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Laberinto

13 AÑOS

DIVERSIDAD SEXUAL

MILENIO

NÚM. 680

sábado 25 de junio de 2016 FOTO: SHUTTERSTOCK

dionicio morales, antonio marquet, sandra lorenzano, braulio peralta, luis antonio de villena, walter schmidt, guillermo arreola p. 03 a 08


ANTESALA

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LABERINTO

ESPECIAL

Optimismos ARMANDO GONZÁLEZ TORRES @Sobreperdonar

ESCOLIOS

L

a memoria tiende a magnificar los acontecimientos negativos y soslayar los positivos. Por eso, una prescripción terapéutica sugiere anotar las cosas buenas ocurridas a lo largo del día para no olvidarlas. La historia también es pesimistamente selectiva y resulta difícil encontrar obras capaces de infundir, con argumentos e inteligencia, cierto contentamiento del espíritu. En los meses recientes, sin embargo, me he hallado con tres libros, de muy distinta época, extensión e intención, con una poderosa carga de lucidez y esperanza. Se trata de Ecotopía de Ernest Callenbach; de la voluminosa Historia intelectual del siglo XX de Peter Watson y de la esbelta pero sustanciosa Cronología del progreso de Gabriel Zaid. Publicada en 1974, la utopía ecológica y contracultural de Callenbach elucubra que en 1980 Oregon, el norte de California y Washington se separan de la Unión y fundan Ecotopía. La trama novelesca gira en torno a la visita de un periodista norteamericano

ALFILERES ARMANDO ALANÍS @elsaltillero

a Ecotopía décadas después de la secesión y dispone de inusitados toques de humor y erotismo, pero lo más impresionante es la minuciosa imaginación social que permite vislumbrar un crecimiento ajeno a la depredación. En Ecotopia se mezclan el gusto por el trabajo manual con la alta tecnología digital; la aplicación consistente de políticas públicas orientadas al bien común con la democracia plena y el rechazo al consumo maquinal con un permisivo hedonismo. El libro de Watson, publicado al inicio del nuevo milenio, es una descomunal crónica periodística, que busca enlazar, mediante un mosaico narrativo, el desarrollo de las ideas del siglo XX en las más diversas artes y ciencias desde la publicación en 1900 de La interpretación de los sueños de Freud hasta el auge del Internet. Si bien esta descomunal empresa (luego Watson hizo una historia intelectual de la humanidad) puede contener inexactitudes, peca de anglocentrismo y se demora en lo pintoresco, ofrece, a cambio, un loable ánimo de difusión, una ágil

Ernest Callenbach

narrativa y una visión de conjunto de las perlas emanadas entre la violencia del pasado siglo. Finalmente, el recién publicado libro de Zaid consta de doce breves y deslumbrantes ensayos y una cronología, en los que nos recuerda los buenos momentos del mundo y de la humanidad (entre ellos que haya habido creación) y demuestra con implacable sentido común, así como con referencias y datos inobjetables que, pese a los desesperantes rezagos y frecuentes reversas, existe un innegable

El sapo cancionero ahora es un príncipe mustio.

Inversión aristotélica LOS PAISAJES INVISIBLES

A

progreso material y moral. La cronología tiene celo investigativo, amor por el detalle, pero también una perspectiva de largo alcance y, sobre todo, una sonrisa de agradecimiento y celebración por el milagro de la creación y la invención, por esa pertinaz rebelión del individuo contra el mero reflejo o la inercia. Son libros optimistas porque entienden la ambivalencia de la herencia histórica, los azares benéficos de la libertad y las asombrosas y contrastantes posibilidades de lo humano. L

ristóteles dijo que el hombre es un animal político porque a diferencia de las bestias no puede concebirse fuera de una sociedad organizada y en mayor o menor medida participa colectivamente para alcanzar un solo objetivo: el bienestar común. El hombre es un animal político, decía también el polímata de Macedonia, porque es imposible emanciparlo de su relación con el Estado. Casi todo mundo conoce esta célebre frase y las ideas que lo fundamentan, inscrita en la Política, pero por un raro fenómeno de inversión aristotélica, en México el animal político deformó o pervirtió su esencia filosófica y se convirtió en un político sui generis, al animal hay que dejarlo aparte: para la especie que ejerce la política en este país el bienestar común ya no importa en absoluto, predomina el interés personal o de camarilla o de organismo, asociación, corporación o lo que sea. Y es que para el político del México contemporáneo (seguimos dejando aparte al animal), el arte del diálogo, el entendimiento, la negociación, el acuerdo y la concordia, lo que es hacer política de cabo a rabo, diría

IVÁN RÍOS GASCÓN @IvanRiosGascon

el griego Aristóteles, no solo es un oficio obsoleto sino innecesario e, incluso, un atentado al ego: el poder, piensa el político mexicano (sigamos postergando al animal), se ejerce a voluntad. Con arrogancia, bravuconería, prepotencia y ciega vanidad. Para eso sirven las investiduras o los fueros, los cargos y charolas, faltaba más. Cavilemos esto con respecto al fracaso de la Iniciativa Ciudadana de la Ley 3de3 y la postergación del Sistema Nacional Anticorrupción: para los que están y los que llegan o aspiran a llegar a la política nacional, un proyecto semejante pone en riesgo sus estratosféricos negocios, la oportunidad de oro para hacerse de una fortuna que, en muchos casos, garantizará un maravilloso bienestar pero no común sino exclusivo para su progenie hasta por tres o cuatro generaciones. Reflexionemos esto en relación con el abominable episodio de Nochixtlán, Oaxaca, uno más en la cronología infame del sexenio: la metralla mediática en contra de los maestros y la negativa al diálogo que alienta movilizaciones gremiales, abonan a la polarización social para imponer una reforma

laboral y administrativa, que no educativa, y se corona con la guerra sucia, práctica recurrente del priísmo más soberbio, que detona la violencia. Ponderemos esto al hacer el recuento de los daños que dejan los futuros ex gobernadores y la impunidad que les garantizan los políticos de todos los bandos (sigamos excluyendo al animal), porque la prosperidad solo es privilegio de las cúpulas, el bienestar común es obsoleto, innecesario, un atentado al ego. Aristóteles decía que los individuos incapaces de vivir en sociedad o que no necesitan de ella no son hombres, son bestias o dioses. Los políticos mexicanos no son lo segundo. Para desgarrar a una sociedad y pulverizar las posibilidades del bien común, ahí entra en escena el animal. APOSTILLA Article 19 ha documentado 93 asesinatos de periodistas del año 2000 a la fecha y 15 amenazas de enero a marzo de 2016. México es uno de los países más peligrosos para el ejercicio periodístico, en el que ejercer la libertad de prensa y expresión representa un alto riesgo. En días pasados, el periodista Héctor de Mauleón fue objeto de amenazas a través de su cuenta de Twitter, hecho que no solo es un delito sino de enorme gravedad, pues en este país los proverbios operan al revés y perro que ladra sí muerde. Hay presuntos responsables en este asunto pero también responsables de facto, en caso de que las amenazas adquieran otra dimensión: el gobierno de Miguel Ángel Mancera y la Secretaría de Seguridad Pública de la Ciudad de México. Su encomienda es garantizar la seguridad de todos los ciudadanos y con mayor énfasis la de un periodista. ¿Y yo por qué?, podrían preguntar los titulares en el gobierno capitalino. Sencillamente porque la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos Cometidos contra la Libertad de Expresión ha demostrado, en múltiples casos, que no sirve para nada. L

dirección josé luis martínez s. edición roberto pliego, iván ríos gascón arte y diseño salvador vázquez


MILENIO

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ANTESALA

ESPECIAL

× D I O N I C I O

M O R A L E S ×

El último canto del cisne (Fragmento)

Celebración de la íntima agonía bajo las sombras y del alivio existencial que lo sucede, este poema forma parte de un libro en preparación

Entre actos y magia

16 Fosforescen los entintados asombros de la noche regocijada en su sapiente oscuridad. Los amantes detienen su partida hacia el inviolable espacio del día por nacer. Sumergidos en el manto negro del deslumbramiento erótico se desenraizan del mundo. Marginados, apelan a la misericordia para liberar los males propios o ajenos. Después de purgar condenas dilatorias acaecidas en cada uno de sus cuerpos, las almas vuelan hacia el otro territorio a donde se asoma Dios a comprobar la aplicación de su último mandamiento: la muerte diaria.

×EKO×EX LIBRIS×MEMORIAS DE ADRIANO×

GUÍA VISUAL

MAGALI TERCERO @magalitercero

F

abiola Torres–Alzaga, nacida en la Ciudad de México en 1978, llega a la representación visual de la modernidad con un bagaje curioso: estudios de magia e ilusionismo en Buenos Aires, literatura, sobre todo Borges, y conocimiento del cine de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, además de experiencia como asistente de escenografía no solo en un set de Hollywood con un gran presupuesto, el primero que le permitió saber cómo se construye una ilusión de la realidad, sino en películas mexicanas donde ocasionalmente trabaja. El set hollywoodense influyó poderosamente en su obra, según cuenta en entrevista. Cambió, por ejemplo, su manera de construir espacios ficticios, una de sus grandes preocupaciones, que los espectadores “vemos” como espacios reales: “Y me di cuenta de que la realidad es absolutamente distinta a la hora de construirla en fragmentos para la película. Comencé a incluir a un carpintero y a un ebanista en mis piezas”, dice Torres– Alzaga, cuyo proceso de creación es muy solitario. Recientemente participó en el primer encuentro de “Construcción del espacio ilusorio”, consistente en dos conferencias suyas impartidas el 14 y 16 de junio a manera de sesión de videoclub. En ese ciclo organizado por La Herramienta Justa, de la HerratecA, mostró sus herramientas visuales. La artista estudió en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda, donde conoció a docentes como Sofía Táboas y otros miembros de una generación que fue más allá de los soportes tradicionales. Táboas, de hecho, le enseñó a trabajar con lo que tuviera a la mano, una lección fundamental. Pertenece a una generación que no solo ama el cine, sino el lenguaje del video. Entre los directores que más le han aportado están Robert Bresson, cuya influencia en el cine francés, según Jean–Luc Godard, es tan notable como la influencia de Dostoievsky en la novela rusa, o la de Mozart en la música alemana. Otro autor importante para ella es Stanley Donen, célebre por su película Cantando bajo la lluvia. Aprecia, más que nada, su imaginación para solucionar asuntos del lenguaje cinematográfico, que se haya saltado los códigos de censura imperantes en Estados Unidos hasta la década de 1960. Por ejemplo, el aplicado a los personajes casados, quienes no podían dormir en la misma cama en ninguna película. Donen se las ingeniaba para tomar dos planos y crear la ilusión de que un matrimonio charlaba en su propia habitación. La escena, explica muy entusiasmada Torres–Alzaga, está en Youtube. No en vano una de sus piezas se titula Después del set cinematográfico. ¿Pero qué pasa entre la artista y la magia? ¿Por qué dedicar una estancia en Buenos Aires a estudiar los trucos de los elegantes magos argentinos? Cuauhtémoc Medina escribió en 2011 que en la serie El problema de lo real, incluida hace dos años en una colectiva del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, la artista “parte de la poética de los trucos de reflejos comunes en el ilusionismo de la magia de salón”. Para ella, como cita en su blog, “la magia es una propiedad de la mente, el truco de los magos”. Usted tiene la última palabra, estimado lector. L

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Sara Levi Calderón

“Me gustaría ser una voz liberadora”

Con una conversación con la autora de dos de las novelas lésbicas más representativas de México abrimos estas páginas dedicadas a la diversidad sexual. Seguimos con un apunte autobiográfico de Sandra Lorenzano y continuamos con un adelanto del libro El clóset de cristal, de Braulio Peralta. Cierran esta entrega un ensayo de Luis Antonio de Villena, un cuadro evocativo del México de los ochenta a cargo de Walter Schmidt y un autorretrato del pintor y narrador Guillermo Arreola ENTREVISTA ANTONIO MARQUET

¿

Quién es Sara Levi Calderón?

Me pregunto si no será una impostora. ¿O simplemente tuvo que reinventarse para ser quien siempre quiso ser?

¿Cuánto tiempo le llevó la escritura de Vida y peripecias de una buena hija de familia?

Casi seis años. La escribí muchos años después de haber escrito Dos mujeres. A mí la vida siempre me ha traído y llevado por rumbos desconocidos. Por eso me tardo mucho. ¿Cómo empezó la novela? ¿Cuál fue el disparador?

La necesidad de hablar, de pensar coherentemente para comunicarme con otras personas. Por último, para defender mi integridad como individuo en una sociedad homofóbica, que aunque ya no lo es tanto como cuando yo era muy joven, lo sigue siendo. La libertad de pensamiento te lleva a escribir libros. ¿Para qué sirve una novela lésbica?

¿Novela lésbica? Bueno, mi intención siempre fue escribir una novela y punto, sin asignaturas. Pero es cierto que me gustaría ser una voz liberadora para las mujeres, sobre todo para las lesbianas. Esas que aman locamente a otra mujer. Por ejemplo, como la que lee a mi lado en las noches, con una lamparita de mesa, acostada y soñando en los paseíllos que daba Proust por los jardines de la condesa de Guermantes. ¿De qué le sirvió a Sara?

Escribir y publicar Dos mujeres en los años noventa, el que se convirtiera en un best seller, ayudó mucho al éxito del libro, pero tuve que huir de mi país. Vida y peripecias… es de alguna manera el tomo II de Dos mujeres, pero años después. Cada libro me ha servido para ser yo misma. ¿De qué le sirvió a esa pareja formada por Sara y Grecia?

No lo sé. La vida en pareja no es cosa sencilla, pero no la cambiaría por nada del mundo. Cómo una

novela toca esa vida es complicado de decir. A mí me sirve para ver a la pareja desde afuera y quizá eso tenga algún efecto. ¿De qué le sirvió a la comunidad lésbica?

No sabría decirte. Pero ojalá y que gocen la lectura y de algo se acuerden después. Eso ya es mucho. Y muy bueno para la memoria. ¿Existe el proyecto de traducción de Vida y peripecias de una buena hija de familia?

Quiero que se traduzca al inglés. San Francisco es un personaje central en Vida y peripecias… y el libro está dedicado a Tedi Mathews, que fue un personaje importante en ese pedazo del planeta. Me indujo y me ayudó a que Dos mujeres fuera publicado allá.

Uno no puede sino estremecerse cuando se acerca al problema del exilio en la actualidad. Sara fue una exiliada. Una exiliada de su familia, de su comunidad, de su país, que iba en un momento emocionalmente muy difícil para ella, que no llevaba sino una pluma en la mano. ¿Qué fue lo más duro a lo que se enfrentó?

El exilio fue duro pero voluntario. No se puede comparar. Vivir en San Francisco fue maravilloso, me salvó la vida en muchos sentidos. Mi exilio sirvió para repensarme, para enterarme de quién era realmente. Pero sobre todo fue muy útil para olvidar el dolor de la separación de mi familia. La solidaridad de mucha gente fue lo que más recuerdo con amor.

¿Habría que preguntarse qué es una lesbiana en un medio tan cerrado, como el espacio sociocultural y religioso del que proviene Sara Levi?

Terrible, muy terrible. Pero lo es en muchos medios, no nada más en el mío. Por ejemplo, en 1994 solo el 20 por ciento de los mexicanos habría aceptado tener a un homosexual viviendo en su casa. En 2015, ya son 36 por ciento los que nos aceptarían en su sacro hogar. Por lo visto, aún falta mucho para que podamos ser quienes somos sin que nos desprecien.

Desde luego que existe. Basta entrar a cualquier librería en cualquier parte del mundo y la verás en las repisas. Hay literatura lésbica de gran calidad. Pero también hay escritoras lesbianas que no tienen interés de representarse como escritoras lesbianas. Yo soy una de esas lesbianas que se piensan esencialmente escritoras. Me molesta la separación que algunos críticos todavía hacen entre la literatura femenina y la masculina; la escritura de los straight, o bien portados, y de las lesbianas u homosexuales. Y para que veas cómo se permea, busca mi novela en las librerías, y solo vas a encontrarla por allá, en algún estante escondido al que nadie tiene acceso. Como lectora tienes que saber que estas yendo por ese libro en especial, no dejarte atraer por ningún otro en el camino, y quitarte la pena de preguntar por él. Tengo una estrella

no equilátera dibujada en mi carta astral. No es perfecta, pero me ayuda a vivir con mucha alegría

Después de muchos años de haberme erradicado de México comencé a cobrar conciencia de que estaba perdiendo mi identidad. Lo primero que se comienza a ir es el idioma y entonces te percatas que tu mente no funciona en su totalidad. No puedes ser tú misma. Y eso es muy peligroso para una escritora. Además, extrañaba tantas cosas, entre ellas, claro, los chilaquiles y el mole poblano, un mezcal con rodajitas de naranja. A lo largo de la historia y de las sociedades los sujetos cambian. ¿Qué fue una lesbiana en los

En torno a Vida y peripecias de una buena hija de familia (2015) hay dos aspectos que es necesario destacar. Por un lado, el proyecto editorial que refrenda la colección Novela Latinoamericana de la Editorial Voces en Tinta (es el cuarto título), dirigida por Bertha de la Maza. Por el otro, la complejidad que describe la obra misma. Esta novela es punto de convergencia de uno de los proyectos lésbicos más importantes de 2015, hito en la historia de la comunidad lésbica mexi-

Publiqué Dos mujeres en los años noventa. Esos tiempos fueron muy difíciles: los prejuicios, la moral transmitida por las religiones y luego por la familia; esas buenas conciencias tan dañinas para el placer. Veo que hoy existe más libertad. Pero la libertad es la que se da uno, cuando ya no estás atada a la esclavitud que la familia soberana te impone. Estamos mejor pero falta mucho todavía.

¿Existe la literatura lésbica?

Pero luego volviste a México. ¿Por qué?

TODO ESTABA MAKTUB

setenta? ¿Qué es una lesbiana en nuestros días? ¿Se han transformado las maneras de serlo, de actuar, de plantarse en la escena pública y familiar?

cana: el universo de la comunidad judía y de una clase poco conocida, la del mundo de los negocios. La narradora aborda la historia del padre, desde su familia en Ucrania, su viaje a América, el establecimiento en el centro de la Ciudad de México y la vida ahí como en un barrio de emigrantes de todos lados, hasta la vida comercial, la infidelidad del padre, los pleitos familiares. Insiste en el éxito comercial paterno, las diferentes mudanzas a la colonia Anzures y finalmente al Pedregal. En contraste, aparece la historia de la madre: la rivalidad de ésta con la hermana. Desde temprana edad se gesta el encono de la madre con Sara y la intensa relación de ésta con su hijo.

La protagonista de Vida y peripecias de una buena hija de familia ¿es una buena hija?

No lo es. Más bien es bastante mala hija, pero fue buena algún día. Si ella hubiera crecido en una familia donde ser lesbiana no hubiera sido un pecado, seguramente habría sido una mejor hija. ¿Cómo sería si hubiera vivido en Holanda o en Berlín o en San Francisco, donde los homosexuales son como cualquier otro individuo, donde son vistos como parte de la gran mayoría? ¿Quizá buena hija, no? ¿Es una novela o es una autobiografía?

Es una novela autobiográfica o quizá es autoficción. Grecia es un personaje muy importante en la vida de la protagonista.

Es muy cierto, pero no le tocó ser un personaje central. Sin embargo, notarás que siempre anda por allí. A veces es tabla de resonancia para Sara; otras, la hace de abogado del diablo; es compañera de aventuras, comparsa y, desde luego, su alter ego. Por otro lado, estremece la intensa rivalidad con el hermano, de carácter débil, acusado una y otra vez de maricón. Los diversos episodios que estallan desde la escuela hasta la edad adulta y la relación de éste con la sirvienta hasta su muerte solitaria en el Hospital Español. Un papel destacado en Vida y peripecias de una buena hija de familia ocupa la relación con Grecia y la consulta con el arúspice. Este nuevo mundo femenino indica el cambio radical que se opera en la vida de la escritora. Del mundo de violencia heterosexual se pasa al lado amable femenino. A la vía que había marcado el porvenir, porque todo en la vida de Sara está maktub (escrito, como sentencian en árabe al destino).


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ANTONIO MARQUET

DE PORTADA

Miedo y deseo MEMORIA SANDRA LORENZANO

E

Sara y Grecia

La experiencia de la muerte no es limitada en su

vivir. Tengo una estrella no equilátera dibujada en mi carta astral. No es perfecta, pero me ayuda a vivir con mucha alegría.

Con Tedi conocí por primera vez la muerte de cerca. Eso sucedió en los años noventa, cuando no había cura para la terrible enfermedad del sida. Entonces las mujeres nos entregamos a nuestros hermanos. Fuimos sus enfermeras, sus hermanas, sus escuchas. Los acompañamos en sus últimos momentos. Y luego murió mi padre, que se había desgarrado las vestiduras, su traje Armani, y de esa manera me dio por muerta. Una de esas tradiciones judías que te desaparecen con la mano en la cintura.

¿Cómo fue la escritura de Dos mujeres y cómo la de Vida y peripecias de una buena hija de familia?

relato: hay dos muertes que marcan a la protagonista, la de Tedi, a quien está dedicado el libro, y la muerte del padre.

Sara es una persona que fue declarada muerta. Sara está, o estuvo, viva y estuvo muerta. Es/ fue una viva–muerta o una muerta–viviente. Siendo tan vital, ¿qué significó “estar muerta”?

Miedos, claustrofobia, inseguridades, pero paradójicamente también mucha vitalidad y alegría de El periplo Tepoztlán–San Francisco–Tepoztlán supone el despegar de una nueva vida con esa carta astral en forma de estrella que indica la firme creencia de la escritora. Carta astral que es al mismo tiempo piedra de toque. Sin una honda convicción en sus propias posibilidades y en su carácter de líder para dar voz a las mujeres, hubiera sido imposible una escritura que se levanta de las ruinas no solo de su vida familiar burguesa, sino de las ruinas de las coordenadas de su mundo. Sara Levi Calderón es buena hija de familia. Lo es por haber fundado esa empresa escritural que ha rendido un par de novelas: Dos mujeres

Fueron escritas en dos momentos diferentes de mi vida. Cuando escribí Dos mujeres era yo joven y fogosa, quizá tampoco tan joven pero así me sentía. La vida me guardaba secretos y yo los quería conocer todos. Ahora soy más sabia, creo haber madurado como escritora y como persona. Y sigo buscando, sigo teniendo revelaciones. ¿Qué le diría Sara a su padre ahora? ¿Cómo reaccionaría ante un ser tan querido y admirado?

Padre, qué lástima que nos tuvimos que separar. Ahora entiendo que para ti, el que yo me volviera lesbiana, significó una traición. Fui infiel a tus valores, los valores heredados por tu padre el rabino y por tu abuelo también. L y Vida y peripecias de una buena hija de familia. En la primera novela, la protagonista decide su vida en la madurez. En la segunda, predomina una mirada retrospectiva. En la primera, nace una relación: la relación de su vida. En la segunda mueren sus padres y otros miembros de la familia. En aquélla se celebra un cuádruple nacimiento: de la novela, de la pareja, de un nuevo país y de una profesión. En ésta, la protagonista echa tierra sobre seres queridos; retorna a sus raíces y se establece en la tierra donde trazaron su carta astral que le permitió levantar el vuelo. Todo estaba maktub. A.M.

l deseo es esa fuerza que nos envuelve, que nos empuja, que nos transtorna, mezcla de plenitud y de miedo, de desasosiego y felicidad. A veces es un pulpo que nos abraza dejándonos casi sin poder respirar. Otras, parece un animal asustado y tembloroso. Es canto y es grito. Estremecimiento. Deseo de escritura, deseo de palabras, de voces; deseo de historias y de cuentos. Deseo de pieles. No, quizá no sea de pieles en plural de lo que quiero hablar, sino del deseo de la piel amada. Suave, tibia. Y de pronto no podemos imaginar más hogar que ése. Es de mí de quien estoy hablando, aunque me asuste. Es de mi propio deseo. ¿Cómo podría hablar del de otros si no soy capaz de bucear dentro del mío? Qué pasa en mí, qué pasa en mi cuerpo ante el cuerpo deseado. Qué es aquello que desata mi imaginación y quisiera desatar también mis manos. Un relámpago me atraviesa y me deja muda. “Yo soy para mi amado y su deseo tiende hacia mí”, dice el Cantar de los Cantares. Yo soy para mi amada. Se acerca la hora de la cena y empiezan a escucharse las voces de los vecinos, ruido de platos, risas, gritos, alguno que tiene prendida la televisión. Es el momento del día en que más me duele este departamento lleno de cajas de libros que aún no termino de acomodar. No hay cena compartida. No hay complicidades. El amor y el desamor. ¿Y el amor nuevamente? Quizá. Ojalá. Dos chicas de trece años se suicidaron en Michoacán. Se habían enamorado, pero las presiones de la familia, de sus compañeros, de la gente que las rodeaba, las llevaron a preferir la muerte juntas que la vida separadas. Ese suicidio me hizo pensar en mi propio miedo a los trece años. O no. El miedo llegó después. En ese momento no pensaba que enamorarme de mis maestras tuviera algo que ver con “ser diferente”. A los dieciocho o veinte ya empecé a asustarme, aunque no tenía tan claro qué me pasaba. O quizá sí y por eso empecé a asustarme. También había chicos que me gustaban. Tal vez seguía siendo una “perversa polimorfa”, como dice Freud que son los niños. O tal vez al amor y al deseo no les importa tanto el sexo–género del ser que nos estremece. Me pregunto si haber elegido En breve cárcel de Sylvia Molloy, la primera novela lésbica argentina, como uno de los libros centrales que trabajé en mi tesis fue una forma de seguir buscando señales de lo que yo sabía que me estaba pasando y que no quería ver (alguna vez me lo reclamaron). Quizá porque no había aparecido aún la piel que me hiciera querer sumergirme en ella. Pero apareció. Y cumplí cuarenta años sintiéndome completa, plena, enamorada. Cumplí cuarenta años y perdí el miedo, la sensación de ser distinta. La vergüenza de sentirme diferente. Hace unos días pude haber estado en Orlando. Pude haber muerto en el Pulse. Puedo morir en cualquier ataque homofóbico. El arcoíris pone nerviosos a muchos. Lo sé. A veces hay que disimular, sonreír, “Vengo con una amiga”. No. Me rehúso. No quiero disimular. No quiero mentir. Soy una abanderada del respeto a las elecciones de los demás, de la tolerancia, de la alegría que une al deseo con los cuerpos. Tal vez por eso todos los días celebro la vida y pienso —con fuerza, como nos decían de chicos que teníamos que pensar para que los deseos se cumplieran— que lo que yo quiero es morir de muy, muy vieja abrazada a la mujer que amaré entonces. Creo que cada vez sé mejor quién soy y qué quiero. No del todo, claro, si no ¿qué sentido tendría la escritura? La pregunta sobre el deseo está en ella siempre. Vuelvo a sentir que un relámpago me atraviesa, vuelvo a estremecerme. L


LABERINTO

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Amores sin permiso ROGELIO CUÉLLAR

BIOGRAFÍA BRAULIO PERALTA

E

l germen del movimiento homosexual empezó en los años sesenta, una época oscura como el priísmo de esos años, con Gustavo Díaz Ordaz de presidente y un movimiento estudiantil masacrado en 1968. El miedo reinaba en la gente. Reunirse para conspirar por derechos era peligroso: ni siquiera la izquierda del viejo comunismo pensaba en los de los homosexuales, en México o en el resto del mundo occidental. Los prejuicios eran la norma alrededor del sexo. Pero algo despertaba… Juan Jacobo Hernández era entonces un estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Solían reunirse alrededor del amplio pasillo junto a las escalinatas, conocido como “El Aeropuerto”, para tomar café, un pan, mirar gente; observar. El mundo era esa nuez donde los ojos podían encontrarse: ver y que te vean. Estudiar era también ligar con el deseo escondido. Juan Jacobo había entrado a la Facultad con la inquietud de los idiomas. Se le daban, su profesor de prepa decía que aprender lenguas era su fuerte. Y él quería viajar. A “El Aeropuerto” iban alumnos de otras facultades a ver a las chicas y chicos deambular; era la facultad con glamur. Los sesenta eran también el tiempo de los hippies, los freaks, los beatniks, en que los existencialistas deslumbraban por sus ideas pesarosas. Estudiar Filosofía tenía el costo de salvarse o empeorar con Marx, Nietzsche, Schopenhauer, Camus o Sartre. Discutirlos, un enredo interminable. Iban de Ingeniería, Derecho o Arquitectura para conocer gente rara que creía que pensar era constructivo. Juan Jacobo era raro incluso entre esa fauna. Con dieciocho años ya ejercía su inclinación por los hombres; ahí conoció a Sergio, de ojos verdes, guapo. Se enamoró de su primer gran amante, su primer gran amor, amigo de uno ya famosón por entonces: Carlos Monsiváis. Las amistades particulares a veces dan muchas amistades públicas. Era común toparte con la actriz Rita Macedo o la futura poeta Reyna Barrera, las hermanas Galindo —Carmen y Magdalena— o la filósofa Juliana González; Cristina Romo antes de ser Cristina Pacheco, o Nancy Cárdenas, destinada al mundo del teatro. Los morrales y los huaraches eran la mexicanidad, la moda del universitario pobre. Muchos vestidos de negro, con pelos a lo Juliette Gréco. Gente excepcional a los ojos de Juan Jacobo; teatreros, filósofos y escritores daban al barrio universitario la importancia de la nada. Carlos Monsiváis no era como todos. O mejor dicho: todos somos únicos, pero él aún más si abría la boca. No era atractivo físicamente pero tenía un aura impresionante de simpatía, de brillantez, de inteligencia. Hablaba con sarcasmo e ironía y eso impactaba a cualquiera. Juan Jacobo no dudó en pretender ser su amigo. Lo procuró, lo vio como un mentor porque era mayor —veintidós añitos— y le daría experiencia a un bisoño como él. Aunque Carlos quería con Sergio —y con muchos otros—, no lo logró. Juan Jacobo acompañaba a Carlos a las grabaciones de El cine y la crítica a Radio Universidad. Atracción física, ninguna; mental, mucha. Un día Juan Jacobo decidió lanzarse: se le antojó acostarse con Carlos. Nadie lo obligó a nada salvo la inteligencia de Monsi, su atracción intelectual. Todo se desató tan rápido como las pasiones y las ganas de coger. En una de esas llegaron a la accesoria de un taller de reparación de calzado, en Villa de Cortés: el padre de Juan Jacobo era zapatero, y decidió poner el negocio para que sus hijos aprendieran a trabajar, a ganar su propio sustento y el valor de asumir la responsabilidad de sus propias vidas. Dejaba a su hijo la libertad de usar un pequeño departamento del espacio comercial, y ahí llegó una tarde con el intelectual, que para entonces ya era reconocido en el mundo universitario. A días de conocerse ya estaban en la cama. Contra todo pronóstico, fue el joven quien sedujo al intelectual... o eso creía Juan Jacobo. Fue tan sincero el acto y el deseo que la relación amorosa duró alrededor de tres años. Carlos se dio cuenta de lo genuino e ingenuo del joven al entregarse de esa manera.

Carlos Monsiváis

◆◆◆ Tú cuentas esto no por el morbo de las relaciones personales sino por el profundo sentido que tiene que el público sepa de qué manera se influyeron uno al otro, porque tanto Carlos como Juan Jacobo trabajarían los siguientes años en el movimiento homosexual, sus primeros pasos. De cuando lo personal es político, pues… El joven Juan Jacobo considera esos años de formación, aprendizaje y conocimiento. Carlos se hizo asiduo visitante a la casa de Juan Jacobo, donde vivían su mamá y sus hermanos, y Juan Jacobo también iba a casa de Monsiváis. Eso sí, con la renuencia de las madres… Juan Jacobo disfrutaba la generosidad de Carlos como guía, orientador; le regalaba libros. Tenía una cajita con el nombre “Carlos Monsiváis”, con postales, dibujos y hasta cartas de amor y amistad, de regaños y enseñanzas; de agradecimiento por compartir la soledad. Aunque con el tiempo el joven se dio cuenta de lo manipulador que era Carlos: no le gustaba nada que el joven no hiciera lo que él quería o creía que debía hacer con

su vida. Desde entonces no renunció nunca a ser el dominante en sus relaciones privadas. —Y ese hombre, ¿por qué te busca, qué quiere? —preguntaba doña Teresa. La madre ya sabía que su hijo era homosexual, lo supo mucho antes de que cumpliera los dieciocho. Desde los diecisiete se independizó parcialmente, procuró la calle con la autorización de sus padres; por eso tenía el departamentito en la tienda de zapatos. Iba a comer con su familia y ahí llegaba Carlos. La madre prohibió a la sirvienta, Anatolia, dejarlo entrar. Cuando Carlos llegaba a su casa, la obediente Anatolia abría parcialmente la puerta, momento que Carlos aprovechaba para meter el pie e impedirle cerrar la puerta. —No me vengas con ese hombre a la casa. Es mayor que tú, no me inventes que van a estudiar. Carlos iba de todos modos… A la madre de Carlos —doña Esther— igualmente no le gustaban las visitas que su hijo llevaba a la casa de San Simón 62, en la colonia Portales. Le ponía cara a Juan Jacobo o al amante en turno, porque no era el único, Carlos nunca tuvo un corazón para


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DE PORTADA

ARCHIVO VILLENA

familiar

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amar a una sola persona; tampoco Juan Jacobo. Vivían el tiempo de libertad de principios de los sesenta, acompañados de los primeros movimientos de liberación de los cuerpos al estilo de Wilhelm Reich, o mejor, por el poeta de Aullido, Allen Ginsberg, que en 1956 escribió: “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura”. Ginsberg y Peter Orlovsky —su pareja por cuarenta años— se retrataban abrazados, desnudos, de frente, exhibiendo sus vergas. Ejemplo de hacer el amor como se quiere, cuando se quiere, con quien se quiere… Carlos fue impulsor moderno de esas ideas en México; no el único. Fue cuando las mujeres hicieron su aparición masiva en el mundo laboral, lejos del marido, los niños y el hogar; la época en que se hablaba en las universidades de la discriminación racial, de género; la generación del rock, del pelo largo en los hombres y la minifalda entre las mujeres. La libertad sexual de los sesenta arrancaba para todos. Los homosexuales y las lesbianas de entonces no querían ser la excepción. Lo personal era político y la libertad política estaba atada a la libertad sexual. Y una revolución —la de Cuba— daba grandes esperanzas a los jóvenes que buscaban otro tipo de vida, lejos del capitalismo. Carlos no estaba al margen de esa historia y Juan Jacobo quería saber más de esa posibilidad social; eso, y la identidad sexual, los unió. Pero también contaba la religión. A Juan Jacobo le fascinaba que Carlos le cantara himnos protestantes. Si con Sergio, su anterior novio, era anglicano, con Carlos vivió el lado protestante de la vida donde Dios es todo y la música soul su esencia. Mahalia Jackson, Odetta, Billie Holiday, Bessie Smith, los grandes cantantes de jazz y blues fueron un despertar musical, y para Juan Jacobo un gusto heredado. Una parte de la cultura estadunidense le resultaba entrañable: su madre era chicana, nacida en Nebraska, hija de campesinos emigrados a Estados Unidos huyendo de la Revolución mexicana. Su padre se crio allá desde los dos meses hasta los veintidós años, cuando llegaron a México. No fue gratuito que el gusto de Carlos se hiciera con el de Juan Jacobo, como al revés ocurrió con el teatro, la danza y la literatura. Las enseñanzas culturales fueron múltiples. En casa de Juan Jacobo ya le sabían sus inclinaciones. El espíritu del tiempo no era salir del clóset, no, pero la familia secretamente sabía que no tenía novia, tenía “amigos”. A Carlos no le tocó la suegra–bruja, o la madre autoritaria: a regañadientes, Teresa conocía y respetaba las decisiones de su hijo. Esther Aceves, a su modo, también. Lo que se sabe no se discute cuando es un hecho consumado. Carlos se impregnó de esa moral religiosa, de buenas costumbres, de ser un hombre pacífico de izquierda. Desde los quince años dio síntomas de reivindicar la utopía. En los cincuenta ingresó al Partido Comunista y participó en marchas fundamentales por los derechos de los trabajadores: eso para Juan Jacobo, que admiraba la gesta soviética y los ideales comunistas, fue parte del enamoramiento. Carlos se hizo amigo de los hermanos de Juan Jacobo. Discutían, o mejor, escuchaban los puntos de vista del visitante asiduo. Lo admiraban por su programa de radio sobre cine, por lo que ya por entonces escribía en la revista Siempre! Imponía su intelectualismo. El espíritu rebelde de Juan Jacobo empezó a tomar distancia emotiva de Carlos, no de la persona y obra. Juan Jacobo no encubría su homosexualidad en casa; Monsiváis sí. Juan Jacobo no tenía novias. Monsiváis lo dejaba en la duda familiar. Juan Jacobo no lo juzgaba. No era aquel tiempo para la apertura sobre la sexualidad, no todavía. A los tres años de andar como pareja, terminaron su relación amorosa para convertirse en amigos. Amigos que compartían amigos. Carlos lo llevaba con las Galindo a su casa de San Antonio, en la colonia Del Valle, cerca de aquel restaurante de tortas, Los Guajolotes, de la avenida Insurgentes. Lo impresionaba Magdalena, hermosa, de buen vestir, a la moda, con pantalones pescadores, zapatillas doradas y un suéter de esos de ojal; tendida en un diván parecía una diva. Eran hijas del cineasta Alejandro Galindo. Para Juan Jacobo, Carlos fue una inspiración en la lectura, la escritura y la traducción del inglés. Pero el amor —el sexo— se acabó. No era lo suyo terminar de amantes. De niño, sin saber quiénes eran, Juan Jacobo conoció a Carlos y a José Antonio Alcaraz. Era muy adolescente. Los padres de Juan Jacobo acostumbraban llevar a los hijos a pasear a Chapultepec, donde muchos años estuvo el invernadero de cristal tipo art déco. Ahí a un lado estaba la estación radial; invitaban al público a ver a “los niños catedráticos”. Eran principios de los cincuenta. Entraron. Juan Jacobo lo recuerda ahora por una plática en los sesenta con Carlos y José Antonio, muertos de la risa por ser “las niñas catedráticas”. Ya eran más amigos que amantes. Tenían otra perspectiva de vida. L *Fragmento de uno de los capítulos del libro El clóset de cristal, que este año publicará Ediciones B.

De Villena y Terenci Moix en Madrid

Escritura y homosexualidad en la España democrática LUIS ANTONIO DE VILLENA

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ecuerdo que Terenci Moix y yo pasábamos —en los pasados ochenta— por dos pioneros de la temática gay en la nueva literatura española. Sin embargo alguien (no muy bien intencionado, supongo) nos decía que nunca habíamos “salido del armario”. Terenci y yo, que éramos buenos amigos, solíamos responder: pero, por favor, cómo vamos a salir del armario si nunca hemos entrado… En contra de lo que algunos creen, el final de la dictadura franquista tendía a la permisividad homosexual (en Madrid había bares especializados, digamos en 1974) siempre que, como decía gráficamente un ministro, “no se sacaran los pies del tiesto”, es decir, no se incordiara mucho. Yo publiqué un libro de poemas muy explícitamente gay en 1979 (Hymnica) y un libro de cuentos y una novela corta —1980 y 1982— aún más explícitos, Para los dioses turcos y Amor Pasión. Es cierto que, educado en el estudio del mundo grecolatino, yo tenía como ideal la homosexualidad idealista de la antigua Hélade y que, a menudo, escribía con la inocencia de un pagano que se desentiende por entero del cristianismo judaico que no comparte: Platón, el libro XII de la Antología palatina, el titulado por Estratón La musa de los muchachos que traduje, edité y prologué en 1980, con libertad plena a la hora de traducir lo que se ha solido tener como “pornográfico” en los clásicos… Debo reconocer que no tuve ningún problema, sino fue el de convertirme en un icono de una homosexualidad decadente e idealizante. De otro lado los escritores homosexuales teníamos que continuar y dar respuesta o eco a la notable literatura de esa temática que había existido en España durante la pre–guerra civil: desde el esplendor lírico de Luis Cernuda o Lorca (Romancero gitano es un libro perfectamente gay) hasta notables escritores del simbolismo decadente o de la frivolidad art–déco como Antonio de Hoyos y Vinent, marqués y Grande de España, autor, entre mil novelas, de El sortilegio de la carne joven, o el divertido Álvaro Retana que en 1919 publicó

una novelita titulada Las locas de postín, que yo reedité hace unos años. Además de otras como Mi novia y mi novio. Yo creí que una de las cosas que debía hacer (también por gusto personal, obviamente) era rescatar y recuperar toda esa literatura, como la que conocí en América —a través de mi amigo Juan Gil–Albert, que estuvo exiliado en México—, como el caso del colombiano Porfirio Barba Jacob, además del propio Salvador Novo. No es casualidad, por ello, que yo haya hablado de mi amistad especial con Gil–Albert o Jaime Gil de Biedma, o que haya reeditado a autores como Retana u Hoyos y Vinent (La vejez de Heliogábalo) sin descuidar a talentos universales como Lorca o Cernuda. Y de ayudar a que se valorara al grupo de la revista Cántico de Córdoba, salida en los años cuarenta con una clara opción de estética cultural y neopagana, hecha por poetas gay, de los que vive aún —al filo de los 95 años— Pablo García Baena. Si dejo todo esto aparte, mi opción gay no ha estado nunca muy cercana a lo que puedo llamar el “oficialismo LGTB” que tanto ha conseguido. Apoyé el matrimonio entre parejas del mismo sexo, aunque prefiero el “amor libre”, pero creo en la igualdad de derechos de los ciudadanos y en que la iglesia católica no se entrometa. Defiendo ese matrimonio que no usaría. Pero me aterra el actual camino que lleva el mundo gay de asemejarse a la heterosexualidad (matrimonios, hijos adoptivos o de vientres de alquiler) porque todo ello quita a la homosexualidad su espoleta rebelde. No quiero presentar a mi pareja —veinte años largos más joven que yo— como “mi marido”, expresión aún muy hetero, prefiero que siga siendo mi compañero o mi amante. Creo que el orbe gay debe volver a su tradición cultural rebelde en vez de “domesticarse”, hay mucho que perfeccionar y pulir. Pero el derecho a los matrimonios de sexo igual es un logro irrenunciable, lo uses o no. Es tuyo. Tampoco todo el mundo se divorcia, pero el divorcio es una conquista libre. Lo mismo. L


DE PORTADA

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LABERINTO

ESPECIAL

Amar y morir en los ochenta CRÓNICA WALTER SCHMIDT

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a primera marcha gay que se llevó a cabo en la Ciudad de México se realizó el 26 de julio de 1978, promovida por el Frente Homosexual de Liberación Revolucionario (FHLR) que tenía no solo intereses de orientación sexual, sino también políticos por filiación al comunismo y el anarquismo, y en particular a los movimientos estudiantiles del 68. Es durante la década de 1980 que el movimiento gay mexicano se consolida como una identidad que, como apunta Susana Vargas Cervantes en “¿Gay en México?”, “Mas que un simple sustantivo el vocablo gay tiene un registro de clase media que cuenta con capital cultural, poder adquisitivo y capacidad de movilidad social” (Horizontal, 24 de agosto de 2015). En aquellos años en la Ciudad de México florecieron los bares gay con el 9, El Famoso 41, Le Barón, El Vaquero, El Taller, Spartacus. El 9, que en principio era un bar más bien ñoño, para señores gay de clase media o alta, se fue transformando hasta convertirse en el mayor centro de diversión LGBT, gracias a los hábiles manejos de su administrador Henri Donadieu. En ese antro se hicieron famosos los performances de Jaime Vite en sus personificaciones de Marilyn Monroe y las actuaciones de bandas como Casino Shanghai o La Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio. El grupo Size nunca se presentó en el 9. Mientras que en los otros lugares se acostumbraba presentar carteles con travestis que hacían playback a canciones como “I Will Survive” de Gloria Gaynor o “Love To Love You, Baby” de Donna Summer. La música siempre ha sido un elemento importante para esta comunidad y tiene toda una constelación de dioses y diosas, comenzando por supuesto con Juan Gabriel, seguido de Lupita D’Alessio, Chavela Vargas o la mexicana–española Olvido Gara (mejor conocida como Alaska). Juan Gabriel se elevó a las alturas del Olimpo gay cuando en 1985 apareció el libro Juan Gabriel y yo que no solo narra las aventuras sexuales del divo michoacano, sino que incluyó fotos explícitas donde se le ve jugando en la cama y hasta besándose con un amigo. Además, Juanga atrajo la atención gay hacia Rocío Dúrcal con su álbum Pensamientos y el tema “Debo hacerlo”, un imprescindible. Rodrigo Lagarda, en su artículo “Vamos al Noa Noa: de homosexualidad, secretos a voces y ambivalencias en la música de Juan Gabriel”, nos dice que “Juan Gabriel, como un héroe de la cultura popular, ha jugado un papel importante en la creación de identidades, en particular de la identidad gay en México”.

Boy George, vocalista de Culture Club

Lupita D’Alessio se hizo consentida por sus canciones de amores atormentados. Chavela Vargas ya tenía rato perturbando conciencias y, aunque durante la década de los ochenta no tuvo mucha actividad, su personalidad siempre fue motivo de orgullo y admiración gay. Alaska y su grupo Dinarama fueron también adoptados con temas como “A quién le importa” o “Ni tu ni nadie” y fue coronada “Reina Gay de México” en el Spartacus. La influencia de la música extranjera se hacía sentir fuertemente en las discos y bares gay. El grupo de San Francisco Village People aportó himnos como “YMCA” o “Macho Man”, Queen y su cantante Freddie Mercury, “We Are the Champions”; Frankie goes to Hollywood, “Relax”; Dead or Alive, “Brand New Lover”; George Michael, “Wake Me Up Before You Go–go”; Culture Club, “Karma Chameleon”… Un caso que merece una mención especial es el grupo mexicano MCC (Música y Contra Cultura), con su cantante Mario Rivas y su tecladista y compositor Humberto Álvarez, quienes participaron activamente con distintas agrupaciones de liberación gay. Mario murió víctima del VIH. En cuanto al cine, el mayor referente en el México gay de los años ochenta fue Pedro Almodóvar con películas como La ley del deseo o Mujeres al borde de un ataque de nervios, y su grupo musical Almodóvar y McNamara con canciones como “Voy a ser mamá” o “Satanasa” —del álbum ¿Cómo está el servicio de señoras— se convirtieron en objeto de culto. Y en cuanto al cine mexicano, Doña Herlinda y su hijo, dirigida por Jaime Humberto Hermosillo y basada en un cuento de Jorge López Páez, causó un gran revuelo.

Uno de los libros más influyentes fue El vampiro de la colonia Roma, que consolidó a su autor, Luis Zapata, como “el escritor”. Las drogas más consumidas eran el alcohol y la cocaína, con los poppers (producto aspirable que se vende como desodorante de armarios), siguiéndolas de cerca en el “ambiente”. Otras, como la mezcalina y el LSD, tenían menos adictos gay. Las adicciones siempre han estado afectándolos y parecen ser parte integral de la escena. Pero no todo fue fiesta y diversión. El Síndrome de Inmunodeficiencia Humana aparece con sus connotaciones de “castigo divino”. El 6 de agosto de 1983 muere el cantante alemán Klaus Nomi, la primera estrella del pop víctima del VIH. Al parecer, fue un foco rojo que alertó a la comunidad gay internacional, al igual que el fallecimiento, también por VIH, del actor Rock Hudson, ocurrido en octubre de 1985 y que tuvo una gran publicidad. A principios de los años ochenta no existían los medicamentos que hay en la actualidad y en consecuencia mucha gente murió poco tiempo después de habérsele diagnosticado la enfermedad. Cabe recordar que en esos años no existían en México las tiendas de sexo como se conocen actualmente. La pornografía homo circulaba clandestinamente. Hoy los homosexuales han ganado nuevos derechos, como el del matrimonio. Hay mayor tolerancia, que se promueve con carteles y anuncios en el transporte público y miles de establecimientos. La gente ya casi no se escandaliza cuando ve a una pareja gay abrazada, tomada de la mano o besándose en la calle. México es otro. L GUILLERMO ARREOLA

Apuntes para un cuadro de mi vida gay RETRATO GUILLERMO ARREOLA

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os impuestos a la vida del artista son muy altos: paga con su cuerpo, con su carne; tiene que pagar con una historia, y si ésta va acompañada de un glosario de su sexualidad, mejor. Si un artista lo es de veras, deberá pagar los aranceles de su existencia con su propia piel. La piel del artista arde en el fuego purificador de su existencia, si acaso, y de las lágrimas de cocodrilo del público. El artista es el ser que ha reconocido que todo viaje conduce al vacío que hay frente de sí y bajo sus pies, ha reconocido que su final es la promesa de una supernova, un éxtasis para el público. El vacío alcanza un alto

precio en la subasta del lenguaje, quizá tanto como la sexualidad. El artista no crea para ganarse o perder la vida ni para aprender; y sin embargo sabe que hay que defender su cuerpo, pase lo que pase, defender su raíz. El artista es quien palpa su propio pensamiento, quien se aferra a su sexo: “no importa a dónde vayan todos, yo me quedo conmigo, adentro de mi vida y de mi muerte, y no obstante siempre intentando vivir”. Es que ha reconocido también que somos solo un juego de la vida interestelar. Surge un artista, se le confunde con noticias. Aparecen los críticos de arte proponiendo un enjambre de significados. La parte más frágil de los críticos de arte son sus propios ojos. Casi todos los críticos de arte del mundo han tenido problemas oculares.

Groenlandia I, a partir del poema "Groenlandia" de Enzia Verduchi

Gian Giacomo Caprotti da Orando, el llamado Salai, hizo trapos con el desnudo corazón de su mentor. Aunque no se sabe, de cierto, si también con su sexualidad. En algún momento me he de haber topado con alguien; era otro y creí que era yo. Me reconocí. Un igual, otro, a

cuyo cuerpo veloces se abalanzaron todos mis deseos. Los de la carne y los inventados. Quise pintarlo, quise escribirlo. Desde entonces, vive en mi superficie, queriendo ser mi espejo. Me ciño a él. Me veo. Me desea. El lector está callado, y mirando fijamente el color negro de sus pantallas. L


MILENIO

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EN LIBRERÍAS

LOS AFECTOS RODRIGO HASBÚN Random House México, 2016 140 pp. La aventurera familia Ertl abandona el terruño tras la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial y se afinca en Bolivia, país donde el jefe del clan, Hans Ertl, decide lanzarse en pos de una hazaña: llegar a Patití, la ciudad inca oculta en la selva amazónica. Así comienza esta novela recreada en la América Latina de los años cincuenta y sesenta y cuya esencia narrativa son los vínculos entre Hans, su esposa y sus tres hijas: los conflictos emocionales, los vacíos, los anhelos sentimentales pero, sobre todo, el temple para vivir en el mundo como en una perpetua epopeya.

LA AMIGA ESTUPENDA ELENA FERRANTE Lumen México, 2016 386 pp. Napolés en la década de 1950 es el escenario de esta novela que inaugura una tetralogía y que pasa por la infancia y la juventud de dos personajes unidos por la complicidad y el cariño: Lila y Lenú. Al registrar las huellas que dejan sus existencias, Ferrante construye un enorme fresco que tiene a un puñado de familias como centro de la atención. Con visos de viaje iniciático, La amiga estupenda se erige de esta manera como una radiografía del sur de Italia, donde el honor y las deudas de sangre se imponen a la razón más simple y, por supuesto, a la ley.

CUENTOS ESCOGIDOS FLANNERY O’CONNOR Debolsillo México, 2106 480 pp. A la narradora estadunidense Mary Flannery O’Connor sus críticos la han emparentado con William Faulkner, Truman Capote y Carson McCullers, no solo por compartir un espacio geográfico, sino también por sus logros artísticos; más discutible es la asociación que se le hace con el autor de La letra escarlata, Nathaniel Hawthorne. La originalidad de su escritura proviene en buena medida de que desciende de una familia católica. Gustavo Martín Garzo, autor del prólogo, considera su obra como una de las más “extrañas, perturbadoras e inquietantes de la literatura universal”.

MITLA NELLY M. ROBLES GARCÍA Fondo de Cultura Económica/ Colegio de México México, 2016 164 pp. Vasto es el recorrido que emprende la antropóloga Robles García: desde los primeros asentamientos en la región donde Mitla se habría de afincar hasta las primeras décadas del siglo XX, cuando iniciaron las exploraciones arqueológicas en Oaxaca. Destacan dos hechos: Mitla fue elegido por los cazadores como el laboratorio agrícola que hizo posible el cultivo a gran escala de maíz, calabaza y frijol, que dio origen a las sociedades sedentarias de Mesoamérica; el segundo es la capacidad de sus pobladores para adaptarse a la realidad que impuso la Conquista.

REVISTA DE LA UNIVERSIDAD DE MÉXICO Núm. 148 Junio México, 2016 112 pp. En esta entrega, el monstruo de Mary Shelley es abordado por Roberto Coria, Rosa Beltrán, Hernán Lara, Vicente Quirarte y Bernardo Ruiz. Se incluyen poemas de María Baranda, Elsa Cross y Sandra Lorenzano, y narrativa de Héctor Anaya, Silvia Molina, Alberto Paredes y Guillermo Samperio. Por su parte, Margarita Peña aborda a Cervantes, Evodio Escalante a García de Mendoza y Juan Pellicer a García Robles. Jorge Ruiz Dueñas y Jaime Labastida miran a Tijuana mientras que José Manuel Schmill aporta las imágenes para el reportaje gráfico, entre otros materiales.

ARBITRARIA, MUESTRARIO DE POESÍA Y ENSAYO

Antílope México, 2016

¿Argenmex o texmex? POESÍA EN SEGUNDOS

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VÍCTOR MANUEL MENDIOLA mendiola54@yahoo.com.mx

sí como los recientes ensayos y antologías sobre nuestra literatura de José María Espinasa, Carlos López Beltrán, Pedro Serrano, Juan Domingo Argüelles, Rogelio Guedea y Delia Juárez nos permiten repensar el extraño momento de riqueza indiscutible, populismo atroz y confusión inevitable que viven nuestras letras, Arbitraria, muestrario de poesía y ensayo (Antílope, 2016) nos abre ahora, gracias a su oportuna brevedad —piezas únicas— y a su afortunada recopilación —composiciones representativas—, un camino para comprender la literatura mexicana más joven de hoy. Arbitraria, en su pequeñísima introducción, parte de dos ideas: el ensayo y la poesía tienen una exhibición escasa en la industria editorial, son “géneros subrepresentados”; y estas dos formas, la crítica y la lírica, son “las propuestas más arriesgadas”. Dejando de lado la cuestión de por qué el ensayo y la poesía están subrepresentados, podemos preguntarnos qué es lo que caracteriza la aventura de estas nuevas letras. Definitivamente, la búsqueda de concreción. A lo largo de los 24 textos reunidos, el lector advierte una urgencia de sustancia. Cada una de las composiciones posee la virtud de ofrecer, a veces con ironía, un objeto o un tópico evidente e imperdible. Todo lo contrario de lo que ocurría hasta hace poco con la falsa y farragosa manera de muchos de los “neobarrocos”. En los textos de Arbitraria hay un hambre de inmediatez matérica, aunque al mismo tiempo —y esto es interesante— hay mediación, complejidad. Es decir, los textos de este florilegio son accesibles, pero no carecen de perspicacia y multiplicidad. Asimismo, suenan auténticos. En cuanto a la forma, predomina un híbrido de ensayo y creación, y la preferencia por la prosa —de un modo abierto o en líneas cortadas—. Recuerdan, muchas veces, la poesía argentina agringada y llena de sentimientos de inferioridad ante los poemas de Borges. Y aquí es donde comienza el otro lado de la moneda. El desplante claridoso de los ensayos y poemas de Arbitraria insinúa no solo una diferencia con la poesía de las vagas “complejidades” sino con toda la tradición. Así, sin diferencia, como si el sintético tiempo interior del verso —números e igualdades— solo fuera poesía culta cursi o sentimentalismo protocolario. ¿Qué esconde esta postura? Candor. Entraña la idea de que la prosaica poesía sudaca nos da una nueva originalidad, cuando solo es un epígono de la norteamericana que la mexicana pensó, tradujo y devoró hace mucho. De hecho, los mexicanos han difundido, a través de las pequeñas editoriales, una parte esencial de la poesía en inglés de la segunda mitad del siglo XX. Aquí, y allá —en el Sur—. La simpleza ha desvinculado a los nuevos escritores de la raíz universal, cosmopolita, caníbal de la poesía mexicana y los ha liberado de un rigor e inteligencia extremos. Sintiéndose locales de otras literaturas, con raíces cortas, los jóvenes se adivinan novedosos. Quizá por eso muchos de sus textos están, en ocasiones, redactados en forma floja; practican el ripio, no en rima, en aliteración; y confunden la densidad intelectual mexicana —sin miedo a Rilke y a Borges— con una solemnidad del estilo. La candidez ha creado, no en Argentina sino aquí ¡en México!, una nueva forma de escritor argenmex . Quizá lo que ha subyugado a una parte de los jóvenes es un inhábil rap tejano con el “ta” del acento rioplatense. Poesía sin noúmeno y neuma. ¿Qué va a ganar? ¿La concreción viva o la arbitraria cháchara acomplejada? L


CINE

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LABERINTO

ESPECIAL

A través del personaje quería mostrar a los antihéroes cotidianos que se ven obligados a ir un poco más allá para resolver sus problemas. Unos de los rasgos de Don Cleo, como antihéroe, son la empatía con el espectador y la conciencia de los límites entre el bien y el mal.

Don Cleo es un antihéroe de la épica cotidiana. Un sujeto que se juega la vida, sobrevive; alguien a quien no le salen las cosas, pierde el trabajo, lo asaltan. Son situaciones cotidianas; si se asoma a su ventana seguramente verá a alguien como él. En nuestros países las realidades son similares pero a veces no somos conscientes de ello. ¿Hasta dónde se vale tomar la justicia por uno mismo y hacer a un lado la ley?

Cuando tu vida o la de tu gente está en riesgo, el discurso moral cambia. Don Cleo descubre que la justicia no puede hacer nada por él y, en consecuencia, no hay más que moverse por uno mismo; incluso en ocasiones se alía con el mal por una cuestión de vida o muerte. En momentos límite la moral y la ética pasan a segundo término. Exhibe también la imposibilidad del Estado para afrontar a ciertos sectores del crimen.

Arturo Menéndez

“En momentos límite, la moral pasa a segundo término”

En nuestro país es común ver autoridades con las manos atadas, por mucha voluntad que tengan. Me parece importante y necesario hablar de aquellas situaciones en las que la justicia se convierte en un personaje mudo.

Malacrianza reconstruye la violencia en San Salvador para crear un espejo de otras realidades de América Latina

Las condiciones de rodaje fueron guerrilleras. Filmamos en la calle y sin permisos. Cuando llegaba la policía pedíamos su apoyo y casi siempre accedió. Es verdad que en una ocasión una pandilla nos ofreció seguridad a cambio de no convocar a las autoridades. Su líder fue muy amable, incluso quería colaborar o aparecer en la película.

HÉCTOR GONZÁLEZ gonzalezjordan@gmail.com

ENTREVISTA

D

on Cleo (Santiago García) es un humilde vendedor de piñatas en San Salvador. Un mal día recibe una nota de extorsión por quinientos dólares. Acude con las autoridades y amigos en busca de ayuda pero topa con pared. Desesperado, no encuentra otra solución más que enfrentarse a los criminales. Inspirado en un hecho real, el director salvadoreño Arturo Menéndez filmó Malacrianza, una historia latinoamericana de cabo a rabo. Valga decir para la estadística que ésta es la primera película de El Salvador que viaja a festivales desde 1969.

Su película partió de una anécdota real.

En 2010, un señor de edad avanzada me contó que estaba dispuesto a salir de El Salvador por una extorsión. Su drama me motivó a escribir el guión; no obstante, retomé cosas de otro conocido. Digamos que Malacrianza es una especie de collage de distintas realidades. Don Cleo encarna la frustración de quien a falta de respuesta de las autoridades busca hacer justicia por propia mano.

En Latinoamérica sucede constantemente.

HOMBRE DE CELULOIDE

¿Es verdad que durante el rodaje una pandilla le ofreció seguridad a cambio de no pedir apoyo policiaco?

Ahí hay otro tema: los territorios impenetrables para la ley y que funcionan en paralelo al Estado.

Es curioso, los pandilleros se mostraron cálidos cuando vieron que podían confiar en nosotros. Creo que su reacción social obedece a la forma en que la sociedad los sataniza. Malacrianza es la primera película salvadoreña que tiene proyección internacional desde 1969. ¿Por qué?

No somos un país con una cultura cinematográfica tan grande. Al ser una nación con tantos problemas, obviamente el cine y las artes se colocan en el tercer o cuarto lugar de prioridades. Hasta hace poco el gobierno salvadoreño creó apoyos a través del Ministerio de Economía y de la industria privada, de modo que confío en que esto cambiará. L FERNANDO ZAMORA

@fernandovzamora ESPECIAL

Comedia sin sentido

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rancia tiene muchos problemas. En la mentalidad de Anne Giafferi, nada que una buena comedia de espíritu cincuentón no pueda remediar. La falta de expectativas entre los jóvenes, la incapacidad para comprometerse, la ausencia de padre, la mujer excesivamente cargada de responsabilidades; todas estas linduras y otras más resultan pocas cuando los personajes son la adolescente tonta, la abuela loca, el seductor francés y un muchacho con lentes. Hay quien cree que solo México produce “comedias románticas” carentes de sentido. Amor por encargo demuestra que Francia también. Amor por encargo (título casi tan desatinado como la película) nació como obra de teatro y en el espíritu de obra de teatro se ha mantenido. Incluso ha crecido hasta volverse este filme que, a decir verdad, entretiene cuando menos los primeros treinta minutos. Y es que en este tiempo uno tiene aún la esperanza de que tal vez todo mejore y la película se vuelva una obra ligerita pero tan buena como aquellas que

hicieron (entre otros) Yves Montand y Alain Delon. Pues no. Poco a poco se vuelve realidad la sospecha de que ni la guionista ni la realizadora hicieron su tarea para adaptar una obra de teatro a la pantalla. Y no se trata, como podría pensarse, de que tendrían que haber inventado escenas. Se trata de que los personajes actuaran más y hablasen menos. Al menos nos paseamos por París, eso sí. El cantante Patrick Bruel hace de galán. No es hoy tan simpático como lo fue para las jovencitas en los años ochenta, pero el problema es que la descomposición social de Europa hace que todos los temas que toca esta película, lejos de resultar simpáticos, nos parezcan deleznables. Decía la abuela: no se hacen bromas de cuerdas en casa del ahorcado. Isabelle Carré es la comparsa de monsieur Bruel. Carré es la madame cincuentona que tiene el carácter y el dinero para mantener a una hija que, sin trabajo ni futuro, ha decidido que aquello de ser madre puede que le vaya bien. Carré es la única que más o menos resulta simpática en esta película, entre

Amor por encargo (Ange et Gabrielle). dirección: Anne Giafferi. guión: Anne Giafferi, Anne Le, Ny Murielle. con Patrick Bruel, Isabelle Carré, Alice de Lencquesaing y Thomas Soliveres. Francia, 2016.

otras cosas porque sigue siendo muy guapa y porque no parece tener ningún empacho en burlarse de sí misma con todo y que hay un beso, un amante gritón, mucha champaña y una escena en que el seductor francés dice “Oh là là”. Tengo la impresión de que en la lucha por imponer sus valores en el mundo, la cinematografía francesa está hoy tan perdida como la mexicana. No se trata solo de publicitar una ciudad como si fuese tarjeta postal, no se trata de tocar con frivolidad (sea cómica o pensante)

los temas propios de un momento histórico. Para que el cine sea buen cine son necesarias sobre todo dos cosas: un buen guión y buenas actuaciones. Mientras los franceses sigan pensando que la gente va a cambiar las frívolas comedias románticas de Nueva York por las frívolas comedias románticas de París solo porque son películas francesas, estarán tan equivocados como quienes piensan que hay que ver cine mexicano por la única razón de que es cine mexicano. L


MILENIO

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ESCENARIOS

ALBERTO CLAVIJO

Tennessee, oh, Williams MERDE!

BRAULIO PERALTA juanamoza@gmail.com

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La obra escrita y dirigida por Alejandro Ricaño se presenta viernes, sábado y domingo en el Teatro Julio Prieto

Soy la otra El amor de las luciérnagas lanza a los personajes en busca de su doble, siempre grácil y escurridizo TEATRO

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n qué dimensión se podría ubicar la rivalidad entre una persona y su otro yo, siendo aquella más veloz, intuitiva, abusada y virtuosa, pero físicamente idéntica a la original. Qué celos podrían apaciguarse y cómo, si la otra trata a su madre con la familiaridad edificada tras un cúmulo de años y sucesos, lo mismo que al primer novio que insistimos tercamente en que sea el último. Alejandro Ricaño transforma este vértigo en una travesía divertida y alentadora bajo más de cien luces que iluminan el escenario, donde la ansiedad de encontrar quién se es verdaderamente parte en más de tres a un mismo personaje. El amor de las luciérnagas es una obra escrita y dirigida por Ricaño, que ha tenido larga vida desde que fue reconocida con el Premio Bellas Artes Mexicali de Dramaturgia 2012 y ha cumplido varias temporadas hasta llegar a la actual que se anuncia como la última, oportunidad para asomarse a la obra de un dramaturgo mexicano que sabe plasmar en sus textos el caudal de contradicciones que acosan la existencia de personajes que andan por el mundo con su fragilidad y su esperanza a cuestas. Ricaño no se anda con rodeos. Autor de Riñón de cerdo para el desconsuelo, Más pequeños que el Guggenheim y Lo que queda de nosotros, por mencionar solo tres obras de su ya extensa producción, crea personajes que son hombres o mujeres de este mundo, al abordaje de universos deseados, temidos o desasosegados, cuya poderosa ficción los transforma en seres distintos a los que eran antes de descubrir esa verdad que encuentran gracias a su viaje real y fantástico. El amor de las luciérnagas es una obra que cruza la vida de María mientras descubre que lo que escribe en una vieja máquina mecánica se hace realidad, por lo que un duplicado de ella anda suelto. La aparición de una María idéntica, que la autora alcanza a ver, escabulléndose, desde el fondo del funicular donde observa el paisaje de Bergen, detona la angustiante persecución de sí misma en pos de su otro yo autónomo.  

ALEGRÍA MARTÍNEZ alegriamtz@gmail.com

Alejandro Ricaño el dramaturgo, nacido en Xalapa en 1983, hace que sus personajes describan el momento pasado y el presente; narren, dialoguen sus cuitas consigo, con sus otros yo, presentes a unos pasos de distancia y con el espectador, a quien también le hablan de frente. Mediante parlamentos directos, francos, cómicos y en ocasiones soeces, María y su solidaria amiga Lola emprenden un viaje en busca de la doble, que las conduce a tropiezos y hallazgos. Ricaño, el director, desarrolla en escena su propia narraturgia, en este caso sólida y, aunque reiterativa —quizá en busca de un ritmo determinado—, progresiva y dinámica, mediante movimientos coreográficos en los que a ratos participan las tres Marías, en ocasiones también Lola y por momentos su familia, de manera medular. Las escenas se suceden casi cinematográficamente, como si hubiera cortes, disolvencias que se retoman más tarde y siguen su curso en un transitar que se detiene para dar paso al siguiente suceso. Unas maletas con auricular de los años noventa integrado, una silla con el mismo aditamento en color rojo, son lo que necesitan estos personajes viajeros, como si el veliz preservara su esencia. La economía escenográfica permite un trazo limpio y abre un espacio poético que avanza a pie en el centro de la existencia común, plena de guiños para teatreros y de referencias culturales y sociales que, en el contexto de los personajes y al centro de su creciente asombro, hacen explotar carcajadas. Sonia Franco interpreta con frescura y profundidad después de tantos años a la María original, Sara Pinet genera un buen contrapunto en el papel de Lola y Hamlet Ramírez crece en su rol de tlacotalpense desconfiado y tierno. Pablo Marín como el taimado Rómulo y Ricardo Rodríguez firme en sus tres papeles, además de las cuatro jóvenes actrices que alternan a las dos Marías, crean la intermitente sensación de la búsqueda evocada por el poeta Pellicer, lance que Ricaño acepta. L

ra como sus obras de teatro: insinuante, agresivo, tenaz, abiertamente provocador, quizá como respuesta a su extrema timidez. Eso en la vida profesional, porque en lo personal era cauto en sus aventuras con hombres. Escribe en sus Memorias: “He conocido a muchos homosexuales que viven solo para la carne, ese ‘insumiso infierno’ que se prolonga hasta la edad madura y aun más allá y que les marca el rostro y se les refleja hasta en la mirada de sus ojos ávidos. Creo que me salvó de eso el hecho de que el trabajo fue siempre mi primera entrega. Incluso en aquellas ocasiones en que apareció el amor”. Los movimientos gay de los años setenta y ochenta no toleraban a Tennessee Williams, decían, porque su obra no reflejaba el mundo de los hombres que aman a otros hombres. Hoy sabemos que leían muy mal sus obras. El dramaturgo hizo guiños de enorme estética en los personajes de su teatro, principalmente en La gata sobre el tejado caliente —ahora en cartelera, de la que hablé la pasada columna—. Ingenuo pero ingenioso, el autor escribió frases célebres en muchos de sus diálogos teatrales, cuentos y novelas. ¿Qué obra no es personal? La vida de su hermana Rose en un psiquiátrico y lo posesivo de la madre le sirvieron para escribir El zoológico de cristal. Él y nadie más puede ser el alter ego de Blanche Dubois en Un tranvía llamado deseo. No es gratuito que los gay adoren al personaje que dice “dependo de la generosidad de los extraños”. Él mismo confiesa en su libro biográfico: “de hecho, me atrevería a decir que los desconocidos, las amistades fortuitas, me han demostrado más generosidad que los amigos… lo que no dice mucho en mi favor”. La clave con que debieran analizarse algunos parlamentos de Tennessee Williams es ese misterio que los hace bellos y desgarradores, que transforma a quien los escucha con atención y, obvio, sentido y sensibilidad. Las mentiras detrás de La gata sobre el tejado caliente revientan en el momento que el padre desnuda a su hijo Brick de su homosexualidad encubierta a través de un matrimonio: “soy un hombre mayor, ya nada me asusta; puedo entender”. La sutileza importa. La valentía de sobreponerse a los hechos terribles, también. Elia Kazan, el primero en dirigir la pieza, exigió a Tennessee Williams dejar las disquisiciones a gente incapaz de entender otras formas de amar. El dramaturgo lo aceptó como un reto y la obra no la cambió nunca más. O aquel cuento de sus grandes cuentos en Trago amargo: un viejo que regalaba monedas y caramelos duros en el cine a jóvenes que se acercaban a él para hacer sexo en la oscuridad. Un día, le dio una trombosis en pleno acto amatorio, dicen. Un relato de aquellos años, los cincuenta, donde la vida gay era de otro modo (¿ya no?). O en su novela La primavera romana de la señora Stone: una mujer madura adquiere los favores de una belleza prostituida, de los bajos fondos. Tennessee, oh, Williams: la vida es como una piedra. Pero lo que se rompe es uno, no la vida. L ESPECIAL

El autor de Un tranvia llamado deseo


VARIA

sábado 25 de junio de 2016

p. 12

LABERINTO

ESPECIAL

Materia gris DAVID TOSCANA dtoscana@gmail.com

TOSCANADAS

D

ecía Anatole France que si Napoleón hubiese sido tan inteligente como Baruch Spinoza habría vivido en una buhardilla y escrito cuatro libros. Esto podría servirle a los burros con autoestima napoleónica para justificar su estulticia, su apatía ante la lectura o su ignorancia de las ciencias y humanidades; mas para tal cosa tendrían que saber quién es Spinoza y quién Napoleón, más allá de alguna historieta sobre sus amores con Josefina. En todo caso, las palabras de Anatole France valdrían para desacreditar al filósofo–rey de Platón, pero el uso que da al concepto de “inteligencia” resulta engañoso. Las virtudes intelectuales de Napoleón sin duda eran distintas a las de Spinoza, si bien cada uno podría ganar en su terreno. En un congreso de teología o filosofía, sin duda Napoleón haría el ridículo; en un debate sobre campañas militares, los papeles se invertirían. Spinoza también ganaría en matemáticas o geometría o en fabricación de lentes, aunque saldría perdiendo si el tema fuese la política o la geografía o la egiptología o la vitivinicultura o el sexo. La mera fuerza de carácter de Napoleón es ya una virtud de la inteligencia delante de la estoica mansedumbre de Spinoza. Tanto así que la frase de Anatole France no se podría invertir para expresarse en estos términos: si Spinoza hubiese sido tan inteligente como Napoleón habría conquistado más de media Europa.

Lo cierto es que lo que llamamos inteligencia corresponde a un coctel de muchas habilidades mentales, y la mezcla de todas ellas da como resultado un personaje inteligente si su voluntad o vocación comulga con ese coctel. O sea, si alguien tiene grandes habilidades astronómicas y nulas capacidades musicales, parecerá talentoso en el observatorio y un patán en el conservatorio. Por eso, en una sombría versión del principio de Peter, he visto morir muchas inteligencias en las universidades: excelentes profesores que terminan siendo mediocres administradores de sus departamentos, pues la escalera hacia arriba no los lleva a la investigación sino a la burocracia. La inteligencia o falta de ella que más suele desvelarnos es aquella de los líderes políticos. Vemos en todo el mundo que los partidos políticos difícilmente encuentran en sus filas gente que siquiera alcance mediana capacidad intelectual. Entre sus treintaiún millones de afiliados los republicanos gringos no hallaron una sola cabecita que pudiera imponerse a Trump. Pensaba dispersamente en esos asuntos porque durante un partido de futbol de la Copa América que miraba de reojo, escuché de reoreja que se hacía un comentario sobre alguno de los que estaban en la cancha: “No solo es más inteligente que el promedio de la gente”, dijo el comentarista, “es más inteligente que el promedio de los futbolistas”. Desconozco a quién se refería,

LO QUE CONTEMPLAS

Anatole France

pero la mera idea de que la media de inteligencia de los futbolistas fuera superior a la media de la gente en general me dejó desolado. Entendí entonces por qué la Sedesol quiere sacar a los jóvenes de la ignorancia con un balón. Entendí por qué en Lisboa hay un enorme cartel con la leyenda “Os génios vivem para sempre”, y la fotografía es de Eusebio, no de Saramago o Pessoa. Entendí por qué tan poca gente lee poesía y en cambio está tan al pendiente de los lugares comunes de un futbolista. Finalmente entendí por qué se les toca el himno nacional a esos once eruditos que flotan por encima de la aurea mediocritas. Ya con los pies en la tierra solo me quedó volver a Anatole France para preguntarme qué habría sido de Borges con la inteligencia de Messi o de Messi con la de Borges. L ADRIANA DÍAZ ENCISO

adrianadiazenciso@gmail.com ESPECIAL

Lo que somos

E

n lo que a pirámides se refiere, he visto mejores. La recién inaugurada extensión recubierta de ladrillo de la galería Tate Modern en Londres, obra del despacho arquitectónico Herzog & de Meuron, es una asfixiante proyección al siglo XXI del penal de alta seguridad de Tenochtitlan. El acceso por la antigua sala de tanques, tan lúgubre como siempre, invita a una instalación de video de Marvin Gaye Chetwynd. Un letrero advierte que en la obra hay “contenido adulto”. Se habrán de referir a las míseras escenas de desnudos o las vaginas que aparecen sin ton ni son. Una pareja se sienta a mi lado con una niñita. El hombre no le dedica ni una mirada a este desfile de sordidez posmoderna, de un humor que no es alegre, inteligente ni gracioso: se dedica a filmar con su teléfono a mujer y niña. En otro performance unos jóvenes desangelados se echan al suelo y juegan a ser bicicletas. Una guardería de adultos. La gran escalera en espiral estruja el corazón como el castillo de Kafka. Los ascensores llevan al décimo piso, que promete vistas espectaculares. El mirador es un rectángulo inhóspito y gris; la celosía de ladrillos le da un aire de estacionamiento, y la vista espectacular es la de un Londres destruido, St Paul’s contraída entre vulgares competencias de altura y departamentos de lujo. Los ventanales muestran viviendas escalofriantes de perfecta esterilidad. El interior de concreto de la nueva ala es más brutal que brutalista; se siente su peso en el pecho. La mayoría de los pisos aún están vacíos de arte, aunque llenos de gente somnolienta. Las pocas salas activas son espacios eficientes que liberan por un momento de la opresión circundante

La Tate Modern en Londres

y su ración de luz regateada por la reja de ladrillos. Hay vida en la angustia de Louise Bourgeois, en las fotografías de Konttinen: humanidad, como contraste, en edificios dilapidados. Las estrellas de una instalación estridente debían ser unas guacamayas. Un letrero niega crueldad alguna: son animales acostumbrados a la escena. Otro dice que, por haber tantos visitantes, ahora están con sus dueños. Una sala exhibe un par de bellos objetos impersonales entre una aglomeración de absurdos. La hermosa película Song Delay, de Joan Jonas, una poética de la desolación, es más bien ignorada por una horda de gente distraída y zombificada.

Hay grandes letreros: “Art”. “Eat & Shop”. Un café anodino da a una terraza de concreto sin una brizna de verde. El recorrido es una experiencia opresiva de fealdad, desconexión, alienación. Ya mejorará cuando las obras empiecen a llenar sus salas, pero poco se podrá hacer contra esta pretenciosa monumentalidad estéril, fruto del maridaje entre arte, turismo y embotamiento de la sensibilidad. Entre tanta fealdad tan aceptada, tan visitada y aplaudida, la única verdadera transgresión posible, hoy día, es la belleza. La nueva ala de la Tate cumple su función: representa fielmente nuestra cultura, lo que somos. Hay motivos de alarma. L

Suplemento Laberinto 680. 25 de junio de 2016  
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