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Escribir es, bรกsicamente, reescribir hasta el hartazgo.


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4. Sandro W. Centuri贸n

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© Sandro W. Centurión. © 2013 Queda prohibida la reproducción por cualquier medio sin previa autorización escrita. sandrocenturión@yahoo.com.ar Diseño de tapa e interior: tinta interior ediciones. La imagen de tapa fue bajada de sxc.hu y no posee derechos comprometidos. Isbn 978-1-291-50805-5 lulu.com


6. Sandro W. Centurión

“La mujer fatal es la que se ve una vez y se recuerda siempre. Esas mujeres son desastres de los cuales quedan siempre vestigios en el cuerpo y en el alma. Hay hombres que se matan por ellas; otros que se extravían...” R. del Valle Inclán, La cara de Dios, 1900 “Las kunoichi son mujeres ninja. Fueron utilizadas como asesinas y espías. El entrenamiento habitual de las kunoichi difería radicalmente en el conjunto de habilidades del ninja. Se las instruía específicamente en un grupo de destrezas que sólo una mujer podía usar. Este abanico técnico convertía a la kunoichi en una versátil herramienta contra el hombre”. Wikipedia.es


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8. Sandro W. Centurión Índice Prólogo; 11 Nota preliminar; 13 Primer espejo 1.Un cuento no policial; 15 Segundo espejo 2. Las ratas de Hamelin; 21 3. Luna llena; 22 4. Gorda; 23 5. Té de tilo; 24 6. El dedo; 26 7. Almohadas; 29 8. Reconciliación; 30 9. El pretendiente; 32 10. Una princesa conduce un camión; 34 11. Ella me atrae; 35 Tercer espejo 12. Acusado; 37 13. Conciencia; 38 14. Vigía; 39 15. Navidad; 42 16. Recordar; 43 17. Tal vez; 45 18. Una noche sin luna;46


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Cuarto espejo 19. Ajuste de cuentas; 47 20. Conversación en el zoológico; 48 21. En el teatro; 49 22. El escultor; 50 23. Rebobinando; 51 24. Piezas; 53 25. Miradas; 55 Quinto espejo 26. Sensación térmica; 57 27. La insoportable insensatez de los zombis; 58 28. Aventura onírica; 60 29. Bostezo; 62 30. Un hachazo en la frente; 64 31. La soga en el cuello; 66 32. Fusilamientos; 67 33. El nombre; 68 Sexto espejo 34. Seguidores; 71 35. Robar el banco; 72 36. Ladrones; 73


10. Sandro W. Centurión 37. Una coartada clásica; 74 38. Grietas; 76 39. Bostezo; 77 Séptimo espejo 40. El minotauro y el laberinto; 79 41. Valeria y los espejos; 82 42. Dinosaurio; 83


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12. Sandro W. Centurión Prólogo Sandro Centurión se divierte y nos divierte, juega y nos invita a jugar, hace de la microficción un espacio de felicidad pero también de desasosiego. Trama pequeñas historias y las ata con habilidad a un personaje femenino cuya figura nunca es la misma y cuya alma vaga por los intersticios de la realidad y el delirio. Sandro sabe hacerlo, siempre lo logra y esta vez también: apela a la intertextualidad (todos los textos anteriores que inevitablemente dialogan con los nuevos y la sincronía: es decir, la capacidad de que estos textos anteriores tengan algo que significarnos en el presente). Valeria es una mujer y todas las mujeres posibles y las imposibles. Los espejos, tan visitados por la literatura de todos los tiempos, son aquí los mundos a los cuales nos asomamos todos los días para saber que ese otro que también no somos nos acompaña inevitablemente. A disfrutar de esta nueva producción de este inteligentísimo narrador formoseño


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que hace de la narrativa breve un territorio lleno de intencionalidades y a la vez de goce. Orlando Van Bredam


14. Sandro W. Centurión Nota preliminar Puede que Valeria y los espejos sea un libro de microrrelatos policiales, o acaso una novela negra contada con fragmentos e historias breves, lo que el lector prefiera. Al fin y al cabo los libros, cualesquiera sean, corren con la suerte que el lector le otorgue. Tal vez por eso este es un libro para lectores inquietos, disconformes, enojosos, para los que gustan de encontrarles vueltas y contratuercas al asunto, explicaciones e interpretaciones ocultas, esos que se devanan los sesos para entender lo no dicho y descubrir el enigmático secreto que se esconde detrás de los espejos. Es este un rompecabezas en el que las piezas siempre encajan no importa dónde las pongas. Así, Valería podrá ser una cruel asesina, una mujer fatal, una víctima de los hombres, una alegoría fantástica, una loca, lo que mejor le parezca al lector. Es este un libro que busca lectores complices para terminarse, es desde el vamos una obra


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que se reconoce inacabada y factible de ser reescrita hasta el infinito. El autor


16. Sandro W. Centurión Primer espejo 1 La novela no policial carece de los elementos principales de la narrativa policial: la figura de un investigador, un detective, un comisario o una vieja curiosa que se mete en lo que no le importa, la presencia de un enigma, sospechosos, y desde luego el/los culpables. En la novela no policial nadie investiga, nadie le dedica dos segundos de su tiempo a resolver un crimen. Tampoco hay enigma ni incertidumbre alguna, y es lógico pues si no hay un investigador tampoco hay enigma que salga a la luz. Si un árbol cae en medio del bosque y nadie lo oye ¿cayó realmente? Si a una mujer como Valeria le disparan en la cabeza en medio de la calle y nadie se interesa en saber qué pasó ¿le dispararon realmente?


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En las novelas policiales suele haber sospechosos con suficientes motivos para matar a la víctima. Acá no. En la novela no policial sólo hay transeúntes ocasionales, vecinos chismosos, voces extrañas, historias equivocadas, gente, muchedumbre, incertidumbre, la masa, nadie. Entonces, sin enigma, sin sospechosos, sin investigador, el culpable no existe. En la novela no policial la búsqueda de un culpable resulta innecesaria para la reconstrucción de la historia. La ausencia de estos elementos fundamentales de la ficción policial reafirma la imposibilidad de incorporar a la historia de Valeria en la prestigiosa categoría de novela policial. Esto desde luego genera consecuencias indeseadas a la hora de poder entender lo que le pasó a Valeria. Se sabe que Valeria recibió tres balazos en la cabeza en medio de la calle cuando salía de su casa y punto. Es una típica novela no policial, una producción estética propia de la


18. Sandro W. Centurión decadente posmodernidad que toma como punto central de la construcción narratológica el desinterés por la cosa humana. La novela no policial no es transgresora, es decadente, desanimada, escrita por el sólo acto de juntar palabras para llenar espacios y repetir un molde hueco por dentro. Esta historia, la de Valeria, no es una novela policial, es la vida de Valeria y por ende solo atañe a Valeria, (que está muerta) o a lo sumo a su madre, y a su hijo, que lloran con desconsuelo junto a su cadáver que aun chorrea los últimos restos de sangre. En la novela no policial el elemento principal, único para ser más preciso, es la ineludible presencia de la víctima. Es la víctima en su destellante soledad la que ocupa el centro de la escena, la que fundamenta, sostiene y alimenta con su cuerpo y con su sangre a la historia en su conjunto. Pero la víctima es víctima sólo en el presente, el estado natural de la víctima es el efímero presente pues en el pasado no era víctima


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era otra cosa, una inexistencia para la novela no policial. Es el crimen lo que le da existencia, lo que la hace visible por un instante, sin esto la v铆ctima es nada, o mejor dicho es apenas Valeria. Por ello la novela no policial solo existe en la inmediatez del tiempo presente, a diferencia del relato policial que es una mera reconstrucci贸n del pasado. El pasado de Valeria no importa pues antes de que alguien le disparara tres tiros en la cabeza en medio de la calle al salir de su casa, Valeria no exist铆a. Ahora existe, muerta. En esta novela no policial no tiene sentido adelantarse y leer el final para develar el enigma, que no existe. No hay pistas falsas que conduzcan el razonamiento hacia otra parte, no hay pistas ciertas que pasen desapercibidas para el ojo entrenado. No. No hay nada de eso porque a la novela no policial no le interesa mantener atrapado al lector en una trama hip贸crita y artificial. La novela no policial no narra una historia, la escupe.


20. Sandro W. Centurión Por eso nadie con un poco de sentido común contaría la historia de Valeria como una novela policial y si lo hiciera el relato sería inverosímil. Lo cierto es que a Valeria le dispararon tres veces en la cabeza al salir de su casa. La policía jamás llegó porque en el Barrio de Valeria la policía no entra. El barrio entonces es también no policial. Nadie tomó fotos, nadie interrogó a posibles testigos, ni se llenaron interminables formularios. Eso ocurre en la ficción o en una realidad paralela, paralela a la ruta que divide el barrio de Valeria del resto de la sociedad donde sí se narran historias policiales. Para Valeria no hay novela policial por la simple razón de que su historia no encaja en los moldes ortodoxos de la literatura. Para Valeria entonces hay una no literatura, una novela no policial. Como tantas, Valeria terminó tirada en la calle. Ese es el final recurrente en una novela no policial. En la novela no policial no hay crímenes perfectos ni imperfectos. Sólo


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crímenes que saben a cotidianeidad. La misma idea de crimen se cuestiona en la novela no policial. A veces es apenas algo que le pasó a alguien a una hora determinada. Un hecho inevitable en el destino de quienes viven de este lado de la ruta. Ahora el hijo de Valeria anda armado. No trata de averiguar quién mató a su madre porque está seguro de saberlo desde siempre. Ni bien se lo cruce en el barrio le va a pagar tres tiros en la cabeza. Pero esa es otra historia, otra novela no policial.


22. Sandro W. Centuri贸n Segundo espejo 2 Valeria twitea: Las ratas siguieron al flautista hasta el borde del precipicio. Luego, lo obligaron a saltar.


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3 Valeria dice: Tienen que soltarlo. Él no tiene la culpa de ser lo que es. Es así nomás, una maldición. Si la mayor parte del tiempo es un hombre normal y cariñoso. Se lo juro. Vaya a saber por qué los viernes se pone así, se convierte. Ha de ser culpa de la luna llena. Porque de seguro no es su culpa. Si lo lleva en la sangre. Qué va a hacer el pobre. Su padre era lo mismo. Tienen que dejarlo ir. A pesar de todo yo lo quiero y sé que él también me quiere. Soy lo único que tiene. Además no es para tanto, no es nada grave. A mí el ojo morado se me deshincha rápido. Tienen que soltarlo, por favor oficial. Tienen que soltarlo.


24. Sandro W. Centuri贸n 4 Valeria piensa: Hay una mujer gorda en el espejo, est谩 decidida a matarme. A menos que yo la mate antes, de hambre.


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5 Valeria tenía una planta de tilo en el fondo del patio. Se la había regalado su madre. Es buena para el corazón, le había dicho, y te va a ayudar a calmarle los nervios a tu marido. Rogelio, su primer marido, era un tipo nervioso y cuando se ponía nervioso se desquitaba con la pobre Valeria, que un poco tonta, un poco bruta, como decía su madre, soportaba, en silencio, los golpes. Valeria siguió el consejo de su madre y todos los días le preparaba un sabroso té de tilo a su marido que lo bebía a gusto. Nadie se podía imaginar el plan que tenía Valeria para terminar con su desdicha. Todas las tardes regaba la planta de tilo. Tomaba la regadera y la llenaba hasta la mitad con agua, luego le agregaba una parte de veneno. Valeria sabía, porque lo había visto en un programa de la tele, que las plantas absorben cualquier cosa que vaya en el agua. Y luego, la misma sustancia se manifiesta en pequeñas dosis en las hojas. Así


26. Sandro W. Centurión que era cuestión de tiempo que Rogelio se enfermara y pasara a mejor vida. Y nadie pondría los ojos en un inocente té de tilo. Sin embargo, una tarde Valeria y Rogelio discutieron en el fondo del patio, junto a la planta de tilo, y ella se descontroló de tal manera que le partió la cabeza con la regadera al desprevenido de Rogelio, que fue derechito para la morgue. Era un buen plan. Lástima, dice Valeria, y bebe con algo de bronca el té de tilo que le acercan los guardias.


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6 El dedo de la profesora Márquez no es un dedo como cualquier otro. Hay quienes dicen que cada parte de una persona es una imagen fiel de la totalidad del ser, que en cada pedacito de nuestro cuerpo se repite nuestra persona. El dedo de la profesora Márquez contiene a la profesora Márquez, su personalidad y su historia. Ese dedo ha dejado huellas profundas en la vida de decenas de hombres y mujeres. Ha sabido rozar la piel, la suya propia la más de la veces, y en menos ocasiones la de los hombres que conoció. Es un dedo que ha recorrido las listas de nombres y apellidos cada mañana mientras pasaba lista a los jóvenes que asistían a la clase de literatura de la profesora Márquez. Siempre supo encontrar en los extraños designios del azar a aquel o aquella que no había leído tal o cual libro, o no había terminado la tarea a tiempo. El dedo de la señora Márquez solía ser un dedo inquieto, repiqueteaba en la


28. Sandro W. Centurión mesa mientras algún desafortunado intentaba convencer a la eminente profesora de que había estudiado lo suficiente para aprobar el examen, el más difícil de pasar en todos los años del bachillerato. Ese mismo dedo era el que señalaba el camino hacia la puerta y decía “será la próxima”. El dedo de la profesora Márquez siempre fue perfecto, incuestionable. No se le conoció anillo alguno ni jamás se le vio la uña pintada. Pero lo que finalmente significó un quiebre en la historia de la profesora Márquez fue que ese dedo, su dedo, fue en un momento un dedo acusador. El que indicó, sin posibilidad de equívoco alguno, a la culpable de haberle metido la mano en el maletín para quedarse con unos pocos pesos. Fue ese dedo el que humilló a Valeria Reyes, estudiante de primer año y la condenó a la vergüenza. El dedo de la profesora Márquez quedó grabado en los ojos invadidos de lágrimas de Valeria quien esa noche soñó con dedos gigantes aplastán-


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dola como a una pulga. Tal vez por eso al día siguiente cuando vio que el dedo de la señora Márquez se elevaba sobre ella se abalanzó sobre la vieja profesora y se lo arrancó de un mordisco.


30. Sandro W. Centurión 7 La almohada de Mario, su segundo marido, siempre fue blanda, por eso ni bien apoyaba la cabeza, y aunque le dolieran los nudillos, se dormía de inmediato, sin culpa. Sin embargo, la almohada de Valeria era dura. Desde que se casó con Mario le costó dormir. Generalmente le dolía la cara, la cabeza, el estómago, la vida. Cansada de esta situación, una noche, ni bien Mario se durmió, ella, que reposaba a su lado, apoyó su almohada dura sobre la cara de Mario hasta que le dolieron los nudillos. Recién entonces, Valeria durmió profundo hasta el día siguiente.


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8 El tipo estaba sumergido hasta el cuello en la tina de agua caliente que Valeria le preparó; bebía vino en una copa de cristal. Y desde allí, la observaba. Ella peinaba su rubio y húmedo cabello sentada frente al espejo del baño. Llevaba puesto una diminuta bata que cubría a medias, su cuerpo. Seria, perdida en lejanos pensamientos murmuraba una canción de amor. Todo indicaba que la pelea de la noche había quedado en el olvido y todo se encaminaba, como siempre, a una pronta y apasionada reconciliación. Mi padre tenía razón_ pensó él_ de vez en cuando un par de golpes ayudan a poner las cosas en su lugar. Entonces ella se puso de pie frente a él ¿Te gusta, mi amor?_ le preguntó mientras secaba su cabellera con el secador y él permanecía inmerso en la tina jabonosa. No tuvo tiempo de responder. El secador de cabellos encendido, que ella dejó caer en


32. Sandro W. Centuri贸n el agua, silenci贸 para siempre al pobre tipo.


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9 Cómo decirle a Valeria, cómo contarle, que al ex novio de Eva Wood lo habían encontrado con una puñalada en la espalda, que a la mejor amiga de Eva Wood la arrojaron desde un quinto piso, que al padre lo atropelló un camión, que a la madre la intoxicaron, que a una vecina de la familia Wood la encontraron colgada después de que le dijo a la policía que tenía información sobre las misteriosas muertes, que finalmente la misma Eva Wood murió asesinada de un disparo en el pecho luego de suspender su casamiento a causa de tanta tragedia familiar. Cómo decirle, cómo explicarle, que el principal sospechoso había desaparecido hasta hoy. Que él está seguro de que se trata de ese muchacho que espera impaciente en el living, con el saco impecable, los zapatos recién lustrados, una bonita corbata y la camisa blanca impecable. El que se ha puesto su mejor perfume y se ha peinado con la raya al medio. El


34. Sandro W. Centurión que compró un hermoso ramo de rosas, un buen vino, para el señor, y una caja de bombones, para Valeria y su madre. Como decirle que la policía está en camino, y que vienen para apresarlo. _ Estoy enamorada, así que vas a tener que aceptarlo_ le dice Valeria, mientras su padre saca su arma sin explicar nada.


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10 La verdad es que no vivieron felices por siempre. Apenas unos meses más tarde discutieron y el príncipe azul prefirió volver a ser sapo antes que seguir con ella. Una noche escapó del Palacio y nunca más se supo de él. La princesa se quedó sola, la monarquía entró en decadencia y pronto perdió todo su dinero y su poder. Los años pasaron y la princesa, que ya no era princesa sino una pobre mujer, se hizo vieja y demacrada. Hay quienes dicen que ahora maneja un camión de transporte. Aseguran que sólo recupera su dulce sonrisa de princesa cuando las ruedas de su camión aplastan sapos en la ruta.


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11 _Vea usted, amigo. No es lo que parece. No es que yo haya seguido a su esposa hasta aquí por simple lascivia masculina. Es cierto que ella es una mujer joven y hermosa, de figura voluminosa y ciertamente sensual, pero le aseguro que yo no soy así. Soy un hombre serio y honesto, un hombre de familia y le aseguro que este tipo de cosas no son habituales en mi vida. Entienda usted, que ella me atrajo, que no pude evitarlo. Desde que pasó a mi lado se apoderó de mi voluntad y mi cuerpo ya no me obedece. No sé por qué, no le encuentro explicación alguna, ojalá la tuviera. Simplemente ella me atrajo, en el sentido literal de la palabra. Me atrajo como un imán. Por eso estoy aquí en la puerta de su casa. _ Pase y súmese al grupo_ le dice el marido de Valeria. En el interior del living de la casa una decena de hombres de mirada


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entre compungida y resignada rodea a la atractiva dama.


38. Sandro W. Centuri贸n Tercer espejo 12 Valeria twitea: Acusado de cr铆menes de lesa animalidad el tigre aguardaba inquieto su condena.


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13 Valeria dice que por suerte, cuando despierta, olvida a los que asesinó en sus sueños. Sin embargo, me aclara, que está segura que cuando sueña también olvida a los que mató despierta.


40. Sandro W. Centurión 14 Ahora que la niebla se disipó la vista ha mejorado considerablemente. Desde acá se puede ver como las fachadas de los edificios se desnudan de prisa. Los semáforos titilan su amarillez infinita y el agua de las cloacas rodea las veredas y atraviesa las alcantarillas para iniciar su viaje al infinito. Algunos fragmentos de vidrios rotos salpican el asfalto. Las luces de neón agonizan en sus últimos destellos, lentamente la ciudad parece desperezarse. Los sonidos llegan como un eco lejano, incomprensible. Todo parece desierto. Recostado contra una pared revocada con afiches un hombre fuma. Lo veo impaciente, con la mirada clavada en el piso. De a ratos levanta la vista hacia el quiosco de enfrente cuya persiana metálica aún permanece baja. Creo que algo lo incomoda. La cortina metálica se eleva de repente y produce un sonido agudo que alerta al


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hombre. Fuma el cigarrillo hasta consumirlo por completo. Luego, lo deja caer y lo desbarata con la punta de su zapatilla. Espera hasta que la cortina metálica se eleva por completo y entonces cruza la calle a paso lento. *** -¿Qué querés?- le preguntó molesto el hombre del kiosco que lucía una musculosa blanca y transpirada que no lograba cubrir la prominente barriga. Unas ojotas y una bermuda completaban su indumentaria. Se había parado detrás del mostrador con los brazos apoyados y extendidos como si fuera un mueble enorme. El cliente desenfundó. La pistola señaló la frente arrugada del hombre y unos segundos después escupió la bala que le destruyó el cráneo. Era domingo por la mañana por lo que el barrio estaba tranquilo. Era posible que nadie se hubiera percatado de nada. El extraño contaba con que fuera así. Y con poder llegar hasta la avenida y atravesarla.


42. Sandro W. Centurión Cargó toda la mercadería que pudo en un par de bolsas de residuos. Las manos le temblaban por el frío, por los nervios, o simplemente porque se habían acostumbrado a hacerlo. Tendría las manos ocupadas con las bolsas y eso lo preocupaba. Puso las bolsas en el piso, buscó el último cigarrillo que quedaba en el paquete y lo encendió. Fumó con la mirada clavada en la puerta. Luego, salió a la calle, despacio. *** Valeria escucha el inconfundible sonido de un disparo cortando el silencio. Espera un poco y cuando lo tiene en la mira. PUM. Uno menos.


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15 Valeria acomodó los adornos que se habían desprendido del árbol. Encendió las luces de colores y sacó los paquetes de un bolso. Faltaban cinco minutos para la medianoche y parecía que pronto comenzaría a llover. Todo estaba en silencio. Aseguró las puertas de la casa y las ventanas. Se sentó en el sillón. Puso seis balas en el cargador y esperó paciente a que alguien intentara entrar por la chimenea.


44. Sandro W. Centurión 16 Valeria dice: Todos los días es lo mismo. Amanece. La alarma del reloj suena. Abro los ojos y veo como diminutos fragmentos de yeso planean hacia el suelo en cámara lenta. Me duele la cabeza y estoy confundida. No recuerdo absolutamente nada. Mi cabeza parece un cuarto vacío y oscuro. Estoy desnuda por dentro por dentro y por fuera. Un manojo de ropas se arrastra sobre el piso sucio empujadas por la brisa de un viejo ventilador que ronronea sus últimos restos de grasa. Un paquete de cigarrillos se acurruca junto a restos de periódicos viejos. Una botella de whisky yace vacía contra la pared. Pedazos de un espejo están esparcidos por el suelo y reflejan una luz amarillenta, opaca, sucia. Me duele el brazo derecho inundado de cicatrices. Busco respuestas en el cajón de la mesa de luz aunque de pronto sé lo que voy a encontrar. Una pistola, la conozco, la he visto antes, la acarició suavemen-


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te, como si acariciara a un hombre. Entre las sábanas me topo con el filo de un puñal. Lo recorro suavemente hasta llegar al mango de plástico. Lo tomo y observó su brillo haciéndolo girar de uno a otro lado. La hoja del puñal tiene restos de sangre. Esto ya lo he vivido antes. Sin embargo parece que le he perdido el miedo. Eso me asusta. Me visto de a poco mientras los recuerdos regresan, pienso, o pienso mientras los recuerdos regresan. El pantalón y la blusa son de mi talle. Guardo el arma en la cintura. Me queda perfecto. Escapo del cuarto. Sobre la cama queda el cuerpo mutilado de un hombre extraño. Su recuerdo es lo único que nunca logro recuperar por eso vuelvo a reincidir y todo vuelve a empezar.


46. Sandro W. Centurión 17 Si no me persiguiera la policía. Si no hubieran matado a tiros a Valeria. Si no hubiéramos escapado con los diamantes. Si no hubiera sonado la alarma. Si Valeria no le hubiera disparado al guardia. Si yo no hubiera aceptado ayudarla a robar la joyería. Si no hubiera dormido con ella. Si no la hubiera inventado. Si el robo no fuera sólo un cuento. Si no hubiera escrito estas líneas. Si no estuviera preso. Entonces, tal vez Valeria, tal vez.


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18 La noche en que Valeria murió era una noche sin luna. Como no había luna se veía muy poco o casi nada. Como se veía muy poco o casi nada, nadie pudo ver lo que realmente ocurrió. Como nadie pudo ver lo que realmente ocurrió es muy poco lo que hoy puedo decirle. Como es muy poco lo que hoy puedo decirle es probable que este cuento sea muy malo. Como es probable que este cuento sea muy malo de seguro usted, al igual que otros, me despreciará por hacerle perder el tiempo. Como usted, al igual que otros, me despreciará por hacerle perder el tiempo tendré que aplacar su desprecio. Como tendré que aplacar su desprecio iré a buscarlo en cualquier momento. Como iré buscarlo en cualquier momento me aseguraré de que nadie me vea. Como me aseguraré de que nadie me vea es probable que lo haga la próxima noche sin luna.


48. Sandro W. Centurión Cuarto espejo 19 Valeria sabía que deberle a Kafka era peligroso, pero recién lo entendió del todo cuando despertó convertida en un monstruoso insecto.


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20 _PapĂĄ, Âżson peligrosas?_ SĂ­, pero no te preocupes, no te van a comer. Las rejas nos mantienen a salvo de las personas.


50. Sandro W. Centurión 21 Valeria era bonita, tanto como para no pasar desapercibida. Pasó a mi lado y se sentó un par de filas delante, en el pulman de la sala. Antes de que las luces se apagaran y comenzara la función me acerqué y me senté detrás de ella, sin que lo notara. Tenía que verla de cerca, lo más cerca posible. Llevaba el cabello recogido que ciertamente realzaba la forma de su rostro. Vi sus hombros blancos, impolutos, perfectos, y su cuello pequeño, delicado y suave. Unos pequeños rizos rubios se erguían en la base de su nuca. Era, sin duda, la mujer indicada, hasta que me percaté de aquellos diminutos fragmentos de caspa atrapados en la maraña de cabellos negros. Estaban ahí como evidencia irrefutable de su imperfección. Guardé el cuchillo, volví a mi lugar sin hacer ruido, y seguí buscando.


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22 Entonces, tomo el cincel y el mazo y con golpes suaves voy quitando todo aquello que está demás, que sobra. Afino el contorno de las piernas haciéndolas largas y esbeltas, los brazos resultan torneados y gráciles. La cintura pequeña, las caderas de curvas perfectas, y los senos turgentes. Una obra de arte, y al cincel le quedan apenas algunas gotas de sangre.


52. Sandro W. Centurión 23 Un policía gordo, de ojos pequeños y de bigotes le vuela la cabeza de un tiro. Corre a todo lo que da con el revólver en la mano. Escapa por la puerta trasera del comercio. Alguien activa la alarma. Vacía la caja registradora. Por un instante; se detiene en los ojos azules de la hermosa vendedora. Saca el arma y todos se arrojan al piso. Se baja y camina con el revólver escondido en el bolsillo de la campera; el colectivo se detiene. Se distrae en una niña de hermosos ojos azules. Espera paciente la llegada del colectivo. Se da cuenta de que olvidó cerrar con llave el portón de la casa. Lleva puesto los anteojos oscuros para ocultar sus ojos enrojecidos. Desayuna café con leche y una rodaja de pan. Toma el revólver que esconde bajo el colchón. Se despierta sobresaltada por una pesadilla. Sueña nuevamente que un policía gordo de ojos pequeños y de bigotes le vuela


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la cabeza de un tiro. Llega a medianoche, esconde el rev贸lver bajo el colch贸n y las bolsas de dinero en el placar. Mientras huye recuerda a Valeria, sus palabras y sus ojos azules, "un d铆a de estos te van a matar" le dec铆a.


54. Sandro W. Centurión 24 Valeria cuenta: Un viejo me hace una seña y me invita a jugar al ajedrez en una pequeña mesa cuadrada del parque. El viejo tiene una figura noble, y una mirada oscura, como la de un rey. Acepto la invitación y de inmediato nos quedamos con la vista fija en el tablero, ya no puedo irme. Así estamos desde hace un rato largo, enfrentados en este rincón del parque donde como todas las tardes, unos treinta viejos y viejas juegan al ajedrez en pequeñas mesas cuadradas esparcidas por doquier. Impasibles, concentrados, como si la vida dependiera de cómo se mueven las piezas en el tablero, todos jugamos en silencio. El juego avanza, pronto me doy cuenta de que algunos viejos van cayendo, de costado, muertos, y a nadie parece importarle, como si al fin y al cabo no fueran más que piezas de un ajedrez enorme en el que la soledad y el tiempo se disputan una batalla


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repetida. Mi adversario me mira, una media sonrisa se dibuja en su cara arrugada. Estoy en jaque.


56. Sandro W. Centurión 25 La primera mirada la sentí en la nuca, entre la segunda y tercera vértebra cervical. Era una mirada tibia y viscosa. La otra fue en el tobillo, una mirada precisa y contundente, que me hizo trastabillar. Otras impactaron en mi trasero, en la nalga derecha. No dieron de lleno pero fue como que me hubieran arrancado un pedazo de carne con los dientes. La última fue la definitiva. La mirada me dio de lleno en los ojos. Una mirada lejana, triste, sin esperanzas. Fue esta mirada la que no pudieron extirpar de mi cabeza y por eso aún estoy aquí, postrada, dice Valeria.


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58. Sandro W. Centurión Quinto espejo 26 Siento, el cálido cuerpo desnudo de Valeria acurrucado a mi pecho; y el frío caño de un revólver mordiéndome la nuca.


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27 Valeria escucha: Entonces el tipo despertó y de inmediato se dio cuenta de que era un zombi. Pero no se detuvo, no hizo nada para evitar su condición de muerto vivo por el contrario se levantó y empezó a moverse, que es hacer lo que hacen todos los zombis, lo habíamos visto cientos de veces en la tele, así que él, más que nadie estaba al tanto de lo que implica ser un zombi sin embargo decidió hacerse el desentendido y seguir con la idiotez de levantarse de la tumba. En ningún momento se detuvo a pensar en las consecuencias. Es más, encaró hacia el bar de la esquina, donde solíamos juntarnos todos los viernes por la noche, como si nada, o mejor dicho sabiendo que los que estábamos allí ese viernes sufriendo aún la desgracia de la pérdida de un camarada nos íbamos a dar cuenta de que era un zombi ni bien cruzara la puerta de entrada. Siempre fue un engreído, un pedante,


60. Sandro W. Centurión siempre se sintió especial y distinto al resto de nosotros, sobre todo a mí. Se creía superior, tenía el mejor laburo, la mina más linda, el auto más caro. Y por sobre todo pensaba que iba a vivir para siempre. Así que imagínense lo que seguramente pensó cuando se despertó después de muerto. El hijo de puta sabía que era un zombi, y se nos cagaba de risa, por eso ni bien puso un pie en el bar le volé la cabeza de un tiro.


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28 Dice Valeria: Unos salvajes me persiguen, me acorralan con sus antorchas y lanzas, yo me río de la situación, pues sé que esto es sólo un sueño; pronto voy a despertar y todo volverá a la normalidad. Sé que no pertenezco a este mundo, de salvajes, de bestias y monstruos gigantes. Todo es un sueño, por eso me río, y esto hace enfurecer a mis captores. Creo que quieren matarme porque entré a su templo sagrado y robé algo valioso, lo supongo porque en realidad no les entiendo cuando me hablan. Los salvajes me capturan y yo no opongo resistencia, les sigo la corriente, total es un sueño, una aventura onírica, donde puedo hacer lo que me plazca. Una mujer quiere salvarme y se mete a la celda donde me tienen encerrada, me dice algo que no puedo o no quiero entender, me pierdo en la belleza de sus ojos verdes. Corta las cuerdas que me aprisionan y me hace señas para que huya. Es hermosa. Me


62. Sandro W. Centurión abalanzo sobre ella- no te preocupes, es sólo un sueño- le digo. Le hago el amor, hasta que el guardia de la puerta entra y con un golpe en la cabeza me aparta de ella. Luego, la asesina con su lanza. Pienso entonces que me despertaré pero no, sigo allí, atrapada en ese mundo surrealista sin poder despertar. Debo estar muy cansada. Entonces, entran un par de hombres, me toman del brazo y me llevan a la piedra de los sacrificios, sin embargo permanezco tranquila, me burlo de ellos, me río a carcajadas, es un sueño, les grito. Subimos una larga escalera, en la cima un moreno gigante con un enorme machete aguarda. Me colocan boca arriba sobre la piedra de los sacrificios y a la luz de la luna veo el machete elevarse raudamente. Entonces, en mi sueño, despierto. _Tu turno_ me dice el oficial. Dos hombres ingresan a la celda y me conducen al patio de una prisión donde aguarda el pelotón de fusilamiento.


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Me dejo llevar. _De qué te ríes, ¡maldita asesina!_ me grita el alcalde. Me río a carcajadas pero no despierto.


64. Sandro W. Centuri贸n 29 Aburrida, Valeria bosteza mientras el sargento da la se帽al al pelot贸n de fusilamiento.


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30 Valeria escucha: Hay un tipo que me quiere pegar un hachazo en la frente y yo le digo que mejor lo dejamos para otro momento, que no es de persona educada andar haciéndole eso a la gente, que qué va a pensar su madre cuando se entere, pero a él parece no importarle e insiste en querer pegarme con una hacha en la cabeza e incluso mide la distancia que separa mi cabeza del extremo del hacha, apunta dibujando la trayectoria letal, y se arremanga la camisa. Entonces lo miro, me hago el enojado y le digo que basta, que ya está bien y que además esa hacha que carga es de muy mala calidad, seguro que ni filo tiene. Si realmente quiere usarla debería dejarme que lo ayude, yo le puedo sacar buen filo con mi nueva piedra de afilar, que es cosa de un minuto. Lo miro a los ojos y parece que mis palabras producen algún impacto porque le tiemblan los labios y le transpira


66. Sandro W. CenturiĂłn la frente. Entonces me acerco, bien cerca, y le digo que lo entiendo, que yo tambiĂŠn suelo querer clavarle un hacha en la frente al primero que se me cruce pero al fin y al cabo eso nada resuelve porque no hay suficientes hachas ni suficientes cabezas para romper. El tipo baja el hacha y suspira con fastidio, se da media vuelta y parece irse, pero luego regresa y el hacha se eleva con fuerza por el aire. Entonces entiendo que no hay razones que valgan cuando un hombre estĂĄ decidido. Y sin querer, de pronto, lo admiro.


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31 La noche previa a que la mataran Valeria sueña que ella es un verdugo y que debe ejecutar a un asesino condenado a morir en la horca. En su sueño no quiere matar a ese hombre que la mira con resignación, pero sabe que debe hacerlo. Quisiera poder ayudarlo pero la situación demanda que cumpla con su trabajo. Cuando está a punto de tomar la palanca sueña que se despierta. Ahora ella es el condenado, los guardias conducen al cadalso a Valeria y le ponen la soga al cuello. Antes de que todo acabe gira la cabeza y mira con resignación al verdugo que lleva el rostro cubierto por una capucha negra. Sin embargo, se le puede ver una marca roja que le rodea el cuello.


68. Sandro W. Centuri贸n 32 Nuevamente, Valeria es fusilada. Idiota, dispara su madre; bastarda, dispara su padre; tarada, dispara su hermana; imb茅cil, dispara su hermano; su cuerpo, sin vida, sigue andando como si nada hubiera ocurrido.


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33 Una mujer se me acerca y me pregunta si soy Sandro Centurión, le respondo que sí. Sabés quién soy yo, me pregunta. No, le respondo. Yo soy Valeria, dice con tono poco amable y entonces se exaspera y me grita que está harta de que la use en mis historias. Intento explicarle que es sólo una coincidencia sin mala intención, que en realidad su nombre, o sea, cómo explicarle a esa pobre y trastornada mujer, que en realidad cuando digo que Valeria es una mala mujer, una corrupta, una asesina, una desgraciada que no tuvo una buena infancia, entre otras cosas, no me refiero a su persona sino al personaje que es pura ficción, que mi Valeria no existe, que es un invento de mi imaginación. Por otra parte, Valeria es el personaje principal de mis relatos y no puedo prescindir de ella. Entonces, la mujer se enfurece, me toma de la solapa y me dice en voz alta y clara “te vamos a matar”. Luego, me suelta y se va


70. Sandro W. Centurión imitando el disparo de un arma con su mano diestra. Desde aquel día me pasaron cosas muy extrañas, un ropero cayó desde lo alto de un edificio a unos centímetros de mí mientras lo subían con una grúa, curiosamente pertenecía a una tal Valeria; luego, un perro me atacó sin razón aparente, su dueña me pidió disculpas, se presentó como Pérez, Valeria. Un auto se salió de la ruta y casi me lleva por delante, lo conducía una mujer ebria que se llama Valeria. Intenté escapar de aquella locura. Tomé un avión y me fui de tour a España. La desgracia no tardó en alcanzarme. La coordinadora del contingente nos abandonó en medio de la ciudad. Sí, se llamaba Valeria. El mundo está lleno de Valerias y al parecer quieren vengarse de mi. Por eso me refugié en esta cabaña lejos de todo y de todos. Pensé que estaría solo y seguro, hasta que escuché que alguien golpeaba la puerta. Era una mujer, una empleada del


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correo y al parecer viene por estos lares dos veces por mes, es simp谩tica y muy atractiva. A prop贸sito, me dijo que se llama Juana, es robusta, de brazos y piernas fuertes. Creo que me miente, tiene cara de Valeria.


72. Sandro W. Centuri贸n Sexto espejo 34 A Valeria la seguimos hasta el borde del precipicio. All铆 recibi贸 el Twit fulminante que la empuj贸 al abismo.


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35 Supongamos que una vez más, usted, Valeria, sueña con aquello que no puede sacar de su cabeza, robar el banco de su ciudad. Es usted quien con increíble astucia y gracias a su acreditada pericia logra abrir la inviolable caja fuerte. Todo va bien, hasta que se despierta, y se encuentra rodeada de policías.


74. Sandro W. Centuri贸n 36 Abundaban los ladrones en el barrio de Valeria, entraban y se robaban todo. Uno de ellos se rob贸 el coraz贸n de su madre. Desde entonces ya no fue la misma.


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37 Un policía recuerda: No hizo falta investigación alguna. El caso era sencillo y estaba resuelto desde el principio. “el lobo” entró a la casa de la anciana y la mató a golpes para robarle la fortuna que la anciana escondía en la casa. Luego, llegó Valeria, la nieta, jóven, bonita y sobre todo inocente, los gritos de terror, el cazador que pasaba por ahí de pura casualidad y que terminó matando al "lobo" asesino. Simple y sencillo. Sin embargo, algo en esos ojos tan verdes, algo en esos dientes tan blancos, algo en esos labios tan gruesos, algo en su vestidito rojo me dice que hay algo más que no sabemos, algo que no cierra en la clásica historia. La verdad es que no tengo pruebas sólo sospechas. Ahora, la muchacha se ha mudado a la casa de la abuela y heredó todas sus cosas, incluida la fortuna. El cazador la visita de vez en


76. Sandro W. Centuri贸n cuando, para conversar dicen, pero yo, no les creo.


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38 El interior de la casa de Valeria se compone de tres habitaciones más el baño, la cocina, el living y una sala. En general el estado de la construcción no es buena sobre todo en lo que respecta a las paredes que lucen grietas verticales y transversales que van desde los 5 cm de longitud por 1cm de ancho, las más pequeñas, hasta de 95cm de longitud por 2cm de ancho, las más grandes, en las primeras mediciones, pues las grietas parecen extenderse rápidamente. La posibilidad de derrumbe resulta inminente. Agrego al presente informe un dato no menor: al salir de la casa, mientras cerraba el portón, advertí en mi mano derecha una pequeña pero preocupante marca que crece rápidamente. Algo parecido a una cicatriz, o a una grieta.


78. Sandro W. Centuri贸n 39 Es un bostezo largo y ruidoso, lento y profundo, inevitable como el destino. Por lo que Valeria ni siquiera oye el disparo que se mete por la ventana.


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80. Sandro W. Centurión Séptimo espejo

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Valeria dice: Nunca me había dado cuenta de que vivía en un laberinto, hasta el momento en que al doblar en una esquina me encontré frente al Minotauro. No se sorprendió de verme allí, en realidad creo que se sintió algo incómodo. Si en lugar de doblar a la derecha hubiera girado a la izquierda como solía hacerlo siempre ese encuentro jamás hubiera sucedido. Pero sucedió, y ya que estábamos ahí, uno frente al otro, tan cerca que podía sentir su olor a transpiración, no tuve mejor idea que decirle ¡Hola! ¿Qué onda? El Minotauro se tomó la cabeza, maldijo su suerte y resignado se recostó contra la pared. Estás en mi laberinto me dijo. Me sonreí y al


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principio creí que era un minotauro desquiciado. Pero luego empezó a explicarme y lo hizo tan bien y con tanta sinceridad que al fin entendí que aquella ciudad en la que yo había crecido no era más que un laberinto de donde sólo algunos afortunados habían logrado salir. ¿Y entonces? le pregunté al Minotauro. Entonces, nada, me dijo. Vos hacé lo tuyo que yo voy a tratar de seguir con lo mío. Esto era mucho mejor cuando estaba solo. Era lindo estar encerrado. Pero ahora con tanta gente, ya no tiene gracia. Me dio mucha lástima ver así a ese pobre demonio así que lo invité a tomar una cerveza con unos amigos. Le dije que estaba segura de que no había problema que no se pudiera resolver con una buena borrachera. Mis amigos lo aceptaron en seguida. Y le dieron ánimos. Bueno, no todos. A Teseo no le cayó nada bien. No cree ni un


82. Sandro W. Centurión poquito en lo que dice el Minotauro sobre que invadimos su laberinto. Teseo es un racista y un discriminador. Se cree muy macho porque toma clases de jiujitsu. Además le molestó que yo no le quitara lo ojos de encima a los brazos musculosos de la bestia. Yo levanté mi vaso de cerveza y brindé por el laberinto, al Minotauro le volvieron a brillar los ojitos, como si de a poco fuera reencontrándose con la felicidad.


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41 Valeria me dice que lo último que vio fue la acostumbrada ingratitud de un rostro maltrecho por la noche, por los hombres, por los años. Al fin y al cabo ese era su rostro. Entonces, sin querer, Valeria me asegura que fue sin querer, un par de lágrimas se le escaparon, como los años, y cayeron sobre su espejo, el que solía llevar en la cartera, el redondo, el de siempre, que tal vez de tanta lágrima que le había caído encima, esa noche terminó por quebrarse, de una buena vez, como su vida. Y sus restos quedaron esparcidos en la vereda. Desde entonces, dice Valeria que no ha vuelto a ver su rostro, que ya no le preocupa, que tal vez ya no quiere saber cómo la vemos los demás. Por eso se enoja y me ruega que no la mire a los ojos. Para no verse reflejada en los míos. Apaga la luz y adivino su cuerpo en la oscuridad.


84. Sandro W. Centuri贸n 42 Cuando Valeria despert贸 el asesino todav铆a estaba all铆, con su mejor cara de dinosaurio.


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Este libro se termin贸 de imprimir en la ciudad de Formosa Argentina en Agosto de 2013


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