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PRÓLOGO Reino de Castilla. 1243 d. C. Se aproximaba la medianoche. Un joven de rostro pálido, desnutrido, sus cabellos negros lacios y enmarañados, corría tan rápido como su maltrecha pierna le permitía por el sendero que conducía hacia el monasterio. Detrás, a cierta distancia, una muchedumbre enfurecida, armada con antorchas, guadañas y hachas, acompañada de ocho perros, seguía su rastro y pretendía darle caza. Tan pronto como las luces aparecieron en el horizonte, la campana de la torre que miraba al sur sonó repetidamente, y los monjes, que estaban a punto de irse a sus celdas, corrieron hacia la puerta principal. El joven alcanzó el enorme portón del muro y lo golpeó mientras lanzaba gritos de auxilio. Al otro lado tres monjes encapuchados tiraron de una de sus hojas, que se abrió pesadamente. El muchacho se apresuró a entrar y ayudarles a bloquearla de nuevo. Luego dio las gracias a los monjes que, sin decir una palabra, se apartaron del portón y entraron en el edificio. Acto seguido otro monje salió. Llevaba una antorcha en la mano derecha y vestía un hábito negro, atado a la cintura con un cordón del mismo color y la capucha le cubría la cabeza y parte del rostro. El joven contempló durante un instante a la luz de la antorcha su tenebrosa figura y la barba canosa, única parte de su faz que la caperuza dejaba ver. Un escalofrío recorrió su espalda. Cuando el monje estuvo a tan solo unos metros se descubrió y, con sus ojos clavados en los del joven, le preguntó inquisitoriamente:

Hijo, ¿por qué te persiguen?

El joven miró los ojos del monje envueltos en llamas por el reflejo del fuego que portaba e inmediatamente su mirada y sus rodillas cayeron al suelo. A su mente vino el recuerdo de un suceso ocurrido hacía ya unos meses, y con voz entrecortada contestó: 

Tenía hambre y… robé una barra de pan de la posada. El posadero cogió un cuchillo y… se abalanzó sobre mí. Conseguí salir de allí, pero entonces él gritó y los vecinos salieron de sus casas y… y me persiguieron hasta aquí.

Las voces estaban ya muy próximas. Gritos de muerte y venganza se oían por todas partes. El monje reparó las magulladuras del muchacho, en el sayo raído y descolorido que vestía... La expresión severa de su cara se tornó en piedad. 

Levántate y entra. Yo me encargaré de ellos.

El joven se levantó y, con un gesto de agradecimiento, se santiguó y cruzó rápidamente el patio para dirigirse al interior de la fortaleza. Apenas cruzaba el umbral de la entrada cuando el portón fue golpeado por manos, pies, palos… mientras continuaban los gritos. El monje alzó la voz:

Soy el abad de esta comunidad. ¿Qué queréis los que venís a este lugar sagrado armados y maldiciendo?

La voz del monje se escuchó fugazmente entre el griterío y los ladridos de los perros, tras el imponente muro de más de cuatro metros de altura, construido de granito macizo. Entonces alguien pidió silencio. Cuando gran parte de la multitud se aplacó, una voz grave dijo:  Venimos buscando a un ladrón embustero y asesino.  En ese caso os habéis equivocado de lugar. Nadie entre estos muros posee esos rasgos –replicó el monje.  Sabemos que ha huido en esta dirección y los perros han seguido su rastro hasta esta


puerta. Abridla para que podamos llevárnoslo y ajusticiarlo por sus crímenes. Los gritos se elevaron de nuevo entre la muchedumbre: “¡Muerte!” “¡Venganza!” “¡A la horca con él!”. El monje esperó unos segundos y, cuando hubo una calma relativa, habló de nuevo:    

Eso no puede ser. Si abro estas puertas entraréis y lo arrasaréis todo. ¡Entonces sacadlo afuera! –bramó alguien ¡No me convertiré en responsable de la muerte de un joven inocente! –gritó el monje. ¿Inocente? ¡Decídselo a la viuda de Tomás! –vociferó un tercer hombre.

La voz de una mujer desconsolada resonó a lo lejos: “¡Asesino!”. Entonces se hizo el silencio. Parecía que todos esperaran la réplica del monje. Éste recapacitó durante un tiempo y finalmente dijo: 

En cualquier caso hoy no habrá derramamiento de sangre. Estas puertas no se abrirán esta noche. Regresad a vuestros hogares.

Tras decir esto, giró sobre sí mismo y se dirigió a la fortaleza. Los gritos comenzaron de nuevo y entre el gentío, el joven Felipe, posó una mano sobre el hombro de su padre, Julio, y le dijo: 

Volvamos. Hoy no conseguiremos entrar aquí. Lo intentaremos mañana cuando vuelvan José y Alejandro.

Julio agitó el puño, la vista clavada en la cruz que coronaba la torre en la que el hermano Santiago aguardaba, sosteniendo con firmeza su arco y escuchando atentamente cómo se desarrollaban los acontecimientos. Después, con unas lágrimas de rabia resbalando por sus mejillas, Julio dio media vuelta y todos volvieron a la aldea. 1 EL MONASTERIO En el año 1243, una fortaleza se alza en lo alto de una colina a pocas millas de una aldea escondida en un valle de Castilla y ocupada por una comunidad de atípicos monjes benedictinos. Aquí se relatan los sucesos que explican cómo tal emplazamiento llegó a sus manos. Hacia el año 1215, aprovechando la confusión que la reciente muerte de los reyes Alfonso y Leonor había ocasionado en el reino, un Noble que se hacía llamar Gonzalo Cornel llegó a la aldea acompañado por su séquito y un puñado de soldados y, mediante engaños, consiguió que los campesinos le construyeran la fortaleza. No era tan grande como él habría deseado pero aún así acabó con las dos canteras de granito más cercanas al poblado. Gran parte de este granito sirvió para la construcción del muro; una pared de casi cuatro metros de altura y uno y medio de espesor, con cuatro fachadas que daban a los cuatro puntos cardinales. Protegido por este muro, se elevaba un gran edificio de planta cuadrada, con cuatro torres, situadas en el centro de cada fachada. Dentro, un atrio en el medio se encontraba rodeado por un claustro con puertas que lo comunicaban con numerosas estancias de grandes dimensiones en la planta baja, mientras que la primera planta constaba de una laberíntica galería alrededor del atrio, con cuatro escaleras que bajaban y otras cuatro que subían a las torres. Esta galería estaba llena de ventanales desde los que se podía apreciar el paisaje más allá del muro. Gonzalo hizo creer a los aldeanos que los musulmanes ganaban terreno de nuevo y que en poco tiempo cruzarían la frontera del reino. Solo era cuestión de tiempo que se toparan con su aldea y la arrasaran hasta los cimientos. Afortunadamente, una importante guarnición del ejército de la Corona de Aragón, a la que Gonzalo debía lealtad, se dirigía hacia allí y podría protegerlos. Los campesinos, atemorizados, tardaron poco más de seis meses en levantar esta estructura. La mayoría de la población dejó pronto de creer que los musulmanes vinieran en realidad. Si preguntaban a los transeúntes o al sacerdote, que mantenía contacto con las ciudades del sur,


solo obtenían vagos rumores de ellos, ya que eran coaccionados por los hombres de Gonzalo, que controlaban el paso de los primeros y la correspondencia del segundo. En cualquier caso, nadie quería correr riesgos. Habían luchado demasiado en los últimos años por levantar la aldea y trabajar las tierras aledañas, siguiendo el plan de repoblación del difunto monarca. La farsa no duró mucho, pues apenas había pasado un año cuando regresaron tres de los quince hombres de la aldea que habían sido reclutados para participar en la Santa Cruzada de 1212. Tras la decisiva victoria de Navas de Tolosa, los ejércitos de los reinos cristianos avanzaban con rapidez por el sur de la península, acompañados de multitud de órdenes de caballería, entre ellas un grupo de templarios procedentes de Jerusalén que en su viaje hasta España habían engrosado sus filas con numerosos voluntarios de los países que cruzaban, entre ellos muchos peregrinos que se dirigían hacia Santiago de Compostela para contemplar los restos del Santo Apostol, y algunos de los cuales acompañaban ahora a los tres aldeanos, con la intención de tomar un descanso antes de reanudar su peregrinaje. Después de que Bernardo, Lucas, Víctor y el grupo de peregrinos confirmaran las sospechas de los aldeanos, éstos, enfurecidos, atacaron a los soldados de Gonzalo que permanecían en la plaza, junto a la iglesia, y luego todos se dirigieron a la colina para pedir explicaciones a su señor. Gonzalo acostumbraba a contemplar el paisaje desde la galería del primer piso, pero aquel día la escena que presenció no era tan agradable como los árboles, las flores de primavera o el río que serpenteaba en la base de la colina hasta una pequeña cascada donde se perdía de vista. Esa imagen se vio remplazada por una multitud de campesinos armados que se dirigían hacia donde él estaba con intenciones visiblemente hostiles. El noble se estremeció y, tras ordenar a sus hombres que bloquearan el portón, buscó un lugar seguro. Tres soldados tomaron posiciones en la torre con sus ballestas, mientras que el resto, apenas una docena, aguardaban en el patio armados con lanzas y espadas. Tan pronto como los sublevados estuvieron a tiro, las flechas volaron. Los aldeanos corrieron hacia la puerta principal, pero una vez la alcanzaron, supieron que no podían hacer nada. Estaban a salvo de los ballesteros, pero no tenían ninguna posibilidad de atravesar el gran portón de sólido metal, fabricado por maestros herreros del norte. Jamás podrían derribarlo. Entonces Bernardo tomó el mando y ordenó a algunos aldeanos volver a la aldea a por refuerzos, arcos de caza y unas escalas, mientras la mayoría de los hombres aguardaba junto a la puerta para que nadie escapara. Al cabo de dos horas, cuando dos hombres yacían en el suelo, uno muerto y el otro agonizando, una treintena de aldeanos subía por el camino. Dieciséis hombres transportaban ocho largas escalas de madera. Los otros traían unos cuantos arcos y flechas. Cuando casi estaban a tiro para los soldados de la torre, dejaron las escalas y cogieron los arcos. Se les unieron Lucas y algunos de los peregrinos y así, no tardaron en herir gravemente a dos de los ballesteros. El tercero consiguió refugiarse en el interior, escapando a la lluvia de flechas. Mientras los arqueros cubrían la torre el resto corrió a coger las escalas, colocando cuatro en el muro de la puerta, en tanto que sigilosamente, por orden de Bernardo, transportaban las otras cuatro hacia la parte de atrás. Unos pocos aldeanos asomaron por encima del muro principal captando la atención de los soldados que se apresuraron a coger piedras y arrojárselas, intentando evitar que traspasaran el muro. Pero olvidaron vigilar la retaguardia, donde, colocando dos escalas a cada lado del muro trasero, los aldeanos penetraron rápidamente en el interior, cogiéndolos por sorpresa. La batalla fue rápida, pues Bernardo alcanzó pronto al oficial al mando y al segundo lance, éste cayó al suelo fulminado y los soldados depusieron sus armas.


Mientras los hombres de Gonzalo eran maniatados, unos cuantos asaltantes entraron al interior en busca del noble. Registraron y saquearon todas las salas, pero no lo encontraron. No alcanzaron a verlo antes de la batalla, por lo que pensaron que no se hallaba en el lugar. Pero allí seguía, oculto en un ingenioso escondite en lo alto de la torre, inmóvil, esperando a que pasara la tormenta. Aquella misma tarde todos los hombres de Gonzalo fueron juzgados de forma un tanto sumaria. Quienes admitieron conocer los planes de Gonzalo conservaron su honor, pero fueron ahorcados en la plaza de la aldea al anochecer. Los que dijeron que también habían sido engañados y solamente obedecían las órdenes de su señor, fueron encerrados bajo llave provisionalmente en una estancia de la fortaleza. Sólo un hombre, Enrique, el arquitecto que se encargó de dirigir la construcción de la fortaleza (cuyos planos, incluidos los escondites construidos por los soldados en la fase final de la edificación todavía guardaba bajo su sayo), quedó libre tras jurar en su juicio que no tuvo nada que ver con el engaño y que además había sido retenido en contra de su voluntad desde que la construcción terminó. La mayor parte del improvisado jurado se lo creyó pero debido a la presión ejercida por aquellos que dudaban de la veracidad de sus palabras, le pidieron que permaneciera en la aldea durante unos meses. Además, no les vendría mal un arquitecto para ayudarles a llevar a cabo un par de proyectos que tenían en mente desde hacía algún tiempo, entre ellos un nuevo granero que Gonzalo se negó a construir. De este modo, Enrique vivió durante medio año en una habitación de la taberna, hasta que conoció a Nora, una huérfana de diecisiete años recién llegada a la aldea, y ambos se establecieron definitivamente en una modesta casa de madera y ladrillo en las afueras, donde tuvieron a su único hijo en 1224, al que llamaron Ricardo. Ricardo vivió con sus padres hasta finales de 1240, fecha en que ambos murieron en un incendio cuyas circunstancias nunca se esclarecieron, y que redujo a cenizas la pequeña casa. Aquel día, además de su hogar y sus padres, Ricardo perdió gran parte de su cordura. La familia de su novia lo acogió en su casa hasta que tuvo que huir tras provocar varios incidentes y desde entonces se ocultó en el bosque, volviendo cada noche a la aldea para robar, fundamentalmente comida pero también joyas y otros enseres que vendía a los contrabandistas que frecuentaban el camino que se encontraba al otro lado del bosque. En cuanto a Gonzalo, el día en que su plan fue desmantelado, permaneció oculto hasta bien entrada la noche. Entonces, salió de su escondite, cogió las joyas y demás objetos de valor que guardaba ocultos por una trampilla debajo de la cama en sus aposentos, y huyó del lugar sin siquiera tratar de liberar a los soldados presos, a pesar de la ausencia de vigilancia. Nadie más volvió a saber de él, excepto los bandidos que días más tarde le asaltaron, le robaron todo, le mataron y arrojaron su cuerpo al río. Pero nada sabían en la aldea de esto, y ahora la confusión reinaba en ella. Desconocían el paradero de Gonzalo y lo que es más importante, si volvería acompañado del ejército del que tanto presumía. Una de las principales cuestiones ahora era el destino de la fortaleza. La idea de nombrar un líder que viviera allí acompañado de su guardia personal y sirvientes resultaba absurda en una aldea que apenas contaba con trescientos habitantes. Además, lo más probable era que en cuanto algún señor poderoso pasara por allí intentara adueñarse de ella y, con unos cuantos guerreros, la aldea volvería a ser sometida. De modo que se pusieron de acuerdo y decidieron entregársela a la comunidad de monjes benedictinos que vivía en una pequeña finca a las afueras del poblado, aparentemente ajenos a todo lo que ocurría más allá de sus límites. Estando en manos de la iglesia, pensaron que la nobleza no trataría de reclamar sus derechos sobre la fortaleza. Así, algunos representantes de la aldea llamaron a la puerta de la comunidad para comunicarle a Juan, el Abad, la noticia de la generosa donación del nuevo monasterio. El antiguo


serviría para almacenar los aperos y el fruto de las tierras que ahora labrarían los campesinos, comprometiéndose éstos a donar una parte a los monjes, que ahora tendrían que conformarse con un modesto huerto en el patio, con el enorme inconveniente de la pérdida de sus vides, que difícilmente podrían trasplantar. El abad aceptó a sabiendas del peligro que ello conllevaba, pues si Gonzalo volviera, trataría de expulsarles de la fortaleza y los aldeanos seguramente no estarían dispuestos a devolverles los terrenos que antes les correspondían, y se quedarían sin nada. Pero Juan tenía un plan. Por un tiempo alojó a los peregrinos Templarios, los cuales secretamente enseñaron a los monjes de la comunidad el arte de la lucha, especialmente en lo que se refiere al manejo de arco y lanza. Juan, que había sido elegido abad a una edad muy temprana, aún conservaba gran parte del temperamento y la fuerza de la juventud, los cuales, llegado el momento, le ayudarían a negociar con quien tratara de poner en peligro a su comunidad con el asunto del emplazamiento, aunque para ello tuviera que usar algo más que palabras. De este modo los monjes aprendieron a defenderse y, dada la amplitud del monasterio, la comunidad creció, gracias a los monjes enviados desde otras comunidades benedictinas y a los aldeanos que sentían la llamada de Dios. Durante un tiempo la aldea volvió a la normalidad, pero años después, una mala cosecha haría que los campesinos se volvieran contra los monjes. El abad, consciente de la situación, había rebajado el pago convenido. Sin embargo, reclamaba la cantidad necesaria para garantizar el bienestar de la comunidad. Los campesinos se negaron, ya que era sabido que en el monasterio se guardaban algunas riquezas (en su mayoría reliquias que se habían traído del sur para garantizar que no cayesen en manos de los musulmanes), y pretendían que las vendieran para comprar alimentos en la ciudad. El desacuerdo hizo que aldeanos y monjes se distanciaran definitivamente, quedando estos últimos prácticamente aislados del exterior, dado que el abad rara vez bajaba a la aldea, y era corriente que los aldeanos cortaran el paso a los emisarios que se dirigían al monasterio. Solo cuando el sacerdote se aventuraba a visitarlos con el pretexto de llevarles unas botellas de vino para la celebración de la Eucaristía, era cuando tenían noticias de lo que ocurría fuera de sus muros. Y esta es la situación que se mantuvo hasta la actual fecha de 1243. 2 EL PASADO DE UN DEMENTE Era una soleada mañana de finales de primavera. La luz dorada bañaba los extensos campos de trigo y el apacible murmullo del río se escuchaba desde donde Julio descansaba recostado en la fachada de una casa de piedra y ladrillo. A sus casi cuarenta años, conservaba una complexión fuerte y atlética gracias a toda una vida de duro trabajo en las labores del campo. Un bostezo descubrió la boca que se escondía entre la maraña de barbas negras y sus ojos verdes estaban perdidos en algún punto del horizonte. Una voz familiar lo sacó de su ensimismamiento e hizo que se levantara repentinamente.

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Julio, que haces ahí sentado. ¿Acaso no está Teresa en casa?

Era José, hermano de Julio, tres años más joven, vestía un sayo verde, a juego con las calzas de lino, era alto y delgado, con el rostro risueño a pesar de las muestras de cansancio después de tres días de caza en compañía de su cuñado Alejandro.

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Sí. Y padre y tu hijo también están. En realidad te estaba esperando porque tenemos que hablar.

José, que no le prestó demasiada atención, puso en el suelo el saco que cargaba a la espalda, se apartó un mechón marrón de la frente para ver mejor e introdujo la mano, diciendo:


-

Mira, te he traído dos perdices maravillosas. Nos ha costado cogerlas pero seguro que Isabel hará un guiso delicioso con ellas. Por cierto venid esta noche los cuatro. Cenaremos jabalí. ¿Podréis pasaros Felipe y tú esta tarde por casa de Alejandro para ayudarnos a despiezarlo?

Entonces Julio le habló con gravedad:

-

José escúchame. Tenemos que hablar. Se trata de Ricardo.

En cuanto José escuchó aquel nombre y reparó en la expresión seria de su hermano, inmediatamente soltó el saco y las perdices y corrió hacia el pequeño establo donde descansaban dos de sus caballos. Unos instantes después salió de allí gritando:

-

-

¡Maldita sea! ¡Ese bastardo me ha robado otro caballo! Tranquilo hermano. Tu caballo está en mi establo. Laura está cuidándolo. Tan solo está un poco magullado y ha perdido una herradura. Anoche tu hijo oyó ladrar al perro y salió justo a tiempo para ver cómo Ricardo caía con el caballo al otro lado del murete. Luego, al no conseguir que el caballo se levantara salió corriendo. El chico lo siguió hasta aquella cueva donde jugábamos de pequeños… Sí. Carlos suele ir allí con sus amigos –recordó José. El caso es que mientras Ricardo y Carlos se dirigían hacia la cueva, padre y Teresa salieron y encontraron al caballo en el suelo y junto a él, un trozo de tela. Ricardo debió de rasgarse las ropas en la caída. Cuando Carlos volvió y les contó donde se había escondido ese malnacido, vinieron a buscarme. Después alertamos a todos los vecinos que pudimos y fuimos por él. Nos llevamos unos cuantos perros para que siguieran su rastro. Supongo que cuando oyó los ladridos salió de la cueva y huyó hacia el monasterio como alma que lleva el diablo, porque cuando llegamos, la cueva estaba vacía. Luego los perros nos llevaron justo hasta la puerta del monasterio. El abad no nos dejó entrar, pero por lo que nos dijo sabemos que Ricardo estaba dentro. De modo que volvimos a la aldea. Pero inmediatamente me di cuenta de que no podía dejar escapar a ese desgraciado, así que volví con Felipe y nos ocultamos tras unos árboles. Si nos hubiéramos acercado más seguro que alguno de esos monjes lunáticos no habría dudado en atravesarnos con una flecha. Y allí hicimos guardia, turnándonos para dormir hasta el amanecer. Cuando empezó a clarear nos alejamos un poco más para evitar ser vistos y yo volví aquí para esperaros. Felipe aún está allí.

José, que lo había escuchado todo con suma atención, miró al suelo y meditó unos segundos mientras jugaba pisando una piedrecilla con la sandalia. Finalmente dijo:

-

Vamos dentro. Saludaré a mi familia y pensaremos en algo.

Volvieron a la puerta de la casa y la cruzaron. El pequeño Carlos, que jugaba en el suelo con dos figuras de madera que su tío Alejandro había tallado para él, se levantó rápidamente para abrazar a su padre. Llevaba tres días sin verle y quería contarle todo lo que había hecho durante su ausencia. Le hablaba tan deprisa que José tuvo que esforzarse para entender todo lo que le decía:

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¡Padre! Anteayer el abuelo me llevó a la granja de su primo. Y tiene un establo muy grande con muchos caballos. Y también tiene un corral con vacas y otro con unas ovejas que dice que se llaman me… merinas. Y ayer por la mañana fui con el primo Felipe a la cascada donde a Neptuno le gustaba bañarse para ver si volvía. Y por la noche oí que Pícaro ladraba mucho y salí a ver que le pasaba. Entonces vi que un ladrón intentaba saltar el muro montando a Intrépido. Pero no consiguió que saltara bastante y se cayeron. Después le gritó a Intrépido “¡levántate!”, y le dio una patada. Pero no se levantó y entonces salió corriendo, aunque cojeaba un poco. Yo sabia que


-

era Ricardo porque reconocí su voz así que lo seguí para ver si iba adonde estaba Neptuno pero fue a la cueva del monstruo que mató el abuelo - aquél monstruo no era más que un lobo que había acabado con varias de sus gallinas, pero Víctor le contó a su nieto una fantástica historia, convirtiéndolo en una formidable bestia de dos cabezas y varias filas de dientes en sus enormes fauces, a los que atribuía la enorme cicatriz de guerra de su cara -. Y después volví para decírselo al abuelo y luego madre y yo llevamos a Intrépido al establo de tío Julio y la prima y yo le curamos la herida que se había hecho en la pata. Y después me quede a dormir allí, en la cama de Felipe. – tras coger aliento, se volvió hacia su tío y le preguntó: – ¿Dónde está Felipe? ¿Ha vuelto ya? No, pero vendrá pronto –contestó Julio.

Teresa, que al conocer la llegada de su marido había salido de la cocina, miraba desde el umbral a José, todavía preocupada por los últimos acontecimientos, mientras secaba un cuenco con un paño. José hurgó en su sayo, de donde sacó su viejo cuchillo, se inclinó hacia su hijo y le hizo entrega del puñal.

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Toma. Ya es hora de que tengas esto. Pero recuerda que solo debes utilizarlo para defenderte… José, ¿tú crees que…? –le interrumpió su esposa. Vamos Teresa. Con nueve años yo cazaba jabalíes con ese cuchillo –interrumpió a su vez el abuelo del muchacho, que descansaba sentado en un sillón con los pies apoyados sobre un taburete.

Mientras una sonrisa crecía en el rostro de Carlos, Teresa miró a su suegro y le replicó:

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¡Víctor! no animéis al niño. Se lo enseñaré a mis amigos –dijo Carlos, que se dirigió apresuradamente hacia la puerta. Pero su padre lo detuvo. Espera, hijo. Antes quiero que vayas a casa de tío Alejandro y le digas que venga aquí lo antes posible. Está bien… –respondió el chico con desgana. Y ten cuidado con ese cuchillo. A ver si le vas a hacer daño a alguien –le dijo Teresa cuando el chico ya estaba fuera de la casa. ¡Vale! –gritó Carlos, casi sin haber escuchado lo que su madre le acababa de decir.

Cuando el chico se fue, Teresa dejo el cuenco y el trapo y se acercó a su marido y le besó. Después le preguntó:

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¿Crees que has hecho bien en darle ese cuchillo a nuestro hijo?

José miro a su esposa a los ojos y le dijo:

-

Si Ricardo hubiera descubierto a Carlos siguiéndole anoche, ¿Qué crees que hubiera ocurrido?

La expresión de preocupación afloró de nuevo en el rostro de Teresa, pero enseguida José trató de borrarla cogiéndole una mano y añadiendo al tiempo que se la acariciaba:

-

Además ya tiene trece años y ese cuchillo está viejo y mellado. ¿Quién quiere un poco de vino?

Y tras decir esto, invitó a su hermano a sentarse mientras Teresa iba hacia la cocina.


Cuando José y Julio se sentaron, Víctor inició la conversación:

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Tenéis que coger a ese Ricardo. Está loco y ya ha hecho bastante daño. Ese monje no sabe lo que hace acogiéndolo en el monasterio. Seguro que ahora está robándole sus preciadas reliquias. Pero padre, está dentro del monasterio. ¿Como vamos a cogerle? –preguntó Julio sin esperanza de que Víctor le diera una respuesta Juan, el abad, es muy astuto –les dijo su padre–. No os dejará entrar fácilmente. Solo acoge a peregrinos y mendigos. Deberíais haceros pasar por peregrinos. Juan no pisa la aldea desde hace años. Con un poco de suerte no os reconocerá.

Tras dejar una tinaja de vino y unos cuencos sobre la mesa, Teresa se sentó a escuchar la conversación con cierta preocupación. Sabía que su marido intentaría entrar en el monasterio para capturar a Ricardo, y no le gustaban nada los monjes. Víctor le contaba a menudo que desde el conflicto por el reparto de la cosecha, no mostraban demasiada compasión por los aldeanos, y no quería pensar qué pasaría si descubrieran dentro de su monasterio a tres de ellos fingiendo ser peregrinos. José volvió a mirar al suelo pensativamente mientras su hermano mayor y su padre seguían tratando de encontrar el modo de entrar en el monasterio hasta que alguien llamó a la puerta. Teresa se levantó y abrió. Alejandro jadeaba apoyado en una de las jambas. En cuanto llegó a su casa su mujer le contó lo poco que sabía del asunto y salió corriendo hacia la casa de José. Por el camino se cruzó con Carlos que le dijo que José quería hablar con él y siguió corriendo hacia allí. Teresa besó a su hermano y le invitó a pasar:

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Entra Alejandro. Siéntate. ¿Te apetece un poco de vino? Sí, por favor. –respondió Alejandro mientras se dirigía respirando con dificultad hacia la silla más cercana para desplomarse en ella.

Esperaron un momento hasta que Alejandro recuperó el aliento y retomó la conversación:

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Tendréis que ponerme al día. María no me ha contado gran cosa. Sólo que anoche hubo un gran tumulto en la aldea. Ella no se encontraba muy bien y no salió a ver qué ocurría. ¿María está enferma? –se interesó Teresa enseguida. No es nada. Solo tenía algo de jaqueca. Ahora está bien –contestó Alejandro. Verás Alejandro, anoche Ricardo volvió a la aldea, intentó robarle otro caballo a José y luego los vecinos le perseguimos hasta el monasterio donde ahora se encuentra protegido por los monjes –le resumió Julio. ¿Protegido? –preguntó atónito Alejandro–. Pero si es un delincuente. Cómo van a protegerle los monjes. Ellos no lo saben. Cuando llegamos al monasterio el abad no quiso escucharnos – aclaró Julio, mirando a Alejandro con severidad.

Alejandro defendía bastante a los monjes. El sacerdote era primo de su padre y siempre le hablaba bien de ellos. Pero Julio simpatizaba con el sacerdote tanto como con los monjes y si no fuera por la gran amistad que su hermano mantenía con Alejandro, habrían llegado a los puños en más de una ocasión a causa este asunto. En ese mismo momento, el vino se le revolvía en el estómago, pensando que Ricardo se merecía un calificativo bastante más fuerte que el de “delincuente”. Mientras, José seguía con la mirada perdida en el suelo, sujetando con las dos manos el cuenco, y su mujer le miraba intentando imaginar qué estaba tramando. Julio habló de nuevo:


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Tenemos que atrapar a ese perturbado cueste lo que cueste. Nunca me he fiado de él desde que prendió fuego a su casa con sus padres dentro… Nunca se ha demostrado que él causara el incendio –lo interrumpió su padre. Ya, y tampoco fue él quien mató a Tomás, ¿verdad? ¡Maldita sea! Apuesto a que él le prendió fuego a su casa. Luego Isabel y Laura quisieron que lo acogiéramos en la nuestra. No me hicieron caso y mira lo que ocurrió. Ese degenerado trató de violar a mi hija en el establo y cuando ella opuso resistencia… Lo de Tomás fue un accidente. Él le cortó el paso en la taberna y Ricardo lo empujo con tan mala fortuna que se golpeó la cabeza contra una mesa… En cuanto a Laura, sabes perfectamente que mantenía relaciones con él voluntariamente. Ella misma nos lo confesó aquel día –dijo Alejandro.

Los ojos de Julio relampaguearon. Se puso en pie y comenzó a gritar:

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¿Y también dejó voluntariamente que le rajara el cuello? ¿No has visto su cicatriz?

José despertó de su letargo y rápidamente dejó el cuenco tambaleándose sobre la mesa para abalanzarse sobre su hermano y tratar de tranquilizarle:

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Vamos Julio. Trata de calmarte, ¿eh? Sabemos todo lo que Laura ha sufrido. Todos hemos sufrido con ella. Y te juro que Ricardo recibirá su castigo. Y yo te juro que colgaré a ese bastardo en la plaza de la aldea –Julio volvió a sentarse de mala gana.

Tras un silencio incómodo, los ánimos se calmaron y José se dispuso a explicar su plan:

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De acuerdo, iremos al monasterio y trataremos de convencer a los monjes de que Ricardo es un criminal. Si no quieren escucharnos, ya se darán cuenta cuando él los mate a todos… Teresa, prepáranos algo para comer por el camino. Alejandro, ¿vendrás con nosotros? Sí. Os ayudaré en todo lo que pueda –contestó éste. Bien –continuó José–. Entonces ve a casa, dile a María que nos vamos y espéranos junto al sendero.

Alejandro dejó el cuenco, se levantó y, tras despedirse, salió de la casa apresuradamente. Luego José se volvió hacia su hermano y le dijo:

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Si quieres ve tú también a decirle a Isabel que nos vamos, mientras Teresa prepara la comida. No. No quiero preocuparla. Además, tengo la sensación de que volveremos pronto... – añadió con decepción.

3 INCERTIDUMBRE Cuando Alejandro llegó al sendero, el sol aún estaba bien alto. Buscó la sombra de un pino y se sentó, apoyando su espalda contra el tronco del árbol. Luego, mientras se secaba el sudor de la frente con la manga de su sayo amarillo, cogió la bota que colgaba de su hombro y echó un trago. Unos minutos después, aparecieron Julio y José, que llevaba en su mano derecha un pequeño saco de tela. Alejandro se levantó, caminó hacia ellos y cuando estuvieron los tres junto al sendero, José introdujo la mano en el saco y repartió tres pedazos de pan. Luego sacó un trozo de jamón curado, lo cortó en tres partes con un cuchillo que posteriormente guardo en un bolsillo, y tras dar una porción a cada uno dijo:

-

También hay queso y algo de fruta.


-

Yo con esto tengo bastante –dijo Julio. Y comenzaron a andar por el sendero.

Mientras avanzaban, podían ver restos de las antorchas que habían sido utilizadas la noche anterior a uno y otro lado del camino. Los tres andaban en silencio, pensando qué pasaría cuando se acercaran al monasterio y el vigía tocara la campana para avisar de su llegada. Al cabo de unos minutos, Julio apretó el paso y los otros lo siguieron. Salieron del camino. Allí, entre unos árboles, vieron a Felipe, en cuclillas, mirando hacia la puerta de la muralla. Cuando estuvieron a unos pocos metros se agacharon también y se reunieron con él:

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-

Cuéntame, ¿qué ha ocurrido desde que me fui? –le preguntó Julio. Al rato de irte, cuatro monjes encapuchados salieron por esa puerta con hachas y una carreta. Al cabo de una hora más o menos dos monjes volvieron con las hachas y un poco después los otros dos con la carreta llena de leña. Nadie más ha salido ni entrado por esa puerta. Bien, entonces Ricardo sigue dentro. ¿Cómo vamos a entrar? –inquirió Julio.

Permanecieron un rato en silencio. Finalmente José dijo:

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Nos acercaremos un poco y cuando el vigía nos vea, nos detendremos y esperaremos una invitación o una advertencia. De acuerdo –dijo Alejandro. Está bien –corroboró Julio.

Entonces retrocedieron un poco, salieron al sendero, y retomaron el camino hacia la fortaleza hasta que la campana sonó tres veces y se detuvieron los cuatro. Al cabo de unos minutos un monje con el rostro descubierto asomó por el ventanal de la galería.

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¡Acercaos, por favor! –gritó.

Entonces avanzaron lentamente. Cuando el muro estaba a punto de ocultar la figura del monje, les habló de nuevo:

-

Mi nombre es Juan. Soy el abad de esta comunidad, ¿Qué os trae al monasterio? No parecéis viajeros ni peregrinos. ¿Tal vez venís de la aldea?

El monje lanzó una audaz mirada a José que de inmediato sintió como si aquel anciano supiera exactamente quiénes eran y cuál era el propósito de su visita. Entonces contestó cortésmente:

-

En efecto, padre. Venimos de la aldea. Tenemos un asunto del que querríamos hablar con vuestra merced. ¿Cabe la posibilidad de que nos invitéis a pasar para que podamos tratarlo? Por supuesto, hijo. Este lugar siempre ha tenido las puerta abiertas para todo aquel que viniera con buenas intenciones y no pretendiera ponerlo todo patas arriba hasta encontrar a alguien para colgarlo de una rama del roble del atrio –el monje atravesó con la mirada a Julio, que apretó sus puños–. Podéis pasar, pero os advierto que deberéis comportaros o seréis expulsados de inmediato.

José intercambió una mirada con su hermano y finalmente dijo:

-

Aceptamos vuestra condición.

El monje desapareció de su vista. Entonces Julio le dijo a su hijo:


-

Felipe, ve a casa y dile a tu madre dónde estoy. Si no he vuelto al anochecer coge un caballo y vuelve. Yo te estaré esperando aquí. Pero padre, yo también quiero entrar. Quiero vengarme por Laura y por mi perro, Ricardo lo envenenó… Lo se hijo. Y tendrás tu venganza. Todos la tendremos cuando Ricardo…

En ese momento sonó un crujido y la puerta comenzó a abrirse. Entonces el destello apareció en los ojos de Julio, y sin que nadie tuviera tiempo de detenerlo, corrió hacia el interior gritando:

-

¡Donde demonios escondéis a ese hijo de...

Antes de acabar la frase, Julio se detuvo en seco al ver la punta de una lanza ante su estómago. Pensó en retroceder, pero con una rápida mirada por encima de su hombro pudo comprobar cómo los monjes que habían abierto la puerta, también le cerraban el paso con sendas lanzas. Todos los monjes ocultaban sus ojos tras la capucha del hábito, que caía hasta la nariz. Mientras el abad salía por la puerta del edificio, Julio se inclinó instintivamente para mirar al monje que empuñaba la lanza contra él, a lo que el monje reaccionó acercando la punta de la lanza hasta casi rozar su cuello, con lo que Julio se puso totalmente derecho e incluso se alzó sobre las puntas de sus pies.

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-

¿Así agradecéis nuestra hospitalidad? –dijo el abad serenamente, aunque malhumorado, mientras José y los otros entraban por la puerta–. Eres tan impulsivo como tu padre. No se como pudo sobrevivir cuatro años luchando contra los moros – hizo un gesto y los otros monjes apartaron las lanzas–. He oído muchas historias acerca de… Supongo que habría sido más fácil sobrevivir si se hubiera hecho monje –interrumpió Julio en tono desafiante.

El monje más joven se disponía a levantar de nuevo su lanza pero el abad alzo la mano para que se detuviera.

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-

Ya basta Julio –le ordenó su hermano. Víctor tuvo sus motivos, y yo los míos –dijo el monje con el rostro serio–. En cuanto a tu triunfal entrada aquí, Julio, os diré dos cosas. Primero: moderaréis vuestro lenguaje. No quiero oíros blasfemar; y segundo: mientras permanezcáis entre estos muros, yo seré el único hombre al que miraréis el rostro. De todas formas, creo que vuestra estancia aquí será breve. Sé cual es ese asunto del que queréis hablarme, y debéis saber que Ricardo ya no está aquí. Imposible –dijo Felipe adelantándose–. He montado guardia desde el amanecer sin perder de vista esta puerta y no lo he visto salir. Se fue durante la noche, mucho antes del amanecer, me temo –dijo el abad. De eso nada. Yo vigilé toda la noche con mi hijo y nadie a salido por esa puerta – intervino Julio, y señaló el enorme portón a sus espaldas. Cuando los hermanos salieron esta mañana a buscar leña encontraron el cerrojo del portón quitado, y nadie ha visto a Ricardo desde anoche. En ese caso todavía está ahí dentro, oculto en algún sitio –dijo Julio. A menos que haya saltado el muro –apuntó José. Ninguna escalera ha desaparecido del cobertizo. No se puede saltar el muro sin una escalera. Además, los vigías le habrían visto –observó uno de los monjes. Esta bien –concluyó el abad–, vayamos dentro. Hermano Andrés, ¿serías tan amable


-

de preparar un poco de vino especiado? Vosotros, acompañadme. Felipe, ve a casa y haz lo que te he dicho –le dijo Julio a su hijo. De acuerdo –contestó Felipe–. Adiós y suerte.

Dos monjes cerraron la puerta cuando Felipe salió, los demás cruzaron el patio hacia la puerta del edificio. La campana de la torre comenzó a sonar hasta seis veces. José observó el reloj de sol que había junto al camino de piedras que conducía a la puerta del monasterio y comprendió el motivo. Ya cerca de la puerta, contempló las dos campanas, una a cada lado, que colgaban de sendos hierros clavados en la pared. Cuando entraron, el abad pasó por la primera puerta de la izquierda y los demás le siguieron. Era una habitación ancha en la que había una mesa con dos vasos vacíos y una alargada mancha negra aparentemente reciente. El resto del mobiliario lo componían un armario, una cama en la que reposaba un hombre de edad avanzada con la cabeza vendada y dos sillas, una junto a la mesa con un habito doblado sobre ella y otra junto a la cama, en la que otro monje sentado pasaba un paño húmedo por la frente del convaleciente, medio oculta por el vendaje. El abad se acercó a la cama y se interesó por el estado del hombre que yacía en ella inmóvil, a lo que el otro monje respondió que había recuperado la consciencia, pero que ahora dormía. En la pared, justo sobre la mesa y junto a la ventana, había varios carteles con lo que parecía la rutina de los monjes. Mientras el abad charlaba con el otro hermano, José, que en su juventud había aprendido a leer, se acercó sigilosamente hacia los carteles y vio cómo en uno de ellos se detallaban los turnos y las actividades de todos y cada uno de los hermanos: vigilancia en las torres, portería, trabajos en el huerto, cocina, salidas al bosque para cazar y cortar leña, trabajos de taller... Alzó la vista hacia otro cartel: “A las 6:00: Maitines, A las 7:00: Desayuno…” pero en ese momento el abad les indicó que le siguieran. Entraron por otra puerta a una sala grande con una mesa rectangular y ocho sillas alrededor, cuatro a cada lado. El hogar encendido daba a aquél salón un aspecto muy acogedor. El abad se acercó a la chimenea y alimento el fuego (“es una sala muy fría” – explicó); luego rodeó la mesa y se sentó en una silla central del lado de las ventanas que daban al patio e indicó con un ademán a Julio, José y Alejandro que se sentaran enfrente. Una vez acomodados, Juan comenzó a hablar:

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Bien, os voy a contar todo lo que sé: anoche Ricardo entró en el monasterio sobre las doce, comió algo, se dio un baño y el hermano Marcos le acompañó hasta la habitación de los huéspedes. Al amanecer, la puerta que sale al patio estaba abierta y la puerta del muro tenía el cerrojo quitado. Hablé con el hermano Santiago, que estuvo en la torre Sur hasta las dos, y me dijo que nada sucedió en su turno hasta que los hermanos Miguel e Isidoro le relevaron. Normalmente es solo Miguel el que hace guardia desde las dos hasta las ocho, pero debido al incidente de anoche le pedí al hermano Isidoro que le acompañara. El hermano Isidoro es novicio, llegó al monasterio hace seis días y por las mañanas echa una mano en el huerto, así que le dije que hiciera guardia con Miguel y hoy podría descansar hasta la hora de comer. Cuando Santiago subió a relevar a Miguel esta mañana, Isidoro no estaba con él. Miguel explicó que Isidoro no se encontraba bien y se había ido a la cama hacia las tres de la madrugada. Había un charco de vómito en el suelo de la torre, además de un cuenco hecho añicos. Interrogué yo mismo a Miguel en su celda, donde se había encerrado y de la que no quería salir. Estaba bastante intranquilo, me contó lo mismo que a Santiago: sobre las tres de la madrugada Isidoro no se encontraba bien y se fue a dormir. También que poco después el cansancio pudo con él y se quedó dormido unos instantes. Supuse que fue entonces cuando Ricardo escapó. El hombre que está en la cama de la habitación que hemos cruzado hace un momento es el hermano Marcos. Él y Andrés son los porteros y están al cuidado de todas las llaves del recinto. Anoche fue atacado por Ricardo, que lo dejó inconsciente y robó las llaves de la puerta que da al patio y la del cuarto de la limpieza. Miguel se encarga de la limpieza y suele llevar encima otra llave de este cuarto. Creo que también guardaba otra en su celda, pero


cuando hablé con él, dijo que las había extraviado. Después, fui a la celda de Isidoro para ver como se encontraba, pero la puerta estaba cerrada y él no estaba dentro. En ese momento, un monje entraba por la puerta que comunicaba la sala con la cocina. Llevaba una tinaja humeante y cuatro vasos. Mientras servía, el abad le preguntó:

-

¿Aún no ha despertado? Sí, acaba de despertar. Le duele la cabeza pero le ha bajado la fiebre. ¿El hermano Isidoro no ha pasado por allí verdad? –quiso saber Juan. No. Desde la comida el hermano Marcos no ha recibido ninguna visita –respondió Andrés, y después salió por la puerta que daba a la habitación donde Marcos guardaba cama.

José cogió su vaso y, sujetándolo con las dos manos se quedó inmóvil mirando por la ventana. El abad tomó un pequeño trago del suyo y habló de nuevo:

-

-

Y bien. ¿Que pensáis de este asunto? Ricardo sigue aquí dentro –se apresuró a decir Julio–. Decís que no ha desaparecido ninguna escalera, luego no ha saltado el muro. Y yo puedo confirmaros que no ha salido por la puerta. Sugieres entonces que está escondido en algún lugar del monasterio, ¿verdad? ¿O quizá que le estamos escondiendo deliberadamente? –concluyó Juan con una sonrisa desafiante que a Julio no le sentó demasiado bien. Padre, ¿es posible que Ricardo haya tomado un hábito y se oculte entre los demás monjes? –propuso Alejandro. Cada monje tiene dos hábitos, uno lo lleva puesto y el otro lo guarda en su celda correspondiente. Los demás hábitos se guardan en el almacén, que esta al otro lado de la pared que tenéis detrás. Anoche le di al hermano Pablo la llave para que guardara las armas y olvidó devolverla a su lugar, de modo que es imposible que algo haya sido sustraído. Por otro lado, ningún hermano ha echado en falta alguna de sus pertenencias. Tal vez que deberíais preguntárselo por si Ricardo hubiera robado alguno y no lo hubieran dado importancia –dijo Alejandro antes de apurar su vaso. De acuerdo –dijo el abad mientras se levantaba–. Esta noche anunciaré a los hermanos presentes que miren si les ha desaparecido algún hábito. Después iré a los que estén de guardia y les preguntaré a ellos.

José rompió su silencio y dijo:

-

Creo que lo que deberíais preguntaros es qué esconde Miguel en el cuarto de la limpieza.

4 LA INFILTRACIÓN El abad entró con la antorcha todavía en la mano y el entrecejo fruncido, se acercó al joven que se abrigaba con una manta de lana que un monje acababa de sacar de la habitación que había junto a la entrada, y le preguntó:

-

¿Cual es tu nombre, hijo? Ricardo –respondió él.

Juan se le acercó y escudriñó sus ojos oscuros. Ya había visto aquellos ojos pero hacía más de diez años, y el pequeño Ricardo había cambiado mucho.


-

¿Tienes hambre, Ricardo? –le preguntó entonces.

El chico asintió. Juan miró a sus compañeros y les dio indicaciones:

-

Hermano Luís, saca algo de comida de la despensa y sírvelo en el salón. Hermano Ismael, prepara un baño caliente. Aquellos que tenéis que hacer el relevo luego, volved a descansar otro rato. Sígueme Ricardo.

Todos los monjes apoyaron las lanzas contra la pared y se dispersaron. El abad entró por la puerta de la izquierda seguido por Ricardo. Pasaron a la portería. Sentado a la mesa, un monje escribía en un pedazo de pergamino y otros dos monjes aguardaban de pie. Juan se acercó al armario, que se encontraba frente a la cama, lo abrió y sacó una llave. Luego se la entregó a uno de los monjes y le indicó.

-

Hermano Pablo, guarda las armas en el almacén –ordeno el abad.

Pablo inclinó la cabeza respetuosamente, aceptó la llave y abandonó la habitación mientras Juan se dirigía hacia el otro hermano:

-

Isidoro, ve a descansar un rato. Esta noche harás guardia en la torre con Miguel. No creo que los aldeanos vuelvan pero así estaremos más seguros. Y mañana no te preocupes por el huerto, podrás dormir hasta la hora de comer.

Isidoro asintió y salió de la habitación por la puerta por la que habían entrado, mientras que el abad, seguido de Ricardo, atravesó la que había enfrente. Pasaron al salón de invitados, tenuemente iluminado por los rescoldos de una chimenea. Juan invitó a Ricardo a que se sentara donde gustase y se dirigió hacia la chimenea. En ese momento un monje entro por la puerta de enfrente con un candelabro en una mano y un plato de comida en la otra. Mientras Juan arrojaba la antorcha a las brasas, el otro monje dejó el plato y el candelabro en la mesa y salió por la portería. Luego, Juan se sentó enfrente de Ricardo y contempló en silencio cómo devoraba un muslo de pollo. Transcurridos un par de minutos comenzó a hablar:

-

Hacía muchos años que no te veía. ¿Vos me conocéis? –preguntó Ricardo sorprendido. Sí –afirmó el abad–. Tu padre vino a examinar el patio que se había hundido ligeramente junto al pozo y te trajo consigo.

Ricardo palpó instintivamente algo que llevaba en el interior de su sayo y luego añadió:

-

No lo recuerdo. Tendrías unos ocho años. Por entonces solo eras un chiquillo alegre y despreocupado. Quién iba a pensar que la vida te daría un golpe tan duro. Lamento lo de tus padres.

Los ojos del joven se volvieron inexpresivos durante unos segundos. Juan sintió lástima y pensó que tal vez no debería haber abierto la herida, pero entonces Ricardo volvió en sí y dijo:

-

Gracias –luego empujó un poco hacia delante el plato en el que sólo quedaban unos cuantos huesos y añadió–. He terminado. Estaba bueno.

Entonces el monje esbozó una amable sonrisa bajo las canosas barbas y se levanto. Tomó el candelabro y le pidió a Ricardo que le siguiera. Entraron a la cocina. Una enorme chimenea crepitaba emitiendo destellos anaranjados y reflejando en el techo las siniestras y alargadas sombras de unas cuantas sartenes que colgaban de una cuerda. En una esquina, un caldero


humeaba vapor de agua. Dejaron todo eso a su izquierda y pasaron por la primera puerta que había a la derecha. Se encontraron entonces en una sala bastante diáfana, con una bañera de madera en el centro y dos sillas, en una, una toalla y una pastilla de jabón y en otra unas cuantas prendas de vestir cuidadosamente dobladas.

-

Cuando acabes vuelve a la portería. El hermano Marcos le echará un vistazo a tu pierna y luego te llevará hasta la habitación de invitados. De acuerdo. Gracias. Bueno. Hasta mañana entonces. Buenas noches.

El monje dejó el candelabro junto a la bañera y abandonó la sala por otra puerta. Cuando la abrió, Ricardo observó la luz de las antorchas del claustro. Después de examinar unos instantes la habitación, Ricardo se acercó a la bañera e introdujo una mano en el agua tibia, intentando recordar cuándo fue la última vez que se dio un baño de agua caliente, aunque también pensó que en un día caluroso como había sido aquél, no le habría importado bañarse en el río, como de costumbre. Después se despojó de las ropas, ocultó sus pertenencias bajo la toalla y se metió en la bañera, apretando los dientes cuando el agua rozó sus heridas. Media hora más tarde, Ricardo aguardaba en el umbral de la puerta que separaba la portería y el salón. Marcos, el portero, sentado a la mesa, escribía en un trozo de pergamino. Ricardo carraspeó, sin embargo el monje ni se inmutó. Después de casi un minuto escuchando el incesante rasgueo de la pluma, golpeó decididamente la puerta entreabierta. Marcos dio un respingo y alzó su mirada hacia la otra puerta, se levantó, se dirigió hacia ella y la abrió. Al no ver a nadie tras ella, la cerró y se dio la vuelta, entonces pudo ver al joven inmóvil al otro lado:

-

Ah, eras tú. Discúlpame, mi oído derecho no funciona demasiado bien. Ricardo, ¿no? Pasa, siéntate en la cama.

Ricardo caminó hacia la cama mientras el anciano monje cogía la silla y la acercaba, casi arrastrándola, hacia el lecho. Luego abrió el armario y sacó un frasco de cristal, un trapo limpio y un trozo de venda. Se sentó en la silla y dejó el frasco en el suelo. Apoyó el trapo y la venda sobre su muslo izquierdo. Entonces le pidió a Ricardo que extendiera su pierna dolorida, la cual reposó en el otro muslo del monje, a la altura del tobillo, y tras una rápida ojeada a las heridas, cogió el frasco y dijo:

-

No son profundas. Con un poco de jugo de sábila bastará. Quizá sientas algo de escozor, pero no durará mucho…

Vertió unas gotas sobre las heridas y Ricardo reprimió un quejido, luego las cubrió con el trapo y las envolvió con la venda. Levantó la pierna de su muslo y la depositó cuidadosamente en el suelo.

-

Bueno, ya está. ¿Cómo te encuentras? Bien, gracias. Ahora si me acompañas, te llevaré a tu habitación para que descanses.

Se pusieron en pie y, tras coger el monje el candelabro que había sobre la mesa y encender la vela con ayuda de la lámpara de aceite, se acercó al armario y extrajo de él una llave. Después, salieron por la puerta que daba a la entrada. Tan pronto como pasaron al pasillo, se encontraron con otro monje que salía de la puerta de enfrente. Marcos miró el color del cinto que ceñía el hábito a la cintura de su compañero (de lo cual Ricardo no se percató) y le dijo:


-

¿No puedes dormir, Isidoro? No –respondió éste–. Estoy nervioso. Iré a la cocina a por un poco de agua y luego esperaré a Miguel para relevar a Santiago. No te preocupes. Esos aldeanos no volverán esta noche –intentó calmarle Marcos.

Se dirigieron hacia el claustro y, una vez en él, Isidoro se encaminó hacia la cocina, en tanto que Marcos guiaba a Ricardo por el lado opuesto. Mientras caminaban por el pasillo en penumbra, iluminado por las antorchas que pronto se apagarían, Ricardo le preguntó a Marcos:

-

¿Cómo habéis sabido quién era ese monje? Todos lleváis el rostro cubierto… Casi siempre nos reconocemos por la forma de andar o nuestros movimientos. Después de tantos años… Pero en este caso ha sido por el cordón de su hábito. El cordón verde lo llevan los novicios, y el único novicio que duerme en ese pasillo es Isidoro, los demás duermen en el otro extremo del monasterio, junto al comedor. Esta es tu habitación –dijo Marcos cuando se disponía a abrir la puerta.

Entraron en una sala bastante grande, con seis amplias camas, algunas sillas, una mesita bajo la ventana con una tabla detrás, y una puerta al fondo a la derecha. El monje dejó el candelabro en la mesa, luego volvió a la puerta y le dijo que se acostara donde gustase y le explicó que aquella puerta daba a un pequeño cuarto, con un armario en el que los peregrinos dejaban sus pertenencias cuando se hospedaban allí para descansar de sus largos viajes. Después, esbozando una sonrisa amistosa le dijo que al parecer no necesitaría hacer uso de él, le dio las buenas noches y abandonó la estancia, cerrando la puerta tras de si. Sus pasos se perdieron en la lejanía. Tras mirar unos segundos a su alrededor, Ricardo se tumbó en la cama más lejana a la puerta e intentó permanecer despierto, pensando cómo escaparía del monasterio sin ser visto por los vigías. Unos veinte minutos después, dos fuertes e intrigantes golpes provenientes de la habitación de al lado le sobresaltaron. Después de unos segundos de silencio cogió el candelabro con la vela aún encendida y se acercó a la puerta un tanto contrariado. La abrió y se encontró en una habitación pequeña con un gran armario que ocupaba toda la parte izquierda y el fondo. Tras comprobar que estaba vacío se dio la vuelta pero entonces le pareció oír voces en la habitación contigua. Se acercó e introdujo la cabeza dentro de un estante para intentar escuchar:

-

Hermano Lázaro, por favor, tranquilízate. No nos obligues a atarte también las piernas. ¡No! ¡Dejadme! ¡Soltadme o gritaré toda la noche! ¿Si te soltamos te estarás quieto? Sí ¿Lo prometes? ¡Sí! No alces la voz, por favor. De acuerdo, te desataremos pero cerraremos la celda con llave, ¿conforme? Sí.

Hubo silencio durante un minuto más o menos

-

Está bien. Ya estás libre, pero si vuelves a dar golpes o a gritar volveremos a atarte. Me voy a relevar a Santiago. Ya estará a punto de sonar la campana. De acuerdo que tengáis buena guardia. Ya nos encargamos nosotros de Lázaro. Buenas noches. Buenas noches, Miguel.


Aún estaba en la pequeña habitación cuando pudo escuchar a su derecha unos pasos que parecían ascender por una escalera precipitadamente. Un par de minutos después, alguien bajaba de forma pausada las mismas escaleras y cerraba una puerta. Y tras oírse dos campanadas, el monasterio se sumió en el silencio, roto únicamente por el sonido de los grillos en el exterior. Después de unos cuantos minutos caminando de un lado a otro maquinando un plan, finalmente Ricardo se decidió y salió de la habitación. Se deslizó silenciosamente por el claustro, bajo la pálida luz de la luna que entraba desde el atrio a través de la arcada. Se detuvo junto a una puerta en la esquina suroeste del claustro y, tras dudar unos segundos, la empujó lentamente y encontró la sala que buscaba. Caminó muy despacio en la oscuridad, tropezando con una silla y esquivando la bañera. Alcanzó y buscó a tientas la otra puerta. Entró en la cocina, iluminada por una luz rojiza procedente de las brasas de la chimenea y que junto con el resplandor de las estrellas otorgaba la visibilidad suficiente para registrar los muebles. Dejando de lado platos y vasos, abrió un cajón y contempló durante unos instantes la hermosa cubertería. Habría jurado que era de plata. “Quizá luego” pensó. Cerró el cajón y abrió el siguiente. Una docena de cuchillos de diferentes tamaños, utilizados para cortar la carne titilaron unos segundos. Sin dudarlo, Ricardo cogió el más grande y se lo escondió bajo el sayo. Continuando con su plan, atravesó el salón. Una tenue luz entraba la puerta casi cerrada al fondo. Se dirigió con cautela hasta el final de la sala, bordeando la mesa. Ningún sonido parecía provenir de la portería, hasta que, cuando se encontraba casi a un metro de la puerta, pudo distinguir el rasgueo de la pluma de Marcos. Se asomó por la abertura mientras introducía la mano en el sayo. Marcos estaba de espaldas, sentado en su silla, indefenso. Ricardo sacó el cuchillo y se dispuso a entrar en la portería, pero de improviso la puerta chirrió de forma estridente cuando tiró de ella. Se ocultó como una centella, con el corazón acelerado y empuñando fuertemente el cuchillo, esperando a que Marcos entrara en el salón en busca del origen del ruido, pero sorprendentemente todo seguía en silencio, excepto por la pluma. Quizá fuera un atisbo de compasión cruzó su mente. Ricardo se dirigió hacia la chimenea y, cambiando de mano el cuchillo, cogió un palo de encina de la parte superior de la pila de leña. Unos segundos después, Marcos se desplomaba inconsciente sobre la mesa, derramando el tintero, a causa del fuerte golpe en la nuca. Diez metros más arriba, Isidoro sujetaba un vaso vacío con pulso tembloroso. Miguel quiso tranquilizarle con una palmada en el hombro, pero solo consiguió que el vaso se le cayera al suelo provocando un fuerte ruido que pudo oírse desde los pisos inferiores, y haciéndose añicos que se esparcieron por todas partes.

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Lo siento mucho –se excusó. No importa –dijo Miguel mientras introducía una mano en su hábito–. Toma. Esta es la llave del cuarto de la limpieza. Es la puerta que está entre el baño y la escalera de la torre occidental. Allí encontrarás la escoba, apoyada en una esquina. Tráela e intenta tranquilizarte por el camino. No hay motivo para tanto nerviosismo.

Isidoro cogió la llave y salió de allí en silencio. Bajó la escalera de caracol y una vez en la planta baja, accedió al claustro y giró hacia la izquierda. Pasó junto al almacén, dejó a su izquierda también la puerta del baño y guiado por la blanquecina luz procedente del patio, introdujo la llave en el ojo de la cerradura y la giró, provocando un sonoro ruido del cerrojo. La sala estaba muy oscura. Palpó en la esquina más cercana y no encontró la escoba. Entonces se dirigió hacia la otra esquina pero de repente una mano lo aferró fuertemente por debajo del hombro y le hizo girar sobre sí mismo. Involuntariamente golpeó con el codo la cara de la persona que tenía detrás y sintió una fría punzada en el corazón. Se apoyó sobre su atacante, el cual lo apoyó a su vez contra la pared. El agresor extrajo el cuchillo y miró en la penumbra al joven al que acababa de herir de muerte. Tal vez no había planeado aquello, pero tampoco sintió remordimiento alguno, pues no era la primera vez que ensartaba a alguien con un cuchillo, ya fuera por defender su vida o por conseguir unas cuantas monedas. Cuando Isidoro no pudo soportar su propio peso, se desplomó en el suelo con un golpe seco, agonizando.


Alguien oyó el golpe desde el claustro. Miguel, que recordó que le había prestado la escoba a Moisés, el bibliotecario y que éste no se la había devuelto, abandonó su puesto en la torre para decírselo a Isidoro. Pensando que éste habría tropezado con algo y se había caído al suelo, se dirigió apresuradamente hacia el cuarto de la limpieza para auxiliarlo. Cuando estaba cerca de la puerta, Ricardo salió de improviso y, aferrándolo del cuello lo empujó contra la pared y lo amenazó con el cuchillo ensangrentado. Le quitó la capucha y le preguntó:

-

¿Eres Miguel? Sí –contestó el monje inmóvil–. ¿Donde está Isidoro? Silencio. Entra ahí. Si haces un solo ruido te mataré.

Le empujó dentro del oscuro cuarto y tiró de la puerta. Luego giró la llave que aún estaba en la cerradura. Recorrió el claustro a grandes zancadas y llegó hasta la portería. Marcos continuaba inconsciente sobre la mesa. Abrió el armario. Las llaves colgaban de unos clavos, remachados sobre unos trozos de pergamino que indicaban qué puerta abría cada una de ellas. Nunca se había alegrado tanto de que su padre contratara a aquel estúpido maestro para enseñarle a leer y escribir. Localizó la llave de la salida y se dirigió hacia allí. Corrió por el camino de piedras exento de vigilancia y alcanzó el portón. Retiró el enorme cerrojo y, haciendo un gran esfuerzo, movió una de las puertas unos pocos centímetros. Estaba a punto de escapar. El plan había salido bien. Que inmensa fortuna había tenido de que los dos vigilantes de la torre que miraba al portón abandonaran su puesto, permitiéndole neutralizarlos con esa facilidad. Pronto estaría de nuevo en el bosque. Pero entonces recordó la cubertería de plata. Permaneció un momento indeciso sin separar las manos del tirador, imaginando cientos de monedas de oro, cálices dorados con rubíes y esmeraldas engarzados y otras reliquias de valor incalculable. Palpó algo entre sus ropas. Volvió de nuevo al interior del edificio sin molestarse en cerrar el portón. Tras asegurarse una vez más de que Marcos continuaba en la misma posición, fue silenciosamente hacia el lugar donde Miguel estaba encerrado junto al cadáver de Isidoro. Giró la llave con el cuchillo en ristre y empujó un poco la puerta.

-

Quiero que salgas muy despacio y sin hacer ruido.

Miguel, con la capucha puesta y sollozando, asomó lentamente por la puerta y se apoyó en la pared, levantando las palmas de las manos cubiertas de sangre. Entonces habló con voz queda:

-

Pronto serán las tres. Si me matas no podré tocar la campana y los hermanos que están en las otras torres sabrán que me ha ocurrido algo. ¿Como sabes que van a ser las tres? –preguntó Ricardo sin bajar el cuchillo. Hay una clepsidra en cada torre. ¿Una qué? Un reloj de agua. Una vasija llena de agua que… ¡Ya se lo que es un reloj de agua! –dijo Ricardo en tono furioso evitando elevar demasiado la voz–. ¿Hay más llaves de esta puerta? Hay dos más, una en mi celda y otra en la portería.

Ricardo se quedó pensando unos instantes, hasta que finalmente dijo:

-

Está bien. Vas a subir a la torre. Tocarás la campana a las tres. Después tocarás otra vez a las cuatro y bajarás hasta aquí. Cogerás esta llave sin entrar dentro, después te limpiarás las manos sin dejar rastro y volverás a la torre. Si oigo en la campana alguna señal de alarma, mataré a Marcos. ¡Está claro!


-

Sí. Pues largo de aquí. Y más te vale esconder bien esas llaves. Si alguien entra aquí ten por seguro que correrás la misma suerte que Isidoro.

Miguel se dirigió hacia la torre y al cabo de poco tiempo Ricardo oyó tres campanadas desde el cuarto de la limpieza. Acto seguido abandonó la estancia con un saco en la mano. La hora que transcurrió hasta las cuatro le pareció a Miguel una eternidad. La pasó junto a la campana. No se atrevió a dar la alarma pensando en la suerte que correría Marcos, de modo que sujetó el arco apuntando hacia la puerta, dispuesto a disparar en caso de que Ricardo asomara por ella. De vez en cuando lanzaba rápidas miradas hacia la puerta del muro por si lo veía intentando escapar. Solo soltó el arco en dos ocasiones, en las que sufrió náuseas y tuvo que vomitar. Cuando llegó la hora, dio cuatro campanadas y anduvo con suma cautela hacia la puerta de la torre con el arco en la mano, por si acaso. Descendió sigilosamente por la escalera y, mirando hacia atrás a cada paso que daba, llegó hasta la puerta del cuarto de la limpieza. Se aseguró de que estaba cerrada y retiró la llave. Luego fue a la cocina y sacó una palangana del mueble que había bajo la ventana. Un perro ladraba en la otra esquina del patio. Llenó la palangana en un depósito de agua situado al fondo de la cocina y se limpió las manos. La sangre estaba tan seca que tuvo que frotar con fuerza un buen rato. Después, arrojó el agua rojiza por la ventana y volvió junto a la campana. Cuando Miguel se disponía a dar las seis, una de las campanas que había abajo, junto a la entrada, empezó a repicar y pudo oír los gritos de Andrés dando la alarma. 5 EN BUSCA DE RICARDO Juan soltó una carcajada:

-

¿Qué va a esconder Miguel en el cuarto de limpieza, a parte de una escoba, rastrillos y paños sucios? Solo digo que tres llaves que abren una misma puerta no desaparecen sin motivo alguno –afirmó José como respuesta. Bueno. Ya hablaremos de eso. Ahora seguidme. Iré a ver como está Marcos y luego os enseñaré el monasterio. Seguro que ardéis en deseos de registrar cada rincón.

Los tres hombres se levantaron de sus asientos y siguieron a Juan hacia la portería. Cuando entraron, Marcos, sentado en la cama, se cubría la cabeza vendada con la capucha del hábito, mientras otro monje parecía buscar algo en la habitación. José, Julio y Alejandro permanecieron en silencio junto a la puerta, y Juan se dirigió hacia la cama:

-

¿Cómo te encuentras, Marcos? Me duele la cabeza, pero creo que puedo pensar con claridad. Bien –dijo Juan, que ahora miraba al monje que registraba los cajones de la mesa–. ¿Buscas algo hermano Andrés? El cordón del hermano Marcos ha desaparecido. Bueno, ya aparecerá –dijo Juan sin dar importancia a ese asunto–. ¿Echas en falta algo más, hermano Marcos?

Marcos se incorporó de la cama y se dirigió algo desorientado hacia la mesa. Abrió los cajones y los volvió a cerrar. Luego preguntó:

-

¿Alguien ha guardado los trozos de pergamino en blanco que había sobre la mesa? La mesa está tal como la encontramos esta mañana, salvo por los vasos –contestó


Andrés. José echó una mirada a la mesa. “Tal como la encontramos esta mañana” pensó. Algo no encajaba. Entonces intervino.

-

¿Qué es esa mancha de ahí? El hermano Marcos debió de derramar el tintero al caer inconsciente sobre la mesa.

Marcos se frotó la mano para intentar borrar la mancha negra que había en ella.

-

Y cuando entrasteis en la habitación esta mañana, ¿el tintero estaba de pie en la mesa, tal como está ahora? –preguntó José.

Andrés y Juan intercambiaron una mirada. Juan no pareció entender en un principio qué importancia podría tener ese detalle. Miró a José un poco desconcertado y contestó:

-

Probablemente alguno de los hermanos lo colocara en su sitio antes de… –entonces lo comprendió–. Ricardo usó la pluma y los trozos de pergamino –José asintió con la cabeza–. Pero, ¿qué escribiría en ellos?

Como respuesta, José señaló los carteles que había junto a la ventana con las rutinas y horario que seguían los monjes y dijo:

-

-

-

Padre, algo me dice que Ricardo aún sigue aquí. No, no. Eso no tiene sentido –dijo Juan–. ¿De qué le serviría a Ricardo conocer nuestra rutina? Habría de tener un hábito para poder mezclarse entre nosotros. Y aún así, no sabría realizar las tareas que desempeñamos. Dudo que lo encontremos en la iglesia rezando en latín. Es posible que Ricardo solo quiera saber cuándo estáis ocupados –intervino Alejandro–. No olvidemos que desde hace tiempo la principal intención de Ricardo cuando bajaba a la aldea ha sido robar. Si no me equivoco, padre, aquí en el monasterio guardáis valiosas riquezas, incluso el sacerdote me habló en una ocasión de ciertas reliquias… Os aseguro que están a buen recaudo –le cortó el abad–. Además, no puede salir del monasterio sin ser visto por los vigías. Sería abatido a flechazos antes de alcanzar la puerta del muro. De todos modos –dijo Julio–, deberíais tomar medidas. Debería haber al menos dos vigías en cada torre. Yo decidiré qué medidas habrán de tomarse –soltó el abad en tono frío. El hecho de que un aldeano le dijera lo que tenía que hacer en su monasterio lo indignó sobremanera–. De momento no existen pruebas fehacientes de que Ricardo siga aquí. Esta noche, tras el rezo de Vísperas, pediré a los hermanos que revisen sus celdas por si les hubiera desaparecido un hábito. También les pediré que me avisen si ven a algún hermano comportándose de forma extraña. Si está aquí, no tardará en ser descubierto.

Hubo un silencio incómodo, roto oportunamente por una campana que hizo que el abad se olvidara momentáneamente de sus antiguas diferencias con Víctor, cuya imagen le venía a la mente con claridad cada vez que miraba a Julio. Cuando sonó la octava campanada, Juan habló de nuevo:

-

Se hace tarde. Será mejor que empecemos mientras quede luz natural. Primero iremos a la cocina. Seguidme.

Volvieron de nuevo al salón, bordearon la mesa y cruzaron la puerta de la cocina. El monje


se quedó de pie junto a la puerta, esperando a que los tres hombres inspeccionaran la sala. Unas cuantas sartenes pendían de una cuerda, un caldero colgaba de un gancho de hierro junto a la chimenea encendida, un deposito de agua y numerosos muebles llenos de cajones.

-

Bueno, puede decirse que no hay nadie –concluyó el abad–. ¿Pasamos a la siguiente sala? –Juan giró hacia la derecha y abrió la puerta más cercana a él. La mantuvo abierta y les indicó con un gesto que pasaran–. Este es el baño. La puerta que hay a la derecha da directamente al claustro –Los otros tres entraron, y tras comprobar que la bañera estaba vacía, salieron de nuevo, ya que no había en esa sala lugar posible donde esconderse–. ¿Nadie? Lo suponía. Vayamos al comedor –dio un portazo cuando los tres aldeanos salieron y se encaminó hacia la otra puerta de la cocina. Daba a un pasillo bastante largo y ancho. Atravesaron la puerta del fondo y se encontraron en el comedor. Una enorme mesa redonda con veinte sillas alrededor y un atril en una esquina ocupaban la sala–. Quizá esté bajo la mesa… –solo Julio, que no reconoció el sarcasmo, se agachó y no vio nada entre las patas–. Salgamos de aquí.

Pasaron por la otra puerta del comedor. El aroma de las plantas, las flores y los árboles del atrio se coló a través de los arcos de piedra del claustro, despejando las fosas nasales de José, que experimentó una extraña sensación de regocijo y se olvidó por un momento de todo, hasta que escuchó la voz de su hermano:

-

¿Y aquellas dos puertas? –preguntó Julio. El abad se dio la vuelta y miró hacia las puertas. La de allá es del cuarto de limpieza, pero ya os he dicho que está cerrado. La otra da a una de las cuatro escaleras que suben al primer piso. Pero en el piso superior no hay nada, excepto una galería con ventanas que dan al claustro y al patio exterior; y bueno, las cuatro escaleras que suben a las torres. Pero ya habrá tiempo para eso. Ahora os enseñaré las celdas de este lado y continuaremos por la iglesia.

El tono del monje era más amable. Al parecer la agradable brisa proveniente del jardín había hecho mella en él, al igual que en José. Cuando llegaron a la esquina del claustro, Juan les habló en voz baja:

-

Ahora os ruego silencio. Aquí duermen los novicios y los hermanos enfermos a los que cuidan. Al cruzar esta puerta veréis un pasillo con cuatro celdas a la izquierda. A la derecha, otra puerta y, detrás de ella, otro pasillo y cuatro celdas más a cada lado.

El monje abrió la puerta y entraron. Tal como lo había descrito. Las celdas eran bastante simples: un camastro, un crucifijo colgado en la pared, un baúl a un lado y una silla y una mesa con un cajón cerca de la puerta. En casi todas las mesas había un candelabro y en algunas de ellas, libros. Al cabo de un minuto salieron de nuevo al claustro. La pared norte tenía tres puertas: dos de tamaño normal allá, al fondo, y otra bastante más grande y de dos hojas, en la mitad del muro. Hacia ella se dirigían cuando una campana repicó tres veces. Entonces el abad se detuvo y dio media vuelta para hablarle a Julio:

-

Julio, creo que tu hijo aguarda en la puerta principal. Si lo deseáis podéis dormir aquí esta noche –José y Julio intercambiaron una mirada y José hizo un gesto afirmativo con la cabeza. De acuerdo –dijo Julio–, le diré a Felipe que vuelva a casa –y se encaminó hacia la entrada del monasterio.

Juan se dirigió entonces a los otros dos:

-

Esto es muy oportuno. Veréis. En la iglesia hay dos puertas. La de la izquierda conduce a la sacristía y la de la derecha, a la capilla. Las normas dicen que nadie que


no pertenezca a la comunidad puede atravesarlas. Julio no lo entendería, espero que vosotros lo comprendáis. Puedo aseguraros que no hay nadie allí. Ambas puertas están bloqueadas y las llaves las guardo yo en mi celda. José y Alejandro asintieron. El abad tiró de una de las hojas y dejó ver la amplia iglesia, débilmente iluminada por la luz del atardecer que entraba a través de las vidrieras. Detrás del altar se podía intuir un imponente cristo crucificado colgado en la pared y, a lo largo ésta, había unas cuantas sombras de otras imágenes esculpidas. Cuatro largos bancos de madera se extendían a cada lado, formando un ancho pasillo hacia el altar. José fijó la mirada en las dos puertas de las que había hablado el monje y vio dos letreros en latín sobre ellas. Supuso que en uno pondría capilla y en el otro sacristía. Sin detenerse mucho más tiempo allí, salieron de nuevo al claustro para continuar con el registro. Siguieron recorriendo el claustro en la dirección de las agujas del reloj, visitando rápidamente la habitación del abad, más amplia pero con los mismos complementos que las celdas de los otros monjes, y dejando de lado la otra puerta de la pared Norte (“Esta también lleva al primer piso” dijo el abad). El monje pasó por la primera puerta del muro Este, que estaba entreabierta. Los dos visitantes entraron y se quedaron asombrados. La enorme biblioteca-scriptorium estaba bastante oscura, pero la claridad que entraba por la puerta permitía distinguir un trozo de la enorme estantería que llegaba hasta el techo, y que se prolongaba por todo el perímetro de la sala, dejando únicamente medio metro de distancia libre a cada lado de la puerta. En el centro había cuatro grandes mesas plagadas de candelabros con seis sillas alrededor cada una. En la más lejana, tres monjes trabajaban en sus libros a la luz de las velas. Los ojos de José se adaptaron a la oscuridad de la sala y pudo ver, ahí arriba, otro monje más, subido a una escalerilla de madera apoyada en la misma estantería, con un candelabro en una mano, buscando algún libro o documento. Cuando salían de la biblioteca, Julio caminaba hacia ellos por el claustro. Una vez se reunieron, José se interesó por la conversación que habían mantenido su hermano y su sobrino:

-

¿Y bien? Isabel está enfadada. Ya te dije que deberías haberla avisado Lo sé –se lamentó Julio–. Pero no pensé que llegaríamos tan lejos… Si me acompañáis, continuaremos con la visita –dijo Juan, que ya tenía ganas de termina–. La cena se os servirá a las diez en punto.

Pasaron junto a una puerta que conducía al patio a través de un pasillo, el abad les dijo que por ahí se llegaba al taller, donde se fabricaban muebles y otros objetos de madera, algunos de los cuales exportaban en alguna ocasión a otros monasterios, iglesias etc. Se detuvo junto a la siguiente puerta y les dijo que esa era de la habitación donde dormirían más tarde, de modo que tampoco la cruzaron. La siguiente puerta, ya en la esquina, sí la abrió, pero no había nada excepto una escalera de caracol.

-

Esta escalera sube al primer piso –explicó Juan–. Existe una habitación como esta en cada pared del claustro. Mañana os enseñaré el primer piso y las torres, así como el taller, los cobertizos, el molino y el establo. Si os hace sentir mejor, ordenaré que cierren esta noche las puertas que dan al exterior para que si Ricardo está fuera, no pueda entrar a esconderse, y si está dentro, no salga para intentar huir. Ahora os mostraré las otras celdas y os tendré que dejar. Debo visitar a los hermanos enfermos. Podréis descansar en la habitación hasta la hora de la cena.

Llegaron al pasillo de la entrada y, dejando a un lado la puerta de la portería, pasaron por


la de la pared opuesta. Un pasillo bastante largo se extendía hasta el muro que lo comunicaba con el exterior. Constaba de veinte celdas, diez a cada lado, muy similares a las que ya habían visto en la otra punta del monasterio. De nuevo, el abad les solicitó que no alzaran la voz, pues algunos hermanos podrían encontrarse durmiendo o descansando. Cuando iban a mitad de camino, José escuchó un sonido al fondo del pasillo. Era un sonido característico. Como un latigazo, parecido al que recordaba de su padre fustigando a los bueyes cuando araba la tierra. Conforme avanzaban, el sonido se hacía más fuerte. Por fin llegaron hasta el lugar de donde procedía el ruido. La tercera celda a la izquierda, contando desde el fondo. Cuando el monje que había dentro los vio, se dio la vuelta inmediatamente, para ocultar su rostro. Sin embargo dejó ver, en la penumbra, los moratones de su espalda, y algunas heridas de las que salían hilos de sangre que se perdían detrás del hábito, que le colgaba por la cintura. El monje arrojó el flagelo acabado en gruesos nudos sobre la cama y se subió el hábito, ocultando su cabeza con la capucha. Por la musculatura de aquel hombre, José intuyó que no tendría más de veinticinco o treinta años. Ya por fin, el monje se acercó a la puerta de la celda, con la cabeza inclinada.

-

¿Como estas, Miguel? –preguntó el abad. Mejor –respondió el otro monje. Intuyo que hay algo que te desvela. ¿Seguro que no hay nada que desees contarme? –le preguntó Juan por tercera vez en aquel día, obteniendo como respuesta un leve movimiento de la capucha hacia un lado y luego al otro–. ¿Por qué no sales un rato al patio? Creo que te vendrá bien un poco de aire fresco –el monje negó de nuevo con la cabeza–. Bien. Si deseas hablar, ya sabes donde encontrarme.

El monje hizo otro gesto con la cabeza, esta vez en dirección vertical, y caminó hacia atrás, perdiéndose en la oscuridad del fondo de la celda. Cuando llegaron al final del pasillo, un ruido hizo que miraran a su izquierda. Un monje acababa de saltar de su cama y se abalanzó sobre la puerta de la celda.

-

¡Padre! –gritó. Lázaro, por favor, cúbrete el rostro y no alces la voz –le pidió el abad.

Antes de que se colocara la capucha, José contempló su cara. Rondaría los cuarenta años, y los últimos vestigios de luz que entraban a través de los barrotes de la ventana que comunicaba la celda con el exterior, le permitieron distinguir su extraña mirada, como perdida. Aquellos ojos almendrados reflejaban sufrimiento y, quizá, locura.

-

Padre –repitió el monje, ahora en voz baja–. Necesito salir de mi celda con urgencia. Y dime, Lázaro –dijo Juan–. ¿Cuál es ese asunto tan urgente que tienes que atender? Tengo que encontrar el tesoro –contestó Lázaro. Un tesoro, ¿eh? ¿Y donde está ese maravilloso tesoro? –preguntó Juan, utilizando el tono de alguien que habla con un niño pequeño. Está escondido –respondió Lázaro. Pero, ¿se puede saber donde? –Lázaro negó bruscamente con la cabeza. Solo lo sabemos Luna y yo. Bueno… –bajó el tono hasta convertir sus siguientes palabras apenas en un susurro–. Y también Isidoro. ¿Isidoro? –dijo el abad en voz baja.

Lázaro asintió de forma impetuosa, hasta que casi se le quitó la capucha y de nuevo habló en un susurro:


-

Él lo escondió. Creo que se lo robó a Miguel. Por eso ahora él se lamenta, y se flagela mientras pronuncia el nombre de Isidoro. ¿Cómo sabes que Isidoro escondió el tesoro? –la cara del abad reflejaba confusión. Aquél hombre parecía estar loco, sin embargo, Juan intentaba encontrar algún resquicio de verdad en sus palabras. Lo vi entrar en su celda con el tesoro –Lázaro señaló la celda de enfrente–. Y luego, cuando saltó al patio, todavía lo llevaba en la mano.

Juan se dio la vuelta y caminó hacia la celda. Agarró con la mano un barrote y empujó. Estaba cerrada, al igual que cuando había ido por la mañana. Se quedó unos segundos apoyado en los barrotes y finalmente giró de nuevo sobre sí mismo, se acercó a la celda de Lázaro y le dijo con voz firme:

-

Mañana por la mañana abriremos tu celda, pero tendrás que comportarte. ¡No! ¡Silencio! Tengo que salir ahora. Si Isidoro se entera de que yo sé donde está el tesoro volverá y lo cogerá. No admitiré discusiones. Si no obedeces, tendremos que amordazarte y no saldrás de la celda en una semana. Ahora duerme y mañana podrás buscar tu tesoro.

Lázaro se quitó el cordón rojo que llevaba a la cintura he hizo un extraño nudo con él. Lo ató a los barrotes de la parte superior de la puerta. Juan le observó con tristeza y finalmente le dijo:

-

Buenas noches Lázaro.

Giró a su izquierda empezó a andar hacia la salida, mientras Lázaro se quedaba en silencio, cabizbajo junto a la puerta de su celda. Cuando iba por la mitad del pasillo, los otros tres, que se habían quedado petrificados ante la actitud de Lázaro y la indiferencia de Juan, le alcanzaron y Alejandro le preguntó:

-

¿Pero qué va a hacer Lázaro? Nada. No va a hacer nada –respondió el abad. Pero parecía que pensaba ahor… ¡Silencio! –le cortó el abad que se había parado en seco y dado media vuelta–. Ahora seguidme.

Reemprendió la marcha y los tres caminaron tras él sin hablar hasta que llegaron a la habitación de invitados. Una vez entraron los cuatro, Juan cerró la puerta y les pidió que se sentaran. Julio y Alejandro se sentaron en sendas camas, mientras que José lo hacia en una silla que había junto a una de ellas. Entonces le dijo al abad:

-

Padre, tenéis que hablarnos del pasado de Lázaro. No –le espetó el monje–. Es una historia larga y triste. Además, eso no nos ayudará a encontrar a Ricardo Tal vez sí –dijo José–. Vos sabéis que en las palabras de Lázaro había parte de verdad y parte de fantasía. Tal vez si separamos la parte real de su relato del resto, podremos descubrir algunas de las cosas que acontecieron anoche en este monasterio. Me consta que Lázaro no está cuerdo. Pero tampoco ha perdido el juicio por completo, ¿no es así?

Juan caminó de un lado para otro en la habitación, como si dentro de su mente se librara


una batalla por quedarse y revelar el pasado de Lázaro o salir de allí. Después caminó con decisión hacia la puerta, pero cuando estaba a punto de abrirla, dio media vuelta y se sentó en una silla junto a la ventana, se puso la capucha del hábito y comenzó a hablar:

-

De acuerdo. Intentaré resumiros la historia de Lázaro: Su padre era uno de los hombres que partieron junto al vuestro para luchar en la Cruzada. Sin embargo, él nunca volvió. Cuando Víctor y los otros dos supervivientes regresaron, dijeron que los demás habían muerto. Esa noche la madre de Lázaro (que por entonces tendría nueve años) no soportó la pérdida de su marido y se ahorcó. Doce horas pasó el pequeño Lázaro bajo el cadáver de su madre, hasta que su abuelo llegó al día siguiente y se encontró con una escena dramática. El cuerpo sin vida de su hija colgaba de una viga de madera, mientras que su nieto permanecía de pie, inmóvil y rígido como una tabla con la mirada perdida. Ese mismo día, después del entierro, el abuelo de Lázaro, que estaba bastante enfermo, lo trajo al monasterio y rogó que nos hiciéramos cargo de él. Un mes después, murió. Lázaro había perdido a toda su familia y no le resultaba nada fácil acostumbrarse a la vida en el monasterio. A pesar de lo arduo que resultaba tratar con Lázaro, nunca insultó ni hizo daño a nadie, excepto a sí mismo. Hace cinco años, hizo un nudo como el que le habéis visto hacer hace un momento, se subió a la silla, se colgó el cordón al cuello e intentó ahorcarse. El ruido que hizo al derribar la silla despertó al hermano que dormía enfrente, el cuál alertó rápidamente a los demás y consiguieron bajarle antes de que se asfixiara. Sin embargo, aunque sobrevivió, le quedaron secuelas de aquél incidente. Perdió gran parte de la cordura que todavía le quedaba. Desde aquél día, cada vez que se enfurecía, hacía el mismo nudo en la puerta de la celda. Las primeras veces, cuando le veíamos haciendo el nudo corríamos a quitarle el cordón. Hasta que descubrimos que su verdadera intención no era suicidarse. Simplemente pasaba horas de pie bajo el cordón atado a la puerta. Tal vez ni siquiera él sepa con certeza por qué obra de esa manera. No ha vuelto a mencionar nada de su pasado. Temo que además de la cordura, haya perdido la memoria. Apenas respeta las normas de la comunidad, pero tampoco podemos obligarle a que lo haga. Es un caso perdido. Aún así, nos comprometimos a cuidar de él y eso es lo que haremos.

Hubo una larga pausa. Todos miraban al abad que permanecía inmóvil en la silla con el rostro tapado y, aunque los otros no se percataron, con unas lágrimas recorriendo sus mejillas. Finalmente José rompió el silencio:

-

-

Padre –le dijo suavemente–, según la historia que le ha contado Lázaro, ¿qué creéis vos que pasó anoche? Pienso que vio a Isidoro entrar en su celda con algo, y luego lo vio en el patio desde la ventana de su celda, y supongo que aún llevaría lo que fuera en la mano. Pero no entiendo por qué piensa que lo escondió. Tal vez lo viera entrando en los talleres de forma sospechosa, pero el vigía se habría dado cuenta. ¿Y que me decís de Luna? –preguntó ahora José–. Dijo que Luna, Isidoro y él sabían donde estaba el tesoro. ¿Se refería a la luna?

El abad negó con la cabeza:

-

-

Luna es el perro. Está atado en el patio, junto al cobertizo de las gallinas. Si os acercáis a esta ventana podréis verlo. Ya solo tenemos que hablar de Miguel –concluyó José–. Creo que él sabe algo de lo que ocurrió anoche. Algo que le atormenta. Tenemos que conseguir que nos lo cuente. Si Julio y su hijo no se durmieron mientras hacían guardia –Julio emitió un gruñido–, Ricardo sigue aquí dentro. Tal vez Ricardo obligara a Isidoro a esconder algo en el taller. Creo que deberíais revisar si las reliquias están en su sitio. Ya está comprobado. Todo está donde tiene que estar. En cuanto a Miguel, yo no


puedo obligarle a hablar. Ahora, si me disculpáis, debo visitar a algunos hermanos y encontrarle un sustituto a Miguel para que haga guardia esta noche en la torre. Tengo que pediros que no salgáis de aquí hasta la hora de la cena. Los hermanos se sentirían incómodos si os vieran paseando por el monasterio. Y dicho esto, salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Julio, dando gracias porque las camas no fueran tan pequeñas como las de los monjes, se descalzó y se tumbó. En poco tiempo se quedó profundamente dormido debido al cansancio acumulado en la noche anterior. Y así, los tres se relajaron hasta la hora de la cena. Cuando las diez campanadas sonaron, José y Alejandro despertaron a Julio y salieron de la habitación. Atravesaron el jardín por un camino de piedra que, al juntarse con otro que iba de norte a sur, formaba una cruz cuyos brazos morían cada uno en una entrada al claustro. Contemplaron el pozo, las flores, un roble aquí, un ciprés allá. Y también distinguieron, a duras penas, las siniestras figuras de los monjes que hacían guardia en las torres. Entraron al comedor, iluminado por unos cuantos candelabros encendidos en el centro de la mesa y una lámpara de aceite en el atril. La mesa estaba puesta y casi todas las sillas ocupadas. Los aldeanos bordearon la mesa y tomaron asiento junto al abad. Al cabo, tres monjes entraron por la puerta del pasillo con tres fuentes de verduras cocidas y comenzaron a servir en los platos. Cuando acabaron de servir, volvieron a la cocina. Entonces el abad se puso en pie. Todos hicieron lo propio. Juan bendijo la mesa y volvieron a sentarse. Mientras un monje comenzaba a recitar salmos en latín desde el atril, Julio cogió su tenedor y se quedó asombrado.

-

Los cubiertos son de… Sí, Julio. Son de plata. Una generosa donación. ¿Qué íbamos a hacer con ellos, excepto usarlos? Te garantizo que no encontramos ningún placer en ello.

A pesar de que la calidad de la comida no se correspondía con la de la cubertería, los tres invitados lo comieron todo sin rechistar. Los monjes comenzaron a levantarse y a salir al claustro. Pero cuando José se disponía a ponerse en pie, el abad le sujeto el brazo para que no lo hiciera.

-

Vosotros no habéis terminado.

Dos monjes entraron por la puerta del pasillo y pusieron un plato con un filete de carne de cerdo delante de cada aldeano. A pesar de que Julio se comió el filete con mucho gusto, se permitió hacerle un comentario a José.

-

Tu viejo cuchillo habría sacado mejor estos filetes.

El abad escuchó el comentario, pero no dijo nada. De hecho le extrañó mucho, ya que en su última visita, hacía dos semanas, el sacerdote de la aldea les había traído, junto con el vino, un cuchillo nuevo, y por cierto muy afilado, para la carne. Por un segundo se preguntó si tal vez Ricardo se había infiltrado en realidad y se hubiera hecho pasar por cocinero, cortado torpemente aquellos filetes, pero enseguida lo olvidó. Solo había dos cocineros y llevaban trabajando más de treinta años juntos. El farsante habría sido reconocido al instante. Cuando los aldeanos hubieron terminado, los cuatro se pusieron en pie. El abad les dijo que ahora los monjes irían a rezar Vísperas y que a las doce todos se meterían en sus celdas, de modo que podían irse a dormir. Y así lo hicieron. 6 UN ENEMIGO ESCURRIDIZO Eran alrededor de las nueve y media de la mañana. La puerta de la habitación fue golpeada con impaciencia. José, que miraba a Luna desde la ventana, dio media vuelta; Alejandro que estaba tumbado sobre la cama ya hecha, se sentó en ella con los pies en el suelo; y Julio, que estaba durmiendo todavía, se incorporó sobresaltado.


-

Siento molestaros –dijo el abad que entraba acompañado de otro monje–. Pero creo que podríamos haber localizado a Ricardo.

Cuando Julio lo oyó, se desperezó como un rayo y se calzó sus sandalias.

-

Éste es el hermano Felipe. Trabaja en el huerto por las mañanas. Ha visto a un monje actuando de forma extraña. Al principio creyó que era Isidoro por el cinto verde, hasta que observó cómo escondía algunas hortalizas entre sus ropas. El huerto está al noroeste del patio. Propongo que José y Julio esperéis en la esquina del cementerio, al noreste. Y Alejandro y Felipe lo hagáis en la esquina suroeste. Si de verdad es Ricardo, probablemente intentará huir y tendréis que detenerle antes de que alcance una de las dos puertas y entre de nuevo al monasterio, donde se confundiría con los demás monjes. Todavía es un misterio para mí cómo habrá conseguido ese hábito. Ahora, Felipe, dame tu cinto.

El abad se quitó el cinto negro y se puso el cinto amarillo de Felipe. Se colocó la capucha y se dirigió al huerto mientras los otros cuatro tomaban posiciones. Cuando Juan llegó al huerto, cogió una azada y se puso a hacer surcos mientras miraba a los demás monjes con disimulo. Enseguida le reconoció. No fue difícil, pues era el único que llevaba el cinto verde de los novicios. Contempló unos instantes sus movimientos torpes con la azada, que ni siquiera sujetaba correctamente. “Isidoro estaba enfermo. Tal vez sea él al fin y al cabo” – pensó. Pero se engañaba a sí mismo. Isidoro nunca sustraería nada del huerto a escondidas. Esperó el momento oportuno, cuando el monje apoyaba la azada en el suelo para tomar un respiro. Entonces se dirigió hacia él con decisión por la espalda, se quitó la capucha y le habló:

-

Ricardo, deja de esconderte.

El monje dio un respingo, se volvió y se encontró con el abad que le miró fijamente a los ojos. A su alrededor, todos los monjes les observaban. Ricardo sintió el impulso de coger la azada para atacar al abad, pero todos los monjes se le echarían encima. De modo que, sin decir una palabra, echó a correr.

-

¡Detenedle! –gritó el abad.

Ricardo esquivó sin dificultad a los monjes del huerto y se dirigió a la puerta principal por el camino más corto. Una flecha silbó en el aire y se clavo en el suelo. Ricardo se pegó rápidamente a la pared del monasterio, donde el vigía ya no podía verle. Entonces continuó corriendo hasta que vio dos figuras al fondo. Uno vestido de monje, el otro parecía uno de esos estúpidos aldeanos. Sin detenerse, introdujo la mano en el hábito y, dejando caer un par de zanahorias, sacó un gran cuchillo que brilló a la luz de la mañana. Cuando llegaba a la esquina, los dos hombres se disponían a interceptarle, pero entonces lanzó un ataque. Alejandro cayó al suelo herido. Ricardo continuó corriendo hacia la entrada principal del monasterio ante la desesperación de Felipe, que era incapaz de alcanzarle. Los monjes del huerto llegaron hasta donde estaba Alejandro, que se sujetaba el brazo izquierdo, entre el codo y el hombro.

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Tiene un cuchillo –dijo Alejandro–. Me ha cortado. Déjame ver –le pidió el abad. Cuando Alejandro apartó la mano de la herida, la sangre fluyó por el brazo–. Es muy profunda. Isaac, ve a la portería. Preparad una aguja doblada, cordel, una jarra de agua, trapos y una palangana –un monje salió corriendo y se cruzó con otro que venía hacia ellos. Lo siento, padre. Ha escapado. No te preocupes Felipe. Has hecho lo que has podido. Ahora ve a buscar a José y a Julio y acompáñalos hasta la portería.


José y Julio entraron apresuradamente en la portería, Felipe se había quedado atrás. Alejandro estaba sentado a los pies de la cama. Un monje sujetaba una palangana por debajo del brazo mientras le lavaban la herida. Y el abad, después de enhebrar la gran aguja, sacó del mueble un palo con hendiduras.

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Muerde esto –le puso el palo entre los dientes– ¿Estás listo? –Alejandro asintió.

Media hora después, Alejandro se encontraba tumbado en la cama del cuarto de invitados y José, Julio y Juan estaban sentados en sillas alrededor.

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Que estúpido he sido –se lamentó Juan–. Debí imaginar que Ricardo había cogido el cuchillo nuevo cuando dijiste que el filete parecía estar cortado con un viejo cuchillo. Y ahora que lo pienso, es probable que también se llevara el cordón de Marcos. Tendríamos que haber cogido las lanzas. Hemos perdido una valiosa oportunidad de detenerle. Ahora que tiene el hábito, se pondrá el cordón amarillo, que usa la mayoría de los hermanos, y será casi imposible reconocerle. ¿Y por qué no reunís a todos los monjes y les pedís que se quiten la capucha? – propuso Julio en tono amable, un poco avergonzado al saber que el abad había escuchado su comentario sobre los filetes–. Si alguno intenta escapar, ya sabréis quién es. Eso es imposible. En primer lugar, no creo que Ricardo acudiera. Y en cualquier caso, es norma de esta comunidad que ningún monje, excepto yo, se quite la capucha delante de cualquier otro hermano. Eso hace que todos sean iguales ante los demás, sin vanos juicios de valor. En ese caso –dijo José–, tendremos que esperar al siguiente paso de Ricardo. Me temo que así es –admitió el abad–. Bueno. Si me disculpáis debo ir a la iglesia para preparar la eucaristía. Será a las once en punto. Si lo deseáis podéis participar.

Y dicho esto, se levantó y salió de la habitación.

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Si vosotros vais, yo también iré –dijo Alejandro desde la cama–. No pienso quedarme aquí solo esperando. Necesitas descansar –le dijo José–. Has perdido mucha sangre. Tranquilo hermano. Yo me quedaré con él. Ve tu si quieres. Está bien. Gracias, Julio.

Los tres permanecieron en la habitación hasta que la campana empezó a dar las once. Entonces, José se encaminó hacia la iglesia. No es que fuera muy devoto, pero tal vez podría ver algo raro. Si el abad presidía la misa y Ricardo estaba allí presente, no se atrevería a comulgar, de modo que a lo mejor podría descubrirle. Nada más entrar en la iglesia, los monjes del banco más cercano a la puerta se arrimaron a la pared para dejarle sitio. Poco después, una campanilla sonaba tres veces y el abad, ahora vestido de sacerdote con una casulla verde, salía de la sacristía. La misa transcurrió con normalidad, hasta que llegó el momento de la comunión. Los monjes comenzaron a salir al pasillo y a ponerse en fila, excepto uno. Éste, que estaba en el primer banco de la izquierda, y en el sitio más alejado del pasillo, se puso de rodillas. Pero cuando el último monje del banco que había a la izquierda de José salió al pasillo, en lugar de colocarse en la fila, salió apresuradamente de la iglesia. Sin pensárselo dos veces, José salió también y lo siguió. Los pasos de los dos hombres retumbaban en el claustro, pero el monje no parecía percatarse de que lo seguían. Cuando ya estaba a punto de cruzar la puerta del baño para dirigirse a la cocina, al final del claustro, José le llamó:


-

¡Hermano! –el monje se dio la vuelta un poco sorprendido. ¿Sí? ¿No esperáis a que acabe la misa? Me encantaría, pero tengo que preparar la comida de los hermanos que hacen el relevo en las torres a las dos. De todos modos, iré a misa esta tarde también. Si me disculpas, llevo un poco de prisa. Sí, claro. Hasta luego.

No le vio la cara, pero esa no era la voz de Ricardo. Del chico que tantas veces había estado en su casa, acompañando a su sobrina. Ahora, José volvía a la iglesia, pensando en el otro monje que no había comulgado, pero cuando llegó a la puerta, los monjes ya empezaban a salir. Se asomó, pero el primer banco de la izquierda estaba vacío. Era incapaz de reconocer al monje que buscaba, de modo que volvió con Julio y Alejandro. Apenas llevaba en la habitación cinco minutos, cuando, tras golpear tres veces la puerta, el abad entró algo contento y aún vestido de sacerdote.

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Amigos. Miguel ha salido por fin de su celda. Ha participado en la eucaristía. Si se encuentra bien, seguramente hará la guardia en la torre esta tarde hasta las ocho. Él come poco después de la una, junto a los otros tres monjes que hacen el relevo en las torres, de modo que he pensado que tal vez podríais acompañarles. Quizá quiera contarnos algo. Pero no deberíamos presionarle. Vosotros sencillamente sentaos y comed. Yo seré el que comience a hablar. De acuerdo –dijo José, ansioso por escuchar el testimonio de Miguel. Está bien. A la una, cuando oigáis la campana, dirigíos al comedor.

Tras otra larga espera, la campana sonó por fin y José, Julio y Alejandro que, aunque se encontraba mejor necesitaba comer algo para recuperar fuerzas, se dirigieron al comedor. Se pusieron donde les indicó el abad, que se sentó dejando un hueco libre entre su silla y la de José. Éste supo al instante quién ocuparía ese lugar. Al cabo de unos pocos minutos, cinco monjes entraron por la puerta del claustro. Uno se dirigió al atril, mientras los tres siguientes iban avanzando, rodeando a los visitantes y al abad hasta sentarse en los tres asientos que Juan tenía a su derecha. El quinto monje dudó unos instantes, hasta que el abad le indicó con señas que se dirigiera hacia él. Cuando ya estaba a su lado, le dijo.

-

Siéntate aquí Miguel, por favor.

Miguel obedeció en silencio. Un monje entró por la puerta del pasillo con una fuente de legumbres y comenzó a servir a los monjes por su derecha. Sin embargo, cuando llegó hasta Miguel, le sirvió desde su izquierda, dándole la espalda al abad. Cuando terminó, salió por donde había entrado y apenas un minuto después, entraba de nuevo en silencio y se quedaba inmóvil junto a la puerta. Tras la bendición, el monje del atril comenzó a recitar un pasaje de la Biblia y el abad volvió a dirigirse a Miguel:

-

Miguel, he observado que hoy no has recibido al Señor. ¿Necesitas que te confiese tal vez? –no obtuvo respuesta–. ¿Te encuentras en condiciones de hacer guardia después de comer? –Miguel hizo un gesto afirmativo.

De improviso, un monje con el cordón rojo en su cintura, entró tímidamente desde el claustro y se sentó justo enfrente del abad, al otro lado de la gran mesa, y se quitó la capucha.

-

Lázaro –dijo Juan–. Ya conoces las normas. No puedes quitarte la capucha. ¿Querrías ponértela?


-

Quiero comer –dijo Lázaro. Vuelve dentro de una hora y come con los demás. Si no acatas las normas, tendremos que devolverte a tu celda. Por favor, ¿serías tan amable de ponerte la capucha? –le reiteró el abad. Yo soy el abad –respondió Lázaro–. No necesito ponerme la capucha.

Lázaro se levantó y caminó hacia la puerta. Una vez estuvo junto a ella se detuvo, giró la cabeza y, mirando al abad con una extraña sonrisa, dijo:

-

Hoy no volveré a mi celda

Y se marchó dando un portazo. El abad hizo un gesto negativo con la cabeza y se dirigió de nuevo a Miguel:

-

¿Qué te parece si esta tarde mando a alguien a la torre, te confieso, participas en la eucaristía y luego vuelves? Bien –contestó escuetamente.

En ese momento, el abad se percató de que nadie había servido pan a los invitados. Entonces miró hacia la puerta y habló al monje que estaba a punto de salir:

-

¡Hermano servidor! –el monje se volvió hacia el abad sobresaltado y su corazón se aceleró. La distancia y la precaria iluminación de la habitación sin ventanas, con la única luz de las velas y la lámpara del atril, no permitieron a Juan reconocer al hombre con quién hablaba en realidad– ¿Serías tan amable de traer pan para nuestros huéspedes?

El monje hizo un gesto y salió apresuradamente hacia la cocina. Nadie regresó con el pan. Sin embargo, cuando todos los platos ya estaban vacíos, un monje entró por la puerta del claustro, caminó hasta el abad y le preguntó:

-

Padre, ¿Me habéis mandado llamar? –

El abad miró al monje sorprendido.

-

¿Santiago? Claro que no te… –Juan pareció volverse loco de repente. Se levantó rápidamente de la silla y corrió hacia la puerta del claustro– Dios mío. Era él. ¡Intenta escapar!

José y Julio también se levantaron entonces y corrieron hacia la puerta principal. Cuando llegaron, el abad revisó el cerrojo, que se encontraba perfectamente colocado, tal y como lo habían dejado por la mañana los monjes que habían venido con la leña. Después de recuperar el aliento, Juan se dirigió a José:

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Creo que el monje que os ha servido la comida era Ricardo. Cuando le he mandado a por pan, ha subido a la torre y le ha dicho a Santiago que yo quería verle. Pensé que pretendía escapar, pero no debe de haber tenido tiempo.

Los monjes del comedor empezaban a salir al patio, acompañados por Alejandro y Andrés, el portero, que por segunda vez en ese mismo día se veía interrumpido por los correteos en el pasillo. Cuando ya estaban cerca, el abad llamó a Santiago. Un monje se adelantó.

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Vuelve a la torre y bajo ningún concepto la abandones hasta que Miguel te releve. Ricardo está aquí dentro y pretende escapar. Si alguien intenta quitar el cerrojo,


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deberás dar la alarma e intentar detenerle. –Santiago inclinó la cabeza y caminó deprisa hacia el interior–. Y lo mismo te digo a ti, Miguel. A las cuatro y media, yo subiré a la torre con el monje que te sustituirá durante la misa. ¿Aún está en el monasterio? –preguntó Miguel con voz queda. Sí, Miguel. Pero no te preocupes. Pronto le cogeremos. Te aseguro que pagará por todo el mal que está causando. Ahora ve a descansar hasta las dos. Te veré a las cuatro y media. Padre. ¿Podría coger la llave de la torre? Sí, claro. Ve con Andrés, él te la dará. Los demás, volved a vuestras ocupaciones.

Y así, todos los monjes se dispersaron hasta que sólo quedaron junto a la puerta los visitantes y el abad. Éste les pidió que le contaran lo que sabían de Ricardo. Tras escuchar todo lo referente a los robos, la agresión a la hija de Julio y demás, Juan decidió tomar algunas medidas.

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Seguidme. Cogeremos dos escaleras. Quiero que me ayudéis un momento.

7 EL DIABLO SE OCULTA ENTRE NOSOTROS Miguel miró el reloj de sol. Aunque estaba lejos, la sombra se veía con nitidez desde la torre. Eran las cuatro. Contemplando el horizonte, más allá del muro, extendió la mano hacia la cuerda. Una campanada: una tabla cuyo acabado la hacía parecer otra piedra de la pared, se deslizó hacia un lado suavemente, dejando ver un oscuro escondite junto al armario de los arcos. Dos campanadas: alguien salió del hueco, arrastrándose sobre el vientre como una serpiente. Tres campanadas: se puso en pie, comprobó que la llave de la torre estaba colocada en el ojo de la cerradura de la puerta y caminó hacia Miguel de puntillas. Miguel apenas había tenido tiempo de tocar la campana por cuarta vez. Recibió un empujón y se precipitó desde lo alto de la torre. Un grito prolongado y finalmente un golpe sordo. Ya solo se oía el eco de la campana. Andrés estaba paralizado. El grito le había sobresaltado, pero, cuando miró hacia el exterior por la ventana de la portería y vio una sombra negra caer seguida del golpe, no fue capaz de asimilar lo que había ocurrido. Finalmente se puso en pié y miró el suelo de fuera. Un cuerpo inmóvil yacía en el camino de piedra. Salió corriendo y, una vez en la puerta principal, tocó con violencia la campana. Mientras todos los monjes que no estaban de guardia corrían hacia la entrada, el agresor ya había abierto la puerta de la torre, la había cerrado desde fuera, se había guardado la llave y ahora bajaba la escalera hasta la galería del primer piso. Atravesaría la galería y bajaría por otra escalera, así saldría al claustro por el muro norte, sin cruzarse con los que acudieran a la llamada de Andrés. Los hermanos que iban llegando se santiguaban y permanecían de pie junto al cuerpo, unos rezando, otros murmurando, tratando de encontrar una explicación. Al cabo de unos segundos, Juan se abría paso entre todos los monjes:

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¿Qué ha ocurrido? Dejadme pasar –llegó junto al cuerpo y se santiguó–. Santo Dios –a su alrededor, los monjes seguían murmurando. ¿Quién es? –preguntó uno. Es el vigía.– respondió otro. ¿Pero por qué iba a arrojarse desde la torre? –preguntó un tercero. ¡Es Miguel! ¡Y no se ha tirado! Ricardo lo ha empujado –concluyó Juan enfurecido. Pero no es posible. Se había encerrado en la torre. Lo sé, Andrés. Ahora ve a la torre y comprueba si está cerrada –

José, Julio y Alejandro llegaron al lugar y escucharon a Juan desde detrás de los monjes


que le rodeaban:

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¡Hermanos! Un asesino se oculta entre nosotros. El diablo ha atravesado estos sagrados muros. Hemos de ser cautos. A partir de ahora dos hombres harán guardia en cada torre y bajo llave. Nadie saldrá de la torre hasta ser relevado mientras no sea yo mismo quien se lo pida. Nadie saldrá del monasterio. Se suspenden las salidas al bosque hasta que Ricardo sea capturado. Si alguien intenta escapar del monasterio, tenéis orden de disparar vuestras flechas para detenerle.

Andrés asomó por una ventana de la galería.

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La torre está cerrada. Que sorpresa –musitó Juan–. Ahora nadie podrá vigilar el portón desde la torre. ¡Vuelve aquí Andrés! Designaré a tres hermanos para que lo vigilen desde la galería. Y todos cerrareis las celdas bajo llave cuando os acostéis. Acudid a las cinco al refectorio donde os haré entrega de las llaves de vuestras celdas a quienes no las tengáis y os daré algunas directrices más. Ahora coged a Lázaro y encerradlo en su celda.

Supuso que en ese instante Lázaro se pondría a dar gritos y patalear, pero no se oyó nada. Empezaron a buscar el cordón rojo, pero éste no ceñía la cintura de ninguno de los monjes presentes. Entonces el abad les ordenó a la mayoría de los monjes que buscaran a Lázaro por todo el monasterio. Los demás monjes y el abad se dispusieron a coger el cadáver para llevarlo al taller, donde había tres ataúdes listos, debido a la avanzada edad y la enfermedad de algunos hermanos. Levantaron el cuerpo, pero de improviso se oyó un ruido metálico. Y luego otro. El abad se agachó. Dos grandes llaves habían caído del hábito de Miguel, golpeando la piedra del camino. Juan las cogió.

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No son de la torre. Son… del cuarto de limpieza. Hermanos, llevad el cuerpo de Miguel al taller, metedlo en un ataúd y después ponedlo en la iglesia donde lo velaremos más tarde –luego habló a los visitantes, que seguían contemplando la escena con impotencia–. Y vosotros tres, seguidme.

Con las llaves en la mano, el abad caminó con apremio por el monasterio, hasta llegar junto a la puerta del cuarto de limpieza. Los tres visitantes se detuvieron cerca. Luego les dijo que esperaran un momento y fue al comedor a buscar la lámpara de aceite del atril. Mientras tanto, José observó el suelo junto a la puerta y vio unas pequeñas manchas negras. “Sangre”. Se temió lo peor. Juan les dijo que entraría él primero. Introdujo la llave, abrió la puerta y se adentró en la oscuridad. Oyeron cómo la lámpara de arcilla caía al suelo y se hacía añicos. Cuando estaban a punto de entrar, Juan salió de allí con los ojos desencajados. Apartó a Julio de un empujón y salió al jardín, donde empezó a sufrir náuseas. José, que estaba más cerca de la puerta, comenzó a andar despacio. Entró en la sala. La lámpara estaba rota en el suelo, al fondo de la habitación. El charco de aceite en llamas iluminaba el lugar. José distinguió los pies de un cuerpo desnudo. Se acercó a él con la intención de ver su rostro. Pero lo único que encontró fue el sitio donde días atrás debió estar la cabeza de aquel pobre hombre. O mejor dicho, aquel pobre muchacho. Sea quien fuere a quien perteneciera ese cuerpo, rondaría los veinte años. “El tesoro de Lázaro” – pensó José. Los visitantes salieron del cuarto y llegaron junto a Juan.

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No podemos llevar el cuerpo así hasta el taller. No quiero que los hermanos lo vean. ¿Seríais tan amables de traer un ataúd para trasladarlo? Por supuesto –dijo Alejandro con tristeza. Y los tres cruzaron el jardín y salieron al patio por el lateral del claustro.

A pocos metros de la puerta que daba al patio, seis monjes venían transportando


dificultosamente el ataúd de Miguel. José, Julio y Alejandro entraron por la puerta del taller. Era un cobertizo amplio, con unas cuantas mesas de trabajo, herramientas, y tablas y trozos de madera de diferentes tamaños. Al fondo del lugar se veían mesas, baúles y sillas ya terminados, además de dos ataúdes. Uno abierto, apoyado sobre la tapa y el otro con la tapa puesta. Cogieron el que estaba abierto y lo llevaron hasta el cuarto de limpieza. Cuando llegaron, Juan ya les estaba esperando con una antorcha encendida en la mano. Les abrió la puerta y los cuatro entraron. El abad cerró desde dentro. Introdujeron el cadáver en el ataúd, cogiéndolo por brazos y piernas. Después colocaron la tapa y se quedaron allí de pie un tiempo, alrededor de la caja, en silencio, hasta que José dijo por fin:

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¿Tenéis alguna idea de quién es? –el abad asintió apesadumbrado. Sin duda es Isidoro. No se lo que ese salvaje habrá hecho con su cabeza. Era el más joven del monasterio. Esto explica el comportamiento de Miguel. Él probablemente sabía que Isidoro había sido asesinado, pero no era capaz de decirlo y por eso se castigaba. Escuchad. Voy a dar un cinto marrón a todos los hermanos, de modo que si a partir de las seis veis a algún hermano con el cinto de otro color, salvo el cinto rojo de Lázaro o el negro mío, podéis detenerlo porque sin duda será Ricardo. Pienso cogerle cueste lo que cueste. Si veis u oís algo extraño durante la noche, me gustaría que me avisarais. Os daré también la llave de vuestra habitación. Ya nadie está a salvo en este lugar. Dejaremos el ataúd aquí de momento. Padre –dijo José de repente–. Lázaro dijo que vio a Isidoro la otra noche entrando en su celda. Es posible que fuera Ricardo y haya ocultado allí la cabeza. Sí, es probable. Pero la puerta está cerrada, aunque tal vez seáis lo suficientemente hábiles para entrar por la ventana. Aunque es pequeña, no tiene barrotes como la de la celda de Lázaro. Iré a repartir los cintos. No dudes en buscarme si encontráis... algo.

Los cuatro salieron de la habitación y el abad cerró la puerta con llave. Luego colgó la antorcha en uno de los soportes de la pared del claustro y caminó despacio hacia la portería. Los campesinos fueron al patio, junto a la ventana de la celda de Isidoro. José tenía la certeza de que allí encontrarían algo que ayudaría a esclarecer algunas cosas, pero sabía que no encontrarían lo que Julio pensaba que allí podía hallarse. Eso era algo que en aquel momento solo conocían dos hombres y un perro. José, que era el más ágil de los tres, saltó a la celda a través del diminuto hueco. Julio y Alejandro permanecieron al otro lado expectantes, dirigiendo de vez en cuando su mirada a Luna, que no paraba de ladrar. Tras examinar de un vistazo la sala, solo se le ocurrieron dos lugares en los que mirar, bajo la cama y en el baúl. Se arrodilló y levantó la manta de lana, pero, allí no había nada, excepto unas sandalias. Entonces abrió el baúl. Solo había una prenda negra, hecha un ovillo. La cogió y se levantó para extenderla sobre la cama. Era uno de los hábitos de los monjes. Estaba algo húmedo, pero la mancha de sangre apenas se percibía a simple vista. Recordó la herida del cadáver, justo en el corazón y encontró en esa parte de la prenda el correspondiente agujero. Julio y Alejandro observaban en silencio cómo José introducía los dedos a través del boquete. El arma era de tamaño considerable. Alejandro apretó los dientes al recordar el enorme cuchillo cortando su brazo como mantequilla. José guardó de nuevo la prenda en el baúl y salió al exterior con la ayuda de los otros. Se encaminaron hacia el interior para esperar en la puerta del refectorio. Cuando el abad saliera, le comunicarían el hallazgo del hábito de Isidoro. Ya estaban a punto de entrar al edificio cuando José pudo ver a lo lejos un monje que salía de un cobertizo con una carretilla en dirección al huerto. Desde la torre oeste, el hermano Lucas miró largo rato al monje que transportaba aquella carretilla con unos sacos vacíos y se extrañó. Quizá uno de los cocineros iba a por una buena cantidad de verduras. Pero pasó de largo y siguió hasta el cobertizo donde se guardaban los aperos del huerto. Instantes después el monje salió sin la carretilla y se dirigió hacia el cementerio con paso renqueante, llevándose una mano a la pierna derecha, y se perdió de vista.


Los monjes empezaron a salir del refectorio. El último en abandonarlo fue el abad, que llevaba en sus manos unos cuantos cordones marrones y algunas llaves.

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Bien, solo quedan los vigías. ¿Alguna novedad? –preguntó el abad. El hábito que Isidoro vestía cuando fue asesinado está en el baúl de su celda – respondió José. De modo que Ricardo lleva puesto el hábito limpio que Isidoro guardaba allí. De todos modos ya no le servirá de nada. Los dos únicos que dentro de poco no llevarán el cinto marrón son él y Lázaro, que sigue desaparecido.

El resto de la tarde, mientras duró la luz del día, los tres aldeanos pasaron el tiempo buscando sin éxito un cinto que no fuera marrón o negro entre los monjes de la comunidad. Cuando la oscuridad envolvió el monasterio, se dieron cuenta de que su trabajo ya sería inútil, pues la única iluminación de las antorchas colocadas en las paredes del monasterio era insuficiente para distinguir el color de los cintos a menos de un par de pasos de distancia, de modo que después de la cena se retiraron a la habitación de huéspedes para descansar. 8 EL TESORO DE LÁZARO La noche estaba bien avanzada cuando la tapa del único ataúd que quedaba en el taller se abrió con suavidad. A Lázaro no le resultó fácil salir con piernas y brazos entumecidos por tantas horas en la misma postura. Casi no era consciente de la increíble suerte que había tenido al permanecer allí sin ser descubierto mientras se llevaban los ataúdes para los monjes asesinados. Una vez en pie se sacudió el serrín del hábito y caminó despacio hacia la puerta. Salió y se dirigió deprisa hacia la pared del edificio, donde los vigías no podrían verle. Cuando había recorrido la mitad de la distancia, uno de los vigías gritó: “¡Alto! ¿Quién va?”, pero solo hubo silencio por respuesta. José se despertó sin saber la razón. Si era una pesadilla, no la recordaba. Tal vez por los ronquidos de Julio o algún ruido del exterior. Se sentó en la cama y se frotó los ojos. Luego se puso en pie y caminó hacia la ventana. La perra empezó a ladrar. Estaba observándolo cuando una sombra apareció ante él. Apenas le dio tiempo a reconocer la mirada perdida de Lázaro, que sobresaltado, ahogó un grito y echó a correr. José se apresuró a despertar a los otros para salir en busca del pobre hombre. Los ladridos de Luna se hicieron más fuertes cuando los tres corrían por el pequeño pasillo que daba al patio. Cuando salieron vieron a Lázaro que caminaba hacia ella. “¡Alto!”, gritaron desde la torre. José corrió hacia el muro exterior y llamó a los vigías.

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¡No disparéis! ¡Es Lázaro!

Los vigías destensaron las cuerdas de sus arcos al reconocer a los aldeanos. Los tres hombres se acercaron a Lázaro, que ya había desatado al animal y lo conducía hacia la fachada del monasterio. Acarició a Luna y empezó a hablar.

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Tranquila. Estos buenos señores no van a hacernos daño. Nos ayudarán a encontrar el tesoro ¿Sí? –sus ojos se encontraron con los de José en una mirada fugaz. Luego miró de nuevo a la perra–. Ahora ve donde Isidoro escondió el tesoro y desentiérralo.

Hacía dos noches Lázaro vio a Ricardo entrar en la celda de Isidoro con un saco en la mano, la oscuridad le impidió distinguirle cuando registraba la habitación, se cambiaba de hábito y ocultaba en el baúl el que hasta ese momento llevaba puesto, empapado de sangre. Luego, tras cerrar la puerta de la celda con llave, cogió el saco y saltó por la ventana. En aquel instante, Lázaro, que hasta entonces había permanecido inmóvil observando desde su cama, se levantó y miró a través de los barrotes de su ventana, pero pronto el otro hombre se perdió de vista. Sin


embargo sabía que seguía allí fuera porque Luna no paraba de ladrar. Por la mañana, cuando le dejaron salir, fue a la esquina del monasterio y vio la tierra removida, pero no se atrevió a desenterrar el tesoro. Ideó su plan. Se escondería en un ataúd del taller y saldría al amparo de la noche para desenterrar el tesoro. El problema era que de noche probablemente no sabría donde cavar. Tenía miedo de dejar alguna señal y que Isidoro la viera y decidiera esconderlo en otra parte. Así que pensó en Luna. Seguro que ella le ayudaría a encontrar el lugar exacto sin dificultades. Y así fue. Apenas la había soltado en la esquina del edificio cuando Luna empezó a husmear y escarbar cerca del muro. No tardó en asomar por el agujero un trozo de tela. El tesoro... José trató de adelantarse, pero Lázaro lo apartó de un empujón y gritó que él lo había encontrado. Extrajo el saco de un tirón y se alejó unos metros para introducir la mano en él. Pero no tocó oro ni plata. Dio la vuelta al saco para vaciar su contenido y la cabeza de Isidoro rodó a sus pies. Lázaro se echó las manos a la cabeza y corrió hacia el interior del monasterio lanzando gritos de horror. Un vigía preguntó qué ocurría. La perra se acercó a oler la cabeza, pero rápidamente José la cogió por los pelos y la introdujo de nuevo en el saco. Llevaron a Luna a su sitio y se encaminaron en busca del abad. No habían hecho más que cruzar el umbral de la entrada cuando les sorprendió un golpe a sus espaldas. Al volverse vieron un bulto negro en el suelo, inmóvil. Se aproximaron al cuerpo sin vida de Lázaro. Se había precipitado desde la galería del primer piso. Cuatro metros de altura que quizá no habrían resultado letales de no haber caído de cabeza. José volvió dentro en busca de Juan mientras los otros dos aguardaban junto al cadáver. Cuando el abad salió al patio y vio a Lázaro tendido en el suelo se santiguó y se arrodilló junto a él. “Ya no has de sufrir más, hermano”, dijo. Le cerró los ojos y le besó la frente. Cogieron el tercer ataúd del taller y trasladaron a Lázaro a la iglesia. Después fueron al cuarto de limpieza, devolvieron a Isidoro su cabeza y lo llevaron con los otros dos hermanos fallecidos. El abad dio las gracias a los aldeanos, se arrodilló ante los tres féretros y comenzó a rezar. Los otros regresaron a la habitación en fúnebre silencio. 9 LA TORMENTA ANTES DE LA TEMPESTAD Un trueno de la primera tormenta de verano despertó a José. Ignoraba que hora podría ser, pero todo a su alrededor era sombrío. Aún sería temprano, o quizá las nubes demasiado negras. De pronto las gotas empezaron a golpear el suelo del exterior. Al poco tiempo la lluvia arremetía con ferocidad contra el muro y por la ventana se colaba abundante agua. José se calzó las sandalias y se levantó de la cama. Cogió la tabla que había entre la mesita y la pared, bajo la ventana y del mismo tamaño que el hueco. Era una tabla ni muy delgada ni muy gruesa, con dos agujeros en el centro y una cuerda atada entre ellos. La tabla encajó perfectamente, impidiendo la entrada de agua, pero la habitación quedó prácticamente a oscuras. Al cabo de unos segundos los ojos se adaptaron a la penumbra y comprobó que unos pequeños resquicios entre la tabla y el muro permitían el paso de un poco de luz. Se sentó en la cama. La campana sonó nueve veces. Los monjes llevaban ya más de tres horas en pie, pero hoy no se oían pasos en el claustro, ni en el patio y el silencio, ya de por sí común, se volvió excesivo, transmitiendo a José un terrible desasosiego. Un ronquido de Julio trasladó de nuevo su mente al interior de la habitación. José se encontraba un poco cansado, pero sabía que ya no podría dormirse. Cualquier ruido, por pequeño que fuera, le hacía concentrarse en ello inconscientemente, impidiéndole conciliar el sueño. Ya había pasado muchas noches en vela a causa de la lluvia en su propia casa. Decidió salir de la habitación y pasear por el claustro. Se puso en pie y caminó hacia la puerta. Giró la llave tan suavemente como pudo y salió sin hacer ruido. Apoyado en una de las columnas que sostenían los imponentes arcos de piedra, José contempló el jardín. Las gotas de lluvia arremetían sin piedad contra las delicadas flores. Se levantó un fuerte viento que cambió la trayectoria de la cortina de agua, haciendo que algunas gotas le alcanzaran. Retrocedió unos metros y se limpió el rostro con la mano. Oyó unas leves


pisadas. Segundos después un monje entró al claustro desde el pasillo que comunicaba con el patio, al oeste, dejando a su paso un rastro de agua y tierra mojada. Le dio los buenos días y José devolvió el saludo. Probablemente vendría del huerto. Ni siquiera aquél diluvio era suficiente para interrumpir la estricta rutina de la comunidad. Caminó detrás de él preguntándose si estaría el abad en su habitación. La respuesta no se hizo esperar. Cuando José estaba junto a la biblioteca, el monje se detuvo ante la puerta de la habitación de Juan y la golpeó tres veces. Silencio. El monje se dirigió a la iglesia. La puerta de la biblioteca se abrió a espaldas de José, sobresaltándolo. Un copista salió por ella, le saludó y tomó también el camino de la iglesia. José entró en la biblioteca. En una de las mesas centrales, cuatro monjes copiaban las palabras de un quinto que leía un libro. Súbitamente, a su espalda, un monje que estaba subido a una escalera apoyada en la estantería, saltó al suelo con un libro en una mano y un candelabro en la otra que, a pesar de la caída de más de un metro y medio de altura, no se había apagado. José se dio la vuelta asustado.

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Buenos días hermano –dijo el monje procurando que el tono de su voz no fuese demasiado elevado–. Soy Moisés, el bibliotecario Demasiado joven para ser bibliotecario –observó José. Hasta hace tres meses solo era el ayudante del bibliotecario, pero entonces el hermano Francesco enfermó y nos dejó –Moisés caminó hacia la mesa más cercana para depositar el libro y el candelabro–. Era un gran hombre que vivía para los libros. Consiguió copiar volúmenes valiosísimos en Italia, su tierra natal. Algunos de ellos originarios de la mismísima biblioteca de Alejandría, que fueron salvados del incendio del año trescientos noventa y uno de Nuestro Señor, por unos eruditos romanos. Me sorprende cómo casi todos conserváis la calma ante la situación que estáis sufriendo estos días –los dos empezaron ahora a caminar hacia la salida. El destino de nuestros tres hermanos es lamentable, especialmente por Miguel e Isidoro. Eran muy jóvenes. Isidoro incluso más que yo. Pero ahora lo importante es que el criminal sea capturado para que el mal desaparezca de este lugar. Luego nos quedará la oración y la esperanza de que el Señor acoja en el cielo a los caídos. A los hombres de fe nos cuesta menos asumir la muerte. Los que no creen en la redención se desesperan con facilidad. Ahora, si me disculpas, iré un rato a la iglesia a velar a los hermanos. Claro.

Los dos hombres salieron de la biblioteca y se despidieron. Mientras Moisés andaba hacia la iglesia, José observó de nuevo el jardín. La lluvia había amainado bastante, pero las nubes negras amenazaban con descargar otro aguacero en cualquier momento. Decidió salir un rato al patio. Cruzó el pasillo y, una vez fuera miró a su alrededor. Enfrente tenía el taller; en la esquina noreste estaba el cementerio, donde se distinguían dos figuras negras, probablemente de dos monjes preparando las sepulturas para el entierro; y en la esquina sureste estaban los establos y los cobertizos donde los monjes mantenían unos pocos cerdos, unas cuantas gallinas y algunos caballos. Quizá el establo sería un buen escondite para Ricardo, pero ahora no se atrevía a ir allí solo. Aunque pudiera defenderse, no quería correr el riesgo de compartir el destino de los dos desdichados monjes asesinados. Decidió visitar el taller. No tardó en escuchar el sonido de las sierras y los martillos. Cruzó la puerta entreabierta. Cinco hombres se afanaban en construir lo que parecía un nuevo ataúd. Utilizaban una cuerda con distintas marcas equidistantes para medir y luego marcaban con una pequeña asta de madera que tenía la punta carbonizada, el lugar por donde se debían cortar las tablas . El que parecía el maestro carpintero vio a José junto a la puerta y se acercó a saludarle.

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Buenos días. Soy Jacob, uno de los carpinteros. ¿Puedo servirte en algo? Buenos días –contestó José–. Nunca descansáis, ¿verdad? San Benito decía: “ora et labora” –José permaneció en silencio y Jacob le aclaró–.


Reza y trabaja. Oración y trabajo son los pilares fundamentales de nuestra orden. Yo siempre digo que el hombre debe tener de continuo la mente o las manos ocupadas y, si es posible, las dos al mismo tiempo. La oración y la lectura se ocupan de lo uno y el trabajo de lo otro. José observó a un monje que trabajaba en una mesa de cara a la pared, en un rincón apartado, y en el cual no había reparado antes. Le sorprendió ver que no tenía la capucha puesta, pero el pelo ausente de canas y el cinto marrón confirmaron que no se trataba del abad. Sujetaba una gubia con su mano izquierda y un pequeño martillo con la derecha, herramientas con las que daba forma suavemente a un trozo de madera:

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¿Aquél hermano también es carpintero? ¿Anselmo? No. Él es artista. Casi todas las tallas de la iglesia son suyas. No solo manipula con gran maestría la madera, también la piedra y todo aquello a lo que Dios ha permitido al hombre dar forma. Esto me lo hizo él –Jacob introdujo su mano izquierda por el cuello y sacó un colgante. Un pequeño Cristo crucificado blanco de unos pocos centímetros de longitud. ¿Qué piedra es esta? No es piedra, querido hermano, es marfil. Éste está hecho con el colmillo de un hipopótamo, una gran bestia de África. Pero el marfil más preciado se obtiene de los descomunales colmillos de los elefantes, las más grandes bestias conocidas. Los moros trajeron algunos para hacer la guerra a mediados del siglo octavo. ¿Cómo podéis saber todo esto? Los libros de nuestra biblioteca albergan grandes conocimientos. ¿Sabes leer? Por fortuna. Cuando mi padre partió hacia la reconquista, trabó amistad con uno de los templarios. Sabía leer y escribir en latín, arameo, griego y castellano. Él le enseñó a mi padre a leer y mi padre me enseñó a mí. Qué hombre tan afortunado aquél templario. Daría lo que fuera por saber leer el griego. En esta biblioteca hay obras magníficas procedentes de aquellas tierras. Hay hermanos traductores de griego, pero me gustaría poder leer los libros de primera mano.

Los otros carpinteros llamaron a Jacob. Se disponían a cortar una tabla de grandes dimensiones.

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Disculpa, debo seguir trabajando. ¿Sabrías dónde puedo encontrar al abad? Por las mañanas suele visitar a los hermanos enfermos en las celdas del noroeste del monasterio. Si no está velando a los hermanos en la iglesia, sin duda podrás encontrarlo allí. Gracias, hermano Jacob. No hay de qué. Ha sido un placer hablar contigo. Normalmente no nos está permitido conversar con los huéspedes, pero el padre abad nos ha animado a que os tratemos como si fuerais de la comunidad. Él confía en que nos ayudaréis a capturar a ese asesino que se oculta entre nosotros. El monasterio puede parecer pequeño, pero tiene muchas habitaciones oscuras que pueden albergar recovecos en los que esconderse. En fin, os deseo suerte en vuestra búsqueda. Hasta pronto, hermano. Hasta la vista.

José salió del taller y bajo la fuerte lluvia, volvió corriendo al monasterio. Julio y Alejandro paseaban por el claustro. Decidieron registrar los cobertizos, el establo y el molino, pero su búsqueda fue en vano. Ricardo debía de estar escondido en el interior del edificio. Empapados de agua, los tres hombres secaron sus ropas junto a la chimenea del salón de invitados, entre la


portería y la cocina. El abad vino a verles poco antes de la hora de la comida. De su hábito caían algunas gotas, lo que hacía suponer que venía del exterior:

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Esta tarde daremos sepultura a los hermanos. Vengo del cementerio. Todo está dispuesto. ¿Qué tal vuestra búsqueda? Varios hermanos me han dicho que no habéis estado nada ociosos. Bueno –dijo José–. Al menos sabemos que Ricardo no está fuera. Esta tarde lo buscaremos aquí dentro. Si nos pudierais dejar unas antorchas… Desde luego. Cogedlas vosotros mismos de las paredes del claustro. Esta chimenea estará encendida toda la tarde. Podéis encenderlas aquí. Ahora sentaos, diré a los hermanos cocineros que os traigan aquí la comida. Por cierto, la ceremonia de esta tarde tendrá lugar a las cuatro y media y comenzará en la iglesia. Tal vez queráis participar. Allí estaremos, padre –dijo José.

El abad salió del salón por la puerta de la cocina. Los tres hombres tomaron asiento y pronto se les sirvió sopa, pollo guisado y algo de fruta. Sin más demora, antes de que dieran las tres, los aldeanos se levantaron y se dispusieron a coger un par de antorchas para seguir indagando, aunque no sabían qué salas registrar. Encendieron las antorchas en el salón como les había dicho el abad y decidieron subir al primer piso. Entraron en la oscura sala que había junto al almacén, en la que se encontraba la escalera de caracol más cercana a la torre sur. Llegaron al primer piso. La pared exterior y la interior, que daba al claustro, estaban plagadas de ventanas, pero la galería no era diáfana, sino que estaba llena de tabiques que la convertían casi en un laberinto. Lo registraron como pudieron, aunque tuvieron la sensación de que si Ricardo estuviera allí, no habría tenido más que caminar entre los tabiques en la dirección opuesta a la que ellos se movían para esquivarlos. Por esta razón, dieron dos vueltas a la galería, y después, una tercera, dividiéndose en dos grupos. José y Alejandro fueron por un lado con una antorcha; y Julio fue por el otro lado, con la otra. Fueron a encontrarse cerca de la escalera norte, la bajaron y salieron al claustro, junto a la iglesia. Colgaron las antorchas y entraron al templo, pues vieron que algunos monjes se dirigían ya hacia allí. Al poco tiempo de sentarse en el último banco, las campanas empezaron a tocar a difunto. La triste melodía de las campanas hizo que José rememorara los tristes acontecimientos del día anterior. A su mente vinieron el cuerpo decapitado de Isidoro y su cabeza rodando por el suelo en el patio, el cuerpo inerte de Miguel sobre el camino de piedra de la entrada. El de Lázaro sobre el suelo de tierra de la zona oriental del patio; sus ojos extraviados y su triste pasado. Su mirada pasó de los tres ataúdes, situados ante el altar, a la talla de madera de Jesucristo crucificado, probablemente fabricada por Anselmo, el monje escultor, y rezó. Rezó por las almas de los tres asesinados y por que no hubiera ya ninguno más. Pensó en su hermano Julio, aquél al que Ricardo más odiaba de todos los que se encontraban allí. También rezó por él. Una campanilla sonó tres veces y todos se pusieron en pie. La comitiva comenzó a salir de la sacristía. Un monje sujetaba una cruz de metal, flanqueado por dos monjes que sujetaban sendos cirios. Detrás, el abad, vestido de sacerdote, con casulla morada y los ojos vidriosos de haber llorado. Se depositaron los cirios sobre el altar y la cruz a un lado. Y la ceremonia comenzó. José no se pudo concentrar demasiado en las palabras del abad, creyó escucharle hablar de la muerte, la esperanza y la vida eterna; pero recordar aquellos funestos acontecimientos había mermado su capacidad receptiva, y quizá también su fe. ¿Qué podía haber llevado a Ricardo a asesinar a Isidoro? ¿Por qué ese ensañamiento? Si lo que quería es escapar, ¿por qué no salió aquella noche del monasterio? Los monjes no le obligarían a permanecer allí en contra de su voluntad. Su objetivo no era simplemente asesinar. Había algo más. Ricardo no pensaba salir de aquel lugar con las manos vacías. ¿Dónde guardarían los monjes las reliquias? José observó el precioso cáliz dorado que el abad sostenía en alto durante la consagración. ¿Lo guardarían en la sacristía bajo llave junto con las demás joyas y piezas valiosas? Estas y otras preguntas se hacía José en el transcurso de la misa. Finalmente, entre cánticos, el abad roció los féretros con agua bendita. Poco después, unos cuantos monjes se


acercaron, cogieron los tres ataúdes y comenzó la procesión hacia el cementerio. Precedidos de los cirios y la cruz de hierro y acompañados de tristes campanadas y cánticos en latín, la comitiva llegó al camposanto. Los féretros fueron colocados en el fondo de las fosas. Unas últimas palabras del abad. El sonido de las palas y de la tierra golpeando las tapas de madera. La campana marcó las seis pocos minutos antes de que las palas dejaran de trabajar, pero aún tuvieron que pasar más de treinta minutos para que, bajo la fuerte lluvia, el abad decidiera que era el momento de volver al interior. La tristeza les invadía a todos. Hasta el impasible Julio permanecía ahora cabizbajo y en silencio, mientras sus ropas se secaban junto a la chimenea del salón de invitados. Su cabeza le pedía a gritos seguir buscando a Ricardo para hacerle pagar por lo que había hecho: los asesinatos, la agresión a su hija, la muerte del perro de su hijo, el robo de Neptuno, el caballo favorito de su hermano… pero estaba desalentado. Sintió un escalofrío y tembló. La cálida mano de José sobre su hombro lo reconfortó. A José se le ocurrió que, si Ricardo salía de su escondite, y tarde o temprano tendría que hacerlo, casi es seguro que lo hiciera de noche, de modo que propuso a los otros dos ir a descansar para continuar la búsqueda después de los relevos en las torres. Le comunicaron el plan al abad, que estuvo de acuerdo, pero les recomendó que no salieran al patio ni al atrio, pues correrían el riesgo de que los monjes les dispararan, confundiendo a alguno de ellos con Ricardo. Juan les proporcionó un pequeño refrigerio y se acostaron. Hasta tres veces se despertó José en poco más de cuatro horas a causa de la lluvia y los truenos, y desde las doce de la noche, ya no pudo dormir. Dos horas más tarde, cuando las pisadas de los monjes que iban a hacer el relevo resonaron en la habitación contigua, José despertó a Julio y a Alejandro, y poco después de que los otros dos monjes bajaran para irse a sus celdas a dormir, salieron silenciosamente de la habitación de invitados. Con los cinco sentidos alerta, los tres hombres patrullaron por el claustro durante un tiempo, atentos a cualquier sombra que las antorchas aún encendidas pudieran proyectar en el suelo o las paredes. A las tres, los aldeanos se armaron de valor y decidieron registrar una vez más la galería superior, a pesar de la oscuridad que allí reinaría en esos momentos. Pero nada vieron ni escucharon. Hasta transcurrida casi una hora. 10 JUSTICIA DIVINA Serían aproximadamente las tres y media de la madrugada. Ricardo se encontraba acurrucado en el pequeño hueco que había bajo una de las escaleras de caracol que ascendían a la galería. Sus piernas estaban entumecidas y le dolía la espalda. Introdujo la mano en su hábito y cogió lo único que le quedaba de comer, media zanahoria. La frotó con fuerza con la manga del hábito, tratando de limpiar la tierra que tenía incrustada. Masticó varias veces intentando no hacer demasiado ruido al machacar los pequeños granos de tierra con los dientes y tragó con cierta aversión. Tenía hambre y estaba harto de esconderse. Ya era hora de marcharse de allí. Ciertamente corría el riesgo de ser alcanzado por las flechas de los vigías, pero ya no aguantaba más. Dejó en el escondite las llaves que guardaba, y que ya no necesitaría. También el cuchillo, pues tenía un arma mejor. Salió gateando de su escondite, arrastrando el pesado hacha de leñador. Se puso en pie y salió al claustro. La lluvia todavía arreciaba y de vez en cuando le sorprendía un gran resplandor, seguido por el fuerte sonido del trueno. Ricardo se detuvo bajo la luz de una antorcha del claustro, la que parecía arrojar algo más de luz que las otras, y sacó los planos de la fortaleza que tanto le habían ayudado esos días. Los escondites y zonas más inaccesibles estaban marcados en rojo. Se guardó de nuevo el valioso documento y se dirigió a la iglesia, con el arma en una mano y un saco en la otra. Abrió una de las pesadas hojas de la puerta de la iglesia. Tras examinar la sala, bordeó el altar y midió las distancias. Llegó a la conclusión de que la trampilla se encontraba justo debajo de una de las estatuas. La desplazó con dificultad una hermosa talla de la Virgen y levantó la pequeña alfombra, que servía para algo más que para que la base de la escultura no rozara con el suelo de piedra. Allí halló lo que buscaba. Pero la trampilla estaba bloqueada con una cadena. Tiró


de ella con todas sus fuerzas, pero fue inútil. Tendría que ser muy rápido. Rompería la cadena con el hacha, cargaría el saco con tantas reliquias como pudiera (si es que en realidad estaban allí escondidas) y saldría corriendo como alma que lleva el diablo hacia la puerta principal, antes de que alguien que le oyera tuviera tiempo de levantarse y dirigirse hacia allí. Trató de aprovechar el sonido de un trueno para descargar con fuerza el hacha contra la cadena. El abad, cuya habitación se encontraba junto a la iglesia, estaba de rodillas, rezando, en el momento del golpe. En el acto fue consciente de lo que estaba ocurriendo en la iglesia. Se puso en pie y caminó hacia la puerta, que chirrió levemente al ser abierta. Anduvo de puntillas hasta la puerta entreabierta de la iglesia mientras sacaba algo de su hábito y se asomó un instante al interior, lo suficiente para ver, junto al altar, una sombra que venía corriendo hacia él. Empujó la hoja de la puerta e introdujo la llave en el ojo de la cerradura. Justo cuando sonó el chasquido del cerrojo, alguien empujó la puerta, blasfemó y empezó a lanzar golpes contra ella. El abad corrió hacia las celdas del noroeste, las más cercanas a la iglesia para alertar a los hermanos. No pasaron dos minutos cuando el abad volvía acompañado de otros cinco monjes, casi todos novicios. Dio a uno la llave del almacén y de dijo que trajera varias lanzas. Estaban cerca de la puerta de la iglesia cuando José, Julio y Alejandro, que habían oído desde la galería los hachazos que Ricardo estaba propinando a la puerta de la iglesia, aparecieron en el claustro desde la habitación de la escalera norte. El abad les explicó que Ricardo estaba encerrado en la iglesia. Los golpes en la puerta habían cesado. Estaban esperando a que el monje volviera con las lanzas cuando oyeron el fuerte ruido de cristales rotos. Todos se quedaron un instante paralizados. Luego José reaccionó y le dijo al abad que vigilara la entrada del este mientras él, Julio y Alejandro corrían hacia la puerta principal. Nada más escuchar las voces en el claustro, Ricardo había cogido el saco lleno de piezas de oro y plata y corrió hacia la vidriera más cercana. No tuvo escrúpulos en hacerla añicos con la parte de atrás del hacha y acto seguido saltó al patio y corrió hacia el portón. Se mantuvo cerca del muro, pero cuando llegó a la esquina sureste del edificio, no tuvo más remedio que separarse. Tras un leve aviso, las flechas no tardaron en atravesar el aire para clavarse en el suelo de tierra mojada. Hasta seis flechas volaron antes de que uno de los vigías llegara a las campanas de la entrada para dar la alarma, y Ricardo, que daba gracias porque todas habían errado, ya había cubierto casi todo el trayecto hasta el portón. Soltó el hacha y el saco y levantó con esfuerzo el cerrojo, que cayó pesadamente al suelo, justo después, una flecha se hizo añicos contra la puerta y otra, tras rebotar en el suelo, le golpeó de canto en un pie. Ya casi era libre. Y rico. Sujetó el tirador de una de las hojas y lo atrajo hacia sí con todas sus fuerzas, pero la puerta no se movió un ápice. Puso un pie en la otra hoja para hacer palanca. No sirvió de nada. Elevó la mirada incrédulo, para observar, a casi tres metros de altura, totalmente fuera de su alcance, un segundo cerrojo fuertemente encajado. Era el cerrojo que los aldeanos habían ayudado al abad a colocar poco antes del asesinato de Miguel. Los tres aldeanos salieron por la puerta principal del edificio y se detuvieron en la entrada. Vieron a Ricardo volverse y agacharse para coger el hacha, tras lo cual corrió hacia ellos encolerizado. Los tres se quedaron congelados. Estaban desarmados y apenas tenían tiempo para reaccionar. Dos flechas más silbaron en el aire, una hizo saltar chispas en la piedra del camino. La otra pareció alcanzar a Ricardo, pero por desgracia solo atravesó la tela del hábito, entre sus piernas. A tan solo unos metros de distancia, Ricardo fijó su objetivo. Se disponía a descargar el hacha con todas sus fuerzas contra Julio, pero en el último momento, José lo apartó de un empujón. El hacha descendió entre los dos hermanos y fue a rebotar en el duro empedrado. Antes de que tuviera tiempo de incorporarse, Ricardo sintió un aguijonazo en el omóplato. El dolor y la impresión hicieron que soltara el arma y retrocediera rodando por el suelo. Alzó los ojos hacia la mano de José, donde el cuchillo antes manchado de grasa de jamón curado estaba ahora teñido de rojo.


Ricardo llevó una mano a la herida, pero antes de poder ver la sangre entre sus dedos, Julio se le echó encima con brutalidad y le golpeó hasta dejarlo inconsciente. A la mañana del día siguiente se celebró una asamblea en la aldea. Por unanimidad se condenó a Ricardo a la horca por innumerables delitos, la mayoría de robo, y al menos seis asesinatos, incluidos los tres del monasterio, a pesar de que no había pruebas de que hubiera tenido algo que ver en la muerte de Lázaro. Una multitud se congregó en el centro de la aldea a mediodía para presenciar la ejecución. Un grupo de hombres traía al condenado maniatado. El verdugo lanzó la soga por encima de una gruesa rama de roble y la ató al tronco, de forma que el nudo quedó oscilando a la altura propicia; Justo debajo se colocó una plataforma de madera. Entre abucheos, insultos y algún que otro golpe, Ricardo fue conducido hasta el patíbulo. Hicieron falta cuatro hombres para subir a la plataforma a aquel despojo humano, medio desangrado e incapaz de permanecer en pie. Le colocaron el nudo al cuello y, con sus últimas fuerzas, Ricardo tuvo que mantenerse erguido. Se le preguntó si quería decir unas últimas palabras, pero parecía no escuchar ni ver nada de lo que le rodeaba. La campana de la iglesia anunció la hora y el verdugo pateó la plataforma. En la última fila, el abad y el sacerdote se santiguaron. Cuando la cuerda se tensó, recientes y lejanos recuerdos asolaron la mente de Ricardo. El torrente de imágenes se precipitó ante él, al tiempo que luchaba por respirar. Vio a una joven que corría gritando y llevándose las manos al cuello, del que manaba abundante sangre; vio un monje cayendo al vacío desde lo alto de una torre; vio cuchillos atravesando cuerpos y miradas apagándose lentamente hasta volverse inexpresivas; vio una lámpara de aceite derramándose sobre una cama vacía en medio de la oscuridad; vio una casa en llamas. El humo ascendía hacia el cielo dibujando volutas. Dentro resonaban los desgarradores gritos de una mujer que llamaba a su hijo pidiendo auxilio; y después ya no vio nada más. El fuego cegó sus ojos para siempre.

Demens  

En la Edad Media, un joven es perseguido por una multitud hasta las puertas de un monasterio benedictino. El abad le concede asilo, sin ser...

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