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La que les pedía el abuelo que construyeran era una absurda canoa, tan grande como nunca se había visto antes, así que también se dijeron que Itzá ya era muy viejo y que a los viejos se les ocurren locuras.

Tres Sin embargo, obedecieron las órdenes del viejo, pues de ese modo lo habían hecho siempre. Como sólo tenían seis días para cumplir el mandato de Itzá, los hombres de la familia se pusieron en camino hacia lo más denso de la selva. En la semioscuridad, donde la luz se estrellaba contra las hojas para abrirse paso, encontraron los troncos más robustos. Cortaron lianas para amarrarlos y reunieron hojas de palmera para fabricar un techo sobre la canoa. Entre tanto, los monos chillaban asustados saltando entre los árboles y los insectos se escondían detrás de las minúsculas hojas. Los hombres volvieron a sus casas cansados y sudorosos pues habían trabajado mucho. Mientras tanto, las mujeres, siguiendo las órdenes de Itzá, habían empezado a reunir provisiones para cuarenta días. Los niños treparon a las palmeras para bajar los cocos. Luego, las mamás iban estrellando los frutos contra las piedras, hasta que llenaron cántaros y cántaros con su dulce agua. Cortaron mangos, plátanos y papayas de los árboles. Guardaron granos de cacao y maíz en los costales. Reunieron hierbas y alimento para los animales, doblaron cobijas, prepararon trastos, molieron café, empacaron hamacas, remendaron ropa y al atardecer estaban, igual que sus maridos, cansadas y sudorosas.

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Español lecturas 6 [2014]  
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