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Suplemento cultural de MILENIO

LABERINTO ESCOLIOS

DESMETÁFORA

ARMANDO GONZÁLEZ TORRES

GERARDO HERRERA CORRAL

Elias Canetti: una fiesta con bombas

La postura religiosa ante el origen del Universo

Foto: Marie-Louise von Motesiczky Charitable Trust

SÁBADO 7 DE JULIO DE 2018 AÑO 15 - NÚMERO 786

Alí Chumacero

(1918-2010)

Jaime Labastida, Felipe Garrido, Javier Perucho/ FOTOGRAFÍA: ROGELIO CUÉLLAR

Ilustración: Alfredo San Juan


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ANTESALA

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ARTES VISUALES

El estado de las cosas MIRIAM MABEL MARTÍNEZ FOTOGRAFÍA MUCA

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l Museo de Ciencias y Artes (MUCA), en Ciudad Universitaria, se “activa” con Autorreconstrucción: detritus, un proyecto de Abraham Cruzvillegas, en el que participan más de 60 artistas para integrar una pieza gigante que propone ser vivida como un taller en el que las obras funcionan como motores que accionan la autoconstrucción, que caracteriza la obra de ese artista estrella de la Galería Kurimanzutto. A Cruzvillegas le interesa el proceso, estrategia explorada por los ya clásicos conceptualistas occidentales en la segunda mitad del siglo XX, quienes en las décadas de 1960 y 1970 se propusieron hacer del proceso en su técnica, investigación y teorización la obra en sí. En su trayectoria también es evidente la influencia de artistas que se autoconstruyeron en el conceptualismo desde las periferias, como Helio Oiticica. El legado de ambas miradas, que se propusieron transformar ideas en piezas procesuales para dejar una huella política en el espectador, está presente en esta experiencia–exposición, al igual que la visión narcisista, propia de la posmodernidad, que ha caracterizado la obra de Cruzvillegas, quien más que enfocarse en el proceso como un fenómeno lo utiliza como un espejo; su trabajo predica ser un aprendizaje de autoconstrucción, autodestrucción y reconstrucción. Este argumento transita por esta pieza colectiva–procesual que busca exponer uno de los problemas del capitalismo tardío: la basura. ¿Cómo reinventar la basura? ¿Cómo reutilizarla, re–consumirla o re–conceptualizarla? Las obras incluidas la utilizan como soporte y también como idea y reto. Quizá lo más interesante de esta propuesta no está en la exhibición de piezas, sino en las actividades complementarias que profundizan sobre la premisa de cómo vivir —y no solo sobrevivir— en una megalópolis que se autodestruye. La puesta de este taller artístico vivo surge a partir de la aún inconclusa escultura de Cruzvillegas (un muro de basura), iniciada en 2016 en colaboración con el arquitecto Pablo Pérez Palacios, en la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel, y se extiende en esta muestra para además provocar la reflexión entre artistas, científicos, académicos, humanistas y ciudadanos. Esta posibilidad de discusión es quizá el atractivo principal de una exposición que si bien cuenta con obras interesantes como Estratos de autonomía de Fermín Díaz y H. K., Mural autoadherible de Rodolfo Díaz– Cervantes, y El estado de las cosas de Luis Carrera–Maul, es un pretexto para confrontar lo que ya también urge en el mundo del arte: la generación de basura.

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Vista de Autorreconstrucción: detritus

Mimic: voces del más allá (Jang–san–beom). Dirección, Jung Huh. Corea del Sur, 2017.

HOMBRE DE CELULOIDE

La voz del niño muerto

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FERNANDO ZAMORA @fernandovzamora FOTOGRAFÍA CORAZÓN FILMS

l cine de género no morirá. Siempre seremos como esos niños que quieren escuchar el mismo cuento. ¿Podemos oír otra vez la historia del tigre de Jangsan? El director y guionista Jung Huh  nos complace y para ello trae a la pantalla Mimic: voces del más allá, bocado de cine sudcoreano que elabora a partir de la leyenda de un críptido que vive cerca de las montañas de Busan. Sí, esas a las que refieren otros clásicos del género de terror: Estación zombi o Tren a Busán. Los críptidos son monstruos que viven en la leyenda y el mito. Desde las sirenas hasta el chupacabras, los críptidos son quimeras que no se sabe si existen realmente o solo en la imaginación calenturienta de los amantes del cine de género, en el que siempre sucede lo mismo, pero nunca del mismo modo. El tigre de Jangsan es, pues, un monstruo que en cierto misterioso bosque de Corea del Sur atrae incautos imitando voces conocidas. Puede ser la de una niña, un hombre desvalido o, en contacto con el mito de las sirenas, el canto de una hermosa mujer. Jung Huh elabora en torno a esta leyenda, porque las leyendas para eso son, para echarle uno de su cosecha. Inventa así la historia de una familia que lleva a la madre con Alzheimer

a vivir en el pueblito en el que nació. La historia está contada desde el punto de vista de una mujer que además de la madre enloquecida tiene que lidiar con el recuerdo de un hijo desaparecido cinco años atrás. Hay en la película diversas líneas narrativas que no se cierran: un asesino al inicio de la aventura, una vieja mujer ciega que previene a los viajeros insensatos y un policía que se pregunta qué ha sucedido con toda la gente que desaparece en el bosque. Estas líneas, sospecho, las ha dejado abiertas el guionista y director con la intención de permitirse una secuela llegado el caso de que la película se volviera de culto, cosa que solo el tiempo dirá. Por lo pronto, en torno a la criatura que imita la voz de los humanos (y que no hay que confundir con el insecto de Guillermo del Toro en la película Mimic de 1997) se ha generado ya un hermoso cómic en el que aparecen algunos de los personajes que volvemos a ver aquí. El más notorio es una niña desvalida que, vestida en forma antigua, vaga

Mimic: voces del más allá tiene todo para complacer a los amantes del terror

por los bosques de Busan buscando a su madre, ofreciendo una ternura que llevará a sus víctimas hasta una suerte de infierno dantesco; la cueva en la que habitan todos aquellos que han seguido la voz del Tigre de Jangsan. El cine de género no morirá. Lo adivinó Freud mucho antes de que comenzara a hablarse de cine de terror en su ensayo de 1919 Lo ominoso o Lo siniestro. No morirá porque estamos condenados al deseo de ver lo que más nos horroriza: el niño muerto, la voz que parece humana, el hogar lleno de recuerdos a un tiempo dolorosos y placenteros. Mimic: voces del más allá tiene todo para complacer a los amantes del terror: giros imprevisibles en las tramas que todos conocemos, monstruos en el clóset y el atisbo de asuntos realmente horribles: la madre que está perdiendo la memoria, el niño que ha desaparecido y un bosque en cuyas ramas el aire parece hablar. Aunque no es lo mejor del cine coreano que, junto con el cine japonés, ha producido algunas de las mejores películas de terror de todos los tiempos, Mimic se defiende e invita a reflexionar en torno a la desventura de una mujer que decide seguir la voz de su hijo muerto a pesar de que sabe que en esa voz se está ocultando el monstruo de su propia culpa.

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ESCOLIOS

POESÍA

Como polvo de largas despedidas RUI CÓIAS

No es difícil que un hombre se enamore, hiera su paisaje, cenizas de un paisaje derrotado, fluido. Al final de las vidas compartidas, puede ser que diga “temblé durante años sin abrazarte”. Ahora es ya tarde. —Ahora es ya tarde sobre la tierra cercada. En las planicies quedó la aflicción, el dolor lila de los hombres ahogados en la paciencia nocturna. Solo después del terror los perros ladran fielmente a las puertas de la mañana, solo después del filo de las vidas compartidas. “Me pasé la vida escapando hacia tu boca” y confundo ya tu rostro con otro cualquiera. Traducción de Blanca Luz Pulido

Este poema forma parte de Las márgenes sombrías (El Errante editor, 2018), una colección de estampas de una Europa intemporal EX LIBRIS

Atalanta y la Quimera/ EKO

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Fiesta con bombas ARMANDO GONZÁLEZ TORRES

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@Sobreperdonar

a Segunda Guerra Mundial se volvía más cruenta, las bombas llovían sobre Londres; sin embargo, en las casas amenazadas, bullía un conglomerado cosmopolita, brillante y variopinto, ávido de saber, conversación y diversión. Bajo el estruendo bélico, se discutían las traducciones de poetas chinos antiguos, los mitos de culturas remotas, los avances de la lógica matemática, el arte contemporáneo, los asuntos políticos o los deslices amorosos. En ese mundo, deambulaba alguien que pocos identificaban, un inmigrante capaz de interesarse y mantener conversaciones informadas en casi todas las disciplinas. Se trataba de un escritor, Elías Canetti, que apenas había publicado una novela en alemán y que estaba tan entregado a una obra (su futura Masa y poder), que no se permitía las “distracciones literarias”. Sin embargo, acaso por supervivencia, el misántropo se comportaba como un hombre sociable y se integraba a los más diversos círculos. Fiesta bajo las bombas. Los años ingleses (Galaxia Gutenberg, 2003) es el testimonio de Canetti sobre los años en que Inglaterra se convirtió en el baluarte de la resistencia a la barbarie y, con las bombas como telón de fondo, hace una animada puesta en escena sobre el carácter inglés y sobre la vida intelectual y política del periodo. Es un libro cruel y lúcido, de fina lengua viperina, que combina los ejercicios de admiración hacia figuras eminentes de la época (Arthur Waley, Herbert Read o Franz Steiner) con las confesiones de antipatía y desdén (T. S. Eliot, Iris Murdoch). Canetti es un observador abierto a todas las manifestaciones humanas y se deja impresionar lo mismo por el talento que por el dinero, el carisma político o el linaje. Por eso, hace un magnífico collage entre la historia intelectual, la memoria íntima y la crónica de sociales. Sus recuerdos son impecables perfiles narrativos hechos con inteligencia y mala fe. Canetti tiene oídos agudísimos, buenas maneras y una educada hipersensibilidad tanto al rechazo como al halago. En Inglaterra no siempre se siente aceptado y conserva algo de resentimiento; sin embargo, disfruta y admira el vigor de la discusión pública, el respeto profesado a la palabra y la auténtica pluralidad y tolerancia de sus élites intelectuales y políticas: “En el Parlamento un diputado podía expresar todo lo que le preocupaba contra el parecer de los seiscientos restantes, y se le dejaba hablar hasta el final. Mi admiración por este sistema parlamentario, en un mundo donde caudillos de todo pelaje llevaban la voz cantante, creció hasta lo inconmensurable”. En efecto, como atestigua Canetti, la curiosidad, la apertura y la responsabilidad, intrínsecas al carácter inglés, permitieron que, aun en los momentos de mayor agobio y peligro externo, cuando hubiera sido factible inducir una unanimidad forzada, los intelectuales y políticos ingleses encontraran en el cultivo a su libertad y en el respeto a sus diferencias su mayor fortaleza y virtud.

Canetti es un observador abierto a todas las manifestaciones humanas

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En el centenario del natalicio del escritor, editor y crítico publicamos tres ensayos que valoran su rigor y su alegría

Alí Chumacero: vitalidad de su poesía

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JAIME LABASTIDA FOTOGRAFÍA ROGELIO CUÉLLAR

e he ocupado, a lo largo de los años, de la poesía de Alí Chumacero, en especial, de su poema mayor, “Responso del peregrino”. Hoy entraré en el examen de otros aspectos de su poesía, igualmente difíciles, acaso por su exceso de claridad. La obra poética de Alí Chumacero es, se ha dicho en no pocas ocasiones, al mismo tiempo breve e intensa. Además, se fraguó en unos cuantos años, de 1944 a 1956, o sea, las fechas en que se publicaron sus tres libros, breves también. En este solo aspecto, su poética guarda semejanza con la obra de otros dos de sus contemporáneos: José Gorostiza y Juan Rulfo. Pero en ese único punto terminan las semejanzas. Gorostiza es el autor de un poema extenso y complejo, en tanto que la poética de Chumacero se despliega, con excepción de “Responso del peregrino”, en poemas de cortas dimensiones. Por lo que corresponde a Rulfo, se podría decir, sin que esto indique ningún juicio de valor, que la poesía de uno y la narrativa del otro se hallan en polos opuestos: la narrativa de Rulfo, a pesar de sus rasgos densos, se desarrolla en el campo, en un páramo, y en una etapa precisa (tras la Revolución mexicana); su lengua es popular, lengua de campesinos a los que cuesta trabajo arrancarles unas pocas palabras, mientras que el léxico y la sintaxis de la poética de Chumacero pertenecen al sector más culto de nuestra población.

Dicho lo anterior, intentaré, espero que me sea posible, entrar en el sentido de la poética de Chumacero, una obra cuajada de poemas en apariencia sencillos, pero en verdad complejos y difíciles por su turbadora claridad. Sus dos primeros libros, publicados con una diferencia de apenas dos años, parecen variaciones sobre un mismo tema. Las palabras que los presiden son rosa, hielo, agua, muerte, amor, silencio, espejo… El título de ambos libros indica la clara tendencia hacia la ruina y la desolación: Páramo de sueños e Imágenes desterradas. En ambos, hay una sección que se llama “Amor entre ruinas”. Acudo a un verso de la segunda parte: “su duro incendio congelado”. Es un bello eneasílabo y le da vida a un oxímoron. La lectura se desliza sobre el verso; empero, es necesario detenerse un instante para no dejarse atrapar por su perfección; el oxímoron está inserto en una estrofa en la que el poeta habla de la espuma; ésta sube desde el sueño, se afirma en los labios y nos da un lento sabor a mar que nos deja solos con la noche. Solo en ese contexto, la espuma es duro incendio congelado. Veamos el rasgo de contradicción deliberada: el incendio se transforma en su opuesto, se congela. Por lo tanto, es, a un mismo tiempo, lo más ardiente y lo más frío. Esa espuma es incendio y también hielo. ¿Qué clase de espuma es ésta, de la que aquí habla el poeta? Se trata, desde luego, de una espuma especial. Todas estas imágenes pertenecen a un poema que trata de un acto de amor que se aproxima, acaso, hacia

la muerte. Adelanto una interpretación: la espuma de que aquí se habla puede ser el esperma (advirtamos la coincidencia, consciente, de la primera y la tercera sílabas en las dos palabras). El poeta añade: “bajo la sábana que como lluvia/ transformada en rocío desciende sobre el pétalo/ y nos erige, diáfanos,/ ya para siempre espuma, aliento derrotado,/ más rescoldo que cauce o alarido,/ más ceniza que humo,/ más sombra, más desnudos”. Adviértanlo: las imágenes que aluden a la frescura, o sea, el agua, la espuma, el rocío, la lluvia, la sábana que cubre a los amantes y desciende sobre el pétalo, se hacen solo rescoldo, más ceniza que humo; por lo tanto, más sombra, más desnudos. Solo en el conjunto de estos versos se puede captar el sentido del oxímoron del que hemos partido: su duro incendio congelado. El poeta hace ver que el amor es por sí mismo contradictorio y fatal, que semeja la muerte: es un rescoldo (lo que resta del fuego), más ceniza que humo (un fuego yerto y frío), un duro incendio congelado. La espuma es, igual que el esperma, un duro incendio congelado. Otro texto de ese mismo libro quizá nos aclare un poco lo que digo. Se titula “Poema donde amor dice”. Concluye así: “Porque el tacto ilumina tu desnudo/ que a su trémulo encuentro se ha mudado/ en sal, paloma, vuelo, rosa y llama,/ y oye cómo por tu piel florece/ y madura la sombra de la muerte”. El amante toca a la amada

y ella, desnuda, se ilumina. Pero ese encuentro trémulo se convierte en otra cosa: es sal, paloma, vuelo, rosa y llama. Otra vez las palabras se oponen y entran en contradicción: hay un vuelo, es cierto, el de la paloma, pero también el de la llama; por eso, en la misma piel iluminada por el tacto florece… la sombra de la muerte. O sea que la rosa, que tantas ocasiones se nombra en la poesía de Chumacero, es, en sí misma, la imagen de la muerte: su brevedad acaso, su vida corta en extremo. Así el amor: un duro incendio congelado. Quisiera subrayar que la poesía de Chumacero carece de paisajes o, mejor, que sus paisajes son, todos, de orden interior; que se trata de paisajes subjetivos en donde los objetos (rosa, estatua, playa, mar, agua) adquieren carácter simbólico. En buena medida, así lo creo, todos los poemas de Chumacero oscilan entre el amor y la muerte, entre el júbilo y el olvido, entre el silencio y la dicha. El amor, sin duda, resplandece, pero vive entre ruinas. “¿Quién eres tú sino la imagen/ de todo lo que nutre mi silencio,/ pregunta el poeta, y mi temor de ser solo una imagen?” He aquí otra de las angustias que atenazan al poeta: la de ser solo una imagen. De ahí que, una y otra vez, aparezca en su poesía la alusión a la estatua y al espejo (y al agua en calidad de espejo, es decir, a la imagen de Narciso). Por eso dice que habita en el sepulcro de su cuerpo y no sabe si sueña porque existe o, al contrario, existe porque el sueño existe.

Los poemas de Chumacero oscilan entre el amor y la muerte, entre el júbilo y el olvido


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Pero los sueños no le proporcionan ni la paz ni la gracia. Se producen en un páramo, es decir, en un lugar baldío y desolado, en el que nada crece. El amor nos proporciona un leve instante de alegría: se desarrolla entre ruinas o, como el sueño mismo, en un páramo. Lo propio acontece con las imágenes de la estatua. He aquí las reiteradas contradicciones; dice el poeta que su sangre es el hielo y que está aún más fría que la estatua bajo el agua. Estatua, mármol, imagen, frialdad, desolación y muerte se entrelazan con la pasión y los breves instantes de alegría.

¿De dónde viene este poeta? ¿Qué le aporta a la poesía mexicana? ¿Qué, a la poesía de lengua española? No cabe duda de que sus antecedentes directos, en el caso de la poesía nacional, son los grandes poetas de Contemporáneos, en especial Xavier Villaurrutia y Gilberto Owen, por los que demostró devoción sin límites. En lengua española, sus parentescos lo acercan a los peninsulares Jorge Guillén y Luis Cernuda, poetas rigurosos, limpios, claros. Pero, aun si advertimos estas cercanías, no menos cierto es que Chumacero es un poeta diferente,

con una voz y un acento totalmente singular, como he intentado mostrar, en la poesía en lengua española. Esta unidad inextricable de amor y dolor, de muerte y alegría, no se encuentra con frecuencia en nuestra poesía. Lo asombroso, para muchos de nosotros, es que Alí Chumacero ofrecía otra imagen, por completo distinta, de sí mismo. Era un hombre lleno de simpatía, que gustaba de la amistad y de la vida; se le atribuyen, ciertas o no, frases llenas de ingenio; no tuvo, que yo sepa, un solo enemigo personal. Pero este hombre alegre escribió

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una de las poéticas más rigurosas, más desgarradoras y, al propio tiempo, más finas y vitales, de la poesía contemporánea en lengua española. He aquí otra más de sus muchas contradicciones. Ciudad de México 28 de junio de 2018 Director de Siglo XXI Editores y de la Academia Mexicana de la Lengua. Texto leído el 28 de junio en el homenaje a Alí Chumacero en la Biblioteca de México.

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El autor de Páramo de sueños, que nació en Acaponeta, Nayarit, el 9 de julio de 1918 y murió en la Ciudad de México el 22 de octubre de 2010.


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En la cultura que vive en español, Chumacero ocupa un lugar central como editor y crítico

Orfebre de libros

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FELIPE GARRIDO FOTOGRAFÍA ROGELIO CUÉLLAR

nemigo de solemnidades, la broma a flor de labios, Alí Chumacero se inició como tipógrafo y editor a sus 22 años, en Tierra Nueva (1940-1942), con Jorge González Durán, Leopoldo Zea y José Luis Martínez. En sus catorce números, Alí incluyó unas veinte reseñas y siete poesías —entre ellas, “A una flor inmersa”, su primer gran poema—. Después publicó tres libros: Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1948) y Palabras en reposo (1956). De ahí a su muerte, en octubre de 2010, no volvió a publicar poemas. Más larga fue su carrera como reseñista, crítico y ensayista, en una veintena de revistas y suplementos. “El canto del signo”, en el número 192 de La Gaceta, del Fondo de Cultura Económica, es tal vez su texto más tardío, en diciembre de 1986. Más larga aún fue su carrera como gerente de Producción, como editor y asesor de la Dirección en el Fondo de Cultura Económica, pues le dedicó toda la vida. Fueron millares los títulos que organizó, corrigió, anotó, los hizo ilustrar, les escribió o les encargó prólogos, apéndices, índices y solapas... Entre quienes han construido la cultura que vive en español, Alí Chumacero ocupa un lugar central como editor, como crítico, como poeta.

••• A principios de 1972, en Sur 124, en México la capital, fui a ver a María del Carmen Millán. Me invitó a colaborar en SepSetentas, colección que ella había fundado y dirigía. Yo había trabajado en revistas: escribía, traducía, corregía estilo, pruebas, negativos; conocía de offset. Bendecí a mi maestra y ella llamó a quien sería mi jefe. Rubicundo y canoso, llegó Alí. Me asaltaron voces que se me habían pegado de algún folleto o cartel: Cae la rosa, cae atravesando el agua, lenta por el cristal de sombra en que su tallo ahoga; desciende imperceptible, clara, ingrávida, pura y las olas la cubren, la desnudan, la vuelven a su aroma, hácenla navegante por la savia que de la tierra nace y asciende temblorosa, desborda la ternura de su tacto en verde prisionero, y al fin revienta en flor [...].

••• Estar con Alí, trabajar a su lado era una fiesta. Era un escéptico optimista que tenía solución para todo. En el trato diario disimulaba su erudición y se mostraba atento a lo que sucedía cada día. Para Alí, todo era pasajero y nada era demasiado importante. Con tres salvedades: los toros, las mujeres y la poesía. ••• Excepto decidir qué libros debían entrar en la colección —eso lo hacía un comité—, la gerencia de Producción se

ocupaba de todo lo que hacía falta para que los rimeros de hojas mecanografiadas que entregaban los autores se convirtieran en libros: revisar originales y traducciones; encargar índices y portadas; supervisar a correctores e impresores; redactar contras y solapas. Escribir solapas exige tanto como escribir versos. Deben ser breves, directas, convincentes, seductoras. Alí era un mago. A menudo dejaba para una misma mañana seis o siete solapas. A mí esos retos me gustaban. En Mañana, donde trabajé un par de años, había llegado a un acuerdo con el maestro Ortega, el diseñador: en cada reportaje, artículo o sección los pies de grabado debían tener cierto número de líneas de la misma extensión. Alí había establecido que las contras de SepSetentas debían tener diez líneas de setenta golpes. Comencé a entregarle los originales que yo marcaba con todo y solapa. Él los revisaba conmigo. No tenía que explicarme nada. Era suficiente ver qué cambiaba. Luego empezó a pedirme

que hiciera las de otros libros. Íbamos siempre en busca de la palabra justa, por su significado, por su sonido, por sus connotaciones y su extensión. Era como si estuviéramos escribiendo versos. ••• Alí me enseñó que el editor trabaja para llevar al público lo que el autor escribe. Decidir el formato del libro, su orden, el tamaño de la caja y los márgenes, el cuerpo del texto, cabezas, subtítulos, cornisas, notas y leyendas; el papel que llevará, cómo irá encuadernado... Todo para hacerlo más legible. El editor trabaja para el lector. Un editor, decía Alí, sabe cosas; se forma un criterio; confía en su intuición; detecta que algo está mal: una cifra, un nombre, una fecha. Un editor tiene la maldición de abrir el libro que acaba de recibir de la imprenta allí donde hay una errata. Un editor sabe que algunas cosas no tienen remedio: una vez impresos unos forros, si el nombre del autor está equivocado no hay más que repetirlos —y mientras,


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A orillas del texto

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JAVIER PERUCHO

aestro de poetas, instructor de editores, formador de colecciones y director de revistas, Alí Chumacero fue también un lector insomne de las novedades librescas, así como un revisionista de los acervos literarios. Autor de tres libros esenciales del medio siglo —Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1948) y Palabras en reposo (1956)—, fue asimismo un crítico durante 30 años en las revistas que fundó o fue convidado a participar, además de tipógrafo y editor con cuyos oficios se ganó el pan, pero sobre todo fue, repito, un lector que puso en práctica un modo de relacionarse con los libros a través de la reseña, una tarea en vías de extinción cuya sobrevivencia depende de los suplementos culturales. En una entrevista le compartió a Marco Antonio Campos los límites y propósitos de su ejercicio: “Nunca fui más allá de la reseña, pero solía poner en cada una de mis colaboraciones un poco más que la simple elucidación de influencias en el texto criticado”. Los momentos críticos (FCE, 1987) compila este trabajo de humilde reseñista. La espiga y documentación de este volumen estuvo a cargo de Miguel Ángel Flores (1948-2018). En el prólogo asienta que el nayarita fue de los primeros lectores en comentar la poesía de Jorge Luis Borges, cuando era secreto en posesión de unas cuantas manos, y ponderó los bajos fondos, el infierno del ángel caído y los héroes menores y sin historia entretejidos en las narrativas de José Revueltas. En uno de esos ensayos, “Cometido crítico”, divulgó los postulados a que se atuvo mientras ejerció la solitaria labor de comentarista de libros. En él sustentó: “El crítico hurga en libros, periódicos, publicaciones de todas clases, buscando luces que lo conduzcan hacia la significación de una obra literaria, por medio del estudio de sus relaciones con aquellas personas y hechos que estuvieron presentes en el tiempo en que fue escrita. De esa manera, un poema va resultando conectado en el sitio que, al momento de ser escrito, sostenía con el mundo circundante”. Archivo, amistades, historia, significado, espacio de la obra literaria. Ahí se arraiga una forma de proceder de una crítica aún vigente que la virtualidad o el crowfunding amenazan con diluir. Por la lectura de sus reseñas, se infiere la permanencia en su bagaje de la cultura literaria europea. Nerval, Pound, Larbaud, Keats, Rilke, Coleridge y un puñado de poetas resuenan en sus apuntes, que también se pueden documentar en el zócalo de su poesía. Fue un lector devoto de Cervantes, Kafka, Conrad, Maupassant, Balzac, Gide, Joyce y de una legión de narradores a los que alude como ejemplos, comparativa, modelos y formas de cristalización del canon de la novela. En su didáctica Chumacero explicó a sus lectores: “en una novela un laurel es una pequeña rama, acaso un árbol; en tanto que, en poesía, un laurel puede significar —como en la historia— el fin a que el poeta mismo aspira”. Una de las misiones de la crítica, predicaba, es “Intenta[r] establecer, bajo los aspectos más contradictorios y complementarios, la situación exacta de ese tipo humano que, a espaldas muchas veces de actos importantes y oportunidades que en otros aspectos lo conducirían al éxito, prefiere entregar su tiempo a la construcción de poemas cuya calidad empieza él mismo por poner en duda”. Como la biografía del poeta abunda en tentativas, renuncias y autocrítica, finalizo con un enunciado predictivo de Alí Chumacero, que aplicó a la novelística de Emilio Rabasa, aunque ajustado al natalicio del acaponetense por su biografía, historia, obra y poética: “A los cien años de su nacimiento, la lectura de su reducida producción literaria lo hace crecer a nuestros ojos y hallar el reconocimiento de quienes saben que la literatura, además de una humorada de juventud, es un largo proceso”.

Fue un crítico durante 30 años en las revistas que fundó o fue convidado a participar

más vale cruzar la calle, entrar al bar y pedir un whisky doble. ••• Un día, años después, tuve la fortuna de preparar para la imprenta un volumen de Obras de Gilberto Owen, con prólogo de Alí. En Alí había cosas que yo no entendía. Ese hombre recio, cano y jovial, buen bebedor, fascinado por las mujeres, que sabía de danzones y futbol, taurino experto, con alma de obrero, confesado antiintelectual, ¿cómo podía escribir versos como los que yo leía en el “Responso del peregrino”? ¿Cómo podía ser autor de esos poemas en principio casi impenetrables, llenos de ecos bíblicos, de indecible desolación. Aquel prólogo me deslumbró y me dio algunas claves. Dice Alí de Owen: Lo antiintelectual de la palabra hablada en la camaradería del bar, o a la orilla de una mesa de café, escondía al hombre que aprendió a labrar

“Alí me enseñó que el editor trabaja para llevar al público lo que el autor escribe”

una de las poesías más hondas de las últimas generaciones mexicanas. No fue un intelectual; fue un poeta. Sabía que su obra era la dócil respuesta a la contemplación de lo que muere frente a nuestros ojos, y entraba en la poesía dejando a la puerta toda esperanza.

Al hablar de Owen, Alí habla de Alí, y se nos muestra, se nos revela, se nos desnuda tan claramente como cuando dice, en “Amor entre ruinas”: Vivo bajo la piel y soy la sombra sólida que contra el sueño lucha: respiro inconsolado reposando en tus labios los míos temblorosos, agonizante entre tus manos como náufrago o ala sin espacio, dejando inmóvil mi desnudo tal un sonido amargo de sílabas deshechas, y soy un balbuceo, un aroma caído entre tus piernas rocas: soy un eco.

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CIENCIA

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DESMETÁFORA

La postura religiosa ante el origen del Universo Ciencia y religión casi nunca coinciden en tópicos determinados aunque intenten dirimir sus diferencias

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ablar de una postura religiosa ante cualquier tema es pretencioso —por decir lo menos—. Existen muchas religiones en el mundo y sus posicionamientos se diferencian, en ocasiones de manera considerable. Por si esto fuera poco, en la actualidad las diferentes religiones han abierto espacios en los que sus seguidores pueden ejercer con libertad la posibilidad de diferir de las líneas que marcan sus doctrinas. De tal manera que cualquier apreciación puede resultar en una generalización que los adeptos no necesariamente comparten. En el mundo occidental hablar del conflicto ciencia–religión es hablar de la ciencia y el cristianismo en cualquiera de sus vertientes. La relación histórica entre ambos está llena de desencuentros y en distintas épocas y de diferentes maneras la tensión se ha resuelto de la peor manera. En el viejo debate hay momentos de gélida dureza en los que la discordia solo se replantea para reescribir los términos de una discusión sin fin. Entre los temas cruciales de la añeja diatriba, quizá el más antiguo e irreconciliable se ubica en el terreno de las concepciones, es decir, en la manera como concebimos los fenómenos naturales, aunque las discordancias aparecen también en el terreno de la moral, de las creencias, etcétera. En particular, la búsqueda de una explicación al origen del Universo ha incomodado a prelados y feligreses que históricamente han desarrollado una versión propia de las cosas reservando un lugar especial en el Universo para los seres humanos y su creador. Según la física moderna, el Universo surgió de la nada hace 13 mil 800 millones de años. Esta teoría es conocida ampliamente como la teoría del Big Bang y es la más fiable y la que mejor explica las observaciones científicas. También es la más controvertida porque no recurre a la intervención de un agente externo, pero sí tiene un comienzo; plantea el origen de todas las cosas como la consecuencia inevitable de leyes físicas, y curiosamente fue propuesta por un sacerdote.

GERARDO HERRERA CORRAL gherrera@fis.cinvestav.mx ILUSTRACIÓN INFOVATICANA

El Islam y el cristianismo aceptan la teoría del Big Bang para explicar el origen del Universo

Los físicos no tenemos ningún problema en explicar cómo algo surge de la nada. Aunque muchos creyentes del catolicismo encuentran reprobable tan irreverente postura, lo curioso es que el catolicismo —el mismo que ha sostenido más de un contencioso con el desarrollo científico a lo largo de los siglos— parece no tener nada en contra de ésta que es la más reciente explicación científica sobre el origen del Universo. El Papa Pío XII, llamado Eugenio María Giuseppe Giovanni Pacelli, nació en Roma en 1876 y fue elegido Papa en 1938 para ser el número 260 en la historia del papado. Para él, “la ciencia y la religión son hermanas celestiales, que se constituyen en manifestaciones distintas de la exactitud divina, por lo que en

La Iglesia católica se ha preocupado por actualizar su punto de vista en temas de ciencia

términos generales no es posible que se contradigan la una a la otra”. El pontífice mantuvo un interés en los procedimientos de la Academia Pontificia de Ciencias que había sido creada por su predecesor. Ya en su época, la calidad de la Academia eclesiástica era indiscutible; entre sus miembros se contaba con Max Planck, padre fundador de la mecánica cuántica; Niels Bohr, físico danés que contribuyó de manera considerable a la comprensión del átomo y de la recién nacida teoría cuántica; Erwin Schrödinger, quien no solo contribuyó al desarrollo de la mecánica cuántica sino que además se adentró en el campo de la biología con sus ideas sobre la vida: en esos terrenos llegó a predecir la existencia del ADN. En 1955 fueron admitidos Louis de Broglie y Werner Heisenberg, dos pilares del desarrollo de la mecánica cuántica desde principios de siglo. En la actualidad el número

de físicos miembros de la Academia supera al de cualquier otra disciplina. La Iglesia católica se ha preocupado por actualizar su punto de vista en temas de ciencia que tradicionalmente habían sido complicados, pero no siempre lo logra. Por otro lado, la postura de las iglesias protestantes es más difícil de ver porque no se agrupan para definir una doctrina común. Su organización es regional y sus posicionamientos frente a los temas de todo tipo son a veces la razón de continuadas escisiones. Cada rama del protestantismo se divide y subdivide en grupos independientes que van formando denominaciones. Existen además congregaciones locales que no se vinculan con las más grandes en número. La multiplicación de iglesias con diferencias de preceptos parece ser el destino obligado de la disidencia. La discrepancia permanente por motivos administrativos, de apreciación de los textos bíblicos, de actitud ante temas sociales o de convicción personal, conduce a la fragmentación pero también puede ser la marca de una aspiración humana por pensar en forma individual y desarrollar una religiosidad propia al margen de las grandes organizaciones.   Todo esto en contraposición con las iglesias mayores que proporcionan la guía espiritual, el marco de la liturgia o el culto y la sede de ceremonias y celebraciones comunitarias. Las grandes estructuras eclesiásticas trabajan además con una agenda de participación social encaminada a contender por una presencia significativa en la vida de la gente, convencidas de que deben influir en el mayor número posible de sus asuntos. En términos generales, las grandes religiones del mundo como el Islam y el cristianismo aceptan la teoría del Big Bang como la mejor versión que tenemos para explicar el origen del Universo.    En este como en otros temas la disputa milenaria para explicar lo que observamos se ha desplazado una vez más. Ahora el papel del agente causal debe encontrarse en algún sitio fuera del espacio y del tiempo que conforma al Universo observable. 

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EN LIBRERÍAS

07 DE JULIO 2018

NARRATIVA, ENSAYO Moctezuma

El científico rebelde

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A FUEGO LENTO Ciencia, anticiencia y sus alrededores

Gustavo Vázquez Lozano México, 2017

Nuestro amigo el circo José Luis Trueba Lara Océano México, 2018 276 páginas

Freeman Dyson Debate México, 2018 376 páginas

Fedro Carlos Guillén Debate México, 2018 207 páginas

Como las figuras de la Malinche, Antonio López de Santa Anna o Porfirio Díaz, la de Moctezuma II en la historia de México es la de un villano. En su caso, la razón principal que esgrimen sus detractores fue que no supo defender a su patria, pero igualmente en su demérito influye que su imagen es la de un derrotado y eso no va con la imagen de un país con un pasado lleno de grandeza. Trueba explica en su “nota para curiosos” que su libro “es una novela que se nutre de la historia”. Una primera aproximación parcial al personaje, cuenta, fue su novela La ciudad sin nombre; en este segundo intento, más ambicioso, su base histórica es el libro del francés Michel Graulich, Moctezuma. Apogeo y caída del imperio azteca.

Dividido en cuatro grandes apartados, este libro se alimenta de la certeza de que la ciencia no ha prosperado de la mano de temperamentos acomodaticios sino de aquellos que han remado contra la corriente. Los temas candentes (como la figura del hereje), la carrera armamentista, la historia vista desde la atalaya de la genialidad y un rosario de ensayos personales van perfilando una mirada que termina por trazar un cuadro heterogéneo. De especial interés son los capítulos dedicados a los generales en pie de guerra, Oppenheimer y su gusto por la poesía y la existencia, o no, de Dios en el laboratorio. Hay que decir que la física no sería la misma sin la presencia de Freeman Dyson en la segunda mitad del siglo XX.

Que la ciencia no está solo reservada para mentes de una inteligencia superior es la impresión que deja este libro que convierte lo aparentemente difícil en algo de fácil acceso. De esta manera, entre el desenfado y la erudición, se impone un amplio espectro de inquietudes y revelaciones. Desfilan, por ejemplo, la relación entre genética y belleza, la anticiencia, los desórdenes alimenticios, la estadística, la misoginia cerebral y hasta Michael Crichton, con un estilo que mucho le debe al trabajo de divulgación. Dice su autor: “Siempre he creído que hay un problema asociado a la forma en que se transmiten los mensajes y es por eso que decidí hacer este libro”. Curiosos sin pánico escénico, están invitados.

ROBERTO PLIEGO robertopliego61@gmail.com

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s una lástima que muchos de los libros ganadores del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz que convoca el gobierno del Estado de México no puedan llegar con suficiencia a los lectores. Se publican y quién sabe adónde van a dar. Vaya el comentario a propósito de El elefante que sonreía, una novela que concentra dos virtudes muchas veces irreconciliables: entretiene y mueve a reforzar los lazos con la literatura imaginada como el acto puro de contar, siempre al amparo de un estilo que se define en términos arquitectónicos. Todo, sin excepción, transcurre en el Circo Americano de México, a fines de la década de 1960, con su corte de fenómenos proscritos del orden social. Somos testigos de las desdichas y los fracasos de la Mujer Elefante, el Hombre Bestia, el Hombre Águila, el lanzador de cuchillos, Jackwisp el payaso y, sobre todo, del mago Sigandrello y Cecilia Batín, la acróbata. Vázquez Lozano renuncia a definirlos con pluma costumbrista y por eso se presentan contradictorios e incluso oscilantes frente a sí mismos, como representaciones de un mundo multiforme. El elefante que sonreía anuncia entonces el tipo de variedad que bien podríamos observar en el gabinete de un coleccionista de caracteres humanos. No se trata, sin embargo de la anormalidad, o la rareza, sino de esa anormalidad que muestran quienes exacerban sus pasiones hasta un límite peligroso. Esas pasiones encuentran sus mejores destinatarios en las figuras del mago y la acróbata: el primero está obsesionado con desenterrar el pasado mediante la hipnosis y la segunda con tentar a la muerte con ritos extravagantes en el trapecio. El lector podría aventurar que El elefante que sonreía limita su campo de interés a los momentos en que la pista se transfigura en el espacio donde lo inverosímil puede ser posible. Podría hacerlo pero se quedaría en penumbras pues, como si fuera un hábil constructor de sistemas y mecanismos, Vázquez Lozano vira hacia el thriller y escenifica un crimen, una resurrección, un acto de transfiguración de las almas, un drama sacrílego. No es un azar que la pesquisa que emprenden los protagonistas conduzca al mismo tiempo a la resolución del misterio de su identidad. No lo es porque su creador sabe del miedo a renunciar a todo aquello que nos hace verdaderamente humanos.

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VARIA

07 DE JULIO 2018

DIVERGENCIAS

ENTREVISTA

Acerca de Avelina Lésper Ciudad de México, 30 de junio de 2018

Señores Editores de MILENIO Diario y Laberinto:

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stamos atónitos. Tras haber exhibido las mentiras que Avelina Lésper ha tejido al acusar al MUAC de censurar a Tania Bruguera, ahora tenemos que leer que describa el llamado de la artista a rectificar las imprecisiones de hechos que ha cometido como si fuera imponer un “estado policial” sobre su escritura (Avelina Lésper, “Regresar a la contemplación”, Laberinto, junio 30, 2018). En esa hipérbole se hace ver la impunidad declarativa que Lésper acostumbra, donde siempre desvía todo reclamo sobre una mentira arrojando como granada una nueva mentira. Ahora, por ejemplo, recurre a escudarse en una bajeza clasista: justifica sus infundios acusando a “un guardia” del museo de haberle indicado que los micrófonos eran solo para verse. ¿En qué cabeza cabe que un chisme de ese tipo pueda presentarse como un “hecho incontrovertible” cuando cualquier otra información documentable es manejada como si fuera opcional y maleable? Reiteramos nuestra indignación por la forma en que esta señora desafía constantemente toda obligación intelectual y ética, y en lugar de rectificar tire la polvera, diciendo con todo cinismo que “ha dado demasiado” a este tema. Si la noción de “responsabilidad” todavía tiene que ver con la idea de “dar respuesta”, llamamos a los encargados de Laberinto y MILENIO a sancionar este caso reincidente de corrupción intelectual.

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Atentamente Lucía Sanromán Director of Visual Arts

YERBA BUENA CENTER FOR THE ARTS

Cuauhtémoc Medina Curador en Jefe

Museo Universitario Arte Contemporáneo, UNAM Centro Cultural Universitario RESPUESTA:

En MILENIO y Laberinto respetamos la libertad de expresión de nuestros colaboradores, quienes son responsables de sus opiniones. Con esta aclaración, ponemos punto final a este asunto. Atentamente la Redacción

Sin miedo evoca la crueldad de la dictadura de Castillo Armas

Claudio Zulian

“Guatemala es una sociedad rota”

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HÉCTOR GONZÁLEZ gonzalezjordan@gmail.com FOTOGRAFÍA MONSTRO FILMS

a dictadura de Carlos Castillo Armas en Guatemala detonó una guerra civil que dejó 200 mil muertos y cientos de desaparecidos, particularmente entre 1982 y 1983, cuando el general José Efraín Ríos Montt gobernaba el país. El hallazgo del Diario Militar (un documento en el que se revela un listado de casi 200 personas desaparecidas a manos de la inteligencia militar guatemalteca), motivó a un grupo de familiares de desaparecidos a hacer un documental. Para llevarlo a cabo invitaron al cineasta español Claudio Zulian. El resultado de la colaboración es Sin miedo, documental coral que contrapone la versión de las víctimas con la de las autoridades. ¿Cómo se involucra en Sin miedo? Por casualidad. En 2012, mientras participaba en la Bienal de Arte de Guatemala, alguien me presentó con el grupo de familiares que habían denunciado el golpe de Estado en ese país. El colectivo tenía claro que una de las medidas para resarcir la memoria de sus desaparecidos era un audiovisual y consideraron que yo podía hacerlo. Nos conocimos cuando la Corte Interamericana de Derechos Humanos les dio la razón. La película tiene la vocación de usar el documental como un archivo histórico. Cuando me entrevistaron los familiares de los desaparecidos les expliqué

que antes de trabajar un documental me interesaba crear cierto empoderamiento entre quienes estaban delante de las cámaras. La película también da cuenta de cómo se puede construir y narrar a partir de la memoria. ¿Por eso la contó en primera persona? Sí. Los personajes no están ahí por ser activistas, sino porque de los 183 casos referenciados en el Diario Militar solo 26 familias se atrevieron a denunciar al Estado. En Guatemala hay todavía miedo y reparo a exponerse ante el Estado, por eso la entrevista al portavoz de la derecha la hago yo. Ellos querían que hablara porque de lo contrario no se entenderían los ataques desde el gobierno, pero sabían que si alguno de ellos lo confrontaba podían correr algún riesgo.   ¿No ha habido alguna represalia posterior a usted o a los involucrados en el documental? No, ahora en Guatemala están ocupados con otras cosas. El presidente Jimmy Morales, apoyado por los militares, está bajo investigación por financiamiento ilícito. Aun así, Paulo, el activista joven que aparece en la pelí-

En la película se cuentan cosas terribles, pero el tono final es más bien esperanzador

cula, tiene que salir del país cada cinco o seis meses debido a las constantes y serias amenazas que le hacen.   ¿Qué significó para usted encontrarse con un periodo que dejó 45 mil desaparecidos y 200 mil muertos? Fue toda una experiencia. La película fue, en este sentido, un viaje al horror, aunque al mismo tiempo me colocó ante personas que en medio del horror tienen valentía, coraje, lucidez y un sentimiento de justicia impresionante porque no piden muerte para los militares responsables: simplemente buscan que pasen por el tribunal. Mientras haya gente como ellos la vida en sociedad es posible. En la película se cuentan cosas terribles, pero el tono final es más bien esperanzador. Guatemala es una sociedad rota, pero al mismo tiempo tiene un resorte de vitalidad capaz de hacer dimitir a un presidente por corrupción y en ello es ejemplar para Latinoamérica.   ¿Cómo no lucrar con el dolor ajeno? Me dejé llevar por mis sentimientos. Al principio, los familiares estaban muy preocupados por la memoria de sus desaparecidos, y con razón, pero a mí me interesaba contar la historia de este grupo porque su historia termina bien en tanto que pueden hacer el documental que buscaban. Al final, quería hablar de la capacidad humana para hacer frente y reponerse ante la tragedia y la adversidad.

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ESCENARIOS

07 DE JULIO 2018

PERIPECIA

MERDE!

Campos de concentración bajo una máscara

Drama desierto BRAULIO PERALTA juanamoza@gmail.com FOTOGRAFÍA CONARTE

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ALEGRÍA MARTÍNEZ alegriamtz@gmail.com FOTOGRAFÍA ADAIR RODRÍGUEZ ÁNGELES

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estada al interior de Terezin, campo de concentración nazi, en 1944, El último ciclista de Karl Svenk, puesta en escena por la compañía Los Wueros Teatro, utiliza la máscara para interpretar más de una decena de personajes, que bajo este elemento subrayan con mayor contundencia la vigente atrocidad de lo que plantea su anécdota, absurda en apariencia. Una estructura metálica con puerta, forrada por un telón hecho de retazos, delimita el lugar de la acción, acotado al centro del escenario, donde los pacientes de un manicomio deciden escapar siguiendo a su lideresa, una loca llamada Gran Mama, quien decide exterminar a todos los ciclistas, incluido un hombre, únicamente por amor a su prometida. Svenk, comediante checo (1917– 1945), miembro del Club de Talentos Desperdiciados, autor de Danza alrededor de un cadáver y de La tarjeta de racionamiento perdida, quien estuviera prisionero en Auschwitz, fue muerto en un vagón durante el trayecto al campo Mauthausen, donde se congregaba, entre otros, a los presos políticos. Censurada por los nazis el día de su ensayo general, El último ciclista quedó en la memoria de Jana Sedova, una de las actrices, que llegó a representarla en las barracas y también la transcribió. Traducida y vuelta a imaginar por Naomi Pats, con traducción

La obra dirigida por Natalia Goded se presenta los miércoles a las 20:30 hrs. en La Gruta.

al español y adaptación de Isaac Slomianski, esta obra, elegida por la joven directora Natalia Goded como su ópera prima, adquiere un sesgo brechtiano a partir de la asesoría en dirección y manejo de máscara de la actriz Julieta Ortiz, quien cumple décadas de explorar y llevar a la práctica el trabajo con máscara teatral. El montaje conjunta la disciplina, el rigor, la creatividad, incluido el diseño de máscaras de Omar Esquinca y el diseño de escenografía y vestuario de Andrea Pacheco —quien viste a los personajes con batas hechas con distintos retazos de tela y calzones largos— mediante un pulcro trabajo multidisciplinario como el de movimiento, a cargo de Mariana Villaseñor, y la precisa dirección musical de José Ponce. El espectador se encuentra ante una especie de historieta rítmica, en la que destaca el trabajo corporal y verbal, bajo la media máscara, que por lo general se vuelve un obstáculo, pero que en este caso consigue vincular movimiento, acción y discurso con gran claridad y soltura, debido a la entrega de los jóvenes y a la experiencia que Ortiz ha adquirido durante

El último ciclista parece a ratos el aceitado mecanismo de una cajita de música

el transcurso de los años sobre las tablas y con la guía de maestros como Alejandro Morán, Elidé Soberanes, Alicia Martínez, Jean Marie Binoche y Pierrette Venne, maestra entrenadora del Circo del Sol. El último ciclista, con un elenco conformado por Omar Esquinca, Mariana Villaseñor, José Ponce, Víctor Vargas Avena y Natalia Goded, ingenua a la luz de lo que sucede en la superficie de la trama, en la que los lunáticos representan a los nazis y los ciclistas a los judíos, pareciera a ratos el aceitado mecanismo de una cajita de música, con personajes de rostro pétreo, ojos y cabello desorbitados, que trascienden la dificultad de expresión elegida, rumbo a una dimensión plástica que descubre la opresión interna de cada bando. Una lideresa con indumentaria e ínfulas de madame, o de lideresa sindical, dos jóvenes rendidos a la inmediatez de un amor que exige solo un instante de cercanía, un ímpetu de persecución y la fabricación de culpables sobre un territorio donde la libertad se resume en un volante de bicicleta, conforma parte de esta propuesta que alienta la inversión del trabajo que demuestra cada lenguaje artístico involucrado.   Medio siglo después de haber sido escrito este texto y fuera de un campo de exterminio, el afán de acabar con el otro, por las razones que sean, poco se ha transformado, como la máscara lo evidencia.

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n jurado integrado por Otto Minera, Elvira Dimitrova Popoca y Gabriel Contreras declaró desierto el Premio Nacional de Dramaturgia Víctor Hugo Rascón Banda, el pasado 27 de junio. Los argumentos contra las 44 obras en concurso fueron: “una notable falta de rigor en la estructura”, “en el dominio del lenguaje teatral”, en la “creación de personajes” y, repiten, “ausencia de un mínimo dominio del lenguaje de un escritor dramático”. Escaso idioma para reprobar a los participantes. Hoy casi ningún dramaturgo menor de 50 años se rige por las formas convencionales de la escritura teatral, ni siquiera hay respeto a los géneros antiguos que dividían una comedia de una tragedia. Hace tiempo que la “teoría y composición dramática” en las clases de Luisa Josefina Hernández quedaron fuera de lugar (aunque ella siga escribiendo espléndidamente piezas como Los grandes muertos, escenificándose en el Teatro Julio Castillo). Hoy se hace dramaturgia como realizar arte contemporáneo, para escenificar, ni siquiera publicar. No hay un canon y sí “múltiples formulaciones del drama” (cito a Fernando de Ita, quien igual criticó la decisión del jurado). No conozco las 44 piezas que debieron leer los jueces, pero dudo que no exista un galardón merecido para dramaturgos como Martín López Brie, José Alberto Gallardo o Mariana Hartasánchez, que salieron del anonimato a defender su trabajo. Todos ellos de probada capacidad en el teatro, becados y con montajes sobre sus obras. Seguro hay más nombres al premio al que se acudió con pseudónimo. He sido jurado en varias ocasiones y de verdad que si no se leen las obras se corre el error de que los jurados terminen en la hoguera. Nadie dice que no se pueda declarar desierto un premio. No. Pero hoy, con medios tan de chisme como las redes sociales, se corre el riesgo actual: la crítica a los jueces, con argumentos endebles. Tendrían que haberlo pensado dos veces antes de dictar su veredicto. ¿Leyeron las 44 obras en concurso?

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El jurado declaró desierto el Premio Víctor Hugo Rascón Banda.


LABERINTO

DIRECCIÓN: JOSÉ LUIS MARTÍNEZ S. EDICIÓN: ROBERTO PLIEGO, IVÁN RÍOS GASCÓN ARTE Y DISEÑO: SALVADOR VÁZQUEZ

07 DE JULIO 2018

http:// www.milenio.com/laberinto/Facebook: Laberinto Milenio/Twitter:@SCLAberinto

TOSCANADAS

Bajo el signo de Tauro DAVID TOSCANA dtoscana@gmail.com

P

ues bien, ya eliminaron a la selección de los mejores futbolistas mexicanos, que parecen dominar su especialidad tanto como esos chicos que no dan una con la patineta en las plazas públicas. Una vez más vi un espectáculo pobre, primitivo y poco viril. Unos muchachos que parecen temerosos de perder y eso lo demuestran con temor a ganar. Más vale no errar un pase que jugársela por una oportunidad de gol. Vi a unos chicos malcriados que a veces pierden de vista el balón pero siempre saben dónde está el árbitro para poderle reclamar cada pitada. Una vez más vi deshonrosas demostraciones de dolor y gritos afeminados, que, sin perdón, así se dice. Vi que el himno nacional se ensucia cuando el patriotismo no va acompañado de dignidad y agallas. ¿A qué cantar esa letra tan impetuosa como prólogo a tanto desaliento? Vi también que tanta propaganda en torno al balom-

EL FANDI

Una de las figuras imprescindibles de las ferias españolas y de la América taurina

pié acaba por hacer creer que de verdad una oncena de petimetres representa a la nación; petimetres que se sentirían emocionalmente desamparados sin los treinta mil mexicanos que hicieron el viaje a Rusia. Para mí, ese espectáculo ya se gastó. Como se gastaron todos los que tienen que ver con pelotitas. Por eso a partir de mañana me volveré amador de la tauromaquia. En las corridas de toros encontraré el arte, las agallas, la euforia, la hombría y la bestialidad que no existen en el futbol. Seguramente descubriré por qué tanto le fascinaba a tantos escritores, poetas y demás artistas. Aprenderé lo que haya que aprender, leeré lo que tenga que leer, veré lo que tenga que ver para recuperar el tiempo y la sustancia que me hizo perder el futbol. Por lo pronto tengo el latido de que en un ruedo se manifiesta mucho más alma, corazón y vida que en una cancha.

Me olvidaré de los Ronaldos, Messis y demás, y me iré infiltrando en una historia más honrosa, en la que los protagonistas se juegan la sangre y tienen nombres garbosos y poéticos: Manolete, Juan Belmonte, Gitanillo de Triana, el Niño de la Capea, Paco Camino, Manuel Benítez El Cordobés, los muchos Curros, Joselito El Gallo o Ignacio Sánchez Mejías, el de “A las cinco de la tarde./ Eran las cinco en punto de la tarde./ Un niño trajo la blanca sábana/ a las cinco de la tarde./ Una espuerta de cal ya prevenida/ a las cinco de la tarde./ Lo demás era muerte y solo muerte/ a las cinco de la tarde”. Por lo pronto tengo mis billetes para este domingo en la plaza de Estepona. David Fandila El Fandi, Sebastián Castella y Diego Ventura. Pas mal. Carlos Fuentes dice que la corrida es “una ceremonia de valor y de arte y, tal vez, hasta de redención”. Tengo fe en que así será.

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BICHOS Y PARIENTES

La paz desde las púas

H

ay interpretaciones novedosas, casi deslumbrantes que, por su claridad, parecen evidencias, como si siempre hubieran estado ahí. Olvidamos que la verdad despejada pudo haber sido un nudo de humo y confusiones. Sucede con frecuencia en los juicios que hacemos sobre casos de la historia. Recurro a una aserción sencilla del Vocabulario de las instituciones indoeuropeas (Taurus, 1986) de Émile Benveniste: “La relación entre el estado de paz y el estado de guerra es, de antaño a hoy, exactamente inversa. La paz es para nosotros el estado normal, que una guerra viene a romper; para los antiguos, el estado normal es el estado de guerra, al que una paz viene a poner fin”.  Pero Benveniste cambia la perspectiva histórica como si hubiera sido un hallazgo cualquiera. Todavía en 1914, la humanidad admiraba la guerra por el honor, el patriotismo y las jerarquías que significaba: era la sintaxis histórica de las naciones. Benveniste descubre el cambio de mentalidad, pero no lo produjo él. En algún momento se dio el quiebre y cambió nuestra ideología. Como juego, por el gusto y el orden que surge de poner alfileres coloridos en los mapas, apuesto a un poema breve. Hay poetas enormes que dejaron testimonios sobre la guerra: Apollinaire y su entusiasmo, mitad místico, mitad orate; Ungaretti y su humanidad honda, herida, pero viva; la espeluznante altivez narcisista de Rilke, que se quejaba de que el ruido de la guerra no lo dejaba concentrarse. Pese al desfile de los gigantes, quiero cifrar la visión de Benveniste, el punto de cambio

JULIO HUBARD FOTOGRAFÍA WORLD PRESS

en la percepción histórica, en este poema de Ivor Gurney (1890–1937): El silencioso,/ el que murió en las alambradas y quedó colgado, uno de dos–/ aquel que conversaba las horas de su vida con el infinitamente/ hermoso acento de las charlas en Buckinghamshire: y con todo/ dio de bruces contra la alambrada intacta; se irguió, y fue/ un noble idiota, tan fiel a sus insignias –y ahí acabó./ Pero débil yo, y hambriento, y deseoso de mi turno/ en la línea –de pelear en primera línea, me

Gurney fue tan brillante y talentoso como indisciplinado y rebelde

tendí bajo la intacta/ alambrada, y vi las luces y me mantuve firme, hasta que la voz más amable —un delicado acento, dijo:/ “¿Crees que puedas cruzar arrastrándote? Allá; allá hay un agujero”/ Oscuridad, disparos en contra: sonreí, y respondí con cortesía:/ “Me temo que no, Señor”. Ni había agujero, ni modo de ver/ nada sino la muerte y su acecho, tras rasgarse las ropas./ Me quedé tumbado y observé la oscuridad, oyendo silbar las balas —Y pensé en música —y juré hondos juramentos desde el fondo del corazón/ (decentes hacia Dios) y me replegué y avancé de nuevo,/ y de nuevo me replegué y por segunda vez me topé con la alambrada.

¿Por qué Gurney? Pudo ser otro estupendo poeta inglés de la Primera Guerra, Siegfried Sasoon, que incluso se

Los límites del campo de concentración en Auschwitz.

convirtió en un activo pacifista después de haber sido un combatiente temerario. Pero Gurney tiene lo suyo: fue tan brillante y talentoso como indisciplinado y rebelde; una gran promesa de la música y de la literatura que nunca llegó a la madurez. Desde joven parecía sucumbir a cambios profundos en sus estados de ánimo (antes se decía “ciclotímico”, ahora, “bipolar”). Se enlistó en el ejército británico, peleó en Ypres y fue víctima del gas mostaza. Fue dado de baja del ejército por problemas psicológicos y pasó el resto de su vida en asilos mentales. La Primera Guerra se caracterizó, entre otros horrores, por el uso industrializado de armas químicas: es el origen del horror al gas, como sinónimo del caos, la dispersión, el horror… y así aparece después, tanto en The Waste Land, de T.S. Eliot, como en el Ulysses de James Joyce. Nunca se sabe bien, con Gurney, de qué lado de los ánimos vivía: sus alegrías son tortuosas, sus angustias y desesperaciones están en tono mayor. Como ejemplo, recomiendo la escucha de su Elegía de guerra (En YouTube: “Ivor Gurney War Elegy 1920”). Este poema oscila entre la mortal seriedad y la ironía; entre el valor guerrero y el reconocimiento de ese mismo valor como un absurdo y una idiotez. De hecho, su poema bien puede ser una actualización de dos poemas de otro poeta irónico, Arquíloco (que dejó la primera mofa del honor guerrero), porque coloca al miedo y al absurdo como fuerzas anteriores y más potentes que los grados y galones del honor; porque muestra la desquiciada lucha de las trincheras como un mero infierno. Es la guerra desfondada de sentido. No podía seguir sino la paz. Tortuosa. Pero paz..

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Laberinto No.786 (07/07/18)  
Laberinto No.786 (07/07/18)  
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