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Mérida, 8 de julio de 2012. Dirigido a todo el personal de la Casa-Escuela Santiago Uno.

Ya estábamos tardando. Sólo queremos, como padres de Javier Masegosa, dirigiros unas palabras, ahora que ya ha llegado el final del ciclo. Aunque, primeramente, vamos a contaros una historia que leímos en algún sitio y que nos llamó la atención. No sabemos cuánto hay de realidad o leyenda en ella, pero nos va a servir un poco para ilustrar lo que os queremos decir, mi esposa y yo, y que la dificultad en la expresión puede ser que nos lo impida. La historia es la siguiente. En una tranquila playa de las muchas que hay en el mundo, un niño se bañaba plácidamente indiferente al gran problema que va a acontecer en su vida. No había muchas personas dentro del agua porque estaba muy fría. La mayoría, a pesar de no ser una playa muy concurrida, estaban en la arena tomando el sol. El niño chapoteaba y jugaba, absoluntamente ajeno a la llegada de aquél tiburón, por otra parte, extraño en aquellas aguas normalmente seguras. Su madre fue la primera en dar la alerta y comenzó a gritar desde la arena. Ella y su marido salieron corriendo hacia el agua gritando a su hijo que, a duras penas y desorientado por lo que pasaba, intentaba llegar a aguas menos profundas para que el tiburón no pudiera alcanzarle. Las personas de la playa, desconocidas hasta ese momento, también salieron corriendo para intentar ayudar. Pero el tiburón fue más rápido y atrapó con sus enormes fauces las piernas del niño. Su madre lo agarró del cuerpo tan fuertemente que sin darse cuenta sus uñas se clavaron en la suave piel del niño, haciéndole sangrar. Su padre luchaba contra las fauces del escualo sin importarle absolutamente nada más que la vida de su hijo. El tiburón tenía bien agarrado al niño. Había mucha sangre. Había muchos gritos. Había mucho dolor. Algunas de aquellas personas desconocidas también agarraron al escualo como pudieron para intentar abrir sus fauces y que soltara al niño. Realmente fue un trabajo en equipo y finalmente lo consiguieron entre todos. El niño tenía heridas las piernas muy seriamente. Estaban descarnadas y había mucha sangre. El niño sufría mucho. Y lloraba. Sus padres también sufrían por su hijo. Enseguida lo llevaron al hospital más próximo. Pero el niño era muy fuerte y salvó las piernas y su vida. Quedarían cicatrices pero no importaba, ya no importaba nada, porque su vida estaba a salvo. Un periodista se acercó al hospital para cubrir la noticia y le preguntó al niño que si le podía enseñar las heridas de las piernas. El niño abrió las sábanas y el periodista quedó sorprendido de que aquellas piernas pudieran moverse y caminar, pero así era. El niño le dijo al periodista, levantándose la camisa del pijama: no son esas heridas las que debe fotografiar, son éstas, las que me hicieron mis padres y amigos para sacarme de las fauces de aquel tiburón malo. Éstas son las más importantes en mi vida y las que menos me duelen. El niño le enseñó, orgulloso, su cuerpecito lleno de arañazos y hematomas que, sin querer, le habían hecho las personas que más le querían, para salvarlo de aquel monstruo del mar. Ésta bien puede ser la historia de nuestro hijo. Hemos tenido la inmensa suerte de encontraros en esta playa, que es la vida, a un grupo de personas desconocidas, que por supuesto ya han dejado de serlo, y que nos han ayudado a salvar a nuestro hijo del tiburón. ¿Y qué podemos hacer como padres? Como nosotros lo vemos sólo una cosa: dar gracias a Dios por haberos puesto en nuestro camino y a vosotros por haber luchado a nuestro lado. Así pues: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS y una vez más, GRACIAS Todas las que os demos nunca serán suficientes para nosotros. Y queremos daros las gracias A TODOS POR IGUAL. Sin nombres ni apellidos porque todos habéis dejado, de una manera u otra, una cicatriz, una impronta, una señal indeleble en la vida de nuestro hijo y en la nuestra, que tendremos para siempre. Todos habéis tenido la palabra adecuada, una escucha activa, un consejo determinante, una actitud severa y un modo de actuación impecable. Las lágrimas silenciosas de nuestro hijo durante parte del trayecto de vuelta a casa aquél sábado, sin decir una palabra, sin ruido, después de haberse despedido de vosotros, lo dicen todo. Una parte de su corazón se ha quedado con vosotros y con sus hermanos de convivencia, ahí, en su casa, en Santiago Uno. Ecos de Santiago 5

Ecos de Santiago  

Curso 2012/13 www.casaescuelasantiagouno.es

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