Page 1


SOLO PÁGINAS SELECCIONADAS PARA MUESTRA


A Elibey


Primera parte Con frecuencia, en los colegios y universidades que visito, enfrento la siguiente pregunta: ¿cómo me hice escritor? Para mi infortunio, la mayoría de las veces, dicha pregunta se presenta del modo que menos me gusta: ¿en qué me inspiré para ser escritor? No me gusta de este modo, porque hace de la obra de arte algo sobrenatural, algo surgido fuera del artista, cuando en realidad nace en el interior de éste y es la manera como la creatividad transmuta en oro sus recuerdos, sueños, frustraciones y temores. Siempre que cuento cómo ocurrió ese milagro comprimo en pocos minutos la serie de acontecimientos absurdos y tragicómicos que, sin yo advertirlo entonces, me conducirían a ser el que soy. Mientras hago ese apresurado resumen, estoy consciente de que sólo rozo la superficie de los hechos y dejo fuera la esencia y los pormenores de la historia. Por eso, desde hace mucho tiempo, concebí la idea de contar esta experiencia del modo más próximo a como lo recuerdo: un laborioso proceso en el que un adolescente muy acomplejado comprendió que el mayor enemigo que tenemos en la vida habita dentro de nosotros mismos.


En las páginas que siguen se verá cómo fue que, paradójicamente y por culpa de la poesía –de su ejercicio más genuino–, me convertí en narrador y en alguien que, sin dejar de tener más defectos que virtudes, aprendió a usar sus temores y fracasos como combustible para avanzar y reírse de sí mismo.


I Entre los once y los doce años yo era extremadamente delgado. Delgado y más alto que la mayoría de mis amigos, tanto los compañeros de clase como los vecinos. Visto a la distancia, parecía una espiga de maíz en un sembradío de trigo o un bacalao rodeado de sardinas. Por ello, en casa me llamaban Vara de puyar locos. En el liceo, Pichón de poste y Rascanubes. En realidad, no era tan alto. Apenas medía 1,75. Lo que ocurría era que –como dirían en México– me hallaba rodeado de chaparritos. Esa altura y delgadez extremas –combinadas con una timidez de gusano tubícola y una tendencia malsana a desarrollar en el rostro batallones de barros y espinillas–, conspiraban en mi contra, pues me hacían invisible a los ojos femeninos. Para colmo, no sabía bailar y me movía por la vida con más torpeza que un manatí en una cristalería, debido a una carencia absoluta de inteligencia corporal. En el barrio donde vivía había varias muchachas muy bellas, pero ninguna tenía la menor noticia de mi presencia en el mundo. Yo las veía desde el balcón del apartamento cuando iban o venían de sus casas o esperaban la llegada del autobús en la parada cercana.


10

Imaginaba que tenían la piel suave, tersa y tibia, y que su solo roce era una delicia; que de ellas fluían aromas envidiados por las flores y que, en algún descuido suyo –o mío– las besaba o me besaban. Donde estudiaba también había algunas muy bonitas y una de ellas, Angélica, era modelo y había hecho dos cuñas publicitarias para televisión: una para una línea aérea (en la que aparecía como azafata) y otra para una colección de ropa juvenil. Angélica no tenía novio y todos mis amigos soñaban con llenar esa vacante. A mí me gustaba, pues era increíblemente linda con su cabello negro, largo, y unos rasgos en los que confluían sabiamente sus antepasados indígenas, africanos y españoles. Pero sabía que no tenía nada que buscar con ella: aparte de que mi autoestima oscilaba en aquellos tiempos entre arrastrarse por el suelo y ser subterránea, Angélica era una celebridad local inalcanzable, debido no sólo a esta fama, sino a que era mayor que yo y estudiaba cuarto año. Ni siquiera en mis mejores sueños tenía chance de conquistarla. Por cierto, ahora que recuerdo, nunca soñé con ella. Sí con otras chicas del barrio, el liceo, la televisión, el cine o la prensa. Pero entonces me sentía tan poca cosa que, incluso en mis sueños –cuyos guiones los hacía mi subconsciente–, ellas no sólo me ignoraban sino que, cuando por alguna circunstancia yo ocupaba


11

momentáneamente su espacio ocular, brotaban miradas que me rechazaban con insecticidas, escupitajos de veneno, disparos de cañón o superpoderes como abrir un abismo a mis pies o aplastarme con una aplanadora, una pata de pollo gigante o un aerolito. Viendo hoy en día lo que ocurría conmigo, desde una perspectiva totalmente egocéntrica puedo decir que las chicas hermosas de mi barrio, mi liceo y el mundo tenían algo en común: todas desconocían mi existencia.


II Había dos excepciones: Nereida, una vecina de mi edad que, según mi madre y otras señoras del barrio, estaba enamorada de mí. De la otra, Fanny, hablaré luego. Nunca supe con certeza si esto era verdad o lo decían para levantarme el ánimo. Nereida y yo apenas nos conocíamos de vivir y vernos en la misma manzana. Como estudiábamos en colegios distintos, cuando coincidíamos en la calle nuestros contactos se reducían a un saludo frío, como el de dos personas que un día fueron muy amigas y, debido a un chisme que jamás se aclaró, dejaron de frecuentarse. El único indicio cierto de su interés en mí se había dado en la fiesta de cumpleaños de Mireya, una de mis primas. Mientras yo me debatía entre pasar el tiempo en un balcón o lo más cerca de la puerta de entrada –y también de salida–, de la casa de tía Carmen, ella se me acercó y me pidió que bailásemos. Como para mí el baile era y sigue siendo un secreto indescifrable, le dije que no, pero tanto insistió que terminé haciendo el ridículo durante una pieza de salsa y un bolero.


13

Dudaba –y aún dudo– que esos siete u ocho minutos de movimientos descoordinados y pisotones hubiesen suscitado su admiración, aunque sus gustos no podían considerarse muy normales que digamos. Nereida era muy bonita y su sonrisa daba la impresión de tener vida propia. Cuando sonreía, todas las cosas a su alrededor adquirían un brillo como el que proporciona la luz solar reflejada en un espejo. Varios de mis amigos –especialmente, los más excéntricos– deliraban por ella. Pero, según mi madre, Nereida sólo tenía ojos para mí. Ello, en lugar de halagarme, acrecentaba mi sensación de hombre abominable para el sexo femenino. Y es que, como ya he apuntado, en materia de gustos, que era donde, supuestamente, yo tenía cabida, Nereida no salía bien parada. A juzgar por todas las otras cosas que le resultaban atractivas, el que se sintiera atraída por mi persona era lo peor que le podía suceder a mi autoestima. Con tal enamorada perdía la esperanza de ser, cuando menos, un galán en crisálida y me confirmaba en la idea de hallarme prisionero en el cuerpo de un monstruo imaginado y temido por el más repulsivo de los engendros. Debido a que su papá era herpetólogo (estudiaba los anfibios y los reptiles), Nereida le tomó cariño a este tipo de animales y adoraba los camaleones, las tortugas matamata y los ajolotes.


14

De mascota quiso tener un sharpei –uno de esos perros cuya cara está llena de arrugas–, pero como eran muy caros, pidió a sus padres que le compraran una tarántula. Parece que adquirieron la más horrorosa que encontraron, una araña peluda y de mal genio que Nereida llamó Lulú y a la que alimentaba con moscas y grillos vivos que su padre le llevaba en frascos de boca ancha. Lulú era fea a más no poder y cubría su guarida en el terrario donde vivía con una telaraña hecha como con canas. Pese a ello, Nereida le decía cariñosamente «Mi Niñita». Vi a Lulú dos veces: una, me la mostró Nereida, que la sacaba a pasear en su casa de vidrio todas las tardes, a bordo de un coche de bebé; y otra, Lorenzo, su hermano. En ambas ocasiones cruzamos miradas de rechazo mutuo. De hecho, me pareció que, al momento de mostrarme sus colmillos amenazadoramente, me comunicó por telepatía que yo le resultaba antipático. Yo, entretanto, le advertí desde mi mente que, si alguna vez intentaba morderme, la agarraría con un alicate y se la regalaría a un indio piaroa para que la se la comiera asada y luego usara sus colmillos como mondadientes. Volviendo a Nereida, mi presunta enamorada llenaba las últimas páginas de sus cuadernos con dibujos de dragones con cabeza de zamuros, momias retorcidas y seres abominables que imaginaba.


15

Por lo que oí comentar una noche a su mamá, que había ido a mi casa para que mi madre le inyectara un antibiótico, Nereida tenía visión de rayos X en sus sueños y, por eso, todo el que aparecía en ellos se veía sin carne, en puro esqueleto. Nereida adoraba las tormentas eléctricas, no por los resplandores que encendían el cielo, sino por el olor a nitrógeno que dejaban los rayos al caer. Ahora bien, si todo lo anterior no bastaba para pensar que sus gustos eran retorcidos, supe por Lorenzo que ella comía carne cruda y brócoli hervido sin poner mala cara ni sentir náuseas. Con una enamorada así, lo menos que uno podía pensar de sí mismo era que se contaba entre los seres más desagradables de la naturaleza, a medio camino entre la hiena moteada y el tuatara.


III Nunca correspondí al supuesto amor de Nereida, ni lo tomé en cuenta para considerarme algo más que un esperpento. No exagero si digo que, en mi adolescencia, me identificaba más con los espantapájaros que con los seres humanos. Así me sentía, y estoy seguro de que así me veían. Ni mi madre, ni sus amigas, ni la mayoría de mis tías coincidían con este parecer. Para ellas, yo era un adolescente modelo: buen estudiante, mejor deportista y hasta bien parecido. Sólo tía Jacinta difería de esa opinión, pero no por razones estéticas. Tres accidentes motivaban su actitud: el primero, cuando en un repentino ataque de tos escupí una bola de chicle sobre su cabello. El segundo, cuando tropecé con un mueble y todo el contenido de una taza de café con leche que le llevaba se derramó sobre su vestido. El tercer accidente ocurrió en mi noveno cumpleaños. En cierto momento puse una tachuela sobre una silla para incomodar a un niño vecino que me caía mal y quien se sentó sobre ella fue tía Jacinta. –¡Irene –le gritó a mi madre mientras removía la tachuela de su vestido–, vas a tener que meter a tu hijo en un manicomio antes de que se vuelva un asesino!


17

Desconfiaba del criterio de mi madre pues, para ella, su único hijo era una auténtica joya de la Corona: aparte de inteligente, ella me percibía no sólo apuesto y bello, sino perfecto. Ni siquiera el dios Apolo, con toda su apoloneidad, me superaba o estaba cerca de igualarme. Este juicio o falta de él lo compartía con sus amigas, que no sé si la secundaban o nada más le seguían la corriente. De todos modos, aunque las alabanzas que ellas me prodigaban fuesen sinceras, provenían de señoras mayores que me veían como a un hijo o a un nieto y todos sabemos que ni las madres ni las abuelas ven el menor defecto en sus descendientes. De allí que nada de lo que me dijesen bastase para levantar mi moral ni desdecir la baja estima que tenía de mí mismo. La señora Amalia, una de tales amigas de mamá, siempre me elogiaba y me daba entre cuatro y seis besos en las mejillas cada vez que me veía. En cierta ocasión oí cuando le comentó a mi madre que le gustaría verme casado en el futuro con su hija Brígida. –¡Ay –suspiró–, es que a la pobre Dios le dio tan pocas gracias que lo menos que le debe dar en unos años es un estupendo marido: un muchacho bueno, sano y trabajador como el tuyo! Como se habrá notado, en ningún momento hizo alusión a mi apostura física: para ella, yo era «bueno, sano y trabajador», más nada.


18

Otra señora, Cruz María, parecía alegrarse mucho al toparse conmigo y también me llenaba de besos y cumplidos. Como estaba casi ciega, pero no quería admitirlo por coquetería, era más lo que imaginaba que lo que en verdad percibía. Cuando me abrazaba dejaba marcas de su pintura de labios en el cuello de mi camisa y en la parte de la misma que me cubría la clavícula derecha. Su ceguera, además, la hacía moverse con torpeza y generar todo tipo de desastres. Si nos visitaba, mamá apartaba de su paso todos los objetos frágiles y los muebles cuyas patas pudieran hacerle una zancadilla. También había, sin embargo –y eso debo consignarlo–, entre las amigas de mi madre, alguien que me hacía dudar de la opinión extremadamente negativa que tenía de mí mismo: Fanny.


IV Fanny era una mujer joven y soltera, compañera de trabajo de mi madre. Tenía dieciséis o diecisiete años más que yo y, aunque no podía calificarse de bonita, era tan cariñosa y simpática que se veía linda. Tuvo dos novios a los que dejó tan pronto le propusieron matrimonio. –La mayoría de los hombres no quiere una compañera sino una esclava y yo no nací para llevar cadenas –decía, cuando hablaba del tema. Fanny tomaba mi cara entre sus manos y, mientras decía que yo era su niño lindo, frotaba su nariz con la mía o me besaba en la frente o las mejillas. Un día giré la cabeza como por accidente y recibí uno de sus besos en los labios. Tras la sorpresa, me miró a los ojos y, aunque leyó en ellos que había hecho el movimiento de cabeza a propósito, no se molestó. Sonrió y me puso un dedo sobre la boca, como sellando un secreto entre nosotros. A partir de entonces y cuando nadie nos veía, nos besábamos cada vez que ella iba a casa y eso fue lo único que mitigó por un tiempo la visión negativa que tenía de mí mismo.


20

Una tarde, Fanny llegó con mamá y, después de saludarme –y, obviamente, besarme–, me tomó por la cintura y me dijo: –Si la gente no hablara tanto yo me llevaría a Armandito a vivir conmigo y lo terminaba de criar, para que se convierta en el tipo de hombre que a mí me gusta. Mi madre tomó el comentario a broma, pero yo no. Para mí significaba que aún tenía alguna


21

esperanza de agradarle a alguien del sexo femenino que no fuera una loca como Nereida o una señora mayor como las otras amigas de mamá. De Fanny –quien años después se fue a vivir a Australia– también me gustaban sus abrazos, pese a que se adhería tanto a mí que me traspasaba su doble perfume: el personal y el que usaba. Durante días, aunque me bañase y me cambiase de ropa varias veces, olía a ella. Eso ocasionaba diversas bromas en el liceo, especialmente cuando me hallaba entre amigos: –¡Le estás robando el perfume a tu mamá! –¡Ay, chamo, cuidado y un día de estos te cambias de bando! –Éste –y me señalaban–, como ninguna tipa se fija en él, usa un perfume de mujer para que creamos que tiene novia.


V Aunque lo sucedido con Fanny pareciera desmentir mi introversión, debo aclarar que el episodio del accidente ocurrió casi año y medio después de habernos conocido. Yo acababa de cumplir diez cuando una tarde lluviosa llegó con mamá. Luego se hicieron tan amigas que todos los días Fanny regresaba con mi madre en su automóvil. Algunas de esas veces, se quedaba un rato, esperando que el tránsito se hiciera menos pesado, mientras merendaban y conversaban de cuanto sucedía en el trabajo. A partir de su tercera o cuarta visita inició conmigo el juego de frotar nuestras narices y darme a continuación varios besos. En muchas ocasiones pensé hacer lo que hice para besarla en los labios y siempre, en el último momento, me contenía. Por ello no puedo decir que esa acción me hubiese insuflado algo de seguridad en mí o hubiese elevado mi autoestima. Lo asumí como lo que era, algo aislado, un hecho excepcional que más bien confirmaba mi habitual retraimiento. Sé que, de haber existido un timidómetro y habérmelo aplicado, éste habría estallado, incapaz de medir la elevada magnitud de mi complejo.


23

Y es que, no sólo no me atrevía a hablar con ninguna chica de mi edad o ligeramente mayor sino que, si alguna me dirigía la palabra, se me trababa la lengua y empezaba a sudar copiosamente. Temeroso de mostrar mi desasosiego o de empezar a oler mal, me alejaba sin responder o pretextando algo sin sentido. Esta situación me había afectado de tal modo que, como ya he adelantado, me consideraba muy poca cosa. Pese a que destacaba en los tres deportes que practicaba –béisbol, fútbol y atletismo–, cuando hacía una jugada decisiva, metía un gol o ganaba una carrera, no lo atribuía tanto a mis facultades atléticas sino a algún error o una deficiencia de mis rivales. Lo mismo ocurría en mis estudios. Si obtenía una buena nota en un examen, consideraba más probable que el profe o la profe se hubiesen equivocado al evaluarme a que yo hubiese respondido o hecho algo bien. Curiosamente, eso contrastaba con la visión ideal que tenía de mí. En mis sueños y ensoñaciones realizaba labores heroicas, tanto de captura de criminales como de rescate y salvamento de personas desamparadas en tierra, mar y aire. En esas visiones épicas me veía rodeado de tantas chicas hermosas que debía portar en la espalda dos botellas de aire comprimido para evitar que me ahogaran con sus besos y abrazos.


24

Esas imágenes magníficas no tenían el menor asidero en la realidad y en ésta sólo me distinguía por ser un adolescente saturado de complejos y negatividades. Una anécdota refleja cuán apocada era mi personalidad en esos tiempos. En unas olimpiadas entre liceos gané las dos carreras de fondo –cinco mil y diez mil metros–, y, cuando llegó la hora de entregar los premios, me oculté en un baño, temeroso de las felicitaciones que tendría que recibir. Para ser franco, estuve a punto de abandonar ambas competencias mientras corría, al darme cuenta de que, si las ganaba, tendría que soportar sobre mí las miradas de las casi tres mil personas que se hallaban en el estadio. Por encima del miedo escénico que sentía, me atemorizaba más que nada el contacto directo con quienes entregarían los premios y, especialmente, con el recibimiento que me harían en el liceo el próximo día de clases. Estuve sentado casi dos horas sobre la tapa de un retrete, hasta que se acallaron los ruidos y las voces. En el momento en que salía del baño, se apagaron las luces y me apresuré a buscar alguna salida o al conserje del lugar. –Hola, hijo, ¿cómo estás? –oí la voz del señor Méndez, mi entrenador, que salía de la oscuridad. –Bien –respondí.


25

Cuando nos aproximamos a una puerta que estaba abierta, extendió hacia mí las dos medallas doradas que había obtenido. –Toma: esto es tuyo. Luego, me abrazó y, en silencio, me acompañó hasta la salida.


Por culpa de la poesia  

¡Juntos formamos lectores de cero a cien años!

Por culpa de la poesia  

¡Juntos formamos lectores de cero a cien años!

Advertisement