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ALGO QUEDA

Jorge Hernández

Tengo facebook, whatsapp, de todo y quizás demasiado. Como educador debo estar al día de estas historias, soy de los primeros en prodigar las bondades de estos sustitutos de postales y cartas. Tengo que decir que algunos me han provocado exactamente lo mismo que cartas y postales, eso sí, el número de estas elegidas, se asemeja muy mucho al número de cartas y postales que antes recibía. La dificultad no está en dirimir cual es “verdadera”, tipo carta o postal, sino en que la mucha paja que se manda te haga llenarte de eso, de paja. Pues el otro día he recibido un mensajito corto pero de esos que llegan, el problema es que era de un exalumno, con agradecimientos creo sentidos, de esos que quieras o no cambias de postura y son difíciles de disimular. No le he contestado porque era electrónico y yo necesito asimilar y tomarme tiempo, ustedes entenderán que quedaría mal contestar: - me hubiese alegrado mucho en otro momento, pero ahora tengo dudas y no me apetece contestar-. Creo que esperaré a contestar cuando madure mi carta o postal, pero no va a ser un whatsapp más. Lo que me dificultaba contestar es cuantificar cuán responsables somos nosotros, como educadores, en el devenir de la vida de un chico cuando se aleja de nuestro lado… Pues esto me ha salido y me ha apetecido contar al respecto. Dudo si quedará claro pero nadie me puede decir que no es sentido y como solemos pecar de pensar sin apenas sentir esto es lo que puedo decir: La risa en el peor de los momentos, fuego en la sangre y un muro desconchado pisando la camisa del alma, y pese a esos momentos de brillo, color verde y amarillo, azul de tanto mirar al cielo, y que no agachen la cabeza ante tanta miseria, tan solo para mirar los ojos luminosos de las personas, que lejos o cerca ignoran el brillo de una mirada, de la mirada que no entiende de escombros, que la luz salga, no importando cuan ruín sea tu vida, que encuentre el reflejo que no puede ser distinto a otros ojos, que el haz sea tan fuerte que atropelle los escombros, que los aparte, joder, que queremos respirar, porque el día a día no se termina nunca salvo cuando no sientes que lo ves azul porque estás cerquita del cielo, que todo se quede en un susto, que lo que notaste en tu espalda era el pico de un águila, que a ti no te gustan los pájaros tan grandes y tan de cerca, pero acéptalo, has estado muy arriba, procura aterrizar sin sangre, pero tú sabrás, es tu vida, aunque por defecto profesional no lo puedo evitar, no la dejes escapar. Yo me montaré en mi coche, miraré que todo sigue ahí, que la dirección no se bloquea, que la música funciona, que la marcha está bien muerta, que la distancia es la correcta. Todo continuará con o sin tu aterrizaje, pero sería estúpido ignorar que a mí lo que me mantiene en pie no es sólo el carbonato cálcico de mis huesos, que seguro dejaste huella y nadie sabrá hasta cuándo estará ahí latente, viva o fósil, quizás hasta que quieras, lo necesites, te apetezca, eso sí, espero que la vergüenza no te frene si la intención es seguir el honesto haz de luz de tus ojos. Que cómo estoy, no te imaginas, todo está parecido sino igual, pero diferente. Aquí se cumple el principio de incertidumbre del tal Heisenberg. Si te hablo de lo que estoy haciendo ya no sabrás lo que está pasando, esto se mueve, avanza inexorablemente, imparable, sí, seguimos haciendo muchas cosas, sigo con algunos miedos, a veces los oculto otras no. Sigo creyendo en esto, aunque antes de acabar la frase ya esté dudando otra vez, igual que otra vez estoy apuntado al Sáhara, dando clase, pensando en el viaje de semana santa al que irán mis hijos, creo que esto es algo que se parece un montón a la vida, que además parece que es la mía. Es mi vida man, es mi vida. Se me sigue yendo la cabeza claro, por eso quiero montar una red de miradas, de esas que salen del estómago tejiendo almas que no morirán jamás, porque lo hicimos, trabajamos, compartíamos y nos divertíamos siempre procurando dejar huella, juntos cambiamos cosas, apretamos los dientes, sujetamos las lágrimas, no nos quedó otra que dar abrazos, sacar risa del dolor del alma, la espera mereció la pena, los que quedaban eran la esencia de la gente buena, que es como no decir nada porque no hay nombres, pero tú ya los sabes, no tienes ni que pensarlos, o al menos eso espero y visto lo visto salud para disfrutarlo, porque si falta el suelo nunca llegaremos el cielo.

“Porque si falta el suelo nunca llegaremos el cielo”

Ecos de Santiago 36

Ecos de Santiago  
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Curso 2012/13 www.casaescuelasantiagouno.es

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