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EN EL UMBRAL DE UNA ESPIRITUALIDAD VIATORIANA

Pedro LAUR, c.s.v.


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PRESENTACIÓN Desde hace dos décadas tratamos de abrir nuevos caminos viatorianos en la selva de nuestro mundo contemporáneo. No será fácil hacer revivir una inspiración querbesiana que Roma enterró. Los Asociados y Religiosos de Chile manifestaron el deseo de profundizar la “espiritualidad viatoriana”. Las páginas que siguen vienen de la remodelación de un texto que fue entregado a la Región de Chile. Muchos elementos han sido eliminados para tratar de centrarnos sobre una espiritualidad que tiene sus fuentes en el Fundador. Aunque se hable de “espiritualidad viatoriana” no integra, por falta de tiempo y de documentación, las riquezas de nuestras tradiciones a lo largo de ciento cincuenta años de vida después de la muerte del fundador. Jean Marie Roux cita en unos de sus textos de gran intuición teológica a Hervé Stephan, antiguo superior de los Asuncionistas: “No son tanto los textos los que nos fundan, es este hombre”. Hablaba de Emmanuel d’Alzon el fundador de su instituto. Dice J.M. Roux “Este hombre, para nosotros es el Padre Luis Querbes“. Es pues una invitación a leer de nuevo su vida. Robert Bonnafous, lo hace actualmente, con una exégesis rigurosa, escribiendo la vida crítica del Fundador. Hemos de hacer, con esta historia, una lectura hermenéutica orientada a sacar para nuestro “hoy” una aplicación concreta y dinámica de lo que inspiró en su tiempo al P. Luis Querbes: su pasión por Dios, por sus hermanos, el “sentimiento de la presencia de Dios”, su voluntad de construir el Reino apoyándose en la educación, la catequesis y un culto vivo y festivo... Aquí ensayamos unos balbuceos. Encontraremos algo, muy breve, de historia. Nos recuerda que nuestro hoy tiene raíces en un pasado que dinamizará nuestro futuro. Hemos repetido demasiado que no teníamos una identidad muy marcada como Viatores. Sin embargo, Querbes soñó la Sociedad de San Viator y su fuerte personalidad dejó huellas profundas en función de una misión definida. Para dinamizarla, le da las bases de una espiritualidad vivida y concreta que nos debe servir de guía. Es lo que nos da un espíritu propio y que nos tipifica. Si nuestra normal misión es la de ser “Catequistas”, “hombres y mujeres litúrgicos”, nuestra espiritualidad ha de encarnarse para dinamizar esta misión en una “vida de fe ilustrada y de celo ardiente”. Existen muchas maneras de cumplir los ministerios que nos fueron confiados, cuando aceptamos vivir el carisma viatoriano. Bajo la “bandera de Viator” y como educadores, nos consagramos especialmente a ”la juventud pobre”. Somos “comunicadores de la Palabra, leída, profundizada y celebrada”. Es nuestra vida, es nuestro espíritu. Por consiguiente, estas son las fuentes de nuestra “vida espiritual viatoriana” . Recordaremos aquí, según las repetidas invitaciones que nos lanza el último Capítulo general que nuestra fuerza, como asociados y religiosos, es la contemplación. Si este trabajo es una descripción de lo que podría ser una espiritualidad viatoriana, es también, y quisiera ser, sobre todo, un instrumento y una invitación para adentrarnos en la oración. “El sentimiento de la presencia de Dios” nos ayudará a vivir nuestra vocación viatoriana en el seno del mundo actual. El Espíritu nos irá recreando. P.L.

N.B. Para aligerar la edición, eliminé todas las referencias mencionadas en el trabajo citado. Los textos que me sirvieron para la reflexión han sido mencionados en la bibliografía.


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INTRODUCCIÓN ¿ ESPIRITUALIDAD y / o SANTIDAD? André Malraux afirmó: « el siglo XXI será religioso o no será”. No sé si acertó. Pero K. Rahner parafraseando esta afirmación decía: “el siglo XXI será místico o no será”. Vislumbramos que acertó. Efectivamente una multitud de espiritualidades crecen en el bosque selvático de la espiritualidad globalizada. ¿Qué es espiritualidad? Fray Beto dice: “La mística sólo existe para enseñarnos a enfrentarnos a los conflictos y para hacer que, una vez dentro de ellos, no seamos aplastados, sino que estemos siempre por encima o en una relación que no nos rompa la armonía interior ni la de la relación con los demás”. Es que una espiritualidad es manifestación de una crisis permanente del hombre “siempre inadaptado”, en eterna peregrinación por sus carencias y satisfacciones. Es la raíz de la espiritualidad. Brota de una carencia gritada, interrogada, explorada y sublimada. Es una constante búsqueda inspirada por la conciencia de un vacío que hay que llenar, un inacabado que es preciso perfeccionar. Se vive en sí mismo, en las relaciones con los demás, en las relaciones con la naturaleza y el cosmos. Se emprende entonces un camino de resistencia y de liberación, en medio y por causa de las tensiones entre el yo y el otro, la carne, el afecto y la razón, lo social y lo privado, lo ético, etc... Una espiritualidad se manifestará entonces en función del tiempo y de la historia. Las aspiraciones, los ideales y los conflictos del tiempo histórico de Luis Querbes no fueron como los que conocemos hoy. La espiritualidad será profundamente encarnada. Por esto surge cuestionando y criticando la realidad en una coyuntura determinada. Adecua su lenguaje a la sensibilidad de un momento de los hombres. Una espiritualidad es entonces una creación humana. Será muy diversa, plural. Luis Querbes tuvo la suya, nosotros tendremos la nuestra. Esta afirmación no quita el reconocimiento de la acción del Espíritu. ¿Qué es espiritualidad? “Una vida movida por el soplo, el Espíritu. Una vida llevada al máximo de su significación” nos dice Bernard Besret. “Una inmensa búsqueda de autenticidad” nota Christiane Singer. “Una experiencia de absoluto, una apertura en las murallas individuales” añade Roger-Pol Droit.. “La espiritualidad está vinculada a la dignidad humana. Acceder a una vida interior, llevar una búsqueda ética partiendo de valores como justicia o solidaridad; tener una preocupación ética, provocar los recursos de la imaginación... todo esto es espiritualidad” detalla Anne-Marie Franqui. Podríamos añadir otras definiciones... En nuestros tiempos de búsqueda espiritual, con o sin “guru”, nos complicamos a veces mucho el camino para ir al encuentro de Dios. Una gran especialista del hebreo, Marie Balmary, dice que el “abandona tu tierra” de Abraham ha de acompañarse de : “Ve hacia ti”. Es una aventura espiritual del desposeimiento. Constituye el camino hacia el otro y hacia sí mismo. El cristianismo recalca que la relación a Dios pasa por la relación con el otro. Se acompaña de una crítica a los ídolos modernos. Es una profundización de la Alianza en nuestro mundo. El ídolo se define como “necio y malo”. Necio, porque cierra toda posibilidad de imaginar al mundo diferente. Malo porque tiende a hacernos ver la desgracia de los demás como un destino contra el que no se puede nada. Pienso que el P. Querbes entró profundamente en la crítica de estos ídolos. Soñó que se podía construir un mundo diferente y creó instrumentos para conseguirlo, porque creía que el destino del hombre está en las manos de Dios y que obrando en libertad se puede construir de nuevo. “¿Qué es un crecimiento espiritual que no esté en relación, es decir, capaz de cambiar el mundo?” pregunta G. Ringlet. Nadie puede ahorrarnos la prueba personal de los valores por los que vale la pena arriesgarse. La pertenencia a una institución, de cualquier naturaleza que sea, no nos puede librar de este combate. El futuro no es la mera repetición del pasado, ni la instalación beata en la crítica de nuestras idolatrías. Es el camino que vamos a recorrer juntos. Nacerá entonces la aurora de


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una nueva espiritualidad hecha de aventura personal y de “comunidades de nuestras auroras”, como decía el poeta René Char. En este sentido podemos hablar de una espiritualidad viatoriana. De una manera también poética (pero ¿hay otra manera de hablar correctamente de mística y espiritualidad?), Anthony de Mello dice que:”despertar es la espiritualidad porque sólo despiertos podemos entrar en la verdad (y según, Juan, Dios es la verdad. n.r.) y descubrir qué lazos nos impiden la libertad. Es como la salida del sol sobre la noche. Es como la luz sobre la oscuridad. Es la alegría que se descubre a sí misma desnuda de toda forma. El místico es el que todo lo ve con claridad porque está despierto... Despertar es vivenciar el presente. Es mirar la realidad”. Es la toma de conciencia del sentido de toda la vida. En un documento sobre espiritualidad litúrgica, el R.P. Mark R. Francis dice: “Nuestra Espiritualidad es la manera en que lo que podríamos llamar nuestra “fuerza vital” participa en este mundo. Esta participación puede ser positiva o negativa, para bien o para mal, e implica a nuestra voluntad y a las opciones que vamos tomando a lo largo del viaje de nuestra vida. Pero la espiritualidad es algo más que lo puramente volitivo, porque abarca completamente la manera que la persona tiene de estar en el mundo: la pasión (eros), deseo o “fuego” esenciales que nos animan... Mucho antes de que hagamos algo explícitamente religioso, tenemos que hacer algo con el fuego que nos quema por dentro. Lo que hacemos con ese fuego, cómo lo encauzamos, eso es nuestra espiritualidad... Fundamentalmente, la espiritualidad es cómo nos las arreglamos con esa fuerza vital que nos viene de Dios y cómo la encauzamos para bien o para mal”1 (1) Esta larga cita quiere recalcar que tomamos la palabra espiritualidad en un sentido muy global. Todo lo que toca a las cuestiones vitales. Hemos de notar cómo hoy, lo sagrado va cambiando de sentido. En todas las tradiciones espirituales la noción de sagrado fue un elemento fundamental. Toda espiritualidad se pensaba en función de una realidad ”otra”: lo divino, lo santo... lo separado. La meta era la aproximación a dicha realidad. En nuestra cultura globalizada, esta noción va perdiendo fuerza. No parece evidente que exista una alteridad inalcanzable. Lo sagrado podría ser simplemente lo “virtual” de la felicidad, de la plenitud. El desafío es descubrir los medios más eficaces para pasar de lo “virtual” a lo “real”. No aparecen tan necesarios los ritos como mediaciones entre lo profano y lo sagrado y tampoco los ministros o instituciones como intermediarios con lo incomunicable. Nagarjuna, gran maestro budista dijo: “Mientras haces una diferencia entre el “nirvana” y el “samsara” estás en el samsara”. Dicho de otra manera, el nirvana, la salvación, es lo mismo que la vida cotidiana, que el ciclo del nacimiento, del sufrimiento y de la muerte. Mientras se hace una diferencia entre lo absoluto y lo relativo, entre lo espiritual y lo material, entre lo sagrado y lo profano, uno se queda en lo relativo. No integra toda su vida en la que todo es sagrado y no profano. Todo es de Dios y no del Cesar. Todo es del cuerpo. Todo es del espíritu. No hay espíritu humano sin cuerpo. Vivir la vida espiritual, es vivir aquí y ahora una experiencia de salvación, de sencillez, de silencio, de amor. No hay profano. Todo tiene su dimensión de eternidad. Así cambiamos el mundo. Así nuestra espiritualidad ha de cambiar el mundo... Pues descubrimos que “Dios será todo en todos” (1Co 15,28). Un último punto, pues no pretendemos ser exhaustivos en este inmenso tema. Es la cuestión de la primacía del sentido que Victor Franlk tomaba como centro de su “logoterapia”. Esta cuestión toma la delantera de la demanda espiritual de nuestros contemporáneos. Ya no se piden verdades (crisis de los dogmas), tampoco salvación (fin de la ética del mérito) ni un absoluto. Sólo se busca un sentido a la vivencia inmediata del individuo en relación. El bienestar afectivo ha de orientar hacia una mística de la interioridad y de la unidad armónica. La gran curiosidad espiritual facilita la integración de propuestas que nos vienen de fuentes muy diversas. Internet facilita la exploración infinita. Pero quita la capacidad creativa y la imaginación de las generaciones de los 70. Se buscan medios espirituales que permitan vivir mejor. Esta comprensión de la espiritualidad nos lleva a una comprensión de la santidad en la que los términos espiritualidad y santidad son sinónimos. Es el camino del “monje” como dice Panikar en su “Elogio de la sencillez”. El “monje” no designa sólo a religiosos sino “a toda persona que aspira con todo su ser alcanzar el objetivo último de la vida, renunciando a todo lo que no es 1

– Mark R. Francis, En el camino espiritual litúrgico del Pueblo de Dios. (Separata)


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indispensable para concentrarse únicamente sobre este solo y único objetivo. Puede ser religioso o laico.” Está “entre los pobres y ricos, en Oriente y Occidente, tanto entre los creyentes como entre los no-creyentes... en los barrios populares, las plazas y los mercados, en las calles, las montañas y los valles, en las escuelas, las oficinas. Se lo ve también en antiguos monasterios. Su nombre es innumerable, su apellido es la insatisfacción ante el statu quo. Pero su origen es tan misterioso como las fuentes de los ríos”. Los buscadores de Dios están en todas partes, son varones o mujeres que buscan sólo a Dios y Dios se ofrece siempre en todas partes. No sólo en lo sagrado sino también en lo profano. Una exigencia de vida santa basada en el hecho de que somos todos “agarrados por Cristo” (Fil 3,12) en toda nuestra existencia. Estamos lejos del legalismo o de una mera ascesis. Estamos ante un proyecto integrador de toda la vida. Veremos más abajo como la santidad “ha de ser según la verdad”.Un imperativo para el Catequista de San Viator. En los Estatutos de la Asociación de los Catequistas, Querbes menciona como fin principal de los miembros “La propia santificación” (DQ 127 3.10). “Ser santo” tenía, en su tiempo, una dimensión bastante individualista. Nuestras Constituciones de 1984 hablan de acoger la vida religiosa: “para que venga su Reino. Llamados a vivir los consejos evangélicos queremos profundizar nuestro compromiso bautismal siguiendo a Jesús casto, pobre y obediente” (art. 1). Estamos en lo vivido por Querbes. Si uno de sus objetivos era: vivir la santidad, no la buscó por caminos complicados o de una espiritualidad de pacotilla. Era para que creciera el Reino. El P. Faure le molestaba mucho con sus deseos de santidad utópica. Querbes le reprendía. No es que dudaba de esta necesidad: “de verdad debemos ser santos y yo en particular” escribe en 1840 (DQ 306 6.30). Comprendía que es un don total, un sí a Dios como el de la Virgen en la anunciación para entrar en el designio de Dios. Podríamos distinguir dos estilos de santos: el “perfecto” y el “integrado”. Es una de las consecuencias de pensar en antropologías diferentes. El primer modelo va de acuerdo con el dualismo griego. Da la primacía a la razón que debe controlar el “eros”, la pasión y la compasión. No nos interesa aquí. Mientras que el segundo se adapta mejor a un modelo más bíblico y también contemporáneo. Como la espiritualidad definida más arriba, es una santidad integradora Querbes había sido formado según los esquemas del primer modelo. Sin embargo veremos como en su comportamiento concreto, en sus relaciones con los hermanos y con gente que suplicó su ayuda, Querbes vive otra dinámica. La que designamos por “integración”. Como era, de verdad, santo, vivía en la realidad. Su camino llevaba a una estrategia de integración. Nunca la sistematizó. Nunca la explicó. Pero resultó de su manera de ser. Su búsqueda de absoluto le permitió superar las murallas individuales. Quiso devolver la dignidad a estos maestros que procedían, a veces, de los bajos fondos de la sociedad. Su deseo permanente de autenticidad y de verdad le permitía encontrar a Dios a lo largo de sus días y en los acontecimientos... Su respeto por la naturaleza humana lo llevaba por los caminos de uno de sus maestros en espiritualidad: Francisco de Sales: “Esperamos no imponer nada rudo” decía este.. No recomienda virtudes heroicas. “Preferir las que sean más conforme a nuestra obligación y no las que sean más acomodadas a nuestro gusto”. Destaca las “pequeñas virtudes”: paciencia, mortificación del corazón, la humildad, la obediencia, la bondad con el prójimo... Sabemos como Querbes proponía “las virtudes ordinarias”. Somos santos en una naturaleza humana: cuerpo y espíritu. Y la santidad asumirá todas las dimensiones. El cristiano asume toda la complejidad de la simpatía, de la pasión y de la compasión. La razón hace girar, como satélites en torno a un centro, todos los impulsos de la vida, todas las fuerzas de la pasión humana. El esfuerzo incide en el equilibrio. El resultado es la imagen de un santo que es un hombre integrado. Maneja las riendas de sus energías. Es capaz de ternura y de gestos profundamente humanitarios, porque no se ha dejado enjaular por la racionalidad y el control. Pablo insiste en la integración de toda la persona: “el corazón, manteniéndolo en una piedad iluminada hacia Dios; el espíritu avanzando cristianamente en las ciencias del cuerpo, fijando sus movimientos y cuidando con discreción su salud y sus fuerzas” (1 Tes 5,23). Es el camino bien entendido de la Encarnación. Jesús, siendo hombre, asume toda la naturaleza


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humana en su plenitud. Es nuestra norma segura para llegar a ser santo. La santidad verdadera. Un humanismo de verdad. La radicalidad evangélica nunca puede relativizar la condición humana y el compromiso en la realidad temporal no puede oscurecer la irrenunciable aspiración a la santidad. En un Congreso de Universitarios, Juan Pablo II recordaba que “El mundo se cambia con la santidad” (9 de abril de 2001). Es cierto para el cristiano, cuanto más para el religioso quien dedica su vida a la misión hoy. El mismo Papa dice: “Para promover una cultura global de esos absolutos morales que son los derechos de la persona, es necesario que cada cristiano comience por sí mismo, esforzándose por reflejar en cada uno de sus propios pensamientos y de sus propios actos la imagen de Cristo”. Toda la vida, todas nuestras energías (la fuerza vital), todos nuestros sentimientos, todas nuestras actividades... toda nuestra historia son constructores de esta espiritualidad y de esta santidad. Trataremos de descubrirlo en la existencia de nuestro fundador. 1) Se encuentra frente a una realidad y piensa una estrategia de trabajo pastoral. 2) Crea una Sociedad para dar respuesta a una misión precisa. 3) Con el fin de alimentar espiritualmente y dinamizar a los hermanos, propone medios:  El “sentimiento de la Presencia de Dios”.  Les invita a vivir un “celo ardiente” que él mismo vive con intensidad.  Estructura el trípode espiritual viatoriano.  alimentar la fe con la Palabra de Dios, profundizar la fe con el estudio,  celebrar la fe en la liturgia y más especialmente en la Eucaristía,  compartir esta fe.  Como persona tiene su propio dinamismo. Sus cualidades morales específicas marcan su personalidad. En este orden vamos a tratar de retomar una visión de una espiritualidad que, como viatores, tendría que ser nuestra.


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1 MIRAR LA HISTORIA DELINEAR ESTRATEGIAS


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EL PRINCIPIO “REALIDAD”. LA REALIDAD DEL MUNDO GALO EN TIEMPO DE QUERBES. Tratemos de recordar el contexto histórico del fundador. Los 10 años de Revolución francesa (1789-1799) han perturbado el país en muchos aspectos: político, social, religioso, etc... La situación política. La Revolución ha dado un golpe mortal a los principios básicos de los Estados: el sistema aristocrático y monárquico se opone al ideal democrático. A la autoridad de derecho divino transmitida por herencia le sustituye la que procede de la libre elección popular. Durante el siglo XIX la historia política será dominada por la lucha entre estos dos principios, estos dos sistemas. La Iglesia por tradición es favorable a la autoridad de derecho divino. La Revolución provoca un fenómeno nuevo: el estado laico. Por definición escapa a la obediencia religiosa. El derecho de los pueblos a disponer de sí mismos se manifestará como un explosivo más poderoso aún que el liberalismo; es un horror para la Iglesia. Durante la Restauración, al retorno de los reyes, altar, trono y sociedad son 3 bienes que se deben defender de los “satánicos”. Católicos, legitimistas y conservadores, en la mentalidad romana (ultramontana) son 3 palabras inseparables. Pero la política tan clerical del rey Carlos X despierta al viejo anticlericalismo y prepara la revolución de 1830 que tiene como blanco tanto la Iglesia como la realeza. Y el Padre Querbes era Carlista. La situación social y religiosa. Se proclama la igualdad como derecho. En realidad, como dirá un bromista: “unos pocos son mucho más iguales que las grandes mayorías”. Existe la libertad de opinión, de expresión, de reunión, de prensa, de enseñanza... a condición de no oponerse al nuevo orden establecido. Las libertades tienen efectos muy diferentes, según se ejerzan sobre los ricos o sobre los pobres. Como el P. Querbes se dedicará al campo quiero recordar brevemente la situación social de la gente de provincia. El campesinado representa la mayoría de la población. Se le ve como una masa analfabeta y pasiva. Muy dependiente del Estado y de los pudientes. El campesino, prudente y desconfiado, no se lanza tras las novedades, porque está convencido que los viejos métodos son mejores. Los minifundistas tienen parcelas tan chicas que, por lo menos, la tercera parte de ellos, deben alquilar otras. Muchos son dependientes de otras tierras. La propiedad individual crea una gran división. Este desmenuzamiento en crecimiento multiplica el número de los minifundistas y no asegura el confort de las aisladas aldeas por falta de carreteras. Labradores y arrendatarios saben que la tierra no les pertenece y, aunque la trabajen, reciben salarios muy bajos. Las familias son más numerosas que en la ciudad y no necesitan asalariados. Existe un crecimiento natural, lo que provoca una sobrepoblación manifestada en una acumulación de trabajadores, poco o mal remunerados, una mendicidad importante y la migración hacia las ciudades. Muchos emigran para trabajos estacionales: durante el invierno, albañiles; cosechadores en verano; vendimiadores en otoño. El campesino vive en chozas con techo de paja, convive frecuentemente con animales. La alimentación se caracteriza por su frugalidad y monotonía: el pan es la base. La patata predomina en el menú. Muy poca carne. La vestimenta en muchos lugares se hace en casa,


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incluso con materia prima de la propia explotación: cáñamo, lino o lana. Con frecuencia las familias pobres las reciben de la caridad de los pudientes o de la parroquia. Los pueblos viven en autarquía, buscan la autosuficiencia, consumiendo lo que producen. De hecho viven muy pobremente, a la merced de una mala cosecha o de una epidemia. La última gran hambruna que vivió Francia fue en 1847. La situación religiosa no es más envidiable. Aumenta la ignorancia religiosa. Se acentúa durante la Restauración. Los sacerdotes escasean y envejecen. Sobreviven terrores seculares. La inseguridad, la miseria, el aislamiento de los largos meses del invierno alimentan estas creencias. La maldición recae sobre los humanos, los animales, las cosechas y ciertos lugares. Se cree en los sortilegios, la mala suerte, el hechizo, el mal de ojo. La gente se protege con amuletos de todo tipo. Los poderes sobrenaturales, como los encantos tomados de la magia, y los brujos tienen poder en el mundo campesino. Por otra parte en la burguesía y las “élites” reina la indiferencia. Los esfuerzos que se hacen para limitar la influencia de la Iglesia en la Universidad aumenta esta indiferencia. Las escuelas mutuas, que el P. Luis Querbes menciona a veces como un obstáculo a la “recristianización” tuvieron una influencia en este campo. Por otra parte, un anticlericalismo persistente crea desconfianza y aleja de los medios que permitirían la superación de esta lacra. De Lamenais en su “Ensayo sobre la indiferencia en materia de religión”, refleja sin duda una situación real. Ante este panorama, Querbes optará por los pobres del campo y luchará contra la ignorancia y la indiferencia religiosa. No conocía nuestra dialéctica del ver, juzgar y actuar. Tampoco la conocían Aristóteles, ni Tomás de Aquino y sin embargo la aplicaron. En definitiva viene de ellos. El principio “realidad”. Luis Querbes supo ver. Supo adaptarse a la realidad. Su mirada del mundo no era una mirada vacía. Karl Barth decía: “Un predicador debe tener la Biblia en una mano y el periódico en la otra”. ¿Por qué el periódico? Por causa de la realidad. Es necesario saber lo que pasa en el mundo, en el país para que la Palabra pueda hablar en esa situación. ¿No decía San Agustín :”Dios escribió dos libros: la vida y la Biblia”? El primer libro escrito por Dios es la vida. El segundo es la Biblia. Y Dios escribió el segundo libro sólo porque el primero ya no marchaba muy bien, por causa del pecado... No se puede leer la Biblia, como si la historia no existiera. El P. Luis Querbes vivió en la situación social, política y religiosa de Francia. Percibió lo que había destruido la Revolución respecto a la religión y a la Iglesia. Vio cómo había sembrado la indiferencia en las masas. Descubrió cómo el campo sufría la marginación de los pobres. En este contexto, fue madurando su acción contemplativa, su espiritualidad. A diferencia de la mayoría del clero, no se quedó contemplando el mundo. Quiso cambiar a su manera el campo concreto que escogió. Vivió en Vourles situaciones que intentó solucionar: la falta de educación de los niños, el aislamiento de los párrocos en la inmensa tarea de reconstrucción eclesial, la falta de dignidad de los maestros del campo... A partir de su propia realidad soñó un proyecto y comenzó a ensayar. Paulatinamente va confrontando esta realidad con su comprensión del evangelio. En su mente se van dibujando metas realizables, a su alcance. Dentro de esta dialéctica: realidad frente a evangelio del Reino, se aclara su fe que va apuntando a actos eficaces en la misión. Su fe motiva el amor; su contemplación se vuelve acción, su mística desemboca en un “celo ardiente” que se hace eficaz. Había conocido en la ciudad una realidad diferente. Llegado a Vourles se vio inmerso en otro contexto. Despertó a un mundo no conocido: la marginación, la pobreza, el aislamiento, el analfabetismo, el desconocimiento de las “verdades de la fe”... Muchos vivían esta realidad, entre sus compañeros de sacerdocio. Pero su sensibilidad le despertó. Un poco a imagen de Pablo caído de su caballo, dio de bruces contra el suelo de la realidad y despertó.


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La formación espiritual recibida en el seminario lo había programado en función de una cierta concepción de la pastoral. Pero ante una realidad desconocida supo reaccionar e Interpretar. Comprendió que no la podía forzar. La vio como era. En contacto permanente con ella, supo pensar un proyecto de largo alcance y a largo plazo. Vivió una realidad cambiante. Se impusieron cambios a su proyecto. Sencillamente los aceptó... Supo adecuarse. ¿La situación en Francia parece cerrar puertas a la misión de su Institución? No pasa el tiempo lamentándose. Lee los signos de los tiempos y manda a hermanos a la India. Su “celo” está vivo en su corazón y lo empuja. Imagina otras salidas. ¿Unas metas se vuelven imposibles?, la realidad le abre otras. Este realismo era parte de su propia mística de abandono a Dios. En varias oportunidades tuvo que cerrar misiones por motivos diversos. No se ve que eche mucho de menos lo que debe dejar. Vive la realidad, como abandono a la Providencia, y se ve libre y lleno de paz, como él mismo dice. Flexible, realista, Luis Querbes ve precisarse en él un espíritu nuevo, un estilo nuevo en la tarea pastoral. Al contacto del mundo de los pobres del campo, se afina su sensibilidad hacia los destinatarios de la evangelización y hacia los agentes de acción pastoral. El contacto, real y físico, le inclinó sobre las condiciones sociales de la gente concreta con la que trabajarían los hermanos de su Sociedad. Se fijó en estos oprimidos que Puebla enumera: rostros de niños, de jóvenes, de campesinos... Quiso devolver su dignidad al mensajero laico del evangelio, el clérigo – laico conocido en las parroquias rurales. Quiso aliviar la soledad de sacerdotes perdidos en el campo, que es una idea más generosa que práctica. Y entra en un proceso que lo sacará de sus comodidades domésticas para proyectarlo hacia los demás. No hizo un análisis socioeconómico. Luis Querbes no se preguntó ¿por qué existe la miseria? ¿Cuáles son sus raíces? Muy pocos, en el mundo clerical de la primera mitad del siglo XIX lo hicieron. No buscó tanto las causas de la miseria y de la marginación o de la soledad. Vivió en contacto con esta realidad y pudo imaginar soluciones que, a la larga, deberían ser efectivas. Sabía, como afirma Tomás de Aquino que “un error acerca del mundo redunda en error acerca de Dios”. Su espiritualidad no elimina, ni substituye el acontecimiento del mundo real. Lo lee en clave de fe. Y por esto los caminos que propone son tan sencillos y llenos de sentido común. Tener los ojos abiertos ante la realidad: acontecimientos y personas, era parte de su proceso espiritual. Era la mediación indispensable, aunque insuficiente, que le permitía un entendimiento ulterior y más profundo que era el saber propio de su fe. En la crisis que vivía la sociedad, apuntaba a rescatar el futuro de los pobres del campo en vinculación con el proyecto eclesial. Es cierto que su sensibilidad social estaba más cerca de la Iglesia conservadora que de los liberales que querían cambiar todo el sistema. Ante la dificultad de encontrar salidas que respondieran al modo de pensar eclesial del momento no se quedó con los brazos cruzados. La educación aparece como el camino menos asistencial. Abre puertas para superar la marginación. Querbes asoció el destino de su obra al destino de los pobres del campo en Francia. ¿No era una mística de ojos abiertos y de manos laboriosas? Los liberales buscaban caminos de participación popular en su proyecto político, La educación y la enseñanza ¿no eran puertas abiertas a la participación ciudadana, como decimos hoy? Saber leer la realidad económica y social, fue de verdad una fuente de esta espiritualidad querbesiana, tan sencilla, que permite a todos vivir la fe en el quehacer diario: lo que llamamos lo secular. Elemento importante para quien quiere ser un buscador de Dios. Discípulo de Francisco de Sales, su humanismo y su espiritualidad son inseparables. Su espiritualidad se hizo, en un solo movimiento, camino de conversión y de solidaridad. Abandonó las ilusiones de lo extraordinario, para tomar en serio la realidad en su densidad total, aplicando en esta itinerancia la ley de la misericordia y del amor. Como dice el Deuteronomio, “caminaba humildemente con su Dios”. Por algo recomendará las virtudes ordinarias, y la humildad en particular. Caminó con el peso de sus aciertos y sus errores sin jamás desesperar de la “Providencia”. Aunque él nunca habló en estos término, podemos decir que vivió el “sacramento de la realidad”. Al volverse espiritualidad su humanismo daba un valor prácticamente sacramental a toda la realidad. El espacio donde le tocó recorrer el camino de su vida era el altar de una permanente Eucaristía, “holocausto”, ofrenda a Dios de toda la vida. Esta manera de vivir la


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realidad le prohibía toda nostalgia, toda resignación e indiferencia. Así vivió la confianza y la esperanza porque sabía leer los signos de los tiempos. Leer los signos de los tiempos. Esta expresión, leer “los signos de los tiempos” es de origen evangélico (Mt 16,1-5) pero no se utilizaba en tiempo de Querbes. Volver, con el Vaticano II (GS, 4), al vocabulario doctrinal, al teológico y a la praxis de la Iglesia provocará una verdadera revolución en el campo de la reflexión. Paulatinamente han aparecido profundas modificaciones en nuestra manera de comprender y de vivir los contenidos de la fe y de la realidad de la vida. Tras más de 170 años transcurridos desde la fundación de la Sociedad, interpretamos hermenéuticamente los acontecimientos fundacionales de los Viatores. Necesariamente vemos más cosas, cosas diferentes de las pensó y vivió el fundador. Vamos más allá del acontecimiento histórico objetivo. Entramos en la reinterpretación espiritual. Los signos de los tiempos son “los fenómenos que por su generalización y su frecuencia caracterizan a una época y a través de los cuales se expresan las necesidades y las aspiraciones de la humanidad presente”. Los signos de los tiempos, por naturaleza, hacen posible una ocasión de revelación y de presencia de la salvación. Leer e interpretar los signos de los tiempos nos lleva a descubrir los signos de la presencia de Dios en nuestra historia. Esta última cobra un sentido. El problema es ¿cómo discernir sin confundirnos? El punto de partida enraizado en la realidad objetiva y en la realidad evangélica nos ayudará a ver más lúcidamente. Cuando estuve en Iquitos, vivía en una quinta de la décima cuadra de la calle Yavari. Dos casas más arriba en una muy humilde casa, Guida, una madre soltera, sobrevivía con sus tres hijos. Dos casas más abajo en una lujosa casa de dos pisos, con la fachada cubierta de azulejos, gozaba de sus días un banquero. Guida desde muy temprano, durante todo el día y hasta muy avanzada la noche tostaba plátanos a la brasa para venderlos a quienes iban al trabajo de madrugada o regresaban a su casa muy tarde. Un día me dijo: “Pedro, mañana mis hijos podrán comer, el comercio anduvo muy bien hoy día”. Supe que los niños comían por turno: un día unos, otro día los demás. Pues no todos los días había pan en la pobre mesa. A las ocho y media, preciso como un reloj, salía el banquero a su banco y pasaba frente al puesto de la humilde vendedora. “¿Me verá cuando se va a su banco?” me dijo un día Guida. “Y ¿lo ves tú, le pregunté?” – “¡Qué va, está siempre tras sus lunas polarizadas!”. Detrás de sus lunas polarizadas en su casa, en su carro y en su banco. No querría que lo vea el mundo y a él le importaba un pepino el mundo.... Epulón y mi Lázaro femenino ¿podían ver el mundo de la misma manera? ¿El Dios de los dos es el mismo? “A la diferencia de la casa del banquero parece que el cielo tiene siempre las puertas abiertas. Un ladrón de levita y galera llegó después de subir tantas gradas en el umbral. Golpeó las manos y gritó el Ave María Purísima. Pero nadie respondió. Miró hacia adentro, y quedó maravillado de la cantidad de cosas lindas que se distinguían. No había nadie para vigilarlas. Ni ángel, ni santo... Entró. “¡Caramba, se dijo, parece que aquí deben ser todos gente muy honrada! ¡Mira que dejar todo abierto y sin guardia que vigile!”. De patio en patio, de jardín en jardín, de sala en sala se fue internando en las mansiones celestiales, hasta que desembocó en lo que tendría que ser la oficina de Tata Dios. Por supuesto, estaba abierta también ella de par en par. Penetró. En el escritorio de Tata Dios, estaban sus anteojos. No pudo resistir a la tentación de echar una miradita hacia la tierra con los anteojos de Tata Dios. ¡Qué maravilla! Se veía todo clarito y patente... Lo profundo de las intenciones de los políticos, las auténticas razones de los economistas, las tentaciones de los hombres de Iglesia, los sufrimientos de las dos terceras partes de la humanidad. Todo estaba patente a los anteojos de Dios...


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Y buscó al banquero. Lo agarró en ese preciso instante en el que estaba estafando a una pobre mujer viuda mediante un crédito bochornoso que terminaría de hundirla en la miseria por sécula seculorum. Al ver esta cochinada, le subió al corazón un violento deseo de justicia. Agarró el banquito de Tata Dios, y revoleándolo por sobre la cabeza lo lanzó a la tierra con tremenda puntería. El banquito le pegó un formidable golpe al banquero, tumbándolo allí mismo. En ese momento entró Tata Dios. Nuestro amigo se sobresaltó. Pero Dios no estaba irritado. Gozaba de muy buen humor, como siempre. Simplemente le preguntó qué estaba haciendo. Trató de explicar balbuceando. Pero Dios preguntó: ¿Qué pasó con mi banquito donde apoyo los pies? Y le contó a Tata Dios en forma apasionada que había observado al banquero justamente cuando cometía una tremenda injusticia, y que había subido al alma un gran deseo de justicia, y que sin pensar en nada había manoteado el banquito y se lo había arrojado por el lomo. “¡Ah, no! Ahí te equivocaste, le dijo Tata Dios. No te diste cuenta de que si bien te habías puesto mis anteojos, te faltaba tener mi corazón. Hay que tener mucho cuidado con ponerse mis anteojos, si no se está bien seguro de tener también mi corazón. Sólo tiene derecho a juzgar, el que tiene el poder de salvar... Y el hombre se despertó todo transpirado, observando por la ventana entreabierta que el sol ya había salido y que fuera cantaban los pajaritos...”(Menapace Mamerto, Cuentos rodados). Son necesarios unos criterios de lectura. Tener el corazón de Dios, mirar con los ojos de Dios, creer como Jesús, implica tener una visión histórica de la realidad que habremos de interpretar. Un primer momento es escuchar atentamente, mirar con ojos bien abiertos las situaciones y los acontecimientos. Supone una actitud profundamente respetuosa con la realidad. Por otra parte, es importante saber desde dónde se mira. Si es cierto que una lectura cristiana no puede rechazar la realidad de los hechos, esta comprensión tomará fuertes variantes según quien la mira. Los liberales y los conservadores no tenían la misma comprensión e interpretación de los acontecimientos que vivían en los tiempos de la Restauración. Leer la realidad desde el punto de vista de los poderosos del mundo o leerla desde el punto de vista de los pobres no ofrece la misma visión. Estas diferencias llevan a veces a desviaciones que vienen de la ideología o del moralismo. La ideología puede llevar a la mutilación del hecho, a modificar la verdad de las cosas. O la reducen o la tergiversan. Provoca una verdadera alienación. No somos inocentes en este campo. Pues, como decía Mr Schmit en Santo Domingo, “¡Quien no tenga ideología que arroje la primera piedra!”. El moralismo es sólo una variante de la anterior. Atribuye a los demás, o incluso a la voluntad divina, intenciones, causalidades o hechos. El uso indiscriminado de expresiones como “Voluntad divina”, “Providencia” revelan qué distancia puede insinuar el moralismo en el que se sitúa frente a los hechos. Veremos que Querbes utiliza estas expresiones, según el lenguaje del tiempo. Un segundo momento es comprender e interpretar. Es importante comprender, utilizando instrumentos de análisis. Es discernir. Es penetrar en el interior del acontecimiento humano. Pero con los ojos de Dios. Es ponernos en la misma longitud de onda del acontecimiento. Es entrar en simpatía con él. No se puede comprender a Querbes y su fundación si no la reubicamos en su contexto histórico. Tendremos que compartir, simpatizar con los acontecimientos de la primera mitad del siglo XIX. Es preciso mancharse las manos, arriesgarse, involucrarse. Y trataremos de hacerlo a partir de los pobres. Se nos podrá tildar de ideología. Es una mirada evangélica, en unión con el Hijo que el Padre ha dado al mundo. Cuando nació la sociedad burguesa en Francia, los hombres de Iglesia, separados del pueblo, defendían sociedades aristocráticas. No podían comprender lo que pasaba. Los sacerdotes, en sus parroquias, más cercanos al pueblo no vivieron tanto esta polarización. La cercanía popular de los pobres del campo llevó a Querbes a superar su predisposición ideológica a hacer otra lectura, más bien práctica. ¿No es lo que hemos visto en ciertos obispos latinoamericanos, cuando el acercamiento a los pobres cambió su discurso y su modo de vivir? Recordemos a Oscar Romero...


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Interpretar es ponerse en relación con la propia realidad de la vida, con la vida de quien los crea o los lee. Se trata de mirar con los anteojos de Tata Dios. Es necesario abandonar la superficie del acontecimiento por encontrar lo que constituye el mensaje profundo del mismo. Por encima de las ambigüedades de sentido, es preciso tener siempre presente al mundo vital de la fe, de la presencia de Dios. En ello sobresalió Luis Querbes. Ni Dios, ni el hombre son máquinas necesitadas, sino libertades autónomas. Habrá que juzgar “a la luz de la Palabra de Dios”, como dice la GS. Los signos de los tiempos son siempre ambiguos de por sí. Su lectura resulta de una confrontación de la fe con la vida. Son necesarios los criterios de la Palabra de Dios y hay que aplicarlos en la presencia vital de Dios, de Cristo y de su Espíritu. Obviamente, entre los criterios de discernimiento, contamos también con las reglas elementales de la experiencia común, con el sentido común y la razón. Juzgar con el corazón de Dios. Creer como Jesús. Esto implica tener una visión histórica de la realidad. Jesús tenía una concepción dinámica del tiempo, histórica No cíclica o encadenada a sí misma, sino abierta, lineal, como un alfa y una omega, con una percepción de Dios como alguien que camina delante de nosotros abriéndonos el futuro y encomendándonos la construcción de la historia. Hoy está muy claro el carácter histórico – escatológico del mensaje de Jesús. No se puede confundir su seguimiento – el cristianismo – con una moral ni con un sistema de culto ni una doctrina o la simple pertenencia jurídica a una institución religiosa. Jesús vive una religión de carácter ético – profético sobre una estructura histórico – escatológica. Cuando hablamos de escatológico, aludimos a las relaciones entre escatología e historia. Es una interpenetración y una continuidad. Lo escatológico embebe la historia haciéndola trascenderse a sí misma, y la historia es la única forma a nuestro alcance para ser y hacer escatología. La proximidad y la intimidad con Dios y con la realidad de los pobres garantiza la fuente de la mística de Jesús. Dimensión vertical y dimensión horizontal de nuestro ser. En el punto en que una y otra se juntan se encuentran Jesús y la praxis cristiana. Ahí está el centro de la espiritualidad de Luis Querbes y la nuestra. Vivir el “sentimiento de la presencia de Dios” y la preocupación del hermano pobre ancló a Luis Querbes en la realidad iluminada por la fe. Creer como Jesús implica concebir la realidad como historia, como quehacer libre del ser humano, alentado por alguna utopía generadora de sentido. Es leer “los signos de los tiempos”. Es hacer lo que hizo Querbes y lo que hicieron otros como él, aunque no se usara la expresión en el lenguaje. El sentir evangélico estaba allí. “Los signos de los tiempos nos invitan a esta apertura más allá de nuestras fronteras nacionales. En efecto, estamos en la hora de la globalización y del paso de una sociedad mundial. La “pluriculturalidad” está presente en todas partes, en los medios de comunicación, en nuestras grandes ciudades, en nuestras Iglesias. En este contexto, estamos llamados a desarrollar una mentalidad “católica” (i.e. universal, mundial) y un sentido de la responsabilidad global. Como Viatores, nos necesitamos mutuamente para expresar las diferentes facetas de nuestro carisma y asegurar la plena fecundidad apostólica de nuestra misión eclesial, aceptando desplazarnos hacia lugares donde las necesidades son más urgentes...” (Informe sobre el estado de la Congregación, Capítulo General 2000, p. 23).

OPCIÓN POR LOS POBRES. Esta realidad llevaba a Luis Querbes a la opción tan recalcada en los documentos eclesiales latinoamericanos. Iba a destinarse sobre todo a los pobres. Y en la práctica, los Catequistas se fueron hacia los pobres, lo que les obligó con frecuencia a vivir muy pobremente. Hasta las aldeas más apartadas...


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En torno a la obra de San Viator (febrero de 1840): “Cuando se anunció por primera vez la Institución de los Clérigos de San Viator, no hubo ninguna dificultad para hacer comprender su importancia. Todas las almas rectas sentían, desde hace tiempo, la necesidad de llevar la enseñanza religiosa hasta las aldeas más apartadas...” Robert Bonnafous aclara: Las aldeas más apartadas, un campo más remoto. Es una región, un pueblo alejado geográficamente. Se tiene dificultad para alcanzarlo. Es también un campo, una aldea, en la que el progreso no ha penetrado, un lugar atrasado porque está sin recursos, sin desarrollo, tal vez sin mucho futuro. Es entonces abandonado, sin interés. La agricultura, utilizaba métodos arcaicos. Los pueblos replegados sobre sí mismos, a menudo permanecían aislados. La instrucción era escasa. El aldeano vivía de sus propios productos, a merced de una cosecha pobre o una epidemia maligna. Sobre todo a los pobres. El texto sometido a la aprobación de Gregorio XVI dice en su Art. 4. “... en una palabra, en cualquier situación en que se encuentre, nunca perderá ocasión de evangelizar a Jesucristo, sobre todo entre los pobres, y de disipar de todas partes los prejuicios de la ignorancia y de la irreligión” (DQ 127 3.10). Es un texto básico que se retomará hasta una nueva redacción de las Constituciones en 1953. No hay exclusivas sino una elección preferencial clara. Las Letras apostólicas (31 de mayo de 1839) hablan de : “Una Asociación de Clérigos Parroquiales o Catequistas de San Viator establecida en dicha diócesis años atrás es de gran utilidad y ayuda para la Religión y el Estado, por cuanto se propone, ante todo, formar sólidamente sobre todo a la clase pobre, infundiendo, así, principios de vida honrada...”

A menudo como y con los pobres. Por consiguiente, en los orígenes, los Clérigos de San Viator fueron enviados al campo más remoto, en el sentido propio y en el figurado. Es verdad que el fundador dio el ejemplo. Hemos visto cómo renunció a una brillante carrera. Un testimonio nos enseña: “Era pobre, sus hermanos eran pobres. Se contentaba con un vestido de tela gruesa y tosca y una comida muy frugal... Cuando el Señor Querbes pensó en crear su institución, renunció a toda promoción en el ministerio sagrado, a la que le daban derecho sus talentos, y aceptó con gusto las fatigas, los fastidios y las decepciones...” Bastan estas observaciones para comprender la importancia que tuvo en nuestro fundador la opción preferencial por los pobres. ¿Quiénes son, hoy, los pobres? 2 Nos hemos acostumbrado a un concepto de “pobre” de tipo europeo u occidental. Fue descrito y explicado en relación con un mundo de desarrollo de tipo hemisferio norte. Según este concepto el pobre será siempre definido en relación. No existe el rico o el pobre en sí mismo. En sentido económico pobre se contrapone a rico; en un sentido político, pobre se opone a poderoso; en un sentido médico, pobre se distingue de sano; en un sentido cultural, el pobre es el analfabeto en oposición al letrado; en el sentido macroeconómico, pobre será el Sur opuesto al Norte, rico; en

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Estos párrafos deben mucho a la obra de Federico Carasquilla, Escuchemos a los pobres, 2000,.150 p.


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el sentido racista, serán todas las razas frente a la raza blanca que quiere dominar sobre todas, etc... Quisiera hablar del “pobre” a partir de la realidad del mundo de los pobres. No es totalmente diferente de la otra pero tiene sus matices importantes. Decimos que el pobre carece de bienes materiales y siente las carencias. Esta afirmación no es una calificación moral, como en la concepción clásica. Se dice que la pobreza es un mal. Se trata de una calificación existencial. Ser pobre no es ni bueno ni malo. Es un hecho de existencia. ¿Qué significan estas carencias en los pobres? 

Al carecer de bienes materiales, el pobre tiene su “manera propia de mirar el mundo, una visión del mundo que se expresa a través de valores o antivalores”.

“El carecer de bienes materiales puede producir una destrucción del pobre”. Puede ser un “deterioro físico o psíquico que impide a la persona realizar sus potencialidades humanas” Ésta es la detrucción mala. En eso está el mal, no en el pobre. Por ejemplo los “ricos” dicen que el pobre es el “insignificante” aquel que es considerado como un “no persona”, alguien a quien no se le reconoce la plenitud de sus derechos como ser humano. Personas sin peso social o individual que cuentan poco en la sociedad. Las razones son diversas: las carencias de orden económico sin duda, pero también el color de la piel, el ser mujer, el pertenecer a una cultura despreciada: indígenas, o a sectores rechazados: sida, drogadictos, encarcelados...

“La visión del mundo que tiene el pobre es inseparable de las carencias, pero no se identifica con ellas”. Es decir, no basta con carecer de bienes para que se tenga esta visión. “Las carencias, por sí solas, no proporcionan los valores de la existencia pobre. Por el contrario, cuando son extremas producen la destrucción, sustituyendo valores por antivalores”.

Entonces “la destrucción del pobre es inseparable de sus carencias... La desnutrición, la falta de educación, la poca esperanza de vida son el producto de las carencias materiales. Si se quiere quitar esa destrucción, necesariamente hay que atacar a las carencias”.

“La destrucción es de tipo existencial y cultural. Lo grave no es carecer de bienes materiales, sino el efecto que pueden producir esas carencias. Por eso la pobreza no es una condición simplemente material, es una condición existencial”. Este acercamiento antropológico al pobre nos hace comprender ciertas consecuencias.

Tenemos una imagen positiva del pobre... Éste se identifica como pobre. Tiene su propia visión “del mundo y a la vez tiene una tarea: liberarse de la destrucción física o existencial... salir de ella. Lo negativo, se transforma en una tarea”. Ésta plantea a la conciencia humana un cuestionamiento radical y global sobre la manera de percibir la fe cristiana y nuestro carisma. Ella conforma un campo hermenéutico que nos conduce a una relectura del mensaje bíblico, del camino que debemos emprender como discípulos de Jesús y de Querbes. “La injusticia, el odio, el empobrecimiento, el analfabetismo, el trabajo precario, la emigración forzosa, la inseguridad crónica, la pérdida del sentido de la vida, no son más que algunas de las manifestaciones de los males que afligen a nuestros hermanos y hermanas, hijos e hijas del Padre de las misericordias. No es ésta la forma de actuar de nuestro Dios. No quiere ver a su pueblo aplastado. Jesús ha venido para que tengamos vida y para que la tengamos en abundancia (cf. Jn 10,10). Esta situación nos cuestiona. (Carta a los Viatores y a las Comunidades viatorianas. Capítulo General, p. 7).

“Al pobre nadie lo puede liberar. Si el problema estuviera en las carencias materiales, otros lo podrían liberar. Pero si el problema está en los efectos que producen esas carencias, entonces, nadie lo puede liberar. Él es el único que puede descubrir el valor de su visión


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del mundo, y el único que puede luchar contra su destrucción... El pobre necesita de los otros para que lo ayuden, pero es el pobre, quien se tiene que liberar”. Veremos como estas consideraciones tienen sus repercusiones en nuestra acción y nuestra espiritualidad. La dimensión evangélica. Jesús llevó una existencia pobre y vivió entre los pobres. Es decir que para Jesús la pobreza fue una manera de vivir su existencia humana que expresa una manera de ser y hacer como hombre. Hemos de recuperar la dimensión total de la Encarnación en su significación antropológica integrando la dimensión espiritual y sociológica. Lo más interpelante es que Jesús hace de su opción por el pobre un ideal de vida. Descalifica la riqueza como ideal de vida. Opta por la existencia pobre porque le descubre una significación y una serie de valores en función del Reino. Se hace solidario del pobre y lucha como pobre contra la destrucción que sufre el pobre. Lo hace siempre desde los pobres, para ellos y con medios pobres. Retoma la dimensión destructora de la pobreza y le cambia la significación. La cruz fue una dimensión destructora de la pobreza. Jesús no la escoge. Sí la asume como consecuencia de su opción por una vida pobre. No busca la cruz. Pide al Padre librarle de ella. Asumiéndola le cambia de sentido, porque en lugar de signo de destrucción convierte la cruz en signo de liberación. La muerte se convierte en vida. La preocupación de Jesús no es quitar o no quitar las carencias, sino hacer signos y hacer que el hombre se haga más persona. Esta actitud nos invita a rescatar los valores de los pobres y buscarlos como ejes de espiritualidad. Es una consecuencia ineludible del seguimiento de Jesús. Es la lógica de nuestro voto de pobreza. Dios quiere que se realice su proyecto, el Reino. Quiere introducir todo en el orden de la voluntad de Dios. Y eso es una Buena Noticia para los pobres de toda clase: Jesús se dedica entusiasmado a propagarla. J. Jeremías, en su Teología del N.T. recalca un aspecto de la novedad del Reino de Dios. “La primera bienaventuranza dice: bienaventurados los pobres, porque suyo es el Reina de Dios (Lc 6,20). “Pone el énfasis sobre “suyo” (no lo captamos en castellano, sí en el griego). El Reino pertenece únicamente a los pobres. La primera bienaventuranza afirma: la salvación está destinada únicamente a los mendigos y pecadores. Jesús estuvo repitiendo sin cesar que la salvación es para los pecadores, no para los justos (así se designaban a los fariseos) sino para los incultos (Mt 11,26s), para los niños (Mc 10,14) y para quienes, con espíritu filial son capaces de decir Abba (Mt 18,7). “Los publicanos y las rameras entran en el Reino de Dios, pero ustedes no” (Mt 21,31)... Esta bondad de Dios significa gozo y júbilo para los pobres... Jesús mismo se siente jubiloso con ellos (Mt 11,25s). Y Dupont pregunta: “¿Por qué precisamente ellos? ¿Qué mérito tiene ser pobre? Pregunta mal planteada. No se trata de méritos, sino del modo como Dios pretende ejercer su realeza... El rey es el que defiende y protege al pobre y débil, al incapaz de defenderse; asegura la justicia a la viuda, al huérfano, al oprimido. La justicia que debe a sus súbditos, actúa necesariamente a favor de los débiles y pobres contra los ricos y poderosos... Esto nos obliga a preguntarnos ¿Es realmente de este Reino del que da testimonio nuestro comportamiento a los ojos de los pobres? Si es claro en Jesús que Dios está del lado de los pobres, nosotros, ¿de qué lado estamos?” Una espiritualidad de pobres. Esta opción por los pobres es un eje fundamental en el anuncio del Evangelio. Nunca hablaremos demasiado de esta opción. Un religioso c.s.v. me decía: “Hemos hablado ya mucho del asunto de los pobres”. Estaba cansado del tema. Pero yo creo que olvidaba lo que nos decía


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Gustavo Gutiérrez: “Cansados de hablar de ellos, tal vez estamos... El problema es que cuando salimos a la calle, son los primeros que vemos... si sabemos mirar la realidad”. Esto es también cierto en el terreno de la espiritualidad, es decir, en el caminar tras los pasos de Jesús y de Querbes. A veces decimos que los pobres nos evangelizan. Se viven valores compartidos en todas partes por el mundo de los pobres. Se pueden vivir de modos muy diferentes según los lugares, las personas... Pero están siempre presentes. Estos valores tienen fuerza evangélica. Quisiera mencionar algunos de ellos. Muchos marcaron la vida de nuestro fundador. 

El sentido de la gratuidad y de la fiesta. La gratuidad me permite llegar al otro como persona, sin estar mediatizada por el tener. No se preocupa de intereses personales. El pobre comprende que la única cosa que tiene es su persona. El tener del otro no es un polo de atención. Se encuentra este valor en el sentido de la fiesta. Es la expresión de que la vida y la persona son más importantes que los bienes materiales. Por eso, aún en las peores condiciones, el pobre encuentra motivos de fiesta. Gastará no sólo lo que puede, sino más de lo que puede. Da mucho más importancia a la acción a favor de las personas que a la atracción de los bienes materiales.

La aceptación de la realidad. El pobre la recibe como se presenta, sin ponerle condiciones. Cuando uno está apegado a los bienes materiales, intelectuales o espirituales no puede aceptar la realidad tal como es. Esta aceptación significa una dimensión de la pobreza.

El sentido del otro y del Otro. La importancia dada a la relación interpersonal permite la acogida, la valoración y el respeto de la diferencia del otro. Esto implica la gratuidad. Por eso está abierto a Dios. Es Él con quien puede entrar en una relación personal y puede acoger la Revelación de Dios como el “Todo Otro”. En su carta “Centessimus Annus” Juan Pablo II presenta a los pobres como “los individuos que, cuanto más indefensos están en una sociedad tanto más necesitan el apoyo y el cuidado de los demás, en particular de la intervención de la autoridad pública”. El pobre es el indefenso. El denominador común: el carente que, a cualquier nivel, necesita de otro (persona o Dios) para erguirse.

El pobre debe luchar por la vida. La obstinación en la existencia pobre es la expresión de la fuerza de la vida. Esta lucha permanente le ayuda a comprender que la vida es más fuerte que la muerte. ¡Cuántas veces hemos notado en el mundo de los pobres y sobre todo en la mujer una proverbial capacidad de aguante, de resistencia y de iniciativa!

Por fin mencionemos el sentido de lo concreto y de lo inmediato. Es su propia percepción del espacio y del tiempo que lo llevan a partir siempre de los hechos concretos. Encontramos aquí algo de profundamente humano y cristiano. En los intelectuales la reflexión pasa toda, y únicamente por el cerebro. En el pobre pasa por el corazón. Encontramos en estas consideraciones una invitación a cambiar nuestra comprensión del pobre, Nos invita también a una renovación de nuestra vida espiritual, como de nuestro compromiso. Esta visión del pobre nos lleva a un proyecto de sociedad hecho de solidaridad y de fraternidad. Una sociedad donde las personas sean valoradas por lo que son, no por lo que tienen.

El mundo rico no es el ideal para el mundo del pobre, como lo quieren hacer creer los Medios de comunicación social y toda la publicidad y propaganda que invaden nuestro mundo visual. En la lucha por un mundo diferente, las organizaciones populares, donde el pobre tiene voz y voto, recibirán nuestro apoyo para que puedan permitir el desarrollo de los valores que hemos encontrado y que puedan luchar contra la destrucción del pobre. En el centro de la ciudad rica había una iglesia grande de ladrillo rojo, ventanales de colores y una alta torre con un reloj que daba las horas. En la torre había luces intermitentes


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para que los aviones no chocaran. En torno a la iglesia había calles muy anchas de gran circulación. Día y noche circulaban todos en torno a la iglesia. Dentro de la iglesia, en el altar mayor, había un Cristo, colgado de una gran cruz de madera negra. Los domingos la iglesia se llenaba pero, durante la semana, estaba casi vacía. Sólo algunas viejas y alguna monja iban al templo a rezar o a oír misa. Un día chocan dos autos, frente al templo. Junto a los carros destrozados se agolpa la gente con curiosidad. Hay heridos y sangre, pero nadie ayuda a los heridos. Nadie llama a una ambulancia. Los heridos gimen y piden auxilio. Pero nadie se mueve. Desde la iglesia se oyen los gemidos de los accidentados. Desde la cruz Cristo escucha los lamentos de los heridos. Entonces, al ver que nadie socorre a los accidentados, ante el asombro de dos viejitas que estaban en el templo, el Cristo desclava sus manos y sus pies, desciende de la cruz, camina rápido por el centro del templo y sale a la calle al lugar del accidente. Los transeúntes se asombran de ver a un hombre medio desnudo con corona de espinas que se acerca al lugar del accidente, corta las hemorragias, reanima a un moribundo haciéndole respiración boca a boca y entra en una cabina para llamar a la ambulancia. La gente le reconoce y comienza a exclamar entusiasmada: “¡Es Jesús, milagro, milagro!”. Pero Jesús les dice: “El único milagro es el amor. De poco sirve que la gente vaya al templo si no aprende a amar, sobre todo a los necesitados. Este es el gran mandamiento.” Y lentamente, Jesús se abre paso por entre la multitud, regresa de nuevo a la iglesia y se sube a la cruz. Y cuenta la leyenda que ninguno de aquellos accidentados murió y que, desde aquel día, la iglesia fue más visitada y la gente de aquella ciudad fue más solidaria. Nosotros no hemos de bajar de la cruz, sino brincar de nuestras camas y salir de nuestros sillones para ver lo que pasa en la calle donde transitan los pobres del mundo. ¿Se acuerdan de la parábola del pobre Lázaro? No era necesario que regresara a la tierra para llamar la atención a los hermanos de Epulón porque éstos veían en las calles a “cristos” deambulando, recordándoles la Ley. Pero no salían de sus palacios. Una spiritualidad de los pobres nos hace entrar en el combate, un compromiso de solidaridad. “... que la solidaridad de los Viatores con las víctimas de la injusticia de nuestro mundo, en especial con aquellos que nos rodean, merece ser revitalizada y evaluada en un discernimiento comunitario” (Capítulo General 2000, p. 42). “Comprometerse en la medida de sus posibilidades en organismos preocupados por la justicia social”. (Capítulo General 2000, p. 30). “Relancen o constituyan las Comisiones de justicia social y asegurar su animación” (Capítulo General, p. 30). No se trabaja con los pobres como con gente superior. La pedagogía de nuestro trabajo pastoral tiene sus propias normas. 

Acompañar al pobre es fortalecer “su propia visión del mundo y que luche contra su destrucción

“Se crean nuevas actitudes para el trabajo con el pobre”. No se trata entonces de asistencia o no, de educación o no, de concientización o no, sino de una ayuda que facilite al pobre el desarrollo de sus valores y la lucha contra su destrucción. Esto es lo que hace una actitud auténtica y válida. Vamos precisando un poco estas actitudes. “Darle prioridad a la relación personal de respeto, valoración comprensión.... Es el punto de partida de toda actividad con el pobre, es el núcleo y el centro que toca su situación”.


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Es necesario “enfrentar ante todo sus necesidades básicas”. “En caso extremo de sobrevivencia, la preocupación primera es, salvar el valor fundamental, que es la vida humana”. Será importante distinguir “entre dar y compartir, entre asistir y ayudar”. Dar supone desigualdad y crea dependencia. Compartir crea fraternidad sin dependencia. Asistir también parte de la desigualdad. El sujeto es pasivo y se le solucionan sus problemas. En la ayuda proporcionada se colabora con lo que el otro puede. Se promueve a la persona. 

Nuestra concepción del pobre “nos da un esquema para entender al rico... El problema del rico no está en la posesión de los bienes, sino en los efectos de esa posesión”. Exige de nosotros una conversión personal. ”Vivir” un estilo de vida sencillo y modesto, en nombre de los valores evangélicos y en solidaridad con los pobres”.(Capítulo General 2000, p.30) “Cuestionen en fidelidad al Evangelio y a nuestro carisma su opción en favor de los desfavorecidos y marginados y su interés por las nuevas formas de pobreza” (Capítulo General 2000, p.30) “Que recuerde al mundo que lo que él ha marginado ocupa espiritualmente el centro” (R. Rolheiser, citado por Léonard Audet, en su Informe al Capítulo General 2000, p. 27).

Vivir la pobreza evangélica nos invita a una nueva mirada pública y política. Esta mirada es exigencia espiritual que nos invita a descubrir al otro, a salir de nuestras comodidades y nuestras rutinas. La pobreza no es sólo un problema económico, sino que es fundamentalmente un problema político y de espiritualidad. No se deja de lado el problema moral. La pobreza puede deshumanizar a los pobres: la carencia desequilibra la vida emotiva y las relaciones sociales, impide a la vocación desarrollarse y expandir sus capacidades más allá del instinto de supervivencia, conduciendo a la envidia, al odio, a la violencia... Puede deshumanizar a los ricos: despreciar a los pobres, considerarlos como seres inferiores, innecesarios para la sociedad, peso muerto, descalificados socialmente. Hemos de cambiar la mirada de los unos y de los otros. La opción por los pobres adquiere una inusitada actualidad política. Hemos de ayudar a unos a confiar en sus propias raíces y a otros a vivir la humildad ante las posibilidades de cambiar un mundo que resiste a muchas voluntades de cambio. La pobreza nos invita a una nueva presencia religiosa. Aceptar sin más que una gran parte de la humanidad viva en la esclavitud de la explotación (tal vez mirando la Tele); cuando nos abandonamos a la oración, a tres comidas diarias; cuando los ricos engordan a sus perros con alimentos selectos que no tienen los niños de los barrios... vivimos en contradicción con nuestra existencia viatoriana. La pobreza nos invita a militar por una mejor redistribución, seguramente. Pero sobre todo a ayudar a los que viven en la pobreza a descubrir de nuevo su autoestima, a confiar en sus posibilidades para conseguir la dignidad. Nuestra acción se centra en la persona, en el acompañamiento, en la presencia en nuevas dimensiones de la educación y de la organización. A partir de la persona, el cristiana se ve llevado a luchar por el cambio de las estructuras que oprimen al pobre. La lucha política tiene entonces una gran importancia. Si hemos de poner freno a nuestros deseos y reducir nuestras necesidades es porque sería una mentira pretender seguir a Jesús ahorrándonos el esfuerzo de imitarlo, viviendo una existencia tranquila. Es el terreno de crecimiento de la pobreza religiosa. Impide que la pobreza se pierda en el anonimato. Crece el clima de comunión y de solidaridad con los pobres. La vida cristiana sobrevivirá merced a los pobres, los que nos evangelizan, llevándonos al evangelio. Y tal vez en reciprocidad fortaleceremos la esperanza de los que la pierden. Si ven a un Dios misericordioso que obra a través de los hombres, tal vez lleguemos a ser de nuevo catequistas. La pobreza no tiene otra fuente que el amor, de lo contrario es ascesis estéril. Por eso la intervención puntual, la ayuda y la solidaridad serán siempre necesarias.


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Tener ojos nuevos para ver de otra manera, oídos nuevos para oír de otra manera, corazón nuevo para entender el sentido profundo y nuevo de los acontecimientos, son un don de Dios. Ver, oír, entender cómo Dios está hoy presente, llamando y salvando, actuando en medio de nuestros pueblos, supone desarrollar una experiencia espiritual de pobre en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades. ¿Hay camino mejor para salir del egoísmo? Estamos invitados a actualizar y recrear, a profundizar la inspiración teocéntrica y cristocéntrica y antropocéntrica de la opción preferencial por los pobres, a beber con mayor avidez de nuestro propio pozo espiritual y del seguimiento de Jesús. El pozo Luis Querbes, el pozo de nuestros pueblos latinoamericanos. Encontremos así formas más adecuadas de vivir, anunciar y celebrar el amor gratuito y vivificador del Padre que quiere ver plenos y felices a todos sus hijos e hijas. Nuestra posición en esta opción es fundamental en nuestra reflexión. Es la lente que determina nuestra manera de mirar al mundo y que defina el dinamismo como la ubicación, histórica y social, de nuestra manera de vivir el carisma.

EVANGELIZAR “Evangelizar a Jesucristo”. Luis Querbes vivió en un tiempo de profunda ignorancia religiosa. Esta va acentuándose después de la Revolución. Los sacerdotes escaseaban y envejecían. Reinaba la indiferencia. A partir de 1830 se hacen grandes esfuerzos para evangelizar. La mayoría no había recibido un mensaje religioso sino en el seno de la familia. Se mantenía ciertas prácticas: lectura por las noches (Vida de los santos, Pensamientos respecto a las principales verdades de la religión...), pero faltaba la enseñanza metódica. La falta de sacerdotes y de catequistas prolongó mucho esta carencia. Los niños no conocían las verdades esenciales ni las oraciones. Era urgente enseñar la doctrina cristiana a los niños. Siempre la urgencia de sembrar la Palabra. Luis Querbes habla de evangelizar a Jesucristo (hoy diremos: anunciar a Jesucristo). Y quiere pasar a la acción: “Llegó el tiempo de combatir y no de lamentar la indiferencia religiosa cuyos secuaces incansables, después de haber corrompido la educación de las clases altas, quieren establecer sus cátedras funestas hasta en la choza y el reducto del pobre”... “La fe y las costumbres languidecen en medio de este desbordamiento general de ideas locas y de malas pasiones” (DQ 451 7.61). Al margen del estilo se ve la voluntad de Luis Querbes para intervenir en la acción de la formación cristiana. En el artículo 4 de los Estatutos escribe: “Nunca perderá ocasión de evangelizar a Jesucristo, sobre todo entre los pobres, y de disipar por todas partes los prejuicios de la ignorancia y de la irreligión”. (DQ 127 3.10). En un tiempo más sensible a la dimensión moral (práctica de las virtudes, de reglas y reglamentos para conseguirlas), Luis Querbes regresa a lo esencial de la fe. En sus retiros, la contemplación de la persona de Cristo y de los misterios evangélicos tiene bastante espacio. La escuela francesa de espiritualidad y las corrientes ultramontanas influencian su pensamiento. (DQ S 308 14.65 ss.) Su lema “Adorado y amado sea Jesús”, indica la dimensión cristológica de la misión y de la espiritualidad que debe ser la del Catequista de San Viator. Este anuncio de Jesucristo tiene dos modalidades “la enseñanza de la doctrina cristiana, sea en público, sea en particular y el servicio del Santo Altar”. Así lo precisa el artículo primero de los Estatutos. En medio de muchos cambios y modificaciones que el fundador aceptó, sólo pide que se respeten el fin y el nombre del Instituto (Carta al cardenal MAI, el 28 de julio de 1838).


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Evangelizar a Jesucristo, es decir anunciarlo o predicarlo, como dice Pablo (Ro 16,5) es nuestra misión. Nuestra vida es esta misión. Así concedió toda su atención a la niñez. Era el futuro del pueblo. La juventud en el mundo popular no existía como hoy. Los niños comenzaban desde edad muy temprana a trabajar en el campo. Pasaban rápidamente de niños a adultos.

“Dejen que los niños vengan a mí”. Con este lema, el P. Luis Querbes indicaba una prioridad de la misión viatoriana. Correspondía a una necesidad: asegurar la perseverancia de la generación futura. Confirmar y consolidar los caminos de la “reconquista” cristiana. La escuela era un medio privilegiado que permitía alcanzar a todos los sujetos de la evangelización para el futuro de la Iglesia y del país. La necesidad de catequistas. En esta época se trató de impulsar el catecismo. Éste fue restaurado con mucha dificultad: faltaban catequistas (sacerdotes o maestros reducidos en número). La ignorancia de la lengua, la ausencia de instrucción, la pobreza de los padres que hacían trabajar a sus hijos, la indiferencia, el "habitat" disperso son dificultades que se acumulan y obstaculizan la organización del “catecismo”. El Padre Luis Querbes habla de “necesidad inminente de instrucción religiosa, de la que carecen las pequeñas parroquias de pueblos” (D.Q. 52.1.78). Para él, es tan evidente que la catequesis debe acompañar al esfuerzo de la Iglesia en el campo, que escribirá a un hermano: “No sé qué puede hacer una misión en una parroquia donde nos hay catequesis” (DQ 426 7.39) Para cumplir esta tarea se necesitaban buenos maestros. Por esto Luis Querbes se esforzó en la formación de maestros. Un historiador francés estima que la enseñanza, en esta época, es “una especie de refugio para lisiados, los débiles, los temperamentos enclenques o perezosos. También se refugian en ella, antiguos soldados, desocupados o aventureros. Pero sobre todo es el único medio para los que carecen del dinero suficiente para librarse del servicio militar” (Antoine Prost). En este contexto, el P. Luis Querbes aclara su deseo de “arrebatar a la miseria y al envilecimiento... a una multitud de hombres, casados o célibes, que ejercen las funciones de maestros de pueblo, funciones por un lado tan hermosas y por otro lado tan despreciadas” (D.Q. 40 1.108). Durante su estancia en Roma, cuando todo se ve bloqueado, Luis Querbes, con una flexibilidad digna de su humildad, escribe al cardenal Mai: “Sean cuales sean las observaciones, correcciones, cambios que desee hacer todavía en estos estatutos, la única cosa que me tomo la libertad de solicitar instantemente a su Eminencia es que se digne conseguir cuanto antes la aprobación, de cualquier naturaleza que sean las modificaciones, con tal que se respeten el fin y el nombre del Instituto” (28 de julio de 1838). En esta época el artículo 1° de los Estatutos dice: “El instituto de los Catequistas tiene por fin su propia santificación, la enseñanza de la doctrina cristiana, sea en público sea en particular, y el servicio del Santo Altar...” Si tomamos las diferentes redacciones de los estatutos, en la presentación que el P. Luis Querbes hace de la Sociedad aparece permanentemente la obligación de tener que “enseñar la Doctrina”, como se decía entonces. Entre los varios conceptos utilizados por el P. Luis Querbes para hablar de los miembros de la Sociedad, su preferido es siempre “Catequista”. Es un término nuevo en esta época. En efecto no se hablaba tanto de catecismo sino que se utilizaba la palabra: doctrina. Y los encargados de enseñarla eran los sacerdotes: párroco o vicario.


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Ser catequistas, hoy. Nuestra misión nos enfrenta a varios desafíos.

Hoy, como en el tiempo del fundador, faltan Catequistas de verdad. No trabajamos en nuestros tiempos como se trabajaba en el tiempo de Luis Querbes. Hay muchas maneras de vivir nuestra identidad y de cumplir nuestra misión de Catequistas. Recordemos que el Capítulo general nos dice que un Viator: “...Es un educador, al servicio de la Palabra, comprometido en el acompañamiento personal y comunitario en la fe, sobre todo de los niños y jóvenes, especialmente los más necesitados...” “Para nosotros, Viatores, un catequista es un discípulo que se inspira en la pedagogía de Jesús en su manera de ser y de actuar... Es, intrínsecamente, un mediador que facilita la comunicación entre las personas y el misterio de Dios. Así como la de los hombres entre sí y con la comunidad” (Capítulo General 2000, C. 5, p. 23-24) “El Capítulo General reafirma con fuerza la convicción de que el ministerio de catequista está en el corazón de nuestro carisma como un mandato permanente dado a cada Viator y a la Comunidad viatoriana en conjunto.” (Capítulo General 2000, C. 5, p. 2324). 

Un nuevo “look”.

Nos enfrentamos a un primer desafío: la indiferencia. Desapareció la imagen y el rostro verdadero de Cristo. Vivimos en un mundo “saturado” de imágenes: prensa, afiches, T.V., internet nos bombardean de imágenes que nos prometen el oro y el moro. Vida, excitación, felicidad, realización personal. Cuando un político tiene problemas, se dice que tiene un “problema de imagen”. Consulta a un especialista: tiene que cambiar de peinado, de vestido... ¡tiene que darse un nuevo "look"! La Iglesia y los cristianos tenemos hoy un problema de imagen. Se la percibe aburrida, moralizante, medio muerta. No vamos a llamar a un especialista. Sin embargo hemos de conseguir dar un nuevo "look" a Cristo, imagen de Dios. El desafío es hacer que los jóvenes acepten esta imagen, su belleza, su vitalidad, su irradiación: cf. Jesús amigo... Nuestras calles están llenas de rostros. Rostros de pop-stars, de actores, de futbolistas, de políticos... Todos sonríen y prometen un mundo de maravillas. Y sólo son máscaras, caretas. Entonces en el fondo de un estro ser buscamos un rostro que nos sonríe de verdad, que nos vea de verdad: “Es tu rostro Señor lo que busco, no me escondas tu rostro” (S 27,9). Hemos de hacer aparecer este rostro. El que nos hace crecer y fundamenta los nuevos valores. Hemos de reinventar una imagen de Cristo hoy; hacer visible su belleza. En la catequesis, la liturgia, pero sobre todo en la vida de los adultos, de los jóvenes, en las calles, en los bailes, en la música. Cristo puede hacerse presente en esta necesidad de vida (incluso explosiva), en la alegría, en la absolutización del presente. Cristo que responde a una necesidad afectiva juvenil. ¿Por qué no? El segundo desafío es el de todos los olvidados. Vivimos en una economía globalizada que nos coloca en contacto con cada vez más gente. Y descubrimos la miseria del mundo: crucificados por la injusticia, la miseria, por la violencia, la enfermedad de los pobres, el sida... ¡Tanta gente a nuestro alrededor vive en la precariedad! ¿Cómo anunciar a Jesucristo a los que parecen haber olvidado a Dios? ¿Cómo decirles que Dios no les ha olvidado? Hacer nacer la solidaridad, ser constructores de paz, comunicación y diálogo con los pobres. Servirles, instruirles, darles poder, defenderlos... serán los indicios de nuestro compromiso evangélico. Nuestra vida ha de orientarse hacia una solidaridad radical, buscando el riesgo, no la aprobación social; empeñándonos en la crítica social a favor de los pobres y de la justicia.


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Un nuevo tipo de indiferencia,

Hoy existe una tendencia al relativismo absoluto. Los meta-relatos pierden su impacto, merman la libertad. Nos fijamos más en lo concreto, lo presente inmediato. Los patrones morales se ven fuertemente cuestionados. La exacerbación del individualismo cuestiona una forma de solidaridad. -

Indiferencia hacia la verdad

En estos horizontes resquebrajados se niega toda forma de pretensión universal del cristianismo y se puede caer en la indiferencia religiosa. Se da a todas las religiones el mismo valor. Sus concepciones sobre el hombre son considerablemente distintas. Se pierden los criterios de humanidad. Las mismas estadísticas mundiales sirven de apoyo para confirmar la opción a la indiferencia. El número de creyentes, no cristianos, supera el número de cristianos. Y se confunde la modestia frente a la realidad con la verdad de la Encarnación, de la Resurrección y de la pretensión universal de la salvación en Jesucristo. Se pasa del absolutismo, del totalitarismo a un relativismo que confunde todo sin criterios de referencia. Cualquiera quiere y puede, en este mundo neoliberal, “tener la razón”. Tener la razón como apoyo de cualquier juicio emitido es una opción inapelable. Tener la verdad o expresar la verdad importa muy poco, porque sencillamente es demasiado difícil. En este mundo todo es relativo, no se puede tener la verdad sobre nada. Quizás por esta razón nos topamos siempre con expresiones del tipo “nadie es dueño de la verdad”. La relativización de la verdad inunda nuestra sociedad. Se crea una confusión de criterios. Parecería que la verdad moral pasa por lo democrático. Si la gente cree que el Estado debe permitir el aborto, entonces hay que permitirlo. Esta confusión de lo democrático con la verdad objetiva destruyó el mismo tejido social. Al desafío de esta mutación general del creer, ante estas identidades, que dudan, quebrantadas, ante estas instituciones que se equivalen, no se puede responder, anunciando en la calle un nuevo camino. Vivimos el reino del somnífero. Ninguna diferencia. Creencias y prácticas se vuelven intercambiables. Y el pobre tonto que no introdujo en sus programas informáticos o sus aparatos electrodomésticos, el último modelo presentado se ve despreciado y eliminado. Este sincretismo suave, este relativismo blando, son tan peligrosos como el fanatismo. Llevan a la indiferencia absoluta. -

Indiferencia hacia los demás.

A veces se habla de tolerancia. Pero una tolerancia que lleva a vivir sobre sí mismo, para no molestar a los demás, se vuelve indiferencia hacia el otro. Tomothy Radcliff decía, y cito de memoria: “No soy tolerante porque quiero a mi hermano y quiero poder discutir o polemizar con él, considerando lo que dice y vive. La tolerancia puede ser indiferencia. Y no quiero ser indiferente con mis hermanos”. La tolerancia se confunde con el desinterés. Lo que para nosotros es indiferente no se tolera, simplemente pasa de ello, se desconoce... Pareciera que el prójimo es parte de un “paisaje”, a veces muy lejano. Y se llega a rechazarlo. El amor y el odio son las dos puntas de una cadena de sentimientos. Pero cuando la indiferencia, por interés personal, se ve sacudida no estaremos lejos de la intolerancia. En los primeros siglos del cristianismo, y también en la Revolución Francesa, se mataron a muchos cristianos por su fe en Cristo. Eran mártires de la fe. Hoy, no importa tanto la fe (privatizada), los poderosos no aceptan el amor contagioso y solidario para con los pobres. Matan precisamente por esto. Eliminan a los que molestan sus intereses. Son los mártires del Amor, como Romero y tantos catequistas, animadores solidarios, líderes populares entregados. La indiferencia desembocó en otro tipo de totalitarismo...


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Las orientaciones de la Iglesia latinoamericana. No me extenderé mucho sobre nuestro mundo necesitado de la Palabra de Dios y de catequesis. Entendemos la catequesis en su sentido amplio: la “acción de la comunidad eclesial en relación con la situación concreta de los hombres a lo largo de su vida, para hacerles capaces de comprender la Buena Nueva, de celebrarla, de vivirla y de participar activamente en la realización de esta comunidad y en la difusión del Evangelio. Es un caminar para comprender la fe y ponerla en práctica siguiendo a Cristo. Debe despertar un sentido crítico que haga a los cristianos capaces de cooperar en la renovación de la Iglesia y en los cambios de la sociedad. La catequesis es así el acto de educación que lleva a la madurez de la fe”. Se ensanchó la comprensión de la función catequética. En la primera mitad del siglo XIX se comprende la catequesis como “enseñanza”, comunicación de conocimientos. Hoy se afirma que la meta última de la catequesis consiste en ayudar a los hombres en su búsqueda de una vida en plenitud que los hace capaces de responder al llamamiento y a las exigencias del proyecto evangélico. Y se insiste en la importancia del testimonio. Luis Querbes tenía su manera de decir lo mismo: “Proporcionar a los niños una primera educación sólida y cristiana... No está llamado a formar pequeños sabios sino a preparar cristianos virtuosos” (DQ 58 1.111). Disipar “las tinieblas de la ignorancia y debidamente instruidos los hombres en la Doctrina de la fe cristiana... (podrán) evitar el mal, obrar el bien y caminando por la senda del Señor alcanzar la eterna felicidad” (DQ 279 5.16). “Deben formar jóvenes cristianos y piadosos antes que sabios y hábiles obreros; por tanto aprovecharán todas las circunstancias para hacer conocer y amar a Jesucristo” (DQ 727 15.208). En su proclamación de fe, los obispos en Santo Domingo se comprometían a trabajar en "una evangelización de nuestros pueblos... mediante la educación continua de la fe y su celebración: La catequesis y la liturgia...(en) una evangelización inculturada que penetre los ambientes... con una eficaz acción educativa y una moderna comunicación” (S.D. 301) ¿No proponen aquí la vía viatoriana como respuesta a nuestro mundo latinoamericano? Acción por excelencia de la obra evangelizadora, la catequesis es parte del “ministerio profético de la Iglesia”. Actualiza “incesantemente la revelación amorosa de Dios manifestado en Jesucristo, lleva la fe inicial a su madurez... Ella debe nutrirse de la Palabra de Dios leída e interpretada en la Iglesia y celebrada en la comunidad” ( S.D. 33). “Todo esto nos obliga a insistir en la importancia de... la catequesis”. ¿Por qué? Encontramos en los textos las mismas expresiones querbesianas. “Existe, todavía mucha ignorancia religiosa. La catequesis no llega a todos y muchas veces llega en forma superficial, incompleta en cuanto a contenidos, o puramente intelectual, sin fuerza para transformar la vida de las personas y de sus ambientes” (S.D. 41). Seamos religiosos o asociados, no se puede afirmar más claramente la importancia de nuestro ministerio de catequistas para América Latina. Vivimos, pues, un mismo ministerio. Luis Querbes tomó como opción la escuela. Era el medio más práctico para alcanzar a los niños. Fue la respuesta en una coyuntura de gran necesidad de escolarización en la que el estado no podía responder a toda la demanda. La coyuntura, hoy, es diferente. ¿Cómo luchar contra la ignorancia y la indiferencia? Los campos están abiertos: colegios, educación informal, pastoral juvenil, medios de comunicación social: radio, T.V., prensa escrita... ¿Dónde necesita nuestro mundo estos profetas que proclaman la verdad? Pero no podemos ir así, sin ver más allá de nuestra nariz. El estudio será necesario para conocer la verdad de nuestro mundo. Pero no son sólo los obispos los que indican caminos bien viatorianos para que avance la evangelización. En la dinámica conciliar, dos corrientes paralelas han marcado la espiritualidad de nuestras comunidades. Y como Viatores queremos promover comunidades donde se vive, se profundiza y se celebra la fe. Habremos de considerar: - la Renovación Carismática, - y por otra parte la Espiritualidad de la Liberación. Dos corrientes que suelen oponerse en la mente de la gente, sin embargo manifiestan reivindicaciones y aspiraciones comunes bajo formas diversas. Expresan:


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- el surgimiento del protagonismo laical comunitario en la Iglesia, - la atención a lo irracional, lo popular, lo afectivo. A pesar de los desbordes no se puede negar que estas dos fuentes han marcado profundamente el movimiento comunitario cristiano en América Latina. Pero estas dos corrientes tienen que hacer un discernimiento espiritual que llevará: - al movimiento carismático a pasar por la prueba de la opción preferencial por los pobres, - y la corriente liberacionista, a ir más allá del compromiso solamente social, y hacer una clara experiencia contemplativa. En definitiva, dos corrientes complementarias que han de inspirar la pastoral viatoriana para insertarla en América Latina. Y, para terminar, tengo que mencionar la necesidad de la inculturación y Santo Domingo es muy explícito en esto. Catequesis e inculturación La Iglesia L.A. optó por los pobres y la vida de todos. Optó por una catequesis inculturada (Medellín: Catequesis 1-6; Puebla: 385-443, 977-1011; Santo Domingo:49, 189,...) ¿Qué significa? En el acontecer diario no se puede separar: cultural, social, religioso. Consideramos la cultura como la red de significados que el ser humano ha creado, en medio de la cual vive y por medio de la cual se comunica con los otros seres humanos: lenguaje, modos de percibir el mundo, formas de expresar la vivencia del mundo y de la vida, modos de comportarse, de comunicarse, de sentir y también forma y grado de autoestima grupal. Lo cotidiano depende mucho del lugar y de la coyuntura. Pero hay rasgos comunes a nuestros pueblos: - toda clase de violencias y carencias (de identidad, de género, de razas,...). - mucha fragilidad e inseguridad, pero el pueblo debe sobrevivir (informalidad, inestabilidad, urgencia en el campo familiar y afectivo). - comportamiento ritual (ceremonias, fiestas propias, festivales...) Unas grandes potencialidades son: la organización (cf. Las mujeres), la utopía y la mística de los pueblos marginados. Una utopía realista de progreso solidario y una mística esencialmente festiva. La catequesis ha de tomar en cuenta el contexto moderno y globalizado, subrayar las capacidades y sabiduría de los marginados. Debemos ahondar en la opción preferencial por los pobres, en sus culturas, en sus proyectos de vida, sus modos de evangelizar. En cuanto al concepto de inculturación retomo el del teólogo Dhavamony, s.j.. Dice: ”Inculturación significa el proceso de infundir el mensaje evangélico en el alma de la cultura... la vida cristiana se expresa con los elementos propios de esa cultura... y la cultura misma se evangeliza y se convierte en un enriquecimiento de la experiencia cristiana”. Y el laico de India JYOTI SAHI, dice: “la inculturación es... crear integridad en uno mismo. La inculturación es un proceso de expresión creadora que permite a los cristianos ser fieles a su historia y cultura particular dentro de la Iglesia local”. Joyti recalca que no es táctica pastoral, sino coherencia con la cultura y la historia propia. Dhavamony retoma el doble movimiento: desde el Evangelio y la misión eclesial hacia las culturas, y desde los pueblos y su cultura hacia el Mensaje. Una idea que menciona Juan Pablo II en varios documentos. El Papa ve en la inculturación un componente de la Encarnación. En cuanto programas actuales podemos mencionar los éxitos catequéticos en los ámbitos familiar y festivo. La catequesis familiar se inició en Chile y luego se difundió por varias regiones latinoamericanas y especialmente en el Perú. Este método mayormente urbano fomenta el diálogo entre la gente adulta, la juventud y la niñez. Se orienta a la constitución de comunidades parroquiales y de base. Incluye la parte festiva. Cuenta actualmente con excelentes materiales para lo cultual y festivo... Estas exigencias nos ubican ante ciertos desafíos inculturados. Decir que la catequesis inculturada ha de realizarse en la perspectiva de la Encarnación, no es suficiente. El conjunto de la Revelación y del misterio de Salvación fundamentan también la


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catequesis. La comunicación trinitaria es fuente de comunicación amorosa de la fe entre nosotros. Leonardo Boff decía que la Trinidad es el primer misionero y manifiesta su acción reveladora en las culturas. Se habló también de las “semillas del Verbo”. La catequesis ha de ser dialogante y comunitaria, con mediación de valores y dinámicas culturales latinoamericanas. La pneumatología es el motor de la inculturación, desde Pentecostés hasta el día de hoy. Ilumina la interacción entre el mensaje y la vida concreta del pueblo. La catequesis brota de e interpela lo cotidiano. El principio de interacción fe – vida hace que toda la educación de la fe esté enraizada en las preocupaciones comunes de la gente. Cada ser humano es convocado a la conversión en base a su afectividad y a la esperanza que nos envuelve. La catequesis se articula con la religión del pueblo sencillo. Abundan riquísimas vivencias de Dios en este continente, en especial en los sectores pobres. Como en el tiempo de Luis Querbes son verdades sobre Cristo que se expresan según el lenguaje de las culturas del pueblo. La variedad de los ritos y fiestas en cada rincón de América latina contiene vetas sacramentales y una honda sabiduría. Esto puede estar presente en la catequesis. Las organizaciones religiosas de base son espacios de catequesis, con gran responsabilidad laical. En esta catequesis inculturada, lo nuevo es más bien la multiforme obra del Espíritu de Cristo, acogido y enseñado en la comunidad cristiana. La ruta está señalada. Con los aportes de más comunidades y responsables de catequesis, y con más creatividad y menos temores, es posible seguir avanzando. No podemos medir siempre los resultados. Así vivimos la gratuidad. Y estamos llamados a vivir la fidelidad. Déjenme contarles la historia del Cuentista. Érase una vez un hombre llamado Yakub. Vivía pobre pero sin preocupaciones, feliz con nada, libre como un saltimbanqui, un titiritero, soñando siempre más arriba de sus sesos. En verdad, estaba enamorado del mundo. Pero, el mundo parecía triste, brutal, seco de corazón, tinieblas de espíritu. Sufría. “¿Cómo hacer, se decía para que este mundo se vea mejor? Para que el rostro de todos los que me encuentro por la calle esté un poco más lleno de luz y de sol”. Un día, le vino una idea: “Si les contara historias...” Subió sobre una banca y empezó a hablar. En el principio, ancianos, mujeres, niños hicieron alto para escucharle un rato. Después seguían su camino. Yakub estimaba que no podía cambiar el mundo en un día. No se desanimó. El día siguiente, regresó al mismo lugar y lanzó de nuevo al viento las más emotivas palabras de su corazón. Nuevas gentes se detenían para escuchar pero en menor número que el día anterior. Unos se burlaban de él. Alguien lo trató de loco pero él no quiso escucharle. “Las palabras que siembro germinarán, se dijo. Un día entrarán en sus mentes y las despertarán. Tengo que hablar más y más”. Porfió, se obstinó. Y, día tras día, regresó a la plaza mayor de Praga para contar historias de amor. Pero los curiosos escaseaban. Sin embargo, no renunció. Así, pasaron los años. Una tarde de invierno, solo, de pie en su banca, con los ojos cerrados contaba una nueva historia cuando sintió que alguien le jalaba de la ropa que le servía de abrigo. Era un niño. “¿No te das cuenta que nadie te escucha?”, le dijo el niño.”¿Porqué pierdes tu tiempo así, y también tu vida? ¿No sabes que te tratan de loco?” – “Si lo sé. Estaba loco por mis semejantes, dijo Yakub. Era en el tiempo en el que no habías nacido todavía. Soñaba hacerlos felices” – “’y, ¿ lo son ahora?” preguntó el niño. – “No, dijo Yakub, no lo son”. – “Entonces ¿por qué te obstinas?” siguió cariñosamente el niño. Yakub reflexionó un rato. Después contestó: “Sigo hablando, es verdad, y seguiré hablando hasta mi muerte. Antaño era para cambiar el mundo”. Calló. Después su mirada se iluminó. Y añadió: “Hoy, es para que el mundo no me cambie.” Y era también una manera de cambiar el mundo. Siguiendo contando historias, Yakub velaba sobre el mundo.” (según Ringlet).


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Y comenta Ringlet, esta antigua tradición no es tan pesimista como parece. No creo que Yakub sea un hombre desilusionado. Yakub es un resistente. Resistir al oscurantismo, al consumismo, a los relativismos,... Es una historia de protesta y de libertad interior. Una historia de fidelidad a su propio caminar. Hablar ”para que no me cambie el mundo” es también una manera de cambiar el mundo. Contando historias, Yakub vela sobre la humanidad. Evangelizar no es contar historias. Es contar la más extraordinaria de las historias. Nunca podremos dejar de anunciar la “Buena Nueva” a los que viven sin esperanza. Nunca podremos dejar de anunciar la alegría a los que se hunden en la tristeza. Nunca podremos dejar de anunciar el Amor a los que mueren víctimas del odio y la violencia. Nunca podremos dejar de anunciar la vida a los que sondea permanentemente la muerte...


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LA SOCIEDAD


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LA ASOCIACIÓN UN PROYECTO MÁS QUERBESIANO QUE LA CONGREGACIÓN En la primera mitad del siglo XIX, la región lionesa vive un dinamismo excepcional:      

Nacieron muchas congregaciones (más de 50 femeninas y 20 masculinas). Los seminarios se multiplican y se llenan (el de Lyón en 1819 tiene 259 seminaristas y unas 60 ordenaciones al año). Las misiones internas movilizan las poblaciones. Se crean asociaciones, cofradías y congregaciones parroquiales cuyo objetivo es el progreso espiritual y la edificación mutua. El clero secular es muy activo y se multiplican las vocaciones religiosas. Los laicos se movilizan: La “Congregación de Lyón” fundada por Benoît Costes (posteriormente tesorero de la obra de San Viator); la Conferencia de San Vicente de Paul, fundada por Ozanam; la Propagación de la fe, creada por Pauline Jaricot...

Dentro de este bullir apostólico y de generosidad pastoral, Querbes va a sembrar y plantar su proyecto, que madurará paulatinamente. 

En un documento, más bien tardío, (Journal des affaires intérieures de la Société des C.S.V., iniciado en 1839). Querbes anota: ”fue hacia el final del año 1826 cuando el Fundador del instituto de los C.S.V. concibió el primer diseño de esta sociedad” (Cf. R.B., F.C., p.136).

En enero de 1827 Querbes evoca la creación “de una congregación de maestros de escuela”. El proyecto va madurando.

En julio de 1828 se precisa la idea de una Sociedad de Catequistas.

En enero de 1829 elabora los primeros estatutos de una “Asociación caritativa... entre los maestros de escuelas primarias de la diócesis y de la academia de Lyón” (id p.137). Con los catequistas de San Viator, “que no hacen ningún voto” (id. p. 139), Querbes quiere navegar para llegar a sus fines, superando el conflicto entre la Iglesia y el Gobierno en torno al control de la enseñanza,

En febrero de 1829, trata de congregar a los que serían los primeros catequistas: los maestros de Brignais, de Saint Genis y por supuesto de Vourles. Prepara para ellos lo que sería como su breviario “La leyenda”: lectura de la Biblia, catecismo del Concilio de Trento y la Imitación de Jesucristo (id. p. 144). Son laicos entregados a la educación cristiana; catequistas cuya marca distintiva será un anillo. Su vestido es de hombres maduros, de edad y de condición social mediana, sin ninguna uniformidad (id. p. 150). Cuando el ministro manifiesta la sospecha que se encuentra ante una Congregación religiosa, Querbes anota: “los votos constituyen una congregación religiosa. Desde el punto de vista cristiano es una Cofradía y legalmente una asociación caritativa. Nada más”. Creaba una asociación de laicos cristianos que cumplirían las funciones de catequistas dedicados a la enseñanza primaria (id. p. 152).

En julio de 1829, redacta un último proyecto para el ministro titular “Proyecto de autorización de la Asociación o Cofradía caritativa de los Catequistas de San Viator” (id. p. 153). Después de intervenciones directas en Paris, con la ayuda de poderosos apoyos, Querbes consigue para su asociación una base legal. El consejo real autoriza una “Asociación caritativa de San Viator” (id. p. 157). Solicitaba del rey Carlos X que “honrara con su nombre” la suscripción abierta en Lyón para realizar la Sociedad de las escuelas de San Viator (id. p. 157). En efecto el 8 de agosto de 1829 se aprobó la sociedad y el 10 de enero de 1830, Carlos X firmaba la orden, autorizando la Asociación benéfica de San Viator (id. p. 157).


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Todo esto manifiesta nítida y contundentemente, que Querbes no quería ser, como dijo un día, en 1829, fundador de Congregación (DQ 60, 1.110). Su proyecto era otro. El 5 de febrero de 1831, precisa la naturaleza laical de la Asociación al Ministro de la Instrucción pública y de los Cultos: “Me parece que las instituciones religiosas no son muy apropiadas generalmente para las necesidades del siglo, y que un maestro cristiano, casado o célibe, vestido y viviendo como laico estará en condiciones de hacer el bien en ciertos lugares mejor que un religioso”. (DQ 663 15.44). Y con un consejero, en marzo de 1831, insiste: “Nuestra institución es esencialmente laica”. (DQ 91ª 2.77) (F.C. p. 175. 177). Quiere congregar a maestros que enseñan en las pequeñas parroquias, formarlos en el campo profesional, hacer de ellos catequistas aptos para la enseñanza de la Doctrina cristiana. Hombres capaces de intervenir en las celebraciones litúrgicas y de hacer compañía a los sacerdotes de parroquias, como dignos colaboradores. Ideaba una asociación benéfica y no una congregación religiosa. Una sociedad que tendría tres grupos: sacerdotes, hermanos y laicos. Una asociación de fieles. Esta voluntad es constante. Incluso después de la aprobación pontificia, cuando ya se encuentra (casi contra su voluntad) a la cabeza de un Instituto que no deja espacio a los laicos. Aceptó esta situación dejándose desposeer de su idea, pero guardó la esperanza de que un día se realizaría. ¿Habrá llegado este día? Querbes fue propuesto como párroco de Bourg Argental; un nombramiento que suponía el abandono del desarrollo de la Asociación. Por suerte, el Gobierno rechazó la propuesta. Llegó la noticia a Vourles el 21 de octubre de 1831, fiesta de San Viator. Querbes ve en este acontecimiento una invitación a seguir con su proyecto. Al poco tiempo, el 3 de noviembre de 1831, el Sr. Barou informa a Querbes que “en el consejo de hoy, Monseñor ha aceptado y aprobado, en lo que le concierne, vuestra institución de Clérigos de San Viator”. Es la primera mención de este título en un documento oficial (P 396 2.239). Dos días más tarde, el P. Querbes firmaba sus promesas de “Sacerdote Catequista”. El 10 del mismo mes, Pierre Magaud y Pierre Liauthaud se comprometían a su vez en la Asociación. La Asociación de catequistas acababa de nacer. Finalmente el 11 de noviembre de 1833, la Sociedad “siendo a la vez asociación benéfica y una Congregación religiosa” cuyos miembros se dividen en Hermanos y Cofrades, recibe la aprobación diocesana. La presión y la exigencia de la Iglesia institucional le cambiaba la inspiración original. Y Roma le exigirá finalmente ser fundador de una Congregación. El P. Querbes, superando esquemas clericales, intuía una imagen de la Iglesia más abierta que la de su tiempo. Una visión de un “pueblo de Dios” que incluía a todos los miembros, sacerdotes, religiosos y laicos. El contexto le obligó a respetar las ideas de su época para no ser confundido con “algo protestante”, pero la intención está muy clara y abierta a nuestros tiempos. Nos complace escuchar las palabras que Juan Pablo II dirigió a los miembros del Capítulo General de 1988: “Hay un punto en vuestras reflexiones capitulares que quiero subrayar más. Ya vuestro Fundador había tenido el proyecto de asociar seglares a vuestra misión catequética y litúrgica. En aquella época, esto no pudo ser. La Congregación para los Religiosos e Institutos seculares aprobó esta orientación en vuestros Estatutos de 1978. Dentro de la claridad y la prudencia que han de presidir la expansión de este proyecto, deseo que surjan muchos seglares cristianos, impregnados del espíritu de la familia de los Clérigos de San Viator, para cooperar en vuestra vida apostólica”.


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LA ASOCIACIÓN RENACE BAJO EL IMPULSO DE LA CONGREGACIÓN 3 El laico en los textos conciliares. El decreto Apostolicum actuositatem del Vaticano II, dedicado al apostolado de los seglares dice: “Los seglares que, siguiendo su vocación, se han inscrito en alguna de las asociaciones o institutos aprobados por la Iglesia, esfuércense igualmente por asimilar con fidelidad las características peculiares de la espiritualidad propia de tales asociaciones o institutos”. (N° 4) ”Es de todo punto necesario que en la esfera de la acción seglar se robustezca la forma asociada y organizada del apostolado, puesto que la estrecha unión de las fuerzas es la única que vale para lograr plenamente todos los fines del apostolado moderno y proteger eficazmente sus bienes” (N° 18) Estos textos abrieron pistas nuevas. Por eso, terminado el Concilio Vaticano II, nuestra Congregación inicia su adaptación y renovación. Los Asociados de San Viator después del Vaticano II. Capítulo general “especial”: 1967 y 1969. El Capítulo general: dictaminará: “Que la experiencia de la formación de una Asociación de agregados se haga en plan local, a título de experiencia, antes de establecer estructuras a nivel comunitario...” Capítulo general: 1978. La cuestión N° 3 dice: “Se pide al Capítulo general que explore la posibilidad de asociar seglares de forma efectiva a nuestra vida comunitaria y apostólica y, si ha lugar, que defina las modalidades de Asociación o integración de esos seglares a nuestro proyecto viatoriano”. A pesar de las limitaciones históricas que tienen las diferentes respuestas a una comprensión de la Asociación, la puerta se abrió, decidida y claramente. Los objetivos son los siguientes:   

Posibilitar a los asociados una profundización en su vida espiritual y en su compromiso apostólico. Beneficiar a los Clérigos de San Viator con las riquezas espirituales y apostólicas de los asociados. Ampliar y fortificar los lazos de caridad que nos unen con nuestros colaboradores en la misión.

La Nueva Constitución de 1983. El artículo sobre la Asociación en la nueva Constitución quedará así: 5. Los miembros asociados. “De acuerdo con una idea entrañable a nuestro Fundador, la Congregación acepta asociar otras personas que quieran participar de nuestra misión, de nuestra vida espiritual y de nuestra vida comunitaria. 4

3 4

– Los datos sobre la Asociación están sacados de José Ramón Zudaire, Los Asociados de San Viator., 1997. – Subrayamos en negrita, en los documentos, para resaltar lo que se dice de la Asociación.


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Estos asociados no emiten los votos públicos propios de los Clérigos de San Viator, ni pueden contraer ningún otro compromiso canónico con nuestra Congregación. Se comprometen según las modalidades contenidas en disposiciones de los Reglamentos generales particulares. Los Reglamentos Generales de 1985. a)

Proyecto de asociación.

Cada Provincia, previo acuerdo del Capítulo provincial, cada región o cada grupo misionero, con el acuerdo de los organismos responsables, tiene la facultad de establecer un programa para la asociación de miembros no religiosos a las comunidades que lo deseen. b)

Objetivos de la asociación.

La asociación de no religiosos a la Congregación pretende como objetivos, tanto para los asociados como para los religiosos: mejorar en su vida las relaciones humanas; profundizar en su vida espiritual y en sus compromisos apostólicos; afianzar y ampliar los lazos de caridad que les unen como colaboradores en la misión. c)

Personas que pueden ser miembros asociados.

Pueden ser asociados: un hombre o mujer célibes, conservando siempre el derecho de casarse; un matrimonio o una persona casada, con el consentimiento de su consorte; un sacerdote secular o un diácono, con el consentimiento de su obispo. d)

Lazos de unión entre la Congregación y los asociados.

Los asociados se comprometen a cooperar en la misión y a vivir el espíritu de la Congregación de acuerdo con su estado de vida; a llevar una vida conforme al Evangelio y una oración inspirada en la espiritualidad viatoriana, centrada en la Palabra de Dios y en la Eucaristía; a participar en encuentros regulares con una comunidad; a perfeccionar su formación humana y religiosa con vistas a la misión. e)

Duración del compromiso.

El compromiso de los asociados tendrá la duración que se indique en el convenio que media entre la Congregación y los asociados. Por motivos razonables, la Congregación o los asociados pueden rescindir su compromiso mutuo antes de expirar el tiempo convenido. f)

Autonomía.

Tanto la Congregación como los asociados conservan su autonomía e independencia respectivas en el plano profesional, financiero y civil. g)

Reglamentos particulares para los asociados.

En los Reglamentos particulares se concretarán otros puntos de legislación sobre los asociados y, en especial lo concerniente a: 1. el tiempo de probación. 2. la formación inicial y la formación permanente de los candidatos. 3. el procedimiento de presentación y aceptación. 4. la naturaleza y la frecuencia de las reuniones de los asociados con una comunidad o entre ellos mismos. 5. las cláusulas del acuerdo entre los asociados y la Congregación. 6. la persona o personas responsables de los asociados. Estas normas no son definitivas. Hemos encontrado cartas de Superiores Generales y directivas de Capítulos generales que invitan a seguir la experiencia de la Asociación para abrir nuevos caminos...


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Capítulo General: 1988. La decisión capitular N° 6 dice así: “El Capítulo general decide que es mejor dejar desarrollarse lo que se viene haciendo antes de legislar más sobre los asociados”. El Mensaje del Capítulo general a la Congregación precisará: “La llegada de los asociados que vivimos en nuestras Provincias y Fundaciones enriquece y amplía nuestra manera de encarnar el carisma viatoriano. En este sentido se trata de un acontecimiento vocacional. En nuestro trabajo pastoral deberemos tener en cuenta a las personas que pudieran sentirse llamadas a compartir la vida viatoriana como miembros asociados de la Congregación”. Capítulo General: 1994. Este Capítulo comunica sus “Convicciones concernientes a los asociados expresadas por los capitulares”. Es un texto importante en la comprensión del proceso de la Asociación. "El Capítulo general... lanza una llamada urgente para animar, estimular e incitar a las Provincias, Regiones y Fundaciones a avanzar en el desarrollo de la Asociación, es decir, la venida de miembros llamados a compartir la misión, la vida espiritual y la vida comunitaria de los religiosos de la Congregación, y llamados también a constituir con ellos la Comunidad viatoriana.” Y en su “Carta a las Comunidades Viatorianas” el Capítulo presenta la siguiente orientación. “Los asociados forman parte de nuestra familia, constituidos, como están, en coherederos del carisma del Fundador y responsables, juntamente con nosotros, de nuestra misión. En este sentido se trata de “refundación” puesto que recogemos la intuición primera del Fundador y avanzamos resueltamente por las sendas de apertura y de presencia en el mundo trazadas en el Vaticano II. También es promesa de futuro: religiosos y asociados, en la medida en que sepan respetar y promover sus respectivas identidades, -

se apoyarán mutuamente en su vida espiritual y comunitaria,

-

ofrecerán una imagen significativa del pueblo de Dios,

-

desempeñarán mejor la misión de la Iglesia de encarnar y de revelar a los hombres la Buena Nueva de Jesucristo”. “Asociación y Comunidad Viatoriana”: 1995.

La Carta del Superior General, L. Audet, en 1995, es otro hito importante en la reflexión en torno a la Asociación. Hace un repaso histórico de la cuestión de la Asociación, una relectura de nuestro carisma. En la construcción de la vida viatoriana hay que tener en cuenta las diferencias. “Los asociados son laicos cristianos que tienen una vida personal y profesional con sus derechos y sus obligaciones, y con frecuencia una vida familiar en un hogar que tiene su propio modo de vida. Los religiosos pertenecen a un estado de vida que comporta una manera de vivir los consejos evangélicos, la vida común, la propiedad de bienes, el régimen interno. Respetar la legítima autonomía de cada uno es de importancia primordial”. Estas diferencias invitan a la autonomía... y a abrir un camino que deja espacio a la imaginación y a la creatividad. “Se podría pensar en la fundación de una Sociedad de Catequistas


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de San Viator que comprendería en su seno a la vez la Congregación y la Asociación. Podría definir en sus estatutos, los vínculos que unirían a ambos grupos y las estructuras de funcionamiento de la Sociedad. Una estructura federativa de este tipo respetaría la identidad profunda de cada uno de los grupos... al mismo tiempo que favorecería sus relaciones mutuas y su participación común en un mismo carisma”. Capítulo general: 2000. Hace una constatación: “La refundación / revitalización, dinamizada con la llegada de numerosos asociados, ha dado un nuevo rostro a nuestra Comunidad viatoriana. Volvemos a descubrir el valor incalculable del laicado comprometido en la Iglesia. Nuestros caminos comunes nos conducen a espacios de creatividad en los que juntos, religiosos y asociados, sabremos encontrar respuestas a los desafíos de nuestras respectivas sociedades.” Es de notar que en el vocabulario se acepta la nomenclatura propuesta. Hablamos de Comunidad viatoriana cuando se integra religiosos y asociados. El Capítulo general no pretende innovar. Sitúa correctamente las conclusiones de 1994. Sin embargo, insiste para que provincias, regiones y fundaciones “se doten de mecanismos adecuados, integrando religiosos y asociados, a fin de: estudiar los reglamentos particulares sobre los asociados (R.G. 6. g) y sugerir modificaciones si fuera necesario; proponer medios de animación y organismos de decisión para la vida comunitaria, espiritual, apostólica y para la formación de los miembros de la Comunidad viatoriana.” Propone la creación de organismos internacionales, religiosos y asociados, para velar sobre el crecimiento y el futuro de la Comunidad Viatoriana. Sugiere: - favorecer y suscitar nuevas experiencias en la Comunidad viatoriana, - estudiar la posible creación de instancias comunes de decisión, - distinguir las respectivas vocaciones de religiosos y asociados en el seno de la Comunidad viatoriana... Unas conclusiones. Nos encontramos ante un camino abierto, un proceso de fundación nueva. Volveremos sobre el tema más abajo. Se han abierto caminos. “El camino se hace al andar...” dice el poeta. Por ello, en esta búsqueda de definiciones de nuestras relaciones como religiosos y asociados encontramos varias tendencias: -

Unos quieren autonomía y respeto mutuo de las dos ramas.

-

Otros buscan mayor igualdad e integración.

-

Lo cierto es que los asociados no son una Tercera Orden. Tampoco una asociación de fieles independientes de la Congregación.

La expresión “Comunidad Viatoriana” acuñada por nuestro ex-superior general, significa que religiosos y asociados son “herederos del carisma del Fundador con pleno derecho y ambos responsables de su desarrollo” (Capítulo General de 1994)


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SER ASOCIADO, HOY Y MAÑANA... “La Asociación es un don del Espíritu a la Comunidad Viatoriana, a la Iglesia y al mundo”. “La Asociación es un signo cada vez más evidente del dinamismo del carisma de fundación”. (Capítulo General 2000, p.32) “El Capítulo General juzga oportuno invitar a los asociados a dotarse de una estructura u organización según las necesidades y posibilidades de cada provincia, región y fundación...” (Capítulo General 2000. p.33) Una sola Comunidad Viatoriana. Nuestra identidad cristiana. El punto de partida es un mismo Bautismo. Todos los cristianos compartimos verdaderamente el mismo Sacerdocio. Esta es la tela de fondo que permite superar toda división fácil y tradicional entre ministerios ordenados, religiosos y laicos. Somos un solo cuerpo, un solo Pueblo de Dios. Si el sacramento es el punto de partida existencial, tiene su fuente y su dinamismo en la misión de Jesús y en la Palabra que nos fue confiada. Tenemos un ministerio común: ser Catequistas. Por ser Viatores. Los Viatores somos Catequistas. No sólo de niños. También de adultos. No faltan textos de obispos que nos invitan a actualizar la misión que nos dio Luis Querbes. No se puede afirmar más claramente la importancia de nuestro ministerio como religiosos y asociados. Es nuestra identidad viatoriana. Vivir nuestra identidad viatoriana. Lo que ocurre a las personas, ocurre a las instituciones: han nacido en un tiempo y en un lugar. Vivir su identidad supone que se viva también su nacimiento. Proceden de una tierra particular, de un contexto particular, de una tradición específica, de un pueblo particular. Una multitud de colores las pintan. Son fruto de un diálogo. Hemos visto que la Asociación de San Viator resultó de presiones, de conflictos, de interpretaciones diferentes de la idea fundacional. Es una “identidad cantante”, múltiple, que nos invita a descubrir y comprender la historia, nuestra historia. La Asociación tendrá necesariamente sus matices peculiares que la harán específica en cada país y circunstancia. Asociación de catequistas y celebrantes, orientada hacia los jóvenes pobres, y que anuncia a Jesucristo bajo la bandera de San Viator ¿qué significa hoy entre nosotros? Fieles a las raíces querbesianas y viatorianas, pero con matices de identidad específicos. Condiciones personales y comunitarias de la Nueva Fundación. Estamos en un tiempo de definición y de orientación de la Nueva Fundación de una nueva Comunidad Viatoriana. Y la verdadera fundación depende de que esta generación viva los nuevos ideales y lleve el carisma de modos radicalmente nuevos a nuevos lugares que no había pensado el fundador. Necesitamos más claridad en cuanto a identidad y objetivos. La falta de claridad, en esta época de transición institucional, conduce a un aumento de anemia, de apatía con la sensación de no tener un propósito definido. La falta de claridad en cuanto al papel conduce a la desilusión personal, a la mediocridad y a la oscuridad del corazón. No es que nuestra Comunidad Viatoriana sea mejor o más noble que otra, sino que es la nuestra. Es el camino que la historia nos abrió para vivir la voluntad del Padre en vista al Reino. Una vida que ha de estar, según la voluntad del Fundador impregnada de Biblia y empapada de liturgia, más allá de los formalismos del mundo. Una vida que va hacia los marginados como protesta en un mundo que genera injusticia e impotencia. Y lo hacemos bajo la bandera de Viator,


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una vida que congrega personas espiritualmente determinadas a darse la mano para gritar el amor y la justicia del Padre. Construimos una vida que cruza la historia. Invita a religiosos y laicos a formar comunidades que viven y celebran la fe, inspiran por su presencia, animan por su dinamismo a los que buscan una existencia cercana al evangelio. Un refugio de paz para las víctimas de las tormentas de la vida. ¿Por qué no? La comunidad nos hace fuertes para llevar la lucha. Mientras estemos vinculados a la Fuerza espiritual de la Vida, la Comunidad Vitoriana de religiosos y asociados valdrá la pena. Para todo el mundo, tanto dentro como fuera de ella. Si no somos, mujeres y varones profundamente espirituales, no comprenderemos nuestro rol social, nuestro papel de servidores, la importancia de la oración y de la contemplación en un mundo sumamente materialista, los Viatores no servirán; podremos echarlos al basurero de la historia. Lo que ahora se precisa - tengamos la edad que tengamos y por muy limitados que nos sintamos - es intensidad espiritual para construir partiendo de lo que tenemos, la Asociación y las obras que nuestro mundo necesita, no porque sean nuevas, sino porque son necesarias tanto por el bien de la sociedad como por nuestra propia integridad espiritual. ¿Por dónde nos llevan los signos de los tiempos? Nuestra nueva fundación sólo será viable, valiosa y auténtica si hace algo para llevar el Reinado de Dios. Resucitar la Asociación no tiene otra meta sino responder mejor a las necesidades de nuestro mundo a las que traemos la luz del Evangelio. Una nueva “eclesialidad”. 5 No estoy hablando de eclesiología, es decir, ver como ser fiel a todo lo que hemos recibido de Cristo, de los apóstoles o de las primeras comunidades cristiana y de la tradición. Esto es discurso. Hablo de “eclesialidad”. Hablo de carisma, de relación y es mucho más amplio que el campo de la institución. Es el conjunto de la dinámica interior eclesial como de las comunidades con el mundo. Se trata de renovar nuestra manera de vivir juntos y de profundizar las relaciones entre nosotros. Sabemos como el P. LUIS quería que los catequistas vivieran con los párrocos. Una manera de romper la soledad del pastor, pero también del catequista. Comer en una misma mesa cambia las relaciones entre el poder institucional y el servicio carismático. Lastimosamente esta visión generosa se manifestó utópica, por limitaciones en las dos partes. El renacimiento de la Asociación nos ayuda a tomar conciencia de una necesidad de nuevas relaciones en la Iglesia. Estamos llevados a revizar nuestras relaciones humanas, varones y mujeres. Vivir en comunidad no significa vivir en la uniformidad. Con nuestras características y nuestras diferencias debemos buscar el estrechamiento de los vínculos entre los grupos en la Comunidad. Nuestras relaciones, cuando se establecen en función de una misión común al servicio de nuestro pueblo llegan a ser mucho más fluidas, a pesar de las divergencias. Estamos invitados a renovar nuestros esfuerzos, no sólo en la construcción de la Iglesia, sino con todo el Pueblo de Dios. Carecemos todavía de experiencia. Todos los creyentes somos activos en el Pueblo de Dios. Todos los ministerios y los carismas encuentran su lugar legítimo. No podemos sino afirmar el carácter carismático y profético de la Comunidad Viatoriana. Identidad y misión se juntan. Identidad religiosa, identidad laical buscan superar los conflictos, y dialogan en vista a la misma misión.

5

- Reflexiones inspiradas por “Líneas inspiradoras de la CLAR”.


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Nuestro carisma viatoriano nos invita a una conciencia profética más clara para poder articular los caminos y los valores alternativos por la Iglesia. Esto supone valentía para abrir puertas... La Asociación nos sensibiliza a una sociedad humana más justa, a una convocación ce todos los varones y mujeres de buena voluntad. Nos abre a un diálogo interreligioso abierto. Nos lleva a vivir una experiencia profética de la fraternidad. Hemos de cuestionar nuestros estilos de vida comunitaria. Estamos invitados a buscar las formas de expresion fraterna que manifiestan la ternura de Dios y su predilección por los pobres. La fecundidad de la vida religiosa depende de la calidad de la vida fraterna en comunidad. La nueva eclesialidad implica una visión plural igualitaria y complementaria de los carismas al interior de la Iglesia. Volvemos así a una eclesiología del Pueblo de Dios. En esta polifonía fecunda no solamente se trata de reconocer a cada uno su sitio y su rol específicos, sino también de enriquecernos mutuamente de nuestras diferencias. Es el tiempo del laicado. Reconociendo su papel protagónico en la relación social, política, profesional con el mundo, la Vida religiosa redescubre su propio carácter laical y se pone así al servicio del laicado como colaboradora leal y entusiasta. Así puede alimentar una espiritualidad laical fecunda en estos desafíos del momento actual. Una Asociación que integra la espiritualidad femenina. Jesús optó por los pobres; también lo hacía el A.T. Lo nuevo es la relación de Jesús con las mujeres. Eso es totalmente original. Ningún profeta lo hizo. Esta relación no significó un corte en la ternura y en el amor, como lo dejó entender una santidad ”dura” del siglo XIX, sino su ordenación a un amor mayor. Jesús les dio la voz y la palabra, hasta la voz cantante del evangelio. La relación de Jesús con las mujeres es una invitación a reconciliarnos con nuestro ser bipolar, con la ternura como camino místico, como camino hacia Dios. Pero me parece que hay algo más profundo que un mero seguimiento de Jesús. La feminidad es parte de la misteriosa realidad de Dios. “A imagen suya los creó. Macho y hembra los creó”. La masculinidad y la feminidad son juntas imagen de Dios. El cuerpo de hombre o mujer no es mera biología: es un modo de ser. Lo femenino y lo masculino son parte de cada ser humano, de suerte que cada cual lleva en sí algo del otro. Varón y mujer forman la diferencia en el interior de la unidad humana. El descubrimiento de la realidad del Padre, con su ternura y su pasión por su pueblo, lleva necesariamente a explorar la feminidad en Dios y no solamente una feminidad reflejo secundario en la humanidad. Nos gusta la hipótesis de un Espíritu Santo que expresaría el modo femenino de ser de Dios. Sin fragilidad, ni rigidez, ha de aflorar en cada uno, de modo armonioso, un tierno vigor y una vigorosa ternura. Este mismo hecho hace que la espiritualidad vivida por mujeres tenga un matiz distinto. Con la presencia de mujeres entre los Viatores entramos en la dinámica de un nuevo profetismo. Ésta es una nueva mirada sobre el mundo y la vida. La mujer “es capaz de crear lazos de empatía con la realidad. Su forma de acoger esa misma realidad es envolvente, quizá por eso el riesgo de perderse en el otro. Pero también por eso mismo capaz de crear lazos de comunión, y más aún, de sentirse “uno” con la otra persona. Todo lo que es virginal y materno... intuitivo, penetrante y delicado, todo lo que es íntimo, recóndito y acogedor, y todo lo que es expresión concreta de cercanía, comunión y participación, profundidad, vitalidad, interioridad, sentimiento, receptividad y entrega, solicitud y acogida” (Chu Violeta, Lo femenino, espacio de comunión. CONFER, octubre de 1997.) Nos ayuda a liberarnos de la idea de un Dios sólo masculino. Nos ayuda a “sentir a Dios de otro modo”. Descubrimos la representación maternal de Dios: el Dios Madre (Padre/Madre) Un Dios vida pura y total, vigor y ternura. “Nos ayuda a expresar una profecía menos masculina y más femenina. Menos gestos heroicos aislados y más entretejida de los pequeños gestos cotidianos, como más propia de la


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vida de las mujeres y de todo el pueblo. Profecía que busca: sembrar, engendrar vida, suscitar esperanza que otros recogerán a su tiempo. Es una profecía más callada... Aprovecha los resquicios del sistema para engendrar vida y esperanza. Hemos de ir más en la línea de la convocación, seguimiento, acompañamiento”. ( Chu Violeta, o.c.) La vida religiosa viatoriana puede, gracias a nuestras hermanas, tomar un nuevo rostro. Es esta influencia femenina la que me llevó a descubrir en Querbes aspectos nuevos y a tratar ciertos temas con matices particulares. Una nueva institución. “La “Evaluación de la experiencia de la Asociación” presenta aspectos que pueden y deben ser mejorados: la clasificación de la vocación de asociado y su participación en la organización de la comunidad viatoriana, la presentación de un plan de formación para los asociados, precisiones sobre su compromiso, orientaciones sobre la participación de los asociados en la animación y el gobierno”. “...Parece evidente que los religiosos y asociados deberían tener un mecanismo de representación en su seno y que es importante seguir progresando en la unidad, de ahí la necesidad de desarrollar lugares comunes de discernimiento y diálogo; que la diversidad de culturas alimenta la diversidad de experiencias, fuente de enriquecimiento mutuo y que, por eso, es necesario un mínimo de estructuras para facilitar el funcionamiento y el desarrollo de la Comunidad Viatoriana”. (Capítulo General 2000, Texto introductorio a las decisiones respecto a la Asociación, p. 31 - 32) Quisiera con unos esquemas recordar las formas más comunes para comprender la Comunidad Viatoriana, en nuestro caminar actual. El esquema 1 hace depender, institucionalmente, la Asociación de la Congregación. El esquema 2 encuentra en la Asociación y la Congregación dos elementos institucionales autónomos en la Comunidad Viatoriana. Es la concepción federativa. Son los esquemas más conocidos y vividos actualmente. Comunidad

R 1

Religio

R

A

sos

Asocia dos

2

Viatoriana

Pero también se puede idear algo diferente. (esquema 3) Mi hermano Juan, Viator en Francia, escribió unos artículos que fomentaron unos intercambios con Leonard Audet ex superior general. Posiciones que concuerdan y que hago mías, simplificándolas. Me parece que el texto siguiente alude a esta posición.

Religiosos

UNA NUEVA FUNDACIÓN

3 Asociados


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“A ejemplo de las comunidades nuevas, la comunidad viatoriana podría también agrupar en su seno, de manera más evidente, una diversidad de formas o de estados de vida: religiosos, personas casadas, sacerdotes seculares, diáconos permanentes, célibes con o sin votos privados reconocidos por los responsables... El Espíritu hace brotar y desarrollarse en la Iglesia una abundancia de nuevas formas de vida según el Evangelio que pueden servirnos de inspiración” (Informe sobre el estado de la Congregación al Capítulo General 2000, p. 13) No me pertenece, por supuesto, trazar los caminos de la Nueva fundación. Cada provincia y región viatorianas vive experiencias que buscan establecer más claramente la nueva realidad. Es cierto que el carisma querbesiano tiene un dinamismo evangélico y tuvo su traducción histórica. Pero no somos prisioneros de estas formas coyunturales. Hoy hemos de re-crear el carisma inicial y permanente. Hemos de revitalizarlo. Hemos de avanzar hacia una nueva fundación. Sería pues una “Nueva Fundación” a iniciativa de religiosos y asociados, y compuesta - de los solos religiosos que la desearan, - de los laicos motivados por este proyecto. En este proyecto, probablemente los laicos serían el elemento dominante. Seguramente la forma canónica exigirá soluciones a problemas delicados, pero no insuperables. El éxito de tal fundación depende de la existencia de una auténtica necesidad en la Iglesia y en el Pueblo. Andar por estos caminos supone estrategias que no me toca tratar aquí. Afinar tal proyecto con su finalidad y modalidades, buscar los miembros posibles e interpelarlos, avanzar en definición del estatuto canónico, tener contactos multiplicados entre nuevas comunidades y mucha fe en el actuar del Espíritu. “Caminante, el camino se hace al andar”. Siempre perteneció a los religiosos el abrir nuevos ámbitos de ministerio en la Iglesia, suscitar nuevas preguntas, desarrollar nuevas funciones. Los religiosos deben ser por naturaleza transformadores. En el campo viatoriano podemos desempeñar también este papel. No faltarán las tensiones..., tampoco los críticas que se limitan a destruir, pero si no estamos preparados para la tensión dialéctica entre el carisma y la institución no tendremos la fuerza espiritual de dinamizar el carisma viatoriano frente a la inmovilidad. Nuevos ministerios. “¡Vayamos allí donde la vida está en juego, llevemos esta Buena Noticia que nos habita, seamos testigos de los valores que nos animan, invitemos a quienes nos rodean a vivir de manera nueva como hijos de Dios!” (Carta a los Viatores y a las Comunidades Viatorianas, Capítulo General 2000, p. 11) “Nuestros caminos comunes nos conducen a espacios de creatividad en los que juntos, religiosos y asociados, sabremos encontrar respuestas a los desafíos de nuestras respectivas sociedades.” (ídem p. 9) El P. Querbes nos orientó hacia los escogidos de Jesús, los pobres: niños o jóvenes. Nuestro carisma tradicional nos llevó por el camino de la educación para que retrocediera la ignorancia, la indiferencia religiosa, el analfabetismo, el abandono. Fue el medio que ofrecía el momento coyuntural. No fue el fin o el objetivo. Pero ser Catequista, hoy día, puede realizarse de maneras muy diversas, sin renunciar a nuestro carisma: programas educativos alternativos, educación informal (niños y jóvenes de la calle), Medios de Comunicación Social (radio, TV, Internet,...) tan importantes en el mundo contemporáneo, programas de espiritualidad, etc... Si no buscamos colectivamente respuestas a los problemas de nuestro tiempo, si no sensibilizamos al mundo en su importancia, si no impulsamos el cambio... ¿para qué servimos?


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Condiciones espirituales de la nueva fundación. “Hoy también los jóvenes y los pobres del tercer y cuarto mundo nos siguen llamando. ¡Cojamos nuestro bastón de peregrino, pongámonos en marcha con audacia e insertémonos allí donde haya que anunciar la Buena Nueva! ¡Nuevas tierras nos esperan! (Carta a los Viatores y a las Comunidades Viatorianas, Cap. Gen. 2000, p. 8) Primera prioridad: “La renovación de la experiencia de Dios, en particular en su dimensión contemplativa, como motor de la vida comunitaria y apostólica” (ídem p. 10). La Asociación es asociación de Viatores. Aunque sea fortuita la relación entre la palabra Viator y viajero, no podemos olvidar que nuestra espiritualidad será siempre una espiritualidad de peregrino. Nuestro camino tiene un objetivo positivo: la refundación de la comunidad. Se siente un transeúnte quien, cuando se para en el camino para descansar y rehacer sus fuerzas, cuida de no detenerse por no correr el riesgo de olvidar a medio camino la razón de su viaje. La pasión del peregrino es doble: el anhelo del objetivo - la nueva comunidad -, y el sabor de lo pasajero, el de la pobreza, por el camino. Nada le detiene y todo le apasiona. La espiritualidad del peregrino implica el ser consciente del precio infinito de cada instante en la construcción del camino que viene y que queda por recorrer. A veces nos comportamos como si no tuviéramos que dejar nuestra tienda - nuestra comunidad actual - y también nuestra tierra. Estamos de paso hacia otra patria, lo cual da un precio infinito y relativiza radicalmente nuestra permanencia por estas tierras ajenas y amadas que nos acogieron pero que invitan a una metamorfosis y, seguramente, a una conversión. La espiritualidad del peregrino es el cuidado de esta libertad espiritual que afirmaba Jesús resucitado ante María cuando quería detenerle. Si nuestra congregación había sido considerada como intangible, sabemos que tendremos que abandonarla, para que nazca algo nuevo. Como Jesús, tenemos que ir hacia el Padre, hacia el Reino... renacer. Es el punto de mira de nuestro corazón viatoriano y creyente. La Asociación invita a los religiosos a salir. ¿La congregación sabrá sacar su fuerza de la fragilidad? ¿La congregación conseguirá encontrarse perdiéndose? Es preciso. De esto depende el futuro. Es nuestro Éxodo del siglo XXI. Salir de Egipto, cruzar el Mar Rojo, hacia alta mar, desarraigarse, peregrinar por el desierto, mezclarse con extranjeros, confrontarse a la pluralidad. No para convertir, sino para convertirse. No para recuperar, sino para re-pensarse, ensancharse, re-descubrirse. Salir de Egipto y partir en itinerario. Es el difícil andar por un camino no trazado, por eso necesitamos raíces y ser conscientes de nuestra identidad. En Babilonia Israel tomó conciencia de la universalidad de su Dios. En la Babilonia de este siglo, la Asociación, los Viatores encontrarán también su nueva identidad. Babilonia no está lejos. Babilonia está, también en el interior. Las orillas del mar Rojo empiezan en casa, en nuestra institución. Salir de Egipto es no mirar atrás. Salir de Egipto, es no mirar lo que ha caducado. Para nosotros, salir de Egipto, aquí y ahora, no es sólo aligerarse, despojarse, es también crear un nuevo modo de presencia, una manera de ocupar el espacio, escuchar, respirar, mirar... es un nuevo estilo. Salir de Egipto es encontrar otra cultura. Hemos de inculturarnos. La inculturación no es una moda. No es una mera traducción. No se limita a transponer, adaptar. La inculturación es una auténtica confrontación en la que los Viatores se dejan herir por otra presencia (laica masculina y femenina), la presencia de un pueblo determinado con su tradición, en la que aceptan entrar. Aligerarse, enriquecerse y después verse cambiados, ya no somos como antes, pero tampoco totalmente diferentes. La inculturación es una “nueva creación”. “Salir de Egipto”... Salir de nuestras casas y de nuestras rutinas... Nuestra espiritualidad ha de asegurar una presencia donde se la requiere: barrios, calles, colegios, organizaciones ciudadanas, prensa, radio y televisión... en donde se puede expresar


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rechazo a la opresión y nuestra llamada al Reino de Dios. Necesitamos una espiritualidad, de vida de oración constante y profunda, una espiritualidad personalizada. Necesitamos el apoyo de una Comunidad espiritual. Impregnados de Biblia, inspirados por el evangelio, llevados por el fuego de la justicia, confortados por la oración... la espiritualidad es la única fuerza que nos ayudará a seguir. El Exodo ha sido un modelo espiritual para el pueblo de Israel y para Jesús. ¿Lo será para nosotros?


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3 LAS FUENTES DINÁMICAS DE LA MISIÓN


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1. LA PASIÓN POR DIOS “ADORADO Y AMADO SEA JESÚS” Al proponer este lema a sus Catequistas, el P. Luis se inspira en la tradición bíblica más pura. “Tú amarás a Yavé tu Dios... No te olvides de Él... a Él servirás e invocarás su nombre” (Dt 6,4.12-13). “Adorarás al Señor tu Dios; a Él sólo servirás” (Mt 4,10). Este lema acompaña a los Catequistas, dinamizando su vida, orientándola siempre hacia el corazón de su misión. Figura en los encabezados de Cartas de obediencia, en las cartas a los hermanos, en documentos oficiales. Muchas veces se ve la sigla: A.A.J. (Adoretur et Ametur Jesus). En su librito sobre Luis Querbes (V.O. p. 69-71), Robert Bonnafous nos explica algo en torno al origen de este lema. Nos dice cómo el P. Marcel Genest hizo una amplia investigación al respecto. “No he encontrado en ningún lugar de Francia y en esa época las dos ideas de adoración y amor, aplicadas juntas a la persona de Jesús”. Tenemos aquí, parece, algo específicamente querbesiano. Una expresión teológica genial que correspondía al redescubrimiento cristológico del tiempo y que respondía a los dos grandes fines de su Sociedad: Servicio del Altar y Catequesis, liturgia y misión, contemplación y acción. ¿Qué es “adoración”? La adoración es a la vez la expresión espontánea y consciente impuesta y querida, de la reacción compleja del hombre agarrado por la proximidad de Dios: conciencia aguda de su magnificencia y de su pecado, confesión silenciosa (Jb 42, 1-6), veneración temblorosa (S 5,8), agradecimiento (Gn 24,48), homenaje jubiloso (S 95, 1.6) de todo su ser. Como invade todo el ser, cuerpo y espíritu, esta reacción de fe se traduce en gestos exteriores: la postración, la genuflexión, el beso, todos los gestos del culto: sacrificios, gestos de servicio de Dios, son adoración a Yavé (1 S 1,3; 2 S 15,32). No hay adoración verdadera sin que el cuerpo traduzca de cierta manera la soberanía del Señor sobre su creación y el homenaje de la criatura agarrada y consintiente. Pero la criatura pecadora tiende siempre a escapar a la influencia divina o a reducir su adhesión a unas formas exteriores. Así nace el culto. Tiene su raíz en la conciencia humana que siente su dependencia de Dios. Se manifiesta en actos internos y en actitudes exteriores. Tocan a las esferas corpóreas humanas y ocupan el tiempo y el espacio (ritos y lugares sagrados). El culto es el servicio a Dios. Sostiene, constituye y expresa la relación Dios-hombre. El acto externo del culto tiene que ser expresión de actitud interior de adoración, arrepentimiento, de fidelidad, de pertenencia. Por eso, la sola adoración que gusta a Dios es la que viene del corazón. Entonces, la adoración se expresa fundamentalmente en el culto como adoración en espíritu y verdad (Jn 4,23). No sólo es una actitud interior, sino una consagración de todo el ser: espíritu y cuerpo (1 Tes 5,23). Cristo inaugura el culto espiritual en la línea de los profetas que exigen la primacía del espíritu sobre el rito. El culto en espíritu y verdad es el culto ofrecido con toda la propia vida, como la vivió Cristo. Así el “sentimiento de la Presencia de Dios” es la condición del culto espiritual permanente. Estamos en la contemplación.

“EL SENTIMIENTO DE LA PRESENCIA DE DIOS” “La renovación de la experiencia de Dios, en particular en su dimensión contemplativa, como motor de la vida comunitaria y apostólica” (Primera prioridad que nos da el Capítulo General 2000, p. 10) El sentimiento religioso en el tiempo de Querbes. Tratemos de comprender el sentido de esta expresión, en el tiempo del Padre Querbes.


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Se abandonaba el camino del racionalismo para descubrir el valor del sentimiento y del sentimiento religioso en la religión. Es como una emoción indeterminada sin objeto concreto. La palabra sentimiento, en un sentido que envejeció y que no utilizamos hoy, señala la conciencia en general, un sentimiento claro y confuso según los casos. KANT defendió esta interpretación que consideraba el sentimiento como una función no reducible al conocimiento y a la tendencia volitiva. Todas estas corrientes religiosas, teológicas y filosóficas están en el ambiente del tiempo, en esta primera mitad del siglo XIX. Querbes invita a una vivencia religiosa. Todavía, en él, se percibe la acentuación del elemento racional (como las corrientes neoescolásticas) cuando el protestantismo acentuaba el sentimiento. En Querbes este sentimiento tiene su objeto: es la presencia de Dios. La que ha de provocar admiración, respeto, temor, veneración y adoración. Esta presencia entonces despierta el afecto. Podían existir desviaciones en cuanto a Dios como objeto “verdadero” y “bueno”. Veremos cómo la insistencia sobre una “Fe ilustrada” por el estudio de la Biblia, debe evitar que el sentimiento se pierda en el subjetivismo y debe garantizar las actividades más importantes de la vida y asegurar el conocimiento de las verdades fundamentales. Estamos en una perfecta interpretación de la teología del Aquino. Este sentimiento de la presencia de Dios desemboca, normalmente, en un acto de voluntad. En este sentido Querbes invita: “Entren en los sentimientos de Jesucristo” (D.Q. 163ª 3.106). Una expresión repetida mañana y tarde en lo que era la “leyenda”. Y “los sentimientos de Jesús” eran vivir con el “Abba” y cumplir su voluntad.

UNA “FE VIVA” “... Los santos, miembros de Cristo resucitado, viven a la sombra de su gloria y manifiestan la realidad de la salvación total de la persona humana; ... para que cada generación de cristianos (sean) como una imagen viva de la fecundidad del Evangelio” (Capítulo General 2000, p. 21) El contexto religioso del P. Querbes. Hacia 1830, el pueblo, en Francia, vive todavía resabios del Jansenismo rigorista, de religión austera, ascética, hecha de obediencia al deber y a los mandamientos. Al mismo tiempo sufre en el campo religioso y de la fe, los estragos del capitalismo que va triunfando, la promoción del individualismo. La relación con Dios, percibida como resultado de la voluntad, parece ocultar la referencia al prójimo y hunde a cada cristiano en su propia perfección moral y espiritual. La relatividad del lenguaje. 6 La expresión humana de Dios es independiente de la existencia real de Dios. No podemos reprochar a Querbes utilizar en su lenguaje sobre Dios, imágenes que no son las nuestras. Cuando hablaba a Dios lo hacía en términos de imágenes divinas de su tiempo. Son estas imágenes de Dios las que influyen directa y relevantemente en la acción, en el pensamiento y la vida de los creyentes. El hecho de que se experimente a Dios como liberador o como pantocrátor que perpetúa el orden existente, introduce una notable diferencia en la acción de los creyentes. En la oración – el lugar propio del uso del nombre de Dios – nos damos cuenta de la diferencia entre la realidad de Dios y las imágenes a nuestra disposición. Esto quiere decir que nuestro conocimiento de Dios está mediado por nuestra comprensión de Dios. Ésta relativiza mucho la presencia inefable de Dios. No podemos pues confundir la realidad de Dios con nuestros objetos de experiencia, ni con nuestras proyecciones que, sin embargo, desempeñan un papel en toda fe en Dios. “Dios es totalmente otro”. Pero 6

- Es importante recordar siempre estas observaciones en cualquier proyección de palabras, actitudes, orientaciones de QUERBES sobre nuestro tiempo contemporáneo. Estas observaciones valen, por supuesto, con todo texto bíblico.


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creemos que Dios se proyecta a sí mismo en nuestra historia consciente (es todo el problema cultural) a partir de la cual los hombres producen imágenes de Dios. Lo que implica que nuestras imágenes creyentes de Dios, en la medida en que son legítimas (no ideológicas) no son en modo alguno arbitrarias. A pesar de todo, las imágenes auténticas de Dios han de apuntar a algo. O sea han de decir algo sobre su realidad. La cuestión crítica es diferenciar esta realidad, sin poder decir exactamente lo que es, de nuestra propia imagen y semejanza; en caso contrario, caemos en idolatría. No por ello hemos de callar. Pero en el silencio místico sobre Dios, o sea, en el hablar a y de Dios en representaciones de este Dios que a cada paso se deshacen, lo que hay, es un espacio colmado. ¡Se escucha el silencio que habla! Aquí hay una presencia. Y es una experiencia completamente distinta de la de un silencio vacío. Querbes, como la gente de su tiempo, tenía su propio lenguaje, sus propios conceptos con su propia expresión. Eran relativos, pero su referencia a nuestro Dios es indiscutible. ¿Los encontramos anticuados, limitados? Vivimos otra cultura. Ello no impide que podamos hablar en imágenes nuevas de la experiencia pasada. Nos referimos a una misma presencia, un amor que se comunica a los hombres y toma partido por los pobres, los oprimidos, los sin voz. Pero lo haremos cada uno con las limitaciones culturales de nuestras propias imágenes. En una historia de solidaridad, justicia y amor vivido por hombres en tiempos diferentes queremos salir de un mundo de egoísmo, injusticia y desamor. Unas limitaciones y su superación. Se insistió mucho en el aspecto moral. En el siglo XVII, el cosmos, la naturaleza fueron siendo desencantados por las ciencias de la naturaleza en desarrollo. Se perdió el sentido de un universo “misterioso”. De ahí que en el siglo XVII, la espiritualidad se volviera mística de la interioridad: mística del camino subjetivo del alma hacia Dios. Apreciamos mejor que Querbes rechace los caminos extraordinarios y busque por el camino de las “virtudes ordinarias”. Su mística cabe dentro de una vida de fe ordinaria. Ubicaba la mística esencialmente en la vida de fe, de una “fe viva”. Es una forma más o menos interior de la experiencia creyente de Dios. Es esta experiencia de contacto con Dios, lo que llamo en Querbes el “aspecto místico”. Una forma vivencial intensa que nos une con Dios, distinta de los aspectos más cognitivos: representaciones conceptuales o imaginarias. Querbes no era un romántico. El romántico típico de la subjetividad moderna proyecta los sentimientos del yo sobre el mundo y los demás. El romanticismo del yo se mantiene en su universo cerrado; en un universo rico y multiforme en emociones, pero cerrado en sí mismo. Querbes con su sentido práctico de la realidad, vive su experiencia de Dios en relación y esta presencia generó en él la fraternidad. El “celo ardiente” en Querbes es una experiencia originaria y vital. Provocó en él, como el contacto con el mundo rural, una paulatina conversión. Abrió los ojos al mundo de los pobres y fue llevado a vivir pobre. No invitó a prácticas de duras penitencias. Su purificación se hace al ritmo de la vida y de los acontecimientos. Llegó a una unidad interior, a la plenitud de la vida por medio de la sencillez. Sencillez de integración en las “virtudes ordinarias” de la “gente ordinaria”. Una santidad ordinaria.

QUERBES UN HOMBRE DE “FE VIVA”. Encontramos en la vida de Luis una gran coherencia y unidad de vida. El lema “Adorado y amado sea Jesús”, es la expresión real de su vida interior y la expresión simbólica de lo que quería realizar con su obra. Esta espiritualidad no era sólo para gente de la Iglesia institucional. Sin perder totalmente el rigorismo de su formación, entró profundamente en nuevas perspectivas enraizadas en la Escuela Francesa de Espiritualidad y corrientes venidas de Italia (Alfonso de Ligorio). La dimensión profética marcó su vivencia profunda. Su lema, tiene sus fuentes en la mejor tradición bíblica, nos ubica en estas corrientes de los “pobres de Yavé”. Dos dimensiones nos motivan hoy como religiosos: adoración y amor, contemplación y acción, mística y política, amor y poder, que tienen relaciones dialécticas entre sí. El amor necesita del poder para ser algo


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más que sentimentalismo. Del mismo modo que el poder necesita del amor paro no caer en manipulaciones o evasiones. Querbes fue un hombre de su tiempo. Sin embargo, algunos rasgos importantes nos parecen pasar por encima de los tiempos. No fue un místico, en el sentido que se da a veces a esta palabra. No elaboró una teoría del encuentro con Dios a partir de su vivencia. No hizo “escuela”, y, sin embargo, con su sentido común y su profunda penetración espiritual fue un “místico” de verdad que cristalizó los temas y las exigencias evangélicas alrededor de esta intuición central que respondía a las necesidades del momento. Su estilo de vida y su personalidad dieron un contorno a esta intuición. Así lo expresó en la comunidad que fundó y donde realizó con su personalidad una verdadera respuesta al llamado del Padre. “No busca caminos ni prácticas extraordinarias de piedad, de mística o de santidad. Recomienda caminos ordinarios, seguros y probados. Pide algo sólido, substancial, nutritivo, nada de sutil, de rebuscado o complicado, menos aún pretencioso o ambicioso”. Esta apreciación, de Cristiani, parece una buena caracterización de la experiencia espiritual querbesiana, y por esto, cercana a una práctica popular. El P. Luis Querbes fue un verdadero contemplativo. Resistió a las espiritualidades de “pacotilla” que jalan y atraen al hombre fuera del mundo. No trató de desertar sino de acoger la vida en el corazón de las dificultades económicas y políticas. Es verdad que las asumió como pruebas. Asumió las realidades de su mundo sin disminuir su aspiración a la santidad. El “místico” está en el centro de la realidad. No podía renunciar al mundo. No era algo secundario sino el campo de venida del Reino. No podía renunciar a la actividad en el mundo. La consideraba como indispensable. No abandonó por tanto su lucha por una perfección personal integral. No abandonó ni el tiempo ni el espacio. Los dos constituyeron su morada. Así llegó a ser un “pobre de Yavé”. Su vida sólo tiene sentido en una “fe viva e ilustrada”. Así lo enseña a sus catequistas. Él vivió muy intensamente esta virtud, punto de partida de su compromiso religioso. En los Estatutos, encontramos esta preocupación: “Su fe (la del catequista) debe también ilustrarse y sus amplios conocimientos basarse en las verdades fundamentos de la religión (DQ 550 8.100). “Si su fe es viva, será a la vez fuerte, generosa y capaz de obrar milagros.”(DQ 550 8.99). La ingenuidad se supera con el estudio, la reflexión, el análisis de la realidad, o mirar dicha realidad con los ojos de los necesitados Empapado de lectura bíblica, no podía escapar a Querbes que la pobreza de los “pobres de Yavé” y la “infancia espiritual” son las realidades muy importantes de la Biblia y del Evangelio. De los pobres (“anawim”) vive la fidelidad como signo distintivo del "Resto”. Jesús retoma la idea: “Yo te bendigo, Señor... porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has revelado a pequeños” (Mt 11, 25-26). De allí que, en el P. Luis Querbes, el llamado a la humildad sea habitual en las exhortaciones. Cuando retoma el lema: “Dejen que los niños vengan a mí” (Mc 10,14) piensa en misión, pero no pierde la invitación a “ser como niños”. Actitud de confianza que posibilita la relación personal y de familiaridad que muestra Jesús con su “Abbá”. Camino por el que escogió andar. La existencia del P. Querbes lo abría a la experiencia espiritual, no como contemplación pasiva, sino como experiencia de que, por detrás de lo real, hay sentido gratificante, simpatía y ternura. Pero también la sencillez de su vida, a veces las crisis económicas, le facilitaron el camino de los pobres. La pobreza lo llamó a abrirse a Dios. En la pobreza efectiva creció la pobreza espiritual. Como todos los “anawim”, vive el “temor de Dios”. Pero en la auténtica vida de fe, el temor se equilibra con un sentimiento contrario: la confianza. Es la invitación permanente de la Biblia: “No temas”. Una recomendación que cruza los dos testamentos. Dios no es un rey celoso de su poder. Envuelve a los hombres en su providencia paterna. “No temas, pequeño rebaño” (Lc 12,32). Es una promesa a todos los que se ven llamados como profetas. Así Dios los reconforta al darles su misión. Y esta confianza en Dios llega a borrar hasta el temor humano.


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El P. Luis Querbes vive en presencia de Dios, abandonado a su “Providencia”. Confía en él a pesar de las pruebas. Vive en la humildad y la gratitud y deja a veces exteriorizar sus emociones o sus gritos hacia Dios. Más allá de las seguridades humanas, apostó por Dios en una entrega confiada y alegre. El que permanece ante Dios. En el Comentario a los Estatutos, Querbes menciona con mucha insistencia “el santo ejercicio de la presencia de Dios”. Vive y recomienda en sus retiros y sus cartas un contacto permanente con el Señor. “Por el santo ejercicio de la presencia de Dios y por la contemplación de los misterios de la vida y muerte de Jesucristo... el c.s.v. animará y vivificará su fe”. La educación recibida lo despertó a este “sentimiento” de la presencia permanente e inefable de Dios. Sin nunca separarse del círculo de las experiencias cotidianas, se hizo presente en esta realidad totalmente diferente. Vivió en la cercanía consciente de Dios. Una relación interior que se desarrolla en su corazón y en su espíritu y que lo afectaba en lo más íntimo. Una relación que se expresa espontáneamente. Fue una vivencia en compañía de Dios y de Jesús. Hombres sensibles a una presencia, con el corazón abierto, así es como quiere a sus hermanos. Este sentimiento de la presencia de Dios asegura la paz interior, el abandono y la entrega confiada a Dios. No la vive a la manera de los que se llaman tradicionalmente “místicos”. No se queda en la contemplación carmelitana para poder “saborear” a Dios. En esto está más cerca de un Benito o de un Ignacio. No se trata de una suerte de unión “beatífica”. Anda por los caminos concretos de una relación mediatizada por las manifestaciones históricas de su existencia. Allí se presenta Dios para él. “Considero esta circunstancia como un medio por el que Dios me manifiesta su voluntad” (a Cattet, DQ 53 1.79). “Si Dios lo hubiera llamado a otra parte, hubiera hecho nacer alrededor de Ud. otras circunstancias” (a Archirel, DQ 252 5.58)... Allí, en los acontecimientos, escucha la palabra de Dios. Que sea en los éxitos, como en los fracasos. Y sabemos que hasta en el pecado habla Dios. Si no ¿qué significación tendrían en la genealogía de Jesús, la mención de mujeres, prostitutas o paganas, o esta letanía de reyes crueles e inhumanos? Todo es gracia... De este sentimiento brotará lo que será el proyecto de su vida: ”Después de haber examinado delante de Dios, durante varios años, una idea que primeramente le vino en su presencia...” (DQ 51 A 1.76; otoño de 1828). Así cuenta como nació la idea de la Sociedad. Invita a una vivencia religiosa. En la oración litúrgica del breviario, encontraba una invitación permanente a vivir de esta presencia. Y el sentimiento de la presencia de Dios se acompaña de sentimientos como: la seguridad, la evidencia, la iluminación espiritual (“fe viva e ilustrada”), la admiración... y la adoración, veneración, estar recogido, entrega,... Todos se unen en sentimientos de vivencia de la revelación en la actualidad. Este sentimiento no puede resultar de excitaciones ascéticas, místicas o psicológicas... y deben garantizar las actividades más importantes de la vida. Los sentimientos desembocan, normalmente, en un acto de voluntad. El “sentimiento de la presencia de Dios” es parte de la vida. Toda la vida está enraizada en la oración. Una opción fundamental. Cuando Querbes, en la “leyenda”, nos invitaba a entrar “en los sentimientos de Jesucristo” integraba toda la persona de Cristo. Es adherir a su adoración, a su contemplación y oración. Es adherir a la vida de Dios en nosotros: Jesús prolongado, Jesús en los ojos, en el corazón y en las manos, como recordaba la Escuela francesa de espiritualidad. Un proceso de interiorización y de proyección hacia la misión. No hay duda, el punto de partida de la acción de Querbes, su motivación profunda se encontraban en la contemplación. “El sentimiento de la presencia de Dios”, apunta a una “unión más íntima con el Señor”. Nada de ascesis extraordinarias. Invita a seguir caminos sencillos para los sencillos. “Por el santo ejercicio de la presencia de Dios... el C.S.V. animará y vivificará su fe... impregnará y dirigirá todos sus pensamientos y proyectos...” A lo largo del día, ejercicios tradicionales en este tiempo han de ayudar a ubicarme bajo la mirada de Dios. “El santo ejercicio de la presencia de Dios: la oración o meditación, el examen de conciencia, la santa misa, las visitas al Santísimo, el rosario y las oraciones jaculatorias... contribuyen poderosamente a mantener la unión de nuestras almas con el Señor y nos disponen mejor para llegar a hacer esta unión más íntima y más estrecha por la oración... En la oración y


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demás ejercicios de piedad, somos nosotros los que hablamos con Dios, pero en la lectura espiritual es Él el que nos habla, especialmente en la Sagrada Escritura (DQ 550 8.98, Art. II # 3 y 5). Querbes no hace consideraciones teológicas o espirituales. Acepta el hecho del “sentimiento de la presencia de Dios” como algo normal. Toda la vida se desenvuelve bajo su mirada. ¿Cómo la hago consciente? Al escuchar el despertador: “ofrecer a Dios su primer pensamiento: Aquí estoy, Señor, pues me llamaste, decía Samuel, - tomar agua bendita, persignarse... Se quedará unos instantes antes de la meditación – no se podrían pasarlos mejor que haciendo una breve visita al Santísimo” (DQ 550 8.98, Art. II #2). Los catequistas hubieran podido escribir con Pablo: “Anunciamos, en presencia de Dios, la Verdad que es Cristo” (2 Cor 2,17). Cuando se presentan dificultades, Querbes se remite a esta presencia: “La cosa es posible, pero necesita ser examinada con madurez y de viva voz delante de Dios” (a Faurte, 05.10.1836). “Piense, mi querido hijo, que Ud. no está solo y que el autor de todo don no le pide más que su cooperación, según la medida de sus fuerzas” (a Langlais, DQ 478 7.92). A esta presencia, el Catequista de San Viator ha de responder haciéndola consciente. “Por el santo ejercicio de la presencia de Dios y por la contemplación asidua de los misterios de la vida y de la muerte de Jesucristo el autor y consumador de nuestra fe, es como el C.S.V. animará y vivificará la suya... penetrará y dirigirá todos sus pensamientos y todos sus designios, todas sus palabras y todas sus conversaciones, todas sus acciones y todas sus diligencias” (DQ 547 8.83). Se limita, entonces, a dar consejos prácticos, a la manera de su tiempo, para que se avive este sentimiento de la presencia. Nos invita a una verdadera contemplación. Tenemos así definida, en términos sencillos y fundamentales, la tela de fondo de nuestra vida. En todas las instancias, universales y latinoamericanas, estamos invitados a regresar al rasgo fundamental de nuestra identidad: la contemplación. En caso contrario lo que hacemos pierde su significación específicamente evangélica. Y pierden sentido nuestra misión y nuestro ministerio de Catequista que nos invitan a “Manifestando la verdad, nos recomendamos a la última conciencia que tiene todo hombre ante Dios”. (2 Cor 4,2). Es preciso actualizar esta profunda intuición cristiana y querbesiana para vivirla hoy. Verla con ojos del siglo XXI. Querbes no se pierde en éxtasis, pero esta presencia ilumina toda su vida y todo su ser. Se expuso a la presencia misteriosa con todas sus limitaciones y sus defectos, con todas sus cualidades y sus valores, Luis se “hizo experiencia de Dios”. En cierta manera, más allá de sus reacciones temperamentales, sirvió de instrumento a una manifestación de la bondad del Padre. Se puede decir que este “sentimiento de la presencia de Dios” en él, permitió a otros el encuentro, la unión y la comunicación con Dios. Hizo a Dios más cercano. En este sentido, Luis fue un testigo y un místico que irradia su mística. El que reconoce su dependencia. La Providencia. Del “sentimiento de la presencia de Dios” brotó en Luis su confianza en la Providencia. A veces, sus repetidas referencias a la Providencia pueden crearnos problemas. ¿Qué significaban en lo concreto de su existencia? Sospecho que la teología del principio del siglo XIX no nos serviría mucho para aclarar ni comprender una antropología contemporánea. Pero un inciso en una de sus cartas habla de confiar en la Providencia: “después de haber empleado los medios humanos a nuestra disposición” (DQ 374 6.103). Esto manifiesta claramente que Querbes es consciente de la necesidad del combate por la vida. No podemos quedarnos en la ilusoria certeza de que la Providencia actuará en el lugar del hombre para facilitar o proteger su trabajo. Por esto, a veces, habla a los hermanos en términos de combate o de victoria. “Pido al Señor que le haga luchar con generosidad contra el desánimo y que combata hasta el final” (DQ 306 7.57). “Querido hijo, que está en la brecha, combata con valentía” (DQ 438 7.50).


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“En el combate es donde se reconoce al verdadero soldado”. (DQ 444 7.57). “Encomiéndeme... para que obtenga por fin el triunfo sobre la impetuosidad de mi carácter” (DQ 306 6.30). Es evidente que, aunque esté convencido de que “Dios proveerá”, no invita a un horizonte de vida de seguridades. Es la libertad del Reino la que nos invita a compartir lo que tenemos (bienes, organización, poder, saber, salud,...). Invita a fortalecer la obra que ayuda a los que necesitan educación y que les permitirá ser miembros activos en el pueblo de Dios y entrar en el Reino. La Providencia, Dios, alcanza al hombre en el corazón de su combate por la vida. Responderá a la invitación de Dios, es la condición para ser atraído hacia el Reino. Nada más insignificante que un cabello. Todos están tomados en cuenta. En cuanto a los gorriones, ningún está olvidado. “No teman, valen más que un gorrión” (Lc 12,8). En la realidad no están olvidados pero sí abandonados a las dificultades de la vida. ¡Qué Providencia, entonces! ¡Luis no era ingenuo! Sabía que es con su perseverancia como ganarán la vida. La vida es obra de Dios, pero también nuestra victoria. ¿Qué hace pues la Providencia? No olvida al hombre en su combate. Apoya su libertad y su perseverancia. Lo hace vivir en el corazón de la prueba, esperando que florezca esta vida en el espacio nuevo del Reino, hoy. La providencia no saca, no libera de la carga, sostiene, asiste, alienta al hombre para que llegue hasta el fin. Esta es la fe de Luis Querbes. “Tener confianza en la Providencia”... “ponerse más que nunca en manos de la Providencia”... “Dios cuidará de sus hijos”... “Tengan confianza en la Providencia”... Expresiones que florecen en sus cartas. “Lo que concluyo de todo lo que veo a cada paso, es que si somos buenos religiosos, el bien por hacer no faltará y la Providencia, tampoco nos fallará” (DQ 377 6.106). “Es la Providencia quien inspiró su generoso pensamiento de consagrarse a Dios... Es ella la que lo conduce, como por la mano, a través de las circunstancias” (DQ 452 7.62) La Voluntad de Dios. “Ya estaba resignado a la Voluntad divina y lo estoy todavía para consagrar lo que me queda de fuerzas y de vida al bien de nuestro Instituto” (DQ 546 8.61). Hablar de la Voluntad de Dios es para él otra manera de referirse a la Providencia. Encontramos en el Fundador una forma muy tradicional de expresarse. Lo hace a la manera de su tiempo. Pero no percibimos en él, estas ideas equivocadas tan frecuentes en la espiritualidad popular. En el sentido literal de sus palabras vemos una invitación a la resignación: ”Yo estaba resignado a la voluntad divina y lo estoy todavía para consagrar lo que me queda de fuerzas y de vida al bien de nuestro instituto” (DQ 546 8.61). Pero el contexto de su vida está muy lejos de una pasividad que podría confundirse con el fatalismo. También vemos en el sentido literal de sus escritos un reconocimiento de la voluntad de Dios en la voluntad de sus superiores. “Obediente a la divina voluntad, suficientemente clara con la decisión de su alma. Referente a mi traslado, yo acepté con resignación las inevitables consecuencias” (DQ 97 2.87). Pero sabemos que si el superior tiene la última palabra, hasta la penúltima, Querbes presenta la bondad de su opinión. En el sentido literal de sus expresiones aparece también la idea del encuentro con un Dios que prueba: “El Señor se digna reservarle la prueba para un poco más tarde, esté preparado para ello” (DQ 201 5.54). “Si por una parte Dios nos prueba, por otra parte nos bendice” (DQ 307 6.31). “Debe reconocer que el Buen Dios le quiere mucho... pues le prueba tan amargamente este año” (DQ 517 8.29). Pero lucha para superar las pruebas. El P. Luis Querbes superó en la práctica la comprensión de estas expresiones muy limitadas y limitantes de la voluntad de Dios. Estaba más cerca de la mentalidad bíblica. El término hebreo de “voluntad de Dios” expresa un sentimiento de complacencia, aspiración, deseo, amor, alegría. La misma palabra se utiliza para decir que alguien está enamorado. Vendría a significar la


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alegría que el Señor experimenta por su pueblo. El deseo de Dios, su gran alegría, su complacencia es la salvación de todos. La respuesta a esta voluntad es la confianza. No se trata sólo de cumplir sino de “adherirse”, “pegarse” porque está conquistado el corazón, convencido de que es lo mejor para él. El trasfondo no es de imposición sino de amor. El P. Luis Querbes decidió arriesgarse, por ello confió mucho. Ha ido más allá de las resistencias y miedos, a veces hasta la imprudencia y la temeridad, como él mismo lo reconoce. En este contexto, sus invitaciones a orar para que viva “un ciego sometimiento a sus santas voluntades (de Dios)” (DQ 142 3), o “que se haga su voluntad” (DQ 357 6.89) toman otro matiz. Así Jesús expresa en los momentos más densos de su vida, su deseo de identificación con el Padre. Es expresión de total confianza y adhesión profunda de un hijo que se fía del Padre. En esta proceso se movía Luis. Los Pobres de Yavé esperan la salvación de Dios del que se saben solidarios, como Jeremías quien le entrega su causa: “Haz que vea como te harás justicia, porque en ti he confiado” (Jr 20,12). No hay ninguna agresión a la autoestima. Al contrario es necesaria la madurez humana para reconocer su dependencia. El adulto conoce sus límites. Esta dependencia puede entonces desarrollarse fácilmente como actitud espiritual. Reconoce en Dios la fuente de todo bien y quiere responder por el servicio y el don de sí. El adulto ha descubierto e interiorizado el hecho que los valores supremos de la vida: la paz, el amor, la fe, la oración, la fidelidad, el perdón, la esperanza, la salud son más bien dones recibidos que logro humano y personal. El que vive en la confianza. Los pobres son los amigos de Dios en quien se abrigan con confianza, a quien temen y buscan. Se fían de Dios (S 34,9) y ponen su esperanza en él (S 25, 3.21; 37,9; ...) Una especie de abandono, una entrega confiada. Si no tengo confianza en alguien, el reconocimiento de la dependencia puede volverse esclavitud. “Pongámonos en la mano de Dios” (19.01.1838). “Si Deus pro nobis quis contra nos” (DQ 181 4.49; 20.02.1838). “Cuando se enteren de algo, que eso mismo provoque en nosotros únicamente manifestaciones de confianza y abandono total en las manos de la divina Providencia” (17.08.48). En Querbes el compromiso de fe está vinculado directamente a la esperanza. A pesar de las dificultades, jamás su confianza en Dios lo abandonó. Desde el principio de la fundación, se acumulan las dificultades materiales y morales: la escasez de dinero y la alimentación de una numerosa familia, el pago de las deudas, etc... “Contamos con la Providencia, no se preocupe: Dios proveerá, como en todo lo demás”. Esta confianza es la aceptación de una dependencia. Actitud fundamental en los pobres de Yavé. La actitud contraria es el orgullo, el que nos hace creer que nuestro valor depende únicamente de lo que realizamos por nosotros mismos y nos hace rechazar toda dependencia Abandono y confianza, consecuencias de una permanente contemplación, aparentemente cargados de inocencia e ingenuidad, subrayan la fuerza mística de un hombre que no se deja abatir por la adversidad. En las pruebas Querbes se pone en las manos de Dios. “Yo estaba ya resignado a la voluntad divina y lo estoy todavía para consagrar lo que me queda de fuerzas y de vida al bien de nuestro Instituto” (DQ 546 8.61). Hemos dicho ingenuidad. Seguro que el P. Querbes quiso protegerse de la ingenuidad en su sentido peyorativo. Preconiza una “fe ilustrada”. Le debemos una de las fórmulas más clara y de actualidad: “El estudio y la enseñanza de la Doctrina cristiana, eso es nuestra vida” (DQ 550 8.101). La confianza es uno de los rasgos fundamentales de la fe de Querbes. Él mismo dirá: “Debo confesarle que nunca la confianza en Dios... me abandonó” (DQ 198 4.133). Sin embargo, en la historia de Querbes, no existe signo espectacular de la intervención de la providencia como respuesta a una confianza humilde y total. Sólo unos detalles sencillos y permanentes que, al


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descubrirlos confirman la fe del fiel servidor e intensifican su esperanza y le permiten vivir día a día. Ante las pruebas morales, menos aparentes, pero ciertamente más duras y dolorosas, la respuesta es siempre: confianza y ánimo. “Estoy muy débil, pero más que nunca lleno de confianza en Dios” (DQ 196 4.131). “Es el momento en que los obstáculos se elevan hasta la altura de las montañas, pero también el momento en que Dios me concede la gracia de estar más decididamente resuelto que nunca. In te domine speravi, non confundar in aeternum” (DQ 194 4.122). ¡Cuantas veces veremos aflorar en sus labios o en sus cartas, la oración bíblica de los anawim! Como a los hombres bien templados, las dificultades no lo derrumban, sólo aumentan su fe. “Nuestras propias miserias nos muestran que solamente podemos contar con el brazo de Dios. Él nos ha ayudado hasta hoy, no nos faltará; sabemos que es su obra la que estamos haciendo”. Querbes invita a sus hermanos a ver las pruebas como un signo de amor solícito de Dios. Entonces, ¡fuera miedos y preocupaciones! Con esta seguridad, las dificultades que vienen de los hombres se aprecian de manera distinta. En su contemplación amorosa descubre el testimonio del amor de Dios por nosotros. “Debe reconocer que el Señor lo quiere mucho y que tiene un designio de gracia sobre Ud. Pues lo está probando tan amargamente este año”. En las penas y en las dificultades su invitación es siempre la misma. Todo el movimiento evangélico le recuerda las promesas hechas a los pobres en el Reino. “Ánimo, sin tener nada, sin buscar nada, tendremos a Dios con nosotros” (DQ 157 4.6). Así lee y entiende la prueba: “Dios nos bendice y nos prueba siempre”. Desde la amplitud de su fe, todo es signo, todo es palabra de Dios. Sólo los incrédulos no ven milagros; sólo los santos ven en todo la mano de Dios. “El Señor se digna reservarle la prueba para un poco más tarde... Pero sea fiel y Dios no le fallará” (DQ 201 5.54). Esta actitud de abandono la recomienda. “Para las enfermedades del cuerpo, tenemos un buen motivo de tranquilidad que es dejar obrar la mano de Dios después de haber empleado los medios humanos a nuestra disposición” (DQ 374 6.103). Querbes encuentra en las pruebas una paz y alegría tan propias de nuestro pueblo pobre y creyente. ¿No es esto signo de la vigencia del mensaje pascual? Invita a sus hermanos a confiar: “Ve Ud. que (la Providencia) nunca le falló hasta la fecha” (a Champagneur, DQ 495ª 7.121). Pero vivir la confianza no es actuar con imprudencia. Un día tuvo que negarse a recibir a un joven gratuitamente. Y comenta: “Actuar de otra manera hubiera sido faltar... a la prudencia cristiana. Dios quiere que nos hayamos parado a tiempo, en este camino de confianza presuntuosa en la divina Providencia” (DQ 323 6.46). La confianza en la Providencia no puede sino acompañarse de todos los esfuerzos humanos y de prudencia humana. En un hombre que no faltaba de coherencia, es importante tomar estas observaciones en una dinámica global de la vida. Una observación como la siguiente: “respecto a la decepción en cuestión, nos enseña a poner nuestra confianza sólo en Dios y a no contar mucho con los hombres” (DQ 531ª 8.44), se acompañará siempre de “después de haber empleado los medios humanos a nuestra disposición” (DQ 374 6.103). Estamos lejos de una actitud ingenua. El sentido común anda por aquí. “Ayúdate y el cielo te ayudará”. Le invita la lectura del evangelio. Los lirios y los gorriones suscitan interés de todos. Es muy ecológico. Pero ¿es sueño, o, alineación e infantilismo? Tratemos de mirar como alguien del tiempo de Jesús. Los lirios tienen raíces que los nutren y los gorriones están muy atareados en buscar su alimento. No es un contexto de despreocupación sino de un combate general por la subsistencia cotidiana. Los pájaros no siembran, ni cosechan. Pero los hombres que escuchan a Jesús, sí siembran y cosechan. Entre los dos tiempos, se consumen en la preocupación. Si lo pierden todo, tendrán que endeudarse horriblemente. La espera, para él, es el tiempo de la impotencia y del desasosiego. Jesús no habla a la gente ociosa, para invitarla a la despreocupación infantil. Habla con gente que agotó sus modos de acción. Se trata de liberar al hombre de la gran preocupación de la ansiedad. Jesús nos invita a entrar en lo maravilloso. Lo hace revelando el Reino: un espacio de vida y de alegría, más allá del comer y del beber. Siempre llega un momento en el que el hombre tropieza con su impotencia. Choca contra el acontecimiento más fuerte que él. ¿Entonces el hombre no puede asegurar su vida? Sólo en el


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Reino lo puede hacer. Ahí puede confiar en Dios. Es el que asegura la vida mucho más allá del combate de la vida. Pero invita al combate de los gorriones y de los lirios. No es una experiencia de apatía, indolencia y de descuido. “No teman, porque su Padre les quiere y desea regalarles el Reino” (Lc 12,32). No es sólo en los escritos y palabras donde descubrimos esta actitud de pobre de Yavé. Son numerosos los testigos que han reconocido, en él, a un hombre que ha apostado todo por Dios y que espera mucho de él. Algunos contemporáneos vuelven con frecuencia sobre este aspecto de la personalidad del fundador. El H. Saulin conoció muy bien al P. Luis Querbes. “Siempre con el mismo humor, tanto en la prosperidad como en la adversidad; tan instruido como piadoso y modesto; con una confianza sin límites en la Providencia, su palabra favorita era: Dios proveerá”. (R.B., V.O. p.32)... El que vive la gratitud y la alegría. Ante la experiencia de Dios y de su presencia, se expresa la alabanza. El encuentro con Dios provoca la expansión del corazón, un incremento en el sentido de la vida, que se revela por medio de la alegría. En la práctica los místicos no hacen mucha oración de petición. La petición es muy centrada en nosotros... ¡Cómo si Dios no supiera, antes de que gritemos, cuál es nuestra necesidad!. La alabanza es la dimensión de mayor gratitud. Le contamos a Dios por Dios mismo, porque él existe. Una experiencia de la que están llenos los salmos. Ese encuentro nos hace cantar. La gratitud crea una actitud de espíritu positiva hacia la vida y ayuda a encontrar a Dios alegremente en todas las cosas. Una persona agradecida es de relación agradable. Hace la vida más feliz y más rica, la suya y la de los demás “Entonen el Te Deum... Dichosos por este éxito. Ahora debemos pensar en hacernos dignos de nuestra hermosa vocación” (a Faure DQ 199 5.21). No se puede ser a la vez agradecido e infeliz: las personas ingratas, al contrario, pueden ser una calamidad para con los demás. Malogran todas las buenas cosas. Las personas agradecidas, no se desaniman incluso en la adversidad. “La gracia y la paz acompañan siempre en las pruebas a los hombres de buena voluntad”. (A Liauthaud, DQ 521 8.38). En el Evangelio, vemos que Jesús era un hombre lleno de gratitud: un poco de agua recibida de la Samaritana, la amistad encontrada en la casa de María, Marta y Lázaro. Daba gracias al Padre por su revelación a los pequeños, antes de la comida, antes de acciones importantes como la vuelta a la vida de Lázaro. Era agradecido por las flores del campo, los pájaros del cielo, por el sol y por la lluvia. Está consciente en lo más hondo de su corazón que la vida, toda vida y su propia vida era un don. Sabía que para su Padre, era él, su alegría y depositaba en él sus favores (cf. Mt 3,17). Lo mismo ocurre con Querbes. El agradecimiento sube normalmente a sus labios por los bienes materiales que puede conseguir en medio de tanta penuria. “Agradezcamos a la Providencia por el éxito de su colecta” (DQ 172 4.24). “Agradezco a la Providencia por el éxito de su cuestación” (DQ 172 4.24). “Nuestro asunto ha terminado. ¡Deo gratias!” (DQ P 1144 4.64) “Agradezca por mí al Sr. Cholleton”. “Gracias mil veces a la Providencia y a su digno instrumento, el bueno, el excelente amigo Froget” (DQ 171 4.22). “Dios sea mil veces bendecido por todas las circunstancias de su viaje y de su llegada, y sobre todo por el ánimo...” (DQ 253 5.64). La alegría de todo lo que beneficia a su Sociedad provoca el mismo agradecimiento. ”Demos gracias al Señor por haber encontrado a los padres Jesuitas... (a Faure 191 4.78). La tradición cristiana nos lleva por estos caminos de gratitud. “Demos gracias al Señor nuestro Dios”... “Verdaderamente es justo y necesario darte gracias siempre... “ Esta es la Eucaristía en la que celebramos el agradecimiento. Y cuando la Iglesia se alegra, canta: “te damos gracias por tu inmensa gloria”. La gratitud se vuelve adoración. El agradecimiento compromete no sólo la lengua y la cabeza, sino el corazón y las manos. Abarca toda la persona. La gratitud es la celebración del vínculo que une el que ofrece al que recibe. Estar agradecido es permitir a alguien entrar en mi vida. Un regalo, un “presente”, como su nombre lo indica permite a quien lo da hacerse presente a quien lo recibe. Aceptar un regalo es aceptar a la


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persona que lo presenta. Cada vez que uso un regalo me hago presente a la persona que me lo entregó. La recuerdo. Entonces soy deudor de la persona que me hizo este don o me concedió esta ayuda. Es aceptar y expresar esta dependencia. Algunos tienen dificultad ante esta situación. Cuando reciben un regalo, estiman su valor y devuelven al bienhechor algo equivalente. Quieren restablecer el equilibrio. Estar en deuda de gratitud les parece insoportable. Por ello, el agradecido es capaz de reconocer y de acoger lo que se le da con un corazón lleno de gratitud. El ingrato es el que falta de atención. Considera toda cosa como debida, ahoga en sí toda gratitud. Un ser capaz de gratitud es un ser abierto, atento a los demás y a la vida. Es humano el que sabe agradecer. Por aquí va la gratitud del P. Querbes. El P. Luis Querbes no se reconocía a sí mismo como una persona alegre. En víspera del diaconado evalúa que ha de “reprimir (su) acritud, alegrar (su) talento sombrío y monótono, alejar las ideas tristes que (le) persiguen” (DQ 4 1.53). Y sin embargo un compañero de este tiempo lo dice “amable, alegre, espiritual, franco, picante...”. Así pudo superar su humor tenebroso e inquieto” (F.C. p.43). “Debo pues notificarle mi resurrección y confesarle que tendría motivos para cantar un hermoso Aleluya. Estoy fuera de peligro... Esta revolución se debe a las oraciones dirigidas a la Santísima Virgen. La mejoría comenzó a primeros de mayo”. (DQ 546 8.61). “Me dio Ud. una gran alegría al informarme de que había pronunciado su compromiso por unos años... Entre nosotros habrá una gran fiesta el día que lo haya hecho definitivo” (DQ 182 4.49). La gratitud, como en la vida de Jesús, se acompaña de una profunda alegría. Es también lo que viven los apóstoles, cuando Jesús se oculta ante sus ojos. Ellos regresan a Jerusalén para alabar a Dios y “llenos de alegría”, con un corazón dilatado por la acción de gracias. Una alegría que no tiene aparentemente explicación. Cuando se vive la confianza de un Dios presente, uno va vaciándose de sí mismo. Sin duda aún, no se sabe hasta qué punto el deseo que uno tiene es ya Su presencia. A él no se le ve, pero se le está siguiendo. Es la paz del resucitado, su propia alegría la que resuena en el fondo de nosotros mismos. A Querbes le invitaba a la alegría su deseo de servir y de poder servir. Un hombre como él, lleno de fuerza y de vida no podía sino encontrar en la tarea cumplida, el gozo del servicio ofrecido, a los hermanos, a la Iglesia, a la Sociedad. Así se comprende su invitación permanente al trabajo como servicio del Reino. Los que comprenden mal su labor, la pueden llevar como un peso, gruñones permanentes que viven su “servicio” molestando a los demás y malhumorados. Su misión está lejos de la presencia de Dios. No era así Querbes Podríamos aplicar al Fundador lo que Tagore escribió: ”Yo dormía y soñaba que la vida era alegría. Desperté y vi que la vida era servicio. Serví y vi que el servicio era alegría”. Es la alegría vivida en la dimensión evangélica. Por ahí encontramos un rostro querbesiano. Robert Bonnafous, en un artículo en «Viateurs – France» de noviembre 2000, nos habla de esta alegría, como un rasgo de la personalidad de Querbes Una característica que le venía precisamente de su experiencia y conciencia de la presencia de Dios. Regresaremos en el último capítulo sobre este tema. Así el catequista debe vivir animado por la euforia inesperada que el Espíritu de Jesús glorificado ha derramado en él. Como dice Pedro: “Veía constantemente al Señor delante de mí, puesto que está a mi derecha... Por eso se ha alegrado mi corazón y se ha alborozado mi lengua.” (Hch 2,25-26) “Tu, (Padre) me llenarás de gozo en tu presencia” (Hch 2,28). El cristiano, como los primeros discípulos, no se cansará de meditar esta alegría que se ha hecho suya. “Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría” (Heb 1,13). Todo hombre que permanece unido a Él posee ya desde ahora lo que está esperando. “Si ustedes guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor. Yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi alegría sea en ustedes y su alegría sea perfecta” (Jn 15,10.11). La certeza de la presencia nos introduce ya en la alegría de Cristo. Esta alegría es igualmente el signo de que Él está allí: “Aquel día (refiriéndose a su ausencia – presencia) ustedes


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comprenderán que Yo estoy en mi Padre y ustedes en Mí y Yo en ustedes” (Jn 14,20). La unión con el Padre y la entrada en la gloria no forman más que un solo misterio. Entre nosotros, la presencia del “Otro” no se mide por una proximidad física, sino por la transformación que opera y que obra en nosotros en lo más profundo. En los encuentros de cada día, la mirada descubre a menudo la cohabitación interior y la reconoce como tal. Lo mismo con Cristo. Él habita ya entre los suyos. En último término, es el amor el que transforma en fuente de alegría los recuerdos que guardan de Él y las esperanzas que ponen en su retorno. El que vive la humildad. La gratitud supone reconocer la verdad en la humildad. La humildad es la disposición fundamental de los pobres de Yavé. Querbes también hubiera podido decir: ”Señor, tú escuchas el ruego de los humildes, les das ánimo” (S 10,17). “Por allí caminan los pies de los humildes y de los pobres” (Is 26, 5s.) Querbes se conocía desde hacía tiempo y paulatinamente entraba en la realización de su oración en víspera del diaconado: “Pido al Espíritu Santo, el espíritu de humildad y de mansedumbre, para comportarme como se debe... reprimir mi aspereza, alegrar un porte triste y monótono” (DQ 4 1.53). Puede sorprender que este hombre a veces cáustico y burlón, vivaz, impulsivo y mordaz, capaz de cerrar rápidamente el pico a sus adversarios, este hombre que se reconocía “una petulancia de carácter”, tachado de “vivo, colérico y autoritario” como dirá el H. Saulin, este hombre que aparecía un poco frío y distante, un hombre que no dudaba en increpar duramente a la gente cuya conducta se abandonaba a la dejadez sea un “humilde” (cf. F.C. p. 138 s.). “Suele gustar al Señor, comunicarse especialmente con los humildes” (Comentarios de Estatutos, DQ 550 8.96) “Tengan todos un mismo espíritu de humildad, de dulzura y de caridad. Desconfíen del propio juicio, hijo casi siempre del orgullo y que a su vez engendra las murmuraciones y las divisiones” (DQ 480 7.94) escribía a los hermanos de Canadá. Él mismo sabe reconocer sus propias limitaciones en el trabajo pastoral: “A menudo me sorprende que 15 años de trabajos hubieran debido hacer un pueblo de santos. Dios me ha negado hasta el momento esta gracia debido a mis miserias” (DQ 195 4.130). A los hermanos: “La humildad es el fundamento de la vida espiritual, la garantía de la paz y de la caridad en las comunidades religiosas. El religioso verdaderamente humilde se examina a sí mismo, se ocupa del conocimiento profundo de sus propias miserias, no pretende llamar la atención” (DQ 550 8.100, Manual necesario Art. II #8)... El P. Querbes aceptó con sencillez y humildad que, para hacer de su Asociación una Congregación, se le cambiara el proyecto que había ideado. Tuvo que cambiar estatutos, hacer enmiendas introducidas por el Consejo Episcopal. Así desapareció la rama laica que tenía tanta importancia en su corazón... El humilde obedece. No como un esclavo, un adulador, tampoco como un altivo. La humildad es saber ver la realidad y respetarla. Defiende, desde su lugar la fundación y lo hace hasta la penúltima palabra. Siempre preparado a desaparecer si así lo exige la autoridad. Encontraremos, más abajo, unas respuestas a los obispos que son parte de la antología querbesiana y manifiestan su total desprendimiento. El sentido profundo de las “virtudes ordinarias” es precisamente mantenerse en este camino sencillo de los humildes. Nada de austeridades que podrían incubar orgullo en los corazones. “Las penas, las tribulaciones, esta es la penitencia a la que está Ud. Llamado. Valen más que las mortificaciones y las austeridades de los trapenses” (DQ 524 8.36). Querbes era un buen discípulo de Francisco de Sales. El que insiste repetidamente en la oración. He notado en la correspondencia activa de LUIS más de 100 invitaciones a la oración. Las invitaciones al final de las cartas: “Oren por mí... por él...” vienen a veces, como un adiós.


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Pueden ser superficiales... pero nos reubican en la dinámica de la voluntad de Dios. Las encontramos unas cuarenta veces. Las demás son invitaciones a la intercesión: demandas por el bien espiritual de alguien, para las vocaciones, la salud, la aceptación de la voluntad de Dios... por algunos hermanos, etc... ¿Qué significado tienen estas invitaciones? Es posible que el contexto teológico de Luis Querbes veía en este tipo de oración como una invitación para que Dios actúe. Pero nuestra reflexión sobre la Providencia nos manifestó que invitaba a la oración sobre todo por que Dios actúa y para que el religioso redescubra el sentido de esta acción: una presencia que unifica y atrae su libertad en el corazón de lo que se entiende como Voluntad de Dios. Es pues un acto de fe en la acción de Dios, en su Providencia. Entonces se vuelve orientadora de nuestro deseo para que yo y él, aquel a favor de quien oro, acojamos, actuemos y vivamos de la Voluntad de Dios, en una solidaridad constructora del Reino. La lectura y la meditación de la Palabra nos hacen responder a la invitación de Pablo: “Recomiendo que se hagan demandas, oraciones, súplicas y acción de gracias, para todos los hombres... para que llevemos una vida tranquila y apacible en toda piedad y dignidad... Esta oración es justa, pues Dios quiere que todos los hombres se salven y alcancen el conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 14). No se ora tanto para que Dios cambie de actitud e intervenga directamente en este mundo sino por que quiere salvar al mundo y para que nosotros lo acojamos. Así llegaremos a ser hombres de justicia y de paz. Así la intercesión brota de la necesidad de la misión. La oración renueva este “sentimiento de la presencia de Dios”, para descubrir en Él al Dios fiel. Cuando oramos, crecemos en memoria. Nos acordamos de Dios, de sus promesas, de su obra. Crece la fe y el ánimo para que vayamos como soldados al encuentro del que viene. El que vive sus emociones y las refiere a Dios. Parecería hasta irónico, hablar de emociones cuando se habla de Querbes. Sin embargo son parte de su vida y de nuestra vida. El pobre no esconde sus emociones y sentimientos. Grita hacia Dios. Este grito resuena a menudo en los salmos. Expresan con violencia sus aspiraciones a un futuro mejor. “Hicieron que subiera hasta él (Yavé) el gemido del débil y el grito de los pobres”. (Jb 34,28). Muy parco en confidencias, el P. Querbes no manifiesta mucho sus emociones y sus luchas interiores. Del fallecimiento de los padres y de la hermana de Luis, no hay huellas en sus cartas: ¿Cómo pensar que estos acontecimientos no le dolieron cuando se nos cuenta que se lo vio llorar cuando uno u otro hermano abandonaba las filas de los catequistas? “Amaba a todos sus hermanos como a sus propios hijos, hasta el punto de enfermar cuando perdía alguno de ellos” (R. Bonnafous, V.O. p 42). Lágrimas de alegría cuando el pródigo regresaba a casa. “Le hemos visto con lágrimas en los ojos, recibiendo con los brazos abiertos a hermanos extraviados” (de Francois Favre). Sin embargo en su tiempo un varón no se abandonaba a tal debilidad. Hubiera sido una falta de pudor. El P. Querbes mismo invitó uno u otro de sus hermanos a desconfiar de su afectividad y con motivos válidos. Eran resabios de la imagen de un Dios duro, exigente. Hoy estamos más atentos a nuevas formas de expresión de la fe vivida. El mismo Jesús se abandona a veces a sus emociones: ”Mi alma está triste...” (Mt 26,38). Llora sobre Jerusalén, en la muerte de su amigo Lázaro. Se enfurece contra los explotadores en el templo, manifiesta su cariño a los niños, su amistad con Marta y María. Si tenemos miedo a nuestras emociones ¿no sería porque nos enseñan que somos vulnerables, limitados y que no somos tan poderosos? No nos gusta la imagen de nuestra debilidad. El P. Luis Querbes, a pesar de su carácter fuerte, se reconoce como un “padre” cariñoso y lo dice: “Usted me conoce... me encontrará siempre igual, es decir, lleno de ternura para con usted” (DQ 155 4.4). “Dios me arrancó mi brazo derecho” exclamó Querbes leyendo la carta que


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le anunciaba la noticia de la muerte de Pedro Liauthaud. La prueba fue muy dolorosa para él” (P. Robert. Vie du P. Louis Querbes, p. 590). Y cuando se acumulan las pruebas, no esconde el consuelo que recibe de sus hermanos. “Su carta vino a poner un poco de bálsamo en una llaga que me tortura desde hace quince días... Me lo he tragado yo sólo todo, y solamente he abierto mi corazón ante el Dios bueno... “ Y termina esta carta: “Rece mucho por quien con el más tierno cariño es su padre en N.S.” (a Archirel, DQ 511 8,13). Confiaba al Compañero de su vida “ el corazón roto, el alma aplastada” (S 34,19). No le fueron ahorradas las críticas. Le dolían. Se emocionaba, pero las aceptaba. Apertura viatoriana El objeto de la contemplación es la búsqueda de Dios. A Querbes lo encontramos en actitud permanente de referencia a Dios que cuida del universo y de cada uno en particular. Su vida contemplativa lo llevó a abandonarse cada vez más a la Divina Providencia. En la fe miraba todos los acontecimientos que podían sobrevenir. “Esta contemplación de Dios aparece como paz y reposo en oposición a la agitación y a la inquietud de la “vida del mundo”. Se entra en el silencio y en la serenidad apoyándose en una confianza indefectible en Dios Padre. Sin nunca olvidar la realidad del mundo que lo rodea, de los hermanos de su Asociación y de su pueblo presta atención al sentido de la eternidad como plenitud de vida y de amor. Combate así el sentido de la caducidad del mundo sujeto a la muerte... . El movimiento de la contemplación se detiene en Dios, término de una adhesión de fe y de amor... Contemplando la historia humana se descubre en ella los signos de la presencia divina... Así la contemplación nos invita a no detenernos en la mediación como tal, sino elevarse hasta Dios. El saber leer los signos de los tiempos... La oración contemplativa lleva a la acción apostólica... Esta contemplación nos remite y nos compromete en (la) obra salvadora, en la construcción del Reino... La contemplación ejerce una función transformadora... Hace que nuestra fe se vuelva viva y personal. La oración contemplativa provoca una continua reactivación a la luz de la fe. Se hacen cada vez más vivos, para nosotros, los misterios de la salvación... Los valores percibidos en la contemplación se convierten en las motivaciones principales de la existencia y de la acción”... Estos largos extractos del artículo sobre “Contemplación” del Nuevo Diccionario de Espiritualidad, ¿no nos están dibujando, de una cierta manera, la dimensión contemplativa del Padre Querbes?

LA CONTEMPLACIÓN, HOY “La radicalidad de nuestro seguimiento de Cristo es una invitación urgente a hacer nuestros, los valores evangélicos... Organicemos nuestra vida diaria para disponer de tiempos de silencio, de oración, de celebraciones, de inmersión en la Palabra de Dios, personal y comunitariamente” (Capítulo General 2000, p. 10). Contemplación y su mantillo. No hay contemplación de Dios sin contemplación del hombre.


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La contemplación tiene su mantillo, su humus. Una cierta comprensión de la espiritualidad podría ser un obstáculo a la verdadera contemplación. La contemplación cristiana pasa a través de la humanidad de Jesús. Tiene una naturaleza encarnada. Ello significa que no estamos llamados a experimentar a Dios sólo en los momentos de oración – como forma eminente de contemplación – sino ahí donde se revela el Espíritu de Cristo: en la vida, en la acción, en la historia, en la naturaleza, en una palabra, en lo secular. Contemplar es experimentar el amor de Dios que quiere realizar su Reino en nosotros, en los demás y en la sociedad. Ser contemplativo se convirtió, a veces, en un lujo reservado a aquellos que tenían una vocación especial (a los que tienen plata y tiempo), y en consecuencia viven de un modo muy especial y en lugar especialísimo, como son los monasterios y los conventos. (Cf. Lugares con flores... con piscinas). ¿Qué será de la gente que apenas tiene tiempo para dormir, que se han de levantar a las 4 a.m. para coger el autobús? Nunca van a poder llegar a ese grado sofisticado de la vida espiritual que es la contemplación. Pues bien, son ellos a los que Jesús invita al Reino en primer lugar y les hemos cerrado las puertas. ¡Podríamos escuchar las críticas de Jesús a los fariseos! Y Querbes ofrece un camino sencillo que conviene a cualquier cristiano. La contemplación no es sólo para los abrigados sino para los que están en el viento y las tempestades de la vida. No es una huida. No se esconde en las sacristías o los conventos. No anda solitaria. Tampoco, como el amor del que habla Pablo, toca el clarín, no se infla de orgullo, no desprecia el mundo pues germina en el corazón de nuestra cultura pluralista. Mencioné antes lo que nos decía Panikar del “monje” y afirmé que los buscadores de Dios están en todas partes y que Dios se ofrece siempre en todas partes. Querbes es un hombre práctico un hombre de acción y comprometido en su mundo. Cuando habla del “sentimiento de la Presencia de Dios” se trata de una vivencia y una vida a “suelo rasante”. Como dirá a algunos religiosos no podemos abandonarnos a sueños e ilusiones. La contemplación se realiza en el terruño, en las exigencias de la profesión, en la urgencia de la misión. Nuestra historia tiene un primer nivel de sentido en la experiencia de liberación humana, personal y comunitaria. Esta experiencia se vuelve religiosa en un segundo nivel de sentido: en relación con Dios. En el acontecimiento profano se toma el material de la “palabra de Dios”. No hay sentido religioso sin sentido humano. Los creyentes ven en esta experiencia el rostro de Dios. Entonces lo decisivo no es el expreso reconocimiento de Dios sino la respuesta a la pregunta ¿qué lado elijo en la lucha entre los opresores y los oprimidos, entre el bien y el mal? Lo que primeramente decide es esto: ¿somos, como cristianos, solidarios de los oprimidos y los aislados?. El Éxodo nos manifiesta cómo el acontecimiento profano fue leído como intervención de un Dios que manifestó a Moisés y a su pueblo su rostro salvador. La acción de Dios en la historia tiene una base de experimentación en la actividad humana. Solamente la historia humana – liberadora puede ser experimentada como historia salvífica. No es todavía historia de revelación. La fe en la presencia salvadora de Dios nos dice que no hay situación alguna en la que Dios no pueda estar cerca de nosotros y nosotros no podamos encontrarlo. Pero Jesús nos revelará que el Reino de Dios ya está aquí, aunque “no todavía” y que el Padre se hace presente y actúa. En el campo personal, cuando un hombre se pone de pie, incluso en la jungla de las computadoras, de Internet, cuando nace a él mismo, busca aproximarse a su propia verdad o se pregunta cómo levantar una existencia tan pesada. ¿No es ahí donde surge la contemplación? Es necesario precisar cómo las aperturas, la itinerancia, la celebración, el olvido, la imprudencia pertenecen al alma de la vida espiritual e interior. Cuenta G. Ringlet que un día un doctor trataba de explicar lo que es el alma, el ánima. “El ánima del cañón no es otro que el vacío interior de la boca de fuego”. Pues un cañón “es un hueco con bronce alrededor. Se pierde el alma, si el ánima se tapa. Como pasa en un cañón o en una


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arteria. No deja paso. No digo que un hombre espiritual es un hueco con bronce alrededor. Pero sí es un hombre vaciado: deja paso, deja entrar, acoge la extrañeza del Otro, y sobre todo se prepara a lo imprevisible”. Como dice MALRAUX: “Jamás un cambio profundo, en el campo espiritual, tuvo realmente antecedente previsible”. La contemplación ha de prepararnos a la sorpresa permanente de la irrupción del Espíritu. ¡Pero el “ánima” debe estar abierta! Para Querbes y los Viatores, la adoración contemplativa es inseparable del amor acción – praxis que nos compromete en nuestro mundo. La contemplación no es alejarse para refugiarse en lo “espiritual” y la interioridad. La contemplación es buscar a Dios donde se presenta: en Jesús y en su Espíritu presente; en el prójimo, en la realidad y los acontecimientos... Contemplación: una transparencia reveladora. Leer la presencia de Dios y de su amor en los hechos es desconcertante. No conocemos los designios de Dios sobre las personas, las realidades y la historia. Más aún, con relación al amor y al Reinado de Dios, la realidad es ambigua y obscura: Contiene pecado, egoísmo, injusticia, muerte... La realidad es al mismo tiempo presencia y ausencia de Dios, vida y muerte, consolación y desolación, y no estamos preparados para leerlo todo en clave de amor. La contemplación es acoger ese amor de Dios escondido, en la fe, la confianza y la esperanza. Existe la inmanencia que es este mundo aquí, y la trascendencia, que es el mundo que está siempre más allá de nosotros. Existe algo que Teilhard de Chardin llamaba: la diafanía. Pablo decía a los Efesios: “Dios Padre está en nosotros (inmanencia), está por encima de nosotros (trascendencia) y está a través de nosotros (transparencia)”. No sólo existe la luz que ilumina desde fuera este mundo, sino también la que lo atraviesa, lo que hace que la realidad sea transparente. Consecuencia de la encarnación: Dios, de distante, se hizo próximo. De próximo se hizo hermano nuestro, compañero nuestro. Esto significa la carne que asumió, su sentimiento, su enojo, su ternura para con los pobres y los niños, su abertura hacia el Dios que llamaba: “papacito”. Todo eso que vemos como concreto, se convierte en trasparente. Captar, es hacer la experiencia de Dios en todas las dimensiones de la vida: andando por la calle, respirando el aire contaminado, alegrándonos, tomando una cerveza, esforzándonos en un compromiso. Esto es experiencia de Dios en todas las cosas. Pues él viene mezclado con todo eso, inmerso en todo eso. “Él camina con nosotros.”. Y no nos engañemos, mucha gente en nuestro pueblo sabe vivir esta experiencia de Dios. El contemplativo sabe “leer los signos de los tiempos”. Intenta ver siempre lo que está detrás de cada cosa. El mundo se vuelve entonces un gran mensaje. Se preguntaba a Santa Teresa de Ávila: “¿En qué situación encuentra a Dios? - Respondía: “Cuando gallina, gallina. Cuando ayuno, ayuno”. Cuando comes gallina, cómela con gusto. Cuando hagas ayuno, ayuna con seriedad. Y así el pueblo. No hace una reflexión sobre Dios. Vive a Dios. A veces decimos: “Aquello fue para mí una revelación”. Sucedió algo sorprendente que rompió la rutina de las experiencias cotidianas. Algo nuevo en lo que, sin embargo, reconocemos lo más profundo de nosotros mismos. Y nos vemos así abiertos a una perspectiva nueva sobre el mundo y los acontecimientos. Hasta reinterpretamos nuestra propia identidad. En Jesús, encontramos la densidad suprema de la revelación de Dios en una historia entera como experiencia de revelación. La experiencia humana ocupa un lugar propio e insustituible; pero en la experiencia cristiana es la experiencia de Jesús la que será para nosotros fundacional, decisiva. Es decir que esta experiencia humana no es sólo reveladora de algo sobre mí mismo, sino dice algo sobre Jesús mismo que es el contemplativo supremo de Dios. Contemplación: una presencia. Se dice de nuestro padre Abraham que andaba siempre en presencia de Dios, lo cual le permitió reconocer en los tres extranjeros que lo visitaban en Mambré a los mismos ángeles de Dios. El universo está lleno de mensajes divinos, desde los rostros más humildes, hasta los acontecimientos del mundo y de nuestra existencia particular. Pero muchas veces caminamos


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dormidos, deambulamos en las calles de la vida, sin ver, sin sentir ni escuchar, sin comprender. Como si estuviéramos ausentes de nuestro mundo. Y nos quedamos en la superficie de las cosas. Nos contentamos con lo anecdótico y repetitivo, sin nunca captar lo inédito, lo nuevo de Dios escondido detrás de toda realidad aparentemente descifrada. No hemos despertado al misterio. No vemos la fuerza divina que habita en toda realidad. Me parece que podemos descubrir una exigencia: la oración permanente como experiencia de Dios, desarrollará antenas que nos permiten captar los mensajes detrás del silencio aparente de la vanalidad cotidiana. Como el profeta Elías que pasó del estruendo de su primer profetismo al lenguaje divino del silencio en el Orbe. La experiencia de la presencia consiste en hacerse presente primero y plenamente a toda realidad. El “monje”, el orante, se hace presente en y a todo. Es vivir la “diafanía” de Dios. Inmersos en la realidad, nada de nosotros puede abstraer del dolor y de la alegría, de la humildad y de la grandeza humana. Para el que se hace presente al mundo, todo está habitado. Pero la experiencia de la presencia es también como consecuencia del hacerse presente, recibir y acoger las presencias múltiples ocultas en toda realidad. A medida que vamos desarrollando el arte de la presencia, nuestro corazón, nuestros ojos, nuestros oídos y nuestras inteligencias se ensanchan para acoger la realidad. Como cristianos, vivimos el misterio de la Trinidad. Esta es también fruto de experiencia cristiana. Cada persona divina, según nuestros conceptos y nuestra comprensión tiene la especificidad de su manifestación. Recojamos unos rasgos de cada una. La del Padre No es ni espontáneo ni natural entrar en la perspectiva cristiana de contemplación y experiencia del Padre. Se trata de un combate permanente y de una conversión nunca acabada desde las imágenes paganas que nos habitan hasta la revelación evangélica. Existe sólo un camino y es el propio Jesús, revelado por el Espíritu. Para entrar en la intimidad de nuestro Padre es preciso poner nuestros pasos en los pasos de Jesús, especialmente atentos a su relación de Hijo con el Padre. La relación de Jesús con su Padre es de filiación. Sin descuidar el cariño y la ternura, Jesús se sitúa, sin embargo, en una reciprocidad de iguales, de personas libres. Asume sus propias responsabilidades. Nada que ver entonces con el infantilismo. Aprender a ser hijos a la manera de Jesús es aprender a ser libres en una relación de responsabilidad recíproca con el Padre La paternidad divina a la manera pagana implica una desigualdad de poder y una sumisión al mismo. Es una relación de dominación. La experiencia de Jesús es la de autoridad. El Padre llama para una misión, nos hace coautores de su Reino, lo “da” todo. El Padre de Jesús no se contenta con engendrar. La vida que nos entrega es un proceso permanente acompañado por él. La gloria de Dios, dice Ireneo, es el hombre lleno de vida y la vida del hombre es la contemplación de Dios. Entre vida humana plenificada y la visión de Dios existe como una identidad dinámica. Los discípulos quedaron fascinados por la relación de intimidad de Jesús con su Padre, hasta tal punto que le pidieron aprender a rezar desde esa misma experiencia. La fe de Jesús se manifiesta en este coloquio íntimo constante del Padre con su Hijo. Nunca se someterá como un esclavo lleno de terror, sino como un hijo que asume junto con su Padre la responsabilidad del amor hasta las últimas consecuencias. Por consiguiente no puede existir otra imagen de Dios Padre que aquella que se revela en la transparencia de la experiencia filial de Jesús de Nazaret. Podríamos decir que es la máxima fragilidad humana de Jesús la que manifiesta más plenamente la identidad del Padre. ¿Es esa nuestra experiencia ordinaria de Dios? El ejercicio de la presencia de Dios nos introduce en la novedad original del Dios de Jesús. Nos presenta el afecto paterno creador de


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familia. Nos abre a una experiencia gozosa de confianza, de ternura, de amistad, de fraternidad. Somos hijos y hermanos. Es la Buena Noticia de Dios Padre. El Padre nos mira. Tener sentimiento de la presencia de Dios, es descubrir su mirada sobre mí. A veces, es útil dedicar un tiempo más largo en la toma de conciencia de esta mirada de ternura y de amor que Dios pone sobre nosotros. Hay “muchas maneras de actualizar la conciencia de la mirada de Dios sobre mí. Una liturgia personal en la que el cuerpo y el espíritu participan los dos en la oración es de gran ayuda para profundizar la autenticidad y el recogimiento de mi oración. Tal rito contribuye a reducir las distracciones. La mirada de Dios, llena de amor, me acoge, me acepta. Está en el corazón de esta liturgia personal de introducción”. Dios me mira con amor y delectación y se alegra de mi presencia. Es lo que expresan estas palabras de Sofonías 3, 17-18: ”No tengas ningún miedo, ni te tiemblen las manos. Yavé tu Dios está en medio de ti, como un héroe que salva. Él saltará de gozo al verte a ti y te renovará su amor. Por ti lanzará gritos de alegría como en día de fiesta”. El profeta evoca la imagen de un Dios que baila de alegría. Y baila de alegría por nosotros. Mi oración será entonces saborear esta ternura y esta alegría de Dios y calentarnos de este amor. Pero lo primero no es ver a Dios, sino dejarse ver por él. El contemplativo es el que se deja mirar por Dios. Es imposible ver a Dios porque me equivoco, porque es misterioso... pero Él sí, puede verme, puede mirarme. Dejarse mirar por Dios, dejar penetrar en nosotros dos miradas de Dios: la mirada de misericordia y la mirada de la ternura. “Ve, mírame, mírame con compasión porque soy pecador”. Así es la mirada de Dios. Vean en el Cantar de los Cantares. ¡Con qué ternura Dios mira a su esposa, a su amada! La de Jesucristo Jesús aparece como el riesgo último de la ternura del Padre. Es el último intento de convencernos con la sublime figura de uno a la vez semejante a nosotros y semejante a él. Jesús es Dios quien permanentemente te invita. Por esto, Jesús es fiesta. ¡Cuántas veces se presenta a sí mismo como el novio de una boda suculenta y jubilosa que muchos, sin embargo, desdeñan! Se lo ve constantemente en comidas sencillas, alegres y populares, con las más variadas categorías de gente: fariseos o publicanos, acompañado de mujeres de la “vida” o de dignas suegras de discípulos, en familia o con gente sola, en momentos alegres y en circunstancias trágicas. Es tan notoria su tendencia festiva que se lo criticará como comilón y borracho. Jesús es una fiesta permanente en sí mismo y por donde pasa, aun si no estamos acostumbrados a representaciones de él sonriendo, bailando o comiendo. Nada extraño que Jesús nos describa el Reino como una fiesta sin fin en la que los humildes y los pecadores entran sin dudar. No es menos evidente que toda su vida se presenta como una fantástica propuesta e invitación a la libertad. En el relato de las tentaciones, Jesús tiene toda la libertad de optar por el modelo que le propone Satanás y que va exactamente en sentido opuesto de la ternura y de la inutilidad de Dios. Si al final Jesús opta por la impotencia que implica la libertad, no es que haya sido presionado, sino que la eligió libremente. Es el mismo riesgo que toma en Getsemaní. Jesús opta libremente. Entre estos dos momentos supremos de la libertad de Jesús, toda su vida es una continua afirmación de su ser libre. “Mi vida nadie me la quita, yo la doy”. Empezó por la decisión de un adolescente en su visita a Jerusalén. Es precisamente su libertad la que acabará por escandalizar a todos los sectores de su entorno, incluyendo a los más cercanos. ¿No lo consideraron como loco? Pero esta exuberancia festiva de Jesús no es arrogante. Tiene toda la discreción, la dulzura y la humildad de Dios, hecho inútil por amor. Por esta razón, la ternura de Dios en Jesús


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adquiere su máxima expresión en la misericordia. La misericordia que se juega en el torbellino de la fiesta y de la libertad es lo que nos rehace constantemente a la imagen y semejanza de nuestro Dios. El cristianismo surge como anuncio y celebración de la alegría de la libertad. Alegría de la presencia de Cristo resucitado. Jesús de Nazaret desde la resurrección no vive sólo a través de su recuerdo y de su mensaje liberador de la conciencia oprimida. Nos invita a esta vivencia de resucitados. Nos invita a la manera de Cristo resucitado, en la experiencia de un amor que nos hace verdaderamente libres. Vivir en cristiano, es abrir los cerrojos de las cárceles interiores, sociales y religiosas. Vivir como resucitados, es andar con los ojos abiertos. Como los discípulos hacemos la experiencia de la resurrección progresivamente. Los apóstoles reconocieron a Jesús paso a paso, a través de los signos. Nuestra vida tiene también este carácter progresivo. Uno resucita a medida que opta por la debilidad, volviéndose niño, optando por la pobreza del propio Jesús. La vida cristiana es esta contemplación que nos abre a una transfiguración mutua, progresiva, en la experiencia del pan compartido, donde reconocemos a Jesús resucitado en medio de nosotros. Vivimos de esta presencia que orienta nuestra mirada para descubrir la realidad penetrada por los resplandores de la resurrección. El mundo se hace, por la resurrección de Cristo, diáfano y transparente. Se prepara la fiesta sin fin. Una fiesta que hemos de descubrir... Jesús nos mira (Jn 1,42; Lc 22,61; Mc 10,21... ) Pedro ha traicionado, ha negado a Jesús: “Jesús se volvió, dice Lucas, y miró a Pedro” y cuando se sintió mirado por Jesús se puso a llorar y salió. Dios nos mira con infinita ternura, con un asombro tierno. Y Jesús con los niños... Jesús hace visible la mirada amante de Dios. (Cf. las miradas de Jesús: a Natanaél, al joven rico, a Pedro,...). Cuenta Anthony de Mello, en “Como un canto de pájaro”: “Mis relaciones con el Señor eran bastante buenas. Le pedía cosas, conversaba con él, cantaba sus alabanzas, le daba las gracias. Pero siempre tenía la sensación desagradable que quería que lo mirara a los ojos... No me atrevía. Le hablaba, pero evitaba su mirada cuando sentía que se fijaba en mí. Evitaba su mirada. Y sabía por qué ¡Tenía miedo! Temía encontrar en esta mirada una acusación por no lamentar alguna culpa. Pensaba que iba a descubrir alguna exigencia o algo que esperaba de mí. Un día me atreví y miré. No había ninguna acusación, ningún pedido. Los ojos sólo decían: “Te quiero”. Largamente fije estos ojos, los escruté. Pero siempre el único mensaje era: “Te quiero”. Entonces como Pedro, salí y lloré.” Sí, Dios ve todo, pero siempre en la luz de su amor. Tanta gente se siente sola, abandonada, ignorada, sin nadie que les mira y les entiende. Sin nadie para compartir sus penas y alegrías. Ironía trágica, pues en este mismo momento, alguien toca su puerta. Alguien que quiere entrar y compartir. “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y me abre, entraré a su casa a comer, yo con él y él conmigo” (Ap. 3,20). Este visitante nos conoce perfectamente en la luz de su amor benevolente. Hoy me está llamando. ¿Abriré la puerta?


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El Espíritu nos acompaña El Espíritu nos acompaña con su misión específica. La comprendemos mejor comparándola a la misión de Jesús. Encuentro con Cristo y encuentro con el Espíritu. El Hijo de Dios fue enviado a un hombre Jesús. Este es principio de unidad y de reconciliación. Invita a todos a vivir en un solo cuerpo de un sólo Cristo. El Espíritu está enviado a todos los pueblos. Asume la multiplicidad y la diversidad necesaria para el Reino de Dios. En Cristo resucitado, la persona del Hijo sustituye a la persona humana. El Espíritu queda escondido, invisible y exalta la personalidad del hombre. En él se afirma la persona humana. En Jesús se manifestó la misión del Hijo. Los gestos de Jesús resultan así signos de la divinidad. El Espíritu manifiesta al hombre en el hombre. Manifiesta la persona única que somos: yo, tú, él... Es en él donde somos capaces de crear actos totalmente nuestros, únicos, como nosotros somos únicos, y que al mismo tiempo manifiesta algo de la plenitud de Cristo pero en la dimensión humana. En Cristo, Dios se hace presente al cristiano como sujeto y persona dotada de voluntad. Se manifiesta como alteridad. En él, cada uno de nosotros se enfrenta a Dios. Nuestra respuesta no puede ser sino obediencia y servicio. Se crea una cierta dependencia. En nosotros, el Espíritu no se presenta como un sujeto al que nos enfrentamos, sino como una fuerza que se manifiesta en el despertar de nuestra propia personalidad y voluntad. Devuelve a los hombres su personalidad perdida. Nos convierte en sujetos ante Dios. Obedientes, sí, pero en un acto de personalidad. Así comprendemos que podemos encontrar a Dios en lo más íntimo de nosotros mismos. Él es más nosotros que nosotros mismos, nos hace crecer y ser más plenamente lo que queremos ser y llegamos a ser. El gemido del Espíritu. Así el Espíritu nos acompaña y nos transforma. No en otros, sino en nosotros mismos. Es el Espíritu de Jesús resucitado. Vemos cómo desde Pentecostés va guiando, animando e impulsando a los apóstoles. Si es el gran actor de la Iglesia primitiva, hizo de los apóstoles hombres nuevos que pudieron ir afrontando la intemperie del Imperio romano. Y la acción del Espíritu que nos cuenta Lucas en los Hechos no acaba con el libro. El Espíritu sigue actuando. Pablo nos recuerda cómo es él quien nos da un corazón nuevo (Ro 8, 9-10). El Espíritu que habita en cada hombre es a la vez el Espíritu de Dios y el Espíritu de Cristo, y su presencia en nosotros determina nuestra pertenencia a Cristo y nos define como personas autónomas y libres. Vivir con el Espíritu es renacer a nosotros mismos. Hay que dejarnos reengendrar constantemente por el Espíritu volviéndonos cada vez más hijos e hijas del Viento (soplo, Ruah), según la maravillosa advertencia de “El profeta” de Kalil Gibran a los padres de familia. Y ¿cómo ser hijos e hijas del Viento sino configurándonos más y más al Hijo, revelado en Jesús de Nazaret? Ser engendrados por el Viento es dejar que Jesús resuene y se extienda en mí, hasta invadirlo todo, a tal punto que, prefiriéndole a todo y siempre, nuestro vivir sea cada vez más el de nuestro mismo ser, adulto por fin... Es Él quien nos hace vivir la libertad de los hijos. Nos anima y ora en nosotros. Es Él quien nos lleva a la expresión de la más alta contemplación cuando llegamos a decir de verdad a Dios “Abba”, Padre. (Gal 4,6). Infunde en nosotros el sentimiento filial que nos hace sentir (no sólo saber y conocer) hijos de Dios (Ro 8, 16). A veces nos ayuda a realizar esta conciencia de manera repentina e intensa (en un retiro, con la recepción de un sacramento, al escuchar la Palabra de Dios con un corazón disponible, en una oración más intensa...) el espíritu se ve iluminado por una luz nueva en la que Dios se revela, de manera nueva y como Padre. El corazón se estremece y tenemos la impresión de renacer en esta nueva experiencia. Crece una gran confianza y ternura, un sentimiento de condescendencia de Dios tal como no se había conocido antes. Se decía de Benito que estaba siempre “consigo mismo”. Es decir que hay en mí alguien


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más grande que yo a quien tengo que alcanzar. Estar consigo mismo o escuchar el gemido del Espíritu es estar en coloquio, con el secreto más íntimo de uno mismo, allí donde sólo Dios nos espera. La confrontación con el gemido del Espíritu nos plantea varios retos. Se presenta el desafío de la vigilancia para permanecer en sí mismo, como dice Juan. El mundo en el que vivimos nos saca constantemente de nuestro interior para llevarnos fuera de nosotros mismo en la dispersión, la emoción superficial, las apariencias. San Agustín reconoce que Dios estaba con él, antes de su conversión, pero que el gran ausente de su corazón era él mismo. Escuchar el gemido del Espíritu implica esta vigilancia de los ojos y oídos, de los pensamientos y del flujo variado de las emociones. Hay que aprender a mirar, escuchar, sentir y pensar desde allí. El silencio de todos los contemplativos de todas religiones no es desprecio a la comunicación humana, sino una opción por una comunión con el mundo que parte del crisol del corazón espiritual. Hay que abrirse al otro, en el sentido amplio, desde la profundidad de la experiencia interior donde toda cosa cobra su verdadera realidad. La prueba que habremos entrado en el buen camino sin engaños ni mentiras es que el Espíritu produce en nosotros frutos específicos, que son los de los hijos de Dios (Gal 5,22). Y con el corazón nuevo nos impulsa a la misión. El Espíritu de Dios no es él de los dormidos y de los flojos. Quita el miedo e invita al riesgo... (cf. Jn 17,26). Contemplación: ¿Un hombre inmerso en Dios o Dios inmerso en el hombre? Conocen la historia del antílope almizclado. Una vez, el elegante antílope de las montañas se ve excitado por un soplo de perfume almizclado en sus narices. Huele, olfatea por el pasto, pero no llega a determinar de donde viene este olor. Y cuando lo huele nada le resiste. Brinca de aquí por allá, en busca del precioso perfume. Y durante todo este tiempo en el que corre por valles y por cerros, el bello antílope renuncia a todo alimento a todo descanso, hasta el día en que agotado por el hambre y el cansancio, empieza a titubear, a zigzaguear entre las rocas y cae gravemente herido. En este momento se da un poco de solicitud y se lame largamente el pecho... y descubre entonces la bolsa de almizcle destrozada en su propio cuerpo. Inspira profundamente el perfume que sangra, pero es demasiado tarde... la muerte se acerca”. La lección de esta historia no es triste. Ese perfume está en ti. Un tesoro escondido en tu campo. Todos y todas somos “lleva-almizcles”. Timothy Radcliffe dice que “a veces tiene el sentimiento de la ausencia de Dios. No se siente la alegría de su presencia cerca de nosotros. No se siente la presencia de Dios como de una persona a mi lado. Se encuentra a Dios en una interioridad más profunda en la que “Dios es más próximo a mí mismo que yo mismo” como dice San Agustín”. La inmersión en Dios es la única razón absoluta y sin reserva que hace de cualquier otra motivación de la vida: el amor, el dinero, los hijos, el éxito personal... por loable que sea, algo secundario en nuestra búsqueda del Padre quien está con y entre nosotros. La inmersión en Dios no tolera nada mayor que él. Gandhi tenía una visión clarísima de las prioridades: primero Dios y descubrir este tesoro que está dentro del hombre. Decía: ”Tengo para mí que el fin de la vida es la visión de Dios y la de conseguirlo, si es preciso, sacrificándolo todo: familia, patria y hasta la vida”. Es lo que nos da fuerza cada día, el anhelo por el que cualquier pérdida, cambio o esfuerzo resulta aceptable. Es la cuestión fundamental que yace en el corazón de lo cotidiano, el deseo ardiente que nos permite hacer frente a toda prueba. Con frecuencia hemos creado una división entre la acción y la contemplación. Hemos perdido de vista la experiencia de Jesús. ¡Cómo si el que andaba por los polvorientos caminos de Galilea, sanando a los enfermos, asfixiado por los mendigos, exhausto por la presión de las multitudes, las preguntas de los fariseos, las necesidades de los niños y los gritos de los pobres,


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no fuera un contemplativo, no estuviera inmerso en la presencia de Dios, no viera a Dios en todas las cosas, no viera al mundo como Dios lo ve! Contemplación: dignificación de sí mismo. Hacia la autoestima... de los hijos del Padre. Cuando alguien realmente me ama, experimento que mi vida vale la pena. De la misma manera, cuando no amo a nadie, mi vida no tiene sentido. El único camino es el de descubrir el valor de mí mismo y así experimentar la alegría de darme cuenta de que la vida es buena. Hemos de mirarnos como Dios nos mira. Mirarse a sí mismo con ternura y misericordia, como Dios nos ve. Mirar al hermano como Dios lo ve. Y a los acontecimientos como Dios los ve. Esto es la oración permanente. Así es imposible ser pesimista y hacer el mal a los hermanos. Ser contemplativo no es ser beato. Es mirar como mira Dios. Pero “el sentimiento de la presencia de Dios” y de su mirada sobre nosotros tiene su repercusión sobre nuestra propia manera de mirarnos a nosotros mismos. En una pareja, decía la mujer: “Cuando mi esposo me mira, me siento engrandecida y más rica que cuando me miro a mí misma. ¡Siento entonces tantas posibilidades en mi!”. Y el esposo debe añadir: “Cuando, la mirada llena de amor de mi esposa se pone sobre mí, me siento creciendo interiormente. ¡No es lo mismo cuando me miro en un espejo!”. Jean Vanier define así el amor: “Amar es revelar al otro su propia belleza”. Tememos todos no ser comprendidos. Buscamos protegernos tras máscaras para procurarnos una cierta seguridad. Kundera en “la insoportable levedad del ser” dice que sólo es posible “vivir en la Verdad” cuando se vive sin público. Cuando alguien nos observa, que lo queramos o no, nos adaptamos a los ojos que nos miran. Nada entonces de lo que hacemos es verdad. Tener un público, pensar en público, es vivir en la mentira. Y Kundera concluye, “no pierdan su intimidad, de lo contrario lo perderán todo... perderán la verdad”. Más allá de las paradojas de este postmodernista, hay una verdad profunda que legitima nuestros encuentros con Dios. “Vivir en la verdad es eliminar las barreras entre lo privado y lo público”. Es decir ser auténtico. Ponernos ante Dios, en verdad. El mensaje liberador es este: No necesitamos máscaras ante Dios, pues él nos conoce, nos comprende y nos acepta. “Tu amor por mí es luz y en esta luz lo ves todo”. Con Dios podemos ser verdaderos, totalmente y sin reserva. Es una de las gracias de la oración. No es indispensable que sea piadosa pero sí debe ser verdadera. La honradez es garantía de salud espiritual. Cuando nos vemos desorientados, perplejos e inquietos es un gran consuelo saber que alguien conoce todo de nosotros y que nunca nos abandonará. Sobrestimados, no nos sentimos a gusto al ser empujados más allá de nuestras posibilidades. Corremos el riesgo de desanimarnos. Subestimados nos sentimos ofendidos y propensos a afirmarnos. ¡Cuán raro es el hecho de verse juzgado en su justo valor!. La mirada amante de Dios no sólo nos da la conciencia de nuestro valor, sino que hace nacer en nosotros un sentimiento de seguridad que nos permite ir más allá de nuestros límites y así enriquece y despabila siempre nuestras existencias. La mirada de Dios que lo abraza todo, valora nuestros talentos y aumenta nuestras capacidades. Sin ello quedarían adormecidas. Es en la mirada de Dios donde encontramos el amor: amor que nos llama a la existencia y nuestro amor por Dios que quiere ser siempre más fuerte, pues allí está la realización de nuestra existencia. Lo que el A.T. dice de la alianza de Yavé con su pueblo, el Nuevo Testamento lo aplica a cada persona: ”Pasé junto a Ti y te vi. Estabas ya en la edad de los amores. Entonces con el vuelo de mi manto recubrí tu desnudez, con juramento me uní en alianza contigo y fuiste mía, dice Yavé” ( Ez. 16,8): “Yo soy para mi amado y su deseo tiende hacia mí” (Cantar 7, 11) “Y yo la volveré a seducir, la llevaré al desierto y allí le hablaré de amor” (Os 2,16) Seducir significa hacer todo lo que está en nuestro poder para despertar el amor de otra persona, pero sin violencia. Dios desea nuestro amor. ¡Valemos mucho a sus ojos!


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Dios no hace violencia para conquistarnos. No se puede conseguir el amor a la fuerza, pero busca por todos los medios expresarnos su amor y fomentar el nuestro. “Tú serás mi esposa para siempre. Nuestro matrimonio será santo y formal, fundado en el amor y la ternura. Tú serás par mí una esposa fiel, y así conocerás quién es Yavé”. (Os 2,21-22). Contemplación: un combate. Hemos mencionado antes que el P. Luis Querbes utiliza el lenguaje de un soldado que va al combate, seguro de la fuerza que lo habita. “Caminemos y combatamos hasta el fin como buenos soldados” (a Archirel, DQ 426 7.39). Estamos con la armadura de la fe en Pablo. “Únanse más que nunca en la observancia de nuestro santo estado porque al verdadero soldado se le reconoce en el día del combate” (a los Religiosos de Francia, DQ 444 7.57). No estamos llamados a una visión “contemplativa” pasiva, sino a una visión cristiana. En ella no se presenta, como modelo de toda verdadera mística, a la contemplativa María, vuelta sobre sí, sino a Marta cuya relación con Dios, la hace solícita de los hombres. En esta vía se nos da a conocer a Dios como amor a los hombres, que toma partido por los pobres y oprimidos. A partir de la realidad de los hombres se descubren nuevas posibilidades alternativas a las viejas imágenes de Dios. Nacen otras nuevas. Un camino y una conversión permanentes. En la historia de solidaridad, justicia y amor, hecha por los hombres en un mundo de egoísmo, injusticia y desamor, aprendemos y descubrimos nuevas luces sobre Dios. Nuestra contemplación de Dios – a través y más allá de la mediación histórica – desempeña un papel mediador en nuestro descubrimiento del que será el verdadero Dios. Esto no es posible sin apertura, sin espacio interior. No hay vida espiritual sin cruzar un mar, un desierto. La meta es el Camino. Lo que libera es el andar (cf. Hch 9,2; los adeptos del camino). Somos buscadores del camino. Sacerdotes, religiosos, catequistas, docentes, vivimos el mundo de la eficacia. Si el amor y la justicia se postulan como frutos objetivos, desde el punto de vista subjetivo, los frutos son la paz y la audacia. Lo contrario del miedo no es el valor, es la fe. La espiritualidad evangélica ha de llevar a la paz interior. Esta paz se construye en la absoluta seguridad de que Dios es Señor de nuestra vida. Pase lo que pase, no hay nada que pueda romper esta unidad. Por consiguiente, audacia. Podemos medir como anda nuestra fe por el nivel de miedo que sentimos ante la vida. La audacia hace surgir la actitud profética. La contemplación es un combate. La vida interior es una insurrección. Tomás Merton va hasta decir una “subversión”. Escribe a Juan XXIII: “Tengo que comprender de una manera contemplativa los movimientos sociales, políticos, intelectuales, artísticos de este mundo”. Como el poeta, el “monje”, el hombre religioso en busca de absoluto, es un resistente. (como Yakub) “La verdad de la unión con Dios, dice E. Cardenal, nos llevó en primer lugar a la unión con los campesinos, muy pobres y abandonados. La contemplación nos llevó después a un compromiso político. Nos llevó a la revolución. Solentiname es algo tan de Dios y de la tierra que es un lugar donde la poesía, la siembra y la cosecha no dividen a los hombres en poetas, sembradores y aprovechadores, sino que constituyen actividades de una misma vida solidaria.” Uno puede no estar de acuerdo con la opción política del autor, pero es cierto que la contemplación, como combate, lleva a la comunión. Contemplación: experiencia del Otro y amor activo. A)

Descubrir al “Otro”.

Hemos notado cómo, curiosamente, los Padres de la Iglesia no hablan de vida contemplativa, sino de vida activa. Cuando hablan de vida activa, se refieren a lo que nosotros entendemos por vida contemplativa. La vida activa es la experiencia de Dios, la búsqueda de Dios. Es un combate como dice Pablo. No es una especie de quietud mal entendida, de flojera cristiana. Es un combate permanente. Así habla el P.Luis Querbes.


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Descubrimos que el ejercicio de la presencia de Dios es a la vez el punto de partida y la coronación de la oración contemplativa. Es el ejercicio que más contribuye a la personalización de la vida de fe. No tan fácilmente nos entregamos a esta actividad de contemplación. Cuando uno se siente responsable de su propia vida y del mundo que lo rodea no acepta de buen grado dedicar un tiempo más o menos largo a una actividad cuyos frutos no ve de inmediato. Sin embargo esta contemplación es como la piedra de toque de la vida espiritual. O se niega a esta apertura de contacto con Dios y es un ser espiritualmente muerto, o se afirma en comunicación frecuente con su Dios en Cristo y se convierte entonces en el testigo que nuestro mundo necesita. Sin esta búsqueda permanente no hay religioso que valga. La invitación del Capítulo General nos lleva a cambiar de camino. Habíamos puesto el acento en la acción de la misión y descuidado lo que hace tiempo Dom Chautard llamaba: “La fuente de todo apostolado”. Una sola cosa puede alimentar nuestra vida de consagrado(a)s, es buscar la presencia de Dios. Así respondemos a la insistencia querbesiana. Así asumimos nuestra vocación religiosa. En todo tiempo y lugar hemos de buscar a Dios, ver a Dios y sólo a Dios en medio de esta confusión y de esta incertidumbre. Descubro al Padre fuente de vida que me ama, me dignifica y me invita a dignificar a los demás. En toda circunstancia estoy atento a su mirada. Unos, en la naturaleza y con ella (cf. Francisco de Asís, Teilhard de Chardin); otros en la familia; otros, en la sociedad y el mundo; otros, leyendo la Biblia; otros, encontrando a Cristo; otros, en la experiencia del prójimo, la experiencia de los pobres. Somos buscadores de Dios en una experiencia de totalidad: el sentimiento de la presencia de Dios en la realidad. La fuente de donde mana todo. La contemplación nunca es huida del mundo. Es una aproximación desde la fuente, nunca una fuga. En el pasado, a menudo, quisimos definir y precisar nuestro carisma viatoriano. Y lo hicimos a partir de acciones en la misión: opción por los pobres, evangelización, animación litúrgica, o de funciones: educadores... Pero presentíamos que teníamos que buscar otra cosa antes de llegar a ser lo que queríamos ser como viatores. Era preciso participar en la gran búsqueda espiritual del mundo moderno sin la cual toda nuestra vida no tiene valor. No son nuestras tareas las que hacen de nosotros unos consagrados. Es el motivo por el cual lo hacemos y la manera de hacerlo que es señal de autenticidad en un mundo que desconfía. Es la búsqueda de la presencia de Dios, es decir su Reino, en nuestros hermanos. Llenarse de la presencia de Dios, empaparse de Dios y de su amor, es la sola actividad viatoriana esencial. -

Descubrir la mirada amorosa de Dios sobre nosotros. Buscar esta mirada y la presencia del Dios de amor en los hermanos. Descubrir su Reino, antes de agitarnos para su construcción. Es la invitación que nos hace el Padre Querbes. Es la invitación del último Capitulo

General. B)

Actuar con Dios es encontrar al otro.

Contemplar a Dios es apoyarse en dos lugares privilegiados: la persona de Jesús experimentado en la oración y la amistad, y el prójimo, como sacramento privilegiado de la encarnación del Espíritu de Cristo en la realidad. La vida, los acontecimientos, tienen sentido religioso a causa del prójimo que está ahí involucrado. Estos dos modos responden a la doble dimensión del amor cristiano y a los dos modos como se nos revela Dios según el Evangelio: primeramente en la persona misma de Jesús, el “lugar” de Dios por excelencia y fuente de toda adoración contemplativa; luego el rostro de nuestros hermanos y hermanas. La llamada a la adoración contemplativa es una llamada a crecer en la amistad y entrega a Cristo en la oración, y una llamada a encontrarlo en los demás. No hay adoración ni amor si no se cultivan ambas experiencias y si no buscamos su síntesis. No hay contemplación de Dios sin contemplación del hombre. Y Jesús nos invita a descubrirlo en los condenados de la tierra. Esta contemplación, culto en la vida, adoración y alabanza, es inseparable de un amor activo que va luchando en la construcción del Reino. Buscar a Dios y su presencia en el hermano. Una verdad sorprendente en su sencillez. Sorprendente por su carácter universal y la radicalidad de su exigencia. Es la única razón que da sentido a nuestra


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vida. Nuestra vida de viatores no es simplemente otra forma de vida, sino un modo de vida organizado deliberadamente para dedicarse a la búsqueda humana de Dios. Encontramos la dimensión espiritual fundamental de la vida de Luis. Un camino de unidad profunda, de convergencia dialéctica y dinamizadora. Fue un itinerario permanente, lento y progresivo cuyo objetivo es la unidad de la persona entera en Dios y en Cristo. Es una dinámica integradora: lo corporal, lo espiritual, el trabajo, la fraternidad, el sufrimiento, las alegrías... Es una maduración progresiva de la alegría de la fe. Llama a la fidelidad. Lo importante es lo cotidiano, lo sencillo, las “virtudes ordinarias”. Si la formulación “Adorado y amado sea Jesús” es creación querbesiana, la realidad vivida no es específico de LUIS. Otros, como él, siguieron este camino. Sin embargo, Luis Querbes dio unas expresiones específicas que van definiendo lo que abre caminos a una espiritualidad viatoriana. No perdía el rumbo evangélico, a pesar de reflejar en los escritos la mentalidad de su tiempo. En el Directorio de 1833, si el capítulo 2, # 54 que trata de la Caridad está ubicado en los deberes, el fundador citando al P. Judde dice: “Recuerda el gran motivo de la caridad cristiana. Todos los hombres son hermanos tuyos y, en cierto sentido, son el mismo Jesucristo quien considerará como hecho a Él mismo todo el bien y todo el mal que le hayas hecho” (DQ 163ª 3.106). Aquí está el objeto y el motivo de su amor. En los hermanos encuentra al mismo Cristo. “Érase una vez un niño que había estado acudiendo a la catequesis durante años. Después de escuchar hablar de Dios durante tanto tiempo, decidió que había llegado el momento de buscarlo por sí mismo. Pensó que el viaje podría ser largo, por lo que tomó una vieja bolsa, la llenó de refrescos, cereales y comida ligera. Y entonces partió, sin decir a su madre que se iba. Tenía alrededor de seis años. Pues bien, no había llegado muy lejos cuando se sintió cansado y decidió descansar un rato. Justo allí había un parque y se fue a un banco. Había sólo otra persona en el parque, una señora muy anciana que estaba sentada en el banco. Dio un salto y se puso a su lado. Los dos estaban sentados allí y no se dijeron nada durante bastante tiempo. Entonces él se volvió hacia ella y le preguntó si tenía sed. Ella le sonrió y asintió con la cabeza. Sacó los refrescos. Los compartieron y siguieron en silencio. Entonces comieron galletas y las barras de cereal y terminaron los refrescos. Llevaban juntos alrededor de una hora, y ella no decía nada en absoluto, sólo le sonreía de vez en cuando. Él habló de su madre y de su padre, de sus hermanos y hermanas, de su primer año en la escuela, de sus animales, de todo. El tiempo pasaba y él pensó en su madre y en su casa. Se dio cuenta de que estaría furiosa con él por haberse marchado sin decírselo, por lo que decidió volver a casa. Bajó del banco y tomó su bolsa vacía. Lo habían terminado todo. Dio unos pasos y se detuvo. Se dijo a sí mismo: “Tiene una sonrisa cariñosa. Quiero verla otra vez”. Dio la vuelta, se encaramó a ella, la rodeó con sus brazos, le dio un fuerte abrazo y un beso. Su cara se iluminó con una magnífica sonrisa. Él le sonrió a su vez y se marchó a casa. Su madre lo estaba esperando en la puerta, furiosa. Lo agarró y lo sacudió. “¿Dónde has estado? Te he dicho que nunca salgas sin decírmelo. ¿Dónde has estado? Estaba muerta de preocupación. Él la miró y sonrió de oreja a oreja: “No tenías que haberte preocupado. He pasado la tarde en el parque con Dios”. Su madre, atónita, se quedó momentáneamente sin habla. Él continuó, pensativo: “Sabes, nunca pensé que fuese tan anciana y tan silenciosa... y que tuviese sed”. Mientras tanto, la anciana se había levantado muy lentamente de su asiento, agarrado su bastón y marchado a casa. Su hijo, de aproximadamente cuarenta y cinco años, estaba esperándola, furioso. “Madre, le dijo, ¿cuántas veces tengo que decirte que no salgas sola sin decírmelo? Te he buscado por todas partes y he estado a punto de llamar al servicio médico y a la policía otra vez. No puedes vagar por ahí. ¿Dónde has estado?”


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Su rostro estaba radiante. Le sonrío y dijo: “No tenías que haberte preocupado. He pasado la tarde en el parque con Dios”. Su hijo se quedó atónito y pensó para sí: “Oh, Dios mío, está mucho peor que antes”. Pero ella continuó pensativa: “Sabes, no esperaba que fuese tan joven y tan hablador... y que le gustasen tanto los refrescos” Contemplación – Acción: un binomio dialéctico indivisible. Las relaciones entre contemplación y “praxis”, oración y acción, fue una preocupación del cristianismo occidental. Es una constante de su espiritualidad. Desde el “ora et labora”, del monaquismo, hasta la síntesis: contemplación – liberación, de nuestros días, pasando por “contemplación en la acción” de la espiritualidad ignaciana. Tenemos una larga y rica tradición de la cual no se puede prescindir. Cualquier reflexión en este campo requiere recuperar el sentido más auténtico de lo que es Amor: acción – praxis y contemplación – adoración en la espiritualidad cristiana y viatoriana. Es la inserción de una santidad política que recalca la espiritualidad Latinoamericana. Querbes quiso hacerse jesuita. Naturalmente Ignacio servía de inspirador en la formación religiosa y la vida espiritual. Es natural que invitara a sus Catequistas a vivir la contemplación en la acción. Hemos visto la insistencia del Fundador en el vivir la presencia de Dios. Aconseja la acción para salir de sueños utópicos e inútiles. “Uno se pierde en el oleaje cuando se entrega a tantos pensamientos, es mejor obrar. Incluso la oración llega a ser fácilmente ilusión cuando no termina, cada día, en lo que hay de más práctico en nuestra conducta” (a Archirel, DQ 437 7.49). Recuerda que nuestra vocación viatoriana no puede separar oración y acción. Considera que es el mejor camino de santidad. “Según santo Tomás, las más perfectas (de las sociedades regulares) son las que mezclan estos diferentes puntos de vista. Los dos fines especiales de nuestro instituto le imprimen el carácter mixto y nos hacen practicar las obras más meritorias de religión y de caridad” (Directorio General después de 1855, DQ 550 8.98; ver también DQ 432 8.66). Es decir la adoración y la praxis, el carácter contemplativo y el activo. Recordemos unas orientaciones que surgieron durante el Capítulo del año 2000. “La vida viatoriana se convierte en un signo del vínculo indispensable entre la acción y la contemplación”. (Carta a los Viatores y a las Comunidades viatorianas, Capítulo General 2000,p. 10). “Se trata de desarrollar una actitud contemplativa en el conjunto de nuestra vida y de llevar la contemplación al corazón de nuestra acción. Para esto, debemos estar atentos a la presencia del Misterio en nuestro propio universo interior, en la vida de los demás y en la creación. Yo creo que hay que examinar atentamente este punto y buscar los medios para que nuestras comunidades locales se conviertan en verdaderos “focos de interioridad”. La irradiación de estos focos sería un modo privilegiado de realizar nuestra misión de catequistas en nuestros diversos medios de inserción”. (Informe sobre el estado de la Congregación al Capítulo General 2000, p. 6) “En un mundo donde predomina la eficacia, nuestras comunidades están amenazadas por el activismo de sus miembros. Este activismo se infiltra en el seno mismo de las comunidades y destruye el clima de paz y serenidad. Desgraciadamente, hay que reconocer que el estilo de vida de algunas casas religiosas no favorece un clima de interioridad. Estas comunidades tienen pocas posibilidades de convertirse en lugares de oración y de experiencia de Dios en el silencio y la escucha. Menos aún en lugares de interioridad” (idem, p. 8). Hay convergencia entre oración contemplativa y acción apostólica. Ambas buscan la instauración del Reinado de Dios en nosotros y en el mundo. El “sentimiento de la presencia de Dios” que fomentó el amor del P. Luis Querbes hacia Dios lo llevó a la acción apostólica. En este acontecimiento de su vida descubrió al Dios providente y salvador. Y la contemplación lo remitió y


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lo comprometió en la obra salvadora. En su vida apostólica, la fe se presenta como una luz nueva proyectada en el mundo. Lee los signos de los tiempos y esta invitado a transformar esta situación. Es principio de su acción. Luis Querbes obra por amor a Dios. Lo mismo que su fe lo llevó a ayudar al prójimo. El amor al prójimo es también amor a Dios. Pasa a través de la relación afectiva y efectiva con el hermano. Este amor es más concreto y más exigente. La dimensión contemplativa podrá ser más o menos inmediata y más o menos pura. En todo caso, nos encontramos ante una unión de amor que acerca cada vez más a Dios y a los demás. Nuestra espiritualidad moderna atribuye una importancia capital al compromiso de solidaridad y busca la unidad de la vida espiritual, en una unidad verdaderamente integradora. El problema de la relación entre contemplación y acción es sumamente complejo. Unos principios nos pueden guiar. Lo que hace la diferencia entre nuestra acción apostólica, la misión, y cualquier otro servicio social, más filantrópico que cristiano es precisamente su carga de oración permanente. Como religiosos somos, ante todo, hombres y mujeres de Dios. Nuestra razón de ser, definida por el Concilio Vaticano II, pero sobre todo por la naturaleza de la vida religiosa en la historia de la Iglesia, es la contemplación, la experiencia de Dios personal y comunitaria. Nuestra misión no es la fuente del ser religioso, es solo la consecuencia del encuentro contemplativo con el Señor. Entre las dos responsabilidades: oración y misión, contemplación y acción, adoración y amor, hay un vínculo estrecho permanente y, sin embargo, nunca se pueden confundir. No son intercambiables entre sí. La articulación entre ambas dimensiones se manifiesta precisamente en lo que llamamos: oración permanente. La acción-misión se vuelve contemplativa y la contemplación se vuelve misionera por el cultivo de la presencia de Dios, la espiritualidad del peregrino. La oración permanente con la que queremos impregnar nuestra misión tiene su fuente, en la contemplación explícita: escuchar a Cristo, leyendo, estudiando las Escrituras. Es el crisol de nuestra vida. “Es toda nuestra vida” dirá el Padre Querbes. Está claro que el apóstol obra por amor a Dios, lo mismo que el contemplativo intenta ayudar al prójimo. Ambos viven el amor en relación con el prójimo inmediato. El amor del prójimo es también amor de Dios, pero a través de la relación afectiva y efectiva con el hermano. El amor de Dios amplía como mediación la conciencia personal. La contemplación puede ser más inmediata y más pura, mientras la acción es más concreta y exigente. En todo caso es una unión de amor que acerca cada vez más a Dios y a los demás. Hay convergencia entre oración contemplativa y acción apostólica. Ambas buscan la instauración del Reinado de Dios en nosotros y en el mundo La praxis es la dimensión cristiana ética y de espiritualidad. Por eso debe incluir su motivación específica, que es el amor. No es sólo comprometerse en acciones objetivamente buenas (un ateo lo puede hacer) sino es necesario que el espíritu que mueva el compromiso brote de la caridad. Es lo que dice Pablo en 1 Cor 13,11... y Querbes lo retomará a su manera. Hemos de mantener intacta la identidad del amor, de la praxis cristiana. No es sólo pragmatismo y productividad. Lo que nos anima y nos motiva es el dinamismo del Espíritu. Cristo contemplado en sí mismo (al cual tenemos acceso a través de la Iglesia) y Cristo contemplado en los demás, es la doble realidad teológico – espiritual sobre la que se fundan las relaciones entre contemplación y acción. La acción auténtica conduce a la oración contemplativa. Nos vuelve sensibles a la acción del Espíritu en el mundo y en los demás. La meditación del Evangelio nos lleva al conocimiento personal de Cristo y del mismo Evangelio y nos prepara a practicar el discernimiento espiritual más recto y más fino. No hay “dos experiencias” de Dios en la espiritualidad cristiana: en la oración y en el hermano. Es el único Dios de Jesús el que experimentamos. El Dios de la eucaristía o de la oración solitaria es el mismo Dios que se revela en la lucha por los derechos del


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pobre y la solidaridad. Profundizar en el Dios de la oración es fortalecer la praxis fraterna y esta praxis ayuda a purificar progresivamente la experiencia de Jesús en la oración. Cristo encontrado y contemplado en la oración “se prolonga” en la praxis de encuentro con el hermano y, si somos capaces de experimentar a Cristo en el servicio de los pobres, es porque ya lo hemos encontrado en la oración contemplativa. La contemplación no es sólo descubrir la presencia de Jesús en el hermano (“a mí lo hicieron”) sino igualmente un llamamiento a la acción en su favor, a una praxis de misericordia y de liberación (“lo que hicieron”). La contemplación de Cristo en el hermano necesitado es una llamada a la acción. Esta es nuestra experiencia especialmente en América latina. El encuentro con Cristo en la acción no se improvisa: supone haberlo encontrado en la oración, la cual reactiva el servicio a los demás, y enriquece y purifica las motivaciones de la acción. El “Otro” experimentado en la oración contemplativa se experimenta en el encuentro con “los otros”. La contemplación de Dios en la oración queda siempre como un camino privilegiado. Hay dos motivos por ello. a) El primero es que nuestra vocación de “monje” es una vocación a contemplar tal cual es Dios, ya aquí en la tierra, con toda la verdad y realidad que es posible, aunque se realice en la oscuridad de la fe. En la acción esta experiencia de Dios se da siempre mediatizada por la criatura (a menudo en forma breve y esporádica). No permite el tipo de experiencia de Dios exclusiva y honda que es lo propio de la oración contemplativa. El “cara a cara” con Dios se da eminentemente en la oración. b) El segundo es porque la realidad humana, el prójimo, el pobre, como encuentro y experiencia de Dios es ambigua. Si nos revelan algo de Dios, nos revelan igualmente pecado y ausencia de Dios. Nos acercan a Él pero también nos pueden alejar de Él. En nuestra vida, hay signos de la acción de Dios, pero también del mal, la violencia, la injusticia, el egoísmo... La fe, esperanza y amor requieren un alimento más puro, sin ambigüedades, como es propio de la experiencia de Dios. Por eso la celebración de la fe (la adoración) y la oración quedan como el lugar necesario y privilegiado en el camino de la contemplación. En la palabra y en los sacramentos (en la liturgia) descubrimos la presencia del Dios salvador. En cambio la acción es capaz de crear fe y amor cuando de alguna manera éstos ya se han adquirido en encuentros exclusivos con Cristo. Es como la leña que por si sola no produce fuego pero lo acrecienta y alimenta si el fuego ya está producido. Captamos así la relación dialéctica que existe entre la contemplación y la acción. En cualquier espiritualidad de la acción habrá que recurrir siempre a los caminos propios de la contemplación. Por habernos lanzados en el “quehacer” sin ver las motivaciones hemos vaciado el contenido de nuestra acción como religiosos. Así comprendemos la importancia de la invitación del capítulo a priorizar la contemplación. Si la verdadera oración consiste en “salir de sí para ir al encuentro del Otro”, lo que podría aparecer como una evasión de responsabilidades es un acto supremo de olvido de sí. Se trata de encontrar a Cristo y sus exigencias en los demás. Esta lucha contra el egoísmo está llamada a realizarse igualmente en el sacrificio que supone la acción de compromiso con los demás. La unidad contemplación y acción es una unidad radical. Si en el contemplativo la vida de fe conserva su carácter de oscuridad en el camino hacia Dios, en la vida apostólica, la fe se presenta como una luz nueva proyectada en el mundo que hay que transformar y como un principio de acción. Esto no impide que el apóstol viva la oscuridad de la búsqueda de Dios presente al mismo tiempo que ausente del mundo. El apóstol se adhiere a la fuerza de Dios en vista de las dificultades inherentes a la acción apostólica. Morir al egoísmo lleva a veces a la soledad, la aridez y “noche obscura” provocadas por contradicciones vividas en el amor fraterno. Pero si nos purificamos para Dios en el egoísmo contemplativo, nos purificamos para el hermano y viceversa.


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La acción contemplativa lleva a la acción apostólica. En esta relación descubrimos al Dios salvador. Esta contemplación nos remite y nos compromete en su obra salvadora, en la construcción del Reinado. Lo cierto es que una vida religiosa pobre y rutinaria en el campo de la contemplación se vuelve pobre y rutinaria en la misión, porque no se alimenta de su fuente. Será importante recordar que el refundar nuestra Comunidad pasa en primera instancia por una refundación de la experiencia de Dios tanto personal como comunitaria. Hemos de abandonar la oración puramente formalista de cumplimiento apurado, o peor, una oración infantil, romántica y superficial cuyas escasas aguas no pueden regar adecuadamente la aridez del desierto donde nos toca peregrinar y vivir la misión. Unas limitaciones en la contemplación y sus consecuencias. La contemplación es necesaria a la vida religiosa y a la vida cristiana. Nada la puede sustituir. Cuando falta una suficiente alimentación se produce una anemia espiritual que puede venir de la calidad y la continuidad de la oración contemplativa. A veces se dedica tiempo a oraciones vocales, rezos: laudes,... Pero no brotan del corazón. Los rezos, la oración litúrgica y comunitaria pueden volverse un cuerpo sin alma si no van acompañados de la “oración del corazón”, es decir de una oración personal íntima con el Señor. Esta oración no debe ser de relleno sino prolongada, constante, habitual, sin prisas. Hace penetrar en el conocimiento de Cristo, confronta la propia vida con el Evangelio. El P. Luis Querbes, como los monjes de todos los tiempos invitó a acompañar el rezo de “la leyenda” de oración personal, de “lectio divina”, de lectura espiritual. Hemos de pasar del rezo a la oración personal. Ésta tiene su propio ritmo y sus exigencias. Exige estar a solas con el Señor. Uno no puede estar urgido por los afanes del trabajo que le espera. Muchos se quejan de la falta de tiempo. Con frecuencia no es problema de tiempo, sino de vacío interior. Hay un desajuste en la escala de valores. El gozo y la alegría del encuentro con el Señor no se consigue dándole los ratos sobrantes. Hay una clase de oración superficial que sirve para acallar la conciencia, pero que no tiene la intensidad y la duración necesarias para transformar a la persona por dentro. El tiempo es necesario para pasar “el umbral diferencial”. Estos tipos de limitaciones tienen sus consecuencias. El fundamento de la vida cristiana y religiosa es “teologal” no es eclesial, pastoral o social. “Nadie puede poner otro fundamento distinto del que ya está puesto, Jesucristo” (1 Cor 3,11). Cuando falta este fundamento, la vida religiosa y cristiana no tiene consistencia. La vida activa necesita estar arraigada en el amor de Cristo. Hemos de nadar a contra corriente en nuestro mundo. Sólo pueden hacerlo los que se robustecen espiritualmente. El Evangelio y los votos nos llevan por caminos que el ambiente hace difíciles. Estamos continuamente bombardeados por el erotismo, las propuestas consumistas, por muchas personas que nos rodean y que viven preocupadas sólo por acumular dinero y disfrutar del placer de los sentidos. Frente a todo eso, es imposible vivir una vida evangélica con alegría sin estar bien afirmados en la roca que es Cristo. Y esto se alcanza por la contemplación y una intensa vida de oración. También nos contentamos con cierta mediocridad. Nos instalamos en una vida fácil y sin mayores complicaciones. Y perdemos la fuerza de los testigos que no viven para sí mismos sino para los demás, obsesionados por el Reino de Dios y no por las ambiciones de poder ni de prestigio. Así, paulatinamente, se va desintegrando la vida. La integración supone saber dar a cada cosa la debida proporción: oración contemplativa, comunidad, estudio, apostolado. Lo que nos unifica y nos hace crecer es el amor. La vida de oración contemplativa desencadena un proceso de conquista de la afectividad para el Señor que facilita encontrar a Dios en todas las cosas.


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Jesús nos enseña cómo su fuerza apostólica brotaba del contacto íntimo y continuo con el Padre. Necesitamos testigos de la fe que hablen más con su vida que con sus palabras.

¿Cómo curar una vida de oración mediocre? Cuando uno se ha dejado llevar por estas corrientes no es fácil regresar al cauce de la contemplación. Es preciso reencontrar el camino de una experiencia de Dios profunda, habitual, transformadora que lleva a vivir la radicalidad del seguimiento de Cristo. Jeremías, Pablo, Pedro vivieron esta experiencia transformadora. Vivieron la entrega en cuerpo y alma al servicio de Dios y de sus hermanos. Redescubrir la persona de Cristo, como hombre y como Dios. No sólo sus cualidades humanas: su bondad, su cercanía, si delicadeza para con los pobres... Hemos de conseguir ser introducidos en el misterio de su amor, de su misericordia inagotable... el misterio de su divinidad. Entonces ceden las resistencias de la vida desordenada, de las atracciones que nos desviaban del camino. Todo esto se realiza en el diálogo del amor de la contemplación. Una oración constante, prolongada, sencilla, íntima, en el silencio y en la soledad. No sólo rezos, sino la expresión de sentimientos y anhelos, y conduce a la donación por amor. Paulatinamente se va conquistando toda la persona: cabeza, corazón y entrañas. La cabeza permite adquirir los criterios y valores evangélicos en contraposición a los mundanos. El corazón nos da crecer en el amor a Dios y a los hermanos hasta conquistar la afectividad profunda de la persona. Las entrañas porque todas nuestras fuerzas vitales se vuelcan a la expresión de un amor en obras de misión. Es preciso vivir la oración personal en la soledad y en la vida. 

Los viatores tenemos una vocación de vida activa. No basta el encuentro con Dios en la soledad de una hora o media hora al día. Se requiere tener una oración continua y encontrar a Dios en todas las cosas. Es lo que el P. Luis Querbes llamaba “el sentimiento de la presencia de Dios”. Es ser contemplativo en la acción. No significa que hemos de pasar la vida en una actitud física y mental fijados en Dios. También en la acción apostólica se puede conseguir una continuidad afectiva. Se multiplican las oraciones jaculatorias en el caminar por las calles, en las actividades diversas. Todos los acontecimientos de la vida adquieren un sentido religioso, es decir, nos relacionan con el Señor. Peticiones, acción de gracias, adoración cruzan todo el día. Sobre la marcha del día se da el encuentro con Dios, instantáneo, pero frecuente. Querbes hablaba con el lenguaje de su tiempo, pero cuánta experiencia hay en los consejos que multiplica a sus catequistas. Para ser contemplativos en la acción, es necesario como dice Palmés C. ser “contemplativo en la acción”. Y para ser contemplativo se requiere tener limpio el corazón, es decir, tener una sola intención, la de buscar en todo el Reino de Dios y no los intereses personales.

Uno puede comprobar la calidad de su contemplación. Nos hace sentir atractivo y hasta necesario el “estar con el Señor”. Él va manifestándose como Padre que nos ama con infinita ternura. Uno siente que en él se hace verdad lo que expresan los salmos: “Mi alma tiene sed de Ti” (S 62); “Es tu rostro, Señor, lo que yo busco” (S 27,9); “Mi corazón y mi carne lanzan gritos con anhelo de ver al Dios viviente” (S 84, 3); “Sólo a Ti y nada más quiero en la tierra...” (S 73,26)... Y Dios puede hacer sentir su Presencia que produce en mi interior, paz, alegría, gozo, amor... Y encontrarse con el Dios vivo nos hace percibir nuestra propia fragilidad e infidelidad. La experiencia de Dios en la contemplación no lleva a la autosuficiencia. Al contrario, resaltan las sombras de las propias limitaciones y el propio egoísmo. Esta conciencia no impide la confianza en Dios. Más bien nos revela nuestra propia pobreza y la necesidad de su Presencia cuyo sentimiento nos ha de acompañar. La conversión y el compromiso con el hermano es una señal evidente de una contemplación correcta. Una verdadera oración no permite que en nosotros las cosas queden


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como están. Su efecto es el crecimiento en la fe y en el amor. Algo paulatino que nos lleva a aceptar las contrariedades de la vida, nuestra historia. Jesucristo se hace el compañero permanente presente en mi andar diario. Hace brotar en mí el espíritu de servicio y de entrega por los demás. Veremos más abajo cómo del amor humano (eros) puede brotar el ágape. El campo social no puede estar ausente. Cristo me lleva hacia los más necesitados. Esto no se consigue con meros rezos. Se requiere ponerse largamente a la escucha de la Palabra para dejarse interpelar. Esta Palabra nos ayuda a hacer el vacío interior para dejarse invadir por el amor gratuito del Dios-Amor. A imagen de Moisés hemos de aprender a “quitarnos las sandalias”. ¿Cuánto tiempo? Tal vez una pregunta ociosa. Teresa de Calcuta, a una hermana que solicitaba disminuir la oración de la mañana para dedicar más tiempo a los indigentes, respondió: “¡Ah! Una hora es demasiado, entonces haremos dos horas de contemplación”. Si conseguimos superar el pequeño cuarto de hora (cuando se realiza) de oración personal y el mero rezo de laudes, tal vez alcancemos una calidad y solidez de vida espiritual que nos llevará a vivir nuestra consagración con radicalidad y coherencia. Nota sobre América Latina. 1. La historia no trajo a América Latina fundaciones contemplativas locales y no se desarrolló una tradición propia. Pero nuestro pueblo tiene cualidades orantes y contemplativas (cf. Religiosidad popular). Existe una real búsqueda de espiritualidad y de oración. 2. La “opción preferencial por los pobres” constituye uno de los rasgos típicos de nuestra Iglesia Latinoamericana. Es una referencia obligada de búsqueda espiritual. La acción solidaria y la misericordia se refieren a los pobres. 3. Existen varias tendencias espirituales legítimas en América Latina. No son excluyentes. A veces están mezcladas tanto en las personas como en las comunidades: el catolicismo popular, los movimientos laicos, la espiritualidad de la liberación. Los tres nos invitan a tomar en serio la acción por el pobre. No es sólo estar preocupado y compasivo respecto a él sino que es “hacer”, practicar según la vocación y el lugar de cada uno. Nos invitan a evitar un cierto voluntarismo y sobrevaloración de la praxis, puesto que la liberación integral del hombre es fruto de la redención de Cristo. Nos invitan a valorar la cruz de Cristo y la práctica de la contemplación. La cruz es inevitable en el camino de la acción y es necesario devolverle todo su significado espiritual y liberador.

2. LA PASIÓN POR DIOS Y POR LOS HERMANOS.7 “UN CELO ARDIENTE” VIGOR Y TERNURA Introducción: El sentido del concepto: Amor. La contemplación invita al que entra en ella a ser un escultor de interioridad que aprende a trabajar la relación con el otro y con el “Otro”. Hacer obra común con Él. El evangelio no separa el amor a Dios del amor al Hermano. “¿Cómo podríamos amar a Dios que no vemos, si no amamos a la gente que vemos?” El camino de santidad, Querbes lo encontró en la entrega a los demás y en la búsqueda de solución a los grandes problemas del momento. Sin olvidar que la expresión y la integración de los sentimientos y las emociones son también elementos importantes de la vida espiritual. La 7

Reconozco que las reflexiones de este capítulo tienen mucho que ver con mi vida en medio del pueblo peruano. Ni mi propia educación ni tampoco la cultura francesa tan racional y cartesiana me habían preparado a una necesaria conversión a lo afectivo como dimensión humana y cristiana. Sí, los pobres me evangelizaron.


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traducción de una vivencia tan profunda, como el amor, tiene una riqueza de lenguaje que nos viene de los griegos.

Los conceptos griegos. Los Griegos hablaban de “Eros”: pasión, ternura... . Platón dijo lo esencial. Freud no hará sino repetirlo, unos 23 siglos más tarde. En el hombre, el “eros” se nutre del consumo del otro. Una vez satisfecho se desvanece en la nada, saciado. El enamoramiento es del campo del “eros”. Proporciona emoción y exaltación, sobre todo cuando las personas viven en una inseguridad afectiva. El “eros” es el campo del deseo, y el deseo se alimenta con la ausencia. Deseo viene del latín “sidus”; significa “astro”. Un psicoanalista moderno define el deseo como “el ocaso de un astro”, sentir mucho una cosa que ya no se tiene. Para otro escritor el deseo “designa la caída de una estrella que nos guía en la vida en el momento más oscuro de la noche”. Nuestro mundo postmoderno con su devoción a lo inmediato no deja espacio al deseo. Tal vez por esto cae en la pornografía, el maltrato del deseo. No se preocupa de encontrar a la persona. Si la pornografía no enseña el rostro es precisamente porque el rostro es un condensado del otro. Se incita al consumo y así se crea sobre todo la frustración. En la Biblia tenemos un espacio espléndido ofrecido al amor humano carnal: el Cantarde los cantares, un poema erótico. La Biblia lee este amor como una de las expresiones privilegiadas de lo divino en nosotros y entre nosotros. Dios es sujeto y objeto del deseo. La Biblia habla del “deseo legítimo” (Si 14,14). En efecto en el deseo podemos distinguir: “mi deseo hacia el otro”, es de naturaleza oblativa, es del orden de la ofrenda; y “mi deseo sobre el otro” que tiene una dimensión captadora. Evidentemente, la primera dimensión no puede sino tener su espacio en la Biblia. Es una manera de nombrar el amor de la vida y de la “vida en abundancia”. Es el amor que nos lleva hacia Dios. “Filia” se puede traducir por amistad. Pero tiene una extensión más restringida que “amor” y más amplia que amistad. Aristóteles le consagró unas hermosas páginas en su “Ética a Nicomacos”. A diferencia del eros no vive de la ausencia y del consumo, sino de esta alegría, preciosa y singular, que nace de la mera presencia. Dice: ”Te quiero, me alegro de que existas”. Filia es el amor que florece entre personas, de cualquier modo. Es el amor alegría que va con la reciprocidad: es la alegría de ser querido y de querer. Es el amor - acción que se opone, en este sentido, a eros (amor - pasión) aunque nada impide que puedan converger o ir a la par. En el Evangelio, Jesús retoma esta dimensión del amor para expresar lo que son sus discípulos: “No les diré servidores, les digo amigos”. “Ágape” aparece con el N.T. Un amor que no se nutre de la ausencia del otro (eros), tampoco se alegra de su presencia (filia). Es un querer. Encuentra su modelo en la cruz: amor desinteresado, gratuito, incluso sin justificación. Actúa al margen de toda reciprocidad. Una de sus imágenes es el amor de una madre por su hijo ingrato y pródigo. Es amar a una persona tal cual es, no a una imagen que uno se inventa. Es desprenderse de los apegos. Para Pablo el ágape es el valor supremo. Le dedica un himno que es posiblemente una especie de descripción de la personalidad de Jesús entre los primeros cristianos. Ellos llamaron “ágape” a las comidas en las que “se rompía el pan” y “lo compartían” conmemorando la Cena del Señor, pero también las comidas de las que Jesús hablaba como figuras del banquete del Reino. El proyecto era vivir en armonía. Cada persona viene con su melodía y, sin embargo, agrada y enriquece. Todos unidos en Cristo, todos llenos de Cristo. La fuente de la felicidad del “ágape” está pues en cada uno. Dios es la fuente, dispuesta siempre, para llenarnos en la medida que, libremente, nos abramos a Él. Es el amor que brota de Dios. Pues Dios es Amor. En Él, que habita en nosotros, encontramos toda la felicidad que somos capaces de desarrollar. En el sentido de Filia no se puede amar a más de 10 a 20 personas. Son legiones los que están fuera de su campo. Más allá es el campo del ágape. Me invita a apoyar a los desdichados, a participar en una manifestación contra tal o cual injusticia. Este amor es tan gratuito y desinteresado que parece inasequible a los hombres. Es el ideal crístico. La solidaridad podría ser


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una buena expresión para traducir hoy el “ágape”. Una posible compasión hacia todo la humanidad, una simpatía sensible que nos lleva a relativizar los estrechos límites de una antinomia: la del egoísmo y del altruismo. El castellano tiene dos palabras para traducir la actividad del amor: amar y querer. Amar es tener amor a unas personas o cosas. Es desear. Recalca más la estima y el aprecio. Podría ir más bien hacia el sentimiento (eros). Querer viene del latín quaerere: tratar de obtener. El Diccionario de la Real Academia nos da 6 sentidos diferentes. 4 de ellos recalcan el rol de la voluntad. Nos lleva hacia el acto de voluntad. Si manifiesta el cariño, indica la resolución, la decisión, el intento en la consecución de algo (se introduce el logos). El primero es más pasivo, el segundo apunta a la acción. En la práctica de la vida no se separan fácilmente los dos conceptos. Querbes vivió las limitaciones de su tiempo y las superó. Hizo convivir la razón con la cordialidad de Pascal. La razón da forma y define en ella la dirección a todo lo que es “eros”: pasión, ternura, solicitud, compasión y amor. La razón, propensa a dominar, tiene el peligro de subyugar y reprimir el “eros” en lugar de darle forma y disciplina. Así fue la formación religiosa en tiempo de Querbes y también más tarde. La razón tiene elevados niveles de represión. Su hegemonía lleva a gestar formas represivas de vida. Origina un cercenamiento de la creatividad y de la fantasía que sufrimos todavía. Hace que se sospeche fundamentalmente del placer y del sentimiento. En su irradiación la ternura, la convivencia y la compasión se ven saturados por la inflación de la razón. Cuando, como ocurre con Querbes, el “eros” consigue desarrollarse en forma armónica con la razón, surgen la ternura y la solicitud como tónicas importantes de la persona. Cuando se permite a la razón imponer su dominio, aparece la rigidez, la inflexibilidad, la tiranía de la norma, el dominio del orden, el rigor de la disciplina, la aridez. Querbes, por temperamento y por formación, hubiera podido sufrir de estas deformaciones. No fue así. La vida le ayudó. Dejó al “eros” manifestar con soberanía su entusiasmo con la mediación constante de la fuerza disciplinadora del logos. Entonces, nos dio Luis: un hombre con vigor y ternura. La primera característica aparecía al primer contacto. Su autoridad se imponía. Pero los que lo conocían sabían de su ternura. Esta debe ser cuidadosamente distinguida del sentimentalismo que es pura subjetividad. Ternura y solicitud suponen el descentramiento del sujeto con respecto a sí mismo y concentración en el objeto de su relación: Dios y los hermanos. Se siente a la otra persona como otra, se la ama. El objeto ocupa y determina al sujeto. La ternura encierra el vigor dentro de sí. Es la presencia del “logos”. Los conceptos utilizados por Querbes. La expresión más utilizada por el P. Luis Querbes, en el desenvolvimiento de su misión, no es amor. Habla de “celo”. El Diccionario de la Real Academia lo define: “Afecto (movimiento del alma) vivo, ardiente, para el mantenimiento o el éxito de algo, según los intereses de alguien. Se utiliza sobre todo en asuntos de religión: celo por la gloria de Dios, por la fe, por las cosas santas” En su “Tratado del Amor de Dios”, Francisco de Sales nos dice que el verdadero celo es hijo de la caridad, incluso es la perfección del amor ”el amor que ha llegado hasta el celo”. El celo es el ardor de la caridad, es la caridad intensa. En un sermón escrito Querbes dice: “Hermanos, es preciso un celo puro, fuerte y generoso, que pase de los grandes a los pequeños, de los fuertes a los débiles, a los niños, a las últimas ovejas del rebaño”. Más tarde, en un comentario sobre el celo parece diferenciar dos niveles. Habla del amor en todo cristiano y del celo como amor apostólico en el sacerdote, aquel que desea vivo y activo en el religioso. En sus Comentarios a los Estatutos, escribe: El celo nace de la fe: el celo ardiente jamás obra por rutina o por costumbre; no marca límites... llega a todos los lugares del mundo... nos reclama, aunque fuera al extremo del mundo; no se detiene ante ningún obstáculo... el celo es


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desinteresado... no busca más que la gloria de Dios... Se muestra indiferente a las alabanzas y a los hombres... Se consagra sin desmayo a los trabajos que se le confían”. (El subrayado es nuestro).

La dinámica de la ternura. La filia en la juventud de Luis Querbes. Querbes es muy parco en la expresión de sus sentimientos. Pero, lo poco que tenemos deja vislumbrar unas dimensiones que no aparecen a primera vista. Del ambiente familiar no podemos sino hacer conjeturas. En “Un fundador contrariado” (obra en elaboración) Robert Bonnafous, deja entender que los padres consiguieron la bendición matrimonial de un sacerdote en la clandestinidad. No hay rastro en los archivos eclesiásticos. Era una familia profundamente cristiana. Y parece que mantuvo un ambiente de paz y de ternura. Luis Querbes participaba del trabajo y de las actividades familiares. Mantuvo vínculos estrechos y cariño con todos los suyos. En las vísperas de su diaconado, se reconocía: “una sensibilidad demasiado grande y un apego muy vivo hacia sus padres” (DQ 4.1 53). En este ambiente descubría lo que era el amor de Dios, la grandeza y a veces el heroísmo de una entrega a su servicio. Su maestro Guy Deplace le manifestó una tierna amistad y parece que el joven Luis Querbes supo corresponderla. En las cartas del maestro dice Robert Bonnafous: “trasparenta la ternura que el maestro tiene para sus alumnos”. Deplace escribe: ”Hace tiempo que le quiero como a mi hijo... Ámeme siempre un poquito» (P. 8/1. 8). Es un testigo por excelencia de la capacidad en Luis Querbes de vivir la filia. En el seminario mayor, encontramos de nuevo esta capacidad. Un amigo suyo, Sanquin, recuerda que Luis Querbes tenía “el corazón sensible y tierno. Contaba en el clero muchos amigos y ninguno le falló”. Pues, seguramente, él tampoco fallaba. Conformaron un grupo de amigos que no despreciaba hacer bromas. Más tarde un amigo le recordará los buenos momentos que pasaban a costa de unas pobres víctimas. Así vemos que el joven Luis Querbes vivió en un ambiente en el que no fue frustrado del cariño que debe esperar todo niño y que hace crecer a un adolescente o a un joven, que está trazando su camino de independencia y de madurez en la vida. Era el humus sobre el que iba a crecer el amor a Dios. La fuerza del amor y de la ternura de Dios y por Dios. La familia seguía seguramente la “práctica cristiana” en el “culto escondido” que sacerdotes “refractarios” facilitaban arriesgando su vida. El ejemplo de estos sacerdotes resistentes y valientes fue un modelo que Luis encontró en su niñez. Fue testigo de la grandeza y a veces del heroísmo de una entrega al servicio de la Iglesia. Y el amor de Dios, en la vida de Luis tomará sus rasgos particulares. Tenemos unos hitos que marcan su vida. Ingresó a la escuela clerical de San Nicecio que tendrá 18 alumnos. Un decreto arzobispal respecto a la escuela manifiesta que venía “de una familia profundamente cristiana y que tenía interés por el servicio eclesiástico”. Luis formaliza así una disposición a la entrega y al don. Estamos en 1805. Pero el hecho más notable, iniciativa verdaderamente personal, es su voto de castidad perpetua. Se conoce el texto de esta promesa transcrita en un cartoncito de 6cm x 6cm:”Yo, Luis José María Querbes, hago voto de castidad por toda la vida. En Lyon, 15 de octubre de 1808”. Una imagen de la Anunciación, pegada, escondía el escrito. Un pergamino satinado protegía todo. El sí del adolescente, en el albor de sus 15 años, quería seguir al sí de María. En septiembre de 1812 declara que su “intención ha sido y será siempre la de consagrarse a la vida clerical”. Una historia de amor se reveló así. Había empezado de una manera por lo menos consciente en este mes de octubre de 1808. Seguramente tuvo una preparación. Si Querbes vivió este voto con el rigor de su tiempo, no podemos desvincular este hecho de la dinámica global de una vida simbolizada en el lema “Adorado y amado sea Jesús”.


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Amor, castidad y espiritualidad. La presencia del Cantar de los Cantares en la Biblia no puede obviarse y significa algo en nuestra Vida Religiosa. El hecho de que la tradición haya reservado un lugar tan privilegiado a dicha experiencia nos invita a no excluirlo de una vida religiosa sana y equilibrada. El camino real de la integración del eros en nuestra vida consagrada no es la represión o un pretendido olvido fantasioso. Hemos de reanudar una espiritualidad plenamente encarnada y que integre las diferentes dimensiones del ser varón o mujer. Hemos de denunciar en nuestro inconsciente, no sólo las imágenes machistas de lo divino, sino sobre todo, la cerebralización de nuestra relación con Dios. Hay que reanudar la Pasión de Dios. Reencontrarnos con el Dios apasionado, exagerado por amor a nosotros, sus criaturas de las que se enamoró. Esta espiritualidad brotará de una nueva y plena comprensión del misterio de la Trinidad, fuente gloriosa del eros para el creyente. Indudablemente, la fraternidad, en particular en nuestras vidas comunitarias, y la amistad representan para la Biblia la escatología bienaventurada del eros. Pero esto será en la medida en que la alternativa fraterna no sirva de simple pantalla al miedo del otro y a las implicaciones encarnadas de nuestras relaciones. La fraternidad y la amistad no pueden ser biombos de una derrota o de un pánico, sino el pleno y progresivo desenvolvimiento de una experiencia que integre la dimensión del eros de toda vida humana compartida. En este contexto, la castidad no puede de ninguna manera vivirse como una negación o una castración sublimada, sino como una experiencia de reciprocidad. Sólo tendrá sentido trinitario y evangélico si se plantea dentro de la reciprocidad respetuosa y abierta proféticamente sobre el Reino. Nos hemos esmerado tanto en la vivencia de la castidad que llegó a oponerse constantemente a lo que era vida, crecimiento y relaciones interpersonales. Percibíamos más las prohibiciones que sus extraordinarias posibilidades. Tal vez la castidad aislada, arrinconada a la esfera espiritual, aislada del mundo material se agotó glorificando la vida del más allá en vez de reconocer una vida vivida plenamente, cuerpo y espíritu, aquí y ahora. Y tal vez, Querbes sufrió también esta desviación. Saulin, dice R. Bonnafous, cuenta que una joven empleada de la familia se encariño con él y le ofreció un par de argollas de zapatos. Con la formación rigorista del tiempo, LUIS reaccionó abruptamente. No las aceptó y consiguió su despido. Hoy, esta actitud nos parece muy exagerada. Pero parece que el tiempo, la vida, temperaron el rigorismo, la ascesis o el masoquismo de los jansenistas. El cuerpo, para él, no es el enemigo. Invita a cuidarlo. Hoy, el tema no es tabú. La castidad se ve como posibilidad y no rechazo. Llama a una armonización del cuerpo y del espíritu. Querbes no habló mucho de ella sino que la vivió. En nuestro redescubrimiento de la espiritualidad y con los nuevos valores del mundo postmoderno, el comportamiento sexual es menos sinónimo de restricción, de peligro y de fracaso que de elección, don de sí mismo y crecimiento personal. La virginidad llevó a Querbes mucho más allá de las prohibiciones. Su vida espiritual no consistió en abstenerse de amar, sino en aprender a amar correctamente, es decir con amplitud y magnitud. Fue una aventura personal vivida por el bien de los demás. Su vida tomó una nueva dimensión, se ensancharon sus relaciones, se liberó el espíritu para facilitarle la respuesta a lo que exigía la aventura de la castidad. Si lo que sentimos en nuestro interior nos ayuda a ser un hombre “integrado”, entonces nos permite pensar en alguien más que nosotros mismos. El impulso que hemos recibido es un don que debe ser cultivado, mantenido. Es una enseñanza a la que debemos estar atentos con confianza. En estas condiciones, la castidad nos obliga a reflexionar sobre los desencadenamientos del amor. Nos lleva a la reciprocidad y la gratuidad. Lejos de considerar la castidad como abstención de relación, o renuncia a la experiencia del género, la planteamos aquí como la liberación del miedo y de la soledad por el signo de la fraternidad comunitaria y de la


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amistad. Excluir la experiencia genital sólo puede entenderse en un proyecto profético universal: ser signo de una vivencia del género llevada a su plenitud escatológica. En esta línea, sólo en una práctica efectiva y convincente de la fraternidad y de la amistad con ambos sexos, podremos considerar el voto de castidad como relevante para hablar de Dios. Ternura y sentimientos en el P. Luis. “Me conozco... una sensibilidad demasiado grande y un apego muy vivo que llevo a mis padres”, escribía Querbes en víspera del diaconado (20.07.1816). En sus cartas a los hermanos, notamos las conclusiones. Por los años 1837-1840 termina con clisés, y en latín “a todos in Domino”, “Todo corde in Domino”, “Totus tuus in Domino”... “Estoy y estaré siempre in osculo Cristi”. Pasa por el abrazo en los años 1840-41, para llegar a los “abrazos afectuosos”. “Espero sus noticias con impaciencia para saber cuándo tendré que escaparme para ir a darle un abrazo” (01.06.1836). Quería mucho a sus hermanos y les expresaba su amistad: “Apenas he llegado a Roma y ya la impaciencia de volverme a encontrar en medio de mis queridos Catequistas se apodera de mí” (DQ 191 4.78). “Qué largo se me hace el tiempo de encontrarme entre ellos” (DQ 195 4.130). ”Que la paz y la caridad, juntamente con la inocencia, reinen en ella (la comunidad). Que todos los que viven con Ud. no se sientan solamente obligados a ser justos con Ud., sino a amarle” (DQ 389 6.125. “Conviene que sigan la voz de un padre que les ama” (a los hermanos de Canadá, DQ 444 7.57) El amor es relación. ¿Puede existir relación y relación intensa sin emoción? Hoy sabemos que la capacidad de expresar emociones es también un don. Eliminen esta capacidad y la persona es esclava. Liberen esta capacidad y verán el espíritu tomar su vuelo: “Lleno de compasión para con los pobres, hubiera querido aliviar todas las miserias”. De parte de un hombre que podía inspirar temor y que manifestaba más autoridad que amenidad lo citado es característico. Eliminar esta emoción hubiera sido eliminarlas todas. Los que no han conocido el amor no conocerán la alegría. Los que no experimentan el dolor no pueden llegar a la felicidad. Los que reprimen sus sentimientos no pueden acoger los sentimientos de otros. La castidad no es ahogar las emociones. Al contrario, las orienta para que lleguen a ser sinónimos de magnanimidad, de verdad, de liberación, de la vida. Si se cortan las emociones tendremos gente sin energía, sin orientación. Se consigue una atmósfera deprimente. La eficacia decrece y deja paulatinamente el paso a administraciones pesadas. El activismo corta el paso a las necesidades humanas. “Tenía un corazón de oro” (H. Saulin). “Siempre me encontrará igual, es decir, lleno de ternura por Ud.” (a Damoisel). No podemos vivir en función de lo que somos incapaces de amar. En estas condiciones, la vida se vacía de su sustancia. Se seca. La verdadera castidad lejos de desanimar las relaciones humanas las desarrolla. Cuando amamos libremente, somos libres de amar a varias personas a la vez y de integrarlas todas en una sola y única red de amistad que nos fortalece colectivamente, porque podemos entonces contactar el uno con el otro. Escapamos al aislamiento y al desastre que constituye el egoísmo. Este camino ha de ser para nosotros una fuente de santidad, de estimulación y fecundidad auténtica. Es humano ser humano. Y Querbes fue humano. “Lo hemos visto con lágrimas llorando de alegría al recibir con los brazos abiertos a unos pobres extraviados” (Testimonio de Francois Favre). Un hermano le pide “olvidar el pasado para recordar sólo esta bondad paternal que lo caracteriza” (Delmás a Querbes). Vivir sin preocuparse de nadie, despoja de motivaciones auténticas, que llevan a hacer el sacrificio de la vida. Paradójicamente la castidad elimina las distancias entre nosotros y el mundo, no estrechando nuestro campo de acción sino ensanchándolo. Nos abre al amor en todo lugar donde lo encontramos, en todo lugar donde el amor nos interpela. Nos invita a mirar lo que otros no ven. Hace apegarse a gente de las sopas populares, enamorarse de niños sucios, de viudas afligidas, de enfermos de sida, de aburridos solitarios y de viejos abandonados a quienes falta el amor y que son, a veces, incapaces de amar...


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A pesar de ser dominante, Querbes aprendió a amar sin dominar ni poseer. Hemos hablado antes de la gratuidad en su vida. No esperaba nada en retorno. Un amor que rebosaba, se daba y hacía sentir su presencia. Un amor ardiente, pero que no agarra a los que reciben. El amor a los pobres y a sus hermanos lo abría a otro enfoque. Avanzó hacia la plenitud de la vida espiritual en la búsqueda de Dios, en la edificación del Reino de Dios. La escucha de la llamada de Dios creció con la escucha de los hermanos pobres. Fue el estimulo de su vida. Su búsqueda espiritual sólo trató de discernir la presencia tangible de Dios, aquí y ahora. El vigor del ágape: “Celo ardiente”. Tener vigor es la decisión en el proyecto, claridad en la dirección, no tergiversación en las opciones. Tener ternura para con la vida, para con todo lo que es frágil, tener misericordia para con la dimensión del pecado y ternura para con el pobre, con el otro, es una aproximación afectuosa. Saber combinar el vigor con la ternura: he aquí uno de los secretos de Querbes, fortaleza y ternura. En la víspera del diaconado, Querbes había escrito: “Pido al Espíritu Santo que haga bajar en mí sobre todo el espíritu de firmeza y de fuerza que son las gracias principales del diácono” (DQ 4 1.53). Seguramente su oración fue escuchada y sus dotes personales no carecían de estas virtudes. Marcan el dinamismo de su espiritualidad. “Un celo ardiente”. Lo menos que podemos decir es que no se dejó llevar por la rutina. Ni en San Nicecio, ni en Vourles, aceptó las situaciones dadas. Crea, innova: Cofradías, grupos de oración, el “Mes de mayo” dedicado a María, escuelas, publicaciones, servicio litúrgico, asociación... preocupado por dar una respuesta adecuada a los problemas suscitados o para afrontar los peligros que se avecinan. La Pasión por el Reino, el sentimiento de urgencia de la misión evangelizadora ante los “enemigos” que tratan de conquistar al pueblo para sus ideales, borran las fronteras y superan los obstáculos. El ardor se transforma en acción. Su imaginación, su creatividad son tan fecundas que en varias oportunidades la jerarquía piensa utilizar sus talentos. Es un celo, un amor siempre alerta para responder de manera más flexible, más adecuada a las exigencias de la misión de la Iglesia. El amor a Dios se hace “celo” y amor al prójimo. Tenemos varios ejemplos de su caridad misericordiosa que no mide tiempo ni recursos para los necesitados. Hemos visto con qué empeño quiso que su Asociación se dedicara “sobre todo a los pobres”. No escatimará ningún esfuerzo para cumplir la misión que, partiendo de su propia iniciativa e inspirado por el Señor, le fue confiada. En Vourles no va a descansar. Se queja de su inactividad. “El tiempo pasa, tengo ya 36 años y no he hecho casi nada” (a Cattet, fines de 28. DQ 53 1.799. Sin embargo se hace: párroco, constructor, predicador solicitado y “luchador”, pues organizar escuelas parroquiales tiene ya un cariz político. Y sueña dedicarse totalmente a ellas, en una Sociedad de Catequistas. Trabajar sin desmayar. En la víspera de su diaconado escribe: “Tomo la resolución... de trabajar con ardor desde ahora, pero también en toda pureza de motivo y de intención, pediré también esta gracia a Dios” (20.07.1816). “El amor al trabajo” figura entre las virtudes que caracterizan a un verdadero catequista (DQ 58 1.111). Será una de las exigencias más importantes en la vivencia de la ascética. Su misión apostólica lo lleva a entregarse sin desmayo a la tarea. Es una característica muy significativa en su vida. No hay fe sin obras. No hay amor dormido. El trabajo apostólico es otra forma de adoración y de amor “del que tiene en sí el espíritu de Jesucristo”. Había aprendido de los Sulpicianos. No perder tiempo es en su vida una verdadera preocupación. Era a la vez, una predisposición y una resolución. Sabemos cómo sus tareas, progresivamente, se acumularon hasta el asedio. Su antiguo superior, Vicario General de Lyon siente la necesidad de invitarlo a moderar un poco el ritmo ya desde los inicios de la fundación. “Cuide su salud, mi querido párroco, y no exagere


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imprudentemente el trabajo”. “Deje un colegio que lo mata. Busque otra manera de pagar sus deudas” (29.06.1833). Convencido que el tiempo no nos pertenece, es un deber de justicia actuar, no perder tiempo. Por eso teme a los soñadores y los indecisos: “¡Ay! Querido Padre, mientras hablamos mucho, el tiempo pasa y no hacemos nada; prometamos menos y hagamos más”. Sobrecargado: “En medio de mis correrías continuas, las preocupaciones, los apuros y la agitación en que me encuentro metido, los he tenido presentes continuamente en el espíritu” (19.01.1838). “Vea pues lo acosado que estoy. No puedo proseguir y continuar esta carta sino a las 11 p.m.” (DQ 374 6.103b). “Tienen razón en quejarse de la escasez de mis cartas, pero no toman en cuenta la multiplicidad y variedad de mis ocupaciones” (DQ 464 7.79). Su insistencia en el trabajo era una manifestación de su impaciencia y de su celo ardiente por la misión de Jesús y de la Iglesia ante los avances del mal que proviene de la Revolución y de sus protagonistas. Era urgente reconquistar el campo para la Iglesia y conseguir así la seguridad y la estabilidad social. El trabajo apostólico no puede ir con la improvisación. Multiplica los consejos para las necesarias preparaciones en la predicación y la catequesis. Como es hombre práctico, a veces de manera un poco impaciente, impulsa a cumplir “buenas obras y santos deberes”. Más allá del vocabulario, ¡cuánto sentido común en estas reflexiones!. En medio de un pueblo que tiene que luchar para sobrevivir con tantas frustraciones en el campo del trabajo, cómo no ver aquí una exigencia querbesiana, una invitación a solidarizarnos con nuestro pueblo. El trabajo es una lucha contra las tentaciones: “La principal mortificación a oponer a las tentaciones es el trabajo asiduo y serio. Así no necesitará recurrir a ciertas medidas que no apruebo totalmente” (DQ 476 7.91). Vemos aquí una huella de Francisco de Sales. Es lucha para salir de sí mismo: “No se entretenga tanto contemplándose a sí mismo. Póngase a trabajar más decididamente... No pierda un tiempo preciso que sería mejor emplear en obrar, y después la conclusión es siempre que uno se desanima” (a Faure, DQ 330 6.53). “Trabaje querido amigo, trabaje sin descanso en las obligaciones de su estado y de su empleo; se ocupará un poco menos de sí mismo” (a Faure, DQ 374 6.103b). “Su espanto ante la soledad y la nada desaparecerá ante el trabajo asiduo que le he recomendado tantas veces” (al mismo, DQ 389 6.125). “Tendrá tiempo para todo y en esta ocupación continua encontrará la ventaja de preocuparse menos de Ud. mismo” (a Archirel, DQ 426 7.39). “Uno se pierde en el oleaje cuando se entrega a tantos pensamientos, es mejor obrar. Incluso la oración llega a ser fácilmente ilusión cuando no termina cada día en lo que hay de más práctico en nuestra conducta” (a Archirel DQ 437 7.499 Es lucha como mortificación ordinaria: “No haga mortificaciones extraordinarias... Nuestra gran mortificación es el trabajo” (a Champagneur 451 7.61) Es lucha ante el ocio: “Ud. no tendrá, por haber escuchado la tentación, otra penitencia que la de trabajar sin descanso durante un mes, de tal manera que por la noche pueda certificarse a sí mismo que no ha perdido media hora en todo el día” (DQ 402 7.13). Querbes es un activo urgido por la misión y que encuentra en la sencillez de la tarea diaria y de los acontecimientos una presencia efectiva y amorosa del Señor. Si hoy estamos sensibilizados por otras perspectivas, no podemos olvidar este ejemplo y esta invitación. Un celo desinteresado. Hemos hablado antes de gratuidad y de abandono a Dios. La humildad, que Querbes nota como una virtud del Catequista, tiene su fundamento en su propia vida. Hemos visto cómo rehusó los ascensos legítimos cuando “hubiera sido fácil para él llegar a cargos más altos” dice su amigo Pater. A pesar de su concepción clara y bien fundamentada, acepta flexibilizar sus posiciones como fundador. Se adapta cuando descubre que esto es “el cumplimiento de la voluntad de Dios”. Pese a los inconvenientes para su asociación, para no hablar de su posible eliminación, acepta


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propuestas que lo alejan de Vourles, responsabilidad de un seminario menor, fusión con los Hermanos Maristas, el cambio de hábito eclesiástico sin que se le hubiese consultado y todos los cambios estatutarios y reglamentarios que propondría la autoridad pontificia. Sabía evidentemente que de estas aceptaciones dependía el futuro de su obra y de su misión. Hemos mencionado su firme adhesión a lo que él percibía como “voluntad de Dios”. Lo escribe y lo vive. Aunque defienda con fuerza su institución escribe al obispo: “Su Ilustrísima nos puede arrojar por tierra de un plumazo. Nos levantaremos con un saco al hombro y guiados por la Providencia, iremos en busca de nuevas pruebas” (DQ 164 4.9). En contratos difíciles, como en la afiliación de los Hermanos de San Juan hubiera podido firmar la muerte de su obra. El P. Luis Querbes escribe al obispo de la diócesis de Rodez: “Podemos permanecer en el Aveyron hasta que la nueva congregación pueda tomar la responsabilidad de sus establecimientos y entonces nos retiraremos, felices de que Dios sea glorificado no importa por quien” (DQ 465 7.80). Sabemos que esta abnegación fue fecunda. Su interés y el de los suyos no contaba ante el bien general de la Iglesia. Este celo desinteresado, conquistado por medio de una conversión permanente lo exige de sus religiosos. Invita a adquirirlo. Nos hace entrar en un verdadero camino de infancia espiritual, florecimiento normal de la fe del pobre. Más allá del desprendimiento de los bienes materiales, hay una actitud de referencia y de apertura total a Dios, una disponibilidad de quien todo lo espera del Señor y hace todo lo posible para el éxito de la misión. Confianza inquebrantable en el Señor, confianza en sus hermanos, aún en sus debilidades. Se abre la puerta a una actitud ineludible para entrar en solidaridad, con los hermanos y con el mundo de los pobres. Así se construye y se fortalece la comunidad: “con una santa unión contra los peligros del mundo y de su estado” (Estatutos, DQ 58 1.111). Ternura y solicitud: el trato con sus hermanos. Manifiesta preocupación y solicitud: “Este frío intenso ha hecho aumentar mis inquietudes respecto a Ud.” (A Faure, DQ 179 4.33). “Conserven entre Uds. una caridad solícita (es decir cariño)” (DQ 496 7.122). “Tengan todos el mismo espíritu de humildad, de dulzura y de caridad” (DQ 480 7.94). “Tráteles (a Lahaye y Thibaudier) con gran caridad... Sea siempre indulgente y paciente, espere los momentos marcados por la Providencia” (DQ 495ª 7.121). ..“Paciencia, muy querido hermano. Cuide a nuestros hermanos, instrúyales, corríjales con caridad” (a Favre, DQ 420 7.31b). Atento a la salud, a pesar de tantas ocupaciones, escribe a Mermet unos consejos médicos en una indisposición ”no exige muchos remedios sino atención sobre su alimentación... toma de vez en cuando una cuchara de conserva de rosa o de kinarshodon...” (DQ 181 4.44) ¡Remedios de abuelita! “Vea al médico para que sus tumores no degeneren en absceso; use emolientes para disolverlos” (a Favre, DQ 373 6.102). Pero demuestra también firmeza. La quiere en la conducción de los hermanos. El acompañamiento alía vigor y ternura: “Hay que tratarle (a Alex) con suavidad, pero también con firmeza” (DQ 181 4.44). “Me siento molesto de que su confesor no le dirija con más energía y que se deje llevar por sus temores. Tenemos de qué rogar a Dios” (a Favre, DQ 374 6.103). “Cuando después de haber consultado y haber tomado la decisión delante de Dios, se pronuncia, hágalo de manera firme y segura” (a Lahaye, DQ465 7.80). “Exija dulce y firmemente a la vez, la puntualidad de la obediencia” (a Champagneur, DQ 524 8.36). “Le recomiendo no dejar de advertirle cuando está en falta” (DQ 506 8.3). “Bien, Monseñor, de rodillas le suplico añadir un favor a tantos más: la de una dirección firme, precisa e inmediata respecto a nuestros hermanos de Canadá” (DQ 515 8.24) El amor para con los pobres. Se manifiesta atento y cariñoso con los que necesitaban ayuda humana. No era tacaño en sus relaciones con las personas en aprieto o en dificultad: parejas separadas, señorita en peligro moral, sacerdote o religiosos resentidos con sus superiores. Hace encardinarse en Burdeos a un sacerdote que ha roto con su obispo. No escatima esfuerzos con el P. Poggi, como lo veremos más abajo: le escribió, le visitó, pagó sus deudas, intervino para reconciliarlo con su


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Orden y mientras tanto le hospedó en Vourles durante siete meses. El P. Poggi será más tarde superior de un convento en Holanda. La ternura de Querbes se manifestaba especialmente en sus relaciones humanas en las que rompe con la rigidez de su propio carácter. La ternura por los pobres y necesitados explica el tiempo pasado ayudándoles a solucionar sus problemas. Dios y los pobres son para él una única y misma pasión. Su ternura y solicitud por hermanos débiles o que habían sido infieles a sus promesas eran tan fuertes que ni siquiera admitía la posibilidad de rechazarlos cuando había expresión de arrepentimiento. Esta actitud de ternura y de cariño va mucho más allá del principio de placer. Es la fuente que alimenta la verdad de las relaciones humanas. El hombre no vive tan sólo de pan necesario, quiere vivir humanamente. Y vivir humanamente significa sentirse cálidamente acogido. En su compromiso con los últimos, vemos cómo se entrelazan “eros” y “agapé”. Expresión de una simpatía por los débiles, dejándose impresionar por los sentimientos y las emociones siempre controlados por la racionalidad. Si el “eros” puede llevar hacia “abajo”, está siempre invadido de un permanente impulso hacia arriba, hacia lo más justo y lo más humano dinamizado por el “ágape”. Por eso Querbes busca caminos de solución. No puede ante tantas necesidades quedar inactivo. Entra en acción. Y su obra, la Asociación, manifestaba su celo, su voluntad de amar a todos sus hermanos en quienes encontraba a Cristo. En la práctica queda muy claro que los catequistas acudieron a las pequeñas parroquias. A veces en condiciones muy precarias como lo atestigua la correspondencia pasiva. Los catequistas acudieron también a tierras de misión Entendía, con certera intuición, que no basta la trascendencia, es decir, la irrupción hacia lo alto en busca del llamamiento del Padre. La trascendencia por sí sola no revela la verdad total del ser humano, porque lo único que encuentra es la luz, Dios... Es ciertamente una plenitud, pero aún no es la integración. Por la trascendencia, el hombre se abre hacia abajo, irrumpiendo en las tinieblas de la pobreza que marcaba a los pueblos del campo. Querbes los quiere integrar en el convite humano. El hombre se siente curado cuando se ve acogido entre los humanos por un corazón compadecido. Vigor y ternura en el mundo de hoy – Camino de santidad. “La castidad vivida en el celibato consagrado nos compromete a dar testimonio del amor don de sí a Dios y a los demás, así como de la dignidad del carácter sagrado de cada persona.” (Capítulo General 2000, p. 43). Progresivamente hemos ido tomando conciencia de que la relación con Dios tiene que ver con los dinamismos de la afectividad humana. Si la relación con Dios no nos abarca por entero y nuestra historia afectiva apenas tiene que ver con el Dios viviente, es porque a nuestra espiritualidad le falta “encarnación”, es decir, tomar cuerpo y forma en nuestra vida y, sobre todo, esto estaría invitándonos a mirar el corazón y preguntarse qué y quiénes lo habitan. Gran parte de nuestro problema en la misión es que no tenemos raíces de Absoluto, “experiencia de Absoluto” con raíces afectivas. Cuando estas raíces existen se posibilita que, aunque aparezcan crisis, se mantenga el señorío de Dios en nuestra vida. Tanto en la vida personal como en la vida comunitaria. En la personalización de la fe, nuestra relación con Dios tiene que ver con nuestro crecimiento como personas. Una fe personalizada comunica vida y “vida en plenitud” desde dentro de nuestra condición humana, tan amada por el Señor: “... y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Dijo Pascal: “el corazón tiene razones que la razón no conoce”. Al final lo que nos toma por dentro es lo que mueve y marca nuestras decisiones. La vida consagrada necesita hoy de personas seducidas. Apasionadas por el Reino, personas atraídas, alcanzadas en lo profundo siguiendo los caminos del Hijo.


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La ternura: emociones y sentimientos, caminos hacia el Otro y el otro. La espiritualidad es siempre una espiritualidad del “corazón”, es decir, toma a la persona entera en profundidad; si el corazón es transformado la persona entera cambia. El corazón representa el mundo interior de la persona en cuanto es permanente, duradero y estable. Es el lugar del pensamiento, del querer y del sentir de la persona. “En el corazón... se asienta la paz” (Fil 4,7). La experiencia espiritual cristiana, especialmente a lo largo del siglo XX se ha visto afectada por factores socio – culturales que nos emplazan a la elaboración de nuevas síntesis espirituales. Es el nuevo modo de valorar el trabajo y la acción. Antes el ámbito privilegiado de la espiritualidad era la intimidad con Dios a través de la oración. Esto nos llevó a la inmadurez espiritual. La acción transformadora de la realidad se volvió de gran importancia. Se descubría al Dios de la historia comprometido con el hombre. “Lo que Dios quiere es que hagamos este mundo más justo”. Habíamos confundido el Reino con un proyecto histórico. Fue bueno recalcar la inmanencia pero, tal vez, nuestros proyectos desplazaron a Dios. El antropocentrismo exacerbado y la autonomía del mundo vació nuestra realidad de la presencia de Dios. Es preciso recuperar la espiritualidad que integre los afectos. La acción ha de brotar del amor. Sea como Francisco: ”mi Dios y mi todo”, sea como Ignacio: ”en todo amar y servir”... Hemos de poner de nuevo el acento en la subjetividad, sin descuidar lo objetivo. Mirar con más atención lo que ocurre por dentro. En el pasado nos hemos equivocado de reto. Hemos buscado cómo matar nuestra afectividad en vez de descubrir que el camino de la cruz, camino del Señor, pasa por la afectividad. Si queremos amar a los demás como un verdadero discípulo de Jesús, iremos descubriendo que se aprende a amar muriendo a sí mismo, tratando de purificar nuestro propio egoísmo. No podemos hacer una separación entre afectividad y espiritualidad. Ignacio de Loyola habla de las mociones que permiten conocerse a sí mismo y entregar su afectividad al Señor. Esto significa prestar atención a las dinámicas afectivas que se desencadenan en el encuentro con la Palabra de Dios y el Dios personal. Hoy comprendemos mejor que hemos de conocer y lograr la integración de todas las dimensiones de la persona incluyendo, por supuesto, la afectividad. El amor humano, en sí, es experiencia de Dios. Es lo que permitió interpretar, en forma simbólica, en el amor humano, las relaciones de Dios con su pueblo. El amor erótico y el amor ágape no se oponen sino que el primero le sirve de clave. Por eso nos parece también importante en una espiritualidad madura rescatar e integrar los contenidos del eros. 

La ternura hoy en su propia cultura.

En nuestra vida hay emociones y sentimientos: enojo, tristeza, temor, alegría, amor, sorpresa, asco y vergüenza. Es posible identificar estas emociones en cualquier niño del mundo. En sus innumerables maneras de combinarse también están presentes en nosotros. Las emociones en sí no son ni buenas ni malas, sino indicaciones de cómo estamos respondiendo a lo que vivimos. Su aceptación nos presenta la luz y la sombra de nuestra vida interior. Toda maduración (santidad) requiere una integración de las dimensiones afectivas. La aceptación de la afectividad que está enraizada en el autoconocimiento es más difícil de lograr de lo que parece. A veces se ha relegado la afectividad a la dimensión subjetiva. Erróneamente estuvo contrapuesta con el compromiso social. Es cierto que el estar atento a la propia subjetividad puede distraernos del sufrimiento inhumano de los marginados. El desafío es mantener un equilibrio entre lo social y lo subjetivo, entre la misión y la interioridad. Siempre somos seres en relación. El compromiso social y la opción por los pobres requieren la conversión de la afectividad. Nuestra manera de acercarnos a los pobres necesita una revisión constante. Trabajar en medio de la pobreza y compartir el dolor infligido como resultado de las estructuras injustas requiere una persona equilibrada que mantenga la esperanza en medio de una realidad demasiado cruel. Algún dictado de nuestra cultura prohíbe al hombre hablar de la ternura o abrirse al lenguaje de la sensibilidad. En su educación se le ha insistido en que manifieste dureza emocional y autoridad a toda prueba. Así, en la vida, Querbes aconsejaba a sus hermanos: “No debe aficionarse al país (y se entiende que se habla de la gente que vive ahí) sino a su empleo, como si


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debiera permanecer en él toda su vida y laborar en consecuencia. Y después estar preparado para dejarlo como si no lo hubiera ocupado nunca” (a Favre, DQ 375 6.103). Quiere eliminar las ataduras y los apegos que desvían de la misión y hacen difícil la organización de la comunidad. Por otro lado dice: “manifieste a todos consideración y amistad. Atráigales a casa” (DQ 409 7.20). Lo que quería era invitar a domar y controlar las emociones. Tal vez el voluntarismo y la rigidez no facilitaban la integración y la madurez. Hoy sabemos mejor que la aceptación de la afectividad nos permite desarrollar un mayor conocimiento de nuestra persona. Una persona madura es capaz de sentir sus emociones y tener dominio de sí misma y de expresar sus sentimientos y reacciones. En este proceso la aceptación de la vida afectiva nos lleva a la capacidad de nombrar lo que uno experimenta en una situación o interacción con otros. Un paso importante para mantener relaciones equilibradas es ser capaz de nombrar los sentimientos que experimentamos. A veces nos negamos a nosotros mismos unos sentimientos que la cultura no nos permite expresar. Como ha señalado Berta Vargas, hoy, por cada mujer cansada de ser llamada hembra emocional, hay un varón que ya no soporta que se le niegue el derecho a llorar y a ser tierno. Más allá de la sensiblería que estereotipa para la opinión un cierto modo de mujer, supuestamente afectuoso y maternal, sabemos que la vivencia de la ternura puede ser tan difícil para el varón como para la mujer. Los dos pueden encontrar dureza inusitada y violencia en esta última como también comportamientos tiernos y afectuosos en el primero. Padecemos de un analfabetismo afectivo que dificulta comprender las raíces de nuestro sufrimiento. Analfabetismo que nos impide encontrar claves para mejorar nuestra vida cotidiana. Basta ojear en nuestras comunidades para darnos cuenta del maltrato y también del dolor que se anidan en la convivencia diaria. En nuestras culturas, que se pretenden democráticas, la torpeza afectiva es seguramente una de las cosas más distribuidas y más compartidas. En nuestras comunidades de solteros, muchas veces, terminamos enredados en nuestra relación afectiva provocando una frustrante soledad. Creemos posible apostar todavía por la ternura, una especie de revolución molecular de las rutinas de la vida cotidiana que, en principio, no tiene por qué comprender un espacio mayor al que logremos abarcar con la mano extendida. Entre otras cosas porque, tratándose de la ternura, no tiene sentido pretender ir más allá del cuerpo. 

No tener miedo en dejar expresarse las emociones.

Dios es Amor y el amor, se siente. El amor despierta en nuestras emociones: Aprende a amar... A medida que el amor crece en ti, moldeándote y devolviéndote a la semblanza de Dios... empiezas a sentir a Dios” (Sermones sobre los Salmos, San Agustín). El amor y las emociones que brotan de él pueden ser camino hacia Dios. “Es el amor que ayuda a hacer el viaje (humano)” (San Francisco de Sales). Es cierto que la razón puede, a veces, pedir amar, pero el amor tiene un sabor más dulce cuando se lo siente. No es entonces un mandamiento como los demás, sino que se difunde hasta los últimos rincones de nuestro ser. El amor que Dios nos tiene ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu que él nos ha dado” (Rom 5,5). El amor y la emoción se pertenecen mutuamente. La emoción despierta el amor, el amor llama a la emoción. “Sacaré su corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 36,26). El amor nace de un encuentro. Y el encuentro con el “Otro” pasa por el encuentro con los demás. Y las emociones son indispensables para encontrarlos. No podemos compartir de verdad, pena, dolor, deseos de nuestros semejantes si no estamos tristes, si no sufrimos, si no deseamos con ellos. En una palabra, si no penetramos en su mundo interior. Cristo nos enseña este camino con unas palabras de una extrema sencillez: “Jesús conocía lo que hay en el hombre” (Jn 2,2425). Cuando la pecadora viene a él, reconoce, tiene en cuenta sus necesidades, su manera de comunicar (Lc 7, 36-50). Muchas veces, las emociones pueden ser el lugar del silencio. Se substituyen a las palabras. La comunicación que pasa por las emociones se burla de las palabras. Hemos de llenar nuestro vida diaria de estos tiempos de silencio, de oración, de inmersión en la Palabra de Dios. Una invitación al diálogo con el Padre que nos ama.


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Las emociones son indispensables en la comunicación. “El amor consiste en una comunicación recíproca; es decir que el que ama da y comunica al amado... y a la inversa el amado al que ama” (Ignacio de Loyola). La emoción es necesaria para dejarse alcanzar por los demás, para ponerse en movimiento hacia ellos, para salir de sí mismo. La parábola del Samaritano nos enseña que Jesús se llena de compasión y después se acerca. Las emociones ponen en marcha. Y ¿qué es la vida espiritual sino una incansable caminar hacia Dios? Eros y vivencia de los votos. Los votos son la formalización de la voluntad de encauzar la afectividad en la dirección del ágape, del servicio sin por ello apagar emociones ni sentimientos. No me resisto a citar largos extractos de “Refundación”, obra de S.P. Arnod, o.s.b. “Los votos tienen su plenitud de sentido evangélico cuando la totalidad de los miembros del pueblo de Dios, en su variedad, los va forjando. Es importante una constante interacción de género. Esta interacción tendrá a la vez rasgos de colaboración fraterna en la tarea de anuncio y de testimonio del Reino, como también rasgos afectivos de amistad, reciprocidad y gratuidad como signo casi sacramental del nuevo tipo de relaciones que inaugura el Evangelio. Esta interacción no excluye necesariamente el riesgo del enamoramiento. En la opción de la consagración, esta experiencia, no poco frecuente en nuestras comunidades, se volverá una gracia cuando sirva de aguijón permanente a la preferencia de Cristo y su Reino, y a la renuncia que implica, en franca apertura de corazón a la comunidad, y sobre todo, al propio Señor, que sondea los riñones y los corazones”. La persona religiosa, como “monje” verdadero está obsesionada por la búsqueda de Aquél a quien se encuentra sin dejar de buscarlo y a quien sólo se puede buscar por haberlo encontrado, según la famosa expresión de San Agustín. Y esta inquietud profunda va superando todo deseo. Pero esta búsqueda, no es exclusivamente espiritual. Es la misma inquietud de explorador insatisfecho, irresistible deseo de absoluto que marca la afectividad, la reflexión intelectual y la misión de consagrado. El carácter explorador y de permanente insatisfacción de la vida cristiana y religiosa está, a la vez, cargado de pasión y de soledad.

El “eros”, dimensión contemplativa de la vida religiosa.

El P. Luis Querbes insiste en la dimensión contemplativa de toda la vida. Pero hay una dimensión que su tiempo no permitió recalcar por las influencias jansenistas de la vida mística. “En la vida religiosa es fundamental experimentar lo masculino y lo femenino respectivamente. Esta sensualidad contemplativa que encontramos en el Cantar, es dimensión de la mística. Pero la exploración del varón se expresará también en la militancia, como terrenos místicos privilegiados de lo masculino. En la misma línea de una “erótica sublimada”, es fundamental, tanto en la vida fraterna como en la misión y en todas dimensiones de la vida humana de los consagrados, desarrollar lo que llamaría una cultura de admiración. Sin ella la vida religiosa se vuelve insípida y hasta infernal”. Hemos mencionado, una u otra vez, cómo, a pesar de una cierta dureza en el estilo de vida material, Querbes se manifiesta atento a las necesidades corporales. Es “otra urgencia contemplativa difícil de manejar en nuestra cultura postmoderna. Concierne a la integración de los cuerpos, el propio y el de los demás, en la vida comunitaria, espiritual y pastoral. Hay que renovar en nuestras comunidades el status de la salud, de la belleza física y, sobre todo, del misterio del cuerpo. Nada más antievangélico que esta negación y desprecio sistemáticos de los cuerpos so pretexto de humildad y de pureza. Lo único que se logra así es una distorsión, a veces enfermiza, de la reivindicación corporal en celos y apegos ridículos o desviados. Digo lo anterior sin negar la necesidad de integrar esta dimensión en el conjunto de la discreción que implica la castidad y la solidaria modestia fraterna.” 

Una espiritualidad lúdica de los votos.

“En los votos, el aspecto lúdico es todo lo que evita la rutina. Así, el entusiasmo comunitario supone renovar constantemente el efecto de sorpresa, aun en la humilde banalidad


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de lo cotidiano. El sabor de la vida comunitaria consiste en cuidar el gozo de vivir juntos. Este gozo se renueva en la medida en que los hermanos saben inyectar en sus relaciones el toque de “desorden” amoroso que vence la rigidez de la normatividad, el arte del gesto que refresca la palabra diaria”. “En definitiva, la vida de los votos no se cultiva solamente por la convicción, ni siquiera por la simple vocación. Estas son insuficientes para mantener la alegría y el equilibrio humano de la vivencia fraterna. Es en el arte de la relación de género en sus diversas dinámicas, como lo acabamos de evocar, donde los votos renuevan su sabor y se vuelven testimonio descifrable en clave de amor y de humanidad. Sólo así hacen a Dios accesible, humano, convincente y atractivo más allá de la ideología desencarnada.” La dialéctica eros - ágape en Dios y en el cristiano. El Cantar de los cantares es un poema intensamente erótico y poético. Quiere, en la Biblia, expresar la experiencia sensible de Dios con su pueblo. En el símbolo del Amante y de la Amada se quiere descubrir la relación entre Dios y su pueblo bajo modalidades diversas. Si esta atribución es legítima, hay que concluir que el eros como movilización del amor por la atracción de género tiene su fuente en el propio Dios. Si leemos a los profetas descubriremos cómo Dios se siente irresistiblemente atraído por su pueblo. Ve en él a su novia, su hija y su amiga sucesivamente. Y esta irresistible atracción provoca en Dios cólera, sufrimiento y desesperación. Como amante apasionado quiere olvidar, destruir, repudiar a su pueblo, y no puede. El Segundo Isaías lo enseña humillándose para limpiar la basura de su criatura, como el último de los esclavos. El eros de Dios hace de Él, finalmente, el verdadero siervo sufriente, en su Hijo Jesús. Esta irresistible atracción de Dios por su pueblo a través de desalientos, humillaciones, arrepentimientos y cólera se transfigura progresivamente en gracia. El ágape es, en definitiva, la transformación de la atracción de Dios en gratuidad incondicional. La gracia es la transfiguración del eros de Dios en ágape. En este sentido la gracia es opción por la caridad, viendo Dios la ineficacia de su justicia en el contexto de su pasión celosa por la humanidad. En esta tragedia divina, nuestro propio eros, nuestras pasiones y atracciones de género encuentran sus credenciales y la fuente de su transfiguración. La caridad transforma el eros humano sin negarlo: es lo que revela la poética mística inspirada por el Cantar. Es el camino que escoge el “santo integrado” quien va a dinamizar todas sus fuerzas vitales, su pasión, sus deseos y a darles cumplimiento en el amor universal que a imagen de su Maestro dirige hacia su pueblo. El ágape es para los cristianos, el más allá del amor, es decir, su expresión divina. En el largo caminar del amor humano, que va del eros amor de necesidad y de posesión) al ágape (amor que entrega la propia vida) pasando por la filia (el amor de reciprocidad fraterna y amical), el cristiano combate en presencia de Dios para integrar y ensanchar a la vez estas tres constantes del amor humano. El ágape, en definitiva, es despojarse, renunciar a todo lo que no es amar. Para el que ama de verdad, uno nunca ama demasiado ni es demasiado bueno. Opta libre y lúcidamente por perderlo todo con tal de encontrar la perla fina que es el Reino de Dios. Así se entiende la afirmación de Pablo: “Si no tengo amor, no soy nada”. Si no estoy en el seno del amor de Dios, no puedo existir verdaderamente. Este amor es contemplación. Es mirar, pensar y actuar “como” Dios, porque se mira, se piensa y se actúa “desde” Dios. Encontramos la dialéctica eros - ágape en el evangelio, principalmente en la conversión de María Magdalena. Había pasado del amor pornográfico al amor erótico. El encuentro con ella, el día de la resurrección, es una escena cargada de afectividad. Jesús le dice: ”Deja de tocarme... Suéltame”. Jesús invita a María a pasar del eros al ágape. El amor que podía ser más sentimental, posiblemente apasionado, en la vida terrena de Jesús, se vuelve, ahora un gesto de adoración. Busca el Señor sin medir esfuerzo ni riesgo, cargada de emoción sentimiento y dolor de ausencia. Está habitada por deseos que desde dentro la ponen en camino. No significa de parte de Jesús una voluntad de separación. El Señor le ha revelado un modo nuevo y ella lo percibe desde un nivel de afectividad nuevo. Ha sido alcanzada por el ágape. Percibe al Jesús de la fe. Liberada de


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la dinámica posesiva del deseo para ir hacia los hermanos. Es la motivación por la misión que ha de cumplir con los discípulos. Para cumplir la misión pasó del eros al ágape. Es lo mismo que encontramos en Marcos 3, 31-35. No hay ningún rechazo, por supuesto a los lazos afectivos, eróticos y de filia entre los miembros de una misma familia. De parte de Jesús es una invitación a abrir los vínculos de amor que nos unen. Una invitación a purificarlos. Una invitación a abrirlos al amor de gratuidad divina, en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Purificado de todo lo que sería retorno sobre sí mismo, el amor humano, se abre al don y a la entrega sin condiciones. La voluntad de amor del Padre envuelve, absorbe, dinamiza todas las energías humanas para la vida y la felicidad de todos. Es ponerse “los anteojos de Dios”, es sentir con “el corazón de Dios. De la filia al ágape, en el evangelio de Juan. En Jn 13,23, encontramos la expresión: “el discípulo que Jesús amaba”. No nos interesa aquí saber quién era este personaje. Miramos los términos que expresan este amor - ágape. Es el discípulo perfecto en la fe, que llegó a ser íntimo de Jesús. Evoca una relación única y de permanente intimidad, un poco a imagen “del Verbo que está cerca de Dios” (Jn 1,1). En el capítulo 15,13-14, el evangelista juega con las palabras ágape y filia. Lo absoluto del amor de Jesús por los suyos motiva la fidelidad cotidiana del discípulo al mandamiento del amor fraterno de parte de los que Jesús ama (filoi). Este mismo término está repetido en los versículos 14 y 15. Los discípulos son amigos. Es una situación relacional superior a la de servidor, ya posición honorable en la relación con Dios. Esta implicaba una fidelidad sin límites. Ser amigo de Dios, a la manera de Abraham y de Moisés, es entrar en el ágape que supone el conocimiento de los designios de Dios y la fidelidad a sus proyectos. El amor que se expresa en el don de la vida es también el amor que revela el secreto de la intimidad propia del Hijo. La experiencia de amistad con Dios lleva necesariamente al amor absoluto del ágape. En su evangelio, Juan 21, 15-17, para decir el amor de Pedro por Jesús, utiliza dos verbos. Jesús utiliza el verbo que significa el ágape para expresar el reto entrañable, se entrega por el amado. Implica un amor de origen divino. El evangelista habla en este sentido del discípulo que “Jesús amaba”. Como Pedro no parece entender de qué se trata, a la tercera vez Jesús se resigna a utilizar el verbo de la amistad recíproca (con la raíz de “filia”). Pedro en sus respuestas a Jesús utiliza sólo esta palabra. Esta diferencia, según, Xavier Léon-Dufour, no es sólo de estilo. Cuando habla del amor de los discípulos por Jesús significa un apego que se traduce por la fe y la fidelidad en el actuar. Así Jesús dirá: “Si me aman guardarán mis mandamientos” (Jn 14,15). “Si alguien me ama guardará mi palabra” (Jn 14, 23). En los dos casos se utiliza el verbo que viene de ágape. Jesús va a confiar a Pedro el cuidado de su rebaño y solicita primero una manifestación de su amor y de su fidelidad, sin reserva. Es el amor de “voluntad”, el que es don puro, entrega, a imagen de Jesús. La tercera pregunta con el verbo que viene de filia, expresa comúnmente la ternura en las relaciones humanas, pero puede también englobar el impulso humano espontáneo y el amor inspirado por Dios mismo. Pedro utiliza en sus respuestas este verbo. Se entiende que él no puede, ni quiere apreciar su amor del que sólo Dios es autor. Entrar en el mundo de la caridad es querer siempre amar más, no contentarse con el punto del amor en el cual nos encontramos. La caridad es un amor en crecimiento y proceso constante de liberación. El amor por Jesús empezó con una relación de amistad con un compañero maravilloso que los apóstoles encontraron en Galilea. En esta escena Pedro vive el amor humilde, amor probado y purificado en el encuentro con la propia impotencia y la gratuidad de un amor que le sobrepasa. Es un hombre alcanzado en la profundidad de su ser. Desde este amor, Jesús y el Espíritu dado en la resurrección le llevaron a la entrega y al don total de su vida. Nada tendrá importancia en los apóstoles, sino la entrega a Dios y su búsqueda en la misión a los gentiles. Se hicieron personas “salidas de sí” por la fuerza del amor y enviadas. Acción y contemplación permanentemente estrechados en una misión que los llevará a casi todos al martirio. Es en este contexto de la filia al ágape donde Pedro recibe el cargo de cuidar del conjunto del rebaño.


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La ternura vinculada al vigor en la misión. El eros vivido en el amor a Dios lleva al ágape. La amistad con Jesús no puede sino comprometer en la construcción del Reino. Hay varias maneras de vivir y de experimentar el amor. Pero un solo amor cuya fuente es el Dios creador quien lo reveló a los hombres en su Hijo muy amado. Es la fuente de nuestra contemplación dinamizada a partir de nuestra afectividad, es el río de nuestra espiritualidad unificada en un solo corazón: el de Dios, el de Jesucristo, el del Espíritu y.. el nuestro. La dimensión solidaria: el Ágape. “El criterio de la atención a los pobres debe estar presente e incluso llegar a ser determinante en todo compromiso personal o comunitario de las provincias y las fundaciones. Una evangelización que olvidara esta dimensión no sería conforme al espíritu del evangelio”. (Informe sobre el estado de la Congregación, Capítulo General 2000, p. 20) “Conviene interrogarse sobre las causas de la pobreza, los medios de salir de la miseria y las condiciones que deben ponerse en práctica para reunir estos medios” (Informe sobre el estado de la Congregación, Capítulo General 2000, p. 20 – 21) El amor, como emoción, nos vuelca hacia el “Otro”. Es búsqueda de Dios. Pero este Dios no se alcanza sino a través de los hermanos. El amor a los hermanos no se queda en la emoción, lleva a la acción. Buscar a Dios es una invitación a la acción. La dificultad es mantener el equilibrio entre los dos. Hemos reducido el uno al otro. Es armonizando las dimensiones de la acción y de la contemplación, es articulando la contemplación a la acción como la vida religiosa llega a su florecimiento. Nuestros grandes contemplativos han sido siempre muy activos: Bernardo, Teresa de Ávila, Teresa de Calcuta... Y también los más activos entre los religiosos fueron los más contemplativos: Catalina de Siena, Ignacio de Loyola, Charles de Foucauld ... y Querbes. Querbes fue seguramente un hombre religioso clásico, para quien el centro de la santidad está en lo trascendente. Pero asumió las realidades de su mundo sin disminuir su aspiración a la santidad. No podía renunciar al mundo como algo secundario, sino como el campo de venida del Reino. No podía renunciar a la actividad en el mundo. La consideraba como indispensable. No abandonó su lucha por una perfección personal. No abandonó ni el tiempo, ni el espacio. Ahí construyó su morada. Así vivió un “celo ardiente” por Dios y por sus hermanos. La solidaridad es el amor social. Es el ágape. Esta experiencia tiene necesariamente una resonancia política. No podría ser de otra manera. ¿No somos todos nosotros discípulos de un preso político como consecuencia de su amor al Padre y a su pueblo? Jesús no murió de accidente... Murió asesinado con la pena de muerte de la época. Y la aceptó como consecuencia de su amor nacido en la comunión con el Padre y de su compromiso con su pueblo. Como humanos no podemos alcanzar la plenitud humana sin cultivar la dimensión política – no política partidaria – sino la “polis”, como símbolo de la comunidad humana. La misma opción de Querbes fue una acción altamente política: su escuela y su catequesis tenían consecuencias en un modelo de Iglesia y de sociedad. En el mundo no existe terreno neutral. Refugiarse en un campo pretendidamente religioso representa una decisión política (puede ser o no a favor del statu-quo). Así se entendió en América Latina Tal conciencia hace que el cristiano se ve diariamente confrontado al combate por la vida. Entra en el juego de una sociedad competitiva. La persona se construye en el crisol, en el que se mezclan las tensiones, respetando las diferencias. No podemos entrar en el Reino de Dios sin buscar primero la justicia. Es un problema político que no se puede ocultar. Los grandes problemas religiosos de la humanidad tienen siempre un rostro político: el hambre, la paz, la libertad, la justicia, la felicidad, los Derechos Humanos, etc... Crear escuelas supone proyección hacia el futuro, inserción en el campo laboral y social, tener un proyecto educativo. Igual nuestra propia manera de educar en la fe... Todo ello es político. Todo ello es solidaridad. El espíritu solidario no busca eliminar la sed de contemplación y de Dios. Sólo se niega a creer que el camino humano e incluso la perfección divina pase por el desprecio de los valores humanos o que los deba olvidar. No renuncia a la trascendencia sino que no quiere alejarse de lo inmanente.


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El ágape y la primacía del mundo o de lo secular. Mientras hablamos de amigo y de amistad, estamos en las relaciones escogidas. Hacemos elección. El ágape supera esta elección. No puede sino englobarlos a todos y todo. Es el elemento que va unificando nuestro mundo y nuestra relación con él. No hay griegos ni judíos. No hay secular ni profano. Si somos cristianos, el binomio: contemplación / acción es indestructible, es un monomio. Hemos de vivir esta realidad en su unidad, camino hacia Dios. El objetivo fundamental de nuestros estatutos: la santidad. La que entendía mal el P. Faure y que provocaba molestias en el P. Querbes. La unificación por la que lucha el cristiano se realiza en este campo secular y en lo que es santo. El “monje” trabaja por adquirir una santidad absoluta. Si Dios es santo, lucha por Dios. Si los hijos de Dios son santos, lucha por los hijos de Dios. Todos los “monjes” del mundo buscan la santidad. Pero lo hacen cada uno a su manera, por sus propios caminos: el matrimonio, el trabajo, las buenas acciones… Los caminos son diferentes pero lo fundamental es lo mismo: el amor. La perfección de este amor no significa alejarse de lo real o exiliarse en esta tierra. Su morada, como su cuerpo, son parte integrante de su vida. Busca avanzar aún, orientándose hacia lo que es santo. La consecuencia es una tensión creciente – con frecuencia en conflicto – con lo que es santo. La característica de lo secular se ubica en la superación de la dicotomía entre el mundo temporal y lo que llamamos eterno (el Reino) y en el reconocimiento del carácter último y necesario de la temporalidad. La tensión existe porque no se percibe que todo lo amado es parte del amor. Lo secular afirma que el cuerpo, la historia, el mundo material y todos los valores temporales son definitivos, imposibles de ignorar – pero no exclusivos o completos. Sí, entran en la dinámica liberadora y salvadora del amor de Dios que se encarna; constituyen la trama y la cadena de lo real, de lo humano y de lo divino. La entrada del “monje” (laico o religioso, buscador de Dios) en este reino de lo secular lleva a una mutación de una importancia religiosa considerable. Aparentemente este compromiso de entrar en lo socio-político no provoca, hoy, mucha resistencia. Sin embargo se reserva la realidad definitiva a una esfera superior: la otra vida. Pero lo secular es algo definitivo, último, y en cierta manera tan importante como la “otra vida”. Los dos no pueden separarse. Uno no existe sin el otro. El amor es uno. La verdadera vida no pertenece a otro mundo. Es la intrusión de lo real en las apariencias. La transformación de lo divino en lo humano. La transformación de lo humano en divino. La encarnación ha de tomarse en serio. Este cambio es de importancia. Nos anuncia claramente que no se puede separar. Es una mutación en la comprensión de la santidad pero también una revolución en la experiencia de lo secular. El amor vivido en lo secular, con sus expresiones de ternura, de cariño, de amistad y de solidaridad, no es más que lo provisorio. No es perecedero, contingente, sino más bien la envoltura de lo permanente, eterno e inmutable. No se puede abandonar lo secular para llegar a lo real, como la serpiente abandona su piel para seguir viviendo y desarrollándose. La resurrección del cuerpo no es una vida definitiva con otro cuerpo del que sentimos y somos actualmente, sino que se realiza en esta misma carne que nos constituye, hoy. Primero “resurrección en esta carne en la que vivimos” y después en la “vida eterna”. Cuando un “monje” lucha por un mundo más justo, no lo hace como si se tratara de un cuerpo extranjero a él o a su vocación. No puede quedarse al margen de una verdadera participación a la totalidad de la realidad humana. No hay “otra vida”. Hay una “vida otra”. No hay otro amor. Se trata de la redención de “esta” vida y no de otra. Pero esta vida escondida en nuestra existencia diaria debe ganarse. La salvación está en nuestras manos, cerca de nosotros, en nosotros. Es el Reino, “ya” pero “no todavía”. Necesitamos de una Revelación, una Palabra, un Redentor y un esfuerzo personal, una decisión espontánea, una enseñanza, un despertar de lo más maravilloso en nosotros para alcanzarlo. El “monje” atestigua la primacía de la presencia de Dios. Hoy la descubre, escondida en el núcleo de las estructuras materiales de la realidad, en las aspiraciones, en las relaciones y en las luchas de los hombres. Las cosas y los acontecimientos no son simples medios para otra


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cosa. Esto es precisamente lo que constituye la alienación del hombre: buscar lo que no existe, una ansiedad temporal por un futuro que nunca llegará. Construir un mundo mejor no es una técnica para manipular o prever el futuro, sino el arte verdadero del presente. Es manifestar lo santo en lo secular. Todo lo demás es esclavitud. Es vivir el amor y asumir el amor. Hacer presente y visible a Dios de tal manera que se lo pueda percibir en todos los horizontes del mundo y hacerle asequible a todos. Sin esta vida espiritual vigorosa, claramente manifestada, capaz de testimoniar de la proximidad del espíritu de Cristo y de su arraigo en el evangelio, la obra más útil al mundo carece de unidad, se reduce a un trabajo social. No podemos llevar a cabo una obra de solidaridad sin preguntarnos. ¿Por qué tal injusticia? No podemos dedicarnos a la enseñanza sin cuestionarnos: “¿Una enseñanza puede cambiar algo en el mundo?” Es decir, buscar siempre la realidad profunda en las apariencias, la contribución al advenimiento del Reino. La contemplación se vuelve una dimensión muy activa en nuestra vida. Ante todo, mantengamos el contacto con el Evangelio. Cada día. Sin cesar. En todo tiempo, en todo lugar. La profundidad, la constancia y la claridad de esta espiritualidad no permiten el desánimo ante las adversidades. Hemos de llenarnos de esta energía espiritual que nos permite superar resistencias en el seno de la Iglesia, instaurar la paz en el corazón, la calma en nuestra vida.


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LA TRIPLE DIMENSIÓN DE LA MISIÓN VIATORIANA


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INTRODUCCIÓN El proyecto querbesiano vincula estrechamente la orientación a la contemplación como necesaria al proyecto colectivo de misión. Los instrumentos de la misión en la construcción del Reino que son los fines de la Comunidad Viatoriana fortalecen la contemplación. El proyecto querbesiano es un proyecto de vida cristiana y de espiritualidad. Hemos de hacer entrar en la comunidad la vivencia de una “identidad común”, la cristiana y la viatoriana. Podemos comprenderlo mejor con este esquema (cf. Chauvet).

Sacramento Liturgia (B) Identidad Cristiana

Identidad Viatoriana Palabra Escritura (A)

Vivencia - ética Misión Comunidad (C)

El concepto “Palabra – Escritura” (A) engloba no sólo la Biblia, sino también la producción cristiana a lo largo de los siglos. El término “Escritura” representa entonces el polo de conocimiento de “una fe ilustrada”. Será el primer polo de meditación, de contemplación, de trabajo y de estudio de “toda nuestra vida” de catequista. Y los Viatores añadiremos, como lo indica J.M. Roux, en su trabajo “Simbólica eclesial y simbólica viatoriana”, nuestros documentos fundacionales, los de nuestra tradición (actualización de las Constituciones, decisiones capitulares... libros, como las publicaciones de Robert Bonnafous o “El espíritu vivo del Padre Querbes” de Maurice Marcotte, etc... Pero hemos de notar que esta lectura no se hace fuera de toda relación. Es un hombre insertado en la comunidad, en la sociedad, un hombre en la acción. El término “Sacramento – Liturgia” (B) comprende no sólo los sacramentos sino también todas las formas de celebraciones cristianas y viatorianas. Es, con la eucaristía en su centro, el segundo polo de atención del Viator que quiere actualizar el “servicio del altar”. El término “Vivencia - ética – misión – comunidad” (C) engloba todo lo que, en la comunidad del cristiano o del Viator, pertenece al orden de la acción en nombre del Evangelio y de nuestra Misión viatoriana. Y esto, tanto en lo colectivo como en lo individual. Representa el tercer polo de “praxis” comunitaria de la fe. El equilibrio entre estos tres elementos es lo que definirá la identidad cristiana. Es también el estrecho vínculo de estos tres polos lo que define la identidad viatoriana. Es lo que quieren indicar las flechas en los dos sentidos. Si valoro demasiado el Polo A en detrimento de los dos otros, corro el riesgo de encerrar a Dios en la Biblia (fundamentalismo). Si valoro demasiado el polo B, tengo tendencia en encerrar a Dios en los sacramentos (teísmo y ritualismo). Si valoro demasiado el polo C, caigo en la tentación del moralismo y del activismo. Es la tendencia en identificar la verdad de la fe (ortodoxia) con la generosidad de la militancia (ortopraxis). Un pecado que hemos cometido a menudo. Esto es lo que motiva la primera prioridad del Capítulo general 2000. La buena salud viatoriana está en el equilibrio que se tiene entre los tres polos. Si nuestra existencia cristiana y viatoriana no está asentada sobre el trípode, si su centro de gravedad se traslada demasiado hacia dos de sus puntos de apoyo, el equilibrio está amenazado. Cada uno de


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los tres elementos tiene su función propia e irremplazable. Ninguno tiene valor viatoriano sino en vinculación con los dos otros. No hay competencia entre los tres pues cada uno funciona en un plano diferente: hay un tiempo para profundizar la fe; hay un tiempo para celebrar gratuitamente al Dios salvador; hay un tiempo para actuar al servicio de los demás. Sobrevalorar uno de los elementos es desequilibrar la misma fe. Y afirmamos aquí, de nuevo, la necesidad del binomio indisoluble: contemplación – acción. Contemplación (Palabra – liturgia) y acción (vivencia – liturgia). La liturgia une los dos campos de acción y contemplación. Estamos en una expresión simbólica. No podemos endurecer, estrechar, mecanizar estos conceptos y sus relaciones. Nos parece, sin embargo, que nos encontramos con el genio de Luis Querbes que consiguió definir para los religiosos y asociados el núcleo de su vocación y de su identidad enraizada en la vocación bautismal. Fue la orientación global de su creación y de su proyecto. Es una visión integral de nuestra vocación. Una visión integradora de lo que hemos de ser: “santos”. Nos encontramos en un “sistema” de comunicación muy complejo de centros, de nudos, de puntos de recepción y de emisión: cada uno vale solamente en función de los demás. El problema de la comunicación tomado así como punto de partida converge de alguna forma con maneras de pensar en las ciencias humanas contemporánea: lingüística, filosofía, antropología, historia, economía, política, religión, ... en definitiva todo lo que constituye nuestra cultura y nuestra existencia.

“UNA FE ILUSTRADA” Y PROFUNDIZADA Alimentar la fe con la Palabra de Dios... En la época de Luis Querbes, el temor al protestantismo alejaba de todo contacto directo con la Biblia. Los protestantes afirmaban la libre interpretación de los libros sagrados. La lectura de la Biblia, sobre todo del Antiguo Testamento era prácticamente desaconsejada cuando no prohibida. Luis Querbes instituirá la “leyenda”, ejercicio que quería reemplazar al breviario para los Catequistas. La lectura se hacía por la mañana y por la tarde. El primer momento era la lectura de la Biblia. Cada año se leía el Nuevo Testamento, y cada dos años el Antiguo Testamento. Esta creación era una audacia en la práctica cristiana. Era una invitación a penetrarse de la Palabra de Dios, guía para toda la existencia. La segunda parte del ejercicio era la lectura del Catecismo del Concilio de Trento. Un instrumento de formación en la “doctrina” de hombres que debían ser Catequistas. La tercera parte del ejercicio consistía en la lectura de la “Imitación de Jesucristo”. Una invitación en estos tiempos a ser catequistas también por el modo de vivir. Testigos en los hechos... Los documentos querbesianos (estatutos, comentarios de los estatutos, directorios, cartas,... ) están llenos de referencias a textos bíblicos. Referencias que se hacían a la manera del tiempo, pero que manifiestan un conocimiento y una familiaridad de la Biblia envidiables para todo sacerdote y religioso. Querbes estaba empapado de Biblia. La Palabra de Dios lo guiaba. Invitaba a los catequistas a hacer de los libros sagrados su alimento para su enseñanza y para su vida. La importancia que damos a la misión de los viatores nos ahorra aquí comentarios para recalcar la imposibilidad de cumplir nuestra misión sin una frecuentación permanente del Evangelio. ¿Cómo se hubiera podido vivir “los sentimientos de Jesucristo” o “andar por sus caminos” como se decía en la “leyenda” sin esta familiaridad con la Palabra de Dios? Como lo indica el Fundador, ella alimenta su meditación y su oración. Ella le indica los caminos prácticos del discípulo de Cristo. Ella nos pone ante sus ojos el rostro humano y divino de Jesucristo... No hay vida espiritual cristiana posible sin la Palabra de Dios... Como lo recuerda el Superior general en su ponencia: “En el camino espiritual litúrgico del Pueblo de Dios”, cito de memoria: “hemos de llevar la Biblia en una mano y la realidad en la otra”.


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Estudiar: Una exigencia espiritual. “Es nuestra vida”.

El Directorio que el P. Querbes redactó para los catequistas se divide en dos partes: Deberes personales y Funciones. En la primera parte, todo un capítulo (el 3°) trata de los estudios que el catequista debe seguir. Insiste en esta formación permanente. Esto tiene consecuencias para nuestra misión viatoriana y nuestro ministerio de catequistas. Hemos notado de paso la insistencia de Luis Querbes : Cuando escribió el Directorio, hacia 1830 dice: “Han de preparar todos los días la breve explicación de una lección del Catecismo de la diócesis... Escriban también, una vez por semana, una instrucción fundamentada sobre el misterio o sobre la lección del domingo. No teman revisar y añadir: este estudio es el de toda la vida... Cuídense sobre todo de las opiniones y limítense a las verdades de la fe...”. (Directorio 1836, # 76; F.C. p. 208). En los Comentarios de los Estatutos, un texto madurado paulatinamente durante varios años escribe: “Estudiar y enseñar la Doctrina Cristiana esa es nuestra vida” (DQ 547 8.84). Y para manifestar que no era un mero deseo, LUIS QUERBES insiste: “Cada año, en la reunión de vacaciones y del retiro, los Catequistas traerán, para enseñarlo al encargado de este examen, los cuadernos manuscritos de su preparación del catecismo”. Una consigna para todos: jóvenes y veteranos. Decía a los hermanos: “Sus éxitos en la enseñanza de la verdad no serán sino el fruto de una convicción profunda, la cual difícilmente se encuentra sin la práctica del bien” (DQ 58 1.111)... “No se olvide de señalar en su reglamento una o dos horas diarias para redactar alguna instrucción escrita” (a Faure, 10.11.1840) El concepto de “Verdad”. 

La verdad como misterio.

En el lenguaje corriente, la pregunta de Pilato: “¿qué es la verdad? recobra actualidad. Es como las dunas golpeadas por el viento: todo se descompone y recompone infinitamente. Para todas las civilizaciones, la verdad viene a ser una primicia o un objetivo por alcanzar. El proceso de reformulación de la verdad, si bien subraya su carácter siempre provisional, afirma también a la vez su valor absoluto progresivamente revelado y esbozado. La concepción de la verdad como algo que existe previamente o que tenemos que alcanzar en una cultura pierde su significación. En una concepción de proceso permanente el punto de partida o el punto de llegada no significan mucho. La revelación progresiva de Dios relativiza en nuestra existencia la noción de absoluto. Para el común de la gente una palabra es verdad cuando está conforme a la realidad o cuando la realidad misma se revela claramente al espíritu. Esta concepción corresponde a la de los Griegos y era probablemente la del P. Querbes. También, cuando se hablaba de “verdades de la fe”, la referencia era a las definiciones dogmáticas. Para alguien que quiere nutrirse de la Palabra, la noción bíblica es diferente. Tiene su base en la experiencia religiosa, en la del encuentro con Dios. En el A.T. la verdad se confundía con la fidelidad a la Alianza. De parte de Dios, la verdad está vinculada a su intervención a favor del pueblo. Entre los hombres se trata también de una actitud fundamental de fidelidad. Un hombre de la verdad es un hombre de confianza. En la tradición de la Sabiduría, el concepto toma un sentido nuevo: designa la verdad revelada. Estamos más cerca de la comprensión moderna. Juan quien reserva al concepto de “verdad” un espacio considerable, le da un sentido diferente. Lejos de la metafísica griega (platónica o gnóstica) la verdad, para el evangelista, es la Palabra del Padre y de Cristo. Es el mismo Padre o el mismo Cristo. El Verbo es definido “lleno de gracia y de Verdad” (Jn 1,14). La verdad precisa la gracia anunciada y es conocimiento de Dios en el sentido bíblico es decir relación íntima y profunda con Dios, experiencia de Dios. La Verdad del Padre. Hemos de descubrirla en nuestra vivencia. La verdad no como dogmatismo sino como realidad y necesidad existencial. Haciendo la verdad conmigo mismo me reubico en mi calidad de


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hijo y reconozco al Padre que crea y recrea por el perdón. Escucho esta verdad del Padre centrada en los salmos (autoadmiración, S 139; exultación, S 8; ...) La verdad del Padre es la que apuesta por el retorno del hijo pródigo, por la restauración de lo que está roto. La verdad del Padre es la que me incita a reconstruir la confianza desgarrada, a optar por la bondad más allá de la desilusión. ¿No es el Padre quien se arrepiente a la largo de la Biblia de sus enojos con nosotros para restaurar la Alianza? La verdad del Padre nos alcanza cuando el Espíritu de la verdad nos incita al mismo arrepentimiento con nosotros mismos y con los hermanos. La Verdad del Hijo. Así como reconocemos la verdad del Padre en nuestra filiación restaurada, conocemos la verdad del Hijo en nuestro seguimiento de Cristo. Si Jesús dijo que era el camino, la verdad del hijo que somos implica acoger lo inacabado de lo humano, el camino nunca terminado de nuestra aventura de personalización y de relaciones comunitarias. La verdad del Hijo implica caminar dejándonos interrogar por la vida – es el principio “realidad”-. Si Jesús es camino, aceptar su verdad es reconocer el camino constante y creer que éste es posible. Es la verdad como camino. Jesús también se define como vida. La verdad camino lleva a la verdad vida. Acoger la verdad como vida es dejarse invadir por la energía del amor y del don. Es vaciarse para darse a la alegría de vivir, entregarse a la contemplación gozosa y convertir la muerte en último acto de libertad de nuestra vida. En definitiva, la verdad del Hijo es la que produce vida caminando. Una vez más no se trata de una verdad abstracta sino de una experiencia de vida donde el camino se revela y se hace la luz sobre quien es Dios. La Verdad del Espíritu. Si el Espíritu es acontecimiento, sorpresa y libertad, la verdad que nos regala no puede encerrarnos, sino que nos empuja a movernos libremente por los caminos del Reino, esos caminos de la exploración, creativa y terca, del tesoro y de la perla. Hoy el Espíritu nos guía hacia la Verdad (Jn 16, 12-15). La exploración que caracteriza esta verdad nos lleva a discernir constantemente lo fundamental y lo pasajero, las raíces de nuestro ser y de nuestra historia y lo simplemente anecdótico. De la misma manera que Cristo es la verdad del Padre, su Verbo, el Espíritu es la verdad (1 Jn 5,6) del Hijo y fomenta nuestra fe. El discípulo animado por el Espíritu no se detiene en el camino. No se deja atrapar por los espejismos, las apariencias y las mentiras. Avanza con la mirada clavada en el horizonte de la vida en plenitud. Se hace testigo de la resurrección ante el mundo. Si el Espíritu nos lleva hacia la plena apropiación de la verdad del Hijo, no podemos permanecer distraídos del Reino, más allá de lo superficial, hemos de detectar a cada paso sus indicios y sus primicias. El camino de este explorador de la verdad es a la vez tenso por sus aspiraciones, pero la pena (Jn 16, 8-11) se vuelve alegría en el descubrimiento del caminar cotidiano. Los discípulos no hubieran podido entender toda la verdad del Hijo. El Espíritu les dará la inteligencia profunda, les enseñará todo (Jn 14,26). El presente se ve iluminado por la acción del Espíritu que permite la comprensión total de las enseñanzas y las acciones de Jesús. No son verdades múltiples a las que el Espíritu nos lleva progresivamente. No se trata de formulaciones dogmáticas sino de la verdad una y total de Cristo glorificado. Una verdad que iremos siempre descubriendo sin agotar nunca su contenido relacionador, activo y contemplativo. ¿No es esta verdad la que hace del discípulo un poseído por la pasión? El hombre espiritual es un itinerante apasionado, siempre en búsqueda de lo nuevo. Al revés: donde se enfrían el entusiasmo y el sabor del riesgo para dejar todo el espacio a la rutina y a la repetición de lo mismo, allí se ha silenciado al Espíritu que “Habla a las Iglesias” (Ap 2,7) El Espíritu “apasionante” es el que se manifiesta en la insondable fecundidad del hoy, como nos lo recuerda el famoso discurso inaugural de Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,21) y la carta a los Hebreos (Cáp. 3-4). La verdad del Espíritu es eminentemente actual. Son los signos que se realizan hoy. Pues cada hoy, cada instante inaugura la aventura del Espíritu.


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En definitiva, la experiencia del Espíritu como pasión es, ante todo, pasión por el otro. En la Trinidad, el Espíritu es el “otro” de los tres, aquel que abre la brecha más allá de la reciprocidad dual o del solipsismo subjetivo. Optar por el Espíritu es optar por el otro y por lo otro, lo inédito, lo desconocido en y entre nosotros. El Espíritu es el revelador del más allá de toda realidad, el navegante de lo impensable, el maestro de la esperanza contra toda desesperanza. En conclusión, la verdad que nos hace libre es una formidable escuela de felicidad en la libertad. Según el Espíritu, somos empujados al riesgo de una pasión exploradora de lo fundante, de lo nuevo, de lo otro... en la divina libertad. Un rostro de la santidad. “Hazlos santos según la verdad” (Jn 17,17) es lo que envuelve la misión que los creyentes recibieron del Hijo y que prolonga la suya. Juan recalca con fuerza este papel de la verdad en la vida del creyente. Este tiene que “ser de la verdad” (Jn 18,37; 1 Jn 3,19) y vivir bajo la influencia de la verdad que mora en él (2Jn 4). El que vive en la Palabra llegará a conocer la verdad y se verá así liberado (Jn 8, 31s). Santificado va con separado, consagrado. Dios comunica su santidad a su pueblo (Lv 9,12) separado para Él. El discípulo se ve transformado desde el interior, una transformación en proceso permanente. La santificación es la acción del Padre en los que Jesús llama a su seguimiento. Y esta santificación no puede cumplirse sino en una verdad relacional. “Que sean uno”. Juan ve en la Verdad el principio interior de la vida moral. Y retoma las antiguas expresiones bíblicas “obrar la verdad” (Jn 3,21; 1 Jn 1,6). Nos habla de un progreso en la comunión con Dios. Nos habla de una acogida de la Revelación, de la Palabra de Dios. Las obras que nos abren a esta Palabra nos permiten hacer nuestra esta verdad y entrar en la luz. Los que se apropian de la Palabra auténtica, es decir la verdad, llegan a la luz. “Obrar la verdad” nos hace entrar en una verdadera reciprocidad con Cristo. La verdad no es una noción intelectual, sino una realidad relacional. Entramos así en la adoración al Padre “en Espíritu y verdad” (Jn 4,23). No se trata del aspecto espiritual del hombre en el sentido de su interioridad, de la intimidad del corazón. No es una buena disposición subjetiva sino la presencia del Espíritu que nos regenera. La verdad no es solo la sinceridad. Se refiere a la Revelación traída por Jesús. Es lo propio de los que, animados por el Espíritu Santo, creyeron en Jesús quien es la “Verdad y la Vida”. “Así la verdad nos hará libres” (Jn 8, 32). La verdad asegura firmemente nuestro ser. Marca, como en el A.T. una relación consolidada. Es sinónimo de fidelidad. La verdad nos hace entrar en la intimidad de Dios. Es el conocimiento directo que el Hijo tiene del Padre. Jesús es la Verdad personificada. Él nos hace libres. Esta verdad compromete en lo existencial. Con ella se pasa de la esclavitud al servicio. La libertad es servicio de Dios en la fidelidad, es amor. Es esta Verdad, verdad del Padre, verdad del Hijo, verdad del Espíritu, la que hemos de acoger en la fe. Entonces transforma nuestras existencias. Manifestamos en nuestras obras la luz de la verdad. Comprendemos cómo “es nuestra vida” según la expresión de nuestro Fundador. No sólo porque llena nuestro tiempo sino porque es parte de nuestro ser y de nuestra manera de ser. 

Las verdades de la fe.

Ahora bien, “las verdades de la fe” son las de la Revelación. Son las que encontramos en la Biblia. Son las que la Iglesia presenta en forma de explicitaciones dogmáticas. Merecen ser estudiadas, pero no son sólo del orden de la comprensión intelectual. Son sobretodo del orden existencial. No son un depósito estático al que no se puede añadir nada o quitar nada. Sería entonces una tradición, mera repetición, en la que toda novedad sería prohibida como amenaza a la pureza doctrinal. Pobre concepción de la Revelación. Una mutilación. ¡Cómo si Dios no siguiera revelándose! ¡Cómo si se pudiera prohibir la revelación, hoy! ¿Se puede prohibir que se roce con la historia, la cultura de los pueblos? ¿Entonces, dónde estaría la inculturación? La Revelación tiene un rostro dinámico y el dogma va evolucionando. La afirmación dogmática es siempre una afirmación provisoria. El dogma está marcado por el tiempo, un


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contexto, una cultura, un modo de pensar y, también por un combate. La formulación dogmática dice el consenso de un momento determinado, la percepción de un pueblo, la convicción de una comunidad. El dogma es como la luz de un proyector. Es una referencia, una memoria viva que no elimina la inteligencia, el discernimiento crítico y la autonomía de juicio. El dogmatismo es otra cosa. Es querer entrar en un mundo de verdades definitivas y estáticas. La “verdad” entonces llega a ser un ídolo. El “amor a la verdad” en este caso se va endureciendo y transforma la verdad en objeto de posesión. “Tengo la verdad” y nos olvidamos de que es la Verdad la que nos posee y nos invita, en un diálogo permanente, a descubrirla. De lo contrario nuestra pretendida fidelidad a la verdad se vuelve rechazo y traición. Y hemos de recordar lo que decíamos del lenguaje, más arriba. No se puede improvisar. Es preciso estudiar, leer, documentarse, abrir los ojos sobre los campos diversos de nuestro mundo. Me gustaría insistir como hace el Fundador en esta dimensión que hemos olvidado, incluso en la práctica: el papel del estudio. No cualquier estudio. El estudio de la Biblia, pero sin exclusividad. Luis Querbes quería ver en los catequistas una “fe ilustrada”. Como barómetro de la vida espiritual, la vida intelectual evita caer en el activismo. Nos prepara a acoger los problemas de nuestro tiempo y a contestar a la pregunta: “¿Por qué hacemos lo que hacemos?” Si los religiosos son los que perturban el sistema, deben saber de lo que hablan cuando protestan y cuestionan: justicia, ecología, legislación, ritos litúrgicos, métodos educativos. Así damos credibilidad a nuestro ministerio como proclamación y anuncio de Jesucristo en nuestra historia. Estudiar para entrar en el “misterio”. Estudiar, entonces, no es aprender cómo llegar a ser inteligente, sino cómo escuchar. El estudio empieza en la contemplación. Oídos abiertos marcan todo estudio profundamente vinculados a la oración. Esto exige silencio y atención a la Palabra de Dios. El estudio hace de nosotros unos mendigos. Descubrimos nuestra ignorancia y dependencia y esperamos lo que nos será dado. Hemos de tener confianza en el estudio. No sé si es el ejemplo de los primeros años de la fundación viatoriana, pero en muchas de nuestras provincias no se contaba con la fertilidad del estudio y no hablo de títulos, sino de formación permanente. ¿Por qué el estudio se vuelve tan difícil? Estamos marcados por una cultura de la imagen, del entretenimiento y no creemos que el estudio valga la pena. Sin embargo, el estudio nos lleva al diálogo. La mayoría de nuestros estudios se refieren al futuro. Aprendamos del pasado. Una memoria. Pero lo hacemos para descubrir las semillas de un futuro inimaginable con sus inmensas posibilidades: las del Reino de Dios. Hemos de aprender la historia desde el punto de vista del pequeño, del olvidado, y es una historia que libera y compromete. Con los estudios vamos hacia el compromiso. Pues hemos de salir de las profundidades obscuras de este tipo de progreso malsano siempre adquirido en detrimento de los pobres. Sobre la realidad de nuestro mundo, un Viator ha de preguntarse ¿qué ignoro y porqué lo ignoro? Teología, política, economía, sociología, son la esencia de la disciplina religiosa. El estudio es, para el Catequista, ni más ni menos que una cuestión de amor al hermano, al pueblo, al cosmos. No podemos renunciar al compromiso histórico respecto al estudio. El estudio permite superar el fundamentalismo de la letra para abrirse a la diferencia. El compromiso nos lleva a la comprensión y al diálogo. Oración, ministerio, profecía, desarrollo comunitario, crecimiento personal todos estos aspectos necesitan profundidad intelectual. “En el principio era el Verbo”. Hemos de impregnarnos del Verbo. Hoy se mide la educación en función del provecho que trae. Pocos estudian por la gratuidad como el gusto de explorar los secretos de la creación, la belleza, la verdad.


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“Limítense a la verdad” Es natural que tengamos otra manera de comprender la verdad, o como dice el P. Querbes “las verdades de la fe”. En nuestro mundo que rechaza los dogmatismos y todos los grandes sistemas filosóficos o religiosos hemos de comprender esta afirmación de una manera más adecuada y dinámica. No se trata por supuesto de rechazar lo definido como misterio de nuestra fe. Es la verdad en la realidad de la vida, la del mundo y la de los demás. No nos limitamos a los conceptos. Los Catequistas somos los testigos de la Verdad. La pregunta ¿qué es la Verdad? no se puede esquivar. ¿Cómo enfrentarnos a la indiferencia postmoderna? Me parece que Timothy Radcliff, maestro general de los Dominicos nos dice claramente lo que tratamos de comprender: “La verdad es, tal vez, en primer lugar, una luz que nos ayuda a ver la belleza y la bondad del mundo creado por Dios”. En una época de gran agresión ecológica, en la que los hombres están destruyendo su propia casa, no es inútil recordar la mirada del creador. “Existe un vínculo profundo entre la verdad y el amor. Amar a alguien significa tratar de comprender quién es verdaderamente. Crecer en el amor supone ejercer su inteligencia. Y crecer en inteligencia implica crecer en el amor”. Es bueno recordar que el amor no está aislado de una vivencia de solidaridad. “La concepción contemporánea de la inteligencia es fría, desprendida, sin apego. No me parece correcto. Miren en la Biblia: “conocer” significa tener una relación genital. Esto significa que el conocimiento exige una intimidad. El amor me ayuda a conocer la verdad. Y la verdad nos ayuda a amar “. Vemos, pues que la insistencia del P. Querbes no es una insistencia que releva únicamente del dominio intelectual, sino también de la voluntad y del amor. Es problema de vivencia. Víctor FRANKL dice que: “Por fin había descubierto la verdad, la verdad como la proclaman el canto de los poetas y las sabias palabras de los filósofos: el amor es el bien más grande al que pueda aspirar el ser humano”. “La verdad es también la posibilidad de una comunión entre personas separadas. Cuando estoy en desacuerdo con alguien, busco superar nuestra divergencia buscando una verdad más grande, más grande que mi pequeña verdad y más grande que la suya. La verdad significa que hay algo más allá de nuestra comprensión. No somos como los barcos que se cruzan en la noche en la oscuridad del mar. La búsqueda de la reconciliación es siempre una búsqueda de la verdad. “La verdad, está íntimamente vinculada a la dignidad humana. Hemos sido creados para la verdad. La buscamos instintivamente, incluso cuando la negamos. Los peces necesitan agua, las plantas tierra. Necesitamos la verdad. De otra manera nos encerramos en nosotros mismos. Creo que nosotros, catequistas, tenemos tendencia a desestimar esta aspiración de cada uno a la verdad. Ellos se sienten perfectamente bien, si hablamos o no “en la verdad”. En definitiva, esta verdad es Dios. Lo ha hecho todo y todo va hacia él. Es una verdad que conocemos y a la vez desconocemos. No es posible dominarla o apropiarse de ella... Lo que Dios es, no lo podemos decir. Las palabras no pueden encerrar a Dios. Sólo permiten aproximarse a él. Afirmamos que Dios es nuestro amigo, pero Dios es “indecible”. Podemos afirmar: Jesús vivió, resucitó. Puedo afirmar esta verdad. Pero no puedo apoderarme de ella. La herejía empieza precisamente cuando pretendo conocer la verdad en su totalidad. Se encierra a Dios en una caja. Lo reduzco a mi pequeña visión de las cosas. El dogma, a la inversa, busca abrir las puertas para dejar pasar la verdad. Nos empuja a emprender un viaje hacia la verdad. Por desgracia, dogmático hoy significa todo lo contrario. Pero es un contrasentido”. ¡No podemos dudar de un Maestro General de los Dominicos! Nos enseña cómo la verdad no se limita al campo de las definiciones abstractas y espirituales. La verdad incluye lo secular, lo profano, en simbiosis con el dinamismo de una fe que nos salva. Nos vemos referidos a unas verdades donde se aplican los criterios de humanidad. Mirar a Dios y a los hermanos y dejarnos mirar por ellos. Estamos, de nuevo, ante nuestra vocación contemplativa.


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“UNA FE CELEBRADA” 8 En su proyecto de institución, el P. LUIS da a los pastores una ayuda para las celebraciones religiosas. El Art. 1° de los estatutos dice: “el servicio de santo altar, en los rangos inferiores de la clericatura”. El artículo 6 precisa: “estará siempre listo para ayudar a su pastor, para servirlo con celo en las santas ceremonias y en la administración de los sacramentos, en decorar los altares y en dedicarse a la enseñanza del canto sagrado”. Podríamos multiplicar las referencias en las que se percibe en la vida concreta esta misma preocupación. QUERBES EN SU TIEMPO El contexto histórico y litúrgico. En el campo, se mantienen aún ciertas prácticas religiosas, pero impregnadas de conformismo. Encontramos más “practicantes” que creyentes. La indiferencia reina en la burguesía. Los medios intelectuales son todavía más incrédulos. Montalembert menciona que la presencia de un hombre en una iglesia parisiense producía más sensación que la de un cristiano en una mezquita en Oriente. Puede ser una exageración, cosa habitual en este autor, pero resulta bastante significativa. Por consiguiente es importante reanimar una fe rutinaria y formalista. La recristianización pasa por muchos caminos: la educación cristiana, la restauración del culto, las misiones internas. La liturgia es también un campo que se va renovando. Un apellido está vinculado a esta renovación: Guéranger (12 años más joven que el P. Querbes) que trata de devolver a la piedad cristiana su vinculación con las fuentes más auténticas, las de la liturgia viva. Denuncia el divorcio entre la oración personal y la oración pública. Quiere que la vida cristiana tenga sus raíces en lo que es mucho más importante que los ritos exteriores. La liturgia revive. La ausencia de medios ordinarios de formación de los adultos y la ignorancia creciente explican la creación de medios nuevos o renovados en una atmósfera de despertar espiritual. La liturgia es un momento privilegiado para la educación cristiana. Catequizar a los adultos. Según la recomendación de los obispos, los párrocos cambian el sermón del domingo por una lectura de un “Resumen de la Doctrina Cristiana”. Los adultos están invitados a participar en una lección de catecismo antes de la misa parroquial. En esta misa solemne – generalmente a las 10 a.m. – se da la instrucción o el sermón: debe ser breve, simple y familiar. En muchas parroquias del mundo rural, la predicación se hace en lengua vernácula. Esto encuentra la oposición de la pequeña burguesía humillada por sentirse despreciada. Los temas están inspirados por la moral práctica. El P. Querbes forma parte del movimiento de renovación. Quiere llegar a jóvenes y adultos con una catequesis a su nivel. El “Servicio de los Santos Altares” va mucho más allá en la vida personal y espiritual que un simple servicio exterior. Para comprender toda la novedad querbesiana es tal vez necesario recordar a grandes rasgos la mentalidad teológica del momento. Así podremos darnos cuenta hasta que punto dejó atrás los límites teológicos y espirituales relativos a la liturgia. Luis había sido formado en la escuela escolástica revisada por Trento. A pesar de su precisión y sus riquezas, esta teología resultaba muy limitada. Con su teoría del “ex opere operato”, intensificó el carácter rubricista y el ritual. La devoción insistía, casi exclusivamente, en la presencia real. El olvido del Espíritu fortalece la base cristológica, acentuada por los conceptos filosóficos de materia y forma. Faltan referencias eclesiales y comunitarias. Recalca la importancia del ministro que realiza el sacramento. De la dimensión eclesiológica y pneumatológica se pasó a

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Las observaciones que siguen han sido escritas antes de la conferencia de nuestro Superior General en torno a la espiritualidad litúrgica. Tengo la impresión de ser como un elefante que pisa vasos de cristal. Sin embargo las mantengo como las escribí.


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la dimensión institucional y jurídica en la que vale más el orden conferido a una persona que la referencia a la comunidad local. Podríamos subrayar muchas otras dificultades: rutina, legalismo, lenguaje anacrónico, ritualismo, falta de participación, clericalización, empobrecimiento del sentido del sacramento. Cuando falta un contexto de verdaderas experiencias de fe, el ritual se vuelve rápidamente mórbido. Demasiado ritualizada, la eucaristía se convirtió en “un momento obligado” para justificar la pertenencia a la sociedad eclesial. El ritualismo estricto hacía olvidar los orígenes espontáneos de la “fracción del pan”. Se había pasado de una experiencia mística a una exigencia moral y jurídica con un fuerte matiz jansenista. Desde el punto de vista pastoral, se insistía más en los aspectos de devoción, que en lo central. El pueblo se va alejando poco a poco de la liturgia a pesar de los esfuerzos por mejorar su participación en ella. Los sacramentos no tienen vinculación con la vida, la cultura o los signos de los tiempos. Pierden su carácter antropológico transformándose en fórmulas fijas e intemporales. Sin embargo, la práctica sacramental se desarrolla y la pastoral sacramentalista tiene mucha dificultad en entrar en lo sacramental. El culto eucarístico marcaba la orientación cristocéntrica: adoración al Santísimo (Pierre Julien Eymard, 1811-1868), bendiciones del Santísimo, adoración perpetua,... son devociones que imperan poco a poco en las parroquias. Es cierto que en el mundo rural la aplicación de estas nuevas orientaciones necesitó tiempo. Sin embargo, recordamos que las devociones populares a la humanidad de Cristo que se desarrollaron durante el siglo XIX reestablecieron la salud en la Iglesia: Hábeas Cristi, Preciosa Sangre, Cinco llagas, Sagrado Corazón constituyeron una reeducación litúrgica de la Iglesia. Se escapaba a la abstracción escolástica y a sus espiritualidades desencarnadas que reducía el encuentro Dios-Hombre a la función mística del espíritu (sin el cuerpo) con el Espíritu divino (sin la humanidad de Cristo). El ritualismo alejaba de la verdadera liturgia. En aquel tiempo las prácticas populares conducían a los fundamentos del cristianismo. Los calvarios, los nacimientos (franciscanos), las cruces de los caminos y encrucijadas vinculaban todavía firmemente a lo esencial. La devoción al Sagrado Corazón fue el culto a la humanidad de Jesús más difundido y más elaborado teológicamente. Compensaba la falta de devociones cristocéntricas en las liturgias clericales del tiempo, muy alejadas de las preocupaciones de la gente. El magisterio acató esta devoción que inspiró incluso una encíclica. (En 1816, la fiesta del Sagrado Corazón será fiesta universal por decisión romana). Las formas populares fueron imágenes y escapularios. El P. Querbes no pudo liberarse de todos los límites teológicos y jurídicos. Pero - como señala en los esquemas de los retiros que animaba - entró en el dinamismo de estas corrientes ultramontanas que devolvían a la Iglesia el realismo de su fe y la cercanía de la fe popular. Recordemos que Luis hizo la Primera Comunión el jueves del Hábeas Cristi, 13 de junio de 1805. Tenemos una imagen recuerdo de la celebración firmada por RIBIER, vicario. “El hecho que haya sido cuidada a lo largo de una vida dice, tal vez, la importancia que esta acción tuvo en su alma sensible”. LOS CAMBIOS DEL SIGLO XX. Durante la segunda mitad del siglo XX se ha avanzado. En el principio del siglo se veía la liturgia como parte sensible, ceremonial y ornamental del culto. Entonces se buscaba una espiritualidad personal, contemplativa como complemento de la liturgia. Con el Vaticano II hemos movido los altares, introducido la lengua vernácula, compuesto nuevas oraciones, nuevos cantos, simplificado los vestidos, afinado los gestos. Como resultado, la liturgia se actualizó.


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Pero llegó a ser un nuevo conjunto de palabras y actividades impidiendo a la Palabra hablar y actuar sacramentalmente en el seno de la comunidad. Se llegó a un cambio de rito, no de vida. Cuando se olvidó la novedad, la Iglesia se encontró de nuevo en el punto de partida. ¡De nuevo se buscó importar la espiritualidad desde el exterior para vivificar la liturgia! Carismáticos, místicas orientales, invadieron nuestra Iglesia reforzando no sólo el carácter personal sino el tradicional apoliticismo de la espiritualidad y de la liturgia. Con este nuevo dualismo nos encontramos en la situación del período post-tridentino en el que la liturgia se encuentra completada por numerosas devociones y espiritualidades. ¡Damos vueltas y vueltas! ¿Por dónde tenemos que ir? La liturgia debe ser vivida. Es preciso entrar en ella con toda su personalidad, toda su inteligencia y todo su corazón, toda su imaginación y toda su memoria, pero también su sentido estético y los 5 sentidos: vista, oído, olfato, tacto y gusto. Se utilizan una multitud de signos: palabras, gestos, elementos naturales, personas... La inteligencia de la liturgia tiene pues la naturaleza de un diálogo: se encuentra en ella el misterio del ser y uno se deja tocar por él. Consiste en recibir a Cristo a través de la acción litúrgica y esta recepción no va exenta de sabor. “El día en que descubrí la significación del amor descubrí la verdadera significación del culto” (Henry Word Beecker).”Quienes no tienen caridad podrán llevar al salterio pero no pueden cantar” (San Agustín, Sermón #9,8). La Constitución sobre la Liturgia de Vaticano II nos dice que “ la liturgia es la fuente y la cumbre de la existencia cristiana”. Desgraciadamente, después de esta reforma se produjo el fenómeno contrario con un giro de 180°. El hombre se constituyó en actor principal. El productor que manipula la liturgia para hacerla entrar en nuestro juego, un poco como en un “meeting”: “Vamos a celebrar lo que hemos preparado nosotros para Cristo nuestro Señor”. Así trastornada la liturgia se reduce a un conjunto de preocupaciones pedagógicas y humanitarias con una catequesis de maestros. Llegó a ser una escuela de bla, bla, bla, en la que sólo se utiliza el sentido del oído. Nada más dañino a la liturgia que estas explicaciones insípidas que la reducen a una sola dimensión. Puede incluso llegar a ser una violación litúrgica. ¡No se puede dejar a merced de lo arbitrario y del abuso de poder del primer violador la “cumbre de nuestra existencia cristiana! En este campo también vemos la importancia del estudio en general y el estudio de la liturgia en particular. Esperemos que nuestro Superior General, muy calificado en liturgia, nos ayude en este punto central para los Viatores. La sensibilidad postmoderna nos invita a recuperar la dimensión festiva de la fe. En ciertas corrientes intimistas podría haber una tendencia a retraerse en un cierto dualismo (¡de nuevo!) oponer espíritu y cuerpo. No podemos buscar la salvación en un rechazo al mundo material y secular. Nuestras culturas amerindias no sufren de este dualismo. El corazón del cristianismo recalca la importancia del cuerpo: Nos habla de encarnación, de acción del cuerpo en la liturgia, de resurrección. No hay salvación liberándose del cuerpo como lo dejarían pensar ciertas filosofía orientales. Hemos de proclamar y de vivir la salvación para todo el cuerpo espiritual. No transformemos nuestra Eucaristía en un castigo, un momento de aburrimiento, donde la libertad cristiana se ve bastante limitada. Nuestra teología tradicional (notablemente la escolástica) impide tomar esta visión lúdica en serio. Se perdió el sentido de juego que, en realidad, es el culto. Es capaz de esta tolerancia quien ve en el aspecto cultual del servicio divino lo que es en verdad: un juego jugado ante Dios, que debería unir a los hombres en vez de separarlos. El juego elimina la angustia. Es el retorno al símbolo... El juego vive del hecho de que es imposible saber lo que es la verdad. Pero se puede hacer la experiencia de la verdad aceptando jugar el juego. El juego ofrece al hombre alegría y generosidad y deja aparecer a un Dios como un compañero de juego para todos nosotros.


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LA FE CELEBRADA Una liturgia viva.. Es muy conocido el interés de Luis Querbes por la liturgia. En 1825, publica su “Recueil de Cantiques á l’usage des paroisses” y el año siguiente, el libro “Airs notés”. Es hombre de experiencia y pastor preocupado por la participación popular en la celebración litúrgica. Este libro tuvo 13 ediciones. Prácticamente durante toda su vida en Vourles, el P. Querbes trabajó en la “Lyre paroissiale”. Presenta 772 cánticos, con una apreciación sobre cada uno, la música que le corresponde, las fuentes y el índice alfabético. ¡Un trabajo enorme! En la introducción al “Recueil” escribe: “El gusto por los cánticos parece extenderse cada vez más en las parroquias de las ciudades y del campo. Son medios preciosos que... se usaron siempre con éxito... El canto es uno de los medios más precioso para extender y afirmar el Reino de Dios en los corazones. Hizo siempre las delicias de los cristianos”. Estamos hacia 1825. Más de 10 años después, Dom Guéranger no diría otra cosa: “¿No es el indicio del decaimiento del sentido cristiano el mutismo de un alma, que parece no tener necesidad del cántico para completar la oración y darle una forma superior?” Luis Querbes se había adelantado al famoso Fundador de la abadía de Solesmes (1836) y promotor de una reforma litúrgica. En los dos corría un mismo entusiasmo para hacer más viva y activa la participación popular en la liturgia. En los programas de exámenes para los Catequistas, insiste mucho en la formación musical, la que tendrá como punto culminante el canto llano (gregoriano). Éste desapareció del uso común de la liturgia fundamentalmente con el Vaticano II. Pero era de uso popular en todas las parroquias del campo, prácticamente hasta la mitad del siglo XX. Por ello Querbes invita a todos, maestros o encargados de sacristía a “colaborar en el canto de los divinos oficios” (DQ 127 3.10) “Ofrezca su servicio... Ejercite a sus alumnos en el canto llano... y en cantar correctamente algunos motetes” (DQ 410 7.21). Precisa detalles para superar las dificultades de este canto (DQ 550 8.102). Lo que hoy carece de interés para nosotros era importante para los que se consideraban colaboradores parroquiales y constructores de la belleza litúrgica y de la participación de la asamblea. En esta misma época, trabajaba en un “Ordo perpetuus” que publicará en 1851. Verdadero trabajo de benedictino. 36 folletos separados y encuadernados en un volumen de 1168 páginas. Un trabajo que, hoy, nos hace sonreír. Es indicador de su voluntad de dar dignidad a las celebraciones bastante descuidadas. Quiere devolverles su valor catequético, pastoral y espiritual. Luis Querbes, ya desde los comienzos (11-12-1833) indica: “El catequista se sentirá feliz al colaborar con celo en el adorno de los altares en la solemnidad de las sagradas ceremonia y en el canto de los diversos oficios” (DQ 127 3.10). Él mantendrá siempre esta preocupación. “El catequista se consagrará con esmero al servicio del Santo Altar en el tiempo y en el ocio que le deja su empleo particular” (DQ 547 8.85). Estamos en 1855. Para el P. Querbes estas funciones son inseparables de las de Catequista. Su insistencia en la devoción eucarística, vinculada a la función de catequista es clara: “Los catequistas tratarán de hacerse dignos de comulgar, con la autorización de sus confesores, los domingos y jueves, así como en todas las fiestas solemnes” (Comentario de los Estatutos). Superó el rigorismo jansenista. Es bastante cómico ver con qué lujo de detalles describe el Fundador el trabajo de los encargados de las sacristías y de las celebraciones litúrgicas. Si Luis insiste tanto en ello es porque corresponde a una necesidad pastoral y a una experiencia propia. Entonces, no es solamente la participación activa exterior la que hemos de promover. Es toda una concepción participativa en nuestras celebraciones. Desgraciadamente, con este último concepto, entendemos : realizar, ejecutar, desarrollar, cumplir ritos previstos auque sean necesarios cuando se llega a la expresión comunitaria en detrimento de la espontaneidad.


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Una vida litúrgica. La leyenda dorada no hace sino subrayar rasgos presentes en la vida de los santos. La del P. Querbes no escapa a este embellecimiento del recuerdo. Se conservó esta estampilla, simbólica por cierto, del P. Luis llamando a la puerta del Santísimo. Encontraba allí su fuerza en los momentos difíciles como en los momentos creadores. ¿Se puede expresar de una manera más sencilla y también más real el reconocimiento del Santísimo como lugar histórico del encuentro con Cristo? El sacramento es el punto de partida y de convergencia de todos los dinamismos eucarísticos de la vida, pues la vida es una liturgia. No sólo para Pablo: También para Luis. En un borrador de carta a Mons. De Pins, escribe: “una idea me vino, me preocupaba y me seguía hasta el altar...” Querbes vive, y recomienda en sus retiros pastorales y en sus cartas. “Por el santo ejercicio de la presencia de Dios y ... la contemplación intensa de los misterios de la vida y de la muerte de Jesucristo... el c.s.v. asumirá y vivificará su fe” (Comentario de los Estatutos). Y esta costumbre de vivir en presencia de Dios es percibida en su dimensión litúrgica y de ofrenda espiritual. “Todos los momentos de nuestra vida y de nuestro día pertenecen a Dios, hemos de ofrecerle por lo menos las primicias” (DQ 162 J5 120b ): Querbes entró en el dinamismo pascual. Aceptó las pruebas sembradas a lo largo de su vida. Gritó al cielo su angustia con la voz de los pobres de Yavé, en los Salmos. Pero supo también cantar la victoria de la vida. La muerte no es la última palabra de la historia. “La gracia y la paz acompañan siempre, en las pruebas, a los hombres de buena voluntad” (a Liauthaud, 13.11.57). Esta paz es sólo el reconocimiento de la presencia misteriosa de Dios en la vida. Su vida personal se desenvuelve así en un sacrificio permanente que le permite comprender cómo la rutina cotidiana se vuelve liturgia de ofrenda en el abandono y la confianza. “Jamás pedir nada. Jamás rechazar nada. Este es el holocausto más agradable que pueda ofrecerse a Dios” (Comentario de los Estatutos). Aquí hemos salido de los ritos y las rúbricas. Hemos entrado en una asimilación de la Carta a los Hebreos. La liturgia está en lo vivido (Ro 12, 1-2). Una vida entregada al servicio de la misión y del evangelio. La liturgia rebasó la “celebración” para llenar toda la existencia. Vivir el culto nuevo... “La liturgia relaciona entre sí y hace accesibles varias facetas de nuestra misión como la evangelización, la catequesis y la proclamación de la Palabra de Dios”. “La calidad de la vida litúrgica y su adaptación a los diferentes medios de compromiso y en el seno de nuestras comunidades locales, exigen una actualización constante tanto en nuestra formación teológica como en la práctica”. (Capítulo General 2000, C. 7 # 4 y 5, p. 27) Tal vez es bueno recordar el sentido etimológico de liturgia. Viene de dos palabras griegas “leiton ergon”: es un trabajo u oficio público en beneficio directo de la comunidad. O de “Laos ergon”: acción del pueblo en beneficio del mismo pueblo. Con el deslizamiento histórico de los contenidos de los conceptos, la liturgia se entenderá en su doble vertiente: - culto a Dios y santificación del hombre. La santificación es exigencia para rendir culto agradable a Dios y es también efecto del mismo culto. Es adoración, alabanza y gratitud. Es gratuidad: una especie de ocio contemplativo. El valor espiritual del Canto litúrgico. “Los Viatores como catequistas sabemos que las celebraciones litúrgicas de calidad reflejan la vida de la comunidad al mismo tiempo que alimentan y fortalecen la fe de sus miembros” (Capítulo General 2000, p. 27) Características celebrativas de nuestros pueblos latinoamericanos.


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La religión popular manifiesta su carácter festivo. El corazón del pueblo es así: festivo y confiado en los seres sagrados que dan vida. El cristianismo del pueblo es jovial. Es un rasgo fundacional. La sensibilidad, la mística son definitivamente festivas. El pueblo pone este talante festivo al servicio de un compartir colectivo. Contrasta con el pragmatismo del hombre moderno. Es que una de las orientaciones espirituales del cristianismo popular es su carácter relacional. A partir de necesidades humanas elementales, la población cristiana tiene una intensa relación creyente hacia los símbolos de la vida. Es una espiritualidad encarnada en la búsqueda del pan y de la salud de cada día, en el amor, en la manera de enfrentarse al miedo y al conflicto, en los vínculos con los muertos. Es importante esta faceta festiva y relacional. Es la mayor mediación de la fe, esperanza y amor del pueblo. Es una mediación sacramental, un tiempo – espacio inculturados. Es el modo en que la gente experimenta la Pascua, la Resurrección. Pero el festejo de la población es sumamente ambivalente y complejo con sus estructuras opresoras y evasivas, vivencia de la maldad (discriminación) y del pecado de violencia. Pero resalta la vivencia inculturada de Dios, del aliado (Santo Patrón) a la comunidad que festeja la fe. Dios es conocido y adorado como fuente de gozo. Todos estos rasgos son bases sólidas para una inculturación de la fe y de la celebración. Tienen calidad simbólica y festiva, y abarcan todas las dimensiones de la realidad. Hay que distinguir los elementos humanizadores y los factores adversos al bienestar del pueblo. Más a fondo, uno ve la revelación de Dios y la historia de salvación que convoca a cada pueblo. El gran desafío de hoy es la configuración de modos de ser felices y solidarios, superando los impases de la modernidad. El canto no es lo central en la liturgia, pero es importante como carácter festivo. Es fundamental para los catequistas que quieren facilitar la participación en una liturgia viva. Hemos mencionado la importancia que Querbes dio al canto en la celebración litúrgica. Su gran esfuerzo para renovarlo y ponerlo al alcance del pueblo. Encontramos aquí una intuición profunda, que fue también la de los Padres, y que hemos de volver a utilizar en su significación espiritual y mística. “El canto sagrado, esa misteriosa y humana fuerza que nace espontánea y necesariamente cuando el espíritu del hombre se encuentra con lo sagrado, es un fenómeno universal, parte necesaria e integral de todo culto. Siempre se vio en la fresca vida del cristianismo primitivo, un pueblo que canta, y que canta un canto nuevo porque su corazón se halla renovado. Toda mística, toda espiritualidad necesita expresarse con un canto. Del canto, como de la mística y lo espiritual, sólo puede hablar quien lo ha vivido, quien se ha sentido alguna vez transportado por él” El canto manifiesta una enorme fuerza pedagógica. Es una oculta sensación de placer que nos facilita el servicio de la Palabra de Dios, nos permite saborearla, asimilarla. Curiosamente va purificando y ordenando nuestros sentimientos, nos libera de nuestras preocupaciones y pasiones. Nos purifica. ¿No afirman los Padres una cierta presencia y actuación del Espíritu en el canto cristiano? Es la expresión espontánea y natural de la alegría. Nos ayuda a poner armonía y alegría interior. Se expresan la acción de gracias y la alabanza y se convierte el momento en fiesta. Alcanzará la perfección cuando se le una el canto de la Vida. Agustín insiste en la necesidad de “cantar no sólo con la voz sino también con los hechos, no sólo con la lengua, sino también con la vida... Alaben a Dios con todo lo que son: lengua, voz... su conciencia, su vida, sus obras. Que cante la vida, que canten las obras” (Salmos 146,1). Y Clemente de Alejandría: “Toda nuestra vida cristiana es siempre un día de fiesta. Por este motivo vivamos cantando”. Es realizador de la comunidad. Realiza la unión y la igualdad entre los miembros de la Comunidad que canta. Nadie debe quedarse sin cantar. En cierto modo realiza el amor mutuo. Es vínculo de unión y caridad entre los que cantan.


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Es expresión de la unidad cósmica del Reino de Dios. Hombre y naturaleza alaban al Señor juntos. Así como el salmista invita a toda la creación a alabar a Dios, de forma parecida la misma creación constituye una continua invitación para que el hombre cante al Señor. De forma simbólica, Efren dice “El único oficio del hombre en el cielo, será cantar a Dios... El condenado no podrá cantar”. Marca la comunión en la alegría y en el amor. ¿No dice Agustín que “el canto del Aleluya escatológico será el fruto del entusiasmo? El amor unirá a todos, no sólo con Dios, sino también entre sí. La concordia mutua se expresa en un grandioso canto al unísono... En esta celeste ciudad se vive un día de fiesta y de amor que no tiene comienzo ni conoce fin”... “Aquellos que no tienen caridad pueden llevar el salterio, pero no pueden cantar” (Sermón h 9,8). El valor espiritual del canto, del canto cristiano, radica en que la Palabra de Dios forma parte de su misma constitución. La melodía hace penetrar de una manera fácil y agradable en el corazón humano sus enseñanzas liberadoras. Y la asamblea ha de aprender a cantar. La alegría de la vida. En efecto, esta manera tal vez exterior de celebrar nos refiere a algo mucho más hondo. ¿Cómo traducimos, o cómo permitimos que el pueblo exprese su alegría como un sí a la vida. La alegría del don recibido y un cierto optimismo frente al futuro. ¿Cómo hacemos entrar la evangélica sencillez del niño en la práctica y actitud gozosa de la fiesta? ¿Cómo expresamos la acogida de su riqueza como don ofrecido? Esta alegría se expresa en la exuberancia de un clima festivo. El corazón se ensancha y se vuelve generoso. Toda una exterioridad que ayuda al cuerpo (¿qué somos sin el cuerpo?) a entrar en la fiesta: vestidos, comida, algazara, danza,... Es un reflejo de la riqueza de la vida y una sugerencia para intuir al ser de Dios, todo generosidad. Nos queda todavía mucho camino que recorrer para rescatar el sentido festivo de nuestros pueblos latinoamericanos en la liturgia. ¿No responde esto a una invitación del postmodernismo? ¿No responde a un esfuerzo gigantesco de nuestro Fundador? Así se puede expresar el sentido comunitario y la fraternidad. En la fiesta todos se nivelan. Se comparte la alegría, la fe, el amor y la esperanza. Se genera la confianza y mutua aceptación. Se construye la paz. Esta mirada mutua, indispensable (no es sólo bajar los ojos en un recogimiento indebido, sino la expresión de una asamblea que celebra unida en el amor) no permite la evasión que podría ser una liturgia mal comprendida. Pregona la fraternidad y apunta a destruir la injusticia. Nos obliga a mirar la vida en el hermano que está a nuestro lado. Entramos en lo esencial de la liturgia. Este amor a la liturgia va vinculado a la devoción eucarística. En un retiro de 1847, una meditación “Vida eucarística” menciona unas ideas que centran esta devoción: “Unión entre nosotros empezada en la encarnación finalizada en la eucaristía... ¿Con qué sentimientos? ... el más ardiente amor. ¿Qué hace para unirse?... se expone a todos los ultrajes... ¿Qué da? ... todo lo que tiene y todo lo que es”. (DQ S307 14.63). Eucaristía, don y entrega absoluta de Cristo que fomenta la unión. Todo animado por el amor. Toda la teología eucarística no se expresa aquí, pero es lo central. Lo esencial de la liturgia. “La liturgia, sobre todo la Eucaristía, es un lugar privilegiado para renovar nuestro compromiso con Cristo, nuestro servicio pastoral y nuestra identidad viatoriana” (Capítulo General 2000, p. 27). En la Constitución sobre la Liturgia del Vaticano II “liturgia” toma un nuevo sentido. Regresa al N.T. Éste renueva totalmente las manifestaciones externas de la religión como culto, templo, altar, ofrenda, sacrificio y sacerdocio. Nos invita a descubrir el camino nuevo de la expresión cultual. En el N.T. los que hoy llamamos sacerdotes nunca son llamados tales y a los que hoy no llamamos sacerdotes son los únicos a los que se atribuye tal designación.


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Luis retoma la dimensión relacional como elemento central de la liturgia. Percibe el vínculo que existe entre el proyecto de Dios, el pan compartido y la vida entera. Recuerda en DQ 162 J (borrador del Directorio) que “el hombre no vive sólo de pan...”. Y un poco más abajo cita a San Juan: “Mi alimento es de hacer la voluntad del que me ha enviado...” Busquen no un alimento perecedero, sino el que permanece para la vida eterna”. Jesús abolió el sistema religioso judío, pues no alcanzaba establecer la comunión como lo pretendía. Cuando la religión judía mantenía tanta distancia entre el actuar litúrgico del sacerdote, Jesús viene y convierte a todo el Pueblo de Dios en hijos y hermanos. “Todos tenemos libertad de entrar en el santuario por la sangre de Jesús que nos ha abierto un camino nuevo y vivo” (Heb 10,19). La situación escandalosa es precisamente este camino “nuevo”. La muerte de Jesús no fue un acto ritual y sagrado realizado en el templo, sino profano (tremendamente profano) y realizado fuera de la ciudad como expresión del rechazo por parte de Dios. Es el único culto que salva. Como dirá la epístola a los Hebreos: “se deroga lo primero para establecer lo segundo” (Heb 10,9) Se deroga el culto ritual para establecer el culto existencial. El N.T. quería cerrar la puerta, que por desgracia se abrió de nuevo más tarde, hacia la sacralidad y los ritos sagrados como mediación entre Dios y el hombre. Entonces ¿En qué consiste el culto nuevo? Toda la existencia personal y toda la historia debe transformarse en culto y liturgia. Cuando el N.T. habla del culto judío se refiere siempre a cosas que se realizan en los templos. Cuando se refiere a la experiencia cristiana, designa siempre algo que sucede en la vida. El culto nuevo es la vida misma en la que cada uno es víctima, sacerdote, altar y templo. San Pablo es el mejor representante de esta visión de la vida cristiana como liturgia. “Les exhorto, hermanos, a que ofrezcan su propia existencia como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, como su culto auténtico...( Ro 12, 1-2). No describe ceremonias, ni ritos, sino la existencia cristiana como búsqueda de la voluntad de Dios. Esta vida de solidaridad vivida en el mundo sin ser del mundo, es la liturgia y el culto auténtico del cristiano para convertirlo todo en ofrenda agradable a Dios (cf. LG 34.31). El impulso de la caridad para construir el cuerpo de Cristo es el que hace el ministerio apostólico de Pablo un culto agradable a Dios. En Ro 15,15-16. los términos cultuales son claros, pero no designan ningún rito o ceremonia, sino una vida entregada al servicio del evangelio. La fe cristiana es liturgia, pero se trata de una fe activa que se traduce en amor (Gal 5,6). En la misma línea, la carta a los Hebreos nos dice que el hacer el bien y la solidaridad son los sacrificios que agradan a Dios. Como dice el cardenal Ratzonger de quien no se puede pensar que sea hereje: “El culto divino más auténtico de la cristiandad es la caridad””. El amor cristiano crea solidaridad y trasforma toda la vida en liturgia.. El Cristianismo no es sólo “solidaridad humana intensificada” (liturgia secular), es también “canto de alabanza” y “asamblea festiva” (Liturgia de la Iglesia, principalmente La Eucaristía). El Vaticano II dice:”la liturgia es fuente y cumbre de la liturgia de la vida”. El compromiso cristiano, es decir vivir el evangelio con un espíritu de entrega como seguimiento de Jesús, tiene su origen y culmina en la asamblea litúrgica del Pueblo de Dios, principalmente en este canto de alabanza que es la Eucaristía. Ahí la Iglesia se ofrece ella misma “por él, con él y en él, en la unidad del Espíritu como acto de alabanza al Padre”. Vivir la liturgia secular supone vivir activamente e intensamente la liturgia eclesial. Dos momentos, una misma vida. Me encanta este cuento de Herman Melville en su Moby Dick. Concede mucha importancia a lo relacional, tan importante en nuestros pueblos. Es la importancia del amor fraterno para dar cualquier culto a Dios. Este cuento nos da una buena comprensión de lo que debe ser una verdadera liturgia como apertura al amor y contiene una buena definición de lo que es adorar. Ismael ante su amigo Queequeg que adora un pedazo de madera dice: “¿Piensas Ismael que el Dios todopoderoso, dueño del cielo y de la tierra – paganos y otros incluidos – puede esta celoso de un insignificante pedazo de madera negra? No, no es posible. Pero entonces ¿qué es la


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adoración? ¿Hacer la voluntad de Dios? Esto es adorar. Y ¿cuál es la voluntad de Dios? Hacer a mi prójimo lo que quisiera que me hagan. Esta es la voluntad de Dios. Y Queequeg es mi prójimo. Y ¿qué quiero que Queequeg haga conmigo? Que se una a mí en mi forma peculiar de adoración. Entonces yo también debo unirme a él en su manera de adorar. Debo hacerme idólatra. Entonces encendí los palitos, le ayudé a enderezar el inocente pequeño ídolo. Con Queequeg, le ofrecí galletas, le saludé dos o tres veces, le besé la nariz y hecho todo esto nos acostamos, en paz con nuestra conciencia y con el mundo entero” (citado por Drewermann, en “Dios en toda libertad”). Les invito a percibir, como lo hacen los profetas, Jesús, Pablo y Juan que, el amor, la solidaridad, la delicadeza y el cariño son las mejores expresiones litúrgicas de la vida.

EL P. QUERBES, HOMBRE EUCARÍSTICO. Nuestro pueblo suele hablar de la misa y de los sacramentos como la mejor expresión de la religión. Por eso, una persona muy religiosa es la que frecuenta la Iglesia y participa en las celebraciones mientras que la vida ordinaria y el comportamiento moral parecen estar ausentes de esta concepción. Para muchos, la religión se expresa en el culto y se reduce a él. Pero el Vaticano II nos recuerda que la eucaristía es “la fuente y cumbre de la vida cristiana” (LG 11).Nuestra forma de hablar nos traiciona. Utilizamos expresiones como “decir” o “escuchar” una misa, hablamos de la administración de los sacramentos, de distribuir la comunión a través de unos “funcionarios”, los sacerdotes. Expresiones que reflejan una concepción mágica, cosificada y marginal a la vida. Nuestros actos de culto y nuestra participación en los sacramentos son más actos religiosos que expresión de vivencia cristiana. Pero no es mi asistencia al culto la que me define como cristiano. La esencia de la religión no está en el culto. Mi identidad cristiana y viatoriana no está sólo en el culto “eclesial”. La religión de los profetas y de Jesús rompe con estas comprensiones. Jesús nos permite redescubrir la religión del Padre de la vida y del amor. Una religión del gozo y de la fiesta en la que el hombre se pone también en el centro. Ha de ser hijo y hermano. Yo hablo de Luis Querbes como HOMBRE EUCARÍSTICO con la visión del culto nuevo. Tengamos presente lo dicho sobre el culto nuevo para avanzar en nuestra reflexión sobre nuestro Fundador. Partir el pan en casa. He notado algo interesante en las reflexiones de Schillebeeckx. Observa que “ekklesia” es un término griego que retomaron los primeros cristianos para distinguirse. No lo hacían como oposición a la sinagoga. “Empalmaban con el uso profano de la palabra griega. Se referían a una reunión muy concreta de creyentes en Jesús... “Ekklesía” significaba la asamblea de ciudadanos libres... Los cristianos tomaron esta palabra, y ello matizó el sentido de la expresión del Deuteronomio. Hablar de una comunidad como de una “ekklesia” es hablar de una grupo determinado de hombres religiosos que se reúnen para el culto: es una asamblea cultual, en la que se da gracias y se le alaba en el Espíritu... se exhorta moralmente, y se tratan los asuntos importantes de la comunidad... La expresión neotestamentaria: Iglesia doméstica, señala, la conciencia eclesial de los primeros cristianos. La Iglesia antigua tomó como base pastoral la casa familiar urbana (cf 1 Cor 16,19). ” (Los hombres, retrato de Dios) Me parece que estas observaciones nos ayudan a entrar en lo que quiero presentar como un acto, eclesial y eucarístico que celebraba Luis Querbes en su casa. Buscar la voluntad de Dios en el crecimiento de la solidaridad entre todos los que forman el cuerpo de Cristo (Ro 12, 4-8) es también liturgia y culto auténtico. Es tiempo de gracia, de comunión y de amor. El servicio de solidaridad es Eucaristía ofrecida a Dios. Algo de esto se advierte en las reuniones de sacerdotes que se realizaban en la casa cural de Vourles. Se celebraba la vida y la fe. Poco sabemos de esas reuniones. Eran habituales y comportaban el símbolo de la mesa ofrecida a todos. La comida compartida. En este partir del


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pan, ¿no se construía la fraternidad? Es cierto que el prefecto del Ródano se equivocaba cuando escribía al ministro, el 16 de abril de 1831: “Reúne en su casa a los párrocos vecinos: Se piensa que estas reuniones son totalmente hostiles al gobierno”. La política, seguramente, no monopolizaba todos los ágapes. Había otras reuniones que se salían de lo ordinario. Eran el esbozo de esta sociedad en la que los maestros laicos se capacitaban profesionalmente bajo la dirección del Párroco de Vourles. En este ambiente germinaron métodos, libritos de lectura y de cálculo. Así tomaba cuerpo una idea que buscaba la unidad en la formación moral y espiritual en un medio tan disparatado como el de los maestros de pueblo. El P. Luis Querbes soñaba con algo mejor. Los párrocos aislados en sus casas y los maestros clérigos-laicos se veían abandonados a sus iniciativas para sobrevivir. ¿No podrían superar su aislamiento respectivo al compartir el techo y el pan? Compartir el pan, ¿no era el mejor símbolo de acogida del Señor para hacer memoria de Él? “En casa de los párrocos que los solicitarían, serían sus fieles compañeros... Podrían ser los compañeros de muchos párrocos en su soledad”. Los sacerdotes saldrían de su soledad. Esta puerta abierta para los párrocos, de quienes serían auxiliares, era la conclusión de una experiencia que Luis Querbes había vivido con el joven Pierre Magaud. La ley del compartir prevalecía sobre lo institucional y lo jerárquico. Frente a disposiciones rígidas, justificadas por la religión, el pan compartido eliminaría poco a poco las barreras discriminatorias. La acogida y la comprensión vencerían las dificultades. El alma eucarística de Luis Querbes, mucho más allá de rúbricas y de ritos, optaba por lo esencial: la solidaridad, el servicio, la misma mesa. Esto cambiaría las situaciones. Era seguramente un sueño demasiado lindo y esta visión utópica fue eliminada por las realidades clericales, la debilidad o la tosquedad de los caracteres... Así era Luis. Más allá de una cáscara un poco áspera se revelaba a la imagen del Maestro. Ofrece techo y pan. Conocemos el caso del P. Poggi, un dominico, con desavenencias con su orden. Va a buscarle a Ginebra y le aloja durante 7 meses en su casa. ¿Con qué pagó las deudas del infeliz, cuando tenía tantas dificultades para equilibrar sus cuentas? Nadie lo sabe. Pero había re-construido la unidad. Lo cierto es que ninguna petición de ayuda caía en el vacío. Con esta forma de compartir el pan (rechazar las divisiones injustificadas por la institución) no sólo se realizaba un acto social sino que era la expresión misma de la identidad de los discípulos de Cristo que comía con los pecadores. San Cipriano había escrito: “El mejor sacrificio es nuestra paz, la concordia fraternas y el pueblo unido en la unidad del Padre” En medio de muchas preocupaciones económicas, encuentra la manera de pensar en los detalles de un menú que algunos hermanos debían mejorar. “Tengo que invitarle a cuidar mejor el ordinario de la cocina para Thibaudier y para Ud. Deben tener ambos, dos segundos bien preparados además de la sopa. Sus niños están acostumbrados a una comida más sencilla. No se extrañarán” (DQ 323 6.46, a Faure). En un momento en el que reconocía que debía evitar adentrarse “por el camino de una confianza presuntuosa en la divina Providencia” (id), el dato anterior es significativo, sobre todo porque venía el tiempo de la prueba. Un poco más tarde advertirá “no se puede desconfiar de la Providencia ni tentarla” (DQ 341 6.66). Sin embargo partir el pan en casa no fue siempre fácil. La casa de Vourles estaba llena como un huevo: unas cincuentas bocas (un número que cambiaría mucho según las circunstancias), la mayoría jóvenes y con buen apetito. Si estaba convencido, como lo escribe a Faure “que Dios ha de alimentar a sus hijos” (24.06.1836), sabía también que debía comprometerse personalmente. Invierte sus recursos personales en este tragadero. Pero no basta. Cuando vienen las catástrofes (inundaciones de 1840 y la quiebra de Benoit Coste) las condiciones serán más difíciles. “Estamos en la aflicción” (DQ 330 6.53). Tuvo que reducir los efectivos. “Triste necesidad a la que no podemos escapar” (DQ 321 .44). Un año más tarde “los recursos son siempre muy limitados” (DQ 357 6.89). Las necesidades aumentarán en 1842 (DQ 372 6.101). Luis Querbes está “todavía e apuros en 1844, y se ve obligado a ampliar la casa principal” (DQ 396 7.3). A pesar de la dureza de los tiempos, a pesar de las dificultades económicas, Luis Querbes sueña siempre en ensanchar la mesa.


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El hombre de la unidad del cuerpo de Cristo. Luis Querbes ha sido el hombre de la unidad entre los miembros de su Comunidad y de la Iglesia. Eucaristía y Comunidad son el Cuerpo de Cristo. No puede haber divisiones, ni por razón de los carismas, ni por causa de la pluralidad. La solidaridad, la unidad que exigían la obediencia son los mejores frutos de la Eucaristía. No será necesario recordar detalladamente las peripecias de la fundación. Conocemos todos su idea inicial. Es clara. Quiere juntar en un mismo cuerpo lo que la institución mantiene separado. ¿No era ésta la intención de Jesús? La historia clerical creó y mantuvo la separación. Clérigos y laicos. Sin duda su visión era utópica. Y esta utopía la va a defender durante 10 años, hasta que Roma le exprese un no definitivo. No es fácil librarse de tales deformaciones históricas. Es más fácil dividir y discriminar que construir la unidad. Tanto hoy como entonces. El sueño pudo estar concebido en las bases conciliares de Trento. Eran tiempos revueltos. No se podía confiar a laicos funciones reservadas a los clérigos. No se podían mantener en una misma sociedad y al mismo nivel, clérigos y laicos. La intuición podía ser evangélica pero no era eclesiástica. El clericalismo de aquel tiempo no podía permitir tal agresión a la concepción jerárquica de las funciones. Cierto, la idea de Luis Querbes no comportaba la eliminación de las disparidades, pero los resultados prácticos llevarían a este resultado. Y tuvo que renunciar simplemente a este sueño de una “Cofradía de maestros de escuela” compuesta de 3 grupos de personas: “hermanos, ligados por votos simples a la edad de 33 años; cofrades, célibes o no, que hubieran formado la sociedad y, por fin; los afiliados que, sin haber sido formados por la sociedad, se hubiesen adherido” (3). Superar la segregación clerical, eliminar la discriminación para sentar el pueblo de Dios en una misma mesa, era un proyecto eucarístico. Hemos notado antes su deseo de ver desarrollarse un modo de vida comunitaria entre párrocos y catequistas. Encontraría así una solución a problemas materiales concretos. Pero, evidentemente, en su intención subyacía el deseo de unificar la acción de los cargos pastorales parroquiales y de superar las desavenencias. A veces, la oposición o la dependencia de uno respecto al otro, en este tandem párroco-clérigo parroquial. Era la manera de ofrecer una imagen más evangélica. En el caso del P. Boggi, antes de sentarle a su mesa había ido a buscarle a Ginebra afrontando situaciones que hoy nos parecen rocambolescas, al ver a un sacerdote que trataba de camuflar su apariencia eclesiástica para entrar en la capital calvinista. Su preocupación por la reconciliación y la unidad reconstruida y fortalecida no podía sino suscitar en él esfuerzos e imaginación para superar los obstáculos. Se ponían así al servicio del Reino. Transformaba su vida y la de sus religiosos en “memoria de Jesús”. Por otra parte recordamos su actitud con la Jerarquía. Algunos obispos pusieron a prueba su tenacidad, su paciencia y su deferencia. Pero Luis Querbes manifestará siempre una sumisión sin adulación. Cuando está seguro de su derecho y del de la Sociedad explica firmemente su punto de vista. Nunca pensará en romper. La unidad, aunque cueste mucho, es un bien demasiado precioso para exponerla al peligro, sea en la Iglesia local, sea en la Congregación. Su deseo de servir a la Iglesia, en todo aquello que decida su jerarquía, le lleva a presentar numerosas redacciones de estatutos, rectificarlos muchas veces y aceptar las modificaciones que se le imponen. Tras las aprobaciones episcopales, Roma pedirá nuevas modificaciones. Se le pide renunciar a ideas muy importantes para él. Tuvo que aceptar una realidad en la que, inicialmente, no había pensado: ser fundador de una Congregación religiosa. En todos estos vaivenes de renuncias a lo que amaba y creía justo, hay unas frases llenas de dignidad y de grandeza evangélica que no se pueden olvidar: “Puedo responder de la entrega de un buen número de clérigos. Monseñor nos puede tirar por tierra con un trazo de su pluma. Nos levantaremos... y nos iremos, guiados por la Providencia, a buscar nuevas pruebas” (DQ 164 4.9. A Cattet, 11. 1836). Escribe a Mons. Croizier: “Permaneceremos en la diócesis


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hasta que la congregación proyectada pueda tomar la dirección de nuestros establecimientos y nos retiraremos contentos de que Dios sea glorificado por cualquiera que sea” (DQ 465 7.80). Se trataba para el Fundador de opciones que estaban más allá de la mera obediencia. El servicio en el desinterés y la gratuidad. ¿Quién nos habló de servicio en vez de contarnos la Cena del Señor? ¿No era su obediencia un verdadero sacrificio en la fidelidad, comunión en un mismo proyecto? Una ofrenda personal que hacía de su vida un don para Dios y para los hombres. Para Luis Querbes se trataba de la edificación de la Iglesia, de la construcción del “Cuerpo de Cristo” hecho de “piedras vivas” en comunión con la “piedra viva” (1P 2,4) que es Cristo. Era preciso edificar una sociedad integrada, harmoniosamente fraterna. Estaba engarzado en el proyecto de Dios. No podía hacer valer únicamente sus preferencias personales. Por ello su ultramontanismo le conducirá a Roma cuando ve que intervenciones jerárquicas pueden romper la unidad de su sociedad o impedir su expansión, para buscar el sello definitivo de la comunión eclesial. Esta unidad del cuerpo de Cristo que quiere consolidar en la Iglesia, la quiere también en la Congregación. En su manera de vivir, prosigue la acción de Cristo. Acoge, recibe a su mesa, integra en la comunión. Hemos evocado la naturaleza heteróclita de los maestros del campo a principios del siglo XIX. Si había verdaderos apóstoles que creían en su misión, había también ganapanes que no habían encontrado otro trabajo para no morirse de hambre. A veces no eran más que auténticos canallas. Sin embargo es de este ambiente disparatado de donde escogerá sus catequistas. Tuvo entonces que armarse de paciencia para edificar un cuerpo sólido. Superó su carácter, siempre fuerte, para presentar una mirada misericordiosa. Hemos notado, cómo con los años, (después de 1840), los frases rituales de despedida con que termina sus cartas se cargan de ternura. Un anónimo dirá de él que: “No desesperaba de nadie... Puede que su buen corazón haya depositado excesiva confianza en aquellos que no eran dignos de ella, pero, “¿tendremos que reprochárselo?” Escribía a Damoisel: “Siempre me encontrará igual, es decir, lleno de ternura hacia Ud. y deseando que no entierre lo que Dios depositó en Ud.” (DQ 155 4.4). Esta actitud debía corresponder a la realidad, ya que otro catequista escribía: “Si Ud. quiere olvidar el pasado para recordar sólo esta bondad paternal que lo caracteriza, me considerará muy dichoso” (Delmas, P. 862 4.225). Es lo que dice otro anónimo: “Amaba a todos sus hermanos como a sus propios hijos hasta el punto de enfermar cuando perdía a uno de ellos”. El P. François Favre atestigua: “Lo hemos visto con lágrimas en los ojos, llorando de alegría al recibir con los brazos abiertos a unos pobres extraviados... Padre generoso, no pensaba más en sus errores, les otorgaba la misma confianza y la mejor acogida. A la vuelta del hijo pródigo, se llevaba a cabo una pequeña fiesta en la comunidad” (4). Y Robert añade: “Sin embargo no se mataba un ternero gordo. En Vourles eran pobres. Pero ahí estaba el corazón del padre”. Si había divisiones en la familia entre “buenos” y “malos”, todos eran hijos y hermanos, y el padre quería sentarles a todos en la misma mesa y reestablecer la comunión en la unidad. No faltaron quienes manifestaron su disconformidad. Puede que no tomaran la actitud del hermano mayor, causa de rupturas más profundas que las del menor pero veían, en la actitud del P. Luis Querbes, al menos una falta de prudencia. Ante estas observaciones respondía: “Sí, pienso como Uds. que Fulano no tiene hoy las disposiciones necesarias. ¿Pero quién me asegura que no llegará a tenerlas mañana? Si lo despechamos ¿llegará a ser mejor? Trabajemos, más bien, en reformar su carácter y en corregir sus defectos. ¿No vino nuestro divino Maestro para salvar a justos y pecadores” (5). ¿Qué no habría que añadir frente a su actitud ante los despropósitos de sus propios auxiliares? El P. Faure había salido de Comunidad y había preparado un dossier de críticas y de denuncias contra él, destinadas a Roma. Luis le recibe a su vuelta como si nada hubiera sucedido. El P. Liauthaud también hizo las suyas. El P. Luis Querbes sufría, pero la puerta de su casa y de su corazón nunca se cerraron para estos hermanos. ¿Era un ingenuo? ¿Ponía demasiado confianza en las personas? O, simplemente, cuando anidaba la esperanza de que la mesa comunitaria reconstruiría la comunión practicándola y que esta comunión conquistadora ayudaría al débil a encontrar comprensión ¿no estaba expresando la visión evangélica?. Quien se había desviado quedaba invitado a seguir el ritmo y el estilo de sus hermanos. ¿No era esto curar el miembro herido y hacer que circule al máximo la vida en el cuerpo fuerte y sano?


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¿No está Dios en medio de los hombres que se reúnen en la acogida fraterna y la comprensión? Luis Querbes decía a su manera que la Eucaristía, el sacramento del pan compartido, nunca es un rito aislado de la vida y de la palabra. La comunión y la unidad fueron entonces una de sus grandes preocupaciones: “Si la casa se divide, no subsistirá” (DQ 342 6.67b) dice a Faure que critica la dirección de la Congregación. “Que haya entre Uds. un solo corazón... Si el espíritu de malicia, el enemigo de todo bien, busca dividirlos, hay peligro” escribe a McDonald (7.03.43 DQ 390 A 6.120). “El Espíritu maldice al que siembra la discordia entre sus hermanos” (a los hermanos de Canadá (07.01.53). Recomienda la obediencia...Sabía por experiencia lo que exigía. Precisamente por haber pasado por este camino, tenía derecho a exigirla. “Que no haya entre Uds. disensiones” (1Co 1,10-11). “Tengan una tierna caridad los unos por los otros... Que no haya entre Uds. ni griego, ni judío, ni bárbaro” (A los Canadienses, DQ 496 7.122, 14.11.55) Salvaguardar la unidad del Cuerpo de Cristo fue una de las grandes inquietudes de Pablo. También lo fue de Luis Querbes. Y sabemos cómo Pablo relaciona esta unidad con una buena celebración de la Cena del Señor (1 Co 11, 17-34). El hombre de la solidaridad... La mesa para el mayor número posible. De la misma manera que no aceptaba las divisiones en la Iglesia y en su Congregación, Luis Querbes no podía aceptar con agrado la división entre ricos y pobres. Partir el pan es incompatible con el hambre de los pobres. El rechazo a las distinciones que llevan a la discriminación y a la marginación es, no sólo una exigencia humanitaria, sino una exigencia de la fe. La unidad, nos guste o no, pasa por lo económico. En su vida personal ha practicado lo que pedirá a continuación a los demás “Lleno de compasión por los desheredados, hubiera querido aliviar todas las miseria y poder proporcionar a todos los indigentes, no sólo el pan de la inteligencia, sino también el denario de la limosna. En sus salidas atendía a todos los pobres que le pedían” (6). Se podrían multiplicar los ejemplos: una madre echada de su casa con sus hijos; él aporta una fianza para el pago del alquiler. Le recomiendan una viuda sin recursos, un obrero sin trabajo, un aprendiz en peligro, una huérfana, un seminarista pobre, una dama arruinada... Le solicitan para buscar ayudas, un empleo, realizar unos trámites... un sacerdote en ruptura con su obispo, un dominico del que hemos hablado... A nadie deja sin ayuda, hermanos, parroquianos, amigos y desconocidos. Todos los testimonios concuerdan. Luis Querbes, por su solidaridad con el sufrimiento del pobre, es decir con la pasión del mundo, vivía la Eucaristía en lo cotidiano. Celebraba la solidaridad del Cristo que salva. Pero hay que reconocer que, como la mayoría de los sacerdotes de su tiempo, Luis Querbes no hacía el análisis socio-político de su época. Esta solicitud no era sólo una limosna para librarse de todo otro compromiso. Ponía el alma y el corazón. El H. Blein escribe. “Te escuchaba con paciencia, recogía tus confidencias, sufría con tus penas, se identificaba con tus problemas y buscaba, y a menudo encontraba, remedio al mal. Y ciertamente, no regateaba, no medía los sacrificios para aliviarte. Puedo decir que jamás rehusó su ayuda a las personas necesitadas que se dirigieron a él y desafío a cualquiera a demostrar lo contrario” (7) Pide que se exprese en la oración esta atención solidaria entre los hermanos. Obtiene así, no sólo los frutos de la intercesión, sino el incremento del interés y la motivación de cada uno por la comunidad y sus miembros: por los que han encontrado otro camino, por los fallecidos, por los enfermos, por los “misioneros”, por la fidelidad de uno y otro... Dios, a veces, no da precisamente lo que se le ha pedido, pero la oración nos estimula a abrirnos a los problemas de los otros y acarrea así sus primeros frutos. Por otra parte, en la práctica tradicional, la Iglesia ha visto siempre a los pobres como a su tesoro. No con aires de damas protectoras sino según el Evangelio vivido en lo concreto. Mt 25, 31 - 46 está presente en la vida de Luis Querbes Toda la realidad se torna símbolo y sacramento. Lo “sagrado invade lo profano, la vida se unifica y se hace Eucaristía. Claro que dudo que Luis Querbes haya pensado en estos términos. Pero ahí está la realidad que vivió.


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En la celebración eucarística había germinado su proyecto eucarístico. La Palabra también alimentaba su oración y motivaba su vida. Los textos que le inspiran no son los mismos que nos iluminan hoy. Pero la Palabra es lo suficientemente rica como para revelar a lo largo de los siglos los diversos aspectos de su profundidad inmensa y de su inagotable fecundidad. Sin embargo, es imposible que Luis Querbes no haya visto que Dios construye su proyecto con el desecho del mundo, es decir: los excluidos, los marginados, algunos ex-seminaristas, exreligiosos, ancianos... siempre más numerosos que los “normales”. Su proyecto es de integración y de comunión. Que nadie quede al margen: un intento de construir la comunión entre los hombres. Quien no tiene en cuenta a las “piedras rechazadas” por nuestra sociedad no está en el camino de Dios. A de la Chapelle, en una carta del 30 de marzo de 1829, Luis Querbes le subraya: “el deseo de arrancar de la miseria y del envilecimiento... a una multitud de hombres casados o célibes que ejercen su función de maestros de pueblo”. Si el proyecto era pretencioso, no le faltaba ambición evangélica: la misma que llevaba a Jesús a sentar a su mesa a Leví y a otros marginados antes de destinarlos a la misión universal. El proyecto querbesiano era claramente un proyecto eucarístico en el sentido de la Salvación de Dios. Se dirige a un pueblo sacerdotal que no tiene nada que ver con las ceremonias cultuales sino con un compromiso en la historia en la que hay que hacer triunfar esta salvación. No se trataba solamente de relaciones interpersonales, de ayuda individual sino de un gran proyecto de solidaridad humana y eclesial: hacer participar en la mesa del pan y de la cultura a los innumerables pobres de las zonas rurales. Estos están ahí desde los inicios (se les menciona constantemente en todas las redacciones de los estatutos) como los destinatarios de su proyecto. La ayuda a las parroquias miserables no tenía otro fin. Una elección deliberada, sin duda. Ir a las parroquias que no podían pagarse el lujo de una comunidad numerosa y financieramente exigente. Con todos los peligros que ello comportaba, era necesario “enviar de uno en uno, a algunos de sus miembros hasta los pueblos más alejados” y “así se llenarán los vacíos dejados por las otras sociedades religiosas”. Hoy se buscan otros soportes comunitarios y los pobres siguen abandonados. He hecho notar las modificaciones que R. Bonnafous introduce en el orden de prioridades querbesianas. Desde ocupar casi el último puesto, en sus primeros estudios de síntesis, a medida que se va profundizando y ampliando la investigación, la prioridad de los pobres llega a ocupar el primer lugar en un trabajo de 1993. Es preciso que los niños del campo puedan sentarse en la mesa de la sociedad humana y en la mesa eucarística. Por ello el Catequista no perderá “ninguna ocasión de evangelizar a Jesucristo sobre todo entre los pobres”. Evidentemente, antes de poder permitir a toda esta juventud, gracias a la instrucción, sentarse a la mesa de los hombres normales, los religiosos deberán primeramente sentarse a la mesa de lo pobres. Preámbulo necesario a la realización ulterior. Y hoy, en nombre de la comunidad, se refunfuña ante la exigencia. Hay demasiados peligros perturbadores para la comunidad, siempre un poco friolera. Luis Querbes vivía bien, en su tiempo, la realidad evangélica de las comidas del Señor. Las que preparaban la Cena y la comida de la Resurrección. Eso no fue lo más fácil. Y hoy todavía, se buscan coartadas e interpretaciones para evitar el realismo de la radicalidad evangélica. Pero la ambición querbesiana no se detiene. El ejercicio “de las funciones tan despreciadas y, sin embargo, tan bellas de instructores de niños del pueblo” como escribe Luis Querbes a un consejero de Estado (8) lo va a proponer más allá de los mares. Hacer sentar a los que se considera fácilmente como salvajes (eran en realidad colonos) en las relaciones humanas. Ambroise Rendu, funcionario del gobierno escribía: “para remediar los males y aligerar las miserias del cuerpo social, no conozco nada más eficaz y seguro que el amor a los hombres, encendido en la llama del amor de Dios” (9). ¡Uno de esos laicos cuya linterna teológica habría podido iluminar muchas tinieblas clericales! Gregorio XVI había dado un fuerte impulso a las misiones lejanas. Luis Querbes envía a sus religiosos a San Luis, Misuri, en el 1841; a Sirdanah (Agra) en la India, en 1844; a la Industria,


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Canadá, en 1847. Estas misiones tuvieron resultados muy diferentes, pero indicaban, por parte del Fundador, la voluntad de hacer participar en la comunión y en la unidad de la Iglesia a los pobres del mundo. Estas fundaciones podían responder a necesidades tácticas de cara a una crisis que se avecinaba en Francia, ello no empaña nada esta realidad: participar en el anuncio del Evangelio lejos y “sobre todo a los pobres”. ¡Sabemos que ese “sobre todo” ha sido olvidado! La voluntad permanecía, y la realidad también: los marginados y los disminuidos. Por esto, Luis Querbes cursa una visita de reconocimiento a Argelia, en febrero de 1849: Sin duda que allí se dio cuenta de otro tipo de dificultades... CONCLUSIÓN. Hemos partido del “sentimiento de la presencia de Dios”. Es decir vivir la experiencia de Dios. Pero no podemos experimentar a Dios en la liturgia así, de repente, si no lo vemos en ningún lugar fuera de los templos y también de la Iglesia, en experiencias cotidianas con los hombres y el mundo. La liturgia de la Iglesia y la proclamación de la Palabra suponen que se hayan originado experiencias religiosas con y en experiencias humanas. Estas suponen, a su vez, una experiencia simbólica fundamental en y con nuestro mundo. Sin una fundamental experiencia de lo creado, ninguna renovación y orientación del estilo de la liturgia podrá darnos una experiencia cristiana profunda y no sólo una experiencia de nuestras propias reacciones subjetivas ante lo que acontece en la liturgia. (10) Habíamos hecho una experiencia ritual de la Eucaristía. Pero la lectura de la vida de Luis Querbes nos muestra que su vida-celebración desembocaba en una plenitud de sentido, aunque él lo hubiera expresado en otros términos. Y eso es precisamente lo maravilloso y claro de la vida del discípulo que se ajusta a la del Señor: el sentido va más allá que las palabras y los símbolos. Esa voluntad de Dios que Luis Querbes buscaba, (y que invitaba a buscar), le permitió entrar en el gran proyecto del Padre: hacernos hermanos para poder ser hijos. Un proyecto de comunión y de solidaridad. Luis Querbes, al dar al hombre su dignidad y al construir la convivencia humana sin exclusiones, entra en ese culto a Dios que procura su gloria. Este culto es la vida misma, la existencia entera, que se hace ofrenda (holocausto, dice el P. Luis Querbes), mediación de servicio en el amor y la obediencia. Es el compromiso que vivió cuando reunía alrededor de su mesa para celebrar la identidad cristiana y la identidad viatoriana a sacerdotes, laicos, religiosos... El culto que agrada a Dios se realizaba en este “ágape” de participación en el servicio “sobre todo a los pobres”. Lo que nosotros somos y queremos ser lo expresamos con una manera de vivir y una manera de celebrar. Luis Querbes vive así la Eucaristía con la gente de su parroquia, en la alegría y la participación: la Eucaristía como mesa del compartir el pan con los más desheredados, la Eucaristía celebrada en una vida de acogida, de perdón y de misericordia; la Eucaristía como Cuerpo de Cristo edificado en la unidad y la comunión... La Eucaristía cotidiana era para él la celebración ritual de algo que está para hacer la vida y para hacer algo con la propia vida. Luis parte de las realidades humanas, pero de realidades que ven y comprenden los que tienen un alma de pobre, que saben abrir los ojos por encima de los escándalos y las contradicciones que vive nuestro mundo y nuestra Iglesia. No escapa a las tensiones y a los conflictos. Son cruces que necesariamente se encuentran en el camino de aquellos para los que la historia y la vida concreta son esa verdad que cierra la puerta al individualismo y a la evasión. Entra en este esfuerzo de cambiar nuestra sociedad para que los hombres puedan vivir mejor la alegría de compartir el pan y la vida. Haciéndose solidario con los pobres, invitándoles a sentarse a la mesa común, ha podido realizar en verdad la práctica del sacrificio de Jesús. Sin esto, habría faltado algo en sus celebraciones eucarísticas. Me pregunto si los C.S.V., al centrarnos en el Servicio de la Palabra (bajo la influencia de Rahner), no habremos mutilado nuestra identidad viatoriana y puesto en sordina un dinamismo que hoy echamos en falta. Y me alegro mucho que el capítulo de 2000 haya querido subrayar la importancia de este objetivo fundamental de los C.S.V. : la liturgia. La eucaristía, sacramento y


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símbolo, tiene una fuerza misionera que le viene de la vida, de la pasión y de la resurrección de Jesús, vividas y celebradas. Un dinamismo que acompaña pero que puede ser reemplazado por la sola Palabra. Un símbolo histórico de la acción del Señor que no puede confundirse con ningún otro. UNA FE COMPARTIDA EN UN PUEBLO Y EN UNA ASOCIACIÓN, CELULA DE IGLESIA. Profundizar este tema es retomar unos puntos que acabamos de mencionar en Querbes, hombre eucarístico: el hombre del Cuerpo de Cristo... El proyecto querbesiano apuntaba fundamentalmente a la reconstrucción del tejido social donde la Revolución había destruido las expresiones exteriores de la fe y donde la indiferencia hacía crecer una anemia peligrosa para el dinamismo de la evangelización. Toda su energía y devoción se orientó hacia la realización de esta obra. Había empezado por los servicios en las células de Iglesia que son las parroquias. Su institución quería apoyar a los párrocos en su labor docente y cultual. Luis Querbes señala, en su iniciativa, en su actitud, en su obediencia, todo el amor que tiene a la Iglesia. Un amor profundo que motivó su acción a lo largo de su vida. No habló mucho de ello. No expresó su ortodoxia pero vivió su ortopraxis. En el mundo en que vivimos encontramos un florecimiento de propuestas eclesiológicas. El abanico de los modelos de hoy es impresionante por su carácter a la vez plural y polémico. No podemos pretender que la Iglesia contemporánea se refiera a algunos modelos privilegiados. Incluso vemos resurgir modelos aparentemente superados en la época del Concilio, mientras propuestas conciliares se ven cuestionadas o buscan precisar nuevas dimensiones no suficientemente trabadas. Esta cohabitación rica en sí, no va siempre libre de tensiones. Sabemos que el P. Luis Querbes vivió también una realidad eclesiológica un poco parecida a la actual, donde se enfrentaban las tendencias galicanas y ultramontanas. Las intuiciones conciliares en el P. Luis Querbes. Lo que constatamos es que percibió la Iglesia como comunidad y comunión. Con esta concepción vive la realización de su misión y de la misión confiada a su Asociación. De la fe surge la comunidad de los que aceptan a Jesús como Salvador y se proponen seguirlo. De la fe querbesiana surge la sociedad viatoriana cuyos miembros quieren vivir en Cristo y aceptan que Cristo viva en ellos. En esta comunidad se vive la presencia interior de Dios y de Cristo en los sacramentos. En su obra, Luis Querbes quiere ser instrumento de salvación (habla de hacer verdaderos cristianos) siempre ofrecida a todos los hombres, estén donde estén, en los lugares más alejados. En esta comunidad, el amor de Dios adquiere concreción histórica. Asume una densidad “sacramental” bajo la forma de una organización concreta, la Sociedad de San Viator. La Palabra, el sacramento y el servicio de misión, especialmente a los más pobres, constituyen los elementos fundamentales que sustentan a la comunidad cristiana y a la viatoriana. Luis Querbes apunta, aunque indirectamente, a una formación social concreta inserta en los diferentes modos de convivencia que ocultan la dimensión trascendental vinculada al misterio de la Iglesia total. Luis Querbes concibe la Iglesia como expresión visual del Pueblo de Dios. Un Pueblo que es universal tanto geográficamente como en el campo de los carismas. Su concepto se amolda a la aceptación del verticalismo jerárquico del viejo esquema de cristiandad. Pero buscó cómo revalorizar el papel del laicado y vivió, a pesar de las tensiones, una profunda fidelidad a sus obispos y al Papa. La presencia de laicos, religiosos y sacerdotes en su institución es expresión concreta y simbólica de este Pueblo en su diversidad y en su unidad. Una maqueta, como se dijo, o una célula de este pueblo, en el que los miembros, llamados por Dios, quieren llevar a cabo un servicio salvífico en medio del pueblo pobre. Su insistencia en mantener la rama laica en la Sociedad nos muestra la convicción que tenía de vivir la comunión de un pueblo de hermanos. Es muy posible que el P. Luis Querbes se hubiese encontrado a gusto ante la indudable insistencia del pontificado actual en fortalecer la Iglesia Jerárquica en menoscabo de la Iglesia Pueblo de Dios. Corresponde a la tendencia que los ultramontanos querían fortalecer. ¡Vivimos otros


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tiempos! Cuando la Carta a las Comunidades del Capítulo General de 1994 nos dice que religiosos y asociados “ofrecerán una imagen significativa del pueblo de Dios”. Traduce así un deseo profundo del Fundador. Muy pronto tuvo la comprensión de la Iglesia universal que no expresó, por supuesto, en los términos de Vaticano II. Ultramontano, por gusto y por opción, recurrió a Roma. En el Papa, un poco como Lamennais, veía el pilar y el vínculo de unidad. Rápidamente se abrió, ante la petición de algunos obispos, a la universalidad: América, India, Canadá, investigación en Argelia, etc. Y pide a sus religiosos: “adherirse sólidamente y desde lo más hondo de su alma a la Santa Iglesia y al Vicario de Jesucristo” (Comentario de los Estatutos, DQ 550 8.96). Luis Querbes vivió un tipo de tensión que hoy conocemos bien. La tensión ”Carisma y Poder” según el título de una obra de L. Boff. Estoy aludiendo a las tensiones eclesiológicas que atravesaban las relaciones de la Vida religiosa con el Magisterio. La Vida religiosa por vocación participa de una eclesiología más carismática que, sin despreciar la dimensión de autoridad, privilegia sin embargo la libertad que deja espacio a las inspiraciones del Espíritu. Buena parte de las tensiones y malentendidos entre LUIS y sus obispos partía de esta polarización. Piensa en la Iglesia como Cuerpo de Cristo. La comunidad dotada de carismas diversos, formada por personas diversas conlleva una unidad interna y una fuerte cohesión mediante la obediencia a un proyecto común que responde a la fe y a la apertura al Espíritu. “Somos diferentes, pero somos hermanos”, rezaba un lema del Jubileo, celebrado en Iquitos. Cuerpo de Cristo responde a la visión de comunidad - comunión. Los miembros se encuentran en una misma fe, en un mismo amor, en una misma misión. Es el elemento que une a todos los miembros del Pueblo. Su carisma no va en detrimento de la Institución. Las tensiones que vivió con sus autoridades inmediatas dejaron siempre la última palabra al obispo. Y aceptó, aunque no coincidieran siempre con sus gustos y sentimientos, los cambios que ellos o Roma le propusieron. Confió en los cofundadores que solicitaban la ayuda de sus religiosos y querían adaptar la pequeña sociedad a las necesidades de sus diócesis. En estas relaciones, aunque dolido, Luis Querbes optará siempre por la obediencia digna y ... libre. Para Luis Querbes esta comprensión del Cuerpo de Cristo, es más que la de un cuerpo social. LUIS es un hombre eucarístico. “La Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía construye a la Iglesia” (de Lubac). La comunión del cuerpo eucarístico de Cristo, a la que invita un poco contra los usos de su tiempo, reúne a la comunidad. La percepción del momento era todavía bastante individualista. Hemos visto los esfuerzos del Fundador para fomentar algo de participación en la liturgia. Pero podía resonar la palabra de Pablo: “Aún siendo muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, pues todos participamos de un solo pan” (1 Cor 10, 17). En la Sociedad se quiere vivir la voluntad de Dios, realizar el plan del Padre en Cristo y el Espíritu de salvar a todos. En esta voluntad, la Sociedad encuentra el desarrollo de su vocación más fundamental. Supera todas las separaciones y reencuentra la unidad perdida. Verdaderamente la Sociedad es signo de la unión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Valor simbólico eficaz que va incluso más allá de lo reflexionado por Luis Querbes. En este contexto entendemos mejor todo el sentido de su insistencia en la obediencia religiosa. La Iglesia es Cuerpo de Cristo y esposa de Cristo. Hoy la teología femenina nos permite releer la vieja eclesiología paulina del Cuerpo de Cristo desde la perspectiva del género femenino. Esta eclesiología, desconocida en el tiempo de Luis Querbes nos permitirá, tal vez, superar una serie de impases de eclesiologías tradicionales, como el encontrar alternativas a la creciente polarización polémica en los medios eclesiales. Esta visión de universalidad lo abría a lo que, más tarde, Juan XXIII y el Vaticano II reconocieron como “la Iglesia de los pobres”. Documentos como Puebla (# 28 – 30; 1207 – 1208) nos dirán que esta pobreza no es inocente. LUIS no comprendió esta situación como pecado social y estructural. Esta realidad dia-bólica (la que divide y provoca rupturas) es el inverso de su Sociedad comprendida como realidad sim-bólica. El Fundador actúa con un gesto de gracia y de solidaridad. Orienta su obra hacia los pobres. También su Sociedad era pobre y compuesta de


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pobres. Hoy, después de Vaticano II, el modelo de relación con el mundo cambia completamente de imagen. En vez de encabezar el imperio de Dios, la Iglesia se pone al servicio de un mundo autónomo y plural, respetado y amado en su diversidad. Para que esta nueva postura pueda ser creíble, el concilio proclama la necesidad de un testimonio de pobreza que confirme la voluntad de la Iglesia de renunciar al poder. Entraba en el restablecimiento de la comunión que el Padre desea para todos sus hijos. Hoy tratamos de vivir más colectivamente una eclesiología de reconciliación. El P. Luis Querbes desplegó esfuerzas y energías para que el perdón y la reconciliación se realizaran concretamente en varias oportunidades. Sus intervenciones para la reinserción de sacerdotes en la institución marca esta voluntad. Hoy es toda la Iglesia la que quiere ponerse humildemente al servicio del diálogo de todas las diferencias. Juan Pablo II con repetidos pedidos de perdón a otras Iglesias o religiones, invita a toda la Iglesia a asumir una postura de arrepentimiento. LUIS, en su obra, hacia la Iglesia comunión, Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo, vivió profundamente el “misterio” de la Iglesia. En América Latina esta Iglesia de los Pobres dio nacimiento a comunidades eclesiales marcadas fuertemente por opciones políticas y filosóficas precisas. Hoy las comunidades insertas ya no parecen tan rígidamente militantes, sino profundamente solidarias con el destino, el sentir y el sentimiento de los pobres. Estas comunidades han madurado tanto en la afirmación de su compromiso como en la relativización de su discurso ideológico. En los niveles jerárquicos no se percibió esta evolución y se sigue proyectando temores de tiempos anteriores. En estos niveles se van favoreciendo, al contrario, comunidades o movimientos de corte neoconservador para quienes la afirmación ideológica de derechas se vuelve prioritaria. Nuestra opción querbesiana por los pobres nos obligará a optar lúcidamente. En la actualidad nuestras Constituciones traducen la síntesis de la Palabra de Dios, de la Eucaristía y de la Iglesia en estos términos: “Anunciar a Jesucristo y su Evangelio, suscitar comunidades en las que se viva, se profundice y se celebre la fe: en estos términos expresamos hoy la misión de los Clérigos de San Viator, que el Padre Luis Querbes definía como “La enseñanza de la doctrina cristiana y el servicio de los santos altares”. (Constitución N° 8). Si no tenemos una vida inspirada y alimentada por la Palabra de Dios, nuestra misión se vuelve vana y vacía. La vida (la contemplación) no puede sino anteceder a la acción. Deseamos que esta afirmación de nuestras Constituciones no nos haga perder de vista el debate con el mundo para privilegiar el debate interno en la Iglesia. Todos, lo queramos o no, nos vemos acorralados y obligados a nivel interno a pronunciarnos constantemente sobre temas de doctrina, de disciplina, etc. Necesitamos un cambio en el rumbo que entorpece y hasta frustra el urgente debate con el mundo para empantanarnos en discusiones y justificaciones incesantes en temas secundarios o a lo mejor superados. Un modelo de Iglesia para hoy y para nosotros Catequistas. Lo cierto es que esos campos tan diversos y a veces tan polémicos nos obligan a interrogarnos sobre el modelo de Iglesia para hoy. En este párrafo, seguiré casi textualmente las ideas del P. Arnold S.P. Después de estudiar los modelos protocristiano, de cristiandad, conciliar, de neocristiandad, propone un modelo neopatrístico. Un modelo que se va forjando poco a poco en la práctica de las comunidades cristianas. El modelo eclesial de los Padres nace, de hecho, en un contexto bastante similar al nuestro: minoría cristiana en una cultura dominante en crisis y en mutación. La Iglesia ha de vivir un nuevo profetismo. No se trata tanto de reafirmar una preocupación de identidad como de dar el testimonio de una coherencia de vida inspirada por el Evangelio, a contracorriente del mundo. Este llamado a la coherencia profética tiene rasgos económicos (vida sencilla, solidaria y justa), afectivos (reconciliación de la vivencia de género) y culturales (inculturación de la fe y del Evangelio). Se busca vivir en armonía con el cosmos y con la historia denunciando por su estilo de vida las tinieblas de esta sociedad postmoderna.


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Como en la antigüedad cristiana, este modelo descubre una nueva experiencia martirial y ascética, la urgencia de un testimonio radical que ponga la convicción evangélica por encima de todas las demás consideraciones. Fuera de los casos extremos de persecución, el nuevo martirio y la nueva ascesis consisten en renunciar a ventajas y privilegios propios del “status” de la Iglesia en el mundo para vivir más conformes a la dignidad de hijos e hijas de Dios. Se está desarrollando en este momento, sobre todo en los países fuertemente secularizados, una espiritualidad de “pequeño resto” presentando la fe como una opción de fidelidad a Dios y a los hombres más allá del “inhumanismo” contemporáneo. Tal opción pasa por una renuncia a los medios institucionales fuertes. La Iglesia tendrá que recoger lo más valioso de la espiritualidad conciliar: ser el fermento en la masa. Tendrá que inculturarse en el mundo postmoderno, en una perspectiva modesta de servicio, recuperando el hilo profético que el optimismo postconciliar podía haber perdido de vista. Con este simbolismo de fermento no se trata ya de moralizar al mundo en una nueva evangelización combativa sino de fomentar el evangelio multiformal, multicultural, sin etiqueta específica. Más que evangelización o moralización del mundo, este modelo pretende suscitar, promover y animar todo lo que en este mundo va en el sentido de la vida y de la vida en plenitud.


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EL DINAMISMO PERSONAL DEL PADRE LUIS QUERBES


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UN HOMBRE LIBRE PARA AMAR “La verdadera libertad se adquiere en un proceso de apertura a las realidades y a las necesidades de nuestro mundo, de diálogo con aquellos que nos rodean y de discernimiento de la voluntad de Dios”. (Capítulo General 2000, p. 42). La dialéctica amor – libertad.9 

Desde el amor a la libertad.

Cuando la afectividad es espontánea y, sobre todo en cuanto debe amar lo que Dios quiere, debe estar guiada por la gracia de Dios. La libertad no puede por sí sola inducir imperativamente a la afectividad. Pero puede prepararla psicológicamente. Así se prepara la libertad queriendo inducir un determinado tipo de afecto. Para cada niño y niña, la infancia y la juventud son caminos para hacerse hombre o mujer. Es un penoso camino hacia la autonomía y la libertad. En su hogar, Luis Querbes hizo la experiencia del amor. Aparentemente fue una vivencia apacible y feliz. A pesar de lo que pudo vivir su padre en los tiempos de la turbulencia rebelde de Lyon durante la Revolución. Es el amor lo que le lleva a vivir la existencia evangélica. El encuentro progresivo con el Otro lo hizo salir de sí mismo. No parece que sus padres le hayan condicionado el amor y el cariño a una obediencia exagerada. No parece que Luis Querbes haya perdido su libertad por miedo a perder sus relaciones humanas. En la intimad no se separa a Dios y al hombre. LUIS vivía en el campo de crecimiento de su propia libertad. Aparentemente, vivió el amor humano bendecido por Dios. El apego que manifiesta hacia sus padres, en diferentes oportunidades, dice mucho respecto al ambiente familial. Si este cariño no hubiese existido, no creo que la familia de Luis Querbes se hubiese mudado a Vourles. En este clima, escuchó lo que interpretó como llamada de Dios. No tenemos informaciones precisas al respecto. Lo cierto es que dio una respuesta a esta iniciativa de Dios que descubrió claramente en él. Lo que nacía y decidía desde dentro era lo más auténtico y lo hacía libre. Descubría paulatinamente al Padre que le amaba en libertad y que le propiciaba crecer en fuerza, sabiduría y amor. Se vio comprometido en una relación amor – libertad, entre la iniciativa de Dios y su respuesta. Aceptó que en este compromiso se hipotecara su libertad en la búsqueda de otros caminos . Fue como el caminante que ante una encrucijada opta por un sendero: cuanto más avanza por él, más se aleja de la otra posibilidad. El compromiso con Cristo supone un consciente sacrificio de muchas posibilidades. Lo cierto es que tal libertad asusta porque lleva a romper con todo, o por lo menos, a cuestionarlo todo, en función de criterios que llevan a mayor libertad. Un recuento rápido de la dinámica de su existencia nos manifestará cómo nuestro Fundador entró en esta dialéctica. Ingresa a la escuela clerical. A los 15 años se consagra al 9

Les diré que me incomodó esta presentación hagiográfica que nos parece presentar un hombre perfecto. Luis Querbes no lo fue. Fue un santo. Tenemos sólo unos escasos ejemplos y testimonios. Nos gustaría, a través de la correspondencia pasiva, captar en él, esta debilidad que lo hace humano. “Compañero de humanidad” dice bellamente, Robert Bonnafous en un artículo publicado en Viateurs – France, noviembre 2000- No tenemos a mano los elementos para indagar este campo. Pero recordamos lo que hemos dicho anteriormente. Luis Querbes no fue santo al nacer. Llegó a ser santo, con todo lo que supone de proceso. Conquistó con la gracia del Espíritu Santo y su propia generosidad, esta santidad, hasta que cayera como fruto maduro, después de una vida de entrega, con flujos y reflujos, en el Santo de los Santos, definitivamente llegado al Reino que no acaba.


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Señor. Enfoca todas sus energías y su amor humano hacia el Dios que va descubriendo. Ingresa al seminario. Son años de exigencia en el control de su “naturaleza” según las normas del momento. Hemos visto que no por ello se vio alienado. Caminó por este sendero de “educación” para que dominara la razón. Se pone al servicio de los jóvenes de su “alma mater”. Se ordena de diácono y de sacerdote. En la víspera del diaconado redacta un documento, uno de los escasos textos en el que desvela sus sentimientos. En este texto, toma la resolución de “Pedir todos los días a Dios... (la gracia de) seguir la vocación a la que me destina, o manifestarme que me equivoco” (DQ 4 1.53). Una disponibilidad, una “indiferencia positiva”, manifestaciones de una libertad conquistada, lo colocan al servicio de Dios. En su opinión, no se había equivocado y siguió respondiendo. Termina el mismo texto: “Ruego a Jesucristo que acepte con agrado la ofrenda, que renovaré mañana, todas mis facultades, de mi cuerpo y de mi alma”. Confirmaba definitivamente su voto del 15 de octubre de 1808. Se ordenó de sacerdote. Fue vicario en San Nicecio... Un recorrido sin falla que no puede ser sino de adhesión profunda y de decisión libre. Ha vivido una transformación y renovación de su mente y de su corazón, de su personalidad que le permitió un seguro discernimiento de “cuál es la voluntad de Dios, lo bueno, lo agradable a Él, lo perfecto” (Ro 12,2). Lo vemos dócil a lo que le aparece como voluntad divina que buscaba y discernía en las situaciones, acontecimientos o voluntad de sus responsables. Hemos notado su docilidad y también sus iniciativas para discernir lo que más agrada al Señor: “pidiendo a Dios alcanzar el pleno conocimiento de lo que él quiere con todo... el entendimiento espiritual” (Col 1,9). Había entrado en la estrategia de un camino de liberación personal. En la oración, y la contemplación de Cristo, aceptó que su voluntad entrara en la voluntad de Jesús. Se hizo capaz de renunciar a mucho, prefiriendo limpiamente a Cristo, para redescubrirse en El. “Felices los limpios de corazón”. En una intimidad, una reciprocidad, una subjetividad de las relaciones, Luis Querbes es consciente de que esta libertad de amar no se consigue sin pagar un precio. En el terreno del “eros” y la afectividad se manifiestan una vigilancia y una ascesis endurecidas por la mentalidad religiosa de su tiempo. Este esfuerzo de disciplina tiende a mantener su libertad. Para Luis Querbes, pureza es sinónimo de libertad. Sólo es puro quien está libre de los apegos que traducen los falsos absolutos de la vida: la autopromoción, la acumulación de honra, fama, riqueza y poder, la santidad como conquista personal. Ser puro es ser libre para el absoluto de Dios. 

Desde la libertad al amor.

Y como el amor se manifiesta en la praxis, la contemplación en la acción, inicia una actividad febril. Director de la escuela clerical, actividad pastoral, confesiones, sermones, animación de grupos diversos (cofradías,...) creación de otros, catecismos y servicios caritativos por doquier, acompañamiento espiritual, misiones, ... Y rechaza un “trampolín a la fama” que le hubiera lanzado hacia una carrera eclesiástica normal en este tiempo. Pero Querbes no hacía una carrera de “funcionario de Dios”. Buscaba vivir el amor y servir a sus hermanos. Llegado a Vourles, corona su respuesta al amor de Dios que le urge, creando una Sociedad que iba a servir a los humildes y pobres del campo y a la Iglesia. Se quejaba de su tranquilidad y de su inacción que lo dejaban abandonado a sus hábitos. Quiere liberarse. Algo nacía desde dentro. Y al final decidió lanzarse a la aventura de la sociedad Se construía en libertad. Salía de él lo más auténtico de su persona. Lo analizó, lo hizo pasar por criterios de otros: superiores o no. Lo puso en práctica asumiéndolo. Así se hacía libre para amar y servir. Adulto ya, en el pleno control de sus facultades, la libertad conquistada, el amor en continuo crecimiento hacia una “amor mayor” como escribía Juan de la Cruz siguió su camino en libertad. El amor y la libertad se hacen crecer mutuamente – o se debilitan -. “Cristo nos liberó para que fuéramos libres” (Gal 5,1). En su libertad acogió el amor de Dios. Luis Querbes se vio fortalecido al acogerlo. Seguramente, como hombre pecador, a veces lo rechazó. Y se vio debilitado. Lo que sabemos y vemos es que el amor de Dios vivido y experimentado fue creciendo en su respuesta positiva y libre. En esta dialéctica, LUIS vivió su propia experiencia. Decidió poner su vida bajo la mirada de Dios. La profundidad de su fe y de su vida contemplativa lo llevó a vivir


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en su presencia. “El Señor es el Espíritu y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2 Cor 3, 17). Es la gracia que dio a Luis Querbes su existencia auténtica. La respuesta en libertad de toda su existencia lo llevó al servicio. En su experiencia de Dios, en su fe, fue llevado a la acción. La unión a Dios en la fe lleva y se une a una praxis. Su amor, su pasión por Dios y por sus hermanos lo llevan a ver la realidad de su mundo y a idear, en función de sus posibilidades, una institución que devolverá a los maestros despreciados su dignidad profesional y a los pobres del campo la posibilidad de integrarse en esta sociedad que les marginaba por su analfabetismo o su ignorancia. Nada extraordinario, en definitiva, sino un amor que lo invitó a tomar decisiones en toda libertad y una libertad que le hacía vivir un amor cada vez más profundo y más exigente. Así se veía llevado a manifestar ostensiblemente la libertad de los hijos de Dios. Nuestro carisma nos obliga a comprender toda la importancia de la unión entre contemplación y vida, entre liturgia y compromiso en el mundo. Es la forma de vivir y, en cierto sentido, de sentir la libertad en el plano de la espiritualidad – la capacidad de hacer del encuentro amoroso con Dios una relación entre personas libres – lo que es decisivo para una nueva ortopraxis cristiana para hacer que se acelere el proceso de purificación y de conversión de la comunidad. Dios no se descubre como suplente o solución de las capacidades humanas sino como centro mismo de su libertad, de su creatividad. Se descubre como objeto de amor. En él nos construimos también como sujetos de amor.

Una “santa indiferencia” – Libertad y Amor.

Su libertad interior lo llevó a una indiferencia positiva vivida y a una indiferencia propuesta. Una indiferencia que no tiene nada que ver con el desinterés por las personas o por las acciones. Una actitud de abandono y de confianza que no se puede confundir con descuido o flojera y menos aún interpretarla como fatalismo. Cuando vienen las dificultades: “Sea fiel y Dios no le fallará” (DQ 201 5.54). “Si por una parte Dios nos prueba, por otra nos bendice” (DQ 307 6.31). “Es inútil que le hable de las pruebas y disgustos que alimentan más aún esta esperanza” (DQ 402 7.13). “La gracia y la paz acompañan siempre en las pruebas a los hombres de buena voluntad” (a LIAUTHAUD, DQ 521 8.33). “Si somos terriblemente probados, somos también consolados.” (DQ 403 7.15). “Aquí tenemos muchas pruebas. Tanto mejor y ¡ánimo!, pues no las hemos atraído por culpa nuestra.” (DQ 409 7.20). “Regresaremos juntos bien azotados o bien contentos y siempre bien sumisos a la Voluntad de Dios” (a FAURE, DQ 418 7.29). “Siento más que nunca que el buen Dios me pide todos los sacrificios. Gracias a su bondad no experimento repugnancia por ninguno”. (DQ 306 6.30). Enseña así la disponibilidad a la comunión total y definitiva con Dios, el deseo de estar con El, habitar y morar en su casa (Jn 14, 2; Lc 15, 11-32), crecer en la imploración, la adoración y la humildad. Luis Querbes hizo suyos estos salmos que expresaban y alimentaban este rasgo de su personalidad que, en lo secreto de su conciencia, alababa y admiraba, contemplaba y suplicaba, acogía y ofrecía, adoraba y temía filialmente. Hubiera podido verificar la autenticidad de esta orientación en el contexto en el que creció.


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LIBRE PARA SERVIR. Innovar. Estamos en tiempos de “refundación”. Me parece importante recordar que estos caminos suponen aceptar riesgos y vivir con coraje. Abrir animosamente espacios siempre nuevos a la libertad, suscitar el gusto por el riesgo y la aventura: somos “Hombres que tienen miedo de saltar; hombres educados en desconfiar del salto... ¿Cómo aprender de nuevo el coraje de saltar” (Em. Mounier). Es el coraje del riesgo, de la inventiva. “¿Ha servido la comunidad para hacerme libre, fuerte, mayor de edad? (Dietrich Bonhoeffer). Es bueno recordar la necesidad de la audacia y del coraje. La libertad cristiana se siente invitada a convertirse, no ya en guardiana de los viejos caminos sino en pionera de los nuevos. Junto al carisma de la fidelidad al pasado es menester, en la Iglesia, la atención a lo nuevo. La fidelidad al pasado no puede convertirse en arcaísmo esclerótico, ni la atención a lo nuevo en huida de la palabra de Dios que sigue juzgando día tras día la misma libertad del cristiano. Querbes tuvo la capacidad de pensar algo nuevo. Tuvo la capacidad de moverse fuera de los esquemas comunes. Esta capacidad le creó problemas cuando quiso saltar sobre los esquemas y mirar con ojos nuevos su realidad. Lo hemos visto ante las situaciones de su mundo, constatando el abandono de los niños del campo, el aislamiento de los párrocos, la ignorancia y la indiferencia religiosa, inventa. Idea una sociedad original que podrá responder en los lugares donde otras congregaciones, por varios motivos, no pueden ir. Luchará por conseguir la aprobación civil, episcopal y romana de su proyecto. Lo tratarán de loco. Sus superiores se molestarán. Pero él seguirá. Audacia de los que confían en Dios. Luis Querbes fue profeta, es decir, pionero. Se atrevió a elevarse por encima de los esquemas, abriendo camino. Fue un hombre inventivo, creativo, con gran capacidad de renovarse, de cambiar y de adaptarse. Hoy, como, en los tiempos de la fundación, sin esta innovación permanente, se estanca la institución. Sin duda se producen tensiones. Pero éstas son menos graves que la indolente condescendencia con una tradición que se estanca y empantana. Hacerse responsable. No acepta la pasividad o una especie de tranquilidad feliz de la que se queja en los primeros años de su estadía en Vourles. Tiene iniciativas. No se deja paralizar por la indolencia. Busca caminos para que los marginados y pobres del campo se reconcilien con su vocación y misión de cristianos. La capacidad de comprometerse crece con el coraje de pensar y de decidir para superar las tensiones a las que fue sometido cuando quería acompañar y hacer crecer su proyecto. Su fe contemplativa lo llevó a la responsabilidad. Se comprometió, no huyó. Vivió la lógica del pan, la dinámica eucaristía de la ofrenda, no la apropiación y el repliegue sobre sí mismo. Atento a las invitaciones y los llamados del Señor quien siempre ama primero. Trató de ser sujeto de una iniciativa gratuita buscando cómo, en las relaciones humanas, puede ayudar a sus hermanos a no huir de Dios y a no resistir más a la invitación a compartir su proyecto en su existencia. Su fe profunda lo llevó a la entrega. Y la entrega hizo crecer su fe. En esta dialéctica se desarrolló su conversión. Cambiaron sus relaciones con Dios, cambiaron sus relaciones con los demás. Los signos que permiten identificar este cambio son percibidos por los que lo viven. Luis Querbes no habló mucho de ello. Pero sus recomendaciones, los consejos dados a lo largo de su vida de Superior, en su correspondencia con los hermanos nos dicen mucho de él mismo. Este cambio paulatino permite experimentar el sentimiento de paz que lo acompaña en la vida cotidiana en medio de las dificultades de toda índole. “La gracia y la paz acompañan siempre en las pruebas a los hombres de buena voluntad” (a Archirel, DQ 521 8.33).


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Su fe le orientó hacia la solidaridad. Cargó a su manera con necesidades personales de los que ayudó, con la necesidad de dignidad de los pobres del campo víctimas de un sistema que había descuidado la educación y no les permitía alzarse a la altura de ciudadanos dignos. Y Luis Querbes se comprometió con los jóvenes más pobres de las “aldeas más apartadas” del país. Con su institución colabora, en lo que puede, en mejorar su situación. Les devuelve un poco más de dignidad de hombres y de cristianos. Hemos visto como para realizar su proyecto anhelaba dar a los maestros tan despreciados una profesión digna. En su fe no trataba de escapar a la realidad de los hombres que lo rodeaban. Sólo (y en este sentido no faltaron los consejos a sus hermanos) quería alejarlos de todo lo que falsificaba e impedía realizar, en la verdad, a los hijos de Dios que eran. La unión con Cristo no eliminó sus prerrogativas como persona responsable de su propio camino. Fue provocado por los acontecimientos y las personas a liberarse de deformaciones y alienaciones que impiden la autenticidad y la harmonización. Su insistencia en las “virtudes ordinarias” manifestaba su voluntad de hacer crecer no en detrimento de lo humano, sino eliminando lo que falsifica, manipula y vacía. Si Luis Querbes fue hombre de su tiempo, supo superar las contradicciones para avanzar por caminos de verdadera santidad. En este encuentro de amor entre Dios y su propia libertad, siempre caminó hacia adelante. Llegó a tal estabilidad de conversión de la mente y del corazón que nunca volvió atrás. Lo dice. Renunció a los cálculos interesados para orientarse definitivamente hacia Dios. Ante la obediencia de Cristo y en el mismo tiempo su total libertad, Luis Querbes se constituyó, como tantos otros, en imitador suyo en el seguimiento. Se hizo, en su campo, un protagonista del proceso de liberación de los pobres del campo. Hecho libre en su relación con Dios, se hizo también en su mundo portador de libertad. Mucho más tarde, la “Evangelii nuntiandi” (1975) subrayó el vínculo necesario entre evangelización y liberación del hombre (“promoción, del hombre, de todos los hombres y de todo el hombre”). Hoy todos aceptan la importancia de la educación en la construcción de la libertad. La educación religiosa sólo puede tener lugar en la libertad y para la libertad. Una educación integral como decimos hoy. A través de sus escritos, sus reacciones espontáneas, sus referencias permanentes, vamos descubriendo la progresiva integración de su personalidad en Dios. Su vida da una unidad dinámica a sus pensamientos, afectos, deseos y acciones. Se entregó libremente a Dios como una presencia permanente cualesquiera que fueran las circunstancias de la vida. Esta es la tensión que integraba en Cristo la existencia de Pablo: “No soy yo el que vivo sino que es Cristo el que vive en mí” (Gal 2,20). Desprendimiento. ¿Cómo habría podido Querbes aceptar todas las modificaciones a sus proyectos iniciales si no hubiera puesto su voluntad en la perspectiva de un servicio al Reino y a la Iglesia?. Manifiesta una capacidad de desprendimiento, de disponibilidad y de indiferencia que refleja su gran libertad ante todo lo que podía, en el discernimiento, considerarse como voluntad de Dios. Supo eliminar de su vida los deseos estériles que a nada conducen. Así se entiende el porqué de su “indiferencia”. Dominaba los apegos y así dominaba el miedo de perderlos. Sin esta clase de deseos, nadie le podía intimidar, ni nadie le podía controlar. Sin apegos, no tenía miedo a que le quitaran nada. Robert Bonnafous escribió un buen artículo sobre el tema. Pregunta Roberto: “¿Dónde ha quedado aquella hermandad de maestros cristianos, casados o no? ¿Dónde está aquélla congregación formada de hermanos, cofrades y asociados” (DQ 52 1.78). ¿Dónde está el proyecto de poner en práctica una disposición prevista por el Concilio de Trento en su sesión 23? (DQ 54 1.80). ¿En qué se ha convertido (su) proyecto de ... Catequistas de San Viator? (DQ 86C 2.47)”. Su obediencia, la aceptación de todos los cambios impuestos enseñan cómo sabía tomar en cuenta la experiencia, la sabiduría y la perspicacia de los demás. Y cuando las propuestas


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venían de los encargados de la Iglesia dejaba el paso a sus propuestas ante lo que interpretaba como una idea venida de Dios (DQ 51ª 1.76). Se puso a disposición del obispo para un mejor servicio de la Iglesia: la propuesta como Párroco de Bourg-Argental (DQ 79 2.87), la fusión con los Hermanos Maristas (DQ 126 2.135), la superación del hábito previsto (DQ 164 4.9)... Todos estos puntos testimonian un desprendimiento meritorio cuando se conoce el carácter del Fundador. La obediencia no hacía del él un esclavo. Lo liberaba. Manifestaba en él una madurez con independencia, autonomía y humildad que le permitía arriesgarse a la inquietud personal la que lo llevó a defender ante la autoridad posturas contrarias. Su desprendimiento lo lleva a aceptar en libertad las decisiones que pueden tomarse en su contra. “Si nuestro destino es sufrir unas medidas lamentables yo, en nombre de nuestra sociedad, le aseguro de antemano nuestra obediencia... Su Ilma. nos puede arrojar por tierra de un plumazo, nos levantaremos con un saco al hombro y, guiados por la Providencia, iremos en busca de nuevas pruebas” (DQ 164 4.9). No se deja derribar. Las pruebas fortalecen al hombre libre y lo invitan a seguir superando el obstáculo o buscando otros caminos. Querbes tuvo motivos para pensar que en el Arzobispado de Lyon se le tenía cierta hostilidad., pero, con otros obispos, la acogida era más calurosa. Esto no impedía que cada uno soñara aprovechar ofertas diversas para sus propios proyectos. ¡Por la gloria de Dios y la venida del Reino, seguramente! Pero, en fin, Querbes también tenía los suyos. Sin embargo dejará que se “aprovechen” de él y de sus hermanos. Es lo que quiere hacer Mons. Croizier para conseguir la creación de su propio instituto. Querbes le dirá: Nosotros podemos permanecer en el Aveyron, hasta que la congregación proyectada pueda tomar la dirección de sus establecimientos y entonces nos retiraremos contentos de que Dios sea glorificado sin importarnos por quién” (DQ 465 7.80). Desprendimiento y desapego de los pobres de verdad, libres de toda atadura. “La verdad les hará libres”. Me parece útil descubrir como Querbes vivió la libertad con sus propios superiores, con las autoridades, con sus hermanos, con él mismo. Encontraremos en la fidelidad, a nuestro carisma y a nuestro fundador, la fuerza de luchar también al enfrentarnos a los desafíos de nuestro tiempo. En nuestras vidas debemos practicar la verdad. Lo que hace sufrir en la Iglesia, no es que tengamos opciones diferentes. Es bueno tener opiniones diferentes. El problema es cuando nos negamos a la verdad. Cuando la ocultación de la verdad llega a ser una manera de vivir que peyorativamente llamamos “diplomacia”, táctica o casuística. Entonces estamos mal. Hemos de hacer la verdad entre nosotros. Es un trabajo de discernimiento. Tratar de ver en el diálogo cuál es el verdadero problema, más allá de las apariencias. Creo que es lo que practicó Luis Querbes. El único pecado que no tiene salvación, en la comunidad viatoriana es la mentira. El trabajo de obediencia, el regreso al corazón, el retorno a sí mismo (invitaciones frecuentes en la correspondencia con sus hermanos), es hacer un trabajo de verdad en el amor. Así “la verdad nos hará libres”. Libertad con sus hermanos. El problema es siempre el de llegar a ser veraces. Sea la que sea la mentira confirma y legitima la falsificación de sí mismo y el desconocimiento de Dios. No se trata tanto de decidir lo que hay que hacer sino con quien estar, en quien reconocerse, qué proyecto seguir. Esto supone un gran realismo que lleva a la libertad. “Respecto a la otra proposición sospecho su dificultad. Ponerme en relación y, en cierto modo, a las órdenes de un joven a quien he conocido desde niño y verme obligado a tomar quizás ciertas actitudes podría desde el principio tomarlo él como una pretensión mía a cambiar o modificar el fin de una parte de su instituto.” (DQ 53 1.79). Se pedía a Querbes ayudar al sacerdote Vincent Coindre, superior


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general de los hermanos del Sagrado Corazón. Este señor carecía, dicen sus biógrafos, de prudencia y le gustaba excesivamente mandar. Las ilusiones son trampas y mentiras que obstaculizan la edificación del Reino. « Desconfíen sobre todo de las ilusiones que bajo las apariencias de un mayor bien les podrían extraviar de su camino y les degradaría después de haber puesto la mano en el arado” (DQ 496 7.122). No sé si el consejo siguiente puede recomendarse hoy cuando pedimos a todo cristiano comprometerse en su mundo. Pero seguramente era efectivo respecto a una libertad interior para evitar las perturbaciones y el apasionamiento. Resulta un poco desencarnado: “No se preocupe por saber noticias y, de ordinario, no lean periódicos ... Uno los asimila, se apasiona y pierde la libertad y serenidad de espíritu, cosas necesarias para el cumplimiento de nuestros santos deberes.” (DQ 444 7.47). La referencia es la misión. Exige fidelidad y perseverancia. “Sean fieles hasta en las cosas más pequeñas” (DQ 496 7.122). “Esta fidelidad será la fuerza de la comunidad... Esta fidelidad nos tendrá unidos con las almas fervorosas...” (DQ 444 7.57). Y sabemos que Querbes vivía estos consejos con más exigencia todavía. Libertad ante las críticas. Para tener claridad en su propia vida, acepta las críticas de sus hermanos. “No dude pues de mi tranquilidad sobre sus observaciones... las (críticas) que dirigen a mi persona me dan gusto. Sólo me inquietaría de las que dirigen a la autoridad que quiero transmitir íntegramente a mi sucesor” (DQ 422 7.31). “Ud. me habla... de reflexiones críticas hechas sobre mi persona... Esto sería poca cosa si la consecuencia inmediata no fuera que en cuanto uno se encuentra fuera de la vista del superior se considera autorizado por criterios que considera mejor y obra según su propia regla... Pero seamos breves en esto y más aún en lo que me concierne personalmente” (DQ 338 6.59). Hubo seguramente muchas otras. No siempre las tomaba con tanta serenidad. Hemos mencionado como les dolían a veces, pero las aceptaba en el silencio. Es lo que decía al hermano Archirel (ver cap. 5, # 3.7). Sabemos que Faure había preparado todo un cuaderno de “dolencias”, críticas respecto al fundador. Faure había hecho de las suyas pero Querbes lo recibió con paciencia después de sus “aventuras espirituales” y aguantó. Hubiera hecho suyas estas palabras de Juan XXIII: “Si oye alguna crítica, ruegue por mí al Señor para que me perdone si la crítica es justa y perdone al que la hace, si fuera injusta” (4). También reprende a sus hermanos, con cariño pero con firmeza, cuando es necesario. “¡Ay! Querido padre, mientras hablamos mucho el tiempo pasa y no hacemos nada. Prometemos mucho menos y hagamos más” (a Faure, DQ 342 6.67). Invitaba a Faure a despojarse de sus ilusiones y emociones que no tenían cabida porque no eran reales. Ilusionándose, no se puede alcanzar la libertad, ni la mística. “Cumpla con los deberes de su importante cargo, con una gran libertad de espíritu” (a Langlois, DQ 478 7-92). Una gran “libertad de espíritu”. Era importante prestar la máxima atención a no marginar la libertad, ni en los responsables, ni en los hermanos. No destacar exclusivamente la obediencia. Nos parece que Querbes según su época y la formación recibida, insistió mucho en ella sobre todo por mantener la unidad. No tenemos posibilidad de medir, con nuestras pocas referencias, el impacto de esta insistencia. Pero no tenemos la impresión que quería convertirla en conformismo. Por ello era necesaria la contemplación, la adoración que permitía vivirla desde dentro con libertad y ofrecía el ejemplo de Cristo eminentemente libre y eminentemente sumiso a la vez. Y es esta libertad la que le permite, por el camino de la obediencia, salir del individualismo de la relación solitaria con Dios para hacerse servicio. El lugar eminente de la libertad del discípulo de Cristo no es la singularidad cerrada del yo sino el encuentro con los demás en la comunidad. En ella se encuentra la libertad como punto de partida y como punto de llegada a la vez.


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Libertad con las autoridades políticas. Una auténtica libertad es la capacidad de hacer frente a los condicionamientos que se imponen y de comprometerse en superarlos. Es lo que vive Querbes en su proyecto de vida personal. Es lo que vive en su proyecto pastoral. Sacaba su fuerza de su convencimiento que respondía a un proyecto benéfico y positivo para el Reino. Sacaba su energía de su permanencia en la presencia de Dios. Afirma una necesaria independencia. “Rehusé abiertamente las declaraciones que se me exigían y no tuve miedo en declarar que yo no reconocía al gobierno el derecho de pedirme cuentas sobre los compromisos de mi conciencia” (a Mr de Pins, DQ 65 1.130). Cuando se solicita un favor, esta actitud supone efectivamente una gran libertad. Defiende su juicio que ha sido puesto en duda. “El Sr. Magneval le dirá si no sé distinguir las verdades necesarias de las meras opiniones, si arrojo las mías a la cara del primer llegado y, sobre todo en el ejercicio de mis funciones, si las exageraciones de camarillas y de partido me gustan, en fin si no se dar al Cesar lo del Cesar y a Dios lo de Dios” (a Sr. de la Chapelle, DQ 40 1.108). “Sin ser partidario de todo lo que se dice y se hace, me gusta y quiero la libertad bien comprendida, el orden y la paz, y dejo a la Providencia la marcha de los acontecimientos” (al Sr. Consejero, 04 1831). No se amilana ante negativas repetidas del ministerio a una solicitud que le facilitaría la realización de su proyecto. Hasta argumenta defendiendo sus posiciones y su propia interpretación de la ley. ¿No era una verdadera audacia personal mal percibida por el poder político? Su insistencia para conseguir la autorización de ser sacerdote-sucursalistamaestro de pensión a pesar de la pretendida “incompatibilidad” alude a unas excepciones autorizadas (DQ 167 4.15). Contesta a Villemin, ministro de la Instrucción pública, defiende sus posiciones con firmeza. (DQ 611 7.11). Antes vimos que defendía su propia interpretación de la ley. (DQ 416 7.25). Libertad con las autoridades jerárquicas. Se comprometió en forma total y radical al servicio de la Iglesia y de sus hermanos. Salió de la visión egocéntrica de la vida. Le hizo vivir la experiencia de que ya no se pertenecía a sí mismo. Vio toda su vida unificada, por la fuerza de este amor en el servicio a Dios y a su pueblo. Toda su persona estaba en tensión hacia ese único término. He estudiado la dimensión de la obediencia en la vida del Fundador. Es franqueza cristiana, diferente de la crítica, del descaro o de la falta de lealtad. Es sencillez en las relaciones, sinceridad y apertura en el diálogo, capacidad de hablar y de escuchar al mismo tiempo. Supone, por tanto, la reciprocidad, una franqueza igual en el que pregunta y en el que es preguntado. Así se protegió del servilismo y de la hipocresía para ser lugar de auténtica corrección fraterna, para poder renovarse día tras día, tanto en quienes tienen el carisma de la autoridad como en quienes tienen el de la obediencia. Por principio, nunca desconfía de la autoridad a pesar de ciertas reticencias con quienes no logró sintonizar fácilmente. Reconoció que “no gozaba de la simpatía. ¿En qué habré desmerecido? No lo sé” (DQ 491ª 7.114). Presenta sus proyectos y sus intenciones y desea para él esta confianza y esta estima recíprocas. “Estas son las reflexiones que se me han ocurrido a partir de nuestra conversación y que, con su permiso, deseo someter a su consideración” (DQ 53 1.79) y comunica al Sr. Cattet su sentimiento. “El motivo de la decisión... no fue precisamente el que Ud. tuvo la bondad de decirme, pues hubiera tenido la misma fuerza en el caso de que yo me hubiere inclinado hacia la parte contraria” (idem).


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No esconde su deseo de complacer a sus superiores. “Me interesa que mis superiores puedan dar a mi obispo el testimonio de que, por lo menos, deseo actuar bien” (idem). Quiere claridad en sus relaciones con ellos. “Podrá enseñarle (al obispo) mis cartas” (a Faure, 06.05.1837). Cuando hay una incomprensión, presenta con claridad su punto de vista, recordando hechos concretos que ponen en contradicción a su interlocutor, aunque sea arzobispo. No es sólo por defender su obra. Querbes quiere que se realice un verdadero discernimiento. En medio de las dificultades tal vez desconfía de sí mismo y de su propio juicio. No es infalible. Vive una gran tensión, entonces devuelve a uno a su propio discernimiento y aún argumenta, cuando es capaz de ello. Hay que tener audacia, atreverse, no dudar en lanzarse a la aventura. Quien no arriesga no consigue nada. Hay una bienaventuranza al final de la audacia cristiana.”Feliz el hombre cuyo discernimiento personal lleva a una conciencia pura” (Ro 14,22). Querbes quería una conciencia pura. Aunque defienda la autoridad del Superior de la Sociedad ante la invasión de decisiones de confesores y obispo, consulta. “Me pongo a los pies de Vuestra Eminencia para pedirle su parecer” (DQ 428 7.42). Así la libertad se personaliza se construye en la claridad y la serenidad. Trata de percibir correctamente las situaciones. Era, a veces, impaciente pero lo era con prudencia. Y defiende su manera de evaluar los acontecimientos. “Este es el relato, breve pero exacto, de los hechos y espero que su Ilma. no hallará en los mismos nada de ligereza o precipitación” (DQ 65 1.130), DQ 164 4.9)). Defiende el hábito aprobado por el consejo del Arzobispo. Más tarde, con el cardenal de Bonald, quien aparentemente no le ofrece mucha estima, argumentará firmemente a favor de la autonomía de la congregación. “Le ruego lea nuestros Estatutos insertos en las letras apostólicas... Antes de esta decisión de la Santa Sede yo no hacía la menor gestión sin pedir el consentimiento del arzobispado... No soy yo quien ha pedido hacerlo de otro modo. La Sagrada Congregación de Obispos y Regulares exigió que los ... Clérigos de San Viator... estuvieran bajo la autoridad regular del Director Principal. Si el Soberano Pontífice hubiera aprobado nuestros Estatutos tal como yo los había presentado, habría sido feliz de descargarme de tal responsabilidad” (DQ 401 7.13). Así respondía Querbes al Cardenal quien había expresado su desagrado por no haber sido informado del envío a las Indias. El Cardenal dice que los religiosos “no deben salir de mi diócesis sin mi permiso. Yo soy su primer superior” (P 3206 14.153). Sin servilismo y con mucha libertad, Querbes defiende la autonomía suya y la de su instituto. Podríamos multiplicar las referencias que manifiestan con un orgullo legítimo, la afirmación de su dignidad y de su autonomía dentro de las normas jurídicas de la Iglesia. Nada de soberbia y de inmodestia. Una humildad basada en la verdad. La sencillez y la firmeza de la expresión nos manifiestan su libertad. Busca, a través de la autoridad y de la Iglesia, una manera de conocer cual es para él la “voluntad de Dios”. Contra las oposiciones de uno u otro lado, busca, contra su propia duda, el buen camino. Busca claridad. Pero una vez alcanzada, asume sus responsabilidades. Actúa con firmeza y con vigor. Escuchaba a Pablo “que el amor crezca en Uds. y con él alcancen conocimiento y buen juicio en todo”. Había notado en Mr. De Pins la reticencia a aprobar la Sociedad. Pero Querbes insiste hasta casi acosarlo para que se defina. Y con un fina ironía: “Acaso, ¿resultará peligroso que su Ilma. autorice a uno de sus sacerdotes probar, bajo su mirada y su autoridad, lo que ya se practicaba antes en toda la Iglesia? (DQ 97 2.87). ¿Qué significan estas actitudes de Luis Querbes? Ya mayor, Querbes ve crecer el amor como autodonación: ayuda a las personas, dedicación al prójimo, fidelidad. Aprende a amar al otro como es, en sus limitaciones. Su conciencia de la presencia de Dios y del actuar de su Providencia lo llevan a la seguridad y libertad en la acción. “Que cada uno actúe según su conciencia” (Ro 14,5), En la profundización de su relación con Dios tomó progresivamente conciencia del camino de libertad que se realizaba en él.


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Es lo que explica que en su compromiso con su Sociedad, con la Iglesia y con su pueblo tuvo la capacidad de superar los estrechos límites de su persona para entrar en relación constructiva y creadora con los demás. Así vivió el compromiso de santidad y de la comunión de la caridad. Tuvo que innovar y crear para responder a la fuerza que lo movía interiormente. Uno hubiera podido preguntar de dónde salía la claridad en su conducta y su decisión. Se hubiera podido contestarle que sólo el amor es clarividente. Ubica su libertad entre la “fe ilustrada” y el “celo ardiente”; entre el entender y el amar. En un hombre como LUIS la razón controla sin neutralizarlos el afecto y los sentimientos. La libertad entra en el juego de la relación “entendimiento – libertad – afectividad”. La comprensión actúa como luz. Muestra las diversas posibilidades y caminos. En este sentido acepta las orientaciones de la jerarquía. La “afectividad” actúa como “calor” o “fuerza”. Y Luis Querbes trata de poner en onda su cabeza y su corazón. Cuando la libertad vive la armonía de los dos polos elige fácilmente lo que ve acertado y hacia lo que se siente atraída. Así también concentrada toda su persona para superar los obstáculos en el camino de la aprobación de su Sociedad en París, en Lyon, en Roma. El conflicto de la libertad se manifiesta en el momento en que la luz no alumbra los sentimientos. El entendimiento parece indicar un camino y el afecto prefiere otro. Los conflictos serán angustiosos con Mr. De Pins o el Cardenal De Bonald. Los superiores eran en definitiva la última palabra para la decisión. Y LUIS defiende con fuerza sus convicciones. Su libertad vivía un profundo conflicto entre sus dos consejeros: comprensión y afecto. Predominaba la atracción del afecto sobre la luz del entendimiento. Era importante el discernimiento. En el campo de la fe, el entendimiento se proyecta al futuro: el crecimiento del Reino, la Iglesia, la expansión de su Sociedad. Ve las relaciones de las cosas y de los acontecimientos. Las limitaciones que imponen los obispos lo lleva a la universalidad que ofrece Roma; la crisis en Francia que amenaza la expansión francesa de su obra lo lleva a optar por la India que puede absorber a los hermanos inactivos... Previene la secuencia de las mediaciones y la meta final de su Sociedad. La afectividad se subordina a la consecución del fin. La visión del entendimiento se hace clara en proporción al orden del afecto. Los limpios de corazón ven a Dios. Los afectos desordenados impiden a la libertad hacer una sana elección, mientras que los afectos ordenados ayudan a la elección. La indiferencia, como “abandono a Dios”, es actitud de libertad. Una indiferencia como cualidad de su persona que le permitía acercarse a las preferencias como manifestaciones de la voluntad de Dios. Había en las decisiones tomadas (en Roma por ejemplo) elecciones en las que se manifestó “indiferente”, a disposición... Expresaba así su libertad. Ciertas disposiciones no le gustaban. Era consciente de sus preferencias espontáneas. Las controló para que no fueran ellas las que le impulsaran a una preferencia más formal como decisión de su libertad. Vivía la “indiferencia”. En la contemplación y la reflexión se iluminan los criterios desde el entendimiento. En una oración perseverante se alcanza la gracia de amar y preferir lo que Dios, para cada uno, ama y prefiere. Y por ello anticipa los posibles obstáculos del desorden afectivo, tratando de que no influyan en modo alguno en la decisión. Corresponsabilidad y soledad. Es posible, como dice R. Bonnafous, que Luis Querbes tuvo que conformarse con la falta de “brazos, derecho e izquierdo”. Pero también es cierto que buscó desesperadamente auxiliares inmediatos como consejeros. Cuando inicia su obra, no quería redactar Estatutos que no fueran aprobados por los asociados. Buscaba una especie de consenso. “No podría ser definitiva (la redacción de los Estatutos) hasta después de someterla al consejo de los primeros asociados un poco experimentados que enviará la Providencia. Lejos de mí el pensamiento de querer imponer al prójimo cargas que no podría llevar” (al ministro Vatimesnil, DQ 38 1.107).


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Pero el tiempo pasó. Había nacido una Congregación. Era preciso avanzar, responder a las exigencias del momento. Buscaba apoyo y consejos. “Tome notas... respecto a los pensamientos que le llegan en torno a la Sociedad y no deje de comunicármelas. Conozco demasiado su buena intención para no estar dispuesto a sacar provecho de lo que pueda haber de bueno en todo esto” (DQ 411 7.22). En casos de ausencia, buscó reemplazantes y sucesores posibles. No los encontró. Hugues Favre timorato, irresoluto, no tenía la energía suficiente. Faure, al decir de uno que lo había reclutado “parecía hombre para ahogarse en un vaso de agua (textualmente: en un escupido de mosca”) (P 660 3.279). Como dice R. Bonnafous, “para su superior (fue) más un peso que un segundo eficaz. Irresoluto, inconsistente, persiguió quimeras durante una buena parte de su vida”. Los demás eran hermanos a veces de gran valor, pero no podían cumplir el cargo de dirección de la Congregación confiada a sacerdotes. Esta falta de vicario se acomodaba con su carácter y su ritmo de trabajo. Pero sintió el peso y la imposibilidad de responder a todas las exigencias. Llegó a la desilusión, la ansiedad. Sus momentos de exaltación hubieran podido desembocar en la desesperación. Aquí también, lo que lo salvó fue su confianza y su fe en la Providencia. Confió en los obispos de las fundaciones para acompañar a sus religiosos. Mr. Bourget fue de verdad el cofundador de las C.S.V. en Canadá. “Le suplico de rodillas que añada una gracia a tantas otras, la de dirigir de una manera firme, precisa e inmediata a nuestros hermanos de Canadá y sobre todo a su superior” (DQ 515 8.24). En Francia, sí, todo tenía que pasar por él – por falta de otro – pero no buscó controlarlo todo. Tenía responsables regionales pero seguramente había más motivos de queja por su incapacidad y falta de decisión que por un control exagerado de poder. Aceptaba las decisiones de los encargados (DQ 437 7.49) y les animaba en sus responsabilidades. Cuando disminuyeron sus fuerzas, la soledad en el servicio de autoridad le pesó más todavía. De allí su gran insistencia en la obediencia ”para la unión que debe existir entre los miembros de una misma familia”. La falta de esta virtud “tendrá como efecto inmediato el de debilitar los vínculos” (DQ 515 8.24). “Que no haya entre ustedes más que un corazón y un alma. Estrechen los lazos religiosos que les unen” (DQ 390ª 6.120).Era una alternativa a la ausencia de acompañamiento. “Destierren lejos de Uds. el espíritu partidista. Sean obedientes” (Notas del P. François Favre, secretario) fueron sus últimas palabras. Al margen de las concepciones tradicionales de la vida religiosa, la experiencia de soledad lo llevaba a una profunda vivencia de la Comunidad. La experiencia de la soledad le daba hambre de comunión. Su sentimiento de la presencia del Dios cercano era la condición de una auténtica comunidad. Tantas veces expresó su deseo de estar con sus hermanos en los momentos de alejamiento y de dificultad. El apoyo comunitario le facilitaba esta travesía del desierto.

UNAS “VIRTUDES ORDINARIAS” PRIVADAS Y PÚBLICAS Al entrar en este tema no quisiera caer bajo las críticas de este joven universitario que decía:”Si hay una moral que deriva de la fe, es la fe la que merece la atención. Pero, en la iglesia visible que conozco, las cuestiones morales me parecen preceder a las espirituales. Me parece que las cuestiones estrictamente morales nos distraen de las cuestiones espirituales. Tal vez debería escribir, las ahogan. Los discursos moralizadores están en todas partes. Pero ¿dónde están las mujeres y hombres espirituales? Los valores morales nos sirven de boyas para navegar en el océano de los acontecimientos. Los espíritus preocupados por la navegación son necesariamente superficiales. Para vivir otra cosa que la superficie del mundo, hay dos posibilidades: elevarse o zambullirse”. Esto es comparar a las virtudes con boyas. Diría que son un ingrediente necesario para la vida espiritual. Son un abono. No fecundan pero permiten el


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crecimiento. Si hemos iniciado este trabajo hablando de espiritualidad y/o santidad, es que hemos tomado los dos conceptos un poco como sinónimos. No hemos hablado de lo que desvía al hombre de la plenitud de vida física, moral y espiritual. Querbes fue muy influenciado por Francisco de Sales. Éste, en su “Introducción a la Vida devota”, se dirige a personas que viven en el mundo y que aspiran a la santidad. Lo hace con su profundo humanismo. Protesta enérgicamente en contra de los que exigen regímenes de vida imposibles para ellos. No recomienda virtudes heroicas. “Preferir las que sean más conforme a nuestra obligación y no las que sean más acomodadas a nuestro gusto”. Destaca las “pequeñas virtudes”: paciencia, mortificación del corazón, la humildad, la obediencia, la bondad con el prójimo... Pero su enseñanza básica la sitúa en la caridad que hace que la devoción tome de ella su fuerza y su interioridad. La devoción brota del espíritu de oración, más que de las prácticas y ejercicios de piedad. Encontramos mucho de Francisco de Sales en la prudencia y los consejos que Querbes da a los hermanos. En el camino de la unidad y de la integración de la vida en el misterio de Cristo animada por el Espíritu es donde debe producirse la conversión moral. La ascesis de la “virtudes ordinarias” y sencillas, y la mística se unen. Hemos de conciliar las dos dimensiones que han de hermanarse. El Catequista de San Viator “ha de distinguirse por la fe viva e ilustrada, el celo ardiente y desinteresado, la humildad, la pureza, el amor al trabajo, al retiro y al silencio” (Comentario de los Estatutos, DQ 550 8.96). Esta lista figura ya en los primeros estatutos de 1829. Esto indica la importancia que LUIS atribuía a este tipo de ascesis. Un contexto limitador. Hoy no está de moda una reflexión sobre las virtudes personales. Esta referencia parece haber caído bajo sospecha. Hay una verdadera resistencia. Y sin embargo, la virtud es lo que nos hace humanos y por extensión lo que hace humanas las sociedades. Aparece como un hábito que se elige como término medio entre dos extremos. Aquí encontramos el equilibrio querbesiano. Pero las virtudes muestran tener siempre una particularidad cultural. Expresan ideales de culturas determinadas. No podemos pedir a LUIS una comprensión de dichas virtudes como las entendemos hoy. Vemos como Pablo nos da listas de virtudes que no escapan a las influencias gnósticas y estoicas. No por ello carecen de vigencia. Las vivimos de otra manera. En el diálogo con Dios, hemos de recordar que Él nos habla también en los preceptos. Pueden ser para nosotros las Constituciones. Las Reglas como se decía antes son necesarias para el vivir como se debe. En tiempo de Querbes, en la formación de sacerdotes y religiosos, se insistía mucho en reglas y reglamentos. Lo mismo hizo él con los hermanos. Con frecuencia Luis Querbes habla de la fidelidad a las reglas. Incluso entra en muchos detalles. Si se hace de esta ascesis una norma absoluta, se consigue lo contrario de la vida religiosa. Hoy lo percibimos insípido e insuficiente. Con razón. La visión literal es muy estrecha. Necesitamos la integración. Todo debe estar coronado por el amor. Es la plenitud. Todo debe estar ubicado en la vida colectiva y social. Vivir una ascesis liberadora. En nuestra cultura postmoderna, nos quieren hacer creer que el presente ha de ser siempre gratificante y divertido. Que el esfuerzo llega a ser inútil. Que el inglés se puede aprender en siete días, con un método graciosísimo y con historias apasionantes. Puro cuento. Lo que vale, cuesta. Una de las grandes claves de la vida buena consiste justamente en saber aplazar la gratificación, porque eso es lo que convierte el deseo en voluntad. Sólo el que resiste a la tentación de echarlo todo por la borda cuando el hermano, la pareja, no es todo lo maravilloso que se esperaba de ellos, podrá gozar del placer de la amistad, la fraternidad, la comunidad de vida. Hace 24 siglos, Aristóteles decía que ser feliz cuesta esfuerzo. Esta realidad no ha cambiado. Buscar la gratificación al instante, como lo quieren hoy los jóvenes, no es siempre posible. Sólo el que busca empecinadamente la verdad disfruta al ir descubriéndola. Sólo el que se emplea a fondo en conquistar la libertad, goza al ir realizándola. En el amor, sólo el que es capaz de


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perseverar en los malos momentos y de seguir adelante podrá experimentar a fondo la verdadera dicha. Pueden vivirse las normas no tanto como sacrificio cuanto como liberadoras. Volverse más ligero y más suelto en la vida diaria. La ascesis no es una meta, es sólo un medio. La meta es la felicidad y el gozo de Dios. Cada uno tendrá que recorrer su propio camino. El de Pedro no es el de Juan (Jn 21, 21-22). En una comunidad no hay que compararse nunca. Esta actitud nos hizo mucho daño en el pasado. No vivimos en un cuartel donde la norma exterior es igual para todos. La única norma para contemplar a Dios y para alcanzarlo en el amor fraterno es el amor. En una comunidad cada uno tiene su propio ritmo y su propio camino. Es la diversidad del cuerpo (1 Cor 12, 12-30). Pero tampoco se puede tolerar cualquier cosa. Si cada uno vive el amor y la voluntad de ser testigo del Reino se encuentran caminos comunes... Pues todos estamos invitados a la misma carrera y al mismo combate. Y se encuentra el camino de la autonomía. Tal vez no sea inútil recordar que las exigencias morales para Luis Querbes hubieran podido reducirse, como en San Juan: a la FE y al AMOR. En este evangelio, creer y amar son los dos verbos en que se expresa y se concentra la existencia cristiana. “Su precepto es que creamos en el nombre de su Hijo y nos amemos mutuamente conforme al mandato que nos dio” (1 Jn 3,23). Con el Padre Luis Querbes, la fe no se expresa en estos términos: “Sentimiento de la Presencia de Dios, Fe viva e ilustrada,...” serán las manifestaciones y las cualidades de esta fe. Y como lo hemos visto, el amor fraterno fue también un signo y la garantía de su unión con Dios (1 Jn 4, 7-21)... Hemos también subrayado cómo vivió estas dos virtudes con un sentido muy abierto, a pesar de una cierta estrechez en su formación. Lo importante es tener ganas de correr, de combatir y de luchar, como decía Pablo. Caminar siempre, empezando siempre. A veces la moderación y el equilibrio salesiano (de San Francisco de Sales) tienen el riesgo de convertirse en mediocridad. Alcanzar la santidad es algo que se consigue o no. Lo importante es caminar avanzar, nunca detenerse. Dios nos pide empezar, no nos pide terminar. En este estilo de vida militante encontramos en Luis Querbes esta combinación de VIGOR y TERNURA. “No sólo vigor, entonces aparecería la figura de un santo duro, inflexible y sin corazón. Si sólo hubiera ternura, se proyectaría la imagen de un santo sentimental, edulcorado y sin relieve. La ternura y el vigor, compaginadas en la misma persona... son una integración feliz y afortunada de los opuestos” La humildad. “La humildad es el fundamento de la vida espiritual, la garantía de la paz y de la caridad en las comunidades religiosas” (DQ 550 8.96, Art. III #8). Luis Querbes la solicitó en víspera de su diaconado. Es el camino privilegiado de la ascesis. Simplemente reconocer lo que uno es, no achicarse falsamente. “Una prudente severidad para consigo mismo” (idem). Humildad viene de humus (tierra, suelo) es saber de qué tierra estoy hecho. Es reencontrar mi lugar. “Si sus... conocimientos... no van acompañados de una verdadera humildad... se engañará a Ud. mismo” (DQ 452 7.62). Toda la realidad, tanto las cosas que nos salen bien, como los fracasos han de colocarnos en nuestro verdadero lugar. Esta humildad debe ser rigurosa es decir andar con la paciencia y la misericordia. “Es indulgente en extremo con los demás” (idem). Con la capacidad de admirar en los demás como en nosotros mismos. Lo cierto, es que cuando Luis Querbes preconiza la humildad piensa en el buen funcionamiento de la institución, en la unión entre los hermanos. “Desconfíen del propio juicio, hijo casi siempre, del orgullo ... que engendra... las divisiones” (DQ 480 7.94). La humildad es la capacidad de salir de casa propia para ir a la casa del otro. Es lo que se llama inculturación. Es una lucha que nunca termina. Los que llamamos santos se descubren pecadores, porque en la verdad de Dios descubren su indignidad, cada vez más grande, en proporción de su intimidad con Dios. En la verdad de la humildad descubrirán su pequeñez, la bondad y la grandeza de Dios. Una virtud patrimonio de contemplativos... La castidad.


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Luis Querbes nos habla de “pureza... el tesoro que el C.S.V. ha de guardar con mayor esmero” DQ (550 8.96, Art. III #9). Y Luis Querbes da una serie de consejos para vivirla de verdad. Hoy comprendemos esta virtud de una manera más integradora. A la manera de la vivencia de Luis Querbes. Con la concepción griega, con su dualismo (cuerpo y alma), la sexualidad, y más precisamente la genitalidad, sufrió una depreciación tan grande que se volvió tabú. Pero la Biblia, nunca, divide el ser humano. Es una unidad dinámica vital y todos sus elementos están llamados a integración. En la Biblia no hay espiritualidad que no sea encarnada. Hemos de reconciliar los diversos elementos del ser humano. La sociedad moderna nos presenta el problema inverso. Es la reacción provocada por el tipo de lectura de la encarnación, del cuerpo, de los sentimientos, de la sexualidad y la genitalidad que hizo la Iglesia durante siglos. Reacción contra una espiritualización artificial. Hoy lo material, lo carnal, lo sexual han invadido la totalidad de la esfera. Esa manera es también un atropello a lo humano. El ser humano no se reduce a sus sentimientos, a su sexualidad, a sus afectos y a su cuerpo. Es más y todo él está encaminado hacia la salvación. Por supuesto que estas contradicciones crean en el creyente fuertes tensiones. Pero el “desafío” de la castidad es mucho más serio que el “problema” de la castidad, mucho más grande, mucho más amplio. En esa línea nuestro celibato es todo lo contrario de una pura abstención. Es una elección. El amor al trabajo. Cuando comparamos nuestros ritmos de trabajo con la hiperactividad de Luis Querbes, quedamos espantados. Los cuidados de nuestra “pequeña salud” nos hacen frenar más fácilmente que acelerar. Sin hablar del estrés que fácilmente nos agobia. ¡Cómo aguantó Luis Querbes este estrés! Invitaba a sus hermanos al amor al trabajo y predicaba con el ejemplo... Así manifestaba su impaciencia ante la venida del Reino, en la realización de la obra de Dios... Una manera de vivir el amor activo y el vigor de este amor. El amor al retiro y al silencio. “El amor al retiro es un recurso poderoso para ayudarnos a adquirir el hábito del trabajo”... “El silencio ha sido considerado siempre como uno de los fundamentos más necesarios de toda Orden religiosa...( un medio para) tener paz consigo mismo y con los demás” (DQ 550 8.96 Art. III # 11 y 12). Estas virtudes están en función del trabajo o de la paz y la unión entre los hermanos. Medios indirectos para alguien que quiere intensificar la conciencia de la presencia de Dios. Hoy no utilizaríamos los términos de Luis Querbes para hablar de estas virtudes. Él las coloca en las prácticas de las reglas de vida religiosa. Le permiten ir a lo fundamental. Dios habla siempre y en todo pero, silenciosamente. Y es en el silencio de la contemplación donde uno escucha su Palabra. Hay que saber escuchar. Habla de manera tan sencilla, tan cotidiana que nos parece, simplemente, que no puede ser Dios. Estar atento a la acción del Espíritu en la vida cotidiana, es un poco la razón del silencio y de la soledad. La dimensión cívica y social de estas virtudes. Habrá siempre tensiones entre la ética y la política, puesto que la política es un campo de acción que tiene una lógica propia: supone sentido de la realidad, de las posibilidades y oportunidades. Mientras que la ética se mueve en el plano del deber ser y del sentido. Pero nada de lo que tiene que ver con la realización humana puede considerarse al margen de la ética. Ésta tampoco es una torre de marfil ajena a la realidad. El poder es la esencia de la política. No puede ser visto como algo malo o sucio. Pero el poder no es pura fuerza. Hannah Arendt, a diferencia de Maquiavelo, Sendero Luminoso, Fujimori y Montesinos..., lo ve como capacidad de actuar concertadamente


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Diversamente del contexto querbesiano, que insistía en la vida privada, hemos de abrir el campo de las virtudes al campo público. Como lo hace el N.T. hemos de recalcar la centralidad absoluta del amor solidario. Éste se acompaña necesariamente de una virtud pública central: la justicia, y la justicia como equidad. Las actitudes humanas son buenas en la medida en que son agápicas en el sentido de nuestra anterior definición del ágape. Sin embargo, hemos de reconocer que la frontera entre las virtudes privadas y las virtudes públicas no es tan nítida. La concepción democrática supone mucha humildad para descubrir su valor como servicio al pueblo. El poder no es imposición sin violencia. Y para que funcione la comunidad, la humildad es imperativa. Así la entendía el Padre Luis Querbes. La humildad es necesaria ante los fracasos de tantos años de confianza en un progreso indefinido. “Hemos de ser capaces de una ilimitada humildad para aprender los profundos valores espirituales que yacen dormidos, entre los pobres, bajo los escombros de un consumismo desbordado que ha dejado vacíos otros rincones del corazón humano” Por otra parte, en A.L., hemos de luchar con humildad cuando el pueblo ha sido humillado desde hace más de cinco siglos. Para vivir y educar en la humildad no se puede humillar. La vida se encarga de ello. No faltan las bofetadas humillantes. Son como caminos de verdad, porque muchas veces nos revelan nuestras propias fallas de las que hemos de aprovechar para aprender la libertad y la humildad. Pero, a veces, el camino de la humildad es levantarse, crecer. Es lo que hizo Jesús, con la mujer adúltera. Podríamos sacar una lección de esto para nuestra pedagogía con nuestros hermanos pobres y marginados. El evangelio es camino de elevación y de dignidad. Un camino que ponga a cada uno en su verdadero sitio. Con ellos, el primer paso es callar. Dejar que surja el grito de protesta del humillado. Con alguien que se auto - desprecia no se puede hablar de humildad. Este es el camino de la libertad, camino del diálogo y de la verdad. La castidad apunta al mismo objetivo que la humildad. Ha de vivirse como la negación de captación y de poder sobre los demás. Es una voluntad democrática fundamental para vivir y conseguir la libertad. Es un gran desafío, un riesgo de todos los días. Muchísimos religiosos y religiosas, siendo muy castos aparentemente, muy fieles a su “voto” de castidad, están totalmente en pecado por falta de castidad: el poder, el autoritarismo, la dictadura de miles de maneras, todos esos procesos sutiles de seducción son faltas graves contra la castidad y más graves de lo que nosotros acostumbramos a llamar faltas de castidad. Quizás esto no esté claro para algunos de nosotros porque no todos pensamos de la misma manera. El amor al trabajo se incluye en el pensamiento de la sociedad moderna. La historia nos enseñó cómo los calvinistas, por su concepción del trabajo como participación en el proyecto creador, avanzaron más que los católicos en el dominio de la naturaleza (y también en la riqueza). Su desacralización de la realidad, sacralizaba una nueva dimensión de la conducta humana en la dominación del mundo. Como dice M. Weber, el trabajo, fue asociado a la vocación, y la vocación es “aquello que uno está llamado a hacer”. Es cierto que para Luis Querbes, no se trataba de producción agrícola o manufacturera pero, se puede comprender que la urgencia de la construcción del Reino fomente una misma inspiración y una misma conducta. Me atrevería a recordar otras virtudes que menciona Luis Querbes, como la prudencia, la obediencia. Tienen valores altamente cívicos. La última, tan desprestigiada, por haber conducido a los hombres a la alienación en lugar de llevarlos a la liberación, es indispensable. La obediencia a la voluntad de Dios es una virtud bíblica decisiva. De algún modo se identifica con la justicia. Si la obediencia ha sido una virtud ambigua, hemos de reconocer que ha sido también una virtud contestataria del orden establecido y afirmadora de la propia persona humana frente al proyecto de Dios... Los acontecimientos últimos en el Perú, nos permitieron constatar esta realidad. Lo que quería notar, es que estas virtudes, hoy, no pueden ser vividas como privadas. Hemos de verlas frente a sus pretensiones públicas que nos llevan a la cuestión de la autonomía. Emanan de la misma constitución del mundo personal humano. Se vuelven entonces imperativas, no sólo en la dimensión espiritual personal, sino como constructoras de una sociedad democrática siempre perfectible.


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“Compañero de humanidad” A pesar de esta verdadera austeridad, de esta ascesis rigurosa, Luis Querbes no era un compañero triste. Un testigo nos cuenta que durante su juventud Luis Querbes era “extremadamente travieso, le gustaba divertirse (hacer bufonadas); en una edad ya más avanzada se encontraba feliz cuando podía jugar una buena broma a sus condiscípulos o a sus hermanos” (T. 19/85, # 8). El P. Robert, y estoy citando a Bonnafous, traduce esta picardía en estos términos: “(Luis Querbes) tenía mucho ingenio, una tendencia a la burla que hubiera sido terrible si no la hubiera dominado tan enérgicamente. La empleaba solamente en las respuestas, jamás provocando, y se detenía en el momento en que pudiera rozar ligeramente la sensibilidad de un adversario” (p. 624). Saulin recuerda cómo, de joven, sabía reír con compañeros del seminario. El trato tan amistoso y familiar de unos compañeros nos enseña que Luis Querbes se prestaba a los chistes y las bromas. Y las aceptaba con gusto teniendo ya la réplica lista en la punta de la lengua. Efectivamente, nos gusta ver a un Luis Querbes, humano, cercano y buen compañero. Lo hemos percibido demasiado, a través de sus cartas, como el consejero religioso y espiritual que andaba por las altas esferas de una cierta santidad. ¡Hasta que un compañero de viaje, cuando está en Roma tramitando la aprobación de su Sociedad, lo ve fumar el cigarro! En esta actitud, no había nada que disminuía la profundidad de su fe... Pero le daba el matiz de humanidad que le permitió vivir, con gran delicadeza al hermano, el ágape y la solidaridad.

LA DEVOCIÓN MARIANA EN QUERBES El contexto histórico. En este tema es también importante ubicar el clima del momento histórico. En el principio del siglo XIX, la expresión religiosa es netamente teocéntrica. Paulatinamente se fomentará la invocación a Cristo. El populismo cristiano, impulsado por un “socialismo evangélico”, toma sus distancias frente a la burguesía volteriana. En el seno de la Iglesia,la corriente cristocéntrica se inspira de Alfonso de Ligorio (“Práctica del amor a Jesucristo”) y de la Imitación de Jesucristo traducida por Lamennais. Este libro tuvo un éxito extraordinario. Las devociones al Sagrado Corazón, a los misterios de la vida de Jesús (Vía crucis, Nacimientos, Agonía de Jesús) ... El culto al Santísimo vive un momento de gran desarrollo. No repetiremos aquí lo dicho antes al respecto. Lo que quiero es recordar que se opera una gran cambio en la vivencia de la fe. Del Dios temible se pasa al Dios de amor; del Dios creador a una concepción cristocéntrica Así pues, a partir de la devoción al Hijo era natural que la piedad se dirigiese también hacia la Madre, superando los aspectos sentimentales que venían de la Edad Media y alcanzando una gran profundidad teológica. Este movimiento acompaña también la promoción de la mujer y su influencia más sensible en la maternidad. Exaltando a María se contribuye a la rehabilitación y la educación de la mujer. Entre 1830 y 1876, 13 apariciones jalonan esta piedad. Se multiplican los santuarios y costumbres populares, por ejemplo, el Rosario viviente de Paulina Jaricot, el Mes de María...; eventos que llaman a la conversión en un espíritu mariano: confianza absoluta en Dios, abnegación, infancia espiritual, humildad, sacrificio, fe y contemplación de la primera creyente, Madre del pueblo nuevo.


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María y el P. Luis Querbes El P. Luis Querbes entra con gusto en el entusiasmo popular, cuando el clero es un poco reticente ante todas estas apariciones. Es la revancha de los humillados, muchas veces sin instrucciones. Hemos visto como Luis Querbes había escondido la fórmula de su voto de castidad al dorso de una imagen de la Anunciación. Nos indica que su propio “fiat” fue confiado a la Virgen María en los albores de su juventud. Esta mujer, como memoria de su pueblo, cantando al Dios de los desheredados lo acompañó en su compromiso para con los humildes del campo. Querbes sabe que el Señor cumple sus promesas y, como María, él canta sus grandezas. En la víspera de su ordenación al diaconado toma “la resolución... de pedir todos los días... a la Santísima Virgen y a mi santo patrón que me faciliten con su gracia las vías para seguir la vocación a la cual me parece haber sido destinado, o que me den a entender que me he equivocado... Me encomiendo a la Santísima Virgen...” (DQ 4 1.53). Necesitaba luces para su propio discernimiento e invoca a la Virgen a quien había confiado el secreto de su voto de castidad. Esta devoción se manifestará a lo largo de su vida sacerdotal y religiosa. En San Nicecio, cuando Querbes impulsa el mes de María, está respondiendo a una devoción profunda. En 1822 existe en Vourles la Asociación del Rosario. Sus instrucciones a los novicios y a los catequistas invitan a la confianza en María: “No se avergüencen en absoluto de poner su confianza en la Reina de las vírgenes recitando una oración autorizada por la Iglesia que atraiga cada día muchas gracias sobre los que la recen fielmente y con devoción” (DQ 163ª 3.112). En su profesión habían recibido el rosario como signo distintivo: “Recibe y lleva religiosamente este signo glorioso de tu devoción a la Madre de Dios; imita su vida santa si quieres merecer su poderosa intercesión”.(DQ 288 5.89). El Catequista estaba admitido por la fórmula utilizada en la Cofradía del Rosario erigida canónicamente en la diócesis. Los momentos del día están marcados por la devoción a María. “En la visita a Nuestra Señora no olvidemos que, después de Dios, es de ella y por ella como nos vienen y nos vendrán aún toda clase de bienes” (DQ 5,121). Con alegría, Querbes, manifiesta esta devoción con gestos concretos:”He tenido la dicha de decir la Santa Misa en Nuestra Señora de La Garde” (DQ 191 4.78). “Marcho el lunes para Loreto” (DQ 191 4.78). ¡Qué alegría cuando le piden sacristanes para el santuario mariano de Fourvière! ¡Tal vez, de una manera un poco ingenua pensaba en una providencia mariana! “La Santísima Virgen nos compensará” (DQ 179 4.33). “Podemos contar con la protección de la Santísima Virgen si tenemos buenos representantes en Fourvière” (DQ 182 4,49).”Aceptamos complacidos el favor y el honor que nos hace su Eminencia al llamarnos a prestar un servicio en el augusto santuario de Nuestra Señora de Fourvière” (DQ 212 4.50). Desde este prestigioso santuario lionés es donde iban a consagrarse, antes de dejar su tierra, los religiosos enviados a las misiones lejanas. A la manera de su tiempo atribuye a María una fructífera intercesión en la curación. “Quiero anunciarle mi resurrección ... es a las oraciones dirigidas a la Santísima Virgen a las que debo esta transformación...” (DQ 546 8.61). Una devoción inspiradora para nosotros. Esta devoción tradicional viatoriana debe ser muy inspiradora para nosotros considerando que la primera devoción Latinoamericana está referida a Nuestra Señora de Guadalupe en la que se manifiesta de manera sencilla su predilección por los pobres en la persona del indio Juan Diego. Una ves más, son los pobres canales auténticos de evangelización. María está así presente en nuestra historia latinoamericana, en la piedad popular y en el corazón de cada creyente. El nombre de María, bajo las distintas advocaciones, se encuentra repetidamente en las ciudades, en los pueblos, en las personas. Su imagen se encuentra en los templos y en los hogares. Para la mujer del pueblo, humillada y doblemente explotada, María es una fuente de inspiración y de liberación. ”Ella es una presencia femenina que crea el ambiente familiar, la voluntad de acogida, el amor y el respeto por la vida. Es presencia sacramental de los rasgos


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maternales de Dios. Es una realidad tan hondamente humana y santa que suscita en los creyentes las plegarias de la ternura, del dolor y de la esperanza”. Esta devoción tan arraigada entre nosotros, no escapa a desviaciones y equivocaciones. Una especie de superstición y fascinación hacen de María una semidiosa... cuando María no es soberana sino servidora. No es meta sino camino. Es la pobre de Dios, No es todopoderosa sino Intercesora. La tradición latinoamericana marcó mucho la devoción y veneración de María. Pero invitó poco al seguimiento y a la imitación de su vida. Hoy se quiere mantener esta devoción, pero centrada en el Evangelio, al lado de Cristo y teniéndola a ella como modelo de nuestra fe comprometida y nuestra vida evangélica. Con ella estamos invitados a construir el Reino de Dios entre los hombres.


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¿CONCLUIR... O EMPEZAR...? Si el P. Luis Querbes hubiese redactado un tratado de su “doctrina espiritual”, tal vez habría revelado más claramente su dinamismo interno. De hecho, al margen de los Estatutos, Comentarios y Directorios no tenemos ninguna elaboración sistemática. Al ritmo de la vida diaria y corriente, en los acontecimientos esperanzadores o en las dificultades, según situaciones particulares de comunidades locales o de hermanos es donde Luis Querbes manifestó sus reacciones espirituales y sus consejos morales dejándonos entrever algo de su vida interior. Entonces nos encontramos ante una espontaneidad que nos permite percibir también la autenticidad de su propia experiencia. Un poco como Pablo en sus Cartas, nos da admirables consideraciones, teológicas y morales, que nunca habríamos tenido si ciertas circunstancias de las diferentes comunidades no las hubieran provocado. Lo mismo ocurre con Luis Querbes. Siempre será arriesgado sistematizar reacciones que brotaron al ritmo de la vida. Es el desafío al que hemos intentado enfrentarnos. En nuestro tratado no hemos hecho una descripción de todo lo que realmente vivió. Sin embargo creemos que hemos delineado al menos las líneas fundamentales de la espiritualidad que motivó toda su existencia y fomentó la creación de su obra: la Sociedad de San Viator. Hemos ido descubriendo cómo Luis Querbes construyó, respondiendo al llamado del Señor, una santidad muy humana que hemos llamado integradora. A medida que se irán conociendo los textos de la correspondencia activa y pasiva del fundador, se investigará para tratar de encontrar su espíritu, su “alma”. Mientras los textos no tengan su exégesis rigurosa, habrá espacio para la interpretación, es decir para una percepción y expresión subjetiva. No hemos pretendido huir de este riesgo inevitable. Lo que sí queremos puntualizar, al terminar, es que resulta evidente que, para nosotros los viatores, nuestro Fundador nos presenta un rostro de Cristo. Y normalmente nuestro camino de testigos y de seguidores de Jesús abarca también el camino querbesiano. Iremos descubriendo, con el tiempo, nuevas facetas de este rostro Jesús tuvo su manera peculiar de relacionarse con el Padre. Fue extraña, sorprendente, escandalosa para sus contemporáneos. Llama a Dios: Abba (papacito). Así recalca su confianza en él en todas las circunstancias. Así expresa su voluntad de obedecer en todo para que su vida sea anuncio de Buena Nueva. El P. Luis Querbes nos invita al permanente “sentimiento de la Presencia de Dios” para que con una “fe viva e ilustrada”, una fe profunda, confiemos en la Providencia y sepamos cumplir con la voluntad del Padre en la construcción de su Reino. Jesús se manifestó como hombre para los demás. Su amor apasionado por los hermanos hace de su vida un servicio permanente. Será la ley determinante de su persona. No busca dinero. No busca poder. No acepta la discriminación. Su atención a los humildes y débiles le hace valorar hasta lo insignificante. En el P. Luis Querbes encontramos esta pasión por los hermanos. Cuando ha comprendido hacia dónde ha de ir su proyecto como expresión del designio de Dios para él, se entrega totalmente. No escatima tiempo ni esfuerzo ni salud para que todo redunde en favor de los desheredados de la sociedad.


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Jesús expresa claramente su preferencia por los necesitados. Él será cercanía de Dios para ellos. Y aquellos a quienes el mundo de los poderosos desprecia y rechaza serán proclamados “bienaventurados”. Tienen la Buena Noticia. Jesús mismo será relegado al margen de la sociedad y de la ciudad. Y se le dará la muerte. En el P. Luis Querbes se manifiesta como discípulo del Señor. Eligió a los olvidados del campo. Quiso devolver su dignidad a los educadores de los niños. Renunció a posibles compensaciones de prestigio humano, renunció a “hacer carrera eclesiástica” para servir a los pobres y al Dios que lo acompaña en sus andanzas. Jesús marcó su solidaridad radical con toda la humanidad. Se hizo uno de nosotros. Sus entrañas de misericordia y su inmensa compasión lo llevaron hasta la muerte y la muerte en la cruz. Se vio rechazado con los rechazados, marginado con los marginados por los habitantes de la ciudad y los poderosos de la sociedad. El P. Luis Querbes expresó su solidaridad hasta más allá de los mares. Renunció a la gloria humana y optó por el servicio. Hemos visto cómo fue despreciado por los políticos cuando no se adecuaba a los gustos del momento. Jesús, en definitiva, actúa con una gran libertad con su familia, con su amigos. Invita siempre a buscar lo esencial: el Padre y su servicio. Con libertad, se afirma frente a las autoridades civiles y religiosas, frente a los títulos y los legalismos. Ante el peso de las costumbres, se siente capaz de proponer metas inhabituales y novedosas. Y vive para liberar. Enseña a vivir para liberar del demonio, de la tristeza del pecado, para vivir la alegría de la vida. El P. Luis Querbes también fue un hombre que conquistó la libertad para hacer de su vida un servicio liberador. Libre al lado de sus hermanos, libre frente a las autoridades civiles y religiosas, defiende siempre la verdad del derecho, la verdad de la compasión y del amor. El discípulo siguió el camino del Maestro, el que nos dijo: “Soy el camino, la verdad y la vida”. Nuestro camino. Quien nos inspira es el Jesús del Evangelio. Es el ejemplo de nuestro Fundador. Pero no hemos de calcar ni a Jesús, ni a Luis Querbes. En este proceso que es la edificación de nuestro ser viatoriano, hemos de entrar con toda libertad. Encontramos en nuestro fundador la utilización de los medios de su tiempo para vivir un ideal. Este ideal es también el nuestro, pero hemos de generar una nueva creatividad en el uso de nuevas mediaciones. No vamos a repetir pasivamente o “robóticamente” lo que él hizo. Somos personas e instituciones en formación permanente. Nos hacemos asumiendo nuestra tradición, recreándola. Nuestra comunidad viatoriana tiene un futuro abierto. No hay caminos totalmente trazados. Podríamos decir que no somos, nos estamos haciendo viatores. Hemos tratado de descubrir aquí, unas líneas de fuerza de nuestra espiritualidad viatoriana. Una misma inspiración no producirá dos personas idénticas. No somos fotocopias de nuestro Fundador. Cada uno de nosotros ha de ser una documento original, pero con la misma tinta y el mismo espíritu... Si no tenemos un proyecto común, realizado de modo personal y original, iremos a la deriva. Sin rumbo. Necesitamos armonizar nuestra vida personal con la vida de la Comunidad. Haremos lo nuestro haciendo nuestra la inspiración común. Una voluntad de autenticidad viatoriana será una voluntad de caminar seriamente por una ruta que descubriremos construyéndola. El proyecto viatoriano no es una estatua. Es un organismo vivo que se desarrolla, sigue un ritmo, evoluciona... al que debemos guiar. A veces nos gustaría que se nos dijera claramente lo que tenemos que hacer... No escaparemos al proceso de edificación progresiva. Una conversión constante que irá integrando la humano, lo comunitario, el carisma, la pastoral... en un conjunto espiritual. Aprenderemos haciéndolo... con realismo, es decir con libertad, amor y humildad. En lo sencillo está el camino. El P. Luis Querbes no dejó de recordarlo a sus hermanos. Es una realidad que no ha cambiado... Avancemos.


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“El Padre Luis Querbes había llegado, a su pesar, a ser el fundador de una congregación. Un día un hermano catequista, muy joven y entusiasta se acercó a preguntarle sobre la vida. “Padre, preguntó, en todos los años de oración, de duro trabajo, de levantarse temprano, de acostarse tarde ¿ha llegado a ser un santo?” El Padre Luis Querbes, cargado de sus años, empezó a reír a carcajadas, diciendo: “Si lo tienes que preguntar, es obvio que no. No, no me he convertido en un santo. Algunas veces es bastante difícil sobrevivir simplemente, día a día, con ayuda de la gracia. Pero el joven hermano catequista insistió: - “Entonces, ¿por qué sigues dando consejos y enseñando? ¿No ha aprendido nada en todos estos años?” El viejo Padre Luis Querbes, cargado de todos sus años, lo miró seriamente y con cariño y respondió: “Está bien, sí, he aprendido una cosa sobre Dios. ¡Ten fe! Porque Dios está siempre a tu lado y has de tener el sentimiento de su presencia. ¡Ten fe! Abandónate a la Providencia. ¡Vive un celo ardiente, generoso! Ten imaginación e iniciativa para aportar respuestas a las necesidades de tu mundo. Pero ¡Ten fe! No sabes cuándo se verán desbaratados tus planes cuidadosamente preparados y detallados, cuándo tus pautas y rutinas se verán rudamente interrumpidas. A Dios le gusta sorprenderte, pillarte con la guardia baja, hacerte perder el equilibrio para que vivas en la humildad y la pureza de corazón. ¡Ten fe! Eres voz y luz para los pobres de tu mundo, perdidos en la miseria, las dudas y la indiferencia. Es preciso que anuncies a Jesucristo y celebres al Padre con tu pueblo. ¡Ten fe! Insisto en que permitas a Dios ocupar el centro de tu vida. Así pues,¡ten fe!” Podría ser una especie de testamento de nuestro fundador. ¿No es también evangélico?


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BIBLIOGRAFÍA En la bibliografía viatoriana, hemos utilizado fundamentalmente las obras de -

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LES DOCUMENTS QUERBESIENS (correspondencia activa) BONNAFOUS, Robert: En los orígenes de la Sociedad, 1991. - El P. Querbes y las “virtudes ordinarias”, 1992. - El carisma de Luis Querbes inspirador de mañana, 1993. - Luis Querbes y los Catequistas de San Viator, 1993. - Ponencias en el encuentro de jóvenes viatores en Bogotá, 1998. - el borrador inacabado de su último trabajo, “Un fundador contrariado” 1ª parte de una vida crítica del fundador. Versión al 31.05.2000. ZUDAIRE José Ramón, - Los Asociados de San Viator: historia de una refundación. ROUX Jean-Marie, - Au coeur de l’Eglise et pour le monde, La Communauté viatorienne : Religieux et Associés. Unas obras personales.

Introducción Espiritualidad y / o Santidad. Actualité des Religions: Y a-t-il une spiritualité laïque ? N° 27, mai 2001. ARNOLD Simón Pedro, Refundación, ´. 12-15; 30-44; 72-73. BETO Fray, El método de la mística, in Mística y espiritualidad, p. 78. BOFF Leonardo, San Francisco de Asís, p. 19-35; 63-66; 188-190. De MELLO Anthony, Autoliberación interior. FRANCIS Mark R., En el camino espiritual litúrgico del Pueblo de Dios. (Separata). Capítulo Primero Opción por los pobres. BONNAFOUS Robert; Evangelizar a Jesucristo (ponencia en Bogotá, 1998). BOFF Leonardo. San Francisco de Asís, p. 77-81. CRESPO Fernando, Evangelización liberadora, IN “El rostro de Dios en la historia” p. 215-237. CHITTIESTER Joan, osb. Una llamada a la justicia, in “El fuego en estas cenizas”. DUPONT J., Introducción a las Bienaventuranzas, in Nuevo Diccionario de Espiritualidad: Pobres. IRARRÁZABAL Diego, Inculturación, p. 167-209. JEREMÍAS, Teología del N.T. p. 142-144. PIERIS Aloysius, s.j. Espiritualidad y pobreza. Evangelizar. IRARRÁZABAL Diego, inculturación, p. 137-167. RADCLIFF Timothy, Je vous appelle, amis. RINGLET Gabriel, L’Evangile d’un libre penseur, p. 21-25 ; 185-190. SCILLEBEECKX Edward, Los hombres retrato de Dios, p. 148-150. VAN BREMEN Pierre, Trouver Dieu en toutes choses, p. 27-82.

Capítulo Segundo. ARNOLD Simón Pedro, Caminar juntos hacia la refundación, CLAR 2000, in CONFER set. 2000.


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ARNOLD Simón Pedro, osb, La audacia del sueño: una invitación a la oración permanente, in CRP. Junió 2001. BONNAFOUS Robert, Un Fondateur contrarié, p. 132-177 (borrador) CHITTISTER Joan, El fuego en estas cenizas, p. 203-223. CHU Violeta, ossr. Lo femenino: espacio de Comunión. La mujer en A.L. (separata). LAUR Pedro, Comunidad viatoriana, Religiosos y Asociados (Separata). RINGLET Gabriel, L’Evangile d’un libre penseur, p. 42-46 ; 146-151. ROUX Jean Marie, c.s.v. Symbolique ecclesiale et Symbolique viatorienne. ZUDAIRE Ramón, Los Asociados de San Viator, Historia de una Refundación. Capítulo Tercero. Pasión por Dios. “Una fe viva” BOFF Leonardo, Mística y Espiritualidad p. 71. De CERTEAU Michel, La Ascensión, in Cristus, «#22, p. 211-220. Nuevo Diccionario de Espiritualidad : Contemplación. SICHILLEBEECKX Edward, Los hombres relato de Dios, p. 205-221 VAN BREMEN Pierre, Trouver Dieu en toutes coses, p. 205.221. VIAL Isabelle, « Quand Dieu nous touche au cœur », in Panorama, Set. 2000. VARONNE François, Ce Dieu absent qui fait problème. p. 128.138 ; 213-221. ZEGARRA R. Felipe, Los pobres de Yavé, in “El rostro de Dios en la historia, p. 105-145. La contemplación, hoy. ARNOLD Simón Pedro, osb, Los huéspedes de Mambré, p. 23-25; 74-76. ARNOLD Simón Pedro, osb, La audacia del sueño: una invitación a la oración permanente, in CRP. Junió 2001. BETTO Fray, Mística y Espiritualidad, p. 24-29. BOFF Leonardo, San Francisco de Asís, p. 19.35; 188-190. CARDENAL Ernesto, El evangelio en Solentiname. CHITTISTER Joan, El fuego en estas cenizas, p. 68-82 COMBLIN J., El tiempo de acción. COMBLIN J., El Espíritu Santo y la liberación. Diccionario de la Biblia: Culto. Diccionario litúrgico: Culto. Enciclopedia teológica, Sacramentum Mundi: Sentimiento religioso. MC. KENNANM, El Adviento y la Navidad, día a día p. 207-208. Nuevo diccionario de Espiritualidad: Contemplación. PALMES Carlos, s.j., Las cinco llagas de la formación y su curación, p. 21-36. PANIKKAR Raimón, Elogio de la sencillez RADCLIFF Timothy, Je vous appelle, amis. RINGLET Gabriel, El evangelio de un libre pensador, p. 43-44.; 194-213. SCHILLEBEECKX Edward, Los hombres relato de Dios, p. 29.38; 55-60; 128-129. VAN BREMEN Pierre, s.j. Trouver Dieu en toutes choses. (Sous le regard de Dieu). P. 10-21. Vocabulario bíblico: adoración, culto. La Pasión por Dios y por los hermanos. ARNOLD Simón Pedro, Los huéspedes de Mambré, p. 35-36; 96-97. ARNOLD Simón Pedro, osb. Refundación, p. 139-151. BOFF Leonardo, San Francisco de Asís, Ternura y vigor. p. 42-58. CHITTISTER Joan, El fuego en estas cenizas, “Una llamada al amor”, p. 152-166. FERRY Luc, “Les nouveaux visages de l’amour”, in l’Homme – Dieu. p- 158-164. FLAHERTY Kevin, s.j. Evangelizar la afectividad, in Conversión y fidelidad, p.43-88. GARCÍA Victoria, La relación afectiva con Dios, in Testimonio, Julio 2001. LAUR Pedro, En experiencia de Dios, mi pueblo es mi maestro. (Obra en elaboración).


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LEON-DUFOUR Xavier, Lecture de l’Evangile de Saint Jean, tomo 4, textos correspondientes. MONROY Juan Bosco, Evangelizar la afectividad, in Conversión y fidelidad, p. 41-88 PANIKKAR Raimón, Elogio de la sencillez, Dimensión pol. y primacía de lo sagrado p. 126-155. RESTREPO Luis C., El derecho a la ternura. (separata). VIAL Isabelle, Quand Dieu nous touche au coeur. « La emoción en nuestra fe ». Capítulo Cuarto. ARNOLD Simón Pedro, osb., Los huéspedes de Mambré, p. 108-111. ARNOLD Simón Pedro, osb., Refundación, p. 156-175. BONNAFOUS Robert; Evangelizar a Jesucristo (ponencia en Bogotá, 1998). COMPAGNON Olivier; América, hoy (in La Iglesia, hoy) CHITTISTER Joan; El fuego en estas cenizas (Luz en la oscuridad) CHOLY Gérard, HILAIRE Yves.Marie, Historie Religieuse de la France contemporaine. 1800-1880. de PEDRO HERNÁNDEZ Aquilino, Misterio y fiesta, Introducción general a la liturgia. de la POTTERIE Ignace, Vérité, Vocabulaire Biblique. DIAZ MATEO Manuel, El Sacramento del Pan, p. 68 – 80. Diccionario de Teología: Catequesis. FRANKL Víctor E. ; Découvrir un sens a la vie. Logothérapie. GALLO Max; La fontaine des Innocents, p. 112 IRARRAZAVAL Diego, Inculturación, p.99-137. LEON-DUFOUR Xavier, Lecture de l’Evangile de Saint Jean (los textos que tocan a la verdad). PIERIS Aloysius, s.j., Una teología asiática de la liberación. RADCLIFF Timothy; Je vous appelle amis. p. 74-76. RONGLET Gabriel, l’Evangile d’un libre penseur, p. 153-160. SCHILLEBEECKX Edward., Los hombres relato de Dios. p. 260 – 279. TATO HAWRYSZKO Luis Alberto, Espiritualidad del canto litúrgico, in Música, Liturgia. y Pastoral, p. 70-82. Capítulo Quinto. ANTONCICH Ricardo, Características fundamentales de la libertad humana; in Cuadernos de espiritualidad, # 34. ARNOLD Simón Pedro, Conversaciones bajo la higuera, p. 203-237. ARNOLD Simón Pedro, osb, Refundación, p. 103-115. CASTIÑEIRA Ángel, La experiencia de Dios en la postmodernidad, p. 169-178. De MERLLO Anthony, Autoliberación interior. ETXEBERRÍA Xavier, Religión cristiana y virtudes públicas de la ciudadanía democracia, Páginas # 166, p. 50 – 65. LECLERCQ Jacques, Atreverse a vivir, (separata). Nuevo Diccionario de Espiritualidad : Contemplación.


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INDICE Presentación ...................................................................................................................... Introducción. Espiritualidad y / o Santidad .........................................................................

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1. Mirar la historia. Delinear estrategias. ...................................................................... El Principio “realidad”.............................................................................................. Opción por los pobres............................................................................................. Evangelizar. ............................................................................................................ La necesidad de Catequistas.................................................................................. Ser Catequistas, hoy. Nuestra misión... ...................................................... Un nuevo “look” ........................................................................................... Un nuevo tipo de indiferencia ...................................................................... Las orientaciones de la Iglesia latinoamericana ...................................................... Catequesis et Inculturación.....................................................................................

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2. La Sociedad. (Asociación). ................................................................................ ....... La Asociación, un proyecto más querbesiano que la Congregación. ...................... La Asociación renace bajo el impulso de la Congregación ..................................... Ser asociado, hoy y mañana ..................................................................................

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3. Las fuentes dinámicas de la misión .......................................................................... 45 1. La pasión por Dios. ........................................................................................... 47 El sentimiento de la presencia de Dios ............................................................. 47 Una fe viva ........................................................................................................ 48 Querbes, un hombre a la fe viva ....................................................................... 49 El que permanece ante Dios. Adoración y sentimiento de la p. de Dios ...... 51 El que reconoce su dependencia y vive la confianza................................... 52 El que vive la confianza ............................................................................... 54 El que vive la gratitud y la alegría ................................................................ 56 El que vive la humildad ............................................................................... 58 El que insiste repetidamente en la oración .................................................. 58 El que vive sus emociones y las refiere a Dios ............................................ 59 La contemplación, hoy ...................................................................................... 60 Contemplación y su mantillo........................................................................ 61 una transparencia reveladora .......................................................... 62 una presencia .................................................................................. 62 ¿un hombre inmerso en Dios o Dios inmerso en el hombre? ........... 67 dignificación de sí mismo. ................................................................ 68 un combate. ..................................................................................... 69 experiencia del otro y amor activo.................................................... 69 Contemplación – Acción, un binomio dialéctico indivisible .......................... 72 Limitaciones de la contemplación y sus consecuencias. ............................. 75 2. Un “Celo ardiente” ............................................................................................ 77 Introducción: Los conceptos griegos ........................................................... 77 Los conceptos utilizados por el P. Querbes......................................... 79 La dinámica de la ternura ................................................................................. 80 Filia en la juventud de Querbes .................................................................. 80 Fuerza del amor y de la ternura de Dios ..................................................... 80 Amor, castidad y espiritualidad ................................................................... 81 Ternura y sentimientos en el P. Luis. .......................................................... 82 El vigor del amor: Celo ardiente ....................................................................... 83 Un celo ardiente ......................................................................................... 83 “Trabajar sin desmayar”. ............................................................................. 83 Ternura y solicitud: el trato con sus hermanos. ........................................... 85 El amor para con los pobres. ...................................................................... 85 Vigor y ternura, en el mundo de hoy. Camino de Santidad. .............................. 85


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Ternura: las emociones camino hacia el Otro y los otros. ........................... La ternura en la propia cultura. ........................................................ No tener miedo en dejar expresarse las emociones......................... Eros y vivencia de los votos. ....................................................................... Eros y dimensión contemplativa de la Vida religiosa. ....................... Una espiritualidad lúdica de los votos. ............................................. La dialéctica eros-ágape en Dios y en el cristiano. ...................................... De la filia al ágape en el evangelio de Juan. ............................................... La dimensión solidaria: el Ágape ...................................................................... El Ágape y la primacía del mundo y de lo secular. ............................................

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4. La triple dimensión de la misión viatoriana ............................................................... 95 1. Una fe ilustrada y profundizada .......................................................................... 98 Alimentar la fe con la Palabra de Dios. ........................................................ 98 Estudiar. Una exigencia espiritual: “Es nuestra vida”. ...................... 99 El concepto de verdad................................................................................. 99 La verdad como “misterio” ............................................................... 99 Las verdades de la fe. ...................................................................... 101 Estudiar para entrar en el misterio............................................................... 102 Limitarse a la verdad. .................................................................................. 103 2. Una fe celebrada. ............................................................................................... 104 Querbes en su tiempo ............................................................................... 108 Los cambios del siglo XX .......................................................................... 105 La Fe celebrada. ......................................................................................... 107 Una liturgia viva. ...................................................................................... 107 Una vida litúrgica. ..................................................................................... 108 Vivir el culto nuevo. .................................................................................. 108 El canto litúrgico .................................................................................... 108 Lo esencial de la liturgia. ....................................................................... 110 El P. Querbes, hombre eucarístico. ............................................................. 112 Partir el pan en casa. ........................................................................... 112 El hombre de la unidad del cuerpo de Cristo. ........................................ 114 El hombre de la solidaridad: la mesa por el mayor número. .................. 116 3. Una fe compartida en un pueblo ......................................................................... 119 5. El dinamismo personal del P. Querbes..................................................................... 123 1. Libre para amar. ................................................................................................ 125 La dialéctica Amor – Libertad. .......................................................................... 125 2. Libre para servir .................................................................................................. 127 Innovar.............................................................................................................. 127 Hacerse responsable. ....................................................................................... 128 Desprendimiento. .............................................................................................. 129 La verdad les hará libres ................................................................................... 130 Libertad con sus hermanos. ........................................................................ 130 Libertad con las autoridades políticas. ........................................................ 131 Libertad con las autoridades jerárquicas. .................................................... 132 ¿Qué significan estas actitudes del P. Luis ................................................. 133 Corresponsabilidad y soledad. .................................................................... 134 3. Unas virtudas ordinarias, personales y públicas ................................................. 135 4. La devoción mariana en Querbes ....................................................................... 140 ¿Concluir ... o empezar? .................................................................................................... 143 Bibliografía. ............................................................................................................ 146

En el umbral de la espiritualidad viatoriana - Pierre Laur  

Luis Querbes en el umbral de la espiritualidad viatoriana

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