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os alumnos del colegio San José de Valladolid de 2º de Bachillerato visitamos la Casa Escuela Santiago Uno de Salamanca. Este acontecimiento en un principio intrigante para nosotros se convirtió, por lo menos desde mi punto de vista, en una llamada de atención a nuestra forma de vida. Llegábamos poco después de la hora de comer, tras haber formado parte del flashmob de Cáritas Diocesana Salmantina. Íbamos sin saber qué nos encontraríamos, qué diríamos, qué haríamos y, lo más importante, con qué tipo de gente íbamos a tratar. Desgraciadamente nuestros prejuicios acerca de la gente que estaba allí nos hicieron llegar con miedo, se notó en nuestras caras y en nuestra forma de actuar a la llegada. Nos situamos como una legión romana en posición defensiva, en un grupo apartado de aquellos alumnos que estaban en la puerta en su hora de descanso, mientras esperábamos impacientes a entrar y relajarnos en una habitación con Jorge, el subdirector de la Casa Santiago. Allí estábamos en aquella habitación mientras se oían comentarios del tipo “¿habéis visto las pintas de ese tío...?” que salían de nuestras bocas. Jorge nos empezó a explicar su forma de tratar con ellos, nos informó de que, en algunos casos, ésta era su última opción antes de un reformatorio. Mi sorpresa fue la sencillez con la que trataba el asunto, y, en particular, la forma tan corriente que tenían al tratar con ellos, sus pagas recibidas a cambio de un esfuerzo semanal, hacerles sentirse útiles y no como a muchos de ellos que ya se les daba por perdidos, sin darles si quiera la oportunidad de intentarlo. El esfuerzo que hacían todos, en un viaje a Marruecos en verano, para ayudar a gente que lo pasa aún peor que ellos, era más que suficiente razón para afirmar que el método educativo era productivo. Pero las palabras que salían de Jorge se nos personificaron en cuatro casos muy concretos que estaban allí por distintas circunstancias, en general porque no han tenido las facilidades de adaptarse a las normas con la facilidad que muchos de nosotros tenemos y somos incapaces de apreciar. Empezamos entonces a hacernos preguntas de una forma tímida pero no por ello menos interesante, la pregunta más impactante, para mí, fue la siguiente: “¿Sentís que esta es vuestra familia?”, pues increíblemente una de las chicas que estaba allí hablando con nosotros, sin ningún remordimiento respondió : “Sí”, fue una respuesta contundente; sin el menor reparo, prosiguió con esta coletilla: “Es que mis padres no me quieren como los vuestros a vosotros”; sin ninguna duda tenía razón. Era algo impa ctante ver como alguien era capaz de aceptar aquello como familia, mientras que, para nosotros, no era más que una especie de internado donde intentaban, en la medida de lo posible, redirigir las vidas de esos chicos. En el caso de Luis, un chico sudamericano, nos contó en forma resumida cómo llegó allí, pero, a pesar de haber tenido mala suerte, lo que me llamó más la atención sin duda alguna fue la forma en la que hablaba de su madre, con un respeto infinito. Todo aquello sobre lo que hablamos allí fue verdaderamente interesante y aquellos valores que se vieron reflejados en sus historias eran dignas de admiración: la fortaleza, la valentía, la perseverancia, el respeto y tantas otras que a nosotros muchas veces nos cuesta percibir. Pero he de dar las gracias a Jorge y estos cuatro chicos porque no apreciábamos ni apreciaremos todo lo que tenemos en abundancia, y ver cómo son capaces de agradecer todo a pesar de su mala suerte; te hacen pensar y creer que las cosas pueden ir a mejor siempre.

Paco Igea

Ecos de Santiago 54

Ecos de Santiago  

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