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EL VUELO DE LA MEMORIA

Santiago Sรกnchez Torrado


A las personas que mĂĄs quiero A quienes me han acompaĂąado incondicionalmente en las distintas etapas de mi vida.

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Introducción Llevo bastante tiempo dándole vueltas a la idea de escribir no propiamente unas memorias –término que se me antoja demasiado engolado y ampuloso- sino más bien unos ”fragmentos autobiográficos” o trozos de mi vida, que tienen un significado más limitado y modesto. Es una tarea que ya he realizado –fragmentariamente, valga la repetición-, pero sobre el que ahora pretendo volver con mayor calma y de un modo más amplio y desarrollado, aunque dentro de la mayor sobriedad y sencillez que me son posibles. No me decido a escribir unas memorias en su acepción más literal y estricta por varias razones. Primero, porque no me considero una persona con suficiente entidad o relieve como para suscitar el interés de los lectores hacia las distintas dimensiones de mi peripecia personal, aunque reconozco que mi vida pueda tener una cierta variedad y colorido. Algunos amigos me han animado a ello por el interés que pueden tener los distintos hechos, contextos y circunstancias en los que se ha desenvuelto mi vida. Otras personas, por el contrario, me han desaconsejado el empeño, en la creencia de que escribir unas memorias –o una autobiografía, que viene a ser lo mismo- es poco más que un ejercicio de egocentrismo, de introspección narcisista. No creo que ocurra lo mismo –al menos en idéntico nivel- con estos “fragmentos” que poseen un tono más modesto

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y limitado, me parece. En cualquier caso, yo he tomado la decisión libre y personal de escribirlos. La segunda razón es que poseo una memoria muy selectiva –eficaz para un tipo de cosas y nula para otras- y muy poco dada a retener datos, fechas, etc., que haría que dichas memorias se presentaran poco fundamentadas y sin la suficiente ubicación y contextualización. En el carácter y el tono de estos “fragmentos” esa dificultad se atenúa. Y la tercera, que soy reacio a contar en voz alta los hechos y experiencias que atañen a mi vida privada, aunque trataré de salvar este escollo con el ejercicio de mi libertad, hablando de lo que quiera y hasta donde quiera, dicho esto sin arrogancia sino con desnuda sinceridad. Las ausencias o silencios importantes que pueda haber en el texto respecto a personas o hechos tienen siempre una causa justificada, en el ámbito de la libertad personal y del respeto a la intimidad de los demás, que confío no haber herido en ningún caso. Solo pretendo dar aliento al vuelo libre de la memoria, aunque sea un vuelo discontinuo y recortado. Aun contando con las inevitables repeticiones en relación con otros textos anteriores, procuraré que estas se den lo menos posible y trataré aquí de modo más selectivo y extenso algunos momentos o etapas de mi vida que considero especialmente importantes y significativos para mí.

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He escrito y autopublicado otros textos de este mismo estilo, que llevan expresamente en su título el término “memoria”: Cuaderno de la memoria (junio de 1997) y Memoria del corazón (agosto de 2011). He mantenido también voluntariamente el término en este Vuelo de la memoria, aun con el riesgo de resultar repetitivo, para destacar la importancia central del tema, que se despliega en esta especie de pequeña trilogía, con sus repeticiones pero con su pluralidad y sus matices. La repetición de los títulos de algunos capítulos (en otros textos y en el presente) es también intencionada. Cuatro de los ocho capítulos de que consta el texto se refieren ampliamente a algunos lugares concretos en los que he vivido más o menos tiempo y con distinto ritmo e intensidad: Madrid, Galicia, Roma y de nuevo Madrid (Vallecas Villa, Santa Eugenia, Palomeras, Rivas) Con ello quiero resaltar la importancia significativa que han tenido para mí –sin excluir otros: Zaragoza, Valdemoro, Lozoyuela- hasta el punto de haber titulado con sus nombres dichos capítulos. Creo que la memoria guarda una relación intensa con la geografía, con el carácter local de nuestras vivencias, y así he tratado de mostrarlo en mi trayectoria personal, El contenido de esos capítulos hace patente y refuerza esta idea. Algunos son de carácter más bien narrativo o descriptivo, y otros tienen un mayor contenido reflexivo e introspectivo, pero creo que en todos alienta el mismo estilo personal, que es precisamente (o pretende ser) un equilibrio entre ambas dimensiones. Espero que la diferencia entre unos y otros capítulos (especialmente

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los dedicados a la tercera edad y a la vejez, por su tono m谩s te贸rico) no resulte demasiado chirriante, sino equilibrada y complementaria, aunque me temo no haberlo conseguido del todo. Madrid, abril de 2013

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BARRIO DE SALAMANCA Aunque ya no es lo que era, cada vez que paso por el barrio en el que nací se me suscitan antiguas y hondas vivencias. Es algo difícil de explicar pero que está muy nítido en el corazón y en la conciencia, en este peculiar vuelo de la memoria. Es una extraña mezcla de sensaciones: de lujo y bienestar, de refinamiento y sofisticación, de esteticismo y privilegio. Aunque pueda parecerlo, no me resulta una mezcla agradable, sino cuando menos ambivalente y que me produce una cierta herida. Es un aroma de perfumes caros, de ropa cuidadosamente elegida, de chicas elegantes y bien compuestas, de escaparates atractivos… En ese barrio nací, en la calle de Jorge Juan casi esquina a Velázquez. El ambiente de mi familia era bastante “normal”, culto y creyente, sin oscurantismos ni mayores complicaciones, salvo el talante escrupuloso de mi padre, realmente patológico y que nos hacía sufrir a todos, primero a él y después muy especialmente a mi madre. Era una persona de una religiosidad sincera pero profundamente deformada. Se dedicaba con verdadera entrega a su profesión de médico, apoyado por el afecto de sus pacientes. He hablado con detalle de él en otros lugares y momentos, pero solo quiero resaltar ahora su bondad y su modestia, su ejemplar austeridad no exenta de una cierta tristeza y melancolía, que creo haber heredado de él. Yo calificaría su actitud vital de

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severa autenticidad, de limpia rectitud hacia las cosas. Creo –y lo agradezco de corazón- que desde mi infancia recibí en casa una formación religiosa y cristiana sólida y racional, con algunas lagunas pero sin oscurantismo ni actitudes sospechosas de dogmatismo o de intolerancia hacia otras posiciones o creencias. La figura de mi madre era el más vivo contraste y complemento respecto a mi padre, por su luminosidad y dinamismo, por su sociabilidad y entrega a los demás en la vida habitual y cotidiana y en las tareas de compromiso social y cristiano (la Acción Católica de entonces). Pienso que puedo decir sin exageración que nuestra madre era el centro de nuestra casa y de nuestra vida, por lo menos de la mía. Su larga enfermedad y muerte prematura ha sido (o es) un trauma profundo que he ido superando con dificultad a lo largo del tiempo y que rebrota con intensidad en determinados momentos. Con mis hermanos tenía más bien poca relación, dada la diferencia de edad (mi hermano Jose, el cuarto de ellos y anterior a mí, me llevaba once años), pero yo me sentía rodeado por el cariño de todos debido a ser el pequeño de los cinco, y por tanto mimado y consentido, un rasgo que ha sido determinante de mi personalidad. A lo largo del tiempo la relación con mis hermanos ha tenido una densidad y cercanía desiguales, aunque aceptable con todos en una mirada de conjunto y de largo alcance.

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Con Tina (mi segunda hermana) y Eugenio (su marido, ya fallecido) he compartido muchas cosas importantes y he sentido en momentos cruciales de mi vida y en el curso de lo cotidiano su cálida proximidad, su cariño verdadero, habiendo vivido incluso con ellos en su casa durante largas temporadas. De mi infancia tengo pocos recuerdos significativos y más bien borrosos; por ejemplo, la Primera Comunión o los paseos por el barrio o por el Retiro con tata Isi, que vivió durante muchísimo tiempo con nosotros y era una segunda madre o abuela llena de cariño y de ternura hacia nosotros. Asistí a partir de los seis años (y durante tres cursos) a un aula infantil de un colegio de monjas (de la Compañía de Santa Teresa de Jesús) en la calle de Goya, cercano a casa. De allí pasé a estudiar el ingreso y el resto del bachillerato al Colegio de Ntra. Sra. de las Maravillas, dirigido por los Hermanos de las Escuelas Cristianas, del que guardo un recuerdo neutro en cuanto a la formación religiosa –tampoco negativo ni deformador- y bastante deficiente en lo relativo a la instrucción general y al nivel de estudios. A lo largo del tiempo –y ahora más que nunca- he percibido con mucha frecuencia (y con verdadera pena) las enormes lagunas en distintas materias que dejaron en mí aquellos años y que ahora se recuperan difícilmente. También es cierto que el ambiente y estímulo familiar no compensó adecuadamente aquellas lagunas.

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Mis compañeros del colegio eran por lo general de un nivel socioeconómico alto, algunos de apellidos altisonantes y de una calidad humana más bien mediocre, con muy honrosas excepciones. Me consta (porque recibo las convocatorias) que se siguen reuniendo en comidas y otros eventos, a los que nunca asisto, quizá por la melancolía que puedan producirme el paso del tiempo en nosotros y la posible y excesiva distancia (humana, cultural, ideológica) que ese mismo paso conlleva. Con algunos de ellos (José Luis Navasqûés, por ejemplo) sigo manteniendo una buena relación de amistad. Se acercaba el final del bachillerato y yo no había tomado ninguna decisión respecto a mis futuros estudios, salvo la marcada afición a las letras por encima de las ciencias (que entonces eran dos ramas diferentes). En aquella época yo “me confesaba” asiduamente con don Pedro Larios, sacerdote amigo dotado de una sorprendente lucidez y prudencia, que era para mí lo que entonces se llamaba “director espiritual” (quizá sustituido hoy en parte por los terapeutas) y que me orientaba y asesoraba en las cuestiones e inquietudes que yo le planteaba en mi transición de la adolescencia a la juventud, especialmente los temas de carácter religioso. Más que una confesión se trataba de una conversación amigable y serena, cálida y sincera, de la que yo salía fortalecido, clarificado y con un sosiego estimulante. De esas “conversaciones” nació mi decisión – provisional, de momentode ingresar en un seminario y encaminar mis pasos hacia el sacerdocio,

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dada la orientación creyente de mi vida y mi deseo de entrega a los demás, sobre todo en las cuestiones de tipo religioso y pastoral. Fue lo que don Pedro me hizo ver con claridad, en lo que yo consentí y creo que en lo que no nos equivocamos ni él ni yo. De esta época del colegio data mi “aventura” con el Opus Dei, o mejor dicho, su intención de captarme para sus filas. La relato a pesar de su carácter anecdótico porque creo que tiene además un valor significativo. Dos antiguos alumnos del colegio (José Mª Sanabria y otro cuyo nombre ahora no recuerdo) organizaron una actividad de cineforum para los últimos cursos, por supuesto con la aprobación y el apoyo de la dirección del centro. Hubo una primera sesión general, a la que siguió otra más reducida, compuesta por los que habíamos sido seleccionados según un criterio de calidad en el comentario escrito a la película que habíamos visto y que tampoco recuerdo. Y todavía conservo la memoria de un tercer encuentro, al que se nos convocó en un piso de la calle Gurtubay (al lado de la casa de mis padres) y que resultó ser una residencia del Opus Dei, institución eclesiástica que entonces empezaba a ser floreciente a pesar de algunas crisis internas. Aquella reunión tuvo un carácter descaradamente selectivo e intencionado, de nuestra captación para “la Obra”. Recuerdo con nitidez que ellos trataron de utilizarme como “enganche” dirigido a otros compañeros de mi clase. Situación que no dejaba de

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ser ridícula, dado que yo no tenía ni sombra de duda ni gana alguna de pertenecer a dicha institución, y así se lo comuniqué a José Mª Sanabria en un largo paseo por el Retiro, notificándole que pensaba ingresar en el seminario a los pocos meses. Mantuve después con él una cierta relación, fomentada sobre todo por mi parte, hasta que advertí que él no tenía el menor empeño en sostener dicha amistad, ya que yo no le resultaba ya útil para sus “intereses”. Así que abandonamos nuestra relación, que entonces era solo epistolar, y no he vuelto a saber de él. Curiosa y triste aventura, como puede verse, y que expresa muy bien, a mi juicio, el espíritu y los procedimientos retorcidos de una institución que ha tenido –y sigue teniendo- tanto poder e influencia en la iglesia y en tantas vidas y conciencias. Esta etapa de mi vida coincidió con los veranos de Ancéis, de los que ahora hablaré, y pienso que fue de verdad una confluencia complementaria, sorprendente y positiva.

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EN UN LUGAR DE GALICIA El perfil de Ancéis –pequeña aldea gallega donde pasábamos los veranos- permanece vivo en mi memoria. La casa era un sólido y noble pazo del siglo XVI (del año 1572 exactamente), que había pertenecido siempre a mi familia materna, como constaba en un árbol genealógico confeccionado por mi abuelo y que figuraba en el salón de la casa. Pero de esa hermosa mansión prevalece en mí el recuerdo de su carácter cálido y entrañable por encima de su fisonomía solemne y señorial. Poseía también un terreno de cuatro hectáreas repartido en una parte de huerta y otra de recreo. Los veranos de Ancéis guardan para mí una nitidez y una seducción singulares y asombrosas. En mi infancia, realizábamos el viaje a Galicia en el exprés a La Coruña que salía de la estación del Norte; el viaje era nocturno, por lo que podíamos admirar el cambio de paisaje, de la severidad castellana -al partir ya casi de noche- a la jugosidad gallega de la mañana hasta llegar a La Coruña. En la estación tomábamos un taxi hasta Ancéis, que distaba doce kilómetros. Allí nos esperaba y recibía la gente de la pequeña aldea, casi la misma cada verano, con sincero afecto y clara alegría no exentos de un cierto servilismo. Mi encuentro con la casa y la finca era siempre gozoso y placentero: redescubría cada espacio y cada rincón que saborearía más despacio con el paso de los días: la huerta, la capilla, las habitaciones de la casa, el lavadero, el molino… No menos gozoso era el

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encuentro de cada año con ms amigos, chavales de la aldea que tenían mi mima edad: Antonio, Joaquín, los dos Alfredos.., con los que habría de compartir infinitas horas de juego a lo largo del verano. Conocí y visité a menudo sus casas y pude observar su pobreza, en viviendas entonces sin agua corriente ni luz eléctrica, en las que los animales ocupaban los mejores espacios… La temprana relación con estos amigos de tan distinta condición social a la mía habría de marcar mi vida mucho más allá de lo que yo podía entonces prever o imaginar.. Los “caseros” o encargados de trabajar la huerta, Carmen y Francisco, eran personas entrañables, leales y afectuosas, a las que era imposible no corresponder. Francisco poseía una lucidez y una inteligencia natural, un afán de saber fuera de lo común, y con él mantuve a lo largo del tiempo, pasados los años, conversaciones sabrosas sobre los hechos de actualidad, los temas importantes de la vida, mientras yo interrumpía mi lectura en la huerta y él saboreaba su cigarro haciendo una pausa en su trabajo… Estando él ya jubilado fui a verle un verano a su modesta casita de la aldea (rodeado de animales domésticos y gallinas) acompañado de mis hijos que eran aún pequeños, porque quería que se conocieran. Me dijo que yo le recordaba a mi abuelo (yo entonces tenía barba como tuvo él), de quien conservaba una fotografía en el comedor. Y me acuerdo del sobrio y muy gallego comentario que añadió diciendo que “el señor no fue malo” para él.

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Recuerdo con especial deleite los paseos solitarios por la huerta, acompañado únicamente por la suavidad de la tarde en un paisaje de templanza. Y los ratos de silencio en la capilla, cuando empezaba a descubrir y cultivar la costumbre de la oración y la contemplación, momentos impagables, interrumpidos únicamente por el picoteo de las gallinas o el ladrido de los perros. Mi vida más bien solitaria y silenciosa contrastaba con el ruido y la algarabía que cada tarde se montaba con las visitas de la “alta sociedad” de La Coruña, que eran las amistades y familiares de mis tías (y por tanto mías, por mucho que ello me disgustara). La impresión de griterío y mediocridad que me producían domina sobre cualquier otra, a pesar del cariño que les tenía a algunas de ellas. Solo quiero recordar escuetamente algunos nombres, sin entrar en el detalle de sus vidas e historias: Carlos MartínezBarbeito y Ana María, su mujer; Herminia Borrell, y Josefa la obrera, buenísima mujer protegida por mi abuelo y mis tías desde toda la vida. El melancólico y bello paisaje gallego, la incipiente experiencia de la oración, y la amistad con los chavales de Ancéis marcaron mi infancia y adolescencia y, por tanto, mi vida entera. Me siento agradecido por ello. Pasaba las mañanas leyendo en la huerta –si el tiempo lo permitía- mientras los demás (algunos de ellos) se iban a la playa y volvían quejándose sistemáticamente de lo fría que estaba el agua.

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Entre las notas coloristas y más bien anecdóticas de las estancias en Ancéis recuerdo el “desfile” o colección de curas que pasaron por allí a lo largo de los años, ofreciendo el servicio de capellanes en las “devociones religiosas” de la familia y, al mismo tiempo, disfrutando de unas vacaciones pagadas muy agradables y tonificantes para ellos. Sus obligaciones eran celebrar la misa por la mañana y rezar el rosario –con el rito añadido de la bendición con el Santisimo, como se decía entonces- por la tarde. Eran habitualmente personas mayores, con cargos eclesiásticos más o menos relevantes (algunos eran canónigos de distintas diócesis o catedrales españolas) y de mentalidad muy conservadora en general. Algunos de ellos poseían un talante humano muy apreciable y gozaban de simpatía y buen humor además de otras cualidades de raíz cristiana. Recuerdo, por ejemplo, a don Luis Miner, canónigo de la diócesis de San Sebastián, persona ilustrada y agradable, que había ejercido silenciosamente la caridad con una persona muy pobre de la aldea, trastornado mentalmente, que acabó suicidándose rodeado por la angustia de su familia. También aparecían de visita en Ancéis de vez en cuando otros curas de muy distinto tipo, amigos también de mis tías, que vivían y trabajaban pastoralmente en La Coruña. Con ellos charlaba yo – que era poco más que un adolescente- de modo muy amistoso e incluso abordaba temas personales de cierta importancia. Recuerdo especialmente a José Luis Blanco Manciñeira y a Jesús Meijide, que sin

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duda influyeron indirecta y positivamente en mi vocación sacerdotal, todavía incierta. En otro orden de cosas, tampoco puedo olvidar las fiestas patronales de Ancéis, con su ruido y colorido, con la charanga y los cohetes, las comidas familiares y el baile nocturno. El día de Santiago –que allí era “San Benitiño”- se celebraba una romería popular situada en un hermoso paisaje de prados verdes y jugosos, en torno a una pequeña ermita a cuyo santo patrono se atribuía la curación de verrugas y otras enfermedades de la piel. Allí había subasta de pollos, venta de quesos y rosquillas y otras “diversiones”, acompañadas de la música de los gaiteros y, por supuesto, con la abundante comida -sobre manteles en la hierba- de las familias que así festejaban el día. Creo que esta romería de san Benito es una de las vivencias más tempranas y expresivas que he tenido de la vitalidad y alegría del pueblo. Dando un salto de tiempo y de lugar, vuelvo a Madrid en mis estudios del final del bachillerato, con la decisión tomada de ingresar –a título de prueba- en un seminario, que sería el de Zaragoza, dada la relación de mi familia con el entonces arzobispo de aquella diócesis, don Casimiro Morcillo, con la ventaja de poder estudiar allí el llamado en aquel momento curso preuniversitario –antes de seguir los cursos de Filosofía y Teología- y no perder curso en el caso de no continuar mis estudios en el seminario y volver a Madrid.

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Del tiempo de Zaragoza conservo un recuerdo limpio y lineal, sin grandes descubrimientos ni novedades, pero de ilusión y dedicación al estudio y a la oración, al sano compañerismo y a la iniciación en tareas pastorales en la parroquia de Torrero, barrio periférico de Zaragoza. Estudié allí los tres cursos de filosofía y dos de teología, con un nivel de estudios desigual y un profesorado irregular y variopinto. Con algunos de ellos hice una buena amistad (Carlos Castro, José Mª Cabodevilla…) que ha durado después a lo largo de mucho tiempo.

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PRIMAVERA ROMANA Indudablemente, la temporada que viví en Roma (tres cursos incompletos) para terminar mis estudios de teología) se la debo al ya mencionado don Casimiro Morcillo, entonces arzobispo de Zaragoza, diócesis a la que yo me había vinculado por amistad familiar con él y de cuyo seminario procedía, donde había estudiado los cursos de filosofía (después del bachillerato en Madrid) y los dos primeros de teología de la carrera eclesiástica, como ya he dicho. Y digo que se la debo a él porque suya fue la sugerencia de que me fuera allí, coincidiendo además con la celebración del Concilio Vaticano II, de cuya riqueza y significación yo presumiblemente me iba a beneficiar. Nunca le agradeceré bastante a don Casimiro dicha iniciativa, por las razones que iré diciendo, más en tono narrativo que estrictamente teórico o introspectivo. La experiencia de mi etapa romana fue sencillamente singular y positiva, y por eso me atrevo a llamarla primavera, con un claro contenido simbólico. Mi residencia en Roma iba a ser el Colegio Español, donde coincidíamos estudiantes de teología de distintos lugares de nuestro país, en número considerable. Los que nos incorporábamos por primera vez hicimos juntos el viaje en tren desde Barcelona. Recuerdo ya de entonces rostros y nombres de algunos compañeros que iban a ser después –y hasta hoy mismo- verdaderos amigos. Por ejemplo Lorenzo Alcina, mallorquín fino y de talante

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seriamente espiritual con el que sintonicé desde el primer momento. Otras caras me aparecen más borrosas, pero sí que conservo en la memoria el agradable ambiente de compañerismo de aquel primer viaje y de la llegada a Roma. Una anécdota significativa de mis incipientes días romanos fue la visita que hicimos en el Vaticano al cardenal Montini (futuro Pablo VI) don Casimiro Morcillo, otro compañero de Zaragoza (Joaquín Sanmartín) y yo. Don Casimiro nos pidió que le acompañáramos sin indicarnos el motivo de la visita ni apenas cruzar palabra con nosotros. Se le veía seriamente preocupado. Al llegar a las estancias vaticanas nosotros dos esperamos en la antesala y al terminar la entrevista el Cardenal Montini salió a saludarnos; recuerdo su expresión suave y afable, y las breves palabras que nos dirigió, preguntándonos de dónde éramos, etc. Al bajar en el ascensor, don Casimiro nos comentó que “quizá habíamos saludado al futuro Papa”, y acertó. A la vuelta en el coche se mostró más expresivo y cercano. Nosotros interpretamos que la entrevista con Montini tenía relación con la condena a la pena de muerte y posterior ejecución de Julián Grimau, militante comunista español, y a la intercesión de Montini en su favor, (dada la dudosa validez de las pruebas presentadas en el juicio contra él y que denunció la oposición antifranquista de dentro y fuera del país), asunto que fue considerado una intolerable injerencia por el gobierno franquista español. La gestión o “embajada” de Morcillo tenía todo el aspecto de ser

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una “mediación conciliadora” para suavizar la tensión en aquel complejo asunto. Aquel día era la víspera de la apertura del Concilio y recuerdo que diluviaba. Pero el día siguiente amaneció con un sol radiante y era todo un símbolo de la riqueza y universalidad de la Iglesia. La ceremonia de inauguración del Concilio fue realmente grandiosa y espléndida, pero ya a partir de entonces aprendí que los “fastos vaticanos” eran para verse una sola vez, porque resultaban cansados, repetitivos y empalagosos. Y ello sin entrar en análisis más profundos del contrasentido y la incoherencia de una Iglesia que se decía de los pobres pero navegaba en la ostentación y en el lujo, al menos en sus aspectos más visibles y aparentes. La ceremonia inaugural del Concilio me recuerda también el espectáculo –creo que esa es la palabra exacta- universal y estético de la salida diaria de los obispos (unos tres mil) del aula conciliar, que iban llenando la plaza de San Pedro con el colorido granate de sus vestimentas, y a la que nosotros nos asomábamos de vez en cuando, por puro placer estético (en el marco incomparable de la columnata de Bernini) no exento de cierto sentido e interés eclesial que tenía para nosotros. En el fondo de todo ello latía y alentaba la esperanza inmensa que supuso el Concilio como ventana abierta de par en par de la Iglesia al mundo, y la no menor frustración del posconcilio que se ha ido consolidando

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con el paso del tiempo. Una frustración dramática que ha abierto heridas de sufrimiento y desencanto en muchísimas personas, comunidades, clérigos, religiosos y religiosas, laicos… Un tema amplio y profundo que yo entonces aún no percibía, ni siquiera atisbaba, porque no podía adelantarme a la cruda realidad de los hechos. Actualmente (precisamente hoy, 11 de octubre de 2012) se cumplen los cincuenta años de la inauguración del Concilio, y es esta una buena ocasión para reflexionar y hacer balance, aunque creo que este no es el momento ni el lugar de realizarlo de un modo pormenorizado. Resulta obvio afirmar que la visión retrospectiva de las cuestiones de la Iglesia que ahora tengo es muy crítica respecto al pasado, teniendo en cuenta el recorrido de mi experiencia vital. Solo quiero afirmar de corazón que me gustaría poder formular un diagnóstico más positivo del posconcilio, pero tampoco quiero faltar a la verdad, al menos a mi verdad subjetiva, y reconocer todo el potencial de esperanza y renovación que el concilio y sus derivaciones han supuesto para la iglesia y para la sociedad, y la pervivencia de algunas de ellas. La muerte de Juan XXIII, tras una semana de agonía, fue un verdadero acontecimiento universal, dada la empatía de su persona con el pueblo cristiano, con la sociedad en general, con toda clase de personas y clases sociales. Fue un Papa efímero en el tiempo y definitivo en la historia. Recuerdo con absoluta nitidez el espectáculo de la plaza de San Pedro (a la que nos acercábamos casi todas las noches de esa

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semana para recibir noticias directas de su salud) abarrotada de gente pendiente de las radios de los coches, con expresiones de dolor, de profunda ansiedad y expectación, de conmoción sincera. La ventana iluminada de su despacho era una señal y un símbolo, y su posterior oscuridad ofrecía también un sentido hondamente significativo. A la luz de aquel Papa sucedería en el tiempo, por desgracia, una larga tiniebla en la trayectoria de la Iglesia. O al menos una densa ambivalencia, una penumbra cargada de luces y de sombras. Escribo esto (al hacer la revisión del texto) en marzo de 2013, en momentos cruciales por la renuncia de Benedicto XVI, creo que justificada pero problemática por razones preocupantes en el interior de la iglesia, y por las expectativas que despiertan el próximo cónclave y el futuro eclesial a corto y medio plazo. Creo que solo cabe esperar que no tengamos un papa excesivamente continuista, aunque las perspectivas no son muy halagüeñas. Afortunadamente, la elección del nuevo papa Francisco nos suscita una cierta esperanza por su tono y estilo más sobrios y sencillos, por su talante de cercanía y su apreciable nivel intelectual y experiencia pastoral. Confío en que ese estilo, sólido y duradero, sea una cuestión de actitudes de fondo, y no meramente de formas, de gestos de efecto, sino que encierre un valor profundamente simbólico. Porque necesitamos un poco de esperanza en la regeneración de esta iglesia. El ambiente del Colegio Español era agradable, y en él se vivía un clima bastante armonioso de auténtico

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compañerismo. Algunos grupos me resultaban especialmente simpáticos y atractivos, como los sevillanos (que eran bastantes) y los latinoamericanos, con los que teníamos un estrecho contacto, ya que su colegio (el Pío Latinoamericano) estaba contiguo al nuestro y cruzábamos a él atravesando una simple verja. Recuerdo de entonces a Carlos Manuel de Céspedes, persona de gran talla intelectual y humana, nieto de un ilustre político cubano, con quien mantuve una cálida amistad durante aquellos años y una correspondencia epistolar mantenida después a lo largo de mucho tiempo, y a quien visité en La Habana hace cuatro años. Ahora he perdido todo contacto con él y temo incluso que haya muerto, ya que tenía un cáncer relativamente avanzado cuando nos vimos en La Habana. Durante las tres largas sesiones del Concilio se alojó en el Colegio la mayoría del episcopado español, acompañados de sus secretarios. No puedo evitar recordar la impresión de mediocridad y gregarismo que su presencia me producía (por su presencia física, por sus apreciaciones y comentarios de “suficiencia” teológica, por el estilo distante de su comunicación con nosotros, salvo excepciones…) Pocos de ellos destacaban y se desmarcaban de aquella atonía, aunque algunos eran especialmente cordiales o mostraban un nivel intelectual y un talante de estudio y reflexión muy apreciables. Pocas notas de especial color e interés había también en aquel paisaje cotidiano y monótono; por ejemplo, los

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monjes del monasterio protestante francés de Taizé, de gran apertura ecuménica, siempre invitados y conducidos por don Casimiro Morcillo, y que con sus túnicas blancas y su estilo atractivo daban un tono distinto al conjunto. Gracias a la presencia en Roma de excelentes teólogos que estaban allí como peritos conciliares podíamos disfrutar casi a diario de conferencias del más alto nivel que enriquecían –tanto o más que las clasesnuestra formación teológica. Recuerdo singularmente una conferencia de Hans Küng, aunque he olvidado el tema pero no la impresión profunda que su contenido y su talante dejaron en mi conciencia y en mi incipiente sentimiento de miembro activo de la Iglesia. Estudiábamos en la Universidad Gregoriana, gobernada por la Compañía de Jesús, a cuyas clases asistíamos a diario y cuyo nivel y rigor eran muy estimables, pero con la importante dificultad de que se impartían todas ellas en latín, un latín coloreado además por el acento peculiar de cada profesor según su nacionalidad. Recuerdo los nombres propios de algunos profesores, probablemente los que mayor huella dejaron en mí: Alfaro, Fuchs, Lonergan… Pero al margen de esta densidad académica, el clima de pluralidad e intercambio de la universidad era muy satisfactorio. Yo hice buena amistad con algunos compañeros de nacionalidad belga, haitiana, francesa, norteamericana… Pero lo que recuerdo con mayor gusto e interés de aquel tiempo son mis interminables escarceos

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turísticos por Roma, a los que dediqué mucho tiempo, sobre todo en el primer curso de mi estancia allí. Esa Roma bella e inagotable, singular y profundamente atractiva… No voy a reproducir aquí una “guía turística” de la misma, pero sí quiero dejar constancia de las profundas y variadas emociones que me suscitaron sus monumentos, plazas, rincones, museos, iglesias, piedras, calzadas… Porque toda la fisonomía de Roma es arte y tenía para mí –y todavía conserva- un aroma inigualable e inolvidable. Sería interminable la lista de grandes o pequeños hallazgos que pude hacer. Por ejemplo, descubrí –no recuerdo cómo o a través de quién- el precioso auditorio del Gonfalone (situado en la vía Giulia o en sus inmediaciones), dedicado sobre todo a la música del barroco, y me aboné a todos sus conciertos. No tengo que insistir en que mi vida cultural (música, cine, visita a museos y exposiciones) fue particularmente intensa y agotadora en aquel primer curso, con el consiguiente y relativo descuido de mis estudios, pero sin ninguna mala conciencia por mi parte. Mis paseos por Roma fueron también –además del placer- un grato aprendizaje. De mis visitas y paseos por Roma recuerdo con especial agrado los estupendos ratos pasados con el arquitecto Rafael Moneo, su mujer Belén Feduchi, el pintor Manolo Alcorlo, etc., que estaban entonces becados en la Academia Española de Bellas Artes, en la iglesia de San Pietro in Montorio, con una hermosísima vista panorámica de la ciudad sobre la colina del Gianícolo. La conversación agradable e

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interesante estaba garantizada, y yo siempre iba a verles acompañado de algún colega, que disfrutaba también de estos ratos de amistad y comunicación. También hice algunas excursiones breves a lugares cercanos a Roma, como Rocca di Papa o Tivoli. En las primeras vacaciones de Semana Santa fui a Florencia, sobre cuya belleza absolutamente singular todo comentario resulta insuficiente. Aparte del turismo intensivo y placentero, conocí al interesante grupo Testimonianze, juvenil y de izquierdas, dirigido por el P. Ernesto Balducci, persona de peculiar dinamismo y capacidad creativa, y que editaba una revista del mismo nombre y con un penetrante contenido ideológico. Con ellos fui a visitar la escuela del pequeño pueblo de Barbiana, muy conocida en Italia (y después también en España, al menos para mí a través de sus diversas publicaciones)) por su avanzada pedagogía alentada por don Lorenzo Milani, párroco del pueblo y cuya mirada aguda y enfermiza (tenía un cáncer avanzado) me impresionó vivamente. Los chavales de la escuela me acribillaron con sus preguntas de todo tipo, incluidas las de carácter político sobre la España del franquismo. Pasé un cierto apuro, debido sobre todo a mi aún vacilante dominio del italiano, pero al mismo tiempo volví asombrado del nivel y la lucidez de aquel maestro y aquellos escolares de corta edad, de aquel peculiar empeño pedagógico.

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Mi estancia en Roma se interrumpió abruptamente por la muerte de mi madre después de una larga enfermedad, y el paréntesis doloroso que supuso para mí: una honda desgarradura y probablemente el trauma más importante de mi vida, que he arrastrado durante mucho tiempo y todavía perdura de alguna manera. De ese hecho crucial he hablado ampliamente en otros escritos míos. Mi etapa romana culminó con mi ordenación sacerdotal en Madrid, ya que la avanzada edad y el delicado estado de salud de mi padre (poco después de la muerte de mi madre) impidieron su viaje a Roma. Por encima de todo guardo el recuerdo del inmenso abrazo que nos dimos al terminar de celebrar mi primera misa.

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TERRITORIO DE VALLECAS En los últimos años del franquismo, el contexto social y político de nuestro país había adquirido su máxima dureza. Recuerdo con nitidez las últimas cinco penas de muerte firmadas por Franco, que cayeron como un golpe muy contundente sobre la conciencia y el corazón de muchísimas personas, sobre los sentimientos de honestidad y de esperanza que deseábamos alentar, y que eran un símbolo –tanto uno como otros, la dureza política y la honesta esperanza- de la situación que vivíamos. Yo había terminado mi etapa de cura de pueblo en la sierra madrileña, concretamente en Lozoyuela, pequeña población a sesenta y siete kilómetros de Madrid en la carretera de Burgos, a donde me había destinado mi obispo tres años antes con la buena intención de “retirarme” del trasiego social y pastoral de Madrid y de las “influencias negativas” que podían perjudicarme. Allí fui bastante feliz, a pesar de la soledad de los inviernos y de la precariedad del entorno y de la vida en general, y desarrollé una actividad bastante intensa en cercanía con las personas y los pequeños grupos que pusimos en marcha. Creo haber contado ya en alguna parte que intentamos sacar adelante una modesta cooperativa de trabajo de punto, como salida comercial para el pueblo y laboral para las chicas muy jóvenes cuya única salida era el trabajo del hogar en Madrid. El intento fracasó por varias razones, por algunas deficiencias técnicas y por los muy característicos y arraigados “vicios” de la psicología serrana: el

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individualismo y la desconfianza. De aquella aventura y de aquel tiempo recuerdo a Antonio Flores persona de bondad y honestidad intachables, que fue un colaborador leal y un entrañable amigo. La ideología – la suya era republicana; su abuelo fue Jefe del Gabinete de Prensa de Azaña-- nos aproximaba también. Lo recuerdo como una de las personas más solidarias y generosas que he conocido en mi vida. Mi destino actual era ser capellán del Colegio Mayor San Pablo, perteneciente a la conservadora Asociación Católica Nacional de Propagandistas, y dedicarme a la “pastoral universitaria”, que era una entelequia que nadie sabía bien en qué consistía.. Allí “duré” solamente dos años, dada mi radical incompatibilidad ideológica con la dirección del colegio y con la institución que lo apadrinaba, por lo que tuve varios conflictos. Solo puedo mencionar algunas escasas y honrosas excepciones de aquel entorno ingrato: Emilio Miralles, Luis Mardomingo, Vicente Cuellar, Paco y Alfonso Millanes… Las incidencias y anécdotas de ambas etapas, la de Lozoyuela y la del San Pablo –además de su contenido sustancial- las he contado con detalle en otro lugar, por lo que no me extiendo ahora en ello. Mientras todavía estaba “vacante de destino” recibí la llamada de un amigo cura (creo que fue Julio Pinillos) para proponerme ir a la Parroquia de San Eulogio, en el Pueblo de Vallecas. Recibí la propuesta con enorme sorpresa, porque yo nunca había pisado un barrio obrero y me asustaba la iniciativa debido a mi inexperiencia, lejanía y total desconocimiento de ese

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mundo. La propuesta había surgido de un grupo de personas vinculadas a aquellas parroquias de Vallecas que conocían mi salida del Colegio Mayor y las razones y circunstancias de la misma. Medité despacio el asunto –sobre todo en actitud religiosa- y finalmente acepté. Mi decisión coincidió con el tiempo relativamente breve que aún llevaba en Vallecas su nuevo obispo Alberto Iniesta, -gran persona cuya imagen de padre y amigo conservo vivas en mi memoria además de su cercanía evangélica y su calidez conmigo en todo momento- y la incorporación a Madrid –de donde procedía- de Manolo Ramos, compañero de los tiempos de la sierra y que ahora terminaba su etapa de secretario particular de Antonio Palenzuela, obispo de Segovia. Entre Alberto, Manolo y yo organizamos nuestro aterrizaje en la parroquia y en el barrio. Recuerdo las primeras impresiones: la dureza del entorno, la acogida de la gente, de personas que irían siendo colaboradores próximos y a las que me llegaría a unir un profundo cariño y una amistad sincera. Prefiero no citar nombres para no hacer agravios comparativos en caso de alguna omisión. Lo importante para mí es la vivencia y el recuerdo de ese tiempo –denso, intenso, conflictivo y hermoso, como he vivido pocos- y de las personas que lo protagonizaron. He perdido el contacto con la mayoría de ellas, pero gracias a Rufino García, actual párroco e íntimo amigo, conservo la cercanía afectiva y estoy al tanto de las incidencias del barrio y de la vida de

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esas personas, que todavía viven allí si ya no han desaparecido. Podría contar múltiples hechos que ilustran aquel tiempo y le dan su verdadera dimensión, pero me limitaré a referir algunos sucesos que considero significativos. Uno de ellos fue el encierro de un nutrido grupo de personas (pertenecientes a distintos movimientos sociales y cristianos) en el seminario de Madrid para denunciar la negación de las libertades (de expresión, de reunión y de asociación) por parte del gobierno, así como la complicidad de la iglesia y de la jerarquía española en dichas prohibiciones, y protestar por ello. La policía rodeó el edificio y -tras un intento de negociación por parte de las autoridades eclesiásticas-, nos detuvo a todos, y fuimos conducidos a la entonces Dirección General de Seguridad (sede actual de la presidencia de la Comunidad de Madrid, en la Puerta del Sol). Recuerdo el pequeño “viaje” en el autocar de la policía en plena noche, mirando las sombras de Madrid a través de la ventanilla enrejada y teniendo como compañero de asiento a Fabián Fernández Alarcón, entrañable amigo ya fallecido. Tras unos breves interrogatorios fuimos puestos en libertad de madrugada, cuando ya apuntaba el día. Otro hecho relevante de aquel tiempo fue la Asamblea Cristiana de Vallecas, (que viví muy de cerca por mi condición de miembro del comité ejecutivo de la misma elegido por mis compañeros curas de todo Vallecas), y ello en su doble aspecto positivo y esperanzador, por una parte, y negativo y doloroso o

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frustrante, por otro. Positivo y esperanzador porque fue un proceso realmente participativo de los grupos y comunidades cristianos (y afines, en un clima de amplitud) de Vallecas, que iba a culminar con una Asamblea que supondría una puesta en cuestión y una actualización de los temas religiosos y sociales más candentes del momento histórico que vivíamos, lo que significaba una presencia contundente en la problemática de una zona tan conflictiva y castigada como Vallecas. Y doloroso y frustrante por el triste final de que se prohibiera su celebración por orden gubernativa en el último momento, alegando la razón de evitar los desórdenes de orden público que pudieran producirse a partir de ella. Razón que no convenció a nadie, sino que más bien teníamos la certeza de que había un conflicto de fondo que el intento de negociación entre el poder eclesiástico y el poder político no fue capaz de resolver. Dicho conflicto era el impacto, el cuestionamiento y la denuncia que la Asamblea iba a suponer para el sistema sociopolítico de ese momento y sus gobernantes y responsables, y que estos no podían ni querían soportar. Dicho con otras palabras: su enorme carga de realismo y denuncia social. La policía “custodió” el edificio donde iba a celebrarse la Asamblea (la Ciudad de los Muchachos, en la avenida de Peña Prieta), y en la puerta del mismo estaba Alberto Iniesta –verdadero animador y coordinador de todo el proceso de preparación de la Asamblea- que iba comunicando personalmente a cada uno -con expresión pálida de enorme disgusto,

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lo recuerdo bien- la suspensión de la misma. Es una imagen que guardo viva en el archivo de mi memoria y que me dañó y condicionó mi proceso personal de desafección a la iglesia institucional. Porque en aquel momento hubo también una ausencia clamorosa: la del Cardenal Tarancón, que no dio la cara ni estuvo allí presente como debía. A nivel del barrio teníamos también nuestros problemas. Además del ritmo y trasiego cotidianos recuerdo, por ejemplo, otro encierro -esta vez en nuestra parroquia- de los trabajadores de una fábrica ubicada en la zona, cuyo nombre no recuerdo ahora y que planteaban sus reivindicaciones laborales: despidos, salarios, condiciones de trabajo… Nos habían solicitado el permiso para realizar dicho encierro, a lo que accedimos, y al poco rato ya contábamos –como era de esperar- con la presencia “protectora” y vigilante de la policía. No recuerdo haber visto nunca la parroquia –un modesto sótano de una casa de pisos- tan abarrotada de gente, ni siquiera en los funerales por personas ampliamente conocidas y queridas en el barrio. Se masticaba la densidad del ambiente. Fue sin duda uno de los momentos más tensos de los que soy consciente de haber vivido en esos años. Tras una ardua negociación con la policía, logramos un desalojo pacífico sin violencia ni detenciones, con un profundo alivio por parte de todos y un resultado incierto –más bien negativo- de las demandas que los trabajadores planteaban.

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Solo estuve dos años en la parroquia de San Eulogio, pero me parecieron muchos más, dada su densidad e intensidad. A la dureza del entorno social y político general se unía mi ya más que incipiente crisis personal, derivada de los últimos y frustrantes sucesos políticos y eclesiásticos vividos (Asamblea de Vallecas y algún otro que ahora mencionaré) y relacionada con el tema del celibato obligatorio para los sacerdotes, que me parecía irracional y que empezaba a sufrir con agudeza en mi propia carne. Otro suceso de aquella etapa fue la detención, procesamiento y prisión (durante cinco meses en la cárcel de Carabanchel) de mi compañero Manolo Ramos, acusado de propaganda ilegal y de colaboración con algún partido político de izquierda que actuaba en el barrio. Era algo que esperábamos y temíamos y que se produjo a partir de un registro domiciliario en nuestro piso y la posterior detención de Manolo. Su procesamiento requería la autorización de la jerarquía (el cardenal Tarancón en este caso), cosa que hizo y que suscitó en mí una profunda decepción que le expresé con mucha dureza en una carta que todavía conservo. La autorización jerárquica para el proceso y condena de mi compañero –que yo consideraba injustos, pues su actividad “política” se debía únicamente a la generosidad que le caracterizaba, unida quizá a una cierta ingenuidadfue otro motivo de dolor y de daño personal en mi relación con la iglesia institucional y jerárquica. De mi compañero y amigo Manolo guardo un nítido recuerdo de honestidad, lealtad y compromiso, de un

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carácter excesivamente primario pero de un dinamismo y entrega singulares a las personas y a los empeños dignos que según su criterio lo merecían. Murió prematuramente después de un cáncer muy largo y doloroso que fue para él un verdadero calvario. Su muerte coincidió casi exactamente con el nacimiento de su hija Marta. Le visité con relativa frecuencia durante su enfermedad y pude comprobar el enorme cariño, la cercanía y dedicación de Mila, su mujer. Acaso no he insistido bastante en la descripción del barrio y su ambiente, así como de las personas más cercanas y colaboradoras, que recuerdo con auténtico afecto y pienso que no olvidaré nunca. Creo haber conocido a un pueblo hecho para la grandeza y condenado a la mediocridad, dicho esto sin intento alguno de retórica. Tales personas eran –y son- la mejor expresión del pueblo que conozco, hoy tan desgastado y desvirtuado de su profundo dinamismo, y eran por igual religiosas (en este caso) que laicos y laicas, adultos y jóvenes. Las Hijas de la Caridad vivían (en número de cuatro o cinco) en un piso dentro del barrio, regentaban una escuela infantil y atendían un dispensario, además de estar al tanto de los enfermos y casos preocupantes que siempre conocían y de los que me tenían al corriente. Eran para mí una ayuda, un apoyo y un alivio, incluso para la comunicación y el desahogo, cuando yo lo necesitaba -al encontrarme abrumado por la problemática de tantas situaciones de personas y familias del barrio- agobiado casi al

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borde de la asfixia. Más de una vez he utilizado la imagen de adentrarme en un mar de sufrimiento e injusticia hasta perder pie y sentir la necesidad de volver a la orilla para recuperarme y poder seguir adelante. Tiempo privilegiado este de Vallecas, tiempo de aprendizaje para mí, de conflictos y de lucha y esperanza, en el que se iba perfilando mi crisis personal, a la que antes he aludido. La dureza social y la personal iban coincidiendo en mí de modo creciente con bastante densidad y dramatismo. De aquel tiempo data asimismo mi decisión de incorporarme como militante a algún partido político (de izquierdas, por supuesto); mi duda oscilaba entre el PCE y el PSOE, y para aclararme mantuve algunas conversaciones con personas que pudieran arrojar luz sobre mi relativa confusión e incertidumbre. Recuerdo una larga charla con Alvaro Marchesi, responsable entonces del PCE en Vallecas, que tuvimos en los soportales de Nueva Numancia, en la Avenida de la Albufera. Las posiciones de Alvaro eran obviamente las del partido comunista, y a ellas intentó animarme, sin presión alguna; pero el resultado de aquella conversación fue mi decisión de incorporarme… al PSOE. Lo hice de la mano de mi amigo Manolo de la Rocha, quien me presentó al grupo de la universidad, formado por catedráticos y profesores, casi todos ellos relevantes en aquel momento o y que ostentaron después cargos dirigentes dentro del partido o en la política general del país: Gregorio Peces-Barba (en cuyo despacho nos

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reuníamos), Tomás de la Quadra-Salcedo, Javier Solana, Enrique Moral, Paco Bustelo, etc., etc. Desde el comienzo de mi militancia socialista me pregunté muchas veces –y cada vez más- qué sentido tenía mi ingreso y permanencia en dicho grupo de profesores universitarios destacados, dada mi escasa relevancia y mi nula relación con la universidad, siendo yo entonces únicamente un mero cura de barrio. La razón de fondo estaba precisamente ahí: no me parecía adecuado pertenecer a un partido político en la agrupación del barrio, lo que podría disminuir la neutralidad de mi trabajo pastoral, y consideraba mejor comprometerme en un espacio más neutro y lejano. Estos sutiles argumentos me (nos) suenan hoy casi ridículos, pero creo que hay que respetar la vigencia que tenían entonces para mí. Después de mi secularización y de mi salida de la parroquia, y siguiendo el hilo de mi razonamiento, me trasladé a la agrupación socialista de Vallecas_Villa. Allí trabajé como militante de base, ejerciendo ocasionalmente alguna pequeña responsabilidad política en su comité directivo, como secretario de formación y cultura. Me parece que estaría fuera de lugar hacer aquí un comentario pormenorizado de la trayectoria y situación actual del PSOE y exponer mi visión personal de las mismas. Ni siquiera me considero capacitado para ello, y sí, en cambio, desprovisto de los elementales recursos e instrumentos actualizados para abordar esa tarea con dignidad y rigor.

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Pero lo que no puedo negar –aunque sea formulado esquemáticamente- es un proceso crítico creciente que ha tenido lugar en mí respecto a la dinámica y contenidos de dicho partido político. Mi percepción más inicial e inmediata –confirmada después con el paso del tiempo- fue la falta de vitalidad y dinamismo interno de las agrupaciones locales y la constatación de que dicha anemia política fue aumentando progresivamente en el curso de los días, meses, años… Asimismo, la ausencia de democracia interna ha sido –y continúa siendo- otra carencia importante del PSOE, tanto como su lejanía de la realidad social de nuestra población, de la ciudadanía, el descuido de la formación y el vaciamiento del debate ideológico. Y ello sin olvidar los vicios nefastos del amiguismo y del clientelismo, que desembocan fácilmente en brotes importantes de corrupción, acaso el peor de todos los males, que es la consecuencia y raíz de otros, hablando ahora a nivel general. Y que en la actualidad (marzo de 2013) ha llegado a niveles insoportables por la creciente marea de casos notorios que se van conociendo y analizando en detalle (Urdangarín, Bárcenas, Gürtel…) La arrogancia de sus dirigentes y la marginación de la disidencia son, a mi juicio, otros fallos persistentes dentro del PSOE, unidos a la falta de autocrítica. El retorno a las bases tanto ideológicas como sociales es un empeño difícil pero necesario para la recuperación del PSOE, para superar su inmadurez democrática y la ambigüedad que le acompaña, con la perplejidad

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consiguiente para militantes, ciudadanía en general.

simpatizantes

y

Tenemos así ahora un PSOE paralizado e inmovilista, sin propuestas ni alternativas válidas de oposición (que resulta prácticamente invisible o inexistente), sin liderazgo ni programa, enredado en cuestiones internas y problemas de corto o medio alcance pero que no son los fundamentales, y que no está a la altura de las circunstancias que la realidad nos presenta y exige.. Pero a pesar de todo ello sigue alentando en muchos de nosotros el deseo sincero de un auténtico socialismo basado en la justicia, la libertad y la democracia.

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¿CAMBIO DE RUMBO? Los últimos hechos sociales y eclesiales vividos, además del trasiego diario de la parroquia y del barrio, me habían erosionado fuertemente. Mi equilibrio psíquico y mi vida afectiva se resentían de tanto golpe duro, de tanta aspereza. Viví este último año con una sensación de ambigüedad afectiva y vital que me mortificaba y que justificaba con el argumento de la provisionalidad transitoria, de que era un tiempo “de paso”, ya que empezaba a pensar seriamente en un cambio de vida, o al menos de rumbo. Sentía agudamente la máxima conveniencia o incluso la necesidad de ese cambio. Decidí dejar temporalmente la parroquia y hacer una pausa en mi vida para reflexionar con serenidad –o al menos intentarlo- sobre lo que iba a hacer en el futuro. Pensé inicialmente irme a París, a terminar la tesis en teología que había empezado en la tranquilidad serrana de Lozoyuela y a “cambiar de aires” pero muy pronto me di cuenta de que esa opción iba a distraerme de mi propósito fundamental de ese momento: pensar sobre mí mismo y lo que quería hacer con mi vida, sin excluir tampoco el estudio. Así que tomé la decisión de irme al Monasterio de Santa María de El Paular, situado en el precioso entorno del valle de Lozoya, en el término de Rascafría, a unos noventa kilómetros de Madrid. Ya conocía el monasterio y su entorno por mis frecuentes

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visitas desde Lozoyuela y también por otras estancias más largas. Retomé pronto y con facilidad la influencia beneficiosa del ambiente monástico, la seducción de su retiro y su silencio, los paseos por la huerta y por el claustro (donde están enterrados los monjes que han ido muriendo y a algunos de los cuales yo había conocido), la profunda penumbra de la pequeña capilla con una imagen conmovedora de un Cristo abatido y exhausto en los brazos de su Madre… Podría extenderme en múltiples detalles que omito por haberlos ya referido en otros escritos míos. Dedicaba mi tiempo sobre todo a orar, a leer o estudiar y a reflexionar. Esa dedicación y el entorno que me rodeaba fueron haciendo su efecto, al menos el de sosegarme e ir viendo cierta luz que me acompañaba y animaba… Ya creo haber dicho que mi problema fundamental era la decepción y desafección hacia la iglesia institucional encarnada sobre todo en la jerarquía, agravada además dicha frustración por los últimos hechos vividos y por el peso irracional del celibato obligatorio, cuya carga angustiosa y deshumanizadora yo iba notando en mí desde hacía ya un cierto tiempo. Cuando la claridad y firmeza de mis reflexiones se fueron consolidando, escribí una carta al cardenal Tarancón, arzobispo de Madrid, -cuyo texto original conservo pero lamento no encontrar para poder transcribirla literalmente, dada su significaciónexponiéndole las razones que me llevaban a solicitar

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“mi reducción al estado laico”, en la expresión oficial un tanto despectiva y ofensiva que entonces se utilizaba. A finales de aquel verano inicié mi trámite de secularización en el obispado de Madrid, y la respuesta afirmativa no tardó mucho en llegar, pidiendo solo algunas puntualizaciones más concretas referentes al tema del celibato y a mi dificultad de vivirlo con serenidad y alegría. Como ya he dicho, vivía aquella temporada con una aguda sensación de provisionalidad transitoria, aunque la decisión tomada me aportaba sosiego y consistencia. Pasaba la mayor parte de la semana (a lo largo de cuatro meses) en El Paular dedicado a mis “tareas”, y en los fines de semana (un poco largos) venía a Madrid y me acercaba al barrio, en el que no realizaba ningún trabajo “institucional”, sino únicamente daba clase en una Escuela de Personas Adultas que habíamos montado un grupo de gente, todos y todo con carácter voluntario y gratuito. Y me dedicaba también a visitar a los amigos. Me parecía una buena fórmula para seguir el pulso de las cosas sin interferir en la marcha y las tareas de la parroquia, en la que seguían Manolo y dos colaboradores, Ángel Montes y Jesús Parra, viejos amigos y compañeros míos de la etapa universitaria. De aquella etapa data asimismo mi relación con Mar, la que después sería mi mujer, que se había venido a vivir a un piso del barrio con otras amigas, en “periodo de prueba” para resolver -también ellas- una crisis de tipo “institucional-personal”. Mar era también profesora de la Escuela de Personas Adultas

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–además de haberse vinculado a otras actividades de la parroquia- y allí nos encontrábamos un día a la semana, ya que nuestros horarios de clase coincidían. La comunicación entre nosotros surgió de manera espontánea y fluida, dada la semejanza de las circunstancias vitales que atravesábamos y la identidad de planteamientos y objetivos personales, entre ellos –de modo relevante- el aspecto cristiano o creyente. Pienso que desde el primer momento de nuestra relación tuvimos el acierto de vivir cada uno nuestra crisis “por separado” con la autonomía suficiente para no influir excesivamente el uno en el otro, lo que hubiera sido un factor negativo para cada uno de nosotros de cara al futuro y para el equilibrio y madurez de nuestra relación. Con esta importante salvedad, el nivel de nuestra comunicación era considerable, y para mí constituía un auténtico desahogo y alivio de las preocupaciones que todavía me desazonaban, en mi transición o cambio de rumbo (si era realmente así) que yo vivía con creciente claridad pero con un sentimiento de fragilidad y con los residuos de un cierto temor a no acertar en mi decisión. Pienso sinceramente que no hubo un cambio de rumbo en lo profundo de mi vida, aunque sí una modulación importante de bastantes aspectos de la misma. Recuerdo que algún compañero cura minimizaba hasta lo anecdótico ese cambio, exagerando su levedad y escasa importancia. Creo que yo valoraba en su justa medida lo que se

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transformaba y lo que permanecía en mi transición del estado eclesiástico a la condición de laico. El fondo de mis convicciones o creencias permanecía intacto (salvo el tema de la Iglesia, siempre conflictivo y desazonante) pero sus formas de vivencia y de expresión habían cambiado sustancialmente. Nos casamos el 10 de septiembre de 1976, en un día de calor desacostumbrado para esas fechas, y con un ambiente también cálido de amistad y de participación entre tantos amigos y personas queridas. Fuimos de viaje a Galicia, tierra y paisaje de tantos recuerdos gratificantes para mí de los entrañables veraneos de mucho tiempo. Gracias a mi amigo Miguel Ángel Bermejo conseguí pronto mi primer trabajo civil como profesor de ética y religión en el Colegio Covadonga, centro concertado perteneciente a la Fundación Hogar del Empleado. Allí estuve ocho cursos y conservo buen recuerdo del trabajo y del ambiente, con ligeras excepciones en lo uno y en lo otro. Tenía veinticuatro horas semanales de clase y era un trabajo bastante agotador, aunque también gratificante. Y al mismo tiempo estudié la carrera de Filosofía Pura en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid para obtener la licenciatura que me permitiría ejercer otros trabajos distintos, dentro de la enseñanza o fuera de ella. La carrera de Filosofía Pura era fiel a su nombre pero en el sentido

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peyorativo del mismo, porque el nivel y contenido de las asignaturas y el tono intelectual de los profesores era, en general, de una excesiva y aséptica “pureza”, bastante alejada e incontaminada de la realidad. Había excepciones honrosas –como la de Alicia Villar, que nos dirigió un estupendo seminario sobre Pascal, y con la que sigo manteniendo una buena amistad- y algunas de las enseñanzas allí recibidas me han servido después para mantener un bagaje o talante filosófico como actitud ante la vida y como método de trabajo en la tarea de escribir, siempre en el ámbito de una filosofía social o aplicada. Además de mi trabajo docente y de mis estudios de filosofía, dedicaba algún tiempo como voluntario a la dirección de Cáritas de la vicaría cuarta (Vallecas), respondiendo a la petición que me hizo mi antiguo obispo y amigo Alberto Iniesta, Tal dirección consistía más bien en una coordinación del equipo formado por las asistentas sociales, el responsable de la lucha contra el paro- José Luis Mañeru, espléndida persona, a quien “capturé” para esa tarea- y otras personas voluntarias que trabajaban en distintos campos. Aquel “trabajo” me ayudó a conocer mejor la realidad de la pobreza y otras carencias y problemas importantes de los barrios de Vallecas. Pude realizar algunas visitas, tanto en la zona urbana como rural, que me acercaban a esa realidad y me sensibilizaban hacia ella. Y pienso que algo aporté a los demás con mis iniciativas y sugerencias, aunque sin duda fue más lo que aprendí.

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El trabajo –bastante llevadero- en Cáritas me resultó positivo y gratificante, sobre todo por el clima de rigor y dedicación que dominaba en el equipo en el desempeño de las distintas tareas. Frente a las frecuentes críticas que se dirigen a la institución Cáritas (sobre todo por su asistencialismo, su excesiva sujeción a la jerarquía eclesiástica y su falta de crítica y de denuncia a las personas y factores responsables de la injusticia y la desigualdad social) he defendido siempre su labor, porque pienso que el asistencialismo no es un riesgo totalmente despreciable y también porque creo que Cáritas realiza un trabajo importante de promoción y formación de las personas, reconociendo que la excesiva supeditación a la jerarquía no deja de ser un problema. En cuanto a la crítica y la denuncia social, opino que Caritas ha mejorado sensiblemente en la actualidad, y existen hechos y documentos que lo demuestran, ahora con motivo de la crisis socioeconómica, cultural y moral que atravesamos, ejercitando en ella un papel fundamental. Mar y yo vivimos durante un tiempo en un piso alquilado del barrio de Vallecas Villa, relativamente cercano a la parroquia de san Eulogio, con la que manteníamos un relación muy cordial y afectiva, pero menos efectiva en cuanto a la presencia física y a la actividad y colaboración en sus tareas. Solíamos asistir a la eucaristía de los domingos, que compaginábamos de forma equilibrada con la presencia en una comunidad de base a la que pertenecíamos, la comunidad de la Resurrección,

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animada por nuestro amigo Casiano Floristán, persona de gran preparación teológica y litúrgica y de notable calidad humana y capacidad creativa. En dicha comunidad permanecimos mucho tiempo, debatiendo semanalmente cuestiones religiosas y sociales, y fue un verdadero beneficio para nosotros y el desarrollo de nuestra vida personal y conyugal. Pronto vinieron los hijos, Jacobo y Miguel, con dos años largos de diferencia entre ellos, cada uno con su personalidad y su colorido, su bagaje de cualidades y de limitaciones. Su aparición –lógicamente- cambió el ritmo de nuestra vida, pero la llenó de alegría. Fueron años dorados y felices, no de romanticismo convencional, sino con la construcción diaria de la vida, de la armonía y el dinamismo familiar, de la cercanía y la ternura. Jacobo y Miguel hicieron sus estudios (escuela infantil, primaria y bachillerato) en el Colegio Montserrat, perteneciente también a la Fundación Hogar del Empleado. Y ello por la razón de mi trabajo en la FUHEM, ya que su trayectoria escolar nos resultaba gratis por ese motivo. De no ser así hubieran estudiado en el colegio e instituto públicos de Santa Eugenia, barrio donde ya vivíamos entonces. La línea pedagógica del Montserrat nos gustaba y conocíamos de cerca a varios de sus profesores, que eran amigos nuestros de hace tiempo. De hecho, nuestros hijos realizaron su itinerario escolar sin ningún tropiezo especial y de modo gratificante, contando siempre con la relativa dureza de algunas asignaturas.

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De esa época –de transición de nuestros hijos de la infancia a la adolescencia- guardo un recuerdo especialmente grato de las vacaciones veraniegas a distintos países europeos, gracias a nuestro carritotienda que nos permitía acampar en diferentes parajes y cercanías de ciudades, y lo hacíamos en compañía de entrañables amigos: los Ferrero (Toñi y Blas), los Redondo (Pili y Andrés), etc., que tenían hijos o hijas de edades similares a los nuestros. Tras esta etapa, Jacobo se decidió por la carrera de Derecho y Miguel por la de Informática, y ambos han tenido la suerte de poder trabajar en sus ámbitos respectivos. Jacobo estudió uno de los cursos de la carrera en Utrecht (Holanda), con una beca Erasmus, donde conoció a Petra, la que hoy es su mujer, y viven en el norte de Italia, en Gianico, el pueblo natural de ella. Y los dos ejercen como abogados, en la población cercana de Brescia. Tienen ya dos hijas, Beatrice y Márion, de tres años y tres meses respectivamente cuando reviso este texto (marzo de 2013), que son una pura delicia y nos han despertado la ternura de ser abuelos. La única pega es la distancia, que nos obliga a verlas (a ellas y a sus padres, nuestros hijos Jacobo y Petra) menos de lo que quisiéramos. Miguel conoció a Bettina, una chica suiza que fue compañera suya de piso con un grupo de amigos y amigas en Madrid y con la que mantiene una relación estable, aunque no conviven todavía como pareja, y viajan y se ven frecuentemente aquí o allí. Llevan adelante una relación “a distancia”, pero transmiten una sensación de encaje y cercanía muy gratificantes.

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De mi trabajo en el Colegio Covadonga pasé a la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid, obteniendo una plaza que salió a concurso en el Programa de Alfabetización y Educación de Adultos, de cuya etapa guardo un recuerdo grato y estimulante, en el seno de un buen equipo, eficiente y bien cohesionado, del que conservo especialmente la memoria de Pepa Cabello y Charo Rubio, excelentes compañeras con las que pude realizar una tarea intensa y casi apasionante, con sus relativas dificultades pero impregnada de ilusión y dinamismo. Nuestro trabajo consistía en coordinar –tanto por zonas geográficas como a nivel temático de distintos contenidos y tareas- a los profesores y profesoras del Programa de Educación de Adultos, sin excluir las visitas y el contacto periódico con los propios alumnos y alumnas (que lo eran en su inmensa mayoría) en sus aulas de las distintas zonas de la comunidad de Madrid. Dentro de la misma Consejería de Educación trabajé un par de años como asesor del entonces consejero, Jaime Lissavetzky. De aquella etapa no guardo buen recuerdo, por la decepción que me causó el ámbito de la política en su conjunto, al que levemente me asomé. Pude comprobar la escasa atención que se dispensaba a la calidad de las programaciones y actividades, y al exceso de cuidado en los temas que rozaban más lo político, o lo eran plenamente, y la apariencia formal en beneficio de los intereses del partido gobernante (entonces el PSOE). Fui “desplazado” del trabajo de asesor porque había que

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“colocar” en mi puesto a otra persona más adicta y leal, y volví a la Dirección General de Educación (con Aurora Ruiz, persona autoritaria pero valiosa) a la cabeza, donde hasta mi jubilación trabajé como coordinador del Programa de Educación en Valores, en el que organizaba cursos sobre estos temas (educación para la salud, interculturalidad, educación para la paz, etc.) dirigidos al profesorado. Fue una etapa más tranquila y gratificante, en la que pude realizar un trabajo más personal. El paso del tiempo, el peso de las cosas y su erosión hicieron mella en nosotros (en Mar y en mí), y se inició la dolorosa historia de un creciente desencuentro conyugal. Nuestra visión del mundo y las cuestiones de fondo permanecían constantes y nos mantenían unidos, pero los matices, las formas y expresiones, la sensibilidad de conjunto se iban haciendo divergentes, con lo cual la convivencia se tornó problemática y conflictiva. Es la historia de tantas parejas y familias, cada una con su perfil y su carga intransferibles. Nuestros hijos tenían ya la madurez suficiente como para entender y asimilar los hechos, asumiéndolos lo mejor posible a pesar de su inevitable carga traumática. Actualmente la comunicación con ellos, -tanto la de Mar como la mía, por separado- es fluida y positiva. Todo este breve apartado personal, conyugal y familiar, pertenece obviamente al archivo de mi conciencia íntima, a la recóndita aunque viva memoria del corazón, por lo que no me extiendo en ello.

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Antes de tomar la decisión definitiva de separarnos, nos pareció conveniente abordar un cierto “período de prueba” provisional, por lo que yo me fui a vivir durante un mes exacto, el de febrero, con mi amigo y casi hermano Julio Lois, que me acogió en su casa del barrio de Palomeras, en cuya parroquia de santo Tomás de Villanueva realizaba su trabajo pastoral. No tengo que decir –o no podré decir bastante- lo que ese gesto de acogida por su parte significó para mí, simplemente por el hecho de convivir con una persona con la que poder estar y hablar, de un modo escueto –cada uno vivía su vida y se dedicaba a sus tareas– pero más que suficiente, tratándose además de alguien de una bondad singular y de una excepcional categoría humana. El hecho ya no tan reciente de su muerte víctima de un cáncer (hace aproximadamente año y medios más cuando esto escribo) ha hecho palpable su condición de creyente, su entrega incondicional a los demás y una larga relación de virtudes y cualidades positivas que nos hacen sentir su presencia, compatible con su ausencia dolorosa. De muy pocas personas a lo largo de mi vida he podido escuchar tal cantidad de alabanzas justificadas y sinceras, nacidas del corazón y del reconocimiento de su personalidad singular, de su generosidad y sencillez compatibles con su muy apreciable nivel intelectual. Resulta casi obvio decir que mi decisión provisional de separación conyugal se convirtió en definitiva. Alquilé un piso en el mismo barrio de Palomeras – gracias también a la mediación de Julio- y me fui

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integrando paulatinamente en la vida del barrio, sobre todo en la parroquia y en la escuela de adultos, donde empecé pronto a dar clase en un ambiente gratificante, cálido y positivo… Me atrevo a calificar la etapa de Palomeras como un tiempo de plenitud, o al menos lo vivo y lo siento así en el vuelo de mi memoria. Es una sensación y un estado de ánimo que no he tenido otras muchas veces a lo largo de mi vida. A pesar de mi traslado a RivasVaciamadrid (donde sigo residiendo ahora) por necesidad familiar de mi anterior casero, sigo manteniendo el contacto con el barrio de Palomeras y mis antiguos vecinos y amigos, aunque con una relativa mayor distancia. Pero el reencuentro con ellos es siempre cálido y gratificante. Con mi traslado a Rivas sustituí mi trabajo en la Escuela de Personas Adultas de Palomeras por la colaboración en la Asociación Atiempo, centro de acogida y atención a drogodependientes que desarrolla su trabajo en el barrio de Fontarrón, también en Vallecas, y cuyo “fichaje” debí a mi viejo amigo Fabián Fernández Alarcón, cura de la parroquia de Santa María, también fallecido y al que ya he mencionado antes como persona de relevantes calidad y calidez humanas Allí coordiné semanalmente un “taller de cultura y comunicación” de contenido variopinto (hacíamos dictados, debates, comentarios de actualidad, redacciones…) que yo preparaba con ilusión y rigor. No era un trabajo fácil dada la edad y condiciones de salud (mental sobre todo) de los participantes, pero a mí (y espero que

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también a ellos) me resultaba enormemente grato y constructivo, y me impresionaba y emocionaba cada día contemplar de cerca sus vidas casi siempre desgraciadas, escucharles y aprender de ellos. Me incorporé también al equipo de monitores y a sus reuniones periódicas. Hoy ya no llevo el mencionado taller, porque no podía atenderlo con seriedad debido a un bache depresivo; soy vocal de la junta directiva y mantengo la correspondencia en nombre de la Asociación con los chicos que han estado en Atiempo y ahora se encuentran en prisión, llevándoles un poco de amistad y compañía, aunque a la mayoría de ellos no les conocía ni les conozco personalmente. Al igual que la etapa de Palomeras, puedo decir que esta de colaboración con Atiempo puede calificarse sin exageración como un tiempo de plenitud, de dedicación sencilla y entusiasta a unas personas desfavorecidas, enfermas y dolientes en mayor o menor grado. Una experiencia difícil de explicar, que tiene que ver con el fondo de mi persona, con el encuentro conmigo mismo, y algo también con Dios como parte y estímulo de ese fondo y de ese encuentro. Ese conjunto de sentimientos me producía una sensación de armonía interior muy tonificante. Mar y yo realizamos sin especial dificultad el trámite de nuestra separación con los acuerdos pertinentes, que seguimos manteniendo y cumpliendo rigurosamente a lo largo de un tiempo que ya va siendo largo. De Mar, tras una larga e intensa convivencia, recordaré y valoraré siempre su determinación y coraje, su inteligencia práctica y su

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capacidad intuitiva, su energía y entrega a los demás por encima de otras apreciables cualidades. Mi “tiempo de plenitud” se vio en cierto modo interrumpido –solo en un cierto modo circunstancialpor problemas de salud, en concreto dos operaciones quirúrgicas. La primera de ellas de próstata, sin mayores complicaciones. La segunda –mucho más seria- de corazón, como consecuencia de un infarto de miocardio que había sufrido tiempo atrás sin advertirlo (salvo algunos síntomas respiratorios y digestivos que venía arrastrando hace tiempo, inciertos y desconcertantes), cosa curiosa y poco frecuente pero real. Fue una operación de cinco horas a corazón abierto en la que me colocaron tres by-pass y en la que afortunadamente todo salió bien. Estuve ingresado un mes en el Hospital Gregorio Marañón, contando el período pre y postoperatorio, y ese tiempo constituyó para mí una experiencia realmente singular, que de alguna manera puedo incorporar al tiempo de plenitud al que antes me refería. Lo viví con una conciencia serena que asombró a todos los que iban a visitarme y a mí mismo, con sincero agradecimiento al equipo médico que me atendió, y con un sentimiento de solidaridad hacia mis distintos compañeros de habitación con los que compartía lamentos y confidencias… Un hospital es ciertamente un centro y espacio de aprendizaje de la dolorosa condición humana, pero también de la sencillez, paciencia y buen sentido de muchas personas. Creo que viví también sin ingenuidad sino con serenidad la posible cercanía de mi muerte.

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De aquel tiempo es también mi incipiente relación con Diana, que ahora –y desde hace ya tiempo- es mi compañera sentimental. Nos conocimos por razones de trabajo, ya que ella impartía clases en los cursos sobre Educación en Valores para el profesorado, que yo coordinaba en la Consejería de Educación. Nuestro nivel de comunicación fue adquiriendo en poco tiempo densidad y altura, atractivo y consistencia. Adoptamos la fórmula –en la que hoy día continuamos- de no vivir juntos sino únicamente en los fines de semana y en las vacaciones, pero mantenemos un contacto y una relación probablemente más frecuente e intensa que la de muchas parejas convencionales. La mayoría de nuestros amigos y amigas consideran positiva nuestra opción, que en cualquier caso nos parece razonable y respetable. La vida de Diana es para mí un ejemplo de paciencia coherente, de madurez y de realismo, al afrontar su exilio a España desde la Argentina, la muerte repentina de su marido, la orientación y acompañamiento de sus hijos, y la atención a su madre anciana en una residencia próxima a su casa, con la alegría añadida y muy singular de un nieto (tiene ahora mes y medio) que la llena de emoción y alegría y con el que habla y juega todos los días a través del skype. Me jubilé a los sesenta y cinco años (ahora tengo setenta y uno), entrando en una etapa vital que muchas personas consideran decisiva, Y pienso que efectivamente lo es, sobre todo según cómo se mire y como se tome. Yo he tratado de vivirla con serenidad

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y sentido positivo. Tuve dentro de ella una primera temporada “de plenitud” (nuevamente), de euforia sentimental y creativa que mis amigos y los antiguos compañeros de trabajo percibían, ponderaban y envidiaban. Vino después un tiempo más gris y depresivo (que tampoco era nuevo en mí) y del que tardé en salir. La depresión es una prueba durísima, un pozo sin fondo, un túnel desde el que crees que no vas a ver nunca la luz, pero que, sin saber por qué ni cómo, finalmente se despeja y aclara, en el caso de una solución positiva, como afortunadamente fue la mía. Ahora llevo una vida de actividad moderada, tan alejada del aburrimiento como del dinamismo compulsivo. Me dedico a mis aficiones principales (la lectura, la escritura, la música, algunos viajes y excursiones, los paseos, el cine, las exposiciones de arte, el estar con los amigos y amigas, las reuniones de mi comunidad cristiana y de otra índole…) La comunidad cristiana a la que me refiero es la de Nuevas Palomeras, integrada en el colectivo Iglesia de Base de Madrid; somos un grupo de unas treinta personas que nos reunimos quincenalmente para debatir temas que nos interesan y hemos elegido, de carácter religioso-cristiano, eclesial y social, terminando con la celebración de una eucaristía “doméstica” y una cena informal. La pertenencia a esta comunidad –de estilo sencillo y sincero, sin especiales tensiones y con un buen nivel de comunicación- me resulta altamente beneficiosa, positiva en la relación con las personas que la

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componen y de especial amistad y cercanía con algunas de ellas. Pertenezco a algunos grupos y colectivos, (Cristianos por el Socialismo, Asociación por el Derecho a Morir Dignamente, Asociación Atiempo, Comité de África Negra), Cristianos y Cristianas de Base…) pero al mismo tiempo procuro cultivar y disfrutar la riqueza del ocio a través de mis aficiones principales, que ya he indicado antes. Intento cumplir asimismo con mis obligaciones de ciudadano responsable y activo: con la asistencia a manifestaciones, la respuesta a convocatorias, la participación en movimientos de apoyo a causas justas… Más globalmente, procuro asumir con cierta gallardía esta transición no fácil a la tercera edad, al proceso de envejecimiento (no hay que tener miedo a las palabras) con sus secuelas y esclavitudes, sus severas limitaciones: la servidumbre del cuerpo, sobre todo, que nos preocupa, retiene y esclaviza, que invade y ensombrece una parte de nuestra vida. No quiero ponerme excesivamente melancólico, pero me parece insoslayable referirme a las muchas personas –familiares y amigos- que “ya no están” (como expresé en un poema que transcribo a continuación), que ya han atravesado la frontera de esta vida: mis padres, mis hermanos Mª Lupe y Jose, mis cuñados Jaime Y Eugenio, además de tíos, tías y otros familiares, y un buen número de amigos muy cercanos a los que sigo añorando, con los que mantengo una misteriosa pero real comunicación,

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aunque el silencio opaco y la ausencia de los muertos, de las personas próximas que han desaparecido, me resulta a veces casi insoportable. Este es el poema al que acabo de referirme: Los que ya no están Sufro muchas ausencias, que son ya demasiadas, pero ellos viven sin duda en alguna parte. Aún me conmueve el recuerdo de su aroma y su figura; siento el rumor de sus voces, el cálido aliento de su compañía, su silencio en la noche, su luz en la mañana. Son mis padres y amigos, mis hermanos del alma, los que en la otra orilla me envían destellos de paz y de esperanza.

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TERCERA EDAD No hay que temer a las palabras, conviene llamar a las cosas por su nombre. Es legítimo ser, estar y sentirse mayor, aceptarlo e incluso hablar de ello sin complejos. La tercera edad suele llevar consigo un sentimiento de indefensión y desamparo, una conciencia de caducidad. Por eso, aunque el término jubilación significa liberación y alegría, encierra a su vez muchos matices, una cierta ambivalencia. La científica Rita Levi-Montalcini habló del “elogio de la imperfección” como tónica de la vida y quizá como característica propia de la tercera edad. Conocemos a personas ilustres –de edad avanzadísima o que ya han muerto- que estimulan nuestro afán de vivir. Se me ocurren a bote pronto algunas de esas personas, no exclusivas pero emblemáticas: José Luis Sampedro, Ramón Lledó, Miguel Delibes, Francisco Ayala, y tantos otros y otras. Son personas que nos sirven de referencia, que han pensado confiadamente en la vida, y algunos de ellos en el más allá, a pesar del vértigo que eso nos produce. Esta actitud existencial incluye la comprensión del hecho de la muerte y de su sentido para la vida, desdramatizándola. Existen tareas especialmente recomendables para este tiempo de la tercera edad: la contemplación de la belleza en toda sus formas, de todos los paisajes, el gozo de la comunicación, la relación más personalizada con los amigos, el disfrute con la categoría moral de ciertas personas a las que

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conocemos y tratamos, la colaboración voluntaria en alguna organización humanitaria, la atención a los necesitados, el cuidado de los detalles y de las cosas pequeñas, el viajar, el ser productivos y positivos, el cultivar la autoestima y evitar la autocompasión, procurando realizarlo todo en un clima de sencillez. El ejercicio físico y mental es también una ayuda beneficiosa, indispensable en este terreno. Este repertorio de recursos nos capacitará para combatir el pesimismo, la preocupación excesiva y el agobio por las cosas, la desgana de vivir, el envejecimiento psicológico. El fomentar y cultivar intereses “desinteresados” (valga la paradójica expresión: en beneficio de la colectividad) nos situará en un equilibrio más o menos estable con los contrapuntos necesarios. Y todo ello sazonado con el humor y la sabiduría de vivir, la ironía y la memoria selectiva, los estímulos imprescindibles. Lo cual puede resumirse en el conocido aforismo: “añadir más vida a los años y no solamente más años a la vida”. Siempre estamos a tiempo de descubrir, aprovechar y potenciar todo lo positivo de nuestro entorno, lo que también es una forma de corregir la soledad entendida como carencia –voluntaria o involuntariade compañía. La soledad tiene diversos grados de expresión y realización, y a veces puede ser un ejercicio saludable y necesario, si no va acompañada de los sentimientos de desolación y de amargura. Pero lo que resulta incuestionable es que en la tercera edad nos encontramos embarcados en el otoño (en

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ocasiones invierno) de la vida, y que no podemos dar la espalda a esa realidad. Sin embargo, el cultivo de la inteligencia y el ejercicio del pensamiento nos mantienen en pie, reavivan y enriquecen nuestra conciencia y el dinamismo de nuestra persona. Como dijo William James, “la vida humana es lo que los pensamientos hacen de ella”. No creo que sea cierto proclamar que “lo pasado fue mejor”, lo que de algún modo completa este proverbio japonés: “Más vale caminar bien que llegar”. Probablemente, la moderación o ataraxia es una de las cualidades principales de esta etapa vital. Es la templanza –hecha de receptividad y de constanciaque tanto han ponderado muchos autores, como por ejemplo Norberto Bobbio (Elogio de la templanza, Temas de Hoy, 1997), para quien la templanza es una virtud cardinal cercana a la prudencia, no una actitud de pusilanimidad ni de falsa humildad, sino de sencillez y de misericordia, de compasión, en las que residen en buena medida el arte y la sabiduría de vivir y de envejecer. La madurez propia de la tercera edad es la aceptación crítica y no satisfecha de la realidad y de sí mismo, de quien así aprende a vivir. Para Bobbio, la melancolía es la conciencia de lo no alcanzado y que ya no es alcanzable. Existe una forma obsesiva de la decadencia o declive vital, de la posible derrota ante las sombras del pasado, a lo que debe oponerse la aceptación de los propios límites, porque estamos en la edad y en el momento de la sabiduría, de “hacer balance”, en el que cuentan más los afectos que los

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conceptos, el mundo de las emociones que una escueta y severa “racionalidad”, que es más bien un racionalización de la riqueza afectiva. Si los sentimientos no acompañan a la razón, esta se reseca y desvirtúa. Para Cicerón, la tercera edad puede significar el retorno de la persona a su interior, a su mejor “yo”, al núcleo sustancial de su dinamismo, de su energía. Esto provoca en él un estado envidiable de modestia y de placidez, de elegancia, que son también atributos de esta tercera edad que tememos y apetecemos.

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SONATA DE INVIERNO Alguien ha llamado a la vejez “la antesala de la muerte”, que me parece una expresión legítima y respetable (quizá excesivamente dura) pero también abierta a clarificaciones y matices. Porque la vejez no tiene que ser necesariamente una estancia larga y sombría, tenebrosa y llena de amargura. De ahí el título de sonata de invierno (la sonata es una música más bien ligera) que he elegido para este capítulo, con la intención de desdramatizar en lo posible las cuestiones relacionadas con la etapa final de la vida. Lo que sí considero obvio y defendible, aunque incompleto, es conectar la tercera edad con la vejez y abordar la continuidad entre ambas, también con su conjunto de salvedades. Por eso pienso que no resulta inadecuado asomarnos, aunque sea levemente, al paisaje de la vejez desde la ventana de la tercera edad, porque aunque ambas cosas son diferentes, guardan entre sí una estrecha relación y cercanía. Y ello afecta a la biografía de cada uno de nosotros, que estamos implicados en ello de modo directo y personal. La reflexión no debe alejarnos de la vivencia –en ningún caso- sino completarla y enriquecerla, profundizando en ella. Eso es lo que pretendo también en este capítulo, con el convencimiento de que esta reflexión sobre la vejez no está en absoluto desconectada de mi trayectoria personal. Un índice importante del grado de civilización de una sociedad (en su sentido más global) es el respeto y cuidado hacia sus mayores. Pero no se trata solo de

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eso, sino de sabernos todos implicados en esta aventura de la vida y de la edad, y de comprobar que -a pesar de sus enormes deficiencias y limitacionesla vejez puede conservar destellos de curiosidad y de creatividad, de interés por la vida, de disfrute de las cosas. En su breve y jugoso ensayo acerca de la vejez (De senectute, Sequitur, 2008), afirma Cicerón que las mejores armas de la vejez son la formación y la práctica de la virtud, y afirma que también la vejez fruto de una vida llevada con tranquilidad, con pureza y con elegancia- puede ser una etapa plácida de la vida.. Cicerón encuentra cuatro razones por las que la vejez puede parecer desgraciada: una, porque nos aparta de la vida activa; otra, porque hace al cuerpo más débil; la tercera, porque priva de casi todos los placeres; la cuarta, porque no está lejos de la muerte. Pero al mismo tiempo Cicerón rebate cada una de esas razones, de las que destacaré alguna de ellas. Dice él: “¿Es que no existen actividades propias de la vejez que, incluso careciendo de fuerza física, pueden realizarse con la mente?” Y pone ejemplos de personas concretas de su tiempo. Existe un argumento añadido en contra de la vejez, que Cicerón expresa del modo siguiente: “Además, pienso que esto es lo peor de la vejez, sentir que en esta edad uno es molesto a los otros”. Comprobamos con frecuencia que este sentimiento preocupa y entristece a muchas personas, quizá también a

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nosotros mismos, revelando un fondo de generosidad, de pensar en los demás, que nos honra y ennoblece. Con cierta exageración, Cicerón afirma que “la vejez no solo no es débil y sin fuerzas, sino que incluso es activa y siempre está haciendo y proyectando algo”. El ejercicio y la moderación pueden conservar, incluso en la vejez, algo del primitivo vigor. Y agrega este sabio consejo: “Hay que plantarle cara a la vejez y combatir sus achaques a base de cuidados. Hay que luchar contra la vejez como se lucha contra una enfermedad”. Cicerón añade que no solo tenemos que ayudar al cuerpo sino mucho más a la mente y al espíritu, pues estos también se apagan en la vejez si no se les echa gota a gota el aceite como a una lámpara. Alude a esos ancianos que son crédulos, olvidadizos, negligentes, defectos que no son propios de la vejez en general sino de una clase vejez “indolente, inactiva y adormilada”. Nada tiene esto que ver con una vejez tranquila, que es “lo más agradable que existe”. Para Cicerón, el fruto de la vejez es el recuerdo y la abundancia de los bienes conseguidos con anterioridad. Y ello es la mejor defensa contra la muerte. El pesimismo, la preocupación excesiva por las cosas y la desgana suelen ser atributos de la vejez, como indica Enrique Miret en el libro Cómo ser mayor sin hacerse viejo (Espasa Calpe, 2006), y que está poblado de sugerencias y recomendaciones útiles como las que siguen. Solo la curiosidad, los motivos

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en vigor y las actividades que nos interesan, nos mantienen vivos y en pie. La soledad y la interioridad –compatibles con la actividad- han de ser positivas y abiertas a los demás. La creatividad, el humor, el ingenio y la ironía –saber distanciarse y reírse de uno mismo- no tienen por qué estar fuera del ámbito de la vejez. El cultivo del pensamiento y de la inteligencia, la avidez cultural mantienen la tensión vital por encima del paso del tiempo. La memoria, el entendimiento y la voluntad –las facultades humanas más importantes- constituyen también el núcleo de la vejez. La memoria disminuye con la edad, al igual que la movilidad y el equilibrio, haciendo patente y a veces dolorosa la servidumbre del cuerpo, que nos somete y esclaviza. El declive sexual se compensa con el aumento de la intimidad, la ternura y el cariño. También hay que cuidar que la autoestima no disminuya en exceso con las penalidades y limitaciones de la vejez. Y cultivar en cambio la receptividad y la imaginación, la contemplación más que el pensamiento demasiado introspectivo y fatigoso, abandonando el perfeccionismo que es causa de tensión y de desgaste emocional. Hay que apoyarse más bien, una y mil veces, en todo lo positivo que hemos recibido y realizado en nuestra vida, como una siembra abierta al futuro que ahora recopilamos. Es legítimo nuestro deseo de pervivencia, en el que tanto insistió Unamuno. Saber envejecer constituye una obra maestra de la sabiduría y es uno de las dimensiones más difíciles del arte de vivir. Ojalá ese

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aprendizaje equivalga a un tiempo para la paz, para la reciprocidad, para la simpatía con todos y con todo, para el cultivo de los sentimientos más auténticos. El filósofo italiano Norberto Bobbio tiene un ensayo con el mismo título que el de Séneca (De senectute, Taurus, 1997), en el que hace múltiples apreciaciones de valor sustancial sobre el tema de la vejez. Por ejemplo, que el pesimismo –uno de los atributos que suele adjudicarse a la vejez- no es una filosofía sino un estado de ánimo, y asimismo que la vejez –a la que llama cuarta edad- es la etapa vital de la reflexión, dentro de lo posible. La vejez es la ocasión privilegiada de volver a uno mismo “donde habita la verdad”, según la hermosa expresión de san Agustín. Bobbio tiene muy en cuenta el envejecimiento cultural que acompaña al biológico y al social, y nos muestra su convencimiento de que es necesaria una permanente apología de la vejez y su desdramatización, ya que se trata de un problema a la vez personal y social, que incluye una espera de la muerte, cuyo deseo es perfectamente legítimo. Según Bobbio no es deseable una retórica de la vejez, una representación interesada y lisonjera de su “hermosura”. Existen –dice Bobbio- modos casi infinitos de vivir la vejez: “la aceptación pasiva, la resignación, la indiferencia, el camuflaje de quien se empeña en no ver sus arrugas y su debilidad y se impone la máscara de la eterna juventud, la rebelión consciente a través del continuo esfuerzo -a menudo destinado al fracaso- de proseguir inflexiblemente el

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trabajo de siempre, o, por el contrario, el despego de los afanes cotidianos y el recogimiento en la reflexión o la plegaria, el vivir esta vida como si fuese ya la otra, rotos todos los vínculos mundanos”. La vejez no está separada del resto de la vida anterior, y probablemente su núcleo sea el mundo de la memoria (“eres lo que recuerdas”). A veces el mecanismo de la memoria se atasca y las ideas y las palabras fluyen a duras penas, con enorme dificultad. Es posible volver a recorrer el propio camino gracias a los recuerdos. Toda conmemoración es una actividad mental laboriosa pero saludable. La melancolía es la conciencia de lo no alcanzado y no alcanzable, pero que está atemperada por la constancia de los afectos que el tiempo no ha consumido. No es posible ni deseable eludir que la presencia de la muerte sobrevuela el ámbito de la vejez con un matiz imperativo de “liquidación” y descanso, de recapitulación conclusiva, de etapa final de nuestra trayectoria, aunque nos hayamos perdido muchas cosas de esta vida apasionante y limitada: personas, hechos, ciudades, paisajes, experiencias… Un objetivo deseable para la vejez –y un bello slogansería “descansar en paz”, con su sonido penetrante de proximidad a la muerte, lo cual tampoco importa. Pero no exageremos: “quien alaba la vejez no le ha visto la cara”, ha dicho alguien. A todos nos asalta en mayor o menor grado el temor (a veces incluso obsesivo) por la decadencia personal.

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Dice en sus memorias la escritora y editora catalana Esther Tusquets: “Ahora que he entrado de lleno en la vejez, sé el privilegio que es vivir no demasiado tiempo. Morir antes de llegar a viejo y sin enterarte de que mueres, sin dolor y sin miedo” (Confesiones de una vieja dama indigna, Bruguera, 2009). Me parece una opinión discutible –para quienes prefieren morir con plena conciencia de ello- pero sensata y respetable. La lentitud y la torpeza físicas son –en líneas generales y con muy notables excepcionescaracterísticas de la vejez, que la distingue netamente de la edad juvenil y también de la madura. Pero la lentitud y torpeza de las personas ancianas suscita más indulgencia que compasión. La vejez es también la etapa de las relecturas, de revivir las experiencias, de aceptar resignadamente los límites. Así termina Bobbio su hermoso ensayo De senectute: “El tiempo de la memoria avanza al contrario que el real: los recuerdos que afloran en la reminiscencia son tanto más vivos cuanto más alejados en el tiempo estén aquellos sucesos. Pero sabes también que lo que ha quedado, o lo que has logrado sacar de aquel pozo sin fondo, no es sino una parte infinitesimal de la historia de tu vida. No te detengas. No dejes de seguir sacando. Cada rostro, cada gesto, cada palabra, cada canto por lejano que sea, recobrados cuando parecían perdidos para siempre, te ayudan a sobrevivir”.

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EQUIPAJE DE FONDO El paso del tiempo va decantando las cosas, las experiencias, los sentimientos. La trayectoria de la vida se configura con múltiples elementos y dimensiones que creo es preciso señalar como una cierta recapitulación –a propósito desordenada y dispersa- de lo dicho hasta ahora en este “vuelo de la memoria”. Son, sencillamente, las referencias de ese vuelo, los perfiles de mi paisaje interior, el equipaje de fondo que me ha acompañado a lo largo de mi vida. Aunque a veces tengan un tono reflexivo más genérico, intento aplicármelas con la mayor veracidad y realismo posibles. El contenido y el tono de este capítulo tiene, sin duda, un cierto carácter de miscelánea. Es hermoso y necesario sentir la complicidad con la vida, aunque a veces nos resulte tan difícil. Existen en cada uno de nosotros sentimientos y actitudes predominantes. En mi caso y a lo largo de estas páginas ha quedado patente, me parece, una especie de melancolía que todo lo envuelve, con su luz y su sombra, con su suavidad y su aspereza. Algo que todo lo tiñe e impregna, que penetra las cosas de un dinamismo y una profundidad peculiares, a pesar de su aparente languidez. Me falta el complemento – según me dice Raúl Dalto, mi psicólogo al que tanto le agradezco su ayuda, y tiene razón- de un “punto” de frivolidad, de una mayor alegría de vivir. Me considero perfeccionista para

egocéntrico, hipersensible, algunas cosas, meticuloso,

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obsesivo, ingenuo, pero intento con dificultad y empeño aceptar mis límites y mis carencias, manteniendo un adecuado nivel de autoestima, que a lo largo de mi vida anterior ha sido más alto que el que ahora poseo, sintiéndome más incompleto y lleno de lagunas de distintos tipos que en otros tiempos de juventud y madurez. Deseo no perder un talante de modestia en todas las dimensiones de mi vida, pero lo considero necesariamente compatible con un suficiente grado de autoestima. Junto a esa aludida melancolía alienta también un sentimiento de misericordia, de empatía con las personas y las cosas, evitando lo más posible toda retórica, como puede ser el abuso de las expresiones referidas insistentemente a “la misericordia con los pobres y con los que sufren”. Con todo el respeto a la expresión y a la realidad que contiene, existe el peligro de desgastarlas por su uso excesivo y su aplicación no siempre coherente. Pero la misericordia debe figurar, sin duda, en el catálogo de las cosas más hermosas e importantes de la vida. Acerarnos a los demás más que acercar a los demás a nosotros, vivir lo más próximos posible a la piel de los otros (ya que habitar dentro de ella me parece exagerado). Sentir profundamente las desgracias de los demás, de tantas vidas derrotadas, desamparadas y compadecernos sinceramente de ellas, compasión que debe ser operativa y debe conducirnos a la práctica, a la aplicación real de lo que sentimos, de lo que previamente hemos interiorizado.

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La misericordia es compatible con un sentimiento de comprensión y de serenidad hacia el conjunto de las cosas que nos envuelven, o más bien lo exige Muchas veces una realidad tan áspera y convulsa como la que tenemos nos desborda, el agobio y la angustia nos privan de la lucidez imprescindible, pero es preciso mantener el equilibrio y tomarse la distancia necesaria para intentar que dicha realidad no nos erosione en exceso. Y ello sin rehuir el compromiso y la implicación en el intento de transformar o mejorar nuestro entorno. Recorriendo las páginas anteriores de este texto he podido advertir que alienta en ellas un deseo emocionado y hondo de fidelidad y de continuidad conmigo mismo, y ello en más de una ocasión, sobre todo en mi transición de la condición eclesiástica a la vida civil, en el que me he atrevido a negar –acaso con excesiva audacia o ingenuidad- que exista un cambio de rumbo, sino solo una modificación en el estilo y en la forma de vida, lo que considero un beneficio y una especie de don inmerecido. Lo mismo que -en una dimensión mayor- pienso que el sentido religioso ha impregnado toda mi vida Lo cual ha quedado patente en diversos momentos, especialmente en mis estancias en recintos monásticos, en mi afán de contemplación, de encontrar el sosiego y la cercanía de Dios en el corazón de mi realidad y de la realidad del mundo, algo que no siempre me ha resultado fácil, sino con frecuencia envuelto en la opacidad e incluso en el desabrimiento. La práctica de la oración –más bien

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escasa y discontinua- me ha ayudado siempre en este terreno. La música clásica ocupa probablemente el primer lugar entre mis aficiones principales, y ya he hablado ampliamente de ella en otros escritos, por lo que no me detengo ahora. Baste decir que a la música debo algunos de los momentos de plenitud y de emoción más intensos a lo largo de mi vida, y que lamento no haberme dedicado profesionalmente –o al menos con una seria atención a ella- como una laguna importante. Hace unos años empecé a estudiar piano, pero abandoné el empeño viendo que desbordaba mi capacidad y mis límites, suponiendo un esfuerzo excesivo y desproporcionado para mí. La conexión de la música con el sentido de lo religioso y absoluto me resulta muy clara y ha sido siempre una experiencia gozosa y de elevación espiritual. También he hablado de mi afición por la escritura, algo que va conmigo desde la adolescencia y los tiempos escolares y que me ha proporcionado siempre su carga terapéutica y beneficiosa. Me impresiona y suscribo la afirmación de Pavese: “La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida”. He escrito y publicado algo de poesía (poco) y varios ensayos sobre temática religiosa, sobre filosofía y temas humanísticos y de educación, en este caso a partir en cierta manera de mi experiencia profesional. Cuando empecé a tener dificultades de publicación en algunas editoriales opté por hacer ediciones “privadas” o domésticas de algunos textos para

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regalar a los amigos o difundirlos de otra manera, siempre fuera de los circuitos comerciales. Tengo asimismo un blog personal al que incorporo mis escritos (artículos sobre todo) con un ritmo fijo y bastante frecuente. A lo largo de distintas etapas de mi vida –algunas ya bastante remotas- he colaborado en publicaciones de prensa y revistas periódicas (“Ya”, “Informaciones”, “El País”, “El Independiente”, “El Socialista” (revista del PSOE), “Noticias Obreras” (de la HOAC), “Zarabanda” (revista local de RivasVaciamadrid, donde ahora vivo), etc. La madurez es una conquista incierta y escurridiza, lo que compruebo cuando hago el recuento en años de esa pretendida madurez. Me gustaría haber logrado una vida modesta, auténtica y valiosa, hecha de proyectos y de convicciones cada vez más depuradas y arraigadas, aunque me temo que no ha ocurrido exactamente así. Amo y deseo la paz para mí y para todos, esa paz que es tranquilidad activa, energía e iluminación, equilibrio entre la finitud y la esperanza, confianza básica en la vida y en mí mismo, ganas de ser y de vivir, de no dejarme vencer por las contrariedades, por la precariedad e insuficiencia de las cosas. Me seduce la sencillez de pasar sin ruido por la vida – aunque al mismo tiempo me atraigan la vanidad y la buena imagen propia ante los demás-, una grandeza de espíritu sin apariencia, solo en profundidad.

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La utopía –que también forma parte de mi “equipaje de fondo”- es aliento y coraje, inconforme rebeldía, horizonte que apremia, pasión por remediar las carencias de la vida. El sentimiento de gratitud invade mi vida entera, como le ocurre a tantas personas. Gratitud por todo lo vivido y recibido a lo largo del tiempo, que percibo como algo que se me da –la mayoría de las vecesinmerecidamente. Aún algunas cosas aparentemente adversas e ingratas encierran una virtualidad y una energía positivas que merecen agradecimiento. La policromía de la vida tiene su encanto y su riesgo, porque en ocasiones sus tonos de color son grises y oscuros. Pero debemos intentar –yo lo he realizado a medias- que predominen la luz y la esperanza. La dialéctica entre la opacidad y la transparencia nos acompaña siempre. El poeta García Lorca reconocía que tenía “demasiado claroscuro”, y algo así, en distintas medidas, nos sucede a todos. A lo que de algún modo se contrapone Machado con su “desnudez de los hombres de la mar”. Nos asusta y atrapa –al menos a mí- lo que de un modo literario podemos llamar el ruido y la servidumbre de las cosas, a los que contraponemos la necesidad y el deseo de armonía, el ansia de equilibrio. Ya he mencionado a lo largo de estas páginas algunos momentos de plenitud que he vivido, esa reconocible vivencia a quien alguien ha llamado “sosiego intenso” y que tan cercanamente palpable resulta en ocasiones como huidiza en otras. Al lado

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de esa plenitud, casi rozándose con ella, nos asedian de forma descarada o sutil el vacío, la carencia, la precariedad, la fragilidad. Todo ese conjunto constituye el tejido de la vida, o de una buena parte de ella. En el fondo de ese tejido late en mí el ansia de absoluto, de infinito, que creo tienen que ver con mi sentido religioso de la vida y que pueden derivar en un perfeccionismo selectivo – en algunas cosas sí, en otras no- más bien perjudicial para mi equilibrio psíquico. Existen ideas y valores que nos llenan la vida, otorgándole sentido y consistencia. Como decía Camus, “aquellas que en nosotros son más fuertes que nosotros mismos”. Ahí sitúo yo la emoción profunda que me suscitan las vidas más desamparadas, las personas condenadas para siempre a la falta de horizonte y de alegría, a la pobreza como situación permanente e irreversible, y la consiguiente voluntad sincera de hacer algo para remediar o aliviar tanta desventura. Y la búsqueda de la belleza (ese ancho paisaje moral) como regeneración de la vida, la presencia del rostro de Dios en mi aventura cotidiana, siempre ambivalente pero sostenida por lo único y precario que soy y tengo: la vida misma,. la conjunción radical entre entre la calidad y la sencillez, que son atributos esenciales de nuestra trayectoria vital. Valoro profundamente la amistad como una de las mayores riquezas de la vida. Tengo, afortunadamente, muy buenos amigos y amigas, y me gustaría citar aquí a los más cercanos, pero quiero evitar hacer

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posibles agravios comparativos. Ellos saben que cuentan con mi lealtad y mi afecto profundos. Las conversaciones sinceras y entrañables en un clima de amistad auténtica son algo que me fortalece y ayuda a dar un sentido de dinamismo y de esperanza a mi vida. Dice en sus memorias Pablo Neruda: “Creo que el desarraigo de los seres humanos es una frustración que de una u otra manera entorpece la claridad de alma”. Esta afirmación tan plástica y rotunda constituye también un perfil de mi paisaje interior, de mi equipaje de fondo. El notable poeta Antonio Colinas asegura también que “la existencia se nos presenta como una extremada sinrazón que solo el corazón gozoso atina a comprender por la vía del amor desinteresado”. Deseo para mí y para todos –en esta especie de pequeño “manifiesto” hecho de notas personales y dispersas, con cierto colorido literario- una rebeldía que sea inconformismo creativo hacia una realidad tan apasionante como áspera y adversa, una corriente de iluminación y de energía en este viaje incierto y hermoso que es la vida. Sin el ejercicio de la creatividad, esa vida queda disminuida. Pero sin confundir la creatividad con un exceso de introspección reflexiva, de exagerado culto a una intimidad que nos ensimisma y nos enclaustra entre las paredes de nuestro yo. Pero el cultivo de la interioridad es fundamental para alimentar una vida con sentido y alegría, con suficiente consistencia. Y se

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contrapone frontalmente a la indiferencia, a una aséptica superficialidad. Es un largo aprendizaje que muchas personas hemos intentado, y seguimos en el empeño. Se abre constantemente ante nosotros la consabida dialéctica inestable entre lo urgente y lo importante, que tantas veces nos mantiene en vilo, en pleno dilema, dejando en nosotros una tónica de ansiedad. Lo más relevante no es el número y acumulación de tareas que llevamos adelante, sino la impregnación de sentido y la orientación que cada uno de nosotros transmite a todo lo que es y a todo lo que hace. Esta reflexión nos abre una perspectiva de serenidad y de eficacia verdadera, y yo lo he intentado y percibido así en diversas ocasiones. La ansiedad compulsiva del pragmatismo exagerado nos juega a menudo malas pasadas, en el extremo contrario de la indiferencia y la pasividad que también hay que combatir. El ejercicio de la memoria favorece nuestro bienestar personal, afectivo y sentimental. La profundización no obsesiva en nuestro interior nos otorga un aliento de autenticidad, una tónica persistente de continuidad. La práctica de la escritura me ha ayudado a iluminar la realidad y a profundizar en ella, supone un cultivo de la racionalidad que me acompaña y templa la aridez de la vida, la frecuente falta de sentido y el vacío de la realidad. Escribir es una de las formas más nobles de comunicación, que nos permite –a mí me ha ocurrido- el gozo de la “emoción reflexiva” que purifica el espíritu, que da color a la vida.

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Ya he hablado anteriormente de la muerte como parte importante de nuestra vida, pero no creo que esté de más volver brevemente sobre ella. Alguien la ha definido –literaria pero certeramente- como “un dolorido cansancio que a veces nos abruma”. Alguien ha hablado también de “la tristeza del final de las cosas”. Y Bertrand Russell reconocía que “se sentía cada vez más desprotegido ante la desdicha” y relacionaba este sentimiento de desprotección con el hecho de la muerte. Pero Spinoza afirmó que la sabiduría de un hombre libre no es una meditación sobre la muerte sino sobre la vida. Ambas cosas no son incompatibles sino que están profundamente entrelazadas. El sentido de la vida y de la muerte convergen en la esperanza. Lo que todos necesitamos es una suficiente claridad y energía para saber vivir y morir con sentido y con un cierto sosiego. Eso es lo que me deseo y deseo a todos, en este combate entre la luz y las sombras que es la vida, estando lo más lejos posible de la ansiedad y cercanos a una asequible plenitud. En este camino tenemos tiempo para buscar nuestra propia identidad, para aproximarnos a actitudes más coherentes y mantener una dinámica de continuidad dentro de la pluralidad de la existencia, entre la gratuidad y la aceptación, la insatisfacción y el sosiego. En algunos tramos de mi vida –aunque creo que ha sido la tónica general a lo largo de ella- he tratado de mantener especialmente el equilibrio entre el estudio y la acción, la serenidad reflexiva y la actividad como

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expresiones de mi trayectoria vital. Recuerdo particularmente los años –breves pero significativosde Lozoyuela, con la tranquilidad serrana como compañía permanente, a veces próxima al sentimiento de soledad. El paso del tiempo ha ido modelando las cosas en su fondo y en su forma, en el contenido y en el “tono”. Reconozco algún avance personal en el terreno de la madurez, en el “peso” gratificante –aunque parezca contradictorio- de mi trayectoria vital. Pero compruebo también la carga física y psíquica de la edad, la servidumbre del cuerpo (como ya he dicho en otra parte), las limitaciones y carencias en general, un cierto cansancio y dificultad en valorar y disfrutar la pujanza de la vida. Una tentación de pesimismo y de incitación a él, lo que me hace recordar con frecuencia la sabia afirmación de Gramsci: “El pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad”. Porque también es cierto que trato de luchar contra las sombras y manejarme lo mejor posible en esta difícil y apasionante navegación, aunque algunas veces con menos energía y entusiasmo del que sinceramente desearía. Creo que las “cosas de la edad” y la pesadumbre que implican hay que saber llevarlas con humor e ironía, con un cierto distanciamiento de nosotros mismos. Podemos considerarnos mayores pero no viejos en tantas cosas, y sonreír agradecidos y sin amargura cuando alguien nos cede su asiento en el metro o en el autobús (sirva como símbolo tomado de la vida cotidiana). Precisamente, Enrique Miret escribió un

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libro original y sugerente –que antes ya he citadosobre Cómo llegar a ser mayor sin hacerse viejo (Espasa, 2006) que está lleno de consideraciones y recomendaciones para esa etapa de la vida A lo largo de mi vida he dosificado lo mejor que he sabido una ciertas “curas de silencio” que han beneficiado a mi equilibrio psíquico y me han ayudado a superar el cansancio y la tristeza. No siempre se trata de escapadas a recintos monásticos de silencio propicios a la oración y la contemplación, sino pausas en el ritmo personal de vida o disminución en la intensidad del mismo, recursos para aliviar la tensión excesiva que mantenemos y que son instrumentos que cada uno debemos buscar, en un intento sincero de interiorización serena y de positiva esperanza. Son ejercicios saludables que nos ayudan a conocer, aceptar y sanear la espesa densidad de la condición humana –empezando por la nuestra, personal e intransferible- y considerar a las personas amigas y cercanas que nos apoyan como uno de los tesoros más valiosos de la vida, según ya he dicho. Estas son algunas de las “cosas” que me han acompañado a lo largo de mis días, que han marcado, enriquecido y limitado mi trayectoria vital. Siento por ellas, como ya he dicho, un inmenso agradecimiento, también un equipaje ambivalente de densidad y alegría, de incertidumbre y búsqueda, de ansiedad y sosiego.

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ÍNDICE

Introducción ..................................................... 4 En un lugar de Galicia .................................... 14 Primavera romana ........................................... 20 Territorio de Vallecas....................................... 30 ¿Cambio de rumbo? ........................................ 42 Tercera edad ................................................... 61 Sonata de invierno .......................................... 65 Equipaje de fondo ........................................... 72 Índice .............................................................. 84

Madrid, abril de 2013.

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EL VUELO DE LA MEMORUA  

recopilación de fragmentos autobiográficos

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