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Los mártires, una llamada a vivir la condición martirial de la fe El siglo XX de la iglesia católica y en especial de la iglesia católica española estuvo regado por la sangre de un llamativo número de mártires, algunos con nombre propio y otros muchos anónimos. Muchos de ellos, sin embargo, no encontraron el reconocimiento debido. Y el argumento para justificar esa tibieza ha sido con frecuencia una determinada definición del mártir como aquel que es asesinado por el «odio a la fe». Aunque esa definición es reciente en la tradición teológica, no habría nada que objetar a ella si se comprende debidamente lo que se quiere decir con esa expresión «odio a la fe». De entrada, tenemos que afirmar algo que se supone que todos deberíamos tener claro: la fe no es una mera doctrina intelectual. Por eso el «odio a la fe» no es el odio sólo a una doctrina o a un sistema intelectual, sino a una actitud práctica, a un modo de vivir. Es fácil comprender también que la Iglesia busque asegurar cuál fue la causa del martirio para evitar la frecuente tendencia de todos los grupos a manipular las muertes en beneficio de los propios intereses grupales. Muchas víctimas de América Latina cayeron en manos de asesinos católicos que quizás profesaban con los labios la misma fe, pero que odiaban su defensa y opción por los pobres. Jesús mismo murió a manos de sus correligionarios judíos (de la autoridades religiosas), que odiaban no la fe judía, sino el modo como Jesús la leía sacando consecuencias para la vida, lo que suponía una amenaza para la cúpula religiosa del momento. Muchos asesinados en nuestra Guerra Civil fueron seguramente excelentes personas en su fuero interno, pero será siempre difícil dilucidar si a sus asesinos les movía el odio a la fe como tal o la rabia por un pecado social del que la iglesia en cierto sentido era también responsable. Precisamente después de un largo proceso de discernimiento por parte de la iglesia en el que hablan los testigos, se reconstruyen las historias y quedan patentes las actitudes y los motivos, como todos sabéis, el 13 de octubre próximo en Tarragona tendrá lugar la Eucaristía de la Beatificación de un grupo numeroso de mártires del siglo XX, entre los cuales se hallan siete miembros de la iglesia de Jaén: Manuel Basulto Jiménez, obispo; Felix Pérez Portela, vicario general; Francisco Solís Pedrajas, párroco de Mancha Real; Franciso López Navarrete, párroco de Orcera; Manuel Aranda Espejo, seminarista de Monte Lope Álvarez; José María Poyatos, joven de Acción Católica; y Victoria Valverde González, religiosa de la Divina Pastora de Martos. En ellos está representada nuestra iglesia diocesana al completo, con toda su riqueza de carismas y ministerios: el sacerdocio, el laicado y la vida religiosa. Muchos jiennenses se desplazarán en octubre para participar en la celebración de la beatificación, que será, ciertamente, un acontecimiento importante. Pero tal acto no puede quedarse en ser un evento puntual, del que se guarde sólo una cierta feliz memoria. El hecho del reconocimiento de la ejemplaridad de estos hermanos nuestros que dieron testimonio de la fe con la entrega de la propia vida ha de ser para nosotros motivo de reflexión y acicate para la toma de conciencia de nuestra tarea y misión en la sociedad y en el mundo que nos ha tocado vivir. Y es que mirar el martirio de algunos hermanos que nos precedieron en la fe tienen que servirnos para recordar la exigencia de la dimensión martirial en nuestra condición de creyentes. Se trata de aprovechar (en el buen sentido del término) la celebración de nuestros


mártires, para aquilatar la noción de mártir, porque es fundamental para la fe cristiana. Yo aquí quiero poner solo la semilla de una reflexión que creo que todos deberíamos desarrollar y hacer nuestra con motivo de la beatificación. Ya el Nuevo Testamento deja claro que la existencia cristiana es conflictiva. En una de sus primeras cartas escribía San Pablo: «que nadie titubee en estas tribulaciones, pues vosotros mismos sabéis que a eso estábamos destinados. Pues cuando estábamos con vosotros, ya os preveníamos que hemos de ser atribulados, como así aconteció y bien sabéis» (1Tes 3,3-4). La razón de estas atribulaciones está, el mismo Jesús lo había avisado, en que los valores del Reino no son los valores de este mundo (ver Jn 18,36). Por otra parte, el autor de la Primera Carta de Pedro se dirige a sus cristianos en momentos que son también de persecución o de tribulación y se considera a sí mismo «testigo (literalmente, en griego ìÜñôõò) de los sufrimientos de Cristo» (1Pe 5,1). Al expresarlo así, deja claro que no se considera testigo del hecho de que Cristo haya sufrido, sino del valor de esos sufrimientos. Y es que Jesús en el Nuevo Testamento no es un «héroe» en el sentido antiguo: su muerte no es una muerte gloriosa a los ojos del mundo; pero en cambio sí es, como dice el Apocalipsis «el testigo fiel» (Ò ìÜñôõò Ò ðéóôüò, Ap 1,5 y 3,4). Así pues, nos hemos encontrado ya en el Nuevo Testamento con la palabra «testigo» que dará después origen a nuestro término «mártir». No obstante, cuando estallen las primeras persecuciones, casi pesará más en la terminología cierto influjo estoico que hace tomar en cuenta la coincidencia entre obras y palabras, que está más en la línea de lo heroico. Y se unirán así en la comprensión del mártir las dos realidades, la del testimonio y la de la consecuencia entre palabras y obras. El documento que relata el martirio de Policarpo de Esmirna († ca 155) aporta un dato más de interés. Según su autor, Policarpo no fue solo un «maestro insigne», sino también un «mártir excelso», con lo que coloca el martirio en la línea de la enseñanza, modificando así el concepto de enseñanza y colocándolo como cumbre de la misma. En realidad, el maestro debe enseñar no solo con su palabra, sino también y sobre todo con su vida. Falta solamente añadir que junto con esta comprensión del martirio como la prestación de testimonio se desarrolla en la iglesia otra que va más en la línea joánica: entregar la vida por los demás como expresión suprema de amor (ver Jn 15,12-13; 1Jn 3,16). Así que resumiendo, el mártir es testigo; un testigo capaz de actuar de acuerdo con la fe que profesa con los labios; cuyo modo de vivir es la mejor enseñanza; y que, llegado el caso, es capaz de dar la vida en señal de amor. Este rápido vuelo por el Nuevo Testamento y por la iglesia primitiva nos hace sacar dos conclusiones. La primera, que el martirio es un don, que puede ser aceptado, pero no debe ser buscado. Esta es la diferencia del mártir con otros que aceptan tanto morir como matar. O con fanáticos que sólo buscan la defensa de su propia causa, o en el peor de los casos, a sí mismos. La muerte del mártir no es la del kamikaze, ni la del suicida; no es ni siquiera como la del soldado en la guerra. Todos estos, de algún modo, van ellos a la muerte. El mártir, en cambio, la recibe pasivamente: lo único que hace es no quitarse de en medio cuando la muerte se aproxima. También en esto el mártir es como Jesús. La segunda conclusión es que el testigo es aquel que «da fe». Es decir, el mártir es generador de fe, porque su testimonio, entre todos los testimonios, es el más creíble.


El martirio es, pues, un regalo de Dios para el mártir. Y el mártir es un regalo de Dios para su pueblo. Por eso, olvidar a un mártir es, sencillamente, desoír una enseñanza, cerrar los propios oídos o endurecer el corazón para que no nos penetre. No podemos olvidar a nuestros mártires. Un modo de olvidar a los mártires es olvidar la dimensión martirial de la vida de todo cristiano y de la iglesia toda, porque la vida y la muerte de los mártires es una llamada de atención y un recordatorio a vivir esa condición martirial que está inscrita en las promesas bautismales de cada creyente. Pero ¿qué significaría para nosotros vivir nuestra condición martirial, nuestra condición de testigos que es esencial en la fe cristiana? Inspirándome en lo arriba expuesto, tengo que aludir a cuatro actitudes fundamentales: La primera actitud: el testimonio. Ser cristianos es ser discípulos del Señor, y testigos de su palabra y de su presencia en el mundo. No somos creyentes para hacer actos de culto, ni para salvarnos, o, al menos, no solo para eso. Somos creyentes y por eso evangelizadores. Somos creyentes que queremos atraer a otros a la fe. Como el autor del cuarto evangelio que, después de relatar la muerte de Jesús, apostilla: «El que lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis» (Jn 19,35). Parece que al final del evangelio no es Juan el que habla, sino aquellos que por su testimonio han venido a la fe, y comentan: «Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero» (Jn 21,24). La celebración de nuestros mártires nos interroga sobre la calidad de nuestro anuncio del evangelio y de nuestro testimonio para que el mundo crea. La segunda actitud: la coherencia. «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen», dijo Jesús a la gente y a sus discípulos (Mt 23,2-3). Pudiera ser que nosotros hiciéramos una excelente proclamación del kerigma, que anunciáramos la verdad con palabras convincentes y que nuestro testimonio sea verdadero. Pero hoy, más que nunca sobran palabras y hacen falta hechos concretos que refrenden las palabras. La celebración de nuestros mártires nos interroga sobre nuestra coherencia de vida y nos empuja a vivir en la cotidianidad la fe que profesan nuestros labios. La tercera actitud: enseñar con la vida. En los últimos años venimos de nuevo insistiendo en la idea de que la catequesis no puede ser comprendida ni practicada como una mera transmisión de doctrina, sino, sobre todo y primariamente como el ámbito en el que se propicie el encuentro con el Señor. Sólo una vida vivida en relación profunda con el Señor es capaz de provocar en los que la contemplan la apertura que Cristo necesita para entrar y quedarse. La celebración de nuestros mártires nos invita a ser, desde la humildad, pero también desde la autenticidad, menos transmisores de conocimientos y más maestros a imagen del único Maestro que enseñó sobre todo con su vida. La cuarta actitud: dar la vida como señal de amor. La iglesia en algunos países está sufriendo dificultades serias y muchos cristianos, persecución, incluso hasta la muerte. Aquí, en nuestro país, la fe cristiana no está pasando por su mejor momento. Pero seguramente a ninguno de los que estamos aquí la historia nos va a poner en la tesitura de tener que dar la vida, así de golpe, toda entera, como le pasó a nuestros mártires de


Jaén del siglo XX, haciendo de la muerte un signo de amor a Jesús y a los hombres, los hermanos de Jesús. Pero la celebración de nuestros mártires nos recuerda que sí que nos toca también a nosotros, en nuestra situación actual, dar la vida en señal de amor, desvivirnos, des-vivirnos (es decir perder la vida) cotidianamente, en ocasiones de una forma aparente anodina y prosaica —si me permitís decirlo así— para que los valores del Reino triunfen, para que la justicia siga floreciendo en la tierra, para que la misericordia de Dios pueda anidar en los corazones, para que los pobres sepan que hay un Padre que los ama, para que se rompan todas las cárceles que aprisionan a los hombres y los privan de la dignidad con la que el Creador los engrandeció. Oigamos, pues, de verdad, la enseñanza de nuestros mártires. Recojamos su testigo. Imitemos su entrega. Es el mejor reconocimiento que podemos darles en este año de la fe.


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