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SANDRA & ARTURO


Epílogo No recuerdo bien cómo pero ocurrió que cierto día una pareja se encontró de frente, por meras cuestiones burocráticas: esos papeleos en que te aproximas a otro, una cercanía que en la mayoría de ocasiones pasa de soslayo. Aquel día no fue así, pero no por ello se trató de uno de los pasajes más románticos en sus vidas. Al principio ni se fumaron, quizás hasta se cayeron mal. Dos personas comunes y corrientes que se ven por una vez y crean una primera impresión: nada del otro mundo. Por lo menos eso parecía. Los días, las clases, las noches, la vida continuó sin cambios durante cierto tiempo. Ambos seguían por caminos distintos, sin cruce alguno. Pero todos los caminos poseen, entre su origen y término, desviaciones o senderos que causan intriga, que nos llaman la atención. Lo mismo ocurrió con esta historia: un día, por algún pensamiento o sensación, su camino pareció alienarse a causa de algo en común. Sabrá Dios si fue el arte, la música, la ópera, los colores cálidos de las tardes, un aroma o los chistes lo que los llevo a conversar después del diplomado. Se agregaron al Facebook y comenzó el ritual, ese que nos vuelve perversos con tal de conseguir lo que queremos, de concretar un deseo, el primero de muchos: el cortejo, ese me buscas me niego, un hay un no sé qué de ti que creo que me gusta, una duda que mostraba algo fuera de lo normal. Sendas y largas pláticas que mostraban inquietudes, puntos en común. De pronto las conversaciones se tornaron más calu-

rosas, divertidas tal vez, ya no eran intrascendentes: el deseo se volvió más persistente y misterioso. Querían conocer más del otro, cosas que no se muestran de buenas a primeras, mucho menos en cualquier espacio. Un hormigueo de nervios, un sudor frío que recorre el cuerpo y eriza los vellos. Y sucedió que un día después de cenar o comer o una chela o un algo (recuerden que la historia no la sé del todo bien, eso ustedes lo platicarán algún día, se ruborizarán de pena o se besaran apasionadamente al recordarlo) se conocieron entre murmullos y sabores. Texturas que se desperdigaron por aquí y allá. Aromas que se mezclaron. Palpitaciones que se compartieron. Una atmosfera cálida, llena de vaivenes y movimientos. Las sensaciones por supuesto se transformaron, pero en ese momento nada de eso importaba: sólo cuerpos descubriéndose por primera vez, deleitándose mutuamente. Recordaron que ya los habían creado, en un tiempo inmemorial, tal vez hasta inexistente. Sintieron que una conexión surgió desde quién sabe cuándo. Algo ocurría entre su cuerpos y mentes, su ser, que los aproximaba, los mantenía juntos. Una primera unión. Ahí comenzó la historia que los llevo a decisiones que cambiarán el orden de sus vidas,los guiarán por una nueva:conocer intimidades,secretos, deseos, historias peculiares, que seguro sus padres no saben. Y resulto que un día, poco antes de la primavera, época de colores vivos y calores cadenciosos, ocurrió.

Un cuarto de hotel en insurgentes para prepararte, San-


dra, un auto clásico (con chofer y toda la onda), un jardín decorado de rosa recibió a la gente. ¿Recuerdan el jardín? había flores distintas sobre las mesas, pétalos sobre la loza, menús con detalles floreados, hojas y pétalos sobre, cabe, bajo, en la atmósfera clara y apacible de aquel día de Marzo. Él se notaba intranquilo, nervioso pues iba de aquí para allá, con la mirada de vez en vez dirigida hacia la entrada mientras tú, Sandra, recorrías las calles de Coyo ante la mirada desconocida de muchos que se alegraban al verte emocionada, debes admitir que también nerviosa ¿o no? Entrabas a La Flor de Lis para tomarte una foto del recuerdo, fumabas, querías ir al parque pero ya no dio tiempo. Arturo, continuando con el paseo entre sillas en las que, de forma paciente, una sombrilla acompañada de un bote con burbujas aguardaban el momento alegre después de ese “sí” que marcaría todo, se ponía una flor en el ojal del saco, abrazaba a su mamá, conversaba con amigos y familiares, miraba la mesa que serviría lo mismo para ceremonia jurídica que como altar religioso; se paraba junto al Árbol de los deseos que horas más tarde sostendría las bendiciones escritas por sus acompañantes y que aún permanecía con las velas apagadas, sin más luz que la del sol anunciante de un buen día: una tarde fresca, emocionante y emotiva en un mismo tiempo. Hartos dulces en la mesa con globos y huacales repletos de bombones, chicharrones, fuentes de panques, mazapanes, pelones…. parecían niños jugando a casarse.

Pero va en serio.

Porque el juego seguirá.

Aquel día en que jugaron a casarse la juez lo notó: “todavía no están casados” con voz dura y solemne, de licenciada que ve como una pareja une sus vidas mientras trabaja (pobre mujer). Tu risa apenada, Sandra, después de esas palabras de la licenciada: todavía no… mas resultó que sí, que se casaron. CA-SADOS ante todos: ante Dios, ante su hijo, ante la familia, ante desconocidos que servían cócteles o refrescos, ante las flores, ante los músicos de bossa-nova y jazz de recepción, ante la fuente de chocolate y frutas, ante (cómo olvidarlos) los amigos de Kiss que hicieron bailar a sus invitados, ante las luces, ante la bóveda nocturna de Coyoacán que miraba desde arriba como ustedes dos bailaban para deleite de todos porque su amor se percibía en esos pasos, en la voz femenina que acompañó al trío bolero de la tarde o la voz tímida que coreo junto a Gene Simmons y Paul Sanley durante la noche. Casados ante el mundo entero porque dudo que otra cosa les importará en ese instante más que su unión, nada más….el mundo se detuvo para ustedes y no al revés. La primavera apenas comienza…el amor, el jardín, crecer como flores, tener frutos. Vivir. Amar.


Sandra&Arturo