Page 1

Cristianos

En Marcha

Una revista de discipulado cristiano del Ejército de Salvación Año 18 No. 2

“Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz” (Salmos 55:17).


“Señor, soy Gonzalito… y vengo de Formosa”, añadía. “Gonzalito” llegó a media mañana a nuestra casa. En tono muy respetuoso preguntó por el pastor y, después de presentarse como creyente, abordó su tema principal y recurrente: necesitaba una novia. Después de haber inquirido sutilmente sobre si en la congregación habría alguna hermanita “casadera”, llegó el momento de la oración. Después de solicitarme que orara Gonzalito, como para rubricar mi oración, oraba a su vez de esta manera: “Señor, soy Gonzalito. Vengo de Formosa…” y añadía algunos otros datos, como para una perfecta identificación. Su tono era de completa sinceridad aunque su lenguaje era de total ingenuidad. Pertenecía a una congregación evangélica, pero en su iglesia “no había mujeres que encajaran en sus consideraciones”. Era un personaje sencillo, agradable y muy respetuoso, aun con su simpática manera de presentar su oración al Señor. Por mucho tiempo fue tema de conversaciones y especulaciones, pues quedamos con la intriga de saber si finalmente había recibido alguna respuesta a sus plegarias. Pero la frase “Soy Gonzalito” llegó a ser parte de nuestro lenguaje en ocasiones en que una oración se constituía en una simple retórica, pues Dios nos conoce muy bien y todo lo sabe. ¿Cómo fue que después de medio siglo volvió a mí el recuerdo de Gonzalito? Tal vez era la precisión del salmista y su convicción expresada en este conocido texto bíblico que hoy les dejo para su reflexión: “SEÑOR: Tú me examinas, tú me conoces. Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto; aun a la distancia me lees el pensamiento. Mis trajines y descansos los conoces; todos mis caminos te son familiares. No me llega aún la palabra a la lengua cuando tú, SEÑOR, ya la sabes toda” (Salmos 139:1–4).

Manuel O. de los Santos

Cristianos

EN MARCHA Año 18 Número 2

Cristianos en Marcha es preparado por Hispanic Word y publicado por el Departamento de Programa del Ejército de Salvación, Territorio Este de Estados Unidos.

Comisionados William A. y G. Lorraine Bamford Líderes del Territorio

Coronel Kenneth O. Johnson, Jr.

Secretario en Jefe

Mayor Manuel de los Santos Editor

Brenda Lotz

Directora de producción

Marisol Lalut Diseño gráfico

Nuestro propósito

El propósito de Cristianos en Marcha es proporcionar material cristiano que inspire, informe y desarrolle a los salvacionistas de habla española para que continúen en su tarea de honrar a Dios, salvar almas y servir al prójimo.

Declaración Internacional de Misión

El Ejército de Salvación, movimiento internacional, es una parte evangélica de la Iglesia Cristiana Universal. Su mensaje está basado en la Biblia. Su ministerio es motivado por amor a Dios. Su misión es predicar el Evangelio de Cristo Jesús y tratar de cubrir las necesidades humanas en Su nombre, sin discriminación alguna.

Fotos de thinkstock.com


6

13

20 Artículos

26

4 Siervos, “Colegas en misión” Serie de artículos publicados en la revista Salvacionist, del Territorio de Gran Bretaña. “Así no cuenta ni el que siembra ni el que riega, sino sólo Dios, quien es el que hace crecer”. 10 Estudios sobre la santidad, “¿Demasiado bueno para ser verdad?” Escrito por Ed Read, publicado por el Ejército de Salvación en Canadá bajo el título Studies in Holiness. “La santidad de Jesús no lo eximía de pruebas; más bien lo colocó en el campo de batalla. Él resistió la tentación que todos enfrentamos”. 17 Líderes del pueblo de Dios Escrito por el Mayor Graham Mizon, Cuartel de Escocia del Este. “Necesitamos líderes que hayan conocido a Dios, hayan recibido una visión y una misión, y que sean capaces de entusiasmar a otros en la guerra de salvación”. 23 Apóstol de Hispanoamérica: Biografía del Tte. Coronel Eduardo Palací. Escrito por Raquel Nüesch de Martin (1970). “El moribundo calló un instante y luego dijo: —Quiero que me prometas que cuando yo haya muerto tú serás un misionero en América del Sur. —Sí, lo seré, —contestó el niño”.

Para meditar 2 “Señor, soy Gonzalito”

22 No seas como ellos

8 En todo tiempo: Su voluntad

32 Más que nunca

16 Cabeza de piedra

Hispanic Word 58 Steward Street, Mifflintown PA 17059 hispanic@en-marcha.org


Siervos

Serie de artículos publicados en la revista Salvationist, del Territorio de Gran Bretaña. Traducción: Mary Salvany

Colegas en misión Escrito por la Mayora Jenine Main, Oficial de Desarrollo de Misión

4 CRISTIANOS EN MARCHA


Trabajar asociados es algo común en el día de hoy. Las organizaciones han comprendido que se obtienen mejores resultados si la gente trabaja junta para aprovechar mejor los recursos humanos y financieros. En sus primeros años el Ejército de Salvación trabajaba con otros grupos religiosos, pero con el tiempo se hizo más independiente. Ahora se valoran proyectos en que la gente trabaja asociada con otros, usando mejor los recursos disponibles. En la Iglesia Primitiva, el apóstol Pablo reconoció que algunas personas tenían aptitudes para hacer algunas cosas y que serían más efectivas

si fueran apoyadas por individuos dotados en otras áreas. “Después de todo, ¿qué es Apolos? ¿Y qué es Pablo? Nada más que servidores por medio de los cuales ustedes llegaron a creer, según lo que el Señor le asignó a cada uno. Yo sembré, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así no cuenta ni el que siembra ni el que riega, sino sólo Dios, quien es el que hace crecer. El que siembra y el que riega están al mismo nivel, aunque cada uno será recompensado según su propio trabajo. En efecto, nosotros somos colaboradores al servicio de Dios; y ustedes son el campo de cultivo de Dios, son el edificio de Dios” (1 Corintios 3:5–9). O como dice otra CRISTIANOS EN MARCHA 5


versión: “Somos compañeros de trabajo al servicio de Dios”. Nadie debería tratar de hacer algo solo. Aun cuando uno no ignora la necesidad de que existan líderes, estos deben ser especialistas en ciertas áreas y deben trabajar en conjunto con otros que puedan aplicar sus especializaciones. Dios el Padre trabaja junto a Jesús y con el Espíritu Santo como parte de la Trinidad. Los discípulos son un buen ejemplo de lo beneficioso que es trabajar juntos, al igual que Pablo y Bernabé. Las debilidades de uno son compensadas por las habilidades y capacidades de otro. No importa cuál sea nuestro talento o don, podemos trabajar hasta agotarnos sin lograr mucho a menos que lo haga6 CRISTIANOS EN MARCHA

mos con Dios. Somos “compañeros de trabajo” de Dios. También unos y otros somos colegas o compañeros de trabajo con Dios en misión. Dios envió a Su Hijo unigénito al mundo por amor y compasión por Su creación. Y Su Hijo envió al Espíritu Santo cuando volvió al Padre y nos mandó: “Vayan y hagan discípulos de todas las naciones” (Mateo 28:19). El teólogo Tim Dearbom sugiere que “el Dios misionero tiene su iglesia en el mundo”. Pero mejor podríamos decir que “la Iglesia de Dios tiene una misión en el mundo”. Ciertamente deberíamos estar mirando lo que Dios está haciendo en el mundo y colaborar con Él. En cambio tendemos a pensar que una


misión es un programa o un aspecto del ministerio que es opcional o periférico. Deberíamos estar entrando con Dios como nuestro compañero a nuestras comunidades. Muchas veces nos apartamos del mundo, tanto individualmente como corporativamente cual iglesia, permitiendo a otros organizar programas mientras nosotros, como socios silenciosos, creemos que estamos “haciendo misión” en nuestra comunidad. Deberíamos sentirnos desafiados por las palabras a los corintios a ser “compañeros de trabajo de Dios”, a participar en la actividad de Dios en el mundo. ¿Cuál es la misión de Dios? Jesús la anunció: “Anunciar buenas nuevas a los pobres, proclamar libertad a los

cautivos y dar vista a los ciegos, poner en libertad a los oprimidos, pregonar el año del favor del Señor” (Lucas 4:18– 19). Jesús enfatizó una misión en pro de los pobres, los enfermos, los hambrientos, los oprimidos. A través de todas las Escrituras vemos la misión de Dios en el mundo, y cuando nos involucramos en ella nos convertimos en compañeros de trabajo de Dios. ¿Estamos siguiendo una agenda propia o estamos tratando de descubrir cuál es la misión que Dios quiere que desarrollemos en nuestra comunidad? Tratemos de ser “colaboradores en misión” de Dios, sin olvidar que el crecimiento lo da Dios. CRISTIANOS EN MARCHA 7


En todo tiempo: Su voluntad “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:10).

Porque no siempre sabemos pedir como conviene (Romanos 8:26), debemos comprender que, en el plan general de Dios, Su voluntad, que es agradable y perfecta, tiene prioridad por sobre todas las cosas, incluidas las nuestras. Nuestra disposición humana hacia Dios está enfocada generalmente en lo pequeño, lo inmediato y casi siempre, en nuestro propio mundo. Como si fuera una lista de com8 CRISTIANOS EN MARCHA

pras de supermercado, así acudimos diariamente al Señor con nuestra demanda de “cosas” de las cuales, creemos, Dios debería estarse ocupando. No se nos ocurre que justamente ese día, o durante un periodo más prolongado de tiempo, es Dios quien nos tiene en su lista de demandas. Creo que deberíamos hacernos a la idea de que somos partes —minúsculas, tal vez— pero sumamente importantes e imprescindibles de


un maravilloso plan en el que se enfrentan las más poderosas fuerzas del universo. Y que al Padre le ha placido que seamos parte de él. Más allá de lo que podamos entender o percibir de esta realidad inconmensurable debemos guardar la prudencia del Señor Jesús cuando, orando a Su Padre, exclamó: “Padre mío, si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mateo 26:39).

Qué bueno sería tener la disposición del joven Samuel cuando oraba: “Habla, Señor, que tu siervo oye”. Si queremos recibir respuestas de Dios debemos primero aprender a escuchar y reconocer Su voz. Entonces aprenderemos también el secreto de la oración correspondida: “Esta es la confianza que tenemos al acercarnos a Dios: que, si pedimos conforme a su voluntad, él nos oye” (1 Juan 5:14). CRISTIANOS EN MARCHA 9


Estudios sobre la santidad Ed Read

Publicado por el Ejército de Salvación en Canadá bajo el título: “Studies in Holiness” Traducción por David H. Gruer

Capítulo XXIII ¿Demasiado bueno para ser verdad?

10 CRISTIANOS EN MARCHA


Cierto hombre le dijo a un cuáquero que estaba describiendo y recomendando la vida santa: “Tráigame un hombre que haya realmente llegado a eso y pagaré sus gastos, no importa de dónde venga”. Evidentemente ese hombre dudaba que fuera posible encontrar una persona realmente santa. Es evidente que son muchos los que comparten esa duda. No hay otra forma de responder a los escépticos que mediante una vida tan buena como la teoría y que, mediante hechos que armonizan con los credos, es posible hallar tales personas. El adversario pretendió demostrarle al Todopoderoso que nadie lo amaba con una intención pura: “¿Acaso teme Job a Dios de balde?” (Job 1:9). Pero Dios pudo silenciar esta calumnia exhibiendo a un hombre íntegro, el fiel siervo Job. “Los opositores más acérrimos del cristianismo en Ancoats no podían contradecir la fe mientras vivía allí Frank Crossley. Los indostanos más leales no tenían artificio para resistir la apelación de C.F. Andrew y le dieron un nuevo significado a las iniciales de su nombre al llamarlo en inglés: “Christ’s Faithful Apostle” [Fiel Apóstol de Cristo] (W.E. Sangster). A pesar de ser un escarnecedor de la religión, Voltaire admiraba francamente a Fletcher de Madeley, cuya vida consideraba más semejante a la de Jesucristo que la de cualquier otra persona que hubiera conocido. Ciertamente los santos nos facilitan la fe en Dios. Sencillamente con leer sobre tales personas es suficiente para estimular nuestro deseo de tener una vida santa.

La gente puede creer en la doctrina de la santificación cuando el cristiano común vive una vida de victoria, perdona a los que le perjudican, muestra paciencia, compasión y humildad, se sobrepone al mal genio y a las ansiedades, e irradia el fuego divino a través de su vida. A estas alturas se hace indispensable una pausa para preguntar: ¿Es su vida un argumento a favor de la posibilidad de la santidad? ¿Lo es la mía? Pedro insta a la poderosa influencia de la vida santa: “Mantengan entre los incrédulos una conducta tan ejemplar que, aunque los acusen de hacer el mal, ellos observen las buenas obras de ustedes y glorifiquen a Dios en el día de la salvación” (1 Pedro 2:12). Si esto es cierto en lo que concierne al discípulo, ¿no lo es también con referencia a su Señor? Si se me pide una defensa de la doctrina, tendré que señalarlo a Él. Viviendo entre los hombres, sin embargo, Él era más que hombre; era verdaderamente un hombre santo. Jesús es el Hombre Santo que a través de Su maravillosa ternura y espléndido coraje, Su fe tenaz y amor práctico, muestra la posibilidad de la santidad. Lucas, cuyo evangelio describe de forma tan vívida a Jesús, el Hombre, pintando esos cuadros de la infancia y la juventud, agregando de forma exclusiva aquellos toques de simpatía humana en el Hijo Pródigo y el Buen Samaritano, parece decirnos más claramente la manera en que Jesús pudo vivir esa vida pura y hermosa. Comienza enfatizando un punto: que la santidad de Jesús no lo eximía de pruebas; más bien lo colocó en el campo de bataCRISTIANOS EN MARCHA 11


lla. Él resistió la tentación que todos enfrentamos; la tentación de la gratificación personal (“Di a esta piedra que se convierta en pan”); el llamado al engrandecimiento personal (“A ti te daré toda esta potestad”); y la seducción de la autocompasión: (“A sus ángeles mandará acerca de ti…”, Lucas 4:3, 6, 10). Lucas sabe que la piedad no inmuniza al hombre ante la tentación; al contrario, los piadosos pueden sufrir las mismas pruebas que cualquier otro. Y Jesús es un ejemplo de este principio. Después de Su bautismo y estando “lleno del Espíritu”, fue llevado al desierto para ser tentado (Lucas 4:1–2). Se nos puede escapar lo que está implícito aquí debido a que tendemos a pensar sobre Su bondad como algo automático. No podemos ima12 CRISTIANOS EN MARCHA

ginarnos al Señor Jesús haciendo algo malo y, consecuentemente, suponemos que Sus victorias morales no tienen paralelo en nuestra vida. “Fue tan fácil para Él”, nos decimos. Ningún error nos perjudica más que pensar así. ¿Qué haremos, entonces, con frases como la siguiente: “Porque ejemplo os he dado…” (Juan 13:15) y “Haya en vosotros este mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5) y “porque también Cristo padeció por nosotros dejándonos ejemplo para que sigáis sus pisadas” (1 Pedro 2:21)? Jesús era verdaderamente humano, incluyendo en Su naturaleza lo que le agradaba y desagradaba, temores y esperanzas, anhelos y hastíos, todas características del ser humano. Tomemos por ejemplo, la capacidad de enojarse, un aspecto de la natu-


raleza humana que representa un punto vulnerable para muchos. “Yo tengo un mal genio terrible”, dice alguien honestamente y lamentando que la inconsistencia de este mal con su profesión cristiana resulta ofensiva para todos. Algunos tratan de justificar esos estallidos diciendo que son una expresión de “justa indignación”. Sobre este particular W.E. Sangster comenta lo siguiente: “Podemos considerar el enojo como ‘justa indignación’ cuando es una preocupación pura por el sufrimiento de otros que lleva al hombre a alguna reacción atrevida y costosa. Pero tendremos que llamarlo de otra forma (no importa cuán natural sea) cuando su flameante indignación es provocada por alguna contrariedad personal. Podrá seguir siendo ‘justa’ a sus ojos, pero nosotros no somos

los mejores árbitros de nuestra propia justicia”. No hay nada de esto en Jesús. Él tenía la capacidad de enojarse y le dio rienda suelta en el momento indicado. El sucio negocio en los atrios del templo, donde los hipócritas se aprovechaban de la piedad de los pobres lo encolerizó y “haciendo un azote de cuerdas echó fuera del templo a todos…” (Juan 2:15) encendiendo Su enojo debido a tan sucia explotación. Pero soportó sin resentimiento las injusticias que amontonaron sobre Él. Haber sido crucificado era completamente inmerecido e injusto, pero no crucificaron a un hombre enojado. Si el enojo puede ser santificado, como ilustra Jesús, Su humanidad nos lleva a ver que la santidad no es la liberación de los instintos naturales. Cuando estos instintos no son CRISTIANOS EN MARCHA 13


controlados por el Espíritu se canalizan hacia el pecado, buscan salidas, pero no son instintos malos en sí y nadie debe sentirse culpable debido a ellos. Como dijo el Mayor Allister Smith: “La atracción sexual es lícita y natural, pero la lujuria es pecado. Disfrutar el alimento es natural, pero la glotonería es pecado. El deseo de descansar es natural, pero la pereza es pecado. La recreación es natural, pero la mundanalidad es pecado”. Es de Jesús que aprendemos cómo armonizar la santidad con la vida en la forma cómo nosotros la vivimos, en el cuerpo y en el mundo. Podemos ver en Él que la comida y la bebida, el vestido y el descanso, pueden ser colocados sobre el altar de Dios y usados, sin representar una gratificación personal pecaminosa. Podemos llegar a percibir de Él que hay situaciones en que es mejor dejar de 14 CRISTIANOS EN MARCHA

lado nuestros derechos, por más justos que sean, y seguir el camino del deber abnegado. El Padre dijo repetidas veces refiriéndose a Jesús: “…en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17, 17:5). ¿Puede decirse tal cosa de algún otro? Sí, se puede, y ya ha sido dicho. “Enoc… tuvo testimonio de haber agradado a Dios” (Hebreos 11:5). Queda claro cuál es el comportamiento que agrada a Dios: “Sin fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6); y “de hacer el bien, y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios” (Hebreos 13:16). ¿Estarán dispuestos, los que se oponen a esta doctrina, a conceder que existe la posibilidad de agradar a Dios? Porque, de no ser posible tal cosa, ¿no es Él un tirano al demandar que lo intentemos?, y siendo que a Él le desagrada el pecado, ¿no es el


hecho de que se agrade de algunos hombres (como hemos notado), una prueba de que ellos no están viviendo en pecado? Ellos han sido librados de esa clase de vida y eso es lo que significa la santidad. El discípulo ha llegado a ser semejante a su Señor. Y eso es sólo el comienzo. Es el propósito declarado de toda la obra de Dios entre los hombres que los creyentes puedan llegar a ser “hechos conforme a la imagen de su Hijo” (Romanos 8:29). Y si tenemos algo de Su imagen ahora, cuánto más podemos esperar; “Sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2). Esta es una perspectiva atrayente. Eso explica por qué el Nuevo Testamento enfoca anhelosamente el retorno del Señor. Pablo tiene confianza que “el que comenzó en vosotros

la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6), y Pedro concuerda: “Esperad por completo la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado” (1 Pedro 1:13). Entonces seremos santos finalmente. En la plenitud de la semejanza a Cristo. Cuestionario ¿Es imposible ser santo o absurdo aspirar a la santidad? ¿Qué fue la santidad para Jesús; significó luchas o no? ¿Cree usted que la santificación implica “deshumanizarse”, convertirse en un ser insensible? ¿Podría la santidad ser una controladora y moderadora de nuestro carácter y de nuestras tendencias pecaminosas? ¿Es imposible proponerse la santidad según Cristo; es absurdo aspirarla? CRISTIANOS EN MARCHA 15


“Cabeza de piedra”

Nuestro Padre desea revelarnos Su voluntad y la verdad en Su Palabra. Gracias a Dios que ha levantado a mujeres y hombres inteligentes y piadosos que, a través de los siglos, se han preocupado por escudriñarla y traducirla para que nosotros podamos a su vez leerla y meditar sobre ella. Pero en el terreno de la comprensión bíblica hay muchas cosas que los libros no enseñan, y que sólo se aprenden en el terreno de la práctica y la experiencia. Dios, sin emargo, quiere revelarnos Su voluntad y la Verdad en Su Palabra. Tenemos ciertos pasajes de la Biblia que son de difícil comprensión, al menos en lo personal, y nece16 CRISTIANOS EN MARCHA

sitamos que la verdad contenida sea clara y firme en nuestro corazón. La oración es importante para permitir a Dios actuar de esa manera en nuestra mente. Por desdicha, en muchos casos hay una falta alarmante de conocimientos de nuestro propio idioma, habiendo tantos elementos de ayuda. Pero cuando oramos y demandamos del Señor el conocimiento y la sabiduría, maravillosamente la luz y la verdad llegan, con la capacidad de explicarlos también a los demás. “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Santiago 1:5).


Líderes del pueblo de Dios Escrito por el Mayor Graham Mizon, Cuartel de Escocia del Este

CRISTIANOS EN MARCHA 17


El Ejército de Salvación del siglo XXI se caracteriza tanto por lo que necesita ser administrado que pasamos por alto que la mayor necesidad es liderazgo. La administración y el liderazgo son dos conceptos que a menudo están entrelazados, mas son muy diferentes. Es necesario administrar las cosas, pero nuestro Ejército requiere de líderes. Richard Pascale escribió: “Los administradores hacen las cosas correctamente; los líderes hacen las cosas correctas”. Los administradores mandan; los líderes son seguidos. Los administradores hacen las cosas según las reglas 18 CRISTIANOS EN MARCHA

y dependen de su inteligencia; los líderes hacen las cosas por intuición y son gobernados por la emoción y la inspiración. Los líderes del pueblo de Dios son dotados y equipados y necesitan ser alentados a aprovechar sus dones (Romanos 12:8). Sin embargo, nuestro Ejército avanzará no sólo gracias a líderes habilosos, bien educados y sabios. Necesitamos líderes que hayan conocido a Dios, que hayan recibido una visión y una misión y que sean capaces de entusiasmar a otros en la guerra de salvación. Estos líderes saldrán de todas las áreas de nuestras fi-


las. Los líderes del pueblo de Dios no dependen de su estatus o posición; dependen de Dios e intuitivamente inspiran a los que los rodean. Durante los primeros 40 años de su vida Moisés desarrolló muchas habilidades administrativas mientras servía en la casa de Faraón. Aprendió muchas habilidades prácticas durante los siguientes 40 años de su vida en la tierra de Madián. Pero fue su encuentro con Dios junto a la zarza ardiendo lo que comisionó a Moisés, que ya tenía 80 años de edad, a regresar a Egipto y guiar al pueblo de Dios (Éxodo 3:1–10).

A pesar de su entrenamiento como administrador y las habilidades que había adquirido, Moisés no se sentía preparado para esa tarea de liderazgo: “Señor, te ruego que envíes a alguna otra persona” (Éxodo 4:13), pero Dios le dio el poder para ser el líder del pueblo de Dios (Éxodo 4:21). Moisés fue sucedido por Josué, un hombre de armas que comandaba ejércitos con gran destreza. Éxodo 17 informa que Josué lideró a su ejército a una victoria sobre los amalecitas. Pero la experticia práctica no era suficiente para el hombre que finalmente guiaría al pueblo de Dios CRISTIANOS EN MARCHA 19


a la tierra prometida después de 40 años de vagar por el desierto. Aunque a decir verdad, excepto por dos obedientes espías (Josué y Caleb), una generación completa tuvo que morir antes que una nueva generación pudiese ser guiada hacia delante. Dios le prometió a Josué: “Tal como le prometí a Moisés, yo les entregaré a ustedes todo lugar que toquen sus pies. . . así como estuve con Moisés, también estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré... tú harás que este pueblo herede la tierra que les prometí a sus antepasados” (Josué 1:5–6). Y así sucedió. Igual como Dios abrió el Mar Rojo para Moisés (Éxodo 14:21–22), abrió el río Jordán para Josué (Josué 3:14–16). Los líderes espirituales son capaces de guiar a la gente más allá de los obstáculos que detendrían a muchos administradores. Recuerden cómo Gedeón luchó 20 CRISTIANOS EN MARCHA

contra Madián. Gedeón era un juez que tuvo un encuentro con Dios (ver Jueces 6). Dios redujo el ejército de Gedeón de 32.000 hombres a sólo 300 (Jueces 7:1–8). ¿Por qué? “A fin de que Israel no se jacte contra mí (Dios) y diga que su propia fortaleza lo ha librado” (versículo 2). El Ejército de Salvación no depende de fuerza numérica para ganar las batallas de Dios. Necesitamos un constante número de líderes espirituales que puedan guiar al pueblo de Dios a las victorias. No es extraño que Gedeón esté incluido entre los héroes de la fe (Hebreos 11:32). Los líderes espirituales dependen totalmente de Dios y evitan aceptar ser alabados por las victorias alcanzadas. En su libro Liderazgo Valiente, Bill Hybels hace una paráfrasis de 1 Corintios 13: “Si yo tengo el don de liderazgo y puedo proporcionar dirección, preparar equipos y fijar me-


tas, pero fallo en demostrar bondad como la de Cristo, o en darle a Cristo el crédito por mis logros, a los ojos de Dios todos mis logros carecen de valor”. Elías fue un profeta y un líder espiritual en los años oscuros de la declinación de Israel. Pero ¿quién podría exitosamente suceder a este gran líder que pudo hacer descender fuego del cielo sobre los 450 profetas de Baal y los 400 profetas de la diosa Aserá (1 Reyes 18:38)? ¿Y quién pudo un día hacer una aparición en el Nuevo Testamento? (Mateo 17:3) ¡Eliseo! Eliseo, un humilde campesino (1 Reyes 19:19) fue contactado por Elías, quien le preguntó qué querría recibir de él antes de que muriera. Eliseo respondió: “Te pido que sea yo el heredero de tu espíritu por partida doble” (2 Reyes 2:9). Eliseo reconocía que lo que hacía destacar a Elías

era su espiritualidad. Después de que Elías fue transportado al cielo (versículo 11), Eliseo recibió lo que había pedido de tal forma que su liderazgo espiritual heredado fue reconocido por otros (versículo 15). Jesús, por supuesto, fue el supremo ejemplo de liderazgo espiritual, cuyo poder y autoridad fueron reconocidos por otros (Mateo 7:29). “El liderazgo no es un talento exclusivo que pertenece solamente a unos pocos favorecidos. Es una necesidad urgente que se ve en nuestras iglesias y en nuestras comunidades”, dice Chick Yuill en su libro Liderazgo en el vértice del cambio. Ya sea en nuestros ministerios entre niños y jóvenes, en nuestros Cuerpos, en nuestros centros sociales o cuarteles, Dios permita que descubramos a aquellos entre nosotros que tienen la capacidad para liderar al pueblo de Dios. CRISTIANOS EN MARCHA 21


No seas como ellos Tengo un pequeño sobrino que, por alguna razón, cualquiera sea, siempre que necesita algo, acude a su madre entre lágrimas y simulacros de berrinches. Es su forma de pedir. He visto a algunos que actúan de manera prepotente, como si fuera la obligación de sus padres satisfacerles cualquier capricho que se les ocurre. Y otros sencillamente, toman lo que

22 CRISTIANOS EN MARCHA

sus ojos ven, sin averiguar o pedir permiso, como diciendo “si se me antoja, es mío”. Sin duda que ninguna de esas es la manera correcta de pedir. Dios manda y espera nuestras oraciones, pero directas, sin vanas repeticiones ni expresiones tremendistas. Le agradan sí, las palabras de gratitud, adoración y alabanzas, pero no le gustan los lloriqueos lastimeros


ni las murmuraciones quejumbrosas. Ese tipo de oraciones son molestas y ofensivas. Analiza tus oraciones, peticiones y ruegos. Preséntate a Dios con un corazón sencillo y libre, y si es posible alegre. Él sabe de manera anticipada qué es lo que necesitas. Y ya tiene la respuesta. Muchos religiosos parecen gustar de este tipo de oración. No hay objeción cuando la situación en que viven es dramática, pero… ¿siempre?

Un compañero de ministerio solía afirmar que a Dios había que pedirle con lágrimas. Debo decir que con esta actitud muchas de sus oraciones resultaban patéticas, y hasta fastidiosas, si no cómicas. Nuestras oraciones al Padre deben ser sinceras y naturales. Ya lo dijo Jesús: “No sean como ellos, porque su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes de que se lo pidan” (Mateo 6:8).

CRISTIANOS EN MARCHA 23


Eduardo Palací Apóstol de Hispanoamérica Por Raquel Nüesch de Martin Biografía de Eduardo Palací

24 CRISTIANOS EN MARCHA


II. SU CONVERSIÓN En las blancas páginas de nuestra memoria infantil hay hechos, personas y cosas que han quedado allí estampados como si se hubiesen grabado con un buril de finísima punta. El encuentro de Eduardo Palací con los primeros misioneros evangélicos que fueron a trabajar a su país, cuando tenía poco más de ocho años de edad, fue uno de esos acontecimientos que produjo tal impresión en su mente que lo recordó a través de los años aun en sus mínimos detalles. Relatado por él mismo centenares de veces, revela asimismo que este constituyó la puerta que Dios mismo le abrió a una vida muy diferente de la que probablemente habría vivido, de no haber acontecido así. No era algo nuevo entonces, ni lo fue por muchos años después, el hecho que jóvenes de todas partes del mundo, especialmente de Europa, se sintiesen atraídos a los países de América del Sur, llevados por el deseo de “hacerse la América” —es decir, ganar rápidamente mucho dinero— o en busca de aventuras y aun de gloria. Con miras muy distintas, sin embargo, arribaron al Perú tres ingleses (dos de ellos solteros y uno casado) a los cuales llegó a conocer Palací. Se hallaban entre los primeros misioneros evangélicos que llegaron a estas playas, con el gran deseo de hacer conocer a la gente el evangelio regenerador y así ganar almas para el Señor Jesucristo. Aunque apenas habían aprendido el idioma, al poco tiempo los tres hombres y la señora de uno de ellos, que se habían instalado en el barrio

denominado “El Desaguadero”, en la calle “La Medalla”, en Lima, comenzaron a hacerse amigos de la población semicolonial que entonces todavía existía. El interés de los desconocidos ingleses parecía ser especialmente por los niños (aunque estos estaban asustados) porque se les había dicho que la intención de estos no era otra que la de “llevarse” a tantos niños y niñas como pudieran atrapar. Una larga y penosa enfermedad, que lo tuvo en cama por considerable tiempo, había dejado a Eduardo completamente débil; más delgado y al perecer más pequeño de lo que ya de por sí era. Para ayudarle a mejorar más rápido, su abuelito lo llevó a su chacra en el campo, en un coche tirado por dos caballos, pues los automóviles eran prácticamente desconocidos en ese tiempo. A Eduardo le encantaba ir al campo porque para entonces no tenía otro deseo sino que lo dejaran tranquilo. Muchas veces, en años por venir, habría de recordar en sus mensajes y escritos la pequeña chacra del abuelo y especialmente los animales que allí criaban. Como se acercaban las fiestas de fin de año, una tarde, en vísperas de Navidad, su abuelito lo trajo de vuelta a su casa, su mamá lo recibió en la puerta y le dijo: —Eduardito, uno de esos señores ingleses vino para invitarte a una fiesta de Navidad. Zoila y Sara (sus dos hermanas) ya se han ido. Si quieres, te llevaré hasta la puerta. Desde mediados de diciembre se había empezado a correr la voz de que “los ingleses” iban a obsequiar CRISTIANOS EN MARCHA 25


a los niños del barrio con una fiesta de Navidad, y aunque los pequeños no tenían la más remota idea de lo que sería esa fiesta, algunos la anticipaban con gran expectación. No así Eduardo. Realmente con muy pocas ganas accedió a ir. Su mamá lo condujo hasta la puerta de la casa, que era en los altos, y le dijo que subiera la escalera y golpeara. Una señora rubia y de ojos azules y rosadas mejillas, endeble pero frágil, abrió la puerta y miró cariñosamente a Eduardo. Al verle tan flacucho, pálido y, sobre todo, con una apariencia tan asustada se inclinó hacia él y lo besó en la frente. Luego lo tomó de la mano y lo llevó a la sala, donde unos setenta niños degustaban de las ricas tortas y biscochos que habían preparado. Parecía que todo era alegría. La señora lo sentó ante una de las mesas, donde él también partici26 CRISTIANOS EN MARCHA

pó de la comida. Nunca había visto tantos niños y niñas juntos y, sobre todo, tan felices. Cuando terminaron de comer, uno de los jóvenes ingleses dijo: —Hoy es víspera de Navidad y ahora les vamos a mostrar algunos cuadros de la primera Navidad. Se apagaron las luces y en una tela blanca que colgaron se reflejó en colores, por medio de un sencillo proyector, el primer cuadro del nacimiento de Jesús que Eduardo había visto en su vida. ¡Qué emoción le produjo! Su mamá solía llevarlo a él y sus hermanas a la iglesia todos los años para ver el nacimiento, pero era una escena preparada con imágenes y a él siempre le había parecido como que se trataba de un cuento de hadas, pero lo que veía ahora le parecía algo vivo, algo real y verdadero. Unas tras otras se sucedieron las


escenas de la primera Navidad que los niños miraban asombrados. Finalmente se terminaron y los misioneros mostraron otros cuadros del mismo Jesús pero coronado de espinas, maltratado y, finalmente, ¡crucificado! “¡Cómo me impresionó ese fin trágico del Niño precioso de la Navidad!” —dijo Palací. Las imágenes terminaron con las palabras de un coro que aparecieron en el telón: Cristo dio por mí Sangre carmesí Y por su muerte en la cruz, La vida dio Jesús. Uno de los jóvenes les explicó que todo lo que Jesús sufrió había sido para salvarlos. Las luces ya se habían encendido cuando uno de los misioneros preguntó cuál de los niños podía repetir de memoria el coro cuyas palabras se

habían proyectado. Sólo una manito se alzó tímidamente. Era la de Eduardo. El misionero fue a donde él estaba, lo tomó en sus brazos y lo puso de pie sobre una mesa frente a los demás niños. Desde allí repitió las palabras que habrían de quedar grabadas indeleblemente en su memoria. “Volví a casa con el corazón oprimido, pero al mismo tiempo dichoso”, dijo Palací relatando esos hechos. Y luego añadió: “En aquella primera Navidad evangélica aprendí que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”. Lo que no comprendía aún era que Jesús había venido para salvarlo también a él, personalmente. Sólo unos cincuenta niños concurrieron el próximo domingo a las clases bíblicas a las que los misioneros los habían invitado. Con todo, su optimismo permanecía, pues esperaban que esa asistencia se manCRISTIANOS EN MARCHA 27


tendría, pero pronto comenzaron las persecuciones de una clase y de otra, y la asistencia comenzó a mermar. Su propia madre, aunque había sido ella quien lo animó a entrar, se oponía ahora a que continuase concurriendo a las clases, quizá para evitar el ridículo ante los vecinos. En cambio el padre que era completamente indiferente en lo que a religión concernía, dijo: “Déjalo que vaya, son cosas de niño, ya se le pasará”. ¿Sería así, que habría de pasársele todo eso? Llegó un momento cuando él era el único que asistía a las clases. Habiendo aprendido mejor el idioma, varios misioneros se fueron a trabajar en el interior del país, pero su amigo, el que lo había tomado en sus brazos en la fiesta de Navidad, continuó dándole las clases. Viendo la manera notable con que Palací aprendía, lo invitó a ir, además, dos veces a la semana a su casa para leer. 28 CRISTIANOS EN MARCHA

¿Tendría Eduardo entonces tanto interés en la religión realmente, o sería la suya una sed de saber? En todo caso, el libro de texto del misionero era el Nuevo Testamento. Así pues, leyeron los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles y llegaron después a la Epístola a los Romanos. Una noche —dice Palací— leí: Ahora pues ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, mas conforme al Espíritu. Como una luz del cielo recibí esa revelación: Si no hay ahora ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, entonces ¡soy salvo! ¿Eso es lo que significan esas palabras? —pregunté. —Sí, repuso mi amigo— eso es lo que dice la Palabra de Dios: si crees en Cristo Jesús como Salvador, eres salvo. Lleno de gozo salté de mi asiento,


pero el misionero me detuvo, diciendo: “Oremos y agradezcamos a Dios por la luz y la experiencia que te ha concedido”. Las piernecitas no le alcanzaban para correr hasta su casa y contarle a su mamá lo que le había acontecido, repitiéndole a ella como también a su papá esas palabras que habían obrado el milagro en su corazón. —¡El niño se ha vuelto loco!— exclamó la madre—. Esos extranjeros no le están haciendo ningún bien. No hay que dejarlo ir más. El padre, en cambio, se mostró como siempre, incrédulo, y se echó a reír sin que le preocupara para nada lo que le había ocurrido al chico. —No hay verdad en ninguna religión —observó. Y luego dijo, como lo había hecho en otra oportunidad—: Déjalo, pronto se habrá olvidado de esas tonterías. Al día siguiente la madre de

Eduardo, pensando que ocuparse en algo le distraería de sus extraños pensamientos, le alcanzó una canasta y lo envió a la feria para que comprase algunos comestibles. No obstante, esas palabras —“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”— persistían en la mente de Eduardo y era imposible refrenar el gozo que sentía. ¡Ahora, sí, sabía que el Señor Jesucristo había muerto también para él, personalmente! Sin duda que la gente que vendía y compraba en la feria habrá prestado poca atención al muchachito que saltaba de contento y silbaba el coro: “Cristo dio por mí sangre carmesí”, pero la indiecita que, sentada en el suelo, vendía las verduras que Eduardo necesitaba, se hallaba realmente desconcertada ante el rosario de palabras con que el niño trataba de explicarle lo que había sucedido. Y CRISTIANOS EN MARCHA 29


aunque el tiempo pasaba, igualmente tenía que contárselo a la que vendía las papas… hasta que un fuerte tirón de orejas lo hizo volver en sí. Al levantar la cabeza, se encontró con que allí estaba su papá. —¡Yo te voy a enseñar a entretenerte, en lugar de cumplir con tu deber! —le dijo este, y aunque para Eduardo fue una dolorosa vuelta a la realidad, esto también fue algo que le sirvió de lección duradera. No podemos menos que comprender que, a pesar de todo, el misionero Henry Backhouse (que así se llamaba nuestro hombre) sintiese que su misión en el Perú había sido un fracaso. Chasqueado, cansado y débil, sintió que las fuerzas físicas le fallaban y, en efecto, no tardó en caer en cama, gravemente enfermo. De lo que acabamos de relatar habían transcurrido sólo unos pocos años cuando esta otra experiencia, aunque 30 CRISTIANOS EN MARCHA

sumamente dolorosa, habría de destacarse como una nueva piedra en la vida del niño Eduardo. Una fría mañana de junio alguien llamó con urgencia a la puerta de su casa, para traerle el mensaje que su amigo el misionero estaba muy grave y quería verlo. Consumido por la fiebre tifoidea, el hombre yacía moribundo. Junto al lecho de muerte, el niño se sintió impresionado por ese cuadro que por primera vez presenciaba, a la vez que conmovido en lo más íntimo de su alma infantil por el trance en que se encontraba el varón por cuyo medio había llegado a conocer la luz del Evangelio. Momentos antes de expirar, el joven siervo de Dios hizo como que quería hablar con el niño, único fruto visible de su llamado y labor para el Señor. El pequeño se acercó y el misionero abriendo de súbito sus


grandes ojos azules, lúcidos, como si la niebla de la muerte hubiese huido de ellos, los fijó en él dulcemente y, con voz velada y apenas perceptible, murmuró con paternal afecto: —Me muero, hijo, pero quiero que me prometas algo. El niño hubiera sido capaz de prometerle la propia vida a este hombre de Dios a quien tanto había llegado a querer, de modo que no titubeó en responder: —Sí, si lo prometeré. Dígame usted lo que desea. El moribundo calló un instante y luego dijo: —Quiero que me prometas que cuando yo haya muerto tú serás un misionero en América del Sur. —Sí, lo seré —contestó el niño. Momentos después el alma del esforzado misionero, que a pesar de todo no había retirado su ofrenda del altar de consagración, ni había discu-

tido con el Señor lo que parecía ser una “paga” muy injusta, había volado a la eternidad. Así, su misión en la tierra había terminado, aparentemente con muy poco éxito alcanzado. No obstante, ¿era esta la realidad? Quizá esos ojos que se posaron sobre el pequeño Eduardo —que en verdad estaba muy lejos de comprender en ese momento el significado de la promesa que había hecho— alcanzaron a tener una postrer visión, por la fe, de una gran compañía… que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos con ropas blancas y palmas en las manos, y clamaban en alta voz diciendo: “Salvación a nuestro Dios que está sentado en el trono y al Cordero”. Estos habrían de venir como resultado del mensaje de salvación del que, en ese momento, era destinado por Dios para llevar adelante su obra en la América del Sur. CRISTIANOS EN MARCHA 31


Más que nunca “Ya se acerca el fin de todas las cosas. Así que, para orar bien, manténganse sobrios y con la mente despejada” (1 Pedro 4:7).

Cristianos en marcha Julio  
Advertisement