Issuu on Google+

“La renuncia es generosidad, una forma de sabiduría” En una zona de colinas sinuosas entre la provincia de Valencia y Albacete está el Templo Zen Luz Serena, sede espiritual de la Comunidad Budista Soto Zen española que él fundó en 1989. Tiene nombre oriental, Dokushô, ganado en muchos años de estudio por los templos, y apellido español por su cuna sevillana. Texto: Fernando Franco Foto: Ricardo Grobas

Así de inesperada es la vida de los hombres que de una familia jornalera y sevillana salió este maestro zen de cráneo compacto y rasurado, curtida la mirada. Acaba de llegar a las librerías “Zen. En la plaza del mercado” (Editorial Aguilar), pero a este libro en que da las claves zen para comprender y sanar el malestar existencial en la era de la globalización, le han antecedido otros con su firma y pensamiento. Dokushô es distancia y, al tiempo, cercanía, palabra viva y a la vez templada. Difícil imaginar que de un pueblo como Utrera, sevillano, salga un maestro en cultura tan lejana... Ese es uno de los síntomas positivos de la globalización. El movimiento de los seres humanos se ha multiplicado y hoy ir a Japón, si antes era una odisea, está al alcance de la mano. Dokushô es hijo tardío del 68 y de las corrientes orientalistas surgidas en el movimiento hippie, y conectó con la práctica del budismo zen en París, donde recibió la ordenación de monje soto zen de su primer maestro, pasando después estudios en principales monasterios del Japón. Su vida, que es la de un monje ¿se diferencia mucho de la de un ciudadano medio? Depende. Mi vida es atípica porque soy fundador de la Comunidad Budista Soto Zen y del templo Luz Serena y me debo por completo a esta tarea. Vivo en el templo, dirijo una comunidad de unas cien personas que se están formando. Otros monjes viven en la ciudad, con su familia y su trabajo normal. El zen implica sobriedad, supongo, pero ¿también renuncia? Claro, pero la palabra renuncia tiene hoy muy mala prensa. Se ve como algo negativo, como la frustración de un deseo. Eso no es nuestro punto de vista sino que pensamos que la renuncia es una forma de sabiduría, la máxima expresión de la generosidad. ¿Por qué? Porque todo eso que renunciamos apropiarnos se lo estamos dando a los demás. Es justo el espíritu contrario al que preside la sociedad moderna, mercantilista y consumista.


Simplificando, aquí estamos los que tenemos fe o no la tenemos en el más allá ¿Y el zen? Quizás sea esa una simplificación excesiva pero, en todo caso, le diré que Occidente peca de una visión demasiado etnocéntrica cuando se acerca a la religión, que siempre la entiende como una forma de teísmo. Por eso cuesta concebir cómo se puede tener una vida religiosa y espiritual sin trabajar con la hipótesis de Dios. ¿Y así es el budismo? El budismo es una tradición religiosa y espiritual que ennoblece la vida humana sin contar con la hipótesis de trabajo de Dios. Nosotros decimos que hay que vivir sin esperanzas y sin temor, sin sujeción al deseo y sin miedo al futuro. Ya en los años 50 Alan Watts empezó a publicar libros sobre el zen. Suzuki hizo lo mismo, como otros muchos, con la intención de dar a conocer el zen en occidente. Pero aún hay quien cree que es una línea de decoración... Es el problema de la vulgarización a la que nos somete la sociedad de consumo, los publicistas, el marketing, que no duda en utilizar el nombre de una tradición espiritual milenaria para bautizar nuevos productos comerciales, nuevas tendencias de moda... Y eso es lo que llega a la gente llana. Gary Snyder escribió en “El budismo y la revolución venidera” que la bendición de Occidente ha sido la revolución social y, la de Oriente, la penetración individual en el vacío existencial del yo... Cierto, y añadió que necesitamos las dos. La gran aportación de Occidente viene, por un lado, del espíritu de los Evangelios pero, por otro, de la Ilustración, a partir de la cual el individuo se convirtió en sujeto de la historia. Esto aceleró una revolución social de la que fue hija el Estado del Bienestar, pero está coja, le falta la dimensión vertical de la profundidad y esa puede dársela el budismo. El Estado del Bienestar, dice. ¿Tendrá que ver el malestar existencial en las sociedades opulentas con su abandono por parte de los estados? Tiene que ver pero ese abandono no es más que un síntoma, no una causa. Desde nuestra perspectiva budista zen las causas son mucho más profundas y tienen que ver con la adopción por los humanos de un sistema de vida opuesto a la naturaleza. ¿En qué sentido? En algún momento de su historia, el ser humano le ha ido dando la espalda a su propia naturaleza biológica, a las profundas relaciones que le unen con todos los seres vivos, con los ecosistemas... para construir una cultura por encima de la naturaleza. La degradación ecológica actual y la degradación social que la alimenta tiene como causa esta separación, que es también la que tiene entre el yo y los demás. ¿Es posible entender el zen con la lógica dualista de Occidente?


Imposible. Precisamente lo que el zen aporta es un nuevo sistema lógico que nada tiene que ver con la cosmovisión occidental. Es una bocanada de aire fresco a nuestra conciencia de realidad que no nos separa “de lo otro” sino que nos une al todo. Eso me recuerda la experiencia unitiva de nuestros místicos... Con razón. Y ocurre en todas las místicas, desde la sufí a la occidental: la unión con el Amado. En el zen se habla de “no dos”. Dijo usted una vez que el zen no sirve para nada. Entonces ¿para qué el zen? Para nada. ¿Cómo para nada? Hay una mentalidad utilitarista según la cual todo se hace por algo, en función de algo, de los resultados, del después. El zen es vivir aquí y ahora lo que estás viviendo. Nos dicen, por ejemplo, que el crecimiento económico es bien para todos... Eso es un mito, una ilusión. No se puede continuar creciendo continuamente a costa de hipotecar los recursos. Todos los seres humanos necesitamos tener una vida digna que cubra nuestras necesidades básicas. No ocurre. Y es que el problema no está en generar más riqueza sino en repartir la que ya hay. Publicada en El Faro de Vigo, el domingo 16 de marzo del 2008.


La renuncia es generosidad