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NO QUEDAN DIAS DE VERANO No pido que nadie crea lo que contare a continuación, por esta vez solo pido que alguien me escuche. Siento no haberos hablado jamás antes de ella, pero los escasos recuerdos que compartí con vosotros concluyeron con mi visita diaria a un psicólogo. No estoy loco, solo enamorado, por eso aquel hombre jamás dio con mi enfermedad mental. Por supuesto. Es imposible dar con algo que no existe. Al menos no en la mente, no es allí donde se aya mi enfermedad. Mi enfermedad se aya en esa pregunta sin respuesta, en ese instante sin poder olvidar, en ese día de verano que ya nunca volverá. Helena Carter, así se llamaba. Se sentaba delante de mí en física, biología y matemáticas, una buena alumna, una chica brillante que jamás había resplandecido ante mí, hasta ese día. Era el último día de instituto y el calor apenas nos dejaba respirar. Los días calurosos como aquel llevaba camisetas demasiado anchas, como el resto de su ropa, pero de mangas cortas lo cual permitía a mis ojos alcanzar esos escasos centímetros de piel. La tenía pálida y aterciopelada, con un extraño brillo que difuminaba su silueta. Helena llevaba siempre el pelo recogido en un descuidado moño que ella misma se hacía con un bolígrafo nada más entrar en clase, pero aquel día mientras la profesora nos hablaba sobre algo que no escuché, Helena sacó el boli que sostenía su melena, dejando así que una cascada de tirabuzones rojo chocolate bañaran su espalda. Siempre me había fascinado mirarla; era sistemática e insegura. Al salir de clase la observaba alejarse por el pasillo de manera atolondrada, toqueteándose el pelo con nerviosismo y ajustándose las gafas una y otra vez. Posar la vista en ella, era igual que observar el rápido y preciso mecanismo de un reloj. Aparte de eso lo único que sabía yo de ella era su desmesurada curiosidad por todo lo que la rodeaba. Una tarde en la biblioteca, mientras yo me ahogaba en los números irracionales, la vi entre las estanterías. No buscaba nada en concreto, simplemente parecían divertirle los libros sobre elfos y otras criaturas fantásticas. Contemplaba las ilustraciones con minuciosidad y luego dejaba escapar melódicas carcajadas. Me hizo gracia su manera de andar de un lado a otro de la biblioteca. A pesar de sus grandes botas y su desproporcionada ropa, se movía con la misma soltura y elegancia que una bailarina de ballet, parecía flotar de unas estanterías a otras, sin rumbo fijo y observando cada libro como si fuera el primero. “Rara, muy rara” pensé. Cuando por fin el timbre se dignó a sonar, apenas cabían más emociones en clase. Aquel era nuestro último curso escolar, a partir de ese momento todas las personas con las que habíamos compartido nuestra infancia y adolescencia, cogerían un camino diferente. La vida nos tenía preparado un destino in imaginado a cada uno de nosotros, y yo ni siquiera vi acercarse el mío, a pesar de estar a la vuelta de la esquina. Muchos abrazos, besos y fotos después, decidimos irnos todos juntos a cenar pizzas al parque junto al bosque, donde tantas noches habíamos pasado. Audrey, Anah y yo nos encargaríamos de comprarlas mientras el resto iba por la bebida. Audrey y Anah eran probablemente las dos chicas más guapas de mi instituto, las dos tenían un cuerpo de infarto y, por que no decirlo, muy poco cerebro también. No nos costo mucho comprar la comida y acabar los tres tirados en la hierba del parque. Las dos se reían como un par de locas mientras yo les contaba chistes y anécdotas que dudo mucho que entendieran, pero eran preciosas y todo estaba saliendo a pedir de boca. Seguramente cualquiera de las dos habría acabado conmigo esa noche, después de haber bebido y haber hecho un par de carantoñas habría podido irme con Audrey o con Anah a pasar un buen rato, ese era mi plan; pasar mi última noche de estudiante con la alumna más guapa de instituto, pero entonces la vi. Sus bucles rojos brillaban bajo el sol del atardecer más que las estrellas en la noche profunda. No llevaba gafas, ni tampoco esas grandes botas que la caracterizaban, Helena vestía con un vestido blanco que dejaba sus hombros y sus


huesudas rodillas al descubierto. Y la contemplé adentrarse en el bosque, sonriente con algo tan trivial como sentir la textura de la hierba bajo sus pies. Ya había anochecido cuando decidí ir tras ella. No dí explicaciones, simplemente me escabullí entre los arbustos. El bosque estaba oscuro y una extraña sensación me subía por la columna vertebral cada vez que daba un paso adelante. La racionalidad me decía que dejará de buscar, después de todo, yo no sabía nada de Helena Carter y mi mente no podía comprender la curiosidad que de pronto tenía por ella. Más aún, me dije a mi mismo, cuando hay dos chicas espectaculares esperándote. Sin embargo recordar su carita de inocencia, su cuerpecito de muñeca, me provocaba un nudo en la boca del estomago que no podía ignorar. Además todo aquel misterio que la rodeaba, fuera bueno o malo, me atraía como un imán hacia ella. Aquellas dudas que vagaban en mi cerebro fueron las que me impulsaron a seguir buscándola. Siempre he creído que si hay una mínima duda hay que lanzarse a por ello ¿y si era “ella”? ¿Y si esa era mi historia? No podía dejarla escapar sin haberlo intentado siquiera. Una parte de mí, jamás creyó que la encontraría, pero mis ojos se toparon con los suyos cuando ya tenia la esperanza arrastrándose tras de mí. No perecía humana, era demasiado vulgar para ella. Una corona de flores adornaba su cabello, coronándola como la reina del bosque. Sus manos, acariciaban las hojas del sauce en el que se encontraba, con dulzura y parsimonia, como intentando sanarlo. Podría haberme pasado toda una vida observándola, allí rodeada de vegetación y con la luz de la luna como único foco para alumbrarla. Sonámbulo me acerqué a ella, si toda esa situación era un sueño no quería despertar jamás, me miraba divertida retándome a encontrarla mientras se movía entre las hojas del sauce llorón. Iguales que un faro, sus ojos grandes y brillantes me guiaron para encontrarla y poder cogerla de la cintura. Era hermosa, mucho más vista a un palmo de distancia. Su naricita y sus mejillas estaban coloradas por un singular rubor, un rubor natural, mucho más agraciado que el colorete que Anah o Audrey utilizaban. Por su cuello descendían tímidas gotitas de sudor, mezclándose con su pelo. Me acerqué más a ella; olía a lluvia tras una tormenta veraniega, a ese olor embriagador que nos salva del bochorno en las noches calurosas. Reparé en sus orejas, en mi vida había visto algo así, creía que los elfos no existían, pero sus orejitas no podían ser de otra cosa. Las tenias puntiagudas iguales que los duendes, pero mucho más bonitas y delicadas, tan blancas, que me hacían pensar en porcelana fina. - Un elfo…- solo alcance a susurrar estas palabras que tan arrastradas salieron de mi boca. - Una elfa – me corrigió ella alegremente. Realmente no me importaba lo que fuera, solo podía pensar en como no me había fijado antes en ella. Quizás fuera su fama de bicho raro, pero la chica que yo tenia delante de bicho no tenía nada y lo que los demás podrían calificar como raro no era sino extraordinario bajo mi punto de vista. Se puso de puntillas sobre sus diminutos pies y me beso justo en la punta de la nariz; un instante después salio corriendo bosque adentro. No dude y corrí tras ella, dejándome el alma y el aliento en cada zancada, “es ella; es mi historia”. Me dejaría la piel en esa carrera, pero la alcanzaría, la miraría a los ojos y me perdería en ellos, era cuanto deseaba. Un lago con una gran cascada, allí fue donde la alcancé. Todo estaba oscuro y repleto de árboles y demás vegetación, la luz lunar que se filtraba entre ellos era luz suficiente para nosotros. Helena me cogió de la mano y me condujo hasta el interior del lago, dejando a la insegura chica de instituto atras. No pude evitar que I will follow you into the dark sonara en mi cabeza, porque se que la habría seguido hasta el final del túnel si ella me lo hubiese pedido. Por miedo a despertar, a que nada fuera real y todo se desvaneciera ante mí, trate de besarla lento y de que ningún beso fuera el último. El murmullo de su respiración era suficiente para mis oídos, su respiración entrecortada, lenta y dulce, salada como brisa marina. Aquel era mi oxigeno y mi música, aquella canción que bañaba


mi mente desapareció rápido, dejando espacio solo para ella. Se durmió dejando su cabeza apoyada sobre mí, con la brisa de verano como único arropo. Todo lo que quería estaba en ella. Quería su sonrisa como amanecer, y sus besos tibios como anochecer mientras me conduce a nuestra cama; y despertar en la misma con su vida atada a la mía, con sus sueños y los míos caminando juntos por el mismo sendero. Aquella noche, dormí en la cuna de la felicidad, arropado por el sueño de tenerla junto a mí el resto de mi vida. Pero como a la mañana siguiente pude comprobar, que los sueños, sueños son. A pesar de tener su vestido junto a mí y la certeza de que todo fue real plena en mi interior; desperté abrazando el hueco de su ausencia. Me sentí vacío y traicionado, queriendo llorar y sin poder hacerlo ¿Por qué se marcho? Los años se han apoderado de mi vida, y la duda de si fue real crece cada día en mi interior un poco más, pero todo sigue igual en mí desde esa mágica noche. Sigo siendo el mismo loco que se enamoró de una elfa. Ya no pido a Dios por su regreso, ni la maldigo por no estar junto a mi; solo pido que las leyendas a las que he dedicado mi vida sean ciertas, y que los elfos jamás envejezcan. Tal vez así algún día pueda seguirla en la oscuridad, con su juventud y sus ojos negros como única luz al final del túnel.


Ipuin saritua Myriam