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O TODOS CORRUPTOS O TODOS MENTIROSOS Nuestro atribulado País sufre actualmente absurdas contradicciones que se han convertido en un obstáculo para su desarrollo. Según datos oficiales obtenidos de diversas agencias y organizaciones internacionales, en los años 2016 al 2018, México es la décimo quinta economía mundial y tiene el lugar 51 en el índice de competitividad; en el otro extremo, en el índice de percepción de la corrupción estamos en el lugar 135 de 155 naciones. Hoy, el 10% de los mexicanos poseen 2/3 partes de la riqueza y contamos con el séptimo hombre más rico del mundo; en contraste, el 46.2 por ciento de nuestra población vive en la pobreza y el 7.6 por ciento en la pobreza extrema. Mientras que contaremos este año con un Producto Interno Bruto aproximado de mil 046 billones de dólares, los cálculos conservadores estiman que de un 9 a 10 por ciento será dispuesto ilícitamente en actos de corrupción, esto es, entre 940 y mil 046 millones de dólares. Destinamos este año 2 mil 148 millones de pesos para sostener a los partidos políticos. Sin embargo, ninguno de ellos fue capaz de presentar individualmente un candidato.


Pero no son estas contradicciones, entre otras, las que revisten singular importancia en el momento político y social en que vivimos. El proceso de selección de los candidatos a la Presidencia de México, las alianzas de los partidos políticos y las campañas que estamos presenciando representan una gran paradoja. Veamos. Como sabemos, todo este sistema electoral mexicano se sustenta en aparentes signos de legalidad y de procesos políticos democráticos. Según parece, cada partido tuvo la oportunidad –con el dinero del pueblo– de generar su propia estrategia política, seleccionar a sus aliados y escoger sin importar ideologías, a quien consideró la persona más apropiada para postularse a la Presidencia. También hubo quienes, renunciando a su partido o a compromisos públicos, lograron por la vía independiente plasmar su nombre en la boleta electoral. Lo interesante es que, una vez seguidos los procesos formales para designar a los candidatos, éstos, sus partidarios y sus organizaciones políticas no han hecho otra cosa que tildar a sus oponentes de ser corruptos, ineptos, mentirosos o algún otro ocurrente calificativo.


Las campañas en redes sociales, medios electrónicos, periódicos, revistas, en publicidad abierta y los debates, no han mostrado otra cosa que exponer públicamente – según cada candidato– las supuestas actividades ilícitas y los actos de corrupción de sus oponentes. Lo cierto es que ningún candidato se ha librado de la tentación de acusar a sus oponentes de ser corruptos. La realidad nos muestra que las campañas presidenciales se han alejado de la propuesta y de la lucha limpia por tan importante cargo. Hoy vemos un amargo espectáculo de descalificaciones, insultos y encono, que aún no ha terminado. Tomen sus asientos que lo mejor está por venir. Si analizamos con lógica, podemos afirmar que cuando uno de ellos acusa a otros o está diciendo la verdad o está mintiendo. Ahora bien, bajo la anterior premisa, y dado que todos se han acusado entre ellos, existen únicamente dos posibilidades. La primera, es que uno de ellos esté diciendo la verdad y los demás candidatos efectivamente son corruptos; la segunda, es que todos estén mintiendo y por lo tanto también incurren en actos de corrupción. La posibilidad de que dos de ellos sólo estén diciendo la verdad o estén mintiendo es, bajo esta premisa de


acusaciones cruzadas, imposible, pues no pueden dos o más mentir o decir la verdad a la vez. Conforme al razonamiento anterior, podemos concluir que la aspiración de los mexicanos de contar en el próximo sexenio con un Presidente que ataque frontalmente, con mano dura y con energía la agobiante corrupción que vive nuestro País, es altamente improbable. Lo más grave es que después de todo este largo y costoso proceso no tenemos más de dónde escoger. Es decir, iremos a votar no por el menos malo, sino por el que consideremos menos corrupto. Esta triste realidad de la política mexicana no nada más se da en la contienda presidencial, sino en muchos otros niveles. No estamos haciendo otra cosa que reflejando la gran crisis institucional y de valores que vive nuestro País. Sin embargo, y a pesar de todo, vayamos a votar. Al menos en las otras elecciones federales y locales, si analizamos cuidadosamente, encontraremos candidatos dignos de nuestra confianza. Salvador M. Beníítez Lozano Mayo 2018 sbenitez@qyq.com.mx

O TODOS CORRUPTOS O TODOS MENTIROSOS  
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