dispuesto una norma para las mujeres: a la virgen que peque con otra virgen, un azote y destierro de un año; pero a las que pequen sin ser vírgenes cien azotes y lapidación,


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castigo grave si se tiene en cuenta que la lapidación se solía reservar a los adúlteros. Las leyes religiosas prohibían también la fornicación con animales, si bien se toleraba cuando lo requería la salud del fornicador. Los moros creían, y en ciertas zonas lo siguen creyendo, que las enfermedades venéreas se reme­dian por este conducto. Acudamos a los textos: Está permitido fornicar con animales hembras cuando se es víctima de la gonorrea, de fuerte inflamación del pene y de otras afecciones que no vayan acompañadas de úlceras o llagas. La experiencia ha demostrado que por obra de esta fornicación el hombre se libra del virus causante de estas enfermedades, sin que el animal pueda contraerlas, pues el virus es inmediatamente aniquilado por el gran calor que reside en la vulva del animal y por las cualidades acres y ácidas de las secreciones mucosas (...) pero esta fornicación debe cesar, so pena de contravenir la ley del islam, en cuanto hayáis recobrado la salud. Por el mismo motivo estaba muy indicado el coito con mujeres negras, debido a la mayor temperatura de su vagina. Las relaciones sexuales con animales debieron de ser muy frecuentes en al- Andalus, particularmente en el medio agrícola. Veamos lo que nos cuenta un médico de tiempos de Abd al-Rahman III: Pregunté al campesino: “¿Qué te sucede?” Replicó: “¡Oh visir tengo un tumor en la uretra que me oprime y me impide orinar desde hace muchos días. ¡Estoy a punto de morir!” Le ordenó: “¡Enséñamelo!” El paciente le mostró el pene tumefacto. El médico dijo al hombre que acompañaba al enfermo: “¡Búscame una piedra plana! Fue por ella y la entregó al visir”. Éste siguió: “Cógela con la mano y pon el pene encima de la piedra”. Quien me lo contaba añadió: “una vez que estuvo el pene sobre la piedra, el visir le descargó un puñetazo”. El paciente se desmayó y al cabo de un momento comenzó afluir el pus con rapidez, después orinó: la orina siguió al pus. El hombre abrió los ojos. El médico le dijo: “¡Vete! Estás curado de tu enfermedad. Eres un hombre corrompido pues has cohabitado con el

animal por su ano y casualmente has encontrado un grano de cebada de su pienso que se te ha incrustado en el agujero de la uretra y ha causado el tumor”. Ya ha salido con el pus. El hombre exclamó: “¡Así lo hice!”

Amor y sexo entre los cristianos La sociedad cristiana medieval, a pesar de sus intensas creencias religiosas, estaba mucho más desinhibida que la nuestra en lo que atañe al sexo. La represión sexual y su cohorte dengue y gazmoña, típicos productos de la moral burguesa, no se remontan más allá del siglo XIX. No obstante, como la Edad Media abarca casi un milenio, cabe encontrar en ella las más variadas y hasta contradictorias costumbres amorosas. La vida era corta y trabajosa, por tanto había que aprovecharla. La mujer envejecía a los treinta años; el hombre a los cincuenta. La Iglesia era como una madre providente y juiciosa: imponía severas normas sociales y duras penitencias, sí, pero también sabía acoger con bene­volencia las flaquezas de sus “hijuelos”, particularmente cuan­do se trataba de pecadillos de la carne. En aquel mundo asolado por periódicas hambrunas por devastadoras pestes y por mortíferas guerras, en aquel mundo inhóspito, to­davía privado de los beneficios del fútbol, de la lotería y de la televisión, ¿qué otro consuelo quedaba al resignado creyente aparte del sexo y de su tibia o ardiente esperanza en la recompensa celestial prometida para después del valle de lágrimas? Es muy natural que el sexo ocupara un lugar relevante entre los desahogos del hombre medieval (lo que nos trae a la memoria el más reciente caso de una pobre gitana que, en el trance de sufrir la extirpación de su matriz, suplicaba al cirujano: ¡Por lo que más quiera, señor doctor, no me vaya a cortar la vena del gusto que es el único consuelo que tenemos los pobres!). De hecho, en la primera mitad del milenio que abarca la Edad Media, la promiscuidad sexual estuvo bastante extendida. El humilde siervo la practicaba en las romerías, que sustituyeron a las antiguas hierogamias y ritos primave­rales de las religiones precristianas, pero la clase noble no iba a la

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zaga en lo referente a la libertad de costumbres. En los castillos de Alfonso VII encontrarmos que hombres y muje­res se bañaban juntos y desnudos en la “sala de tablas” (el cuarto de baño). Muchas ceremonias estaban teñidas de profundo erotismo: el beso en la boca, por ejemplo, formaba parte del ceremo­nial caballeresco.

La creencia en el derecho de pernada es muy antigua. En algunos lugares, a finales de la Edad Media, el sencillo pueblo estaba persuadido de la existencia legal de tal abuso señorial, aunque no se ejerciera. En 1462, los subleva­dos “payeses de remensa” exigieron la supresión de esta servidumbre y sus señores les contestaron:

El sexo impregnaba las más cotidianas actividades. Con machacona reiteración, las autoridades eclesiásticas renovaban las disposiciones de los antiguos concilios contra la lujuria. Así lo da a entender también una tabla de penitencias del siglo X: por un beso demasiado ardoroso, veinte días de penitencia; el doble, si se trata de un reinci­ dente; por eyacular dentro de la iglesia, quince días; por actos homosexuales, si es un obispo, veinte años; si es presbítero, quince; si diácono, doce; si adolescente laico, sólo cuarenta días; por copular con un cadáver, cuatro días; con animal, penitencia variable según sea más o menos “tierno”: la mujer que yace con burro, quince años; el marido que sodomiza a la mujer, tres años; si se allega a ella embarazada o menstruante, veinte días.

Que no saben ni crehen que tal servitut sia en lo present Principat, ni sía may per algun senyor exhigida. Si axi es veritat com en lo dit Capitol es contengut, renuncien, cessen, e anullen los dits senyors tal servitut, com sie cose molt injusta y desoneta.

El famoso derecho de per­nada en virtud del cual el señor feudal podía desflorar a la novia cuando uno de sus siervos se casaba no ra exactamente como pensamos. Los pueblos primitivos creían que el hombre transmite su alma y su fuerza natural en el semen. A veces se recurría a un fecundador sagrado, generalmente el propio dios representado por su sacerdote, por el rey o por el jefe natural. De tan extraña creencia quedó un vestigio ceremonial en la Edad Media, en ciertos lugares, consistente en que el día de la boda el señor o su represen­tante extendía honestamente una pierna sobre el lecho de los recién casados. Esta es una clase de pernada, pero la denominación alude también a otra, a un privilegio feudal aun más inocente: el señor tiene derecho a un cuarto trasero de cada animal que su vasallo sacrifique. En 1273, el fuero de Gosol menciona el impuesto con estas palabras: Que nos den como ha sido costumbre hasta ahora, una pata. Finalmente, pernada fue también el derecho señorial a percibir un impuesto del súbdito que contraía matrimonio, pero éste es más propio de los países septentrionales.

Lo mismo ratificó Fernando el Católico en 1486. Otra cosa distinta era que un señor feudal se encaprichara de una moza y abusara de ella, no por derecho, sino por la mera fuerza. Cuenta el cronista Mosén Diego de Valera que el arzobispo de Santiago Rodrigo de Luna, estando una novia en el tálamo para celebrar sus bodas con su marido, él la mandó tomar y la tuvo consigo toda una noche. ¡Coño con el arzobispo!

El cinturón de castidad Otra romántica imagen sexual de la Edad Media es el cinturón de castidad, un púdico arnés fortificado con industria de cerrajería, con el que se supone que el marido guardaba, como en caja fuerte, la fidelidad de su esposa cuando se veía impelido a una larga marcha, por ejemplo para participar en las Cruzadas. Es cierto que tales cinturo­nes se usaron en Europa al final de la Edad Media. El invento había llegado de Oriente, como la Peste Negra, y arraigó primero en Florencia donde lo llamaron bellifortis. Su uso se divulgó en el siglo XV por Francia y Alemania. El humanista Eneas Silvio, que luego sería Papa Pío II, escri­bió: Esos italianos celosos hacen muy mal en poner cerrojos a sus esposas, ya que es condición de la mujer desear mayormente aquello que le es prohibido, y es más consciente cuando puede actuar con entera libertad. Algunos maridos celosos impusieron el uso cotidiano de esta incómoda prenda a sus sufridas esposas. En 1889, en una iglesia austriaca se encontró el esqueleto de una mujer


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a la que habían sepultado con su cinturón de castidad. Sería para defender su póstuma virtud de las asechanzas de los necrófilos. La simbología sexual informa acerca de los más mínimos actos del ceremonial caballeresco: la encontramos incluso en las estatuas yacentes que decoran los sepulcros. En éstas la mujer cruza sus manos, pudorosamente, sobre el bajo vientre; en cambio, el hombre refuerza su virilidad posando sobre sus partes la espada desnuda. Otro símbolo sexual fue el cabello, que el hombre exhibía libremente, en tanto que la mujer, que lo llevaba largo y suelto mientras se conserva­ba virgen, se lo cortaba o recogía en cuanto la hacían dueña. “Endueñola”, dice Tirant lo Blanc, o sea, que tuvo acceso carnal con ella, que la desvirgó. Los torneos, ya en las postrimerías de la Edad Media, se convirtieron en teatros eróticos en los que el hombre combatía por un fetiche que simbolizaba el himen de la amada: un pañuelo, una liga u otra prenda cualquiera que saldría del combate impregnada de su sudor y su sangre. El ideal estético dominante era el que enunció el Arcipreste de Hita: Busca mujer de talla, de cabeça pequeña; cabellos amarillos (...) ancheta de caderas: esta es talla de dueña; los labios de su boca, bermejos (...) la su faz sea blanca, sin pelos, clara e lisa. También se apreciaban el cuello largo (alto cuello de garza) y las orejas pequeñas. Esto en cuanto a la clase noble, que es de la que nos han llegado más noticias. En lo que concierne al anónimo y aperreado pueblo, la plebe no practica la caballería del amor -escribe Andreas Capellanus en 1184-, sino que como el caballo y el asno tienden naturalmente al acto carnal (...) les basta labrar los campos y la fatiga del pico y el azadón. Y los goliardos, poetas tunantes, cantaban incesantemente la pasión y el gozo carnal en un coro en el que no faltaban clérigos libertinos y tabernarios. Entre ellos nuestro Arcipreste de Hita, que dejó expresada la profunda filosofía de la humanidad:

Como dice Aristóteles, cosa es verdadera el mundo por dos cosas trabaja: la primera por haber mantenencia; la otra cosa era por haber juntamiento con hembra placentera. Estos alegres clérigos constituían la excepción. Por supuesto, la Iglesia oficial seguía siendo tan sexófoba y misógina como en tiempos de San Agustín. El concilio de Toledo de 1324 condenó a la mujer como criatura liviana, deshonesta y corrompida. Al margen de los estamentos citados cabe mencionar el universitario, constituido en los estudios que florecieron a partir del siglo XIII. Los estudiantes se entregaban con más ahínco al placer que a los libros, a juzgar por las ordenanzas que Alfonso X el Sabio les dispuso: Estudiar e aprender (...) e fazer vida honesta e buena ca los estudios para este fin fueron establecidos. Ya se ve por dónde apunta el Rey Sabio. El estudiante era alborotador y mujeriego por naturaleza. En torno a las universidades florecían singularmente las mancebías. Tam­ bién en las fondas, posadas y albergues de los caminos, una tradición que continuaba desde Roma.

Putas y mancebas Los establecimientos de la mancebía, controlados por el cabildo municipal o por el señor de la villa, constituían un lucrativo negocio. Entre el sufrido puterío medieval brilla con luz propia una soldadera a la que el Rey Sabio dedicó una cantiga: “María Pérez Balteira”. Por sus juegos de doble sentido, la composición no tiene nada que envidiar al cuplé más ingenioso. Aparentemente, lo que la pícara Balteira aconseja es cómo construir una cabaña: De buena medida la debes coger esta es la viga adecuada si no yo no os la señalara. Y como ajustada se ha de meter bien larga ha de ser que quepa entre las piernas (...) de la escalera esta es la medida de España

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no la de Lombardía o Alemania pero sí resulta más gorda, también sirve que la que no vale para nada es la delgada. La Balteira se hizo de una regular fortuna. En 1257 otorgó una donación al monasterio cisterciense de Sobrado y, a cambio de una renta vitalicia, se comprometió a servir a los monjes “como familiar e amiga”. Se observa que a los buenos monjes no les repugnaba el pago en especie y que quedaron satisfechos de los servicios de la Balteira. El caso es que en 1347, el merino mayor de Galicia prohibió estos pagos “por mal e deshonestidad”, porque era frecuente que las mujeres de los colonos pasaran tres o cuatro días en el monasterio “para hacer fueros, no sabían cuáles”. María la Balteira, ya vieja, dio en gran rezadora, como tantas de su profesión, y cuando iba a confesar se quejaba al cura: “Soy vella, ay capellam” (¡Ay, padre, qué vieja soy!). María la Balteira moriría sin conocer los tiempos malos de Alfonso XI, cuando se persiguió el oficio y se obligó a las putas a llevar tocas azafranadas para distinguirlas de las mujeres honestas. Inevitablemente, al poco tiempo, las honestas dieron en lucir tocas azafranadas y la autoridad hubo de modificar el artículo, y dispuso que las mujeres de vida alegre llevaran en adelante prendedero de oropel en la cabeza, otra prenda que prestamente haría furor entre las féminas. Eran tiempos en que el legislador, sin proponérse­lo, dictaba la moda femenina. Lo del prendedero se confir­maría en unas ordenanzas de los Reyes Católicos, en 1502.

Amor cortés y amor carnal Para que no faltara suerte alguna de amor, incluso se conocía un amor platónico, el amor cortés, similar al amor udri de los musulmanes. Este amor, exaltado por la poesía trovadoresca, rendía culto a la mujer y convertía al hombre en vasallo de su enamorada. En su aspecto religioso llegó a erotizar incluso a la Virgen María, tan atractivamente representada por los tallistas góticos. Por aquí se anuncia la vena mística que daría, andando el tiempo, los ardorosos desmayos de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Ya

existían todas las clases de amor que afligen al hombre de hoy, incluso el artero flechazo de Cupido que con el dardo del deseo hiende los broqueles de la religión y la virtud, esa locura dulce que arrebata a los amantes y los une a contrapelo de todas las conveniencias sociales. Fue el caso del príncipe de Barcelona, Ramón Berenguer, quien, en 1054, de paso por Francia camino de los Santos Lugares, se hospedó en el castillo de Narbona y se enamoró de Almodis, la esposa de su anfitrión. La pareja guardó ausencias hasta que él regresó de Tierra Santa y nuevamente se hospedó en el castillo. Aquella misma noche escaparon juntos y poco después se casaron tras repudiar a sus respectivos cónyuges. El amor pasional, aunque se exprese en lengua remota, conserva hoy la frescura de lo auténtico: Toliós el manto de los ombros besó me la boca e por los ojos, tan gran sabor de mí avía, sol fablar non me podía. O la humana debilidad del gatillazo artero en esta composición del siglo XII: Rosa fresca, rosa fresca tan garrida y con amor cuando vos tuve en mis brazos non vos supe servir, non... En un principio, el matrimonio no constituyó sacra­ mento. Era una institución civil, un contrato privado entre los contrayentes que tenía por objeto la perpetuación del linaje, si se trataba de nobles, o la simple mutua ayuda. La esposa era una propiedad del marido. Consecuentemente, si otro hombre accedía a ella, fuera por violación, fuera por adulterio, el delito perpetrado era, además, enajenación indebida. La Iglesia no intervino en el contrato matrimonial hasta muy avanzado el siglo XII. Incluso en ciertos casos, el matrimonio continuó siendo un acto exclusivamente civil hasta el final de la Edad Media. Solamente a partir del Concilio de Trento se impuso la obligación de que fuese público, ante sacerdote, y de que quedase registrado en la parroquia. Iglesia


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y Estado se consensuaron para imponer tal mudanza. De este modo controlaban mejor a sus feligreses y súbditos. El matrimonio medieval podía ser a yuras, a solas o a furto, es decir, en secreto entre los dos contrayentes y sin conocimiento de las familias respectivas. El concubinato estaba estrechamente relacionado con el matrimonio. También podía acordarse mediante contrato legal, como el que suscribieron en 1238 Jaime I de Aragón y la condesa Aurembiaix de Urgel, sobre los hijos que pudieran tener sin estar casados. El título IV de la ley de las Partidas, admite que las personas ilustres pueden tener barragana, pero siempre que ésta no sea sierva ni tenga oficio vil. La concubina gozaba de un estatuto judicial y social como esposa de segunda categoría. La Iglesia toleraba estas situaciones y hacía la vista gorda, aunque a veces, cuando eran demasiado notorias, intentaba corregirlas. En 1338, el Concilio de Palencia clamaba contra los que imitando al caballo y al mulo, que carecen de entendimiento, no tienen reparo en mezclarse públicamente con concubinas en daño de sus almas. Las leyes civiles que regulaban el matrimonio están contenidas en la cuarta Partida: la mujer podía casarse a los doce años, el hombre a los catorce. No obstante, el comprensivo legislador admitía que también pueden unirse antes de esa edad si fuessen ya guisados para poderse ayuntar carnalmente. Ca la sabiduría, o el poder, que han para esto fazer, cumple la mengua de la hedad (ley VI). El matrimonio entrañaba la obligación del débito conyugal, incluso si era reclamado en días de abstinencia, cuando el ayuntamiento carnal constituía pecado. A efectos legales, la convivencia no era imprescindible. Bastaba que se acostumbrasen a veer el uno al otro en sus casas, o si yoguiesse con ella como varon con muger (ley III). Ahora bien, como la finalidad del matrimonio es tener hijos, cuando se ayuntan marido e muger con la intención de haber fijos, no hay pecado; mas facerlo comiendo letuarios pecan mortalmente (título II, ley IX). La potencia del marido y la virginidad de la esposa se demostraban exhibiendo ante testigos la sábana pregone-

ra manchada de sangre tras la noche de bodas. A falta de este requisito se suponía que el matrimonio no era válido por defecto de alguna de las partes. Por este motivo el casa­ miento estaba contraindicado en la mujer que tiene natura tan cerrada que non puede el varon yacer con ella y en los impotentes, de los que el legislador distingue dos clases: Los maleficiados, e fríos de natura, son dos maneras de ornes que son embargados para non se poder casar (...). El maleficiado o embrujado, víctima de algún hechizo, podía, si se casaba de nuevo, acceder carnalmente a la nueva esposa. En tal caso esta segunda boda se daba por válida, pero en el caso del que es frío de natura, es decir, del impotente fisico, no había nada que hacer pues también lo es con la una muger como con la otra. Solamente la muerte disolvía el vínculo matrimonial. El divorcio, admitido por el Fuero Juzgo de los godos, estaba prohibido en las Partidas. No obstante, en ciertos casos, el matrimonio podía anularse. Por ejemplo, si se demostraba la impotencia del marido: Quando el ome ha tan fría natura que non puede yacer con muger; o cuando la mujer era tan cerrada que no había manera de consumar el acto carnal. También era causa de anulación que el despro­porcionado tamaño del pene del marido pusiera en peligro la vida de la esposa. Delicado extremo que habían de decidir los jueces tasando y midiendo los respectivos miem­bros. Veamos: Cerrada se yendo la muger (...) de manera que la ouiessen departir de su marido, si acaesciesse que después casase con otro que la conociese carnalmente, deuela de partir del segundo marido e tornarla al primero; porque semeja, que si con él ouiesse fincado todavía también la pudiera conoscer como el otro. Pero antes que los departan, deuen catar, sí son semejantes, o eguales, en aquellos miembros que son menester para engendrar. E si entendieran que el marido primero non lo ha mucho mayor que el segundo estonce la deuen tornar al primero. Mas si entendie­ran que el primer marido aula tan grande miembro, o en tal manera parado, que por ninguna manera non la pudiera conoscer sin grande peligro della, maguer con el ouiesse fincado, por tal razón non la deuen departir del segundo marido (título VIII, ley III).

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Adúlteros y castrados La mujer debía permanecer fiel al marido. En sólo dos casos se admitía su yacimiento con hombre sin cometer adulterio: por violencia o por yerro. Dice la ley: Yaziendo alguno ome por fuerca, travando della rebatosamente; o si el esposo se ausenta para una necesidad, otro ocupa su lugar en la cama, se ayunta con la confiada esposa y ella se deja hacer pensando que se trata de una gentileza del marido. La reina María de Montpellier recurrió a una estratagema parecida para conseguir que su esquivo esposo, Pedro el Católico, se aviniera a satisfacerle el débito conyugal. Se hizo pasar por una dama de la corte que accedía a acostarse con el rey bajo la condición de que fuera a oscuras y en silencio. Nueve meses después nació Jaime I el Conquista­dor. Tornando al tema de las violaciones, yerro común en la Edad Media, el moralista Pedro de Cuéllar (1325) las incluye entre los delitos contra la propiedad y razona que, aunque en caso de extrema necesidad uno puede usar los bienes ajenos, no es moralmente lícito usar de la mujer de otro, por muy necesitado de desahogo que se encuentre uno, ya que quanto al negocio carnal no es cosa común que la muger deve ser una de uno. El Fuero Real concedía al marido burlado la facultad de perdonar a los culpables o de ejecutarlos, pero no podía castigar a uno de ellos y perdonar al otro. En los Fueros de Castilla se recoge el caso de un caballero de Ciudad Rodrigo que sorprendió a su mujer en flagrante delito de adulterio y, echando mano de su rival, castrol de pixa et de cojones. Este marido fue condenado a muerte no por desgraciar al burlador, sino por perdonar a la mujer. A propósito de castrados, mencionaremos el título VIII de la ley IV de la cuarta Partida para escarmiento prove­choso de los esforzados corredores de cien metros vallas: Castrados son los que pierden por alguna ocasión que les auíene, aquellos miembros que son menester para engendrar: assí como si alguno saltase algun seto de palos, que travase en ellos, e ge los rompiesse; o ge los arrebatase algun oso, o puerco, o can; o ge los cortase algun ome, o ge los sacasse, o por otra manera qualquier que los perdiesse.

Las Partidas distinguen varias clases de hijos, depen­ diendo del estatus legal de la madre: naturales (habidos de barragana oficial, fiel); fornecidos (si proceden de parientes o de monjas); manzeres (si son de mugeres que están en la putería et danse a todos quantos a ellas vienen); espurios (los de barragana que no es fiel a su amigo); y notos (los de cornudo consentido que los cría como propios). Eiximenis señala que los hijos ilegítimos o bordes son orgullosos, mendaces, lujuriosos y faltos de escrúpulos. Empero, no es inconveniente que en cada familia noble haya alguno, porque a él se le pueden encargar las venganzas y otros trabajos sucios. Siguiendo la autoridad moral de la Iglesia, las leyes regulaban el sexo matrimonial orientado a la perpetuación de la especie, pero su práctica estaba sujeta a una serie de normas. Si la mujer era estéril, el marido debía abstenerse de la cópula; también debía abstenerse cuarenta días antes de Navidad, los ocho posteriores a Pentecostés, los domin­gos, miércoles y viernes, las fiestas religiosas, en Cuaresma, la octava de Pasión, los días de ayuno, cinco días antes de la comunión y uno después: en total, unos ocho meses al año. Además, el catecismo de Pedro de Cuéllar establecía que aunque yacer con la esposa sin intención de procrear fuera solamente pecado venial, la suma de varios pecados veniales hacía uno mortal. Tantas limitaciones al ejercicio conyugal favorecieron el concubinato y la frecuentación de prostíbulos, y alenta­ron el auge profesional de cobijeras y alcahuetas. En los documentos judiciales se citan muchas de ellas, como una tal Catalina Trialls, acusada en 1410 de procurar niñas vírgenes a un maníaco sexual. La homosexualidad femenina se toleró en la Edad Media por razones doctrinales, puesto que su práctica no entraña derramamiento de semen. La masculina, en cambio, fue severamente reprimida: Si dos omes yacen en pecado sodomítico deben morir los dos; el que lo face y el que lo consiente. Esa misma pena debe auer todo ome o muger que yace con bestia; pero ademas deben matar al animal para borrar el recuerdo del fecho (título XXI, ley II).


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El otro gran delito de índole sexual era el aborto que, junto con el infanticidio, estuvo muy divulgado como medio de controlar el crecimiento de la familia. El Fuero Juzgo condenaba a muerte tanto al que preparaba hierbas abortivas como al que incitaba a usarlas. La mujer que abortaba era esclavizada o recibía doscientos azotes si ya se trataba de una sierva; el infanticidio se castigaba con la muerte y otras veces con la ceguera.

Concubinas y reinas Si Carlomagno, tan admirado en la Edad Media, se casó cuatro veces y mantuvo cinco concubinas oficiales, sus colegas hispánicos no le fueron a la zaga. Fernando III el Santo se casó dos veces. Su segunda esposa fue la francesa Juana de Ponthieu, mujer hermosa y apasionada cuya predilección por su hijastro Enrique “ha dado lugar a malignas interpretaciones”. Su hijo Alfonso X, casado por conveniencias con una niña de doce años, se entregó prontamente a la famosa doña Mayor de Guzmán y otras amantes. No menos agitada fue la vida amorosa de Alfonso XI, al que los moros apodaban “el baboso”. Se casó dos veces y, a pesar de las severas amonestaciones del papa, tuvo cuatro amantes fijas. Nueve de sus dieciocho hijos nacieron de la hermosa Leonor de Guzmán, concubina, y sólo uno de la reina, el indispensable heredero del trono. A su muerte, la despechada reina hizo decapitar a Leonor de Guzmán, pero la estirpe de la concubina se tomaría cumpli­da venganza: uno de sus bastardos, Enrique de Trastámara, arrebataría el trono a Pedro el Cruel, el rey legítimo. Pedro el Cruel, rey que “dormía poco e amó a muchas mugeres”, había heredado las inclinaciones venéreas de su padre y su aparente indiferencia hacia la esposa oficial, Blanca de Borbón, a la que abandonó a los tres días de casado para huir al lado de la hermosa María de Padilla, “pequeña de cuerpo pero preciosa”. Debió estar muy ena­morado de ella, aunque también mantuvo romances ocasio­nales con las beldades que iba encontrando en su camino. Se sospecha que envenenó a la reina por una de ellas, Juana de Castro. Cuando se trataba de conseguir un objeto sexual, don Pedro no paraba en barras. En 1354, estando en Segovia, se sintió

prendado de Juana la Fermosa y, aunque se esforzó en rendir su virtud por todos los medios, la dama porfiaba en reservar su virginidad para el caballero que se casara con ella. En esta tesitura, el encalabrinado rey conminó a los arzobispos de Ávila y Salamanca para que anularan su matrimonio con la reina. Cuando lo consiguió, contrajo matrimonio con la hermosa y ambiciosa Juana, y pasó la noche con ella, noche sin duda agitada y fecunda puesto que la dejó embarazada. A la mañana siguiente, el rey abandonó el palacio sin despedirse y ya no volvió a ocuparse de doña Juana. Quizá el lector sospeche que este hombre no estaba en sus cabales. Es posible: don Pedro arrastraba taras genéticas resultantes de repetidos matrimonios entre primos. Tenga­ mos en cuenta que los peligros de la consanguinidad han sido desconocidos prácticamente hasta nuestros días; esto explica que tres sucesivas dinastías españolas (Trastámara, Austrias y Borbones) hayan padecido muchos males deriva­ dos de ella.

Frailes granujas Durante la Edad Media fue bastante corriente no sólo que los clérigos mantuviesen mancebas, sino que las exhi­biesen públicamente como si de legítimas esposas se trataran. La costumbre tuvo su origen en los matrimonios espirituales, con teórica exclusión del sexo, que la Iglesia toleró en los primeros siglos del Medievo. A su amparo, muchos clérigos se echaron novia con el pretexto de tener agapeta o subintroducta, es decir, ama. La Institución era tan ambigua que inmediatamente se detectaron abusos. Ya el concilio de Elvira estableció que el pactum virginitatís debía ser público y prohibió la convivencia de ascetas y vírgenes bajo un mismo techo. Es más, estableció que cuando la virgen o monja se casaba, como era esposa de Cristo, cometía adulterio e incurría en excomunión. San Bonifacio, en el siglo VIII, clamaba contra los clérigos que “de noche mantienen a cuatro, cinco o más concubinas en su cama”. También Fruela intentó prohibir el matrimonio de los clérigos, pero los afectados se le sublevaron.

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La corrupción del clero alcanzó su punto álgido en el siglo X. El mal llegó a infectar las más altas jerarquías con la Santa Sede en manos de Marozia, aristócrata romana amante del papa Sergio III (904-911). Un hijo de Marozia seguiría la carrera del padre y llegaría a papa con el nombre de Juan XI (931-936). Si el Vaticano alcanzaba estos extre­mos, no debe extrañarnos que por toda la cristiandad existieran abades y clérigos amancebados y monasterios “que son casi lupanares” donde las monjas eran “pregnantes y adúlteras”. En 1281, la priora del monasterio de Santa María de Zamora solicitó ayuda del cardenal porque las monjas jóvenes de su comunidad recibían visitas de domini­cos que pasaban la noche en sus celdas, holgando con ellas muy desolutamente. Como eran correligionarios y había confianza, lo hacían en el propio convento, pero también los hubo que atendían a domicilio, como parece sugerir cierta ley de las Partidas que establece penas para los que sacan monjas de conventos para yacer con ellas (...) si es clérigo débenlo deponer; si lego, excomulgar; y la monja debía reintegrarse al convento de forma que estuviera mejor guardada que antes.

a satisfacer un impuesto; por otra, se reprimió el lujo de sus mancebas acostumbradas a exhibicionismos tales acopio de lucirse con grandes quantías de adobos de oro y plata. Además, la ley las obligó a vestir paños viados de ypres y un prendedor de lienzo bermejo que las distinguie­ran de las dueñas honradas y casadas. Esta orden fue desobedecida, puesto que unos años después las cortes de Soria recuerdan que las mancebas de los clérigos debían llevar el prendedor pública e continuamente. Como estas radicales medidas se mostraban inoperantes, en ocasiones se acudía a la negociación. Un privilegio de Enrique II concedía a los clérigos y prestes de Sevilla el mantenimien­to de sus apaños siempre que fuera sin mengua de la cas­tidad:

Los intentos de reformar el clero, particularmente desde que el papa Gregorio VII impuso de manera definiti­va el celibato, fracasaron estrepitosamente. El Concilio de Compostela (1056) dispuso que los sacerdotes y clérigos casados dejasen a sus mujeres e hicieran penitencia; el de Palencia (1129) ordenó que las mancebas de los eclesiásticos fuesen repudiadas públicamente; el de Valladolid (1228) que denuncien por excomulgadas a todas las barraganas públi­cas de los dichos clérigos y beneficiados y si se moriren que las entierren en la sepultura de las bestias; y el de Toledo (1324) señalaba que se ha introducido la detestable costum­bre de que vayan a comer a casa de Prelados y Grandes las mujeres livianas, conocidas vulgarmente con el nombre de soldaderas y otras que con su mala conversación y dichos deshonestos corrompen muchas veces las buenas costum­bres. El viajero Juan de Abbeville (1228) observó que el clérigo español era más mujeriego que sus colegas europeos. Las cortes del siglo XIV adoptaron una serie de medidas para reprimir el amancebamiento de los clérigos. Por una parte, se les obligó

Quedaban ya lejanos los tiempos en que los eclesiásti­cos tenían que ser impolutos (es decir, sin poluciones) y, caso de sufrir algún involuntario derrame nocturno, debían lavarse “y lanzar gemidos” antes de entrar en la iglesia.

Que las dichas concubinas en adelante hicieren vida honesta, que les puedan en sus casas de ellas aparejar los manjares y enviarlos a los dichos clérigos a sus casas, y en el tiempo de enfermedad servirlos en cosas lícitas y honestas de día, salvo si el mal fuere muy grave. Y otro sí, que los clérigos y prestes puedan ayudar piadosamente a las dichas mujeres, e hijos ya nacidos, en sus menesteres.

Uno de los intentos de la jerarquía eclesiástica por erradicar las mancebas de los clérigos queda reflejado en la deliciosa “Cantiga de los clérigos de Talavera”, del Arcipreste de Hita: Cartas eran venidas, dizen desta manera: que casado nin clérigo de toda Talavera que non toviese manceba casada nin soltera y aquel gire la tuviese descomulgado era. Con aquuestas razones que la carta dezía quedó muy quebrantada toda la clerecía. Gran revuelo de sotanas ante tamaño atropello y asamblea clerical para elevar la protesta al rey: de más se sabe el rey que todos somos carnales y se apiadará de todos nuestros males


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Oigamos las indignadas razones de uno de los afecta­dos que acababa de regalar un vestido a su barragana y además la tenía recién lavada, lo que no era cosa de todos los días: ¿Que yo deje a Orabuena, la que cobré antaño? En dejar yo a ella recibiera gran daño: dile luego de mano doce varas de paño y aun ¡por mi corona! anoche fue al baño. Otro afectado, más irascible que el anterior, no se recata de proferir terribles amenazas contra el arzobispo: Porque suelen decir que el can con gran angosto con rabia de la muerte, al amo muerde el rostro. Si cojo al arzobispo yo en un paso angosto tal tunda le daré que no llegue a agosto.

Remedios y hechicerías La farmacopea erótica ofrecía un amplio catálogo de remedios de origen tanto mineral como vegetal o animal. Destacaban la camiruca, el margul y el alburquiz, piedras citadas en el lapidario de Alfonso X. El mismo efecto se atribuía a la mandrágora, a la saponina (que se extrae de los tegumentos del sapo), al atíncar o bórax y a una dudosa receta cuyos componentes eran: carne de lagarto, corazón de ave y heces de enamorado. Las personas de alcurnia y posibles podían aspirar a poseer algún fragmento del cuerno del fabuloso unicornio, cuyas virtudes genéticas y vigoriza­doras de virilidades detumescentes se tenían por casi mila­grosas. Durante toda la Edad Media existió un activo comercio de colmillos de narval que desaprensivos merca­deres matuteaban por cuerno de unicornio (hoy el rinoce­ronte africano se encuentra amenazado de extinción debido a la caza masiva de que es objeto para surtir los mercados de Oriente, donde su cuerno frontal es muy estimado como afrodisíaco). Los compuestos para remedios de amor parecen más pintorescos que peligrosos. Para enamorar a un hombre se le daba a comer pan amasado sobre el pubis de la mujer. Idénticos resultados se obtenían dándoles a comer un pez que hubiese muerto dentro de su vagina. Para conservar el amor de una mujer y asegurarse de su fidelidad, se le daba a

beber una pócima cuya receta incluía testículos de lobo y la ceniza resultante de quemar pelos tomados de distintas partes del cuerpo. Para alcanzar y retener a una mujer frígida el hombre debía untarse el pene con sebo de macho cabrío antes de copular con ella. Para provocar la impoten­cia de un hombre, la mujer desnuda y untada de miel se revolcaba en un montón de trigo; luego recogía los granos adheridos a su piel y confeccionaba con ellos una torta que daba a comer al varón que quería desgraciar. Para evitar que la mujer se quedara embarazada se friccionaba el pene con vinagre antes del coito. Es de suponer que, dada la precariedad manifiesta de este método anticonceptivo, las preñeces indeseadas serían frecuentes. Aunque, por otra parte, nunca se sabe. En muchos países africanos usan hoy como contraceptivo lavativas vaginales de una conocida bebida americana de cola y, al parecer, resulta eficaz, lo que ha alertado al departamento de promoción de la empresa, siempre atento a ampliar merca­dos investigando los nuevos usos de su brebaje. Las Siete Partidas tienen en cuenta las hechicerías sexuales. Cuando una pareja no podía consumar el coito por hallarse hechizada, se le concedía un plazo de tres años que uiuan en uno y tomar la jura dellos que se trabajaran quanto pudieren para ayuntarse carnalmente. Si, a pesar de esta buena disposición de las partes, se agotaba el plazo sin que la unión se hubiese consumado, el caso debía someterse a examen médico por parte de omes buenos e buenas mugeres, si es verdad que ha entre ellos tal embargo. Otras hechicerías contenidas en grimorios pretendían provocar el amor de una mujer, hacerla danzar desnuda u otros capri­chos semejantes. Estos libros de magia debieron estar muy solicitados. Alfonso X nos da noticia de un deán de Cales que, seduciendo por magia y por grimorio, jode cuanto quiere joder. Así, cualquiera. A pesar de todos estos remedios, menudeaban las mujeres insatisfechas. Algunas recurrían a diversos arte­factos de autoestimulación. Una cantiga del poeta Fernando Esquio menciona un lote de cuatro consoladores que ha enviado a una abadesa amiga suya para servicio de su comunidad. En un documento de 1351 se habla de una mujer fallecida por

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ocasión de un rauano (rábano) que le auian puesto por el conyo (Archivo General de Navarra, sección de Comptos, 66 folio 296 vuelto). La crucífera y picantilla raíz parece haber despertado súbitas pasiones femeninas en muy distintas épocas. Un soneto anónimo del siglo XVI comienza: Tú rábano piadoso, en este día risopija serás en mi trabajo serás lugarteniente de un carajo mi marido serás, legumbre mía.

Quizá la íntima razón del desvalimiento amoroso de algunas mujeres fue olfativa más que estética. La cristiandad nacional se lavaba poco; lo uno, por falta de medios y recursos; lo otro por no parecerse a los infieles mahometa­nos cuyas rituales ablucioón eran precepto en su odiada religión. Lo cierto es que el olor descompuesto del sexo femenino era perfectamente perceptible en la vida social. El marqués de Villena recomienda, en sus consejos al trinchante, que no se acerque demasiado a las mujeres pues sus cuerpos hieden y su olor puede desvirtuar el aroma de las viandas que prepara.


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Capítulo 4

MOROS Y CRISTIANOS EN BATALLA Dejemos el amor y vayamos con el otro aspecto de la vida medieval que seguramente parecerá al lector más atractivo e instructivo: ¿cómo combatían los moros y los cristianos? No es fácil responder. En ocho siglos de confrontación el armamento y las tácticas de unos y otros evolucionaron bastante. No obstante, intentaremos resumirlas en tres momentos: el primero, referido a los ejércitos primitivos del islam, los que conquistaron medio mundo; el segundo, a los siglos centrales, XII y XIII, en que la fuerza de moros y cristianos estaba equilibrada; el tercero, al final del islam en la Península, cuando la balanza se había inclinado definitivamente del lado cristiano.

Mercenarios y milicias en la Córdoba califal. Los ejércitos del islam se han nutrido tradicionalmente de voluntarios. Recordemos que Mahoma prometió el Paraíso a los caídos en guerra santa. Pero en la época de Abd al-Rahman los voluntarios no eran ya de la misma calidad de los que conquistaron medio mundo dos siglos antes. Pasado el entusiasmo y el fervor de las primeras conquistas, ahora abundaba en el ejército el holgazán procedente de las ciudades, mucho hortelano escaqueado, mucho oportunista, más atento a la llamada del rancho que a la instrucción de las armas. No era personal para enfrentarlo a los cristianos, cuya aristocracia había convertido la guerra en la única profesión honorable. Así lo comprendió Abd al-Rahman y, antes

de intentar un desquite, reformó radicalmente el ejército: prescindió de las tropas autóctonas y reclutó gran cantidad de mercenarios extranjeros, principalmente eslavos. Era un hombre práctico que no ponía reparos a los mercenarios cristianos. De hecho, encuadraría en su ejército mesnadas cristianas completas, cedidas por condes cristianos feudatarios de Córdoba. Para mantener este entramado era necesario un ejército fiel, no aquella tropa dudosamente leal dividida por enemistades tribales e intereses de clanes y familias que tantos problemas había acarreado a sus antecesores. Abd al-Rahman adoptó la solución bizantina: rodearse de mercenarios (saqaliba) de origen eslavo, franco o hispano, fieles solamente al pagador, es decir, al Estado, muchos de ellos cautivos capturados o adquiridos cuando eran todavía niños en territorios cristianos de Europa. Desvinculados de sus familias y de sus culturas de origen, los sakaliba no conocían más familia que el regimiento al que pertenecían, y sólo debían lealtad al gobernante que pagaba sus soldadas. Residían en sus cuarteles, despreciaban la vida civil y se mantenían ajenos a la política e incluso a la vida menuda de la calle pues, aunque pasaran toda su vida en al-Andalus, no se molestaban en aprender el idioma. Por eso también los llamaban khurs, los silenciosos. Además de estos cuerpos mercenarios, el ejército cordobés encuadraba beréberes agrupados en regimientos (almurtaqiz) al mando de un jefe (sabih al-hasham). Las tropas

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chundíes sirias que se establecieron tras la guerra civil recibían tierras y una soldada. Había además tropas voluntarias (al-muttawí) formadas por muhaidines (al-muyahiddin), muladíes y beréberes deseosos de hacer la guerra santa. Las tropas pasaban el invierno acuarteladas, cuando los días son cortos y lluviosos, los caminos embarrados dificultan la marcha y el campo no ofrece alimento. En primavera, con los caminos secos y las cosechas en flor, el califa sacaba a sus tropas, quizá unos cinco mil hombres, y los enviaba contra tierras cristianas. A lo largo de su recorrido hacia la frontera, el ejército iba recibiendo contingentes de tropas provinciales hasta alcanzar unos quince mil hombres. Dos rutas principales evitaban, rodeándola, la estéril submeseta norte: la antigua Vía Romana de la Plata, por Extremadura, hacia Galicia, y la vía del Calatraveño, cruzando Sierra Morena por el valle de los Pedroches o por Despeñaperros, cuando el objetivo era llegar a Toledo y proseguir por Guadalajara hacia las bases de apoyo de Medinaceli y Gormaz, en la cabecera del Duero, la plaza fuerte avanzada desde la que los califas, lanzaban sus aceifas o expediciones de saqueo, casi anuales, contra los reinos cristianos. El lector haría bien en visitar Gormaz, el castillo más antiguo de Europa, en medio del páramo soriano. Al-Hakam II construyó esta fortaleza en el último tercio del siglo X como base militar para mantener a raya a los leoneses. Se llega en coche, cómodamente, hasta el pie del muro. Por dentro el castillo es llano, largo y herboso como un prado. Uno se sienta a escuchar el silbo del viento en el silencio perfecto de sus ruinas mientras contempla, recortado allá en lo alto, sobre el impoluto cielo azul, el vuelo coronado del buitre. Las rutas militares califales, que probablemente también eran comerciales, estaban jalonadas por una serie de pequeños castillos-albergue distantes entre ellos a una jornada de camino, que servían también de casa de postas y centros de ordenación territorial. El de Baños de la Encina, en la actual provincia de Jaén, construido el año 968 y perfectamente conservado, merece una visita. Es un recinto de

forma elíptica, con sus catorce estilizados torreones de tapial coronados de almenas, muy próximos a la manera califal. La precaria economía de los reinos cristianos no permitía el mantenimiento de grandes ejércitos. Sus reyes recurrían al sistema feudal: cada noble prestaba a su señor una cantidad de jinetes y peones estipulada con arreglo a la importancia y recursos del señorío. Estas tropas servían al rey durante un determinado periodo de tiempo, por lo general los meses de verano. Contar con ellas era un arma de doble filo porque, si los nobles o las ciudades que las aportaban se enemistaban con el rey, no dudaban en licenciarse en cuanto cumplía el plazo legal y se volvían para sus señoríos y burgos, dejando al monarca en la estacada, en plena campaña, a lo mejor obligándolo a levantar el cerco de una ciudad que estaba a punto de capitular. Con tan menguadas fuerzas, los reinos cristianos apenas podían defender sus fronteras del renovado ejército de Abd al-Rahman III. Los reyes leoneses, navarros, catalanes, incluso los fieros castellanos, se apresuraron a enviar embajadas amistosas a Córdoba. Una leyenda asegura que los cristianos tributaban cien doncellas al año con destino al harén del califa, desde los tiempos del rey Mauregato (783), y que sólo dejó de pagarse cuando Santiago Apóstol en persona descendió, en su caballo blanco, espada en mano, para capitanear las mesnadas cristianas que derrotaron a los musulmanes en la memorable batalla de Clavijo. La batalla y el tributo son pura fantasía, pero los cristianos se animaron pensando que Santiago “Matamoros”, el patrón de España y de la caballería cristiana, combatía contra sus enemigos naturales, los mahometanos . En su iconografía más divulgada en los altares e iglesias de España e Hispanoamérica, el santo aparece a caballo, espada en mano, y debajo se ven cadáveres descabezados de moros. Los cristianos invocaban a Santiago al entrar en combate: “¡Santiago y cierra España!, “Cierra España”, es decir, guarda a España, pero cerrar también significa acometer con denuedo. Era una versión cristiana del alarido o grito de guerra musulmán que era: “¡Mahoma!”.


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La palabra árabe “alarido”, hoy en día perfectamente naturalizada castellana, ilustra la gran cantidad de vocablos militares árabes que pasaron al castellano: enacido (espía), almirante-alférez, zaga (reserva que sigue al ejército), alarde (revista de tropas), alcaide (jefe militar de un castillo), algarada (incursión en territorio enemigo), almenara (señal de fuego sobre una torre vigía o atalaya), alcazaba, almudena, alcázar, todas referentes, con pequeñas variantes, a fortificaciones ciudadanas, adalid (guía y especialista en agüeros). Los agüeros eran muy importantes. Tanto cristianos como musulmanes “cataban las aves” antes de entrar en batalla, es decir pronosticaban sobre el vuelo de las que iban encontrando, especialmente si eran cuervos o cornejas, especies muy abundantes entonces. Es de suponer que los escépticos de entonces descreían en agüeros e incluso en el divino auxilio de Santiago o de Mahoma. De alguno de ellos debe proceder aquella profunda reflexión: Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos que Dios protege a los malos cuando son más que los buenos. Nunca se estaba seguro. Incluso cuando las cifras cuadraban y la superioridad numérica estaba a favor de uno, la picajosa divinidad podía castigar pretéritos pecadillos ayudando al enemigo. Ya lo dice el poema de Fernán González: Bien vemos que Dios quiere a moros ayudar

El fiel de la balanza (XII-XIII) Las mayores confrontaciones se dieron en los siglos XII y XIII. Por vía de ejemplo tomaremos dos famosas batallas que se riñeron cuando los poderes estaban más o menos equilibrados y en el fiel de la balanza: Alarcos (1195) y las Navas de Tolosa (1212), la primera ganada por los musulmanes y la segunda por los cristianos. Alarcos comenzó con un ataque cristiano en diversas oleadas: “un cuerpo de siete u ocho mil caballeros, todos cubiertos de hierro, de yelmos y mallas brillantes superpues-

tas”. Las sucesivas cargas de caballería alcanzaron el primer cuerpo musulmán y lo arrollaron matando al jeque Abu Yahya que enarbolaba el pendón verde en el centro de las tropas. Ya agotados, los castellanos se enfrentaron con las mejores tropas enemigas, los almohades, frescos y descansados, que, mientras se desarrollaba la primera fase del combate, les había cortado la retirada envolviéndolos por los flancos y englobándolos de manera que no tuvieran espacio para organizar nuevas cargas. Allí, desordenados sus haces, los caballeros cristianos enlorigados, resultaron fácil presa. El ejército cristiano resultó aniquilado. A sus errores tácticos cabe sumar los devastadores efectos de una nueva y mortífera arma almohade: un nutrido cuerpo de arqueros turcos contratados en Oriente, capaces de disparar sus flechas con impresionante potencia, puntería y cadencia de tiro desde la misma grupa de las cabalgaduras lanzadas a galope. La misma táctica de los partos que en la antigüedad habían derrotado a griegos y romanos. Los almohades y los cristianos empleaban tácticas muy distintas. Los cristianos lo fiaban todo a una carga frontal de la caballería, en compacta formación, primero con las lanzas y después con las espadas. Por el contrario, los musulmanes oponían tropas ligeras que se dispersaban ágilmente en todas direcciones, hurtando el blanco a la acometida enemiga, para luego agruparse y, desplazándose rápidamente, envolver al enemigo y atacarlo en sus puntos vulnerables, la retaguardia y los flancos. Las tropas cristianas desbaratadas se dieron a la fuga y los almohades hicieron una gran carnicería en ellas y en los campamentos cristianos. En el desastre murieron los obispos de Ávila, Segovia y Sigüenza. ¡Tres sedes vacantes en una tacada! Diecisiete años más tarde llegó el momento de la revancha cristiana. El 16 de julio de 1212 el ejército almohade se enfrentó con una fuerza combinada de castellanos, aragoneses y navarros en las Navas de Tolosa y resultó totalmente derrotado. Si el lector pasa alguna vez por la autopista de Andalucía, al cruzar Sierra Morena, cuando se entra en la provincia

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de Jaén, término de Santa Elena, encontrará el campo de batalla de las Navas de Tolosa. Vale la pena detenerse y visitar el Museo de la Batalla, que se distingue sobre un alcor. Puede también informarse en la página web de la Ruta de los Castillos y las Batallas. En las Navas, Alfonso VIII, que había aprendido la lección de Alarcos, conservó su caballería en formación cerrada, para evitar la infiltración de la caballería ligera del moro y, sobre todo, mantuvo a su cuerpo más importante en la reserva para lanzarlo a la batalla cuando los moros intentaran cercar a su cuerpo principal. La oportuna intervención de esta reserva, ni demasiado pronto ni demasiado tarde, decidió el resultado de la batalla. El ejército cristiano estaba dividido en tres cuerpos, con los castellanos en el centro; los aragoneses a su izquierda y los navarros a la derecha, reforzados por tropas concejiles castellanas. Cada cuerpo constaba, a su vez, de tres líneas ordenadas en profundidad. La vanguardia del cuerpo central estaba al mando del alférez real de Castilla, el veterano don Diego López de Haro. En la segunda línea militaban los caballeros de las órdenes militares (Templarios, Hospitalarios, Uclés y Calatrava). Finalmente, en el cuerpo de reserva, que ocupaba la retaguardia, militaban los tres reyes, con Alfonso VIII en el centro, acompañado por los arzobispos de Toledo y Narbona, y otra media docena de prelados castellanos y arago­neses. Alfonso VIII había dispuesto que las tropas concejiles combatieran mezcladas con las mesnadas nobiliarias, las tropas reales y los caballeros de las órdenes militares, todos ellos guerreros profesionales. De este modo la calidad era más homogénea y la infantería y la caballería se apoyaban mutuamente. Por su parte, el ejército almohade se ordenaba también en tres cuerpos: en vanguardia, un núcleo de tropas ligeras; a continuación, los voluntarios, no sólo andalusíes, sino de todo el imperio y, finalmente, el cuerpo de reserva, en retaguardia, los almohades propiamente dichos que ocupaban la ladera del cerro de los Olivares. En la cima habían plantado la gran tienda roja de al-Nasir, el emblema de su poder, ro-

deada por una zanja y una empalizada de canastos terreros, troncos, cadenas y fardos de impedimenta. Esta fortificación, bastante frecuente en la Edad Media, servía para frenar las cargas de la caballería. El palenque almohade estaba defendido por una guardia de piqueros, arqueros y honderos, muchos de ellos atados por los muslos o enterrados hasta las rodillas, los mujaidines de entonces, también conocidos como imesebelen o desposados, que juraban sacrificar sus vidas en defensa del islam. Se hacían atar por las rodillas, para asegurarse el martirio. Los cristianos estaban mejor equipados de escudos, lorigas de malla y yelmos. El armamento ofensivo abarcaba una amplia panoplia: lanza, espada, cuchillo, maza o hacha, alabarda, arco y honda. Del lado almohade el armamento defensivo se limitaba prácticamente al escudo. Sus peones iban provistos de lanzas y espadas, azagayas, arcos y hondas. El predominio de las armas arrojadizas en el campo musulmán se refleja en las enormes reservas de flechas y venablos que los cristianos encontraron tras la batalla. El arzobispo de Narbona calcula que dos mil acémilas no bastarían para transportar tantas canastas de flechas. Las cotas de malla de los cristianos protegían bastante bien de las flechas. A veces un caballero recibía más de una docena y quedaba como un erizo, sin que ninguna lo hiriera gravemente. Lo malo de las flechas eran las heridas, porque las infecciones eran frecuentes debido a los escasos medios de la época, un problema que preocupaba a médicos y cirujanos. El médico cordobés Abulcasis, autor de un tratado de cirugía que circuló por Europa traducido al latín, inspiró, en parte, al cirujano de Crevillente, Mohamed al-Safra, en su “Indagación y ratificación del tratamiento de las heridas”, compuesto en Fez hacia 1344, en el que enseña a curar heridas de flecha o de lanza y a reducir fracturas o dislocaciones. En la bolsa del guerrero no faltaban las hierbas útiles, especialmente las hemostáticas que tienen la virtud de estañar las hemorragias y sanar las heridas, las denominadas “zurrón del pastor”, la consuelda o dínfito, cuya raíz es rica en almidón, azúcar, tanina y una sustancia gomosa llamada


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mucílago. Esta planta, raspada y espolvoreada sobre la herida detenía las hemorragias. Además, sus componentes químicos reducían la hinchazón. También la resina del pino se aplicaba en las heridas por los mismos motivos, y el milenrama, un hemostático y antiséptico que ya conocieron los legionarios romanos. Primero se derrama sobre la herida el jugo de sus hojas y flores machacadas y luego se aplica el residuo sólido en forma de cataplasma. También hacían apósitos con musgo esfagnáceo seco y con las esporas del bejín o cuesco de lobo (con perdón), dos plantas igualmente antibióticas. Finalmente usaban sanguijuelas para reducir la sangre acumulada en una contusión o en un ojo hinchado que no se puede abrir después de un golpe. Para indicarle a la sanguijuela dónde debía morder ponían una gota de leche o de sangre.

La guerra en la frontera nazarí (siglos XIV-XV) En la última guerra contra Granada, la desproporción de fuerzas a favor de los cristianos era tal, que los moros, conscientes de su debilidad, rehusaban los enfrentamientos en campo abierto y preferían las acciones menudas en las que eran muy hábiles, y las tradicionales cabalgadas. La algarada o cabalgada es una expedición de saqueo y castigo en territorio enemigo. Suele hacerse en primavera u otoño, con unas docenas de hombres de armas o almogávares: se trata de llegar, pegar y ponerse a salvo con el botín conseguido antes de que el enemigo reaccione y te corte el paso con fuerzas superiores (a esto se llama “atajar”). El recuerdo de las algaradas deja su impronta en el romancero: Caballeros de Moclín/ peones de Colomera entrado habían en acuerdo/ en su consejada negra a los campos de AlcAllah /donde irían a hacer presa, allá la van a hacer /a esos molinos de Huelma... Los cristianos también algareaban, como atestigua el romance: Día era de San Antón/ ese santo señalado cuando salen de Jaén/ cuatrocientos hijosdalgo y de Úbeda y Baeza/ se salían otros tantos mozos deseosos de honra/ y los más enamorados

en brazos de sus amigas/ van todos juramentados de no volver a Jaén/ sin dar moro en aguinaldo Moros y cristianos desarrollaron una población de expertos guerreros fronterizos, los almogávares. Aquella guerra intermitente, con sus menudos lances, trabajos y cuidados, se describe en una carta de la frontera de Granada fechada en 1409: Los moros son astutos en la guerra y diligentes en ella. Conoscen a qué tiempo y en qué lugar se ha de poner la guarda, do conviene el escucha, a dónde es necesario el atalaya, a qué parte el escusaña; por do se fará el atajo más seguro e que más descubra. Conosce el espía; sabrála ser. Tiene conoscimiento de los polvos, si son de gente de a pie, e qual de a caballo, o de ganado, e qual es toruellino. Y quál humo de carboneros y quál ahumada; y la diferencia que ay de almenara a la candela de los ganaderos. Tiene conoscimiento de los padrones de la tierra, y a qué parte los toma, y a qué mano los dexa. Sabe poner la celada, y do irán los corredores, e ceuallos sy le es menester. Tiene conoscimiento del rebato fechizo, y quál es verdadero. Dan avisos. Su pensar continuo es ardiles, engaños e guardarse de aquéllos. Saben tomar rastro, y conoscen de qué gente, y aquél seguir. Tentarán pasos e vados, e dañallos o adoballos según fuere menester. Y guían la hueste. Buscan pastos y aguas para ella, y montañas o llanos para; aposentallos. Conoxen la disposición de asentar más seguro el real; tentarán el de los enemigos... Algunos almogávares regresaban de la algarada con una sarta de orejas cortadas a los cadáveres enemigos o incluso con la cabeza de algún moro que exhibían clavada en el extremo de una lanza antes de arrojarla a los perros. Se acuñó un refrán: “A moro muerto, gran lanzada”, que nos hace sospechar que no todos los que alardeaban eran igualmente bravos, aunque aportaran sartas de orejas. La expedición de comandos o golpe de mano, es guerra “a hurto”, una violencia limitada que no comporta ruptura de treguas. El cronista Alonso de Palencia en su Guerra de Granada, cuenta: A moros y cristianos de esta región, por inveteradas leyes de guerra, les es permitido tomar represalias de cualquier violencia cometida por el contrario, siempre que los adalides no ostenten insignias bélicas (estandartes y ban-

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deras), que no se convoque a la hueste a son de trompeta y que no se armen tiendas, sino que todo se haga tumultuaria y repentinamente. La frontera es así de brutal, en un lado o en otro, y sin embargo esa crueldad es compatible, a veces, con sentimientos de admiración recíproca y con conductas caballerescas, pero esta cortesía ocasional no significa que uno pueda fiarse del enemigo, presentado siempre como alevoso y traidor. Uno de los cristianos sitiados en Priego en 1409 escribe: los moros son tales que no vos ternán cosa de lo que vos prometieren, e moriremos aquí todos o seremos captivos. El cronista Hernando del Pulgar, en el Libro de los Claros Varones de Castilla, escribe: los moros son omes belicosos, astutos e muy engañosos en las artes de la guerra, e varones robustos e crueles, e aunque poseen tierra de grandes e altas montañas e de logares tanto asperos e fraguosos que la disposición de la misma tierra es la mayor parte de su defensa. Al lado de esa imagen negativa también surge a veces la del moro como buen vecino. En la Navidad de 1462, en tiempo de treguas, el condestable Iranzo recibió en Jaén, con gran cortesía y ceremonia, a su nominal enemigo, el alcaide moro de Cambil, y organizó en su honor fiestas y juegos. Eso no quita para que unos meses después hiciera todo lo posible por arrebatarle la fortaleza. Forzados por su propia debilidad, los moros practican el tornafuye, que tan buenos resultados les había dado desde los tiempos de Alarcos y las Navas, y la guerra de guerrillas o “guerra guerreada”. El infante don Juan Manuel, el primer escritor militar de España, escribe: Ca la guerra guerreada ácenla ellos muy maestramente, ca ellos andan mucho e pasan con muy poca vianda, et nunca llevan consigo gente de pie ni acémilas, sinon cada uno va con su caballo, también los señores como cualquier de las otras gentes, que no llevan otra vianda sinon muy poco pan e figos o pasas o alguna fruta, e non traen armadura ninguna sino adaragas de cuerpo, e las sus armas son azagayas que lanzan, espadas con que fieren, et porque se tienen tan ligeramente pueden andar mucho. El cuando en cabalgada andan caminan cuanto pueden de noche et de dia fasta que son lo mas dentro que pueden entrar

de la tierra que pueden correr. Et a la entrada entran muy encobiertamente et muy apriesa; et de que comienzan a correr, corren et roban tanta tierra et sábenlo tan bien facer que es grant maravilla, que mas tierra correran et mayor daño farán et mayor cabalgada ayuntarán doscientos homes de caballo moros que seiscientos christianos... Cuando han de combatir algunt logar, comienzanlo muy fuerte et muy espantosamente; et cuando son combatidos, comienzanse a defender muy bien et a grant maravilla. Cuando vienen a la lid vienen tan recios et tan espantosamente, que son pocos los que no han ende muy grant recelo (...). Et si por ventura ven que la primera espolonada non pueden los moros revolver ni espantar los christianos, despues partense a tropeles, en guisa que si los christianos quisiesen pueden hacer espolonadas con los unos que los fueran por delante e los otros en las espaldas et de travieso. Et ponen celadas porque si los christianos aguijaren sin recabdo que los de las celadas recudan, en guisa que los pueden desbaratar (...). Et sabed que non catan nin tienen que les parece mal el foir por dos maneras: la una, por meter a los christianos a peoría, porque vayan en pos dellos descabelladamente; et la otra es por guarescer quando veen que mas non pueden facer. Mas al tiempo del mundo que mas fuyen et parece que van mas vencidos, si ven su tiempo que los cristianos no van con buen recabdo, o que los meten en tal lugar que los pueden hacer danno, creed que tornan entonces tan fuerte et tan bravamente como si nunca hubiesen comenzado a foir (...). Porque no andan armados nin encabalgados en guisa que puedan sofrir heridas como caballeros, nin venir a las manos, que si por estas dos cosas non fuese, que yo diria que en el mundo no ha tan buenos hombres de armas ni tan sabidores de guerra ni tan aparejados para tantas conquistas. Don Juan Manuel los ha visto combatir. Tiene razones para admirarlos y para temerlos. Deben ser dignos de ver aquellos moros montados a la jineta, con el estribo corto y las piernas flexionadas, blandiendo lanzas arrojadizas, con sus adargas de cuero en forma arriñonada adornadas con borlas, y sus corazas de cuero o acolchadas. En los siglos XIV y XV se desarrollan en la frontera una serie de instituciones, algunas de las cuales vienen de anti-


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guo, que quizá se entenderán mejor si las explican en primera persona los protagonistas. Cedámosles la palabra a estas gentes de frontera.

El caballero -Soy el caballero don Pedro Machuca. Procedo de un limpio linaje ennoblecido por el rey. Un antepasado mío, don Vargas Machuca, se distinguió en el cerco de Jerez porque se le rompió la espada durante la batalla, pero él siguió matando moros con una rama que desgajó de un olivo. El rey lo vio y lo animaba diciéndole: “¡Machuca, Vargas, machuca!”, y de ahí nos vino el apellido y la nobleza. Además de caballeros de linaje, como yo, en el ejército real hay también caballeros de cuantía, como llamamos a los villanos que ascienden de estado a cambio de comprometerse a costear el caballo y las armas necesarias. Incluso hay algunos caballeros que se han encabalgado, simplemente matando a un enemigo montado, arrebatándole la montura y aceptando la vida y las obligaciones de un caballero. De todo hay. Lo que nos nivela es la muerte, que es la compañera del caballero. Hay que estar dispuesto a darla y a recibirla con espíritu sereno. Un pariente mío, Pero Afán de Ribera, le comunicó a su señor la muerte de su hijo Rodrigo, en el cerco de Setenil, el año 1407, con estas palabras: Señor, a esto somos acá todos venidos, a morir por serviçio de Dios, e del rey e vuestro. E la fruta de la guerra es morir en ella los fidalgos. E Rodrigo, si murió, murió bien en servicio de Dios e del rey mi señor e vuestro. E pues él avía de morir, no podía él mejor morir que aquí.

lar el territorio; sirvo de guía a las huestes cristianas en sus cabalgadas, conozco los castillos de los moros y sé por dónde hay que asaltarlos. He participado en más de veinte algaradas. Algunas veces entro en tierra de moros con otros compañeros y robo ganados o cautivos que luego vendo en tierras cristianas, reservando un quinto de la ganancia para el rey. Hay que vivir.

El alcalde de moros y cristianos -Me llamo Juan de La Guardia y soy alcalde de moros y cristianos. Mi trabajo consiste en hacer las paces con los alcaldes moros del otro lado, guardar las lindes, repartir los pastos y la leña de la tierra de nadie, devolver a su dueño los ganados extraviados y, en general, cuidar que haya paz y que nadie haga daño a nadie, lo que no siempre es fácil, porque en la frontera vive gente muy airada y de armas tomar, como ese Miguel de Pegalajar que habéis conocido.

El alfaqueque -Me llamo Simón Abrabaden y soy alfaqueque. Tengo licencia del rey y del sultán para pasar la frontera acordando tratos de uno y otro lado, favoreciendo el comercio, acompañando viajeros y frailes que acuden a rescatar cautivos. Cuando los de un lado roban ganado o personas, hablo con mis colegas los alfaqueques moros, localizo el paradero y me informo de cuánto piden por ellos. Este trabajo no es fácil. Algunas veces sospechan que también somos espías y nos retiran el permiso de circulación.

El almogávar

El fiel del rastro

-Me llamo Miguel de Pegalajar y soy almogávar u hombre del campo. También me podéis llamar adalid o almocadén, que a mí me va a dar igual. Vivo de la guerra en la frontera. Sé hablar la algarabía que hablan los moros. Conozco el terreno, los caminos, los vados, los pasos de las montañas. Sé luchar con espada, con cuchillo, con lanza o a cuerpo limpio. Sé ballestear, sé preparar celadas, sé dónde hay que apostar las velas, guardas y escuchas para vigi-

-Me llamo Antón de Alcalá y soy fiel del rastro, o sea, un perito rastreador capaz de seguir sobre el terreno las huellas de cuatreros y reses, hasta indicar el destino final de las presas. Supongamos que una patrulla de almogávares moros ha entrado en los términos de mi pueblo y se ha llevado nueve vacas y al pastorcillo que las cuidaba. Yo sigo el rastro hasta las lindes de mi concejo y, al llegar a ellas, se lo traspaso a los fieles del rastro del concejo vecino que,

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a su vez, lo siguen hasta los límites del concejo siguiente. Así se va siguiendo el rastro hasta que se pierde dentro de tierra de moros. Ahora es el alcalde de moros y cristianos el que traspasa el rastro a su colega del otro lado, al fiel del rastro moro, para que localice el paradero de lo robado. Cuando se averigua, un alfaqueque media para que se pueda rescatar pagando una indemnización, lo que no siempre ocurre, claro, pero al menos se intenta. También servimos en la guerra. Los rastreadores observamos las huellas y establecemos el número de enemigos, la dirección y la velocidad de la marcha, el peso (por ejemplo, si van cargados con botín) y hasta, si sospechan que los seguimos (para simular las huellas algunos caminan de espaldas; en este caso tienen el tacón profundo y la planta irregular para despistar -la pisada arrastra pequeños residuos en la dirección del movimiento- o buscan terreno pedregoso). Por las hogueras y las heces humanas sabemos el tiempo que hace que se han detenido en un lugar. Observando la huella de un pie calzado podemos determinar la persona, la velocidad (si se mueve deprisa, deja huellas profundas y muy separadas); el tiempo transcurrido (las pisadas recientes en terreno blando no tienen residuos en su interior, pero a medida que pasa el tiempo se secan los bordes y dejan caer tierra en la parte aplanada); si son pisadas de mujer (suelen ser más pequeñas y leves y ligeramente vueltas hacia dentro). Cuando se corre se deja una pisada muy honda en la punta y superficial en el tacón. Por la hierba pisada sé la dirección de la marcha, porque la hierba se dobla hacia ella; también sé interpretar el barro de la suelas que queda sobre las piedras, los roces en los árboles, las telarañas rotas, las hojas caídas o vueltas que exponen su envés oscuro, las piedras removidas que tienen la cara más oscura al aire… Incluso puedo deducir la clase de herida que lleva un fugitivo observando los rastros de sangre que deja: si es rosada o espumosa, procede de los pulmones; si hiede, procede del vientre. Yo observo el campo con el viento de cara y recibo sonidos y olores. Si tengo el viento de espalda, mis olores y mis sonidos van al rastreador enemigo.

El elche -Me llamo Mohamed Jalufo. Soy elche o tornadizo. Nací cristiano pero en 1482 me cautivaron unos almogávares moros y, estando en cautividad, me convertí a la secta de Mahoma. Algunos elches gozamos de la confianza de nuestros amos e incluso ocupamos puestos importantes en la administración o en el ejército. Si los cristianos toman Granada, como parece que pretenden, me espera un porvenir incierto porque la Inquisición me puede quemar por hereje. Algunas cautivas cristianas tienen hijos de sus dueños moros. El sultán Abul Hasan Alí se casó con una de ellas, llamada Cetí, originaria de Cieza, Murcia, y convertida al islam. No hay que confundir los elches con los enacidos, que son cristianos que se fingen musulmanes para espiar en territorio islámico y causar daño a los creyentes, ¡Mahoma los confunda!

El cautivo -Me llamo Alonso Lapena. Salí al campo a buscar espárragos cerca de Los Villares y en mala hora lo hice porque me cautivaron los moros. De eso hará cinco años. Me vendieron en el mercado y desde entonces sirvo como esclavo a un moro (también hay moros cautivos de cristianos, pero eso no me consuela). Los cristianos cautivos en Granada somos varios miles. Durante el día nos hacen trabajar. La noche la pasamos en mazmorras subterráneas a las que se entra por un agujero practicado en el techo. Algunos pertenecemos al Estado y otros a particulares. A veces nuestro dueño nos vende a otro moro que tiene un familiar cautivo en tierra cristiana para que nos pueda intercambiar. También hay frailes de la Merced que nos liberan después de pagar un rescate. Yo, después de todo, no me quejo. Los cautivos más desgraciados son los de Ronda porque allí el trabajo del esclavo es durísimo: todo el día subiendo pellejos de agua del río a la ciudad por una escalera interminable. Hay una maldición que dice: “Así te mueras en Ronda, acarreando zaques”. Algunos cautivos se convierten al islam por mejorar su condición, los elches, pero yo no soy de esos.


Moros , Cristianos y Castillos en el Alto Guadalquivir

El homiciano -Soy Manuel Zorrita de Villamanrique. Maté a un vecino que miraba más de la cuenta a mi mujer, y la justicia real me dio a escoger entre ahorcarme como a un perro o purgar mi pecado sirviendo al rey en la frontera contra el moro. Los moros también tienen homicianos, además de algunos vo-

luntarios fanáticos que vienen de Berbería africana para la Guerra Santa o yihad en los ribats o castillos-convento de la frontera. No me quejo. Aquí la vida es dura, pero uno puede también hacer fortuna si le echa valor. Además perdí de vista a mi mujer, que ya me tenía un poco harto. No sé con quién andará ahora.

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Capítulo 5

LA DESPENSA MEDIEVAL En el Alto Guadalquivir coexistieron tres comunidades, cristiana, musulmana y judía, cada una con su cocina característica, limitada o encauzada por las prescripciones alimentarias de sus respectivas religiones. Muchas de sus recetas y maneras de cocinar se han transmitido a la cocina popular andaluza que hoy vuelve a florecer en nuestros fogones. Visitemos la despensa del castillo. Sobre un poyo corrido, vemos ánforas y orzas de distintos tamaños que contienen aceite, miel, carne en manteca o en escabeche, frutas de invierno metidas en paja, frutos secos, pan de higo y cereales. Del techo cuelgan ristras de ajos, manojos de hierbas aromáticas, melones, cestas de setas secas. También tasajo ahumado, cecinas y diversas clases de embutidos. No hay frigoríficos. Todo alimento estacional debe conservarse en salazón, grasa, vinagre, ahumado o en agua de cal. El hombre medieval no conoce la patata, el tomate, el pimiento ni el chocolate. Estas plantas llegarán de América, el Nuevo Mundo, que todavía no se ha descubierto. Los cocineros medievales componen sus salsas con almendras, higos, nueces, vino y miel. También disponen de pimienta, ajo, laurel, azafrán, nuez moscada, pimienta, comino, cilantro y otras especias. La carne se come con pan, mojando en la salsa y, a veces, con un acompañamiento de nabos, zanahorias, castañas o manzanas, de las que existen muchas variedades, de distinta

acidez o dulzor. Los nabos y las zanahorias se consideran afrodisíacos, por eso se excluyen de la dieta de los conventos. Los moros que conquistan España el año 711 aportan una cocina simple: gachas del cereal, pan cocido sobre las brasas y carne asada que aromatizan con romero. Pronto adoptan la cocina del pueblo sometido, que ha heredado de Roma una buena tradición culinaria, la cocina de las salsas de especias, vino y miel. La miel sólo cederá su importancia a partir del siglo X, cuando el cultivo de la caña de azúcar se extienda por Almuñécar y su costa. El vino, aunque prohibido por El Corán, mantiene su puesto entre los pucheros islámicos de al-Andalus, lo que escandaliza a algunos musulmanes extranjeros.

Modas y modales. Bajo la ley de Mahoma, de Moisés o de Cristo se come con deleite y aprovechamiento. En la primera época (siglos VIII-X) se introducen algunas innovaciones en la cocina y en el protocolo de las comidas. El bagdadí Ziryab aporta a la corte de Córdoba normas gastronómicas e inéditas recetas, entre ellas la del cordero con orejones de albaricoque. Gastrónomos locales contribuyen al avance de la cocina, entre ellos el caíd Ibn Yabqa Ibn Zaik, que establece el orden en que los manjares deben servirse: primero la sopa o el potaje, después la carne y las aves y, finalmente, los dulces.

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En la Córdoba califal se instituye que los comensales se sienten en torno a una mesa (y no recostados, como hasta entonces), el uso de los manteles y el de la copa de cristal transparente para apreciar el color del vino. El número ideal de comensales se fijaba en Roma entre tres y diez (“Ni más que las Musas, ni menos que las Gracias”). Abu Nuwas mantiene el número mínimo, pero reduce el máximo a cinco (“Menos de tres es soledad –dice- y más de cinco es el bazar”). En las ciudades hay puestos callejeros que venden sopa, guisos, cabezas de cordero asadas, pinchitos de vísceras, tripas y carne de segunda, albóndigas, salchichas picantes (mirgas), pescaíto frito, tortas de queso o almojábanas, buñuelos con miel... Todo ello calentito, confeccionado a la vista del cliente. Ya vimos que no suele haber una pieza dedicada a cocina. A menudo se cocina en el patio en un hornillo portátil de cerámica o yeso. Sólo los palacios disponen de horno propio. Cuando se necesita hornear un plato especial, la gente acude a los hornos públicos, de los que suele haber uno en cada calle, con el asado preparado en una bandeja. El carnero o la oveja se hornean refregados con una mezcla de aceite, miel, almendras picadas y especias; el pollo se hierve en agua y vinagre y se sirve cubierto de una salsa de cebolla, especias y miel. A menudo se agregan castañas a los rellenos y a las salsas y purés. El carnero o la oveja se hornean refregados con una mezcla de aceite, miel, almendras picadas y especias; el pollo se hierve en agua y vinagre y se sirve cubierto de una salsa de cebolla, especias y miel. A menudo se agregan castañas a los rellenos y a las salsas y purés. Hay diversas salsas de almendras, especias y vino y otras salsas en las que predomina el ajo, algunas de ellas frías, como el gazpacho (todavía sin tomate ni pimiento). El ajoblanco se hace con almendras, con huevo o con harina de habas (y aceite, vinagre, sal y, a veces, pimienta). Sopado menudamente de pan candeal y acompañado de huevos cocidos y de pasas o uvas, es comida muy refrescante para las noches de verano. Puede servirse frío o caliente, según la

estación. Su variante, ajillo cabañil, acompaña muy bien el asado de choto. Además del cereal, el hispanomusulmán se alimenta de garbanzos y lentejas y, en menor medida, de habas y altramuces. El garbanzo se presenta en tres especies: la negra, la blanca y la roja. “Todos ellos engendran ventosidades y son productivos de esperma, por lo que incitan a fornicar”, precisa un texto médico de la época. Sin embargo, entra en el alcuzcuz, en la ropavieja y en la sopa jarira del Ramadán. Por su parte, las habas se consumen verdes, guisadas o fritas, en temporada; y el resto del año, ya secas y despojadas del indigesto hollejo, en forma de potajes y purés. Las gulas públicas del musulmán pudiente se extienden al cordero asado, al choto frito, al carnero y la cabra hervida, sin olvidar las cuatro joyas plumadas (el francolí, la perdiz, la tórtola y la paloma) y, sobre ellas, la gallina y el pato, presentes en recetas tan bizarras como el pollo cocinado en sirope de manzanas ácidas y especiado con azúcar, canela y jengibre. Aves aparte, en la mesa andalusí los estofados de carne se condimentan con pimienta, clavo y azafrán, o con mezclas preparadas como el garam masala (canela en rama, comino, clavo y un poco de nuez moscada).

La cocina de los pobres. La cocina de los pobres, para los que la pimienta y las otras especias orientales son prohibitivas, se ciñe a las honradas especias y hierbas del país: ajo, laurel, perejil, hinojo, hierbabuena, tomillo, romero y azafrán de Valencia, de Córdoba o de Toledo. Los musulmanes aclimatan en al-Andalus la palmera del Sáhara, el almendro del sudoeste asiático, el castaño del mar Negro y Turquía, la higuera de Berbería, el melocotonero llegado de China a través de Irán; el albaricoque... La naranja amarga llegó en el siglo X; el limonero, originario de Persia, en el XII; la lima, en el XIII; la naranja valenciana, en el XV, hoy desbancada por la naranja guachi (de guachintona, o washingtona) que llegó hacia 1950.


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Cuando la cosecha madura de golpe, la fruta se transforma en arrope, en turrones (secos y espolvoreados de harina), en pan de higo con nueces y almendra, en higos con queso, en pastas, más o menos diluidas, y en jarabes. Roma y Bizancio habían descubierto que el higo combina bien con el hígado y con los riñones. Los andalusíes aprecian un guisado de higos con hígado de ternera. Y, como en los tiempos paganos, los gansos se ceban con higos para obtener foie gras.

El emir Yaqub al-Mansur, en la víspera de la batalla de Alarcos (1195), cenó un conejo horneado con relleno de pan y especias, un ejemplar de siete libras cumplidas, cazado por sus arqueros turcos. De postre tomó media docena de buñuelos plegados, de los que se ahuecan en la sartén y por eso se llaman “esponja” (isfanch), y otra media docena de muchabbana, buñuelos de queso españolizados en “almojábana”. Al levantarse de la mesa, se acaricia la panza prieta y proclama: “Barrunto que mañana tendremos una jornada gloriosa.”

La manzana, de la que existen gran variedad de especies, es muy usada en culinaria como guarnición y en jarabes y sidra. Junto a la manzana, su primo el membrillo.

Al Nasir, el hijo mediocre y tartaja del gran Yaqub, se consuela del descalabro de las Navas de Tolosa (1212), con un asado de carnero a la moda de Jaén, con puré de membrillo de las huertas del Guadalbullón y una salsa de alcaravea, cilantro, cebolla, vinagre y agua del manantial de la Malena, espesada con huevos y espolvoreada con pimienta y azafrán. El asado era para dos pero al-Nasir, lo termina, deprimido, sin convidar a su visir. Se ayuda con la diestra, que hasta entonces ha llevado vendada y en cabestrillo.

En el siglo XI el califato de Córdoba se fragmentó en un mosaico de reinos de taifas, que cayeron bajo el poder de los integristas norteafricanos (almorávides y almohades, siglos XI-XII). La llegada de los fundamentalistas altera algunos usos culinarios. El cocinero andalusí disimulará el vino, tan necesario para sus salsas agridulces, y lo llamará zumo de uvas en agraz o vinagre. Los adobos de vinagre se aromatizan con los avíos y especias tradicionales: ajo, cebolla, cilantro, laurel. La berenjena y la alcachofa conservan su liderazgo, en reñida competición con el espárrago y la lechuga. Los austeros hombres del desierto aportan a la cocina andalusí el alcuzcuz, sémola de trigo duro, o qame, acompañando a la carne o en forma de sopa con caldo de carne. De alcuzcuz aromatizado con nuez moscada, canela y nardo, se rellenan el famoso cordero al horno y otros platos.

Después de la batalla de las Navas de Tolosa (1212), se desintegró el imperio almohade. Entre 1224 y 1246, Fernando III el Santo de Castilla conquistó todo el valle del Guadalquivir. Bruscamente la frontera desciende de Vilches a Martos. Sólo se salvó el reino de Granada, fundado por Alhamar de Arjona.

La harisa, uno de los platos más populares de al-Andalus, es un guisado de trigo y carne picada (carnero o pollo), con una salsa de manteca o mantequilla espesada con harina. También se hace con migas de pan blanco o sémola expuestas al sol y fermentadas.

Granada, la capital nazarí, está rodeada de una fértil vega en la que se crían muchas especies vegetales comestibles: escarolas, espinacas, zanahorias, cebollas, ajos, espárragos, berenjenas, pepinos... Para sazonar tantos platos verdes, cada huerto dispone de sus semilleros de especias: cominos, alcaravea, ajenuz, mastuerzo, hinojo, anís silvestre, cilantro, mostaza, hierbabuena, perejil y otras. Se suele añadir a cualquier estofado de verduras un puñado de piñones y otro de pasas.

Los beréberes del Magreb llegan hartos de cecina de camello y de cabra correosa seca al sol, y se aficionan al pollo con salsa de almendras, cilantro y especias, y al zirbaya, pollo o ave similar, en salsa de aceite, vinagre, sal, pimienta, canela y azafrán.

De Sudán, junto con el oro para pagar los tributos a Castilla, llega una variante del alcuzcuz, la pasta de harina y miel cocida al vapor hasta formar grumos consistentes que acompaña diversos guisos de carne. Los reyes hechos a las finezas de los salones de la Alhambra aprecian sobremane-

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ra los manjares blancos, guisos de corderos lechales, grasos, deshuesados, cortados en trozos menudos y aderezados con cilantro, pimienta, aceite y cebolla. En el cuerpo de guardia se consume alhalé: el lomo de orza de toda la vida, pero de carnero o vaca, para los mocetones robustos que se ejercitan con la espada y la maza. A falta de vino beben un jarabe de uvas, higos o dátiles cocidos, el rubb o arrope, el viejo comodín de la cocina andalusí, que lo mismo endulza postres, sustituto de la miel, que se bebe mezclado con agua.

siguiente la comen en sus tres vuelcos característicos de todo cocido: sopa, verdura y carne.

En día de fiesta grande se come méchoui, cordero asado rociado con manteca salada y salpimentado. Más a diario se consume la sajina, potaje de verduras (espinacas, cardos, borrajas) espesado con harina; otros días puré de habas o garbanzos; también estofados de carne o grasa, aceite, vinagre, ajo, cebolla, comino y azafrán (ya casi cocida se añaden nabos, berenjenas o calabaza). O alboronía, guisado de berenjena, cebolla, ajo y calabaza. No faltan los que dan cuenta de pescados en escabeche o de arroces coloreados con cúrcuma.

En los zocos y las plazas, los bodegoneros pregonan empanadas de carne de pichón y almendras, al corte, en porciones calentitas y crujientes, servidas sobre hojas de higuera.

La adafina judía. Los judíos desarrollan la adafina del sábado, uno de los nobles precedentes de nuestro cocido u olla. En la adafina ideal entran carnes de cordero o cabrito, de pollo y ternera, acompañados de una guarnición variable de garbanzos, alubias, verduras, fideos, huevos duros, e incluso dátiles o ciruelas, todo ello aliñado con hierbas aromáticas. La gracia de este cocido está en cocerlo a fuego lento primero, durante las tres o cuatro horas de la tarde del viernes que preceden al sábado, y en el punto en que ya casi no se distingue un hilo negro de otro blanco a la distancia de un brazo extendido, que es lo que marca el comienzo del sabbat; el ama judía aviva las brasas bajo el puchero adafino y lo destapa un instante para añadirle el caldo sustancioso, coloreado con azafrán. Tras ello entra en la jurisdicción del sábado, cuando está prohibido cualquier trabajo, y la adafina queda al cuidado de Yavhé, al arrimo de su anafe, para que se haga sola mientras las brasas van extinguiéndose lentamente. Al día

Los postres también saben de clases sociales. Los hay que se deleitan con el ajalú de miel y pasta de almendras, nueces o piñones y pan rallado tostado. Otros ponen en la fuente rebanadas de alfajor magrebí, almendras peladas y azúcar fino a parte iguales, o incluso mazapán oleoso, pesado como un ladrillo. Eso los que pueden, que los más se conforman con un puñado de higos secos.

Al otro lado de la frontera, los nuevos colonos cristianos que se establecen en las ciudades y castillos de Jaén aportan su cocina norteña: los asados, las gachas y migas cereales, la caza; pero también adoptan platos de la cocina fronteriza, la del país conquistado. Existe una cocina de pobres y una cocina de ricos. Los ricos abusan de la carne (por lo que muchos padecen de gota); los pobres, por el contrario, se alimentan prácticamente de harina de cebada y de hierbas comestibles, borrajas, cardos, cardillos, espárragos, etc. que se crían en el campo en gran abundancia. Hoy han desaparecido prácticamente debido a los pesticidas y a los cultivos intensivos. La caza abunda en el reino de Jaén. Reyes y nobles cazan en Sierra Morena y en la Sierra Sur, donde abundan la perdiz, el ciervo, el jabalí y el conejo, a los que se suman los excelentes animales de cría: el cerdo, el cordero, el cabrito y la gallina (especialmente las famosas gallinas de Arjona). De esta carne heredará la cocina popular la reputada perdiz en escabeche y las variadas calderetas de carne de ciervo o más genéricamente, “de monte”. (El escabeche era la manera idónea de reservar perdices para todo el año cuando no existían los congeladores). Las gachas de harina o las migas de pan son la base de la dieta del pobre. Su especia se limita al ajo (la pimienta es carísima). Los pobres raramente consumen carne, algún conejo, alguna gallina, algún pichón, además de las tripas


Moros , Cristianos y Castillos en el Alto Guadalquivir

o vísceras de la res sacrificada para la mesa del señor, gajes que corresponden al cocinero o a los criados. Se supone que el paté es una invención francesa reciente, pero este plato tiene claros precedentes en los “untos” medievales. En Sierra Morena se sigue elaborando un paté de perdiz, de origen inmemorial, que se elogia en la jornada novena de la novela Manuscrito encontrado en Zaragoza del polaco Jan Potocky, escrita hacia 1791.

El aceite despreciado. Entre los cristianos se usa más la manteca de cerdo que el aceite de oliva. Algunos cristianos desprecian el aceite por considerarlo propio de moros y de judíos. Por el contrario, los moros y los judíos desprecian el cerdo, manjar impuro, propio de cristianos. La buena miel de Sierra Morena cede espacio, como condimento de los guisos de carne, a la pimienta y la canela. La nuez moscada aromatiza la carne, los quesos, la leche, las salsas, los dulces, las verduras. Las especias procedentes de Oriente son caras. En el siglo XII, medio kilo de nuez moscada valía lo mismo que tres ovejas o un buey.

Los que comen en casa, lo hacen sentados sobre cojines o esteras, en torno a mesas poco elevadas. El único cubierto es la cuchara, generalmente de madera. No se conoce el tenedor, invento florentino del siglo XIII, que sólo se divulgará a partir del Renacimiento. En la mesa medieval, la carne se sirve ya cortada en porciones que puedan tomarse con dos o tres dedos. Entre plato y plato las casas elegantes ofrecen un aguamanil con agua perfumada para enjuagarse los dedos y evitar que se mezclen los sabores. La sopa, alimento fundamental en invierno, se sirve en tazones o pucheros de barro. El consumo de algunas verduras, antes esenciales, como la col y la lechuga, decrece a favor de los cardos, las alcachofas, el pepino y la berenjena. La base de la cocina popular sigue siendo el cereal: las gachas de harina o los potajes de legumbres a las que, cuando se puede, añaden algo de carne o despojos. Muchas de estas recetas se han conservado en nuestra cocina popular sin más adición que el tomate y el pimiento del sofrito común y la supresión paulatina de la miel, la canela y el vinagre. No está mal que la actual cocina creativa rescate estos sabores de nuestros ancestros.

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Capítulo 6

LOS CASTILLOS DEL ALTO GUADALQUIVIR. Clases de castillos No existe una clasi­ficación satisfactoria de las fortificaciones. Limitándose sólo a las fortalezas de su región germánica, Meyer llega a enunciar hasta 96 tipos distintos. En España la situación es bastante confusa. Algunos autores como Aznar Ruíz o Gordillo Courcieres ni siquiera intentan un en­sayo de clasificación; otros, como Guitart Aparicio, se limitan a exponer los distintos criterios que pueden llevarnos a clasi­ficar las fortalezas. Por lo general, las obras de castellología hispánica intentan escapar a este compromiso adoptando la forma inventarial y no pasan de ser meros diccionarios de castellología donde se mezclan, sin orden ni concierto, obedeciendo a un criterio alfabético, las biografías de fortificaciones de muy diverso origen y función. A esta clase pertenecen las obras de Aznar Ruíz, Guitart Aparicio, Gordillo Courcieres y la monumen­tal colectiva Castillos medievales de Castilla y, referida a la zona de nuestro estudio, las de Morales Talero y el doctor Serrano Díaz. En esta indecisión de los castellólogos influye también el hecho de no contar con cronologías seguras con las que po­ner orden en el caos arquitectónico que suelen presentar las defensas. En los castillos medievales se remodelan y confunden obras de muy distintas épocas y orígenes. A menudo los eruditos locales han enturbiado más aún el pano­rama atribuyendo todo el edificio a la época más remota o más in-

teresante que la mencionada por los documentos. Así se da el caso de que murallas del siglo XIII se consideren romanas, que ves­tigios prehistóricos se cuenten como construcciones califales y que troneras de fusilería de la época de las guerras napoleó­nicas pasen por construcciones bajomedievales. En las páginas que siguen intentaremos una clasificación morfológica-funcional que creemos es la más idónea. Reduciremos nuestra clasificación a seis tipos de fortifica­ ción que nos parecen los que se pueden distinguir en la zona de nuestro estudio durante la Baja Edad Media: albacara, alcazaba, castillo, recinto murado, castillejo y torre óptica.

1.1. Albacara. Entenderemos por albacara un recinto amurallado más o menos extenso que no está habilitado para residencia permanente, por lo general debido a su arriscada posición que aprovecha algún accidente natural para ahorrar gastos en su edificación y man­tenimiento. La albacara constituye el refugio más inmediato de los habitantes de un núcleo de población o área de terreno amenaza­do por una incursión enemiga. Allí pueden instalarse provisio­nalmente con sus ganados y bienes muebles más preciosos hasta que pasa el peligro. Debido a su sucinta construcción y gran extensión, por lo general, la albacara no está preparada para resistir un largo asedio ni siquiera el asalto de una tropa de cierta entidad.

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La albacara abunda más en las zonas de huertas y regadíos de al-Andalus, que en tierras de Castilla. A veces se asocia a una torre óptica o a un castillejo. En el Río de Jaén, a media docena de kilómetros de la ciudad, en una zona hortícola muy poblada en época musulmana, podemos señalar hasta cuatro albacaras en un área que no excede los dos kilómetros cuadrados: dos de ellas en las Peñas de Castro y Zumel, y las otras dos a uno y otro lado del río, entre Puente de la Sierra y Puente Jontoya. Guitart Aparicio denomina a este tipo de construcciones castillo-refugio y señala su existencia en Aragón. No es, pues, la nuestra la albacara que se acepta comunmente en nuestra lengua y que María Moliner defi­ne como recinto amurallado en la parte exterior de una forta­leza, en comunicación con ella, en donde se solía guardar el ganado. Esta definición restringe el sentido de albacara a aquellas que estuvieron adosadas a un castillo de ocupación permanente, que también las hubo. Tampoco corresponde nuestra definición de albacara con la que el Glossaire ofrece bajo la voz albacar: Recinto ex­terior, a veces de grandes proporciones, que precede y suele estar a nivel inferior al recinto principal, estando unido a él por una puerta fortificada. Podía alojar caballerizas, las residencias de la tropa o servicio, etc. En caso de guerra servía como refugio de los habitantes de los alrededores con sus enseres y ganados. Se solía utilizar como patio de armas, aunque a veces, éste existía independientemente. A nuestro juicio esta última definición confunde las fun­ ciones de la albacara que a veces encontramos asociada a un castillo, normalmente de construcción más tardía, con las pro­pias de una parte del castillo que luego definiremos como recin­to exterior.

1.2. Alcazaba. Esta voz procede del árabe al-qasaba o qal´a y deja su rastro en nuestros topónimos Alcalá. Según el Glossaire es una vasta y potente construcción o recinto fortificado destina-

do a recibir una guarnición y a defender un lugar determinado y sus contornos. A veces domina una villa murada a semejanza de la acrópolis. En España cuando la construcción es de origen árabe e incluye dentro de su gran recinto exterior un pequeño barrio militar, con viviendas y servicios, se denomina alcazaba. Y otras veces se denomina villeta, podríamos añadir, palabra que sigue vigente en localidades como Beas de Segura o Castillo de Locubín. Las alcazabas jiennenses de Jaén, Úbeda, Baeza, Alcalá la Real, Quesada y Arjona correspondían a barrios residenciales de la aristocracia local donde también se agrupa­ba el comercio lujoso, los almacenes y los servicios tanto ci­ viles como religiosos. En un extremo de la alcazaba solía levantarse un castillo que era independiente tanto de ella como del resto de la ciudad. La típica ciudad musulmana presentaba, por tanto, tres órdenes de fortificaciones: el recinto exterior que abarcaba todo el caserío a excepción, quizá, de algún arrabal; la al­cazaba, que protegía el aristocrático barrio alto; y el casti­llo que albergaba los cuarteles de la guarnición y la residencia del alcaide. Por lo general alcazaba y castillo no estaban aislados en el interior del recinto exterior, sino que se situaban a un extremo de éste de modo que dispusieran de salida independiente al campo. Alcaza­ba y castillo eran defensa de la clase dominante, no sólo frente a enemigos exteriores sino frente a posibles sublevaciones del aperreado pueblo llano. Al propio tiem­po, la clase dirigente se aseguraba de que en caso de invasión y conquista de la ciudad por el enemigo, la posibilidad de resis­tir prolongadamente tras los muros de la alcazaba obligaría al invasor a pactar su en­trega con lo que, al menos, los régulos de la ciudad tenían siem­pre la posibilidad de salvar sus vidas y las de los suyos.

1.3. Castillo. Edificación fuerte, cercada de murallas, fosos, etc. ini­ cialmente de uso exclusivamente militar , aunque luego adqui­ rió otros fines, como el de servir de residencia y protección al alcaide o el señor. Situado en posición estratégica, fuese aisla-


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do o junto a un núcleo urbano, aseguraba la resistencia a los habitantes cercanos. El vocablo castillo deriva del latín castellum, diminuti­vo de castrum. En Vegecio viene a significar obra militar de poca monta; en Cicerón, defensa avanzada de una ciudad o puesto de apoyo para el ataque; en Tito Livio, refugio o asilo ante el enemigo. A todos estos sentidos aparece asociado el castillo en los textos medievales. Esto indica la gran variedad de tipos y funciones que pueden agruparse bajo el denominador común de esta palabra, a la que, en la toponimia jiennense cabría añadir la de torre (a veces en plural, torres) que a menudo la sustituye (Torredonjimeno, Torredelcampo, Torrealver, Torreblascopedro, etc.). Por su función el castillo puede ser: Urbano: cuando está asociado a una población, generalmen­te formando parte de su recinto murado y a veces en un ex­tremo de la alcazaba. Cumple la doble función de protección y control de la población en la que se asienta. Ejemplos: Jaén Andújar, Alcaudete. Estratégico: castillo situado en una zona militarmente im­portante: un paso entre montañas, un vado, una confluencia de caminos. Tiene guarnición regular que se refuerza en caso de peligro. Se relaciona con otros del contorno formando una línea que se apoya en alguna plaza fuerte, por lo general núcleo urbano fortificado, de la inmediata retaguardia. Ejemplos: Arenas, Giribaile, Espeluy, Estiviel o Ferral. Rural: castillo defensivo que protege una zona rica o densa­mente poblada y asegura su sometimiento y recursos frente a la amenaza militar exterior o interior. Suele ser además ca­becera administrativa y comercial de la región, almacén y molino. Ejemplos: Recena, Jarafe. Señorial: recinto levantado por un señor o conjunto de seño­res como residencia fortificada y casa rural asociada a sus explotaciones agropecuarias. A veces se trata de una simple torre que es refugio y símbolo del poder instituido. Ejemplos: Aldehuela, San Bartolomé, Olvidada. En el castillo suelen distinguirse en esta época varias partes bien diferenciadas:

Recinto exterior: equivalente al árabe rabad o perímetro mu­rado que suele contener las habitaciones de la guarnición, las caballerizas, los talleres y los almacenes. Es la primera línea defensiva. Alcazarejo: el haram al-hisn árabe o segunda línea fortificada donde suelen estar las dependencias del alcaide, la arme­ría, la capilla, los graneros y despensas, y un aljibe o pozo. Esta parte está aislada del recinto exterior y lo domina de modo que pueda permitir a sus defensores prolongar la resis­tencia cuando el recinto exterior ha sucumbido, e incluso atacar al recinto interior desde una posición favo­rable. Torre del homenaje: cumple las funciones del alcazarejo y, en el reino de Jaén, a menudo se confunde con éste. Casi todas las torres del homenaje que se construyeron en el siglo XIII se emplazaron en los alcazarejos de castillos preexistentes. Cuando este segundo recinto esté claramente constituido por una torre que destaca sobre las otras y las domina, la llamamos torre del homenaje por respetar esta nomenclatura que es ya tradicional, a pesar de que la expresión “ho­menaje feudal” no tenga el mismo significado en el reino de Jaén que en otros lugares de Europa e incluso de la Península Ibérica. El Glossaire la define así: la torre más importante en una fortaleza o castillo que la domina por su disposición y dimensiones. Es el centro de la defensa y el reducto de segu­ridad. Generalmente posee caracteres defensivos propios y puede ser independizada del resto de la fortificación. El castillo corresponde al hisn musulmán que ha dejado rastros en tantos topónimos de la zona (Iznájar, Iznalloz, Iznatoraf, etc.). En lengua erudita se llamaba ma´qil .

1.4. Castillejo o fortín. Pequeño recinto fortificado que guarda un paso menor o vigila una zona poblada. Sus funciones suelen coincidir con las de la atalaya, pero está preparado para resistir más que aquélla y suele estar provisto de aljibe. Es construcción propiamente musulmana, correspondiente al vocablo árabe sajra o peña, recinto natural apenas fortificado por su inaccesibi­lidad.

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1.5. Núcleo amurallado. Se trata de un núcleo urbano dotado de obras de defensa militar. La cerca de murallas rodea a una población y la aisla del exterior en caso de peligro. Sirve también para con­trolar las entradas y salidas de personas o mercancías a efec­tos fiscales o sanitarios (casos de epidemias). Esta modalidad defensiva estuvo muy arraigada desde época romana. Según Plinio, sólo en la Bética existieron 175 oppida o núcleos urbanos amurallados.

1.6. Torre óptica o atalaya. Corresponde a la tali´a árabe. Se trata de una torre em­ plazada en altura dentro o, más frecuentemente, fuera y lejos de la fortificación destinada a asegurar las comunicaciones ex­teriores y a señalar la presencia del enemigo. Adquieren gran variedad de formas y pueden disponer de un pequeño recinto. No siempre existe un edificio para corresponder al topónimo. A veces se instituían atalayas en luga­res altos donde no existían torres. La atalaya se refiere tanto a la torre como a la persona que vigila y, en tal, sentido se usó en castellano medieval.

2. Las Funciones del Castillo. En la época a la que se refiere nuestro trabajo, el poder se basa en la fuerza frente al exterior (países o poderes limí­ trofes) y frente al interior (súbditos). Este poder se materializa en dos instrumentos: tropas y fortificaciones. Entre todas las formas de fortificación, la más importante es el castillo. En una sociedad guerrera el poder depende de los castillos que mantienen las conquistas. La visión tradicional que tenemos del castillo suele ser la de un instrumento de defensa de las fron­teras. Esta visión es parcial e insuficiente porque los castillos cubrían otros cometidos igualmente importantes; por otra parte, estaban sujetos a importantes limitaciones en la defensa de la frontera. El castillo era también una institución ofensiva: su construcción podía obedecer a la nece­sidad de contar con una base operativa

para atacar el territorio enemigo. Este papel le cupo al famoso casti­llo de Aledo o, en el reino de Jaén, al de CambilAlhabar de finales de la Edad Media. La ingente cantidad de castillos rura­les que surgió inmediatamente después de la conquista del reino de Jaén tenía, primordialmente, una función colonizadora (o descolonizadora, cuando la presencia de un castillo disuadía a los colonos del bando contrario a cultivar o pastar en la tierra de nadie fronteriza). Otros castillos fueron primordialmente centros administrativos. Algu­nos, como los castillejos beréberes, eran cuarteles y puestos de policía. A menudo un castillo desempeña una combinación de las funciones que acabamos de enumerar, e incluso se da el caso de que un castillo cambia de función debido a las circunstancias. Aragonesa, por ejemplo, fue al principio puesto de policía sobre la vía del Guadalquivir, pero después de su conquista pasó a ser castillo rural. En su función de guardián fronterizo que es, como decíamos, la tradicionalmente considerada básica, el castillo sólo podía ser medianamente efectivo, por lo general era incapaz de frenar una invasión importante. Ante todo el castillo es un centro de autoridad. El castillo domina su en­torno. Es el instrumento del poder. La población de la región reconoce la autoridad del castillo y le rinde sus tributos. Al propio tiempo, el castillo controla sus caminos y los mantiene limpios de saqueadores, tanto enemigos como procedentes del cam­po propio. En tiempos de paz la función del castillo es fundamentalmente económica: protege a la población tributaria y se asegura la regular percepción de tributos. Es­ta función explica la existencia de castillos no estrictamente fronterizos. En tiempos de guerra el castillo fronterizo puede frenar el primer impulso de un invasor. Las tropas suelen concentrarse en plazas fuertes de la retaguardia (Jaén, Úbeda, Baeza). Si en un determinado punto se produce una invasión, cada lugar y castillo del entorno envía allí sus tropas para atajarla. Es el característico rebato de la frontera que tantas veces aparece en romances. Si el enemigo es demasiado fuer­ te, las fuerzas invadidas no se arriesgan a una batalla campal y optan por fortificarse en sus castillos y plazas fuertes. La


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función del castillo es entonces la de preservar las fuerzas del invadido hasta que se presente una ocasión ventajosa en que emplearlas. Finalmente el castillo puede servir de refugio a las tropas propias derrotadas en batalla campal. Por este mo­tivo los encuentros en campo abierto suelen plantearse en las cercanías de algún castillo. Los castillos del reino de Jaén fueron con harta frecuen­ cia castillos fronterizos que vigilaban los caminos de invasión, tan abundantes en el sistema subbético. Normalmente a un castillo fronterizo en territorio cristiano se oponía otro en territorio musulmán (Jó­dar, Bedmar frente a Bélmez, Arenas frente a La Guardia, etc.). Finalmente el castillo puede tener la única función de vi­gilar y hostigar a la guarnición de otro castillo. Es el clá­ sico padrastro o malamigo de los textos medievales: Aledo, Velillos o los que el condestable Iranzo intentó desbaratar frente a Montizón. Vemos, pues, que el castillo suele ser una combinación de formas y funciones. El estudio exhaustivo de una fortaleza debe considerar sus cambiantes formas y funciones en las coordenadas de sincronía y diacronía.

3. El origen de la torre del homenaje. No está muy claro el origen de la llamada torre mayor, macho o torre del homenaje, que estas tres denominaciones re­cibe en español la torre más importante de una fortaleza o castillo que domina el resto por sus dimensiones y disposición. Dejando a un lado los más o menos claros precedentes que tiene en la antigüedad, hoy se suele admitir que la torre del home­naje es una creación europea cuyas trazas pueden seguirse desde el siglo X, aunque el pleno desarrollo corresponda al Siglo XII. Desde tierras ultrapirenaicas pasaría a la Península Ibéri­ca donde los musulmanes acabarían copiándola de los cristianos. Esta es la opinión de Torres Balbás que señala la aparición de torres del homenaje musulmanas en la tardía época nazarí, tal vez debida a influencia cristiana. Las torres del homenaje nazaríes más importantes son: Ca-

lahorra de Gibraltar (20 por 17 metros); Antequera (17’70 x 16’75 m.); Comares de la Alhambra de Granada (16’25 m., cuadrada); Vela de la Alhambra (16 m., cua­drada); Alcazaba de Málaga (12’30 x 12’15 m.). A nuestro juicio es observable una evolución independien­te de la torre homenaje musulmana en al-Andalus, aunque quizá en la época de mayor divulgación se copiaran los modelos cris­tianos del mismo modo que se copiaba todo lo referente a tácti­cas y armamento. El propio Torres Balbás menciona el gran desa­rrollo que alcanzó la almunia (o castillo rural en nuestra no­menclatura). La almunia, morada del propietario rural y de sus servidores, constaba de un pequeño recinto murado adosado a una robusta torre. Este es, a nuestro entender, el origen de la torre del homenaje mu­sulmana en al-Andalus. A su vez este tipo de edificación tiene un directo precedente en la villa romana con torre que fue, al parecer, uno de los paisajes rurales caracterís­ticos del valle bético. El moderno cortijo adornado con ar­tística torre balconada o palomar no es más que una réplica de la almunia musulmana. Para Torres Balbás la palabra árabe bury designaría este tipo de casas con torre. Rechaza esta suposición J. Vernet para el que bury significaría más bien burgo o aldea. Las torres del home­naje transpirenaicas suelen ser modelos do­tados de contrafuertes mientras que en los ejemplares penin­sulares, los contrafuertes escasean y el paramento exterior suele ser liso. Además, las propor­ciones de las torres del homenaje transpirenaicas, entre las que incluiremos las erigidas por los cruzados, suelen diferir bastante de los mo­ delos peninsulares. Citemos algunas, por vía de ejemplo: en Tierra Santa, la de Jubail 24’38 m. x 18’28 m.; Yahmur: 15’84 x 14 m.; Safita: 30’48 x 17’67 m.; Sahyun: 24’86 x 24’86 m.; Beaufort: 22’86 m. cuadrada; Subeibe: 37’49 x 17’98 m. En Europa, Castle Rising: 22’86 m. x 21’05 m.; Scarborough: 17’06 x 17’06 m.; Middleham: 29’87 x 29’26 m.; Portchester: 19’81 x 18’89 m. Si comparamos estas medi­das con las correspondientes a torres del homenaje ibéricas observaremos que las nuestras son más pequeñas.

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En la arquitectura militar paleoislámica de Oriente no encontramos ningún tipo de cons­trucción parangonable a la torre del homenaje que pudiera haber influido en su correspondiente andalusí. Sin embargo, en al-Andalus comienzan a construirse verdaderas torres del homenaje en época califal, aunque todavía ésto sea más la excepción que la norma. El castillo de Navas de Tolosa, del siglo X, presenta un sólido bastión poligonal al que podríamos denominar torre del homenaje, puesto que cum­ple sus funciones más importantes: representa una segunda lí­nea defensiva dentro de un castillo, está estructuralmente aislada del resto y lo domina.

x 7’90 m.; Jarafe: 11’90 x 11’90 m.; Matabejid: 7’90 x 7’90 m.; Jaén: 15 x 15 m.; Begijar: 9’85 x 9’85 m.; Martos: 11’80 x 20’80 m.; Bélmez: 18’15 x 14’80 m.; Jódar: 15’30 x 12’60 m., la del Norte, y la del Sur 13’50 x 12’40 m.; Víboras: 11’50 x 8’60 m.

En los castillejos califales denominados al-qusair (de donde los topónimos alcocer), volvemos a encontrar el fami­ liar esquema de la almunia: pequeño recinto murado dominado por una torre. Suelen ser cuadrados de unos 25 metros de lado y las torres pueden tener 7’50 m. por 5’50 m. de base.

En lo que se refiere a Europa, el pleno desarrollo de la torre del homenaje en el siglo XI-XII, quizá por imitación de modelos bizantinos que mantenían una tradición más antigua, es postulado por S. Toy y Derek Renn. Son las llamadas, en francés, donjon, en Inglaterra, keep y en Alemania, bergfried.

Torres del homenaje son también los bastiones poligo­ nales que los beréberes construyeron en los ángulos de sus recintos murados, particularmente en la segunda mitad del siglo XII. Esta tradición hunde sus raíces en el Bajo Imperio pero probablemente reverdeció a partir de los contactos de los imperios beréberes con los arquitectos bizantinos. Esto explica, por ejemplo, el sorprendente pare­cido de las torres dodecagonales de Rumeli Hisari (Constantinopla) con la Torre del Oro de la cerca sevillana. La Torre Bermeja o de Pero Codes, del siglo XII o prin­ cipios del XIII, cercana a Jaén, cuyas dimensiones son ya pa­rejas a las de las torres del homenaje cristianas, podría ejemplificar la potencia de este modelo constructivo andalusí antes de la plena irradiación de las torres de homenaje ultra­ pirenaicas en nuestra Península. A pesar de lo dicho hemos de considerar que la casi totalidad de las torres de homenaje que recoge nuestro trabajo son de atribución cristiana, incluyendo algunas que están enclavadas en castillos musulmanes como Aragonesa y Bélmez. Ya hemos visto que las medidas de estas torres suelen ser bastante variables: Torremocha: 7’70 x 9 m.; Risquillo: 7’90

Comparando esta serie de medidas, observamos la prácti­ca alternancia de dos tipos de torre: la que podríamos de­nominar de castillo rural o castillejo que suele ser cuadrada de unos ocho metros de lado; y la del castillo estra­tégico, de mayor entidad, que tiene entre 10 y 15 y, a veces, es rectangular.

4. Catálogo de torreones. En la fortificación antigua de la Península se observan los tipos básicos de torreón que observaremos después en monu­mentos medievales: el circular y el cuadrado. En la muralla exterior de Los Mi­llares se da incluso el torreón de planta cua­drada que mata las aristas delanteras y redondea en forma de semicírculo su cara externa, torre que será típica cons­trucción cristiana en mampostería a partir del siglo XI y que observamos en las murallas de Ávila y de Plasencia. No obstante, parece que el origen de los desarrollos medievales hay que buscarlo en los modelos extrapeninsulares preferentemente orientales que llegaron a través del Norte de África o desde los países ultrapirenaicos. A nuestro juicio no se puede hablar de una consisten­ cia de modelos constructivos según países o épocas. Ante todo parece privar el imperativo de los materiales disponi­ bles a pie de obra. Puede consignarse, por ejemplo, que los beréberes trajeron a la Península un tipo de grandes proyectos que suelen construirse en tapial de calicanto,


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pero en las zonas donde escasea la cal y el agua, materiales esenciales para esta construcción, adoptan el mampuesto. Este pragmatismo constructivo se da en los dos bandos. En el Marruecos almorávide, en pleno corazón del imperio, encontramos un castillo de mampostería con torres de planta circular, el de Amergo. Si lo hubiésemos visto en al-Andalus, sin duda, le atribuiríamos construcción cristiana aunque fuese lo más temprana posible, a no ser que estuviese documentalmente probado lo contrario, lo que no suele acontecer. Sin embargo, aislado en el interior de Marruecos, a donde no llegaron los conquistadores cris­tianos, nos fuerza a reconocer el trabajo y las técnicas constructivas de un arquitecto cristiano a sueldo del sul­tán beréber. ¿Cuántos casos como éste, de intercambio cultural, estaremos confundiendo en nuestras generalizacio­nes? Hasta que la arqueología medieval haga sustanciosos avances, hay que imponerse extremada cautela en cuanto se afirme al respecto y, sobre todo, hay que estar dispuestos a modificar nuestras opiniones de ayer y de hoy con los nuevos conocimientos que nos depare el mañana.

influidos por la construcción romano-bizantina, los arquitectos califales preferían trazar pla­nos regulares (el Vacar de Córdoba, Alcazaba de Mérida, Aljafería de Zaragoza...), sin que esto desdiga del prag­matismo del castillo roquero tipo Gormaz (Soria). Después de la desmembración del califato y esporádi­ ca aparición de la fitna o guerra civil en el territorio objeto de nuestro estudio, éste se cubre literalmente de fortalezas, si creemos la documentación de la época. Una atomización de la autoridad da origen al fenómeno cuasi feudal de los encastillados que, en tiempos de la rebelión muladí de ibn Hafsun, señorearon este territorio. Es evi­dente que la arquitectura militar de la época se limitaba a la construcción de modestos castillos rurales o señoria­les las más de las veces a base de materiales deleznables y perecederos como barro, tierra y madera. Ello explica la casi total ausencia de restos del periodo. Siguen utilizándose, por supuesto, las grandes construcciones del periodo califal.

La herencia califal, representada particularmente por la fortaleza de Baños de la Encina, parece escasa en nues­tra tierra. Se construye en calicanto poco amasado, con grandes cantos rodados en la mezcla (Baños, Tolosa). La construcción se adapta a las líneas rectas que impone el calicanto. Torres cuadradas y huecas, con escarpe escalona­do en el caso de Baños y bastión hexagonal macizo en Tolosa. No aparecen los torreones rectangulares de amplio frente que algunos autores señalan como típicos del periodo. Evidentemente se trata de un modelo constructivo de ori­gen romano traído por los invasores norteafricanos que se imita en el sur y Levante de la Península Ibérica. Paralelamente se producen torreones redondos de mampostería, como en el castillo de Linares. El islam oriental usaba mucho el mampuesto y los planos regulares copiados de Bizancio .

El periodo beréber, con el restablecimiento de un nuevo poder centralizado, acarreó profundos cambios. Por una parte, al-Andalus se integra en una entidad política ajena cuyo centro de poder reside en el norte de África. Por otra, desciende la fron­tera cristiana y renacen militarmente los reinos cristianos, circunstancias que imponen la creación de una fuerte marca fronteriza en al-Andalus. La afluencia del oro sudanés permite a los almorávides emprender un vasto pro­ grama constructivo sólo comparable con el de los imperios antiguos. Así es como, copiando modelos romano-bizantinos del norte de África y con la probable concurrencia de arquitectos bizantinos, los califas beréberes trazan una ambiciosa frontera, verdadera marca militar, cuya par­te central, estratégicamente la más importante, correspon­de precisamente a Jaén con plazas fuertes como Baeza, Úbeda, Andújar, Jaén, y Arjona, enlazadas por un elaborado sistema de castillos estratégicos, castillejos y torres ópticas.

En cuanto a la planificación de fortalezas, en esta época encontramos junto a los modelos regulares construi­dos en llano (el de Linares), los irregulares que aprove­chan la configuración del terreno (Baños, Tolosa). Es evi­dente que,

El renacer de la arquitectura militar beréber impul­sa el empleo del tapial de calicanto, ya conocido en la Península desde la antigüedad y, sobre todo, el de una tipología en parte inédita, que incorpora: antemuros, torres a dis­tinto nivel de

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la muralla, albarranas, corachas, puertas acodadas y otros dispositivos de la última fortificación bizantina. Es en esta época beréber cuando hace su aparición el poder cristiano en el reino de Jaén. La obra cristiana suele ser de mampuesto pero tampoco desdeña el tapial de barro, mucho más frágil e incluso el de simple tie­rra apisonada. A partir de este momento el intercambio cultural se intensifica, parece que los cristianos nunca adoptaron el tapial de calicanto puro que era costoso y precisaba de mano de obra especializada, aunque desde luego se dejaron influir en otros extremos y, a través de ellos, Europa. Muy pronto se divulgarían las torres bastión, las albarranas, los antemuros, las entradas en recodo, cora­chas, etc. Los desarrollos de la arquitectura almohade en calican­to continúan con pocos cambios en la fortificación nazarí, alternando con la construcción en mampuesto y tipología cris­ tiana que el reino de Granada adopta para sus construcciones menores. Por otra parte los nazaríes no pueden sustraerse a la imitación de un enemigo más eficaz. En el abandono final del tapial pudo influir también el perfeccionamiento de la artille­ría. Los ángulos, demasiado frágiles, se rebajan y el conjunto de la fortificación se redondea. El tapial no se adaptaba a la construcción redondeada. En ocasio­nes hubo que cubrir los muros de tapial con otros de mampos­tería, como en la muralla de Jaén.

5. Técnicas de ataque y defensa. Los elevados costes de un asedio regular, unidos a la escasez de recursos, aconsejaban conseguir las plazas por vía de tratado, ofreciendo reparaciones económicas y seguridad a los defensores. Cuando la negociación y entrega pactada no era posible, había que tomar la plaza por la fuerza. Entonces podían aplicarse dos procedimientos: a) asalto (fuerza de armas), b) sitio y subsiguiente capitulación por hambre.

Los dos procedimientos eran costosos para el atacante. El primero suponía grandes pérdidas humanas; el segundo añadía pérdidas económicas. Esta práctica fue muy común en nues­tra Edad Media peninsular. Fernando III, siempre escaso de hombres y de recursos, obtuvo excelentes resultados de la aplicación de esta táctica, sabiamente com­ binada con la destrucción de las personas y lugares que se resistían. La única posibilidad de reducir estos gastos consistía en asaltar las fortificaciones por sorpresa. Por lo general las fuerzas atacantes tanteaban la posibilidad de sobornar a algún ele­mento que les facilitase la labor desde el interior. Así pudieron los cruzados tomar Antioquía y así fue como la disputada fortaleza de Alicún, trabajosamente conquistada por Castilla, volvió a manos nazaríes por un mal cristiano que en el castillo con otros estaua, no se si echadiço o de los moros o si rreynó el diablo en el, el qual secretamente dañó la poluora, corto las cuerdas a las ballestas y furto las nueces de las curreñas... y como los de dentro no tenian con que la defender tomaronlo (los moros) por combate. Ya hemos visto como el condestable Iranzo, obsesionado con la idea de suprimir los castillos de Cambil y Arenas, padrastros de Jaén, no cesaba de tramar estratagemas para conquistarlos. El procedimiento era, por lo general, el mismo aunque adobado con sabrosas variaciones: apostaba hombres cerca de la entrada de la fortaleza para asaltar y conquistar la puerta en cuanto se abriese para que el grueso de la tropa, apostada a prudente distancia, invadiera y tomara el castillo. La operación era, en su simplicidad, bastante delicada y tenía que cronometrarse a la per­fección o el menor problema la hacía fallar. Fuese por acecho y engaño, fuese por escalada nocturna, como en la toma de la Ajarquía cordobesa, el secreto residía en tomar alguna puerta y mantenerla abier­ta hasta la llegada de refuerzos que permitiesen invadir la ciudad o el castillo. Así vimos actuar al condestable Iranzo, con fortuna esta vez, en el castillo de Bailén, y así vemos a Rodrigo Manrique, padre del famoso poeta, en la toma de Alicún. No nos resistimos a copiar parte de su informe porque se trata de una joya pre-


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ciosa que ilustrará minuciosamente la técnica y los azares de un asalto: Acordamos que volviesen a Alicun ciertos escuderos mios a ponderar por donde podría ponerse mejor una esca­la. Los cuales partieron con Ruy Díaz para que les mos­trase por dónde se había de hacer. Y llegaron, y estuvie­ron pegados a los adarves hasta dos horas, y vieron el asun­to en una disposición distinta a la que habíamos de encon­trar después cuando yo fui. Vinieron a mí y no me encontra­ron porque yo había ido a la ciudad de Úbeda a buscar gen­te. Y cuando volví hablé con ellos y me dijeron que creían que se podía hacer, porque sólo había cuatro centinelas y un hombre que rondaba. De oir esto puede creer vuestra se­ñoría que recibí muy singular placer, pensando que lo iba a encontrar así. Envié luego por Manuel de Benavides a vuestra corte y le escribí a Garcí Méndez que me envió a su hijo Gómez de Sotomayor con veinticinco de a caballo y hasta cincuenta infantes. También vino el comendador de Beas con catorce de a caballo y hasta cien de a pie y el alcaide de Yeste con veinte de a caballo y veinte de a pie, y de Alcaraz vinieron Gonzalo Díaz de Bustamante con diez de a caballo y hasta treinta peones y con él Juan de Cla­ramonte. Y de Úbeda Diego de la Cueva con ocho de a caba­llo y Diego López de San Martín, el que vuestra señoría desterró en Hornos, con seis de a caballo. Basta señor, que entre todos podían, ser doscientos de a caballo y seiscientos peones. Y, señor, esta gente junta yo partí , miércoles que se contaron tres días del presente mes, y llegué a la villa viernes por la noche, a media noche más o menos. Y descabal­gué a media legua y Juan Enriquez solicitó ir con las esca­las y setenta hombres de armas y doscientos peones y dispu­so la gente como entendía que era menester. Y yo, señor, de­jé a toda la otra gente a caballo con Gómez de Sotomayor y con el comendador de Beas y con Arturo de Madrid y llevé conmigo a Juan de Benavides y a Pedro del Padro y fui con Juan Enriquez a hacer subir a la gente. Llegamos ordenadamente hasta el foso que es muy hondo. Y llegados encontramos que habían alterado los puestos de centinela y que los centinelas velaban lo mejor que nunca vi, y dos rondas que cruzaban por el lugar mismo donde las escalas se tenían que poner. Tanto, señor, que estaba muy dudoso de

que se pudiera llevar a buen término el asunto, pero esforzándonos en Nuestro Señor y con la muy buena ven­tura de vuestra real señoría, el hecho se comenzó de esta manera. Juan Enriquez enderezó su escala y Ruy Díaz mostrándo­ nos la entrada del foso. Y la escala se puso en cuanto pasa­ron las rondas las cuales iban hablando en arábigo y decían que si Dios les hacía salir con bien de aquella noche, no tendrían recelo ninguno. A mi entender, señor, algún recelo tenían de lo que tramábamos. Y señor, la escala se puso y subieron luego Lope de Frías y Pedro de Curiel, escuderos de Juan Enriquez, a sujetar las escalas, según lo suelen acostumbrar. Y luego, señor, subió Alvar Rodríguez de Cór­doba, alcaide de Segura, vuestro vasallo, armado y tras el Pedro de Hornos, también vasallo de vuestra señoría y Pedro de Beas. Y antes de que el alcaide acabase de subir, lo oyó el centinela y le echó un serón de piedras encima. Pero con to­do no cesó de subir. Y a las voces del centinela, la muralla y los tejados fueron tomados por los moros y sabrá vuestra señoría que de ciertos escuderos mios que subieron por la escala, que por un agujero dos moros que se estaban en la torre hirieron y mataron a bastantes de ellos. Y aun habrían hecho más daño si no fuera por el alcaide que mató a uno y el otro escapó por un tejado. Pero, señor, allí quedaron luego muertos el Ceciliano, hermano del alcaide, y Pero Sánchez de Hornos y Juan de León y García de Habuera y Nico­lás y Fortuno, escuderos mios, y heridos Juan de Ribera y Pero Alvarez de la Torre y Juan de Quirós y Lope de Vergara y Fernando de Molina y Juan de Treviño y Rodrigo de Men­doza. Estos señor de tal manera que muy pocos dellos podían continuar combatiendo. Y luego señor subió mi estandarte, que ya el trompeta había sido el sexto, y aun por su buen esfuerzo tan osada­mente tañía que puso tan gran miedo a los moros. Y tras mi estandarte, señor, subió mi tio Manuel de Benavides y el alcaide de Yeste que estaba arriba y había peleado muy bien y siguiolo él aunque estaba él mal herido y otros de los que podían seguirlo. Y fue peleando y ganando torres por la muralla hasta que encontró por donde descender a una puerta. Y descendió y la abrió. Y entré yo por ella con la otra gente y fuimos pelean­do por las calles hasta meterlos en el alcázar y en ciertas torres

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que ello tenían en el adarve. En la cual pelea fueron heridos muchos tanto de los nuestros como de los enemigos. Y es cierto, señor, que de ellos fueron muertos hasta doce o quince moros allí. Y certifico a vuestra señoría que todo aquel día sábado, y toda la noche, jamás cesó la pelea ganándoles y minándoles las casas y haciendo barreras (=barricadas) por las calles que ellos defendían muy bien. E yo, señor, fue allí herido de un pasador (=virote de ballesta) que me atravesó el guardabrazo y el brazo derecho de parte a parte. Si no era posible contar con el elemento sorpresa sólo cabía intentar el asalto y escala a plena luz del día. Aun así el principal objetivo del sitiador era abrir un paso a través del muro con el menor sacrificio de gente. Podía tratarse de romper una puerta o de abrir una brecha en las defensas. Destruir una puerta era problemático porque las entra­ das eran las partes mejor defendidas de la fortificación, generalmente protegidas por torres desde cuyas plataformas se disparaba sobre el atacante. La alterna­tiva consistía en minar un muro o una torre. Esto fue lo que hicieron los cruzados que tomaron Úbeda después de la Batalla de las Navas de Tolosa. Los musulmanes eran exce­lentes mineros (=mandjanik; mina= nakb), y desde luego los cristianos no desconocían el oficio. La mina se hacía llegar hasta el cimiento del muro o torre que se pretendía demoler. Allí se ensanchaba y ahonda­ba hasta constituir una mediana caverna que se entibaba para evitar derrumbamientos. Concluida la operación se prendía fuego a los maderos que, al consumirse, dejaban la torre o muro sin apoyo por lo que se hundían sobre el hueco excavado y se desmoronaban literalmente, produciendo una brecha por la que penetraban los sitiadores. La contramedida consistía en excavar otra mina desde el interior de la plaza sitiada que comunicase con la que excavaban los sitiadores. Puestas en contacto, se expulsaba a los mineros por fuerza de armas o por medio de fogatas alimentadas con leña verde que producían un denso humo y ahogaban a los mineros. En el sitio de Alcaudete, en febrero de 1408, considerado por los moros la fuerza con que los de la

villa resistían comenzaron a hacer minas en torno della para en­trar por ellas y contraminándolas los cristianos dieron con la mina de los moros y mataron a los que la hacían y ganaronles los instrumentos con que las labraban. Veamos cómo minan los cristianos una torre de Alcalá la Real en un texto sacado de la Crónica de Alfonso XI: mandó el Rey que la ficiesen cuevas desde alexos... et por aquellas cuevas entrasen al castiello. Llegaron so la torre et posieronla toda sobre cuentos. Et el Rey tenia ordenado que posiesen fuego a la madera sobre que estaba la torre et en el tiempo que ardiese que combatiesen la villa a la redonda... Et estando el fecho ordenado en estas maneras los maestros e carpinteros que habian fecho las cavas et puesto la torre sobre cuentos de madera, pusieron el fuego de noche; et grand pieza antes que fuese de dia, cayo la torre e cayeron quatro moros que estaban velando encima della. La mina era un procedimiento relativamente seguro y eficaz, pero resultaba ina­plicable en un gran número de fortalezas cuyos fundamentos se asentaban sobre zócalo de roca natural. Si no había otra alternativa, el atacante tenía que resignarse a rendir la plaza por hambre, manteniendo indefinidamente a un ejército de asedio. Tal empresa, en el siglo XIII, estaba plagada de dificultades. En primer lugar, las prestaciones militares de nobleza y concejos se limitaban a un periodo de tiempo estipulado y prorrogarlas entrañaba complejas nego­ciaciones. En segundo lugar, la rudimentaria intendencia era incapaz de alimentar y alojar a un ejército que no estuviese en movimiento y se complementara con los frutos del saqueo. En tercer lugar, el hacinamiento de hombres y animales en campamentos solía favorecer las epidemias. Finalmente quedaba el problema de que a los recientes avances de la técnica fortificadora no correspondían todavía otros avances de la poliorcética, con lo que, en la per­petua pugna entre blindaje y proyectil o defensa y arma ofensiva, el siglo XIII corresponde a un significati­vo avance de la defensa. Los aparatos de asedio eran di­fíciles de montar y comparativamente torpes si consideramos sus resultados. No existía capacidad económica ni técnica para producirlos y utilizarlos en gran-


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des bate­rías, como hicieron los romanos en la antigüedad, y ello mermaba considerablemente su utilidad. Sólo valía la pena emplearlos en asedios de cierta envergadura, como los de Jaén por Fernando III. Recordemos aquellas mencio­nes del trebuquet o trebuchet de la Crónica de Ávila.

don­de avia agua para los de la villa. Et coydando que non avia otra agua en la villa, el Rey mandaba tirar a aquella torre con los engeños mucho afincadamente; et porque la torre era muy bien labrada los engeños non facían en ella daño.

El trebuquete se desarrolló durante el siglo XII especialmen­te en Tierra Santa. Su principio era relativamente sim­ple. La fuerza se generaba por la caída de un enorme con­trapeso unido al extremo de un mástil. En el otro extremo estaba la plataforma donde se colocaba el proyectil de pie­dra o, a veces, un cadáver infestado que podía provocar una epidemia en la plaza sitiada, interesante precedente de la guerra bacteriológica.

5.1. La defensa.

El trebuquete, debido a su potencia efectiva y mayor ca­dencia de tiro, relevó en el siglo XIII al mangonel (ára­be mandjanik) o catapulta, un mecanismo basado en la torsión de cables que hasta entonces había sido, junto con la ballista, la máquina de asedio por excelencia. La ballista (´arrada), otra arma ya usada en la anti­güedad por los romanos, era una ballesta de grandes proporciones, más efectiva en la defensa de las plazas que en el ataque, puesto que su proyectil atravesaba fácilmente los manteletes de madera (paneles rodantes que servían de pro­tección). En el sitio de Sevilla por Fernando III, los musulmanes hicieron gran uso de ellos. En el Museo Arqueo­lógico de Granada se conserva un ejemplar de medianas pro­porciones. La torre de asedio, construida en madera sobre platafor­ ma rodante (burdj, y más exactamente, dabbaba; plural, dabbábát, en árabe), fue también empleada en la Península aunque no tenemos noticias de su uso en ningún asedio del reino de Jaén. Cuando los textos castellanos usan la expresión engennos, que es la que comúnmente usan para designar a estas máquinas, nos quedamos sin saber si se trata de trabuquetes o mangoneles. Por vía de ejemplo, veamos un texto que se refiere al sitio de Alcalá la Real: el rey mando poner ocho engeños que tiraban a las torres de aquella villa, et señaladamente tiraban a una torre muy grande en que estaba un pozo,

El elemento más importante con el que una guarnición sitiada debía contar era la moral de la tropa. Esta se fundamentaba, más que en sentimientos de tipo pa­triótico, en vínculos personales con el alcaide o jefe militar. Por este motivo tanto nazaríes como castellanos procuraban tener sus for­talezas y guarniciones fronterizas al mando de caudillos experimentados y populares. Circunstancias de tipo psicológico son, por tanto, las que explican que a veces castillos importantes sucum­biesen a los pocos días de asedio y que, por el contrario, otros menos defendidos por la naturaleza o la industria del hombre, resistiesen prolongados asedios en condiciones ad­versas. Aparte de esto, la resistencia de un castillo dependía de sus reservas de agua, alimentos y municiones. Un texto del siglo XIII las enumera: acerca de aquellas cosas que son necesarias para el fundamento de un castillo en tiempo de asedio, o encamisada, o guerra muy próxima hice aqui consignar algunas cosas de aquello que yo aprendí y vi. Pues deben guardarse allí en el castillo muchos víveres, muchas armas y guarniciones, y todos los pertrechos de casa y cocina; a saber, todo lo escogido por hombre prudente. Ade­ más, para abastecer un castillo son muy útiles y convenien­tes todas aquellas cosas que el largo tiempo no consume; siempre sean guardadas de modo conveniente como pimienta, aceite vinagre y cera para hacer las cuerdas de las ballestas y sal goma como sal de Córdoba. Además deben guardarse allí, hierro en abundancia y mucho cáñamo y mucha lana sin lavar, y mucha estopa y mucha cantidad de paño de lino, así nuevo como ya viejo para cu­rar a los heridos. Además téngase un médico cirujano, con todos los instrumentos necesarios a su arte y engüentos y emplastos, y un ballestero con los instrumentos propios de su

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oficio, y un carpintero y un maestro de obras con los suyos y un arquitecto. Guárdese allí mucha tea y mucha cera, y muchas linter­ nas, y muchos hierros que sacan fuego de las piedras, con todos sus pertrechos. Hay allí muelas de mano y -ciertos molinos con tornos de hierro, que muelen mucho trigo con fuerza de

pocos hombres, y pez de alquitrán y pez griega. Ademas, miel, sebo y tocino, y almáciga (goma de lentisco). Y haya allí mucha pez y muchas cuerdas y mucho plomo y muchas cadenas. Y haya allí departamentos subterráneos en los cuales estén seguras todas estas cosas y que todos los víveres se encuentren a salvo de golpes de trabuquetes y mangoneles.


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Capítulo 7

RASGOS GEOESTRATÉGICOS DEL ALTO GUADALQUIVIR Por su posición central al borde de la meseta y por su especial relieve, que lo ha convertido, desde la antigüedad, en paso obligado entre Andalucía y Castilla-Levante, el Alto Guadalquivir asume un papel relevante en casi todas las disputas históricas por el control de la Península. Es significativo que las batallas de Baécula, las Navas de Tolosa y Bailén se disputasen, en tres épocas distintas, en una zona de pocos kilómetros cuadrados de tierra jiennense. El reino de Jaén se presenta en sí como una fortaleza. Es un fértil valle encerrado entre dos cadenas montañosas y se abre tan sólo hacia el sur siguiendo el eje del Guadalquivir. Examinemos brevemente sus partes constitutivas: 1) Sierra Morena: Andalucía es un teatro periférico dominado por la Meseta. Cuando Castilla consiguió empujar su frontera hasta Sierra Morena, la suerte de al-Andalus estaba echada. Su caída en manos cristianas era sólo cuestión de tiempo. El valor de Sierra Morena como primera línea estratégica no debe ser exagerado. Esta línea tiene el inconvenien-

te de ofrecer numerosos pasos que han posibilitado reiteradamente en la historia el envolvimiento de la defensa (Navas de Tolosa y Guerra de la Independencia). Por su condición de escarpe de la Meseta, Sierra Morena puede ser un obstáculo para el conquistador que procede del Sur, pero lo es mucho menos para el que llega del Norte. 2) El Guadalquivir: en su curso alto no es, estrictamente hablando, una línea-barrera, sino más bien una directriz de marcha, un camino que lleva a la Andalucía Baja. 3) El Sistema Subbético: supone el primer obstáculo importante al otro lado del foso del Guadalquivir. Se trata, no obstante, de un obstáculo extraordinariamente poroso debido a su complicada orografía. Sus abundantes surcos transversales habilitan otros tantos caminos de invasión. Para la protección de esta frontera, tanto Castilla como Granada tuvieron que habilitar un complejo sistema defensivo que incluía plazas fuertes, castillos y red de torres ópticas, sistema que viene a ser una copia del que los beréberes (almorávides y almohades) habían instalado en su tiempo.

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Capítulo 8

LA FORTIFICACIÓN PREMUSULMANA

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Las tierras del Alto Guadalquivir y particularmente las más fértiles y llanas del valle fluvial, estuvieron bastante po­bladas en las épocas prehistórica y de las colonizaciones. La riqueza minera de Sierra Morena atrajo a cartagineses y romanos y provocó conflictos entre poderes indígenas o foráneos interesados en la zona. Estas circunstancias se reflejan en la temprana aparición de fortifi­caciones, algunas de las cuales perdurarían hasta época medieval. La fortificación tiene una base económica. Es propia de sociedades desarrolladas en las que la minoría que ostenta el poder y domina las fuentes de producción invierte una parte de sus beneficios en protegerse de la mayoría sometida y de la codicia de los vecinos poderosos. Esta situación aparece al final de la Edad del Bronce con la aristocracia guerrera y perdura con pocos cambios a lo largo de la historia.. Las fortificaciones prehistóricas de Jaén responden fundamentalmente a dos tipos: oppida, o núcleos urbanos (ciudades o aldeas) situados en la meseta de cerros fácilmente defendibles y cercados de murallas, y recintos o construcciones de menor entidad, generalmente cuadrangulares y relacionadas entre ellas. En términos de fortificación medieval diríamos que el oppidum corresponde a la ciudad amurallada y, el recinto, al castillo. Al norte del Valle del Guadalquivir existió una línea de oppida que bordea el escalón de Linares y domina el valle del Guadalimar y los pasos hacia Levante. Estos oppida son, de Este a Oeste:Castro de la Magdalena, Giribaile, Olvera (Navas de San Juan), Santisteban, Cerro Ballesteros y Ermita de la Consolación (cerca de Chiclana de Segura). A esta línea podríamos añadir una serie de fortificaciones estratégicamente situadas en santuarios ibéricos (Castellar y Collado de los Jardines), y de minas (Escoriales, Salas de la Galiarda, Mina de Palazuelos).

Al oeste de la línea mencionada se levanta el oppidum de la importante ciudad de Cástulo, centro de toda la zona, rodeado por los fuertes de Huelgas-Estiviel (oeste), Magdalena y Giribaile (norte), Ibros y Cortijo del Ahorcado (este). Por el sur, la fosa del Guadalquivir defendía la región. Al sur del Guadalquivir se señala otro núcleo fortificado en la región del Guadiana Menor, estratégicamente importante, con los fuertes de Castellones de Ceal, Tugia (Toya) y Plaza de Ar­mas (en la confluencia del Guadiana Menor y del Guadalquivir). Al oeste de Jaén, en la fértil zona de la Campiña Baja, encontramos otra serie de oppida: Causinos (Ucia?); Los Villares (Isturgi?); Plaza de Armas en Sevilleja; Teba la Vieja (Ategua?); Cabezo de Córdoba; Izcar (Ipsca?); Torreparedones; San Julián; Porcuna (Obulco); Arjona (Urgao) y el Cerro de las Torres de Maquiz (Iliturgi). En la Campiña Alta los oppida conocidos son: Plaza de Armas en Nueva Carteya; El Laderón; El Cerro de Minguillas (Iponuba?); Torremocha; Cerro de la Cruz en Almedinilla; Bobadilla; Cabeza Baja en Encina Hermosa (Ipocobulcona?); Cortijo de las Delicias; Martos (Tucci); Cerro de San Cristóbal en las Casillas de Martos (Batora?); Molino del Cubo; Atalaya de Fuente del Rey; Cerro del Miguelico; La Guardia (Mentesa-Bastia?); Puente de Tablas de Jaén y Cerro Alcalá (Ossigi?). Estos recintos se han fechado entre los siglos V y III. Todos ellos fueron en su origen obra de poblaciones indígenas. Su existencia demuestra la formación de estados consolidados con cabecera en los oppida más importantes de la región: Cástulo, Obulco, Urgao y Mentesa Bastia, principalmen­te. De estos oppida dominantes o centros estatales dependerían otros oppida dominados.


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Capítulo 9

ÉPOCA MUSULMANA (711-1224)

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El territorio del Alto Guadalquivir se sometió a los musulmanes en el mismo año 711 en que comenzó la invasión o, quizá, en 712. Se especula sobre el itinerario de la expedición que Tariq comandó desde Astigi (Écija) a Toledo, y sobre la que otro caudillo, ´Abd al-`Aziz, llevó a Ilíberis (Granada) y Rayya (Málaga.). Es razonable pensar que debido a la posición central del territorio jiennense, estas expediciones debie­ron atravesarlo aunque no sepamos cómo ni cuándo se produjo la ocupación de estas tierras. Entre los musulmanes establecidos en el Alto Guadalquivir se contaron tropas profesionales sirias del yund de Quinnasrin.

El emirato omeya. Al-Andalus era provincia del califato de Damasco, gobernado por los Ome­yas. En 750 una familia rival, los Abasíes, arrebató el poder a los omeyas y los exterminó. En al-Andalus, algunos descontentos con el gobier­no central proclamaron emir al único omeya superviviente, el joven Abd al-Rahman, y se independizaron de Damasco. Abd al-Rahman I (756-788), fue un hábil gobernante y soldado. En 765 sofocó una revuelta capitaneada por ibn Jarása Asadi, en tierras de Jaén y, hacia el final del reinado, otra de AbúI-Aswad Muhammad ibn Yusuf, al que derrotó junto al Wadi-alAhmar (Guadalimar), después de la campaña de Cazlona. Sucedió en el trono el piadoso Hisham I (788-796), que hubo de sofocar la rebelión de su hermano mayor, Sulayman Abu Ayyub. La lucha se desarrolló principalmente en tierras de Jaén y Córdoba. En estos años debió ocurrir el más antiguo asedio documentado de la ciudad de Jaén, por tro­pas de Yabir ibn Labid. Al siguiente rey, el decidido y enérgico Alhaquem I (796822), sucedió Abd al-Rahman II en cuyo tiempo hubo relativa paz y tranquilidad y se construyó la mezquita de Jaén. Con el siguiente rey, Muhammad (852-886), comenzó la desintegración política de al-Andalus. Las tensiones socioreligiosas, el descontento de los muladíes y el hambre des-

encadenaron una serie de sublevaciones. En 853 se libró la batalla de Andújar donde los rebeldes toledanos derrotaron a las tropas del emir.

La rebelión muladí. En 880 comenzó la rebelión muladí de Ibn Hafsún, un caudillo popular que, aprovechando el descontento del campesinado agobiado por los impuestos, logró dominar un extenso territorio de las actuales provincias de Málaga, Granada y Jaén. La rebelión alcanzó tales proporciones que hacia 890 el emir sólo controlaba la ciudad de Córdoba y sus alrededores, mientras que el resto del territorio se atomizaba en una multitud de señoríos autónomos. En las crónicas del periodo abundan las referencias a castillos y plazas fuertes de Jaén, algunas de las cuales pertenecían a partidarios de Ibn Hafsún desde los tiempos del emir al-Mundir (886-888), mientras que otras estaban en manos de súbditos fieles al emir, entre ellos un tal al-`Uqaylí, que reconstruyó el castillo de La Guardia. Estos castillos eran apenas algo más que albacaras o refugios de fortuna, la mayoría de ellas construidas con materiales muy pobres, en la cima de cerros fáciles de defender, e incapaces de sostener un asedio regular. En 888 Ibn Janyar se rebeló en el castillo de Yarisa. Un beréber, al-Hatrulí, se apoderó de Jaén y se asoció a ibn Hudayl, señor del castillo de Muntilún. Al-Hatrulí rindió la alcazaba de Jaén en 903; Hudayl resistiría hasta 913 y ex­tendería sus dominios por el iqlim de Martos. Un muladí, al-Saliya, ocupó una serie de fortalezas en la sierra de Sumuntán (entre Linares y el Guadalquivir, según Levi-Provençal; entre Bedmar y Jódar, según Vallvé y Aguirre). Entre estas fortalezas estaban Qastulona (Cazlona) y Hisn Murina, cerca de Jódar. En conjunto, el muladí llegó a dominar más de cien fortalezas, que rendiría a Abd al Rahman III en 913. Los hermanos Banu Habil (Mundir, Habil, Ámir y Umir), dominaban las fortalezas de Baqtawira, Margita y Sant Astabin. También fueron sometidos en 913.


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Hacia 889 se sublevó en Jódar Jayr ibn Sákir que fue trai­ cionado y asesinado por ibn Hafsún. No corrió mejor suerte otro rebelde, Fihr ibn Asad, del castillo de Tuss (Martos), que sería crucificado en Córdoba. En Alcaudete se sublevó el muladí ibn Mastana que fue atacado por una expedición del emir en 894. Dos años más tarde otra expedición del gobierno pasó por los castillos de Qámara y al-As`at, derrotó al señor de Muntilún, Ibn Hudayl, arrasó los dominios de ibn Habil, acampó en la sometida Baeza, remontó el curso del Guadiana Menor, destruyó el castillo de Tiskar, que encontró abandonado, atacó el de Baqtawira de ibn Habil y se internó por tierras de Granada. Al año siguiente (897), otra expedición atacó las posiciones de ibn Mastana en los castillos de Locubin, Alcaudete y otros. A pesar de las anuales expediciones del emir cordobés, la mayor parte del territorio jiennense continuaba en manos de los rebeldes. La propia Jaén cayó en poder de al-Hatruli, asociado al señor de Muntilún, Hudayl. Jaén volvería al poder del emir en 903. Al año siguiente Ibn Hafsún sufrió una grave derrota junto al Guadalbullón y en 905 Córdoba afianzó su dominio en la comarca y protegió su propia campiña con la toma de Tuss (Martos), refugio de ibn Asad. Después de estas pérdidas, la resistencia rebelde en tierras de Jaén se desmoronó rápidamente. En 910 el emir atacó Montilún, tomó Baeza y derrotó, cerca del castillo de Yarisa, a los rebeldes coaligados: ibn Hafsún, ibn Hudayl e ibn Mastana.

El califato omeya. La ascensión al emirato de Abd al-Rahman III en 912 marcó la definitiva pacificación de Al-Andalus. Este nieto del rey Abd Allah heredó un trono amenazado y un país en situación caótica, pero fortaleció el poder central y sofocó las rebeliones. La pacificación de la tierra de Jaén ocurrió en 913 mediante la denominada “Campaña de Muntilún”. Esta fortaleza de Ibn Hudayl, había resistido dos asedios, en 910 y 911, pero la expedición de 911 logró tomar Hisn Funtayala,

cercano a Muntilún, debilitando la posición rebelde. En 913 las tropas del emir pasaron por Martos, cuyo alcaide, ibn al-Salím, era leal a Córdoba, y después de ocupar el monte Yarisa, que dominaba Muntilum, cercaron la plaza el 25 de abril. Dos días después Ibn Hudayl comprendió que había perdido la partida y rindió la plaza. Con la campaña apenas comenzada, las tropas del emir atacaron otras plazas y castillos de Sumuntan, obligando al rebelde al-Saliya a capitular y a entregarles más de cien castillos. Otros muchos señores rebeldes de menos talla se apresuraron a someterse, entre ellos ibn Ibráhím, señor de Mantisa; ibn Mishan, señor de Wadi Bani; ibn Aram, señor de Bahila; ibn ‘Abd ‘Alláh, señor de Sasana; ibn ‘Arus, señor de Bakur; ibn Hurayz, señor de Baqtawira; ibn Dahwan, señor de Qastruh e ibn ‘Abd al-A`la, señor de Hisn al-Sarrat. Dos caudillos rebeldes regresaron al poco tiempo a sus posesiones por voluntad del emir. Ibn Habil volvió a Sant Astabin y al-Saliya a la región de Sumuntan que andaba levantisca en su ausencia. Muntilun también se sublevó. Ibn Hafsún, que había sido alma de la rebelión durante treinta y siete años, falleció en 917. Sus hijos sostuvieron la rebelión durante otros diez años, pero no tuvieron éxito. En 928 Abd al-Rahman recuperó Bobastro, la plaza fuerte de los rebeldes. Tres años an­tes, con ocasión de una expedición contra Astabin, Abd al-Rahman había demolido casi todos los castillos de la cora de Jaén. Con ello esta tierra quedaba pacificada. A Abd al-Rahman III le sucedió su hijo al-Hakam II (96l976), en cuyo tiempo se construyó el castillo de Baños de la Encina, fechado en 968, al que nos referiremos más adelante.

Los reinos de taifas. Con Hisám II (976-1013), y los ineptos reyes que lo sucedieron, se inició la decadencia del poder omeya y la desmembración del califato en poderes locales que frecuentemente guerrearon entre ellos. Hacia 1010 dos tribus beréberes zanatas, los Banù Birzál y los Banù Ifran, se establecieron en la comarca jiennense y la dominaron durante dieciocho años

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hasta que Habbùs ibn Máksan, de la tribu Sinháya, conquistó el poder. Las fronteras eran bastante imprecisas. En general los eslavos de Almería y Murcia dominaron al este de la cora y, los ziríes de Granada, las zonas del sur y del centro. Hacia el norte, el límite granadino coincidía, grosso modo, con el valle

del Guadal­quivir. Con el tiempo, el reino de Granada medró a costa de Almería. En la segunda mitad del siglo XI el rey de Sevilla, Mutamid, arrebató a Granada la parte occidental. Su avance sólo se vería frenado por la plaza fuerte de Jaén. Hacia 1060 Musakkan ibn Habbus, gobernador de Jaén por el rey de Granada, se sublevó en nombre del príncipe


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Maksan y arrastró con él a los castillos de Castro y Martos. Pero Granada sobornó a la guarnición beréber de la alcazaba jiennense y ésta se sublevó obligando a huir a Musakkan y Maksan, que buscaron refugio en Toledo.

Jaén volvió a ocupar su tradicional papel fronterizo, esta vez entre almorávides y castella­nos. En Jaén desbaratarían los almorávides, en años sucesivos, varios intentos de penetración cristiana dirigidos contra Córdoba.

Por este tiempo Granada conquistó Baeza que era de Ibn Muyahid, hijo del señor de Denia. A poco al-Mutamid se apoderó de la ciudad.

En 1121 una revolución derrocó el poder almorávide en África y puso gran parte del imperio en manos de otro grupo beréber: los almohades. Al-Andalus se fraccionó nuevamente en taifas, circunstancia que aprovechó el rey de Castilla, Alfonso VII, para atacarla: en 1144, realizó una expedición por tie­rras de Córdoba y Granada; dos años después volvió nuevamente contra Córdoba. Nuevamente surgieron caudillos rebeldes que intentaban constituir nuevos reinos a costa de la provincia almorávide. Hacia 1145 un tal Sayf al-Dawla se adueñó de varias zonas de Jaén; al año siguiente, el rebelde Abù Yafar fue sitiado en Hisn Anduyar (Andújar) por tropas de ibn Ganiya, gober­nador almorávide de al-Andalus, el cual tuvo que levantar el cerco ante la amenaza de un ataque castellano.

En 1076, el nuevo rey zirí de Granada Abd Allah, andaba ocupado defendiendo su territorio del rey de Sevilla. Alfonso VI de Castilla, aprovechando la situación apurada en que se encontraba se alió con Sevilla para atacarla. Las tropas de Sevilla ocuparon gran parte del territorio de Jaén y Granada tuvo que aceptar las exigencias de Castilla y Sevilla: tributar a Alfonso VI treinta mil mizcales anuales y entregar a Sevilla algunas posesiones ziríes de Jaén. Por este tratado Alfonso VI entregó Alcalá la Real a Granada a cambio de Estepa e intentó apoderarse de Martos, que pensaba vender a su aliado sevillano. Además Granada cambió el castillo de Castro, cercano a Jaén, por al-Matmar (Bedmar). La última rebelión de la fitna en tierras jiennenses fue la de Ibn Tágnaùt que se sublevó en Hisn Yarisa y resistió el asedio de tropas granadinas durante seis meses. Finalmente capituló y fue crucificado.

Época almorávide (1086-1147) Los débiles reinos de taifas, abrumados por los crecientes tributos que les imponía Alfonso VI, pidieron auxilio a sus correligionarios del otro lado del Estrecho, los almorávides, una confede­ración de tribus beréberes que había formado un poderoso imperio. El emir de los almorávides pasó a Al-Andalus y derrotó a Alfonso VII en Zalaca el 23 de octubre de 1086. Este intervencionismo beréber resultaría fa­tal para los reinos de taifas peninsulares. En 1090 los almorávides tomaron Granada, un año después Jaén, Cór­doba, Baeza, Úbeda y Segura y, poco más tarde, el resto de al-­Andalus, que quedó incorporado al imperio almorávide.

En este río revuelto, Alfonso VII ensanchó sus conquistas. En 1147 tomó Baeza, Almería, Calatrava; a continuación, Úbeda, y poco después inten­tó tomar Jaén, ciudad que atacó sucesivamente en 1151, 1152 y 1153, sin éxito. A pesar de todo el rey castellano no consiguió afianzar su do­minio en estas tierras antes de que los almohades acudiesen, con renovados brios, a ocupar el vacío que dejaban los almorávides. En 1148 los almohades se adueñaron de Jaén y cinco años más tarde conquistaron Málaga. Al año siguiente cayó Granada. Con ello la posición cristiana de Almería se hacía insostenible. Alfonso VII intentaba asegurarse la posesión de los pasos de Sierra Morena. En 1155 tomó Andújar, Santa Eufemia y Pedroche. Para afianzar sus dominios an­daluces intentó repoblarlos aunque fuese con súbditos musulmanes. En 1155 dio Baños a Abdelazis de Baeza y Linares a Suero Díaz; en 1156, Bailén y Segral, castillo sobre el Guadalimar, a Abdelazis de Baeza y la mitad del Tierzo a Pedro García, alcaide de Baeza. En 1157 Alfonso VII murió bajo una encina del Puerto de la Fresneda, cuando regresaba de la expedición que había

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intentado, sin éxito, llevar socorro a Almería, atacada por los almohades. En estas circunstancias el único poder almorávide que se mantenía firme en la Península era el de Ibn Mardanis, señor de Valencia y Murcia. En 1159 Ibn Mardanis atacó y tomó Jaén, Baeza y Úbeda y sitió Córdoba. Un intento almohade de recuperar Jaén fracasará en 1162. Sin embargo, tres años más tarde los almohades consiguieron recuperar Andújar. Ibn Mardanis los hostigaba, a veces con ayuda de los cristia­ nos, desde posiciones fronterizas como Vilches, pero no pudo evitar que a la postre se adueñasen se Jaén, Úbeda, Baeza, Que­sada y Vilches ni que penetraran en Castilla, y llegando en sus correrías hasta la línea del Tajo. La obra de Alfonso VII se desmoronó a su muerte. Restablecida su tradicional situación fronteriza, la tierra de Jaén fue víctima frecuente de las algazúas del rey de Castilla o de los freires calatravos establecidos en La Mancha. Los calatravos atacaron tierras jiennenses en 1169, 1176, 1185 y 1192; el rey, Alfonso VIII, hizo lo propio en 1194. A esta presión fronteriza respondieron los almohades con un ejército que derrotó al castellano en Alarcos (18 de julio de 1195). Después de Alarcos se establecieron treguas entre los almohades y Castilla. Los cristianos rompieron estas treguas en 1209 al atacar Jaén y Baeza (Alfonso VIII) y Andújar (los cala­travos), ataques que se repitieron en 1211. El nuevo enfrentamiento, en batalla campal, para el que los dos bandos venían preparándose, se produjo el 16 de junio de 1212 en las Navas de Tolosa, donde un poderoso ejército almohade fue derrotado. A consecuencia de este descalabro, las defensas almohades se derrumbaron y el pánico cundió por la frontera. En pocos días los victoriosos cristianos tomaron las fortalezas de Ferral, Tolosa, Vilches y Baños de la Encina. Los almohades sólo lograron recuperar Baños. Al año siguiente Alfonso VIII sitió Baeza durante algunos meses, pero la escasez de víveres lo obligó a levantar el sitio, pactando treguas (1214). Siguieron unos años de paz y malas cosechas. En 1222 un diploma informa que los dominios del rey de Castilla se extendían de Santander a Vilches.

Esta era la posición más avanzada de la frontera castellana cuando empieza el periodo objeto de nuestro estudio.

Toponimia y fortificación hasta 1224. En este apartado intentaremos localizar e identificar los topónimos referidos a plazas fuertes y fortificaciones que han aparecido en el periodo 711-1224. Seguiremos un orden alfabético con las normales excepcio­nes que la consignación de topónimos árabes requieran. ALCAUDETE (al-Qabdáq, al-Qibdáq), es la fortaleza donde se sublevó el muladí ibn Mastana. Allí fue atacado por una expedición emiral en 894. ANDÚJAR (Hisn Andùyar). Fue un iqlim o distrito de la cora de Jaén y una ciudad. En 888 el gobernador (ámil) de Jaén reconstruyó, fortificó y repobló este castillo. En 1146 se fortificó en ella el rebelde Abù Yáfar y el almorávide Yahya ibn Gániya lo sitió durante un mes. En 1155 fue conquistada por Alfonso VII; once años más tarde los almohades la recuperaron. En 1209 y 1211 fue atacada por los calatravos. ARBÙNA o ARYÙNA (Qa`lat). En 888 el gobernador (ámil) de Jaén la reconstruyó y fortificó. Al-Muqaddasí (siglo X) la incluye, posiblemente por error, entre las rustáq (=iqlím, distritos de al-Muqaddasí) de Córdoba. AL-AS`T (Qal`at), fortaleza no identificada que cita Ibn Idárí como uno de los castillos que levantó el general cordobés ibn Abi Ábda contra el rebelde ibn Hudayl. En 896 una expedición cordobesa pasó por este castillo. BAGTAWÍRA (o BAJTAWÍRA) (Hisn). En 896 una expedición cordobesa pasa por este castillo perteneciente a Huraya ibn Habil. En 913 Mundir ibn Hurayz, señor del castillo, se acoge al aman de Abd al-Rahman III. Se ha situado al S.O. de Tiscar, cerca de Cabra de Santo Cristo, a nuestro juicio, sin suficiente fundamento. BAILÉN. Lugar y castillo que Alfonso VII dio en 1156 a Abdelazis de Baeza.


Moros , Cristianos y Castillos en el Alto Guadalquivir

BASTRA (Hisn). Ibn `Abd al-Ala fue expulsado en 913 por Abd al-Rahman III (campaña de Muntilùn) según unas fuentes de Basíra, según otras de al-Sárrat. Para Aguirre se trata de la misma fortaleza y por el contexto deducía que estaba en la cora de Jaén. BAYÍY (Hisn). Ballvé Bermejo la sitúa en Mata Bejid. Aguirre Sádaba lo identifica con el Bexixar de la Crónica General a partir del itinerario que ésta fija para las huestes de Fernando III camino de Granada. Es cortijada a unos cinco kilómetros de Cambil. La vemos señalada en el M.M.E. Torres 55.1.72.1, y un castillo enclavado en la misma finca y situado en M.M.E. Torres 55.1.73.4., pero el Matabejid de las fuentes anteriores al siglo XIII corresponde seguramente a Torres 54.3.71.1. BAYYARÁ (¿Lopera?). Lévi-Provençal la identifica con Montoro, antigua Epora. Vallvé se inclina por Lopera. BAYYASÁ (Madinat). Es Baeza. Nos la menciona, rodeada de sólida muralla, al-Muqaddasí. En 896 era leal a Córdoba, pero hacia 910 andaba sublevada y la ocuparon tropas omeyas. Era en el siglo X una ciudad importante. Durante el siglo XI fue disputada por los reinos de Granada, Sevilla y Almería. En 1159 la conquista ibn Mardanis, señor almorávide de Valencia y Murcia. En 1209 es atacada por Alfonso VIII. Después de la batalla de las Navas de Tolosa (1212) fue arrasada, pero seguramente sus murallas y defensas no sufrieron daños tan importantes como declaran las crónicas cristianas, puesto que Alfonso VIII tuvo que volver a sitiarla al año siguiente. BULKÙNA (Hisn). Al-Muqaddasí, siglo X, cita Bulkúna (Porcuna) entre los distritos de Córdoba. FUNTAYÁLA (Hisn). Castillo cercano a Montilùn que fue tomado a los rebeldes en 911. Aguirre lo identifica con Fuensanta de Martos (Funtayála = fuentecilla). Estaba cerca de Montilùn. En 911 el emir la arrebató a los rebeldes. FURNUS (Hisn). Identificada con Hornos por Vallvé y Aguirre Sádaba. AL-HAMMA (Bury). Castillo construido en 968 en Baños de la Encina. Hernández Jiménez lo identifica con el Bur-

galimar de las crónicas cristianas. Vallvé acepta esta identificación, así como Aguirre Sádaba. La rechaza, con argumentos plausibles, Corchado Soriano. Al problema de la identificación de Burgalimar nos referiremos al hablar del castillo de Baños. Alfonso VII entregó Baños a Abdelazis de Baeza en 1155. Los almohades lo perdieron en 1212, después de la batalla de las Navas de Tolosa, pero lo recuperaron aquel mismo año. LINARES. En 1155 Alfonso VII dio este castillo a Suero Díaz. Aunque sólo quedan escasos vestigios de esta antigua fortaleza, la documentación permite reconstruirla fielmente para ilustrar un importante capítulo del desarrollo de la arquitectura militar en Occidente. MARGITA (Hisn). Una de las fortalezas dominadas por los hermanos Banu Habil que fueron sometidas en 913. AL-MATMAR. En 1076 el rey zirí de Granada entrega Castro a cambio de esta fortaleza que algunos identifican con Bedmar. Otros piensan que Bedmar correspondería, más bien, a al-Manzar. AL-MUNTILÙN (Hisn). Castillo cercano al monte Yarisá. Según Aguirre estaba en la zona de los Villares y Fuensanta de Martos; Alemany Bolufer lo localiza en la Sierra de Cazorla; F. J. Simonet opina que se trata del castillo de Montizón, al sur de la actual provincia de Ciudad Real; E. Lévi-Provençal lo sitúa cerca de Martos; E. Fagnan y otros creen que estaba en la zona de Iznajar y Luque; J. Vallvé Bermejo lo relaciona con el Arroyo de Montejón, junto al castillo de Mancha Real, cerca del Guadalbullón; E. Teres Sádaba lo relaciona con el prado de Monterón, cerca de los Villares. A nuestro juicio podrían corresponder a este castillo unas ruinas apenas visibles en la zona de Los Pretolos Altos, no lejos de la an­tigua carretera que va de Martos a los Villares y del arroyo de Rioeliche. El castillo tendría fácil defensa, en posición muy estratégica para el control de los caminos próximos a Jaén y Martos y, además, se nutriría de la hermosa vega de Santa Ana. Abona nuestra atribución el hecho de que el monte vecino, que en los mapas modernos aparece como El Toscón (972 m. de altitud), sea conocido por

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los campesinos como Jarica, que a nosotros nos parece una derivación de Yarisa en cuyas cercanías sitúan Montilun las fuentes musulmanas. En la falda de este monte se localizan otras ruinas a las que nos referiremos más adelante. El topónimo se repite diez kilómetros al sur en un arroyo de la Jarica. La definitiva identificación y estudio de los restos de Montilun es empresa muy atractiva puesto que esta fortaleza fue bastante importante durante la rebelión mula­dí. Ya hemos visto que el bereber al-Hatrulí se apoderó de Jaén y se asoció a ibn Hudayl, señor de Montilun, que resistiría hasta 913 y extendería sus dominios por el iqlim de Martos. El castillo resistió sucesivos ataques de Córdoba en 911 y 912, y sólo sucumbió al definitivo empuje de la campaña de 913 que justamente se denomina “de Montilùn” (en otras transcripciones, “Monteleón”). MÙRÍNA (Hisn). Vallvé lo relaciona con la Cañada de la More­ na, a seis kilómetros de Jódar. Fue una de las fortalezas que ocupó al-Saliya. No hemos encontrado sus ruinas pero la ausencia de restos no contradice la posible existencia de una fortificación que bien pudo ser de tierra o madera. NIMS (= Ninches). Era un distrito de Jaén en el siglo XI, correspondiente a Ninches hoy en el partido de Baeza. A veces lo confunden con Tus por mala lectura de una grafía dudosa. AL-QÁDI (Bury). Fortificación todavía sin identificar. AL-QAL`A (Hisn). Corresponde a La Guardia, según Vallvé: No nos parece muy aventurado identificar esta fortaleza con la capital del distrito y con la actual La Guardia. El muladí al-`Uqaylí reconstruyó este castillo. QAL`AT. Esta fortaleza, identificable en la actual Alcalá la Real, recibió diversas denominaciones: Qal`at Yahsib, nombre que procede de los árabes yemeníes de Yashib, establecidos en el siglo VIII; Qal`at Astalír, debido a una fuente, debió ser el nombre primitivo de la ciudad; Qalát Baní Saíd, a partir del siglo XII, por ser señorío de los Bani Saíd (Alcalá de Ben Zaide en papeles cristianos).

Los dos primeros nombres se usaron indistintamente hasta el siglo XII. QÁMART YAYS (Hisn). Citado en 896. Se trata de un castillo no identificado a orillas del Guadalbullón. Aguirre propone su localización entre Mengíbar y Fuerte del Rey, en el cerro Camarero. QANBÍL. Corresponde a Cambil. Se cita por vez primera en el si­glo XII en que Ibn Qatan al-`Uqaylí se queja de sus vecinos de Hisn al-Hawá`ir (Alhabar) por la medianería de una fuente cercana. Es extraño que algunas expediciones de Fernando III pasen asolando la tierra por las cercanías de estos castillos y los respeten, pues de otro modo los mencionarían las crónicas cristianas. Quizá quepa atribuir esta anomalía al hecho de que el esfuerzo requerido por la expugnación de estas altísimas peñas era desproporcionado a la magra ganan­cia que podía esperarse de ellas. QARSÍS. Vallvé y Aguirre la identifican con Garcíez, cerca de Mancha Real. QASTALÙNA. Es Cazlona, la antigua Cástulo. Actualmente conserva su emplazamiento el molino y casa de Caldona a 200 metros del Vado de los Carros, junto a la confluencia del Guadalimar y el arroyo de Lupión, vado que se llamó en época musulmana Majádat al-fath. Hacia 788 Abd al-Rahman I derrotó al rebelde abùl-Aswad en la llamada campaña de Caz­lona, junto al Guadalimar. Esta fue una de las fortalezas que ocupó al-Saliya en la sierra de Sumuntan, entre Linares y el Guadalquivir, según Levi-Provençal. QASTALLA (Hisn). Aguirre lo identifica con Cazalilla. QÁSTRUH. Para Lévi-Provençal es Castro del Río, a noventa kilómetros de Jaén; para Vallvé Bermejo se trata de un castillo entre Los Villares y Martos. Menciona el cruce de Castro, término de los Villares, y las Peñas de Castro; Sánchez Martínez se refiere a la etimología de Jabalcuz (Yabal al-qust), situado entre Qástruh y Mártus, lo que confirma la cer­canía de las Peñas de Castro. Para Aguirre tal vez pudie­ra tratarse de Qasturra (¿Cazorla?). A nuestro juicio este castillo es identificable con las ruinas


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que señorean las alturas de las Peñas de Cas­tro, tres kilómetros al sur de Jaén, de las que hablaremos en los capítulos siguientes. En el periodo que ahora nos ocupa, Castro se relaciona siempre con Jaén. En 1060 el gobernador zirí de Jaén se sublevó y sólo dominaba las fortalezas adyacentes de Martos y Castro. En 1076 Alfonso VI exigió de Granada la entrega de Castro y Martos. QAYSÁTA. Es Quesada, conquistada en 1171 por los almohades. QUTRUS. Vallvé la identifica con Cuadros, cerca de Bedmar. SABIYÚTO (Hisn). Es Sabiote. La primera noticia de fuentes musulmanas data del siglo XII. SANDULA. Es el río Jándula. SANT ISTÍBAN (SANT ASTABÍN). Es Santisteban del Puerto, una de las fortalezas que dominaban los hermanos Banu Habil durante la rebelión muladí. SAQÚRA. Es Segura de la Sierra. SAWDAR (o SÚDAR). Es Jódar, castillo en el que se sublevó, hacia 889, Jayr ibn Sákir, que sería traicionado luego por ibn Hafsún. AL-SIKKA. Puede ser el lugar denominado Acequia Alta, cerca de la torre de Abril, en Alcalá la Real. SÍLIS. Es Siles, en el partido de Orcera. SUSÁNA o SASÁNA. Otra fortaleza de controvertida localización. Normalmente localizada en las cercanías de Valdepeñas de Jaén. Hemos encontrado sus ruinas en el peñón de Susana, a la orilla del río Grande-Víboras-Susana. TOLOSA. Es uno de los castillos almohades que los cristianos tomaron después de la batalla de las Navas. Está a tres kilómetros de la Carolina, hacia el Norte. TUS o TUSS (Hisn). Tus es Martos, la Tucci romana. En el si­glo IX era también un iqlim. En 913 ibn Hudayl, señor de Muntilun, extendería sus dominios por lugares próximos incluyen­do este iqlim. Hacia 889 el rebelde Fihr ibn Asad, del castillo de Tuss, fue crucificado en Córdoba. En 1060 el gobernador zirí de Jaén se sublevó y dominó Martos. El 1076 Alfonso VI de Cas­tilla exigió a Granada la entrega de Castro y Martos.

UBBADA. Es Úbeda, fundada durante el reinado de Abd alRahman II. La tomó ibn Mardanis, señor almorávide de Valencia y Murcia, en 1154. AL-`UQBIN. Castillo de Locubín. VILCHES. En 1170 los almorávides hostigaban a los almohades desde esta fortaleza. Dos años más tarde estaba en poder de los almohades. Desde 1212, después de la batalla de las Navas de Tolosa, fue la plaza fuerte castellana que defendía los pasos de Sierra Morena. WÁDÍ `ABD ALLÁH. Es el río Guadaudalla o Guadalbullón. WALMA. Es Huelma. YABAL KÙR o YABAL AL-QUST. Es Jabalcuz. YABAL SUMUNTÁN. Es una región de Jaén en la Sierra de Bedmar, cer­ca de Jódar. Lévi-Provençal la localiza entre Linares y el Guadalquivir; para Aguirre se trata de Sierra Mágina o su pie, que se extiende por el norte hacia el Guadalquivir, por el oeste hacia la Sierra de Pandera y por el este hacia el Guadiana Menor. Limitaba al sur con la cora de Elvira. YARISA (Hisn). Vallvé traduce por “Castillo de Jerez”, aunque lo si­túa en Jaén. Señala un camino de Jerez junto a los Baños de Ja­balcuz y el cortijo de Jerez en término de Villargordo, muy cerca del Guadalquivir; Aguirre identifica Madinat Yarisa con Jerez del Marquesado, cerca de Guadix; otro Hisn Yarisa, fuera de la cora de Jaén. El de Jaén estaría situado entre los Villa­res, Fuensanta de Martos y Valdepeñas de Jaén. A nuestro juicio, las ruinas de Yarisa podrían corresponder a los restos de construcciones de la falda de la Pata de Caballo (1112), frente al Toscón, llamado por los cam­pesinos “Jarica”, a unos tres kilómetros al sureste de Jamilena. El antiguo acceso a estas ruinas es un veredón recibe el sugestivo nombre de Camino del Moro. A trechos se observan labores de realzado y empedrado inequívocamente medievales. Este carril es todavía, en su trecho más bajo, el camino utilizado por los campesinos para ir a la carretera Mar­tos-Los Villares. Un ramal secundario se denomina Camino de la Sierra de la Grana;

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otro, camino de la Dehesa. Un tramo remonta el cauce del Arroyo de Las Lanchas. En este sector existen restos de diversas edificaciones antiguas, quizá alquerías, que testimonían una población medieval importante. Se observan también trabajos antiguos de minería de metales y de agua. YAYYÁN. Es Jaén. En los primeros siglos de la dominación musul­mana parece que esta palabra designaba una región que tal vez podría corresponder a la Ossigitania de Plinio, según Vallvé. La ciudad de Jaén sufrió diversos avatares: en 1148 fue conquis­tada por los almohades; once años más tarde la recuperó el gobernador almorávide de Valencia y Murcia. En 1162 fracasó un intento almohade de conquistarla. Alfonso VIII la atacó en 1209 y 1211.

ZUMEL. Es un castillejo y cerro a tres kilómetros al sur de Jaén, frente a las Peñas de Castro. Para Vallvé podría haber recibido su nombre de al-Sumayl al-Kalbi, el jefe del yund de Quinnasrín, establecido en tierras de Jaén después de la conquista.


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Capítulo 10

LA MARCA BERÉBER En este capítulo estudiaremos las fortifi­caciones beréberes, almorávides y almohades, en el reino de Jaén cuando, entre 1090 y 1220, el viento africa­no sopló deshojando las rosas principescas del andaluz, por decirlo con la encendida metáfora de Chueca Goitia.

Antecedentes históricos. El califato se disgregó hacia 1031, originando los denominados reinos de Taifas, un mosaico de pequeños y débiles estados de imprecisas fronteras. Pa­ralelamente los reinos cristianos del Norte cre­cieron demográfica y económicamente, con lo que la supremacía militar que hasta entonces se había mantenido del lado musulmán, basculó decididamente hacia el lado cristiano, particularmente después de la toma de Toledo por Castilla en 1085. Los reyes de taifas se convirtieron en tributarios de sus poderosos vecinos cristianos que, en adelante, pensarían más en la explotación de la economía musulmana que en el desarrollo de un sistema económico en las tierras del norte. La situación en el Magreb no difería mucho de la de al-Andalus: divisiones tribales, atomización del poder y frecuentes rencillas internas. Así estaban las cosas cuando una nueva federación de tribus beréberes, los almorávides, se apoderó del norte de África. Para 1074 el imperio almorávide se extendía por ex-

tensas regiones integradas por distintas tribus y etnias que, no obstante, se sentían firmemente unidas en torno a un ideal re­ligioso. Uno de los reyes de taifas de al-Andalus, al Mu’tamid de Sevilla, exasperado por las continuas exigencias de Castilla, pidió ayuda a los almorávides. Estos cruzaron el Estrecho en 1086 y derrotaron a Castilla en Sagrajas (Zalláqah), pero en lugar de explotar la victoria, regresaron a África. Fue por poco tiempo puesto que, en 1090, los teólogos malequíes de al-Andalus, que constituían una poderosa facción política, ofrecieron el territorio andalusí a los almorávides, brindándoles el apoyo de las fanatizadas clases bajas que veían con simpatía la ruina de las cortes taifas. Durante cuarenta y cinco años al-Andalus sería una provincia almorávide, gobernada desde Marraquex. En 1125 Alfonso I de Aragón realizó una espolonada que cruzó Lérida, Valencia, Denia, Játiva, Murcia y Granada, revelando la debilidad de las defensas de al-Andalus. No es casual que este mismo año los almorávides instituyan un impuesto especial, ta’tib, para la construcción de obras defensivas y que se emprenda la construcción de recintos murados en Córdoba, Sevilla y otras ciudades importantes. Al peligro externo, representado por los reinos cristianos, había que añadir las sublevacio­nes populares y el nacimiento de una nueva secta religiosa beréber, los almohades, que comenzaba a sacudir los cimientos del imperio.

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Los almohades. En 1147, el caudillo almohade ‘Abd al-Mu’min tomó Marraquex y suplantó a los almorávides en el norte de África. Al-Andalus se fragmentó nuevamente en un mosaico de taifas regentadas por los goberna­dores locales, y otra vez los cristianos, especialmente Alfonso VII de Castilla, atacaron la fértil provincia musulmana aprovechando su indefensión. Los cristianos, alentados por el Papa, tomaron Calatrava, Baeza, Úbeda y Almería (1147), Tortosa (1l48), Lérida (1149), Andújar, Santa Eufemia y Pedroche (1155). Abd al-Mu’min no pudo hacer nada por detener el desmoronamiento de al-Andalus. La situación de otros puntos del antiguo imperio almorávide en África requería su más urgente, aten­ción: tribus rebeldes en el sur, conquistas normandas en la zona de Trípoli y Túnez, y revueltas en el propio Marraquex. Con todo, y a pesar de la resistencia de la población andalusí, un precario poder almohade fue afianzándose en algunas ciuda­des importantes de al-Andalus: Sevilla (1147), Jaén (1148), Cór­doba (1149), Granada (1151), Málaga (1153). Los almohades lograron contener al rey de Castilla. Alfonso VII en su deseo de ampliar sus conquistas antes de que el nuevo imperio beréber pu­diese organizar la defensa de alAndalus, asedió Córdoba en 1150 y Jaén en 1151, 1152 y 1153. La situación de los almohades en al-Andalus mejoró en 1157 con la toma de Almería y el des­concierto y vacío de poder que produjo la inesperada muerte de Al­fonso VII en Castilla. En este mismo año se desmoronó el frágil dispositivo cristiano al sur de Sierra Morena y volvieron a manos almohades Baeza, Úbeda y Andújar. A pesar de estos éxitos parciales, los almohades continuaban en situación precaria. Los rebeldes ibn Mardanish y su suegro ibn Ha­mushk tomaron Jaén, Baeza y Úbeda (1158), para el partido almorávide; luego atacaron Córdoba y Sevilla y tomaron Carmona (1160) y Granada (1161). El califa ‘Abd al-Mu’min se trasladó a al-Andalus para contener el desastre, pero su inesperada muerte en 1163 aplazó estos planes para su hijo y sucesor Yusuf I (1163-1184), sin duda el más gran-

de estadista almohade, que sometió a los rebeldes, recuperó Granada (1162), Andújar (1165), Quesada (1171) y Vilches (1172) y fortificó al-Andalus. Yusuf I amuralló las principales ciudades de al-Andalus y construyó una red de castillos en sus fronteras. Sabía de sobra que la principal debilidad del imperio almoha­de radicaba en su excesiva extensión territorial y en la heterogeneidad de los pueblos que lo habitaban, unidos tan sólo por un efímero ideal religioso. Continuamente había que estar llevando fuerzas de un confín a otro del imperio para sofocar las intermitentes rebeliones o agresio­nes exteriores. En estas circunstancias el úni­co modo de asegurar un tanto las fronteras andalusíes frente a los ataques cristianos era fortificándolas y estableciendo verda­deras marcas militares en ellas. Por este motivo, hacia 1169, el califa almohade ordenó construir una serie de recintos murados y castillos. En Extremadura, los recintos de Badajoz y Cáceres y los castillos de Reina y Montemolín; en Jaén, el recinto murado de Andújar, las obras almohades de los de Arjona, Jaén, Baeza y Hornos, y la obra almohade de los castillos de Ferral, Tolosa, Estiviel-Las Huelgas. Entre 1184 y 1189 el nuevo califa almohade, Abu Yusuf Yacub, anduvo ocupado en sofocar las rebeliones de sus dominios africanos y Alfonso VIII de Cas­tilla aprovechó esta circunstancia para continuar los proyectos expansionistas de su padre iniciados con la toma de Cuenca (1177). Los freires calatravos lanzaron expediciones de saqueo sobre al-Andalus en 1169, 1170, 1185 y 1192, y el propio rey comandó otras en 1182 y 1194. Estos estragos provocaron al fin la airada reacción almohade: Abu Yusuf Yacub cruzó el Estrecho con un ejér­cito y derrotó a Alfonso VIII en Alarcos (18 julio 1195). Después de esta derrota, los almohades ocuparon Calatrava (1195), Montanchez y Trujillo (1197) y los cristianos Salvatierra (1198). Los problemas internos de los almohades y de Castilla aconsejaron la aceptación de unas treguas que se mantuvieron más o menos precariamente has­ta 1211 y sirvieron a los cristianos para preparar cuidadosa­mente el desquite de Alarcos y el golpe decisivo sobre el poder almohade que asestarían en la batalla de las Navas de Tolosa (1212).


Moros , Cristianos y Castillos en el Alto Guadalquivir

Estrategia defensiva almohade. Para los imperios beréberes norteafricanos, la defensa de A1-Andalus constituyó siempre un problema. Los caudillos beréberes procedentes del desierto africano y todavía organizados en tribus desconfiaban de los andalusíes más refinados que ellos y habitantes de ciudades. A estos problemas había que sumar la creciente agresividad de los reinos cristianos espolea­dos por el crecimiento económico y por los ideales de Cruzada. Los almorávides habían procurado fortificar las fronteras y amurallar las ciudades andalu­síes. A par­tir de 1125, tras la imposición del ta´tib almorávide, vimos cómo se cercaron Córdoba, Sevilla y otras ciudades importantes de alAndalus, incluso con preferencia sobre la capital del imperio (las murallas de Marraquex datan de 1132). En la época de taifas que sucedió al desmembramiento del po­der almorávide, Alfonso VII de Castilla conquistó fácilmente Baeza, Úbeda, Almería y Andújar, pero fracasó frente a Córdoba y Jaén que estaban bien encastilladas. Era evidente que el futuro del imperio dependía de sus defensas. Por eso Yusuf I aprovechó un periodo de relativa calma para em­prender un ambicioso programa de fortificación que completara el almorávide. Las fronteras al­mohades avanzaban aproximadamente hasta la línea del Tajo, una zona que había sufrido frecuentes invasiones debido a su condición fronteriza con Portugal, León y Castilla. Constituía además un camino natural de invasión hacia el fértil Bajo Guadalquivir y Sevilla a través del valle del Guadiana. Para defender esta región fortificó Yusuf I las ciudades más importantes y construyó castillos. Más hacia el Este se encontraba el tradicional camino de Córdoba a Toledo a través del valle de los Pedroches y el puerto Calatraveño. Esta línea estaba defendida por los castillos de Vacar, Pedroche y Santa Eufemia; y por otro que ha dejado imponen­tes ruinas en el término de Torrecampo. La defensa del valle del Guadalqui­vir constituía un problema debido a la gran cantidad de portillos naturales existentes en Sierra Morena. En el siglo XIII la principal al-

ternativa del camino de los Pedroches, al norte de la actual provincia de Córdoba, la constituían los pasos del Muradal, en la provincia de Jaén. En este camino existían ya algunas fortificaciones de época califal (Tolosa, Baños), pero los beréberes reforzaron la línea añadiendo Ferral, en los confines de Sierra Morena, y mejorando Tolosa, algo más hacia el Sur que, junto con el mencio­nado castillo de Baños y quizá el otro de Bailén, conformaba una bien trabada cadena de guarniciones que jalonaban el itinerario previsible del invasor. Es­ta línea llegaba al Guadalquivir, en busca de la antigua calzada romana, a la altura de Andújar o, desviándose ligeramente hacia Jaén, por Estiviel-Las Huelgas. En Andújar construyeron los almoha­des una espléndida cerca comparable a las de Cáceres o Badajoz, que figuran entre sus más ambiciosos proyectos en la Península. Una de las etapas constructivas observables en el inte­resante castillo de Estiviel-Las Huelgas corresponde también a esta época, lo que prueba que esta posición tuvo también su función estratégica en el dispositivo almohade. Otro posible camino alternativo que partía del Muradal pasaba por Vilches, atravesaba la zona de confluencia de los ríos Guadalén y Guadalimar y llegaba a las grandes poblaciones de Úbeda y Baeza, cuyas murallas reforzaron los almohades. Este contaba con el centinela avanzado del castillo de Giribaile. Finalmente, otros posibles pasos a través de Sierra Morena, quedaron cubier­tos por Torre Alver, castillo estratégico de función similar a la de Ferral, y por Santisteban, verdadera plaza fuerte fronteriza, espléndidamente situada sobre la antigua ruta de Levante, donde los almorávides aprovecharon las defensas de un oppidum prehistórico. La previsión fortificadora beréber alcanzó incluso a comarcas no inmediatamente amenazados por Castilla como la Sierra de Segura. La espléndida puerta acodada de las murallas de Hornos, que bordeaba el escarpe de un cerro, testigo en el corazón de la Sierra de Segura que testimonia este esfuerzo. El caso de la fortificación de Hornos, en la boca del estrecho valle que forman, como una chimenea, las sierras de Cazorla por una parte, y de Segura y el Pozo por otra,

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demuestra que los beréberes no descuidaron ni siquiera este difícil acceso a la cabe­cera del Guadalquivir que, en cualquier caso, siempre hubiese resultado problemático para un invasor procedente del norte. En la retaguardia de toda esta región se encuentra Jaén, posición esencial para el dominio del valle del Guadalquivir. Ya estaba espléndidamente fortificada, pero los almohades consolidaron y aumentaron sus defensas. Entre Andújar y Jaén, en el centro de las comunicaciones que unían los principales núcleos de esta fértil región de la campiña, estaba la antigua población de Arjona, cuyas defensas se completaron en época almohade. Obras parecidas, de mayor o menor magnitud, se emprendieron para proteger otros núcleos de población importantes como Porcuna. Las construcciones beréberes que estudiamos estaban primor­dialmente dedicadas a la prevención y defensa frente a los posi­bles ataques cristianos. Sin embargo no era ésta su única fun­ción. También servían para controlar una población desafecta a los almohades y separada de ellos por insalvables diferencias culturales y raciales. Algún historiador ha sugerido que el imperio almohade fue, ante todo, un estado militar organizado de modo que sólo necesitaba un mínimo grado de consentimiento por parte de los gobernados. Es evidente que los beréberes tenían que ejercer algún tipo de control policial sobre los andalusíes. Probablemente los numerosos fortines cuadrangulares que construyeron no eran más que albergues de pequeñas guarniciones que vigilaban a la población indígena y controlaban las principales rutas, aparte de servir como centros de postas y recaudación. Es otro préstamo del modelo romano-bizantino que parece inspirar la construcción de las marcas militares beréberes que, en cualquier caso, ya contaban con ciertos precedentes islámicos en posadas camineras (manhal) y ventas (manzil). Entre estos fuertes cabe mencionar los de Aragonesa, Marmolejo, Fuerte del Rey, Aldehuela y Cotrufes, todos en territorio jiennense.

Problemas de identificación de las obras beréberes. Las técnicas constructivas almorávides difieren muy poco de las almohades. En realidad unos y otros beben de la tradición romano-bizantina (la del Magreb y la aportada por arquitectos venidos de Oriente). La obra beréber de los castillos de Ferral, Tolosa, Estiviel o Giribaile y Bedmar, lo mismo podría ser almorávide que almohade y lo único que podemos asegurar, ba­sándonos en razones geoestratégicas, es que los almohades utilizaron estas fortalezas y que, de no haber existido previa­mente, las hubiesen tenido que construir. En el caso de Giribaile, razones exclusivamente estratégicas relacionadas con la modificación de la frontera nos permiten atri­buir a los almohades una obra beréber. En otros casos la obra ori­ginal almorávide se completó y mejoró en época almohade. Existen ciertas innovaciones arquitectónicas típicamente almohades: las puertas en recodo (Arjona, Hornos); los bastiones octogonales en los salientes de las cercas (An­ dújar, Arjona, Jaén, quizá Baeza); o las corachas (Andújar, Arjona, Santisteban). En Jaén, la plaza fuerte más importante de la región, los almorávides ampliaron el castillo y construyeron un nuevo cinturón defensivo, más amplio, que después mejorarían los almohades. En cualquier caso no conviene exagerar las ac­tividad fortificadora de los almorávides en Jaén porque en su tiempo la frontera quedaba todavía lejos de Sierra Morena, y la fortificación de los nú­cleos urbanos más importantes del imperio (Sevilla, Niebla, Córdoba, Marraquex), era prioritaria.

5. LAS DEFENSAS BERÉBERES DE JAÉN. Las primeras fortificaciones de Jaén datan de época prerroma­na y romana, pero sus restos son tan exiguos que apenas nos per­miten formarnos una idea sobre sus características y magnitud. En el cerro de Santa Catalina se estableció un núcleo fortificado que aprovechó la feliz concurrencia de lugar alto provis­to de agua abundante (el famoso manantial de la Magdalena) y rodeado de fértiles campos.


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En 743 emigraron a la Península una serie de tribus guerreras de procedencia Siria que se establecieron sobre el modelo de la mar­ca feudal o yund, originario de su tierra. En territorio de Jaén se estableció el yund de Qinnasrín, probable origen del topónimo Canena. El valor estratégico de la región jiennense se revalida continuamente a lo largo de la Edad Media. Cuando los hijos de Abd al-Rahman I (788) contienden por el trono, uno de ellos, Sulayman, resulta derrotado precisamente en tierras de Jaén. En la campaña de 863 contra los reinos cristianos Jaén aportó dos mil doscientos jinetes. La crónica Alfonsí registra la primera mención explíci­ta del castillo de Jaén: en 867 Ornar Abenhabzon, uno de los mas altos omnes de Cordoua, alçose contral rey Abdalla y, fracasado su plan, alçose otra vez, et fuesse por a Jahen, et mato al sennor del castiello et apoderose del. Desi fue otrossi a los otros castiellos de y de la tierra, et mato por aquella misma manera todos los sennores dellos. Las primeras incursiones del rebelde muladí ibn Hafsun, hacia 881, apuntan ya a Jaén. Siete años más tarde un beréber llamado al-Mallahí, asesina al gobernador y se adueña de la plaza. La ciudad se mantiene en rebeldía frente a Córdoba hasta 903 en que el poder de ibn Hafsun se debilita. La rebelión contra Córdoba en 1010 supone el sometimiento del distrito de Jaén a la nueva influencia beréber y el recono­cimiento de la soberanía de Sulayman al-Musta´in. En la subsiguiente repartición del territorio, los Banu Ifran recibieron Jaén y sus dominios. Al-Murtada, el pretendiente omeya, fue asesinado en Jaén (1018), cuando parecía inevitable su enfrentamiento con el rey de Córdoba, ‘Ali ben Hammud. El territorio de Jaén fue otorgado en feudo al ‘amiri Zuhayr, junto con Baeza y Calatrava. No sabemos en que fuentes se basa Cazabán para afirmar que Jaén fue asolada por los castellanos en 1125, cercada en 1130, ganada por don Alfonso en 1135 y arrebatada por los almohades a los almorávides en 1148. La primera intervención militar castellana contra Jaén parece que se produce en 1151. El 11 de julio Alfonso VII

estaba en el cerco de Jaén y para el 6 de octubre ya había regresado a Toledo. Al año siguiente lo intentó de nuevo: antes del 7 de mar­zo tenía cercada a Jaén y mantuvo el asedio hasta después del 28 de abril de 1153. Mayor éxito tuvo el gobernador almorávide ibn Mardanis que obtuvo Jaén en 1159 y se la entregó, junto con Úbeda y Baeza, a su suegro y aliado ibn Hamusk.

5.1. La conquista de Jaén. No es este el lugar ni la ocasión de acometer una narración coherente de los acontecimientos que condujeron a la conquista de Jaén, empresa que ya han culminado satisfactoriamente Ballesteros y Julio González. En nuestra exposición nos limitaremos a anotar los aspectos estratégicos y castellológicos de los asedios de Jaén por Fernando III. El más fuerte obstáculo que se opone a la expansión castellana por el territorio de Andalucía es la fortaleza de Jaén, la plaza más fuerte y más importante del rey de Granada (Alhamar, desde 1238). El dominio de la ciudad de Jaén, clave de la conquista de Andalucía, era indispensable para abordar con de éxito cualquier penetración duradera por el Bajo Guadalquivir. Cuando Fernando III se planteó la conquista de esta región, tuvo en cuenta la desafortunada experiencia de Alfonso VII, que al­ gunos años antes había fracasado en sus repetidos intentos de hacerse con la plaza. Esta circunstancia, unida a su mal asentado dominio de otras posiciones en el Alto Guadalquivir, había dado al traste con todo su empresa andaluza, incluyendo la ambiciosa conquista de Almería. Este valor estratégico, que el descenso de la frontera a la vertiente sur de Sierra Morena acrecentaba, había sido ya comprendido de antiguo por los musulmanes quienes dotaron a la pla­za de espléndidas fortificaciones. Diversos cronistas e histo­riadores nos transmiten las excelencias de las defensas de Jaén: Jahan es villa real el de grant pueblo et bien enfortalesçida et bien escastellada de muy fuerte et de muy tendida çerca et bien asentada et de muchas et muy fuertes torres, et de muchas et buenas aguas dentro de la villa, et abondada

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de todos abon­damientos que a noble et a rica villa convien aver. Et fue siempre villa de muy grant guerra et muy reçelada, et donde venie siempre mucho danno a cristianos et quantos enpeesçemientos avien a ser; mas desque ella en poder de los cristianos fue et entrada en el sennorio del noble rey don Fernando, fue siempre despues la frontera bien parada et segura, et los cristianos que alli eran sennores de lo que avien.

la nos transmite curiosas noticias de este asedio. A los abulenses mandolos possar el rey en una cabeza que es sobre el alcaçar, e era logar que non se podrien acorrer quando menester les fuesse los de la hueste. Esta cabeza no puede ser otra que el cerro Neveral. Otras menciones del trebuten (sic) en este asedio sugieren el respeto que causaba a los sitiadores la artillería de cuerda empleada por los sitiados.

La primera campaña de Fernando III contra Jaén fue sólo de tanteo. En 1224 atacó el territorio de Jaén partiendo de Baeza, cuyo rey musulmán era aliado de Castilla.

El último asedio de Jaén ocurrió en 1246. El rey Alhamar de Granada entregó la ciudad mediante pacto en el que, además, se declaraba vasallo de Castilla. Esto ocurrió el 28 de febrero de 1246. Es evidente que Jaén no hubiese podido resistir mucho más tiempo pues, aunque las defensas se mantenían firmes, sus campos estaban arruinados y las vituallas escaseaban. El rey de Granada dio muestras de una gran sagacidad al entregar la ciudad mediante tratado porque el Pacto de Jaén le permitió la conservación de un reino bien protegido por defensas naturales y excelentemente comunicado con África.

En 1225 Jaén sufrió nuevas devastaciones y el primer cerco por don Fernando, con fuerzas combinadas castellanas y bae­zanas de su vasallo al-Bayasi. Este fue un cerco en toda regla, con establecimiento de campamentos cristianos, salidas de los sitiados y celadas de los sitiadores. Las crónicas ofrecen curiosos detalles del asedio: la Crónica de Ávila habla de un lugar llamado “trabuquete”, lo que demuestra que en este asedio se uso artillería de cuerda. El topónimo se relaciona, indudablemente, con algún ingenio lanzador de piedras por contrapeso, en francés trebuchet. Por la crónicas conocemos que en el bando musulmán militaba un grupo de ciento sesenta mercenarios cristianos, muchos de ellos caballe­ros desnaturalizados, capitaneados por Alvar Pérez de Castro y que los sitiadores allanaron las cauas que eran fondas e furacaron las barbacanas. El objetivo de Fernando III no era todavía conquistar la plaza, sino debilitarla y probar sus defensas con vistas al asedio definitivo. A los pocos días levantó el cerco y prosiguió su cabalgada por otros lugares cercanos a Granada. Cuatro años más tarde, en 1229, Fernando III volvió sobre Jaén y arrasó sus tierras en prepara­ción de la campaña del año siguiente en la que esperaba rendir la ciudad. Jaén quedaba ahora relativamente aislada en la retaguardia de las más recien­tes conquistas cristianas: Martos, Andújar, Baeza, Jódar, Gar­cíez, Alcaudete, etc. En 1230, el 24 de junio, sitió por segunda vez Jaén con máquinas de guerra, pero se vio obligado a levantar el asedio a fina­les de septiembre para ocuparse de la sucesión del reino de León. La crónica de Ávi-

Volvamos a la Crónica de Ávila en busca de las valiosas y esclarecedoras noticias del asedio de Jaén. Este tercer sitio duró siete meses y en él se hicieron dos espolonadas o tenta­ tivas de asalto: una contra la puerta del Fonsario en la que los asaltantes expulsaron a los defensores de las barreras (o antemuro) pero no consiguieron traspasar la cerca principal. Otra fue provocada por una trampa urdida por los musulmanes. En el camino del castillo de Castro, por la Alcantarilla, siete jinetes musulmanes apresaron una recua de aprovisionamiento de los sitiadores y la introdujeron en la ciudad. Cundió la alarma en el campamento cristiano y algunos salieron a perseguir a los siete moros que seguían en el campo, pero éstos los condujeron a una celada donde los estaban esperando unos cincuenta jinetes y cien infantes moros. Se echa de ver que este tipo de incidentes era todo lo más que ocurría en el último cerco de Jaén y que el prudente Fernando III nunca intentó un asalto en regla contra la ciudad defendida por el hábil caudillo ‘Umar ibn Músa. Había decidido rendir la ciudad por hambre y seguramente lo hubiera conseguido de no cederla oportunamente Alhamar.


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5.2. Las fortificaciones de Jaén. Ocupada la ciudad, Fernando III dispuso reparar las fortificaciones en logares o era menester y, seguramente, acuciado por la urgencia de conquistar Sevilla, no se demoraría en la construcción del llamado Alcázar Nuevo, actual castillo de Santa Catalina, en un extremo de la antigua alcazaba musulmana. Tradicionalmente y sin base documental ni arqueológica alguna que lo justifique, se ha venido afirmando que Fernando III construyó el Alcázar Nuevo inmediatamente después de la conquista de la ciudad. Cuesta creer que después de firmado el Pacto de Jaén y la consiguiente tregua con Granada, Fernando III dedicase su tiempo y sus escasos recursos en construir un castillo cuando lo que le urgía era proseguir la conquista hasta el mar. El refuerzo y remodelación de las defensas de Jaén tendría más bien una fina­lidad defensiva que sólo es atribuible a

Alfonso X el Sabio. Parece, por lo tanto, más razonable considerar a este monarca como constructor del Alcázar Nuevo. Pasaría medio siglo antes de que Jaén volviera a sufrir los avatares de un cerco, cuando el rey de Granada intentó tomarla en 1295. En 1299 Mohammad II de Granada causó estragos en los arrabales de Jaén. Se ha dicho que la fortaleza tenía una guarnición de quinientos jinetes y más de diez mil peones, pero estas cifras deben ser exageradas, como casi todas las que transmiten las fuentes medievales. En 1368 los moros consiguieron tomar la ciudad, pero el alcázar resistió. El último asedio musulmán ocurrió en 1407 y fue rechazado, aunque los moros talaron la rica vega que rodeaba la ciudad. A partir de entonces, Jaén sólo padeció los cercos y contiendas propios de las guerras civiles castellanas: en 1445, ata­cada por partidarios del príncipe don Enrique rebelados contra el rey, en 1463 y en 1465.

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Por las ordenanzas del condestable Iranzo, fecha­das en 1464, sabemos que en Jaén existían dos alcaidías o jefaturas militares, una para el Alcázar Viejo (o sea, los restos de la antigua alcazaba musulma­na) y otra para el Alcázar Nuevo (el castillo edificado por Alfonso X, que es el que hoy subsiste). En la época de su entrega a Castilla, Jaén presentaba el aspecto de los grandes núcleos urbanos musulmanes: de una extensa alcazaba, que ocupaba la cima alargada del cerro del Cas­tillo, descendía, por el sur, un cinturón de murallas que rodeaba la ciudad y volvía a unirse a la alcazaba por el noroeste. En el extremo sur de la vieja alcazaba, sobre los grandes sillares y los taludes escalonados del viejo castillo califal, los cristianos construyeron un airoso castillo de sillería, el llamado de Santa Ca­talina o Alcázar Nuevo. A los restos de la alcazaba beréber que se conservaron en buen uso se les denominó Alcázar Viejo y al conjunto de defensas, los Alcázares o Castillos de Jaén. Así, en plural, llaman todavía al ya solitario castillo los hortelanos de la comarca. El Alcázar Viejo estaba construido principalmente en tapial, aunque también tenía partes de mampostería muy irregular. Fue casi totalmen­te arrasado en 1965 para construir en su solar un parador de turismo. El Alcázar Nuevo ha sido más afortunado y todavía subsiste casi intacto con sus aljibes, sus torres albarranas y sus retretes. En cuanto al recinto murado de Jaén, se conservan ruinas importantes de los dos tramos que bajan por el cerro hacia la ciudad, pero en la zona habitada han desaparecido casi por completo. El tramo más largo había logrado sobrevivir hasta nuestro tiempo camuflado como pared maestra de las casas de la calle Millán de Priego y de las calles paredañas intramuros, pero ya la especulación del suelo, la incultura y el martillo mecánico han terminado con este vestigio medieval, cuyo rescate y conservación podía haber dado a Jaén un extraño aspecto de ciudad medieval al estilo de Ávila, de Lugo o de Carcassone. En este capítulo nos ceñiremos a la fortificación de Jaén anterior al siglo XIII.

Recinto murado de Jaén. Por el noroeste del cerro desciende desde el casti­llo un tramo murado al que pertenecía la famosa Puerta de Martos, una imponente construcción cuyas ruinas muestran una curiosa estructura interna: sobre un corazón de robusto calicanto se han añadido dos revestimientos, exterior e inte­rior, de mampostería regular. Esta muralla baja perpendicular­mente hacia la ciudad, dejando un claro en una meseta interme­dia donde probablemente estuvo el Postigo de la Llana. Está defendida por torreones irregularmente espaciados, de acuerdo con la estruc­tura del terreno. El revestimiento de mampostería de uno de los torreones, redondeado en las esquinas, prueba que la muralla seguía reconstruyéndose a finales de la Edad Media, cuando el desarrollo de la artillería de pólvora aconsejaba la supresión de aristas. Del famoso Postigo de la Llana sólo queda el solar. Es probable que estuviese construido en buena sillería y que esto explique su total desaparición para apro­vechar la piedra. Muy cerca de él, intramuros, se ha descubierto la planta arruinada de una fuerte construcción rectangular que podría corresponder a un palacio fortificado. La muralla llega a la Puerta de Martos, demolida en 1865 y, desde allí, tuerce hacia el Sur para seguir una curva de nivel cerca del piedemonte. En el sector donde estuvo la Puerta de Martos se conservaba, en 1979, otro tramo de muralla con restos de dos torreones. Un poco más abajo, lindero con la carretera de Córdoba, existe otro torreón, muy reconstruido y circular, probablemente cristiano, y otro tramo de muralla. El muro continuaba por la calle Millán de Priego, donde se abrían las puertas del Sol, de Baeza y de San Agustín, esta última en la actual Plaza de los Jardinillos, don­de comienza el edificio de Correos. En el extremo de esta calle y frente al nacimiento de la calle Castilla, un derribo descubrió en 1979 un torreón y un lienzo de la antigua muralla que fueron prestamente demolidos aunque, afortunadamente, pudimos levantar plano y tomar fotografías del hallazgo. Junto a la Puerta de San Agustín había una gran torre octogonal que guardaba la esquina de la muralla cuando giraba para ascender por la


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calle de Eduardo Arroyo hasta la todavía hoy llamada calle Muralla. Esta torre fue demoli­da hace un siglo. Desde la calle Muralla se prolongaba el recin­to por entre las calles Álamos y Cerón, que apoyaban sus casas en el muro. En esta última, cerca de su desembocadura en la plaza de San Francisco, un derribo dejó al descubierto en 1999 el cimiento del muro. Antes de llegar a la Catedral, en la desembocadura de la actual calle Campanas, se abría la monumental puerta de Santa María, flanqueada por dos torres, probable añadido almohade para articular una entrada en recodo. Estas torres eran tan espaciosas que sus aposentos altos servían de prisión a finales de la Edad Media. Continuaba la muralla en torno a la Mezquita Mayor, luego Catedral y enfilaba el Paseo de Jesús. Aquí quedan restos de muralla con torreones redondos y la torre del Conde de Torralba, todos ellos sin duda de época cristiana. Llegado el muro al sector de la puerta de Granada, volvía a ascender por las peñas de Santa Catalina hasta el castillo. De nuevo emergen por aquí restos de un muro de calicanto forrado de mampuestos. En 1977, al demolerse la casa número once de la acera impar de la calle Millán de Priego, aparecieron un torreón y un frag­mento de lienzo de muro de 11’60 metros, todo ello de tapial. El torreón, macizo hasta una altura de siete metros, estaba desmochado de antiguo, por lo que no nos fue posible conocer su altura original ni si estaba provisto de cámara superior. En su costado norte, pegada a la muralla y a una al­tura de poco más de un metro, se abría una galería de 1’50 metros de altura, con bóveda de ladrillo puesto de canto, que profundizaba unos tres metros horizontalmente en el interior del torreón y luego parecía continuar hacia arriba en forma de pozo; pero esta parte, rellena de tierra, no era ya prac­ ticable. Había señales de utilización moderna de esta galería que daba al patio interior de la referida casa número once, pero su origen parecía contemporáneo a la construcción del muro. ¿Se trataba de una poterna? El torreón medía 4’30 m. de fachada y 3’60 m. de lado. Sus en­cofrados tenían unos 80 centímetros, al igual que los

de la mu­ralla. Los más bajos, hasta unos tres metros de altura, eran de tapial de calicanto fortísimo, muy rico de cal y con grandes cantos rodados en la mezcla. Los superiores eran de calicanto, mucho más modestos, casi tapial de tierra con escasa proporción de cal, lo que quizá explica la deficiente conservación del remate de esta obra. En la muralla había restos de muro de mampuesto aprovechado por la estructura del tapial. Tenía un grosor de 1’60 metros y una altura de 9 metros que debiera corresponder aproximadamente a la original puesto que, por la parte intramuros, la altura era de poco más de cuatro metros (medida por la calle de las Huertas). Aplazaremos para más adelante el análisis comparativo de estos elementos. Al oeste de la ciudad, un lienzo de muralla y dos torreones adyacentes a la puerta de Martos perduraban todavía en 1978. Éste tenía 36’60 metros de largo y, las torres, limítrofes 5’80 m. de frente y 3’40 m. de lado. Todo este conjunto estaba forrado de mampostería regular pero los portillos permitían apreciar que la piedra revestía un núcleo original de tapial de calicanto similar al antes descrito de la calle Millán de Priego. Este tendría un grosor de muro aproximado de 1’40 me­ tros y, los torreones, 3’90 metros de frente y 3’20 m. de lado, medidas éstas aproximadas, puesto que el revestimiento de piedra no permitía apreciarlas con mayor exactitud. En todo caso se trata de una construcción de características similares a la de Millán de Priego y todo parece indicar que el calicanto tiene la misma fórmula y pertenece a la misma época. En los dos tramos de muralla que por el Postigo de la Llana y por la puerta de Granada ascienden hacia el castillo, volvemos a observar la misma tipología constructiva: tapial de calicanto de parecidas características y torreones cua­ drados, todo ello revestido de mampostería. Del análisis de los elementos estudiados se desprende que el circuito amurallado de Jaén fue, en su conjunto, obra beréber. Queda por resolver si existió anteriormente un recinto murado. Desde luego, la importancia de Jaén en la Antigüedad y en la época califal sugiere la posible existen-

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cia de una cerca, aunque fuese mo­desta. Si esta cerca seguía el mismo traza­do de la beréber lo más probable es que fuera destruida al levantar la otra y que sus materiales fueran reutilizados. Esto explicaría la existencia de piedras de regular tamaño en la muralla de tapial de Millán de Priego. Si, por el contrario, la muralla seguía otro trazado, hay que suponer que desaparecería al quedar obsoleta por la construcción de una nueva muralla de más amplio perímetro. En cualquier caso no hemos encontrado vesti­gios de cerca anterior a la beréber, pero su existencia es razona­ble. En cuanto a la datación del recinto beréber los datos históricos no revelan gran cosa. Los almorávides dominaban la ciudad en 1091 y se servían de ella como base de operaciones contra Castilla, pero en 1144 estaba en poder del caudillos rebeldes, primero de ibn Yuzay, y después de Sayf al-Dawla para retornar nuevamente al poder de los almorávides y finalmente, en 1148, al de los almoha­des. Tres años más tarde, Alfonso VI de Castilla sitió Jaén por primera vez y al año siguiente intentó tomarla de nuevo, sin éxito. Los almohades sólo retuvieron la ciudad once años pues en 1159 se apoderó de ella el rebel­de ibn Mardanis, no por asedio, sino por negociación. En 1162 los almohades intentaron recuperar Jaén y la sitiaron sin éxito. Volvería a sus manos sólo cuando la división entre los rebeldes andalusíes provocase su entrega unos años más tarde. Restablecido el poder almoha­de en al-Andalus, durante un cuarto de siglo se sucedieron las correrías cristianas en tierras de Jaén hasta que la derrota castellana de Alarcos (1195) impuso una tregua que los almoha­des aprovecharon fortificar la frontera. De lo expuesto se desprende que la importancia militar de Jaén se acrecienta considerablemente a par­tir de 1091 y que para 1144 la ciudad se había rebelado contra los almorávides. Se puede deducir que las mura­llas beréberes de Jaén pudieron construirse en el periodo comprendido entre esas dos fechas. A partir de entonces Jaén sufre asedios importantes por ejércitos regulares, en 1151, 1152 (Alfonso VI), 1162 (almohades), 1225, 1230 y 1246 (Fernando III), y todos ellos fracasan. Fernando III obtuvo la ciudad por

tratado y cuando cambió de manos en el periodo aludido siempre lo hizo por acuerdo entre poderes o re­belión de sus habitantes, nunca por conquista de armas. Todo parece confirmar que las murallas beréberes de la ciudad esta­ban ya construidas en 1151. En tal caso tendrían que ser, nece­ sariamente, almorávides. Si comparamos las murallas de Jaén con las de Sevilla, cons­truidas por los almorávides hacia 1125, el paralelo se estrecha y confirma nuestra atribución. El torreón de la calle Millán de Priego medía 4’30 de frente y 3’60 de lado; los de la cer­ca de Sevilla 4’50 de frente y 3’90 de lado. Esta mínima dife­rencia indica que son obras gemelas atribuibles al reinado de Ali ibn Yusuf (1106-1143) y muy probablemente formaban par­te de un mismo programa constructivo impulsado por este sobe­rano, esquema en el se integran también, al otro lado del estrecho, las defensas de Marraquex, capital del imperio, simi­lares a éstas y datadas en 1132, y muchas otras emprendidas en al-Andalus, entre ellas las del arrabal de Córdoba, la Ajarquía, Écija, Jerez de la Frontera (4’80 frente, 4’48 lado), y Niebla (4’44 frente, 3’30 lado). Para ayudar a financiar este vasto programa fortificador se había implantado, en 1225, el impuesto o ta’tíb del que dábamos noticia páginas atrás.

La Puerta de Martos. En 1847, Madoz describe las defensas de Jaén con estas palabras: Por la parte del Norte desciende la muralla, eslabonada con torreones desde el Castillo, hasta unirse a la Puerta de Martos, que es la única fuerte que existe por su forma. De todas las puertas que tuvo el Jaén musulmán, a mediados del siglo pasado sólo sobrevivía la puerta de Martos. De las otras quedaba poco más que el recuerdo asociado a sus accesos a la ciudad o quizá, alguna tímida ruina como la de la puerta de Granada. La Puerta de Martos fue demolida en 1865 pero hemos intentado reconstruir su plano gracias a una fotografía tomada dos años antes, y al estudio del solar donde se levantó, que permaneció despejado hasta 1980.


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El torreón de flanqueo aludido podría ser el que Cazabán llama “torre vieja”, una de las fuertes defensas que, vecinas a sus arquillos inexpugnables, tenía la árabe puerta de Martos. Es interesante observar que el tipo de mampostería en opus incertum que observamos en este torreón es del todo similar a la de la parte más antigua, califal reaprovechada por los cristianos, del Alcázar Nuevo o Castillo de Santa Catalina. Nos queda, por lo tanto, una puerta monumental de ingreso directo que no permite descartar un posible primitivo ingreso en recodo que pudo ser suprimido en época posterior mediante demolición del tramo longitudinal. Esta puerta podría ser de origen almorávide. Los almorávides trajeron a Al-Andalus las puertas de ingreso en recodo, aunque siguieron construyéndose las tradicionales de ingreso directo. Por las mismas razones la puerta podría ser también almohade o incluso nazarí de época muy temprana. En las dos puertas conservadas de la alcazaba almohade de Badajoz, observamos que entre los ejes de entrada y salida se inter­pone una especie de patio dominado por los adarves de los muros que lo rodean, desde los que se podía atacar al enemigo que pre­tendiese forzar la puerta. Este dispositivo se repite en la fortificación nazarí, con un claro ejemplo en la puerta de la Justicia de la Alhambra. La puerta se componía de dos cuerpos, el anterior mucho más alto que el posterior y rematado en un arco de herradura con alfiz, inequívocamente musulmán, que no sostenía bóveda alguna sino un estrecho adarve. El cuerpo posterior, más bajo, era de vano más estrecho, y se cobijaba por una bóveda de medio cañón. Todo ello estaba construido en mampostería. En nuestra reconstrucción hemos tenido en cuenta la posición del torreón de flanqueo que aparece en primer término de la fotografía y que en 1979 era todavía identificable sobre el terreno, y el muro interior de la torre-vivienda que cobijaba la puerta, del que existían vestigios en el interior de una casa de la calle Puerta de Martos. La medición de estos restos nos permitió obtener la longitud del conjunto. La anchura hubimos de calcularla sobre la de la mencionada calle.

La torre de San Agustín. En 1847, la torre de San Agustín era un polígono de bastante elevación, todo de piedra, en buen estado. Este bastión oc­togonal se levantaba junto a la puerta de San Agustín, actual confluencia de la calle Millán de Priego y plaza de Jardinillos, y fue demolida en 1870. La función de esta torre era doble: vigilar y proteger uno de los ingresos a la ciudad, la mencionada puerta de San Agustín, y reforzar una esquina de la muralla que viniendo de la calle Millán de Priego, torcía en ángulo de 145 grados para continuar por detrás de la acera impares de la nueva calle Eduardo Arroyo. El empleo de torres poligonales, generalmente albarranas, en la protección de los ángulos de giro de las cercas es

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ceo casi cónico rematado por una mesetilla que le da de lejos un aspecto volcánico. Su nombre podría ser árabe, derivado de al-Sumayl al-kílábi. En la ladera de este cerro existe una casería que tiene en su corral y parte trasera restos evidentes de edificación musulmana y una mina de agua hoy impracticable por hundimientos. Ladera arriba se observa un camino medieval muy deteriorado, con excavaciones y rellenos característicos en los ángulos del zig-zag y ciertas obras de calicanto que parecen destinadas a la recogida del agua de la lluvia y conducción y almacenamiento en un espacioso aljibe que hubo junto a la casería. Un tosco muro de mampostería seca parece abrazar una par­te del cerro, probablemente restos de una albacara de época emiral o califal.

característico de la fortificación almohade. También lo observamos en las cercas de Andújar, Arjona, Écija, Cáceres y Badajoz. La torre de San Agustín podría ser una de las octogonales cristianas que se construyeron a imitación de las almohades (como la famosa torre de Boabdil de la muralla de Porcuna).

5.3. Las fortificaciones periféricas de Jaén. Llamaremos fortificaciones periféricas de Jaén a aquellas obras menores del entorno de la ciudad que sirvieron de atalaya o refugio, o sea son: los castillejos del Zumel, de las Peñas de Castro y del Cerro Casería.

Castillejo del Zumel. Al sureste de Jaén y distante unos tres kilómetros de su caserío, se levanta el Zumel, o Zumbel, un cerro cretá-

En la cima de este cerro se observan las ruinas de un cas­ tillejo de tapial, que podría parecer una simple atalaya si no fuera porque la existencia de un regular aljibe demuestra que su función se extendía, en caso necesario, al sostenimiento de una población más numerosa refugiada en la albacara. El aljibe es cuadrangular y está cubierto con una bóveda de medio cañón de ladrillo con la clave formada por pequeños mampuestos en forma de cuña. Interiormente está enlucido con estuco y revestido de almagre rojo oscuro, un acabado característicamente musulmán. En su cara sur, presenta un butrón de considerables proporciones, probablemente practicado por el ermitaño, Lázaro de San Juan, que lo habitó en el siglo XVII. El calicanto del tapial parece similar al de la muralla de Jaén, lo que unido al estuco y almagre del aljibe nos permite aventurar un origen almorávide. El muro exterior de este aljibe está arruinado y permite observar, en la estructura interna del encofrado, un arma­zón parecido a una escalera de mano, compuesto por dos troncos paralelos unidos por pequeños travesaños clava­dos a intervalos regulares, que recorre el muro longitudinalmente. Desaparecida la madera, hoy quedan estos huecos que a primera vista, asemejan conducciones de agua.


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La posición del Zumel dominaba los dos caminos de Granada, el viejo, por Valdearazo, y el nuevo, por La Guardia.

Las Peñas de Castro. Los cerros de las Peñas de Castro, también denominados Silla de la Reina por su curiosa forma duplicada en forma de teta de cabra, están a tres kilómetros al sur de Jaén, entre el Zumel anteriormente mencionado, y las escarpaduras de Jabalcuz. En la cumbre de las Peñas de Castro existen restos de fortificación de mampostería en seco y otros de mampostería ordinaria. A la cumbre de las Peñas de Castro se asciende por un camino en zig-zag posiblemente medieval que discurre por su ver­tiente norte y conduce hasta la meseta central, entre las dos eminencias rocosas. Aquí se observa gran cantidad de cerámica islámica y las piedras de un molino aceitero árabe y de dos pequeñas eras empedradas. El macizo del sur está separado de esta meseta por un muro de menuda mampostería ordinaria que completa las defensas naturales. En la parte más alta, atalayando el camino de Granada por Los Villares, existe una torrecilla de planta cuadrada, del mismo tipo de mampostería trabada con mucho yeso del cerramiento descrito. La cresta de la meseta que da al oeste está defendida por un muro de mampostería en seco cuyo cerramiento este quizá fue destruido al plantar el olivar que hoy llega hasta la misma cima. En el macizo norte no se aprecian restos de fortificación. En el piedemonte que mira al Zumel existe una galería tallada en la roca de sección rectangular, techo casi plano y algo más de un metro de altura que se encuentra cegada por acumulación de tierra a siete metros del exterior. Frente a esta mina, a unos trescientos metros, se alzan los restos de una torre de tapial de calicanto conocida por “Torrebermeja” y “Torre de Pero Codes”. Esta torre, que se

integraba en un recinto fortificado de mampostería seca practicamente desaparecido, tiene planta cuadrada, y mide 9’60 m. de lado. El único lienzo que perdura alcanza 11’10 metros de altura. La torre estaba dotada de tres plantas, marcadas por sucesivos estrechamientos de la obra que aliviaban el peso de la fábrica, haciéndola proporcional a la altura, al tiempo que proporcionaban sendas repisas de unos veinte centímetros en las que apoyar los entresuelos. Los huecos de la luz y ventilación del lienzo que se mantiene en pie son cuatro saeteras a diferentes alturas que tienen más de un metro de vaciado al interior y tan sólo setenta centímetros de luz. Una de ellas conserva en su parte superior un entablado de madera para el que se utilizaron los palos desmontables del cajón del tapial. También se observan los huecos que dejó el refuerzo interior del muro similar al descrito en el Zumel. Los ángulos de la torre reposan sobre piedras esquineras de gran tamaño, bien labradas, probablemente cúbicas y adelantadas respecto a los muros. Estos refuerzos son característicos de la construcción beréber, que imita obras romanobizantinas. La más famosa torre almohade, la Giralda de Sevilla, apoya sus ángulos sobre sólidas aras romanas. Como todas las fortificaciones antiguas de tapial, los muros de Torrebermeja estaban enlucidos con una capa de cal y arena de algo más de un centímetro de espesor, que cubría y disimulaba el tapial y los característicos mechinales del encofrado. Cuando el enlucido estaba todavía húmedo se le aplicaba una im­primación de rodillo dibujando un falso despiece de sillería. La imprimación consiste en una cinta que presenta dos rayas continuas, con el espacio inter­medio relleno de cuñas en forma de espiga. Con efecto de luz rasante darían un hermoso conjunto. Esta torre podría ser almorávide. El emplazamiento de la torre no fue fortuito. Sus construc­tores aprovecharon la existencia de un recinto probablemente más antiguo cuyos exiguos restos sugieren una construcción vagamente rectangular. El recinto ha sido muy saqueado para la construcción de las caserías del contorno

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pero, a pesar de todo, los grandes mampuestos abundan todavía diseminados entre el olivar. Las fortificaciones de las Peñas de Castro parecen corresponder al castillo de Castro, una de las fortalezas más mencionadas en tiempos de la fitna y de la rebelión muladí, siempre en relación con Jaén y Martos.

En la Crónica de la Población de Ávila se cuenta como en 1225 las huestes de Ávila que concurrían al asedio de Jaén quedaron acampadas en aquella plaza que se face çerca de las huestes contra Castro. En el último sitio de Jaén, 1246, hay otra mención: los moros metieron su çelada fuera de la villa contra Castro.

Recinto de la Casería. A cinco kilómetros al sureste de Jaén, entre el segmento del río de Jaén que va del Puente de la Sierra al Puente Jontoya y el monte de San Cristóbal, hay un elevado cerro en la posición M.M.E. Jaén, 35.1.78.4. En la cima de este cerro se observan restos de fortifica­ ción antigua, correspondientes posiblemente a una albacara o refugio que por la escasa cerámica encontrada debe ser de época emiral o califal. El cerro está coronado por una cresta rocosa escarpada por su lado noroeste. De una a otra vertiente de la cresta sólo se pasa a través de una estrecha hendidura natural acceso que se mejoró me­diante peldaños esculpidos en la roca. En el noroeste los restos de una cerca que baja recta hacia el llano son visibles por es­pacio de unos treinta metros, aunque apenas sobresalen del suelo (¿no sería simple zócalo para sostener una estacada?), luego se pierden y no se aprecia por dónde conti­núa el cerramiento, si es que lo hubo. En el suroeste el castillo presenta un recinto paralelo a la cresta antes mencionada que lo cerraba y le daba forma de barca. En su interior se ven los restos de otro muro corrido longitudinalmente, del que salen a intervalos regulares muros medianeros en sentido transversal. Todo ello está muy arrasado pero parece construido del mismo tipo de material: grandes mampuestos con escasa mezcla de unión procedentes del propio monte. Frente a este cerro, al otro lado del valle del río de Jaén, más cerca del Puente Jontoya existe,otro cerrete donde se ven restos de otra albacara. Los restos del Zumel, Peñas de Castro y Cerro Casería per­tenecen evidentemente a otros tantos castillos o albacaras


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muros. En caso de alarma, la población diseminada por el campo y las huertas, podría refugiarse en estos recintos (sin duda hubo otros cuyos restos no hemos descubierto), llevando consigo su ganado y bienes muebles. No es coincidencia que todas las for­tificaciones estén emplazadas en las alturas inmediatas al río, donde la población sería más densa, como en toda zona de huertas. Es evidente que los beréberes aprovecharon recintos preexistentes, quizá datables en la época de la fitna. Seguramente estos recintos eran los castillos y torres del Guadalbullón que sin aparente esfuerzo conquistaba y destruía Fernando III en sus entradas sobre Jaén. El cronista cristiano denominaba castillos a estas modestas albacaras solamente capaces de resistir ataques de bandas de saqueadores o pequeños destacamentos militares en cabalgada.

5.4. Fortificaciones de Andújar. Andújar creció y prosperó en época medieval llenando el vacío dejado por el despoblamiento de la Isturgi romana, cuatro kilómetros aguas arriba. En época califal había un castillo en Andújar, pero sus defensas no debieron ser muy impor­tantes. En 1147 la tomó Alfonso VII de Castilla y la retuvo durante dos años antes de que volviera a manos musulmanas.

que en la época musulmana tuvo la periferia de Jaén. Este territorio estaba muy densamente poblado, según al-Himyarí. El dispositivo defensivo debió estar muy desarrollado para cubrir las necesidades de la población que vivía extra-

El primer recinto murado de Andújar sería construido a fines del siglo XII o muy a principios del XIII. En este tiempo, particularmente después de que la victoria cristia­na de las Navas de Tolosa (julio de 1212) empujara la frontera hasta la vertiente meridional de Sierra Morena, los pasos del Muradal se ofrecieron como vía de penetración a las dos partes en conflicto. El camino hacia Toledo estaba jalonado por fortalezas castellanas (Dueñas, Salvatierra, las dos Calatravas, etc.); en el sur los musulmanes fortificaron la línea de penetración hacia el Guadalquivir, desde el Muradal, con los castillos de Ferral, Navas de Tolosa, Vilches, Baños y Bailén. Andújar, ciudad populosa, próspera y estratégicamente situada, constituía una posición esencial para el dominio del valle bético. Conscientes de ello, los almohades la

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dotaron con una espléndida cerca que, a la postre, sólo aprovechó a los cristianos puesto que, cuando el imperio almohade se desmembró en taifas, Andújar correspondió al reyezuelo de Baeza, al Bayasi, quien, al declararse vasallo de Fernando III, entregó la tenencia de la ciudad a Castilla (junto con la de Martos), dos ciudades que los musulmanes ya no recuperaron. ­Andújar y Martos quedaron en la custodia del experimentado caudillo de la frontera, Alvar Pérez de Castro, que anteriormente había sido jefe de tropas del califa almohade al-Adil. En palabras de la crónica Alfonsí el rey desa yda prisa

Baeça el Anduiar et el castiello de Martos et estas uillas diogelas Aben-mahoma. En 1297 Muhammad II de Granada, aprovechando la transitoria debilidad de Castilla, tomó Alcaudete y fue contra Andújar donde derrotó al infante don Enrique y al adelantado de la fronte­ra don Alonso Pérez de Guzmán. En el mismo año se constituyó en Andújar la primera hermandad de Andalucía. En 1368, durante las guerras civiles entre Pedro el Cruel y los Trastámara, Andújar, defendida por el alcaide González de Priego de Escavias, resistió con éxito los ataques del rey


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de Granada, vasallo y aliado de Pedro, que había tomado y saqueado Úbeda y Jaén. En 1383, Andújar fue enajenada de la corona y en­ tregada en señorío a León, ex-rey de Armenia y pintoresco personaje. A partir de esa fecha, la ciudad conocería una sucesión de señores. Después se vio implicada en todos los avatares y turbulencias que ca­racterizaron el reinado de Juan II. En 1432 el rey arrebató el señorío de Andújar al infante don Enrique, Maestre de Santiago, para otorgárselo al Maestre de Calatrava, don Luis González de Guzmán. Dos años más tarde don Fadrique de Aragón iba a recibir la plaza y cuando fue a tomar la posesión le fue defendida por fuerza de ar­mas por Pero Sánchez de Benito Pérez... alcaide de la fortaleza della. Temporalmente el rey restituyó la ciudad a su primitiva condición de realenga, pero en 1438 la concedió nuevamente en señorío al maestre de Calatrava, de cuya parte lo detentaría su hijo Juan de Guzmán. El regreso al estado señorial ofendió a los iliturgitanos que se sublevaron y tomaron las puertas y torres del Sol asegurando que si el maestre entraba en Andújar por fuerza o por maña lo harían salir por encima de las almenas. Cuando Enrique IV heredó el trono, en 1454, la situación se deterioró aún más. Mientras gran parte del reino de Jaén apoyaba al par­tido rebelde, Jaén, Andújar y Alcalá la Real se mantenían fieles al rey representado en estas tierras por su alcaide el condestable de Castilla Miguel Lucas de Iranzo. La alcaidía de Andújar estaba en manos del también alcalde mayor de la plaza don Pedro de Escabias, excepcional personaje, poeta y soldado. En el curso de esta contienda Andújar aportó quinientas lanzas y setecientos peones, fuerza considerable que testimonia la pujanza y población de la ciudad. En mayo de 1472, el rey, convencido por su nuevo aliado y antiguo enemigo el marqués de Villena, firmó una carta en Arjona ordenan­do a Escabias que entregase el castillo de Andújar al de Villena, pero el alcaide rechazó firmemente los requerimientos reales. Incluso cuando el propio Enrique IV fue a entrevistarse con él fuera de las murallas de Andújar, Escabias se negó a entregar la plaza argumentando que teniendo la fortaleza por pleito homenaje por el Condestable de

Jaén, no podía entregarla al rey que había hecho dejación del poderío real. El rey se retiró sin contestar. Con todo parece que finalmente Escabias se resignó a ceder la plaza al yerno del marqués de Villena, don Alonso de Aguilar, en cuyo nombre tuvieron la fortaleza los alcaides Rodrigo de Tapia y Alonso de Angulo. Isabel la Católica confirmaría la alcaidía de Andújar a don Alonso de Aguilar en 20-IV-1475 y 13-V-1476. Cuando Isabel la Católica se sintió más segura en el trono se rodeó de funcionarios de confianza y relevó de sus cargos a las personas significadas del periodo anterior. Siguiendo esta política, el 2-III-1478 concedió la alcaldía de Andújar (junto con la de Mar­molejo), a su maestresala Francisco de Bobadilla. La orden de entrega de la fortaleza y oficios de Justicia de Andújar, expedida el 14-III-l478, iba dirigida a don Alfonso de Aguilar y a Alonso de Angulo, su alcaide en Andújar. El recinto de Andújar sobrevivió precariamente hasta entrado el siglo XIX. El historiador Jimena Jurado dibujó hacia 1642 un plano detallado de las defensas de Andújar gracias al cual conocemos el primitivo trazado de las defensas de la ciudad. En el plano de Jimena Jurado vemos que en el siglo XVII Andújar tenía un castillo con hasta tres torres muy altas y fuertes coronadas de almenas. Una muralla rodeaba el castillo y lo aislaba del resto de la población. El castillo es de origen incierto. Parece que la Orden de Santiago se hizo cargo de su custodia al principio. Por lo demás seguiría las vicisitudes de la ciudad. En 1243 pertenecía al arzobispado de Toledo. El castillo de Andújar fue testigo de las bodas de la hija del alcaide Pedro de Escabias que se casó en 1470 con Fernand Lucas, primo del condestable Iranzo, quien tuvo el honor de sacar a la novia del castillo y acompañado de todos los caballeros escuderos y dueñas y doncellas y de toda la otra gente común de la ciudad fueron a la iglesia de Santa María donde se celebraba la ceremonia. Acabada ésta troxieronla (a la novia) al castillo de la dicha ciudad do moraba su padre. E all’i la dejaron en una cámara ende estaba ordenado que los

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novios durmiesen. Al día siguiente se celebró un banquete seguido de juegos de cañas en la plaza del arrabal que era la que estaba delante de la fortaleza, intramuros, estando la novia y otras dueñas y doncellas a las ventanas y miradores del castillo. En dos fotografías del castillo tomadas a principios del presente siglo desde la plaza del arrabal que luego se llamaría Plaza Vieja, se aprecian las ventanas y miradores mencionadas por la crónica. Cuando la alcaldía pasó de Escabias a Rodrigo de Tapia (por delegación de don Alfonso de Aguilar), éste sacó de la fortaleza ciertos pertrechos de cla­vazón y otras cosas de hierro y palo, material del que los Reyes Católicos hacen expresa donación a Francisco de Bobadilla, al entregarle la alcaidía. Parece, por lo tanto, que el castillo sufrió algún tipo de desmantelamiento o reforma por estas fechas. El castillo de Andújar fue probablemente en su origen un fuerte beréber tradicional que podría datar de la misma época de la muralla y haber sido construido con ésta. El origen de este tipo de construcción hay que buscarlo en el Marruecos presahariano de donde lo trajeron los almorávides y los almoha­des. La estructura del castillo fortalecía la muralla de Andújar, con la que lindaba por el norte, y vigilaba y defendía sus accesos por este lado (Arco Grande y Arco Chico). Intramuros, una cerca con su puerta, cerraba el ámbito del edificio dejando un pequeño patio de armas en torno al castillo. El recinto murado de Andújar tenía forma trapezoidal. Por el norte discurría cerca de la acera de los impares de la calle Tiradores hasta unirse con el castillo desde el que continuaba por la calle de San Francisco. A la altura de la calle Ollerías, los muros giraban casi noventa grados y continuaban hacia el sur por la acera de los impares de la calle Ollerías. Luego pasa­ban por la calle Audiencia y Altozano de la Virgen María, después del callejón del Hoyo, seguían por la de Silera, Altozano de la Marquesa, calles Comedia y Postigos (también llamada Ronda de Muralla), Altozano del Alcázar, paseo de Colón, Poyos de Santa Clara, Puerta de Córdoba y por allí enlazaban con el tramo de la calle Tiradores.

Este trazado ha dejado su impronta en el plano de la ciudad actual aunque ésta ha rebasado el antiguo recinto y se ha extendido, principalmente hacia el norte y el este. El crecimiento que experimentó la ciudad durante la Edad Media desbordaría el ámbito de su recinto murado ya en aquellas fechas. Posteriormente (siglos XVI-XX) se edificaron calles a lo largo de las murallas y sus casas se apoyaron en los viejos muros unas veces directamente, otras utilizándolos como cerramiento de patios y corrales. El más despejado sería el que mira al río por ser menos llano. Las actas del cabildo municipal atestiguan la resistencia de algunas autoridades locales a que las casas se apoyaran en la muralla. Una antigua descripción de Andújar sostiene que la Planta de la cerca de las murallas de la ciudad de Anduxar tiene 1060 pasos de a cinco tercias de ambito. En la frente oriental 150 pasos. En la septentrional 240. En la occidental 240. En la me­ridional 430. Esta junto al mismo río en la ribera septentrional. Tiene en las cuatro esquinas 4 torreones ochavados muy grandes. La puente tiene una torre en medio y tiene 16 ojos. De este perímetro amurallado que medía 1.740 metros sólo se ha conservado en mayo de 1979 un cinco por ciento correspondiente a dos torreones con revestimiento de sillería conocidos como de Tavira y de la Fuente Sorda; un segmento de lienzo de cinco metros de lar­go lindante con la antigua carretera Madrid-Cádiz en la confluencia de las calles Muralla y Ronda de Muralla; un conjunto de dos torreones y tres lienzos de muralla, en el callejón de Silera, a espaldas del palacio de Don Gome; restos de otro torreón en la calle del Hoyo y vestigios de lienzos poco representativos en algunos patios y corrales a espaldas de la calle Ollerías. De los cuatro bastiones ochavados que defendían las cuatro esquinas del trapecio no ha quedado vestigio alguno. Seguramente eran construcciones de tapial de calicanto o de piedra similares a las que caracterizan las cercas almohades que fueron luego imitadas por los cristianos en Úbeda y Porcuna. Estas construcciones presentaban una parte inferior maciza hasta cierta altura y otra parte superior habitable


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con una o dos plantas superpuestas y escalera de salida a la cubierta. En el plano decimonónico de Andújar aparece un Callejón de las Parras del Alcázar (hoy Parras), junto al lugar que tradicionalmente se ha llamado Altozano del Alcázar. De este dato deduce el historiador local Torres Laguna la existencia en Andújar de un alcázar en época musulmana, edificio en el que vivieron la infanta Egilona, hija del rey don Rodrigo y león V Rey de Armenia según Jimena Jurado (p. 411, año 1466). No cabe confundirlo con el castillo de Andújar, puesto que Terrones Robles dice: palacio real que tuvo dando a entender que había desaparecido en su época cuando el castillo todavía existía. En este sector estaba también la puerta de la muralla que Torres Laguna denomina del Alcázar. Los cambios más sustanciales de la muralla medieval que podemos detectar en el plano de Jimena Jurado afectarían al número de puertas de la ciudad. En el siglo XVII eran doce, de las cuales algunas debieron abrirse después del siglo XV para facilitar el acceso a los sembradíos y huertas que rodeaban la ciudad. Según Romero de Torres las puertas originales eran nueve: Arco Grande, Arco Chico, Puerta del Alcázar, Puerta del Peso de la Harina, Puerta de Madrid (= la puerta del Sol?), Puerta de Córdoba, Puerta de la Sierra, Puerta de Fontanilla y Puerta de Barrera. Por su parte Torres Laguna enumera Arco Grande, Arco Chico, Peso de la Harina, Puerta del Sol, Puerta del Alcázar y Puerta de Córdoba.

La puerta del Peso de la Harina, demolida a mediados del siglo XIX, era la única de la ciu­dad que comunicaba con la Sierra. Un giro cercano de la muralla permitía dominar sus accesos desde las almenas por la izquierda. Los arcos Chico y Grande se destruyeron a raíz de la visita de Isabel II a Andújar en 1862. De las puertas mencionadas presentan un espacio abierto intramuros, o altozano, las siguientes: Córdoba, Santa Clara, Alcázar, Merced, Sol, Peso de la Harina y Arcos Chico y Grande. En el plano de Jimena Jurado, por la parte de la muralla que mira a Sierra Morena, cerca del torreón ochavado de la izquierda, se observa una torre albarrana cuadrada que destaca de la muralla y queda unida a ésta por una coracha cuyos restos eran todavía observables hacia 1960. En su grosor se habían excava­do cubículos para instalar los retretes de las casas colindantes. Esta construcción parece cristiana del siglo XIII, o algo posterior. Lo que es evidente y se desprende tanto de su función táctica como de la observación del dibujo de Jimena Jurado, es que esta torre era más voluminosa que los torreones de la muralla almohade y estaba dotada de estancias interiores y buenas defensas. También vemos en el plano de Jimena Jurado un antemuro o barrera que abarca desde la torre ochavada al prin­cipio de la calle Tiradores hasta su compañera cercana a la Puerta del Sol.

Las primitivas puertas de la muralla pudie­ron ser siete: Puerta de Córdoba, Puerta de Santa Clara, del Al­cázar, del Sol, del Peso de la Harina, Arco Chico y Arco Gran­de.

En la panorámica de Andújar dibujada durante la visita de Cosme de Médicis (mediados del XVII) se observa un terraplén delante de la muralla. En 1978 se conservaban unos cien metros que fueron sacrificados poco después en el ensanche de la antigua carretera Madrid-Cádiz.

La principal puerta de la ciudad y la más cercana al Guadalquivir y a su puente fue la Puerta de Santa Clara que enlazaba con la calle Maestra. En el dibujo de Jimena Jurado se observa que esta puerta presentaba dos ar­cos sucesivos coronados de almenas y era casi perpendi­cular a la línea del muro (debido a un sesgo de 90 grados en la muralla). La puerta observa el principio clásico de aproximación lateral.

Frente a la explanada de los Poyos de Santa Clara se levanta, aislado hoy por desaparición de los restantes ele­mentos de la muralla en este sector, el torreón de Tavira, imponente construcción de sillería de 9´50 metros de frente que ha parecido romana a algunos escritores locales empeñados en ennoblecer las defensas de Andújar, pero que probablemente date de finales del siglo XIII, o sea, más tardío.

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Este torreón engloba y reviste otro la primitiva muralla musulmana. En el espacio restante entre las dos obras se habilitó una poterna con arco falso, que actualmente se encuentra cegada. El nivel del paseo ha ocultado parcialmente la base del torreón y disimula un tanto los vestigios del resalte o talud, con perfil en línea quebrada, que protegía el pie de la obra.

Don Gome. El frente de los torreones mide 6’20 metros de largo; el lienzo central 24’70 metros (otro lienzo en la calle del Hoyo medía 26’50 m.); la muralla mide 6’80 metros de altura hasta el remate de las almenas y tiene 1’55 metros de espesor. El paso de ronda es muy estrecho, apenas 53 centímetros. Faltan las almenas originales que fueron sustituidas por un parapeto.

El torreón de Tavira es, excepto por el paso de la poterna y el acceso a la terraza superior, enteramente macizo. La terraza estuvo probablemente rema­tada por un cadalso voladizo de madera apoyado en mechinales algunos de los cuales se conservan.

Los encofrados forman seis hileras sucesivas, la última de las cuales, cuyo remate es el paso de ronda, es más estrecha que las otras. El resto oscila entre los 80 centímetros y el me­tro de altura. En el callejón del Hoyo las medidas vienen a ser las mismas, aunque aquí uno de los encofrados del lienzo intermedio medía sólo veinte cen­tímetros. En la Silera el surco que separa cada encofrado del precedente conserva en algunos casos el relleno de obra cimienticia con la que se recubrían las murallas. Aunque abundan las excepciones, los mechinales para los palos del encofrado suelen distar unos 75 centímetros entre sí en sentido horizontal y, a menudo, están protegidos por su parte superior con un ladrillo o una piedra plana. Los encofrados se colocaron de modo que los cortes verticales de cada hilera coincidiesen con la parte media de los encofrados de la hilera inferior para evitar la creación de líneas de mínima resistencia. Este tapial se suavizaría con un enlucido cimenticio como el que se observa en los restos musulmanes conservados en el interior del torreón de Tavira y sobre este enlucido se dibujó seguramente un falso despiece de sillería, como es norma en monumentos similares. El distinto índice de dilatación de los elemen­tos del encofrado y del enlucido hace que éste acabe se­parándose y cayendo en desconchaduras hasta dejar al des­cubierto la obra interior.

En el tramo de la muralla que miraba al río, al pie de la cuesta de acce­so a la desaparecida Puerta del Alcázar, se encuentra el torreón de la Fuente Sorda, uno de los de la muralla musulmana que fue revestido de sillería para que respaldara una hermosa fuente coronada por el escudo de Andújar con el lema Nulla prestantior. En la confluencia de la calle Ronda de Muralla con la calle Muralla se conserva todavía un fragmento de muro en el que la primitiva muralla de tapial aparece revestida por un aparejo mixto de mampostería y ladrillo. El revestimiento disimula las aristas del muro original acha­flanándolas, una precaución propia del siglo XV en que la artillería impone esta clase de diseños. El aparejo mixto por hiladas sucesivas de piedra y la­ drillo aparece también en el cuerpo central del castillo de Andújar. Es probable que la fortaleza fuese reformada también en el siglo XIV, cuando las rentas de las escribanías pú­blicas, almotacenía, terrazgos y dehesa de la Sardina se aplicaban al mantenimiento de las murallas. El resto más interesante y mejor conservado de la mura­ lla musulmana de Andújar es el conjunto de tres lienzos y dos torreones intermedios de la calle Si­lera, seguramente los colindantes a la torre octogonal a cuyo otro lado se abría la Puerta del Sol. Estos lienzos y torreones sirven de cerramiento posterior al con­junto del antiguo palacio y casas llamadas de

Al mismo nivel del paso de ronda, en la parte central del cubo, se abría la puerta que conducía a la cámara del torreón. El arco de la entrada fue de ladrillo como indi­can los restos dejados en el calicanto del vano. En los dos torreones de la calle Silera los ladrillos del arco habían desaparecido. En el interior, las ruinas dejan adivinar una reducida cámara con cúpula y paredes de ladrillo. De esta cámara se ascendía a la terraza por dos tramos de es­calera lateral en forma de L. La


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terraza tenía unas alme­nas esquineras de dimensiones similares a las que remata­ban los lienzos, y el resto del espacio de su parapeto es­taba ocupado por una almena el doble de ancha con proba­ble saetera central. Los torreones eran macizos hasta la altura del paso de ronda y de allí hasta la terraza estaban huecos y alber­gaban la cámara antes descrita. Como el peso de la terraza y el relleno de la cúpula era considerable y descansaba solamente en los muros del torreón, la parte superior de éstos estaba reforzada, por las tres caras exteriores, por sendos espigones de ladrillo que a su vez se apoyaban sobre un sillar. Todo ello estaba empotrado en el tapial. Entre las ruinas de los parapetos de las te­rrazas, por la parte interior, se observan mechinales. Después de la calle de Silera y pasado el altozano don­de estuvo la desaparecida Puerta del Sol, se abre el callejón del Hoyo. Después de las demoliciones de los años sesenta, quedaba aquí un lienzo de muralla y un torreón en excelente estado. En febrero de 1979 este conjunto se demolió apresuradamente. Sus almenas medían unos 85 centímetros de altura por unos 87 m. de largo y unos 45 m. de grosor. Cada una de ellas estaba rematada por un cuerpo piramidal achatado, a manera de tejadillo a cuatro aguas. Bajo el espacio libre que había entre dos almenas, en el muro del parapeto, existían saeteras vaciadas hacia adentro. En la demolición se puso de manifiesto el sistema de construcción del remate almenado usado por los musulmanes. El parapeto sobre el paso de ronda se construía a manera de encofrado normal sólo que más estrecho que los precedentes, puesto que tenía que albergar el pasillo. Sobre este, usando cajas regulares construidas al efecto, se disponían las almenas también de tapial, y terminadas éstas, se les añadía el remate del tejadito piramidal. Al des­plomarse desde su altura estos tres elementos, parapeto, almena y tejadillo, suelen despegarse debido a la menor resistencia de los planos de las juntas.

5.5. Las defensas de Arjona. La descripción más antigua de las defensas de Arjona es el Informe de los visitadores calatravos fechado en 10-X-1495. En 1628 diversos autores se ocupan indirectamente de ellas al narrar el descubri­miento de reliquias de mártires cristianos en la antigua alcazaba que coronaba el pueblo: la Relación de Baeza (1628); Sánchez Ramírez (1629); Tamayo, Bernardino de Villegas (1639), Jimena Jurado (1643) y Antonio Calderón además del exhaustivo Memorial de información sobre los Santos de Ar­jona. Estas fuentes nos suministran un copioso caudal de datos a partir de los cuales nos es posible reconstruir sobre el terreno el trazado y disposición de las defensas de Arjona. Arjona está situada sobre un cerro que es centro geográfico de la campiña jiennense y vértice geodésico de primer orden. Desde aquella elevación se divisa una fértil y extensa campiña, tierras que fueron de pan llevar y hoy son buenos olivares. Esta comarca, que también incluye a la antigua Obulco (=Porcuna), ha estado muy poblada desde la antigüedad. Los excavadores de 1628 extrajeron sus reliquias precisamente de una necrópolis argárica (1500-1000 a. de C.) asentada en el cerro. En época romana Urgao (=Urgavona) era ya un oppidum famoso mencionado por Plinio. Los musulmanes llamaron al lugar Aryuna, palabra de la que se deriva su nombre actual. La primera noticia de la fortificación de Arjona data del año 888 en que, a raíz de la rebelión muladí, el emir `Abd Allah ordenó al gobernador (´amil) de Jaén que fortificase y poblase con súbditos leales los castillos de Andújar y Arjona. En esta plaza segura deposita sus pertrechos e intendencia el ejército de Tásfin ibn ´Ali cuando salió a atajar la expedición toledana que se dirigía contra Córdoba en 1132. Durante los reinos de taifas un caudillo local, Aben Alhamar, se declaró independiente (18 abril 1232), y con­siguió de Ibn Hud, el nuevo emír al-muslimín, el reconocimiento de su autoridad. Fernando III se planteó la conquista de Arjona al principio de sus campañas andaluzas. En 1234 asoló el término de

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la población. Es, incluso, posible que una primera conquista castellana de la ciudad en 1240 no llegara a consolidarse y la plaza volviese a manos musul­manas tres años más tarde. En 1244 Fernando III la conquistó definitivamente y estableció su primera iglesia, consagrada a Santa María, en la mezquita mayor. Santa María fue, desde entonces, el marco que consagraba los actos del poder externo a la villa (rey o señor), en tanto que la cercana iglesia de San Martín era la utilizada por el concejo y habitantes del lugar. Fernando III había decidido conservar Arjona bajo su dominio directo como villa realenga, pero Alfonso X la otorgó al Concejo de Jaén poco antes de 1254. En 1277 una expedición musulmana asoló las tierras de Arjona, Porcuna y Jaén. Alfonso X se vio obligado a solicitar la paz. En 1284 el nuevo rey de Castilla Sancho IV, restituyó a Arjona la condición de realenga, probablemente para recompensarla por el apoyo que le había prestado contra su padre Alfonso X y para compensarla por los daños sufridos durante la guerra civil. Además le concedió exención de portazgo y montazgo señaladamente por El servicio que me ficieron agora quando Aban Yusef vino sobre ella así como, a partir de 1295, el almojarifazgo de Arjonilla para ayudar al reparo de sus muros. Las defensas de Arjona debieron quedar quebrantadas después de sufrir el asedio de Aben Yusef, el califa de Marruecos aliado de Alfonso X. En 1316 los moros de Granada atacaron Arjona y consiguieron abrir una brecha en sus murallas, aunque no lograron apoderarse de la ciudad. Durante la guerra civil entre Pedro I el Cruel y su hermano bastardo Enrique de Trastamara, Arjona apoyó al Trastamara. En pago a su destacada actuación, Enrique II le concedió en 1365 y 1369 doce mil maravedíes de las rentas de la ciudad para sufragar las escuchas, atalayas, atalayadores y guardas, y las rentas de la tafurería para tenencia de sus castillos. En 1364 el concejo acordó la reparación de la torre Albana del alcázar. Parece que la torre fue practicamente derriba-

da y vuelta a edificar sobre los cimientos de la primitiva pero no le repusieron las almenas, motivo por el cual fue conocida en adelante como Torre Mocha. En esta época era alcaide Fernando Díaz de Mendoza que moriría en 1368 en Aljubarrota. En 1367 los moros de Granada aliados de Pedro el Cruel atacaron Arjona, partidaria del Trastamara, asolaron sus términos y aportillaron sus murallas aunque no lograron entrarla. El nuevo rey, Enrique II, prometió a Arjona, en 1371, no enajenarla nunca como compensación por los daños sufridos. A pesar de las seguridades que Enrique II había dado a Arjona sobre su perpetua condición de realenga, los regentes de Enrique III la entregaron en señorío al condestable de Castilla Rui López Dávalos “duque de Arjona” (1394), del cual pasó a Fadrique de Castro, conde de Tras­tamara (1423). Cuando don Fadrique cayó en desgracia (moriría preso en Peñafiel en 1434), el rey la vendió a Fadrique de Aragón, conde de Luna (1430), quien, a su vez, la vendió, en 1434, a don Álvaro de Luna. Álvaro de Luna la cambió a la Orden de Calatrava por Maqueda y otros lugares y a partir de este momento los calatravos siempre tuvieron intereses en Arjona. Las propiedades desamortizadas en el siglo XIX a calatravos y miembros de otros institutos religiosos en los términos de Arjona ascendieron a 1.700 fanegas (=97.053 áreas). En el último periodo del reinado de Juan II (1407-1454), Castilla se enzarzó en otra guerra civil entre la nobleza, apoyada por el infante don Enrique (futuro Enrique IV), y los partidarios del rey. La implicación de la Orden de Calatrava en la contienda explica las sucesivas reparaciones de las defensas de Arjona en 1450, 1456 y nuevamente en este mismo año. En estas obras se construyó la parte del castillo que daba a la iglesia de Santa María, a expensas del Maestre, lo qual se echa de ver or el escudo de sus armas que esta en escultura en una piedra, en un torreoncillo redondo que alli hay. Consta que la reparación y conser­vación del cuerpo del castillo nunca fue de uso y costumbre las labrase el dicho concejo,


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sino solo las obras y labores de los adarues de la dicha villa y alcázar. En este reparto de competencias se observa que el castillo era responsabilidad de los calatravos, señores del lugar, mientras que el alcázar, donde vivía una parte de la población, pertenecía al concejo. La misma repartición que observábamos en el caso de los alcázares Nuevo y Viejo de Jaén. Con la ascensión al trono de Enrique IV en 1454 no se remedió la crisis interna castellana ni acabaron los desórdenes. El nuevo rey se tuvo que enfrentar a la nobleza que apoyaba a su hermano Alfonso. Entre los caudillos del partido rebelde destacaban el antiguo valido don Juan Pacheco, marqués de Villena, y su hermano Pedro Girón que era el

Maestre de Calatrava. Siendo Arjona posesión de los calatravos hubo de sostener al partido rebelde desde el principio de la contienda. En 1469 Fadrique Manrique tenía Arjona bien abastecida de pertrechos y hombres, pues los combates y escaramuzas con fuerzas de Andújar y Jaén, leales al rey, eran frecuentes. A la luz de los datos expuestos se observa que, a pesar de los avatares bélicos que soportó en época medieval, nunca sufrió Arjona devastaciones completas en estos siglos. Sin embargo, las excavaciones que se practicaron en el alcázar de Arjona en 1628 pusieron de manifiesto multitud de restos humanos a cuyas osamentas parecían auerseles dado cuchilladas, y algunas heridas, que demostrauan en los hue-

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sos parecian ser de otro instrumento que de espada por ser las cisuras muy grandes. A estos restos huma­nos, que parecían de individuos muertos violentamente, se asociaban estratos de carbones que atestiguaban incendios y destrucciones coe­ táneas, y piedras hechas cal del fuego que se juzga auer sido muy grande, por estas señaladas del mas de dos estados de alto en la dicha muralla; algunas piedras al parecer... auian estado entre el fuego porque estauan negras por una parte por otra tenian su calor natural. Parece evidente que el poblado de Arjona fue des­truido en la antigüedad y sobre los restos de esta destrucción, que seguramente contempló el arrasamiento completo de su primer oppi­dum, se levantó el conjunto de fortificaciones medievales que nos ocupa. Jimena Jurado escribe en 1643: . . . esta rodeada toda ella de murallas y torres, fuertes en otro tiempo, todas del cal y canto, y ahora, en gran parte, arruinadas y aportilladas. La forma de la villa es así como la de una barca. En las murallas hay 24 torres y cuatro puertas: se llama puerta de Jaén la que mira a aquella ciudad y se sale a ella para ir a dicha población y esta situada a Oriente; otra al Mediodía, llamada de Martos, porque por ella se toma el camino de dicha villa; otra puerta llamada de Córdoba por la misma razón, y está a la parte occidental a la esquina que hace la muralla junto a la vuelta de la parte septentrional, y en la mitad de esta longitud está la otra puerta que llaman de Andújar, por ir desde ella al camino de aquella ciudad. Todas las cuales están fortalecidas cada una con dos torres de piedra, muy fuertes con tal arte fabricadas, que una de estas torres encubre la puerta de manera que desde fuera no se ve, y así es menester entrar por ella con cierto rodeo con cuyas bueltas estaban muy seguros de los ingenios de guerra con que las pretendían quebrantar los contrarios cuando viniesen contra esta villa. El Alcázar esta situado en la cumbre del cerro, a la parte del mediodía; su forma es, asi, redonda, porque sólo tiene dos esquinas en los dos extremos de la muralla meridional, que esta algo recta y derecha. Esta cercado este alcázar por todas partes con muro y antemu­ro, con muchas y fuertes torres en la

circunferencia de la mura­lla;· tiene veinte torres y a este respecto en el antemuro; tiene tres puertas; las dos para entrar a la villa una al Oriente, llamada la puerta del Alcázar, que esta junto al Castillo, y otra al Occidente, llamada la puerta de la Morería; la tercera puerta está al Mediodía, con libre salida al campo y se llama Puerta del Sol. A la puerta Oriental del Alcázar esta el castillo con diez torres, de las cuales la principal, llamada de la Mosca y por otro nombre del homenaje; ella y un arco muy grande y primoroso que desde ella sale a las otras dos torres que principalmente componen la fortaleza de aquel castillo, son obra de tiempos antiquísimos; tenía una fosa alre­dedor de este castillo para mejor defensa de é1; sus puertas eran dos, ambas pequeñas; una a la parte de adentro del Alcázar, para salir del castillo al mismo alcázar y plaza principal que allí hay delante de la puerta, la cual puerta mira a Septentrión, y otra para salir del mismo castillo a la villa. La circunferencia del Alcázar es de 1.633 varas y la del castillo de 267. Tiene Arjona tres arrabales fuera de las murallas; es población de 1000 vecinos, estéril de agua; siendo la mejor la del pozo llamado Hardón; tiene también un buen algibe en el Alcázar, junto a la misma iglesia parroquial de Santa María... la de San Juan Bautista esta a occidente y cerca de la muralla. Cuando se descubrieron las reliquias de Arjona, el arqueólogo e historiador Jimena Jurado realizó cinco interesantes planos sobre pliegos de papel de 31 por 42 centímetros que se encuentran pegados y plegados al princi­pio de un ejemplar impreso del libro Memorial del Pleito, en la Biblioteca del Instituto de Estudios Giennenses. El plano que denominaremos Nº 1 representa el conjunto de las fortificaciones de Arjona (muralla-alcázar-castillo); el Nº 2 corresponde al conjunto alcázar-castillo; el N° 3 al castillo; el N° 4 al sector no­reste del alcázar, y el N° 5 al sector norte del alcázar. Seis autores se han ocupado de las fortificaciones de Arjona cuando éstas ya no existían, lo que nos indica que han seguido fundamentalmente a Jimena Jurado y las otras fuen-


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tes del siglo XVII anteriormente citadas. Estos son: González Sánchez (1905); Romero de Torres (1914); Martínez Ramos (1960); Morales Talero (1965); Gil Mena (1972); y Serrano Díaz (1976). Las defensas de Arjona parecen corresponder a dos etapas constructivas. La primera sería el oppidum prerromano ampliado quizá en época romana a un recinto que abrazaba parte del piedemonte (al que corresponderían los muros hallados en los años veinte en la plaza del Mercado); la segunda etapa corresponde a la remodelación musulmana desde 888. Los constructores del alcázar aprovecharon los restos del oppidum y les adosaron torreones o elevaron sus lienzos según el modelo medieval. Los bastiones ibéricos o los torreones islámicos desaparecieron al construir el Cementerio de los Santos pero las marcas verticales de sus límites subsisten en la muralla ataulada de este sector. En 1132 Arjona se consideraba plaza fuerte y segura. La cerca del alcázar musulmán seguía el borde del escarpe de la meseta superior del cerro (plaza de Santa María y construcciones del entor­no). Este escarpe cae a pico sobre la calle del Sol cuyas casas de la acera sur tienen escaso fondo y se encaraman sobre una cortada considerable. En esta disposición no hay espacio para el desarrollo de tres recintos murados con sus espacios intermedios. La configuración del terreno dibuja claramente el trazado de los dos recintos que hubo por el sur: el del alcázar, siguiendo el escarpe del cerro y el del muro exterior, al otro lado de la calle Sol que era a su vez camino de acceso a la Puerta del Sol del alcázar. Arjona sufrió asedios en 1244, 1277, 1316 y 1367. Sus defensas sufrieron reparaciones en 1295, 1364, 1450-6 y 1495. Aparte del tremendo desgaste y remodelación a que estos avatares someten a las defensas de Arjona, parece que otras adversidades se ceban en ellas hasta casi hacerlas desaparecer: hacia 1634 Jimena Jurado atestigua que la muralla exterior estaba arruinada y aportillada, que gran parte de la torre del homenaje se había desplomado (Calderón), que la zona del muro del alcázar por la Puerta del Sol sólo quedaban los cimientos de todas las cercas (Sánchez Ramírez). Más tar­de los destrozos ocasionados por terremotos o lluvias en 1755,

1782 y hasta en 1979 y las depredaciones para aprovechamiento de los materiales, continuas desde 1639, completaron este proceso.

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La muralla exterior discurría por la acera externa de la calle del Sol, bajaba por la calle de los Molinos hasta la Puerta de Jaén, continuaba en dirección noroeste por la calle del Viento, cruzando las calles del Santo Rostro, de Pedro Ramírez y del Pilar de la Villa para subir después por la calle del Castillo, atravesar la Calle Cañuelo, y desviarse hacia el oeste para enlazar con el comienzo de la calle de la Amargura. Continuaba por la calle de las Eras y por la de las Hileras hasta dar en la Puerta de Martos. Esta puerta seguramente no se abría en la calle de su nombre sino más bien en la cercana bocacalle de la del Pozo Dulce que mira al sur, como observamos en el plano 1 de Jimena. Discurría luego la muralla por la calle de la Huerta y, bordeando los desniveles del Barranco de la Tercia, seguía por la calle Adarve hasta enlazar con la del Sol frente a la desembocadura de la calle del Alcázar. Además de la puerta de Martos, ya situada, existía la del Sol, que debió estar cerca del lugar donde comienza la cuesta de la calle Barbacana, y no en medio de la calle del Pozo de La Virgen, donde la sitúa Martínez Ramos, ni en la calle del Molinillo donde la ubica Gil Mena. La puerta de Jaén estaría en el vértice este de la muralla, en la proa de la barca que imaginaba Jimena. Aquí la sitúa Martínez Ramos. La Puerta de Andújar estaba en la plaza de San Rafael, en lo que coinciden Martínez Ramos y Gil Mena. La Puerta de Córdoba en la confluencia de las calles Duque de la Torre y Torres Bajas, probablemente sirviendo de antesala a la plazoleta que queda en la desembocadura de la calle de las Torres Altas, El Postigo, lla­mado Puerta Nueva, dio nombre a la calle homónima y estuvo situado donde acaba la calle de Hileras y comienza la de las Eras. En el plano de Martínez Ramos el circuito de la muralla de Arjona mide 2.058 metros. En el de Gil Mena, 2.231 metros. El de la vecina Andújar medía 1.740 metros de contorno; las de Sevilla, la mayor urbe bajomedieval de Al-Andalus, unos 6.000 metros. El número de puertas estaba lógicamente proporcionado al perímetro de los muros. Así, Sevilla tenía doce puertas y Arjona sólo cuatro. Sevilla llegó a tener una población de 83.000 habitantes; Arjona, si aceptamos el riesgo de calcular proporcionalmente, pudo albergar a unas 27.000 personas.

La muralla de Arjona tenía siete puertas en 1639 según el plano Número 1 de Jimena: las puertas de Martos y del Sol (sur); la de Jaén (este); las de Andújar y Córdoba (norte), y la Nue­va (oeste). Además, entre las puertas de Andújar y Córdoba, aparece otra, anónima, flanqueada por dos torres, quizá en el nacimiento de la calle Cañuelo. Todas estas puertas estaban flanqueadas por sendas pare­jas de torres excepto la Nueva que, en realidad, era un portillo practicado en el muro hacia 1552. Jimena Jurado sólo menciona en sus Anales cuatro puertas (Jaén, Martos, Andújar y Córdoba) seguramente porque las restantes eran simples portillos abiertos por razones utilitarias. No cuenta la del Sol porque, en realidad, su uso estaba restringido al servicio del alcázar. De la descripción de Jimena Jurado se deduce que estas puertas de acceso a la ciudad eran de recodo y se abrían en el costado de una torre. Ello explica que en la puerta de Jaén y en la de Córdoba del plano 1 de Jimena veamos una torre más voluminosa y adelantada que la compañera, que es la que albergaría la puerta acodada (en la puerta de Andújar esto no se ve claro por coincidir con un doblez del papel y la de Martos le ha salido al dibujante demasiado pequeña como para consignar los detalles). La coincidencia de puertas flanqueadas por dos torres y, además, abiertas en el costado de una de ellas y en recodo, indica que los almohades se limitaron a demoler una de las dos torres que defendían cada puerta para reconstruirla más voluminosa como torre-puerta en recodo, un dispositivo que ellos introducen en al-Andalus. En cualquier caso, la existencia de estas puertas reformadas para albergar un recodo demuestra que el planteamiento general de la muralla es anterior a los almohades, probablemente almorávide, aunque los almohades la remodelaran definitivamente. No se puede descartar, no obstante, que los constructores beréberes aprovecharan la existencia de muros más antiguos. La fortificación urbana constituía el elemento integrador de la ciudad. Esto explica la costumbre de poner nombres a cada una de las torres que la formaban y que, por otra parte, eran los puntos de referencia más adecuados en poblaciones


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cuyas casas raramente excedían la al­tura de un piso. En Arjona se han conservado los nombres de casi todas las torres que integraban el conjunto de su alcázar-castillo, nombres que, por otra parte, nos ofrecen a veces informaciones valiosas sobre estas defensas. Empezando por el norte, en el lado que linda con el castillo, las torres del Alcázar eran: Ariete y Escala, que formaban la puerta del Alcázar, Santos, Reloj, Bovedilla, y Albana. A estas seguían otras dos cuyo nombre desconocemos y a continuación estaban las dos Morerías que formaban la puerta homónima, otras tres, dos de las cuales se llamaban Ba­llestero y Hacho, la Coracha, que hacía esquina con el trazado sur del Muro, la Laña, las dos que formaban la Puerta del Sol, y las de Cárdena, Ga­rita y Calvario. Las del castillo eran: Homenaje o Mosca, Tahona, de los Cone­jos y otras seis de las que ignoramos el nombre. En los planos 1 y 2 de Jimena y en la narración de los testigos del Memorial se menciona el antemuro almenado del alcázar de Arjona que comenzaba frente a la puerta del Alcázar y seguía el trazado del muro hasta el ángulo suroeste, frente a la torre Coracha, por donde el propio sector sur de la muralla de la villa servía de antemuro. Entre el antemuro y el muro quedaba un espacio libre de 2’50 metros que en adelante denominaremos barbacana para diferenciarlo de la obra o antemuro. En las puertas del Alcázar y Morerías, el antemuro presentaba dos ensanchamientos que permitían la apertura lateral de puertas para el acceso a las del alcázar. Con ello se respetaba el prin­cipio de aproximación lateral enunciado por Vitrubio y se establecía una desenfilada respecto a las puertas del re­cinto interior. El ensanchamiento de la puerta del Alcázar, que un testigo llama plaçuela de armas comenzaba frente de la torre del Reloj. En él se encontraron las primeras reliquias en 1628 (el lla­mado primer santuario). La puerta del antemuro estaba defendida por una proyección exterior del muro o coracha. Todo ello ha dejado su rastro en el paseo del Cementerio de los Santos, cuyo muro de contención constituye un vestigio

de las fortificaciones del oppidum, aunque Morales Talero sostiene que data del tiempo de la construcción de la ermita de las reliquias. El ensanchamiento correspondiente a la puerta de Morerías se prolongaba hasta más allá de la torre de las Palomas. Se observa por este sector la existencia de un apéndice del antemuro que tiene la anchura regular (2’50 metros). Es indicio de que en una primera construcción, la almorávide seguramente, no existió el ensanchamiento y las puertas del muro y del antemuro estaban enfiladas. Es probable que el nivel del suelo de la barbacana fuese más al­to que el del exterior, de modo que el muro actuase a modo de contrafuerte coronado por un parapeto. La actual calle del Reloj se nos presenta di­vidida en dos niveles, uno de ellos corrido longitudinalmente a modo de acera balconada frente a las fachadas de las casas que pegan al alcázar y otro, metro y medio más bajo, que es el que sirve de calle propiamente dicha. En el siglo XVII todas las calles que rodeaban el alcázar se llamaban de “la barbacana” según se desprende de las declaraciones del Memorial. Hoy el nombre se ha conservado en la cuesta que sube de la calle Sol hasta el altozano del alcázar. El alcázar de Arjona tenía tres puertas: la propiamente llamada del Alcázar, que daba al norte; la de Morerías, al oeste, y la del Sol, al sur. Las dos primeras salían a la villa; la última, al campo. Todas ellas eran puertas dobles, con apertura en la muralla propiamente di­cha y en el antemuro que la rodeaba. Las del Alcázar y Morerías presentaban un dispositivo de desenfilada: en lugar de abrirse frontalmente en el antemural lo hacían lateralmente de modo que la trayectoria del posible atacante tuviese que describir un giro de 90 grados para acceder al alcázar. Este dispositivo pro­ducía sendos ensanchamientos o plazuelas de armas en el espacio de la barbacana. Por otra parte cualquier ataque a las puertas del antemuro obligaba al atacante a un acceso lateral presentando al flanco izquierdo a los defensores. Si el clásico consejo de Vitrubio se hubiese seguido correctamente, lo que

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no siempre era posible, el acceso habría presentado el flanco derecho, que no protege el escudo. La puerta del Sol, es doble por coincidencia con la propia muralla de la ciudad, no con el antemuro. Entre la primera puerta y la segunda mediaba la empinada cuesta de la calle Barbacana. Existían, además, una cuarta y una quinta puerta en el alcázar, de uso doméstico, que comunicaban con el inte­rior del castillo, por el este. Son visibles en el plano dos de Jimena Jurado. La doble puerta de Morerías también se llamaba de la Villa, quizá porque era la más usada por la población y habitantes del alcázar por comunicar con el oeste, donde se concentraba la mayoría de la población. El nombre Morerías

podría aludir al barrio donde se concentraron los moros después de la conquista de la ciudad, antes de la expulsión definitiva. El solar de la puerta de Morería se localiza en la bocacalle que, desde la plaza de Serrano (antes Mercado Viejo), conduce, con rodeos, a la plaza de Santa María-Puerta del Sol: el actual acceso al altozano del alcázar por el sur se hace por la cuesta de la calle Barbacana, en cuya cima se encontraba todavía en el siglo XVII la torre del Calvario. Sin embargo la famosa Puerta del Sol del alcá­zar estaba mucho más a la izquierda de esta torre, según observamos en los planos uno y dos de Jimena, y entre esta puerta y el acceso actual mediaba un buen trecho de muro y dos torres: la Cárdena y Garita. ¿Cómo se explica la diferencia?


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Probablemente el acceso actual es resultante de la desaparición del lienzo de muralla que existía entre las torres del Calva­rio y Garita, desaparición que posibilitó el acceso directo al patio de armas del alcázar frente a la sacristía de Santa María, sin tener que dar el rodeo que antes suponía continuar por el pie de muro hasta la Puerta del Sol. Seguramente este tramo de camino, que al dejar de utilizarse fue ocupado por casas que se adosaron al muro, pasaba por debajo del arco que uniría la torre albarrana Cárdena con la muralla. Este dispositivo respeta el precepto de aproximación lateral, dejando el muro a la derecha. En Arjona el agua escasea. El primitivo poblado que se estableció en el cerro de Santa María quedaba sufi­cientemente abastecido con el escaso manantial que había al pie de la torre del Reloj. Cuando la población creció, este manantial no bastaba lo que, en caso de asedio prolongado, constituía un grave inconveniente que los almohades paliaron construyendo en el alcázar un espacioso aljibe que utiliza para soporte de los arcos de la bóveda, dos columnas romanas que llevan inscripciones latinas. De este aljibe, que se conserva intacto, dan noticias González Sánchez (1904), que lo supone árabe; Romero de Torres (1914). Tuvo el alcázar de Arjona su mina o pasadizo que por los da­tos que poseemos no sería hoy difícil de localizar. González Sánchez dice que esta mina tiene su entrada por una casa de la plaza de San Rafael... dicen que atraviesa la población, pasa por debajo de Santa María y pudo ser salida secreta del alcázar. En un fragmento de la muralla que se conserva frente a la iglesia de San Martín y sirve de cerramiento al patio posterior de una casa particular, existe una hermosa galería que comienza en una poterna del muro, muy bien disimulada en un ángulo, y se prolonga en un espacioso subterráneo excavado en la roca arenisca de manera que un estrato más consistente le sirve de techo. La galería profundiza unos veinte metros y luego está cegada por una acumulación de tierra. En el alcázar había otros subterráneos además de la mina citada: hace dos años al explanarse el terreno para la

urbanización de la plaza de Santa María, se hallaron varias galerías y habitaciones subterráneas que dejaron cubiertas por el nuevo adoquinado. La Torre Albana o Mocha era albarrana, es decir, exterior o separada del muro y unida a éste por fragmento de muro o arco. En las cercas almohades de Andújar, Jaén, Cáceres y Badajoz las torres albarranas protegían los án­gulos de la muralla En el plano Nº 1 de Jimena Jurado se observa que cerca de la puerta de Martos, existe una torre esquinera notablemente mayor que las restantes. No se aprecia si es de planta poligonal o cuadrada. Lo mismo ocurre con una de las torres de la Puer­ta de Córdoba, también esquinera, que por su dibujo parece poligonal mientras que la compañera es cuadrada. En el plano Nº 2 de Jimena Jurado la muralla del alcázar presenta, además de la torre Albana o Mocha, otras dos torres angulares que bien podrían ser albarranas. Una es la lla­mada Coracha, donde empezaba el tramo sur; otra la del Alcazarejo, en el castillo, donde acababa este tramo. La torre Coracha es más voluminosa que las de su entorno en el pla­no Nº l (aunque no el Nº 2). Sin embargo su propia denominación “coracha” indica que era albarrana y estaba unida al muro por un puente. Sánchez Ramírez (1629) la encuentra muy antigua, seguramente en comparación con las otras de su sector y el hecho de que diga de la torre siguiente, la de la Laña, que se pegaba a la cerca, indica que la anterior descrita, la de la Coracha, estaba despegada. La torre del Alcazarejo o de los Conejos consta de dos cuerpos superpuestos, el segundo menor que el primero, para dejar un adarve alrededor. Esta disposición constructiva es almohade y aparece también en las cercas de Sevilla y Badajoz, aunque posteriormente fuese uti­lizada por la arquitectura nazarí y por la cristiana. Existía, además, la llamada Cárdena que no está pegada al muro y por eso la puse entre las veinte y dos. Es evidente que se trataba de otra albarrana que no tuvo coracha o la había perdido en 1629.

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En el plano del conjunto alcázar-castillo de Arjona se observa la superposición de dos estructuras: una intermedia, que contornea los propios límites físicos de la meseta y que contiene el recinto del alcázar y el muro interior del castillo, y otra superpuesta correspondiente a los cerramientos del castillo y no determinada por el medio físico. Se trata de una mera subdivisión que separa una parte de la meseta de otra (muro interior del castillo que partiendo de la torre de la Tahona por el este va a parar a la del Calvario por el sur), y acota otra parte que estrictamente hablando no pertenece a la meseta por hallarse en un nivel inferior (muros exteriores del castillo por el este). La propia regularidad del trazado del recinto exterior sugiere su primitiva unidad. Este constituía seguramente la acrópolis del oppidum prerromano de Arjona. Una meseta de bordes escarpados, fortaleza natural cuyas defensas acrecientan los primeros pobladores con murallas y bastiones aprovechando el escarpe natural del cerro. En esta primera etapa constructiva el cerro del alcázar-castillo de Arjona tendría un aspecto muy similar al del oppidum del Puente de Tablas, cercano a Jaén. Una segunda etapa, hacia 888, aprovecharía y remode­ laría este trazado para acrecentar la altura de los muros y refor­zarlos con torres de flanqueo regularmente espaciadas. Las antiguas defensas prerromanas delimitarían la qasba o barrio alto de la ciudad musulmana. Este alcázar está dominado por un castillo, construido en uno de sus lados menores desde el que el poder central se asegura el control de la población. El solar del castillo queda hoy delimitado por la acera este de la plaza de Santa María, y por las calles Sol y de los Santos Mártires. El resultado es un rectángulo bastante alargado cuyos vértices estaban protegidos por las torres Calvario, Conejos, Tahona y la anónima interior cercana a la puerta de Hierro. Este espacio rectangular estaba dividido longitudinalmente por otro muro. Entre los corrales de la calle de los Santos Mártires y los correspondientes de la plaza de Santa María existe un considerable desnivel que corresponde al escarpe del cerro.

Arjona se inscribe en el esquema urbano común a las grandes ciudades musulmanas de Occidente: recinto murado exterior que abraza el caserío y que tiene, en el extremo más defendido, otro recinto murado o alcazaba, barrio administrativo-comercial, y en un extremo de ésta, un castillo. Así ocurre en Granada, Málaga, Córdoba, Sevilla, Jaén, Almería, Baeza y Úbeda, por citar tan sólo algunas ciudades andalusíes importantes. Los dos ordenamientos resultantes (castillo-alcázar)son, como exige su cometido, absolutamente independientes. Observamos que cada uno de ellos tiene sus propios aljibes y dependencias internas, así como accesos independientes a la ciudad. El castillo cumple la doble función de asegurar la fidelidad de la ciudad al poder central y de última defensa y refugio (con capacidad sólo para la minoría dirigente) cuando el recinto exterior y la alcazaba son invadidos por una fuerza enemiga.

Las fortificaciones periféricas de Arjona. Los conquistadores cristianos mantuvieron como territorio o alfoz de Arjona el que le correspondía en época musulmana, que abarcaba su actual término municipal y los de las poblaciones que después se han ido segregando: Higuera (antes llamada de Arjona), Ar­jonilla y Escañuela. Dentro de este territorio existían varios núcleos menores de población: Cotrufe, Pachena, Herrerías, Corbún, Hardón cuyos nombres subsisten en la toponimia comarcal. En todos ellos hubo fortificaciones y atalayas, algunas de las cuales (Cotrufes, Pachena y Hardón), recibieron la atención de Jimena Jurado. Estas fortificaciones eran atalayas y albacaras o castillos de refugio que más tarde se transformaron en castillos rurales. En las defensas de Arjona cabe distinguir un periodo antiguo y otro medieval. El periodo antiguo corresponde a la etapa prerromana y romana correspondiente al oppidum de Urgao mencionado por Plinio.


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5.6. Castillo de Ferral ( o Castro Ferral). Este castillo está situado en las alturas del puerto del Muradal y guarda el paso de la Losa, una de las rutas tradicionales entre Andalucía y la Meseta. Al amanecer del 13 de julio de 1212, en vísperas de la batalla de las Navas de Tolosa, su guarnición almohade lo abandonó frente al ejército cristiano, dejando libre el paso de la Losa, pero los cristianos tomaron el camino alternativo hacia el oeste, por el Puerto del Rey, y acamparon en la Mesa del Rey frente al llano de las Américas donde el 16 de julio se riñó la batalla. Algunos autores confun­den los castillos de Tolosa y Ferral, con lo que trastocan también el cam­po de batalla de las Navas de Tolosa. Jimena Jurado en 1652 situaba el campo de batalla junto a los castillos de Tolosa y Ferral en las Navas de Tolosa de Sierra Morena y denomina al castillo de Tolosa célebre por el triunfo de la Cruz que junto a él en sus Navas se alcanzó por virtud della de los Moros. El viajero Antonio Ponz transmite el mismo error en 1791: a corta distancia sobre la mano izquierda en la falda oriental de Sierra Morena quedan los pueblos de Vilches, San Esteban y Castillo de las Navas llamadas de Tolosa, sitio famoso por aquella memorable victoria. No es de extrañar que persista el error. Recientemente al­guien ha escrito: el castillo de las Navas de Tolosa, conocido por Ferral.

En 888 los musulmanes instalaron su qasba sobre las ruinas del antiguo oppidum al que se añaden, a finales del siglo XII, la mura­lla exterior almohade con sus puertas de acceso en recodo, antemuro, albarranas, corachas y torres de dos cuerpos. De época cristiana datan evidentemente la torre del homenaje, la “Sala principal” del cas­tillo, las reparaciones datadas en 1295, 1364, 1450, 1456, 1495 y el artillado de las defensas.

De esta confusión procede el que el campo de batalla, perfec­tamente delimitado por Huici a principios del siglo XX en el terreno comprendido entre Miranda del Rey y Santa Elena, se haya situado tradicionalmente bastantes kilómetros más al sur, cerca de las Navas de Tolosa, actual pueblecito próximo a la Caroli­na o incluso en la propia población de la Carolina. Las crónicas árabes llaman al castillo del Ferral Hisn el ‘Iqáb o castillo de la Cuesta, y a la batalla de las Navas la denominan del mismo modo. En efecto, viniendo de la Mancha el Muradal se percibe como un declive o cuesta de algunos kilómetros de longitud que desciende hasta el arroyo del Rey y Santa Elena. El castillo está situado en lugar dominante,

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sobre un ce­rro al Sur de la Peña de Malabrigo, cerca del arroyo de Navalquejigo. Una pista forestal llega a sus inme­ diaciones. La primera noticia que tenemos del Ferral data de 1169 en que Fernando de Icaza, segundo maestre de la Orden de Calatra­va, lo conquistó con doscientos freires de su orden y cautivó a setenta moros que se habían refugiado en él. Los moros intentaron recuperarlo sin éxito. En 1176 y 1185 Martín Pérez de Siones y Nuño Pérez Quiñones atravesaron el Muradal para saquear las tierras de Baeza y Úbeda. Ferral volvió a manos musulmanas y sólo después de la batalla de las Navas de Tolosa se mantuvo definitivamente en poder de Casti­lla. Su importancia no debió decrecer a lo largo del siglo XIII puesto que era obligada estación para las tropas y viajeros que hacían la ruta del Mura­dal. En 1217 el arzobispo de Toledo se adjudicó este castillo y su término junto con otros de la región, entre ellos el de Tolosa, y el papa Honorio III se los confirmó como límites de la archidiócesis toledana a la que perteneció hasta 1243 en que fue transferido al obispado de Baeza que lo reclamaba. Cuando las campañas de Fernando III llevaron las fronteras hasta más allá de Sevilla, el Ferral perdió bruscamente gran par­te de su valor. A esta circunstancia se unió la fundación de Santa Elena (Ermita de los Palacios), que le restó importancia como centro de referencia para la escasa población de aquellos contornos. En época indeter­minada lo aportillaron para evitar que se convirtiera en guarida de salteadores. En su estado actual, el castillo de Ferral es un yacimiento bastante complejo pues presenta vesti­gios de fortificación de tierra (terraplén), de mampostería y de tapial. Para colmo un cortafuegos trazado con palas excavadoras ha arrasado el terraplén por el noreste y, bifurcándose, todo el interior del castillo dejando parte de sus restos en medio del arrasamiento, a manera de islote. A pesar de las destrucciones se observa que la primera fortificación del Ferral fue de tierra, quizá un foso-terraplénempalizada que cerraba la cúspide del cerco describiendo un círculo casi perfecto como se aprecia en las fotografías aé-

reas. El terraplén es más visible por el norte y noreste, donde el desnivel del terreno es mayor. Los vestigios de muros y torreones de mampostería afloran en el ángulo este, donde dos bastiones pudieron proteger la entrada del castillo, y al suroeste, donde el terreno es más escabroso. El núcleo central del castillo es de tapial de cal y arena de 1´65 m. de ancho. Probablemente corresponde a un edificio rectangular, rodeado y ensalzado por el correspondiente podio, al estilo de las torres fuertes beréberes de Marruecos. En el interior hay ves­tigios de aljibes apenas visibles debido a la acumulación de escombros. La cronología del Ferral es bastante compleja porque los escasos restos cerámicos que se ven en superficie apenas ayudan. Es posible que los almohades encontraran una fortificación de tierra y construyeran sobre ella su casa fuerte cuadrangular de tapial a la que después de la batalla de Las Navas de Tolosa añadirían los cristianos las obras de mampostería que ampliaron el recinto.

5.7. Castillo de Tolosa (o de las Navas de Tolosa). El castillo es visible desde la carretera nacional IV, pasado el kilómetro 265, entre Santa Elena y La Carolina, a la derecha. Algunos autores identifican este castillo con el de los Collados o de las Águilas, de las fuentes musulmanas (Hisn aloqbán), o quizá el hisn Salim citado por ‘Abd al-Wahid. El castillo de Tolosa siguió durante el siglo XIII los mis­ mos avatares que el del Ferral del que dista quince kilómetros. Aparece también en el pleito entre la archidiócesis toledana y la diócesis de Baeza y en el documento por el que Fernando III autoriza comunidad de pastos, pesca y caza para todos los habitantes cristianos o mahometanos de Vilches, Tolosa, Baños y Ferral. Jimena Jurado asegura que estuvo poblado y con el su Iglesia hasta que la ciudad de Baeça por unas alteraciones que huvo en que los contrarios della se hicieron fuertes en él,


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adonde se originavan grandes daños en su tierra, aviendolo sitiado y ganado por concierto, que en nombre y con poder desta Ciudad hicieron con el Alcayde que en el estaba fortificado Iuan de Benavides, Ramón Corvera el viejo y Iuan de Nicuesa a 5 de mayo de 1473 lo mandó la misma ciudad derribar como consta del libro del cabildo deallo de aquel Año. Es su sitio a la entrada de las Navas de Tolosa para Andalucía, a la harte meridional della. El elemento más vistoso de este castillo roquero es un bastión hexagonal de tapial que domina todo el conjunto y es su parte mejor conservada. La torre mide catorce metros de altura y sobre el enfoscado del tapial conserva vestigios de

un falso despiece de sillería que lo adornaba. Esta decoración es bastante similar a la del castillo del Vacar, en el camino de Córdoba a Toledo por el valle de los Pedroches. El bastión es macizo excepto por el hueco de una escalera que alberga en su parte central del que no se aprecia salida al patio de armas de la fortaleza. Por su volumen y por su emplazamiento, aislada y autosuficiente, podríamos describirlo como torre del homenaje: una torre del homenaje en un castillo califal. La única salvedad es que no parece contener espacio habitable alguno. Sobre la torre se observan restos de una basa de piedra con agujero central, quizá destinada a sostener los hornillos de las ahumadas.

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En el remate que mira al norte, abierto en el enorme grosor del parapeto, se observa una cámara de tiro que quizá vigilaba la poterna de acceso a la escalera situada al pie del bastión. Por la fachada que corre en dirección norte-suroeste unas rocas escarpadas proporcionan defensa natural. Sobre ellas quedan vestigios del parapeto corrido. Por el sur aparecer los restos de muros de piedra y calicanto que son todavía más visibles al sureste y cerca del cerramiento con el bastión forman un verdadero lienzo de mu­ralla firmemente asentado sobre el escarpe rocoso de la meseta. El bastión hexagonal de Tolosa podría ser obra califal o quizá beréber (almorávide o almohade). Algunos autores lo fechan a finales del siglo X, cuando se construyeron algunas fortalezas en los caminos que comunicaban Córdoba con la Meseta (El Vacar, Baños de la Encina).

5.9. Castillo de Giribaile.

Es evidente que los almohades utilizaron el castillo y pro­bablemente reforzaron sus defensas en la misma época en que cons­truyeron el Ferral, puesto que Tolosa se integra en una misma línea y es eslabón intermedio entre el Ferral y Baños.

Este castillo recibe los nombres de Giribaile, Spelunca o las Cuevas, a veces Cuevas de Mari-Algar y Castillo Viejo.

5.8. Antemuro de Baños.

Por la carretera que va de Linares a Arquillos (comarcal 3210), pasada la desviación de Guadalén del Caudillo, sale un carril a la derecha. A los cuatro kilómetros, este carril corta una calzada antigua, desigualmente empedrada, en el piedemonte de un cerro alargado que el carril bordea. La calzada, en mal estado, conduce a la meseta del cerro cuyo extremo norte está ocupado por el castillo que comentamos. Los restos de la fortaleza son visibles desde muchos kilómetros a la redonda.

El hallazgo a principios de siglo, de la lápida fundacional del castillo de Baños de la Encina, había permitido fechar la construcción de aquella fortaleza con toda exactitud en el año 968. En un dibujo de Jimena Jurado vemos que, a mediados del siglo XVII, el castillo de Baños con­servaba todavía su antemuro, una obra que ha desaparecido hoy por completo. El antemuro podría ser una tardía obra beréber dado que los almorávides y los almohades solían completar sus defensas con antemuros. En este caso seguramente era almorávide puesto que el acceso queda enfilado con la puerta del castillo. Los al­mohades lo hubiesen construido acodado o al menos desenfilado. En el dibujo de Jimena Jurado apreciamos que el antemuro estaba almenado y tenía un macizo bastión frente a cada torre de la cerca.

El cerro de Giribaile está enmarcado por las confluencias de los ríos Guadalén y Guadalimar. Domina una estratégica región minera y el camino real de Toledo que pasa al pie del castillo.

Todo el cerro sobre el que se asienta el castillo presenta abundantes vestigios arqueológicos: restos de muros, piedras sueltas, hornos de minería y abundante cerámica ibérica, romana y medieval en superficie. Manuel de Góngora identifica Giribaile con la Giri de Plutarco.


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En 1227 Acet -ibn Mahommad entregó este castillo en rehenes a Fernando III. Luego la fortaleza fue adquirida por Baeza junto con Arquillos, aunque su custodia debió de quedar por el rey que la encomendó a los calatravos. Es común opinión -escribe Manuel de Góngora- que en 1292 se dio a don Gil, juez de Baeza, aunque de ello no he encontra­do los antecedentes en el archivo de esta ciudad. En 1379 era señor del castillo Gil Baile o Gil Baylo de Cabrera, del que recibió su nombre moderno y una curiosa leyenda que va unida a este personaje. En el siglo XVII el castillo pertenecía a la casa de Biedma, de las antiguas de Baeza. El castillo de Giribaile se alza en el extremo norte de una amplia meseta aprovechando el escarpe semicircular, mientras que al sur el cerramiento es recto y discurre sin referencia a ningún accidente del relieve. Toda la parte que bordeaba el escarpe está hoy tan deteriorada que apenas quedan huellas del parapeto, aunque

a trechos se observa el muro de contención de mampostería seca que sostenía los rellenos que nivelaban el terreno. Lo que semeja cimiento ruinoso de una torre podría corresponder a una plataforma que sobresalie­ra del muro para habilitar un camino de acceso paralelo al escarpe, lo que daría una entrada en ángulo. Al borde del escarpe, en el patio de armas, se observa una tumba excavada en la roca. Los restos del castillo más importantes están en su extremo sur, donde la ausencia de defensas naturales exigió mayores obras. En esta zona abunda la obra de mampuesto, de sillarejo y de tapial de calicanto. Por el este quedan restos de un muro de mampostería regular, muy derruido. Hacia el centro, yuxtapuesta a este muro por el exterior, pero separada de él, aparece una torre de fuerte tapial rodeada por un antemuro de mampostería. El cerramiento primitivo sigue recto, muy destruido, y en el escarpe que mira al oeste, aparece el cimiento de la torre puerta de castillo que estaría arrimada a una segunda torre de tapial

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asentada sobre amplio zócalo de sillares y asomada a la vertical del escarpe. El descuadre del zócalo de piedra respecto a la torre podría indicar que se trata de una obra anterior reaprovechada. Presenta, además, un leve resalte escalonado.

inter­medio, además de un gran aljibe de tapial de calicanto cubierto con bóveda de medio cañón, en el interior del castillo. Es de planta rectangular (7’30 x 4’50 m.) y mide tres metros y medio de altura.

La torre oeste primitiva era de sillarejo y mampuesto y sobre ella se construyó, englobándola, la de tapial de calicanto. El interior de la torre es todavía practicable aunque está hundido y parcialmente relle­no de escombros.

El cerro de Giribaile albergó un importante oppidum prerromano como atestiguan los restos de muro que coronan la escarpa tanto en la zona del castillo como fuera de ella. La importancia estratégica del lugar sugiere una ocupación continuada hasta época medieval. Quizá alguno de los nombres de castillos árabes de la época de la fitna y rebelión muladí correspondan a otra denominación de Giribaile. Las fortificaciones en mampuesto parecen remodelaciones de la base prerromana. Es posible que el zócalo descuadrado de la torre del oeste sea obra califal. Su resalte escalonado es típico de otras construcciones califales (alcazaba de Gormaz, castillo de Baños de la Encina y Alcázar Nuevo de Jaén, en sus restos más antiguos).

La torre central que constituye, aún en su ruina, un hermoso ejemplar de fortificación en tapial. Tenía tres plantas, correspondientes a los tres estrechamientos sucesivos que presenta el grosor del muro por su parte interna. En el zócalo corrido resultante de estos estrechamientos des­cansaban las vigas de madera que sostenían las entreplantas. Los huecos de luz de los dos primeros pisos darían al muro que mira a la parte interior del castillo, hoy desaparecido. Los del tercero se asomaban a los lados de la torre y posiblemente al frente. El coronamiento, probablemente una terraza almenada, ha desaparecido por completo. La torre mide 7’45 metros de fachada y 6’20 metrosde lado. Deja un espacio de 2’20 metros a manera de barbacana y luego queda rodeada por el antemuro que mide 14’50 metros de fachada y tie­ne un parapeto de piedra de 1’60 metros de ancho. La anchura del muro de calicanto por su parte inferior, la más gruesa, es de 1’65 metros. La distancia entre las sucesivas tapias del encofrado es de 80 centímetros. En algunos desplomes se pueden observar restos de palos de unos veinte centímetros de diámetro, dispuestos en sentido longitu­dinal, dentro del muro, para reforzar la obra y absorber las dilataciones climáticas. Los datos históricos y la magnitud de esta torre, bastante más holgada que las almorávides, parecen sugerir una obra del periodo almohade. En el castillo de Giribaile se puede distinguir una etapa preberéber correspondiente a la fortificación en piedra: arco de la escarpa, cerramiento sur y zócalo de la torre del oeste y otra etapa almohade que comprende el remodelado del cerramiento sur con las dos grandes torres y el espacio

El remodelamiento de la zona sur, en su obra de tapial de calicanto parece obra almohade. Giribaile ha estado tradicionalmente adscrita a Baeza. Seguramente los almorávides ocuparon la fortaleza en 1091, cuando se instalaron en Baeza, y también en Úbeda, Córdoba y Segura. En 1147, a raíz de la conquista de Baeza y Úbeda por Alfonso VII, Giribai­le debió caer también en manos de Castilla. Esta ocupación du­raría diez años, hasta la retirada de Castilla al norte de Sierra Morena, después de la muerte del rey. En 1172 los almohades ocuparon Vilches, vecina de Giribaile, que hasta entonces estaba en poder de ibn Mardanis, el señor almorávide de Valencia y Murcia. Es probable que Giribaile siguiera su misma suerte. En 1212, después de la batalla de las Navas de Tolosa, Vilches fue la plaza fuerte avanzada de la frontera cristiana, estabilizada por treguas desde 1214. Giribaile caería en manos cristianas, ya definitivamente, después de 1224, en algu­na de las campañas de Fernando III. Es probable que la fecha de la conquista de Baeza, a finales de 1226, no se aleje mucho de la data de la ocupación de Giribaile. Las obras almohades de Giribaile podrían datar del periodo comprendido entre esas dos fechas, 1214 y 1226.


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Giribaile es un castillo estratégico que guarda el Alto Guadalquivir, rica región minera y agrícola que es además nudo de comunicaciones entre Castilla, Levante y Andalucía. Sobre la base de un oppidum prerromano se construyó un castillo de mampuesto en época quizá altomedieval que los almohades remodelaron con tapial de calicanto después de 1214.

5.10. Fortines camineros beréberes. En el tantas veces mencionado Manuscrito 1180 de la Biblio­teca Nacional, aparece una serie de castillos muy parecidos entre sí: Aldehuela, Aragonesa, Cotrufes, Fuerte del Rey y Marmolejo. Jimena Jurado pudo estudiar directamente las fortificaciones de Ar­jona, las de Fuerte del Rey, etapa en el camino de Andújar a Jaén que él hacia muchas veces, y la de Cotrufes, en términos de Arjona, que también visitó a menudo. Por el cuidado y el detalle que pone en su dibujo es admisible que visitara la de Marmolejo, próxima a Andújar. Menos seguro parece su examen directo de Aragonesa, en el que incurre en algunos errores, y de Aldehuela. Todos estos castillos reúnen características comunes: planta cuadrada o levemente rectangular, parecidas dimensiones, torreones cilíndricos en las esquinas y torre del homenaje en el centro del patio de armas. Además están situados a lo largo de vías de comunicación importantes del oeste del reino de Jaén y están relativamente próximos entre ellos. El único que se conserva es el de Aragonesa o Bretaña.

5.11. Castillo de Aragonesa o Bretaña. Está situado cerca del límite de las provincias de Jaén y Córdoba, entre el río Guadalquivir, que discurre a cuatro­ cientos metros del castillo, y la carretera Nacional IV (Madrid-Cádiz). Una pista agrícola de 4,9 kilómetros, que presenta a trechos em­pedrado medieval, conduce al mencionado castillo des­de la carretera general. Por estos parajes discurría uno de los ramales de la calzada romana y arrecife califal que remontaba el curso del Guadalquivir.

El castillo está enclavado en una finca de olivos cuya casería está adosada a la fortaleza. El castillo tiene forma rectangular con los ángulos rema­ tados por torreones cilíndricos macizos, excepto el noreste que fue sustituido por una torre del homenaje cuadrada. Esta es de sillería regular mientras que las torres cilíndricas son de mampostería menuda, y los lien­zos de la muralla, de tapial con encofrados de 82 centímetros. La muralla original tenía una altura de seis tapias o enco­frados (= 4’80 metros) y estaba rematada por almenas de plan­ta rectangular de 65 cm. de largo por 50 cm. de grosor y remate piramidal. La muralla mide un metro de ancha y el paso de ronda medio

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metro. La dis­tancia entre almenas es de 50 cm. Son muy pocos los merlones que se conservan quizá porque la apertura de una sae­tera en el parapeto, bajo el propio merlón, debilita su estructura. Las torres esquineras, de 4´60 metros de diámetro, están bastante adelantadas respecto al muro. Son macizas hasta la altura del paso de ronda, y aunque ninguna de ellas ha conservado su planta superior, se aprecia que so­bresalían más de dos metros por encima del nivel del paso de ronda, habilitando una especie de garita. Una de ellas, la del sureste, presenta un interesante perfil troncocónico similar al de muchos castillejos magrebíes. El calicanto de los muros es de excelente calidad muy rico en cal y muy empedrado de cantos rodados procedentes de un paraje a cien metros del castillo por el que discurrió alguna vez el lecho del río. En algunas zonas el zócalo inferior de la muralla está reparado con mampostería y ladrillo. El patio de armas es hoy el corral de una casería cuya fachada discurre sobre los cimientos del cerramiento oeste de la fortaleza. La fortaleza tiene una sólida torre del homenaje cuadrada, de 6’60 metros de lado y 13 metros del altura hasta los

canes que sostenían el parapeto de la terraza superior, hoy desaparecido. La torre alberga tres cámaras superpuestas de las cuales la más baja, aislada del resto del conjunto, debe corresponder al aljibe a juzgar por los restos del enlucido de estuco observables en el muro. La cubierta es una bóveda esférica de mampuestos y con un agujero en la clave que servía de pozo y lucerna y la comunicaba con el aposento superior.


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A la cámara intermedia, se accede a través de una puerta abierta a unos cinco metros de altura sobre el nivel del suelo. Esta cámara tiene bóveda esférica de mampostería menuda. En su muro oeste, a dos metros sobre el nivel del suelo, se abre el acceso a la escalera de caracol, embutida en el muro, por la que se accede al aposento superior y a la terraza. La escalera recibe luz de una saetera y el aposento superior de sendas saeteras abiertas en los muros norte y sur. La terraza de la torre ha perdido por completo los para­ petos almenados pero conserva gran parte de sus canes que son más robustos en las esquinas. En Aragonesa se observa un fuerte cuadrangular beréber que los cristianos convierten en castillo rural, cabecera de algún donadío, y le añaden, en el siglo XIII, una torre del homenaje.

5.12. Castillo de Aldehuela. Jimena Jurado dibuja un castillo cuadra­do con muros de piedra y torres esquineras cilíndricas. En el centro del patio de armas hay una torre al parecer cilíndri­ca de mayor tamaño que las otras. La inscripción dice: Este castillo esta media legua de Andúxar sobre la buelta del Norte como entre Oriente y Norte. oy es un vuen cortijo o Caseria, y la poblacion Cas­tillo se a acabado. En 1367, Enrique Trastamara concedió a Juan Gon­zález de Priego de Escabias, vecino de Andújar, para que pu­diese poblar la heredad llamada el Aldehuela con diez vecinos libres de pecho y tributos. La Aldehuela es hoy un cortijo señorial en cuya fachada hay un escudo fechado en 1660 con las armas de los Cirvente, Serrano, Cárdenas, Villa, Mieres, Jurado, Valdivieso, Pérez de Vargas y Gormaz, todos ellos con casas solariegas en Andújar. Por su situación se advierte claramente que el antiguo castillo cumplía funciones de vigilancia en uno de los pasos al­ternativos de Castilla a Andalucía.

5.13. Castillo de Cotrufes. En el plano de Cotrufes, fortaleza a cinco quartos delegua de Arjona a la parte del Mediodía, vemos una fuerza de plan­ta cuadrada con torres esquineras y torre del homenaje central, en todo semejante a las otras que estamos comentando. La peculiaridad de Cotrufes reside en que Jimena dibuja también las atalayas que se relacionaban con la fortaleza: auia dos atalaias, un quarto de legua cada una de ellas distante de Cotufres. La una a la parte oriental que se llama oi el atalaia sin tener otro nombre particular: la otra esta entre poniente y norte y se llama Pachena. Es admisible que los otros for­tines cuadrados de la serie que estamos comentando se sirviesen también de atalayas para cubrir sus misiones de vigilancia.

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5.14. Castillo de Fuerte del Rey. Era primera etapa en el camino de Jaén a Andújar, cosa muy desdichada si creemos a Ponz. A pesar del atractivo aspecto del topónimo hemos de descartar su origen en el castillo o fuerte que existió en este lugar porque hasta el siglo XVIII la po­blación se denominó Fuente del Rey, aludiendo quizá al manantial de Regomello, en la salida hacia Andújar, de la que tradicionalmente se surtía el vecindario. En la ordenanzas de Jaén, dictadas por el condestable Iranzo en 1464, la alcaidía de su castillo de Fuerte del Rey aparece dotada con dos mil maravedíes. Eran tiempos de guerras civiles entre el rey y la nobleza rebelde y Fuerte del Rey era pieza clave en el camino entre Jaén y Andújar, ciudades leales al rey y aisladas en un territorio rebelde. En 1465, los defensores de Fuerte del Rey y su alcaide Juan de Peralta se dieron de miedo no mirando a lo que debian a los hombres del Maestre de Calatrava que asediaban Jaén. Más adelante don Luis de Torres, regidor de Jaén y alcaide de Fuerte del Rey desde 1474, retiene la fortaleza contra la voluntad real, con ayuda del Maestre de Calatrava que se había atrincherado en Arjona. Entre mediados de septiembre de 1475, a finales de enero del año siguiente, Fuerte del Rey sufrió el cerco de los realistas que tenían en su poder la “Torre Nueva”. Antes de entregar el castillo el alcaide solicitaba que le compensaran los 35 o 40 mil maravedíes que había gastado en repararlo. De este modo sabemos que a la antigua fortaleza beréber llamada por las cambiantes circunstancias de una contienda civil a representar un primer papel en la “guerra de Fuerte del Rey”, como la llaman algunos documentos de la época, se le hicieron obras a mediados del siglo XV. Desde Cotrufes, emplazado en la encrucijada de los caminos Jaén-Porcuna y Arjona-Sur, se dominaban las vías más importantes de la comarca, todas aquellas que atravesaban el dominio de suaves lomas que se extiende entre Porcuna y Escañuela, por el sur, y Arjona y Lopera por el norte, incluyendo entre ellas el camino de Granada por Alcalá.

Antonio Ponz se refiere en 1791 a un torreón o castillo redondo. Madoz lo describe como un torreón antiguo con plaza de armas y circundado de muralla; Enrique Romero de Torres, en 1914, habla de un torreón circular ya muy destrozado con su plaza de armas circundada de restos de muralla sobre la cual se han edificado casas. La descripción más completa es la Jimena Jurado: tiene un castillo o campo cercado de muralla, de 100 pasos de qua-


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Poniente, lo qual no se puede descubrir desde el castillo por estar algo encubierto en el llano que se haze en lo alto aviendo subido la cuesta que diximos tiene al poniente -no tiene vivienda alguna este castillo. Lo que vio Romero de ‘Torres en 1914 de las ruinas del castillo de Fuerte del Rey fue demolido poco después para cons­truir la plaza del pueblo. Algunas personas de edad recuerdan todavía los gruesos muros de la fortaleza, construidos de mampostería menuda. La torre cuadrada, fuera del castillo, de que habla Jimena Jurado identificable con la “Torre Nueva” que actuó como padrastro del castillo en la Guerra de Fuerte del Rey, fue demolida en los años cuarenta para aprovechar su piedra, pero quedan trazas de su cimiento en un corral de la parte alta del pueblo. El castillo de Fuerte del Rey estaba situado en un hoyo, por aprovechar un manantial, hoy seco, que nacía dentro de sus muros. Desde su to­rre mayor no se divisaba la tierra de po­niente y esta deficiencia aconsejó construir una torre cuadrada en la parte alta del pueblo, a unos doscientos metros de sus muros. Parece que una condición indispensable para el emplazamiento de los fortines camineros beréberes era su fácil abastecimiento de agua. Los otros fortines que citamos en esta serie están muy cerca de un río o tienen pozo en su interior.

5.15. Castillo de Marmolejo. drado, veinticinco pasos cada unos (sic) de los quatro lienzos de la muralla son de a cinco tercias cada paso. tiene cuatro torreones redondos en las quatro esquinas y dentro de aquella cerca ay un gran torreon redondo tambien y mui alto, el qual no esta pegado a la muralla. La igha. (=iglesia) parroquial esta diez o doce pasos del dicho castillo a la parte del Norte y tiene tambien otro torreon fuerte antiguo cinqta. (=cincuenta) o 60 pasos deste castillo al Poniente esta una torre fuerte de piedra quadrada desde la qual se descubre mucha tierra y lo hondo de una vega y valle que esta hazia aquella parte del

Dice Jimena Jurado: el castillo de Marmolejo es casi quadrado con quatro torreoncillos redondos en las quatro esquinas y una torre cuadrada alta en medio todo es de piedra. El lienzo oriental y el occidental tiene cada una 25 pasos de a cinco tercias de largo y otros dos lienzos del castillo tienen de largo 22 pasos. En el dibujo aparece el brocal de un pozo en el centro del patio de armas. El castillo estaba situado donde hoy se levanta la iglesia de San Lorenzo que se construyó a sus expensas y aprove­ chabó la torre del homenaje para campanario. En tiempos de Madoz ya estaba ruinoso.

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orilla izquierda del Guadalquivir. Controlaba además uno de los pasos del río más importante del sector, por puente.

5.16. Paralelos del fuerte cuadrangular. Los beréberes carecían de tradición arquitectónica propia pero desarrollaron una notable arquitectura militar a partir de los modelos romano-bizantinos y paleoislámicos que encontraron el norte de África. Además algunos soberanos almohades contaron con los servicios de arquitectos sirios o bizantinos. A finales del siglo XII, las creciente presión cristiana sobre las fronteras de Al-Andalus preocupaba a los gobernantes de Marraquex hasta el punto de decidirlos a crear un limes al norte del Guadalquivir. Los beréberes no sólo copiaron el modelo del fuerte romano bizantino, sino también su función. Romanos y bizantinos esta­blecieron limes fronterizos o circunscripciones militares cuan­do llegaron al punto máximo de su expansión territorial y ya se adivinaba el declive. El limes tiene por objeto garantizar la seguridad del territorio y frenar la presión de los pueblos limítrofes.

En 1466, durante la guerra civil, unos jinetes de Andújar, que militaban en el partido del rey, tomaron por fuerza de armas una torre y aceñas en Casanueva, entre Andújar y Porcuna, y pusieron a salvo el botín en el castillo de Marmolejo que pertenecía a Andújar. El castillo de Marmolejo cumpliría una misión de vigilancia en la calzada romana y medieval que discurría por la

En el norte de África los romanos y los bizantinos habían desarrollado un limes o frontera militar dotada de castillos auxi­liares, los castella murata o burgi. En la época de los Flavios y en tiempos de Justiniano, esta frontera llegaba hasta el borde mismo del desierto. El emperador Adriano dispuso, en la Mauretania Caesariensis, un limes paralelo a la cos­ta que se avanzó luego hasta el Sur con castillos destaca­dos en el desierto. En la Mauretania Tingitania había ­otro limes en Fez, por Volubilis (Kzar Faraun) a Sala con muchos castillos; otro segundo limes, también muy for­tificado, corría en dirección a Mequinez, ... y hubo otro más al norte, cerca de Rabat. Los bizantinos que heredaron de Roma el norte de Áfri­ ca mantuvieron hasta la invasión islámica aquella frontera militar. El enemigo contra el que se alzaba este complejo sistema, de campamentos, castillos auxiliares, torres ópticas,


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fosos y muros, estaba constituido principalmente por beréberes de las montañas y nómadas del desierto. Este contacto secular y la posibilidad de estudiar de numerosas ruinas de fortificación explica la celeridad con que los beréberes adquirieron los conocimientos necesarios para reproducir sus defensas. Los fortines de planta cuadrada responden básicamente a dos tipos de trazados, uno rectangular y otro cuadrado. El cuadrado (tipo Fuerte del Rey), mide unos 34’85 metros de lado; el rectangular puede tener medidas muy parecidas (Marmolejo: 34’85 x 30’66 metros), o ser más reducido (Aragonesa: 22 x 12’40 metros). Son medidas muy similares a las de ejemplos romanos bien conocidos. En la muralla de Adriano, en Gran Bretaña, el castillo de High House mide 28’50 metros de lado; el de Chapel House es un rectángulo de 20’60 x 22’50; el de Housesteads, 26’70 x 22’50 metros. Cerca de Torredonjimeno, a unos trescientos metros del castillo de Fuencubierta, en la coordenada del Mapa Militar Español Martos 07.7.82.5 se alzan unas ruinas conocidas como “los Paredones” que podrían pertenecer a una fortaleza romana cuadrada de 32 metros de lado. Estos modelos se mantuvieron en la arquitectura bizantina y en la paleoislámica. El castillo de Susa, construido por los árabes en 821, tiene 32’60 metros de lado.

6. Diferencia almorávide-almohade Los almorávides empezaron a fortificar al-Andalus en 1125. Veinte años después, hacia 1145, tomaron el relevo los almohades. Es razonable suponer que en esos veinte años la actividad fortificadora se limitó al cerco defensivo de sus núcleos urbanos más importantes y que no pudo desarrollar el vasto programa que requería la implantación del limes. La culminación de esta empresa estaba reservada a los almohades que conta­ron con un periodo de ochenta años para desarrollarla (desde 1160 hasta 1220, quizá más intensamente entre 1212 y 1220 en el reino de Jaén, que era la zona más amenazada después de las treguas que siguieron a la batalla de las Navas).

En las cercas que los datos históricos nos permiten considerar almorávides ( Niebla, Córdoba, Sevilla, Jaén entre otras) obser­vamos que los torreones raramente exceden los 4’50 metros de lado, mientras que los torreones almohades suelen pre­sentar volúmenes más generosos (Andújar 6’20 m.; Giribaile, 7’45 m.). Un primer intento de diferenciación podría basarse en esta diferencia de volúmenes. La fortificación almohade prefiere las torres grandes y salientes. Es una arquitectura más monumental que la almorávide. Se inclina por las amplias superficies vacías, por los volúmenes geométricos sólo definidos y resaltados por escasos detalles decorativos como las mencionadas cintas do­bles. Es más simple y grandiosa que la almorávide, lo que Burckhardt denomina limitación consciente a las formas esencia­ les y puramente geométricas. Los almohades no dibujan sobre el enlucido de sus muros de tabiya, el falso despiece de sillería que caracterizaba al tapial de épocas anteriores desde la tradición califal. Prefieren el muro liso quizá contrapunteado por la pincelada de algún hueco o vano. El liso enlucido, coloreado ligeramente con óxido rojo para disimular las distintas tonalidades de diferentes tongadas de cemento, resaltará la pureza geomé­trica de los volúmenes desnudos. Así en la Alhambra, el pa­lacio rojo de los nazaríes, brillantes continuadores de la fortificación almohade. Dentro de la posible clasificación tipológica de las obras almohades hemos de considerar, lógicamente, la intro­ducción de ciertas innovaciones en la fortificación occiden­tal: barbacanas, torres albarranas, puertas en recodo y corachas, aunque, por supuesto, no es todavía de­mostrable que alguno o algunos de estos elementos no fuesen conocidos ya por los almorávides. Son en última instancia importaciones bizantinas y este origen explica la sorpren­dente madurez con que aparecen estas sofisticadas fórmulas de defensa que en su época otorgaron una clara superioridad a la fortificación almohade sobre todo lo conocido en la Euro­pa contemporánea. Cuando el problema de la atribución almorávide o almohade de las obras de tapial esté resuelto, todavía nos queda­rá

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el cabo suelto de las fortificaciones que usan otros sis­temas constructivos, principalmente el mampuesto. Existe el riesgo de atribuir toda obra de mampostería a los fortifica­dores cristianos que sucedieron a los beréberes en el dominio de la región. Parece que, en principio, los beréberes prefi­rieron utilizar el tapial siempre que les fue posible. Pero a veces la lejanía de las canteras y fuentes de aprovisiona­miento de los materiales, la irregularidad del cimiento don­de se iba a asentar el fuerte -el tapial requiere suelos lisos-, la preexistencia de otro tipo de fábricas aprovecha­bles, o cualquier otra razón que pueda escaparse al arqueó­logo, pudo imponerles la obra de mampostería. De nuevo ha­brá que recurrir al estudio de la cerámica que aparezca asociada a estos muros o al siempre relevante dato históri­co, para discernir qué obra es bereber y cuál cristiana posterior. En general parece que los cristianos son más hábiles en el uso del mampuesto de regular tamaño que para su dis­ posición en hiladas hay que corregir mediante ripiado. Esto nos da el típico aspecto de hiladas sucesi­vas más y menos anchas que caracteriza y dota de un cierto sentido dinámico a las murallas cristianas del periodo.

El mampuesto beréber suele ser más menudo, lo que en el muro da un aspecto más minuciosamente trabado. Tiene la tendencia de sustituir el ripiado por mero relleno de huecos con generosas cantidades de cemento sin que ello implique la ausencia de ripios. Probablemen­te se justifique si consideramos que el cemento beréber es muy superior al cristiano, más rico en cal, mientras que el otro en ocasiones es casi barro. Por lo tanto era más fia­ble en el acabado de los muros que luego iban a estar so­metidos a los elementos. Otra diferenciación observable en el mampuesto beréber es que éste suele ser además de me­nudo, más ancho que alto, como veíamos en las torres esqui­neras de Aragonesa o en Santisteban. En ocasiones llega a ser casi sillarejo de losa como en los recrecimientos de la muralla de Úbeda. En algunos casos las características del material sobre el terreno son decisivas. El castillo de Torre Alver, construi­do con lajas de pizarra superpuestas, no podría ser adscrito a los beréberes si no fuese por los condicionantes históricos que se deducen de su emplazamiento.


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Capítulo 11

LA RECONQUISTA DEL TERRITORIO (1224-1246) En 1223, el fallecimiento del califa al­mohade Yusuf II, alMustansir, aceleró la descom­posición del imperio almohade y animó a Fernando III a reanudar la Reconquista detenida once años antes. La estrategia del joven rey repetía los pasos de su predecesor Alfonso VII, aunque evitando sus errores. Al final de su reinado, Alfonso VII había intentado conquistar al-Andalus, cuando el imperio almorávide se estaba desintegrando pero, aunque logró ocupar el puer­to de Almería, fracasó ante Jaén, la plaza más fuerte de la cabecera del Guadalquivir, imprescindible para asegurar las comu­nicaciones de Castilla con la tierra conquistada. Tampoco repo­bló debidamente las tierras y ciudades conquistadas; ni consiguió consolidar sus conquistas antes de que el imperio almohade ocupase, con renovadas fuerzas, el vacío político y militar que dejaban los almorávides. Fernando III repetiría el plan con mejor fortuna. Por una parte puso sus ojos en el Guadalquivir, arteria esen­cial de Andalucía que llevaría a sus tropas a las más ricas ciudades musulmanas y al mar. Por otra parte planeó remontar el curso del Guadiana Menor y cruzar las tierras de Baza hasta alcanzar la costa y el puerto de Almería. De es­te modo una poderosa tenaza penetraría, en dos direcciones, la tierra de al-Andalus y, llegada al mar, quizá podría cerrarse a lo largo de toda la costa privándola de todo contacto con los musulmanes de allende el Estrecho. En este plan falló la pene­tración castellana por el eje Quesada-Baza-Almería. La formación del reino musulmán

de Granada, nominal vasallo de Castilla, dentro de fronteras naturales, abierto al mar y al norte de África prolongó durante dos siglos y medio, el último dominio musulmán en al-Andalus.

1. LA CAMPAÑA DE QUESADA (1224). En 1224, el reyezuelo ‘Umar ibn Ábd al-Mu’min, que luego sería llamado al-Bayyasi, solicitó ayuda de Castilla contra el nuevo califa al-Adil que le había arrebatado sus dominios del Alto Guadalquivir a excepción de Baeza. La curia real de Castilla y los magnates del reino aprobaron la de­cisión real de prestar a al-Bayyasi la ayuda solicitada. El ejército cristiano, al que probablemente se había uni­ do el contingente disponible por al-Bayyasi, cruzó por tierras de Baeza y Úbeda y fue contra Quesada. Quesada era una población importante y capital de una región natural.La facilidad con que la ciudad sucumbió al primer asalto queda explicada por la propia Crónica General: el castiello era derribado por las muchas conbateduras que los cristianos fezie­ran y dotras vezes. Es razonable suponer que cuando los castellanos la abandonaron en 1157 arrasaron las fortificaciones y qui­zá en los sesenta y siete años que median entre aquella fecha y 1224 no habían tenido sus habitantes ocasión y medios para reconstruir las murallas.

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1.1. Tres castillos de Quesada.

1.2. Los tres castillos de Jaén.

Después de abandonar Quesada, Fernando III demolió Lacra, Toya y Palos, tres castillos de la comarca que halló “desamparados”.

Aguas abajo del Guadalquivir, la expedición asoló otros tres castillos, Iznadiel, Estiviel y Espeluy, que formaban parte de la línea avanzada que defendía la campiña jiennense a lo largo del foso del Guadalquivir y frente a los caminos que bajaban del Muradal.

Lacra aparece con esta grafía en la Crónica General y con la de Letra en el manuscrito de la Academia de Lisboa. En De Rebus Hispaniae es también Lacra, pero en el manuscrito Matritense figura como Lesar. Se trata, no obstante, del mismo cas­tillo porque todas las fuentes lo citan en el mismo orden. El topónimo Lacra perdura en un caserío a nueve kilómetros de Quesada hacia el suroeste, entre los cerros Magdalena (1143 m.) y Vitar (1511 m.), controlando las vías alternativas del puerto de Huesa que van de Quesada a Tiscar o a Huesa remontando la orilla derecha del Guadiana Menor. Recordemos que ésta es la vía de penetración tradicional, usada desde la antigüedad más remota, y también, en 1147 por Alfonso VII, para alcanzar la hoya de Baza y costa de Almer��a. De la variante lesar parece derivarse Lixar castillo que en 1319 conquistó el infante don Pedro antes de tomar Tiscar. Es muy probable que se trate del mismo lugar. El segundo castillo que desmanteló Fernando III fue Toua, Tena, Toria o Toyam, identificables con la Toya de los documentos posteriores. El tercer castillo fue Pabes, Pollos o palos; Pilos, Peles y Pelos en otras grafías. Carriazo identifica este topónimo con la dehesa de Pelos que está a la orilla izquierda del Guadalquivir, cerca de la confluencia con el Guadiana Menor, término de Peal de Becerro, lugar de gran valor estratégico. Para regresar al Guadalquivir la hueste castellana no siguió el mismo itinerario de la venida sino que lo hizo en sentido paralelo al curso del Guadiana Menor, por el piedemonte de la Sierra de Toya. En este posible itinerario se encuentran los tres castillos desamparados de Lacra, Toya y Palos, en el mismo orden en que los mencionan las crónicas.

Iznadiel es hoy una cortijada en la confluencia del Guadalimar y el Guadalquivir. Este es el Emader de la Crónica General o Emader, cosnador en el Manuscrito Matritense. El topónimo contiene el vocablo árabe hisn (=casti­llo). Después de destruirlo, los expedicionarios cruzaron el Guadalimar por el vado, al norte del actual caserío, que parece haber aconsejado el emplazamiento de un fuerte en aquel lugar. Estiviel es el castillo cuyas ruinas se conocen por este nombre o por el de Las Huelgas. La Crónica General lo llama Esclamel y el Manus­crito Matritense estrinel) Espeluy, seis kilómetros al este del anterior, también custodiaba un importante vado y nudo de comunicaciones. En Espeluy se levantó en el siglo XIII una fortaleza cristiana, de la que sobrevive la torre del homenaje, pero no quedan restos del castillo anterior. Estos fueron los seis castillos que Fernando III destruyó en la campaña de Quesada. Los tres de Quesada estaban “desamparados” y en los tres de la región de Jaén, los defensores pley­tearon con el rey que los dexare salir tan solamente con los cuerpos y quel darien los castiellos e el rey touol por bien. Es evidente que la defensa almohade dejaba mucho que desear. El Manuscrito Matritense habla, además, de una espolonada enviada por Fernando III desde Espeluy a Víboras, castillo al sur de Martos, porque tuvo noticias de que allí había una gran hueste de alaraues con sus ganados.

1.3. Castillo de Toya.­ A unos cinco kilómetros de Peal de Becerro, la carretera de Toya se bifurca en dos ramales: el de la derecha conduce a la cámara sepulcral ibérica y el de la izquierda, tras cruzar


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un pequeño puente, termi­na en el pilarillo de una ermita al pie del ce­rro del castillo de Toya, cuya mole cúbica es vi­sible a lo largo de todo el trayecto descrito. El cerro está situado en el extremo de una cadena de 540 metros de altura que van del Barranco del Castillo a la rambla del Piojo. En esta fértil región se enclavaba el núcleo hispanoromano de Tugia, del que se des­cubren importantes restos arqueológicos por toda la comar­ca (sepulcro ibero de Toya, en un cerro vecino al del castillo, acueducto de Hornos de Peal, etc.) En geógrafo árabe al-Idrisi menciona el castillo de Toya (Hisn Tuya) dependiente de Quesada al-Idrisi y nuevamente las fuentes cristianas de 1224 que sólo nos confir­man su destrucción por Fernando III. El 20 de enero de 1231 Fernando III otorgó al arzobispo de Toledo las villas y tierras de Quesada y Toya. Los nombres de Toya, Pelos y Lacra aparecen en la lista de castillos que el prelado conquistó antes de abril de 1231. A partir de esa fecha, Toya queda incorporada al adelantamiento de Cazorla. Entre 1295 y 1312 ocurren en esta zona una serie de turbulencias cuyos detalles se nos escapan. La región es conquistada y perdida sucesivamente por los musulmanes en dos o tres ocasiones. Es razonable suponer que Toya siguió la suerte de toda la comarca de Quesada. Castilla la recupera definitivamemente en otoño de 1309, por el tratado de Algeciras. A partir de este momento Quesada y su territorio pasan a ser jurisdicción de Úbeda. En 1378 Enrique II ordena al concejo de Cazorla que restituya a Úbeda, Toya y otros lugares. En lo sucesivo el nombre de Toya aparece rutinariamente en las relaciones de villas y castillos de Quesada, sin ningún relieve propio. En el siglo XVII era un despoblado, pero proba­blemente decayó mucho antes. Jimena Jurado anota en su Catá­logo: a poca distancia del Saltus Tugiensis (puerto) a la parte occidental del estava el sitio donde aora se ven sus ruinas y una torre que todavía retiene el nombre con que la conoce Claudio Tolomeo lib. 2, cap. 4 en la tabla 2 de Europa llamándola Tuia

situandola en la parte que corresponde a Toia que así se llama en español esta torre que en otros autores apare­ce con el nombre de Tugia.­ Las ruinas del castillo se reducen a una gran torre cuadrada construida con materiales de acarreo ibéricos y romanos como inscripciones ornatos arquitéctonicos y un relieve mutilado con una escena de agricultura. Se desconoce el paradero de una inscripción árabe que se arrancó de sus muros para evitar que fuese sustraída por particulares. En torno a la torre, descendiendo en bancales artificiales, se ven restos de población y vestigios de muros. En la superficie abunda la cerámica vidriada medieval y alguna

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“terra sigilata”. Junto a la ermita, hay una fuente y restos de aljibes medievales. La torre es de planta cuadrada, de 11’50 metros de lado. Está tan desmochada, que no es posible deducir su altura original. Hay vestigios de ventanas o saeteras. Los muros tienen una anchura de 2’20 metros, de los que 1’60 metros corresponde al relleno interior de calicanto y el resto al revestimiento exterior de sillares y al interior de mampostería. Los sillares exteriores, todos ellos procedentes de los edificios ibéricos y romanos de la comarca, tienden a disponerse en soga y tizón. En la parte interior de la torre hay señales visibles de un muro de 0’90 metros de ancho que dividía interiormente el espacio y creaba dos habitáculos paralelos, probablemente sos­tenidos por sendas bóvedas de medio cañón. Por la disposición de soga y tizón del aparejo exte­rior, la obra podría ser califal, pero la estructura del relleno de calicanto y piedra sugiere una construcción posterior, quizá beréber, que utilizase los sillares a modo de encofrado. La desmedida anchura del muro sugiere que el revestimiento de sillería se haya añadido a una primitiva torre de tapial para dignificarla, aprovechando la abundancia de silla­res romanos que había en el entorno El estudio de los materiales no es suficien­te para aclarar la cronología de la torre de Toya. Sus medidas son similares a las de otras torres de la región fechables en la segunda mitad del siglo XIII (Es­tiviel, 11’60 metros de lado; de Jarafe, 11’70 metros; Nubla: 12’10 metros; Víboras, 11’50 metros; Peña de Martos, 11’80 metros, en su lado menor). Posiblemente la torre de Toya sea también una construcción cristiana de esta época.

altura, plantada de olivos, y lleva a una señorial casa cortijo llamada de Las Huelgas en cuya vecindad se alzan las ruinas del castillo de Estiviel. La fortaleza está estratégicamente situada sobre el Guadalqui­vir que discurre bordeando su piedemonte oeste. Probablemente Estiviel corresponde a uno de los muchos castillos musulmanes sin identificar. Diecinueve años después de la campaña de Quesada, cuando ya Castilla había conquistado definitivamente estos territorios, Fernando III otorgó este castillo a Baeza en privilegio fechado en 1243. En 1269 lo dieron en señorío. En 1321 Baeza conce­dió la torre de Estiviel por juro de heredad a don Día Sánchez de Biedma, justicia mayor de la casa del rey y alcaide de Jaén, Quesada y Tiscar. Las condiciones del contrato eran que la non pueda dar, nin vender, ni camiar, nin empeñar... que acojamos a ella a los vezinos de Baeça, cada que menester fuere en gracia e en paz. Jimena Jurado es el primero que identifica este castillo arruinado junto al Guadalquivir con el Esclamel de la Crónica General. Es señorío de la casa de Benavides. Con el nombre de Estibiel aparecen en el mapa de Thomas López en 1761. Morales Talero que lo considera torreón romano o prerromano y aduce la opinión de Ángel Delgado para el que se trata del templo de Jano miliario aureo, especial de la Bética. Al pie de la colina donde se asienta la fortaleza está el solar de la antigua Iliturgi iberoromana, en una espaciosa vega recorrida por el Guadalquivir.

1.4. Castillo de Estiviel (o Las Huelgas).

El ámbito del castillo es circular, probablemente debido a su asiento sobre una fortificación prerroma­na que tenía tal forma, un oppidum que aprovechaba la excelente disposición del terreno, su riqueza, su posición estratégica y la cercanía del río grande.

A cuatro kilómetros de Mengíbar, por la carretera general que va de Jaén a Bailén, dos­cientos metros después de pasada la señal del kilómetro 307, sale un carril agrícola a la izquierda que remonta una suave colina de 343 metros de

Un somero reconocimiento del terreno parece confirmar que el lado de la colina donde se asienta el castillo ha sido realzado artificialmente mediante acumulación de tierra y que ésta ha ocurrido a dos niveles concéntricamente dispuestos


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que quizá completaban sendas cercas de piedra o estacadas de las que parece haber algún resto enterrado. Las defensas del castillo exceden al perímetro de los dos niveles citados y parecen organizarse a modo de tercer círculo concéntrico desviado al suroeste para aprovechar un zócalo rocoso existente por ese lado y el escarpe del cerro. El lado más accesible de la fortaleza es el este, donde se levantan las ruinas de una gran torre del homena­je cuadrada (11´60 m. de lado) hecha de tapial de calicanto. Su

muro orientado hacia el Este, alcanza todavía a la altura de un tercer piso, pero los laterales están muy dete­riorados y el posterior ha desaparecido por completo dejando sólo el podio macizo donde se asienta el conjunto. En el muro exterior podemos observar ocho huecos correspondientes dos de ellos a la primera planta, tres a la segunda y dos a la tercera. Los de la primera parecen simples saeteras; los de la segunda y tercera serían algo más amplios. Ningún hueco coincide con otro verticalmente para evitar la creación de líneas de mínima resistencia.

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tica a la de la to­rre Bermeja, cercana a Jaén, o a las torres beréberes de la sierra de Segura. En la fachada norte y en su parte baja, a poca altura sobre el nivel del suelo, existe un fus­te de columna de mármol (probablemente procedente de la vecina Iliturgi), que se empotró en el muro para dar consistencia a la obra. Idéntico uso de columnas grecorromanas se observa en Sidón y otros castillos cruzados de Tierra Santa). En el lado norte del castillo existe un horno de cal de 3’90 metros de diámetro, y unos cinco metros de profundidad y un macizo torreón de calicanto que remata en ruinosa terraza rodeada de parapetos. El calicanto empleado en la torre del homenaje es oscuro y contiene una proporción muy alta de grava y cantos rodados; en el torreón la proporción de cal y arena es mucho mayor, lo que le da un aspecto blan­ quecino similar al de otros torreones beréberes de la re­gión: Andújar, Jaén, Giribaile. Este torreón es también beréber por sus proporciones (7’66 metros de altura; 4’60 metros de frente y 4’50 metros de lado). Restos de la muralla de similar calicanto en que se apoyaba, hoy casi totalmente desapa­recida, son visibles por el este y el oeste. En el oeste, frente a la torre del homenaje existe un bas­ tión de calicanto excelentemente conservado, de 8’10 metros de fachada por 3’40 metros de lado, asentado sobre zócalo de sillarejo, que pudiera ser obra romana. Junto al costado sur de la torre del homenaje, hay huellas de camino medieval realzado y un aljibe rectangular semienterrado debajo de un túmulo. En el costado sur de la torre existe un butrón por el que se accede al aljibe, una hermosa construcción de mampostería con señales de enlucido que ocupa casi toda la anchura de la torre y se dispone lon­gitudinalmente cerca de la fachada interior dejando macizo el resto del espacio hasta la fachada exterior. Entre las distintas plantas el muro se estrecha creando la repisa co­rrida que sostiene el piso, una disposición idén-

Los restos comentados sugieren la existencia de un oppidum prerromano sobre el que los beréberes construyen un castillo que los cristianos remodelan en la segunda mitad del siglo XIII.

2. La campaña de 1225. Fernando III atacó nuevamente las tierras del Alto Guadalquivir al año siguiente, aprovechando la desunión y debilidad de los musulmanes. El reyezuelo de Baeza, al-Bayyasi


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acudió a recibir al castellano y se le ofreció como vasallo a fines de junio de 1225. Con ello el incipiente reino de Baeza se constituía oficialmente estado satélite de Castilla. Al-Bayyasi se comprometía a entregar a Fernando III el castillo de Martos y las ciudades de Andújar y Jaén, cuan­do las recuperara, amen de otras fortalezas menores. En esta ocasión Fernando III atravesó las tierras de Baeza y fue directamente contra Jaén. Una crónica reco­ge la noticia de la expugnación de una torre: e posieronle fuego: e morieron y los moros todos que ende auia quemados e despeñabanse e recogien los en las lanças. Este episodio pudo ocurrir en cualquiera de las muchas alquerías fortificadas de esta zona, muy rica y densamente poblada. Es posible que la torre incendiada fuera de madera.

2.1. El sitio de Jaén. Alfonso VII había cercado Jaén en varias ocasiones siempre infructuosamente porque la ciudad, protegida por las murallas almorávides y sobrada de recursos, no era una presa fácil. Fernando III sitió Jaén a principios de julio de 1225 y se mantuvo sobre ella unos pocos días, los necesarios para talar sus huertas y asolar sus campos. E estonces quemaron los cristianos las fazinas que tenian cabo la villa, e todas las paruas que tri­llaban que no les finqo cosa alguna fuera del muro. El territorio en torno a Jaén estaba densamente poblado, como toda zona de huertas. Recor­demos que un geógrafo antiguo habla de las tres mil alquerías que había en los alrededores de Jaén. Los cristianos quemaron todas las casas que estauan cerca de la uilla asy que non finco ninguna cosa fuera de ella. El incendio de los cereales y el arrasamiento y tala de las huertas significaba que la ciudad y su territorio quedaban condenados al hambre en invierno. La tala de frutales y de moreras junto a la ciudad y por el Guadalbullón y río de Jaén, además de la destrucción de los sistemas de irrigación, significaría un brusco descenso de la producción de fruta y

seda, dos actividades económicas fundamentales en el Jaén musul­mán. La ciudad no iba a reponerse fácilmente de este estrago. Arrasado el entorno de la ciudad, los cristianos extendieron sus desvastaciones hasta lugares más lejanos, e el rey auie toda essa tie­rra astragado fasta Guadalbullón, e fasta las sierras de Susa­ña. Los datos del cerco de la ciudad que nos ofrecen las cró­nicas nos permiten localizar con bastante precisión los empla­zamientos de los campamentos cristianos en torno a Jaén. Los concejos de Cuellar, Segovia, Sepúlveda y Ávila, tropas de inferior calidad, fueron dispuestos en el lugar más fácil de vigilar: el sur de la ciudad, cuya puerta (la de Granada) ha­brían tapiado probablemente los sitiados. Por este lado no era de temer ninguna salida importante de los defensores, máxime cuando, además, se interponía el formidable foso natural del Barranco de los Escuderos. Las milicias de Ávila se instala­ron en el llano de la Alcantarilla en aquella plaza que se faze cerca de las huertas contra Castro, o sea, la albacara de las Peñas de Castro. El campamento principal, con las tropas reales y señoria­ les y las de las órdenes militares, se instaló en el Fonsario, es decir, al norte y al este de la ciudad, una vega sin relieves por donde discurrían las aguas de la Magdalena. Un tercer campamento debió instalarse en la prolongación del cabezo de Santa Catalina, donde ahora está el Santuario del Neveral y las colinas próximas. Este campamento, di­rectamente enfrentado al castillo y guardando sus accesos, cons­tituía la posición más peligrosa como manifiesta la Crónica de Ávila en una anotación referida al segundo asedio de Jaén. Según las cró­nicas cristianas, Jaén estaba defendido por tres mil jinetes, a los que habría que añadir ciento sesenta caballeros cristianos al mando de don Alvar Pérez de Castro, y cincuenta mil peones, cifras evidentemente exageradas. Fernando III instaló sus campamentos frente a Jaén y prohibió aproximarse a la barbacana. Su plan consistía en mantener encerrados a los sitiados el tiem­po necesario para que sus mesnadas devastaran los campos y las huertas.

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Los sitiados, por su parte, hostigaban los campamentos cristianos y venien fasta las tiendas, et matauan omes e lleuaban bestias e fazien daño. La Crónica de Ávila relata que en una de estas salidas los musulma­nes mataron a dos caballeros abulenses y robaron las tien­das de otros, aunque la reacción de los atacados fue igualmen­te contundente. Da también noticia de una celada cristiana: el rey ouo su conseio e dio dozientos caualleros que derranchasen con ello e trezientos otros caualleros que los acorriesen. Un detalle tremendamente realista que ilustra la obcecada furia de estos combates: cuando los moros huyen a refugiar­se en la ciudad, algunos caballeros los persiguen y entraron dentro con ellos feriendo e matando e alla tomaron dentro muerte. La crónica asegura que los cristianos capturaron ciento ochenta jinetes y dos mil infantes moros, e desta guisa escarmentaron los moros que non osaron empues salir al real. Muchos de los sitiadores, especialmente las tropas de las milicias concejiles, no estaban habituados a los su­tiles ejercicios de estrategia de la aristocracia guerrera que dirigía las operaciones y no entendían que Fernando III no intentara tomar la ciudad por asalto como un año atrás se tomó Quesada: fue la gente tan movida a combatir la villa que los non podien aso­segar. Para calmar a la gente y evitar las murmuracio­nes que acusaban a la aristocracia de estar en connivencia con los sitiados y quizá también para escarmentar a los mur­muradores, el rey lanzó un asalto de cuya ineficacia segura­mente no dudó ni por un momento, más por lo que dezien que non porque fuesse guisado, asalto que, naturalmente, se estrelló contra las defensas de Jaén. El cronista admite que allí murieron muchos caballeros cristianos. Con todo, los asaltantes allanaron las cauas (=fosos) que eran fondas: e furacaron (=horadaron) las barbacanas (=antemuros). Estos resultados parecen exagerados y tendentes a disimular el descalabro. Si los asaltantes no iban provistos de máquinas de asedio, como la crónica de Ocampo confiesa (no estauan nin uenien guisados para cercar villa ninguna pues non trayen engeños), y la gran movilidad del ejército en toda esta campaña revela, no tenía sentido rellenar el foso ni horadar el antemuro.

2.2. Prosecución de la campaña. Después de levantar el sitio de Jaén, los expediciona­rios fueron contra Martos, población que respetaron a ruegos de al-Bayyasi. Lo mismo ocurriría con Víboras y Alcaudete. En el naufragio de los últimos vestigios del poder central en alAndalus, las autoridades de estos lugares no dudarían en acatar y prometer obediencia a al-Bayyasi que se les pre­sentaba respaldado por el ejército cristiano. Es evidente que el rey de Baeza se apoyaba en la fuerza de Castilla para conseguir sus objetivos pero, al propio tiempo, estaba hipotecando las pla­zas fuertes claves de su ambiguo reino y las entregaba a Cas­tilla. Prosiguiendo la expedición, cruzó las tierras de Martos y pasó por el castillo de Víboras, sin atacarlo a ruegos de al-Bayyasi, y por Alcaudete, importante población musulmana y cas­tillo (madína y hisn) cuya importancia estratégica se había puesto de manifiesto ya en los días de la rebelión muladí. Fernando III también cedió la población a al-Bayyasi mas con tal pleyto que non demandase mas. Después la expedición continuó por Priego, Loja , Alhama y la vega granadina y ya de regreso a Castilla asoló Montejicar (en las crónicas montesycar, Montijar y Montificar) y Albuniel, que les pillaban de paso, y finalmente Pegalajar (pegofajar o Pegolfajali) y Montijar, que podría ser La Guardia de Jaén. Las defensas de Albuniel, Pegalajar y La Guardia no serían muy importantes cuando Fernan­do III destruyó los lugares. Los res­tos de defensas que se ven hoy en estas localidades son ya cristianos, de época posterior. Desde La Guardia el ejército siguió aguas abajo del Guadal­bullón, atravesando las devastadas riberas aladas e incendiadas dos meses antes. Entre La Guardia y Mengíbar arrasaron un castillo que el Manuscrito Matritense llama teua y Ocampo Cateua. Debe tratarse de Grañena, a la orilla misma del río. Con la destrucción del castillo de Mengíbar se completaba el desmantelamiento de las defensas de Jaén frente a las vías del Muradal puesto que Estiviel, Iznadiel y Espeluy habían sido destruidas el año precedente.


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2.3. La entrega de Andújar y Martos. Ya en tierras de Baeza, Fernando III despidió a las milicias concejiles y quedó con el resto del ejército para cumplimentar ciertas cláusulas del Pacto de las Navas. Estas eran las referidas a la entrega de Martos y Andújar con sus castillos. Félix Hernández Jiménez cree que la entrega se formalizó entre 23 de marzo de 1225 y el final de año (po­siblemente el 18 de julio para Andújar y el 29 para Martos que señala Jimena Jurado). Ba­llesteros y otros autores las aceptan. Para Julio González la entrega pudo ser en julio o en agosto, pero las que se vienen dando no parecen corresponder a la entrega del alcázar sino a la posesión de la villa. Probablemente esta opinión sea la más acertada. La po­sesión del alcázar supone el control militar de la villa y requiere reducida guarnición. En los casos de Andújar y Martos esta entre­ga pudo producirse inmediatamente después del Pacto de las Navas. Seguramente las condiciones del tratado incluían un compromiso por parte de Fernando III de ayudar al rey de Baeza a recuperar cier­ tas plazas entre las que figurarían Víboras y Alcaudete. La entre­ga de los castillos de Martos y Andújar se haría efectiva antes del comienzo de la campaña. Terminada la campaña, Fernando III ocuparía las dos ciudades con sus términos sin que ello implicase el desalojo de sus moradores. Por la misma época en que una guarnición cristiana se instalaba en el alcázar de Andújar, otra debió ocupar el castillo cali­fal de Baños (de la Encina), etapa entre Vilches y Andújar. Para Hernández Jiménez esta entrega se produjo entre junio de 1225 y 17 de enero de 1226. Es seguro que se ocuparon otros casti­llos fronterizos porque de otro modo no se explica que en octubre del mismo año pierdan la fortaleza de Garcíez que se cuenta entre ellos.

3. Baeza y las adquisiciones castellanas entre 1225 y 1230. 3.1. Castillo de Garcíez. El castillo y lugar de Garcíez corresponde al Qarsís de las fuentes musulmanas, citado en el siglo X por al-Muqaddasi como uno de los trece pueblos de Córdoba.

Al-Bayassi había cedido a Fernando III el castillo de Garcíez, estratégicamente situado frente a la vía del Jandulilla. Garcíez era una valiosa posición, no sólo como defensa de Baeza sino como base de apoyo para alguna futura expedición contra tierras almohades porque la cabecera del Jandulilla constituye uno de los portillos naturales del sistema Subbético. Por otra parte, la presencia castellana en Garcíez amenazaba las plazas almohades de Bedmar y Jódar, importantes núcleos de población sobre un valle densamente poblado. El rey de Castilla dejó la fortaleza al cuidado de Martín Gordillo, uno de sus hombres más expertos, y regresó a Toledo, pero los almohades sitiaron inmediatamente la plaza y lo obligaron a regresar precipitadamente en su ayuda a finales de octubre, cuando todavía no llevaba ni un mes en Castilla y en plena estación de las lluvias. El esfuerzo resultó en vano porque la plaza cayó antes de que los castellanos pudieran auxiliarla. El Garcíez musulmán estaba situado frente al pueblo actual, en la margen derecha del río Bedmar, lugar al parecer insano y favorecedor de fiebres y tercianas por lo que a finales del siglo XV el señor de Garcíez decidió trasladar el pueblo a unas alturas más ventiladas, situadas a un kilómetro de distancia, donde está el pueblo actual. El castillo musulmán estaba emplazado, por lo tanto, en el villar de abajo, frente al molino de agua que existe pasado el puente. El cerro, que tendrá unos cien metros de diámetro muestra todavía escasos restos de fortificaciones en su irregular meseta superior, pero la moderna utilización de una parte de él como cantera de piedra, los desplomes naturales que se observan en su contorno y quizá la sistemática destrucción de los parapetos cuando se abandonó el castillo han destruido todo vestigio de la fortaleza islámica si no fuera porque todavía la atestigua un considerable aljibe que existe en la meseta superior y alguna cerámica que se ve en superficie. Al pie del cerrete, al otro lado del carril agrícola que lo rodea, existen los posibles restos de un molino antiguo de sillería, hoy utilizados como pared maestra de una construcción agrícola. En sus proximidades hay unas higueras frondosas.

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Aparte de este castillo, que es sin duda el que defendió Martín Gordillo y el que Fernando III intentó auxiliar, existe otro en la cumbre del pueblo actual, frente a la iglesia. Es más bien una casa fuerte, de la que queda una torre. Es de tapial fuerte con mucha cal y partes de mampostería en la planta baja y de tapial de tierra en el resto. Está muy desmochada a la altura de la segunda planta y hundida por dentro. La primera planta contiene dos fuertes arcadas interiores que practicamente ocupan todo el espacio interior del edificio. El patio de armas, del que quedan sólo vestigios, debió ser muy alargado para aprovechar una cresta rocosa del cerro. Fernando III pasó Sierra Morena y llegó a Andújar donde se entrevistó con al-Bayyasi. Se cumplía un nuevo plazo del Pacto de las Navas relacionada con la recuperación por al-Bayyasi de importantes te­rritorios en el Guadalquivir Medio. Consecuentemente al-Bayyasi entregó a su aliado las fortalezas de Salvatierra, Capilla y Burgalimar y, mientras la entrega se hacía efectiva, Fernando III tomaba en prendas el alcázar de Baeza que fue ocupado por una guarnición cristiana mandada por el Maes­tre de Calatrava.

3.2. Castillo de Salvatierra.

atacarlo. Era tal su fortaleza que, incluso después de la bata­ lla, los cristianos no volvieron contra él y después de catorce años el castillo seguía en manos musulmanas a pesar de que todos los otros castillos de la línea manchega (Alcaraz, Dueñas, Eznavejor) estaban en poder de los cristianos. Cuando Fernando III lo recibió de al-Bayyasi, lo cedió nuevamente a la orden de Calatra­va, que mientras tanto había establecido su castillo-convento en Ca­latrava la Nueva, un cerro vecino más fuerte aún, que actuaba como padrastro de Salvatierra.

3.3. Castillo de Capilla. La fortaleza de Capilla encaramada en la cumbre de un escarpado cerro, en la parte oriental de la actual provincia de Badajoz, vigilaba los pasos de Sierra Morena que unen Córdoba y la Meseta. No lejos del castillo discurre un ramal de la antigua calzada que va de Córdoba a Toledo, cerca de su cruce con la de Extremadura a Levante. El valor estratégico de Capilla era indudable. Era evi­ dente su interés para la ganadería, así como para afirmar una base en otro sector directamente enfrentado a los almohades, valioso también como base de apoyo a Córdoba .

El castillo de Salvatierra era uno de los que controlaban el paso del Muradal, el lado de la meseta. Su alcaide musulmán sobre el que la autoridad de al-Bayassi era más bien nominal, se negó a entregarlo a los cristianos pero un embajador de al-Bayassi, Aben Harach, logró al final que el alcaide cediera. En cualquier caso Salvatierra perdía mucho valor teniendo los cristianos los castillos de Calatrava, Borgalamel, Baños y Andújar.

La identificación del castillo de Burgalimar ha sido, y quizá es, bastante problemática. Para Jimena Jurado Burgalhimar es el actual Cuevas de Spelunca, junto al Guadalimar. Cuevas de Spelunca corresponde al castillo de Giribaile.

El castillo de Salvatierra se menciona en documentos de 1147, cuando Alfonso VII conquistó el campo de Calatrava. Perdido en 1198, tras el desastre de Alarcos, los calatravos lo recuperaron y resistieron en él a pesar de estar aislados más de cien kilómetros tierra adentro en zona musulmana, hasta que en 1211 lo cercó y conquistó el califa almohade en persona. Al año siguiente, 1212, en vísperas de la batalla de las Navas, los cruzados cristianos pasaron ante el castillo sin

Modernamente Hernández Jiménez identificó Burgalimar con el castillo califal de Baños (de la Encina).

3.4. Castillo de Burgalimar (o Borgalamer).

Rus Puerta abunda en la misma opinión y dice haber visto en papeles antiguos que Burgarhimar (sic) es el castillo de las Cuevas. Cazabán intenta identificar también a Bulgar­ himar con las Cuevas de Spelunca, siguiendo a Jimena Jurado.

El topónimo es bastante confuso, en 1226 aparece como Borialamar o Borialance en 1227 como Borialame o Burgalimar. Después el nombre no vuelve a aparecer en


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crónicas y documentos. A juicio de Hernández Jiménez la montaña de Burialame, linde toledana a occidente de torre Albert y del puerto del Muradal ha de buscarse a oriente del Jándula y esa misma linde ha de situarse entre torre Albert y el Muradal de una parte y Andújar de otra. Por lo tanto Burialamar sería la transcripción castellana de Bury al-hamma (=Castillo de Baños) y el castillo no sería otro que el de Baños de la Encina. Las formas más correctas del topónimo serían Burialamar (Argote) y Burialamer (Abad Serrano).

Julio González González se inclina en favor de esta nueva identificación: Borialamel no es Baños. Alfonso VIII (19 agosto 1213), lo sitúa en la sierra señalando el límite de la diócesis de Toledo por la montaña de Alcaraz “usque Muradal, et per Borialamel, per confinia Castri Domino­rum et Salvaterre”. Es decir, hasta el límite meridional de estos castillos; entre éstos y el Muradal se situaría la vía de Baños a Salvatierra en la parte del río Pinto.

Desde 1940 se había venido aceptando la identificación propuesta por Hernández Jiménez, pero en 1976 Corchado Soriano propuso una identificación distinta. Para Corchado este castillo debía estar en términos de Belvis, en el campo de Calatrava aunque, por supuesto, esta afirmación en nada se opondría a la asignación del nombre árabe de Bury alhamma para la fortaleza de Baños.

Fernando III decidió recuperar Capilla y le puso sitio en Junio de 1226. Estando en este cerco le llegaron noticias de la muerte de al-Bayyasi a manos de rebeldes cordobeses.

La primera mención de Burgalimar –aduce Corchadoaparece en el privilegio de límites que Alfonso VIII otorga a la orden de Calatrava (22 septiembre 1184). Los límites que se señalan en el siglo XII entre la orden de Calatrava y Baeza y Andújar coinciden aproximadamente con los de las actuales provincias de Ciudad Real y Jaén, salvo la dehesa de Magaña, traspasada en el siglo XVIII. Resulta por tanto fuera de toda lógica suponer que los mojones señalados llegaron hasta Baños, lo que llevaría a desplazar cerca de cinco leguas hacia el Sur la línea diviso­ria marcada que sabemos ha permanecido estable cerca de ocho siglos . Otro privilegio de Alfonso VIII (Burgos, l9 agosto l2l3), concede al arzobispo de Toledo una serie de iglesias, todas al norte de Sierra Morena, entre las cuales vuelve a figurar Burgalimar. Y finalmente, en 1184 y 1225 otros documen­tos relacionan a Borgafemel y Boriafamel con Belvis. Conclu­ye Corchado: habría que admitir que Burgalimar era un territorio que comprendería desde la Sierra que continúa del Mu­radal hacia el Poniente hasta la llamada Atalaya en término de Calzada y que donde hoy se encuentra la aldea de Belvis aneja a Villanueva de San Carlos, existió un castillo de Burgalimar de mediana importancia.

Quede pues sentado que Baños y Burgalimar son dos castillos diferentes a uno y otro lado de Sierra Morena.

Fernando III prosiguió enconadamente el cerco de Capilla hasta que consiguió su ren­dición. La recuperación de Garcíez, la derrota muerte de alBayyasi y los fracasos de los reyes de León y Portugal en los asedios de Badajoz y Elvas, indicaban que, después de los descalabros y desórdenes sufridos en los tres últimos años, el poder almoha­de comenzaba a reaccionar. En lo referente a los episodios que siguen existe una cier­ta incertidumbre cronológica. A Fernando III le urgía reforzar sus conquistas al Sur de Sierra Morena, después de la desaparición de su aliado al-Bayyasi. Los habitantes de Baeza sitiaron a la guarnición cristiana que ocupaba el alcázar de la ciudad y recibieron tropas del gober­nador almohade de Jaén, pero fracasaron en el intento y se vieron obligados a abandonar la ciudad que fue definitivamente ocupada por los cris­tianos el 1-XII-1226. Fernando III confió su custodia a don Lope Díaz de Haro, con el que se había reconciliado después del primer cerco de Jaén. En Andújar se repitió el episodio de Baeza y la ciudad fue totalmente ocupada por los castellanos, et dexaron la villa los moros et fueronse, que non finco y ninguno. Martos siguió el mismo proceso y también fue abandonada por la población musulmana. Fernando III no repetía los errores de sus predecesores y vaciaba de su población musulmana las plazas estratégicas.

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Los musulmanes intentaron recuperar Martos quizá en 1227 antes de la firma de treguas. Según parece Abu-l-Ula sitió el lugar, deficientemente amuralla­do y logró tomar la peña, pero la villa resistió. A nuestro juicio, si hay que dar crédito a este episodio, lo que sucum­biría sería la villa y no la peña, casi inaccesible y fácil de defender. El que domina la peña, domina la villa y, evidentemente, si los cristianos lograron conservar la peña, los musulmanes se verían obligados a abandonar la villa conquistada. Por las mismas fechas sitúan la toma de Sabiote, Garcíez y Jódar, la crónica de Jiménez de Rada. Otras las fechan tres años más tarde. A principios de 1227 Fernando III contaba, pues, con Baeza, Andújar y Martos, tres importantes ciudades bien fortificadas, las tres vacías de población musulmana, y probablemente también con algunos castillos próximos a estas ciudades o dependientes de ellas. Julio González menciona Espeluy y probablemente Jabalquinto, pero cabría añadir, por su difícil defensa, los de Bailén, Linares, Giribaile, Estiviel, Al­dehuela y Marmolejo. Con ello todo el sector occidental de Jaén quedaba ase­ gurado. Mientras tanto, el nuevo califa firmó treguas con Castilla (otoño de 1227) y se comprometió a entregar ciertas plazas, quizá algunas de las que los castellanos ocuparon o que estaban en favor del rebelde ibn Hud.

3.5. La expedición de 1228. En 1228 Fernando III atacó nuevamente territorio andalusí y destruyó el lugar de Otiñar, Atorimar en la crónica. En Otiñar existe un castillo cristiano de los siglos XIII-XIV, edificado sobre el solar de una población y castillo más antiguos. Hoy es terreno baldío y conserva importantes restos de habitación que valdría la pena excavar. Por el este el cabezo se asoma al río y a una estrecha y fértil vega donde estarían las huertas que destruye­ron los cristianos. Después de Otiñar, Fernando III fue contra Montejicar y otros lugares.La expedición regresó a Toledo y a poco, febrero de 1230?, regresó y taló los campos de Úbeda preparando

el asedio de la ciudad. Mientras tanto, los leoneses habían arrebatado Badajoz y Mérida a los almohades.

3.6. Segundo cerco de Jaén (1230). En abril de 1230 Fernando III preparó cuidadosamente su próxima campaña por el sur y el segundo cerco de Jaén quel auie grand sabor a tomar, según dice Ocampo. En la segunda quincena de junio de 1230 Fernando III volvió a sitiar Jaén y mantuvo el sitio durante unos tres meses, hasta san Miguel, a finales de septiembre. La disposición de los campamentos debió ser la misma que siguieron cinco años antes, en el primer cerco del castillo, aunque en esta ocasión las milicias concejiles de Ávila hubieron de acampar en el cabezo donde hoy se alza el sanatorio de El Ne­veral, frente a la alcazaba, que era el sitio más expuesto, en castigo por haber acudido con retraso a la convocatoria real. El primer asedio de Jaén por Fernando III (1225), había puesto de manifiesto la necesidad de emplear máquinas de asedio. Esta vez el ejército sitiador llegó a Jaén provisto de máquinas de asedio e posol sus engeños enderredor que ti­ rauan muchas piedras, dice Ocampo. ¿Qué ingenios serían éstos? Los clásicos de expugnación de plazas eran el ariete que servía para batir puertas y muros y que sólo era usado, y raramente, en asaltos directos; y la catapulta que servía para bombardear con piedras u otros ob­jetos las plazas sitiadas (no mencionamos la ballista y el mangonel que arrojaban lanzas). Las catapultas tenían el grave inconveniente de ser lentas de armar y limitadas en su po­tencia de tiro. Pero en los albores del siglo XIII la clásica catapulta es sustituida por el trebuquete, una máquina mucho más rápida y precisa y sobre todo, más potente, porque en lugar de producir la fuerza mediante torsión de cables y flexión de ballestas, basa su potencia en la caída de un enorme contrapeso situado el extremo de una larga viga, normalmente un cajón basculante que se llenaba de piedras o sacos terreros. Este con­trapeso, al ser liberado, imprimía a la viga un movimiento similar al del brazo cuando lanza una piedra.


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En el sitio de Jaén el trebuchet (así lo escribe la crónica de Ávila) es usado tanto por sitiados como por sitiadores. La ciudad se defendía, además, con las tácticas al uso, principalmente atacando por sorpresa los campamentos cristianos (salien los moros cada dia a ellos, dice la Crónica de Ávila). Alfonso Tellez solicitó del rey que lo destinase al ca­bezo de El Neveral, donde estaban los de Ávila, que por ser el sitio más peligroso le daría mayor ocasión de destacar en hechos de armas. Allí competía en hazañas con los abulenses. Por el relato de una escaramuza ocurrida junto al alcá­ zar sabemos que los moros que lo defendían quedaron tan escarmentados que nunca osaron salir mas de fasta las barreras. Esto nos indica que el alcázar propiamente dicho también estaba provisto de antemuro.

E otro dia fizieron los de Avila otra espolonada por este lado en esta orilla del castillo, contra el trebuten (= trabuquete, trebuchet) estaba y el lugar era peligroso que todos se maravillaban de como los caballeros por y podian andar. E mataron y muchos moros, e fueron y bien andantes, pero mataronles y muchos caballos, mas pecholos nuestro señor el rey muy bien a gran onrra dellos.

3.7. Defensas de Sabiote. La cronología de la toma de Sabiote por Fernando III, así como la de Jódar y Garcíez, es algo confusa. Algunos autores la sitúan en 1229, en junio o julio, y otros en 1231. Esta imprecisión es originada por algunas ambigüe­dades y contradicciones que presentan las crónicas cuando narran la toma de Sabiote y Jódar y la recuperación de Garcíez.

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se transfirió al secretario de Estado de Carlos I, Francisco de los Cobos y Medina. De las defensas musulmanas que indudablemente tuvo Sabio­te no se han conservado vestigios apreciables. Seguramente no eran muy importantes o fueron devastadas para construir el recinto cristiano en la segunda mitad del siglo XIII. El recinto murado de Sabiote tuvo seis puertas. En las cercanías de la desaparecida Puerta de la Villa, que miraba al sur, se conservan lienzos y torres semicirculares de mampostería. Por el sector de la Puerta del Tejar o Pilarillo, que mira al sureste, existe otro fragmento de la cerca del siglo XIII muy reparado.

En 1229 Fernando III poseía la plaza fuerte de Vilches y recientemente se había apoderado de Baeza (diciembre 1226). El dominio castellano de Baeza sería todavía algo precario y apenas excedería el perímetro amurallado de la ciudad. La existencia del importante núcleo musulmán de Úbeda, a tan sólo diez kilómetros de distancia, constituía un padrastro que debía eliminar para consolidar Baeza. Frente a Baeza, a unos diez kilómetros de distancia, se alzaba Sabiote, otro oppidum antiguo que emplazado en el borde abrupto de la loma de Úbeda pero en su flanco Norte, era una ciudad estratégica. Sabiote controlaba los caminos alternativos de Sierra Morena al este del Muradal (por Torre Alver y Mon­tizón), la vía de Levante que bajaba siguiendo el curso del Guadalimar y, por el sur, las fosas de Bedmar y del Guadiana Menor. Además constituía la defensa avanzada de Úbeda. Con Baeza, Sabiote y Jódar en poder de Castilla, Úbeda quedaba aislada sin más con­tacto con tierra musulmana que la cuenca del Guadiana Menor. En cuanto los cristianos controlaran la vía estratégica del río, la caída de Úbeda sería inevitable. Volvamos a Sabiote. Después de su conquista fue señorío de don Juan de Zúñiga para luego pasar a la Orden de Calatrava, en cuyo poder se mantuvo hasta el siglo XVI en que

En el ángulo más prominente, al este, se levanta el soberbio castillo renacentista construido por Francisco de los Cobos sobre el solar del antiguo castillo cristiano del siglo XIII, algunos de cuyos elementos aprove­cha. Desde sus muros se divisa una espléndida panorámica de la Loma.

3.8. Castillo de Jódar. Jódar estuvo poblado desde la prehistoria debido a su situación estratégi­ca, a su fácil defensa y a su suelo fértil y bien regado. Las ricas vegas de los ríos Bedmar y Jandulilla que tributan sus aguas al Guadalquivir distan entre ellas unos ocho kilómetros. En este espacio se suceden tres núcleos montañosos: la sierra de Bedmar o Cuevas del Aire (1.381 m.); los cerros Hernando (935 m.) y Fontanar (850 m.); y los cerros de Miramontes y Golondrina (1258 m.). Resguardado entre estas tres moles queda un amplio y fértil espacio únicamente abierto hacia el Este por el valle del Jandulilla y comunicado por estrechas cañadas hacia el Sur (Cañada More­na) y hacia el Norte (Cañada Juncadilla). En un extremo de esta llanada, plantado sobre el cabezo de San Cristóbal, al pie de la Sierra de Bedmar, está Jódar. En su excepcional posición estratégica controla los indi­cados valles de Bedmar y del Jandulilla y los vados del Guadal­quivir frente a Úbeda y Baeza. Jódar es, ciertamente, el centinela avanzado de la Loma y el vigilante de los pasos naturales que, a través de los macizos del sur (Mágina, Que-


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sada), se abren al valle del Alto Guadalquivir, incluyendo entre éstos al importantísimo del Guadiana Menor, cuya cuenca queda tan sólo a once kilómetros de Jódar.

Fernando III aspiraba a una acción sincronizada en estos dos ejes de penetración, ten­dría que delegar en un caudillo de su confianza la conquista de uno de ellos.

La excelencia de esta posición ha sido valorada desde la antigüedad. La Sawdar o Súdar musulmana era fortaleza importante, situada al oriente de Jaén y frente a frente de Baeza. De esta fortaleza, que tuvo un destacado papel durante la rebelión mula­dí de ibn Hafsun, tampoco quedaron vestigios identificables. El hermoso castillo de Jódar que hoy contemplamos es cristiano ­de los siglos XIII y XIV, aunque seguramente aprovecha materiales de una fortaleza anterior. En el castillo había un pozo cavado en peña viva que tiene veinte estados de hondo y tanta agua que bastará a susten­tar trescientos hombres y cien caballos .

Fernando III decidió confiar al arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, la conquista del valle del Guadiana Menor y la hoya de Baza. El arzobispo de Toledo era guerrero experto y estaba respaldado por el poder de la Iglesia y las cuantiosas rentas de la sede tole­dana. Para interesar al arzobispo en esta empresa, el rey otorgó a la sede toledana todas las villas y tierras de Quesada, territorio que sería la base del futuro Adelantamiento de Cazorla.

Dejaremos para el capítulo siguiente el estudio de los res­tos de fortificación cristiana en Jódar. Con la conquista de Sabiote y Jódar quedaba suficiente­ mente protegido el flanco este del territorio cristiano al sur de Sierra Morena. Al propio tiempo Úbeda quedaba virtualmente aislada. La definitiva disolución del imperio almohade en los años siguientes estimuló el impulso conquistador cristiano. En enero de 1233 Fernando III sitió Úbeda, que se rindió al cabo de los siete meses.

4. Conquista del adelantamiento de cazorla (1230). El territorio cristiano al este del Guadalquivir se había extendido hasta Sabiote y Jódar, pero aún quedaba en manos musulmanas la cuenca del Guadiana Menor. Si un ejército africano desembarcaba en Almería podía alcanzar fácilmente el Alto Guadalquivir atravesando la hoya de Baza y remontando el Guadiana Menor. Fernando III quería asegurarse aquella vía tradicional, como ya hizo ochenta y tres años antes su antecesor Alfonso VII, el primer conquistador de Almería. El plan de conquista que Fernando III se basaba en la penetración por dos frentes: el Guadalquivir desde Andújar a Cádiz y el Guadiana Menor has­ta Almería. Está claro que si

El arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada organizó la hueste que había de conquistar los territorios de Quesada para su sede y obtuvo del papa dos bulas de Cruzada para los que colaborasen en aquella empresa. El arzobispo conquistó no sólo Quesada (cuyas defensas estragadas siete años antes por Fernando III estaban siendo restauradas) sino treinta y siete castillos de la comarca. Seguramente muchas de estas fortalezas no pasaban de ser simples albacaras o alquerías fortificadas que no han dejado los rastros materiales que solemenos esperar de un castillo, de manera que para identificarlos hay que recurrir a la toponimia. En 1245, el arzobispo dispuso que los alcaides y los concejos al otro lado del Guadalquivir, en término de Quesada y en los de Toya, Aosín, Cazorla, El Eruela y Nubla, sigan al concejo de Que­sada cuando vaya contra los moros. También concedió rentas para el sostenimiento de los castillos de la cabecera del Guadiana Menor: Cuenca, Chiellas, Torres de Alicún, Cebas, Cuevas de Almizra y Cúllar, y otorgó a Quesada las aldeas de Pelos, Toya, Peal de Becerro, Dos Hermanas, Vi­llamontín, Aosín, Fic, Torres de Alicún, Cuenca, Chellas, Cebas y Cortés. Uno de los problemas que plantea la identificación de estos castillos conquistados por el arzobispo reside en la propia irregularidad de sus denominaciones según los documen­tos. Carriazo Arroquia elaboró un cuadro de equivalencias:

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“De rebus Hispaniae” Pilos Toyam Lacra Agosmo Fonte Juliani Turribus de Lacu Ficu Alaulula Areola Duobus Germanis Villa Montini Nubila Castorla Concha Chelis

1ª Crónica General Pilos Toya Lacra Agraysmo La Fuente de Jullián Torres de Alicún Figura Alaulula El Eruela Dos Hermanas Villamontín Nubla Caçorla Cuenca Chiellas

4ª Cróniga General Peles Toylanca Agipi La Fuente de D. Illán Torres de Lago La Figuera Maolva Teruela Dos Hermanas Villavencía (Tallas) Cazorla Cuenca Chella

Doc. 7 (13-12-31)

Doc. 8 (15-12-31)

Doc. 12 (22-4-1252)

Toya Aosín

Doc. 14 (10-2-1257) Pelos Toya (P. de Becerro) Aosín

Torres de Allecún

Torres de Allecún

Torres de Alicún Fic

Cuenca Chiellas Cuéllar Cebas Cuevas de Almizdra

Cuenca Chiellas Cuéllar Cebas Cuevas de Almizdrán Cortes

Cuenca Chellas

El Eruela

Nubla Caçorla

Julio González cree que el arzobispo exageró el número de fortalezas conquistadas para conseguir mayores subsidios de Roma. El arzobispo calculaba en cuatrocientos caballeros y mil peones la fuerza necesaria para mantener sus conquistas. Por su parte, Carriazo opina que quizá los quince castillos enumerados fueron conquistados en la primera campaña y el resto hasta treinta y siete en otra posterior. La lista de quince castillos parece obedecer a un cierto orden interno: Pelos, Toya y Lacra figuran en el mismo itinerario de la expedición de 1224 cuando, ya de regreso de Quesada, el rey destruyó estos castillos. Puede ser que la expedición del arzobispo siguiera un itinerario que ya era familiar a los castellanos. En el resto de los castillos citados no parece haber seguido el mismo orden. Si aceptamos la identificación que propone Carriazo, Agosno-Ausín estaría en Hinojares y Fuentes Julián y Torres de Lacu en la zona de Cazorla, lo que altera cualquier orden posible.

Garibay (1571) Pilos Toya Lacra Agozino Fuente Julián Torres de Lago Higuera Maulula Arcola Dos Hermanas Villa Montín Niebla Caçorla Concha Chelis

Cebas Cortes

Localizar hoy los vestigios de construcciones militares musulmanas en la zona de Quesada es labor ardua y difícil, principalmente porque casi todos ellos eran simples albacaras construidas con materiales deleznables, tierra apisonada y palos que el tiempo y las construcciones posterio­res han arrasado, y también porque la zona se convirtió en fronteriza entre Castilla y Granada durante dos siglos y medio y esta circunstancia determinó la construcción de muchos castillos después de las fechas que venimos tratando. La identificación de los topónimos castellológicos del Adelantamiento es la siguiente: - Pilos: en la dehesa de Pelos, orilla izquierda del Guadalq­ uivir cerca de la confluencia del Guadiana Menor, tér­mino de Peal de Becerro . - Toyam: nada diremos de Toya que existe hoy. Al principio de este capítulo estudiábamos su castillo.


Moros , Cristianos y Castillos en el Alto Guadalquivir

- Lacra: es la cortijada del mismo nombre... probablemente emplazamiento de la antigua Laccuris. - Agosno: puede ser reducida a Aosín, como hacen algunos documentos que cita, donde hoy Hinojares. ¿Podría ser el cortijo del Aguila, al Sur de Quesada?. - Fuente Julián: puede ser el San Julián que algunos mapas antiguos traen al Norte de Cazorla. - Turribus de Lacu: será un Torres del Lago que estaba a la vista de Cazorla y su vega o mejor, los baños de Alicún de las Torres sobre el río Fardes, afluente del Guadiana Menor. Nos parece que esta última identificación es errónea porque situaría un castillo de importancia en todo caso muy secunda­ria en pleno territorio de Baza, lo que acontecimientos fron­terizos posteriores no consienten. - Ficu: es la cortijada de Fique que aparece como aldea en al­gunos documentos del periodo. También podría ser Higuera, en el camino de Lacra a Huesa. - Alaulula: puede ser Majuela, con un castillo bajomedieval y fuente vauclasiana al Este de Quesada y en el borde de la sierra. - Areola: será la Iruela. - Duobus Germanis: será Dos Hermanas, al sur del Molar. - Villa Montin: deberá buscarse en la cuenca del río de Quesada mejor que reducirlo al San Martín que antiguos mapas colocan al Norte de Cazorla. - Nubila: es Nubla, hoy cortijada con restos de un castillo sobre el río de Cazorla. - Castorla: es Cazorla. - Concha: es Cuenca, aldea en el término de Hinojares. - Chelis: es el cortijo de Chillar, en la margen izquierda del Guadiana Menor, término de Hinojares. A nosotros nos parece más posible que sea el cortijo Chillón en la dehesa del Guadiana, al oeste de Huesa. - Cuellar: será tal vez Cullar-Baza aunque me parece demasia­do metido en tierra de Granada. Nos parece inaceptable.

- Cebas: sigue siendo Cebas entre Pozo-Alcón y Castril. - Cuevas de Almizdra: en El Almicerán junto al pantano de la Bolera, en el río Guadalentín. - Cortes: será Cortes de Baza sobre el río de Castril. Probablemente el arzobispo no encontró mucha resistencia cuando conquistó estos territorios porque ibn Hud andaba por las mismas fechas tratando de frenar la expedición de Alvar Pérez de Castro y el infante don Alfonso por la Baja Andalucía (Córdoba-Sevilla-Jerez), en la que además sufriría una grave derrota el ejército musulmán. De todos modos no parece que el arzobispo se atreviese a pasar a la hoya de Baza donde había grandes fortalezas que de­fendían esta fértil comarca. Probablemente su línea de máxima penetración quedó frente a Cúllar, Orce, Galera y Huéscar. El arzobispo se contentó con ocupar las montañas de la Sierra de Quesada hasta Hinojares y no progresó más hacia el Sur seguramente porque esto le habría supuesto profundizar excesivamente en territorio musulmán sin contar con la adecua­da cobertura a su espalda. Con esta decisión, que quizá refleja excesiva cautela, el arzobispo daría tiempo a los musulmanes a fortificar la hoya de Baza. Este reforza­miento iba a detener el progreso cristiano por esta zona. Aquí se estancaría la Reconquista, con pocas va­riantes, hasta la caída de Granada. Los castillos que hoy descubrimos fueron los construidos por el arzobispo y sus sucesores. En 1245 el prelado estaba todavía organizando la defensa de sus conquistas. En diciembre de ese año concedió a su sobrino Gil de Rada la tenencia de una primera línea de castillos que defendían su frontera: Cuenca, Chiellas, Torres de Alicún, Cebas, Cuevas de Almizdra y Cuéllar. Por esta misma época el arzobispo construiría fuertes castillos y albacaras en su retaguardia: Quesada y sus mura­ llas, Tíscar, Toya, Hinojares, Huesa, Belerda, Larva, Agrais­ mo, Poco-Alcón, Peal de Becerro, etc. y, en posición más ade­ lantada, Iruela y Cazorla.

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En la primera época, la inestable frontera pudo quedar a la altura del río Alicún. Luego los cristianos se replegarían unos kilómetros para apoyarse en las alturas de Peña Cambrón y Campo del Rey. Es evidente que al propio tiempo los musulmanes forti­ ficaron la hoya de Baza. El centro de apoyo y plaza fuerte estaba en Baza, espléndidamente fortificada y dotada de her­ mosa alcazaba, de adarve fuerte y espesas torres si creemos el romance antiguo. Este centro estaba rodeado por un formidable anillo de fortalezas de las que hoy quedan todavía admirables vestigios: Benamaurel, Benzalema, Caniles, Cúllar, Cortes, Freila, Bacor y Zújar, entre otros.

5. Campaña de Santisteban En 1235 Fernando III había ampliado sus con­quistas hasta Andújar y Martos y se había asentado firmemente en la zona occidental de la loma de Úbeda (Baeza-Úbeda-Sabiote) y en el curso bajo del Guadiana Menor, conquistado por el arzobispo de Toledo. Con ello Castilla dominaba un segmento importante del Alto Guadalquivir y otro del Guadiana Menor, ríos que, como hemos visto, constituían los ejes de la estrategia castella­na para la conquista del Guadalquivir y los puertos mediterráneos. En once años de campañas, interrumpidas tan sólo por el breve periodo en que reclamó el reino de León, Fernando III había ensanchado notablemente Castilla. A pesar de ello, el mapa militar de la región en 1235 acusaba una grave deficiencia: las conquistas se unían a la meseta a través de un estrecho pasillo por el territorio comprendido entre las cuencas del Jándula y el Guarrizas. Este territorio, muy montuoso y arriscado, dificultaba las comunicaciones. Además las alcazabas musulmanas de Sant Esteban e Iznatoraf seguían controlando los antiguos pasos entre el valle del Gua­dalquivir y Levante, así como otros caminos alternativos del Mura­dal (por Torre Alver y Montizón) con la región manchega. Fernando III no podía proseguir sus con­quistas hacia el Sur dejando tras de sí estas fuertes posiciones que eran da-

ñosas para los cristianos en el paso de los caminos por los que se iba a Úbeda y Baeza. En la primavera de 1235, Fernando III devastó las mieses de Jaén, Arjona y aldeas adyacentes, y se acercó a Córdoba. Después acordó treguas con el nuevo califa ibn Hud pero se reservó el derecho de sitiar los cas­tillos de Iznatoraf y Santisteban. Iznatoraf se entregó inmediatamente por pacto, quedando a salvo personas y bienes muebles. Fernando III la pobló poco después y le concedió el fuero de Cuen­ca (1245). Santisteban también se entregó, a cambio de una suma de dinero y algunas acémilas.

6. Castillo de Santisteban del Puerto. En el cerro amesetado, de 820 metros de altura y unos doscientos de diámetro, donde hoy se asienta el castillo de Santisteban, existió un oppidum prerromano. Desde aquella cumbre se divisan los castillos de Vilches, Torre Al­ver, Iznatoraf y Chiclana. El castillo y poblado de Sant Astabin pertenecía, en 913, a los hermanos Banú Hábil, correligionarios del rebelde muladí Ibn Hafsun. Uno de ellos, Hábil fue sitiado en 914 por un ejército cordobés y aceptó enfeudarse con ‘Abd al-Rahman si se le permitía conservar la fortaleza. Once años des­pués (925), la fortaleza continuaba interesando a Córdoba y ‘Abd al-Rahman preparaba su conquista destruyendo muchos encastillamientos de la comarca. En 924 Abd al-Rahman III durante veinticinco días cercó estrechamente el castillo de San Esteban edificando contra él seis fortalezas que lo apre­taron como el aro de un anillo. No pudiendo él mismo proseguir el asedio, lo encargó a los generales Said ben Almundir y Abdel Hamid. Fernando III compró este castillo a su alcaide. Este prosaico final para la espléndida plaza fuerte que habían reforzado los almohades, muestra el fracaso del sistema defensivo almohade cuando la descomposición política y el desánimo cundieron en el campo musulmán.


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Abandonados por los moros el castillo y el lugar, Fernando III se apresuró a poblarlos. En el término quedaron algunos moros que Alfonso X menciona en documentos de 1254. No obstante esta población debió emigrar al poco tiempo puesto que sólo tres años después, en 1257, tuvieron que traer moros sabedores de los términos, que ahora vivían en Granada, para fijar las lindes con Chiclana. El primer status jurídico de Santisteban fue realengo, como correspondía a tan importante lugar. Había quedado en el término de Iznatoraf, que se ganó por entonces, y con esta villa pasó a la diócesis toledana en 1252. Dos años después Alfonso X la dio a Úbeda, junto con Cabra, con obligación de tenerla bien poblada y de guardar los pactos con los moros. Entre 1300 y 1303 perteneció a la Orden de Calatrava pero volvió a ser realenga tres años después.

La ciudad musulmana no estuvo amurallada o, si lo estaba, las defensas eran deficientes puesto que en 1337 Alfonso XI emprendió la construcción de sus muros. Para costear las obras concedió a la villa la dehesa de Olvera, que era de Úbeda. Es­ta medida originó un pleito entre los dos pueblos que tardaría casi un siglo en resolverse. En 1371 pasó a ser señorío al ser otorgada por Enrique II a Men Rodríguez de Benavides. Los Benavides perderían Santisteban cuando el rey Juan lo arrebató al rebelde Día Sánchez que quizá la poseía por su padre Men Rodríguez . El rey la entregó a su hijo el príncipe don Enri­que. Las murallas de Santisteban construídas en 1337 seguían intactas dos siglos y medio después, con sus tres puertas. En 1845 escribe Madoz: aunque está hoy abierta, fue mura­da esta villa durante la dominación de los árabes y acaso

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en época más remota, pues se advierten en el día restos de una muralla de tres mil varas de circunferencia, varias torres que están en pie y los vestigios de una grande fortaleza en el plano que forma la cúspide del cerro denominado del castillo al Oeste de la población. En un texto de 1910 leemos: de la cumbre del cerro del castillo par­tían también murallas que rodeaban el primitivo pueblo a él bajaban subterráneos por los que éste se comunicaba con la fortaleza... las minas que partían desde el centro de la mese­ta: una a la casa que actualmente se llama de la Mina, situada en el barrio de San Francisco, y la otra en la casa actual de don Amador Romero, en la calle Senador Sanjuán. Dichas comuni­caciones son túneles amplios de una longitud de 700 metros aproximadamente. Las torres intercaladas en la muralla son unas huecas y otras macizas. Hoy pueden admirarse dos fortísimas a Levante, tres al Norte y otra al Sur. En 1973 sólo quedaban cuatro torres en el pueblo, una de ellas en mal estado. Del cerro del castillo baja un muro en dirección a la torrecilla, otro cerro más pequeño que se encuentra a Saliente. El recinto descendía desde aquí hasta el barrio de San Francisco, ciñéndose al escarpe del barranco. La puerta Nueva debió estar en el callejón de las Higuerillas. Restos de muralla eran visibles en el barrio de Vista Alegre, don­de el muro sostiene algunas casas de la acera de la izquierda y en la casa-palacio de los Duques de Santisteban que ini­ciaría sus obras sobre la Torre que vigilaba la puerta del llano que daba a la calzada de San Juan (hoy calle de José Antonio). Seguía la muralla por la acera de la izquierda de la plaza del Generalísimo. Hasta el XVIII se llamó “mu­ralla del tinte”. Había otra puerta. Una torre albarrana rectangular es hoy campanario de Santa María. La meseta del cerro del castillo de Santisteban tiene forma vagamente rectangular. El lado más corto llega a medir 62 metros y el más largo 140 metros. En torno al escarpe de esta amplia meseta se asentaron sucesivamente un oppidum, un castillo altomedieval y un recinto beréber de tapial para cuyo asiento excavaron parcialmente el borde del escarpe y luego, con­cluido el muro, rellenaron el espacio interior. De

este modo nivelaron la meseta natural que es más irregular y rocosa por su parte central. La erosión socavó los cimientos de los muros y éstos se desplomaron dejando tan sólo escasos vestigios semienterrados en las escarpadas laderas.


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7. Defensas de Iznatoraf.

La obra beréber fue completada con otra cristiana de mampostería fechable hacia la mitad del siglo XIII. En el escarpe del lado norte hay un torreón de planta rectangular (6’10m. x 5’30 m.), cuya función práctica era, posiblemente, de protección y vigilancia del acceso al castillo. El camino de acceso discurría a su pie por lo que parece la entrada que se abre en el mismo lado, a treinta y cinco metros. La torre cobija un aposento de 3’60 m. x 2’80 metros cubierto con bóveda de medio cañón apuntada. El acceso se hacía a través de arco apuntado sobre vano de 80 centímetros de anchura. En una de las jambas de la entrada, cerca del suelo, un mampuesto presenta una cruz potenzada toscamente labrada.

El cabezo de Iznatoraf domina una extensa comarca y contro­la los caminos entre el Adelantamiento de Cazorla y el valle del Guadalquivir, así como el de Castilla por Montizón y enlaza con la antigua vía de Levante a la altura de Castellar de Santisteban.

En el mismo lado norte, cerca del ángulo noroeste, se aprecian restos de una coracha que descienden perpendicularmente del cerro y va a parar a la torreci­lla vecina, hoy desaparecida.

Las extraordinarias cualidades estratégicas de Iznatoraf determinaron la instalación de un oppidum donde algunos autores creen que se sefugió Gneo Pompeyo después de su derrota en Munda.

Actualmente todo el cerro y su meseta superior ha sido repoblado de espeso pinar. Estos trabajos han borrado el primitivo camino de acceso al castillo que todavía se puede observar a trechos en la vertiente norte.

El topónimo Iznatoraf, incluye la partícula hisn (=castillo). Para Argote de Molina quiere decir “montón de la tierra”, para Espinalt “fortaleza, tierra fuerte”. Según Asín Palacios es “castillo de los límites”.

En torno a Santisteban y relacionadas con la villa se alzaron otras fortificaciones. En el cerro de San Marcos quedan los cimientos de una probable atalaya o castillejo.

Rivera Recio sostiene que Iznatoraf fue conquistado por Fernando III en 1226. Desconocemos el origen de esta noticia puesto que está suficientemente probado que la conquis­ta se produjo diez años después. Quizá confunde la data de la conquista con la del arrasamiento de los alrededores de Izna­ toraf, en verano de 1229.

En el lugar de Ero, límite en­tre Santisteban y Navas de San Juan, existe una torre fechable a mediados del siglo XIII que podría pertenecer a un castillejo estratégico, con arco de entrada ojival. En la Aldeilla o Cortijo Nuevo, queda un solitario lienzo de mampostería, quizá perteneciente a un castillo rural del siglo XIII. Finalmente en Poyato perdura la torre del homenaje de un pequeño castillo rural de la segunda mitad del siglo XIII. Es casi cuadrada (5’15 X 4’80 m.) y está construida con mampostería regular y cadenas de sillería, que ha perdido. La torre tiene dos aposentos superpuestos. Del más bajo se conserva parte de la bóveda apuntada. En torno a la torre existen vestigios de un pequeño recinto.

Iznatoraf ocupa la cima meseta superior de un cerro testigo de 1.036 metros de altura, al noreste de la loma de Úbeda, en la divisoria de aguas del Guadalimar y el Guadalquivir, ríos que discurren a uno y otro lado de la loma y distan respectivamente seis y siete kilómetros de Izna­toraf.

Después de su conquista y repoblación, Iznatoraf quedaría como villa realenga, desde la que Fernando III controlaba los puntos claves del Alto Guadalquivir. En 1243 se menciona entre los límites del obispado de Jaén. Su posesión era, pues, muy importante y conveniente para comunicar al adelantamiento con su retaguar­dia. En 1252, Fernando III la otorgó al arzobispado de To­ledo, cuya cabeza era su hijo don Sancho, a cambio de los dere­chos de Toledo sobre Baeza. En el siglo XIII los cristianos completaron las defensas musulmanas –recinto murado y alcázar- con un castillo de piedra. Estas defensas y las periféricas se mantuvieron en uso durante el resto de la Edad Media.

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En el siglo XV el alcaide de Iznatoraf detentaba el mando militar de las villas allende el Guadalquivir. Se quejaron otras villas porque el alcaide inspeccionaba los alar­des anuales, por San Miguel, en ausencia del Adelantado, aparte de otras arbitrariedades. Las defensas de Iznatoraf se mantendrían en buen estado hasta principios del siglo XVI. En 1645 eran necesarios cuatro mil ducados para reparar el castillo. Ante la imposibilidad de librar esta cantidad, la fortaleza quedó abandonada a su ruina. Madoz escribe de él: antigua muralla de bastante solidez de dos varas de gruesa. Con once fortines de la misma elevación dando entrada a la villa por nueve arcos que se encuentran en distintos puntos del circuito: anteriormente hubo también un cas­tillo que en la actualidad está derruido lo mismo que su plaza de armas a pesar de que aun se deja conocer que contenía extensas y hermosas habitaciones y hace pocos años que se distinguían en él muchas de sus pinturas... plaza de la Iglesia hay un poco por el cual se cree que subían de la mina que atraviesa la población, obra de los árabes sumamente sólida que al parecer faci­litaba la entrada en ésta. En 1914, Tomás Román Pulido escribe: está cercada de una muralla de tres metros de espesor en la cual hay once torreones con nueve arcos que dan entrada a la población y atraviesa el pueblo un subterráneo que fabricaron los moros sólidamente que llega hasta muy cerca de Santo Tomé.

Los términos de Albanchez, Beas, Catena, Cotilla y Segura se habían ganado antes de 1235. Los castillos de Chincoyar y Ablir pudieron entregarse en este mismo año. El castillo de Torre Alver, emplazado en la vertiente Sur de Sierra Morena, vigilaba un paso secundario entre Andalucía y La Mancha. Este paso aprovecha el portillo existente entre las últimas estribaciones al este de la Sierra del Cambrón (1058 metros), y el piedemonte oeste del Loro (931 metros). Va a dar a una hoya de terreno parcialmente cultivable en la que se asien­ta Aldeaquemada. De ella parten varios ca­minos antiguos, entre ellos el que va hacia el Sur entre los cerros Cimbarra (845 m.), y el Piedras Blancas (796 m.), siguiendo el cauce del río Guarrizas. Esta vía aparece en el Mapa del I.G.N. como “camino de Aldeaquemada a Navas de San Juan”. El río se desvía hacia el Oeste al pie del cerro Galayo (690 metros) frente al cual se alza la loma de Torre Alver, de 710 metros de altura. En la vertiente norte de esta loma, a cuatrocientos metros del Guarrizas y a doscientos del arroyo de los Hornillos o Pozo Agrio que baja a tributarle aguas, están las ruinas del castillo de Torre Alver. Por aquí discurre un antiguo cami­no que divide los términos entre Navas de San Juan y Santisteban. Un poco más abajo fluye el arroyo Ba­ llesteros que da su nombre a la dehesa en que se encuentra el castillo.

8. Castillo de Torre Alver.

La división de términos municipales sobre las lindes an­ tiguas nos sugiere que la frontera establecida entre la pla­za fuerte castellana de Vilches y la musulmana de Santisteban debió discurrir por el cauce del río Guarrizas, al menos por esta parte. Es evidente que el castillo de Torre Alver era una posi­ción avanzada que ejercía funciones de vigilancia sobre uno de los pasos practicables que comunican La Mancha con Andalu­cía.

En la campaña de Santisteban del Puerto e Iznatoraf, Fernando III ganó Torres de Albep (Torre Alver), Chiclana y Torres, que entregó a la orden de Santiago.

Seguramente es una obra almohade posterior a las Navas (1212) y su suerte seguiría la de Santisteban del que depende.

Con ello quedaba asegurada la vía de Alcaraz a Úbeda y toda la vertiente del alto Guadalimar.

Del castillo de Torre Alver apenas que­da un lienzo de muralla en el que se abre un gran hueco a unos cuatro me-

Estas fortificaciones eran, en su origen, de época cali­ fal. Todavía son visibles los recrecimientos que añadieron los conquistadores cristianos en el siglo XIII, en mampuesto más regular y calzado de ripiería.


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tros de altura sobre el nivel del suelo extramuros. El castillo está construido con pi­zarra recogida in situ y unida con mortero de calicanto. A raíz de su ocupación la frontera descendió bruscamente y no compensaría mantener un castillo de vigilan­cia en esta zona.

9. Castillo de Chiclana. En un amplio y relativamente fértil valle, a 872 metros de altitud, Chiclana tiene un gran valor estratégico sobre una de las vías alternativas que comunican con La Mancha por el puerto de Monti­zón. Esta Chiclanam de De Rebus Hispaniae sería entregada a Fer­nando III en 1235 junto con otras fortalezas de la región de Santisteban. En 1235 Fernando III la cambió a su canciller por la cuenca del Jandulilla . Chiclana fue cabecera de la encomienda de MontizónChiclana. Entre los que detentaron esta encomienda cabe mencionar al poeta Jorge Manrique y a su hijo Luis Manrique, nacido en Chiclana precisamente. En 1575 el castillo está armado sobre una peña fran­ca y no tiene torre ninguna, dentro del dicho castillo hay un aljibe... y por un pozo que tiene dentro se le sale y quel dicho castillo tiene siete u ocho aposentos altos y bajos y tiene este castillo fecha alguna obra del de canteria de pie­dra y cal y almenado y otra parte de piedra, yeso y tapiería y muncha parte del esta muy caido y arruido y maltratado y por alguna parte esta peña en que esta fundado y edificado este castillo tiene 42 varas de altura y por otras partes menos y quen este castillo se hace agora nuevamente un fuerte del de cantería que cae a la parte de la villa y será de alto de 30 varas poco más o menos y dentro del dicho castillo hay dos tiros de artillería del gordor de dos quartas poco más o menos y no tienen cureñas. Este fuerte sería más bien restauración y terraplén de sujeción del castillo porque en 1576 se había desgajado un trozo de peña que cayó sobre el pueblo y mató a treinta personas e hirió gravemente a otras veinte.

Madoz (1845), señala que aun se advierten sobre el cerro vestigios del castillo: está minado en su mayor parte y tiene una casa particular hecha en él a pico. Hoy quedan del castillo escasos vestigios que parecen ser de época cristiana. La documentación refleja algunas obras tar­días que se hicieron hasta el siglo XV: una escalera de caracol y una cueva.

10. Castillo de Torres. Este castillo estaba emplazado a un kilómetro del actual pueblo de Torres de Albanchez, hacia el norte, sobre un cerro de 1.145 metros de altura que domina toda la comar­ca y varios pueblos del campo y suelo de Montiel. A cuatro kilómetros de distancia discurre el río Guadalimar y, siguiendo su margen derecha un ramal de la antigua vía Alcazar-Úbeda que custodiaba este castillo (y bastantes otros emplazados a lo largo del río). También vigilaba el puerto de Albentosa, con atalaya de enlace.

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Torres se encontraba en el territorio designado a la Orden de Santiago, cuya base de operaciones era Montiel, al otro lado de la sierra. Fernando III lo cedió a los santiaguistas inmediatamente después de adquirirlo (el 1 de mayo de 1235). En 1575 era: un castillo despoblado junto a esta villa, a la parte de arriba hacia el Norte y en el circuito del una población antigua con los edificios caidos y desbaratados, muy alto y fuerte y descubierto, que no se habita en él, que han oido decir que se llama el castillo de la Yedra, es tan fuerte que si no es por puente levadizo no se podría subir a él e aunque esta despoblado e sin edificios con gran dificultad se podría ganar por su aspereza. En el castillo de esta villa que tienen dicho ni en la torre no hay alcaide. Demás desto hay dentro desta villa una torre ni principal o fuerte con una cerca alrededor con sus cubos e saeteras y

otros avisos en la mitad del pueblo y que tiene dentro della en lo mas hondo un pozo de agua para servidumbre della e que della y el castillo son de cal e tierra y piedra... e que han oido decir a sus mayores e mas ancianos que cuando el castillo e pueblo que enderredor del estaba poblado no habia bajo en esta villa población ninguna, mas de solamente la torre que tienen dicho y que por ser ella de tanto valor se bajaron a vivir abajo de donde se vino poblando hasta hoy e asi se defendian en ella de muchos trabajos. La relación de Francisco de León precisa que está una buena torre en el lugar, y esta torre tyene sus bovedas muy buenas. Se deduce que hubo dos castillos en Torres de Alban­ chez: uno al norte, en el cerro que tenía encomendada la vigi­lancia de los puertos; otro más cerca del río Guadalimar donde hoy está el pueblo, en la zona más habitable. El castillo del norte, de origen musulmán y evidentemen­ te utilizado por los almohades, aunque quizá no lo construyesen ellos, fue el que en 1235 se entregó a Fernando III. Para entonces había perdido su valor, aislado en la retaguardia santiaguista detrás de Beas, Segura y Catena. Sus nuevos po-


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bladores no tardaron en abandonarlo y la población se mudó a un lugar más habitable donde los santiaguistas se construyeron otro castillo, seguramente cuadrado y con torre del homenaje en un ángulo, del que sólo queda la torre, un notable edificio de mampostería, con sillarejo en las esquinas, que se alza en el centro de la población.

11. La Sierra de Segura. La Orden de Santiago, que ocupaba la tierra de Montiel, se extendía hacia el Sur por la estratégica región de la Sierra de Segura colocando una cuña entre los reinos de Murcia y Gra­nada. En 1235 la Orden obtuvo Torres, Hornos, Beas y Chiclana (confirmados en noviembre de 1239). En 1241, aislada entre otras fortalezas santiaguistas, cayó Segura, fuerte castillo que una vez fue capital de un reino. En 1343 el infante confirmó a la Orden la donación de Segura con los siguientes castillos dados anteriormente por Fer­nando III: Nerpio, Yeste, Catena, Albanchez, Guescar (sic). Paralelamente, Castilla había obtenido el reino de Murcia en 1243.

12. La cuenca del Jandulilla. En la frontera jiennense, en época bajomedieval, uno de los pasos naturales que comunicaba el territorio musulmán con el cristiano era la cuenca del Jandulilla. A lo largo de este riachuelo discurría un camino que hoy ocupa la carretera 325. La naturaleza montañosa de la región di­ficultaba cualquier otra ruta. Vigilando este portillo abierto en la muralla común se alzaban por el lado musulmán el castillo es­ tratégico de Bélmez y por el lado cristiano los de Bedmar y Jódar. Entre estos castillos dotados de guarnición fija mediaban dieciocho kilómetros de prudencial se­paración. No existía naturalmente un frente bélico en el moderno sentido del término. El territorio fértil que hubiera en estos dieciocho

kilómetros y, particularmente, las vegas y regadíos del estrecho valle del Jandulilla, estaba jurídicamente asigna­do a musulmanes y cristianos y tenía su precisa frontera no más importante en tiempos de paz que la de dos términos municipales actuales. Solía haber una tradición de buena vecindad entre los cultivadores musulmanes y los cristianos, tradición asegurada por las frecuentes treguas e instituciones comunes. Esta buena vecindad no se empañaba por los ocasionales estallidos de acti­vidad bélica. En tales casos, parte de la población se veía obligada a retirarse a zonas próximas a los castillos. Esta tierra intermedia se presentaba jalonada por castillos rurales, pequeñas posiciones defensivas, fortificaciones sin guarnición o albacaras, capaces tan sólo de resistir y rechazar el ataque de bandas irregulares (almogávares) cris­ tianas o musulmanas que practicaban una especie de bandidaje legal en busca de fáciles ganancias: cautivos o bienes muebles obtenidos mediante saqueo.

13. Castillos de Chincoya y Ablir Uno de los castillos del Jandulilla, el de Chincoya, ha tenido la fortuna literaria de inspirar la Cantiga 185 del Códice Escurialense T.I.1, atribuida a Alfonso X, en la que se relata un mila­gro de la Virgen que salvó el castillo de los moros. Esta fugaz aparición de Chincoya en nuestra más temprana literatura o su reiterada presencia en documentos del periodo bajomedieval, ha llevado a varios autores a intentar locali­zar el emplazamiento exacto de esta fortaleza en diversos pa­rajes del antiguo reino de Jaén. Tradicionalmente se ha identificado este castillo con el lugar llamado Chincoya, al este de Iznatoraf, donde el Guadal­ quivir describe un amplio arco y ende­reza su curso hacia la fértil campiña. Aquí sitúan a Chincoya Gregorio Forst (1653) y Jimena Jurado (1654). Modernamente aceptan y transmiten la antigua localización W. Mettman (1972), Higueras Maldonado (1974), Rodríguez Molina (1975) y Julio González (1980).

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Proponen una localización distinta a la tradicional, la revista Don Lope de Sosa (1914) y Montoya Martínez (1976 y 1980). La revista sitúa Chincoya, ambiguamente, al sur de la provincia de Jaén. Montoya Martínez identifica el castillo inspirador de la cantiga con unas ruinas visibles en la falda del cerro Atalaya, a la vera del humilde Jandulilla, cuando éste discurre al noreste de Bélmez de la Moraleda. Los autores que sitúan Chincoya en el arco del Guadalqui­vir no explican las razones de tal elección. Es probable que acepten, sin cuestionarla, la ubicación tradicional dada por Jimena Jurado quien, a su vez, se deja llevar por la homonimia. Si allí hubo población y castillo es evidente que esta locali­zación sólo podría ser errónea si en el reino de Jaén hubiese existido otro castillo de Chincoya que fuese el verdadero escenario de la cantiga. Dejarse guiar tan sólo por coincidencias de topónimos es temerario, como apunta Montoya Martínez. Montoya Martínez apoya las razones de su identificación de Chincoya en el cerro Atalaya porque el contexto del suceso sugiere la proximidad de Bélmez y Chincoya. Además un privilegio concedido a Baeza señala sus lindes en Huelma, Bélmez, Chincoya y Ablir, con lo que nuevamente vemos a Chincoya asociada a los lu­gares de Bélmez y Ablir que la preceden y siguen, respectivamente, en el documento. Ablir podía corresponder al cortijo de Neblín. Aparte de esto, en el lugar del propuesto Chin­coya, sostiene Montoya Martínez, existen unas ruinas que corresponden a una antigua edifi­ cación que debe pertenecer a un centro-habitat de primitiva utilización agrícola reutilizado después como fortaleza defensiva. Del examen de los restos actuales se desprende la exacti­ tud de estas apreciaciones de Montoya Martínez. Es evidente que las ruinas corresponden a un castillo rural. El lugar que vigila la garganta por donde sale el río constituiría el primer baluarte de la frontera castellana-andaluza en el reino de Jaén frente al reino nazarita y su avanzadilla más extrema en la parte media del sector central de la frontera del reino de Grana­da. Tendría como objetivos militares vigilar y defender la am­plia llanura que iba desde el Lucero a las Altarillas, de una parte y desde la Silleta a la Sierra de la Cruz por otra.

Pero las ruinas que comentamos no pertenecen a un fuerte castillo estratégico sino a un humilde establecimiento agrícola dotado de limitadas defensas. En la cuenca del Jandulilla, siguiendo el camino tradicional de Sur a Norte, encontramos, entre Bélmez y Jódar, las siguientes fortificaciones defensivas: l. La pretendida Chincoya en la falda del Cerro de la Atalaya, situable en el Mapa Militar Español (M.M.E., TORRES 69.3.78.1). 2. Neblín (= Neblir, Ablir), en la cúspide del cerro del mismo nombre (M.M.E., TORRES 71.6.78.0). 3. Un fuerte cuadrangular sobre una colina frente a Neblín, también a la derecha del río (M.M.E., TORRES 71.1.78.1). 4. Un fuerte roquero frente a Neblín, a la izquierda del río, sobre uno de los últimos riscos de la Sierra de La Cruz, aso­mado al barranco de los Hornillos. Los campesinos lo llaman “el castil” (M.M.E., TORRES 70.7.79. 6). 5. Un núcleo cerca de la atalaya situada en M.M.E., TORRES 72.7.82.4. En esta relación nos hemos limitado a mencionar las fortificaciones de tipo defensivo, omitiendo atalayas o torres ópticas que cada bando alzaba para vigilancia del campo intermedio. Todas estas fortificaciones están construidas con mam­ puestos y argamasa, a excepción de Neblín que además pre­ senta grandes sillares de piedra gris. En los alrededores de todas ellas se encuentran en mayor o menor cantidad restos de cerámica medieval en superficie. Estos son particular­ mente abundantes en la número tres de nuestra relación, frente a Neblín, que es también estructuralmente la más imponente y sin duda la más interesante desde el punto de vista tipológico. Notable por la dificultad del acceso y la incomodidad de su espacio interior es la número cuatro, el Castil, aunque debió ofrecer a sus constructores la compensación de una fácil defensa con poco gasto de mantenimiento.


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Parece razonable identificar los vestigios de antiguas defensas que coronan el cerramiento de Neblín con los del Neblir o Ablir de los textos medievales y los de Chincoya con las ruinas cercanas de M.M.E, TORRES 71.1; 78.1.

14. Defensas de Porcuna. El 30 de junio de 1236 Fernando III había obtenido Córdoba mediante pacto con ibn Hud. En los años siguientes, muchos lugares y castillos de la campiña se le entregaron, y el rey tuvo que repoblarlos y ordenar el territorio. El 17 de setiembre de 1240 entregó a la Orden de Calatrava los castillos de Locubín, Susaña y Alcalá. Entre los lugares que Fernando III recibió figuraba Porcuna, el solar de la antigua Obulco, ibé­rica y romana, uno de los oppida más importantes y famosos de Hispania, citado por Plinio . Porcuna está emplazada sobre un cerro testigo de 473 metros de altura que domina la extensa y fértil campiña donde se inicia el Guadalquivir medio. En época musulmana, Porcuna tuvo castillo y recinto murado, el hisn Bulkúna de las fuentes musulmanas citado entre los trece rustáq de Córdoba. Sus canteras de piedra eran famosas.

En 1233 Porcuna se sometió a la autoridad del señor de Arjona, Alhamar, pero al poco tiempo volvió a reconocer a ibn Hud. Después de la caída de Córdoba (1236), la situación de Porcuna, como la de Jaén y los otros lugares musulmanes de la campiña, había empeorado notablemente constreñida entre las conquistas cristianas de Andújar y Martos y el norte del Guadalquivir, y sin más contacto con las tierras musulmanas del sur que el de los pasos de Otiñar y La Guardia. Fernando III había otorgado Porcuna a la Orden de Cala­ trava en 1228, pero el castillo no se ganó hasta 1241. El castillo y población pasaron a los calatravos pero éstos tardaron en poblarlos, quizá porque dieron prioridad a Martos y a Víboras, más cercanos a la frontera. En el siglo XVI, Porcuna tenía todavía un hermoso castillo. En 1845 Madoz describe un antiguo castillo de mucha extensión con murallas mucha parte de ellas bien conservadas, torreones a cortas distancias de piedra labra­da conservándose en la ciudadela dos torres cuadradas que se cree son del tiempo de los romanos y todo el castillo anterior a esta época. En la misma ciudadela hay una torre de figura octógona, toda

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de piedra y edificada después de la conquista por los grandes maestres de Calatrava. En la explanada de la citada ciudadela se conserva un aljibe de mucha capacidad. Después de Madoz casi todos los autores que se ocupan de las defensas de Porcuna se limitan a respetar o parafrasear lo que él escribió.

Eugenio Molina examinó en 1922 los escasos restos dise­ minados de lo que fue la fortaleza y levantó un plano bas­tante defectuoso del alcázar. La altura de los muros era de seis a ocho metros en algunos parajes y la de las torres de doce a catorce.


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En los restos actuales del castillo de Porcuna se ad­vierte un intenso proceso de remodelación. Cabe distinguir tres etapas: algunos vestigios ciclópeos, correspondien­tes seguramente al antiguo oppidum sobre el que se fundó el casti­ llo; torres cuadradas de mampostería menuda y sillarejo, así como aljibes datables entre los siglos XII y XIII, y finalmente la llamada torre de Boabdil, edificada en 1435. Los bloques de piedra de hasta dos metros y medio de largo por ochenta centímetros de ancho, toscamente terminados eran hasta hace unos años observables en la base de la muralla del castillo y aparecían envueltos por la construcción de sillarejo de las fortificaciones que sucedieron al antiguo oppidum. En época medieval indeterminada hay que fechar las torres cuadradas y los lienzos de muralla que aún subsisten en Porcu­na. La qasba o barrio fortificado tenía forma de pentágono irre­gular, adaptándose a la configuración de la meseta del cerro testigo. El perímetro de 720 metros aproximadamente.

En 1914, Enrique Romero de Torres había detectado trozos de muralla y dos torres cuadradas, las que hoy existen cerca de la llamada “de Boabdil”, cuyos cimientos creyó romanos.

Sobre la base de este recinto, que quizá aprovechaba el trazado del oppidum primitivo, se trazó un cerramiento interior que iba desde el ángulo sudeste, donde hoy está la to­rre de Boabdil, hasta el segmento noreste de la muralla de la fortaleza. Con ello quedó delimitado el castillo propiamente dicho. Aunque sobre el plano parece que esta división es arbitraria, la detenida observación del terreno demuestra que el castillo estaba bastante más elevado que la alcazaba. Hoy quedan escasos vestigios de este recinto porque se adosaron casas a sus muros que permanecen ocultos. Su trazado va por el interior de las casas de Queipo de Llano, Plaza del Generalísimo (donde se abría el Arco de los Remedios), Calle Colón, Niño Jesús, cruzaba la plaza del general Sanjurjo, seguía por el interior de las casas de la calle del Teniente José Ollero, Paulino Molina, General Aguilera, Alférez Manuel Casado y desemboca­dura de Moreno Torres, donde está la torre de Boabdil. Como en otras ciudades musulmanas, la alcazaba de Porcuna se llamó alcázar en los siglos posteriores a su con-

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quista. En 1382 se construyó una capilla en la iglesia de Santa Catalina del Alcázar . Tenía además Porcuna un circuito amurallado que protegía la población, del que han quedado esca­sísimos restos en la antigua carretera de Lopera y Córdoba. Jimena Jurado menciona una lápida romana empotrada en la pared de una casa donde dice la Puerta Montilla que sería una de las del recinto exterior. Existió otra lápida, que cita Hubner, en una torre en el sitio de la Barrera. La entrada del castillo estaba protegida por dos torres de sección rectangular de ocho metros de lado por catorce de altura, almenadas y con saeteras en sus cuatro caras. Se accedía a esta entrada mediante rampa empinada que salva­ba el desnivel del terreno. La muralla tenía dos metros de espesor y de ocho a diez de altura. En el interior del castillo había -y existe aún hoy- un gran aljibe. Una de las entradas del alcázar subsistió hasta 1881 y ha dejado su nombre en el Arco de los Remedios. Esta­ba defendido por dos torreones similares a los de la entrada del castillo.

La torre de Boabdil. El maestre de Calatrava Don Luis de Guzmán comenzó a construir en 1411 la Torre Nueva o Torre de Boabdil, así llamada hoy porque se cree que fue prisión accidental del último rey musulmán de Granada, capturado en la batalla de Lucena (1483). La construcción de la torre duró veinticuatro años. Una lápida fundacional reza: “Esta torre mando facer el muy estrenuo e muy noble caballero don Luis de Guz­man, por la Divina Providencia Maestre de Calatrava, el año del señor de mil e cccc xxxv años”. La torre es de planta octogonal (4’78 metros de lado y 27’70 metros de altura). Los 11’35 metros de la parte in­ferior son macizos y sobre ellos se elevan dos cámaras y una terraza. A la primera cámara se abre el nivel del patio de armas. Torres Balbás se ocupa extensamente de este singular mo­numento: las estancias mantienen la planta octogonal de

la torre y se cubren con bóvedas góticas de ocho nervios reu­ nidos en una clave común, apeados en capiteles ménsulas. Los nervios del piso inferior tienen decoración en zig-zag, tema de origen cisterciense. No tiene base la afirmación de que esta torre es alminar construido por el alarife Mahomed en 1325 según Torres Balbás. Las defensas de Porcuna se organizaban del modo típico en la ciudad musulmana: un castillo, hisn, que es residencia de la guarnición regular y último refugio en caso de invasión de los recintos; un barrio alto fortificado, qasba, que es centro administra­tivo, comercial y religioso y residencia de la aristocracia ciudadana; un recinto murado exterior que abraza el de la ciudad o gran parte de ella. Las defensas de la vecina Arjona presentaban una disposición muy parecida.

15. Castillo de Locubín. Este castillo musulmán, que hoy da nombre al pueblo de Castillo de Locubín, ha sido identificado sucesivamente con el castillo de las Águilas (Hisn Alhicbín; hisn: castillo, alhicbín: águilas); y con el castillo de las Cuevas. La confusión podría proceder del hecho de que las palabras árabes águila y cueva tengan radicales muy parecidos. Algunos autores lo identifican con el Cuevas de la época de la conquista musulmana que aparece en las crónicas de Abul­casin Tarif. Si aceptamos que se trata del castillo de las cuevas, en 727 pertenecía al rey de Baeza, Abencurba o Aben Cotba, que lo habría ganado al de Granada, Aben-Abur. En la rebelión muladí de ibn Hafsun, el señor de Locubín, el muladí Sa`id ben Walid ben Mastana abandona el bando rebelde y se somete a la autoridad de Abd al-Rahman III. Según Mármol Carvajal, Alfonso IX lo ganó en 1213 y lo dio como encomienda a la orden de Calatrava, pero pronto volvió al poder árabe.


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Fernando III lo otorgó a la Orden de Calatrava el 17 septiembre de 1240, junto con el vecino castillo de Susana. Probablemen­te fue recuperado por Alhamar de Granada dos años después. En 1244 lo recuperó Fernando III que lo cedió a la Orden de Calatrava por segunda vez. En 1254 Alfonso X confirma su donación a los calatravos, pero en 1311-12 pertenecía a la abadía de Alcalá la Real. En 1341 había vuelto a poder de los musulmanes. Locubín será frontera nazarí hasta el año 1340 y desde el último cuarto del siglo XIII pasaría a poder castellano en 1341 ganado por Alfonso XI. El 12 de mayo de 1345 el rey lo concedió a Alcalá la Real. Argote de Molina identifica este castillo con aquel de las Cuevas, cercano a Priego, que Muhammad X de Granada (1445-1453) arrasó antes de sitiar Alcaudete. En 1458 era de nuevo castellano. En 1466 el rey arrebató la alcaldía de Alcalá la Real a Iranzo, Condestable de Castilla, y como éste no entregaba Locubín fueron sobre ella los de Alcalá. Dice la Crónica del Condestable: y estando en Locubin el comendador de Oreja (hermano de Iranzo), haciendo labrar una puerta falsa y otras cosas que requerían a la defensa del dicho castillo, los caballeros y peones de Alcalá la Real vinie­ron sobre él y comenzaronlo a combatir con cuanta mayor fuerza pudieron por se lo entrar y tomar. Estas fuer­zas se retirarían al saber que Iranzo había salido de Jaén con socorro, el 27 de mayo de 1466. El 16-XI-1593 el viento derribó la torre del homenaje. Es probable que Locubín estuviese dotado de algún tipo de cerca o muro. En 1698, cuando se reintegra a Alcalá, y en las actas del cabildo del 5 de febrero, se menciona de la “puer­ta de la Villeta”, quizá perteneciente al recinto murado. La población de Locubín es de origen medieval, probablemente surgida tras la decadencia y abandono del núcleo iberorromano de Ipolcobulcula cuyas ruinas (oppidum sobre cerro testigo, rodeado de doble recinto, en el lugar de Cabeza Baja de Encina Hermosa), se encuentran a unos cinco kilómetros al Norte.

En época musulmana, Locubín era hisn, es de­cir, castillo. De este castillo restaban en 1914 fuertes murallones sobre los cuales se han edificado casas y unos jardines en lo que ocupaba la antigua plaza de armas . En un pozo de la for­ taleza se encontraron algunos bolaños. Ya en época de Madoz sólo existían en el lado Oeste de la plaza algunos res­tos de la fortaleza árabe a la que dan el nombre de Villeta. Sarthou señala la existencia de los baños de hermosa es­tructura entre los restos de la antigua fortaleza, pero ello se debe a una confusión con las ruinas de Encinahermosa descritas por Espi­nalt en su Atlante. Los restos de muros de mampostería del castillo son poco significativos. Podrían ser cristianos o musulmanes, en cualquier caso no pa­recen anteriores al siglo XII-XIII. El sistema de atalayas de Locubín, desarrollado en­tre los siglos XIII y XIV, incluía Torre Marroquí, cerca de las ventas del Carrizal, Torre Cogolla, Torre de los Ajos,- Torre Encina y Torre del Puerto. A dos kilómetros y medio está el cortijo del Baño, donde hay restos de otro castillo, y en el denominado El Batán sub­ siste una torre de otra fortaleza. Los dos debieron ser castillos rurales edificados en época cristiana.

16. Castillo de Susana (o Susaña). En 913 el emir de Córdoba Abd al-Rahman III, atacó a los rebeldes encastillados en la región de Montilun y Sumuntan. Entre los señores que depusieron las armas y volvieron a la obediencia del emir figuraba un tal ibn Abd Allah, señor del castillo de Sasaña o Susana. En 1225, vuelve a mencionarse el topónimo cuando, durante la segunda expedición de Fernando III por tierras del Alto Guadalquivir, Ocampo y el códice matritense coinciden en que el rey auie toda essa tierra astragado fasta Guadalbullon; e fasta las sierras d´Susaña d´si mouio e fuese para Martos... e fuese a Bivoras... e fuese sobre Alcaudete. Según Jimena Jurado, en 1238 el maestre de Calatrava don Martín Ruiz, conquistó los castillos de Locubín y Susa-

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En 17 setiembre 1240, Fernando III lo entregó a la Orden de Calatrava junto con el de Locubín pero en 1251 ciertas rentas dadas en Arjona a la Orden de Calatrava volvieron a Fernando III a cambio de Susana y Zambra. Carlos V intentó poblar Susana y Tornera , sin éxito. Jimena Jurado dice de Susana que está en el término y sierra de Jaén, que oy esta destruido en el sitio y junto al arroyo que estan en el camino de Jaén a Alcalá la Real casi a la mitad del que de su nombre se llaman Sierra de Susana y Río de Susana. Más adelante escribe: Susana y Tornera fue la población que se ve arruinada en la sie­rra que la general de España, 4 p. fol. 405 y el libro de Montería del rey Don Alfonso el Onceno llama de Susana y junto al río Susana en la Sierra de Jaén en la mitad del camino que ay de Jaén a Alcalá la Real, de los quales río y Sierra hace memoria la historia del Condestable Irançu. Se conoce que Jimena Jurado anduvo interesado en el castillo de Susana puesto que en la parte castellológica de sus Antigüedades de Jaén le reservó el folio 138 vuelto bajo el epígrafe “Susana y Tornera”, folio que quedó en blanco como tantos otros del manuscrito. Ruíz Jiménez y Torres Delgado siguen a Jimena Jurado. Este último escribe: sus ruinas en el camino de Alcalá la Real a Jaén en la falda de la Sierra de Susana que corresponde al sistema subbético central. Bernardo de Espinalt, en 1799, cree que en el sitio que llaman el castellón, que dista media legua del pueblo (Val­depeñas de Jaén), estuvo el castillo de Susana de cuyas rui­nas se han sacado en estos tiempos lápidas de Romanos, me­dallas, figuras de metal, flechas y otras muchas cosas que denotan su antigüedad .

na y añade: Don Fernando dio luego el castillo a la Orden de Calatrava más después en tiempos del maestre don García de Padilla (electo en 1296), se perdieron y los volvieron a ganar los moros.

En el mapa de 1975 aparece Susana en la zona de Valdepeñas en el nacimiento del río Valderazo que corre paralelo al Guadalbullón. En esta zona lo sitúa también J.F. Aguirre: la fortaleza de Susána o Sasána debió de estar situada en las cercanías de Valdepeñas de Jaén, donde se ha conservado su nombre en el río Susana. Antes de proseguir recordaremos que en la época Jimena Jurado se mantenían los dos caminos tradicionales


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entre Jaén y Alcalá la Real: uno por Valdepeñas y otro por Martos. Después veremos que Susana estaba situado en este úl­timo. Si examinamos el documento de donación dado por Fernan­do III en Córdoba el 17 septiembre 1240, en el que se espe­cifican los términos del castillo de Susana y la instancia al maestre de Calatrava en la que deslinda los tér­minos de Baena, Porcuna, Alcaudete y Alvendín, observare­mos que los términos que en su tiempo fijó el rey Fernando III para todos estos lugares, y que coincidían con los que los moros habían tenido antes de la conquista, siguen siendo básicamente los mismos de los pueblos actuales. De este modo podemos seguir la divisoria entre el te­ rritorio calatraveño y el del concejo de Jaén, una línea que discurría de norte a sur por el límite de los términos de Torredonjimeno (calatravo) y Torredelcampo (perteneciente a Jaén), Martos (calatravo) y Los Villares (de Jaén), Fuensanta de Martos (calatravo) y Valdepeñas (de Jaén) y Castillo de Locubín (calatravo). Evidentemente el camino más corto entre Jaén y Alcalá era el de Valdepeñas que, a vuelo de pájaro vendría a tener poco más de 35 kilómetros, mientras que el que pasaba por Martos tendría diez más. Sin embargo, el camino de Valdepe­ ñas discurría por terreno montañoso y alto, nevado en invierno (Jabalcuz, Sierra Pandera, Sierra de Alta Coloma). El de Martos tenía la ventaja de ser más transitable y bajo al discurrir al pie de las sierras Pande­ra y Ahillo (curso del río Grande-Víboras-Susana), para descender luego a Alcalá y el valle abierto entre las sierras de Alta Coloma (este), y San Pedro-Hortichuela (oeste). Siendo así, el castillo de Susana, que pertenecía a los calatravos, debía estar situado dentro de esta línea y no tan al este, en las cercanías de Valdepeñas, como lo sitúan algunos autores. Jimena Jurado es algo más explícito e indica que está junto al río Susana, a mitad de camino entre Alcalá y Jaén. Es señalización algo vaga porque el río es largo y lo atraviesan diversos caminos que podrían ser el llamado de Jaén.

Desde Espinalt la localización se concreta: a tres kilómetros de Valdepeñas. Todos los autores modernos siguen a Espinalt y sitúan Susana un poco al azar cerca de Valdepeñas, es decir, en una zona que no perteneció a los calatra­vos. Cerca de Valdepeñas existe, en efecto, una construcción, en la falda de la sierra, pero tiene el aspecto de un aprisco de ganado hecho con piedras sueltas. Los muros apenas levantan del suelo y no se observa amontonamiento alguno que denote que los muros originales fueran mucho más altos, como correspon­dería a una albacara. Si buscamos siguiendo el parecer de Jimena Jurado, orientamos nuestras pesquisas al río Grande-Vívoras-Susana, cuyo curso sirvió -en parte- de divisoria de términos en época medieval. Es curioso observar que los tres nombres que recibe sucesivamente este río parecen referirse a sus tres secciones. Al principio es Susana, luego Víboras y más tarde Grande, cuando ha crecido y se acerca a su confluencia con el Guadajoz. Si en el fragmento llamado de Víboras da nombre a este castillo es lógico suponer que el Susana que buscamos debería encontrarse aguas arriba. Remontando el río a partir del cas­tillo de Víboras y a nueve kilómetros de éste, el valle, que puede ser muy encajado en este río, se abre en una amplia vega cobijada entre la sierra de la Grana (este), y la de las Cuer­das del Castillo (sur), en su estribación de los Madroños. En el centro de esta vega hay un imponente peñón alargado que queda en la horquilla formada por el río Susana y la desembocadura en éste del arroyo del Regüelo, que sirve de foso natu­ral al peñón y acrecienta sus cualidades defensivas. El peñón se llama “de Susana”. Es el emplazamiento del histórico y ubicuo castillo. Del castillo del peñón de Susana quedan hoy escasos vesti­gios. El estrato rocoso alargado que le sirve de eje tiene 164 metros de largo y está compuesto por una sucesión de blo­ques y dos claros intermedios. Los bloques adoptan una forma casi prismática, de modo que los más altos funcionan como torreones naturales. Por el lado del río estas peñas des­cienden verticalmente y son inaccesibles. Por el lado del arroyo son menos empinadas y surgen de una meseta

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alta, también alargada que era el espacio libre del castillo o patio de ar­mas. Esta meseta estaba protegida por el lado del Noroeste por un impresionante talud de tierra coronado de parapeto pétreo que ha desaparecido casi por completo aunque sus piedras yacen es­parcidas por toda la pendiente del talud. En la meseta superior aprovecharon el escalón natural y ascendente de un estrato para labrar en la roca viva una precaria escala de acceso a las rocas más prominentes. Los claros resultantes entre los segmentos de la cresta rocosa fueron barrea­dos por un muro de mampuestos que complementaba la cerca na­tural. Está muy destruido pero sus cimientos son perfectamen­te identificables por todas partes. Este muro baja por la parte del Sureste donde el talud y el espinazo rocoso son menos imponentes y sus restos se pierden en este sector.

las habitaciones. Lo mismo puede decirse de Rercena, Jarafe, Marquesa y muchos otros castillos rurales de Jaén. Probablemente la temprana decadencia de Susana, como nú­cleo de población se deba al establecimiento, aguas abajo, del sólido castillo calatravo de Víboras, que atraería a la población de los contornos, especialmente durante la segunda mitad del siglo XIII en que la región quedó en peligrosa situación fronteriza.

17. Conquista de Arjona y últimas campañas jiennenses En verano de 1244 Fernando III llegó a Andújar, ya convertida en la plaza fuerte más importante de la frontera jiennense, y organizó su casi anual expedición contra los musulmanes.

Las modestas huertas que vemos hoy en torno al peñón de Susana, nos permiten imaginar lo que sería este valle bien regado, fértil y fácilmente defendido en los tiempos del castillo. Quizá fue más una albacara, es decir, un recinto defen­ sivo para refugio de los habitantes de la región. La denominación castillo se aplicaba, en época medieval, a este tipo de establecimientos modestamente fortificados. En este sentido hay que in­terpretar la pléyade de fortalezas jiennenses mencionadas por las crónicas de la rebelión muladí, entre ellas esta de Susana. Si de tantas de ellas no han quedado trazas esto se debe simplemente al carácter disponible de sus instalaciones que aprovechan elementos naturales y los completan con defensas de tierra y ma­dera, difícilmente detectables para quien entienda por castillo una sólida y articulada construcción de piedra o tapial. De hecho en la campiña jiennense entre Jaén y Andújar se pueden seguir trazas de este tipo de encastillamiento casi en cada alcor, y no es casual que muchos cortijos se hayan edificado sobre estos lugares: Fuente Tetar, Macarena, Cañada de Zafra, el Peñón, etc.

Primeramente devastó y taló los campos de Arjona sin de­tenerse, y luego pasando por la zona de Martos, los campos de Alcau­dete. De este modo “reblandecía” los lugares que proyectaba conquistar próximamente. De regreso de Alcaudete Fernando III sitió Arjona y la ciudad se le entregó casi sin resistencia.

Seguramente el sentido que los conquistadores dieron al castillo de Susana fue similar al que hasta entonces había te­nido, un terreno cultivable y los bienes comunitarios que la albacara protegía: el río, las huertas, los pastos, los mo­linos y

Los Anales Toledanos se refieren a la conquista de Arjo­na y Caztalla; la Crónica General menciona Pegalhaiar, Bexixar y Carchena.

Cobrada Arjona, Fernando III llevó su hueste hacia el acceso libre de Jaén, el único que estaba sin domi­nar, el de la vía de Granada. La medida era un acierto, pues si la ciudad tenía amputados sus otros dos era evidente que cortándolo pronto se vería con una despensa inaccesible y con la dificultad de recibir socorros en el plan de asedio que se presentía.

18. Castillo de Matabejid Las milicias castellanas devastaron los alrededores de Jaén, muy esquilmados ya de otras veces, y luego conquistaron los lugares que podrían apoyar a la plaza fuerte en su asedio definitivo: Pegalajar, Bejij y Carchena.


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L.F. Retana identifica Bexixar con Montejicar; Ballesteros escribe Bejícar y no intenta localizarlo; Julio González identifica Bexix con Begíjar en 1946 y la inmensa mayoría de los autores posteriores aceptan esta identificación. Sin embargo, el mismo Julio González reconsidera su primera opinión en 1980 y escribe: Begijar no parece lógico si se refiere a la cercana a Baeza.

del valle entre Sierra Mágina (este), y Sierra Almadén (oeste). Este es un castillo cristiano de principios del siglo XIV. El que tomaron los expedicionarios de 1244 estaba más al Sur, en el cerro que queda entre los arroyos de la Piedra del Águila y del Madroño. Sus actuales ruinas, llamadas de los Corrales por los pastores, muestran trazas de haber sido albacara más que castillo y están muy dispersas y mal­tratadas.

A nuestro juicio la identificación Bexixar=Begíjar es inaceptable. Begíjar está a sólo cinco kilómetros de Baeza. Cuando los cristianos se adueñaron de Baeza dieciocho años antes (1226) ocuparían también sus contornos, entre ellos Begíjar, que pertenecía al término de aquella ciudad. Esto explica que su conquista no se mencione jamás y que sus primeras apariciones en documentos castellanos, cuando la tierra se repartió a los conquistadores, sea bastante anterior a la data de su pretendida conquista en 1244.

No es probable que los cristianos lo ocupasen permanentemente antes de 1316, cuando el infante don Pedro vol­ vió a conquistar el castillo de Hisn Bayiy (=Bexix).

Bexixar debe corresponder a Begid o Bexix. Esta es la identificación que en su tiempo propuso Jimena Jurado: Bexixar que oy se llama Bexix junto al río de Oviedo y cerca de Cambíl. En cuanto aceptamos la identificación Bexixar=Bejid, todo concuerda y se aclara en el itinerario de la expedición. Esta vez los expedicionarios, en lugar de seguir el camino calamitoso por el que habían regresado unos años antes, escogieron otro más al Norte. Saldrían de Pegalajar bordeando el cerro Hornillos (1029 m.) y luego remontarían el curso del arro­yo Bercho, para bordear el cerro Atalaya (1327 metros), seguir hacia el Este dejando a la derecha los cerros Cántaro (1234 metros), y Loma Rosa (997 m.), y el castillo de Cambíl, que quedaría a dos kilómetros, y a la izquierda los cerros Púlpito (1478 metros), y Chacón (1127 m.), para caer sobre Bexix o Matabejid. Hoy Matabejid es una cortijada señorial que queda en una fértil hondonada a la derecha de la carretera local de Cambíl a Huelma. El castillo de Matabejid está enclavado en la misma finca pero a unos cinco kilómetros al Norte de la cortijada, pasada la carretera Cambil-Huelma. Se llega a él por un carril de montaña privado. El castillo está en la boca

El estudio arqueológico de este castillo queda para más adelante, cuando estudiemos la frontera nazarita.

19. Castillo de Pegalajar. Este lugar, distante diecisiete kilómetros de Jaén, había sido devastado por Fernando III cuando regresaba de su expedi­ción de 1225. Después de aquel ataque pasarían diecinue­ve años antes de que el rey de Castilla volviese sobre el lugar, esta vez para tomarlo definitivamente, puesto que ya dominaba las tierras del norte y podía mantener su conquis­ ta. Por otra parte privaba a Jaén de un importante apoyo y situaba un padrastro a pocas horas de la ciudad. Después de la toma de Jaén (1246), Pegalajar dependió de la capital de la región, integrada en su arcipres­tazgo. Tras la estabilización de la conquista castellana a la muerte de Fernando III, la frontera de Granada quedó peligrosamente cerca de Jaén y Pegalajar tuvo que representar (junto con La Guardia), el papel de defensa avanzada de Cas­ tilla frente a las fortalezas de Cambil y Alhabar. Es lógico, por lo tanto, que las defensas de Pegalajar sufriesen una intensa remodelación durante los siglos XIII y XIV, remodelación que afectó profundamente a las modestas defensas musulmanas de 1244. En 1463 el Condestable Iranzo reunió sus fuerzas en Pegalajar para prevenir un ataque musulmán desde Cambil. En las ordenanzas de 1464, se otorga a una colación (San Bartolomé) la alcaldía del castillo de Pegalajar con tenencia de seis

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mil maravedíes de que había de haber aquel a quien cupiese la suerte dos mil maravedies sin servir e los otros cuatro mil maravedies se habían de dar y pagar al comendador Juan de Pareja que al presente el dicho castillo tenía por el rey. En 1468 el castillo estaba rebelado contra el condestable. Su alcaide seguía siendo Juan de Pareja que pertenecía al bando rebelde en las luchas nobiliarias y apoyaba al marqués de Villena, maestre de Santiago. Algunos traidores escapados de Jaén se refugiaron en Pegalajar y desde allí em­prendían correrías contra Jaén. Los ganados que robaban pasa­ban a Cambil donde los vendían a los moros. A finales de abril de 1469 Iranzo cercó Pegalajar e instaló dos campamentos: uno en la Fuente Vieja y otro en el camino que vie­ne de Jaén al dicho castillo. Además cortó el suministro de agua. E de cada dia los combatian por todas partes y les tira­ ban con tres o cuatro lombardas bien gruesas y con otros tiros de pólvora y les hacían gran daño. Los de dentro sólo tenían el agua del aljibe, que era hedionda. A las dos semanas de asedio llegó el rey y los cercados le abrieron las puertas y él restituyó la villa y castillo a Jaén. Era el viernes 12 de mayo de 1469. Iranzo nombró alcaide a Pedro de Sepúlveda. En aquel año aparece Pegalajar como villa. Al año siguiente (5-XII-1470) los moros saquearon el arrabal de Pegalajar después de horadar un portillo en la muralla. Del cerco murado de Pegalajar sólo resta una puerta, lla­ mada de la Villa o de la Encarnación. El castillo fue demolido en el siglo XVII para construir en su solar la iglesia de la Santa Cruz. Lo único que quedó en pie de la fortaleza es una torre bastante remoza­da que sirve de campanario. A diez kilómetros del pueblo, en el lugar llamado de los Corralejos existe la torre de un castillo rural.

20. Castillo de Carchena-Caztalla. Después de tomar el castillo de Bexix (Mata Bejid), Fernando III o parte de sus tropas (porque no es seguro que él

comanda­se esta expedición), tomó otro castillo que la Crónica General llama Carchena y los Anales Toledanos, que no mencionan Pegalajar y Bexixar, dan como Caztalla. He aquí otra identifica­ción problemática. Para unos se trata de Cazalla, para otros de Carchel (antigua Escarcena). Jimena Jurado sitúa este castillo entre Pegalajar y Cambil. Cazabán escribe Caztalla o Cazalla, situado entre Cambil y Pegalajar. En 1271 este castillo aparece en poder de don Día Sánchez. Para Julio González, el topónimo puede correspon­ der a Carcel (sic), lugar que no identifica. Existe un lugar de Cazalla también llamado monasterio en el barranco de Cazalla, seco la mayor parte del año, que va a dar al río Cambil, zona de Cambil y Campillo de Arenas. Cerca de allí se fundó en el siglo XVI, antes de 1552, el convento de Santa María de Oviedo. Si aceptamos esta identificación, el itinerario de los expedicionarios debió ser el siguiente: saldrían de Bexix por el suroeste y mantendrían esta dirección a lo largo del cauce del barranco del Collar. En esta región hay muchos restos de caminería antigua que se entrecruzan en todas direcciones y que hacen suponer a ciertos autores el trazado de una calzada romana de Cástulo a Granada. Los expedicionarios vadearían el modesto río Arbuniel, que va a parar al Cambil y tomarían el camino del puerto de la Cruz que deja al sur las cumbres del Frontil. Torcerían hacia el oeste y atravesarían el río Cam­pillo para subir por el cauce del barranco del Monasterio, donde se encuentra Cazalla. Este pudo ser el castillo que tomaron. Si, por el contrario, fue el de Carchel, que dista de Cazalla sólo cuatro kilómetros, subirían hacia el noroeste por el hoy llamado Camino de Cazalla. En cualquier caso es evidente que los expedicionarios buscaban el camino de Otiñar para regresar a las tierras de Jaén, camino que habían recorrido, en sentido contrario, asolando huertas, dieciséis años antes (1228). El propio trazado de la cabalgada nos sugiere que su objetivo principal era quebrantar los recursos de Jaén y aislarlo de las tierras granadinas en previsión del cerco que se preparaba para la campaña siguiente.


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21. Castillo de Carchel. Hoy no existen restos del castillo de Carchel, pero en tiempos de Madoz (1845), todavía se podía escribir: a unos doscientos pasos al Este los restos de un edificio al que se da el nombre de Castillejo, el cual inspira cierto temor a los sencillos habitantes por las consejas que de él se cuen­tan. En 1253 Alfonso X dio este castillo al obispo de Jaén. En 1271 era señorío de Día Sánchez. Después sería patrimonio del cabildo y obispo de Jaén.

22. La conquista de Jaén. En la primavera de 1245 Fernando III taló los campos y viñas de Jaén y luego de atacar Alcalá e Illora celebró consejo en Martos y decidió que era el momento propicio para sitiar Jaén. El cerco se estableció a primeros de agosto y se iba a mantener indefinidamente hasta que se rindiera la plaza con el correspondiente turno de milicias concejiles y señoriales. Los acontecimientos habían dejado a Jaén aislada en la retaguardia castellana. Los accesos normales desde Granada pasaban por Martos (vía Alcalá), por Pegalajar-La Guardia (camino nuevo), o por Castro (vía Otiñar, camino viejo). Todas estas posiciones eran controladas por el ejército si­tiador pero, a pesar de ello, los sitiados se las arreglaron para recibir auxilios quizá porque el sistema de turnos tenía sus fallos. El caso es que Fernando III tuvo que asumir personalmente el control de las operaciones antes de fin de año. Los sitiadores establecieron sus campamentos en los lugares acostumbrados y esta vez los de Ávila comparecieron puntualmente y se les asignó campamento en el Fonsario (huertas del Poyo y la Ribera), por donde se extiende la ciudad moderna. En la parte de la Imora existen unas alturas con señales de toscos y extensos refu­gios de fortuna que podrían ser los últimos restos del campamento sitiador. Están en un altozano desde el que se vigila bien el castillo, a prudente distancia, cuentan con una buena fuente al pie de la colina y la configuración del terreno favorece la defensa. En este sector se encuentra cerá­mica medieval (y romana).

La Crónica General nos ofrece algunas noticias del desarrollo del cerco de Jaén. Aquel invierno fue excepcionalmente crudo y los cristianos, que habitarían en chozas, tiendas y otros refugios de fortuna, y que después de los arrasamientos de las últimas espolonadas habrían acabado con las reservas de madera de los alrededores de Jaén, sufrieron grandes calamidades. Además, el cerco era muy enconado y de los encuentros también se perdieron muchas gentes. La situación de Jaén llegó a ser desesperada. Alhamar, el rey de Granada, veía a los de dentro estar tan aquexados de fambre et tan afrontados de todas lazerías que se non sabien dar conseio nin confuerço unos a otros, nin se sabian ya que fazer, nin podian ya entrar uno nin salir otro, dice la Crónica General. Alhamar sabía que los días de Jaén estaban con­tados y que no podría hacer nada por salvar o socorrer la plaza, así que optó por sacar el mayor provecho de su pérdida y se presentó ante Fer­nando III para declararse vasallo suyo y entregarle Jaén. Por el Pacto de Jaén, Fernando III recibía por vasallo al rey de Granada que se obligaba a entregar 150.000 mara­ vedies anuales a Castilla en concepto de parias durante los siguientes veinte años, que serían de treguas. Se comprometía también a no hacer guerra ni paz sin permiso de Castilla y a acudir a sus Cortes. Jaén quedaba para los castellanos y sería evacuada inmediata­mente por su población.

La fecha de la rendición. Han corrido ríos de tinta sobre la debatida fecha de la rendición de Jaén porque la tradición, vulgarizada por una moderna lápida existente junto a la entrada del castillo de Santa Catalina, asegura que ocurrió el 25-XI-1246, día de la Santa patrona de la ciudad. Esta tradición fue ya des­mentida por Jimena Jurado. Modernamente Ballesteros demos­tró que los cristianos entraron en la plaza entre el 23 y el 31 de marzo de 1246. Para Julio González, el 28 de febrero Fernando III dispuso ya de la ciudad. Lo sigue Mozas Mesa cuando escribe que la entrega de la plaza se establecería... después del 25 de

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febrero y que el 28, úl­timo día del mes, dispusiese Fernando III de sus edificios... y que no entrase en la ciudad hasta los primeros días del mes de marzo. El cerco de Jaén duró, por lo tanto, siete meses. En la continuación de la crónica del Toledano, obra del obispo de Burgos Gonzalo de Hinojosa, se cuenta que Fernando III llamó a su hijo en su lecho de muerte y le recomendó que si el rey de Granada reclamaba Jaén había de de-

volvérsela conservando tan sólo el alcázar (el castillo nuevo construido por los cristianos). Este episodio, que recogen algunos autores pos­teriores, debe tener un origen legendario y quizá fuese alen­tado por la propaganda granadina para desprestigiar a los reyes de Castilla y justificar la pérdida del importante enclave jiennense. Es versión a todas luces falsa y que no se sostiene ante el más ligero escrutinio a la vista de documentos.


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Capítulo 12

FORTIFICACIONES CRISTIANAS DESPUÉS DEL PACTO DE JAÉN (1246)

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1. LA FRONTERA. El Pacto de Jaén (1246) entre Fernando III y Alhamar fijó la frontera castellano-nazarí que perduraría con mínimas alteraciones durante dos siglos y medio, hasta la conquista de Granada. En el reino de Jaén esta frontera coincidía con la divisoria natural entre el valle del Guadalquivir y las sierras del Sistema Subbético, o sea, las sierras de Susana, Pandera, Puerto Alto, Tres Mancebos, Almadén, Mágina, Peña Cambrón, Quesada y el Pozo. Estas formidables defensas naturales explican en parte la supervivencia de Granada durante dos siglos y medio. Esta barrera montuosa presentaba sin embargo, una serie de portillos o pasos naturales a través de los cuales se comunicaban los Estados en tiempo de paz o se atacaban en tiempo de guerra. En la zona cristiana el límite discurría, de oeste a este, por los lugares y castillos calatravos dependientes de Martos (Higuera, Santiago, Torredonji­meno, Víboras y Susana); del lado nazarí se alzaban Alcau­dete y Alcalá la Real. En 1245 Fernando III había prometido Alcaudete a la Orden de Calatrava cuan­do se conquistase. A lo largo del siglo siguiente Alcaudete cambiaría de manos varias veces. Conquistada por Castilla, Granada la recuperó en 1299 para perderla nuevamente en 1312. En este sector, la frontera discurría aproximadamente por la divisoria de los actuales términos municipales de Martos y Alcaudete. Es sabido que, a menudo, los términos reproducen divisiones muy antiguas. La continuación de esta frontera por Valdepeñas de Jaén está menos clara. Probablemente seguía el cauce del río Grande-Víboras-Susana que servía de límite al último tramo entre Martos y Alcaudete. En esta región, montañosa, yerma y despoblada, la sierra Pandera separaba a los cristianos de los musulmanes. En la zona central del reino de Jaén la frontera seguiría la divisoria de términos entre Pegalajar y Cambil, que también discurre por crestas rocosas muy apropiadas para servir de límites naturales entre las dos comunidades.

Esta línea se prolonga entre los términos de Torres, Alban­chez de Úbeda y Jódar (al norte, territorio cristiano), y Huelma y Belmez de Moraleda (al sur, territorio musulmán), y vuelve al sur de Cabra de Santo Cristo, lugar de Fernando III en 1245 que Alfonso X otorgó a Úbeda nueve años después. Más adelante se despobló y sus términos acabaron considerándose tierra de nadie. La frontera volvía a definirse en la rica región del Guadiana Menor. Tiscar sería avanzada nazarí hasta principios del siglo XIV y el mismo río Guadiana Menor serviría de frontera al oeste de Tiscar. El relieve era menos montuoso en la zona de Alcaudete pero esta frontera se alteró profundamenrte hacia 1340 cuando los cristianos conquistaron Alcaudete y Alcalá y fijaron la frontera a sólo cuarenta kilómetros de Granada que, de este modo, quedaba peligrosamente expuesta ante el padrastro alcalaíno. Granada procuró conjurar el peligro fortificando concienzudamente Moclín, Illora y Montefrío. La Orden de Calatrava, custodia de esta frontera, instaló su plaza fuerte de Martos y estableció un sis­tema de castillos avanzados que denominaremos Marca Calatrava (Víboras, Torre de Martos y otros ). Al sur de Jaén, la Sierra Pandera y sus prolongaciones de Puerto Alto y Tres Mancebos parecían defensa suficiente. El único posible camino de invasión en este sector, la cuenca del Quie­brajano o Río de Jaén, que Fernando III utilizó en 1228, quedaba guardado por el cas­tillo de Otiñar por la parte cristiana y por la nazarí, el de Arenas, desde el que se vigilaban tanto los pasos de Quiebrajano como los de la cuenca del Río Campillo-Guadalbullón, actual comunicación entre Jaén y Granada. Hacia el este, cobijada por las primeras estribaciones de Sierra Mágina, se alzaba la fortaleza de Cambil, verdadero padrastro contra Jaén que sólo quedaba a treinta y cuatro kiló­metros de distancia. Por esta parte Jaén estaba defendida por los castillos de La Guardia y Pegalajar. Entre los Montes Almadén y Mágina quedaba abierto otro por­tillo, a través de la cuenca del Arroyo de los Prados.


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Cambil y Huelma, vigilaba al sur la salida a Granada; Torres y Albanchez de Úbeda cumplían esta función por el norte. Una oportuna corrección de frontera llevó a los cristianos a la salida sur de esta cuenca y allí establecieron la fortaleza de Mata Bejid (distinta de la Bejid musulmana, conquistada por Fernando III en 1244, que estaba algunos kilómetros más al sur).

La cuenca del Jandulilla fue otra comunicación natural entre Granada y el reino de Jaén. Por parte musulmana vigi­ laba la fortaleza de Belmez, por la cristiana Jódar y Bedmar. En el Guadiana Menor, la mejor comunicación natural de todas, encontramos, al norte, el adelantamiento de Cazorla defendido por Quesada-Cazorla y una tupida red de fortalezas y albacaras.

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Por parte granadina se alzaban Baza y el cinturón defensivo de su hoya.

2. EL ALFOZ DE JAÉN. El alfoz de Jaén incluye los castillos y núcleos de población dependientes directamente de la ciudad. Ocupaba los actuales términos de Jaén, Torredelcampo, Fuer­te del Rey, Cazalilla, Mengíbar, Villargordo, La Guardia, Pegalajar y Villardompardo. Después de la caída de Granada se incorporaron otros territorios entre Cambil y Pegalajar y por la Sierra Pandera, encima de Los Villares. Jaén, clave de la conquista del valle del Guadalquivir, mantuvo su importancia estratégica debido a su proximidad a la frontera con Granada. Durante dos siglos y medio Jaén sería defensa y guarda de los reinos de Cas­tilla atendiendo al camino de Alcalá-Martos, eje de la marca Calatrava y, sobre todo, el de la cuenca del Guadalbullón. Alhamar entregó a Fernando III unas fortificaciones prácticamente intactas y el rey de Castilla dispuso reparar la plaza en cuanto la recibió, en logares o era menester, seguramente en las proximidades de las puertas combatidas durante el asedio.

2.1. Castillos de Jaén. Sobre el cerro rocoso y alargado que cobija Jaén se estableció una alcazaba califal que los almorávides reformaron ampliándola hasta ocupar toda la cresta del cerro. Esta alcazaba era un recinto alargado cuyos muros estaban flanqueados por torres cuadradas que además servían de macho­nes puesto que el nivel del suelo intramuros alcanzaba la al­tura del adarve. Era una obra armónica y regular que casi se con­fundía con la estructura misma de la roca donde se asentaba. Los cristianos reformaron esta alcazaba edificando en su extremo este un poderoso castillo, que en parte aprovechaba los viejos muros califales, y una gran torre del homenaje que separaba la obra cristiana o Alcázar Nuevo del resto de la obra musulmana, denominada desde entonces Alcázar Viejo. La torre del homenaje de Jaén tiene una función práctica como núcleo de defensa, y otra psicológica, porque al alterar la apariencia del viejo castillo musulmán, parece legitimar la conquista. Debido a su gran extensión, la alcazaba reclamaba una numerosa guar­nición que Castilla, deficitaria en hombres y recursos, no estaba en con­diciones de proveer. La solución


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consistió en reducir el perímetro defensivo para adaptarlo a una guar­nición menos numerosa.

tomada la alcazaba primera, en sus torres fueron alzados pendones y los que esta­ban en ella se trasladaron a la segunda.

No obstante, en el siglo XIV, cuando ya la ciudad estaba convenientemente poblada, la alcazaba se habitó nuevamente. La crónica de Iranzo menciona a las mujeres del alcázar que iban a lavar la ropa a un arroyo cercano. En el siglo XVII Jimena Jurado nos informa de que el alcázar se había despoblado otra vez. Sin embargo todavía funcionaba la taberna del castillo cuyo vino celebró Baltasar del Alcázar.

El Alcázar Nuevo edificado por los cristianos es el que hoy subsiste después de que el Viejo fuera destruido en 1965 para edificar un parador de Turis­mo. Este era de tapial aunque casi todos sus muros habían sido forrados de piedra en el siglo XIV y estaba algo enmasca­rado por reformas posteriores.

La alcazaba musulmana de Jaén quedó, pues, dividida en dos partes que se llamarían en adelante, y hasta nuestros días, Alcázar Nuevo y Alcázar Viejo. En la carta que Mohamed V le envió al sultán de Fez en 1368 comunicándole la conquista de Jaén, leemos que los defensores de la ciudad fueron a refugiarse en la defensa de los castillos separados sobre un monte que se alzaba en la cima más alta... Entonces fue

Algunos autores sostienen que el Alcázar Nuevo fue construido por Fernando III en los ocho meses que siguieron a la conquis­ta de Jaén, periodo en el que, supuestamente, el rey permaneció en la ciudad repartiéndola y poblándola. Es improbable que Fernando III, que tenía su mirada puesta en Sevilla y el resto del valle del Guadalquivir y que sentía ya quebrantada su salud, invirtiese el tiempo y el di-

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nero, de los que andaba tan escaso, en construir un castillo estratégicamente innecesa­rio cuando asuntos mucho más urgentes requerían su atención. Fernando III completó la conquista del valle del Guadalqui­vir un lustro después. Su temprana muerte, en 1252, dejaría en manos de su sucesor, Alfonso X, la consolidación de sus conquistas. El castillo o Alcázar Nuevo de Jaén parece una obra cristiana de la se­gunda mitad del siglo XIII, remodelada entre los siglos XIV y XIX. A los alcázares Nuevo y Viejo de Jaén se añadió posteriormente un tercer recinto, Abrehuí, que prolongaba el Alcázar Viejo hasta abarcar los últimos promontorios de la cresta rocosa del cerro. Por el sur, el escarpe natural constituía suficiente defensa, lo que explica que por este lado queden escasos vestigios de muros y parapetos. Por el norte, donde el terreno es menos abrupto, se construyó un muro flanqueado por cinco fuertes torreones cuadrados. El cerramiento de la cara oeste era un fuerte bastión al que después se añadió un tosco antemuro. Toda la obra descrita es de mampostería, con esquinas de sillarejo. Abrehuí no existía en la época de la conquista cristiana y por esto los castellanos atacaban directamente la puerta del alcázar que miraba al oeste después de instalar trebuquetes en el macizo rocoso que constituye el centro de Abrehuí. Cuando los cristianos recibieron la alcazaba, le incorporaron este padrastro natu­ral que amenazaba sus defensas construyendo Abrehuí. En el cerro de Santa Catalina se ditinguen, por consiguiente, tres recintos su­cesivos: el Castillo o Alcázar Nuevo con su torre del home­naje; el Castillo o Alcá­zar Viejo, hasta el límite de la antigua alcazaba; y Abrehuí, frente a la entrada oeste de la alcazaba. Estas fortificaciones sólo se pusieron a prueba en dos ocasiones: en 1368, cuando los moros de Granada atacaron Jaén, y en la guerra civil de 1467 entre el rey y los rebeldes. En 1368 los asaltantes tomaron por sorpresa la ciudad y el Alcázar Viejo, pero el Alcázar Nuevo resistió.

En 1467 los rebeldes dominaban los dos alcázares y Abrehuí y atacaban desde ellos a los partidarios del rey atrincherados en la ciudad que habían establecido una línea defensiva, con sus barreras y sus fosos, en la ladera del cerro, a la al­tura de la Llana. A poco las tropas reales se apoderaron de Abrehuí que quizá los rebeldes, escasos de hombres, habían desamparado. El domingo 8-III-1467, los leales al rey armaron dos bombardas frente a la torre mayor del Alcázar Viejo (una de las que guardaban la puerta), y a los pocos disparos abrieron en ella un forado o porti­llo. El jueves, los rebeldes le entregaron formalmente el dicho Alcázar Viejo y el castillo de Abrehuí, que se citan unidos porque constituían una misma alcaidía. Los rebeldes se retrayeron al Alcázar Nuevo que entregarían poco después, mediante acuerdo. Dueño de los alcázares, el condestable Iranzo mandó abrir un postigo en el Alcázar Viejo que salía contra la sierra y desmanteló el parapeto que separaba Abrehuí del Alcázar Viejo y lo protegía de los tiros de éste porque alli por trato ni traición ni en otra ma­nera ninguna no se pudiese recoger gente para o contra el Alcázar Viejo. Esto es justamente lo que había hecho Iranzo cuando instaló sus bombardas unos meses antes. La alcaldía del Alcázar Viejo y Abrehuí era designada por el concejo de la ciudad, pero la del Alcázar Nuevo era de designación real, aunque Jaén cargara con sus costes. En circunstancias excepcionales el rey disponía también de la alcaidía del Alcázar Nuevo, con gran disgusto de los caballeros giennenses que solían turnarse en ella. En 1464 la alcaidía de cada uno de los alcázares estaba dotada con 2.000 maravedís anuales. Después de la caída de Granada, cuando casi todos los castillos de la región quedaron obsoletos y muchos de ellos se abandonaron, el de Jaén se mantuvo como plaza militar teóricamente dotada con cuaren­ta hombres, hasta mediado el siglo XVIII. A su guarnición perteneció, en el siglo XVI, el poeta sevillano Baltasar del Al­cázar. En tiempos del Deán Mazas dicha compañía servía bien poco. Pagaban un hombre que guardase el castillo y tocase por la noche la campana de la vela.


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A principios del siglo XIX, los franceses convirtieron el castillo en plaza fuerte y prisión y realizaron diversas obras: recrecieron los parapetos sobre el almenado primitivo, añadieron tro­neras para la fusilería e instalaron un parapeto con troneras artilleras en la terraza de la torre del homenaje. Estos añadidos perdurarían hasta la reconstruc­ción del castillo en los años cincuenta. Durante el siglo XIX se le añadieron nuevos edificios al ser habilitado el castillo como penal y hasta se dotó con un cuerpo de nichos para cemen­terio en el espacio despejado del Alcázar Viejo. El 17 de septiembre de 1812 los franceses, antes de retirarse, incendiaron el castillo inutilizándo en pocas horas sus muchas y grandes obras que en largo tiempo habían levanta­do a costa de toda esta provincia El castillo acabó subastado junto con otros bienes del Es­ tado y fue adquirido por un tal Uribe que lo vendió a su vez a Manuel Ruiz Córdoba, pintoresco personaje y alcalde de Jaén a principios de siglo. Todas estas obras subsistieron en rui­nas y desprovistas de cubiertas hasta 1965. Algunos autores se han ocupado de este conjunto de fortificaciones. El Deán Mazas afirma que el castillo y murallas no son conforme hoy se ven de obra musulmana sino tan sólo varios trozos, tal cual torre y algunas puertas. Cazabán Laguna confunde Castillo Viejo y Abrehuí y no puede distinguir entre Castillo Nuevo y Viejo. Sarthou Carreres incurre en anacronismo al afirmar que Fernando III enarboló el pendón de la conquista en lo alto de la torre del homenaje de Santa Catalina, y luego añade que del primitivo alcázar que mandó levantar Fernando III sólo quedan honrosas ruinas desfigurando la primitiva alcazaba mora.

Castillo o Alcázar Nuevo. El castillo de Santa Catalina o Alcázar Nuevo tiene forma de un triángulo alargado cuya base está formada por dos torres, la del homenaje y otra menor, unidas por un lienzo de mura­lla.

Todos sus muros se asientan en la roca viva, de la que nacen a distintas alturas. Por el sur el muro prolonga un escarpe casi vertical, pero por el norte deja un pasillo de hasta cinco metros de ancho entre el muro y el escarpe natural del cerro. Por este lado el castillo aprovecha los restos de una fortaleza califal más antigua, provista de la característica zarpa escalonada, y la complementa con dos grandes torres albarranas unidas por arco a la muralla que suministran el flanqueo necesario. La torre del homenaje es una construcción cuadrada de 15’45 metros de lado y el doble aproximadamente de altura. Interiormente consta de dos plantas y terraza, a los que se asciende por estrecha escalera empotrada en los muros que dan al interior del castillo. Unos matacanes protegen la puer-

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La torre portera es de planta rectangular (lado norte, 7’10 metros; lado este, 9’80 metros) y domina la entrada principal del castillo. En su interior hay dos plantas cubiertas por bóvedas ojivales con ajimeces de doble arco apuntado. Su terraza y plan­ta superior son reconstrucciones de los años cincuenta. El vértice este del castillo está ocupado por una torre pentagonal cuya irregular planta se adapta a la base rocosa que la sustenta. Esta torre se abre al patio de armas por amplio arco apuntado sobrealzado sobre un primer cuerpo macizo. Tres tramos de escalera, empotrados en los mu­ ros exteriores, conducen a la terraza.

ta y los puntos centrales de cada muro, donde se encuentran las saeteras que iluminan el interior, una por cada piso. Las entreplantas se sostienen con sendas bóvedas cruzadas por dos arcos ojivales de ladrillo, muy apuntados, que descargan en los ángulos. La entrada de la torre está en el centro del lienzo que da al patio de armas, a unos tres metros. De la torre del homenaje parte un lienzo de muro que enlaza con otra torre menor que llamaremos portera. Estos tres elementos constituyen la separación entre los alcázares Nuevo y Viejo.

Por el sur, lo escarpado del terreno y la disposición quebrada de los adarves, excusa la construcción de torres. Sólo hay un breve saledizo que alberga una letrina. En un quiebro del muro se abre una poterna. En el patio de armas del Castillo Nuevo existen dos aljibes de gran capacidad. El acceso natural a la entrada principal del Castillo Nuevo a través del Alcázar Viejo atravesaba un túnel acodado de varios metros de longitud abierto en el interior de un bastión al pie de la torre del homenaje. Este bastión ha desaparecido


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por completo, dejando tan solo un espacioso estribo tallado en la peña viva, pero sus cimientos eran visibles antes de que empedraran la explanada a mediados de los años sesenta. Un dispositivo acodado similar en el alcázar de Sevilla presenta aún las quicialeras de las puertas que cerraban sus dos extremos, así como la vivienda del portero. En el caso jiennense hemos de presumir la existencia de puertas dobles, pero es dudoso que hubiera portería intermedia. El túnel acodado desembocaba en un espacio abierto que dominaban las torres del homenaje y por­tera. A partir de este punto el camino se quebraba en tres segmentos para ceñir a esta última antes de llegar a la puerta principal del cas­tillo. Un estrecho parapeto separa­ba este camino del escarpe del cerro. El paramento del Castillo Nuevo responde a un nuevo ti­po arquitectónico: mampostería menuda en la obra general, si­llar o sillarejo en los ángulos y ladrillo o dovelas de buena cantería en los arcos. Por los materiales empleados y, sobre todo, por la tipo­ logía arquitectónica esta fortaleza puede fecharse en la segun­da mitad del siglo XIII.

Castillo o Alcázar Viejo. El Alcázar Viejo fue practicamente arrasado en 1965 y, lo poco que había quedado, en 1979 para construir un hotel. La mayoría de las construcciones de este recinto databan del siglo XIX. La única obra claramente identificable como medieval se limitaba al cerramiento del recinto sobre el escarpe natural del cerro. Hacia el sur este cerramien­to estaba bastante destruido y era, en parte, de tapial forrado o reparado con mampostería. El cerramiento norte subsiste actualmente casi en el mismo estado en que se encontraba antes de la construcción del hotel. Se trata de un muro nivelado interiormente a la altura del adarve en el que sobresalen tres bastio­nes rectangulares. De este cerramiento parte el recinto amu­rallado que baja por la ladera del cerro y, en tiempos, abrazaba la ciu-

dad. Su puerta, construcción cristiana del siglo XIII o XIV, muy restaurada, es la que hoy da acceso al recinto del parador. Esta flanqueada por dos torreones entre los que discurre un adarve que encuadra el arco de entra­da. La torre del sur alberga una espaciosa cámara destinada a residencia del cuerpo de guardia. Treinta metros más abajo otra puerta, hoy desaparecida, se abría en la muralla para dejar paso al segundo tramo del mismo camino, modernamente cubierto por la carretera. A partir de la torre norte de la puerta el muro continua­ ba bordeando el cerro y se cerraba por el oeste. Este seg­ mento presentaba otros dos bastiones similares a los antes des­critos que todavía subsisten, aunque sus parapetos sean mo­dernos. Por el oeste había dos torres de mayor volumen, par­ticularmente la que lindaba con el sur. Esta era un edificio de mucho porte que albergaba aposento superior y protegía la puerta de herradura, casi una poterna por sus dimensiones, que daba entrada al recinto. Era la única verdadera torre que podemos identificar en el Alcá­zar Viejo, tal como llegó a 1965, probablemente la mis­ma torre que menciona la crónica del condestable Iranzo.

Abrehuí. Abrehuí es una prolongación del Alcázar Viejo. Por el norte el muro está reforzado por cinco pequeños bastiones de mampostería que subsisten. En el sur la cerca ha desapare­ cido casi por completo.

2.2. Castillo de La Guardia. Tradicionalmente se ha identificado La Guardia con la Men­tesa Bastia de las fuentes antiguas, pero modernamente se tiende a idenficar Mentesa con el propio Jaén. Algunsas crónicas otorgan a Mentesa cierto protagonismo en la conquista musulmana, cuando Tarik con la mayor parte (de su ejército) uinose para Mentesa que era una cibdad acerca daquel logar o agora es Jahen et priso la et derribo la toda de suelo.

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y medio compartiría con la vecina Pegalajar la defensa del flanco de Jaén expuesto a la penetración nazarí a través de la cuenca del Guadalbullón. La propia vecindad de La Guardia y Pegalajar controlando el camino de las incursiones musulmanas debió aconsejar, proveer especialmente una de estas plazas en descuido quizá de la otra, lo que explicaría la concesión de La Guardia en señorío. Durante la guerra civil entre Pedro I y el Trastamara, el señor de La Guardia, Lope Díaz de Baeza, tomó el partido del rey Pedro. Después de la derrota el Trastamara vencedor arrebató el señorío a Lope Díaz y se lo entregó al Adelantado de Cazorla, Pero Ruíz de Torres, que había apoyado a su bando. No obstante parece que Lope Díaz consiguió recuperar la villa temporalmente gracias a los buenos oficios de su suegro, pero después don En­rique la volvió a donar, esta vez a Ruy González Mexía. Las armas de los Mexía, que datan del siglo XIV, son las que decoran los muros del casti­llo.

Si aceptamos la identificación propuesta por Vallvé: Qal´at Hazm = Hisn al-Qal´a = Castillo de La Guardia, resultaría que el lugar que nos ocupa fue concedido por Ardabasto, hijo del penúl­timo rey godo Witiza al jeque Maymún. Hacia 888 volvemos a tener noticias de Mentesa si la identi­ficamos con la Mantísa musulmana, lo que parece razonable. En este lugar se sublevó, durante la rebelión muladí, Ishaq ben Ibrahim al-’Uqayli, llamado ibn ‘Attaf, que reconstruyó y fortificó el castillo. Este magnate volvería a la obediencia de Córdoba veinticinco años más tarde, cuando numerosos señores rebeldes se acogieron al perdón de Abd al-Rahman III. A raíz del pacto de Jaén (1246), La Guardia se convirtió en un castillo estratégico de primer orden. Du­rante dos siglos

En una de las frecuentes escaramuzas fronterizas los moros de Granada apresaron al señor de La Guardia, Diego González, que sería rescatado en 1412 mediante pago de diecinueve mil doblas. En 1465 Gonzalo Mexía, señor de La Guardia, apoyaba al partido rebelde, al rey en la nueva contienda civil cuando el maestre de Calatrava ponía cerco a Jaén y todas las fortalezas del entorno se le entregaban o reconocían su autoridad. En el linaje de los Mexía continuaba la villa en 1484. De los Mexía pasaría a los Condes de Ariza que lo ostentaban en el siglo XVIII. Felipe II erigiría la villa en marquesado siendo señor de La Guardia Gonzalo Mexía Carrillo, alguacil mayor de Jaén. El castillo fue ocupado por los franceses en 1812. Pocos años más tarde sobrevendría la ruina. Su fortaleza estaba a un lado de la villa y ambas en alto. Tiene una torre grande en medio, y es cuadrada y alta; y en su contorno hay una fuerte muralla, la mitad en medio círculo y lo demás cuadrado, y andase por dentro en contorno desta torre. La muralla tiene siete cubos arriba a manera de torreci-


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llas, y un poco más afuera, a la parte de la villa, hay otra muralla con puerta y dos cubos a los lados, y un puente levadizo; y ­más afuera un foso, y a la redonda, por la parte de afuera, hay una cava. Antes de llegar a esta fortaleza hay, por dentro de la villa, una plaza grande y dentro dos cuartos de casa, en parte mal reparados de techumbres. Toda la fortaleza excepto estos cuartos y tejados y los suelos de la torre del homenaje es de piedra, lo demás de madera.

se cobija el pueblo. Al pie del cerro de San Marcos discurre el arroyo de La Guardia formando una fértil vega. En este punto confluyen dos caminos procedentes de Puerto Alto y del Puerto de La Iruela, es decir, del sur nazarí. Al camino de La Iruela se unía, antes de llegar a La Guardia, otro camino que seguía la cuenca del Guadalbullón. Estas eran las vías guardadas por la forta­leza y por la de Pegalajar, distante tan sólo cinco kilómetros.

En 1845, Madoz anota en su diccionario: la fortaleza está medio derruida y sólo se conserva un mirador octógono, algunas torres de piedra cuadradas y una de planta circular: se descu­bren algunos arcos ojivales, columnas de mármol góticas escu­dos de la familia del señor de la villa y otros vestigios de magnificencia pero todo derruido. La puerta de dicha fortale­za es de piedra y de arquitectura gótica y en su dintel tiene figurada una garrucha de la que pende una gran cuerda liada sobre el arco de la puerta: de esa cuerda salen en forma de carteras dos escudos de armas: uno del señor de la villa y otro de la familia del marqués de Algava, unido aquel por el enlace de doña Mencía de Guzmán con don Rodrigo Megía. Otra cuerda incluye el arco de la portada con grandes nudos estrechos remontando en dos cabezas de monstruo, de las que nacen unas cadenas que cuelgan hasta el fin de la portada.

El castillo de La Guardia adapta su configuración a la de la meseta del pequeño cerro que lo sustenta siguiendo, probablemente, el trazado de un antiguo oppidum.

Las armas del señor de la villa que Madoz descubre son las de Mexía Carrillo y Guzmán, que corresponden a don Ro­ drigo González Mexía y su mujer doña Mencía de Guzmán, hija del Maestre de Calatrava. Romero de Torres (1914) supone que el castillo es de origen árabe restaurado hacia 1445, primero como fortaleza defensiva y luego como residencia señorial, construyéndose sobre la muralla una capilla, hoy demolida, que fue iglesia parroquial. Serrano Díaz (1967) cree que la fortaleza es de origen ibérico-cartaginés, aunque después la reformaron sucesivamente los romanos y los árabes. Se puede decir sin temor a equivocarse que los sillares de arranque de la torre del homenaje y la propia torre circular son de origen romano. El castillo de La Guardia se alza sobre un espolón de caliza en un extremo del cerro de San Marcos, a cuyo pie

El plano del castillo forma un triángulo irregu­lar con la base menor orientada al oeste. Por este lado las obras se limitaban a un parapeto asomado al escarpe; por el contrario, la cara norte consiste en un largo lienzo de mampostería flanqueado por una gran torre cuadrada que avanza desde el muro. La entrada principal, con una artística portada del siglo XVI, estuvo dotada de ingreso indirecto, mediante patio cerrado y coronado de adarves. El lienzo norte alterna el mampuesto con tapial más antiguo y presenta un trazado en zig-zag o cremallera que hace innecesaria la adición de torres de flanqueo. El cerramiento sur comienza en una torre cuadrada casi embebida por la confluencia de los muros este y sur y luego presenta dos lienzos en disposición de cremallera similar al muro norte. En la confluencia de los planos sur y oeste se alza el alcazarejo constituido por un patio de forma rectangu­lar limitado por una torre del homenaje, dos torres menores y un torreón de planta circular. La torre del homenaje, con dos pisos de planta octogonal, una terraza almenada, es de fines del siglo XV o más tardía. La otra torre del oeste albergaba una sala de planta rectangular cubierta por bóveda de medio cañón so­bre arcos fajones. Todo el conjunto del alcazarejo resulta bastante irregular en su trazado debido a la concurrencia de elementos de diversas épocas, o al aprovechamiento de cimientos antiguos.

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Entre el alcazarejo y el parapeto del castillo, queda una empinada rampa por donde se descendía a una poterna muy bien disimulada. Las fortificaciones que hemos descrito parecen posteriores al siglo XIII. Probablemente el alcazarejo se edificó en el siglo XV y todavía sufriría obras y reformas en el XVI. El recinto murado debe ser obra del siglo XIII. El castillo de La Guardia tiene un amplio patio de armas que en época medieval albergaría a la escasa población del lugar o a gran parte de ella.

2.3. Castillo de Otiñar. Antes de la conquista de Jaén, Otiñar debió ser un núcleo rural que vivía del cultivo de la estrecha pero fértil vega del Valdearazo y del monte. Esta situación se alteró cuando la frontera se fijó en sus inmediaciones y le correspondió la tarea de vigilar la bifurcación del camino viejo de Granada que desde Carchel y Carchelejo desembocaba en el río por la cañada de las Azadillas. Desde sus torres se hacían señales y ahumadas con los alcázares de Jaén por conducto de la atalaya de Torrebermeja, hoy ruinas fantasmales que resisten aun frente a las Peñas de Castro en la sen­da de Pero Codes. En las ordenanzas de 1464 la alcaidía de Otiñar estaba dotada con ocho mil maravedíes de tenencia y se especifica­ ba la obligación de tener en el castillo tres hombres y no menos que serían bien menester para la guarda y defensión del; los dos que estuviesen de continuo en el dicho castillo sin salir del por ninguna cosa y el otro que fuese y viniese a la ciudad por las cosas que hubiesen me­nester y saliese a cazar y ballestear carne que comiesen. Después de la conquista de Granada el castillo perdió su función fronteriza. Además, la vía que vigilaba decayó al mejorarse la vía alternativa que remontaba el Guadalbullón. En 1505 Otiñar se describe como villa cercada de buen muro de cal y canto con una fortaleza. El concejo de Jaén intentó repoblar la zona.

El deán Mazas señalaba una pequeña población sobre el Vado de Lerix en frente de la case­ría que llaman de los Naranjos y en donde han quedado vestigios de murallas y casas. También se conserva un castillo fuertísi­mo dentro de la sierra en una angostura por donde baja el río del mismo nombre. Ramón Espantaleón, que estudió brevemente el castillo en 1917, le atribuye origen musulmán. La puerta de entrada al alcazarejo y el ventanal con arco que hay sobre ella le parecen de estilo árabe puro. El castillo de Otiñar dista trece kilómetros de Jaén por la carretera de Quiebrajano, tomando un carril que sale a la derecha poco antes de la Cañada de la Azadilla. El despoblado medieval se extiende sobre un cerro alargado de fácil defensa. Hoy sólo son visibles las ruinas del castillo que ocupan la parte más angosta de la meseta, en su extremo sur, pero los restos de edificios afloran por toda la meseta. En el castillo, de planta alargada, se distinguen un recinto y un alcazarejo, este último em­plazado sobre un promontorio rocoso en el extremo sur. El recinto, de mampostería, bordea el escarpe natural a modo de muro de contención pero ha sido relleno interiormente para nivelar el espacio interior que era muy escarpado. Hacia el este la excelente defensa natural sólo requirió un parapeto, pero al oeste más accesible se construyó un bastioncillo como dispositivo de flanqueo. Hay vestigios de habitación interior y un hermoso aljibe. El alcazarejo es de sillería, con la torre del homenaje encaramada sobre un risco. La torre tiene dos entreplantas, cada una de las cuales está dividida en dos cámaras rectangulares cubiertas por bóveda de medio cañón de ladrillo. Las cámaras se orientan hacia lados contrarios para repartir proporcionalmente el empuje de las bóvedas sobre los cuatro muros del edificio. Se asciende por escale­ra de piedra adosada a los muros, no empotrada. El castillo de Otiñar es obra cristiana, de la segunda mitad del siglo XIII, construida sobre defensas más antiguas y su alcazarejo puede ser posterior, del XIV probablemente.


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El resto del cerro, que estaba habitado cuando Fernando III lo devastó, no presenta hoy defensa alguna aunque la abundancia de piedras sueltas a lo largo de su escarpe y la vertiente inmediata sugiere que la hubo. Quizá se trataba de una muralla de piedra seca sostenida por entramado de madera que se deshizo por falta de reparos.

2.4. Defensas de Pegalajar. Después del Pacto de Jaén (1246) Pegalajar quedó muy cerca de la frontera y constituyó, junto con La Guardia, la defensa avanzada de Jaén. En 1436 su guarnición era de cinco jinetes y cuarenta peones, ballesteros y lanceros, cuyos gastos de mantenimiento ascendían a 7.080 maravedíes. Cuando había sospechas o filtraciones indicadoras de que los musulmanes preparaban una incursión contra Jaén, las fuer­zas de la ciudad se concentraban en Pegalajar para atajar desde allí. En 1464 la alcaidía estaba dotada con seis mil maravedíes y la detentaba el co­mendador Juan de Pareja, militar profesional designado por el rey. Las alcaidías de otros castillos menos conflictivos, situados a la retaguardia de la frontera, eran desempeñadas por caballeros de Jaén, no especialmente cuali­ficados para la guerra; pero la de Pegalajar se encomendaba a un profesional aunque nominalmente la os­tentase un caballero jiennense al que correspondían dos mil maravedíes de la cifra antes citada. En las guerras civiles este Juan de Pareja se declaró en rebeldía y logró escapar de una celada urdida por el con­destable Iranzo que sostenía el partido del rey. Desde entonces sus gentes saquearon las posesio­nes de Jaén y vendían el botín a los vecinos moros de Cambil. Al año siguiente Iranzo sitió Pegalajar con tres­cientos caballeros y mil peones. E como llegaron les quita­ron el agua que venia de una fuente que estaba cerca de la dicha villa y asentaron dos reales sobre ella, el uno enci­ma dela Fuente Vieja... y el otro en el camino que viene de Jaén al dicho castillo. E cada día les combatian por todas partes e les tiraban con tres o cuatro lombardas bien gruesas y con otros tiros de polvora y les hacían grande daño.

Los sitiados, bombardeados a diario, faltos de agua, y sin esperanza de ayuda de sus correligionarios, los calatravos de Martos, se entregaron a las dos o tres semanas de asedio, el 11 de mayo de 1469, quizá persuadi­dos por la presencia del rey que acababa de llegar al campamento sitiador. El rey recibió el castillo y lo entregó a Iranzo que nombró alcaide a Pedro de Sepúlveda. Juan de Pareja y los suyos marcharon libres a Baeza. Ese mismo año, Pegalajar se tituló villa, quizá por concesión del monarca otorgada a raíz de su visita. Al año siguiente un ataque musulmán arrasó huertas y penetró en el arrabal amurallado. Sería el último sobre­salto fronterizo de la flamante villa. En tiempos de Espinalt (1799) perduraban todavía cuatro castillos (=torreones) y dos torres. De aquellas forti­ficaciones quedan hoy escasos vestigios. Una torre del casti­llo, muy rehecha, sirve de campanario a una iglesia en cuya construcción se aprovecharon el solar y las piedras del castillo. Quedan también vestigios de muralla y el hermoso arco apuntado de la Encarnación que corresponde a una de las entradas del recinto. Sobre el arco hay tres escudos tan sorprendentemente perfectos que podrían no ser medieva­les. Quizá daten de 1559, año en que la villa se independizó de Jaén. La obra del arco parece tardía, quizá del siglo XIV o del XV y no puede ser fechada con el resto de la muralla y castillo que datarían de la segunda mitad del siglo XIII.

2.5. Castillo del Berrueco. El castillo del Berrueco está situado en el cruce de los caminos de Jaén a Arjona y Estiviel-Martos. Hoy es una cortijada despoblada que se extiende por la falda de un promontorio en cuya cima existió un oppidum muy romanizado a juzgar por los fragmentos de tégula y cerámi­ca romana, que afloran entre las cimentaciones, y por los mármoles y estatuas hallados en el entorno. La cerámica medieval es mucho más escasa. Los ocupantes cristianos del Berrueco encontrarían, en las alturas del cerro vecino, un recinto defensivo o albacara que aprovechaba las defensas del oppidum iberorromano,

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pero prefirieron desmantelarlo y sustituirlo por un castillo al que bastara una reducida guarnición. Esto explica que la fortaleza no esté en esta cima sino en un espolón rocoso a su pie. En 1311 y 1380 esta fortaleza aparece citada entre las de Jaén. En 1464 su alcaidía contaba con una tenencia de cuatro mil maravedíes. Durante las guerras civiles, el Berrueco fue conquistado por la gente de don Pedro Girón, Maestre de Calatrava, en verano de 1465. En las treguas del mismo año quedaron en prenda los castillos de Mengíbar, El Berrueco, Torre del Campo y Fuerte del Rey, todos ellos pertenecientes a Jaén. Si el maestre quebrantaba la tregua se le entregarían a Iranzo y si la quebrantaba éste le serían dados al Maestre. Expirada la tregua volverían los castillos al Maestre. Pero el maestre falleció y su hermano y sucesor don Juan Pacheco se negó a restituir a Iranzo las aldeas de Jaén conquistadas por los rebeldes, aunque el castillo del Berrueco ya el señor condes-

table lo había recobrado. Si consideramos que el castillo era todavía del maestre o de los fiadores de la tregua en mayo de 1466, cuando Pedro Girón pernoctó en él, se deduce que en los meses siguientes la fortaleza volvió a poder de Jaén en los meses siguientes, aunque Fuerte del Rey y Torre del Campo continuaran en poder de los rebeldes. Ante la negativa de Juan Pacheco se reanudó la guerra. En esta nueva etapa bélica el Barrueco cobraría gran importancia puesto que constituía una avanzada de Jaén en territorio rebelde. Tres años más tarde Iranzo tenía ordenado de poner guarniciones de gente de a caballo y de a pie en los castillos del Berrueco y de Villardompardo. Estas posicio­nes estrechaban, junto con Andújar, el cerco realista en torno al reducto rebelde de Arjona. El castillo del Berrueco se adapta al zócalo rocoso alargado y rectangular que lo sustenta. Interiormente se divide en dos sectores: recinto, al norte, y alcazarejo, al sur; este último ocupando un nivel más alto. En contra de la regla general, la


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extensión del alcazarejo es mayor que la del recinto y esta diferencia se intensifica si consideramos que el espacio hábil aprovechable del recinto se reduce a la mitad de su superficie porque el resto es muy desnivelado y rocoso. Las di­ferentes anchuras que los muros presentan y la variable orientación de sus lienzos, determinada por el zócalo de ro­ca base, contribuyen a crear un dispositivo de flanqueo en cremallera que remedia la escasez de torres o la disposición francamente defectuosa de las que existen.El castillo del Berrueco tiene dos torreones redondos, uno de 5’25 metros de diámetro, en la fachada suroeste; y otro de 4´55 metros de diámetro, al noreste. Este último avanza in­tramuros de la fortaleza y practicamente no sobresale al exterior. El primer torreón alberga dos cámaras superpuestas; el segundo, una; todas ellas cubiertas por bóvedas de media naranja, fabricadas con piedras planas y abundante argamasa. Del centro del muro noroeste surge una coracha que actúa como dispositivo de flanqueo de todo ese lado y como estribo del terraplén donde se articulaba la entrada de la fortaleza, hoy desaparecido a causa de excavaciones mineras al pie del muro. Por debajo de la coracha, y salvado por un arco labrado en el cuerpo de ésta, se extendía un foso seco provisto de contraescarpa de piedra, de la que quedaban vestigios en 1968. Este foso permitía que a la fortaleza se accediera mediante puente levadizo. Un dispositivo similar se observa en el castillo de Ponferrada.

metros desde el nivel del patio de armas hasta el adarve. El adarve mide 1’30 metros de an­cho y el parapeto 0’46 metros de espesor y un metro de altura hasta el nacimiento de los merlones. Los merlones, de los que se conservan en buen estado ocho, tres de ellos con saeteras en el parapeto, miden 0’77 metros de altura hasta el remate del tejadillo piramidal que alcanza otros 0’51 metros de altura. Todo el castillo está construido con mampuestos en hiladas isódomas bien ripiadas, usando dosis generosas de yeso y argamasa. Parece obra cristiana de la segunda mitad del siglo XIII.

2.6. Castillo de Torre del Campo. Esta población se desgajó de Jaén, de la que dista once kilómetros, en 1804. En 1275 un ejército nazarí auxiliado por milicias africanas, que estaba devastando el territorio entre Martos y Arjona, fue derrotado en Torredelcampo. Aunque las fuentes no mencionan el cas­tillo, el topónimo confirma su existencia. Es probable que la fortaleza fuera un fortín caminero beréber rehabilitado para la vigilancia de los límites entre Jaén y las tierras calatravas. Torre del Campo se menciona nuevamente en 1457 como lu­gar de concentración de los bueyes y carros que Enrique IV prepara para transportar la impedimenta del ejército que atacará Granada. En diciembre de 1463, cuando el maes­tre de Calatrava, Pedro Girón, se reconcilia con el condestable Iranzo cerca de Torre del Campo el di­cho señor maestre se fue esa noche a dormir a la Torre del Campo. Torredelcampo era fortaleza de Jaén y por tanto de Iranzo en tanto que las vecinas Torredonjimeno, Jamilena y Martos pertenecían a la Orden de Calatrava. ¿Pernoctó el maestre en Torredelcampo porque había conquistado este cas­tillo a Iranzo con anterioridad?

A lo largo del cerramiento noroeste, in­tramuros, hay vestigios de construcciones que se apoyaban en la muralla. Estas son más evidentes en el ángulo que se forma en la confluencia con el muro de separación entre alcazarejo y recinto. En este ángu­lo, del que además arranca la coracha arriba descrita, se ob­servan restos de una cámara cubierta por bóveda de medio cañón. Probablemente pertenezcan a la torre mayor de la fortaleza, de lo que, a pesar de la evidente modestia de sus proporciones, podría­mos denominar torre del homenaje. Desde su terraza almenada se defendería la entrada del castillo.

Al año siguiente, en las ordenanzas para el gobierno de los castillos jiennenses, se asignan 4.000 maravedíes para tenencia de la alcaidía de Torredelcampo.

En el muro noroeste se conserva un fragmento intacto con su adarve y su parapeto alme­nado. El muro mide 3’80

En 1465 las fuerzas del maestre de Calatrava cercaron Jaén, la única ciudad jiennense, con Andújar y Alcalá, que

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permanecía fiel al rey. Entre las fortalezas de Jaén que se dieron de miedo no mirando lo que debían, se cuenta Torredelcampo cuyo alcaide era Diego de León, regidor de Jaén. El maestre no consiguió conquistar Jaén pero ensanchó los límites de su territorio con la adquisición de estas for­ talezas que serían, en lo sucesivo, bases de operacio­nes para correr y devastar las tierras de Jaén. Después de estos episodios, el castillo y lugar de To­ rredelcampo vuelven al anonimato. En 1668 los vendieron a Diego de Escobedo, vecino de Marios, por quince mil escudos. Jimena Jurado dibujó la inscripción de un ara romana empotrada en un muro del castillo de Torredelcampo, detalle que confirma el posible origen musulmán de la fortaleza. En 1789 Espinalt describe una plaza grande en la que está un fuerte castillo. Madoz, en 1845 encuentra en la plaza un antiguo pero fuerte castillo llamado La Floresta. Arroyo Sevilla confunde el oppidum del cerro Miguelico, cercano al pueblo, con el castillo de la Floresta. El castillo fue desmantelado a principios del presen­te siglo y hoy sólo queda su solar delimitado por la plaza del pueblo, que es rectangular y está elevada sobre un podio que probablemente oculte los cimientos de la fortale­za. Dentro del castillo existía un manantial que fue desviado a las proximidades de la plaza y hoy está seco. Por su posición, al piedemonte de la Cuesta Negra, en lugar de aprovechar alguna de las alturas que lo circundan, nos parece que el germen de este castillo pudo ser un fortín caminero berébe­r. Por Torredelcampo discurría el camino de Martos a Jaén, importante tramo de uno de los caminos de Granada.

2.7. Castillo de Villardompardo. Según Espinalt se originó en una pequeña alquería que pobló Don Pedro Aznar o don Pedro Pardo en 1245, dándole su nombre por concesión de Fernando III. Este cas­tillo de Jaén fue, en el siglo XIV, cabeza de un pequeño se­ñorío que integraba también al vecino castillo de Escañuela.

En la segunda mitad del siglo XV era señora del lugar la condesa de Castilla que casó con el condestable Iranzo en 1461. Durante la rebelión contra Enrique IV Villardompardo, cuyo alcaide era Lorenzo Venegas, criado del condestable, actuó como avanzada realista frente al territorio calatravo rebelde (Martos, Torredonjimeno, Torre Alcázar, Porcuna y Arjona), particularmente cuando en 1465, algunas fortalezas de Jaén (Torredelcampo, Berrueco, Cazalilla y Fuerte del Rey) se entregaron a los rebeldes dejando a Villardompardo aislado en territorio enemigo. Al poco tiempo el Maestre de Calatrava e Iranzo llegaron a un acuerdo en virtud del cual el de Calatrava dejaba en prenda las fortalezas ocupadas e Iranzo la de Villardompardo. Cuatro años después, Iranzo reforzó


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del homenaje (10’30 por 8’20 metros y unos veinte de al­tura, y 2´20 metros de espesor en los muros). La torre del homenaje tiene cuatro plantas, hoy arruinadas, en las que, cuando el castillo cedió sus funciones al palacio, se abrieron grandes ventanales cubiertos con arcos escarzanos. Las hileras de columbarios que perduran indican que la torre fue palomar en su decadencia. Esta torre se sustentaba sobre la roca viva observable en su cimiento exterior donde ha sido tallada para que se adapte al edificio. Por la parte en que esta roca no aflora, los constructores dispusieron un zócalo de sillarejo cuyas primeras hiladas, hasta 1,50 metros de altura, incluyen piedras de proporciones considerables (70 x 90 cen­tímetros mide la esquinera de la hilera de abajo). El resto de la torre es de mampostería en hileras regulares. Las esquinas son de sillarejo más regular, que por la parte alta alterna con núcleos de ladrillo. El castillo de Villardompardo es, en su origen, una fortaleza señorial levantada en la segunda mitad del siglo XIII. Sobre este núcleo claramente delimitado por un recinto y una torre del homenaje, se obraron diver­sas reformas en los siglos XVI y XVIII. la guarnición del castillo cuando estrechaba a los rebeldes calatravos en Arjona. Felipe II erigió Villardompardo en cabeza de condado por el señor de la villa, don Fernando de Torres y Portugal, Con­de de Villardompardo, quien remozó la fortaleza y la convirtió en un palacio o casa solariega. Después se realizaron otras obras im­portantes en el castillo, particularmente la hermosa porta­da del siglo XVII o del XVIII. El castillo de Villardompardo se levanta al borde, muy pendiente, de una colina alargada. El talud natural, empinadísimo, que defiende al castillo por el este no requería más defensa que un mediano parapeto. El recinto actual tiene forma de trapecio irregular. Los lados sur, que es el más largo, y oeste confluyen en una torre

2.8. Castillo de Escañuela. Escañuela, lugar del señorío de Villardompardo, es hoy una aldea en la que no quedan rastros del castillo. Ya en tiempos de Jimena Jurado lo único que restaba era una torre antigua de las que solían usarse para atalayas. Se trataba, por lo que se ve, de una torre de planta cuadrada con entrada en el centro de uno de los lados por arco de medio punto, probablemente una torre señorial de modestas proporciones, como la de tantos castillos rurales de la zona.

2.9. Castillo de Mengíbar. Mengíbar ocupa una posición de gran importancia estratégica sobre una colina que domina el fértil llano de Maquiz, solar de la Iliturgi iberorromana, por el que discurre el Gua-

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dalquivir. Al otro lado del río se levanta el cerro de EstivielLas Huelgas con su importante castillo estratégico. El ramal sur de la calza­da-arrecife romano-musulmán del Guadalquivir iba a morir en las inmediaciones de Mengíbar. Este sector del río fue siempre muy importante por su posición central en el con­junto de la región, y por sus vados, lo que justifica la presencia de importantes castillos (Estiviel-Las Huelgas, Espeluy y Mengíbar). Cuando Fernando III estableció los límites de Jaén, Mengíbar, que ya desde época musulmana venía perte­neciendo a esta ciudad, se mantuvo en su jurisdicción.En las ordenanzas de 1464, a la alcaidía de Mengíbar se le asigna una tenencia de 4.000 maravedíes (más otros mil por caballería). En 1465, Mengíbar figuró entre los castillos de Jaén que se entregaron al maestre de Calatrava rebelde contra Enri­que IV. Era su alcaide el comendador Lope Mexía el cual pudiendola bien defender, sin ser combatido el mis­mo se convidó con ella al maestre y la dio. Cosa tan ver­gonzosa de hacer -añade el indignado cronista de Iranzo- que aun no la querría escribir. Acordadas treguas entre Iranzo y el Maestre aquel mismo año, Mengíbar figuró entre las fortalezas que el de Calatrava dejaba en manos de terceros como prenda. Espinalt anota en su Atlante: tiene en medio de una pla­ za una torre cuadrada de 42 varas de alto y tres de grueso de pared y al principio de la escalera tiene un cuarto de cinco varas en forma de media naranja sin que le entre luz por parte ninguna y en medio de el una mazmorra o pozo, que dicen tiene mina de correspondencia a las torres de San Bartolomé en el término de Jabalquinto y que pasa por debajo del río Guadalquivir (se refiere al vecino castillo de Estiviel-Las Huelgas) y toda ella está amurallada y de­nota ser obra de godos. Esta torre sirvió en lo antiguo de atalaya para el resguardo de la campiña. La descripción de Jimena Jurado va acompañada por un croquis del castillo en el que vemos que tenía forma rec­ tangular y sus lados menores medían veinte pasos. En la esquina formada por los lados de oriente y septentrión había un torreón redondo. En el centro del lado de oriente, se ve

una torre cuadrada a la que se accede por hueco adintela­do a la altura del suelo (¿será la entrada, acodada, de la fortaleza?). La torre del homenaje es la que aparece en el centro del patio de armas. En 1845, Madoz consigna: una torre cuadrada de 42 varas de elevación. En 1914 Romero de Torres encuentra parte de un torreón del antiguo castillo de los duques de Lesa y Montemar cuyos antepasados serían señores de la villa de Menjibar probablemente la torre del homenaje hoy convertida en varias dependencias particulares del edificio del municipio. Para Olivares Barragán (1980) se trata del torreón del castillo árabe del siglo XV. De la misma opinión es Serrano Díaz (1967) que la denomina viejo torreón árabe. Más bien se trata de una torre del homenaje cristiana fechable en la segunda mitad del siglo XIII, poco después de la definitiva conquista de Mengíbar. Del croquis que nos ofrece Jimena Jurado se deduce que el castillo de Mengíbar constaba de un patio de armas rec­ tangular bastante espacioso, cuyas esquinas estaban defendi­ das por torreones cilíndricos. La torre del homenaje, único resto visible del castillo, es tan imponente como las de Jaén, Alcalá y Cazorla. Es de base cuadrada y mide 13’70 metros de lado, aproximadamente lo mismo que las de Cazorla y la sur de Jódar. Hasta la base del parapeto de la terraza, hoy desapa­recido, medía 25’50 metros de altura. Se asienta sobre la roca natural parcialmente tallada. La entrada se abre al este, a 1’90 metros de altura, y através de ella se accede a un apo­sento cuadrado de 7’40 metros de lado cubierto por bóveda vaída de ladrillo. Un poco desviado del centro se abre el pozo de aguada de un aljibe circular, excavado en la roca, de cuatro metros de profundidad y unos tres de diámetro. Por escalera empotrada se asciende a la primera planta, un aposento cuadrado, de 7’45 metros de lado, cubierto por tres bó­vedas de ladrillo gemelas, ligeramente apuntadas, que apoyan sus perfiles en dos arcos diafragmas apuntados, de piedra y ladrillo. Estos se estriban en los muros norte y sur.


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La luz se recibe de saeteras abiertas en el centro de cada muro. La segunda planta es idéntica en disposición a la primera, si bien los arcos que sostienen las bóvedas se apo­yan esta vez en los muros este y oeste. Un balcón amatacanado protegía desde este nivel la entrada de la torre. A este balcón se accedía por dos estrechos pasillos adintelados que presentan falso arco apuntado de ladrillo al interior. Desde la segunda planta se accede a la terraza por es­ calera empotrada en el muro oeste. En la planta primera, cerca de los rinco­nes, hay cuatro grandes tinajas de 1’20 metros de profundidad, empotradas en el espesor de la bóveda sub­yacente, que es la cubierta de la planta baja. En la segun­da planta volvemos a encontrar otras cuatro tinajas de menor ta­maño. En las esquinas de la terraza de la torre persisten los canes que sostenían la balconada.

2.10. Castillo de Villargordo. Jimena Jurado reservó un folio de su catálogo de fortalezas al castillo de Villargordo, pero no llegó a dibujarlo. Parece que sus materiales fueron en parte empleados para la construcción de la iglesia. Por privilegio de Enrique IV, dado en 1457, consta que este castillo y lugar fue señorío de la casa de Torres. Lo sería todavía en 1484 puesto que no aparece en el padrón de peones de Jaén. En 1505 había vuel­to de nuevo a la ciudad de Jaén.

2.11. Castillo de Cazalilla. El castillo y lugar de Cazalilla estaban situados a pocos kilómetros al Sur del Guadalquivir y Espeluy, lugar de gran importancia estratégica, junto a la calzada-arrecife de Córdoba. Era un castillo de segundo rango, con una tenencia de dos mil maravedíes (mil más con caballería) en las ordenanzas de 1464.

Jimena Jurado dibuja en su manuscrito una torre de planta cuadrada rematada por parapeto almenado. Una piedra de la parte superior tenía una inscripción probablemente árabe. De la torre que dibuja Jimena no queda rastro en Cazalilla. Sin embargo, la cabecera de la iglesia presenta un cerramiento que podría corresponder a restos del castillo. Este sólido muro semicircular de mampostería tiene todo el aspecto de haber sido reaprovechado a partir de los restos de una torre redonda de grandes proporciones, similar a las de los castillos de Rus y El Mármol, en tierras de Baeza.

2.12. Torres ópticas de Jaén. Desgraciadamente no han quedado muchos vestigios de las atalayas que vigilaban los pasos entre Granada y Jaén después de la estabilización de la frontera en 1246. La más conocida de estas atalayas era la de la Cabeza. En 1470 dos escuchas que estauan en el atalaya de la Cabeza, camino de Cambil fueron muertos por los moros en una incursión contra tierras cristianas. En su retirada los expe­ dicionarios utilizaron el itinerario de la ida: Pegalajar, Torre de la Cabeza, camino del Mercadillo y Cambil, base de partida. Había una segunda torre óptica, la Pedregosa, seguramente las ruinas que se ven sobre el cerro Atalaya (1.327 metros), cuatro kilómetros hacia el este. Los moros procedentes de Cambil podían seguir dos caminos: el primero es el que rodea el cerro de Piedra Romera (1.007 metros), dejando cerro Cántaro (1.234 metros) a la derecha y sigue el curso del Arroyo del Mer­cadillo. Este es el itinerario seguido por las expediciones musulmanas de 1470 y 1485. El arroyo Mercadillo iba a rendir sus aguas al Guadalbullón a la altura de la actual casería de la Cerradura y desde allí el camino seguía el trazado de la actual carretera saliendo a la amplia cuenca vigilada por la atalaya de la Cabeza. El segundo camino cruzaba el arroyo Mercadillo y continuaba hacia el norte hasta el barranco de los Hilachos para


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descender hacia el oeste y salir a la cañada del Guadalbullón a la al­tura de la atalaya de la Cabeza.

sale a La Guardia. Quizá guardara este paso esa torre de los Cazadores que mencionan las actas de Jaén, en 1479.

Un tercer camino, más largo y difícil que los anteriores, salía de Cambil, discurría entre los cerros Pálpito (1.478 m.), y Atalaya (1.327 m.) y luego se desviaba hacia el oeste por el piedemonte de Mojón Blanco hasta Pegalajar. Este camino estaba vi­gilado por la torre óptica de la Pedregosa, emplazada en la serrezuela de Pegalajar.

Otro portillo natural que utilizaron los cristianos en 1470, es el que sale de La Guardia en dirección suroes­te bordeando el cerro de las Canteras y luego remonta el arroyo de los Naranjos hasta la Plaza de Armas, donde enlaza con el camino de Campillo a Otiñar y sale por la zona de los Cárcheles a la puerta de Arenas. Este camino estaba vigi­lado por la atalaya de la Estrella, junto a Carchel, en el límite de su término municipal con el de Pegalajar, de la que hoy sólo resta un montón de piedras. Quizá sea la misma torre de la Estrella que el Libro de la Montería de Alfonso X menciona en los montes del obispado de Jaén en la ladera de la sierra de Campanario, lugar donde abundaba el oso en invierno.

Finalmente, existía otro camino que por ser más compli­ cado que los anteriores podía ofrecer la ventaja de una mayor sorpresa si se burlaba la vigilancia de la Pedregosa. Este era el que iba de Cambil y al llegar frente al cerro Atalaya (y torre Pedregosa) remontaba el barranco del Toril y bordeaba las alturas de Mojón Blanco (1.495) y el Morrón (1.540 m.) antes de tomar la dirección norte por el barranco del arroyo de Cañada Honda dejando a su izquierda el cerro Artesilla (1.148 m.). Esta era la cañada del Puerto que va a salir al llano donde hoy está Mancha Real (no debemos confundirla con otra cañada del Puerto que va a salir a La Guardia). A la salida del puerto estaba el castillo rural de Torre Moral. El 5-XII-1470 un nutrido grupo de jinetes moros entró por este puerto y llegó hasta la torre Bermejuela (cerro Torrebermeja, de 596 m.), tres kilómetros al norte de Pegalajar. No hubo sorpresa puesto que la Pedregosa había dado la alarma con ahumadas. Los adalides que salieron al rebato avistaron a los moros en los Fontanares (ribera del Guadalbullón, dos kilómetros aguas arriba del Puente Nuevo, actual casería Fontanares). Los moros bajaban por el arroyo Letraña también llamado puerto de Letraña (entre los cerros Campiñuela (400 m.) y Peregrina [505 m.] al norte y Torrebermeja [596 m.] al sur). Los moros se retiraron puerto arriba y el condestable Iranzo llegó a La Guardia y mandó seguir hacia Pegalajar para ocupar el puerto de Cañada Honda y cortar la retirada de los moros. Al oeste del río Guadalbullón las torres ópticas eran menos necesa­rias porque la barrera natural de la Sierra de Puerto Alto dificultaba el paso. El único camino posible era la Cañada del Puerto desde la que, continuando por el oeste, se

La Atalaya de la Cabeza. Esta atalaya es visible entre los kilómetros 353 y 354 de la antigua carretera de Jaén a Granada por Campillo de Arenas. La atalaya de la Cabeza es un torreón de mampostería, de forma cilíndrica con pronunciado talud en la base cuyo perímetro es de 25’80 metros. El perímetro del cuerpo cilíndrico es de sólo 23 metros por unos ocho me­tros de altura. El parapeto superior ha desaparecido pero quedan restos del matacán corrido. Se accede al torreón por un hueco cuadrangular practica­ do en el cuerpo cilíndrico, a unos tres metros de altura del nivel original del suelo. La parte troncocónica del edificio es maciza, la cilíndrica alberga una cámara circular de 3´75 metros de diámetro, cubierta por bóveda de media naranja que recibe la luz de tres saeteras ampliamente vaciadas hacia el interior a través de un muro de 1’55 metros de ancho. Una estrecha escalera empotrada en el muro conduce a la terraza. En el suelo de la cámara, y atravesando el cuerpo infe­ rior macizo de la torre, hay un pozo de sección rectangular que conduce a la mina de escape, hoy rellena de tierra casi al nivel mismo del sue­lo exterior.

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La atalaya de la Cabeza está construida con mampostería en hiladas ligadas con abundante mortero. La crónica del Condestable Iranzo nos permite fechar esta atalaya con casi absoluta precisión entre 1462, cuando el concejo decide que muy conveniente seria fazer una torre atala­ya en el cerro de la Cabeza, y 1470, cuando los moros matan a dos vigilantes apostados en la torre.

2.13. Castillos rurales de Jaén. El castillo rural desciende directamente de la villa fortificada del Bajo Imperio romano pasando por la alquería murada musulmana. Después de la conquista y repartimiento de Jaén, muchos nuevos propietarios fortificaron sus cortijos rodeándolos de muros y edificando una pequeña torre. Los castillos rurales conservados son pocos pero las referencias documentales permiten suponer que fueron muy numerosos: la Torre de Montíjar; la Torre de Maquiz a la orilla del Guadalquivir, frente a Mengíbar, torre de la que conocemos incluso el nombre de su anterior propietario musulmán, un tal Mezquiriel; la torre de Castro, entre Jaén y Torredelcampo; Castil Blanco, castillo e donadio que tiene por linderos de la torre de Allozar (es el actual Cortijo Blanco a 7’5 kilómetros de Torredonjimeno); la torre del Jandulilla situada desde donde parte el término con Jódar el río Jandulilla, ayuso de ambas partes fasta el vadillo que disen de la Roca de Luenga ; Torrequebrada, por el camino de Canaleja; Torrequebradilla, a 3’5 kilómetros de la margen izquierda del Guadalquivir y a unos 6’5 de Villargordo. Las torres abundaban en las riberas del Guadalbullón donde tienen los señores una casa de Batanes con su torre, según reza otro documento referido al Batán del Obispo; Torre Bermejuela estaba en la ribera derecha del Guadalbullón, al norte de Pegalajar. Se observa una mayor abundancia de torres según nos acercamos a la frontera del Pacto de Jaén (1246). Es probable que cada cortijo importante tuviese la suya.


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El Deán Mazas cita un Torrejón del Valle en la vega de Jaén, y los lugares de Torrebuenavista, Torrejón y Torrecillas en otros puntos de su término. Algunas torres con­servaron el nombre de su primer heredamiento: Torre de Lope Fernández; la Torre de Martín Agraz; Torretoribio, a mitad de camino de Jaén y Villargordo; Torre Lampérez, cerca del Castil y la Muña. Otra torre existió en la aldea de Garcíez (entre Jaén y Fuerte del Rey), y otra en Villar de Cuevas. Mari Martín conservaba vestigios de su torre hasta hace treinta años. Torre de Altosar mantiene su topónimo a cuatro kilómetros de Torredelcampo. Sólo el nombre perdura en Torrecillas y Casa Fuerte, jun­to a Castil y La Muña, o en La Torre, a cuatro kilómetros de Escañuela, al noroeste, hoy cortijo; en Torrecilla, junto a Grañena al norte de Jaén, Cortijos de la Torre y de Torre Ala­ mo, el primero a 9 kilómetros al noroeste de Jaén, el segundo a dos kilómetros al norte de Peñaflor. Dos kilómetros al sur de Peñaflor encontramos la casería de Torrechantre. No todos estos castillos rurales se han esfumado sin dejar rastro. De algunos que existen todavía nos ocuparemos ahora.

2.14. Torre Olvidada. Torre Olvidada aparece como lugar que administra el arciprestadgo de Jaén en 1311, pero los restos actuales podrían fecharse en la segunda mitad del siglo XIII. El cortijo ha desaparecido y sólo quedan ruinas de la torre, en el camino de Jaén a Arjona, en el tramo entre Cerro Guinea (otro castillo rural) y el Berrueco. La torre se levanta sobre un promontorio rocoso de escasa elevación que le procura defensa natural por dos de sus lados. Quedan escasos vestigios del terraplén coronado de parapeto y del foso, todo ello de proporciones modestas. La torre, firmemente asentada sobre el peñasco, es un cilin­dro de ocho metros de diámetro que contiene una cámara de 3’50 me­tros. Una escalera empotrada en el muro ascendía al piso superior o a la terraza. El muro es de anchura variable; por la entrada y escalera de subida al piso superior

alcanza los 2’45 m. de espesor, pero en la parte opuesta, que no está debilitada por ningún tipo de hueco, sólo dos metros. Este aposento se cubría con cúpula de media naranja

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que formaba en su base una repisa de veinte centímetros sobre la que se pudo apoyar la armadura de madera de un habitáculo. La entrada es­tá formada por grandes piedras que dan aspecto ciclópeo al con­junto. La que hace de base tiene los extremos re­bajados para encajar las correspondientes a las jambas. Estas, a su vez, reciben otras menores que encajan en los vaciados practicados lateralmente a la que sirve de dintel. Todas ellas han sido rebajadas interiormente para recibir la puerta. Además, las de las jambas son tan gruesas que en ellas se ha tallado las quicialeras y las ranuras y agu-

jeros que recibirían la tran­ca o barrón. Toda la cantería del edificio se reduce a esta entrada. El resto utiliza mampostería que en la base de la torre incluye gran­des piedras de hasta 0’80 metros por un metro, aunque el resto sea más bien menuda. Quedan vestigios del enlucido exterior de la torre.

2.15. Castillo de La Muña. La documentación medieval se refiere a una heredad que llaman Castil de la Penna limítrofe de otra, Torre de donna María, y una Torre la Munna y una torresilla, el Sa-


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lado abajo, cerca de Torredelcampo. Observamos la notable concentra­ción de castillos rurales que el documento sugiere. En la región propuesta encontramos, en efecto, restos de dos cas­tillos rurales: los del Castil de la Peña, hoy Cortijada del Castil, y los de La Muña. Otros cortijos limítrofes emplazados en alturas de fácil defensa ocupan la posición de fortificaciones desaparecidas. El castillo de La Muña dista unos siete kilómetros de Torredelcampo, al noroeste. Para llegar a él hay que recorrer durante un kilómetro la carretera local de Garcíez para tomar luego el camino de Arjona que discurre paralelo al Arroyo de la Moña (=Muña). El cerrete del castillo de La Muña está a unos seis kilómetros.

Hoy La Muña, topónimo derivado del árabe almunia, es un cortijo en el que queda una torre de planta cuadrada (8’20 metros de lado), construida de mampostería regu­lar con sillarejo en las esquinas. Puede ser obra de finales del XIII o principios del XIV.

2.16. Castillo de Castil. A un kilómetro de distancia del castillo de La Muña está el Castil, otro grupo de cortijos que se agrupan en torno a uno central. Éste, edificado sobre un peñasco que le propor­ciona defensa natural, apoya su lado sur sobre un fuerte muro de mampostería de unos quince metros de altura y veinticinco

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de longitud, único resto observable del an­tiguo castillo rural. De este muro se adelanta un torreón o refuerzo que tiene 3’10 metros de frente y 3’50 metros de lado. Delante del muro quedan vestigios de lo que podría haber sido cercado o antemuro de calicanto y terraplén. Este castillo es probablemente contemporáneo de La Muña.

2.17. Castillo de Aldehuela (de Jaén). El castillo rural de Aldehuela o Andehuela dista seis kilómetros de Jaén por la carretera de Torredel­campo tomando el carril que sale a la derecha pasado el puente de la cuesta de Regordillo. El conjunto de Aldehuela comprende una torre de mampos­tería de planta cuadrada similar a la de La Muña, que tiene adosada una moderna casa de labor en cuyo interior hubo una fábrica de aceite de la que restan los rulos de granito y la bodega de almacenamiento, con las ánforas ya destruidas. Al lado de la casa, en un espacio abierto hoy

invadido por la vegetación, se encuentra la entrada de una mina de agua musulmana de la que en 1977 eran transitables unos cincuenta me­tros y en 1999 sólo ocho, debido a derrumbamientos. Frente a la torre, al otro lado del camino, hay una alberca rectangular remodelada sobre otra musulmana. Uno de los conductos de la mina de agua desemboca en la ca­becera de la alberca. A un lado de la explanada se conservaban dos antiguas piedras de molino musulmán que en 1999 han desaparecido. A espaldas de la casa hay un muro de tierra apisonada que por su desmedido grosor pudiera pertenecer al conjunto primitivo. En la zona de la mina de agua quedan restos de dos muros de tapial fuerte, formando ángulo agudo, que deben corresponder al castillo. El conjunto de la Aldehuela demuestra la continuidad existente entre las almunias fortificadas mu­sulmanas y los castillos rurales cristianos. De la primera etapa datan evidentemente los restos de molino, la mina de agua y la alberca. De la segunda, la torre de mampostería y quizá el cerramiento de tapial. La torre mide 8’70 metros de lado y doce metros de altura. Interiormente consta de dos aposentos superpuestos, el


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primero cubierto con bóveda apuntada y el segundo con una cubierta moderna. Esta torre se puede fechar en la segun­da mitad del siglo XIII. La mina de agua tiene acceso a través de una escalera que desciende hasta una cueva artificial en la que hay una gran arqueta de distribución. Se observan restos de conducciones esmaltadas con vidriado verde inequívocamente mu­sulmanas. De esta cueva parte una mina por cuyo suelo dis­curre un arriate entre dos filas de ladrillos de plano. Por la derecha, sobrealzado y muy bien repella­do, va el conducto por tubería cerámica. A una cierta dis­tancia la galería se bifurca y el ramal de la derecha desemboca en otra sala de redistribución donde existe otra arqueta similar a la de la

entrada y una lumbrera o pozo de acceso. En total se observan hasta tres lumbreras de este tipo, todas ellas provistas de hendiduras a uno y otro lado que servían como peldaños. Estos pozos están tapados por falsas bóvedas de pie­dra. Minas de agua como la descrita han estado en uso has­ta fecha relativamente reciente o lo están todavía. Conocemos la existencia de otras dos: una cerca de Jamilena y otra junto al Zumel, ambas de origen islámico.

2.18. Castillo del Peñón. A mitad de camino entre Fuerte del Rey y la Higuera de Arjona, a unos trescientos metros de la moderna carretera que discurre paralela a la antigua vereda real y camino de

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Jaén a Andújar. Hoy su lugar está ocupado por la cortijada del Peñón. Jimena Jurado incluyó este castillo entre los que proyectaba dibujar en su manuscrito. En el mapa de Thomas López aparece como Peñón de Zafra. El topónimo Zafra se con­serva cuatro kilómetros más al sur en la Cañada de Zafra, hoy cortijada sin restos medievales aunque existía en época medieval. El grupo de cortijos del Peñón, hoy en ruina, se agrupa en torno a un pequeño promontorio rocoso en el que quedan vestigios de modesta fortificación, con pequeños mampuestos y mucho yeso. La obra está tan deteriorada que apenas es posible distinguir sus contornos en forma de trapecio irregular. Hay restos de un torreón y de un aljibe. Aun en sus modestas proporciones, los humildes vestigios del Peñón nos muestran un espacio defensivo dividido en los clásicos recinto y alcazarejo que no pasa de ser una albacara con castillejo adjunto. Seguramente existía ya en la época de la rebelión muladí y sería uno de los muchos refugios de “encastillados” que existieron en la región.

2.19. Torrecilla. Torrecilla o Torrecillas es un cerrete a dos kilómetros al suroeste del castillo rural del Peñón, entre éste y el del Berrueco, que distará unos cinco kilómetros. Parece que el lugar de la torrecilla era un castillo rural en tiempos de Jimena Jurado, otra de las fortificacio­nes que el primer castellólogo jiennense quiso dibujar. El único resto de fortificaciones que subsiste hoy es un fuerte torreón de mampostería que se levanta sobre un risco al pie del cerro, perfec­tamente dominado por éste. No se ven rastros de lienzos o terraplenes que permitan suponer la existencia de un recinto. Por otra parte el torreón no puede considerarse atalaya por su posición en la hondonada, ni es posi­ble que estuviese aislado del cerro puesto que desde su cum­bre se podría hostigar perfectamente a los defensores del

torreón. En la cumbre del cerro se observa cerámica medieval en superficie pero no quedan restos visibles de construcciones. El torreón mide en su fachada delantera, única intacta, 6’10 metros. Es macizo, en parte aprovechando una roca na­ tural sobre la que se asienta, hasta la altura del parapeto. El muro del parapeto mide 1’30 metros de ancho. Sobre él se asienta un adarve de 0’74 m. de ancho. El parapeto se reduce a una débil hilera de piedras muy maltratada.

2.20. Castillo y despoblado de Peñaflor. Dos fortificaciones se conocen en la provincia Jaén con este nombre. Una es el castillo junto al del Ferral a la parte meridional para guarda de la entrada y passo angosto que por alli ay en la sierra para Andalucía . Este es, en realidad, un recinto antiguo que queda en Sierra Morena y que aparece señalado en el mapa de Thomas López (1761). El otro Peñaflor, el medieval, es el que está fundado en un cerro alto junto al Camino Real que va de Jaén a Baeza casi a la mitad de camino . El Deán Mazas lo menciona y le da dos nombres: cortijo de Peñaflor o del Torrejón. Ninguno de estos dos Peñaflor giennenses debe ser confundido con el homónimo castillo que existía en el campo de Montiel ni con ninguno de los otros desparramados por la geografía de la Península. El castillo de Peñaflor quedó a trasmano cuando, en el siglo XVI, la construcción del puente del Obispo sobre el Guadalquivir desvió el trazado de la carretera medieval que unía a Jaén y Baeza. Hoy se accede a Peñaflor desde la carretera de Jaén a Baeza, tomando el carril agrícola que sale a la izquierda poco después del indicativo del kilómetro 32. El cerro de Peñaflor es visible desde muchos kilómetros de distancia puesto que es vértice geodésico de de 639 metros de altura, y domina la región circundante. Peñaflor es un despoblado importante. Los restos de fortificación visibles se limitan a un maltratado castillete, apenas un parapeto de argamasa, piedras y yeso, con algunas


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divisiones interiores, que se asienta sobre un podio rocoso. El mismo tipo de pobre cons­trucción se observa en otros castillos de la comarca (Torremocha, El Risquillo). Las defensas exteriores del conjun­to son, por el sur, un muro de calicanto más fuerte, del que quedan escasos restos y, hacia el este, cerramientos su­cesivos de muros de mampostería tan maltratados que apenas pueden distinguirse los cimientos. Las defensas se disponían en anillos sucesivos apoyándose en los espolones rocosos del terreno. Al oeste, y uniendo el cerro principal con otro frontero, más pequeño y menos elevado,

que aparece hacia el norte, se observan restos de un espléndido terraplén en zig-zag sumamente interesantes puesto que demuestran que también se empleaba la fortificación de tierra. En este terraplén existe un camino de acceso lateral que hubiera aprobado Vitrubio puesto que descubre a los defensores de la empalizada el flanco derecho del atacante. La cerámica es especialmente abundante en el espacio descubierto que media entre el cerrete norte y el principal. Vicente Salvatierra, que excavó el conjunto de Peñaflor hacia 1990, ha encontrado vestigios de un poblado de la Edad

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del Cobre-Bronce dotado quizá de poderosas murallas ahora enterradas, una turris romana, poblamientos fechables entre los siglos VIII y X y nuevamente entre los siglos XIII y XIV, época a la que pertenecería el castillejo de la cima y, finalmente, un asentamiento agrícola fechable a finales del XV o poco después. En la excavación afloró una aldea islámica de entre veinte y treinta viviendas, suficiente para sostener una población de hasta trescientas personas.

2.21. Castillo del Risquillo. Este castillo rural distaba seis kilómetros de la cortijada de Riez, en tierras de Baeza. Actualmente queda una torre

de planta cuadrada (7’90 me­tros de lado) cuyos muros (1’45 metros de espesor), son de yeso y mampuestos, similares a los de otros fuertes de la región (Peñaflor, Torremocha). En un cortijo que existe al pie del cerro hay una piedra romana empotrada. Cer­ca hay canteras de yeso. Debe tratarse de una fortificación cristiana de la segunda mitad del siglo XIII.

2.22. Castillo de Torremocha. No sabemos si será éste el Torremocha donadío de olivar que otorga Fernando III a un tal don Nicolás, jurado y a don Pascual de Sant Yague.


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Las ruinas del castillo de Torremocha se encuentran junto a la carretera de Jaén a Baeza, frente a la bifurcación de Mancha Real. En Torremocha existen tres recintos que se or­denan siguiendo las curvas de nivel del cerro. En el más alto quedan restos de una torre casi cuadrada (7’70 x 9 me­tros; ancho del muro: 1’25 m.). Está muy desmochada, lo que impide apreciar su altura original. La torre formaba el lado menor de un pentágono más amplio que constituía el recinto, del que sólo quedan cimientos.

El conjunto torre-recinto alto está en un extremo del segundo recinto, más amplio, que corona la meseta superior. De éste quedan vestigios todavía más escasos, meras acumulaciones de tierra. El cerro desciende en suave pendiente hacia el noroeste y por las otras partes más bruscamente. Se descubren por doquier cimientos de casas de planta rectangular y gran­des cantidades de cerámica antigua y medieval. La musulmana pintada de rojo es especialmente abundante. Está el cerro rodeado de buenas vegas cultivables, regadas por el arroyo que discurre a su pie.

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2.23. Castillo de Fuente Tetar. Era un castillo rural al sur de Mengíbar. Hoy es corti­ jo al que se llega tomando el carril frente a la carretera de Villargordo, en el llano de las Infantas (kiló­metro 318 de la carretera de Bailén a Jaén). El 17 de febrero de 1378, Men Rodríguez de Biedma y Benavides y doña Teresa Manrique, su mujer, señores de la villa de San Esteban del Puerto, hicieron donación a la iglesia de Jaén del castillo y tierras de Fuente Tetar. Como hereda­ miento del obispado y con la grafía Teetar aparece a lo largo del siglo XIV. En el siglo XVII Jimena Jurado lo in­cluye entre los castillos que proyecta dibujar para sus Antigüedades. Antonio Ponz (XVIII) en su viaje de Jaén a Andújar, anota: se descubre también por este camino el castillo de Fuente Tetar, la Torre de Mari Martín.... El castillo está sobre un cerro que domina la comarca. Tiene forma pentagonal, con tres lados en ángulo recto y el cuarto quebrado formando una proyección cerca de la entrada. Los cuatro ángulos principales estaban defendidos por sendos torreones cilíndricos que han sido demolidos. Quedan vestigios de tres de ellos, pero el cuarto ha sido sustituido por una construcción rectangular que a primera vista parece parte del castillo original, aunque la debilidad de sus muros sugiere que es posterior, cuando ya el conjunto era cortijo y no castillo. Frente a la entrada, donde el muro proyecta un pequeño ángulo desprovisto de torreón defensivo, existió una fuerte barbacana, de la que se descubren vestigios en el acceso en ángulo, que defendía suficientemente este sector. Hoy el conjunto está ocupado por un cortijo en cuyo interior la remodelación ha sido tan extensa que apenas quedan trazas de la obra original.

2.24. Castillo de Mari Martín. A cinco kilómetros al noroeste del castillo de Fuente Tetar se alzaba el de Mari Martín, también rural, emplaza­do sobre un antiguo camino que bajaba de Cazalilla hacia el sur, pasando entre la Atalaya de Mengíbar y la Loma de las Canteras para ir a enlazar con la vía de Jaén a Andújar. El de Mari

Martín es otro de los castillos que Jimena Jurado proyectó dibujar en su manuscrito Antigüedades. Hoy es cortijada con media docena de casas y los restos del castillo están en la cumbre de un cerrete desde el que se divisan algunos pueblos del entorno y la alcazaba de Jaén. El castillo rural está muy destruido pero todavía son visibles los cimientos de una torre circular de unos ocho metros de diámetro y hasta dos de grosor, dimensiones muy similares a las de Torre Olvidada, descrita páginas arriba. Es posible que las torres de los primeros castillos rurales de la región recién conquistada adoptaran la forma circular, más fácil de construir, y que sólo en un periodo posterior se regularizara la torre cuadrada que requiere sillares más regulares, especialmente en las esquinas.

2.25. Castillo de Macarena. Hoy es una cortijada cercana a Fuerte del Rey. Este castillo rural tenía torre y casa. En época medieval aparece mencionado como dehesa con agua propia. Según escritura de 10-XI-1540 era posesión desde tiempo inmemorial de la Orden de Calatrava. Aún se conserva, desmochada y maltratada, la torre del homenaje de este castillo rural, aunque está disimulada por los cortijos arruinados que la circundan. Es de sillería, de planta cuadrada, de 8´60 metros de lado, con muros de 1´50 metros de grueso. Debió tener tres plantas y terraza, pero la única entreplanta existente es moderna, de madera y yeso. Hace cincuenta años servía de silo. Al pie del cerrete existe un abrevadero alimentado por un pequeño manantial, que podrían ser los del primitivo castillo.

2.26. Castillo de Maquiz. A media legua de Mengíbar al Oriente en la junta de los ríos Guadalquivir y Guadalbullón. No queda rastro identificable de este castillo rural que Jimena Jurado proyectó dibujar. Aparece en el mapa de Thomas López (1761).


Moros , Cristianos y Castillos en el Alto Guadalquivir

Este castillo ocupaba el fértil y estratégico lugar de una población antigua. Fue propiedad de la Orden de Santiago. Tenía 785 fanegas de tierra.

2.27. Torre del Moral. La torre del Moral estaba a un kilómetro al sur de Mancha Real, en la desembocadura del puerto de Barran­co Hondo. Del castillo sólo quedan vestigios de un muro de sólida mampostería menuda cerca de la Fuente de las Pilas, que seguramente discurría dentro de un recinto fortificado, hoy desaparecido. Algunos autores lo suponen de construcción romana, quizá porque los hallazgos de restos romanos abundan en la región. Por las actas capitulares de Jaén correspondientes a 1479 sabemos que un moro se soltó en la torre del Moral. Cambil reclamaba a Jaén sus pertenencias que habían sido recuperadas y enviadas por el alcaide de La Guardia.

2.29. Torrequebradilla. Hoy es un lugar a 20 kilómetros al noreste de Jaén, por el antiguo camino de Baeza. En tiempos de Jimena Jura­do era lugar de la Casa de Córdoba en la campiña de Jaén cuyo Señor es D. Iñigo de Córdoba, conde de Torralba. Tiene su iglesia parroquial y es título de Marquesado. Jimena Jurado identifica este lugar con el Esnader que demolió Fernando III en su primera campaña andaluza. Ponz, que visitó el lugar en el siglo XVIII, alcanzó noticia de una serie de despoblados cercanos, algunos de los cuales corresponden a otros tantos castillos rurales: Torralva (Torralba, en los vados del Guadalquivir, ya descrito), Turumbillo, Pozancho, Torre de Buenavista, Higueruela, Cádimo, Santiñiguez y Torrejón. Este último estaba todavía poblado.

3. La marca calatrava.

Madoz menciona los cimientos de una torre de argamasa y bastante sólida, al parecer moruna que debe ser la del Moral.

La Orden de Calatrava recibió de Fernando III un ex­ tenso territorio al este del reino de Jaén. Parte de este territorio quedó, en virtud del Pacto de Jaén (1246), en un sector de la frontera de Granada mal dotado de defensas naturales, por lo que fue muy castigado hasta la conquista de Alcalá la Real, un siglo más tarde. A esta zona especialmente fortificada llamaremos “marca calatrava”.

2.28. Castillo de Torre Alva.

3.1. La Orden.

Este topónimo corresponde a los modernos cortijos de Torralba, al norte de Torrequebradilla, dominando uno de los mejores vados del Guadalquivir, en las cercanías del antiguo camino de Baeza a Jaén.

La Orden de Calatrava, fundada en 1158 como una rama de la cisterciense, fue la primera de las órdenes hispánicas.

La torre se menciona en cédula de los Reyes Católicos de 1508.

El mapa de Thomas López (1761) lo señala como Torralba. En este lugar existió en tiempos de la conquista un castillo que vigilaba los vados. Perdido su valor estratégico pasó a ser meramente rural. El repartimiento de Fernando III asigna donadíos en Calatrava en val de Jahen cerca los freyres de la Trinidad en Torre Alba. Jimena Jurado lo sitúa junto a Torrequebradilla en la misma campiña de Jaén, título de Condado.

Los señoríos más importantes de esta orden y su con­ vento mayor estaban en La Mancha (Calatrava la Vieja, siglo XII; Calatrava la Nueva, desde el siglo XIII), pero la Orden tuvo también encomiendas y posesiones en otras regiones, particularmente al sur de Sierra Morena. Después de la derrota de Alarcos (1195), la Orden había perdido su convento mayor, pero se construyó otro en Calatrava la Nueva, en el camino de los pasos de Sierra Mo­rena. Los caballeros calatravos participaron activamente en cuantas expediciones organizó Fernando III contra al-Anda-

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lus a par­tir de 1224 y recibieron a cambio diversas donaciones. El territorio calatravo incluía Martos, Porcuna, Torre Alcázar, Torre Venzala, Torre Fuencubierta, Torredonjimeno, Jamilena, Víboras, Susana, Santiago (de Calatrava), Higuera (de Calatrava). Este núcleo se completaría con las conquistas de Alcaudete, Castillo de Locubín, Alcalá de Aben Zaide (=la Real), Priego y otras plazas más meridionales, y se amplió con la fértil campiña de Arjona. Otras posesiones calatravas del reino de Jaén fueron: Sabiote, en la loma de Úbeda, plaza fuerte que controlaba uno de los accesos de las fosas del Bedmar y del Guadiana Menor; parte de Canena, Torres, Torre de los Alarbes, El Corral, un priorato en Jaén y, ya en el siglo XV, Recena, Jimena y Bélmez.

3.2. La frontera calatrava. Las tierras que Fernando III otorgó a los calatravos en Jaén estaban deficientemente fortificadas. En Martos existían dos castillos, uno en la villa propiamente dicha y otro, más modesto, en la Peña. Al oeste de Martos estaba el casti­llo de Santiago de Calatrava y al este el de Jarilla. Entre Martos y la frontera musulmana se extendía un territorio de unos treinta kilómetros de profundidad en el que no había más defensa que el castillo de la Torre, a cinco kilómetros de Martos y, en el cauce del río Grande-Víboras-Susana, los de Víboras y Susana. Todas estas fortificaciones eran de poca entidad, muy antiguas casi todas ellas y más albacaras que castillos. El territorio nazarí directamente opuesto a la marca calatrava estaba mejor defendido: las fortalezas de Alcaudete y Alcalá y la plaza intermedia de Castillo de Locubín.

3.3. Castillo de Víboras. Está situado a unos ocho kilómetros al Sur de Martos. En época medieval se llegaba a él siguiendo el llamado camino del castillejo de Belda o el alternativo de la Carrasca que

salen de Martos por el sur. Actualmente se toma la carretera local de Casillas y la Carrasca y después un carril agrícola a la derecha que no es otro que el antiguo camino medieval hoy llamado del Castillejo de Belda.


Moros , Cristianos y Castillos en el Alto Guadalquivir

El castillo de Víboras se alza sobre un promontorio ro­ coso de forma alargada que se asoma al foso por el que discurre el río Grande-Viboras-Susana. La característica más acusada del cerro del castillo es el espinazo rocoso que lo recorre longitudinalmente y que constituye una muralla natural de 195 metros de longitud a lo lar­go de la cual se organizan las defensas del casti­llo. A lo largo del río se observan pequeñas y fértiles vegas. En torno a la colina del castillo, hacia el sur, existe un amplio territorio sembrado de fragmentos cerámicos antiguos y medievales en el que se observan algunos cimientos de casas. Después de la incursión castellana de 1224 (campaña de Quesada) el ejército castellano no volvió a atacar la fortaleza (encomendada a al-Bayyasi, el rey de Baeza, vasallo de Castilla), aunque pasó por sus proximidades en 1225. El 8-XII-1228 Fernando III entregó este castillo a la Orden de Calatrava, junto con Martos y Porcuna. El castillo de Víboras tiene forma rectangular muy alargada (unos 200 por 35 metros). En los la­dos mayores aprovecha las defensas naturales de un espolón rocoso y el barranco-cauce del río al sur. En el castillo se observan tres recintos sucesi­vos a distintos niveles: 1. Recinto interior de forma perfectamente rectangular (41’20 por 16’60 metros), que cobija la torre del homenaje y un aljibe. 2. Recinto medio que forma otro rectángulo que contiene el del recinto interior (116’50 x 21’60), además de un habitáculo y otro aljibe. 3. Recinto exterior que coincide con el rectángulo mayor del castillo y engloba a los recintos menores. El recinto exterior tiene su entrada por el noreste en un claro de la mura­lla natural que estuvo reforzado por un bastión avanzado que pudo albergar una entrada en recodo. La mura­lla natural tiene la cima plana y aunque su ancho no es cons­tante, suele alcanzar la media de los adarves artificiales (1’50 o 2 metros). Sobre ésta se construyó un parapeto corri-

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do del que quedan vestigios en algunos sectores. Dentro del castillo se observa una perfecta articulación defensiva en los accesos a cada recinto. En el recinto medio encontramos un patio de armas despejado y nivelado, con vestigios de un gran aljibe rectangular, de origen probablemente musulmán, cons­truido de fortísimo calicanto. Hacia el sureste hay una habitación subte­rránea parcialmente excavada en la roca. El recinto superior de Víboras es un podio levantado entre cuatro muros de mampostería que sostienen un relleno de tierra destinado a nivelar el piso original. En este espacio se levanta la torre del homenaje, construc­ción rectangular de mampostería con las esquinas redondeadas. Mide 11’50 x 8’75 metros. Tiene dos plantas interiores y terraza. La entrada es un arco apuntado a la altura de la segunda planta (aunque en algún momento se le abrió otro acceso a la planta baja al nivel del suelo). Las bóvedas de estos dos espacios interiores son también de medio punto. La anchura del muro al nivel del muro inferior es de 2’50 metros. Parece que se accedía a la planta primera a par­ tir de la segunda, por una abertura que existe en el techo. Se observan saeteras que daban luz y aire. En el castillo de Víboras se pueden distinguir una etapa constructiva musulmana y otra cristiana. A la primera correspondería el terraplenado de la parte que da al río y quizá el aljibe de calicanto del recinto medio. De época cristiana del siglo XIII, quizá de mediados de siglo, es la obra de mampostería del recinto superior, torre del ho­menaje y parapetos del recinto medio. Esta obra tiene paralelos comarcales en la torre del homenaje del castillo de la Torre, entre Martos y Fuensanta, también construida por los calatravos a unos cinco kilóme­ tros de Víboras (9’80 x 12’20 metros), y las de los casti­llos de Hornos y de Segura, construidos por la Orden de Santiago al noreste de Jaén. Todas ellas son de mampostería me­nuda y presentan sus aristas redondeadas.

3.4. Higuera de Martos. Higuera de Calatrava, antes Hi­guera de Martos, era otra población y castillo calatravo situado a quince kilómetros de la plaza fuerte marteña. De las fortificaciones de Higuera sólo resta la to­rre del homenaje del castillo, construida en la segunda mitad del siglo XIII o a principios del XIV. Es una torre de mampostería regular con las esquinas de sillarejo. De este castillo, que Jimena Jurado quiso dibujar en el siglo XVII, quedaban todavía trazas importantes en tiempos de Madoz, a mediados del XIX: a tiro de fusil de las últimas casas, subiendo hacia el S.O. se encuen­tran en un parage que domina la población, los cimientos de un pequeño fuerte del que se conserva un torreón cuadrado de alguna elevación cuyo primer y segundo piso aun se pueden habitar además de dos manantiales de agua potable de que aun se surten los vecinos de la villa . De la narración de Madoz se desprende que se trata­ba de un castillo defensivo pequeño, con pozo o manantial propio. Cuando los musulmanes saquearon e incendiaron la villa el 29 de septiembre de 1471, los únicos supervivientes de la población se refugiaron en este castillo.

3.5. Santiago de Calatrava. Del castillo de Santiago de Calatrava, existente en tiempos de Jimena Jurado, no han quedado vestigios.

3.6. Castillo de Torredonjimeno. El lugar de Torredonjimeno estuvo poblado desde la antigüedad. Algunos autores derivan el nombre actual del lugar de un maestre de Calatrava llamado Jimeno, según otros de un don Jimeno de Raya conquistador del lugar. Torredonjimeno es la primera de muchas torres que abundan en la topo­nimia de esta comarca, lugares en contacto de la Campiña con el frente de las montañas subbéticas. No

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son ciudades defen­sivas. Lo más probable es que su emplazamiento sea consecuen­cia de la falta de agua de la Campiña. Su nombre indica que fueron concesiones o repartimientos. De un texto de Jimena Jurado se desprende que Torredonjimeno tenía circuito murado en 1369. De este recinto no quedan hoy vestigios. En 1526, estando Carlos V en Torredonjimeno, accedió a que se demoliesen las murallas para construir con sus piedras la parroquia de la Inmaculada Concepción de Santa María. De todas formas no desaparecieron los muros por completo puesto que en 1799 Espinalt menciona la muralla que cercaba la población por el mediodía. Desaparecidas las murallas, las fortificaciones de Torredon­jimeno se reducen al fuerte castillo ya arruinado del

que hablaba Espinalt con evidente exageración, puesto que el castillo ha alcanzado nuestros días en un estado aceptable. En el plano de sus restos actuales parecen distinguirse dos recintos rectangulares y concéntricos en los que la muralla del recinto exterior actúa como antemuro de la interior. Por el oeste, además de este ante­muro -del que hoy no quedan restos- existía el foso natural del arroyo Salado de Andújar. Una mina pasadizo subterránea que llevaba del interior del castillo a este arroyo fue descubierta hace algunos años. Por el norte no hay rastros del posible muro exterior, pero se conserva el interior con su ángulo protegido por un torreón-contrafuerte redon­do. El ángulo sureste del recinto


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exterior se resuelve en forma de amplio bastión circular muy ataulado en su base, que protege la entrada. Todo el castillo de Torredonjimeno está construido de mampostería bastante irregular. Los muros miden 6’57 metros de altura y 1’65 m. de anchura media (parapeto, 0’25 m.; adarve, 1’40 m.). El torreón noreste actúa meramente a modo de contrafuerte. Es una tosca construcción que sólo contiene el espacio necesario para una escalera de acceso al adarve que imita, sin arte, a las de caracol de otras construcciones militares. A nuestro juicio este castillo es una obra calatrava de la segunda mitad del siglo XIII, con algunas intervenciones y reformas posteriores, entre ellas la obra ataulada.

3.7. Castillo de la Torre de Martos. A unos siete kilómetros al sur de Martos, siguiendo la ca­rretera que va a Fuensanta, en la cima de una loma alargada que queda a unos trescientos metros a la derecha, se observa una hermosa torre de mampostería. Este conjunto fue construido en época medieval aprovechando los muros de un recinto ibérico todavía visibles. En este castillo observamos un recinto exterior de forma alargada cuyo extremo sur, único identificable, es redondeado. Este recinto, que aprovecha las suaves formas de la loma, está compuesto por un fuerte muro de mampostería que hace de suje­ción entre el nivel interior, más alto, y el exterior. Por fue­ra se observan restos de talud de tierra. En el interior del recinto se observa un muro más débil que lo divide de este a oeste. La torre del homenaje de este castillo es una construcción rectangular (12’20 x 9’80 metros), muy desmochada, que sólo alcanza unos ocho metros de altura. Su terraza actual corresponde sin duda al tercer cuerpo del edificio original. Los muros tienen 2’20 metros de grosor. Toda la construcción es de mampostería regular, similar a la usada en otros castillos de la región (Víboras, Peña de Martos, Torredonjimeno). En cada planta hay una caja de escalera (1’40 metros de ancho),

y un aposento cuadrado de 5’20 metros de lado. La cubierta del primer piso es plana; la del segundo presen­ta una bóveda vaída, de ladrillo. La caja de la escalera está cubierta por bóveda de medio cañón a la altura del primer piso.

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el de Martos y los de Víboras y Susana, y vigilaba el camino que iba a Alcaudete y Granada. El recinto exterior del castillo, construido con gran­des mampuestos y desprovisto de torres o bastiones, no pare­ce de la misma época. Podría ser ibérico reaprovechado en época califal.

3.8. Castillo de Torre Venzala.

Esta notable torre del homenaje se puede fechar en la segunda mitad del siglo XIII. Probablemente fue construida por los calatravos dentro del plan de forti­ficación de toda su marca marteña. Este castillo estaba a mitad de camino entre

A nueve kilómetros de Torredonjimeno, al noroeste, está el cerro de Venzala o Benzala a cuyo pie discurre la carretera Martos-Porcuna siguiendo el trazado del camino real de Porcuna que en los mapas antiguos figura como Camino Viejo de Torre Alcázar. Al sur del cerro Alcázar discurre otra vía medieval, la que iba de Villardompardo a Porcuna.


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En tiempos de Jimena Jurado, Venzala era un despobla­ do en el que sólo quedan algunos cortijos y la mayor parte de los muros de un castillo en lo alto de un collado. Este mismo castillo es el que Jimena Jurado dibuja en sus Antigüedades: un recinto triangular almenado con torreones en los ángulos y una torre mayor en el centro del patio de armas. Hoy sólo subsiste el torreón cuadrado que aparece a la derecha en el plano de Jimena Jurado. Es más bien contrafuerte de mampostería regular destinado a sostener una pequeña plataforma defensiva que cubre las necesidades de flanqueo de la muralla. Cerca de este torreón existe una elevación artificial que podría corresponder a los restos de una mota. En el cerro y los campos del entorno abundan los restos de cerámica antigua y medieval. Los terraplenes que rodean la plataforma superior de la colina parecen restos de obras de fortificación en tierra.

3.9. Castillo de Fuencubierta (o Juan Cubierta). Este castillo estaba a mitad de camino entre Torredonjimeno e Higuera de Calatrava, en el cortijo que todavía lleva su nombre. El único resto que subsiste de la antigua fortaleza es una potente torre del homenaje. En Fuencubierta existió una considerable población romana. En una lista de iglesias de la diócesis de Córdoba, fechada en 1260 aparece el nombre de Fuencubierta. Después de la conquista Fuencubierta perteneció fugazmente a la Orden de Calatrava, pero al poco tiempo fue transferida a la casa de Aguilar. En este cerro estratégicamente situado y rodeado de fértiles olivares que antes fueron tierras de pan y viñedos, se asentó en la antigüedad un oppidum en torno al cual se organizó la ciudad romana de Bastora. El lugar seguía ocupado en época musulmana y después de la conquista se integró en las posesiones calatravas. Es posible que la fortificación medieval date de esta época. En 1347 estaba todavía poblado.

Sobre el cerro de Fuencubierta se construyó una mota en época prehistórica y sobre ella un re­cinto ibérico de aparejo ciclópeo que sirvió de base al castillo medieval. Dos lados de la torre se cimentan sobre los segmentos terminales de una esquina del recinto ciclópeo, mientras que los otros dos tienen cimiento propio mucho más débil. La descompensación resultante, acentuada por la exis­tencia de otro muro ciclópeo que corre bajo la torre, ha pro­vocado algunas grietas longitudinales en el cuerpo del edi­ficio.

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3.10. Castillo de Jamilena Jamilena es una fértil vega bien regada que se cobija en un pliegue de la antigua sierra de Susana, hoy llamada de Jabalcuz. En época musulmana sería probablemente un reducido nú­cleo disperso entre sus huertas y probablemente provisto de albacara defensiva. El castillo fue demolido en 1525 para hacer el convento que se edifica en dicho pueblo. A unos cuatro kilómetros de Jamilena, en el camino de Martos, está el cortijo llamado la torre de García, que engloba la torre del homenaje de un castillo rural, quizá del siglo XIV.

3.11. Castillo de Torre Alcázar. Torre Alcázar se alza a poca distancia de la carretera entre Pilar de Moya y Porcuna, en la cima de una colina rodeada de fértiles campos que alimentaron en la antigüedad a una población de mediana importan­cia. Es dudoso que este lugar corresponda a una Torre Alcázar otorgada por Fernando III a la Orden de Santiago en 1241. Sin embargo parece que no hay otras referencias medievales del topónimo. Jimena Jurado anota que en estas dilatadas ruinas había sólo cortijos. En Fuencubierta se observan tres etapas constructivas: las dos primeras de incierta época prerromana corresponderían al túmulo y a la fortaleza de piedras ciclópeas; la tercera, al castillo medie­val del que se conserva la torre. La torre de Fuencubierta no parece obra calatrava. Probablemente la construyeron los señores de Aguilar a principios del siglo XIV. Es evidente que no se hizo cediendo a las urgencias de la primera hora: el preciosista detalle, más bien decorativo, del balcón que ilustra su fachada parece confirmarlo. Las almenas son un añadido del siglo XIX.

En el siglo XVIII todavía se conservaban las ruinas del castillo. Un erudito local escribía: en las torres de Al­cázar existió en lo antiguo población de no poco momento según muestran las destrozadas torres y muros que han prevalecido. Del castillo que existió en Torre Alcázar sólo se ha conservado una torre del homenaje de finales del siglo XIII o poco posterior. Es de planta cuadrada, está construida en sólida mampostería y actualmente está incorporada a un cortijo.

3.12. Molino del Cubo. A dos kilómetros al sureste de Torredonjimeno, en la hondonada por donde discurre el arroyo del Cubo, se en-


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cuentra el edificio espléndidamen­te conservado del Molino del Cubo, una construc­ción calatrava del siglo XIV, con lápida fundacional sobre la entrada. Este molino, sólidamente construido en mampostería, tiene puertas, arcos y ventanas de buena sillería.

3.13. Torres ópticas en la frontera del Pacto de Jaén. La primera frontera de la marca calatrava de Martos, constituida a raíz del Pacto de Jaén (1246), tuvo menos de un siglo de vigencia puesto que las conquistas de Alcaudete y Alcalá la desplazarían hacia el sur. Por este motivo el entramado de torres ópticas que se esta­bleció a mediados del siglo XIII fue más tarde descuidado y sólo se conservaron y rehicieron aquellas torres de gran importancia estratégica. Una línea de torres vigías se extendía en las alturas al norte de la cuenca del río Grande-Víboras-Susana, vigilando los posibles accesos desde tierra musulmana. Entre estas cabe destacar la Atalaya de Fuensanta, dos kilómetros al oeste de Fuensanta de Martos, sobre el cerro Atalaya (821), en el que todavía se ven sus restos, y la atalaya de La Carrasca, tres kilómetros al este de Víboras y seis al noroeste de Susa­ na, sobre la cortijada de su nombre, en el cerro que la co­bija (737 m. de altura). Entre esta línea y la plaza fuerte de Martos existía otra serie de atalayas de enlace, entre ellas la del Cerro Atalaya (688 m.), a cuatro kilómetros de Martos, al suroeste, estraté­ gicamente situada entre dos vías importantes: la llamada del Castillejo de Belda y la que hoy es la carretera local de Granada, por donde se va a Fuensanta. Existe una senda de la Atalaya, así llamada, que recorre el monte Atalaya. Otra torre óptica intermedia era la del cerro Castillejo que vigilaba la encrucijada entre las vías de Granada (la que baja de norte a sur, de origen romano) y la de Baena, a dos kilóme­tros de los límites provinciales entre Jaén y Córdoba. Evidentemente existieron otras torres vigías hoy desapa­ recidas y, por tanto, difícilmente identificables que a veces aparecen en la documentación de la época. En una carta de Fernando III en 1252 se menciona como mojón el atalaya

más alta que está entre Gimilena (=Jamilena) y Valencihuela. Seguramente vigilaría el camino que va de Los Villares a Martos.

3.14. Castillo de la Peña de Martos. La Peña de Martos constituye uno de los más característi­ cos accidentes del relieve del antiguo reino de Jaén. Se tra­ta de una montaña troncocónica, de roca viva, cuya cima plana, a 1.003 metros de altitud, constituye el emplazamiento ideal de una fortaleza expugnable. A ello se añade la estratégica posición de Martos: en un extremo del sistema prebético de Jaén, cadena montañosa cuyas serranías constituyeron la vía de comunicación entre los reinos de Granada y Jaén. Al propio tiempo la Peña de Martos, en el escarpe del sistema subbético, vigila y guarda des­de sus alturas la campiña jiennense. Diego de Villalta, autor marteño del siglo XVI, la des­cribe así: Es la peña de Martos una sierra toda de Peña viva en la cual quiso mostrar la naturaleza la fuerza de todo su poder. Desde lo baxo hasta lo alto son unos riscos y peñas tan fuertes y habidos unos con otros y por algunas partes tan tocadas y cortadas, que parecen puestas por mano de artífice. Su cimiento y circuito es más de media legua; su figura es pi­ramidal a semejanza de las pirámides de Egipto, y viene a re­matar con un llano muy capaz y espacioso en donde está sentada y edificada la muy inexpugnable fortaleza que dicen la Peña de Martos. Martos fue población importante en época romana con el nombre de Tucci. Rodeada de fértiles tierras y dotada de finas aguas, la po­blación se mantuvo en época visigoda y después de la invasión musulmana fue lugar preciado para los nuevos colonos que buscaban donde establecerse pues era, como dice Argote de Molina, lugar fertilísimo de pan y de mucha nobleza. En época me­dieval Martos tuvo dos castillos, el de la Peña y el que protegía la ciudad, asentada a su pie. Este último existía a finales del siglo IX cuando Ebu Eben de Sevilla arrebató la ciudad al emir de Córdoba.

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Martos adquirió cierto protagonismo durante la rebelión muladí de Ibn Hafsun. Como vimos anterior­mente, Jaén se caracterizó por ser territorio de “encastillados” rebeldes que simpatizaban con la rebelión o participaban abiertamente en ella. En 906 el gobierno central arrebató Martos al insurrecto Fihr ben Asad, que fue conducido a Córdoba y crucificado. En años sucesivos y has­ta la extinción de la insurrección muladí, Martos adquiere su papel de plaza fronteriza del territorio rebelde, algunos de cuyos castillos más importantes -Montilun, Jarilla y Jaén- es­taban muy próximos a la Peña, y sirve de base de apoyo para las expediciones que Córdoba envía contra ellos.

En 1224 Martos pertenecía al reino de Baeza cuyo monarca era vasallo de Fernando III de Castilla. Al año siguiente el musulmán cedió a Castilla las plazas de Martos y Andújar en virtud del pacto de las Navas. Estas ciudades, que flanquean la campiña jiennense, fueron reclamadas por Fernando III como bases de apoyo para profundizar en su conquista del valle del Guadalquivir. La entrega de Martos pudo celebrarse entre el 23 de marzo y finales de 1225. El rey de Castilla dejó Martos al cuidado del experto caudillo Alvar Pérez de Castro, con cincuenta mil maravedíes de tenencia. Martos pasó de este modo a ocupar el centro estratégico de las fronteras cristianas. Evacuada la población musulmana en otoño


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tos a parte de la guarnición para ir en cabalgada contra los musulmanes. La versión de este suceso que transmite la crónica alfonsí ha tenido gran repercusión en la épica fronteriza y en el romancero posterior. La esposa de don Alvar Pérez de Castro salvó la situación mediante un in­genioso ardid: hizo que las mujeres ocuparan la muralla disfrazadas de hombres de modo que los sitiadores se guardaron de asaltar el castillo, dando lugar a que don Tello regresara con la espolonada y salvara la situación. Alhamar levantó el cerco. Julio González llama al episodio “la fantasía de Martos”. El tópico literario de unas damas defendiendo las almenas se encuentra también en la Chronica Adelfonsi Imperatoris donde es el recurso de Teodomiro frente a Abdelazis en 713.

de 1226, la ciudad quedó despoblada durante algunos años, quizá hasta 1251, en que, ya segura después de la conquista de Jaén, empezaron a llegar los colonos. Precisamente en este año de 1251 Fernando III delimitó sus términos. Alvar Pérez de Castro ostentó la tenencia durante menos de dos años (5-septiembre-1225 a 16-enero-1227) y luego, el 8 de diciem­bre de 1228, pasó a la Orden de Calatrava. En este cambio pudo influir el episodio del cerco de Martos por Abu-l-Ula, posiblemente en 1227. Según Julio González, en esta ocasión los musulmanes tomaron la Peña pero la villa resistió. Otro episodio similar, si no se trata del mismo, fue el cerco de Martos por Alhamar de Granada, que cayó sobre la plaza aprovechando que Alvar Pérez de Castro se encontraba en Toledo y la guarnición se reducía a cuarenta y cinco hombres de armas al mando de don Tello, el sobrino del alcaide ausente. Además parece que don Tello había sacado de Mar-

Recibida la peña de Martos por la Orden de Calatrava junto con un extenso territorio en esta región, los freires instalaron en la peña su mayor presidio de esta frontera y, como dice Argote, siempre tuvo los caballeros más principales de Calatrava y los más valerosos en armas por ser una de las mayores fuerzas de toda la frontera y en quien los reyes de Granada tenían puestos los ojos como hoy los tienen los enemigos de la Santa Fe en los caballeros de la isla de Malta . Los hechos de los años sucesivos confirman las palabras de Argote. En 1243 la Peña sufrió un ataque de Alhamar en el que pereció don Isidro, comendador de la Peña. A partir de entonces cualquier debilidad transitoria de Castilla provocaba un ataque nazarí sobre Martos. En 1325, a raíz de la desastrosa ex­pedición castellana contra Granada, en la que murieron los in­fantes, el rey Ismael aprovechó el desconcierto que la derrota había creado para conquistar diversas plazas de Murcia y para entrar y saquear Martos, aunque el castillo de la Peña resistió. El famoso caudillo Ozmín nunca le perdonó al rey Ismael la muerte de un nieto suyo en el asalto. A la larga este resentimiento motivó que Ismael perdiera el trono. En este famoso asedio de Martos los moros emplearon artillería de pólvora. Esta fue la primera aparición atestiguada de la nue­va arma en tierras de Jaén. Dícese que la artillería se había empleado por vez primera en el asedio de Algeciras, en 1309. Otros opinan que fue en el de Niebla.

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Durante las guerras civiles entre Pedro el Cruel y el pretendiente Trastamara, el rey envió a Córdoba al maes­tre de Calatrava con el encargo de ajusticiar a don Gonzalo Fernández de Córdoba, pero el condenado puso tierra por medio. Sospechan­do el rey que el propio maestre podía haberle avisado, de­terminó matarlo y encargó de ello al entonces comendador de la Peña de Martos, Pedro Girón. Este citó al Maestre para una entrevista con el rey en el castillo de Martos y lo apresó. La dura vida fron­teriza creaba a veces vínculos de admiración y mutua estima en­tre caudillos de diferentes bandos y esta circunstancia salvaría por esta vez al Maestre. Conocedor el rey de Granada de que el Maestre de Calatrava sufría prisión en la Peña, anunció al rey de Cas­tilla que si no lo liberaba tomaría repre­salias. Pedro el Cruel liberó al prisionero quien, agradecido, prolongó las treguas que tenía concertadas con Granada. Durante la guerra entre Enrique IV y su nobleza rebelde, Martos y los territorios de la marca calatrava militaron en el partido rebelde mientras que Jaén, Andújar y Alcalá, tres pla­ zas fuertes de su entorno, permanecían fieles al monarca. En 1466 el comendador de la Peña se pasó al partido del rey y el Condestable Iranzo mandó bastecer y reparar las fortalezas de Martos así de gente como de armas y de cuantas cosas avien menester muy abundosa y magníficamente. Pero sucedió que al poco tiempo el comendador se re­concilió con el partido rebelde y Martos volvió al bando de los enemigos del rey. En 1791 Ponz señala que en la cumbre de la Peña permanece un fuerte castillo abandonado a su ruina como los demás de España. Unos lustros más tarde, la descripción de Madoz es más ex­plícita: en la cumbre de dicha peña existe (...) una gran expla­nada que se siembra casi anualmente y en su contorno se ven las ruinas de una fortificación en otro tiempo inespugnable y que a pesar del transcurso de los años y de las injurias del tiempo conserva una solidez asombrosa. La fortaleza de la Peña de Martos fue construida por los calatravos hacia 1340, poco después de obtener la plaza. La propia crónica de Alfonso X nos da la pista de la fecha de

construcción de este castillo cuando dice, relatando el episodio de su defensa por la espo­sa de don Alvar Pérez de Castro, que a este tienpo non auie en Martos la fortaleza que agora y a. Es evidente que durante un cuarto de siglo Fernando III mantuvo el lugar sin alterar sus fortifica­ciones musulmanas y que cuando se la cedió a la Orden de Calatrava, ésta hizo construir el castillo que ahora estudiamos, de nueva planta, más fuerte y seguro que el precedente. El castillo de la Peña sólo es accesible por el este y aun así el visitante ha de invertir no menos de una hora de paciente escalada para alcanzar la sombra de sus muros. El castillo tiene forma aproximadamente trapezoidal, adaptada a la superficie de la meseta sobre la que se asienta. En el lado más largo del trapecio, se encuentra la torre del homenaje y las ruinas de una torre-puerta de planta cuadrada. El castillo se divide en dos recintos: alcazarejo y patio de armas. El alcazarejo, donde se levanta la torre del homenaje, aprovecha un po­dio natural que lo eleva unos tres metros por encima del patio de armas. Además está separado por un ancho foso, también natural. En el planteamiento general del castillo se echa de ver que los constructores aprovecharon al máximo la superficie de la meseta de la Peña y que trazaron los muros allí donde el desnivel del terreno era mayor y permitía la construcción de una muralla similar a un muro de contención, con el parapeto a nivel del patio de armas. En el lado del sur, que se asoma al impresionante precipicio de los Carvajales, bastó un simple parapeto del que apenas quedan restos. El número de torreones del recinto es escaso ya que las condiciones defensivas del lugar hacían innecesarias mayores defensas. A excepción de la torre cilíndrica esquinera, que es hueca, las otras, macizas, fueron construidas después de los muros, a los que sirven de contrafuertes. La torre del homenaje es rectangular y tuvo tres pisos cuyos escombros han colmatado el interior hasta la altura del segundo, pero es posible que la bóveda del primero siga casi intacta. Las esquinas son de sillería bien labrada, el resto de los muros, y el resto del castillo, de mampostería.


Moros , Cristianos y Castillos en el Alto Guadalquivir

Las entreplantas de la torre del homenaje se sostenían mediante bóvedas de medio cañón, de ladrillo, divididas por un mu­ro central y se iluminaban y ventilaban mediante saeteras altas. El muro del oeste es el de construcción más regular, con torreones espaciados a unos veinte metros. El aljibe y la posible alberca forman el conjunto más interesante de la fortaleza. El aljibe está formado por un triple cuerpo abovedado que descansa sobre arcos de medio punto, todo de ladrillo. Junto al aljibe existe una construcción en todo semejante a una alberca profunda y que, a falta de más datos sobre su uso denominaremos “la alberca”. En uno de sus muros presenta lo que parece ser un desagüe. Es de suponer que bajo la torre del homenaje existiera otro aljibe suplementario. El agua se acarreaba desde un manantial al pie del monte. En el segmento del muro oeste que discurre paralelo al aljibe se aprecia el cuidadoso enlucido de mortero que revestía los muros. La altura del muro por este sector alcanza unos cinco metros. En el muro norte existe un extraño bastión rectangular que quizá englobe los restos de un torreón del primitivo castillo musulmán. El irregular ensanchamiento de la muralla en este sector no parece obedecer a ninguna reforma posterior. La torre esquinera que une los lienzos este y norte de la muralla es la único hueca del recinto. En su interior hubo dos pequeños aposentos cubiertos con bóveda de ladrillo. Se accedía a la torre desde el patio de armas, por una puerta baja cuyo vano es todavía apreciable.

3.15. Castillo de Lopera. La encomienda y castillo de Lopera aseguraba a la marca calatrava de Martos una salida hacia el Guadalquivir En las guerras ci­viles entre Enrique IV y los rebeldes, el 14 de octubre de 1466, una tropa de sesenta jinetes y trescientos peones dieron sobre la villa de Lopera e entraron por las barreras y robaron y metieron a sacomano la dicha villa.

De estas barreras o murallas que protegían la villa sólo se ha conservado un torreón muy remozado. El castillo de Lopera, silenciado por las fuentes, ha te­ nido mejor fortuna que la muralla. Espinalt menciona su antiguo castillo extramuros, que debe ser el torreón reformado que citábamos más arriba, y su casa fuerte rodeada por cinco torreones y dos altas torres con los nombres de Santa María y San Miguel, con un oratorio en la primera. Madoz es inclu­so más conciso: un castillo con cinco torreones de tiempos de la dominación árabe. Romero de Torres (1914) describe el castillo y lo supone tomado a los árabes por Fernando III . El castillo de Lopera es un recin­to pentagonal que ocupa una considerable extensión en el centro del pueblo. El lado menor del pentágono, en cuyo centro se abre la puerta principal, tiene las esqui­nas protegidas por dos torreones cilíndricos algo más altos que el muro, de los cuales el de la izquierda presenta indicios de talud. El adarve presenta un parapeto almenado en tan buen estado que es dudoso que sea antiguo. Dos matacanes de ladrillo restaurados protegen la puerta y la delantera del torreón de la derecha. La entrada se hace por arco de medio punto cuyas jam­bas son fustes de columnas romanas. Esta entrada se encuentra sobrealzada unos setenta centíme­tros respecto al terreno circundante y se accede a ella por una suave cuesta semicircular cuidadosamente empedrada que añade cierta monumentalidad a esta fachada del castillo, por lo demás sencilla y bien proporcionada. Del torreón de la izquierda parte otro lienzo de muro en ángulo recto que va a parar a un torreón esquinero de planta cuadra­da cuya esquina presenta una cadena de sillares achaflanados. Entre este torreón y el correspondiente de la siguiente esqui­na del pentágono, media un largo lienzo de muralla, también almenado, muy rehecho, en cuyo centro se abre un portón mo­derno. De este torreón, de planta cuadrada y muy restaurado, parte otro lienzo de muralla que va a unirse a otra torre esquinera, de planta circular y con balcón amatacanado. Con ello tenemos cinco torreones correspondientes a los cinco segmentos del pentágono que forma la planta de este castillo.

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La disposición interior del recinto ha sufrido muchas alteraciones en diversas épocas y modernamente una voladura accidental, durante la guerra de 1936-1939. De traza medieval son las dos hermosas torres del homenaje, Santa María y San Miguel, mencionadas por Espinalt. Son de planta rectangular y sus sucesivas refor­mas han enmascarado la estructura interior, excepto la preciosa capilla cubierta con bóveda esquifada que existe en la llamada de Santa María. Esta torre tiene dos cuerpos y remate de parapeto almenado. En la parte central de cada uno de los lados destaca un balcón amatacanado. En merlones alternos vemos saeteras que llegan hasta el parapeto.

La torre de San Miguel parece contemporánea de su compañera pero no se aprecia el remate almenado porque está desmochada. La de Santa María tiene la entrada, por arco apuntado, al ni­vel del patio de armas. La de San Miguel al nivel de la primera planta. Todo el castillo está construido de mampostería en hila­das y mortero de cal. Por sus características nos parece cons­trucción cristiana de la segunda mitad del siglo XIII, aunque el lienzo que media entre los torreones cuadrados y el almena­do de casi todo el conjunto es fruto de reconstrucciones pos­teriores. El achaflanamiento de la esquina de las torres, para mitigar el efecto de la artillería, nos indica que el castillo sufrió reformas en el siglo XV.


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3.16. Castillos rurales. En la toponimia de la marca calatrava han quedado testigos del entramado de castillos rurales que protegía sus fuentes de riqueza: en el Cortijo Blanco, torre que mencionan documentos antiguos en el camino de Torredonjimeno a Porcuna, al pie del cerro Bulario; en la Torre del Corral, camino de Martos a Higue­ra de Calatrava; en el Cortijo de la Torre, camino de Martos a Vado Baena; en Torreblanca, a tres kilómetros al sureste de Santiago de Calatrava; la Torre, a un kilómetro al sur de San­tiago de Calatrava; el Castillejo, en el cerro vecino; la Torre y Torre García a un kilómetro de Martos, por el este. Otra Torre de Don García existe a seis kilómetros de Martos, camino de Fuensanta y, por el mismo camino, a ocho y diez kilómetros de Martos, respectivamente, en Torrevieja y Torre Algarrobo. Un molino del castillo está entre los de Susana y Víboras.

4. Defensas cristianas de Andújar. Ya hemos estudiado, en capítulos anteriores, el impor­ tante papel que le cupo a Andújar en la defensa y conquista del Alto Guadalquivir. Después del Pacto de Jaén (1246) y de la conquista del Bajo Guadalquivir, la importancia de Andújar decrece considerablemente con el definitivo asentamiento de fuertes guarniciones cristianas al sur de Sierra Morena y parti­cularmente con el establecimiento de la marca calatrava de Martos que actúa de poderoso aislante entre el alfoz de An­dújar y el territorio musulmán. Sin embargo, a pesar de su situación en la retaguardia cristiana, Andújar y su comarca guardan sus fuentes de riqueza mediante castillos rurales y fortificaciones urbanas.

4.1. Castillo de San Julián. San Julián es hoy un caserío y población de colonos si­ tuada unos cinco kilómetros al suroeste de Marmolejo, cerca del vértice, con dos islitas fluviales, del gran meandro que

describe el Guadalquivir. Por San Julián discurría la calzadaarrecife de Córdoba que remonta el Guadal­quivir. Este lugar estuvo muy poblado en época antigua. Ceán Bermúdez lo identifica con Sitia o Setia romana; Jimena Jurado con la Sitia de Plinio. Abundan restos de fortificaciones en tal estado de destrucción que es difícil fecharlas. En época medieval existió allí un castillo rural que persistía hacia 1644, cuando lo di­bujó Jimena Jurado con la anotación: junto al mismo río Guadalquivir, en su ribera meridional, casi a la mitad de camino que ay desde Marmolejo hasta la Aragonesa o Breta­ña esta una torre antigua y junto a ella una iglesia pa­ rroquial llamada de San Julián que es el nombre que también tienen la torre y cortijo. Es priorato anexo al de Marmolejo; esta quarto y medio de legua mas abaxo de Marmolejo . En el dibujo de Jimena Jurado vemos una torre de planta cuadrada con aparejo de sillería (quizá sillares romanos reutilizados) que parece cercada por un foso estrecho. La entrada en arco de medio punto está al nivel del suelo. En la fachada principal, que mira al Guadalquivir, aparecen dos ventanitas altas. La torre tiene remate almenado, con teja­ dillo piramidal sobre los merlones. Evidentemente se trata de una construcción cristiana, muy probablemente la torre del homenaje de un castillo rural.

4.2. Castillo de la Marquesa. Hoy es un cortijo situado unos cinco kilómetros al oeste de Marmolejo, al otro lado del Guadalquivir, en la cabecera de la Península que forma el gran meandro del río, cerca ya de la actual provincia de Córdoba. A poca distancia de este castillo discurría el ramal norte de la calzada-arrecife que remontaba la corriente bética. Frente a la Marquesa existen dos vados importantes: el del Camino Viejo o Puer­to Viejo y el de los Pajares. La Marquesa fue, hasta el primer tercio de nuestro siglo, un cortijo cabecera de una finca perteneciente a una familia que desciende de los conquista­dores de Arjona heredados por Fernando III.

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Reformas de épocas diversas y la instalación, en el si­ glo XIX, de una fábrica de aceite alteraron profundamente el edificio. A pesar de ello se observan los restos de una mota troncocónica de unos doce metros de diámetro cuya estructura fue alterada posteriormente de­bido a la adición de muros que recortaron su base hacién­dola cuadrada. Otros muros de fuerte mampostería en el espacio ocupado por la fábrica podrían ser medievales, así como el gran aljibe también de mampostería cubierto por bóveda de medio cañón de ladrillo y el pozo cercano. El primitivo castillo rural de la Marque­sa podía ser construcción cristiana del siglo XIII. Lo más interesante del

conjunto es la mota que probablemente sostuvo la torre del homenaje primero de ma­dera, luego de piedra, en un ángulo del recinto. Los castellólogos andaluces suelen ignorar los vestigios de fortificaciones de tierra que existen en nuestra región. Ello explica que se pierdan ejemplares tan magníficos como la mota que había a cinco kilómetros de Córdoba, junto a la antigua carre­tera Madrid-Cádiz. La mota fue destruida en 1980, pero su nombre perdura en una gasolinera vecina que se llama “El Montón de Tierra”. Otra mota de modestas propor­ciones había en el camino de Torredonjimeno a Arjona, pero hoy está disminuida por la labranza.


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4.3. Los Barrios. Hoy es un núcleo rural dos kilómetros al sureste de Andújar. Estaba estratégicamente situado sobre el ramal sur de la calzada-arrecife del Guadalquivir. No se observan ruinas antiguas en este lugar, pero es presumible que en el siglo XVII persistiera todavía algún tipo de fortificación medieval, quizá un castillo rural, puesto que Jimena Jurado le reservó el folio 176v. de sus Antigüedades.

5. Defensas cristianas de Arjona. 5.1. Arjonilla. Este pueblo, casi a medio camino entre Arjona y Andújar, estratégicamente situado en el camino de Andújar a Porcuna y dominador de una fértil comarca, era lugar de Arjona en épo­ca musulmana, aunque Sancho IV la enajenó para constituirla en señorío otorgándosela al arcediano de Úbeda, don Gonzalo Pérez. En 1293 éste la vendió a Arjona en cuyo poder permanecería hasta 1540. El castillo de Arjonilla se ha hecho famoso porque, según la leyenda, Macías el Enamorado sufría prisión en él cuando fue muerto por el celoso marido de su amada.

En 1905 el castillo formaba parte de una vetusta casa construida en los últimos años del siglo XVI o los primeros del siglo XVII que ha pertenecido siempre a la familia del Marqués Viudo de la Merced. Esta casa y lo poco que queda de la fortaleza se conservó gracias al celo de Manuel Vicente Parras, un arjonero que era el propietario del castillo a finales del XIX. Del castillo de Arjonilla, cuyo espacio queda hoy li­ mitado entre las calles Castillo y Trovador Macías, queda

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hoy una pequeña torre de planta cuadrada, llamada de Macías, y tres lienzos de muralla, dos de los cuales confluyen en la mencionada torre. La base de esta muralla se asienta sobre zócalo de roca natural y presenta un inicio de resalte. Es obra de mampostería cristiana del siglo XIII. La torre sin embargo es de sillarejo, con cadenas regulares de sillar reparadas con ladrillo. Tiene dos aposentos superpuestos independientes. Al inferior, hoy casi soterrado por eleva­ción del nivel del suelo, se accedía a través de arco de medio punto de ladrillo; al superior, donde dicen que murió Macías, a través de arco similar pero dovelado en piedra, que deja apenas un estrecho postigo. Esta cámara tiene am­plia ventana al exterior con bancos de piedra adosados al muro. Nos parece que es construcción cristiana de los siglos XIV o XV. Podría tener razón Espinalt cuando atribuye la última reconstrucción de la fortaleza a la Orden de Calatrava que recibiría el castillo durante el reinado de Juan II con la obligación de construirlo y poblarlo. En la casa palaciega que suplantó el castillo existe un interesante subterráneo tan sólidamente construido que po­ dríamos creerlo aljibe si no fuera porque sus dimensiones son excesivas para depósito de agua. Probablemente se trate de la única estancia conservada del castillo.

5.2. Higuera (antes “de Arjona”). De este lugar situado al noreste de Arjona, salieron las tropas de don Fadrique Manrique que derrotaron en Villanueva (hoy “de la Reina”) a los de Andújar partidarios del rey Enrique IV. Según Talero allí había un fuerte con no más de una torre. Jimena Jurado lo llama “la fuente de la Higuera”. En su tiempo todavía existía una fortificación. Probablemente se trataba de un castillo rural o fortín caminero musulmán (la vía de Jaén a Andújar, pasa por allí), luego aprovechado para castillo rural. De la fortificación no ha quedado rastro. La fuente persiste.

5.3. Hardon. A media legua al Septentrión de Arjona, entre ella y el Salado, hacia Andújar. Célebre en la crónica de Don Juan II, año 1443, cap. 43 y 44 y en la copla 198 de las Trescientas por la batalla que dieron en 1443 por Juan de Guzmán, hijo del Maestre de Calatrava y por los de Arjona, Martos y Porcu­na a Rodrigo Manrique, comendador de Segura y a los de Andújar. Aqui murió Juan de Merlo, alcayde de Alcalá la Real que avia venido en socorro de Juan de Guzmán. En Hardon quedaba todavía en el siglo XVII un castillo probablemente rural. Hoy no quedan restos medievales aunque se detectan algunos que parecen sugerir la existen­cia de un núcleo más antiguo.

6. Defensas cristianas del condado de Santisteban. Entendemos por Condado de Santisteban las tierras que ac­tualmente ocupan los términos de Santisteban del Puerto, Navas de San Juan y Castellar de Santisteban. Después del establecimiento de la frontera en las sierras subbéticas, al otro lado del Guadalquivir, lo que después sería el condado de Santisteban quedaba en una cómoda retaguardia de Castilla, bien protegido por las plazas fuertes de Úbeda y Baeza. Por lo tanto la fortificación se redujo a la erección de castillos rurales o señoriales.

6.1. Santuario de la Estrella. Al sur de Navas de San Juan se levanta el santuario de la patrona del pueblo, la Virgen de la Estrella. El camarín de la imagen está instalado en una torre cuadrada, de 6´20 metros de lado, de sillería, probablemente la torre del homenaje de un castillo rural fechable en el siglo XIV. Por fuera se aprecia que el edificio tuvo algunos vanos y saeteras, hoy cegados, así como parapeto almenado también cegado para construir el te­jado.


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6.2. Navas de San Juan.

6.5. Castellar de Santisteban.

Esta población ha sido identificada con la mansión Ad Horum de los Vasos Apolinares, sobre la vía de Levante. Probablemente esta estratégica posición impulsó a los cristianos a construir un cas­tillo en Navas, quizá en el segundo cuarto del siglo XIII, a juzgar por el vetusto aspecto de su torreón superviviente. Éste se encuentra embutido entre las casas de la calle Capitán Benet, cerca de la plazuela todavía llamada Plaza de Armas, que lo sería de la fortaleza.

De las defensas medievales de Castellar sólo queda una hermosa torre del homenaje medio ahogada por los edificios del entorno. Se trata de una torre de mampostería con ca-

El erudito local don Miguel Nieto estima que el castillo sin duda alguna pertenece al úl­timo tercio del siglo IX, ¡y quién sabe las veces que a los asaltos quedarían sus fosos repletos de musulmanes cuerpos! En fin. En 1914 Romero de Torres anota: el castillo está totalmente destruido. En una confusa fotografía de la época parecen adivinarse todavía dos torreones y el lienzo de muro intermedio. Hoy sólo resta el torreón cilíndrico de laterales rectos, similar al de Vilches (principios del XIII), o a los de la muralla de Ávila, aunque de más modestas propor­ciones.

6.3. Ero. Este castillo rural, de mampostería menuda, en el límite de los términos de Navas de San Juan y Santisteban, ha quedado reducido a una modesta torre de homenaje bastante maltrecha. Es de planta rectan­gular y alberga dos aposentos superpuestos que se comunican por escalera empotrada en el muro. En la primera planta se ob­serva una cubierta con bóveda apuntada. La entrada, al ni­vel del suelo, se hace por arco apuntado. Podría datarse en la segunda mitad del siglo XIII.

6.4. Aldeílla. En Aldeílla, término municipal de Castellar de Santiste­ ban, se conserva, en difícil equilibrio, un lienzo de muro de menuda mampostería, bastante similar a la de la torre de Ero. Podría corresponder a un recinto de­fensivo del siglo XIII.

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denas esquineras de sillarejo. Tiene planta cuadrada (10’10 metros de lado) y alberga dos aposentos. El inferior no tuvo comunicación ex­terior originalmente aunque luego se la abrieron para con­vertirlo en vivienda. El superior es de planta cuadrada (5’80 m. de lado) y se cubre con bóveda de media naranja de ladrillo. Originalmente, tuvo tres ventanas abiertas a otros tantos lados. En 1979 tiene perdida una de ellas cuyo hueco sirve de chimenea. La entrada queda al nivel del primer piso, al noreste, y desde su hueco parte una escalera empotrada en el mu­ro que conduce a la terraza hoy impracticable por haber recibido un tejado moderno. Examinando los edificios del entorno se echa de ver que otras partes del castillo subsisten embutidas en las casas y en el casino. Es notable una portalada de piedra que debió ser la entrada al castillo en época tardía. Olivares Barragán señala la existencia de una torre de traza árabe que debió ser de homenaje del castillo en el campanario de la parroquia. A nuestro juicio se trata de un campanario del siglo XVII.

6.6. Castillo de Consolación (o Espinosa). A unos cinco kilómetros al sureste de Castellar de Santisteban, en la loma de Montesinos, está la ermita de la Con­ solación, donde se venera la patrona del pueblo vecino. En este paraje observamos los restos de una torre del homenaje cuadrada (11’30 metros de lado), actualmente muy desmochada puesto que sólo alcan­za los 4’90 metros de altura. Se trata de uno de los más notables monumentos de arquitectura militar del reino de Jaén. Se accede a la torre por arco apuntado abierto al nivel del suelo, un poco sobrealzado. Este arco da a un corto pasillo adintelado que desemboca en otro transver­sal. En la pared frontera se abre una ancha saetera que comunica con el aposento bajo de la torre al que le daría la luz que se filtrase por la puerta. Al propio tiempo servía para vigilar la entrada y defenderla. El pasillo transversal franquea, a la izquierda, otra puerta (de la que se con­servan las quicialeras) y luego asciende a la planta superior por escalera de caracol. El tramo de la derecha conduce, con un giro

de noventa grados, al aposento bajo. En el techo del tramo del vestíbulo observamos una buhedera o buhera. Debe ser una de las pocas conservadas en castillos españoles. Los vestigios del aposento de la planta baja muestran que se cubría con bóveda de media naranja asentada sobre trompas.


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Es notable la complejidad del acceso de este castillo, que combina una serie de principios trabajosamente descubiertos por la arquitectura militar medieval, tales como la entrada acodada. Parece que esta torre es obra del siglo XIII tardío. Del recinto del castillo no ha quedado traza, aunque a juzgar por la explanada donde está situada la torre, pu­do gozar de un amplio patio de armas.

7. Defensas cristianas de Baeza. En 1226, Baeza había recibido de Fernando III un extenso alfoz. El rey encomendaba a Baeza el cometido de plaza fuerte fronteriza que Vilches había desempeñado hasta entonces (aunque ahora lo compartiría con Andújar). El alfoz de Baeza ocupaba el rectángulo comprendido entre el cauce del río Rumblar; el del Guadalquivir; Sierra Morena y, finalmente, por el este, una línea menos definida por los lí­mites de los términos municipales de Baeza, Rus, Úbeda, Arquillos y Navas de San Juan. La tierra de Baeza fue fronteriza durante veinte años, pero después la conquista empujó las lindes de Castilla hasta el Sistema Subbético y Baeza quedó aislada en la retaguardia cristiana. Fernando III rompió ese aislamiento en 1243 cuando concedió a la ciudad los castillos y lugares de Huelma y Bélmez en una franja de terreno, al sur del Guadal­quivir, que ponían nuevamente a Baeza en contacto con el moro. No era más que un estrecho pasillo, de una decena de kilómetros, entre las tierras de Jaén y las de Jódar, señorío que ocupaba casi todo el territorio inicialmente asignado a Baeza al sur del Guadalquivir, pero era suficiente. El plan de Fernando III era que a la muerte de Sancho Martínez de Jódar, el señorío retornara a Baeza. De hecho había estipulado en 1243 que los castillos de Cuadros, Chincoya y Ablir volvieran al concejo de Baeza cuando muriese Sancho Martínez de Jódar. El infante don Sancho otorgó Jódar a Baeza en 1283, pero nuevamente el proyecto quedó sin realizar. El contencioso entre el arzobispo de Toledo y el obispo electo de Baeza sobre cues­tiones jurisdiccionales aconsejó el mantenimiento de esta isla señorial que casi estrangulaba el contacto de Baeza con la fronte­ra.

7.1. Baeza. Baeza está situada sobre un cerro de la Loma de Úbeda, a una legua del Guadalquivir y libre a la influencia de todos los vientos. Por su estratégica posición constituye, con Úbeda, la plaza fuerte de este tramo meridional de Sierra Morena. Parece que las fortificaciones musulmanas de Baeza arrancan del núcleo fortificado que el wazir de Jaén, Haxen ben-Abdelaziz, levantó en 886. Durante la rebelión muladí, el caudillo rebelde ´Umar ben Hafsun condujo a Baeza, hacia 890, a su prisionero, el general Ibrahim b. Jamir, y conquistó la plaza mediante engaño. La ciudad permanecería en manos del re­belde hasta 910. Alfonso VII de Castilla conquisto Úbeda y Baeza a los almorávides en 1147 como primer paso para apoyar la conquista de la cuenca del Gua­diana Menor, con las miras puestas en el puerto de Al­mería. La ambiciosa empresa del castellano fracasó debido a la reacción de los almohades que tomaron el relevo de los declinantes almorávides y, en 1157, Baeza volvió al poder africano. Sin embargo, al año siguiente, el caudillo almorávide ibn Mardanish aún tuvo fuerza para arrebatarla a los almohades. Yusuf I (1163-1184) fortificó seguramente Baeza, como hizo con otras importantes ciudades de al-Andalus. El 21 de julio de 1212, tres días después de la batalla de las Navas de Tolosa el ejército cristiano encontró Baeza desguarnecida y abandonada porque su población se había refugiado en la vecina Úbeda, me­jor fortificada. Es posible que a la hora del pánico otras consideraciones además de las militares influyeran en el abandono de Baeza. De hecho su recinto fortificado se mos­traría capaz de resistir el asedio castellano unos meses más tarde, en noviembre de 1213. En 1225 uno de los pretendientes al califato de al-Andalus, Muhammad Abdala el Bayasi, obtuvo ayuda militar de Castilla a cambio de ciertas contraprestaciones que exigieron la entrega en prendas del alcázar de Baeza a una guarnición cristia­na. El maestre de Calatrava, Gonzalo Ibáñez, se hizo cargo de la fortaleza en nombre de Fernando III.

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Poco tiempo después, al-Bayasi fue asesinado por los suyos y Castilla retuvo el alcázar de Baeza, lo que obligó a sus moradores a abandonar la ciudad, a finales de 1226. Hacia 1228 comenzaron a repoblar Baeza colonos cristianos traídos del norte. Al año siguiente se nombró el primer obispo de Baeza, don Domingo, y en 1231 se señalaron sus términos: el Rumblar, el Guadalquivir, el Muradal, Torres, el límite con Jaén, y la sierra de Bedmar y Jódar hasta el río Jandulilla. La delimitación con Úbeda se hizo en 1236 y los lími­tes entre la diócesis de Baeza y archidiócesis de Toledo en 1243. El término de Baeza incluía las siguientes aldeas y castillos: Begíjar, Lupión, Ibros, Rus, Canena, El Mármol, Vilches, Arquillos, Spelunca-Giribaile, Castro, Tolosa, Molosa y Fe-

rral, Torre de Martín Malo, Baños, Bailén, Linares, Jabalquinto, Tobaruela, Estiviel, Cazlona, Turbula y Cortinas. Además se le asignaron Huelma y Bélmez, para cuando se ganasen a los moros. Como toda ciudad musulmana de cierta importancia, Baeza estaba provista de tres recintos sucesivos de fortificación (castillo, alcázar, recinto murado). El alcázar de Baeza correspondía a la alcazaba o barrio al­to fortificado donde, en época musulmana, se concentraban la mezquita, la alcaicería y el núcleo residencial de la nobleza local. Fernando III repartió las casas de este barrio en­tre los caballeros que participaron en la conquista y, además, les concedió exención de tributos que su hijo Alfonso X mantendría en 1272: todo home que tuviese casa poblada dentro del


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Alcaçar de Baeça que non peche en ningun pecho sin non fuere en las labores de los muros e de las torres de la villa.

antigua fortaleza no era más que un enorme solar asomado al Guadalquivir.

En 1368 el rey de Granada, aliado de Pedro I de Castilla en su lucha contra el bando rebelde de Trastamara, puso cerco a Baeza defendida por Ruy Fernández de Fuenmayor. En el asalto, que fue rechazado, los musulmanes llegaron a dominar la torre de la muralla llamada de los Escuderos, al sur, junto a la puerta de Granada o Puerta de Bedmar.

El entusiasta castellólogo Jimena Jurado escribió estas melancólicas líneas: assi se derribo y echo por tierra hasta los cimientos con que acabó aquella Fortaleza, que labró el Rey de Baeça Mahometo Abentothba pocos Años después de la Pérdida de España con las piedras de la Ciudad de Cástulo, como escribe Abulcacin Tarif Abentarique. Con la qual piedra des­pués se labró gran parte de la Iglesia Parroquial de San Andrés de esta Ciudad de Baeça.

Según Argote de Molina, la puerta del Barbudo recibía su nombre en memoria de don Martín Yáñez de la Barbuda, maestre de Alcántara, que salió por aquella puerta, antes llamada de Baeza, en la fatídica cabalgada contra los moros de 1394 en que fue muerto. En 1407 los moros sitiaron la ciudad durante tres días contentándose con quemar los arrabales. En 1442, durante las guerras civiles entre Juan II y su nobleza, un intento de asaltar el alcázar de Baeza fue rechazado. En 1466 el condestable Iranzo quiso apoderarse de Baeza y aunque logró quemar y abrir la puerta de la Azacaya e invadir la ciudad, el alcázar se le resistió obligándolo a abandonar lo conquistado. Un nuevo asedio, en agosto de 1475, que se prolongaría durante once meses, consiguió la rendición de la ciudad, aho­ra partidaria de la Beltraneja. Baeza se entregó por sometimiento del maestre de Calatrava, Rodrigo Girón, a los Reyes Católicos el primero de agosto de 1476. En un primer momento, los Reyes Católicos dispusieron la demolición del alcázar pero revocaron la orden cuando el concejo de la ciudad intercedió ale­gando que, sin su alcázar, Baeza quedaba indefensa frente a los moros. Sin embargo, al año siguiente se produjo algún alboroto entre los partidos nobiliarios de la ciudad: un grupo de rebeldes, entre los que se contaba Jorge Manrique, entró por la puerta del Barbudo con intención de tomar el alcázar y aunque fueron derrotados y capturados frente a la puerta de los Cueros, los Reyes Católicos aprovecharon el alboroto para ordenar de nuevo el arrasamiento del alcázar y esta vez la orden se cumplió puntualmente, tanto que, hasta hace poco, el asiento de la

Jimena Jurado dedujo de una inscripción que la iglesia del alcázar de Baeza, edificada sobre la anterior mezquita mayor, se asentaba sobre el solar de un templo romano dedicado a Júpiter. Ponz se limita a anotar que la ciudad hubo de tener murallas fortí­simas como se reconoce por lo que queda de ellas. Madoz (1845) escribe: la rodeaban dos órdenes de murallas flanqueadas por fuertes torres; pero en el día aparecen arruinadas, no conservándose en el recinto interior más que algunos torreones, de los cuales el principal es el llamado de los Aliatares, situado en la plaza de la Leña y en el esterior varios trozos de cortinas y baluartes que van desapareciendo paulatinamente; dos hermosas puer­tas denominadas de Córdoba y Úbeda y el arco que llaman de Baeza. El primer investigador moderno que se ocupa de las for­ tificaciones baezanas es Cózar Martínez, cuya descripción seguimos. La alcazaba se extendía de este a oeste y tenía su principal acceso en la Puerta de los Cueros, orientada al norte y otro secundario, la del Campo o Postigo, al sur. Esta se comunicaba con la de Bedmar, del recinto exterior, por la que se salía al campo (disposición idéntica a la de la alcazaba de Arjona). Esta puerta se de­nominó del Conde, desde la reconquista y posteriormente Arco de San Benito. Frente a la puerta principal de la alcazaba se extendía una plaza, conocida después por el Llano de las Cruces (cuando se llenó de cruces votivas, siglos después). En el pequeño espa­cio que separaba la alcazaba del recinto exterior no había más que algunas casas y la mez­quita, luego reemplazada

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por la iglesia. Estos edi­ficios limitaban con la puerta y torres del Lobo, por bajo, al noroeste de la alcazaba. La Puerta de Jaén se abría al este, donde hoy está la casa del Pópulo. Era doble, con una torre abierta al este y otra al oeste a una distancia de ochenta metros dejando en medio la plaza de armas de las Atarazanas. La puerta del oeste se abría en la monumental torre de María Antonia, un verdadero castillo formado por dos espaciosos reductos unidos por una plaza de armas. La muralla continuaba hacia el oeste desde una esquina de esta puerta hasta la torreada Puerta del Lobo; en este tramo de muralla, de unos cuatrocientos metros, había tres to­rres entre ellas la de las Doncellas, más alta e imponente. Los pilares de la Puerta del Lobo, formados por salientes de la gruesa muralla, se conservan. Desde este punto sigue el muro en dirección sur, con dos torreones. En el sector sur de la muralla, de más de un kilómetro de longitud, se conservan lienzos de muralla y ocho torreones, entre ellos el del Corregidor, hasta la Puerta de Bedmar, enlace con el doble muro de la alcazaba. En la puerta de Bedmar arrancan los seiscientos cuarenta metros restantes de la muralla del sur, con cinco torres, entre ellas la del Canónigo excelentemente conservada. La muralla torcía al noroeste hasta la puerta del Postigo de la que salía un lienzo de muro de veintiún metros, que aún hace esquina, para torcer de nuevo y formar el Torrito, un castillo propiamente dicho o tercera línea de defensa. El Torrito, era una fortaleza de unos ciento quince me­ tros de longitud por veinte de ancho, de dobles muros; sus extremos estaban guardados por las torres del Postigo, sobre la puer­ta de su nombre, y por la que se apoyaba en la de Úbeda con sus tres arcos de salida, dos externos y uno interior, formando un cuadro que constituía otra plaza de armas. En la puer­ta de Úbeda se colocaron los arcos del emperador Carlos V. La muralla continuaba en dirección norte desde el Torrito, paralela a las Barreras, o antemuro, hasta la esquina

de la torre de los Aliatares; en este sector se contaban tres medianos torreones, y entre el último y la ex­presada torre estaba la puerta de Zacaya (Azacaya). La torre de Aliatares, llamada así en memoria de una familia árabe, era la más fuerte del recinto, a la vez que servía de apoyo al antemuro que abarcaba desde el cuerpo de la torre hasta la puerta del Barbudo, cerrando el solar de la iglesia de San Juan. De la puerta del Barbudo seguía la muralla hasta el torreón de la imagen del Cristo del Cambrón; yendo a morir un poco más lejos en el muro alto que arrancaba del arco de la primitiva puerta de Jaén. En conjunto, las murallas de Baeza medían dos mil quinientos veintinueve metros. Si queremos observar hoy los vestigios de este recinto podemos comenzar por la Puerta de Jaén, seguir por la calle del conde de Romanones, donde se abrían las puertas del Rastro, Barbudo y Azacaya, girar luego por la calle Barbacana hasta la torre de los Altares o Aliatares, torcer por la antigua calle Barreras, hoy del Obispo Narváez, donde se abrían las puertas del Cañuelo y Úbeda; seguir por la calle de Puerta Requena donde es­taba la puerta de Quesada y, recorrer luego el llamado Paseo de las Murallas o del Obispo que bordea el escarpe del cerro por toda esta parte y va a unirse, por la calle de las Carnicerías, a la Puerta de Jaén. En este largo tramo se abrían las puertas de Granada, del Pos­tigo (dos) y la del Conde de Haro que era comunicación de la alcazaba. El castillo y alcázar fueron arrasados, como vimos antes, por los Reyes Católicos. Con ello el recinto quedó reducido a la muralla exterior, que sufriría a su vez las agre­siones del ensanche de la ciudad en el siglo XVI-XVII, cuando muchos baezanos regresaban ricos de América y se construían palacios. La puerta de Jaén fue demolida para rehacerla, aparatosa y teatral, como un monumento a la victoria de Car­los I en Villalar (1521). La barbacana que venía del alcázar desapareció por completo en el ensanche y sólo se respetó la puerta del Barbudo y fragmentos de muralla de su sector en los que se apoyan las casas. La torre de los Aliatares fue también


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respetada pero sufrió profundas reformas que altera­ron su traza primitiva. Por el norte persistie­ron la Puerta de Úbeda y un trozo de muralla torreada en la calle Puerta Requena, casi oculta por las casas. En todo el pintoresco paseo de la muralla donde, por razón de la existencia del escarpe del cerro, la ciudad no podía exten­derse, tampoco se ha conservado gran cosa de las defensas: apenas algunas hileras de piedras que ahora servían de muro de contención del paseo y que últimamente ni siquiera se pueden admirar, ocultas por una fila de pinos que, cuando alcancen mayor desarrollo, ocultarán también la espléndida vista sobre el surco del Guadalquivir -como un alfange roto- que disfrutaba Machado en sus solitarios paseos. En el plano de Jimena Jurado se observa que el recinto murado de Baeza tenía cincuenta y tres torres o torreones, incluyendo la de los Aliatares, a las que habría que sumar otras seis del alcázar que no existían ya. De las puertas de la muralla vemos que las del Rastro y Barbudo, la Azacaya, la Cañuelo y la de Úbeda eran dobles y el resto sencillas. En las puertas dobles observamos una curiosa disposición: la puerta propiamente dicha se integra en la línea de la muralla como una puerta sencilla. Para convertirla en doble se le añade un corral extramuros (Azacaya) o intramuros (Cañuelo, Úbeda). De este modo se consigue que el acceso atraviese un patio intermedio, rodeado de adar­ves y que, además, la entrada sea desenfilada o en recodo, excepto en el caso de la Puerta de Úbeda cuyas dos partes se enfilaban. El resto de las puertas de ingreso sencillo podría co­ rresponder simplemente a postigos de importancia secundaria, fácilmente tapiables en caso de asedio. De otro modo no se entiende que la cerca tuviese nueve o diez en­tradas. En cualquier caso algunas serían postigos tardíos. Parece evidente que la primitiva muralla de Baeza, dotada de ingresos rectos y sencillos, fue remodelada y dotada de puertas dobles y desenfiladas, seguramente por los almohades, que fueron los introductores de este sistema. La puerta de Úbeda, única en la que podríamos basar nuestras conclusiones, parece una tardía obra cristiana.

La anomalía de la construcción del corral que duplicaba la puerta Azacaya extramuros de la ciudad podría tener una explicación lógica. Quizá no pudieron hacerlo intramuros porque algún edificio importante lo impedía. Con ello triplicaron la extensión del adarve potenciando las posibilidades de escalada del atacante pero, a pesar de todo, se sintieron compensados por la mejora. Es revelador que el condestable Iranzo asaltara la ciudad por este sector en 1466. El asalto musulmán de 1368 se produjo por la zona de la torre de los Escuderos, entre las puertas de Quesada y Granada, en un punto menos defendido de la cerca, allá donde el escarpe natural del cerro es menos pronunciado pero donde todavía las defensas no eran tan potentes como por la parte más llana del norte o el oeste. La puerta del Barbudo, cubierta con bovedilla de medio cañón, podría fecharse en el siglo XIII. Es casi un postigo horadado en la muralla, sin restos ni trazas de haber tenido reparos ni quicialeras. En el plano de Jimena Jurado comprobamos que, en realidad, salía al antemuro, lo que podría justificar su aparente indefensión. La Puerta de Úbeda es, tal como la vemos hoy, sólo media puerta puesto que la original era doble. Está defendida por una hermosa torre de mampostería con cadenas de sillar. Es una construcción cristiana de finales del siglo XIII o de principios del XIV. Los fragmentos de muro conservados en Baeza revelan una superposición de épocas constructivas que se manifiesta en los distintos espesores del cemento usado para unión de los mampuestos y sillarejos e incluso el tipo de hiladas en que éstos se disponen. Por la puerta de Úbeda observamos un cuidadoso uso de sillarejo de reducidas dimensiones y minucioso ripiado. En la zona del Barbudo, por el contrario, el mampuesto es poco trabajado y la ripiería muy basta, similar a la que ya hemos observado en otros monumentos del siglo XIII. Los escasos restos observables en la zona donde estuvo el alcázar, en el borde del escarpe, parecen corresponder más al tipo de sillarejo de la puerta de Úbeda que al mampuesto

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de la del Barbudo. Nos queda la duda de si este tipo de sillarejo corresponderá a la época constructiva más antigua, es decir, a la musulmana, a pesar del aspecto más bien posterior del entorno de la puerta de Úbeda. En cuanto a la organización de la vela y defensa de este recinto murado, observamos una racional división: cuerpos de guardia alojados en bastiones independientes tenían asignada la vigilancia de cada sector de la cerca, a veces sobre la fórmula del homenaje por caballeros que designaba el concejo. En 1142 se designan alcaides para la torre de los Aliatares, la puerta de Jaén y la del Postigo. Día Sánchez de Carvajal, alcaide del alcázar y de la ciudad, supervisaba estos encargos. La puerta de Úbeda y su sector alojaban a su guarnición en el Torrito.

7.2. La marca baezana. En la marca baezana podemos distinguir una población fronteriza fortificada, Torres, y una serie de castillos rurales a través de los cuales se organiza la explotación, repoblación y vigilancia del territorio (Jimena, Recena, Jarafe).

7.3. Torres. En su sector central la frontera jiennense discurría por las Sierras de Almadén y Mágina, dos crestas rocosas pa­ ralelas que discurren de suroeste a noreste y dejan solamente cuatro portillos o vías de comunicación. La prin­cipal de estas vías utilizaba la cañada resultante entre las dos cadenas y luego proseguía hacia el norte en dirección a Bedmar por el Barranco del Mosquito y el cauce del río Bedmar. El paso estaba vigilada por el torreón de Cuadros, al norte, y por el castillo estratégico de Matabejid, al sur. La segunda vía, alternativa de la anterior, bordeaba el cerro Cárceles (2.052 m.) en la sierra de Almadén, y continuaba por el arroyo de Prado Melgosillo y el pie del Monte Agudo (1.683 m.) para salir al castillo de Albanchez o, por el este, al de Torres. La tercera vía remontaba, como las otras, el valle entre las Sierras Almadén y Mágina hasta que la de Almadén se

escindía en la cabecera del arroyo de los Prados, entre las vertientes de Almadén propiamente dicha y la de Cárceles. Por aquí discurría un camino que atravesaba la sierra y luego torcía hacia el norte y por el arroyo de Aguas Blancas iba a con­fluir en el último tramo de la segunda vía citada, la que bordea Monte Agudo por el este para salir a Torres. La cuarta vía bordeaba la sierra por el sur. La primera vía citada era vigilada por el seño­río de Jódar, las tres restantes correspondían a Baeza. De ellas la segunda y la tercera iban a salir al castillo de Torres, la cuarta pasaba a tres kilómetros de él. El valor estratégico del castillo de To­rres es evidente. El castillo de Torres se alzaba sobre una cortada rocosa en la Sierra Vieja (888), que es el extremo del piedemonte suroeste del macizo de Aznaitín de Albanchez (1.740 m.). En el piede­monte sureste se alzaba el castillo de Albanchez. Las dos for­talezas guardaban además el paso que queda entre los montes Aznaitín (1.740 m.) y Agudo (1.683 m.). Parece que la población de Torres es de origen cristiano y que surgió en torno al castillo instalado allí para guardar el paso. En 1463, los atajadores de Torres persiguieron en vano a unos almogávares moros que habían robado sesenta vacas de los términos de Jaén y las conducían a Cambil. Al año siguiente el Maestre de Calatrava, del bando rebelde, se vino de Torres a Begijar para preparar la toma de Úbeda, ciudad que permanecía fiel al rey. En 1501 el inventario de las armas de la fortaleza de Torres incluye: dos lombardas, seis piezas menores, veinticuatro espingardas, treinta y dos ba­llestas de acero, pólvora, azufre, balas, seis lanzas, doce dardos, doce pares de corazas y doce cascos. Es evidente que el castillo estaba bien pertrechado y que su guarnición normal no excedía los doce hombres. La fortale­za fue abandonada poco después, inútil como era tras la toma de Granada, y las casas del pueblo fueron construyéndose a expensas de sus muros. Carlos V otorgó el lugar por señorío a la casa de los Cobos. En tiempos de Espinalt pertenecía a la marquesa de Camarasa. En 1914, el castillo había desaparecido por completo viéndose todavía algunos fuertes murallones sobre los que se han construido buen número de casas.


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Lo que subsiste hoy del castillo son algunos restos de muros de mampostería que han escapado a la piqueta por estar materialmente colgados sobre la cortada que cobija el parque. Podrían corresponder a la segunda mitad del siglo XIII.

7.4. Castillo de Jimena. Este castillo estaba situado al norte del Aznaitín, frente a Baeza de la que sólo la separaban quince kiló­metros, con el foso natural del Guadalquivir por medio. Jimena controlaba el importante camino que enlaza con los de la cuenca del Jandulilla y sistema subbético. Desde Jimena el camino acompañaba el curso del río Bedmar en dirección norte y, después de atravesar el Guadalquivir, remontaba la loma del arroyo Fanegas para llegar a Baeza. El castillo de Jimena dista cuatro kilómetros del de Garcíez al que reemplaza a partir del siglo XIII. Después de que los almohades arrebataran Garcíez a Martín Gordillo, los cristianos advirtieron la necesidad de sustituir la vieja fortaleza musulmana por otra más moderna y defendible y edificaron la de Jimena. Esto explicaría la completa destrucción de Garcíez, que demolerían para evitar que se convirtiera en padrastro de Jimena. Además, el desplazamiento de este punto estratégico vendría dado por la necesidad de controlar la ruta que, procedente de la cuenca del Jandulilla, bordeaba la estribaciones septentrionales del Aznaitín en busca de los llanos de Mancha Real. En 1364 Jimena era señorío de Ferranz Rodríguez. De éste pasó siete años después a María Gracía de Godoy, mujer de Sancho Díaz de Torres, adelantado de Cazorla. A finales del XIV (1397), era ducado de Ruy López Dávalos. En fecha indeterminada, después de 1401, fue conquista­ do por los musulmanes, en cuyo poder permaneció hasta 1431 en que Pedro García de Herrera consiguió conquistarlo por sor­presa, con escalada nocturna. Parece que los moros lo recuperaron al poco tiempo y volvieron a perderlo en 1457, ganado por Enrique IV que lo otorgó a la Orden de Calatrava

en cuyo poder permaneció unos años. En 1462 el rey lo otorgó en señorío a don Beltrán de la Cueva. En 1465 Iranzo, campeón del bando realista en el reino de Jaén, atacó Baeza con la esperanza de arrebatársela a los rebeldes y pasando cerca de Jimena salió el comendador de Sabiote que estaba en ella a escaramuzar. El incidente ter­ minó con el apresamiento por Iranzo de algunos peones rebeldes. Carlos V concedió Jimena a Francisco de los Cobos. En tiempos de Espinalt pertenecía al marqués de Camarasa. La relación enviada a Felipe II en 1578 dice: dentro de la villa hay un castillo e fortaleza que por el paresce ser muy antiguo e non se alcanza a saber al presente en que tiem­po fue fundado ni quien fue el fundador. E que se tiene por cierto que se gano de los moros poco tiempo después que se ganó la ciudad de Baeza dellos. Por la misma relación sabemos que la villa no tenía cercas y que su castillo con una sola torre que no es muy fuerte y esta labrado parte de piedra de cantería y parte de tapiería. Y el dicho castillo es pequeño. En esta torre se había instalado un molino de aceituna. En el término desta villa donde dicen la Fuente del Mo­ ro questá media legua desta villa hay rastros de un castillo derribado que se dice castillejo de la Fuente del Moro, de ruin edificio de tapiería sin haber cosa notable. No debe ser el que señala Madoz al Oeste del pueblo sobre una peña colorada, propio del marqués de Camarasa. Del castillo de la Fuente del Moro quedan escasos res­tos en el piedemonte este del Aznaitín, en el antiguo camino que va de Albanchez a Jimena. Parece castillo rural de construcción cristiana, posiblemente fundado sobre un castillejo musulmán preexistente que le pudo dar el nombre: Fuente del Moro. Si este castillejo vigilaba en época musulmana el paso del Aznaitín, podría­mos concluir que el establecimiento de Jimena dejó obsole­tos a los castillos de Garcíez y Fuente del Moro unifican­ do en un punto único las labores de supervisión y vigilancia que antes cumplían por separado estas fortalezas. En 1914, Romero de Torres anota la existencia de algunos muros y un arco que debe pertenecer a la fortaleza. Este

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arco es el que se llama del Concejo, una sólida obra cubierta de bóveda de medio cañón que sería la entrada de la fortaleza, en cuya torre del homenaje se apoya. El único resto destacable del castillo de Jimena es su torre del homenaje. Algunos vestigios de muros muy disimulados por el caserío parecen pertenecer a la misma época. La torre del homenaje es un hermoso ejemplar de planta cuadrada (8’36 metros de lado) y unos veinte metros de altura. Esta construida de mampostería regular, con cadenas esquineras de sillarejo. Es construcción cristiana probablemente de finales del si­glo XIII o de principios del XIV.

7.5. Castillo de Recena. Este castillo rural está situado a unos siete kilómetros al noreste de Mancha Real, sobre un peñón que lame el río Torres, en el fondo del anfiteatro montañoso que forman los cerros de Cabezagorda (609 m.), la Mata (668 m.) y Martín Dientes (650 m.). El castillo guarda el cruce de dos caminos antiguos: el que discurría de noreste a suroeste del Vado de Mazuecos sobre el Guadalquivir hasta la zona de Mancha Real, y el que iba de sureste a noroeste siguiendo el curso del río Torres, en dirección al Guadalquivir y Baeza.


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Para llgar a Recena se toma la carretera de Mancha Real a Jimena, y, pasado el kiló­metro nueve, un carril agrícola que sale a la izquierda. A unos dos kilómetros de distancia este ca­rril cruza una llanura en la que existe una gran era empedra­da, cuadrada. Junto a la era sale, por la derecha, un carril que desciende hacia el río Torres y que conserva restos de empedrado antiguo. El castillo de Recena está a unos trescientos metros, asomado al río. Baeza recibió Recena de Alfonso X el 20-II-1254. En 1329 el concejo de Baeza defiende las salinas de Jarafe y Recena que desde tiempo atrás le habían sido concedidas por privilegio real. En 1434 dos delegados del Con­cejo solicitaron del rey este castillo y el de Begijar que eran desta ciudad y estava desposeida dellos; a Recena tenía el Condestable. En 1340 se menciona la atalaya de Recena en un pleito de amojonamiento por los valdíos del Guadalquivir. En tiempos de Jimena Jurado era propiedad del marqués de Camarasa, de la casa y linaje de los Cobos de Úbeda, después de haber pertenecido, durante el siglo XV, al marquesado de las Cuevas, junto con otras villas y castillos baezanos del Sur del Guadalquivir. Recena, en el centro de la vega del río Torres, está en excelente posi­ción para encabezar un núcleo agrícola autosuficiente, con huerta, pastos, frutales, tierra calma, agua, sal y un molino cuyos restos se ven al otro lado del río. La abundancia de cerámica romana testimonia la antigüedad del lugar. El solar está ocupado por un cortijo, cuya ampliación., en los años cincuenta, requirió la voladura de lo que quedaba de la antigua fortaleza, una acción en la que gastaron toda la pólvora de España, como recordaba un campesino que la presenció. Del castillo quedan escasos vestigios. El más revelador es un muro de mampostería regular que remata en cadena esquinera de sillarejo. El muro alcanza 1’80 metros de ancho y está relleno del consabido núcleo de piedras sueltas y barro, seguramente obra cristiana de la segunda mitad del siglo XIII.

7.6. Castillo de Jarafe. Unos cuatro kilómetros al norte del castillo de Recena, donde el río Torres discurre por el suave valle que forman la Loma del Caballo y el Cerro Tosco (496 m.) está Jarafe, un lugar y castillo que Alfonso X concedió en 1269 a los treinta y tres caballeros pobladores del alcázar de Baeza. Para llegar a Jarafe se toma la carretera de Jaén a Baeza y, pasado el kilómetro veinticuatro, una desviación a la derecha que, tras dos kilómetros y medio de carril agrícola, conducen al cortijo de Jarafe, un lugar que ha estado poblado desde época iberorromana.

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El único resto observable del Jarafe medieval es una extraña torre del homenaje de planta pentagonal aunque, vista más de cerca, se advierte que el planteamiento inicial era una torre cua­drada de 11’90 metros de lado, posteriormente alterada por achaflanamiento de su ángulo suroeste. Actualmente alberga un palomar que recientemente han cubierto por te­jado a cuatro aguas, y sus anchas almenas están cegadas. El acceso actual de la torre, por su lado norte, parece moderno. La puerta original, que está tapiada, se abría a la altura del primer piso, 2’60 metros por encima del nivel del suelo. El hueco, de 1’90 metros de altura por 0’85 metros de ancho, está adintelado con una sola piedra aliviada por la descarga de un arco de medio punto de dovelas irregu­lares. En los sillares del cadenamiento angular se observan dos marcas de cantero. La torre es obra sólida de mampostería regular, aunque por el sur muestre modernos refuerzos de hierro. Recena parece obra cristiana del siglo XIV, rehecha poco después con sus propios materiales. El paso de planta cuadrada a pentagonal pudiera deberse a una extensiva reparación.

7.7. Cantera de Franco. Es una diminuta aldea de unas diez casas, en la zona de Arroyovil, no lejos del castillo de Recena. En este lugar existen tres hornos de yeso y una cantera del mismo material. En una cresta rocosa que las demoliciones de la cantera han respetado hasta ahora (1980), se ven restos de endeble forti­ ficación de yeso y guijarros en lugar de dificilí­simo acceso. No es más que un parapeto sobre el muro natural. A él se accedía por escalera tallada en la roca. El asentamiento de este castillo rural es imposible de reconstruir porque la cantera ha comido gran parte de su base y presumiblemente acabará haciendo desaparecer los escasos restos que hoy per­duran. Por los materiales y planteamiento pudiera ser una obra de la misma época que el castillejo de Peñaflor o el de Torremocha.

7.8. Castillo de Ninchez. Ninchez es hoy un grupo de cortijos situado a tres kiló­ metros al sur de Vado Mazuecos, del Guadalquivir y a la orilla del río Bedmar que va a rendirle aguas. Dista de Baeza once kilómetros. En época medieval este segmento final de la vega del Bedmar estuvo muy bien poblado de castillos: Garcíez, más al sur, a tres kilómetros de Ninchez; Fique, a dos kilómetros, al sureste; Jimena, siete kilómetros al sur y Bedmar, trece kilómetros al sur. La primera mención histórica de Ninches data de 1283, en tiempos de la guerra entre el infante don Sancho y su padre el rey Alfonso X. Una algara de las tropas marroquíes que ayudaban al partido del rey llegó hasta el castillo de Ninches que hoy es de don Rodrigo de Quesada, a quien la historia del rey Alonso llama Terminches. En 1296 pasó a la Orden de Calatrava. En el siglo XVII Ninches era parte del Condado de la casa de Quesada que también incluía Jimena y Bedmar. Jimena Jurado lo incluyó entre los que proyectaba dibujar. Dice este autor que había una tabla de mármol blanco empotrada al pie de la torre de Ninchez, y dibuja otra que sirve de escalón para subir a la torre de Ninchez. Hoy es un cortijo grande y antiguo, cuadrangular, en parte colocado sobre un podio rocoso en el que se ven los fundamentos del antiguo castillo, especialmente en la parte que correspondería a su torre del homenaje, que destaca sobre una roca algo más alta.

7.9. Baños de la Encina. Esta antigua fortaleza califal se describió páginas atrás, al igual que su compañera de Tolosa o Navas de Tolosa. El castillo de Baños de la Encina aparece por vez primera en las crónicas cris­tianas con ocasión de su conquista por Alfonso VII en 1147. En 1155, Alfonso VII otorgó “Balneum” a su vasallo Abdelaziz de Baeza. Evidentemente los almohades recuperaron este castillo a la muerte de Alfonso VII.


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En 1212, a los pocos días de la batalla de las Navas de Tolosa, Castilla ganó de nuevo esta fortaleza. Posteriormente la tuvieron el arzobispo de Toledo y la Orden de Santiago. En 1246 el concejo de Baeza señaló sus términos. El des­linde iba por el Guadalmazar, por la torre de la carrera de Vilches que tenía poblada Domingo Ibáñez, por Tolosa, las Canalejas y el Rumblar. Se le asignó la nava Morquiella para dehesa. Perteneció a Baeza durante el resto de la Edad Media. En 1458 Enrique IV lo otorgó en señorío al condestable Iranzo y el lugar se resistió. En 1464, siendo su alcaide Lope Sánchez de Valenzuela, huido de Baeza, los de Baños apre­saron al obispo Vázquez de Acuña que iba de Begijar a Bailén, y lo retuvieron dos días en el castillo. En 1466 Ramón Corvera, regidor de Baeza, tomó el castillo de Baños y lo devolvió al bando realista. El condestable Iranzo ordenó a Pedro de Escavias, alcaide de Andújar, que lo abasteciese lo qual pesó mucho a todos los que en aquella tierra estaban rebelados contra el rey porque desde aquel castillo podian recibir asaz daño, co­mo después lo recibieron. Espinalt (1799): No consta el tiempo de su fundación, pero aun existe en el día un castillo antiguo arruinado, con sus al­menas de diez o doce varas de alto, con torreones de piedra encaxonada que segun su construccion denota ser obra de romanos. Otros autores opinan que el castillo de Baños puede ser celtibero o romano en sus cimientos, árabe en su estructura ge­ neral y muy reconstruido por los cristianos a partir de su conquista por Alfonso VIII. Estas atribuciones, que no remiten en nuestros días, son gratuitas. Es evidente que el recinto helicoidal de tapial de calicanto guarnecido por quince torreones correspon­de al primer castillo, el conmemorado por la lápida de 968. A este castillo se añadió posteriormente una torre del homenaje de mampostería conocida como Almena Gorda. El antemuro que circundaba el castillo todavía en 1645, según testimonio de Jimena Jurado, podría datar de 968, pero es más probable que se añadiese en época beréber, cuando este tipo de refuerzo se popularizó en al-Andalus. Un revellín con puerta desenfilada de la principal se añadió posteriormente a

la entrada del antemuro. La torre del homenaje es una construcción en mampostería, de planta aproximadamente rectangular, aunque el lado menor que se proyecta al exterior es redondeado para evitar las esquinas, frágiles al impacto y creadoras de ángulos muertos. Tiene la torre dos cuerpos superpuestos que se apoyan sobre una base maciza en cuyo interior pudiera ocultarse un torreón de la fortaleza califal. El segundo cuerpo se cubre con bóveda de ca­ñón apuntada y está provisto de tres ventanas orientadas a los tres lados exteriores de la torre. Una escalera empotra­da en el lado menor conduce a la terraza almenada muy reconstruida. El primer cuerpo, también cubierto por bóve­da de cañón apuntada, no recibe más luz que la de la entrada que está a la altura del paso de ronda. La Almena Gorda debe ser obra cristiana del siglo XIV. De esta época data sin duda el cerramiento interior formado por dos lienzos de muro que se articulan en un torreón macizo muy bajo y sepa­ran el sector de la Almena Gorda del resto del patio de armas. De este modo el espacio abierto del castillo califal queda dividido en los clásicos patio de armas y alcazarejo con torre del homenaje, que caracterizan el modelo construc­tivo del siglo XIII. Uno de los lienzos de separación ha desa­parecido pero existía todavía cuando Jimena Jurado dibujó el castillo. El lienzo restante y el torreón intermedio son bastante bajos, para que no estorben el dominio del patio de armas desde la torre del homena­je. De la obra del revellín en mampostería quedaban hasta los años setenta de nuestro siglo restos de muros circulares que encerraban la puerta, pero en 1999 han desaparecido. Debía ser obra tardía, quizá de fi­nes del siglo XV, cuando las guerras civiles entre Enrique IV y su nobleza otorgaban nuevo protagonismo a Baños.

7.10. Castillo de Bailén. A siete kilómetros del castillo de Baños, hacia el sur, estaba el lugar y castillo de Bailén, equidistante de los castillos de Espeluy y Linares y estratégicamente situado en uno de los caminos que ascendían hacia el Muradal.

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La mención más antigua del castillo de Bailén se remonta a 1155, cuando Alfonso VII, estando en Andújar, otorgó los castillos de Baños, Segral y Bailén a su vasallo Abdelaziz de Baeza. Fernan­do III confirmaría la pertenencia de Bailén a Baeza pero Alfonso XI la enajenó para venderla, en veinte mil maravedíes, a don Pedro Ponce de León, señor de Marchena, en cuyo poder estaba el lugar y el castillo en 1351. En 1459 el condestable Lucas de Iranzo agasajó al embajador francés Jean de Fox haciendo correr çiertos toros en el alcaçar de Bailen. Al castillo le cupo un papel importante en las guerras civi­les entre Enrique IV y su levantisca nobleza. Los rebeldes reforzaron la guarnición de Bai­lén como base contra Jaén y Andújar, ciudades leales al rey. En esta circunstancia el condestable Iranzo conquistó Bailén mediante un golpe de mano. El 23-III-1470 el condestable Iranzo amaneció sobre Bailén con sus tropas e como llegaron apearonse hasta treinta escuderos y abrieron la puerta de la dicha villa y fueronse derechamente al castillo. E pusieron las escalas e subieron por ellas y tomaron las torres y la puerta del dicho castillo sin ser notadas de las velas ni de otra persona alguna. E luego abrieron la puerta del dicho cas­tillo con un securón y desque la hubieron abierto y vieron que podian ser socorridos de la otra gente que de fuera quedaba dieron una gran grita diciendo: ¡Enrique!, ¡Enrique!, ¡San Lucas! !San Lucas!, a la cual grita respondieron con otra toda la gen­te que en el campo quedaba tocando las trompetas. Y luego el comendador de Montizón con la gente que había traido se fue a poner en la plaza junto a la puerta del dicho castillo para esforzar los que lo habían escalado y asi mismo para resistir a la gente de la dicha villa si se quisiese mover en favor del alcayde. Y luego como la dicha grita sono el alcayde y hasta doce o trece hombres que consigo tenía en las torres y forta­leza que esta incorporada en la iglesia del dicho castillo, que hasta entonces no habían sentido cosa alguna, despertaron y comenzaron a hacer almenaras y barbotearon las torres de la dicha fortaleza con almadraques y colchones y con esa ropa que dentro tenian. Amaneció y arreció la pelea. Los de dentro se defendían con espingardas y ballestas y muchas piedras que

arriba tenían pero los espingarderos y ballesteros que de fuera tiraban los aquejaban de tal manera que prestamente los de fuera les entraron la iglesia y por las escalas le subieron y tomaron dos torrejones bien fuertes que al un cantón de la dicha fortaleza estaban. Y el alcaide y los que dentro estaban con el desque vieron la fuerza del combate (...) subieronse a lo alto de dos torres otras muy fuertes y desampararon todo lo otro. Después de tratos infructuosos prosiguió la pelea durante todo el día y como lo alto de las dichas torres donde estaban retraidos eran muy malas de entrar y subir porque habían quebrado las escaleras dellas y puesto que les dieron gran humo por las bóvedas de ellas no les podian empecer y asi mismo por de partes de fuera algunos criados del condestable subieron por tres esca­las que juntas pusieron y por entre las almenas peleaban con las espadas en las manos con los que dentro estaban pero los de den­tro a botes de lanza e con muchas esquinas les defendían la subida. Al día siguiente se entregaron los sitiados y el condestable, ya dueño de la forteleza, la aprovisionó y reparó. En 1474, el concejo de Baeza, molesto porque Bailén rehusaba pagarle ciertos derechos, estragó sus términos a pendón desplegado. Seis años más tarde se dictaría sentencia favorable a Baeza en este pleito. En 1481 era alcaide del castillo Rodrigo de Narváez, y señor de la villa don Rodrigo Ponce de León, marqués de Cádiz. Luego sería patrimonio de Alonso de Montemayor. El 16-XI-1504 la iglesia de San Andrés, que estaba dentro de la fortaleza, se trasladó a un templo nuevo. Jimena Jurado, en su Catálogo, menciona una piedra larga con inscripción que había empotrada en la muralla a la puer­ta occidental de su castillo (o quizá en la oriental). Nos da noticias además de otras dos lápidas: una romana en la esquina de una torre y otra árabe sobre la puerta oriental, las dos ilegibles. Cuando Ponz visitó este castillo, en 1791, estaba arruinado fuera de una parte del que al fin perecerá como lo demás. Ocho años más tarde Espinalt anota que las ruinas parecían de fortaleza de consideración.


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El castillo pasó a ser propiedad de la duquesa de Benavente y de Osuna, doña María Josefa Alfonso de Pimentel Téllez Girón. El último vástago de esta familia, don Maria­no Téllez Girón, arruinado, vendió la fortaleza al minero catalán Eduardo Bonaplata y Rousa que a su vez se arruinó. El castillo fue embargado y adquirido por el ayuntamiento de Bailén en 1893. Allí se instalaron las oficinas munici­pales hasta 1930. En 1969 la viuda de don José Alcalá Torres era propietaria de los restos del castillo: dos torres en buen estado, en una de las cuales había restos de la iglesia de Santa Gertrudis. Fueron demolidas a finales de 1970 para construir el mercado de abastos. No hemos tenido ocasión de estudiar los restos del castillo de Bailén. Las personas que los conocieron coinciden en afirmar que los torreones conservados eran cilíndricos, robustos y de mampostería. Es posible que correspondieran a una ampliación cristiana del siglo XIII o posterior hecha sobre la base del castillo musulmán que existió en el lugar antes de la conquista cris­tiana. La narración de la Crónica del Condestable Iranzo nos permite distinguir entre dos tipos de torres: las altas sobre bóvedas en las que se concentraría la desesperada defensa del alcaide cuando el resto se había perdido (seguramente las que llegaron a 1970) y los dos torrejones bien fuertes que serían torreones macizos, quizá más antiguos.

7.11. Castillo de Martín Malo. Debió ser un castillo estratégico y rural a tres kiló­metros al noreste del pueblo de Guarromán, dominando uno de los ramales que iban del puerto del Muradal a Tolosa, el que pasa al pie de Monte López (464 m.). En 1346 el concejo de Baeza compró este castillo a Men Rodríguez de Biedma por doce mil maravedís. Aparece entre los castillos del arciprestazgo de Baeza que cita Jimena Jurado junto con Tolosa, Molosa y Ferral. Jimena Jurado especifica que Baeza nombraba para ella alcaide y que tenía dehesa y encinar.

7.12. Palazuelos. Este es un cerro que domina el valle entre las alturas de la Peña del Águila y el Alto de Cabezarena (599 m.), diez kiló­metros al norte de Linares y unos ocho kilómetros al este de Guarromán, muy cerca del río Guarrizas que discurre a un kilómetro de distancia. Para Jimena Jurado la mina fortificada de Palazuelos es el Puteus Bebeli de los latinos (=Pozo de Bebelo) que daba plata fina. En el siglo XVIII Antonio Ponz ve allí ruinas de una gran casa y castillo que sin duda se hizo para guardar la mina (...) estuvo flanqueado de cuatro torres con sus cortinas de muralla que corrían de una a otra para su resguardo. De estas ruinas quedan hoy escasísimos vestigios difíci­ les de identificar porque el lugar ha sido muy removido por los prospectores. Probablemente se trataba de un recinto de origen iberorromano, rehecho en época medieval. No sólo protegía la famosa mina sino principalmente uno de los cami­nos que van del puerto del Muradal a la zona de Baeza.

7.13. Castillo de Linares. Linares, una de las más importantes encrucijadas de caminos del sur peninsular, podría ser la mansión ad Aras del itinerario de los Vasos Apolinares en la calzada romana de Córdoba a Sagunto. Por otra parte era estación avanzada del “monte de la Plata” como genéricamente se denominaban los yacimientos minerales de las terrazas de Sierra Morena. Esta importante encrucijada de caminos mantuvo su interés estratégico durante toda la Edad Media. En su oficio de fortaleza y posta el castillo de Linares sirvió a los cristianos repetidamente. Seguramente era una aldea en torno a un castillo cuando Alfonso VII la concedió a Suero Díaz, en 1155. Los almohades recuperaron esta región durante unos años hasta que, hacia 1227, Linares retornaría a manos cristianas a raíz de la ocupación de Baeza, de la que dependería durante toda la Edad Media, a pesar de sus esfuerzos por independizarse. El lugar mantuvo siempre su valor estratégico. Allí vivaquearon en octubre de 1275 las

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tropas del arzobispo de Toledo don Sancho de Aragón y en 1485, 1486 y 1847 las de los Reyes Católicos. Hacia 1445, al final de la guerra civil, Baeza rescató el castillo de Linares que llevaba cinco años en manos de los rebeldes partidarios del infante don Enrique. El alcaide Pedro Dávalos había heredado la alcaidía de su padre Gil Ramírez Dávalos pero Baeza “había ido con gente y cobrado el castillo por fuerza de armas y puesto en él buena guarda”. El partido rebelde intentó rescatar el castillo: gente poderosa de a caballo y de a pie del Obispo y aun se decía que él mismo en persona, con dos trompetas y una chirimbeta, fueron al lugar de Linares a fin de apoderarse del y de su fortaleza. En el rebrote de la guerra civil, en 1463, los rebeldes fortalecieron el castillo y lo dotaron de defensas exteriores aquel año y nuevamente en 1470, ya que la fortaleza queda-

ba amenazada por el cercano castillo de Bailén, en manos de los leales. A pesar de todo el condestable Iranzo consiguió apoderarse de Linares. El rey le ordenó restituirlo a Baeza en el mismo año 1470. En el siglo XVII el castillo de Linares estaba todavía intacto. Hacia 1639 Jimena Jurado tomó dos apuntes, con expresión de las medidas de sus lienzos y torres y treinta años más tarde Pier María Baldi lo dibujó en una acuarela. Un siglo después Espinalt enumera su “muralla, contramuralla y seis torres muy eminentes”, pero todo ello fue destruido durante el siglo XIX y hoy sólo se conserva un torreón esquinero que está encerrado en el patio de un colegio de monjas. Partiendo de los croquis que trazó Jimena Jurado se deduce que el castillo de Linares tenía planta rectangular (treinta por treinta y nueve metros), con cada uno de los


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ángulos protegido por un torreón cilíndrico y, además, otro igualmente cilíndrico en el punto central de cada uno de los lados más largos. Se accedía a la fortaleza a través de una torre-puerta algo desviada hacia la derecha respecto al centro del lado norte y protegida por una albarrana exenta. Este castillo es copia directa de las fortalezas bizantinas y paleoislámicas y tiene paralelos en el castillo sirio de At-

san y en el ribat de Susa, datados respectivamente en 778 y 821. Podría ser obra de los militares sirios llegados a alAndalus en 743, y más concretamente con los pertenecientes al “yund” de Quinnasrin que se establecieron en estas tierras. En época béreber se le añadieron antemuro y foso y finalmente los cristianos le añadieron matacanes y alargaron las torres por encima del nivel del paso de ronda.

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7.14. Castillo de Tobaruela. Este castillo rural está situado a cinco kilómetros de al suroeste de Linares, sobre una de las vías antiguas del Guadalquivir. En 1439 pertenecía a doña Guiomar de Narváez. Su tercer señor fue Día Sánchez de Carvajal, alcaide de Baños con Juan I y Enrique II y primer señor de Jódar. Le sucedió su hijo Alonso Sánchez de Carvajal, cuarto señor de Tobaruela y segundo de Jódar que hizo construir la fortaleza actual, aunque también podría ser obra de su hijo, Diego de Carvajal y Portugal. Existe una escritura de fundación de mayorazgo a favor de Don Alfonso Carvajal y de la Cueva que data de 1620. Jimena Jurado se limita a anotar: este castillo es de los marqueses de Xodar y de la casa de Carvajal . En el manuscrito Antigüedades de Jaén, el mismo Jimena nos da noticia de una basa romana con inscripción que existía en la muralla del castillo y de varios fragmentos de lápidas latinas en la puerta de la fortaleza y en la muralla y torre que miran al sur. Romero de Torres (1914) se refiere nuevamente a estas lápidas, todas ellas recogidas por Hubner. El castillo de Tobaruela es, tal como lo vemos hoy, un her­moso castillo señorial de finales del siglo XV en cuya sobria y artística portada campean los escudos de Carvajal, Cueva, Portugal y Guzmán. Han quedado pocas trazas de la fortaleza medieval preexistente, que pudo ser musulmana a juzgar por las lápidas antiguas empotradas en los muros. El arquitecto trazó una planta rectangular con cuatro torres en las esquinas, de las que sólo resta la del ángulo suroeste, una imponente construcción de tres plantas, redondeada al exterior como defensa contra la artillería. A través de ella se llegaba a la torre del homenaje, cuadrada, que protegía la puerta. De esta torre quedan escasos restos, así como de los fosos de los lados este y sur. El interior del castillo está muy disimulado por los añadidos posteriores del cortijo que hoy lo ocupa.

7.15. Castillo de Cazlona. Cazlona o Castulona está fundada sobre la hispanorromana Cástulo que no se despobló por completo en la Edad

Media e incluso se dotó con un castillo, al este de la población. En 898 Lope, hijo de Muhammad ben Lope ben Musa, concentró en Toledo todas sus fuerzas para atacar al rebelde Ibn al-Shaliya en su fortaleza de Cazlona. Este caudillo, uno de los más po­derosos aliados de ibn Hafsun, se mantuvo independiente hasta los últimos años del reinado de Abd alRahman III y sólo depuso las armas a raíz de la campaña de 913. El núcleo medieval de Cazlona subsistió hasta finales del siglo XV. En 1445 Baeza lo donó a Juan de Tarancón. En 1473 era un despoblado y el concejo de Baeza tuvo que enviar a sus tropas para desalojar a los bandidos que se habían instalado en la fortaleza abandonada. M. Boisel escribe en 1669: hay muchos olivares hasta las orillas del Guadalimar que cruzamos por un vado dejando a la de­recha el castillo de Valquinto que pertenece a la casa de Benavides, mayores de la de Caracena y algunas chozas que marcan, según se dice, las murallas de una ciudad muy célebre del tiem­po de las guerras entre cartagineses y romanos. Y en efecto esta antigua ciudad de Castellón (sic) es donde Aníbal se casó con Himilce. Evidentemente se refiere a Castullón (=Cástulo) y el castillo es el de Cazlona. Madoz: no se han conservado otros vestigios que su torreón de fábrica posterior al tiempo de los romanos. Es la torre que Sanders denomina castillo de Valquinto. Los autores antiguos no siempre distinguen entre la fortificación medieval de Cazlona y el circuito murado del Cástulo hispanorromano. Los restos más visibles del castillo medieval de Cazlona son el llamado torreón de Santa Eufemia, una torre cuadrada de nueve metros de lado que ha perdido uno de sus muros, parte de los otros y toda la obra interior. Esta torre, construida en un calicanto singularmente basto, con grandes mampuestos, tenía dos aljibes entre los cuales emerge, en el centro de la planta, un muro medianero. Quedan vestigios de otras dos torres de menor entidad, una de ellas con siete metros y medio de lado, era también cuadrada y presentaba una estruc-

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tura similar a la de la principal. El resto de la forta­leza tiene forma de rectángulo (130 por 90 metros). Apenas tuvo algo más que un parapeto que hoy ha desaparecido puesto que estaba protegida por impresionantes taludes de tierra que son, en parte, obra de la naturaleza y en parte obra humana. En el ángulo sur, asomado al Guadalimar y a su vega, observa­ mos un refuerzo de piedra en el que se emplearon sillares y trozos de friso labrado procedentes de la cercana Cástulo. El primer castillo de Cazlona parece una obra preberéber fundada sobre un antiguo campamento romano. Sin embargo

los restos de torres y refuerzos de piedra deben corresponder a la obra cristiana de la segunda mitad del siglo XIII.

7.16. Torrubia. Torrubia es un decadente caserío frente a Torreblascopedro a un kilómetro de los vados del Guadalimar y a ocho de Linares. A pesar de su privilegiada situación debió tener poca importancia militar porque los cometidos estratégicos le correspondían al cercano castillo de Cazlona, cuatro kilómetros al este y a Jabalquinto, cinco kilómetros al oeste.


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Este castillo rural fue propiedad del cabildo catedral y del obispo de Jaén desde comienzos del siglo XV. Los conflictos entre labradores de una y otra parte culminaron en un acuerdo en virtud del cual el cortijo quedó en poder del cabildo, que tenía la pro­piedad más extensa. Como compensación, el obispo recibió una heredad en Begijar. En el siglo XVII existían todavía restos del castillo, que Jimena Jurado no llegó a dibujar.

7.17. Castillo de Jabalquinto. Este castillo sobre un cerro (481 m.) que domina la calzada de Levante y arrecife del Guadalquivir, forma parte de una serie de fortalezas estratégicas (Espeluy, Estiviel-Las Huelgas, Linares, Cazlona, Mengíbar). Jabalquinto podría corresponder al Hisn Sabyut documentado en el siglo XII. Como otras fortalezas del alfoz de Baeza, es probable que fuera ocupada por Fernando III en 1226. La rápida conquista cristiana de la región dejó este castillo en la retaguardia y tan alejado de la frontera que ya sólo le cupo algún papel en las guerras ci­viles de los siglos siguientes. En 1464 el maestre de Calatrava, del partido rebelde, atacó a Fernando de Villalfañe en el camino de Andújar a Baeza. El de Villalfañe se refugió en el castillo de Jabalquinto do se acogieron. Y el maestre estu­vo sobre el con muy grande gana de avello. Los refuerzos del condestable Iranzo desde Jaén obligaron al maestre a levantar el sitio. En el siglo XVII Jimena Jurado incluye el castillo entre los de sus Antigüedades. Espinalt (1799) menciona las ruinas de un castillo cuyas ruinas denotan haber sido de alguna consideración, y en el está el palacio de su Señor. El palacio, levantado en el siglo XVII-XVIII, ha sustituido prácticamente a la antigua fortaleza. Los vestigios actuales sólo permiten apreciar que ésta sería de mampostería.

7.18. Castillo de Peñaflor. De este castillo tenemos noticias por Jimena Jurado que lo sitúa en las proximidades del Ferral.

7.29. La Losa. Jimena Jurado lo sitúa entre los castillos de Ferral y Peñaflor, junto al puerto que de su nombre se llama Puerto de la Losa que servía para guarda del, que es muy angosto y dificultoso de passar. Aparece además en el mapa de Thomas López (1761).

7.20. Molosa. Señala este castillo Jimena Jurado: junto a Tolosa el qual ganaron los christianos en el mismo año de 1212 que por estar en parte tan áspera también se ha despoblado y arruinado. Estaba también este castillo a la entrada meridional de las Navas de Tolosa. En el mapa de Thomas López aparece cerca del Ferral.

7.21. Vilches. El lugar y fortaleza de Vilches están en la cima de un monte en forma de collado por tres cerros que le ofrecen sus faldas por asiento, ocupan­do una privilegiada posición desde la que se controlan la vía del Muradal, la cuenca del Guarrizas y el valle del Guadalimar. Según Argote de Molina, en 1209 el maestre de Calatrava don Ruy Díaz de Yanguas ganó los castillos de Vilches, Montoro, Fesora y Pilpafont, retuvo el primero e hizo asolar los restantes. Si estas noticias son ciertas, los almohades debieron recuperar el castillo al poco tiempo, puesto que de nuevo cayó en manos cristianas tres días después de la batalla de las Navas de Tolosa: unos de los nuestros fueron et çercaron el castiello de Vilches, que es muy fuerte. Et al terçer día de la batalla, en la quarta feria, que era ell mier­coles dessa sedmana, llego el rey con la hueste et prisiemos esse castiello de Vilches (...) et tardamos en esto un dia. Según Argote de Molina el maestre de Calatrava don Rodrigo Garcés de Aza sitió el castillo dos días después de la batalla y mantuvo el cerco en espera de la llegada del grueso del ejército al día siguiente. Los moros se rindieron pensando salvar las vidas, lo cual les sucedió al contrario, que fueron luego todos degollados.

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Los cristianos abandonaron otros castillos más meridionales que habían conquistado (Baños entre ellos), pero retuvieron Vilches como posición avanzada al otro lado de Sierra Morena, indispensable para conquistar Andalucía. En la década de calma militar y treguas que se extiende entre 1214 y 1224, Castilla fortificó la plaza mientras los almohades hacían lo propio con el vecino Giribaile. Después de la entrega de Andújar y Martos a Fernando III, en 1225, Vilches perdió importancia como plaza fronteriza y quedó convertida en mero puesto de enlace para el control de los accesos a la Sierra. En 1231 Fernando III dio por términos del concejo de Baeza los castillos de Vilches, Tolosa, Baños y Ferral. En 1236 confirmaba el fuero que otorgó a Vilches su abuelo. El rey transfirió el castillo a Baeza en 1243, aunque reteniendo su tenencia, además del granero con heredad suficiente para diez yuntas de bueyes y otros bienes. Anteriormen­te el castillo había pertenecido al arzobispo de Toledo. Los orígenes del castillo de Vilches son inciertos. El cerro del castillo (573 metros), estuvo continuamente poblado desde la época ibéri­ca. Próximo a Vilches, y oculto por las aguas de la cola del pantano Guadalén, existe un despoblado ibérico llamado Santagón que podría estar rela­cionado con los primitivos ocupantes del cerro de Vilches. En el circuito del castillo se han hallado, en diversas épocas, mármoles e inscripciones romanas. Jimena Jurado transcribe una que estaba empotrada en la muralla, y Hubner cita otra. A pesar de su probada importancia, el castillo de Vilches no ha merecido gran atención. Jimena Jura­do lo incluye en sus Antigüedades, aunque nunca lo dibujó. Debía estar en ruinas en el siglo XVIII, cuando acabaron de arrasarlo para construir en su lugar y con sus piedras el Santuario de la patrona la Virgen del Casti­llo en el que se veneran un presunto estandarte almohade tomado en la batalla de las Navas de Tolosa y un signífero supuestamente usado por los cristianos en la misma histórica jornada, los dos igualmente falsos. Este santuario sustituye a la iglesia de Santiago que en tiempos de Jimena era la del alcázar.

En el cerro del castillo de Vilches quedan escasos vesti­ gios de la antigua fortaleza: un torreón esquinero macizo que todavía subsiste enhiesto junto al santuario; parte de otro torreón similar al anterior que se desprendió de su primer em­plazamiento y rodó en dirección al pueblo deteniéndose en mi­tad de la ladera, volcado, donde aún hoy permanece y, finalmente, un pasaje cubierto de túnel que sería acceso secundario al castillo. Los tres son evidentemente hechura de la misma época, probablemente del fortalecimiento del castillo entre 1214 y 1224. Están construidos de mampostería muy ripiada y de excelente mortero. El pasadizo-túnel men­cionado presenta una bóveda ligeramente apuntada, de sillarejo. En el cerro se observan des­tierros y tallas de escarpes artificiales sobre los que proba­blemente se alzarían los parapetos de la antigua fortaleza y albacara. La explotación como cantera de piedra del cerro ha perjudicado al conjunto. Quedan todavía estimables empedrados, muy remendados tardíamente para el uso de la ermita, que van circundando el cerro hasta su cima. A tres kilómetros del castillo existe el lugar de Torre­ cilla, probable castillo rural relacionado con Vilches, donde afloran hallazgos romanos.

7.22. Castillo de Canena. Después de la conquista musulmana, una rama de la familia siria, de los Banú Kinána se estableció en Canena, originando quizá el topónimo. En el castillo (hisn) de Canena se refugió, a finales de 1079, el rey al-Qadír ben Díl-l-Nún que huía de los rebeldes toledanos. Seguramente pasó a poder de los cristianos después de la conquista de Baeza, a cuyo territorio pertenecía. En 1274 se habla de Rus e Canena, término de Baeça aun­que, por otra parte, en 1236 Canena era encomienda de la Orden de Santiago y en 1279 aparece repartida entre las órdenes de Calatrava y Santiago. En 1302, Fernan­do IV la arrebató a Gutier Pérez, comendador mayor de la Orden de Calatrava, rebelde al rey, y la entregó a Úbeda.


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En 1538 el secretario del emperador Carlos V, Francis­co de los Cobos, compró el castillo a los calatravos y lo demolió casi por completo para edificar en su lugar un espléndido castillo-palacio renacentista inspirado en el granadino de la Calahorra. No hemos localizado otro castillo cercano a Canena del que habla Cazabán en 1913: moros y cristianos vivieron en otro viejo castillo del que aun quedan paredes ruinosas cerca de la población. Es posible que este fuera la fortaleza medieval, presumibemente emplazada en lo alto del cerro y no a su pie, donde se alza el castillo-palacio renacentista, aunque por otra parte, en el castillo de los Cobos hay restos de muros de

mampostería que parecen pertenecer a un edificio anterior y el subterráneo de unos diez metros de lar­go podría corresponder a un antiguo aljibe. El castillo de Canena se construyó a mediados del siglo XVI, en el estilo italiano entonces en boga, aunque con algún detalle decorativo gótico tardío. Su traza se ha atribuído a veces a Andrés de Vandelvira basándose en que diseñó para Francisco de los Cobos El Salvador de Úbeda. El castillo tiene planta romboidal, con las esquinas protegidas por torres cilíndricas que no alcanzaron la altura planeada puesto que el parapeto corta las troneras de buzón.

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El lado del oeste, que domina la población, tampoco alcanza la altura proyectada y se resuelve en una plataforma ancha, quizá destinada a la artillería.

7.23. Lupión. A seis kilómetros al oeste de Mengíbar y a dos de Begijar, por el noroeste, estaba Lupión castillo rural y estratégico de los que formaban el cinturón defensivo en torno a Úbeda y Baeza. En 1442 Pedro Padilla, alcaide del castillo de Lupión por Baeza, se avia alzado con el contra la ciudad desde el qual robava y hacia otros males y daños, pero Lope Sánchez de Valenzuela y Diego Martínez de Toledo, con gente de Baeza, escalaron y tomaron el castillo. El concejo recompensó al conquistador con dos mil maravedís. En tiempos de Carlos III se describe como famoso castillo que demuestra su antigüedad; poco después Madoz lo toma por un antiguo torreón, que se cree fue atalaya de moros. De este castillo queda hoy una solitaria torre unida al edificio del Ayuntamiento. Es de planta circular por el lado exterior y cuadrada por el interior, disposición propia de los castillos tar­díos, cuando el avance de la artillería mecánica aconse­ja suprimir las esquinas, más débiles al impacto de los proyectiles. Esta irregularidad exterior no se refleja en la disposición de los aposentos interiores que son dos, superpuestos, y se cubren con bóvedas de ladrillo de media naranja. La parte inferior del edificio es maciza aunque podría contener un aljibe. La entrada original debió estar a la altura del adarve puesto que el acceso se hace hoy por angosta alacena desde el primer piso del Ayun­tamiento. Una escalera empo­trada en el grosor del muro conduce al aposento superior donde una ventanita alumbra y ventila la habitación y la esca­lera que conduce a la terraza. En la terraza, que ha perdido el parapeto, se conserva una única almena y tres canes que atestiguan el matacán coronado de almenas del remate original. Toda la obra es de mampostería en hiladas regulares. Se trata quizá de una obra del siglo XIV.

7.24. Torreblascopedro. En este pueblo situado al sur de Linares, a dos kiló­metros de la orilla izquierda del Guadalimar, existió un castillo estratégico emplazado sobre uno de los caminos medie­vales que cruzaban los vados del Guadalimar frente a Cástulo, distante seis kilómetros, y comunicaban esta zona con la de Baeza. El nombre original de esta fortaleza fue de Velasco Pedro. De este castillo no han quedado rastros más que en el escudo del pueblo. Es razonable sospechar que parte de los mampuestos utilizados en la construcción de la iglesia procedan de la antigua fortaleza.

7.25. Castillo de Begijar. Este lugar y castillo está situado cinco kilómetros al oeste de Baeza. En 1231 Fernando III concedió a la iglesia de Toledo una heredad en este lugar y otra a la Orden de Calatrava. También heredaron en este lugar el cabildo de Jaén y su obispo que, desde entonces, fue señor del castillo de Begijar. Jimena Jurado cita un privilegio de Fernando III dado en 1251 por el que dona al obispo este castillo. En 1341 el castillo estaba enajenado en manos de Enrique Enriquez. Alfonso XI decidió recuperarlo para ponerlo en términos de Baeza ya que non se podrian escusar muy grandes peleas y contiendas sobre rason de los terminos. El pleito entre el concejo de Baeza y el obispo de Jaén por Begijar se prolonga durante toda la Baja Edad Media. En 1434 Baeza denunció al rey que el obispo Gonzalo de Estúñiga tenía el castillo desde que su antecesor Rodrigo de Narváez lo arrebatase a Baeza pero, como es­tas gestiones no prosperaron, Baeza recuperó el castillo por fuerza de armas en 1445. Entonces el obispo, usando las armas que le eran propias, puso en entredicho a la ciudad de Baeza hasta que recuperó la fortaleza. En 1463 Vázquez de Acuña, nuevo prelado de Jaén, enemistado con el condestable Iranzo, se retiró al castillo de Begijar donde fue sitiado por el maestre de Calatrava, Pedro


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Girón. El obispo prometió no admitir en la fortaleza a tro­pas del rey don Enrique a cambio de que el calatravo levantara el cerco. Pudiera ser que el cerco de Begijar por Pedro Girón fuese sólo un montaje porque lo cierto es que existen razones para dudar de la fidelidad del obispo a la causa del rey. Un nuevo cerco, en 1471, por parte de los Benavides, uno de los bandos y linajes de Baeza, fue levantado ante la oportuna llegada de refuerzos de Iranzo. El castillo continúa ejerciendo su papel de padrastro o malvecino de Baeza como se deduce de la legación que en 1473 envía el nuevo obispo Vázquez de Acuña a Juan de Bena­vides requiriéndole no consintiese que en su castillo de Bexixar se recogiese gente contra la ciudad de Baeça que le

robase la tierra. En 1477 los Reyes Católicos confirmaron el castillo como propiedad del obispo de Jaén. Del castillo de Begijar se conserva en estado relativamen­ te bueno la torre del homenaje. Del resto del recinto sólo son identificables un trozo de muralla, un talud y un escudo epis­ copal que debe ser adición tardía. Quedan, además, algunos rastros en el callejero del entorno: una calle del Palacio, otra Huer­to del Castillo y un Paso al Castillo que es donde se levanta la torre. La torre del homenaje es cuadrada, de 9’80 metros de lado, y está construida con mampostería regular. La altura actual es de 13’70 metros, probablemente un par de metros menos que la original porque queda al descubier­to la obra de

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la bóveda apuntada que techaba la segunda planta y sostenía la terraza. En el primer cuerpo de la torre, al nivel del suelo exte­ rior, se alberga un aposento circular de cuatro metros de diámetro, cubierto por bóveda de media naranja de ladrillo. En el suelo de esta cámara hay un aljibe. La entrada de la torre estaba al nivel de la primera plan­ta, a 2’80 metros sobre el nivel del suelo. El aposento co­rrespondiente a este nivel tiene la misma forma y dimensiones del inferior y también se cubre con bóveda de media naranja, algo aplanada. De aquí parten, obrado tardíamente a lo largo del muro, un vuelo de escaleras que dobla, ya empotrado dentro del muro del suroeste, para comunicar con la segunda planta. En la segunda planta se abre una sala cuadrada de 4’90 metros de lado, cubierta por espléndida bóveda apuntada octo­gonal que descansa sobre trompas para adaptarse a la planta cuadrada. Las trompas presentan sendos arcos apuntados de ladrillo. De ladrillo es también toda la obra de la bóveda así como las ocho nerviaciones que descargan su empuje sobre otras tantas ménsulas de cantería aunando la plasticidad a la fortaleza. La bóveda es una obra notable. En el centro de cada uno de los muros de la segunda plan­ta observamos sendas aberturas de las que dos son saeteras; la del noroeste, ventana (con alacena en el pasillo) y la del suroeste, hoy también ventana, fue originalmente acceso a un puente de ladrillo que comunicaba con otras depen­ dencias de la fortaleza. El puente ha desaparecido pero quedan trazas de su arco en el muro exterior. Los restos del castillo de Begijar podrían datarse en la segunda mitad del XIII, o a principios del XIV. El obispo que hizo construir la torre del homenaje debió traer un maestro de obras superior a los que por la misma época operaban en la región, quizá uno más acostumbrado a las construcciones de uso religioso que a las militares.

7.26. Torre del Obispo (o Tiedar). La torre del Obispo está situada al norte de Rus, partido de Baeza. Se accede siguien­do la carretera N.322 de Úbeda a Linares. A la altura de Rus hay que desviarse como para ir a El Mármol. A cien me­tros de El Mármol, a la izquierda, nace un carril que lleva a la Torre del Obispo, distante unos dos kilómetros y medio. La duplicidad de nombres con que se designa este casti­ llo rural ha ocasionado a veces confusiones, a pesar de que ya Jimena Jurado declaraba que aludían a un mismo castillo. Además algunos identifican esta torre con el lugar de las Canalejas. Fernando III concedió la torre de Tiedar a Fray Domingo, obispo de Baeza, el 12 septiembre 1233. En 1247 el obispo pobló este lugar y castillo otorgándole el fuero de Cuenca, el mismo que Fernando III había concedido a Baeza. Perteneció a los obispos de Jaén hasta el 18 de febrero de 1486 en que el hijo del obispo Vázquez de Acuña la vendió, en ocho mil maravedís, a Doña María Ponce de León. En la escritura se describe como una torre con su aposentamiento e cortijo de pan llevar, e monte e dehesa, e pastos, e aguas estantes e manantes e corrientes. Cazabán Laguna cree que esta torre la había recibido Vázquez de Acuña en 1466 por com­pensación real de los daños que el maestre de Calatrava le ocasionó en su castillo y heredad de Begijar durante la guerra civil. Cazabán la confunde con la torre de Lope Fernández de la que hablaremos en otro lugar. En tiempos de Madoz la torre del obispo conservaba todavía tres cortijos de labor y un edificio que parece ser castillo de moros.

7.27. El Mármol (o Las Canalejas). Tiene su acceso por donde la torre del obispo antes men­ cionada. En tiempos de Jimena Jurado era lugar y villa de la mesa episcopal y estaba enajenado en manos de la casa de Váz-

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quez y Salazar de Úbeda. A finales del siglo XVIII era señorío del Mar­qués de la Mancera. Del castillo rural de El Mármol subsiste hoy, embutido en el caserío, un torreón cilíndrico de mampostería que tendrá unos dieciocho metros de perímetro. Interiormente presenta dos aposentos superpuestos que han sido divididos para el uso de dos casas distintas. Estos aposentos se cubren con bóveda de ladrillo y originalmente comunicaban por escalera embutida en el muro. En el remate se conserva un can, único vestigio del matacán original. Pudiera ser obra cristiana de la segunda mitad del siglo XIII.

7.28. Rus. Rus es otra villa y castillo de Baeza próxima a las dos anteriormente citadas. Lo menciona reiteradamente Jimena Jurado. Se independizó de Baeza en 1628. Algunos autores mencionan la existencia de este castillo en el interior de la población; según otros estuvo en el lugar de la ermita de Santiago, cercana al pueblo. Probablemente lo que existió en Santiago fue una atalaya. En la población, a unos cincuenta metros de la iglesia, embutida en las casas, queda una torre cilíndrica de mampostería parecida a la de la torre de El Mármol. Tiene unos doce metros de perímetro y se le aprecian algunas saeteras y desagües cerca del remate. Hasta la década de 1960 existió otra torre gemela a poca dis­tancia. Considerando la relación de dos torres gemelas próximas y el lugar relativamente llano donde se levantaba este castillo, es razonable suponer que fuese un fuerte cuadrangular con torreones esquineros, según el esquema traído por beréberes, o romanos, y luego aplicado por los cristianos.

7.29. La Yedra. En La Yedra, santuario y lugar de pintoresco veraneo cer­cano a Rus, hubo una fortificación a la que Jimena Jurado

les reservó un folio -en blanco- de sus Antigüedades. Hoy no queda rastro.

7.30. Ibros. Ibros fue otro castillo de Baeza, entre Canena y Lupión. Después de la conquista de Baeza, Fernando III lo entregó al infante don Alonso de Molina quién, en 1251, lo hacía pagar diezmo. En 1358 Pedro I lo dio a Día Sánchez de Quesada. Más tarde se dividiría en dos barrios: uno pasaría al señorío de Santisteban y el otro quedaría de realengo. En el centro del pueblo subsiste todavía una fortificación ciclópea sobre la que probablemente se alzó el castillo medieval, del que hoy no queda rastro después de que el conjunto sirviera como cantera de piedra hasta época reciente. Lo que hoy persiste de aquella fortificación son unos imponentes bloques de hasta 3’60 x 1’60 metros que constituyen una de las más an­tiguas muestras de fortificación prehistórica de nuestra Península.

7.31. Torre de Gil de Olid. Esta torre que está cerca del Guadalquivir poco más de una legua de Baeza a la ribera meridional del río, junto al camino que va de esta ciudad a la de Jaén a mano izquierda, corresponde a un castillo rural que Alfonso X dio en 1269 a los treinta y tres caballeros pobladores del alcázar de Baeza. Recibió su nombre de un tal Gil de Olit, que testifica en un acta de Baeza en 1236. En esta torre se celebraron juntas de cabildo y regidores de Jaén, Baeza, Úbeda y Andújar el 22 de mayo de 1422. En tiempos de Jimena Jurado todavía se tenía en pie el castillo que el historiador incluyó en sus Antigüedades.

7.32. Otros castillos rurales. En las páginas que anteceden hemos examinado una serie de castillos rurales del alfoz de Baeza. El número de los que no se han conservado fue probablemente mucho ma-


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yor. El nú­mero tan crecido de castillos y torres en territorio de Baeza en gran parte orientados hacia el Sur, parece indicar un campo propicio al quehacer de los caballeros de Baeza para atender durante siglos a uno de los sectores más movidos de la frontera granadina. La erección de castillos señoriales o rurales en la tierra conquistada no obedecía solamente a una causa práctica sino también a una fuerte motivación psicológica: la de marcar y legitimar la posesión a la que se accedía por una nobleza que basaba su linaje en la posesión del territorio. Es natural que cada caballero here­dado en Baeza aspirase a poseer su propio castillo. La idea no era nueva puesto que durante el periodo musulmán existieron almunias fortificadas que a su vez eran copia de las villas muradas romanas. La originalidad de los conquistadores cristianos radicó en la tipología: un castillo rural constaba de torre del homenaje, por lo general de modestas proporciones, un símbolo tanto como un elemen­to de defensa, y un patio amurallado que encerraba las depen­dencias agrícolas y la vivienda del señor. Como es natural en la medida en que este tipo de fortificaciones proliferaba en los campos de Baeza, la autoridad del concejo de la ciudad disminuía. En 1329, Alfonso XI, a petición del concejo de Baeza, dispuso que nadie pudiera construir torre o fortaleza en el término del concejo, pues­to que ya existían suficientes para la defensa del territorio, pobladas por oficiales y justicias. Una donación confirmada en 1232 por Fernando III a Pedro López, con tres yugadas de heredad, menciona la TORRE DE MALPADRAZO que debía estar cerca de Baeza. Existe una casería de la TORRE cinco kilómetros al este de Rus y otra case­ría de TORREQUEBRADA a la misma distancia por el sureste. Otro castillo rural hubo en las Casillas de VALVERDE, cuatro kilómetros al suroeste de Torreblascopedro, a dos kilómetros del Guadalquivir, sobre el camino antiguo de Jaén a Baeza. Todos estos castillos rurales han desaparecido probablemente porque sus torres del homenaje eran de proporciones tan modes­tas que no ofrecían la posibilidad de otro uso práctico que el de la extracción de la piedra con que estaban cons-

truidas. De otro modo es posible que hubiesen acabado sirviendo de leñeras o palomares como muchas otras que han perdurado gracias a estos usos. Tampoco puede descartarse que en algún momento histórico las destruyeran sistemá­ ticamente, como ocurrió con el alcázar de Baeza.

7.33. Torres ópticas. Si escasos son los restos de castillos rurales en territorio de Baeza, más raros aún son los de atalayas. Esta escasez está, sin embargo, justificada por el hecho de que el acceso de Baeza a tierra musulmana dependiera más bien de la vigilancia y sistema de ata­layas de Jaén y el señorío de Jódar. El camino de invasión del territorio baezano seguía la cuenca del Jandulilla en cuya cabecera, cubierta por la serrezuela de Bedmar, sólo existían dos caminos: el curso del río Bedmar, por el oeste, suficientemente defendido por Bedmar y más al interior vigilado por Jimena; o por el este esquivando la serrezuela de Bedmar, hacia Jódar. De este lado el territorio de Baeza desta­caba la atalaya del cerro homónimo (709 metros), tres kilómetros al sureste de Garcíez, sobre el camino de Bedmar al Guadalquivir, en una cuenca fluvial muy poblada. De esta ata­laya, que probablemente existía ya antes del Pacto de Jaén, no ha quedado rastro.

8. Fortificaciones de Úbeda. 8.1. Úbeda. Dejaremos para más adelante la discusión sobre el papel conquistador asignado por los reyes de Castilla a Úbeda y comenzaremos por las fortificaciones de esta plaza. Úbeda comparte con Baeza, incluso superándola, el cometido estratégico de dominar el territorio entre los ríos Guadalimar y Guadalquivir, controlando no sólo la región central del reino de Jaén, sino los accesos del norte, por Sierra Morena y Levante. Esta privilegiada posición fue ya apreciada en la Prehis­ toria con el establecimiento de un núcleo que aprovechaba sus condiciones naturales, fácil defensa y feraces tierras del

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entorno. No obstante la población más importante estuvo en el Guadalquivir, en el lugar de Úbeda la Vieja. En época musulmana, Úbeda perteneció a la cora de Toledo. En 852, en vísperas de la rebelión muladí, Hixen-benAbdelaziz, ministro de Mahomet I, emir de Cór­doba, hizo amurallar y fortificar la ciudad. Según Vañó, en 1075 Alfonso VI rindió la ciudad en apoyo de su aliado, el rey musulmán de Toledo. De la conquista de Úbeda por Alfonso VII hacia 1147 no hablan las fuentes cristianas, pero se deduce de algunas musul­manas, principalmente el Rawd el Cartás y una carta de Abd el-Rhaman que notifica la reconquista de Almería, Baza y Úbeda. De otro modo no se podría explicar que los castellanos avanzaran por la cuenca del Guadiana Menor y conquistaran el puerto de Almería. Después de la derrota de las Navas de Tolosa, muchos fugi­tivos del ejército almohade y otros habitantes de la región, en­tre ellos los baezanos, se refugiaron en Úbeda, por creerla inex­pugnable. En efecto las propias crónicas cristianas reconocen que Úbedan quae situ, loci et artificio fortissima erat. Sin embargo una ciudad abarrotada de población resultaba inde­fendible, máxime cuando la moral de los que podían combatir sería muy baja. La ciudad sucumbió al asalto el 24 de julio de 1212. Los defensores se atrincheraron en el alcázar y acaba­ron entregándose después de acordar un rescate de un millón de marave­dís. No obstante, como los prelados que acompañaban a los cruzados prohibieron aquella clase de tratos, la ciudad fue asolada. Es evidente que la muralla sólo resultó parcialmente dañada y que los almohades la restauraron y mejoraron en la década siguiente. Las primeras campañas de Fernando III al sur de Sierra More­na respetaron Úbeda y su comarca, pero en 1230 el rey de Castilla de­vastó los alrededores de la ciudad y sus castillos rurales, como preparación para la conquista de la ciudad. El 6-I-1233 Fernando III sitió la ciudad defendida por batalladores et por grant fortaleza. Úbeda capituló en julio de aquel mismo año según unos; en 1234, según otros. La población musulmana fue evacuada.

El prestigioso caudillo Lope de Haro, se­ñor de Vizcaya, que tenía Baeza, quiso unirle la tenencia de Úbeda y se disgustó porque el rey prefería una ciudad independiente de Baeza, como en la época musulmana. Con todo pasaron dos años antes de que se señalaran los términos de su alfoz y hubo que esperar a que Iznatoraf y Santisteban cayesen en manos de Castilla. Los términos quedaron en parte deslinda­ dos al poblarse Quesada, Jódar y Baeza (7 de junio de 1236). Este alfoz sería después ampliado por sucesivas concesiones reales. Desconocemos cómo quedaron las defensas de Úbeda después del prolongado asedio que prece­dió a su conquista. Es evidente que Fernando III reparó sus murallas. Un documento dado en Córdoba el 7 de junio de 1236 cita a Fernando Pérez de la orden de los Velenses, prefecto de la fábrica de los muros de Úbeda. El repartimiento se realizo según la costumbre. Los caballeros participantes en la conquista recibieron las mejores casas de la ciudad, aquellas de la alcazaba que antes eran propiedad de la aristocracia local, y la que sería colación de Santa María. El castillo o parte puramente militar del alcázar, quedó en poder del rey. En estos repartimientos se menciona una puerta de los çapateros del alcázar y la torre de Aben Hud. A pesar de las ventajas ofrecidas por el rey a los repo­ bladores gran parte de la ciudad estaba toda­vía vacía a finales de siglo y reducida a la mitad de su recinto amurallado. La archidiócesis de Toledo y la diócesis de Baeza se querellaron por cuestiones jurisdiccionales sobre Úbeda. El 6-II1236 una comisión pontificia informó de que el arzobispo de Toledo había sido expoliado de los derechos de algunos castillos y lugares, entre ellos Úbeda. El Papa comisionó al obispo de Burgos en 1239 para que investigase sobre la queja del obispo de Baeza contra el arzobispo de Toledo. En el ínterin, Úbeda quedó al cuidado de la orden de la Merced, hasta 1243 en que se alcanzó un acuerdo: Úbeda y Andújar serían jurisdicción del obispado de Baeza.


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El fuero dado a Úbeda se ratificaría en 1251. La tenden­ cia a fortalecer el alfoz ubetense creció en estos años por ra­ zones que después veremos. El 25-mayo-1254 Alfonso X le con­cedió Cabra y Santisteban y, a Baeza, Arquillos; en 1275 serían Tiscar, Huesa y Belerda, plazas todavía por conquistar. Paralelamente se manifiesta el interés real por mantener y for­tificar las defensas de la ciudad. En 1269 Alfonso X había concedido que por espacio de diez años se paguen en cada uno para dicha labor -reparación de murallas- un maravedí los caballeros; medio los pecheros que tuviesen diez; un cuarto de maravedí los que tuviesen cinco; dos sueldos los que no gozasen de esta cuan­tía, nada los que nada pudieren satisfacer, pero siendo obligados a trabajar en la obra un día al año. En 1305, después de unas lluvias torrenciales que dañaron los muros, se destina­ron a su reparación las rentas de la tafurería. En 1313, 1321 y 1335, Úbeda aparece desig­nada como villa. En 1368, Enrique II le concede el título de ciudad. Mientras tanto se produjo la revuelta popular de Juan Martínez que expulsó temporalmente a los caballeros. Durante las guerras civiles entre Pedro I y su hermanastro, el de Trastamara, la ciudad, partidaria de este último, fue sa­queada por los moros de Granada, aliados de Pedro I. Las murallas debieron quedar algo dañadas puesto que en unas mandas testamentarias vemos que Isabel Hernández deja trescientos maravedís para hacer y reparar el adarve de delante de la iglesia de Santa Marina hasta la torre de los Zapateros y Diego Hernández deja quinientos para otro lienzo con dos torres. De la conquista de Úbeda por los nazaríes se desprenden algunas noticias de interés. La primera que, aunque la ciudad su­cumbió, los asaltantes no pudieron tomar el alcázar, último refugio de aristocracia local. En este episodio fue muy señalado en Úbeda Juan Ruiz de la Trapera siendo alcaide de aquella ciu­dad en la defensa della al tiempo que la combatieron el Rey de Granada y Pero Gil (...) cuyo celo de Justicia fue tan riguro­so que sabiendo que

un hermano suyo había hecho fuerza a una muger en la torre de Behud al tiempo deste cerco, entró en la torre y lo mató a puñaladas y arrojó su cuerpo de la muralla. Otras noticias nos van informando sobre los nombres de los principales sectores y edificios de la muralla. El 9 de agosto de 1414 se reúne casi toda la nobleza de Úbeda en cabildo general en la torre de las Arcas. En 1422 se ordena que todos fuesen a la obra de la muralla y adarves para que con más brevedad se reparasen para la defensa de aquella ciudad por aviso que se tenía de que el Rey de Granada se aprestaba para venir sobre ella. Entregaron las llaves de las nueve puertas a veci­nos de Úbeda, a saber: las puertas de Úbeda, la puerta de Martín Fernández, la del Losar, la de Toledo, la de Jaén, la del Baño, la de Baud, que debe relacionarse con la torre de Behud arriba mencionada, la de la torre de Barricuenca, la del Alcázar y la del Postigo de San Llorente. En 1442 entró en Úbeda gente de armas de Andújar y Linares y algunos de Úbeda contrarios al linaje de los Molina -eran los tiempos de las grandes enemistades y banderías entre familias- los cuales habiéndose apoderado del alcázar de Úbeda combatieron las casas de los Molina y los echaron de la ciudad. Durante la guerra civil entre el rey de Castilla y su rebe­ lada nobleza, el maestre de Calatrava, jefe de la facción rebel­ de en el reino de Jaén, se instaló, en 1464, en el castillo episcopal de Begijar y desde allí preparó la toma de Úbeda para lo cual trató con algunos ubetenses del linaje de los Molina la entrega de una puerta. E en­tró en la dicha ciudad y cercó en el alcázar della a don Diego de la Cueva, vizconde de Huelma y a su mujer e hijos e parien­tes. Y como quiera que el dicho señor Condestable les socorrió con almacén y pólvora y ferreros y otras cosas que en el dicho alcázar entraron de noche y escribió a todos los caballeros de Sevilla y de Córdoba o asi mismo a las dichas ciudades y a todas las otras del Andalucía que por servicio del dicho señor rey quisieran venir poderosamente con sus gentes. Los esperados refuerzos no llegaron y al fin hubo de cobrar el di­cho Maestre el alcázar con partido de que el dicho vizconde y los otros que con el estaban se fuesen a la villa de Bedmar.

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Unos años más tarde, después de la conquista del estratégico castillo de Bailén por Iranzo los de Úbeda y Baeza cogieron tan grande temor y miedo que repararon sus castillos de la tierra y proveyeron luego de muchas velas y rondas por las dichas ciudades. Después de la conquista de Granada se recrudecieron las enemistades entre la nobleza local, levantisca e indócil a los monarcas. Los Reyes Católicos, que ya antes habían demolido el alcázar de Baeza por un motivo pare­cido, hicieron demoler el de Úbeda, en 1506, siendo corregidor Diego de Aranda. El primer uso “civil” de la muralla de Úbeda se había hecho en 1500 cuando una de las torres de la puerta de Tole­do fue recrecida para que sirviera de torre del reloj. Después de esta fecha comienza el lento proceso de degradación del circuito murado. Primero el concejo consintió que se adosaran casas a la muralla. De 1837 en adelante vendió a censo los espacios entre torreones de la cerca y se hizo la vista gorda a las demoliciones y aprove­chamientos que los vecinos hacían del material de los muros tónica que, de modo fraudulento, persistía todavía en los años setenta de nuestro siglo. El trazado de la muralla de Úbeda fue estudiado a principios de siglo por Ruiz Prieto y, más recientemente, por Vañó Silvestre y Vañó Esteban. El muro dis­curría, partiendo de la puerta del Losal o de Sabiote, por las calles Fuente Seca y Cruz de Hierro, en dirección al Norte, hasta la Corredera de San Fernando. Allí seguía por detrás de las casas de la acera de los nones de dicha calle, por la calle Ventanas hasta la plaza del General Saro, por el centro de una manzana de casas, formando la espalda de lo que fue casa de la compañía de Jesús, hasta la Torre del Reloj. Desde aquí toma rumbo Sur, a lo largo de las calles Rastro y Cava hasta llegar a los miradores de San Lorenzo, que recorre de Oeste a Este por detrás de la iglesia de San Lorenzo, hasta Puerta Granada; sigue por encima de las casillas de Cotrina hasta Arroyo de Santa María, que atraviesa, y continúa por Saludeja, Miradores del Salvador, Cuesta de Santa Lucía, Huerto del Carmen y muralla de San Millán hasta enlazar con la puerta del Losal.

Vañó modifica ligeramente el plano propuesto por Ruiz Prieto que incluía, intramuros San Nicolás, San Isidoro y el barrio de San Millán. Úbeda fue siempre famosa por sus torres, “La ciudad de las Torres”. Un romance antiguo que podría datar del siglo XVI enumera los linajes de Úbeda que construyeron estas torres. De acuerdo con esta dudosa fuente, el perímetro ubetense tendría cincuenta torres. Hoy existen restos de veintiséis de ellas. Vañó calcula sobre los huecos de las que faltan, com­parando distancias, y supone que el número de total sería treinta y cuatro, contando entre ellas tres que, a su juicio, son musulmanas. Este autor calcula que entre torre y torre mediaban unos quince metros. Las torres que se conservan salvo una de planta octogonal, son de planta cuadrada y responden a dos tipos; uno, más sencillo, de menores dimensiones en planta y altura, pues su meseta no sobrepasa el adarve o paso de ronda, del


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que constituyen un simple ensancnhnniento, siendo macizas en su integridad, y otro que corresponde a lugares de mayor impor­tancia (puertas, escaleras, esquinas), de mayores dimensiones, macizo hasta la altura del adarve, de la que sobresalen para dar cabida a una dependencia o salón con bóveda ojival, saeteras en los laterales y frentes, al que se accede desde el paseo de ronda por puertos con arcos góticomudéjares, que servían de retén o cuerpo de guardia. Desde el salón se ascen­día a la meseta superior por escalera empotrada en el espesor de los muros. Normalmente, como la muralla, no tenían coronación almenada y sí sólo algunas aspilleras dirigidas oblicuamente en el muro, hacia los sitios de mayor interés defendivo. Los historiadores ubetenses discrepan sobre el número de puertas que tuvo la muralla. Cazabán Laguna creía que tuvo nueve; Pasquau, que catorce; Ruíz Prieto opina que fueron doce y Vañó que diez. Estas serían la del Losal o Sabiote, la de Quesada, la de Bahud, la del Baño, la de Granada, la de Jaén, la de Cava, la del Marqués, la de Baeza o de Toledo y la de la Corre­dera de San Fernando. No se cuentan los postigos y las puertas propias del alcázar. De estas puertas sólo dos se han conservado completas: la del Losal o Sabiote y la de Granada. La Puerta del Losal está en el cruce de las calles Fuente Seca y Cuesta de la Merced. Es un monumento de sobria belleza, con un arco de herradu­ra apuntado que descansa sobre dos fustes de sección octogonal. Un paramento liso de sillería remata en un arco de descarga de medio punto que se adelanta respecto al vano de la puerta. Cubre la labor de flanqueo un esbelto torreón de la calle Cuesta de la Virgen, muy adelantado respecto a la puerta e inmediato a ella. Hay restos de matacanes que protegían esta entra­da. La Puerta de Granada, muy restaurada, se abre en la muralla sin pro­tección de torres. La primitiva puerta ha dejado vestigios de su arco apuntado. La actual es de medio punto con dovelaje de cantería y mampostería en el resto. La corona un matacán desviado un par de metros hacia la derecha que nos indica la situación de la primitiva entrada.

Quedan vestigios de otras puertas: en la Cuesta de Car­ vajal y Santa Lucía y en un torreón de los Miradores de Salvador. Serían las Puertas de Quesada y la del Baño. La Puerta de Toledo o Baeza, monumento gótico mudéjar demolido hace un siglo, según Vañó, estaría en la calle Meso­ nes; la de Jaén estaría al final de la Cava, donde se ini­cian los miradores de San Lorenzo; la Barricuenca pudo es­tar hacia la mitad de la Cava.

El alcázar. El alcázar, o alcazaba de la ciudad musul­mana, constituía una segunda línea de fortificaciones, no sólo ideada para aislar a sus habitantes de los enemigos exteriores, sino incluso de las posibles insurrecciones populares. La muralla divisoria del alcázar corría entre la puerta del Baño, a la entrada de la hoy llamada Cuesta de Carvajal, por el lado izquierdo del Arroyo de Santa María, hasta la plaza de este nombre, y desde aquí pasando por detrás de la actual portada principal de Santa María, que fue a ella adosada, siguiendo una línea sensiblemente recta llegaba de Oeste a Este, por la actual calle alta del Salvador, hasta la Puerta de Bahud. Su puerta principal daba a la calle Baja del Salvador, antigua Rastro. Otra secundaria era el Postigo por la parte del claus­tro de Santa María, patio de la antigua mezquita y, evidente­mente, aunque Vañó no encuentra rastro documental o arqueoló­gico que lo justifique, debió también existir una salida del alcázar extramuros, como en todas las alcazabas musulmanas. La alcazaba musulmana nunca se encuen­tra aislada en el interior del núcleo urbano: necesita un postigo que la comunique con el campo abierto en caso de peligro procedente del interior de la ciudad. Delante de la muralla de la puerta de Granada, a unos dos­cientos metros de ella, por el camino de este nombre, se conser­van los restos de una torre, en uno de cuyos lados aparecen labrados las jambas de otra doble puerta. Hacia el Oeste de ella se conserva también hasta una altura de un metro y me­dio, un buen tramo de muro de mampostería y hacia el Este, por detrás de las Tenerías, aparecen también restos muy

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dislocados y poco identificables. Vañó identifica, aventuradamente, estos restos con los de la Barbacana. Para Vañó en la ciudad de Úbeda se distinguen varios perio­dos constructivos. Uno primitivo, musulmán, que completaría el recinto amurallado y la alcazaba y que sería dañado por las ex­pediciones de Alfonso VII y Alfonso VIII. En 1214 los almoha­des inaugurarían un nuevo periodo reparando y fortificando las murallas con sillarejo, casi loseta, observable en el recreci­miento de algunas torres. Un tercer periodo, cristiano, dataría de la conquista de la ciudad. Es observable en la mampostería ripiada castellana con que se recrecen las torres del recinto y no las del alcázar que ya eran suficientemente altas desde la época almohade. Vañó cree que las puertas debieron reconstruir­se por completo y, si presentan rasgos mudéjares, se debe a que los alarifes fueron musulmanes contratados. A nuestro juicio en las murallas de Úbeda se pueden distinguir tres periodos constructivos: 1. Califal: en el que se construyó el recinto exterior y el alcázar. Corresponde al primer cuerpo de cuidada mampos­ tería observable en los restos actuales. Parece que estas primeras defensas no fueron muy altas y las torres, macizas todas ellas, no sobrepasaban la altura del adarve. A esta obra pudo pertenecer la puerta de Quesada. 2. Almohade: se rehacen todas las defensas después de 1214, recreciéndolas con sillarejo alargado, particularmente por el sector del al­cázar. Después de la toma de la ciudad por Alfonso VIII todas las puertas habrían quedado más o menos dañadas. De esta restauración datan probablemente la puerta del Losal o Sabiote y el pos­tigo cubierto por arco de herradura de la puerta de Bahud, aunque ésta también podría pertenecer al primitivo recinto. 3. Cristiana: reparaciones y remodelaciones durante los siglos XIII al XV a base de mampostería. A esta época corresponden el sec­tor de la Puerta de Granada (que por alguna razón que se nos escapa fue corregida trasladándola del emplazamiento que hoy ocupa el pilar y abrevadero al actual, unos metros más arriba), la Puerta de la Cava, el restaura-

do torreón de los Miradores de San Lorenzo, el subterráneo (aljibe?) de sillería y bóveda apuntada (medidas: 11’90 x 3 metros) que se encontró en 1925 en el subsuelo del alcázar y la albarrana de la corredera de San Fernan­do que debe datar de la segunda mitad del siglo XIII, como casi todo el resto de la obra cristiana observable. Esta torre demuestra la rápida asimilación de la arquitectura militar almohade por Castilla. Esta torre es maciza hasta el paso de ronda, por el que pasaban a un bello salón con bóveda en forma de cúpula octogonal. Su adarve presenta cuatro matacanes volados sobre ménsulas lobuladas (...) en las caras alternas de la torre (...) Es la única torre albarrana del recinto. Es evidente copia en su forma y función de los bastiones octogonales que protegían los ángulos de las cercas almohades.

8.2. Fortificaciones ubetenses al Sur del Guadalquivir. Fernando III planeó que cada ciudad o señorío importante del reino de Jaén estuviese en contacto con la frontera musulmana, de manera que contribuyese a su defensa o a la conquista de nuevos territorios. A Úbeda, como a Baeza y a Jaén, el rey les concedió las plazas musulma­nas de su inmediata frontera. En 1275 Alfonso X otorgó al concejo de Úbeda los casti­ llos de Tiscar, Huesa y Belerda, en la cuenca del Guadiana Menor, para cuando se conquistasen. Hemos de recordar que Fernando III había donado las tierras de Quesada y su entorno al arzobispo de Toledo en 1230 con la esperanza de que el prelado se hiciera cargo del eje de conquista del Guadiana Menor, con cuya finalidad le otorgó Baza para cuando se conquistase. Pero pasó el tiempo sin que el arzobispo progresara y finalmente el rey optó por recuperar los derechos de Castilla sobre Baza en 1252 entregando a Toledo, a cambio, la villa y castillo de Iznatoraf. La estratégica fortaleza de Tiscar, guardiana del puer­ to del mismo nombre, continuaba en manos musulmanas y representaba un peligro constante para el territorio cristiano al norte del puerto, al tiempo que frenaba la penetración castellana hacia el sur. A la postre la vanguardia de Tiscar y


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el retén de la comarca fortificada de la hoya de Baza constituyeron las claves del desbaratamiento del plan original de conquista de Andalucía concebido por Fernando III, al que ya nos hemos referido anterior­mente (por el Guadalquivir hacia Cádiz y por el Guadiana Menor hacia Almería). Alfonso X desesperó de que el arzobispo de Toledo pudiera hacerse con esta plaza y en 1275, en el mismo año de la rota del cardenal-arzobispo don Sancho de Aragón decide confiar la conquista al concejo de Úbeda. Con ello su­primía cualquier posibilidad de acrecentamiento del terri­torio arzobispal y traspasa la empresa de conquistar el Guadiana Menor a su ciudad realenga de Úbeda a la que otorga Tiscar, Hue­sa y Belerda. Todavía pasarían cuarenta y cuatro años antes de que estas fortalezas cayesen en poder de Castilla.

2.1. Torre de Calatrava. En el repartimiento de Úbeda, Fernando III otorgó un do­nadío en la torre de Calatrava que es de los fijos de Martín Ferrandez. Jimena Jurado escribe: fue un castillo en el término de Úbeda entre los ríos Xandulilla y Guadiana Menor el qual en la concordia del arzobispo don Rodrigo y el obispo de Baeça se excluyó de los términos deste Obispado, aun­que después parece averse alterado esto a causa de las gue­rras de los Moros y auer adquirido el derecho de esta ciudad de Úbeda. Deste castillo apenas se ven aora las ruinas. No hemos encontrado restos de esta fortificación, posiblemente castillo rural, donde dice Jimena.

2.2. Torre de Santiago. La torre de Santiago fue un castillo rural que Jimena Jurado incluyó en su catálogo pero nunca llegó a dibujar. Estaba en la orilla izquierda del Guadalquivir, dos kilómetros aguas arriba de la desembocadura del Guadiana Me­nor, cerca de la ermita de Santiago dominada por un cerro o atalaya cuya cumbre formada por una extensa planicie se distingue todavía por el nombre bélico de plaza de armas.

2.3. Cabra o Cabrilla. Este castillo corresponde a la localidad de Cabra de San­ to Cristo, en la zona meridional del reino de Jaén. Fernando III obtuvo Cabra, mediante tratado, en 1244 o 1245. El 25 de mayo de 1254 Alfonso X la concedió a Úbeda con obligación de tenerla bien poblada y guardar a los moros los pactos que tenían. Debido a la posición de este castillo que, después del Pacto de Jaén, había quedado tan próximo a la fortaleza nazarí de Solera como aislado de la retaguardia cristiana por una comarca montañosa y despoblada, esta plaza sería motivo de constante disputa por castellanos y granadinos y en conse­ cuencia va a quedar como tierra de nadie y totalmente neutral y deshabitada. En el enunciado anteriormente transcrito creemos que está la clave de la extraña posición en que Cabra se encuen­ tra a lo largo de toda la Baja Edad Media. Una posición en principio castellana no ofrece ninguna contrapartida económica o estratégica a los esfuerzos que su mantenimiento acarrea. Por lo tanto queda despoblada y se define como tierra de nadie. En 1417 un curioso pleito surgido entre castellanos y gra­nadinos a raíz del robo de unas vacas en Cabra declara que no estaba definido en las treguas si el lugar quedaba por Úbeda o por Granada. Tres años más tarde el conflicto sigue sin resolverse y los moros queman diez mil pinos, que estaban cortados y preparados para trasportarlos a Úbeda, en represalia por unos ganados robados años atrás. Carlos V repobló y reconstruyó el lugar en 1545. Después lo adquirió Jerónimo de San Vitores de la Portilla. El señorío pasó a los marqueses de la Rambla hasta que los vecinos lo rescataron. Espinalt presume que los moros cercaron este lugar de al­tos muros pero no testimonia que existieran en su tiempo ni menciona el castillo. El castillo de Cabra se encontraba en las afueras del pueblo actual, hacia el este, y ocupaba la espaciosa meseta que

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remata el cerrete de San Juan. Hoy la meseta está plantada de oli­vos y en ella aflora abundante cerámica romana, lo que parece indicar que el castillo medieval se asentó sobre un oppidum.

de espesor. Son de mampostería con mucho mortero de yeso y barro. Quizá los restos actuales corresponden al núcleo de la obra y el revestimien­to exterior de mampostería en hiladas haya desaparecido.

Por el escar­pe del cerro de San Juan corría la muralla del castillo de la que que­dan escasos vestigios. Es evidente que los constructores se limita­ron a esculpirla en la roca porosa y blanda del escarpe y luego la acrecentaron con un fuerte para­peto guarnecido de bastiones cuadrados que son practicamente una extensión del parapeto.

Creemos que este castillo podría ser cristiano de la segunda mitad del siglo XIII, sin descartar que pueda ser musulmán anterior. Gil Medina opina que esta mampostería basta y tosca es procedimiento musulmán y confunde el so­litario bastión con una torre vigía.

De estos bastiones sólo se conserva uno, en muy mal estado, y restos escasos de otro. Ni siquiera se puede afirmar que todo el entorno del cerro estuviese guarnecido de ellos. Los bastiones que mencionamos están en el lado norte y miden 4’60 metros de frente y 4 metros de lado. El lienzo intermedio mide 19’20 metros. Los muros alcanzan 1’20 metros

2.4. Torrubia de Úbeda. En la orilla derecha del Jandulilla, a tres kilómetros de su desembocadura en el Guadalquivir, y sobre el antiquísimo camino que iba de Cabra a Úbeda la Vieja, existió un casti­llo rural en Torrubia del que hoy sólo queda el topónimo. No debemos confundirlo con otro Torrubia, en término de Baeza,


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en la ribera derecha del Guadalimar, entre el castillo de Santa Eufemia y Jabalquinto. En esta zona hubo otros castillos rurales que no han dejado vestigios: uno en el cerro Hermanas (762 m.) y otro en el cerro Moro (665 m.), dominando el camino de Larva a Quesada, donde existen unos Cortijos de los Corralones cuya denomina­ción probablemente aluda al recinto defensivo. Un tercero existió en el cerro Atalayón que está al sur de Larva y norte de Cabra.

2.5. Castel Bermejo. Castel Bermejo estuvo emplazado en el cerro Bermejo (515 m.) una estratégica posición, sobre el camino de Larva a Quesada y el que sube de Huesa a Úbeda, por don­de también discurre, a un kilómetro de distancia, el río Guadiana Menor. En 1285 Sancho IV cedió este castillo a la Orden de Santiago a cambio del de Lebrilla. En la primera mitad del siglo XIV pertenecía a la encomienda de Bedmar y Albanchez. En 1417 la gente de Úbeda robó unos ganados de los moros que habían entrado en tierra de Cabra. Los de Úbeda consi­deraban Cabra territorio propio mientras que los moros lo tenían como tierra de nadie. Los alcaldes de frontera decidieron que los ganados estaban bien tomados porque aquella tierra debía ser yerma. Tres años más tar­de, el incidente se repitió y, en represalia, el alcaide nazarí de Huelma saqueó los términos de Bedmar y Albanchez y se retiró con su botín hacia Bélmez. Los ubetenses que salieron al rebato llegaron hasta Quesada en se­guimiento de 37 moros a caballo que entraron por la Fuente del Armilla y llegaron hasta Castil Bermejo, término de Úbeda, pero no lograron alcanzar a los fugitivos.

2.6. Olvera. El castillo de Olvera estaba en la margen derecha del Guadalquivir, a unos seis kilómetros al noreste de Sabiote. En 1235 Fernando III cedió este lugar a sesenta caballeros

de Úbeda con la condición de que edificaran un castillo y lo mantuviesen. La heredad era suficiente para sesen­ta yuntas de bueyes, a año y vez, junto con la torre y sus molinos construidos o por construir. En el siglo XV Olvera se apartó temporalmente de la jurisdicción de Úbeda, a la que volvió en 1449 de manos de Men Rodríguez de Benavides. En tiempos de Madoz era cortijo al abrigo de un torreón moruno. En el lugar de Olvera no quedan hoy restos del castillo rural si no es por un paredón grueso reaprovechado.

2.7. Torre de Pero Gil. El castillo y lugar de Torreperogil perteneció a Úbeda, de la que dista siete kilómetros, pero no está claro si fue señorío desde 1230 o simplemente patrimonio de una gran casa de las de Úbeda. Señor de la Torre de Pero Gil y quizá responsable de su denominación fue un tal Pero Gil que permaneció leal a Pedro I de Castilla en la guerra civil y por este motivo fue combatido por los otros caballeros de Úbeda que habían tomado el partido rebelde. Después de la derrota de Pedro, en 1369, Enrique II despojó a Pero Gil de su señorío y se lo entregó a Úbeda como recompensa por la ayuda prestada. Torre de Pero Gil intervino también en la guerra civil entre los par­tidarios de Enrique IV y la nobleza rebelde. En 1460 el rey ordenó que pusieran en libertad a unas mujeres apresadas en Torreperogil y llevadas a Sabiote. En 1887 todavía perduraban cuatro torres del castillo de Torre Pero Gil, pero hoy sólo quedan dos, adosadas a casas del pueblo y conocidas como las torres oscuras. Una es de planta cuadrada y la otra octogonal. Son de mampostería bastante irregular y menuda. La cuadrada emplea sillería en las cadenas angulares y en el marco de la entrada, que es adintela­do. La octogonal consta de dos aposentos superpuestos, cubiertos por bóvedas. El inferior se alumbra y ventila mediante diminutas saete­ras, una por cada lado de la torre.

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Las dos torres tienen remate de canes bien labrados que sos­tuvieron matacán continuo. Nos parece más probable que sea una obra cristiana de finales del siglo XIII o del XIV.

2.8. Castillos rurales. La tierra de Úbeda, al igual que las otras de la campiña que ya hemos revisado, abundaba de torres o castillos rurales generalmente conocidos por el nombre de alguno de sus propietarios o por alguna otra circunstancia de su historia: Diego Martínez, Garci Hernández, don Lope, Martín Iuanes, Calatrava, Pedro Gil, Santa Olalla, San Juan, Mocha, Alba, de Garci Ordóñez, etc. La torre de don Lope llevaba el nombre de su primer here­dado, don Lope Díaz de Vizcaya, el famoso caudillo de Baeza; Ordon Fernández donadios, el uno so la torre de don Lope entre las dos carretas, la una parte el olivar del cuarto del rey e la otra el donadio de don Lope, e la otra la torre de Garcia Ordoñez. Don Diego Martínez de Finojosa heredó su donadio que es la torre de Diego Martínez. En la torre de Santa Olalla recibió donadío de viñas don Gil, el Vicario. En torno a esta torre se creó un poblado que se agregaría en 1313 a la administración eclesiásti­ca de Santa María de Úbeda, por efectos de la despoblación. Esta torre se encuentra entre las que Jimena Jurado quiso dibujar a mediados del siglo XVII. Hoy no hay rastro de fortificaciones. Cerca de la de Santa Eulalia existían las torres de Xacaena y la de Xarca mencionadas en una donación que hace Fernando III en 1235. La torre de las Casas, en término de Úbeda, aparece en la escritura de fundación de mayorazgo a favor de Don Alfonso Carvajal y de la Cueva, en 1620. Otro repartimiento de Fernando III fue la torre de Sant Johan a cuatro kilómetros al noreste de Úbeda, pie del cerro Mirabuenos (779 m.), Don Moro donadio entre las carreras que van a la torre de Sant Johan. En 1338 se anexionaría en lo eclesiástico a Santa María de Úbeda.

La torre de Martín Ibannez, notario del rey, luego pasaría a los fijos de Ferrand Perez de Pedro Atalaxo. En el testamento de Fernando Mexia, dado en 1489, dona la heredad o cortijo de Torre de Martín Ibáñez. La torre de Garci Ordonnez donde don Gómez González de Roa recibió donadío. La torre de Garci Fernández, hoy caserío de San Bartolo­ mé, a mitad de camino de la antigua vía entre Úbeda y Torre de Pero Gil, fue un donadío de Fernando III. En 1338 se anexionó, por despoblación, a Santa María de Úbeda como dependencia eclesiástica. Al parecer había sido poblado en la antigüedad. Esta torre fue señorío de Don Juan de la Cueva y Benavides Manrique de San Martín, tercer señor de Solera, vizconde de Huelma y duodécimo señor de Torreperogil. Jimena Jurado menciona esta torre en 1644. En 1787 aparece en el mapa de Thomas López, ya como San Bartolomé. Hoy es aldea casi despoblada por la emigración. En la esquina de un caserón que usurpa el lugar del anti­guo castillo hay una torre de mampostería, de planta cuadrada, que podría corresponder a la torre del homenaje en cuyo entorno creció el lugar. Es casi tan ancha como alta, lo que demuestra que está muy desmocha­da, y se remata en moderno tejado a cuatro aguas. El castillo debió construirse hacia mediados del siglo XIII. En el cerramiento del corral queda un lienzo de muro medieval. Parece que hubo otro castillo rural en Torremochuelo, dos kilómetros al norte de Úbeda. El castillo de Cueva Blanca estaba situado en una veguilla que linda con tierras de Jódar y Úbeda. El mismo documento menciona un cortijo llamado Torre de las Casas.

8.3. Los castillos del Guadiana. En 1275, Alfonso X otorgó a Úbeda los castillos de Huesa, Velerda y Tiscar, los tres en la ribera derecha del Guadiana, en pago de los servicios que este concejo había prestado


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a Fernando III, su padre. Las fortalezas estaban todavía en manos de los moros y las tenía Mahomad, fijo de Handan, uno de los más notables caudillos de la frontera nazarí.

3.1. Huesa. Este castillo distaba siete kilómetros de la plaza fuer­te de Quesada, por el sur, sobre un cerro de 654 metros. Hoy es una aldea en la que no se observan restos identificables con el castillo de Huesa, aunque podrían corresponder a lo que los lugareños llaman “calle de los moros”, en el cerro. Es dudoso que se trate del castillo homónimo que quiso dibujar Jimena Jurado en 1644.

3.2. Velerda o Belerda. Este castillo, hoy cortijada, distaba de Huesa, tres kilómetros por el este. Hoy no quedan vestigios de fortificación en Belerda, pero un erudito local alcanzó a verlos en 1935 y escribió de ellos: una débil tapia enmarcaba el recinto de Belerda. Es que Tiscar todo lo suplía.

3.3. Tiscar. Este castillo, siete kilómetros al sur de Quesada, está junto al santuario de la Virgen de Tiscar. El castillo de Tiscar era ya famoso en época musulmana. La crónica de Rasis dice de él: está en alto que allí no pueden poner escala en ninguna guisa e non vos podria hombre el alteza de su muro. El Idrisi dice: no lejos de Baza está el castillo de Tiscar que por su altura, por la soli­dez de la fortificación, la bondad del suelo y la pureza del aire es preferible a todos los puntos de España. No es posible subir a el más que por dos puntos distantes entre si doce millas y por senderos extraordinariamente estrechos, en la cumbre de las montañas hay rebaños y campos perfectamente re­gados, de suerte que el castillo es tan notable por sus recursos como por su ventajosa posición.

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En 1319 el infante don Pedro conquistó Tiscar después de un reñido asedio. Todavía era su alcaide Mohamad Andon al que suponemos ya anciano, o quizá fuese un hijo homónimo del alcaide anterior. En 1335 y 1336, Alfonso XI concedió a Úbeda el castillo y una renta de quince mil maravedíes anuales durante quince años para su mantenimiento. A la bajada del puerto de Tiscar, sobre una cresta rocosa que casi barrea el valle en su parte más angosta, se alza el castillo. Los desplomes han imposibilitado el anti­guo camino de acceso, pero desde lejos se aprecia el recinto de reduci­das proporciones con una pequeña torre del homenaje que parece tardía, probablemente de la primera mitad del siglo XIV. Quizá comenzó la construcción inmediatamente después de la conquista. Con todo, los muros y cerramientos que se observan aquí y allá, cortando los pasos libres entre las formaciones roco­sas, están fabricados en tapial basto, que incluye grandes mampues­tos. Pudieran ser restos del primitivo castillo musul­mán. En realidad la verdadera torre del homenaje o alcazarejo del castillo era la Peña Negra, una impresionante formación rocosa de escarpadas paredes que se alza en el cen­tro y que, convenientemente adobada con algunos rellenos y pa­rapetos de los que aun subsisten restos, constituye un punto de defensa prácticamente inexpugnable. Es natural que si esta for­ midable plataforma fue escalada y tomada por sorpresa por los sitiadores cristianos (episodio de Pedro de Hidalgo), el res­to de la fortaleza tuviera que rendirse.

3.4. La atalaya de Tiscar. La atalaya de Tiscar, vigilante del puerto, constituye el enlace entre el castillo de Tiscar, del que dista escasos kilómetros, y Quesada. Se trata de una torre cilíndrica de mampostería regular que mide 16’10 metros de perímetro por la base y 10’40 metros de al­tura hasta su remate que ha perdido el parapeto. El cuerpo inferior es macizo aunque está algo deteriorado por

la acción de los buscadores de tesoros. El superior alberga un aposento de 2,40 metros de diámetro cubierto con bóveda de media naranja. A la terraza se accedía mediante escalera de madera por un aguje­ro lateral, encima de la entrada. Una fila de mechinales que rodea el muro a conveniente altura sugiere la existencia de dos niveles habitables con piso inter­medio de madera. El grosor del muro es de 1’30 metros. So­bre el vano de entrada, provisto de quicialeras, hay dos escu­dos. El inferior presenta dos castillos y dos cruces potenzadas, en cuarteles alternos; el superior está casi borrado. Debe ser una obra de prin­cipios del siglo XIV, probablemente contemporánea a la obra cristia­na del castillo de Tiscar. La seguridad de Quesada dependía de los castillos de Huesa, Belerda y Tiscar, concentrados en un triángulo de tres kilómetros de lado, que controlaban los caminos de Granada. Tiscar y Huesa están situados a uno y otro lado del nacimiento de la sierra de Quesada; Belerda, en posición intermedia, al pie de la sierra. Huesa y Tiscar controlaban sendos puertos; Huesa, una vía alternativa por la orilla derecha del Guadiana Menor.

7.32. Torre de Gil de Olid. Esta torre que está cerca del Guadalquivir poco más de una legua de Baeza a la ribera meridional del río, junto al camino que va de esta ciudad a la de Jaén a mano izquierda, corresponde a un castillo rural que Alfonso X dio en 1269 a los treinta y tres caballeros pobladores del alcázar de Baeza. Recibió su nombre de un tal Gil de Olit, que testifica en un acta de Baeza en 1236. En esta torre se celebraron juntas de cabildo y regidores de Jaén, Baeza, Úbeda y Andújar el 22 de mayo de 1422. En tiempos de Jimena Jurado todavía se tenía en pie el castillo que el historiador incluyó en sus Antigüedades.

3.5. Torres ópticas. El sistema de torres ópticas que defendía el territorio ubedí se apoyaba en los correspondientes de Baeza y el


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Adelan­tamiento. Las poblaciones de la loma de Úbeda y sus castillos no precisaban de sistema de torres atalayas, puesto que podían cómodamente comunicarse entre ellas. No ocurría lo mismo con el territorio de su inmediata retaguardia, la depresión del Guadalimar. Al noroeste de Úbeda existía un puesto de señales que ha dejado su nombre al cerro Atalaya (803 m.). Cinco kilómetros más al noroeste, en la zona más densamente poblada de castillos rurales de este sector (Santa Eulalia, San Juan, Calatrava, El Mármol, T