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26/04/2007

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educación para la salud Jesús Sánchez Martos Catedrático de Educación para la Salud de la UCM

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“Agua, comunicación y, sobre todo, respeto”

sto es lo que con toda seguridad estaba pidiendo María, una noble anciana de 102 años, hace sólo unos días en el pasillo, tenue pero lúgubre, de un servicio de urgencias de uno de los grandes hospitales de Madrid, sin que nadie, con la sola excepción de una muchacha joven que la hablaba con todo el cariño del mundo, la escuchara. ¡Y seguro que la oían!, porque no cesaba de gritar llorando: “¡que alguien me ayude, que me estoy muriendo!”. Todo su afán era quitarse la sábana que la cubría, y estoy seguro que era debido al calor que todos los que estábamos, por una razón o por otra en ese lugar, estábamos notando. Traumatismo craneoencefálico era el diagnóstico que le habían atribuido a María, y seguro que no había lugar a error, porque portaba un ineficaz vendaje en forma de “casquete” que cubría las 8 grapas con las que el cirujano había cerrado su herida. Semisentada en una camilla con barandillas de seguridad, eso sí, y menos mal que acompañada por ese “ángel de la guarda” que la acompañaba, su cuidadora de la residencia donde vivía, no cesaba de pedir ayuda y de tratar de humedecer su lengua y sus labios con el dedo mojado en su boca, que al tiempo estaba totalmente seca. Ella misma se daba cuenta de la gran necesidad de agua que tenía, por su traumatismo, por su ansiedad, por el calor que todos estábamos soportando y especialmente por su edad. Continuamente pasaban personas vestidas de blanco, a las que María, con sus pocas fuerzas, trataba de llamar su atención y pararlas para solicitar su ayuda, pero todo fue en vano, porque nadie atendía a quien, como cualquier otra persona más joven, merece una atención y un respeto. Al cabo de una hora y media de estar esperando, una enfermera solicitó a otra profesional que también vestía de blanco: “comprueba su saturación (imaginé que de oxígeno, porque de paciencia ya debería de estar sobresaturada), no vaya a ser verdad eso de que está tan grave”. Y mientras esperábamos, María, animada por su cuidadora, nos deleitaba a todos los que allí estábamos con su memoria, recitando las poesías que ella misma creaba constantemente, a pesar de sus 102 años. Cuando tras casi tres horas de espera me dirigí a un celador y le solicité la presencia de un médico para que valorara el estado de

deshidratación severa de María, al menos recibí su comprensión, aunque también su decepción profesional sobre el tratamiento que estaba recibiendo la paciente. Al menos, la llevaron a un “box” y allí nos quedamos los tres, María, su cuidadora y un servidor, hasta que aparecieron dos jóvenes mujeres de blanco, a la sazón enfermeras, que me confirmaron que estaban esperando la decisión de los médicos y que mientras ésta no se diera, María no podía beber agua, algo que ya me temía porque es el protocolo básico de un traumatismo craneoencefálico. Pero lo que nunca pude imaginar es que esas enfermeras me negaran la posibilidad de hablar con un médico para que hidrataran a María por vía intravenosa, algo que también se establece en el mismo protocolo y especialmente a su edad. María, desde su entrada a urgencias, y ya habían pasado casi cinco horas, no había tomado ni una gota de agua, ni por vía oral ni por vía parenteral. ¿Olvido?, ¿desencanto profesional?, ¿profesionales afectados por ese tan de moda “burnout”?, ¿presión asistencial? No lo sé, pero lo que sí está claro es que nada de esto tiene que ver con la falta de agua, de comunicación y de respeto a la que fue sometida María en ese servicio de urgencias. Y todo, según los profesionales que la atendieron finalmente, porque hasta que no se la practicara el escáner de rigor, no se podía tomar ninguna decisión clínica. Y yo me sigo haciendo la misma pregunta que les hice a mis colegas: ¿Tampoco se puede tomar una vía y comenzar la hidratación? Yo no soy médico especialista de urgencias, pero me atrevo a decir que no sólo se puede, sino que se debe. ¿Y qué hacía yo allí? Simplemente ser el “acompañante autorizado” de otra paciente que está siendo atendida, pero sin olvidar que además soy enfermero, médico y ciudadano, tres condiciones que, sin duda, avalaron mi decisión de tratar de ayudar, aun sin conseguirlo, a María. Y no, no siempre hemos de recurrir a la fácil crítica del “sistema” o a los políticos de turno. Cada vez se hace más necesaria nuestra propia reflexión y autocrítica, la de los propios profesionales sanitarios, sobre todo en cuanto a nuestra vocación y necesidades de entrenamiento en habilidades de comunicación. 

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