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UNIVERSIDAD ANÁHUAC MÉXICO NORTE FACULTAD DE COMUNICACIÓN

LA COMUNIDAD JUDÍA EN MÉXICO … SISTEMA MUNDIAL DE LA INFORMACIÓN PRESENTA: SARAH KATRI FASJA

NOMBRE DEL PROFESOR:

JORGE HIDALGO TOLEDO

HUIXQUILUCAN, EDO. DE MÉXICO

MAYO, 2018


La Comunidad Judía en México… Según el portal de Diario judío, La comunidad judía contemporánea en México es relativamente joven; aunque su presencia data de casi quinientos años ya que los judíos estuvieron ligados al descubrimiento de América con los llamados “conversos” (judíos convertidos forzosamente al cristianismo) que llegaron al Nuevo Mundo con el deseo de ser libres para llevar a cabo sus tradiciones judaicas y alejarse de la Inquisición. Pronto se percataron que eso sería imposible, pues aunque el Tribunal del Santo Oficio comenzó a actuar oficialmente en 1571, desde los primeros años del establecimiento español en México tuvo representantes en el clero que se encargaron de vigilar la pureza de la fe. La Inquisición actuó en el país durante los tres siglos de la Colonia y fue suprimida apenas el siglo pasado, en 1834. Aquellos que vivieron en la Nueva España como judíos lo hicieron de forma clandestina y con grandes dificultades para sobrevivir. Existen en el país algunos grupos de judíos mexicanos que pueden tener ascendencia directa de aquellos de la época colonial, como son los de Venta Prieta en Pachuca, Hidalgo; los de Vallejo en la ciudad de México, y otros más; sin embargo, esta línea de ascendencia no ha podido ser probada de manera definitiva. En 1860 Benito Juárez estableció la tolerancia religiosa en México, misma que fue corroborada cinco años después durante el gobierno del emperador Maximiliano de Hasburgo. Lawrence B. Speyer fue un banquero a principios del siglo XX; tenía un banco con filiales en Nueva York, Francfort y Londres. En 1904 adquirió la emisión de bonos que permitió al gobierno mexicano comprar a los ingleses y norteamericanos la mayoría de las acciones del sistema ferroviario del país. Posteriormente, Speyer


dio su apoyo a Francisco I. Madero con quien estableció nexos personales a través de la masonería. Su relación con México fue muy importante ya que junto con Kuhn, Loeb y Compañía fueron los encargados de la organización del sistema ferroviario nacional. Los primeros en manifestarse abiertamente como judíos fueron los sefaraditas, judíos procedentes de la zona mediterránea europea (Turquía, Grecia, y los Balcanes), y los del Medio Oriente (Damasco y Alepo). Estos llegaron al país desde finales del siglo XIX y su inmigración aumentó en la primera década del siglo XX a causa de guerras y revoluciones en sus países de origen. Tuvieron un proceso rápido de adaptación pues su forma de vida era afín a la latinoamericana, su lengua, ladino o judeo español, les permitió una incorporación eficaz a la vida económica y social en México. En 1949 el Comité Central Israelita de México llevó a cabo un censo de los judíos que vivían entonces en el país. Las cifras que arrojo este censo fueron las siguientes: 19,949 en la capital 9,069 ashkenazitas 5,880 sefaraditas 3,988 familias

De estos, 7,313 eran inmigrantes y 7,637 nacidos en el país, es decir, judíos criollos; 11,726 ya eran ciudadanos mexicanos, incluyendo los nacionalizados y los nacidos en el país. La mayoría eran ashkenazitas originarios de Polonia 2,441; Rusia 1,189; Lituania 467. De Alemania, Austria, Hungría y Rumania el grupo era menor y de Estados Unidos 109 personas.


Los judíos establecidos en provincia eran 3,700 y las comunidades más grandes eran las de Guadalajara y Monterrey. Reportaba además que del total de la población judía, el 45 por ciento tenía menos de 21 años. En total había 21 mil judíos en México, los cuales constituían el 0.1 por ciento de la población. Después de este censo no se volvió a realizar otro hasta 1991, en que la Universidad Hebrea de Jerusalén, apoyada por la Asociación Mexicana de Amigos de la Universidad Hebrea de Jerusalén, emprendió un proyecto para llevar a cabo un censo de los judíos en México. En un informe el doctor Sergio Della Pergola, coordinador del mismo, presentó un resultado sobre el número de judíos mexicanos en 1991. Total 42,200 Distrito Federal 22,900 Estado de México 15,800 Otros estados del país 3,500

La mayoría de los judíos ashkenazitas que viven hoy en México, son descendientes de los inmigrantes de los shtetls o pequeños pueblos judíos de la Europa Oriental, que existieron durante más de 600 años, y que en su mayoría fueron destruidos durante la Segunda Guerra Mundial. Cerca de dos y medio millones de aquellos judíos se embarcaron rumbo a los Estados Unidos entre 1880 y 1924, año en que la inmigración fue restringida y prácticamente detenida para residentes del Este y Sur de Europa. La inmigración de judíos desde Europa Oriental se había iniciado desde 1860 y se acrecentó después de 1869, debido a las continuas guerras en los países europeos, el servicio militar obligatorio, la crisis de desocupación por la industria, las malas cosechas y, por supuesto, por la intolerancia religiosa.


Organizaciones

de

beneficencia,

como

la Alliance

Israelitte

Universelle,

establecieron una serie de estaciones en el camino a través de Austria y Alemania que facilitaron a los inmigrantes su llegada a Hamburgo y otros puertos de salida, proveyéndoles con boletos para los barcos que zarpaban hacia América En los 24 años anteriores a la Primera Guerra Mundial, lapso que equivale apenas a una generación, el 34% de la población judía europea emigró al continente americano. La práctica de pogroms se incrementó a principios de este siglo, sobre todo entre 1903 y 1906, precipitando la emigración; sin embargo estos no fueron el único factor determinante. También otras causas presionaron: la situación económica, conflictos personales y comunitarios y, por supuesto, el advenimiento de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución Bolchevique. Debemos recordar que estos judíos ashkenazitas se formaron en gran medida en el conflictivo mundo post-emancipatorio y postjasídico, dentro de una sociedad hostil y antisemita. Esta emancipación se expresó en todos los planos de la vida cotidiana, exigiendo la renuncia de los elementos distintivos judíos y la asimilación de la cultura circundante. En tanto que las demandas de índole jasídicas exigían la segregación del mundo judío cargando de diferencias a la conducta diaria. Entre esas dos tendencias opuestas –emancipación y jasidismo- no podía existir un término medio. Hasta la más mínima acción que se llevara a cabo bajo el espíritu emancipatorio o asimilacionista, negaba la esencia misma de las demandas jasídicas. Cualquier intento de asimilar elementos no judíos a la vida cotidiana, o de romper las barreras segregacionistas del jasidismo, fue enfrentado con los sentimientos de culpa fomentados por este movimiento. Por otro lado, era incomprensible para el judío post-emancipado retornar al shtetl jasídico.


Este estado de confusión que acompaño la salida del shtetl fue trasladado a México con sus mismas y diversas manifestaciones. La brecha entre el totalitarismo jasídico y las tendencias asimilacionistas del universo de la emancipación,

en

combinación

con

el

racionalismo

sionista,

el

socialismo bundista y el uso del idish como idioma, se acrecentó al encontrarse frente a una nueva realidad: la mexicana. La mayoría de los que llegaron a México pensaron en continuar la vida del shtetl, y a la vez, integrarse a la sociedad mexicana. Ambos conceptos resultaban contradictorios, mas prevalecieron por mucho tiempo. La sensación siempre presente en el shtetl era de tranquilidad e inocencia; ya en México, la tranquilidad se convirtió en prisa y la inocencia evoluciono hacia un nuevo vigor y optimismo. En el “alter heim” (viejo hogar) existía un sentimiento de esperanza, la tradicional “seguridad” judía que tenia sus raíces en creencias místicas; en cambio, en México ese optimismo dejó de ser místico para encontrar sus raíces en la realidad. Los judíos retuvieron formas de vida y lenguaje, mas en respuesta al medio circundante, asimilaron mucho de él y lo integraron a su vida cotidiana, sin descuidar su propia tradición, que permaneció intacta. En el “shtetl” el centro de su gobierno y de su actividad era la sinagoga, la cual fungía también como Casa de la Asamblea. Había una administración central y un Consejo Comunitario o “Kahal”, los que funcionaban igual que en el siglo XIX, sobre todo en Polonia y Rusia. Para el “shtetl” el judaísmo no era una religión, sino una forma de vida. Ahí la mayor autoridad legal era el rabino, el cual dictaminaba tanto en cuestiones religiosas como escolásticas; era el juez y la ley bajo la cual juzgaba, salía de las Sagradas Escrituras.


Al llegar a México, el inmigrante trasplantó estas costumbres, y cuando tomó la decisión de quedarse en el país, lo primero que busco fue una sinagoga dónde rezar y un rabino al cual poder acudir. Su indumentaria tradicional, sin embargo, cambio tanto para los hombres como para las mujeres, quienes trataron de incorporar a su vida diaria la vestimenta de la sociedad circundante. Aun aquellos que se dedicaron a la venta ambulante o a tenderos, daban la sensación de estar vestidos para “recibir el sábado”. La Revolución Mexicana de 1910 representó un retraso enorme para el comercio y la industria. La agricultura, que era el renglón principal, tampoco significo un atractivo para los inmigrantes que en su mayoría eran artesanos o comerciantes y no campesinos. La situación en el agro era de enorme pobreza e incertidumbre, debido a las transformaciones que se estaban efectuando con el reparto de tierras y la creación de la pequeña propiedad agrícola. México fue visto como un lugar de paso hacia los Estados Unidos, ya que los inmigrantes que venían huyendo de inestabilidades políticas y pobreza, no querían repetir el esquema. Se exigía un mínimo de dos años de estancia en territorio mexicano para otorgar algún permiso para emigrar. Este periodo influyo en muchos, que acabaron por quedarse definitivamente en México, ya adaptados a las circunstancias. La mayoría llegó sin ninguna profesión, así que sólo calificaron para vendedores ambulantes o aboneros; aun los que venían con una profesión también trabajaron en esos oficios hasta aprender un poco el idioma. En 1922, al crearse la Beneficencia Nidjei Israel, ésta resolvió los problemas fundamentales de los inmigrantes y con el tiempo, convertida en una Kehilá, se volvió un autogobierno, con un cuerpo administrativo completo, un rabinato, un comité cultural, un departamento de educación, uno de socios y llegó a contar con un sistema de arbitraje propio, actuando como una verdadera democracia con elecciones efectivas.


Nidje Israel logró ser –para 1957- la organización centralizadora de las actividades del sector ashkenazita en México. El Minyán inicial se convirtió en una Comunidad en toda forma.

La Comunidad Judía en México  
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