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Afirmamos que es necesario pensar en los extremos, convencid@s de que para hacer posible el pensamiento y la acción debemos ocupar el lugar de lo imposible. Queremos hacer de esa nuestra experiencia política, decidimos pensar y hacer lo que la política dominante (la “Ciencia Política” así con mayúsculas y pulcritud) declara imposible. No le tenemos miedo a las contradicciones; a ensuciarnos las manos -recordamos, “campo de batalla”-. Así lo llamamos y así lo hacemos. Sin miedo a transformarnos avanzamos, escribimos, marchamos, militamos intentando construir el hombre y la mujer nueva. Sabiendo que “no nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotr@s”. Así que bienvenidos sean los desafíos:


¿CRITICA DE LA CIENCIA POLITCA ´ ´

O CIENCIA POLITICA CRITICA? ´ ´

a disyuntiva que se condensa en el título que encabeza estas líneas dista de ser meramente semántica. Antes bien, remite como correctamente sugiere el nombre de la Mesa que nos co nvo ca - a u n p ro b l e m a epistemológico central. ¿Desde dónde nos paramos para analizar y transformar la realidad? O mejor aún: ¿de qué manera la concebimos (en el doble sentido de la palabra: tanto en términos de entendimiento como de autoconstrucción)? ¿Debemos para ello apostar a la elaboración de una ciencia política crítica, o más bien realizar una despiadada crítica de la ciencia política en tanto tal? Como buenos marxistas (de tendencia groucheana) podemos escamotear el dilema y asumir a este oximoron como un desafío necesario, aunque negándonos a elegir por una u otra alternativa. Al respecto, tal vez sea pertinente apelar a la conocida broma en la cual el ácido humorista Groucho Marx retruca al clásico interrogante: “¿Té o café?”, expresando “¡Sí, por favor!”. La respuesta que subyace a este chiste (retomada recientemente por Slavoj Žižek con el propósito de rechazar la falsa dicotomía entre lucha de clases y posmodernismo), quizás permita sortear el entuerto al que nos somete uno de los ejes principales de estas Jornadas. Como supo indicar con un dejo de ironía este intelectual esloveno, “podemos estar en misa y también en la procesión”. A riesgo de resultar esquizofrénicos (¡¿pero quién no lo es en esta sociedad?!, increparían Deleuze y Guattari), cabe entonces optar de forma simultánea por ambos significantes. Pero veamos específicamente cómo. Quienes estudiamos, investigamos, trabajamos en instituciones públicas o ejercemos la docencia teniendo como principal referencia a este invariante vocablo (la “ciencia politica”), debemos lidiar a diario con un problema existencial. Rechazamos la concepción hegemónica de la ciencia política y, sin embargo, formamos parte -nos guste o no- de espacios que la veneran; intentamos combatirla (dentro de nuestras magras posibilidades y siempre condicionados por el inestable territorio que habitamos) y, a la vez, la reproducimos como “disciplina” autoproclamada veraz; nos angustiamos cotidianamente y, no obstante, continuamos sintiéndonos cómplices de prácticas y saberes que poco y nada tienen que ver con una vocación

emancipatoria y dialógica de reinvención de la política. En suma: pareciera que somos forzados a involucrarnos en un juego cuyas reglas nos son ajenas e incómodas, en especial porque nos ensimisma en el rol de meros espectadores, supuestos “especialistas” que, en rigor, creen conocer casi todo acerca de casi nada, y pretenden auscultar la realidad con una mirada obtusa y parcial, pseudo-objetiva y descontaminada. Salvo contadas excepciones, nuestras carreras nos preparan, en buena medida, para analizar cómo se libra una desigual batalla de esgrima (tal es la metáfora a la que acude Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la Cárcel), deporte éste compuesto, desde la perspectiva hegemónica de la ciencia política, por un conjunto de inviolables reglas que, además de obligarnos a jugar en un terreno acotado y hostil de la realidad (por caso, las instituciones estatales, el escenario público del poder o los procesos electorales), eternizan la escisión entre gobernantes y gobernados (no otros son los contrincantes que entablan aquel agónico duelo) y desacoplan su accionar de las restantes “dimensiones” que constituyen a la sociedad. Pero esta, y al parecer no otra, es la ciencia política realmente existente, y sus procedimientos y formas de aprehensión de lo real distan de ser neutros, por lo que nuestra perspectiva no puede ser la misma que la que nos propone el enfoque burgués. Lejos de intentar consolidar la autosuficiencia de lo político, la reflexión emancipatoria debe tener por misión constituirse como una teoría inmanente y simultánea de análisis y de lucha, que reconfigure lo atomizado por la propia dinámica de las relaciones sociales capitalistas. Impugnar a la ciencia política dominante supone concebir a la crítica como método, en tanto se diferencia de las concepciones burguesas porque trata de entender la unidad y las interconexiones de lo que se presentan como apariencias fetichizadas y mutuamente desacopladas. Es el intento de establecer la ligazón de estos fragmentos sociales (que, según la óptica de las diversas “disciplinas”, se configuran como realidades disociadas entre sí: lo político, lo económico, lo cultural, lo social, etc.), vale decir, de comprender las aristas de la sociedad, en los términos de la humanidad que las constituye como tales, ya que no son más que formas aparentemente independientes, que surgen -o emanan a partir- de un cúmulo de relaciones orgánicas vinculadas entre sí. En palabras de Georg Lukacs, “no es el predominio de los motivos económicos en la explicación de la historia lo que distingue en modo decisivo al marxismo de la ciencia burguesa, sino el punto de vista de la totalidad. La categoría de la totalidad, el predominio universal y determinante del todo sobre las partes es la esencia del método que Marx tomó de Hegel y que puso, de modo original, en la base de una ciencia totalmente nueva”. vista de la totalidad. La categoría de la totalidad, el predominio universal y determinante del todo sobre las partes es la esencia del método que Marx tomó de Hegel y que puso, de modo original, en la base de una ciencia totalmente nueva”.


La crítica como “ciencia revolucionaria” busca así desnaturalizar las disciplinas, “desdisciplinar ” nuestra mirada respecto a cómo se edifica, perpetúa o quebranta la sociedad. A esto apunta Marx en su monumental e inconclusa obra El Capital: es necesario -nos dicedemostrar que detrás de la mercancía está el valor, y que la substancia de éste es el trabajo, o sea, nosotros (sujetos subalternatizados bajo un modo de existencia trágico: como “fuerza de trabajo”). De manera análoga, lo propio debemos hacer con respecto a lo político como esfera rigidizada y totalmente escindida de la cotidianeidad de los seres humanos, integrada por una infinidad de átomos dispersos e inconexos unos de otros: los ciudadanos. Atentando contra esta visión conservadora de la realidad (que la desdobla y eterniza, por un lado, en igualdad formal en el cielo estatal y, por el otro, en desigualdad real en la tierra mercantil), Gramsci nos alerta con un interrogante que, en rigor, constituye un verdadero programa de acción: “¿Se quiere que existan siempre gobernantes y gobernados o se quieren crear las condiciones en que desaparezca la necesidad de la existencia de esta división?”. Retomando esta herencia filosófico-política, debemos ser capaces de romper con el estrecho marco de las disciplinas, y ello no se hace a partir de una mera “interdisciplinariedad”, porque seguiríamos parándonos desde ese compartimento estanco (la “e s p e c i a l i d a d ” ) y s u s l í m i t e s claramente establecidos (la sociología, la economía, la ciencia política, etc.), algo propio de la perspectiva liberalburguesa. Por el contrario, nuestro punto de partida debe ser el de una teoría crítica de la sociedad, tal como nos proponen Theodor Adorno y Max Horkheimer. Mientras buena parte de las corrientes intelectuales de las llamadas Ciencias Sociales ponen el énfasis en la necesidad de sistematizar

una visión “científica” de la sociedad y el Estado, intentando formular leyes y categorías despojadas de toda subjetividad y que permitan ante todo definir sus respectivos objetos de estudio, a contrapelo, al igual que los integrantes de la Escuela de Frankfurt, intelectuales revolucionarios europeos como Antonio Gramsci, Georg Lukács o Karl Korsch, así como los latinoamericanos René Zavaleta, Agustín Cueva o José Aricó (por nombrar sólo algunos de los cientos de militantes que han aportado a este proyecto), nos sugieren elaborar una “teoría política del proceso revolucionario” que contribuya a fortalecer la dimensión praxiológica del conocimiento. Y es que la potencialidad de la “ciencia” no ra d i c a b a , p a ra e l l o s , e n u n a comprensión descontaminada y aséptica de la realidad, ni en un mayor poder “explicativo” de los conceptos,

sin o en ser una matriz de intelección -y a la vez una confrontación práctica- contra la expropiación del saber y la fragmentación del sujeto colectivo, así como de la propia sociedad. El motor último de sus elucubraciones era, ante todo, la necesidad de concebir a la producción de un corpus teórico en relación inmanente con la intervención práctica (que desde luego, dista que ser homologable al el mero “practicismo”). No obstante, huelga aclarar que esta primacía de la totalidad concreta (o perspectiva crítico-dialéctica u holista) no implica negar la especificidad de lo político en la sociedad capitalista en tanto ilusión real, pero sí comprender que su particularización extrema como “dimensión” no es un hecho acabado, sino parte de una lucha diaria por perpetuar in eternum la realidad burguesa como conjunción de instancias disociadas entre sí,

despolitizando (o bien repolitizando desde una óptica emancipatoria) a cada uno de estos restantes “ámbitos” de lo social. En este punto, cabe expresar junto con Lukacs que si bien “el aislamiento abstractivo de los elementos de un amplio campo de i nve st i ga c i ó n o d e co m p l e j o s problemáticos sueltos o de conceptos dentro de un campo de estudio es inevitable, lo decisivo es saber si ese aislamiento es sólo un medio para el conocimiento del todo, o sea, si se inserta en la correcta conexión total que presupone y exige, o si el conocimiento abstracto de las regiones parciales aisladas va a preservar su autonomía y convertirse en finalidad propia”. Por ello no es del todo errada la afirmación del marxista brasileño Carlos Nelson Coutinho de que la relativa “exclusión” de la economía del campo visual, le permitió a Gramsci desarrollar de modo creativo los a s p e c t o s propiamente políticos de la t e o r í a marxista, que habían sido tratados de forma superficial hasta ese entonces: “esta concentración en lo político -dirá- significa que Gramsci tiende a ver todas las esferas del ser social a partir del ángulo de su relación c o n l a p o l í t i c a ”, a u n q u e s i n desacoplarlas como partes de un proceso de totalización que las dota de sentido y les otorga coherencia. Y es que estas reflexiones del pensador italiano -insistimos: de crítica y polémica con las ciencias sociales “particulares”- resultan indisociables de una categoría global como es la de bloque histórico (original forma de aludir a la sociedad capitalita como totalidad dinámica y en permanente transformación, que involucra a lo “objetivo” y lo “subjetivo” de manera orgánica e interdependiente).



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