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nº1 / otoño 2008

Revista de la Asociación Criar con el Corazón

El apego NÚMERO ESPECIAL


NÚMER O 1 / OTOÑO 2008

NÚMER O 1 / OTOÑO 2008

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Revista de la Asociación Criar con el Corazón

ÍNDICE

EDITORIAL Directora editorial: Subdirectores editoriales: Directora creativa: Director de informática:

Mireia Martín Leticia Jiménez , Alberto Criado. Elena Ferrer Jaume Martínez

Jefa de Redacción: Mireia Martín Equipo de corrección y edición: Susana Fernández, Sara Carmona, Elisa Ramos. Diseño gráfico, maquetación, ilustración, selección de fotografía: Elena Ferrer Fotógrafos: Blanca Martínez, Raquel G. De Flickr: Emily E. Taylor, Javier S. Salcedo, Marc Aguilera, Amy Amos, David C. Dearman, L.J. McAllister, Molly Kiely, Ellen Landrum, Kitta Pals, Evie Curley, Dalla, Marta Dore, Tony McCutchan, Cassie, Lisa Walter, Mike Spinak, Dona Tracy, Alex Hooper. Redactores: Violeta Alcocer, Nuria Otero, Yolanda González, Paloma Martínez, Claudia Pariente, Patricia Marco, Armando Bastida, Mª del Mar Jiménez Rodal, Alexdra, Irene Balsalobre, María Jesús Cabana, Susana Prieto Mori, Sara Cué, Ibone Olza, Ana Sánchez Fabry, Idoia Armendariz, Patricia Sanz, Susana Fernández, Helena Herrero, Paca Moya.

Foto portada: Javier S. Salcedo

CRECIENDO A SU LADO

4 Todos al suelo 5 Presentación de la revista CRIAR

LA ASOCIACIÓN CRIAR CON EL CORAZÓN 6-7 Presentación e historia de ACC 8-11 Entrevista a Alberto Criado, vicepresidente de ACC 12 Decálogo de ACC 13 Reseñas sobre algunas de las actividades de ACC 13-14 -Grupo de lectura. 15-17 -El castigo físico, una reflexión 18-19 -Productos ecológicos, cuidando del mundo 20 -Retirar el pañal o control de esfínteres: el huevo o la gallina 21 -Alternativas a los castigos 22 -De kedadas y encuentros 23-28 -Un viaje con el corazón

TEMA CENTRAL: EL APEGO 29-31 32-34 35-37 38-41

Entrevista a Yolanda González La lactancia y el vínculo mamá -bebé La paternidad, una reflexión Otra crianza y otro mundo es posible

“No dudes de que unos pocos hombres conscientes y comprometidos pueden cambiar el mundo, de hecho son los que siempre lo han cambiado.” Margareth Mead

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42-43 Las rabietas infantiles, o cómo comprender lo incomprensible 44-47 Un bebé en el hospital 48 Mi mejor empleo 49-50 La relación de los niños con la comida 51-52 El llanto y el sueño. 53-54 El contacto físico y el sueño familiar 55-57 El apego a nuestros hijos se manifiesta en sus juegos 58-60 Una reflexión sobre el panora ma educativo y la crianza con apego 61-62 ¿Criar sin límites? 63 ¿Y ahora qué?

NACE UN NIÑO, NACE UNA MADRE 64-65 El apego y el vínculo en el nacimiento 66-69 La importancia de las doulas 70-71 ¡Que no os separen!

LACTANCIA NATURAL 72 Amamantar y trabajar, algunas soluciones 73-74 Entrevista a Amamanta. 75-76 Ayuda práctica a las madres 77-80 Consultorio de lactancia

UN CUENTO 81-82 ¿Qué quiere Nico el hurón?


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Al suelo

Presentación de la Revista CRIAR

Alberto Criado, Vicepresidente de ACC

Paloma Martínez y Mireia Martín, miembros de la Junta directiva de ACC

Hoy he visto cómo la técnica “AL SUELO” funciona. Es una pena que en muchas ocasiones tengamos que recurrir a las llamadas “técnicas” con nuestros hijos. Esas cosas que deberían salir del alma, del corazón, sin esfuerzo, de forma impulsiva, tenemos que hacerlas desde lo racional. Por desgracia, éstas son las consecuencias de nuestra infancia reprimida, de nuestras necesidades primarias no satisfechas, de la represión de todos nuestros deseos, de años y años de machaqueo constante en casa, escuela y entorno social. La enorme carencia emocional que arrastramos nos lleva a eso precisamente, a un estado de carencia, que nos empuja a llenar ese vacío con lo que sea, consumiendo objetos, imágenes, vídeos, literatura intrascendente, etc. ¿Y qué tiene todo esto que ver con nuestros hijos? ¿Con las técnicas y los actos que deberían salir del alma? Pues mucho, lo uno explica lo otro. En muchas ocasiones nuestros hijos nos reclaman de forma directa e insistente, y no lo hacen por capricho. Nos necesitan de veras y nos lo hacen saber, no con palabras explícitas, pero las señales son inequívocas. El problema reside en que no sabemos muchas veces descifrar el mensaje por nuestra ceguera emocional y nuestra consiguiente falta de empatía, y también porque nuestro vacío nos llama y pide ser llenado, aunque sea con algo que se cuela por el desagüe (como consumir materialmente), y entramos en choque con las criaturas. Nuestro deseo, originado por el vacío de nuestra carencia, contra el deseo franco, primario y sincero de nuestro hijo. Si unimos las dos cosas, desconocimiento del idioma y deseo en contra, ya que por regla general no somos capaces de detectar las señales y corremos en dirección contraria, pasamos al capítulo desagradable en que hijo y progenitor lo pasan mal y el segundo hace un ridículo espantoso.

con quien les respeta y les trata como desearía ser tratado) aparece en todo su esplendor. Y más “increíble” aún es, que tras un buen rato de suelo (quince minutos, una hora o dos o lo que sea, el reloj para las carreras, aquí no pinta nada) les dices que tienes que irte a hacer lo que sea y lo aceptan sin decir nada, incluso se van contigo a ayudarte de buena gana y colaboran, o te dicen que les dejes un rato solos o lo que sea, (una vez más demuestran lo maravillosos e increíbles que son) y nosotros nos quedamos pasmados. Pero no hay nada de raro, nosotros somos exactamente igual, si nos tratan con respeto. De este modo, la técnica se define así: si la situación te perturba con un pequeño, ya sabes, al suelo. Y si tu vacío emocional te empuja (p. ej.: es que quiero ir al foro, quiero ver la tele, quiero leer o quiero fregar la cocina) piensa en la técnica y recuerda lo que dice una buena amiga mía, sabia por sentido común, no por títulos: ¿Tienes algo mejor que hacer que estar con tu hijo? Espero que algún día logre llenar mi vacío (pero eso es harina de otro costal) y todo esto salga sin pensar y lo vea como una maravillosa oportunidad a aprovechar y disfrutar, como un tiempo para poder disfrutar a tope junto a esos pequeños sabios que tenemos junto a nosotros.

La Asociación Criar con el Corazón tiene el compromiso de hacer llegar información sobre la Crianza de Apego a cuantas familias la necesiten. Por ese motivo hemos realizado este nuevo proyecto: la Revista Criar con el Corazón. Nos iniciamos con un número temático, que hemos decidido que se centre en el Apego, pues consideramos que este es el núcleo alrededor del que pivota nuestra interpretación del nacimiento, la lactancia, la crianza, la educación, el juego y la misma posibilidad de una sociedad respetuosa con los niños, con los adultos y con el mundo. Este primer número cuenta con la psicóloga Yolanda González como la especialista del tema central, además de con artículos de psiquiatras, pedagogos, psicólogos, enfermeros, doulas, sociólogos y sobre todo con la experiencia de padres y madres conscientes. Sin pretender ser una “guía” del papá, presentaremos una publicación muy elaborada con bases muy sólidas sobre su contenido. Una ayuda para todas aquellas personas que dudan sobre actuaciones maternales que, por desgracia, también están cayendo en desuso. Queremos fomentar un encuentro con nuestro instinto materno y, por supuesto, paterno.

los que presentamos están redactados por madres y padres que, ante todo, están comprometidos con la crianza de sus hijos, avalándose con su propia experiencia y sus conocimientos profesionales, dando prioridad al niño y sus sentimientos. Cada número estará dedicado a cada uno de los aspectos más importantes de este estilo de crianza dando argumentos, con base científica, sobre cada una de las opciones presentadas. Situaciones que todos conocemos, posicionamientos valiosísimos para poder entender cada uno de los procesos evolutivos de nuestros hijos y finalmente orientaciones muy válidas para cada una de las facetas en las que nos encontraremos. Quizá lo más importante de este proyecto no es su encuadre dentro de las revistas para padres, sino su compromiso con la necesidad de empatizar con nuestros hijos, sacar lo mejor de ellos, sin formarnos falsas expectativas sobre su persona, aceptándolos y respetándolos. Nuestra revista tiene un ideario, conforme al Decálogo de la Asociación, y a él se ajustarán los artículos que presentemos.

Pretendemos, con esta revista, ahondar en cada uno de los principios en los que se basa la crianza con apego. Los artícu-

Alberto. 01/04/08. Con nocturnidad y alevosía, robando horas al sueño.

Y ahí puede aplicarse la técnica que mencionábamos: AL SUELO. Así se llama esta técnica, y consiste exactamente en eso, en ir al suelo junto a nuestro hijo, pero ir al suelo de verdad, tumbarse o sentarse en el suelo y entablar una conversación, y después, si procede, una actividad que divierta a ambos. Al poco de tirarte al suelo te das cuenta (si ya vas conociendo el idioma) de que estaba claro, que era eso lo que hacía falta. Todas esas cosas que se llaman injustamente antojos, rabietas, caprichos, y lo que llevan asociado, desaparecen, y la persona capaz, empática, colaboradora etc. que nuestro hija es (nunca dudes que lo son, porque es cierto, pero ojo, sólo lo son

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Presentación e historia de Criar con el Corazón Mireia Martín, Preseidenta de ACC La Asociación Criar con el Corazón nace en 2006 a partir de una iniciativa de un grupo de madres y padres con inquietudes comunes, respondiendo a una necesidad social de crianza basada en el apego y la empatía hacia nuestros hijos. Nuestra asociación pretende divulgar y proporcionar información contrastada, ofrecer apoyo y asesoría a los padres que se sientan en la necesidad de criar sin llantos, con respeto y sinceridad. Queremos ser una red que nos ayude a caminar junto a nuestros hijos en las diferentes etapas de su crecimiento de forma armoniosa. En un mundo desapegado, la Asociación Criar con el Corazón promueve una crianza basada en el apego, el respeto y la empatía. Un nacimiento respetado, la importancia de la lactancia materna, la necesidad de que los niños estén acompañados en el sueño y se mantengan sus ritmos personales en los procesos madurativos sin forzarlos mediante métodos conductistas, el contacto afectivo y físico y la empatía hacia sus sentimientos y necesidades son las premisas que mueven nuestra asociación, que se posiciona contra cualquier forma de violencia verbal o física y contra los castigos sea cual sea su nombre o forma. La Asociación, a fin de lograr difundir la Crianza de Apego y servir de red de apoyo personal para las familias, ha ido afrontando paulatinamente varias iniciativas que culminan en la que hoy presentamos, nuestra revista, la primera, esperamos, de sucesivas publicaciones. Hagamos un poco de historia sobre nuestra trayectoria. Comenzamos abriendo un foro de Internet en marzo de 2006, un espacio virtual de contacto y aprendizaje que creció enormemente, sumándose a los miembros iniciales de la Asociación muchas personas de todo el mundo de habla hispana. Aquí encontraron una aldea virtual en la que, poco a poco, hemos reforzado lazos, estrechado vínculos emocionales muy fuertes, hemos compartido el día a día de nuestros hijos y nuestras alegrías y preocupaciones. Además de eso hemos aprendido mucho juntos, profundizado en temas relacionados con la crianza y su influencia en la sociedad que hoy vivimos y que algún día construirán los niños. Al año siguiente, en marzo del 2007 abrimos la web www.criarconelcorazon.org. En ella se encuentran artículos especializados para consulta sobre los temas de embarazo, parto, lactancia, vivencias de madres y padres

sobre sus sentimientos y aprendizajes en el día a día con sus hijos. Pretende ser un acercamiento directo tanto a la Asociación como a lo que supone la crianza empática, nuestra presentación resumida y visual. En la página también incluimos enlaces a otros grupos y espacios con una filosofía afín y una bibliografía escogida. A través de la página se puede acceder a toda la información sobre las actividades de ACC. Uno de los espacios que ofrece la página Criar con el Corazón es el enlace a nuestro Servicio de Noticias, una continuamente actualizada exposición de novedades, informaciones, actos y convocatorias de otros grupos y asociaciones, que pueden, a través de él, hacerse más presentes en el espacio virtual y llegar a todos nuestros visitantes.

co, que hemos decidido que se centre en el Apego, pues consideramos que este es el núcleo central alrededor del que pivota nuestra interpretación del nacimiento, la lactancia, la crianza, la educación, el juego y la misma posibilidad de una sociedad respetuosa con los niños, con los adultos y con el Mundo. Ahora nos sentimos formados, que hemos avanzado, que nos hemos conocido, que sabemos adónde vamos y lo que pretendemos. Hemos cambiado y hemos aprendido mucho estos dos años. Ahora, podemos, por tanto, lanzarnos a nuevos proyectos de los que os mantendremos informados en los siguientes números de esta revista.

La experiencia de ver cómo crecía Criar con el Corazón, de la que soy Presidenta, ha formado parte de mi vida en estos últimos años y ha marcado mi evolución como persona, ofreciéndome una red, una tribu como las de antaño, un lugar donde no sentirme forastera en tierra extraña. Espero que nuestra Asociación sea eso mismo para otras muchas familias y por ese motivo seguiremos trabajando con ilusión y entrega.

Continuamos creciendo y afrontando nuevos retos. En Noviembre de 2007 iniciamos nuestras actividades presenciales en la Comunidad de Madrid, comenzando con las reuniones periódicas de nuestro Grupo de Apoyo a la Crianza. A lo largo de los últimos meses del 2007 y en este año hemos realizado varios talleres lúdicos e informativos, además de iniciar un ciclo de conferencias. Dicho ciclo de conferencias, bajo el título “Una crianza sin violencia” pretende informar a las familias y formarlas, dotándolas de argumentos teóricos y técnicas prácticas para que puedan proteger a sus hijos y aprender ellos mismos a cambiar el mundo cambiando el modo de crianza. Las dos conferencias hasta ahora realizadas “Las violencias invisibles” y “Detección de abusos sexuales” fueron presentadas por Violeta Alcocer y Beatriz Murcia. Asimismo hemos realizado actividades como un “Taller de pintura de dedos”, un “Taller de danza libre”, una conferencia sobre “Productos de limpieza e higiene ecológicos” y una charla de la pedagoga Nuria Otero sobre “Control de esfínteres”. Después del éxito de estas actividades hemos deseado seguir creciendo y poner a disposición de socios, simpatizantes y lectores una publicación, la Revista Criar con el Corazón. Una revista que sirva de cauce para publicitar nuestra filosofía y nuestras actividades, así como para reunir material de lectura y estudio que creemos que es indispensable para mantener, afianzar y avanzar en lo ya conseguido. La Revista se inicia con un número temáti-

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Entrevista a Alberto Criado, vicpresidente de ACC Sar a Carmona En este primer número hemos querido entrevistar a Alberto Criado de la Cal, nacido hace treinta y dos años “en un siniestro hospital madrileño de la época”, según sus propias palabras. Es miembro de la junta administrativa de la Asociación Criar con el Corazón, aunque últimamente está volcado en la segunda mayor aventura de su vida, la crianza de su precioso hijo Íker, de seis meses, junto a su pareja, Alicia, y su pequeña cicerone de la vida, Alba, de cuatro años. Los cuatro miembros de esta hermosa familia viven en Colmenar Viejo, rodeados del campo que tanto les gusta. Alberto no quiere que su profesión ni sus estudios aparezcan en esta entrevista, porque “son criterios de clasificación de nuestra sociedad patriarcal y capitalista, en la que se mide lo que eres por cuánto tienes, por el prestigio de la actividad con la que ganas dinero, por los “titulitos” que tienes, sepas o no sepas, por si cumples o no con las normas o protocolos establecidos, etc.; para mí eso no tiene valor, no comparto esa forma de clasificar o valorar”. La sinceridad y energía que se desprenden de esta afirmación son características de nuestro entrevistado, que es capaz de contagiar su entusiasmo a todos los que están a su alrededor. Una mirada profunda y curiosa y una risa siempre a punto son también la marca de la casa. A lo largo de la entrevista usa espontáneamente la primera persona del plural, y es que Alberto no puede hablar de crianza sin incluir a su pareja, con la que forma un compenetrado equipo. -Cuéntanos cómo conociste la crianza con apego. -La conocimos una noche en que la “desesperación” (y la ignorancia) nos hizo llamar a una monitora de la Liga de la Leche. El que nuestra hija reclamara brazos constantemente nos parecía durísimo y un gran problema. María Jesús me dijo: “¿Cómo van los bebés primates?”. Esa frase tan simple pero a la vez aplastante fue un mazazo en nuestra cabeza, ¡era algo totalmente elemental! Aquello nos hizo buscar en Internet, comenzar a leer libros que nos recomendó ella, etc. Así empezó todo. -¿Qué ideas tenías antes sobre crianza? -Básicamente no tenía ideas. Como es habitual en nuestro entorno, no había vivido de cerca ningún proceso de crianza, para mí un bebé o niño era algo totalmente desconocido. No sabía nada, no había vivido nada, no había leído nada, sólo tenía en la cabeza cuatro ideas prefijadas de ésas que dice todo el mundo (yo las llamo chascarrillos) o que salen publicadas en las revistas, que, bajo mi criterio, son casi todas erróneas.

-¿Cómo fue el cambio de mentalidad? -El comienzo del cambio fue muy rápido. Como he dicho, aquella frase nos dio la vuelta a la cabeza y según llegaba información “alternativa” asentíamos sin parar, el castillo de naipes se había caído. Pero había que construir algo nuevo, en ello estamos aún, y supongo que no acabaremos nunca: lo que comenzó como colecho, teta a demanda, brazos a demanda, etc. ha seguido avanzando hacia una nueva forma de hablar con los pequeños, la consideración de sus emociones y necesidades (empatía), el mirar hacia nuestro interior y experiencias pasadas... Según crecen nuestros hijos vamos creciendo con ellos. -En esa búsqueda has leído bastante, ¿cuáles dirías que son tus libros de cabecera o autores de referencia? -Cada momento y cada asunto tiene los suyos. En los comienzos fue Carlos González, luego las lecturas fueron ampliándose. Últimamente las más importantes han sido las de Casilda Rodrigáñez y Alice Miller, pero seguimos ampliando. -Muchas veces te he oído expresar asombro por la diferencia entre los descubrimientos de los científicos y lo que habitualmente se oye en nuestra sociedad. Tú lo sueles llamar “las mentiras que nos cuentan”. -¿Que yo digo eso? Vaya, debo de tener mala memoria. Lo que vemos entre lo que decimos nosotros y lo que habitualmente oímos es simplemente un choque de intereses, al final todo se reduce a eso. Nosotros defendemos el atender a las criaturas, el satisfacer sus necesidades, el dar prioridad a lo humano frente a lo económico o material. En cambio, lo que escuchamos habitualmente va en sentido contrario. Se cubre la verdadera intención con múltiples artimañas y rodeos, que son aceptados sin cuestionamiento por todo el mundo (yo no me lo cuestioné hasta que mi hija no me empujó a ello). Estos razonamientos o explicaciones parecen ser muy lógicos y coherentes, estando todos ellos bien conectados entre sí, pero no es cierto: la base, los razonamientos de partida son falsos. Cuando te das cuenta de eso, el castillo de naipes se cae por sí solo, pero es difícil verlo, todo encaja, si obvias los razonamientos de partida todo funciona y es lógico. Un ejemplo perfecto de esto que te cuento es el libro famoso ése en que te cuentan cómo enseñar a dormir a un niño. En ese libro se parte de que un niño / bebé no sabe dormir y hay que enseñarle (cosa que no es

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cierta), de que ha de dormir y conciliar el sueño sin compañía salvo excepción de un muñeco y no sé qué más (esto también es algo absurdo), y de que el hecho de que un niño llore no le provoca daño alguno (lo cual es una tremenda falsedad). Pero si no nos cuestionamos esto y seguimos leyendo, acabamos dando la razón a este señor, todo salvo las condiciones de partida son de una lógica aplastante. ¿Y qué buscan todas estas artimañas, rodeos y falsos razonamientos? Que no dediquemos a nuestros hijos el tiempo y la atención que se merecen, tenemos que estar produciendo y consumiendo. Los que criamos así no somos “fieles” a la mecánica de esta sociedad: para nosotros lo primordial son las criaturas, para la sociedad en que vivimos lo primordial es lo material, ése es el choque que vemos y vivimos todos los días. -¿Y cómo es posible que este discurso logre acallar la voz de nuestro instinto? -La presión es muy fuerte, en cuanto alguno sacamos los pies del tiesto el aluvión de críticas no se hace esperar, y si las críticas no funcionan luego llegan los augurios tremendistas (que luego nunca se cumplen), y finalmente, si todo esto falla, se llega al rechazo. No es fácil soportar esta situación. Fíjate que incluso viendo o intuyendo el camino a seguir y estando “seguro” de ello, no logras ir hacía allá a pesar de que lo intentas, acabas cayendo en lo que desprecias y en lo que no quieres caer (regañando, haciendo chantaje emocional, castigando, gritando, etc.). Esto ocurre por las experiencias que hemos vivido, sólo hemos vivido lo contrario de lo que queremos y aunque lo intentemos no logramos hacer otra cosa (Alice Miller lo llama pulsión a la repetición). Nos faltan herramientas, y cuando la situación se nos va de las manos, caemos en aquello que tenemos grabado desde nuestra infancia. Necesitamos crear nuevas herramientas, esquemas o pautas, lo cual no es nada fácil, el crear un nuevo camino requiere de muchos esfuerzos y de mucha reflexión interior. Al final te das cuenta de que el problema no son los pequeños, somos nosotros y nuestra “herencia”. -¿Conocer la importancia del apego en el desarrollo emocional de los niños y los adultos ha repercutido en alguna otra faceta de tu vida, además de la crianza de tus hijos? -Ha supuesto un camino sin retorno en mi vida, ha supuesto y sigue suponiendo un cambio intenso y profundo, y eso influye en todos los aspectos de la vida. Una cosa se va ligando con la otra y la percepción de todo

lo que te rodea va cambiando. Por ejemplo, ha supuesto un gran cambio en la forma de percibir la organización social y económica. También ha modificado mis prioridades vitales, ha cambiado mi forma de relación con los demás (mayores y pequeños), ha cambiado la forma de verme a mí mismo, y muchas cosas más. -En este sentido, podría decirse que, al contrario de lo que se suele suponer, han sido tus hijos quienes te han enseñado algo, y no a la inversa. -Nosotros siempre lo decimos, Alba ha sido quien nos ha empujado, y aún lo sigue haciendo. Ella, al ser la primera, va rompiendo barreras en todas y cada una de las etapas de su vida. Según van apareciendo, nos damos cuenta de nuestra falta crónica de recursos para hacer las cosas como sentimos que debemos hacerlas, y hemos de estar constantemente observando, informándonos y, sobre todo, escuchando lo que ella nos dice. Su sabiduría y su natural saber hacer son aplastantes. Nos enseña mucho. Con Íker va todo mucho más rodado. A veces con él creemos que ya lo sabemos todo, pero no es cierto, él también nos enseña cosas. Es diferente a Alba, todos los niños y niñas lo son, y cada uno tiene sus propias necesidades, por eso siempre hay que estar observando, a la escucha, siempre improvisando y buscando lo necesario en cada momento y necesidad. Esto último me parece muy importante, no sé dónde leí algo así como que “si no estas improvisando en todo momento con tus hijos, algo falla”, y me parece totalmente cierto.

-La forma en que nos criaron influye decisivamente en nuestra forma de criar, ¿no es así? -Evidentemente, es fundamental. Marca nuestra mente, deja una fuerte impronta que marca nuestra forma de comportarnos y de sentir. Son las herramientas y esquemas de comportamiento que cité antes. Lo que vives se guarda, se almacena y queda grabado para posterior uso. Dorothy Corkille Briggs dice que nos alimentamos de lo que nos rodea y abunda, y ésa es una gran verdad. Y eso ocurre, aunque no queramos, lo que vemos y vivimos nos deja marca. No olvidemos que la niñez es la etapa de mayor “plasticidad” y capacidad de aprendizaje de nuestra mente. -¿Y en qué notas tú esa influencia a la hora de afrontar los problemas cotidianos que surgen en la crianza? -Se ve claramente cuando las cosas se descontrolan, la

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pulsión a la repetición salta como por resorte, surgen esas formas que vivimos y que denostamos, pero surgen y las llevamos a cabo nosotros mismos, una vez más. La diferencia es que somos conscientes y, según trabajas el asunto contigo mismo y con los demás (cuanto más se hable y trate mejor), más vas interiorizando las nuevas formas y menos veces te encuentras sin recursos, es decir, menos veces te ves desbordado y surge lo antiguo. Ésta es la parte visible de esa influencia; luego está la más sutil, la previa a esos momentos de descontrol y la del resto de momentos. La forma en que tratamos, la forma en que nos sentimos al dedicarnos a los deseos de las criaturas... Todo eso influye en cómo se comportan ellas y en cómo nos relacionamos y, evidentemente, en la calidad de los momentos y en cuántas veces se desbordan las situaciones. Es un todo. -¿Cómo crees que es posible superar esa carencia? -Yo creo que para superar estos esquemas y adquirir otros nuevos es necesario un trabajo interior importante. En primer lugar hay que reconocer que tenemos un problema y que queremos arreglarlo. Sin esta condición yo creo que es difícil arreglar nada, es el punto de partida, y en muchos casos el más difícil, ya que implica derribar la posición de superioridad del adulto frente a los pequeños. También supone el derribo, en muchos casos, de posiciones idealizadas de la propia niñez, padres, maestros, entorno, sociedad, etc., y esto no es nada fácil. Una vez que se está en ese punto de partida, es preciso realizar un trabajo con uno mismo y con otros (si es posible) para comentar, buscar y todo lo que se nos ocurra sobre las alternativas a lo conocido hasta ahora. Todo ese trabajo conseguirá aportar nuevas herramientas y que éstas se graben, esas herramientas que no tenemos y que por eso no salen cuando lo necesitamos y al final la situación se nos va de las manos. Es un trabajo que va dando sus frutos despacio, primero con las situaciones menos comprometidas, y después, poco a poco, se ve cómo paulatinamente, aparte de tener herramientas, los sentimientos que generan esas situaciones cambian y la agresividad cada vez tarda más aparecer y necesita de mayores “estímulos” (si lo podemos llamar así) para aparecer. -Desechar la brújula que te dieron tus padres supone buscar tú mismo tu camino. ¿Es duro? -A mí no me resulta duro, me resulta apasionante. Por la educación recibida en casa y en la escuela (o más bien adiestramiento), tenemos en general mucho miedo a sa-

lirnos de la senda y crear un camino nuevo, se mató nuestra capacidad creativa y autoestima. Yo animo a todos a salvar ese miedo y lanzarse a ello, siempre buscando información, siempre creciendo. Es un camino duro, sobre todo en los momentos en que te sientes fracasar, pero de esos fracasos es de donde más aprendes y sacas la información necesaria para poder seguir adelante, por lo que al final es muy gratificante. Otro detalle importante a la hora de realizar este camino o proceso o como queramos llamarlo es lo importante que es hacerlo en compañía. Cuando se es, por ejemplo, una sola persona, desbordada por trabajo, obligaciones y crianza, todo esto sí que se torna más difícil. Por ejemplo, nosotros somos dos y empujando ambos con igual fuerza, y encima tenemos un grupo de gente con quien comentar estos temas, todo es de gran ayuda, poder compartir experiencias y opciones con otros ayuda mucho. -Y es que renunciar a la crianza tradicional te coloca en una posición un tanto aislada en nuestra sociedad. ¿Cómo convives con este hecho? -El optar por este ideal de crianza sólo te aísla del sector social intolerante, del que no respeta otras opciones, del resto no te aísla, simplemente te diferencia, lo cual no es ni bueno ni malo. Pero, evidentemente, el afrontar un camino diferente te hace buscar compañeros de viaje, y buscar compañeros de viaje afines y eso muchas veces es visto como un aislamiento, pero yo no lo veo así. Esta forma de criar precisa de apoyo humano y eso es lo que de forma natural vamos tendiendo a hacer, por eso es lógico que se formen grupos de personas que se dan apoyo mutuo. Pero bajo mi punto de vista eso dista mucho de un aislamiento, es simplemente un grupo de gente con ideas diferentes. Otra cosa es que haya determinado sector de la sociedad, más o menos grande, que no tolere esas diferencias. -Es lo que solemos llamar la tribu. ¿Has encontrado tú la tuya? -En primer lugar encontré ese grupo de forma virtual, lo cual no es poco. Luego, poco a poco, fueron y van apareciendo maravillosas personas, pero la gran mayoría residimos muy lejos unas de otras, y según la distancia nos vemos más o menos. Pero al residir tan lejos los encuentros son pocos, es insuficiente, no se logra crear el apoyo mutuo necesario. Aunque últimamente, en nuestro caso, ese grupo cercano parece estar creciendo, lo cual es fantástico y ayuda mucho en el día a día.

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-¿Cómo ves la escuela hoy en día? -Para mí la escuela y el sistema educativo actual no me parecen entes válidos ni útiles, yo diría que son sistemas de muy bajo rendimiento para aprender y de alto rendimiento para no querer aprender. La organización de aulas por edades, la inflexibilidad en materias y el carácter temporal del currículo, la nula participación y deseo de participación de los padres (hablo de participación real, viva y efectiva en todos los procesos escolares, clases incluidas), el no potenciar los intereses personales y en cada momento de cada niño y niña, etc., pero, sobre todo, la imposición del adulto sobre el menor, hacen que para mí la escuela sea algo no válido, algo que provoca muchos más daños que beneficios. -Y, además, sirve para transmitir los valores de la sociedad. Sobre la transmisión de valores de la sociedad “reinante” me parece que lo hace perfectamente, evidentemente es un instrumento gobernado y dirigido por esta sociedad. Por ejemplo, la inflexibilidad en materias y la temporalidad del currículo impregnan de un valor, el autoritarismo (“de guante blanco”, pero autoritarismo). Todo está decidido de antemano, es el sujeto el que se adecúa al sistema y no al revés: en definitiva, no se respetan las diferencias. Otro ejemplo es la constante presión que ejercen los adultos (profesores) sobre los menores (alumnos), no hay margen de libertad, todo es impuesto, las relaciones son muy distantes, el castigo (no físico) está a la orden del día, y ahora incluso esto también aparece en sentido inverso de alumnos a profesores. Podría poner muchos más ejemplos como estos, para mí está claro que no funciona. Yo no haría la escuela hasta edades avanzadas, pero la modificaría muy mucho desde el principio, nuestro sistema escolar debería aprender mucho del finlandés, por ejemplo, pero para eso primero tenemos que cambiar todos, y cambiar la forma de nacer y criar es el comienzo. -Entonces, estarás en contra de la escolarización obligatoria, ¿no? -Por supuesto que sí, el hacer que la escolarización formal y reglada sea obligatoria es una imposición, un ejercicio dictatorial de unos contra otros. Una sociedad democrática no puede permitir eso. De este modo se obliga a los que son pocos y piensan diferente a amoldarse a lo que hagan otros que sean muchos (que son los que pueden abrir escuelas, ya sea el Estado o grupos organizados con una ideología concreta). Eso es una imposición y destrucción de lo pequeño y diferente, es matar la semilla de

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cualquier posibilidad de cambio. Otra cosa es la obligatoriedad de que se forme con unos conocimientos a todos los niños, porque eso protege a los niños, pero imponer un cómo no protege a los niños, es al contrario, crea una situación de desamparo para esos niños y sus familias. Creo que en España (y otros países) el asunto de la regularización legal de la educación en casa u otros modos alternativos a la escolarización formal y reglada ha de realizarse urgentemente. -Tú eres un padre implicado de lleno en la crianza y educación de tus hijos: ¿cuál es tu papel en tu familia? -Creo que tu pregunta lo ha definido perfectamente, pero permíteme quitar la palabra educación, no me gusta. Padre implicado de lleno en la crianza de mis hijos. Ése es mi papel dentro de la familia. Quizás tu pregunta va más encaminada a mi papel bajo mi condición de parte masculina de la pareja; si van por ahí los tiros te puedo decir que, como dices en la pregunta, estoy totalmente implicado, lo que quiere decir que participo en todos los aspectos de la vida familiar, ocupando y realizando el papel y tareas que cada día y situación requieren, la flexibilidad es total. Es muy importante eso de la improvisación, los peques cambian mucho, tienen fases, evolucionan de un día para otro y hay que adaptarse continuamente. -¿Cómo os repartís el trabajo? A mí no me gusta hablar de tareas, creo que es algo que puede envenenar mucho y crear malos entendidos, y máxime cuando la flexibilidad debe estar a la orden del día. Por ejemplo, en casa casi siempre cocino yo, pero eso no quiere decir que lo vaya a hacer siempre, lo haré mientras sea lo más rentable y nos apetezca a todos que así sea. Volviendo a lo de las tareas, yo prefiero usar otro concepto, el de tiempo. Ése sí es ecuánime y no crea diferenciaciones, así no se da más importancia ni valor a unas tareas que otras (gran engaño y manipulación del machismo, que menosprecia e infravalora las tareas domésticas y atención de los hijos, cuando debería ser justo al revés). Mi pareja y yo nos levantamos a la vez y nos acostamos a la vez, los dos estamos el mismo tiempo aportando cosas a la familia. Y es más, yo me suelo quedar por las noches a recoger la cocina y la casa, por ejemplo, pero lo hago porque me parece justo, es de ley el compensar las tomas nocturnas, el estar todo el día con los pequeños y el gran desgaste que eso provoca, el tiempo que yo trabajo fuera de casa estoy mucho más relajado. Además,

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Decálogo de la Asociación Criar con el Corazón

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Grupo de lectura en el foro de Criar con el Corazón Otra manera de aprender Nuria Otero Pedagoga, psicopedagoga, intermediadora familiar y doula.

1. Dar a conocer y promover la crianza respetuosa y empática basada en el apego (attachment parenting), así como sus beneficios para el desarrollo natural de los niños y su autorregulación. 2. Defender el derecho del niño a ser tratado con absoluto respeto hacia su persona, sus sentimientos, sus necesidades y sus procesos madurativos naturales e individuales. 3. Mantener y difundir que cualquier forma de castigo, maltrato o abandono, sea directo o por omisión, sea físico o verbal, aunque sea en modo leve, es perjudicial para la crianza de un niño libre y no violento y atenta contra sus derechos fundamentales. 4. Explicar y difundir las recomendaciones de la OMS sobre parto y nacimiento respetados. Defender el derecho de la parturienta a decidir sobre su propio parto, informar sobre las diferentes opciones existentes incluyendo el nacimiento en casa, y sobre la posibilidad de llevar a cabo el proceso del parto sin prácticas intervencionistas protocolarias. 5. Trabajar por la difusión y el cumplimiento de las recomendaciones de la OMS y la Asociación Española de Pediatría que establecen que la opción más beneficiosa de alimentación infantil es la lactancia materna exclusiva hasta los seis meses, en combinación con otros alimen-

tos como mínimo hasta los dos años y después el tiempo que madre e hijo deseen. 6. Defender el derecho del niño a que los procesos naturales del sueño sean respetados y a dormir acompañado (colecho). Explicar y difundir los beneficios y seguridad derivadas del colecho y del respeto al proceso evolutivo del sueño infantil. 7. Explicar y promover la necesidad vital del contacto físico para el desarrollo emocional del niño y su felicidad, dando a conocer la importancia del respeto a la fase “en brazos” y de las diferentes formas y ayudas para portar a los niños. 8. Promover y explicar métodos educativos y de escolarización basados en la crianza de apego, que respeten los procesos madurativos naturales de cada niño como individuo, incluyendo las opciones de escuelas libres y escolarización en casa. 9.Crear puntos de encuentro y grupos de apoyo, virtuales y reales, para que los padres aprendan y compartan experiencias de crianza de apego fomentando la difusión de ésta. 10.Realizar conferencias, seminarios, cursos, talleres y publicar materiales escritos o audiovisuales que defiendan y apoyen los puntos anteriores.

Las personas que no creemos en métodos conductistas para educar y criar a nuestros hijos, que huimos de la imposición arbitraria de límites y del ejercicio de la frustración como elemento educativo estamos en clara desventaja. Carecemos del refuerzo que la sociedad en su conjunto ofrece al uso de premios y castigos, a la palmada ocasional y a la amenaza y la coacción. En resumen, criar con apego no se lleva. Se ve en los parques, en los bares y en la calle, en la panadería y en casa de los abuelos… “un par de tortas le daba yo a ese niño”… “es que lo tienes muy consentido”… “déjale sin postre y verás cómo se come las verduras la próxima vez”… “ay, no llores, mira qué feo te pones”… “como no te portes bien vendrá ese señor de allí y se te llevará”… Estas son las frases que se escuchan habitualmente y que conforman el “saber popular” sobre crianza y educación. Por esta razón, la crianza con apego tiene que justificarse continuamente. Nadie le va a pedir explicaciones a una madre que le da una bofetada a su hijo en plena calle, ni a un padre que amenace al suyo con irse a la cama sin cenar si no recoge los juguetes con los que ha estado jugando… sin embargo, retirarle a un hijo la comida que no le gusta o ayudarle a recoger los juguetes recibirá desaprobación explícita y algún que otro consejo de cómo deberías hacerlo para “que no te tome el pelo”. Por eso, además de mostrar una paciencia infinita, las personas que criamos con respeto y empatía necesitamos estar siempre formados e informados para rebatir aquello que nos presentan como la única solución posible, necesitamos tener recursos que argumenten nuestras opciones y les den validez ante otros… no tanto para sentirnos seguros nosotros mismos, sino para que otras personas que no comparten nuestra manera de hacer tengan la posibilidad de conocer otras alternativas y, si no las comparten, al menos nos dejen en paz. Por eso el foro se convierte, día a día, en un lugar de encuentro. El apoyo y refuerzo que no encontramos en otras partes lo buscamos a nivel virtual. Ahí encontramos no sólo referencias que avalan lo que pensamos, sino también soporte emocional, comprensión y, en muchas ocasiones, la posibilidad de un desahogo sincero. Y a partir de este compartir, de este intercambio de ideas y pareceres, es como surgió la idea de crear un grupo de lectura, un grupo en el que nos vamos encargando de desmenuzar los libros hasta sacarles el máximo aprendizaje posible, para comprender también lo que los otros

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entienden de un mismo párrafo, de una misma lectura… en resumen, para seguir creciendo juntos. Así, en marzo de 2007 empezamos a “tantear” el tema. Primero se vio que había interés, que había personas dispuestas a participar y seguir un ritmo de lectura (que quedó en que sería un capítulo semanal), y luego se eligió un libro entre todas las personas que se interesaron por el proyecto. Hasta ahora, hemos leído dos libros: “La maternidad y el encuentro con la propia sombra”, de Laura Gutman y “La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente”, de Casilda Rodrigáñez y Ana Cachafeiro. En ambos casos tuve el placer de ser la coordinadora de las lecturas, así que os dejo algunas reflexiones sobre las mismas. La maternidad y el encuentro con la propia sombra: lectura realizada entre marzo y junio de 2007. Éste es un libro de fácil lectura y difícil digestión. Fácil lectura porque se lee con ansia, con ganas de más, porque a veces parece un poema, porque nos habla de nosotras mismas, de cuestiones que conocemos bien aunque no les hubiésemos puesto nombre. Pero resulta difícil de digerir pues a veces hace referencia a aspectos tan ocultos, tan guardados bajo llave que abrirlos y descubrirlos se vuelve doloroso. “La maternidad…” habla del posparto. De la maternidad recién llegada. Y el posparto es un momento delicado, íntimo y especial de las mujeres. Una parte muy importante de nuestra vida y de la de nuestro bebé, y este libro nos muestra con una claridad casi imposible todo lo que nos va sucediendo, lo que vamos sintiendo, lo que tantas veces nos preguntamos y no supimos contestar. La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente: lectura realizada entre septiembre de 2007 y febrero de 2008. Éste no es un libro fácil. Ni de leer, ni de digerir, ni de asumir. Es un libro aplastante. Contiene verdades incontestables y argumentaciones casi perfectas que hacen, en ocasiones, que cueste seguir mirando al mundo, al resto de las personas, a nuestros hijos o a nosotros mismos de la misma manera en que antes los contemplábamos. Es un libro que habla de maternidad, de crianza y sexualidad desde una perspectiva absolutamente reivindicativa, poniendo de relieve lo que la sociedad actual, patriarcal y jerarquizada, nos roba a las mujeres en el disfrute de nuestros cuerpos y saberes, y por ende, a todas las criaturas, pues las madres criamos según ese patrón carencia-

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El castigo físico. Una reflexión. Violeta Alcocer, Psicóloga y Psicoterapeuta.Formada en psicoterapia psicoanalítica y dinámica familiar y de grupo. Especialista en psicodiagnóstico infantil y crianza. do y ausente de verdaderos deseos. Desde luego, es un libro ante el que es difícil permanecer impasible, tantas son las reacciones que provoca. Con ambas lecturas aprendí mucho. De la propia lectura en sí por una parte, pero también, y sobre todo, de lo que cada semana fui compartiendo con el resto de compañeros de viaje, cada uno aportando sus pareceres, sus descubrimientos, sus reflexiones, a veces tan parecidas a

las de otros, a veces tan distintas… pero siempre completamente enriquecedoras. Actualmente, el grupo de lectura continúa. En marzo de 2008 dio comienzo la lectura de “Educar para ser”, de Rebeca Wild, y continuará después con otros libros y autores que nos vayan ayudando a encontrar las claves de nuestras propias creencias, que nos vayan ayudando a crecer… y, si puede ser, juntos.

El castigo físico es ampliamente utilizado en todas las sociedades como forma de control de la conducta infantil y representa la forma de violencia más extendida en el mundo de hoy en día (según una encuesta realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y difundida en diciembre por el Defensor del Menor, el 59,9 % de los españoles aprueba el cachete o el azote a tiempo como método de control de las conductas infantiles). En España, el Código Penal sanciona estas conductas con penas de entre dos y cinco años. ¿De qué hablamos cuando decimos castigo físico? Entendemos por castigo físico todas aquellas acciones violentas (aunque lo sean levemente) o bruscas sobre el cuerpo del niño consideradas como “leves”, tales como cachetes, pellizcos, coscorrones o azotes… que suelen ser de rápida aplicación, habituales o esporádicas, concomitantes a una conducta del niño considerada como “negativa” y con la finalidad de corregir dicha conducta. No suelen dejar huellas físicas y el niño –sobre todo cuanto más pequeño es- las olvida con facilidad, lo que contribuye al hecho de que no sean consideradas ni social ni familiarmente como maltrato. Dentro de estas conductas podemos considerar también las relaciones físicas abusiva (es decir, el manejo brusco o violento del cuerpo del niño no como castigo, sino como parte habitual del trato hacia él, esto son empujones, manotazos, etc...) porque en ocasiones coexisten con el castigo físico, en otras le preceden (en los primeros años) y en otras tantas lo sustituyen. Un poco de historia En el caso del maltrato infantil se han necesitado muchos años y muchos observadores externos (médicos, antropólogos, psiquiatras, jueces...) para que al fin este fenómeno existiera como tal. Los historiadores están de acuerdo en que fue sólo a partir del siglo XIX cuando la suerte de los niños empezó a ser realmente un motivo de preocupación para ciertos sectores de la sociedad (un ejemplo asombroso es el caso de Mary Ellen Wilson, una niña de nueve años que era gravemente maltratada y cuya asistente social pudo salvar gracias a la ley de protección de animales. Esta niña ganaba, en el año 1874, el primer proceso judicial en Estados Unidos que defendía a un menor de los malos tratos físicos). Como consecuencia de este caso, se formó la Sociedad para la Prevención de la Crueldad hacia los niños.

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Sin embargo, la existencia del maltrato infantil, en cuanto a realidad aceptada por la sociedad, se constata sólo desde los años sesenta (1961) fecha en que se publica un artículo en la Revista de la Asociación Médica Americana, escrito por Henry Kempe y colaboradores, con el título “El síndrome del niño golpeado”. A partir de ese momento, la investigación del maltrato infantil como un área de estudio definida comienza a consolidarse. Una violencia que no se ve Decimos que la violencia de este tipo, tenga la magnitud que tenga, siempre resulta invisible a ojos del que la padece y a ojos del que la ejerce y que, aún en sus manifestaciones más leves (por ser las más extendidas y haber sido padecidas por tantas personas) también es invisible. En la mayoría de los casos, quien castiga de esta forma o trata de esta forma a sus hijos, aunque lo haga eventualmente, lo hace porque cree que está educando, por el bien de sus hijos y para imponer una disciplina (o límites) en la familia. Normalmente, en el sistema de creencias de la persona que agita habitualmente o pega unos azotes su hijo, el abuso no es abuso, sino un acto justificable o necesario. De este modo, la mayoría de las personas no creen que hayan sido maltratados por sus padres de ningún modo, sino que creen que sus padres les educaron de la mejor manera para ellos y que querían lo mejor para ellos. Por otro lado, la mayoría de niños y niñas que están recibiendo este tipo de castigos, aunque sean de la misma o mayor magnitud que los que nosotros recibimos cuando éramos niños, tampoco lo están percibiendo como violencia ni se rebelan contra ella: lo asumen como algo normal en su vida y en sus relaciones. Por último, lo habitual es que este tipo de conductas tengan lugar en el seno familiar. Puede que nosotros no ejerzamos este tipo de violencia... pero ¿y nuestro hermano, nuestro primo, nuestros suegros o cuñados? Denunciar o señalar estas conductas en los demás miembros de la familia es realmente complicado por las consecuencias e implicaciones que tendría, lo que hace todavía más invisibles y toleradas estas conductas dentro del ámbito familiar. Peldaño a peldaño En el ciclo vital de una familia, con la llegada de los hijos, tienen lugar una serie de cambios estructurales que implican nuevos modos de funcionamiento, por lo general

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más complejos cada vez y que generan diversos momentos de crisis. Es en esos momentos de crisis en los que los miembros de la pareja no encuentran recursos individuales o familiares para mantener “el orden” familiar y recurren, casi siempre sin una estrategia previa sino de forma impulsiva, al castigo para imponer una disciplina y para sentir que controlan una situación que no pueden controlar de otra manera en ese momento. Como el castigo físico y humillante es paralizante, ejerce un control momentáneo sobre la conducta del niño lo cual los padres consideran como un éxito de su técnica. Esta sensación de control y eficacia aumenta la probabilidad de volver a usar estos métodos y su uso continuado da lugar a la cronicidad y al uso habitual de los mismos. Y al mismo tiempo, la cronicidad y el uso habitual de los mismos favorecen una mayor escalada en el continuo de la violencia. Muchos padres comienzan con azotes esporádicos cuando el niño tiene dos o tres años y terminan usando formas más fuertes de violencia unos años más tarde. ¿Ni un solo azote? Para un bebé recién nacido, los lazos de apego son sinónimo de supervivencia: el ser humano nace predestinado a establecer vínculos de apego con otro ser humano (la madre habitualmente) como forma de supervivencia física (porque de ella recibe alimento y cuidado) y emocional (porque las figuras de apego organizan la experiencia del niño y eso es lo que le permite madurar cognitivamente). El niño se aferra al adulto porque le necesita para sobrevivir, independientemente de que el trato que el adulto le dé sea el adecuado o no. La observación clínica ha demostrado con creces que prácticamente todos los niños maltratados por sus padres desarrollan, sin embargo, lazos de apego hacia ellos. Por tanto, los vínculos afectivos y las relaciones de apego juegan un papel central en la construcción de la identidad de la persona y en su desarrollo emocional. Son la base de la pirámide del desarrollo. Sin esos vínculos, sin relaciones de apego, no hay desarrollo. A su vez, la configuración de los afectos es el filtro por el que se recibe toda la información básica para su desarrollo cognitivo, que es fundamental en el desarrollo de la persona y sus relaciones sociales. Así pues, desde el desarrollo afectivo se construye el cognitivo y gracias a ambos es posible un correcto desarrollo social, pieza clave de la felicidad adulta.

Uno de los aspectos clave a tener en cuenta es el hecho de que el castigo físico, en este caso, es una forma de violencia empleada por las personas que han establecido vínculos afectivos con el niño, de modo que son formas de violencia que entran directamente a la base de la pirámide del desarrollo, con un impacto muy superior al que pueda tener para el niño el presenciar o recibir formas de violencia que provengan de su entorno y comprometiendo todo el desarrollo del niño a distintos niveles. Tomando como ejemplo el testimonio de Sonia, una niña de catorce años golpeada durante años y relatado en el libro “El dolor invisible de la infancia” (Jorge Barudy, 1998. Ed. Paidós): “Lo que más me duele no son los golpes, no es solamente el hecho de ser golpeada, es el hecho de que sea mi madre quien lo hace”. Los sentimientos de un niño o una niña de dos, tres o cuatro años no son muy distintos a los de Sonia, aunque pueda parecernos que lo son. De hecho, los niños más pequeños son aún más vulnerables y sensibles, lo que nos puede dar una idea del impacto emocional que tienen en ellos las conductas de este tipo y concretamente el tipo de dolor que sienten y por qué lo sienten. Si la violencia proviene de los modelos afectivos básicos, el binomio amor-violencia pasa a formar parte de los elementos constitutivos de la personalidad del niño de hoy (adulto mañana) como un modelo de relación en el que es posible, normal y tolerable el ser agredido o maltratado por aquellas personas que uno ama. Una visión optimista Muchos investigadores y profesionales de la salud mental compartimos la idea de que los seres humanos somos una especie potencialmente afectuosa y cuidadora. Pensamos que la biología humana nos ha dotado no sólo de una carga violenta sino también de una inmensa carga amorosa destinada al cuidado y la protección de la propia especie. Hasta hace muy poco, la idea dominante era que la naturaleza humana es primitivamente violenta y esencialmente egoísta, y que los instintos agresivos y sexuales (sobre los que todavía se cimenta nuestra sociedad) aseguraban la supervivencia. Actualmente están empezando a surgir nuevas perspectivas teóricas que contemplan la otra cara de la realidad humana: la no violencia, el respeto, los cuidados y los buenos tratos entre las personas... encontrando en estos comportamientos ya no bases sociales o psicológicas, sino auténticas bases biológicas que revelan cómo el ce-

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rebro y el sistema nervioso central participan en la producción de los cuidados entre los seres humanos. No sólo es posible educar sin pegar, sino que es posible una educación excelente basada en el respeto, la empatía y el apego, tanto para los hijos como para sus padres. Llevarla a cabo y conseguir su generalización es posible, pero requiere un cambio social que, en parte, tiene que venir desde nuestras actitudes individuales. Como ocurre con otras responsabilidades (medioambientales, cívicas, etc.), son nuestras pequeñas acciones las que van a ir construyendo el mundo que queremos: y el efecto de este cambio individual tiene unas repercusiones, una “onda expansiva”, tan importante (tanto en la vida de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos como en la sociedad entera), que merece la pena intentarlo. PEGAR A LOS NIÑOS *Paraliza su iniciativa y bloquea su comportamiento. *Limita su autonomía. *Daña gravemete su autoestima. *Ofrece un modelo violento para la resolución de conflictos. *Les enseña a ser víctimas. *Interfiere en sus procesos de aprendizaje. *Les hace sentir rabia, rencor y ganas de alejarse de casa. *Impide la comunicación entre padres e hijos. *Puede lesionarlos gravemente. *Perpetúa la cultura del maltrato en nuestra sociedad.

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BIBLIOGRAFÍA: Barudy, Jorge. “El dolor invisible de la infancia. Una lectura ecosistémica del maltrato infantil” Ed. Paidós, 1998. Barudy, Jorge. y Dantagnan, Maryorie. “Los Buenos tratos a la infancia. Parentalidad, apego y resiliencia” Ed.Gedisa 2005. Bowlby, Jorge. “Apego y pérdida” Ed. Paidós, 1998. Gracia, Enrique. “Tipología del maltrato infantil: una conceptualización empírica” Revista de psicología social aplicada, 1994. Gracia, Enrique. “Los malos tratos en la infancia: tres décadas de investigación” Psicosociología de la Familia, 1994. Gracia, Enrique. “Visible but unreported: a case for the not serious enough cases of child maltreatment” Elsevier Science, 1995. Gracia, Enrique. “El maltrato infantil en el contexto de la conducta parental: percepciones de padres e hijos” Psicothema, 2002. Gracia, Enrique. “Is it considered violence? The acceptability of Physical punishment of children in Europe” Journal of Marriage and Family, 2008. Horno Goicoechea, Pepa. “Amor, poder y violencia. Un análisis comparativo de los patrones de castigo físico y humillante” Save the Children España , 2005. Montagu, Ashley. “El sentido del tacto: comunicación humana a través de la piel”. Ed. Aguilar, 1981.

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Productos ecológicos, cuidando del mundo Paloma Martínez Omio&mio, productos ecológicos Cuando hablamos de productos de limpieza no nos damos cuenta de la contaminación que generamos al usarlos, además de no prestar atención a su verdadera catalogación: corrosivo, tóxico, reactivo, inflamable... Lo tenemos tan asumido que estas secuelas las solemos pasar por alto. Si bien es cierto que las etiquetas nos indican su toxicidad, no nos advierten realmente en qué nos puede afectar su mal uso o su excesiva utilización en casa. Aparte de la contaminación colateral de los ríos y mares, ya que, aunque las aguas residuales son tratadas, todos los productos vertidos en ellas no son eliminados del todo, acabando en nuestros fondos marinos. Los productos que se utilizan habitualmente contienen amoniaco, fenol, alcohol etílico, etc., y su incorrecta manipulación puede perjudicar la salud y afectar al medio ambiente, ya que siempre quedan partículas dentro del hogar afectando directamente a nuestra salud, más si cabe si hablamos de niños. Esto es realmente preocupante, dado que el ambiente de nuestro hogar está altamente contaminado mientras pensamos que estamos dejándolo limpio y fuera de peligro. La Oficina del Medio Ambiente (EPA) afirma que si se sustituyen dos limpiadores comerciales —como los multiusos o limpiadores de vidrios— por productos no contaminantes, la calidad del ambiente en una casa mejorará hasta en un 85%. Algunos productos y su reacción en el cuerpo serían: AMONIACO: Irritación en los ojos y vías respiratorias, conjuntivitis, laringitis, inflamación de la tráquea, edema pulmonar, neumonitis y quemaduras graves en la piel. BENCENO: Puede causar somnolencia, mareo y pérdida del conocimiento; la exposición prolongada produce alteraciones en la médula de los huesos y puede causar anemia y leucemia. Cancerígeno. CLORO: El cloro y sus derivados se utilizan en las casas como desinfectantes para el agua y como limpiadores y blanqueadores. La exposición a bajas concentraciones de cloro puede producir dolor de garganta, tos e irritación de los ojos y la piel. La exposición a niveles más altos puede producir quemaduras en los ojos y la piel, respiración rápida, estrechamiento de los bronquios, jadeo, coloración

azul de la piel, acumulación de líquido en los pulmones y dolor en el área de los pulmones. La exposición a niveles aun más altos puede producir quemaduras graves en los ojos y la piel, colapso pulmonar y la muerte. FORMALDEHÍDO: Lo podemos encontrar en cigarrillos, en la manufactura de productos de madera, alfombras, productos de papel y ciertos limpiadores caseros. Los síntomas por la inhalación de vapores incluyen tos, inflamación de la garganta, ojos llorosos, problemas respiratorios, irritación de la garganta, dolores de cabeza, sarpullidos, náusea, sangrado por la nariz, broncoconstricción y ataques de asma. Probable cancerígeno. NAFTALINA: Se utiliza principalmente en bolas para repeler polillas y en bloques desodorantes para cuartos de baño. Tanto la 1-metilnaftalina como la 2-metilnaftalina se usan en la manufactura de otras sustancias químicas, como por ejemplo tinturas y resinas. Puede causar irritación de la piel, dolor de cabeza, confusión, náusea, vómito, sudor excesivo e irritación urinaria. Posible cancerígeno.

Todo esto es lo que nos rodea de forma cotidiana. Lejía, agua fuerte, amoniaco, quita-grasa... y la capa química a la que estamos siendo sometidos de manera continua nos está afectando muy directamente sobre nuestra salud y la de nuestra familia. En lugar de llegar a nuestra casa y poder respirar tranquilos, dado que la polución nos rodea de manera cada vez más agresiva, estamos consumiendo inconscientemente más cantidad de química de la que pensamos, cerrando un círculo totalmente nocivo sobre nuestra salud. Las soluciones pasan por la utilización de productos alternativos totalmente ecológicos, biodegradables y que no alteran el medio ambiente. Podemos basarnos en productos tan sencillos como puedan ser el vinagre, el limón y el bicarbonato, o podemos utilizar ciertos productos ya preparados que nos garantizan su ecología, tanto en el proceso de fabricación como en la utilización de envases reciclados. Poco a poco el mercado va abriendo sus puer-

tas a estas casas certificadas, aunque su adquisición sigue siendo mayoritariamente a través de Internet. Otra opción viable y que está entrando con muchísima fuerza en estos momentos son las Nueces de Lavado. Ecológicas y totalmente naturales cubren la limpieza total de la casa, siendo utilizadas desde antaño por las mujeres de la India. Su manejo es sencillo, inocuo para la salud y un bactericida natural donde los haya. El cambio merece la pena, su coste se aproxima a las marcas comerciales más conocidas y nos aseguramos con ello la finalización del consumo de productos químicos dentro de nuestro hogar. Aunque el mejor consejo siempre será el consumo responsable, la utilización de los mismos en las dosis adecuadas y no malgastar los recursos de los que disponemos.

Otros productos a tener en cuenta son los blanqueadores para la ropa, que tanto están de moda últimamente, que contienen perborato. El PERBORATO introduce Boro (sustancia tóxica para el riego agrícola) en el agua. Se puede reemplazar por percarbonato que cumple la misma función y no contamina. Cuando nos damos cuenta de la gravedad de los efectos de todos estos productos (evidentemente existen más productos químicos en el mercado, pero redactarlos nos llevaría muchísimo tiempo) intentamos informarnos de todo lo que llevan los productos que habitualmente consumimos, pero resulta que las etiquetas se limitan a decir que son biodegradables y que contienen, entre otros, un tanto por ciento “orientativo” de tensioactivos no iónicos. Con un poco de suerte amplían un poco más la información con algún que otro componente químico, pero poco más. Eso sí, el número de teléfono de atención al cliente, otro para saber más del producto y el teléfono del servicio médico de información toxicológica, sin olvidar tener siempre el envase a mano para poder indicarles de qué marca (puesto que la composición no la sabemos del todo) se trata. Esto nos indica la desinformación tan grande a la que estamos expuestos y que realmente tenemos verdaderas “bombas” en nuestro hogar sin saber realmente los efectos nocivos a los que estamos sometidos.

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Retirar el pañal o controlar esfínteres: el huevo o la gallina Nuria Otero, edagoga, psicopedagoga, intermediadora familiar y doula. El control de esfínteres y la retirada del pañal son conceptos distintos y, sin embargo, en ocasiones, los confundimos. Un niño al que se le retira el pañal sin estar preparado para ello seguirá sin tener el control de esta función aunque nos empeñemos en lo contrario. E incluso puede ser perjudicial. Hay muchos niños a los que, si fuésemos sinceros con nosotros mismos, deberíamos volver a poner el pañal una vez retirado, pues se ve claramente que lo hemos hecho demasiado pronto. Lo que ocurre es que nos parece un retroceso, asumimos como un fracaso educativo el que nuestros hijos continúen con pañal. Y así, nos empecinamos en seguir adelante, aplaudiendo la mínima señal de continencia. Sin embargo, aunque ya no moje la ropa y el suelo a todas horas, habrá que tener en cuenta otros aspectos. Si un niño se hace pis cuando se ríe, cuando se pone nervioso, cuando se olvida de ir al lavabo, cuando está demasiado concentrado en una actividad quiere decir que no tiene el tema controlado. A los adultos no nos pasa ninguna de esas cosas... simple y sencillamente porque sí controlamos. Así que no confundamos el hecho de que nuestro hijo (y nosotros) pueda andar con cierta dignidad por la calle, sin mancharse ni manchar, con que el control de esfínteres sea una realidad. Ahora bien... ¿por qué no esperamos a retirar el pañal cuando realmente el niño esté preparado? Al margen de las valoraciones en función de un pretendido éxito o fracaso educativo, que ya hemos apuntado, hay otras posibles explicaciones, y vamos a hablar de ellas. En primer lugar, existe un consenso casi unánime en que para que los niños controlen esfínteres, hay que enseñarles, y eso se consigue a través de la retirada del pañal. Sin embargo, lo ideal sería hacerlo exactamente al revés: esperar a quitar el pañal cuando el niño esté preparado para ello, es decir, cuando pueda controlar esfínteres por sí mismo. Esta idea, en general, produce cierto temor. Se suele creer que si uno no le retira el pañal al niño, éste nunca llegará a controlarse, y tendrá problemas de incontinencia. Lo cierto es que, a no ser que haya un problema funcional real, ningún adulto tiene problemas con el control de esfínteres. Lo que nos hace sospechar que se trata de un proceso madurativo propio del ser humano, y no un objetivo educativo que las familias o las escuelas deban asumir como propio. Desde este punto de vista, en vez de retirar el pañal y correr con el orinal detrás de nuestros hijos, sería mucho más cómodo para todos (sobre todo para los niños,

que no se sentirían presionados ni evaluados) esperar a que el propio niño nos diga que ya no necesita el pañal. Además de este temor, existe un problema logístico añadido: el inicio de la Educación Infantil. En la mayoría de las escuelas de nuestro país, por no decir en la totalidad de ellas, no se admiten niños con pañal. Sabemos que es un problema real de tiempo y atención para una sola maestra o maestro tener 20 niños a los que cambiar y limpiar, pero habría soluciones intermedias si hubiera verdadera intención, por parte de las instituciones educativas, de encontrar alternativas. Pero la realidad es que no se asumen estas posibilidades porque no es sólo una cuestión de recursos humanos, sino de lo que entendemos que un niño debe o no debe saber a una determinada edad. Y pensar que todos los niños, a los 3 años (algunos a los 2 años y 9 meses) deben tener controlada esta función corporal es, cuanto menos, una idea difícil de materializar. La realidad es que cada niño controla esfínteres a una determinada edad, igual que cada niño habla, anda o salta a una determinada edad. El que se asuma habitualmente que a partir de los 2 años debemos empezar a retirar el pañal tiene más que ver con la universalización de la educación infantil, que aún sin ser obligatoria se ve como necesaria (ésta es otra historia que ya trataremos) y de las condiciones que ésta nos impone para admitir a nuestros hijos. Así que, si estamos hablando de un proceso madurativo que tarde o temprano llega a su fin, ¿por qué empeñarnos en hacer pasar a los niños por este mal trago? Dejemos a cada niño seguir su ritmo y encontrarse seguro con su cuerpo antes de imponerle una convención social.

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Alternativas a los castigos Violeta Alcocer Psicóloga y Psicoterapeuta. Formada en psicoterapia psicoanalítica y dinámica familiar y de grupo.Especialista en psicodiagnóstico infantil y crianza. Muchos padres y madres de nuestra generación nos hemos encontrado con un problema importante a la hora de criar a nuestros hijos: nos faltan referentes. La educación que nos dieron nuestros padres está demasiado envuelta en los constructos teóricos de la psicología clásica del aprendizaje y su marco cognitivoconductual y lo que vemos y leemos a nuestro alrededor suele ser más de lo mismo: se nos propone una educación basada en la prepotencia del adulto, en las órdenes, en el castigo, la amenaza, la evaluación y la recompensa. Fundamentalmente se trata de un tipo de crianza en el que se pretende conseguir que los niños “hagan lo que nosotros queremos”, y eso, de conseguirse, se considera un éxito. Pero ¿sabemos bien lo que queremos? ¿Tenemos claro lo que estamos pidiendo a nuestros hijos o simplemente nos estamos dejando llevar por la inercia de los esquemas que llevamos dentro? ¿Qué es un niño “bien educado”? Y sobre todo, ¿qué es un niño feliz? Somos muchos los que, en nuestro día a día, sentimos que somos como los policías de nuestros hijos, pasamos el día con el “no” en la boca y con una sensación de tensión permanente, de tener que estar vigilantes a su correcto desarrollo, diciendo lo que se puede y lo que no se puede, pensando y decidiendo por ellos constantemente, castigo en mano acechando. Sentimos que algo no va bien, que deberíamos disfrutar más los unos de los otros, estar más relajados como padres… tenemos la sensación compartida de que “los primeros años son muy difíciles”“no hay tiempo para nada” “no sé como lo hizo mi madre que tuvo a cinco”… pero no sabemos cómo enfocar nuestra paternidad de otra manera. Por un lado no queremos ser extremadamente autoritarios (¡los ciudadanos del siglo XXI no somos autoritarios!), pero, por otro, sentimos a un nivel muy profundo que si no “ejercemos” constantemente nuestra autoridad, si no estamos “encima” de nuestros hijos las 24 horas del día interviniendo y dirigiéndoles en sus rutinas (“venga hay que levantarse para no llegar tarde”“esto se abrocha así”), sus acciones (“no te manches con las témperas”), sus pensamientos (“debería gustarte este abrigo nuevo”) y hasta sus emociones (“al hermanito hay que quererlo”), vamos a perder el control… ¿Cómo resolver este dilema? ¿Cómo evolucionar respecto a la educación y los esquemas recibidos y ya in-

corporados? En casi cuarenta años la sociedad ha evolucionado increíblemente y por supuesto nosotros con ella. El concepto de familia no es el mismo, tampoco lo es el de las relaciones hombre-mujer. La revolución de las mujeres está ya en marcha pero, ¿y la revolución de los niños? Igualmente necesario es que se opere un cambio de mentalidades respecto a la crianza y, sobre todo, respecto a los derechos de nuestros hijos. No sólo a gran escala sino a nivel cotidiano. Si ya no nos relacionamos con nuestra pareja con gritos ni chantajes, si hemos aprendido a comunicarnos en situaciones de conflicto, a hablar de sexo, a aceptar nuevas y diversas estructuras familiares, ¿por qué seguimos relacionándonos con nuestros hijos de una manera tan poco coherente con lo que somos y lo que queremos ser, con lo que hemos aprendido y lo que llevamos a la práctica en otros ámbitos de nuestras vidas? Buscamos dentro de nosotros mismos y encontramos algunas ideas, pero a la hora de llevarlas a la práctica nos faltan herramientas y acabamos cayendo en los esquemas que llevamos dentro, sobre todo en los momentos de mayor tensión o cansancio (“vete a tu cuarto”, “como no termines ya la cena quitamos la tele”,“¡no tires el abrigo al suelo!”). Este tema se llama “alternativas a los castigos” pero, en realidad, hablaremos de una alternativa educativa global. Porque el castigo es y representa el tramo final de toda una serie de despropósitos educativos. Para poder hablar de alternativas, hay que sentar las bases desde mucho antes de que el castigo, la amenaza o la sanción tengan lugar. Analizaremos de la forma más práctica posible estos fundamentos y veremos qué planteamientos alternativos existen para llevarnos por otro camino en la educación de nuestros hijos. Desde esta nueva perspectiva, las palabras castigo, refuerzo, chantaje, pierden todo su significado pero, lo que es más importante, cobran significado otras formas de relación mucho más gratificantes para todos los miembros de la familia: nosotros ganamos en la convivencia mientras nuestros hijos ganan en autoestima.

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De “kdds” y otros encuentros

Un viaje con el corazón

Claudia Pariente, socia de ACC

Patricia Marco, madre

Recuerdo mi primera “kedada” y mis temores de entonces: no conocer a nadie, no saber de qué hablar, no saber si iba a encajar, no conocer el lugar... Y eso que no soy tímida. Pero me imponía mucho el llegar de repente ante un grupo de desconocidas y decir: Hola, soy Claudia y soy mamá de “Criar”... Como en un grupo de “bebéadictos anónimos”, vamos. Pero fue más simple que eso. Era como ser marciana en la tierra, estar fuera de la “onda” del mundo terrenal y de repente encontrar un grupo de gente verde igualita que yo. La primera sensación es de extrañeza: ver un grupo de locas felices y sentir que perteneces a él; que has encontrado tu lugar. Pues así, de la mano de otra amiga y con los hijitos en la mochila me lancé al éxito. El primer momento fue un poco raro... No conocía a ninguna pero algunos “nicks” me sonaban. De repente, en cinco minutos de ir charlando ya éramos todas amigas, como si nos conociéramos de toda la vida.  Seguramente el patito feo del cuento tuvo el mismo sentimiento cuando conoció a los cisnes hermanos...   Me integré inmediatamente y entonces fueron más días en el calendario, más “kedadas” y más reuniones. Un día comenté que se acercaba el cumple de la pequeña de mis hijas, pero que no haríamos ninguna fiesta porque

no teníamos un duro. Entonces, mis amigas-mamás organizaron un súper cumple y aparecieron en casa, ¡cada una con un platillo preparado según su especialidad, tartas, pastelitos, globos... velas y todo! E hicimos una hermosa fiesta festejando además el cumple de otros dos niños nacidos el mismo mes.  Desde entonces, mi casa es de puertas abiertas y lugar de muchos encuentros.   Cuando terminan estas fiestas, las mamás me dan las gracias por haber sido la anfitriona... pero siento que la que debe dar las gracias soy yo. Soy yo la que tengo que agradecer por esa compañía tan sana, por tantas risas, por ver crecer a sus hijitos, por tantas cosas ricas, por los consejos sabios, por el abrazo amigo y la palabra sincera. Creo firmemente en la existencia de esas redes que todas las madres necesitan para criar con el corazón. Ésta es mi red.   Ahora, cuando pienso en “mis amigas”, son estas mujeres las que llenan el espacio. Puede sonar a tópico, pero con ellas aprendo, río con las ocurrencias de sus hijos, soy feliz con sus alegrías, lloro con sus tristezas y me siento acompañada en esta aventura de criar y crecer como mamá. Pero sobre todo, me siento apoyada, protegida y querida.   Desde aquí y con estas pocas líneas quiero agradecerles esos encuentros y decirles que espero con ansias el momento de volverlas a ver.

Ésta es la historia aún inconclusa de nuestra familia. Una familia que esperamos que esté completa en muy poco tiempo. Una familia a la que le une un gran amor y que comparte cada día la aventura de ser familia. Hace años, cuando la psicóloga que nos evaluó para nuestra primera adopción me preguntó que por qué quería ser madre, le contesté que quería ver la vida de nuevo a través de los ojos de un niño. Y así ha sido y sigue siendo. Ahora la vida nos da una nueva oportunidad, verla a través de un nuevo hijo. Hace cuatro meses… un día como otro cualquiera… hubo una noticia que lo cambió todo… Nos escribieron desde Rusia para decirnos que Iván estaba en adopción internacional. Iván es un niño de 10 años maravilloso, alegre, inteligente, amigo de sus amigos, guapo, guapísimo pero… aún no sabíamos tanto de él. Cuando recibimos la noticia sólo sabíamos que era el hermano biológico de nuestro hijo, adoptado en Rusia hace ya cuatro años cuando tenía 7 meses. Durante estos años, hemos seguido la historia biológica de nuestro hijo después de haber conocido en el juicio a su madre biológica y a una hermana. Ese hecho junto con el de convertirnos en padres, marcó para nosotros un antes y un después. Del shock inicial y la tensión por conocerlos, pasamos a sentirnos afortunados por poder responder en un futuro a algunas de las preguntas de nuestro hijo sobre sus orígenes. Pero, además, ocurrió que yo jamás pude olvidar a aquella niña y obviar la existencia de otros hermanos. Muchos días me he preguntado cómo estarían, cómo sería su vida, si se parecerían o no a mi hijo… muchas preguntas… porque a menudo he pensado que el destino de ellos podría haber sido perfectamente el destino de nuestro hijo. Por esa razón, sabíamos que Iván y la niña que conocimos en el juicio habían entrado en un orfanato desde 2005 porque, según nos dijeron, había muerto su abuela paterna, la que les cuidaba, y, por esta razón, su padre les dejó allí, pero les visitaba. Poco tiempo más tarde supimos que la niña había pasado a una familia de acogida en Rusia y que Iván se había quedado solo en el orfanato.

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Supimos que su madre y madre biológica de nuestro hijo había perdido la patria potestad de los niños cuando los abandonó (imaginamos que por circustancias terribles ya que con ella permanecen otros dos hijos, hermanos igualmente de nuestro hijo). Cuando supimos que sólo Iván permanecía en el orfanato, preguntamos si podíamos ayudarle de alguna manera y, venciendo las reticencias iniciales de sus responsables, acordamos que le enviaríamos cosas útiles de ropa y aseo y algún juguete sin decirle quiénes éramos. Preparamos varios paquetes para él y para el orfanato con mucha ilusión y mucho amor hacia un niño al que no poníamos cara, pero al que sentíamos muy cerca. Tan cerca lo sentíamos que por causa de nuestro interés, y dado que ya teníamos decidido ampliar la familia, nos escribieron ese día de diciembre para darnos la noticia de que había posibilidad de adoptarlo. La noticia fue en un principio desconcertante para nosotros. Es cierto que en muchas ocasiones había acariciado la idea de saber, conocer e incluso, encontrarnos con los hermanos de nuestro hijo. En muchas, muchísimas ocasiones me sentía agradecida hacia esa mujer que lo llevó dentro de sí, a ella que se cuidó durante su embarazo a pesar de su penuria económica, a ella que había dejado a un hijo en adopción pensando en su futuro, a esa mujer buena y alegre que conocimos en el juicio y que lloró al ver las fotos de nuestro hijo. Muchas veces soñaba con hacerle llegar el mensaje del niño tan maravilloso que era nuestro hijo y en cada cumpleaños de mi hijo me he acordado de ella porque no puedo imaginarme que haya olvidado el día en el que lo parió. Sí he soñado mucho con todo ellos, pero no pude dejar de sentirme desconcertada en un primer momento. Pero aún así fue un poco desconcertante. En primer lugar, porque en mi cabeza cuando pensaba en ampliar la familia siempre había imaginado a un hijo menor que el nuestro y ése era el primer pensamiento que tenía que cambiar (y os aseguro que no es tan fácil pasar de imaginarte tu hijo como un bebé a imaginarlo con 10 años). Y, en segundo lugar, porque cómo reaccionaría nuestro hijo, cómo se adaptaría un niño tan mayor, qué implicaciones iba a tener para ambos… Además, ninguno de los dos conocía la existencia del otro.

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Han sido cuatro meses de mucho pensar, de mucho reflexionar y de muchas meditaciones, de mucho pensar sobre todo sobre lo que era lo mejor para los niños, primero para nuestro hijo y después para Iván. La mayoría muy íntimas porque desde el primer momento tuvimos claro que sólo nosotros tendríamos la respuesta a esta decisión y alguna otra, más especializada, basada en la experiencia de otras personas que han adoptado niños mayores. Estaba claro, no existía un vínculo afectivo entre ellos pero, si queríamos ampliar la familia y se iba a construir un vínculo afectivo entre dos niños, por qué no entre los hermanos. Además, ¿cuáles eran las razones para no darle ni siquiera una oportunidad a Iván? ¿La edad? ¿Es ésta una razón para negarle a Iván una familia? ¿O se trata más bien de miedo? ¿Cuáles son las dificultades? Por supuesto que las hay, pero creo que simplemente diferentes porque también existen con un bebé y con un niño de dos o tres años… con un niño de 10 años pues serán diferentes. Me empezó a rondar por la cabeza la idea de que si decía que no y algún día sí volvíamos a esa ciudad a por nuestro segundo hijo no iba a poder dejar de sentir un gran vacío por Iván, por su ausencia. Al final, después de un intenso proceso de reflexión decidimos que queríamos ir adelante, queríamos que Iván nos conociese y nos dijese si también él quería ser parte de nuestra familia. Y así partimos hace casi un mes hacia Rusia, cargados de ilusiones, esperanza, con el firme convencimiento de que Iván, salvo que él no quisiese, ya era parte de la familia. Preparamos el viaje a conciencia, juguetes para compartir con él y verle más en su entorno, un globo del mundo hinchable para enseñarle dónde estaba España, una carta para el primer día contándole por qué estábamos allí y que nos podía decir lo que quisiese, un diccionario ruso-español por si le apetecía cotillear palabras y un libro contándole mil cosas, desde dónde está España, a cómo es España, qué comemos, cómo somos, hasta quiénes éramos, cómo era nuestra familia, hablábamos de nuestro hijo, su hermano, de nuestros parientes, de nuestro día a día. Todo traducido al ruso y con muchas fotos. Y como ya hice en el viaje en el que fuimos a por nuestro hijo, cargué la maleta con ropa en tonos alegres.

Llegamos a Moscú a las 5 de la tarde. Nos estaba esperando un chófer y con él iríamos hasta la región a unos 350 km de Moscú. Nos habían dicho que llegaríamos entre la 1 y las 2 de la mañana, nos acostábamos y el viernes iríamos a ver a Iván. Está en un orfanato a una hora, hora y media en coche. Nuestro principal pensamiento era poder pasar con él todo el tiempo que nos dejasen el vienes, el sábado y el domingo. El lunes temprano volveríamos a España. No era mucho tiempo, pero es todo lo que podíamos. Después de un largo y cansado viaje por carretera, llegamos a la región, descansamos y el viernes nos reencontramos con nuestra intérprete y amiga y con nuestra amiga de los Servicios Sociales que nos había informado de la situación de Iván y nos había ayudado a preparar el viaje. Visitamos rápidamente la casa cuna donde vivió nuestro hijo sus primeros meses de vida. Todos nos recordaban y le recordaban. Dejamos la maleta de ropa y cosas de aseo para bebés y los paquetes de pañales que habíamos comprado. Fue también muy emocionante recordar aquellos momentos en los que nos convertimos en padres por primera vez. Estábamos muy nerviosos y con ganas de partir hacia el orfanato y encontrarnos con Iván. Cuando llegamos todo el personal estuvo volcado con nosotros. El director, encantador, todos hablan muy bien de Iván y nos dan todo tipo de facilidades, podemos estar con él todo lo que queremos incluso sacarle de paseo fuera del orfanato. Llega Iván. Mi marido se emociona tanto al verle que disimuladamente se gira hacia la ventana y llora. Nos sentamos con él. Se parece tanto a nuestro hijo. Es guapísimo, a nosotros nos lo parece. Tiene la mirada alegre, los ojos color miel, grandes y vivos y una sonrisa que lo llena todo. Está tímido y nervioso (no para de mover una pierna estando sentado). Responde a las preguntas que le hacemos, le gusta jugar al fútbol, tiene dos amigos Dimitri y Serguei y saca muy buenas notas en el colegio. Le contamos que venimos de España y que allí nieva menos que en Rusia y él, sorprendido, nos pregunta que entonces a qué jugamos en invierno (nos hizo mucha gracia). Le damos la ropa que le hemos llevado y algunos jugue-

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tes, un Actimel y galletas de chocolate y se zampa medio paquete y el Actimel. Iván se va a comer y a nosotros nos dan una comida de gala y nos cuentan muchas cosas de él. Sólo le han dicho que tiene una visita de España. Él pregunto si eran papá y mamá y le dicen que no (tienen miedo de que algo vaya mal y el niño tenga una gran frustración). Le dicen que es como otras veces que algún niño ha recibido visitas (según parece esto ha ocurrido y luego no lo adoptan). Nos vamos de paseo con él. Le entusiasman la cámara de fotos y la de vídeo y se las dejamos y nos graba y nos hace fotos. Sonríe mucho todo el tiempo. Volvemos y nos dicen que podemos jugar con él. Elige jugar a las damas y se lo pasa bomba ganando a mi marido. Está más relajado y se le ve aún más alegre. Le damos la bola de mundo inflable. La hincha y le encanta ver dónde están Rusia y España. La educadora nos dice que apenas ha comido porque todos los niños le preguntan por la visita. Nos cuenta que es un niño de familia, le gusta compartir con sus amigos, que no es agresivo, pero se defiende si tiene que hacerlo y que es un buen estudiante. Le dimos el diccionario pero resulta que aún no ha aprendido las letras en latín (vamos a tener mucho trabajo en la escolarización). Nos despedimos. Le doy besos y un fuerte abrazo. Le pido un beso y me doy cuenta de que no sabe besar. Nos vamos y, cuando estábamos en la calle, sale corriendo y nos abraza. Nos sacamos más fotos y le decimos que mañana volvemos. El sábado volvimos a pasar un día emocionante y bastante más largo con Iván. Nada más llegar nos estaban esperando el Director y la Asistente Social.Nos han dedicado mucho tiempo y hemos podido reconstruir hasta donde hemos podido la historia de Iván. Además nos han dado datos médicos pero no había nada reseñable por lo que esta parte ha sido breve. A continuación han ido a buscar a Iván, que ya llevaba rato esperándonos porque los otros chicos nos habían visto desde la ventana y le habían avisado.

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Nuestro conductor ha sugerido esta mañana que, dado que a Iván le gustaba el fútbol, por qué no le comprábamos una pelota, y hemos conseguido un balón oficial de la Eurocopa. Se lo hemos dado nada más verle y no se ha separado de él. Le hemos preguntado qué quería hacer y no quería hacer otra cosa que no fuera ir al campo a jugar con el balón. Hemos ido a un bosque precioso y allí han estado dos horas jugando al fútbol Iván, mi marido y el conductor, que es también encantador. Se lo han pasado en grande. Ya era tarde y aunque Iván quería seguir jugando se notaba que estaba cansado y decidimos que ya era hora de comer. Creo que quería disfrutar de aquel momento de juegos sólo para él con dos adultos que están pendientes de él al máximo. No quiere que se acabe nunca. Hemos ido a un restaurante e Iván ha estado increíble. Al principio tímido, pero finalmente se ha decidido a pedir lo que quería. Mientras esperábamos la comida ha estado haciendo tonterías con los botecitos de Actimel, jugando a que peleaban entre sí... Me ha gustado ver esa faceta tan infantil de él. Creo que todavía hay mucho niño dentro de él. Por otra parte, no debe de ser fácil para un niño de 10 años estar comiendo con cuatro adultos desconocidos, tres de los cuales hablan entre sí un idioma desconocido y están todo el tiempo preguntándote lo que te gusta, cuáles son tus amigos, qué haces los sábados... Creo que el auténtico valiente en esta historia es Iván. En la comida le hemos preguntado si le gustaría venir a España y, como ya nos habían dicho en el foro de adopción de mayores, simplemente se ha encogido de hombros. Al acabar hemos vuelto al orfanato y estaban muchos niños en el jardín y le han preguntado por su balón nuevo. Hemos conocido a su mejor amigo, Serguei. Son inseparables. Hemos entrado y hemos jugado a las damas. Él estaba muy atento a las conversaciones en ruso. Al acabar le hemos dado el libro que le habíamos preparado y ha sido cuando ha sabido que teníamos un hijo adoptado de su misma ciudad. Ha estado muy interesado por

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todo, especialmente por nuestro hijo, quería saber cuantos años tenía, cuándo estaba hecha su foto, cuál era su habitación en las fotos de nuestra casa. Ha sido muy bonito verle tan interesado. Por supuesto que también ha estado interesado en nuestra familia, quiénes eran mis hermanos, mis sobrinos, sus edades, los hermanos de mi marido. Le ha gustado ver que mi familia vivía en una isla, ha dado un respingo cuando ha visto una foto de una playa... le ha encantado también que mi marido trabajara con ordenadores y nos ha sorprendido que reconociese un portátil y dijese el nombre en inglés. Definitivamente es un niño muy listo. El libro ha sido un gran, gran acierto y en el orfanato les ha gustado mucho. Creemos que mañana nos hará alguna pregunta más sobre él porque no paraba de leerlo. Al salir, Iván estaba esperándonos, quería irse con sus amigos a jugar a la pelota. Le hemos acompañado y mi marido ha vuelto a jugar un ratito con él. Le he pedido que me diese un beso y me lo ha dado disimuladamente (sus amigos estaban mirando) pero esta vez, ha sido un beso y yo le he dado mas tarde otro (sin sus amigos delante). y ha estado mas tímido que ayer.

gustado saber que en casa hay un niño con el que podrá jugar y creo que él es muy consciente de todo eso y, por eso, le ha gustado el saber que ya teníamos un hijo aunque fuese mucho más pequeño que él, pero Iván, aunque es un niño muy inteligente, sigue siendo por encima de todo un niño con un gran deseo de tener una familia y jugar. No dudamos que le queda mucha infancia por delante. Ya es domingo y hoy me he levantado sintiéndome más mamá si cabe. Hoy vamos a afrontar con él claramente su opinión sobre tener una familia y que seamos nosotros. No será fácil para un niño responder a esta pregunta, pero vamos a intentarlo sin atosigarle. Hoy nos iremos con el corazón triste, pero con la seguridad de que pronto estaremos todos juntos. Iván llegará y, aunque es el mayor, al principio será el recién llegado y tenemos que tratarle como si un bebé hubiese llagado a casa. Mucho amor, mucho apego y mucho contacto físico. No se puede recuperar el tiempo perdido, pero para el amor nunca es tarde.

Mañana es nuestro último día con él y él ya lo sabe. Me ha parecido que dentro de lo que cabe es un orfanato en el que los niños tienen contacto con el exterior, salen de excursión, pueden entrar y salir al jardín a jugar. Nos ha sorprendido lo bien adaptado que estaba Iván a comer en un restaurante, ir al campo... Y también hemos visto que, dentro de sus limitaciones, los niños no están muertos de hambre. Iván come pero no lo hace con ansiedad, ni devora. En el viaje de vuelta en coche, mi marido y yo hemos hablado y no pensamos que ningún otro niño que no sea Iván puede ser nuestro hijo. Mañana será otro día, pero estaremos tristes porque será nuestra despedida de Iván aunque esperamos verle muy pronto. Al mismo tiempo, nos entristece saber que va a perder a sus amigos, especialmente a Serguei, al que está tan unido. En España no tendrá amigos al principio y esto va a ser duro para él, aunque también creemos que le ha

Con Serguei podrá hablar por teléfono y en esta espera nosotros también podemos llamar a Iván. La verdad es que estamos encantados con el orfanato y toda su ayuda. Adoran a Iván y ellos también quieren que todo salga bien. Ya hemos llegado al orfanato y afortunadamente como era domingo no había directores, ni educadores con cargo, ni nada parecido. Les estamos muy agradecidos por toda la información, facilidades y atenciones pero, en alguna ocasión hemos deseado ver a Iván y allí estábamos con los cumplidos y entretenidos en hacernos mutuamente “la pelota” Iván nos estaba esperando escondido en el jardín. Definitivamente es un niño lleno de ganas de jugar. Le divirtió mucho que lo encontráramos.

y fue corriendo a buscarlo. Se lo había leído todo y le fue comentando a nuestra intérprete de español (el día anterior no habíamos ido con ella sino con una persona y la amiga que nos informó de la situación de Iván de los Servicios Sociales). Se lo sabía todo y lo que más le fascinaba, o al menos nos lo parecía, era nuestro hijo, recordaba que en una de las fotos era más pequeño, su habitación y sus juguetes y que mi marido trabajaba con ordenadores. Como cualquier niño de 10 años, siente fascinación por todo lo electrónico y la verdad es que no deja de sorprenderme su nivel de desarrollo en este sentido, otra cosa será su nivel de estudios, pero eso ya se verá. Pero en todo lo demás no recuerda en nada a un niño que está viviendo en una institución. Le preguntamos si quería ver a nuestro hijo en el DVD portátil que llevábamos y nos dijo que sí. Además llevamos filmada nuestra casa por fuera y el jardín y esa era otra de las cosas que le había sorprendido y nos había comentado que la casa era grande. Yo quería con esto y con el libro que todo le fuese algo más familiar y que no todo fuera absolutamente desconocido cuando llegase. Después hablamos con él y le dijimos que nos gustaría mucho que fuese parte de nuestra familia, que todos le esperábamos pero que no haríamos nada que él no quisiese, pero él no responde nada, baja la cabeza, sonríe y encoge los hombros. Le preguntan por su familia. Él dice que tiene una hermana, que tiene 12 años, pero que ya hace más de un año que habló con ella por última vez (su hermana está con una familia de acogida rusa desde hace dos años) y una prima, que tiene 18 años más o menos (no lo sabe bien). ¡Claro que recuerda a su hermana! El personal del orfanato nos decía que no la recordaba pero cómo no va a hacerlo, es un niño listo y vivió con ella hasta los 8 años. Además, nos han dicho que es de los pocos niños del orfanato al que ningún familiar visita, así es que estoy segura que muchas veces pensará “ sí, pero yo tengo una hermana”. Al menos eso es lo que yo haría.

Nada más vernos miró qué llevábamos en la mano, intentando adivinar y descubrir sus regalos, y apareció su amigo Serguei y empezaron a comentar entre ellos.

Le preguntan por su padre, pero apenas quiere contestar. Le preguntan si quiere volver con él y apenas responde, creo que dice un tímido no. Le pedimos a nuestra traductora que pare. Parece un tercer grado y no queremos eso ni mucho menos.

Entramos y nos sentamos en la portería. Le preguntamos sobre el libro que le habíamos dado el día anterior

Aparece nuestro conductor con los Walkie Talkie que le habíamos comprado y a los que había ido a poner pilas.

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Le rechiflan. Le entusiasman. Sale corriendo a darle uno a su amigo Serguei y empiezan a probarlos. Nos vamos a comer con él a un restaurante y le decimos que a la vuelta jugamos con él y Serguei juntos y se muestra encantado con la idea. Come otra vez muy bien, todo pero reposadamente. Le damos un Actimel y se guarda el bote vacío en el bolsillo. Le decimos que lo deje, él dice que no hay donde tirarlo pero, no sabemos bien para qué lo quiere. Yo creo que simplemente guarda todo porque todo es para él un tesoro. En el orfanato apenas tienen nada propio. Nuestra intérprete le dice que no puede leer la carta porque no lleva gafas y él le responde que luego el conductor se la lee, ella le dice que aún no ha llegado y que hay que ir pidiendo y él se la lee mas o menos, muy tímidamente. Volvemos y nos juntamos con Serguei, juegan con los Walkies. Serguei es más torpe y no termina de entender cómo funcionan. Iván se lo explica y no paran de entrar y salir, alejándose uno del otro. Abro unas patatas fritas y las devoran entre los dos. Iván no parecía tener más hambre en la comida, pero sigue comiendo. En la comida le habíamos dado un Mini-Babybell. Nos dijo que se lo guardaba para compartirlo con Serguei. Saca el quesito le da un mordisco por la mitad y le da la otra mitad a Serguei. Entretanto nos cuentan que Serguei tiene familia y que algunas vacaciones va con ellos. Nos comentan que cuando Iván llegó hace dos años, estaba tímido y asustado y a veces lloraba. Subimos a ver su dormitorio. Duerme con otros 5 niños más, su cama es pequeñita y esta pegada a un gran ventanal. Los muebles son viejos y desvencijados, todos marrones y allí tiene nuestro globo del mundo y alguna otra cosa. Miramos el colchón y no tiene, es una tabla de madera y tela amontonada para que este mas suave. Volvemos con ellos, siguen jugando, pero Serguei ha bloqueado el Walkie, le explicamos que hay que desatornillar y volver a colocar las pilas. Iván sale corriendo a buscar el destornillador y las quita. Le cuesta, no quiere que mi marido le ayude y vemos que tiene carácter. Al final cede y mi marido le ayuda. Se mueve por allí como pez

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Entrevista a Yolanda González Leticia Jiméniez, socia de ACC en México. en el agua, aquello es su hogar y sus amigos, su familia, su tesoro más preciado y los cuida. Creo que es un niño que valora la amistad por encima de todo y no dejo de darle vueltas cuando al llegar a España se vea sin amigos y creo que es lo que también a él más le preocupa. Él nos comenta que sabe arreglar cosas, hasta coches. Está claro, le fascina lo electrónico y esas cosas que tanto gustan a los hombres. Coge la cámara y ya sabe cómo buscar las fotos y acercarlas con el zoom. Le comenta a su amigo “ mira qué sonrisa tengo”. Le vemos presumido y con ese sentimiento de líder que nos habían comentado. A ver cómo va luego en España cuando pierda inicialmente ese status. Nos sentamos con él. Ha llegado el momento de despedirnos. Le volvemos a decir que queremos que sea nuestro hijo, que va a tener un hermano, él nos contesta el nombre de nuestro hijo, que vamos a arreglar los papeles lo más rápido que podamos, pero que no depende de nosotros, que pasará tiempo, no sabemos cuánto, pero volveremos. Le decimos que le vamos a enviar las fotos de estos días,

que le llamaremos y le escribiremos por su cumpleaños y que esperamos que el próximo lo celebremos juntos. Nos despedimos tristes y yo le veo a él algo más triste que otros días. Mi marido sale hecho polvo, sin poder dejar de llorar. Ya hace casi un mes que hemos vuelto y no paramos de hablar y de intentar agilizar todo. Entretanto, le hemos enviado a Iván una bonita tarjeta de cumpleaños con palabras escritas en ruso por nosotros y las fotos que sacamos con él, y también le hemos enviado otra carta explicándole cómo van nuestras gestiones, lo contenta que está toda la familia, los amigos, que estamos preparando su habitación. Aquí empieza nuestra aventura como familia. Una aventura ni mejor ni peor que ninguna otra, simplemente diferente, pero con la misma base que otras muchas: el amor. Un amor que esperamos nos ayude a superar las dificultades, si bien estas nos preocupan poco porque dificultades habrá, pero ni más ni menos, ni mejores ni peores que en cualquier otro caso.

Yolanda González Psicoterapeuta Especialista en Prevención infanto-juvenil. Formadora de profesionales de la salud, profesorado y padres en promoción y prevención infanto-juvenil en el ámbito privado y público. Junta directiva de I.A.N. (Teoría del apego) Miembro de A.S.M.I. (Asociación Salud Mental Infantil) La infancia es la fase de cimentación para la psique y la vida afectiva de una persona. Muchas veces se dice que “nadie estudia para ser padres”, sin embargo existen diversos grupos de apoyo y profesionales dedicados a esta delicada etapa de la vida, que en su labor pueden orientarnos para romper cadenas de comportamientos nocivos hacia nuestros niños. Yolanda González, Psicóloga clínica y Presidenta de APIR (Asociación de Psicoterapia y Prevención-Promoción de la Salud Infantil). Su especialidad en la infancia es promocionar la salud y prevenir los trastornos emocionales a través de grupos de padres interesados en buscar un nuevo enfoque para la relación con sus hijos.   ¿Cómo surgió su interés profesional en la infancia y en la importancia de la prevención? El origen lo sitúo en mi propia infancia. Cuando era pequeñita y  veía llorar a bebés o a niños sin ser consolados o atendidos por sus papás, me provocaba tristeza. Recuerdo que pensaba “cuando sea mayor, no dejaré llorar a un bebé solito”. Más tarde, me formé como Psicóloga Clínica con adultos, aunque mi pasión fue especializarme en la prevención del sufrimiento infantil y la promoción de la salud integral de los pequeños. ¿Qué aportan el apego y el vínculo en la  relación con nuestros hijos? La Teoría del Apego aporta investigaciones muy interesantes sobre la formación del vínculo entre padres e hijos. Sobre todo, nos permite comprender la importancia de crear unas bases afectivas que posibiliten un vínculo seguro a nuestros hijos. El mayor regalo que podemos ofrecer a un hijo, es una base saludable e integral para afrontar los retos de la vida. Como padres ¿cómo manejar el  bombardeo mediático que afirma que los niños tienen que ser indepen-

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dientes desde que nacen y seguir nuestro frenético ritmo de vida? ¿Habrá alguna forma de llegar a un punto medio? Es real que estamos bombardeados con todo tipo de información. La única forma de frenarlo es con el sentido común, sentido muy escaso en nuestra sociedad. Y con  grandes dosis de empatía y  reflexión crítica. Pensemos, ¿es compatible nuestro ritmo adulto y frenético con las milenarias necesidades infantiles de afecto, de disponibilidad emocional y amor incondicional? Algo no encaja en nuestra sociedad. El estrés y el afecto representan ritmos antagónicos de funcionamiento. Es un tema muy serio por las graves consecuencias que se derivan. ¿Son los niños los que deben “conciliar” sus necesidades con la sociedad estresante o debiera ser a la inversa? El cambio de mirada es posible con medidas político-sociales adecuadas que beneficien el ejercicio de la maternidad/ paternidad responsable. Debemos intentarlo por los más pequeños. ¿Por qué nos interesa tanto la “independencia”  de los niños y discutimos si con tal o cual forma de crianza son más independientes? La dependencia infantil incomoda porque, aunque necesaria, es larga. A veces nos pesa renunciar temporalmente a nuestra forma de vida, ignorando que es un tiempo que representa una inversión pro-salud para el futuro. Ya que a veces parece que vamos contracorriente, ¿cómo conseguir un espacio para una crianza apegada y vinculada sin aislarse del mundo? ¡No hay por qué aislarse del mundo para fomentar un vínculo seguro! Cada vez hay más grupos de apoyo a la crianza y lactancia prolongada, así como escuelas de padres, que buscan una crianza y educación saludable y coherente. Siendo así que la teoría del apego está avalada por estudios científicos y publicaciones.... y que en la teoría “contraria” nadie aporta datos contundentes, ¿por qué es tan difícil aceptar el apego por bien que se argumente, y cualquier argumento simplista vale para que la gente se apunte a la segunda? Por dos motivos: la primera causa, en mi experiencia, es la ausencia de actitud crítica para cuestionar la inercia educativa que nos ha sido transmitida intergeneracionalmente. La segunda, porque es más fácil dejarse llevar por la corriente, aunque el agua esté contaminada, que buscar ríos con agua fresca y natural. Existe la resistencia al cambio. Cambiar despierta temores de todas las clases, pero una

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vez superados y desde el contacto con lo esencial de uno mismo, las presiones externas van perdiendo poder y el camino se hace más claro.  ¿Qué nos puede decir sobre el sistema hospitalario y su influencia en el apego temprano entre madres e hijos, o con los niños hospitalizados? Tanto después de la experiencia del parir y nacer, como en caso de hospitalización infantil, es fundamental no crear rupturas innecesarias del continuum de relación mamá-bebé, siempre que sea posible: en el caso del nacimiento, debido a la extrema vulnerabilidad del bebé que, como todo mamífero, necesita del contacto permanente con su mamá. En Prematuros, de igual forma, hay que preservar el vínculo aplicando el método de la mamá canguro, si es posible. Y en la hospitalización se trata de favorecer la presencia permanente de una figura de referencia afectiva. De lo contrario provocamos dolor, soledad y sufrimiento innecesario, cuando ellos más nos necesitan. ¿Se puede hablar en algún momento de “exceso de apego”? ¿Exceso de afecto? Una cosa es dar amor incondicional como padres y otra, asfixiar e impedir el proceso de autonomía natural infantil. El amor que respeta al otro nunca es excesivo. Vista la actual tendencia a escolarizar tempranamente, ¿en qué modo afecta al vínculo la separación a temprana edad, ya sea por guarderías o escolarización? En mi experiencia profesional, hemos ido buscando alternativas posibles a la escolarización temprana, en el caso de que  ésta despierte, como ocurre con frecuencia, ansiedad e inseguridad en los pequeños. Pero si después de ver todas las alternativas posibles es inevitable la escolarización, es fundamental la implantación sistemática de períodos largos de adaptación-integración, dando la oportunidad al pequeño de integrarse a la nueva experiencia sin ansiedad, gracias a la presencia segurizante de la mamá o sustituto. ¿Es reparable el daño que la separación temprana provoca en ese vínculo? El ser humano es potencialidad. Cada experiencia en la vida nos condiciona pero no es determinante, de lo contrario no habría lugar para la esperanza. Ni hay padres perfectos, ni hijos perfectos. Lo que hay son condiciones favorecedoras o no del desarrollo de la salud en cada momento del proceso evolutivo del ser humano. Y siempre existen recursos para superar situaciones difíciles.

¿Cuándo empieza a aparecer la necesidad real de ampliar el número de personas con las que el bebé/niño necesita relacionarse? Es el bebé quien debiera marcar el ritmo de sus necesidades vitales y preferencias vinculares. Durante el primer año de vida, la mamá o figura de referencia suele ser la preferida para cubrir sus demandas y es esencial que así sea para el desarrollo del vínculo, pero eso no significa que el papá o los abuelos no deban estar presentes en su vida y en ocasiones cumplan una función fundamental, si por razones diversas ese bebé concreto deposita su demanda en ellos. ¿Qué opina acerca del concepto de autorregulación tratado por autores como Neill, Reich, etc.? Admiro la capacidad de observación y de respeto por los procesos del desarrollo evolutivo que ambos autores demostraron en su práctica profesional. La confianza plena en que los bebés y los niños son capaces de autorregularse es una realidad que como padres podemos comprobar si confiamos en ellos. Es decir, como cualquier mamífero, los bebés sienten cuándo necesitan cubrir las necesidades vitales sin ningún manual externo que los regule. Nutrirse de alimento y afecto con contacto epidérmico,  así como el  sueño, son necesidades básicas de supervivencia. Su lenguaje, el llanto, nos comunica la necesidad que requiere ser cubierta, ya que dependen totalmente del adulto. Las interferencias comienzan cuando recibimos consejos externos e imponemos criterios poco saludables, como por ejemplo el „Duérmete niño“, que ignora la función de  las respuestas emocionales infantiles. La autorregulación no significa que no haya que poner límites. Pero hay que discriminar cuándo, cómo y por qué.

poco acceden al mundo exterior, socializándose con los amiguitos. Dar todo lo necesario al primero para luego atender al segundo, es priorizar a cada hijo. Traer hermanitos, es otra opción. ¿Existen los celos del hermano mayor hacia el pequeño? En la generalidad existen, aunque dependen de muchos factores. Es una de las consultas habituales con los padres. No sólo consultan celos del mayor al pequeño, sino también a la inversa. ¿Qué estrategias serían mejores para manejarlos desde la óptica de la  crianza con apego? Dar espacios individuales para cada hijo, donde se sientan únicos, porque lo son. Reconocer y no negar la existencia de esos celos sin culpabilizar. Favorecer el diálogo de los sentimientos entre los hermanos. Éstas son algunas premisas fundamentales que pueden ayudar en el tema de los celos.  ¿Cuál debería ser el papel del padre en la crianza con apego? ¿Cómo debe evolucionar este papel según crece el bebé? El padre debiera estar presente desde el mismo momento del nacimiento. Otra cosa es que su función vaya a ir cambiando con el tiempo, aumentando su protagonismo en la vida del bebé-niño, si establece un vínculo seguro a medida que pasan los meses. Hay papás que se angustian porque el bebé siempre prefiere a mamá. Siempre les digo que es una etapa necesaria, pero no eterna. Por tanto, que no desaparezcan, porque su presencia afectiva también es esencial aunque no sean los „preferidos“ durante la lactancia materna. 

¿Qué hemos de trabajar más lo padres que queremos convivir junto a nuestros hijos bajo estas premisas de respeto y empatía? Cuestionar el deseo de que obedezcan, sustituyéndolo por el objetivo de que sean razonables. Criar y educar es un arte que requiere reflexión continua, observación tranquila y preparación.

En un niño pequeño, ¿tiene importancia la familia extensa en su desarrollo (abuelos, tíos, etc.)? ¿O sólo influyen la madre y el padre? La familia extensa ha formado parte siempre de la existencia. Es ahora cuando es nuclear, monoparental, etc. Lo importante es la calidad de la relación. Con mamá y papá, relación cálida; con abuelos y tíos, ¿por qué no?

En su opinión ¿cuál es la mejor edad del bebé/niño, si la hay, para aumentar la familia? Existe el mito extendido, de que cuanto más seguidos mejor, porque se crían al mismo tiempo y juegan. O quizá se pelean. Hay cien mil opiniones al respecto. Yo respeto la decisión de los padres, aunque siempre les informo de que los  pequeños necesitan mucho de los papás durante los tres primeros años de vida. Cubierta esta etapa, poco a

Muchas veces,  a partir de los dos años de edad, cuando nuestros hijos comienzan a dejar de ser bebés, nuestro ideal de convivencia armoniosa, respetuosa, con apego con y hacia nuestros hijos se tambalea, incluso a veces se derrumba. En su opinión, ¿qué factores influyen más en que esto ocurra? ¡Los dos añitos…! Empiezan a manifestar sus deseos, quieren explorar todo, no admiten restricciones y comienza en los padres la pérdida de la paciencia. Ya no son bebés y el

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aluvión de consejos comienza con más intensidad si cabe que en los años anteriores. „Necesita límites“ es la frase preferida de todo el entorno. ¿Es así? Si vemos el desarrollo como un continuum, es un pasito más que requiere, sobre todo,  complicidad. Sería necesario un artículo entero para hablar de esta edad. Pero adelanto que a través del juego y la complicidad se consigue más colaboración que con la orden y el llamado límite puesto a veces incorrectamente.

¿Y cuando realmente ya no son bebés? Cuando ese pequeñito que mecíamos de pronto es un chaval que nos saca un palmo de estatura, y es como si fuéramos de planetas diferentes,  ¿qué premisas pueden ser útiles para convivir con nuestros adolescentes? La adolescencia es una etapa realmente crítica en el desarrollo. Buscan su propia identidad y los padres no son la referencia preferida. Nuevamente, requiere un espacio más amplio para abordar este tema tan delicado para padres e hijos. Mucha gente abraza la crianza con apego buscando “resultados” y cuando sus hijos de pronto dan una mala contestación o tienen algún problema se preguntan “¿qué habré hecho mal?”. ¿La crianza con apego puede asegurarnos chiquillos con buen comportamiento? Ésta es una pregunta frecuente cuando los hijos no responden a nuestra expectativa. “¿Qué he hecho mal?” ¿Por qué mal? Quizá nos falta ajustar nuestra mirada. Quizá no hemos entendido su momento. Y sobre todo, quizá idealizamos la relación. Una relación saludable no está exenta de conflictos. El problema no es la existencia de conflictos, sino aprender a resolverlos a través de la negociación y la escucha. Muchas veces se nos dice “estás malcriando a tu hijo” cuando uno considera que está respondiendo a sus necesidades. ¿Es lo mismo criar con apego que malcriar? ¿Qué es malcriar? ¿Amar y dar? Éste es precisamente el título de mi libro que saldrá próximamente:“Amar, sin miedo a malcriar”. No diría tanto criar con apego, sino favorecer el vínculo seguro en los hijos. Y la forma de lograrlo está en la capacidad de contacto de los padres, la empatía y la escucha. Estas características no son incompatibles con la firmeza de criterios y límites si son necesarios. Por el contrario, realmente malcriar desde la  la perspectiva del fomento de la salud infantil, es no dar el amor y la seguridad que necesitan.   La sociedad sería más sana y solidaria si el amor estuviera verdaderamente presente desde la infancia hasta la vejez.

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La lactancia y el vínculo madre-bebé Yolanda González, Psicoterapeuta, Especialista en Prevención infanto-juvenil. Formadora de profesionales de la salud, profesorado y padres en promoción y prevención infanto-juvenil en el ámbito privado y público. Junta directiva de I.A.N. (Teoría del apego)Miembro de A.S.M.I. (Asociación Salud Mental Infantil)

“En el inicio damos la vida, luego, el alimento pero siempre, EL AMOR” (Cita de autor anónimo.) El amor, el contacto emocional, la empatía, son conceptos fundamentales para dar sentido a la primera relación y más privilegiada de un ser humano: la relación madrebebé. Socialmente, se parte del “supuesto” de ofrecer la suficiente cantidad/calidad de amor de padres-madres a hijos. Sin embargo, no siempre lo que creemos dar es lo que logramos transmitir y sobre todo, no siempre coincide con las necesidades de los receptores: los más pequeños. A veces, estamos demasiado ocupados en otras exigencias cotidianas y nos alejamos de “contactar emocionalmente” con las demandas afectivas de nuestros hijos. Sin embargo, su necesidad insaciable de amor requiere de una continuidad estable para la constitución del vínculo afectivo, continuum que debe estar presente como expresión firme y como hilo conductor durante todas las etapas del desarrollo psicoafectivo infantil. Todos los períodos de este proceso de crecimiento son importantes: el embarazo y el parto son la base, pero no menos esenciales lo son los primeros siete años de vida para la consolidación de una mínima base de salud biopsico-social. Partiendo de esta premisa de continuidad, vamos a centrarnos en el CÓMO de la Lactancia, en este caso natural (siendo extensible a la artificial). El AMAMANTAMIENTO (Oralidad), representa además de un factor nutritivo saludable a nivel global, la posibilidad de continuar con el “Contacto” que le da seguridad cuando accede al mundo exterior. Es la posibilidad de ir creando un vínculo afectivo seguro, en base a la “interacción” que activamente mantiene con su madre. Stern y otros autores, hablan del diálogo que inician los bebés y secundan las madres de forma armónica o disarmónica. Pero sobre todo, representa la potencialidad de ir experimentando “experiencias de PLACER”: Si el parto es una experiencia sexual, la lactancia es la expresión primera de la sexualidad en la experiencia de un ser humano. Sin entrar a citar autores, ni profundizar

en esta fase del desarrollo, “la oralidad” que se inicia con el contacto de la boca del bebé en el pecho materno le permite satisfacer no sólo una función nutritiva sino también y, sobre todo durante los tres primeros años, una gratificación de su necesidad de placer. Si esta experiencia oral con la doble función señalada tiene un hilo conductor estable de permanencia en torno al placer, paralelamente el bebé podrá ir integrando una percepción del mundo externo cada vez más positiva y menos amenazante. Porque, realmente, la oralidad es también una forma de exploración del mundo exterior que de forma natural comienza con el propio pecho materno, se extiende más tarde al rostro de la madre y luego al entorno. Y así progresivamente se irá estructurando su psiquismo, en base a progresivas experiencias que pueden ser placenteras o displacenteras, en función de la relación vincular que establezcan el bebé y su mamá. Muchas manifestaciones psicopatólogicas en edades posteriores (relacionadas con síntomas diversos) podrían evitarse si hubiera un buen abordaje durante este período de la lactancia natural. Continuando con el establecimiento del vínculo, también LA PIEL es un continente que necesita ser recorrido a través de caricias, masajes y del contacto epidérmico directo del cuerpo materno y del pequeño. Es importante porque permite al bebé ir reconociendo sus límites/ fronteras corporales respecto al exterior. Sin embargo, la realidad es que tocamos poco a nuestros bebés: numerosas publicaciones como por ejemplo ésta, afirman que: “los españoles miman poco a los bebés” (D.V.) por temor a malcriarlos. Y paradójicamente, como sabéis, recientes investigaciones (Baylor College of Medicine) han descubierto que los niños que reciben pocas caricias y tienen pocos estímulos “desarrollan cerebros entre el 20% y el 30 % más pequeños que lo normal para su edad”. También se ha corroborado que la falta de interacción activa madre-bebé (o sustituto) es nefasta en los primeros años de vida: madres depresivas tienen bebés con un nivel más bajo de pautas de actividad cerebral; es lo que se denomina “cerebros tristes”. Dentro de esta progresiva estructuración biológica y psicológica, LA MIRADA es otra función vital para el desarrollo de la salud no suficientemente valorada. Durante la lactancia, los bebés necesitan mirar, enfocar, disfrutar de los ojos maternos para ir progresivamente saliendo de la indiferenciación (yo-no yo) que los caracteriza. Durante el amamantamiento, no hay mayor atracción para

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el bebé que los ojos maternos. Quedan embrujados y también nos embrujan con su genuina mirada. La mirada es presencia, contacto emocional, reconocimiento de la existencia del otro... De esta forma: -La oralidad -El contacto ocular -El contacto epidérmico -Y la presencia afectivo-emocional-energética, van progresivamente consolidadando una relación estrecha entre madre-hijo, que se expresa a través de la manifestación del Vínculo. Hay numerosos estudios en el reino animal (monos Rhesus) y la especie humana (“hospitalismo”), que demuestran que cubrir las necesidades físicas primarias (alimento, sueño, higiene...), si no van acompañadas de contacto físico, seguridad emocional y amor, genera serios trastornos en el comportamiento, como son, entre otros: actitudes de retraimiento, aislamiento, depresiones, y un largo etc., además de un profundo sufrimiento emocional. Someramente, podemos afirmar que el vínculo tiene una base biológica que cumplió un mecanismo de protección primaria: la garantía de supervivencia de la especie. En nuestra especie, es un largo proceso que se caracteriza por una relación asimétrica: el adulto “debe” adaptarse al ritmo biológico del bebé para favorecer el vínculo seguro, y no a la inversa como algunos manuales pediátricos todavía a veces aconsejan. La característica más sobresaliente del vínculo, es la tendencia natural a lograr y mantener un cierto grado de proximidad corporal con respecto a la figura de apego, que permite contacto físico y sensorial ocular privilegiado, es decir vigilancia con la mirada por parte del bebéniño de los movimientos de la figura vincular. Otra característica es su jerarquía: esto significa que existe una preferencia por una figura de referencia que luego se amplía progresivamente. Generalmente esta figura recae en la madre biológica, si es la que otorga los cuidados y la atención emocional adecuada. ¿Qué posibilita y cuál es la función de esta base segura a nivel evolutivo que proporciona el vínculo? Basicamente la posibilidad de exploración del mundo exterior. Sólo exploramos si estamos seguros. Aunque la teoría del attachment afirma que comienza a observarse en nuestra especie a los 12 meses de vida con el inicio de la locomoción, se observa mucho antes en la relación

madre-bebé. ¿Cómo intenta mantener el vínculo el bebé que interactúa activamente con su figura vinculante? A través de dos manifestaciones emocionales: 1.La sonrisa: buscando activamente la interacción con el adulto 2. El llanto: cuando desaparece el otro de su campo visual. El LLANTO es su gran y única expresión no verbal para transmitir sus necesidades internas y afectivas. Cuando un bebé ve amenazada la estabilidad del vínculo, aunque sea en separaciones breves maternas, se establecen tres etapas de respuesta ante la separación (descrita por varios autores), que manifiestan la vivencia de desolación temporal que vive el pequeño: VIVA PROTESTA: a través del llanto. DESESPERACIÓN: si continúa la ausencia no deseada RETRAIMIENTO: son los bebés buenecitos, pasivos que ya no protestan. La respuesta altamente adaptativa es la primera: busca el reencuentro con su vínculo afectivo, para recobrar la seguridad y poder volver a explorar el mundo. Sin embargo, el llanto del bebé no es interpretado según su código no verbal. Es algo que personalmente me llama mucho la atención y no deja de despertarme sorpresa y malestar pese a haberlo observado demasiadas veces en la vida cotidiana. Afortunadamente, en la consulta los padres-madres están en disposición de una mayor apertura para leer el mensaje emocional del llanto de sus bebés. ¿Qué expresa? ¿Por qué nos cuesta tanto entenderlo y a veces atenderlo?. El llanto no es otra cosa que una llamada de NECESIDAD. Y digo necesidad porque decir llamada de atención, suele malinterpretarse con peligro de malcriarlo. Es una llamada de necesidad para mantener íntegra su confianza en sí mismo y en la vida. Una revista prestigiosa americana, publicaba textualmente “si un bebé de 2 o 4 meses llora por la noche, no necesita comer. Hay que dejarle llorar de 5 a 10 minutos, pues tiene que acostumbrarse a dormir. Para ello, no hay que cogerlo en brazos. Hay que ayudarle a que “entienda” que debe estar en la cuna y no en brazos de sus padres.” En la misma línea va el libro “Duérmete niño” tan vendido y cada vez más aceptado socialmente. Esto entronca con lo que planteaba al inicio de mi exposición: los bebésy niños son vividos en demasiadas ocasiones como un “estorbo” para nuestra vida cotidiana tan ocupada, y

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La paternidad, una reflexión Armando Bastida, enfermero y padre. máxime cuando no se respeta la necesidad de la madre de “NO” conciliar trabajo y maternidad como ideológicamente y socialmente se pretende. Es decir, puesto que no somos máquinas, si debemos trabajar por falta de una política laboral adecuada que fomente y reconozca la función maternal durante los primeros años de crianza, es casi seguro que libros como el citado sean un bestseller por propia supervivencia (trabajar y no dormir son incompatibles por sentido común). A través de recomendaciones como la de dejar llorar para que aprendan a dormir, se aborta “la fase de protesta” tan esencial, para el logro del reencuentro necesario por parte del bebé. Afortunadamente, la sensibilidad de muchos padres y madres, lleva a desoír semejante consejo cultural que carece de fundamento para la seguridad afectiva del bebé.

Finalizo señalando que no debemos olvidar que el bebéniño, es un ser vulnerable y dependiente de su entorno afectivo. Y que esta característica, NO es ninguna deficiencia, sino un requisito indispensable para poder garantizar la recepción de nuestra atención afectiva, la estructuración de su carácter, y la formación de un vínculo seguro y satisfactorio, garantía para la constitución de posteriores vínculos adultos.

La O.M.S. retoma el sentido común, o la capacidad de contacto con las necesidades de los bebés, diciendo textualmente: “cuando un bebé llora entre un amamantamiento y el otro, el motivo no acostumbra a ser el hambre. Por el contrario, es una llamada de atención, para recibir mejores cuidados y más mimos” (¡!). Y continúa, en definitiva “pide que le tengan en brazos más amenudo”.

Es un reto para la sociedad en su conjunto (instituciones, profesionales y usuarios: requiere un cambio de actitud) mirar la primera infancia desde el enfoque de la salud. Esta nueva mirada, exige como condición un abordaje integral comunitario, desde el embarazo, a través del parto y por supuesto durante todo el proceso de crianza.

Sin embargo, la presión social y cultural contra el ejercicio del cuidado natural, es enorme en la actualidad. De ahí la importancia capital de los grupos de “apoyo a la crianza” y de las “escuelas de padres.” En mi experiencia profesional, es el lugar donde los padres se sienten apoyados, reconfortados y reforzados en su función paternal-maternal. Es una auténtica experiencia de prevención y de promoción de la salud infantil. Y, personalmente, la más gratificante. ¡Cuántas consultas posteriores podrían evitarse si durante los primeros años de vida prestáramos la atención adecuada al desarrollo psicoafectivo infantil!

En definitiva, la lactancia materna prolongada y a demanda (más allá del año y preferiblemente hasta los tres aproximadamente), cuando se realiza respetando el ritmo y las necesidades afectivas del bebé, es una de las capacidades emocionales y biológicas que debemos preservar en beneficio del desarrollo saludable del bebéniño, en el plano corporal, emocional y social.

Reivindiquemos que la lactancia materna y el vínculo amoroso sean la guía para la recuperación del simple y valioso sentido común o capacidad de contacto durante la crianza. Luchemos por recuperar el derecho de todo bebé-niño a ser respetado en sus necesidades de amor y de ritmo madurativo. Confiemos en que los pequeños saben mejor que nadie su camino. Sólo desean ser acompañados, protegidos y respetados... y adquirirán la confianza suficiente para sumergirse en la vida.

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AVISO: Este mensaje está escrito a modo de sarcasmo, es mi manera de escribir y con la que más disfruto cuando quiero hacer llegar un mensaje. Para entenderlo completamente (y por tanto entender mi visión de lo que estoy hablando) hay que leerlo completo. La paternidad, ese maravilloso suceso, ese sentimiento de tener a alguien que es parte de ti, que nace del amor con tu pareja, que... bien, no hace falta seguir, todos somos padres, madres o hijos, así que sabemos de qué hablo. Tener hijos es algo muy bonito, pero es muy duro... Nosotros tenemos dos hijos. Un niño y una niña (¡¡¡qué bien, la parejita!!!). El niño es el mayor, tiene 6 años y es lo que se suele decir un diablillo. La verdad es que lo estamos pasando mal con él, ya desde pequeño lloraba mucho en la cuna para que lo cogiéramos y hasta que no lo hacíamos no se calmaba. Se dormía, lo poníamos de nuevo en la cuna y al rato volvía a llorar para que lo cogiéramos de nuevo. Esto era un continuo (¡para que luego digan que los niños no son listos!), siempre era así, nos tomaba el pelo a todas horas, si mi mujer le daba el pecho se dormía y teníamos que despertarle, porque todo el mundo sabe que cuando se tiene que comer, se tiene que comer y no dormir. El momento de dormir es en la cuna, cuando toque, no cuando se come. Yo creo que por eso se despertaba en la cuna llorando, porque como se dormía mamando, luego no tenía sueño y aguantaba muy poco. Le dijimos a la pediatra que no podía ser, que le daba de mamar cada tres horas, pero el niño se quejaba de hambre antes de llegar a las tres horas, por lo que seguro que tenía poca leche, o que no alimentaba suficiente. Menos mal que se lo dijimos. Nos dio unas muestras de leche artificial para probar, y ¡¡BINGO!! El niño mamaba y después le dábamos biberón y así aguantaba nuestras preciadas tres horas. En fin, a lo que iba, con 5 meses empezamos a darle fruta, el tío no la quería, sólo quería biberón (ya no le dábamos leche materna porque ya no le alimentaba) y nosotros que no... que necesitas vitaminas, venga, come... se la dábamos como podíamos. Muchas veces vomitaba para hacernos sentir mal, menos mal que no nos dejábamos engañar y seguíamos dándole. Esto mismo pasaba por la noche, el problema de dormir no se solucionaba, todo lo contrario, ahora se despertaba todavía más, con ganas de juerga y todo... El mamón (lo digo cariñosamente) hacía siestas de día y luego por la noche no tenía sueño y se dormía tarde y luego se despertaba cada dos por tres. Hambre no podía ser, porque le dábamos muchos cereales para dormir, como nos dijo

la pediatra, así que era pura marranería. Suerte que su habitación queda un poco alejada de la nuestra y casi no le oíamos. Cualquiera duerme con esos berridos. Sé que puede sonar mal dicho así, pero claro, imagínate que vamos y le cogemos: ¡¡¡pues la has cagao bacalao!!! Se ha salido con la suya, ahora siempre que llore esperará que le cojas y llorará aún más si no lo haces. Nosotros no bajamos la guardia en ningún momento, y poco a poco la situación fue a mejor, pasados unos días no lloraba tanto y empezó a dormir bien. Papás:1 Bebé: 0. Así fue pasando el tiempo, cumplió un año y empezó a andar. Lo tocaba todo, abría mis cajones, me los desordenaba y yo: ¡¡¡NO, NO y NO!!! ¡¡¡Eso no se toca!!! Fijaos lo malo que era, que me miraba, se reía y seguía tocándolo. Llegaba un momento que hasta que no le daba un cachete en el culo (en el pañal, que no hace daño) no entendía (o no quería entender) y eso que ya llevaba 6 meses en la guardería, que de ahí salen muy preparados. A veces le reñíamos y como no le gustaba lo que le decíamos nos pegaba (¿veis como es un diablo?). Suerte que teníamos las cosas claras y que decidimos que eso era una falta de respeto. Eso de pegar en esta casa no. A los papás no se les pega. Tiene que saber quiénes son sus padres, así que cuando nos soltaba la mano le dábamos un cachete a él para que viera lo que es y le castigábamos en una habitación en la que no hay juguetes durante un par de minutos. A veces salía muy calmado, pero otras veces lloraba como un poseso, así que lo dejábamos un rato más. Os explico todo esto para que veáis lo duro que es ser padre, pero si seguís un poco estos consejos veréis que al final te respetan, porque todo esto lo hicimos porque le queremos, por su propio bien. Sigo... Llegaron los dos años, las rabietas, se tiraba en el suelo llorando y moviéndose como un loco. Si lo hacía en medio de la calle caminábamos unos metros más y lo dejábamos ahí, en el suelo, hasta que se le pasaba y venía. La gente nos miraba y le miraban a él, a ver cómo acababa la cosa. Por suerte siempre bien. No dejábamos que se saliera con la suya. Imagínate que se echa al suelo por la razón que sea y lo coges. Pues te ha ganado, se ha salido con la suya. Cada vez que quiera algo, al suelo a llorar. Con la comida otro tanto. En la guardería nos decían que comía bastante bien, pero en casa ¡¡¡un suplicio!!! No quiero, no me gusta, cerraba la boca con todo. Peleas todos los días para comer, nada le gustaba. No sé porqué les cuesta tanto entender a los niños que lo haces por su bien. Pues nada, le poníamos la verdura para comer, si no la quería otra vez para merendar, para cenar. Al final se la comía, con malas caras, pero se la

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comía. Gracias Estivill por esos sabios consejos... Qué vergüenza pasaba yo cuando venían las visitas a casa. El niño corriendo por todas partes, molestando, haciendo ruido: ¡¡¡Pórtate bien!!! ¡¡¡No podemos ni hablar!!! y el tío seguía. En serio, se portaba muy mal. Yo le decía a mi mujer que dónde leches había aprendido el niño a ser así, si venía de su familia o qué... o que si en esa guardería no lo estaban educando bien quizá habría que cambiarlo a otra. Mis padres, por supuesto, me daban la razón: el niño se portaba muy mal. Esos días se solía ganar algún castigo. Parecía que esperaba a que hubiera gente para sacar sus juguetes al salón, desordenarlo todo y molestar. Llegó un punto que mi mujer y yo estábamos tan cansados del tema, que decidimos hacer un viaje, a ver si así se arreglaban un poco las cosas y al menos cargábamos las pilas. Nos fuimos una semana a París, es precioso, si no habéis estado os lo recomiendo. Lo pasamos genial... La pena es que al volver todo seguía igual o peor... Sí, volvimos como nuevos, pero nuestro niño se tiró una semana o más casi sin hablarnos por haberle dejado con la abuela. ¡¡¡Con lo que la abuela le quiere!!! Además tiene que entender que lo hicimos porque lo necesitábamos. Estando tan saturados no puedes cuidar bien de un niño. Así entró en el cole, peleas con sus amigos, peleas en casa para hacer los deberes, peleas con la comida, peleas para ir a dormir y discusiones continuamente. Menos mal que nos recomendaron que el niño hiciera actividades con las que se desfogara, que liberara toda esa tensión acumulada (yo pienso que hasta debe tener un principio de hiperactividad) y lo apuntamos a natación y a fútbol, así puede quemar todas esas calorías que necesita quemar y luego en casa se porta mejor. A veces está tan cansado que es cenar y el pobre cae rendido en la cama. ¡¡¡¡¡Mano de santo!!!!! Viendo que las cosas iban mejor, mi mujer y yo lo hablamos y fuimos a por la niña. No nos costó mucho. Vino rápido. Con ella todo ha sido diferente. Siempre ha comido de buen grado lo que le hemos dado, siempre ha dicho que está bueno. Se puede decir que nos pedía ir a dormir. La poníamos, cerraba los ojos y se dormía, ni lloros, ni pedir brazos, sólo la cogíamos algún ratillo durante el día y se puede decir que lo hacíamos más porque la echábamos de menos que porque ella nos lo pidiera. No hace ruido, no molesta, se porta fenomenal. Vienen las visitas y no se percatan de que está, porque es supereducada. No se queja si le cambias de ropa, de pañal (si hasta hace una caca superfácil de limpiar), si la bañas. De verdad, una auténtica maravilla de niña que nos ha hecho ser totalmente felices. Se puede decir que todo lo

que aprendimos y todo lo mal que lo pasamos con el primero ha hecho que nos veamos recompensados con esta segunda hija. Con ella es todo tan fácil...
No hemos ido nunca al pediatra con ella, y eso que siempre le hemos dado biberones, pero es que no se pone mala nunca. Nos vamos a trabajar y la dejamos en casa (el niño en el cole), volvemos y nunca tiene malas palabras para nosotros. Imagino que ha entendido rápido que nosotros somos los papás, que nosotros somos los que mandamos en casa y que todo se hace por el bien de ella, del niño y de la familia. Este año tenemos pensado viajar de nuevo. Hemos decidido llevarnos a uno de los dos, el que se porte mejor... La verdad es que esto lo hemos dicho para no hacer sentir mal al niño, pero está de sobra decidido que será la niña a la que nos llevaremos. Se lo ha ganado con creces.
¿El niño? Pues con sus 6 años sigue a la suya, desafiándonos a todas horas, superceloso de su hermana, tanto que un día le sacó un brazo de la pelea que tuvieron. Ese día le tuve que pegar ya en serio. Me dolió a mí más que a él, pero fue la única manera de hacerle ver que eso no se hace.
Nos cuesta mucho educarlo, pero sé que al final del camino, cuando sea adulto, nos dará las gracias por todo lo que estamos haciendo por él. Ahora ya no hace natación, pero sigue con el fútbol y le hemos apuntado a clases de repaso, porque la maestra dice que va bastante flojo (quizá tenga un déficit de atención...). Sobre la niña, somos tan felices con ella que casi estamos pensando ir a por otra. A todos nuestros amigos les recomendamos también que vayan a buscar una. Sobretodo ahora, en esta época, después de las Navidades, que las tienen a mitad de precio.
Id a la página 58 para ver una foto de nuestra niña.

Conclusión: Si quieres un niño que se porte bien, que no llore, que no haga ruido, que no moleste, que no... cómprate un muñeco. Los niños viven, comen, lloran, juegan, aman, saltan, corren, exploran, rompen, y todo eso lo hacen porque están aprendiendo a vivir y a conocer el mundo en que viven y a sus propios padres. Lo hacen porque son niños.
 No hacen las cosas para molestar. No hacen las cosas para probar hasta dónde puede llegar tu paciencia. Todo lo que hacen es porque están aprendiendo y para ello necesitan el apoyo de sus papás, para sentirse seguros en cada nuevo aprendizaje. Saben que solos estarían indefensos, por eso te llaman, por eso piden insistentemente si es preciso que estés con ellos, porque tú, papá o mamá, eres su alimento, eres sus pies,

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sus piernas, sus ojos, sus manos, eres su abrigo y eres su protector. Necesitan de ti para aprender qué es lo que les rodea hasta que crezcan y lo puedan investigar por sí mismos. No lloran por la noche para engañarte, lloran porque te necesitan, porque tienen miedo y se sienten inseguros, porque están enfermos y necesitan atención, porque tienen hambre y necesitan alimento.
 Si un niño llora porque tiene hambre, no tardas en darle su alimento. Si un niño llora porque tiene el pañal sucio, no tardas en cambiarlo. Si un niño llora porque tiene sueño, lo duermes.
Si un niño llora porque está enfermo, lo cuidas. Si un niño llora porque necesita cariño y compañía, te está tomando el pelo. No me cuesta entender el porqué de que se hayan multiplicado las consultas a los servicios de Salud Mental. En pleno s. XXI, cuando más importancia se les está dando a los factores psicológicos en la vida de las personas, cuando la Depresión, el Estrés y la Ansiedad son habituales compañeros de viaje en nuestras vidas o en las de algún familiar o amigo, me cuesta entender que se siga sin entender (valga la redundancia) que las necesidades de amor, de respeto y de cariño de un niño deben ser subsanadas. Al contrario de lo que muchos piensan (y nos quieren hacer creer) hacer pasar a un niño por situaciones de sufrimiento es contraproducente. La mente humana no es como un callo, que si sigues frotando se hace duro. La mente humana necesita unas bases adecuadas para poder afrontar en el futuro reacciones adversas. Si ya de pequeños basamos su crecimiento en sufrimientos (para que se acostumbre y se endurezca como persona) lo que estamos haciendo es permitir sufrimiento a una persona que no sabe gestionarlo, que no sabe huir de él y que piensa que eso es lo normal, sufrir, es decir: ha venido al mundo a sufrir. Todos hemos leído alguna vez los casos del orfanato en el que no se procuraba ningún tipo de contacto a los niños, ni caricias, ni brazos, lo mínimo para que se alimentaran y tuvieran cubiertas sus necesidades básicas (comer, dormir, mear,

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cagar). Sorprendió ver que, lejos de convertirse en niños más independientes, más duros y con una mente a prueba de bombas, los niños morían, sí, sí, lo he dicho bien, morían. Los niños se mueren si nadie les muestra afecto, si nadie les da cariño, si nadie considera el alimentar la mente como una necesidad básica. Referente a que los niños buenos son aquellos bien educados, de padres autoritarios, que se sientan cuando les dices que lo hagan, que se quedan sentados y callados para no molestar a las visitas y que no hacen ruido, es necesario comentar lo siguiente: antiguamente los niños se pasaban las horas jugando con sus amigos en el parque, en la calle, en mil y un sitios en los que desarrollaban sus facultades físicas y psíquicas. Ahora los niños no pueden estar en la calle, el temor a un atropello, a un secuestro, a un accidente, es demasiado fuerte para dejarlos a sus anchas. Entonces sólo hay dos posibles soluciones. O los padres juegan con ellos en la calle o los niños juegan en casa. Si elegimos la segunda, tenemos que entender que los niños necesitan jugar, pues es su manera de aprender.
Sobre la alimentación comentada en el artículo, es otro cantar. Los pediatras dan a menudo indicaciones “pasadas de moda”. Dar el pecho o el biberón cada tres horas es una bonita manera de estropear la alimentación de los niños. Sobretodo si es leche materna que se digiere mejor y por tanto necesitan de más tomas (es lo ideal). Tener a un niño pasando hambre “porque todavía no te toca” es como no cenar nosotros cuando tenemos hambre sino a las 22 en punto, aunque nos estemos muriendo de hambre. He dejado abiertos muchos temas a los que no he dado respuesta: los niños salen muy preparados de las guarderías... le di un cachete en el culo... en esta casa no se pega... las rabietas... le castigábamos en un cuarto sin juguetes hasta que se calmaba... Supongo que imaginaréis que no estoy de acuerdo con ellos (o con la visión que se tiene de ellos), pero por no extenderme más, serán temas que trataré en otro momento.

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Otra crianza y otro mundo es posible. Acusaciones y soluciones M. Mar Jiménez, socióloga holística. Autora del blog www.eldedoenlallaga.com En un mundo como el nuestro, que desprestigia la maternidad y la crianza, parece que el cuidado de los bebés y niños es un hecho anecdótico y aislado en la historia de la persona, que no tiene influencia más allá de la infancia, y por supuesto ninguna relación con la sociedad. Vivimos como si funcionase así porque actualmente predomina una crianza mecanizada: de biberón en vez de lactancia, de chupete en vez de consuelo, brazos o teta, de guarderías en vez de madre, de cunas alejadas de la habitación de los padres, de muñecos que imitan el latido cardiaco, de hamacas y columpios varios, de cámaras para vigilar al bebé en la distancia, de CDs de nanas o susurros, etc. Sin embargo, la crianza sí influye en la edad adulta y por tanto en toda la vida de la persona, y sí determina cómo es la sociedad. Y sus consecuencias son de tal envergadura y profundidad que llegan a explicar el grado de violencia que vive cada cultura. A pesar de otro tipo de factores como los genéticos, económicos, etc. la variable que mejor define el nivel de equilibrio emocional de una sociedad es el tipo de cuidado que dispensa a sus niños y a las personas de quienes dependen: su familia. Y nos encontramos entonces con 2 grandes grupos de modelos de crianza y de vida: violentos o pacíficos. La diferencia entre ellos radica en el tipo de parto, la separación temprana madre-bebé, la existencia de lactancia prolongada o no, el respeto a las necesidades de los niños de día y de noche, el contacto piel con piel que se establece, el número de adultos-cuidadores por niño, la rapidez de respuesta ante el llanto... y en definitiva, en si existe una crianza de apego o desapego. Los pueblos poco afectivos con sus crías y con poco contacto piel con piel presenta altos niveles de violencia en la edad adulta. Sin embargo la agresividad es casi nula entre los pueblos que mantienen un contacto muy estrecho y continuo con sus hijos. Los antropólogos han constatado este hecho innumerables veces, pero, por si quedaba alguna duda, la moderna psiconeuroendocrinología también lo ha confirmado y justificado: a menor contacto con un bebé, menos protegido y más temeroso se siente y más adrenalina segrega su cerebro. En cambio, a más afecto, contacto y amor, más se activan los circuitos cerebrales de la serotonina.

Teniendo en cuenta la plasticidad cerebral de los primeros años de vida, y cómo las experiencias modelan la arquitectura neuronal y la personalidad del adulto, el predominio de una u otra hormona crea individuos distintos. El contacto físico y emocional constante con la madre (la primera fuente de amor) es lo que asienta los sistemas cerebrales del placer y crea personas seguras, confiadas y amorosas. Cuando el niño no recibe el afecto que necesita se crea una cultura basada en el egocentrismo, la violencia y el autoritarismo. Cada autor lo ha nombrado de forma diferente: desamparo aprendido, indefensión, aprendizaje de la impotencia, desesperanza, sumisión... pero en el fondo todo es lo mismo: sufrimiento y resignación, que determinan una actitud fría hacia el mundo y hacia los demás y que sólo en determinadas circunstancias pueden ser revertidos. Podríamos creer que todas estas teorías de las hormonas y el apego sólo funcionan con tribus remotas y no en una sociedad con mp3, cirugía estética, hipoteca y rayo láser. Pero no es así. Esa adrenalina y agresividad nos define también a nosotros y explica el grado de devastación al que hemos sometido a la Naturaleza, el injusto orden internacional, las cifras de miseria y hambre, y la violencia entre los países y en el seno de las propias familias. ¿Cómo hemos llegado a esto? Aunque las explicaciones son múltiples, la más potente y brillante (para el sistema) ha sido perturbar la relación madre-hijo que la naturaleza ha previsto para velar por el desarrollo físico, emocional, intelectual y social de una persona. Atacando el apego desde la raíz se consiguen ciudadanos vulnerables, siempre necesitados y anhelantes de algo más, desorientados, sumisos y dependientes de una sociedad consumista y devoradora. Pero para lograr una ruptura tan radical se necesita un engranaje de diferentes actores que consigan cegar totalmente el juicio y el instinto de las madres. Lo consiguieron. Y estas son mis 15 acusaciones: 1. Acuso a la industria farmacéutica de haber convertido todos los procesos naturales de la mujer en enfermedades tremendamente rentables: menstruación, anticoncepción, embarazo, parto, lactancia, crianza y menopausia.

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2. Acuso a la píldora anticonceptiva (y todos los productos hormonales en general en mujeres sanas) de haber alterado totalmente nuestro delicado equilibrio endocrino y de robarnos los mensajes intuitivos que llegan del inconsciente con las diferentes fases del ciclo menstrual femenino, por la relación entre ovarios, determinadas hormonas y actividades de hemisferios cerebrales. Este es uno de los problemas de base sorprendentemente ocultado. Las mujeres no se desconectan en el parto de sí mismas por primera vez, sino que llevan años desvinculadas de la sabiduría femenina ancestral y más unidas a un laboratorio que a su propio cuerpo. 3. Acuso al negocio de la fecundación artificial de aprovecharse de las mujeres desesperadas por concebir y someterlas a dolorosos, caros y largos procesos, en vez de analizar las causas verdaderas (y subsanables) del fracaso en los embarazos, y que nos obligarían a replantearnos el ritmo y el estilo de vida que llevamos a todos los niveles. 4. Acuso a la industria de la alimentación de su macabra y eficaz estrategia para convencer a medio siglo de mujeres y conseguir que la leche de un animal (cuyo cerebro es mucho menor que el humano) tratada químicamente, suministrada en plástico, y por manos frías muchas veces, haya suplido al calor, amor y el milagro de una teta blandita. Este triunfo económico ha significado una condena a muerte a millones de niños en países poco desarrollados, y alto riesgo de enfermedades, menos nivel cognitivo y desapego en los países ricos. Ausencia de lactancia significa ausencia de oxitocina y menos enamoramiento madre-hijo, y a partir de aquí una larga cadena de conductas artificiales. 5. Acuso al sistema obstétrico de haber convertido la normalidad del parto en patología, de haberlo medicalizado hasta el delirio de 50% de cesáreas en algunos países, de no haber respetado la extrema fragilidad del recién nacido y de haber convertido el sagrado acto del nacimiento en una mera extracción y manipulación de bebés. 6. Acuso a los pediatras de haber confundido sus creencias y prejuicios con la verdadera ciencia, de haber frustrado millones de potenciales lactancias exitosas con falsas normas, de haber convertido en enfermedad una pauta de sueño mamífera y de anteponer sus criterios a las recomendaciones de la OMS. 7. Acuso a los neurólogos y psiquiatras de sobre-diag-

nosticar la hiperactividad, y de drogar y anular a una generación de niños (a pesar de los constatados y denunciados efectos secundarios) con Ritaline/Rubifren: la cocaína pediátrica. 8. Acuso a los psicólogos de medrar a costa de todos los errores del sistema en crianza, de no hacer honor a su nombre (psiqué=alma), de crear teorías que han justificado la continua domesticación de los niños anulando el leve instinto materno que quedaba (sobreprotección, falta de límites, permisividad por consentir demasiado, malcriar, etc.), y de haber inventado una falsa socialización temprana que no existe hasta mucho más tarde ( 6-7 años cuando queda establecida la lateralidad cerebral). 9. Acuso a los falsos gurús de crianza: Spock/ Ferber/ Valman/ Estivill y secuaces conductistas de hacer apología de métodos de socio-tortura y vender insensibilidad, crueldad y falta de respeto hacia los niños. Si hubiese un Tribunal de la Haya Emocional, todos estos personajes habrían sido condenados por sufrimiento a la Humanidad. 10. Acuso a las feministas clásicas de haber mutilado a las mujeres humillando nuestra feminidad y maternidad, y de haber vendido a nuestros hijos por una falsa liberación que simplemente fue un cambio de lugar de opresión, y que perpetuó y potenció el sistema y los valores dominantes: masculinidad, competencia, depredación, jerarquía. Nunca hubo ninguna revolución social, sino un continuismo con otra cara. Sí es compatible el trabajo y la crianza, pero para eso hay que transformar el sistema y no abducirnos a nosotras y abandonar a las criaturas. 11. Acuso a las revistas femeninas de fomentar modelos de mujeres descerebradas, consumistas, siliconadas, hipersexuales que cuando tienen hijos se convierten en madres virtuales que atienden por control remoto a sus criaturas a golpe de Visa y continúan con su estresante vida sin inmutarse ni un tacón. 12. Acuso al sistema educativo de precocidad, de tener planes obsoletos que no responden a las verdaderas necesidades de aprendizaje a través del juego y la libertad de expresión, de fomentar la sumisión y obediencia e impedir los procesos de pensamiento independiente y creativos que permiten encontrar el propio camino en la vida .

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13. Acuso a toda la sociedad de ser adultocentrista y haber excluido a los bebés y niños de la vida diaria, de infravalorar la maternidad y crianza considerándolas una pérdida del talento de la mujer pero sí valorar a ésta como productora dentro del sistema económico (ni como reproductora ni como cuidadora). 14. Acuso al estado de Bienestar de haber secuestrado la vida de los bebés encerrándolos en guarderías tempranas que se convierten así en una especie de “orfanatos de día” bien decorados, mientras obliga a sus dos padres a trabajar lejos de casa para subsistir en un modelo de vida asfixiante, de haber pasado del concepto de “se necesita una aldea para criar un niño” a la soledad y el desamparo de 8 bebés por cuidadora, de tener unas políticas de conciliación familiar-laboral miserables, de ausencia de ayudas familiares decentes y evidentemente de haber creado una sociedad del malestar en la que según la OMS en el 2020 la depresión será la segunda enfermedad. 15. Y por supuesto, acuso a las mujeres de no escuchar su corazón ni su instinto, de haber sacrificado a sus hijos para que el sistema los devore (porque ellas ya lo estaban), de acceder a la maternidad y parto con muy poca información y por tanto con una actitud de niñas dóciles que delegan su papel en los demás, de no luchar o exiliarse de este injusto modelo económico ni siquiera dentro del hogar, sino de dirigir la rabia y frustración (consciente o no) contra sus hijos, insensibilizándose ante su llanto y llamadas nocturnas, de obsesionarse por el adiestramiento y las normas, que en el fondo las ayudan a ellas a tener una estructura y orden y a desculpabilizarse de su abandono real, y de centrar todas sus fuerzas en aspectos externos al hogar. Estos 15 agentes han hecho que llevemos varias décadas con una crianza impregnada del espíritu light de Herodes: subestimar la importancia de satisfacer plenamente los instintos y necesidades de la infancia, y han creado una sociedad DES-MADRADA, no amorosa, no segura de sí misma, no empática con los demás, que es la causa del estado actual de la Tierra. Afortunadamente esta situación nunca ha sido 100% generalizada y siempre ha habido pediatras, neurólogos, ginecólogos, comadronas, psicólogos, revistas, colegios y madres y padres disidentes de la crianza oficial, que han sufrido muchas burlas, incomprensiones y zancadillas sociales, pero que han mantenido la luz encendida para todos los que venían detrás con los ojos abiertos.

Ese modelo de desapego nos ha obligado a estudiar e informarnos en profundidad (a veces más que muchos profesionales), nos han obligado a citar continuamente a la OMS, a husmear en los estudios antropológicos, a entender el efecto del cortisol y la alteración de la amígdala, a comparar diferentes culturas, a conocer las ayudas de maternidad del norte de Europa, etc. Pero nos han hecho fuertes. Y por ello, ha llegado la hora de dejar de justificar la crianza mamífera como preferencia caprichosa personal, y de trasmitir que es la única salida posible para el planeta. Y podemos gritar con orgullo que las evidencias científicas, el instinto, la historia del mundo, el corazón y la Ética están de nuestro lado.

criados de esta manera son sabios y no comulgan con un modelo de sociedad basado en tantas mentiras e injusticias. La lactancia es el acto más subversivo contra la sociedad actual: es gratuita, crea hijos sanos y felices, colmándoles el estomago, el corazón, los chakras y el alma. En la lactancia hay una parte que todavía no nos han explicado y es la LACTANCIA CUÁNTICA, la unión entre el bebé y el Universo a través de la madre. La lactancia es la alquimia de la vida y es la transmisora del conocimiento ancestral de millones de mujeres a través de una cadena energé-

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tica de amor. Por ello, hay que defenderla, normalizarla y apoyar su uso como medida prioritaria. Ahora parece que somos pocos, como una insignificante ola en medio del océano, pero seremos millones, y esa ola se convertirá en un tsunami que cuando llegue a la costa arrasará el sistema. Los nuevos tiempos nos acompañan. Otro mundo es imprescindible y está al alcance de la mano con tan sólo tres requisitos: oxitocina, apego y conciencia.

Estamos en un NUEVO PARADIGMA que es el de la maternidad consciente, vocacional y amorosa en total consonancia con otras transformaciones sociales: alimentación más sana, respeto y preocupación por el medio ambiente, auge de las medicinas naturales y alternativas, energías verdes, nuevas formas de espiritualidad, etc. La pregunta ahora no es qué tipo de crianza eliges, sino en qué tipo de mundo quieres vivir: en el actual de niños y padres separados, dominio de la adrenalina y la frustración, o en un mundo de oxitocina, amor, fusiones emocionales y bienestar. La Política tendrá que hacer sus deberes y subir el PIB de ayudas a familias del 1’1% actual (en España) a más del 2% que es el nivel europeo, aumentar la baja de maternidad, fomentar la creación de espacios familiares, grupos de maternidad y ayuda mutua en el cuidado para compensar el aislamiento y soledad de tantas familias en nuestra sociedad, etc. Pero las que verdaderamente debemos cambiar el estado de cosas y la mentalidad social somos nosotras: las propias mujeres. La mujer que gesta y trae al mundo un hijo también gesta de alguna manera la sociedad. En su embarazo, parto, lactancia prolongada y apego con su hijo se gesta la salud física, emocional del niño, su capacidad de amar, de relacionarse con el mundo, su respeto a la vida, su alegría de vivir y su dignidad.Esto es sencillamente: PODER, y, para evitar que lo tengamos, han hecho todo lo posible por desapegarnos de nuestros hijos, ya que los humanos

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Las rabietas infantiles... o cómo comprender lo incomprensible Nuria Otero, pedagoga, psicopedagoga,orientadora familiar y doula. Todos hemos oído hablar de las rabietas. Hablamos de ellas con total normalidad, como algo completamente integrado en nuestro día a día, y los que somos padres nos preguntamos unos a otros con naturalidad “¿tu hijo ya ha empezado con las rabietas?” como cuando preguntamos si les han salido los dientes o si ya sabe ir en bicicleta.

podemos pretender que, además de amoldarse a nuestras necesidades, ritmos y tiempos, además de intentar aprehender conceptos como el tiempo y la generosidad, se queden callados, tendremos que aceptar que lo único que les queda, en muchas ocasiones, es “el derecho al pataleo”, en su más gráfica acepción.

Ahora bien… ¿qué es una rabieta? Rabieta viene de rabia… para mí una rabieta es una demostración explícita y explosiva (con rabia, con ira) de un malestar, de un desacuerdo, sea éste importante o no a ojos de quien contempla el cuadro. Y rabietas las tenemos todos, niños y adultos. Lo que ocurre es que a medida que nos vamos haciendo mayores vamos aprendiendo a canalizar la rabia y los enfados, vamos comprendiendo más nuestro entorno y por qué a veces las cosas no son como esperamos, y sobre todo… aprendemos a no demostrar muchas de las cosas que sentimos porque parece ser que no está bien visto.

En general, coincido con Aletha Solter en que la mayor parte de las situaciones que provocan esas rabietas en nuestros hijos se pueden agrupar en tres tipos: *El niño tiene una necesidad básica (hambre, sed, sueño…) que o bien no estamos viendo o bien, aunque la veamos, no podemos satisfacer en este momento. Imaginemos a un niño de 3 años con hambre, en coche, camino a casa y en un atasco… aunque sepamos que tiene hambre y lo comprendamos, probablemente no podamos solucionar el problema; lo más habitual será una rabieta por parte del niño… ¿qué haremos? ¿reñirle por tener hambre? ¿reñirle porque llora? ¿gritarle?... nada de lo que hagamos le saciará el hambre.

Pero ¿cuándo se produce una rabieta y por qué? Es una rabieta esa escena en una tienda de un niño gritándonos enfadado que quiere ese juguete, lo quiere, lo quiere y lo quiere; o el otro que se tira al suelo porque no quiere irse del parque; o la niña que da patadas al aire mientras grita “No te quiero”; o la que tira al suelo a manotazos un puzzle a medio montar. Pero también tiene una rabieta ese adulto que pega un puñetazo en la mesa mientras habla con el asesor técnico de su compañía telefónica, o el conductor que le grita y le da bocinazos al de delante porque no va más rápido. En realidad, se producen las rabietas fundamentalmente cuando nuestro enfado o nuestro malestar no encuentra una salida lógica. Cuando nos quedamos sin argumentos, cuando nuestra rabia es tan grande que sólo nos queda abrir la válvula de escape. En los adultos pasa menos porque, como ya he dicho, somos capaces de comprender mejor las cosas que van pasando a nuestro alrededor, de otorgarles una explicación y tenemos mayor capacidad de espera. Pero en los niños no ocurren estas cosas, y aun en el caso de que comprendan, de que entiendan que tienen que esperar, que hay que ir a casa porque hay que cenar, que se den cuenta de que el puzzle no tiene la culpa de que ellos no encuentren la pieza correcta, aun en esos casos, los niños no saben “aguantarse” la rabia. La rabieta es la expresión de sus sentimientos, de la frustración que están sintiendo en ese momento porque no pueden obtener aquello que desean… y es legítimo que lo expresen. No

situaciones “enrabietadas” que me parezcan dignas de reproche. Son, sencillamente, señales de alarma. Oportunidades. Para nosotros. Para intentar comprender qué nos está pidiendo nuestro hijo. Para saber si necesita algo de nosotros, tal vez algo material, pero quizás sólo una explicación para que el mundo tenga un poco más de sentido. Quizás, tal vez, sólo un poco más de tiempo con nosotros, o de tiempo a secas. Así que, ante la pregunta de qué hacer cuando un niño tiene una rabieta, la respuesta será: acompañar. Es decir, comprender que es una demostración de lo que está sintiendo, y que por mucho que hagamos, no va a dejar de sentir. Podemos ignorarlo, reñirle, gritarle o castigarlo, y probablemente consigamos que no tenga rabietas, o que las tenga menos frecuentemente, o que las tenga menos vehementes, pero no conseguiremos que deje de sentirse mal por lo que está ocurriendo. Y conseguiremos, además, que se sienta culpable por sentirlo, cuan-

do es absolutamente razonable que a veces se sienta disgustado. Por ello, ante un episodio como los que he descrito anteriormente, o cualquier otro similar, lo mejor que podemos hacer es tener paciencia y templanza, hablar con nuestro hijo si nos deja, decirle que entendemos que se siente mal por esta o aquella razón, dar alternativas si existen, cogerle en brazos o sentarnos a su altura y aceptar el dolor que nos está mostrando. Al fin y al cabo, está siendo absolutamente sincero con nosotros, nos está confiando sus sentimientos y sus emociones, y no podemos hacer menos que aceptarlos. Ponernos de su parte, sufrir con ellos la frustración, ser realmente sus cómplices en un momento amargo será la mejor manera de que vayan comprendiendo el mundo, y lo harán con confianza plena en nosotros, que creceremos también si aprovechamos la oportunidad para profundizar en la comunicación con nuestros hijos.

*El niño tiene información insuficiente o equivocada de la situación en la que nos encontramos. O bien pensaba que íbamos a quedarnos más rato en el parque, o no comprende por qué hoy, precisamente hoy, tenemos prisa en el súper con lo mucho que le gusta a él jugar en el carrito, o quizás él quería comprar cereales y nosotros sólo hemos entrado a por detergente. Pararnos a escuchar qué es lo que quiere o necesita (quizás sea cierto que se han acabado los cereales), así como explicarle con antelación que hoy vamos corriendo porque tenemos médico, o peluquería, o enseñarle un reloj y explicarle a qué hora dejaremos el parque puede ahorrarnos un mal rato a los dos. *El niño necesita descargar o liberar tensiones, miedos o frustraciones presentes o pasadas. Muchas veces los niños “aprovechan” cualquier mínimo detalle para entrar en una rabieta. Puede ser que estén enfadados o angustiados por cualquier otra cosa y la situación actual sólo sirva de detonante. Tal vez algo que ocurrió en la escuela, donde no se siente tan seguro como en casa, no sale hasta que está con nosotros, en confianza absoluta. En este caso, al igual que en los anteriores, cortar la expresión de rabia no va a hacer más que aumentar el malestar y dilatar en el tiempo la descarga. Así, desde este punto de vista, no encuentro demasiadas

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Un bebé en el hospital Violeta Alcocer, Psicóloga y Psicoterapeuta, formada en psicoterapia psicoanalítica y dinámica familiar y de grupo. Especialista en psicodiagnóstico infantil y crianza. Mi hija pequeña, Diana, nació un 31 de julio a las doce y cinco minutos de la noche. Nació en tres horas, llegó prematura (35 semanas) y ni ella ni yo estábamos preparadas para un parto en ese momento, ni para lo que se nos vino encima a continuación: Diana tuvo un distréss respiratorio y tuvo que estar ingresada los diez primeros días de su vida, siete de los cuales no pudimos tocarnos para nada. Juntas pasamos por todo ello y juntas lo superamos. Ahora somos más fuertes que antes, de eso no cabe duda, y la experiencia, lejos de separarnos, forjó entre nosotras un puente emocional indestructible. Pero no ha sido todo fácil, sino a costa de vivir algunas experiencias realmente duras (después del primero, hemos vivido dos ingresos más) y tener que “inventarnos” la manera de sobrevivir a todo ello. La noticia. La separación. Afrontar la noticia de la hospitalización de tu bebé pone en marcha varios procesos afectivos. Por un lado, hay que afrontar el miedo (más bien terror) a la muerte, a la pérdida. De la noche a la mañana uno se encuentra al borde del precipicio del destino. Todo puede pasar, para bien o para mal, y en ese momento la indefensión ante lo que la vida nos depara es grande. Junto al miedo, convive una sensación de vulnerabilidad tremenda: nuestra vida depende de la suya y, la suya, en este caso, del buen hacer de los médicos y de su propia naturaleza. En paralelo, hay que afrontar la separación. Dependiendo de la patología, puede suceder que no nos permitan estar junto a nuestro bebé. Ése fue mi caso. Nada más nacer tuvo que estar “en observación” y, a las pocas horas, presentó un problema respiratorio y tuvo que permanecer en la incubadora, durante diez días, con altos niveles de oxígeno para poder sobrevivir. No podía tocarla, y por ello, yo, la madre, recién dada a luz y con una necesidad física y emocional abrumadora de tener a mi hija junto a mi cuerpo, tuve que afrontar un auténtico desmembramiento de mi ser. Mi hija y yo, que habíamos sido una durante su gestación, ahora estábamos separadas. Ella no me tenía a mí y yo no la tenía ella, de modo que las dos estábamos en una terrible falta. Durante esos días, toda yo (mi cuerpo, mi alma) me sentía mutilada. Y esa sensación generaba en mí una oleada de sensaciones de intranquilidad, angustia, necesidad y parálisis. Mi mente estaba constantemente en otro lado (junto a mi bebé, en este caso) y me costaba mucho trabajo convivir con lo real.

Mi cuerpo, sin barriga y sin bebé, estaba triste, hueco, apagado. Necesitaba con fuerza un olor, un tacto, una succión. Pero no tenía nada de eso. En su lugar habitaban en mí la culpa, el vacío y la rabia. El dolor, el vacío, el desgarro Lo único que tenía era un horario de visitas (dos veces al día, una hora, durante la cual la mirábamos a través de un cristal) y la posibilidad de darle mi leche a mi hija (a través de una sonda naso-gástrica, que es como la estaban alimentando) así que me aferré a eso porque ese era el único puente que tenía hacia ella en ese momento. Me di cuenta de que tenía que sobreponerme y centrarme en cualquier posibilidad de contacto o comunicación con mi hija. Así que tomé mi primera decisión: luchar. Me entregué al vínculo y lo hice a través de la lactancia. Me duché, me cambié de ropa y le pedí a mi marido que me trajera urgentemente el sacaleches de casa. Iba a darle a mi hija lo único que podía darle de mí en ese momento: mi pensamiento en ella y mi leche. Había pasado ya un día entero hasta que pude reaccionar y sobreponerme a todas estas emociones y al shock de lo vivido, de modo que no empecé a estimularme con el sacaleches hasta pasadas bastante más de 24 horas del parto. Fue costoso, pero sabía que si era constante lo conseguiría. Pensaba en mi bebé constantemente, haciendo míos todos y cada uno de los fragmentos de su imagen, todos los que yo suponía que podían ser sus sentimientos: su soledad, su abandono, su no saber, su falta de mamá. Me ponía el despertador cada dos horas, mañana y noche, para estimularme. Por las noches les pedía a las enfermeras que estaban de guardia que me dejaran estar en la sala de neonatología para estimularme, con la excusa de que así no despertaría a mi acompañante. Me permitían estar, extraoficialmente, en la sala de enfermeras y, después, con bastante insistencia, me dejaban entrar dos minutos a ver a mi pequeñita en su incubadora. Eso me hacía las noches más llevaderas. Pero me sentía muy sola. Nos sentíamos muy solos todos, mi marido, mi hija mayor, mi bebé recién nacido y yo. Eché mucho de menos alguien que me ayudara, nos ayudara, a canalizar la fuerte experiencia que estábamos viviendo. Sólo nos informaban de la evolución de Diana y ya está. Yo miraba a los otros padres de niños ingresados y veía en ellos la misma tristeza, las mismas dudas, la mis-

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ma sensación de estar perdidos... pero pocos se atrevían a entablar conversación con el de al lado. Y me di cuenta de lo bueno que hubiera sido para nosotros, en ese momento, tener una persona con quien hablar, alguien del propio hospital, un profesional que nos ayudara a poner palabras a toda la experiencia. En lugar de eso, parecía que tuviéramos que estar bien, que tuviéramos que sonreír, darnos palmaditas los unos a los otros y alegrarnos cuando un bebé era dado de alta, como si no pasara nada. El personal del hospital, médicos y enfermeras, no parecían ser conscientes del impacto al que estábamos sometidos. Ellos, inmersos en su rutina de niños que van y vienen, pierden la sensibilidad hacia las experiencias únicas de cada padre y madre que tiene que sufrir este proceso. Por eso, la sensación de soledad es inmensa. Todos te sonríen, pero nadie parece conectar con tu desgarro. Familiares y amigos te llaman para darte la enhorabuena. A mí me parecía todo de locos. ¿Cómo podía estar yo de enhorabuena cuando mi hija estaba entre la vida y la muerte? Yo estaba triste, desolada, ansiosa… estaba luchando. Pocas personas podían ver eso: ellos estaban más cerca de la alegría del nacimiento en sí que de mi realidad, nuestra realidad, nuestro miedo a perderla. Por otro lado, sabía que eran otras mujeres las que se estaban haciendo cargo de mi hija durante esas interminables horas. Que eran otras mujeres las que le tocaban el pecho para colocarle los electrodos, o para darle un masaje cuando se de-saturaba (otro fenómeno hospitalario: te familiarizas con toda una serie de términos médicos a la velocidad del rayo, aprendes a leer los monitores, los gráficos... a interpretar los gestos de los médicos y las enfermeras). Eran otras, las enfermeras, las que la atendían cuando lloraba (me torturaba terriblemente pensar en eso) y eran otras manos las que le ponían un pañal seco. Las odiaba pero, al mismo tiempo, las necesitaba. Me molestaba enormemente su poder sobre mí y sobre mi hija pero, a la vez, les pedía encarecidamente que la trataran bien, que le dieran afecto, que no la dejaran llorar. La rabia que se generaba en mi interior por esta situación era indescriptible. Los impulsos animales me tenían descompuesta: me dolía en lo más profundo que otras mujeres tocaran a mi hija y la atendieran. En las horas de visita, vigilaba cada uno de sus movimientos y me ponía enferma la certeza de que ellas eran mis brazos, mis palabras, mis manos.

Mi médico alargaría mi estancia en la Clínica hasta que yo quisiera, me dijo. Máximo una semana. Pero al cuarto día yo empecé a sentir que algo no iba bien. Pasaba la mayor parte del día metida en la habitación dándole vueltas a la sensación de vacío. Por más que me esforzaba y todos los días me duchaba, me vestía y empezaba el día con la noticia de la evolución estable de Diana (no ir a peor significa ir a mejor), yo me seguía sintiendo paralizada, encerrada. Constantemente me preguntaba cómo se sentía mi bebé y a mi sensación de soledad se sumaba la de abandono de mi niña. Todo mi instinto se encontraba atrapado entre esas cuatro paredes, los horarios de visita a Diana eran estrictos y mi única actividad era sacarme leche y esperar. Por las tardes venía mi marido con mi hija mayor y eso me animaba y me daba fuerzas, pero al mismo tiempo sentía que me estaba ahogando en la rutina hospitalaria. Me estaba consumiendo. Volver a casa En este punto, tomé la segunda decisión importante en este proceso: no dejarme atrapar por la tristeza. Me iba a casa. Las horas previas a esta decisión fueron una auténtica tortura. Por un lado necesitaba estar lo más cerca posible de mi hija, pero, por otro, me daba cuenta de que era una falacia: sólo podía verla dos horas al día (una por la mañana y otra por la tarde), y el resto del tiempo estaba metida en la habitación esperando y hundiéndome psíquicamente. Aunque estuviera sentada en la puerta de neonatología viendo pasar las horas hasta que me dejaran verla, no iba a solucionar nada, más bien todo lo contrario. Ése no era el camino. El jueves, día de mi cumpleaños, salí de la Clínica sin mi hija. Me iba a nuestra casa, a su nido, para calentar el hogar entre todos y preparar su bienvenida. Pensé que si cuidaba de nosotros, estaba cuidando también de ella, porque ella ya era parte de nosotros y nuestra casa ya era la suya. Con la vuelta a casa recobré parte de mi fuerza. Pasaba las noches en vela y cuando dormía tenía horribles pesadillas. Esperaba en cualquier momento una llamada fatal y casi constantemente sentía el impulso de salir corriendo de nuevo hacia la Clínica. Pero, aún así, yo estaba más centrada y por tanto me sentía más capaz de seguir adelante. Seguía sacándome leche (durante el día cada dos horas, por la noche cada tres) y almacenándola en la nevera. Tenía muchísima leche, de modo que guardaba el excedente en el congelador.

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Todos los días preparaba minuciosamente una bolsa con todo lo necesario para ir a ver a Diana: ropita limpia, pañales, su tarrito de leche para todas las tomas de ese día. Esperaba ansiosamente el momento en que me dijeran que mi niña ya podía mamar. También me cuidé mucho durante esos días de verme bien a mi misma: no soportaba mirarme al espejo y no reconocerme. No quería verme reflejada en una mueca de dolor, de modo que todas las mañanas me duchaba, me vestía con colores alegres y me ponía un poco de colorete. Comía bien. Todo era un ritual para preparar nuestro encuentro y el hacerlo me ayudaba a sentirme más cerca de ella, más útil. Al final, entre el mantenimiento de la casa y la preparación para ir a la Clínica con Diana, las horas pasaban volando. Además, el hecho de hacer todo esto en casa me estaba permitiendo estar también con Andrea, mi niña mayor, y compartir con ella todos esos preparativos y ese tiempo. Me sentía viva y fuerte por primera vez desde que nació mi pequeña. La actividad me estaba ayudando. Sentía que por fin estaba haciendo algo por mi pequeñita. Elegir la vida La tercera decisión importante estaba al caer: vivir, por ella y para ella. El sábado era el cumpleaños de mi hija mayor: cumplía dos años. Habíamos invitado, antes del parto, a todos nuestros amigos con sus hijos para celebrar el cumpleaños en casa. Lo primero que pensamos fue, lógicamente, no hacer nada. Pero poco a poco fuimos viéndolo de otra manera. Empezamos a pensar en lo injusto que nos parecía el vivir de luto sin estarlo. Injusto para nuestras hijas: para las dos. Nos parecía muy triste no celebrar el nacimiento de Andrea y nos parecía injusto que Diana fuera la causa. ¿Qué tipo de historia estábamos escribiendo? ¿Qué les contaríamos años después, cuando habláramos de su nacimiento? Queríamos que nuestras decisiones fueran el auténtico reflejo de nuestra necesidad de lucha y que esas decisiones fueran escribiendo la historia que un día nuestras hijas tendrían como propia. Diana estaba viva y mejorando y, aunque no pudiera estar en esa fiesta, no la dejaríamos sola: nos turnaríamos mi marido y yo para poder estar con las dos niñas en ese día. Y así lo hicimos, mientras tenía lugar el cumpleaños de Andrea en casa, primero mi marido y después yo, estuvimos en la Clínica para celebrar también con Diana el acontecimiento.

Decidimos aferrarnos a la vida, decidimos celebrarla: celebrar los nacimientos de nuestras hijas. No puedo decir que fue un día fácil, porque no lo fue. Pero tampoco fue un día triste. Simplemente, fue un día duro y extraño; pero al llegar la noche, mi marido y yo nos abrazamos y supimos que habíamos hecho algo muy importante y que lo habíamos hecho bien. Habíamos conseguido estar con nuestras dos hijas y escribir su propia historia de otra manera. Andrea tuvo su fiesta de segundo cumpleaños y Diana estuvo, a su manera, presente en ella. Echábamos muchísimo de menos a Diana, pero todo lo que estábamos haciendo era por ella: ellas, nuestras niñas, eran las protagonistas de nuestras vidas. No íbamos a permitir que nuestra casa muriera, que muriera nuestra ilusión ni nuestra esperanza en la vida, no íbamos a permitir que la familia de Diana se hundiera, porque ella iba a volver pronto. Así de sencillo. El reencuentro Y el domingo, por fin, llegó la buena noticia: Diana podía ya succionar y yo podía ponerla a mi pecho. Por primera vez desde el parto, siete días atrás, iba a tocar a mi hija. Fueron momentos mágicos. Cogí su frágil cuerpecito entre mis brazos y le di mi calor y mi pecho. Es curioso, pero no fue como “una primera vez”. Yo pensaba que la iba a descubrir entonces, pero lo que sucedió fue sorprendente: ya conocía su olor, su tacto, su sonido. Resulta que ya conocía a mi bebé, que ya habíamos estado juntas todo este tiempo… ¡¡Qué ingenua había sido!! Pensaba que nos íbamos a encontrar al abrazarnos... pero en realidad lo que sucedió es que ya llevábamos una semana juntas, unidas, enlazadas, vinculadas. Llevábamos una semana encadenadas a nuestra ausencia… por eso el encuentro fue, más bien, un reencuentro. No nos extrañamos. Ni ella a mí, ni yo a ella. Fue como unir la llave a la cerradura: todo encajó a la perfección. Se prendió de mi pecho y en ese momento el mundo entero desapareció para estar sólo nosotras dos, de nuevo, como una sola persona. Los días siguientes fueron, por fin, alegres. Desde el momento en que Diana pudo mamar su mejoría fue espectacular. Tres días después volvíamos a casa. Con nuestra niña en brazos. Viva. Y sana.

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Llegar a casa fue como cuando se abre el cielo tras un día nublado. La luz lo llenó todo. Los días posteriores fueron de una gran paz para todos, la tormenta había pasado y juntos habíamos podido superarlo. Hubo que hacer algunos ajustes con la lactancia, sobre todo porque la cantidad de leche que yo tenía era bastante más de lo que ella mamaba, pero aún así cualquier cosa parecía ya fácil después de lo pasado. Vivimos una larga luna de miel, todos juntos. Unos meses durante los cuales yo no quise pensar demasiado sino, simplemente, disfrutar de mi familia. Tras ese tiempo, que fueron dos o tres meses, comenzó una etapa de elaboración, por mi parte, de lo sucedido. Asimilar la experiencia, contármela a mí misma, revivir todos esos sentimientos para poder afrontarlos… no fue fácil ni rápido. Pasaron muchos meses durante los cuales yo todavía sentía culpa por lo sucedido (por haber nacido mi hija prematura) y miedo por las posibles secuelas que pudiera tener esa temprana experiencia en mi pequeña. Yo estuve, durante mucho tiempo, traumatizada. Cerrar el círculo. Todos los días, para ir al trabajo, pasaba –y paso- por delante de la Clínica. Y todos los días tenía –y tengo- un pensamiento para las madres que estaban viviendo lo mismo que yo y para sus bebés. No me atreví a entrar hasta un año después, cerca de la

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fecha del cumpleaños de Diana. Esta fue la última decisión que tomé sobre esta experiencia: cerrar el círculo. Entré en la clínica sola y, al volver a esa sala de neonatología, me invadió una profunda emoción. Reviví todo el dolor de aquellos días, y apenas pude hablar cuando las enfermeras me reconocieron y me saludaron. Lloré muchísimo, totalmente desbordada. No entendía por qué, pasado ya un año, no era capaz de enfrentarme de nuevo a ese edificio. Una enfermera me dio la clave: vuelve con la niña, me dijo, queremos verla. Y así lo hice. Un día antes del primer cumpleaños de mi hija, volví con ella al lugar donde nació. Diana corría por los pasillos y señalaba con sus dedos regordetes las fotos de los bebés colgadas por las paredes. Subida en mis brazos entré en la sala de neonatología y llamé a la puerta: me abrieron las mismas enfermeras que un año antes la habían visto tan malita. Y mi niña les sonrió. Y yo también. Ya no sentía ganas de llorar ni me sentía desbordada. Porque no estaba sola, como lo estuve un año antes, sino que estaba con mi hija, mi maravillosa hija. Les dimos la bandeja de pastelitos que habíamos comprado para celebrar el cumpleaños de Diana y me despedí de ellas. Les di las gracias. Las había perdonado, me había perdonado a mí misma, me había reconciliado, por fin, con nuestra suerte. Salí de la Clínica emocionada y feliz. Un año después, se había cerrado el círculo. Éramos libres. Somos libres.

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Mi mejor empleo

La relación de los niños con la comida

Alexdra, madre de cuatro y periodista a ratos.

Violeta Alcocer, Psicóloga y Psicoterapeuta, formada en psicoterapia psicoanalítica y dinámica familiar y de grupo. Especialista en psicodiagnóstico infantil y crianza.

En mi caso, dejar de trabajar no fue una decisión premeditada. Las circunstancias (es decir, la falta de flexibilidad en los horarios laborales) me forzaron a quedarme en casa. Clara tenía un año, así es que pensé que era el momento de disfrutar de ella mientras encontraba trabajo. El periodo de búsqueda se fue alargando, y mi desesperación fue creciendo. No fue una época fácil. Creo que es especialmente duro para las mujeres de nuestra generación: hoy en día “lo raro” es quedarse en casa. Pero algo iba cambiando dentro de mí. Pasar días y días junto a Clara, ver cómo crecía, ejercer de mamá a tiempo completo empezó a llenarme más y más. Finalmente mi decisión fue tan fácil como escuchar lo que me pedía el corazón, para mí ésa es la auténtica liberación de la mujer. Llegó un momento en el que ni me planteaba buscar un trabajo. Después nació Dani, luego Ana, y Nacho... Ahora puedo decir que estoy en el mejor momento de mi vida. Aprovecho para contestar lo que siempre me cuestiona la gente: el dinero, el papel del padre y el aislamiento. En primer lugar es cierto que supone un esfuerzo económico prescindir de un sueldo, pero en nuestro caso era mayor el gasto si yo trabajaba que si no lo hacía. Con los precios de las guarderías y el salario que cobraba me salía hasta caro el trabajar. También estoy cansada de que me tachen de “esclava del hogar”,“quién te ha visto y quién te ve”... y una larga cantinela de comentarios que menosprecian mi situación. Yo me siento afortunada porque gracias a mi marido puedo disfrutar de nuestros hijos. Y digo disfrutar porque para mí esta época es irrecuperable, y soy consciente de que cuando crezcan me alegraré infinitamente de haber estado con ellos durante estos años. Lo ideal sería que tanto el padre como la madre pudiéramos compartir esta

etapa lo máximo posible. Cada pareja negocia según sus necesidades quién puede ser el que haga el parón laboral o reducir su ritmo para estar en casa. De todas formas, el cordón umbilical no se corta en el momento del parto, y siento que durante el primer año del bebé es fundamental el papel de la madre. Por último, el aislamiento. Sinceramente, no tengo tiempo de sentirme aislada. Los niños dejan poca energía y poco espacio para sentirse aislado. Me gusta estar con los pequeños en casa y postergar lo máximo posible su incorporación al colegio. Están felices así. Vamos al parque, estamos con otros niños y otras mamás, me acompañan a hacer recados, jugamos o simplemente estamos. Por las tardes trato de ocuparme más de la mayor y así van pasando los días. No puedo imaginar un trabajo mejor. ¿Y lo peor? Tal vez el peor trago de quedarme en casa haya sido asumir sin complejos que esto es lo que quiero hacer. El que te pregunten “¿trabajas?” y tengas que decir “no” (aunque te gustaría decir, “trabajar, trabajo, pero no me pagan”). Ahora todo eso lo he superado y estoy orgullosa de mi decisión. En el resto de Europa es muy natural que una mujer preparada profesionalmente deje por unos años el trabajo para cuidar de los hijos. ¿La diferencia? Que su vuelta al trabajo es más fácil. Ese será el precio que tendré que pagar por estos años. O quién sabe, la maternidad te enseña a tener muchos recursos. Estoy reciclándome en medicina, psicología, economía, bellas artes, cocina... Hay muchas fórmulas de encontrar el equilibrio entre familia y trabajo. Ésta es una de ellas y soy feliz así. Pero sobre todo estoy tranquila porque sé que es una decisión de la que jamás me arrepentiré.

Muchos niños comienzan a tener “problemas con la comida” alrededor del año y medio-dos años. Los padres y madres dicen que comen menos, que no prueban bocado, que es imposible vivir así con la inmensa actividad que despliegan a estas edades. En realidad, el hecho de que los niños coman mucho menos a partir del año y medio (menos en comparación con los meses precedentes, se entiende) se debe simplemente a que sus necesidades calóricas son menores (la curva del crecimiento se empieza a ralentizar). Acostumbrados al bebé glotón, los padres piensan que su hijo se ha vuelto un “mal comedor” cuando lo que en realidad sucede es que la naturaleza sigue su curso. Los padres que comprenden este cambio y no le dan más importancia, son aquellos que aseguran que su hijo come muy bien. Aquellos que piensan que su hijo debe comer lo que ellos consideran que es una “cantidad normal” (que en realidad no lo es, aseguran que su hijo come fatal. Ambos niños (los de unos padres y los de otros) comen más o menos la misma cantidad. La diferencia está en la vivencia paterna. En cualquier caso, es mucho más probable que el niño que crece comiendo sin presiones, al alcanzar cierta edad vuelva a recuperar el apetito… mientras que el niño presionado tiene más probabilidades de no recuperarlo (la comida se ha convertido para él en un calvario y una obligación, no en un disfrute de los sentidos). Pero hay más. Resulta que estos pequeños empiezan el colegio alrededor de los tres años y… ¡magia! A los pocos meses los profesores nos comentan que allí devoran, mientras que en casa siguen sin probar bocado ¿Qué ocurre? ¿Es que nos toman el pelo? (piensan unos) ¿Es que estoy haciendo algo mal? (piensan otros). Añadiré otro caso también habitual: niños que comen con normalidad… empiezan el colegio y dejan de comer en casa. ¿Será que la comida del cole es mucho más rica que la de casa? Carlos González insinúa en su libro “Mi niño no me come” que el hecho de que los niños no coman en casa y sí lo hagan en el colegio o en casa de los abuelos, se debe fundamentalmente a que en casa tienen la confianza necesaria (pese a ser presionados, en muchos casos) como para poder decir “mira, esto no lo quiero” o “no tengo hambre”, haciendo caso a los dictados y necesidades de

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su propio cuerpo. Sería una especie de prueba de apego superada: si nuestro hijo se atreve a manifestar su rechazo hacia nuestra comida con total tranquilidad, es porque sabe que nuestro amor está por encima de eso. Fuera de su entorno, digamos que “tiene que hacer el papel”. A Carlos González no le falta razón: todos somos mucho más modositos fuera de casa (en el trabajo o en casa de determinados familiares) que dentro. Además de todo esto, añado una observación que me parece fundamental y que es la que ha inspirado este artículo: en el colegio y en la guardería utilizan métodos para obligar a comer a los niños, que son muy poco recomendables (“si no terminas te quedas sin recreo” “el que no se coma todo se va a casa con una nota para sus padres” “ va a venir el director” “te vamos a llevar a la guardería con los pequeños” “como escupas la comida te quedas castigada toda la tarde” y toda una serie de amenazas realmente atemorizantes, más aún si tenemos en cuenta que un niño de tres años fuera de casa y sin sus padres a mano es muy vulnerable emocionalmente y por tanto terriblemente sensible a estos métodos). Las amenazas y los castigos consiguen un efecto inmediato (los niños comen en el cole) pero el efecto real es que, en poco tiempo, acaban aborreciendo el momento de sentarse a la mesa (¡cómo no!) y en cuanto tienen ocasión (en casa, con papá y mamá) prefieren irse por la tangente o, cuando menos, disfrutar del momento de comer “a su manera”. Por otro lado, niños que tenían una relación normal y sana con la comida comienzan a tener una relación alterada y sus propias sensaciones de hambre y saciedad pasan a estar mediatizadas por las presiones de que son objeto a diario. De ahí que muchos niños que comían de forma normal, cuando empiezan el colegio o la guardería, dejan de comer en casa pero sí lo hacen en el comedor escolar. Los padres piensan que el no comer en casa significa un mal hacer por su parte o quizá una manifestación emocional del rechazo a la escuela. En realidad, la explicación se encuentra en el hecho de que en muchas escuelas consiguen “contaminar” el apetito natural del niño de forma difícilmente reversible. Por tanto, es fundamental intentar que nuestros hijos encuentren su propio equilibrio y lo hagan sin presiones. Y también es fundamental informar a la escuela de que

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El llanto y el sueño Irene Balsalobre www.ecocriando.com. Fundadora y Presidenta de la Asociación Lactando www.lactando.org nuestros hijos no han de ser obligados a comer bajo ningún concepto (y aún así me temo que en la mayoría de los casos conseguiremos que, como mucho, se limiten a ciertas amenazas puntuales). A medida que crecen, parece cada vez más difícil que su afectividad básica (intrínsecamente conectada con su cuerpo y sus funciones) no se vea contaminada por las rígidas presiones del entorno, alterando por tanto todos sus procesos y con ello la percepción de sus necesidades fisiológicas (tenemos un excelente ejemplo precedente con el entrenamiento para el control de esfínteres temprano que suelen llevar a cabo en las guarderías). La perfecta relación del niño-afecto con el niño-cuerpo se va resquebrajando a medida que los adultos vamos desoyendo sus mensajes e intentamos “llevarlos por nuestra senda” a toda costa. No sólo queremos contro-

lar su conducta, queremos controlar también sus necesidades fisiológicas: no hay que hacer pis cuando uno tiene ganas, hay que hacerlo cuando toca. No hay que comer cuando uno tiene hambre, hay que hacerlo cuando toca… y peor aún, no hay que dejar de comer cuando uno está saciado (la sensación de saciedad proviene directamente del hipotálamo, fíjense que poco tiene que manipular ahí un niño) sino que hay que dejar el plato limpio para ser aceptado por los adultos. El niño deja de comer por apetito (que es lo natural) y empieza a hacerlo para complacer, para llenar un hueco afectivo, para evitar un castigo, para tener un premio. Lo que antes era una relación natural con la comida, pasa a ser una relación mediatizada por los deseos y las expectativas de los demás. Y esto es, sin ser exagerada, el mejor caldo de cultivo para futuros trastornos de alimentación.

Hace más de 20 años en USA un tal Dr. Ferber escribió un libro con un método para dejar llorar al niño poco a poco cada día más y que se durmiera solo (esto es lo que se denomina un método conductista). Pero hay motivos más que justificados para no estar de acuerdo con esto, ya que está científicamente demostrado que el llanto tiene efectos negativos, entre otros los siguientes: 1. Hace que una parte del cerebro (la amígdala), que tiene el control de las emociones, llegue a una situación de estrés extremo, haciendo que el individuo se encuentre en un estado de shock. En ese estado la capacidad de comprensión está muy mermada y no hay posibilidad de que entienda lo que se le está diciendo. Así, el decirle a un bebé que está llorando a moco tendido que le queremos y que volveremos enseguida no sirve para nada. 2. Con el llanto también se produce la alteración de otra parte del cerebro que se encarga del habla. Así, aunque quisiera, un niño no nos puede decir qué le pasa porque no puede hablar (teniendo en cuenta, además, que muchos todavía no saben). 3. En la etapa lactante el desarrollo cerebral está en su auge máximo, así que podemos hacernos una idea de las connotaciones futuras que tendrá para el comportamiento de un cerebro que ha estado en una situación de shock tan impresionante. 4. Se generan una serie de hormonas debido al shock del abandono y del lloro, y precisamente esas hormonas son las que causan el vómito (como cuando hay una repulsa al ver un cadáver o algo similar). O sea que no es que el niño vomite “porque es muy listo” o “un manipulador” y “quiere llamar la atención” sino porque su cuerpo genera una respuesta al maltrato en forma de cóctel de hormonas que le causan un vómito involuntario. En la sociedad actual, son muchas las personas que hacen pensar a los padres que sus hijos tienen un problema de insomnio porque no les han enseñado a dormir, cosa totalmente incierta, porque el sueño es un proceso evolutivo, y los niños aprenden a caminar, a aceptar los alimentos sólidos y a hablar sin necesidad de obligarles, sólo cuando están preparados. Mediante un método conductista los niños aprenden (a un precio muy alto) que por más que lloren cuando es de noche nadie les atenderá (muchos llegan incluso a vomi-

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tar o tirarse de la cuna) y que sus propios padres no les hacen caso porque les catalogan de manipuladores. No es que aprendan a dormir con el “método”, porque todos los niños hasta los 3-4 años tienen breves despertares nocturnos (igual que los adultos los tenemos pero no los recordamos al día siguiente), sino que al saber que nadie irá a atenderlos vuelven a dormirse sin “molestar” a sus papás. Antes de entrar al cuarto de nuestros hijos cada 15 minutos para decirles que les queremos mucho pero que deben dormirse solos, deberíamos pensar si los adultos somos capaces de dormir si nuestra pareja no está en casa por la noche (teniendo en cuenta además que nosotros somos conscientes de lo que pasa y los niños no); menos aún dejarles que esto dure varios días para ver si se “acostumbran” y comportarnos como un robot autómata ignorándolos (entrando a limpiar si vomitan o diciendo que les queremos pero que se duerman), cuando podemos ofrecerles nuestro amor y compañía. Esto no debería suponer un problema para la familia si todos los miembros de ésta lo consideran algo natural que pasará con el tiempo, y hay múltiples soluciones. Por ejemplo, en Japón los niños suelen dormir en compañía de sus padres hasta los 7 años aproximadamente, y si pasada esa edad tienen un abuelo en casa el chico duerme con él como norma de cortesía para que el anciano no esté solo. Al contrario de lo que pueda parecer, los países donde se practica el colecho (compartir el lecho) tienen tasas más bajas de muerte súbita que en Europa. Los bebés aprenden los patrones de vigilia-sueño y de respiraciónpausa mucho mejor si duermen cerca de un adulto, ya que tienden a imitarlos inconscientemente. El colecho debe practicarse de forma segura, para evitar accidentes no deseados. Si nos ponemos en el lugar de un bebé (que espera amor, comprensión y compasión de sus padres) que recibe rechazo e indiferencia por la noche, deberíamos pararnos a pensar ¿qué les estamos enseñando desde pequeños? ¿a no confiar en que tienen a sus padres cuando tienen miedo, dolor de dientes, malestar....? Luego nos quejaremos de que los adolescentes no confían en sus padres, y no es ni más ni menos que lo que se les está enseñando desde pequeños: a buscarse la vida por sí mismos de la manera más dura, ignorando gran parte de sus necesidades. Según el Artículo 9º de la Declaración de los Derechos del Niño, aprobada por la Asamblea General de las Na-

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El contacto físico y el sueño familiar Edurne Estevez, doula. ciones Unidas el 20 de noviembre de 1959 “El niño debe ser protegido contra toda forma de abandono, crueldad y explotación”. Ignorar el llanto desesperado de un niño durante unos pocos minutos puede significar para él un abandono, puesto que no entiende el concepto de tiempo y unos minutos pueden parecerle eternos. Si estás leyendo este artículo quizás te encuentres desesperada porque la falta de sueño empieza a interferir en tu vida cotidiana. Lo recomendable entonces puede ser que leas algunos libros que pueden ayudarte a cambiar algunos hábitos, pero siempre respetando las necesidades de los bebés y niños.

*Dormir sin Lágrimas (Rosa Jové, Editorial Esfera de los Libros) *Bésame Mucho (Carlos González, Editorial Temas de Hoy) *Felices Sueños (Elizabeth Pantley, Editorial Mc GrawHill) Puede que se tarde más en conseguir dormir sin interrupciones que de otra forma más brusca, pero si está en juego el bienestar de mis hijos, mi buena relación con ellos, el respeto, la confianza... ¿porqué no hacerlo así aunque tardemos unas semanas más en conseguirlo?

Desde el punto de vista antropológico, podemos decir que el colecho (dormir en el mismo lecho padres e hijos) es algo normal y natural, parte de nuestra herencia genética. ¿Qué hubiese pasado si en la prehistoria los bebés fuesen apartados para dormir lejos de sus madres, solos? Posiblemente hubiesen sido pasto de los depredadores, o bien podrían haber fallecido sencillamente de hipotermia. Pero este escrito no va a abundar en temas de esta índole, que todos conocemos o hemos oído ya alguna vez. Muchas veces hemos oído hablar de la importancia del contacto físico en la infancia: llevar a nuestro bebé en brazos, el masaje infantil, tocarles, abrazarles, acariciarles... Hay otro momento en el que el contacto físico cobra gran importancia,y que en muchas ocasiones no es tenido en cuenta. ¿Qué es lo que hace importante el contacto con nuestros hijos e hijas durante el sueño? Pudiera parecer en un principio que el sueño no es más que un momento de descanso, donde desconectar de todo y abandonarse hasta la mañana siguiente. Sin embargo el dormir junto a nuestros hijos nos ofrece un amplio abanico de beneficios tanto físicos como emocionales, y tanto a los padres como a los bebés y niños. El hacer del descanso nocturno una experiencia familiar indudablemente nos acerca como individuos, nos ayuda a reconocer las necesidades de nuestros pequeños más prontamente y con más eficacia. Y para ellos, el saber y sentir que sus padres, sus personas de referencia, se encuentran allí cercanos y accesibles, es un factor que contribuye a su propia seguridad, estableciendo la confianza en que sus necesidades se verán satisfechas cuando sea preciso. El sentirse contenido, acompañado, acariciado, sentir el calor y el olor del cuerpo de los padres, el ritmo de su respiración... son sensaciones familiares y cercanas para el niño, que gracias a ellas puede continuar con su descanso de manera segura y confiada. Es necesario tener en cuenta que dado que el sueño es un proceso evolutivo, y los despertares nocturnos son habituales y naturales, no vamos a esperar que nuestro pequeño se despierte menos...pero sí que lo haga de manera más tranquila, vuelva a dormirse antes, y con menos angustia que si se despertara y se encontrara a oscuras, solo y en silencio. Los sonidos y olores corporales del pa-

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dre y de la madre, su calor, son su mundo, su referencia, su lugar seguro. Por eso entre un ciclo de sueño y otro, el sentir esa cercanía le ayuda a conciliar el sueño de nuevo en la confianza de que ellos están ahí, siguen ahí. Los padres que duermen con sus hijos encuentran esta experiencia gratificante desde muchos puntos de vista. El calor del cuerpo de la madre, el olor de su cuerpo, de su leche mientras se está en período de lactancia, el sentir su cercanía, es esencial para el buen descanso del niño. Para los padres, la comodidad de poder atender sus despertares sin salir del dormitorio familiar, y tener la seguridad de que van a despertar enseguida ante sus demandas, produce una sensación de tranquilidad a tener muy en cuenta. Estando en otra habitación, la madre o el padre deberían primero escuchar al bebé que se despierta, con lo que en muchas ocasiones cuando eso ocurre, el pequeño está totalmente despejado y angustiado por la falta de la persona de referencia. Ir a la otra habitación, sacar al niño de su cuna, ponerlo al pecho o mecerle hasta que vuelve a dormirse, volver a colocarle con cuidado en su camita, y rogar que no vuelva a despertarse... cosa que con frecuencia vuelve a ocurrir momentos después, ya que ese niño no tiene la seguridad de que va a ser atendido con prontitud, y no desea quedarse solo. Estas rutinas, repetidas durante muchas noches, son las que en ocasiones convencen a los padres de que sus hijos tienen algo así como problemas de sueño. Por el lado contrario, encontramos el colecho. Cuando el bebé o el niño se despierta, tiene a su madre o padre cerca. Puede ser atendido, tranquilizado y amamantado sin tener que moverse de la cama, sin cambiar de lugar, la mayoría de las veces con tal inmediatez que ni unos ni otros llegan a despertarse completamente. Muchas madres no saben cuántas veces se despierta su hijo por la noche por esta misma razón. No ha de despejarse para oírle o notarle inquieto, no ha de levantarse de la cama para amamantarle, por ejemplo. Y a la hora del descanso familiar esto es muy importante, la calidad y cantidad de sueño de ambos padres y del niño se ve mejorada sensiblemente. Los ritmos respiratorios se acompañan, e incluso se ha investigado acerca de si los mismos microdespertares que se producen debido al contacto con los padres durante el sueño inciden en un menor índice de muerte súbita del lactante.

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El apego hacia nuestros hijos se manifiesta en sus juegos Claudia Díaz, www.jugarijugar.com También en el caso de madres y padres que trabajan fuera de casa, el contacto con sus hijos durante el descanso nocturno es recuperar ese tiempo perdido, esas caricias que las ocupaciones laborales nos arrebatan en ocasiones. La lactancia se ve favorecida, aprovechando los picos de prolactina que se producen durante la noche, y que son aprovechados por el niño para ajustar la producción materna. Y esa “barra libre” se aprovecha hasta el máximo, estando la leche nocturna más cargada de triptófano, que ayuda precisamente a conciliar el sueño. En otro orden de cosas, el sentir el calor del cuerpecito de nuestros hijos, el olor de su pelo, su sonrisa al despertar... todas esas sensaciones son un regalo para los padres,

que día tras día sienten como se va estrechando el vínculo que les une a sus pequeños. El colecho ha de practicarse siguiendo unas medidas básicas de seguridad, pero una vez solventados esos pequeños momentos de organización del sueño familiar... ¿qué mejor regalo puede haber que sentirse cerca unos de otros, sentirse seguros y acompañados? Los juegos matutinos, la sonrisa de nuestros hijos cuando abren los ojos, la sensación de aprovechar el tiempo al máximo con ellos, de bebernos todos los instantes que pasamos juntos. ¿No es un verdadero regalo?

Las relaciones de apego se fundamentan, sobre todo, en la confianza y el respeto hacia las cosas que para el otro son necesarias o importantes. Comienzo puntualizando esto porque es la base para comprender la forma en que se relacionan el juego de calidad y el apego, así que voy a dar por hecho que estamos todos en la misma línea y que, en la medida de nuestras posibilidades, intentamos llevar a cabo una crianza respetuosa. Partiendo de esta base, el juego se convierte en una herramienta que refuerza nuestros vínculos afectivos con los niños porque en realidad, sus juegos son en buena medida el fruto y también el reflejo de la forma en que les criamos. El juego es, entre muchas otras cosas, un sutil lenguaje de comunicación que comienza a muy temprana edad, basta con que observes a un bebé de pocos meses para percibirlo: ¿Te has dado cuenta de su concentración y su sorpresa al mirarse las manos por primera vez? ¿Te has percatado de cuánto se ha esforzado hasta lograr que sus dos manos choquen una contra otra? ¿Has visto lo feliz que es al lograr llevarse el pie a la boca? Todos esos movimientos son los primeros juegos de un ser humano, durante los primeros meses de vida el descubrimiento de nuestro propio cuerpo y del espacio que nos rodea son nuestro juego principal. Más tarde, en cuanto el bebé es capaz de desplazarse por sí mismo, empieza el juego exploratorio que nos dará entrada libre a disfrutar de un repertorio interminable de movimientos armoniosos, perfectos. Ante nosotros tenemos un derroche de elasticidad, un explorador incansable, sin miedo al fracaso o al ridículo, capaz de repetir un mismo movimiento una y otra y otra vez hasta lograr entrar, subir, bajar, trepar, estirar y coger cosas. Un ser pequeñito que mira con detenimiento y concentración los objetos y los analiza: ¿Hace ruido?, ¿raspa?, ¿es liso?, ¿pesa?... Y llega un momento en que por sí mismo, sin ayuda de nadie, nuestro pequeño gateador se pone de pie y se lanza a caminar. Todos los desplazamientos que hacía gateando ahora los hace de pie y además transporta cosas de un lado a otro. Se muestra feliz y satisfecho de haber conquistado una nueva perspectiva y al mismo tiempo prueba incansablemente posturas; da vueltas, se pone de cuclillas con la espalda recta y la planta del pie completamente enganchada al suelo, recoge una cosa, nos la trae y continúa explorando.

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¿Cómo podemos reforzar nuestro vínculo de apego a través del juego en esos primeros meses? Por supuesto, la presencia de un adulto sereno, paciente y cariñoso es el principal componente para que los bebés comiencen a disfrutar de sus movimientos y de su entorno. Es a partir de la madre o cuidadora que el pequeño comienza a explorar y lo ideal es que el adulto esté al mismo nivel que el bebé, en el suelo. Hay que buscar esos momentos por poco tiempo que se tenga, hacer contacto con el suelo nos relaja a nosotros y por lo tanto relaja también al bebé. Sí, ya sé que no es fácil encontrar el momento de sentarse para acompañar y observar pero para un bebé, estar en el suelo y practicar sus primeros movimientos es tan necesario como comer, dormir o recibir contacto físico y por eso no solamente debe poder hacerlo, además, quienes le acompañen deben comprender la importancia de comenzar a explorar el mundo partiendo de la base más segura. Cuando los pequeños se desplazan por sí solos, comienzan a explorar ya no sólo su propio cuerpo y el entorno, también disfrutan de los objetos y jugando descubren que el mundo es bonito e interesante y que, incluso, algunos materiales ayudan a comprenderlo mejor. Hace unos cuantos meses, mi hijo pasó una buena temporada desarrollando un juego. Comenzó por vaciar el cajón de las cacerolas y para él era importante que no quedara ni una, las tapaba y las destapaba una por una e intentaba intercambiar las tapas, estuvo así al menos 1 semana. Después descubrió el mueble donde guardamos las patatas y entonces el juego era poner una patata dentro de cada cacerola y finalmente tapaba todos los recipientes. Era evidente que el niño mostraba un clarísimo interés por transportar objetos, relacionar formas, medidas y encajar. Ninguno de los adultos que habitualmente estamos con Pau le ofrecimos las cacerolas como elemento exploratorio. El niño estaba atendiendo a un llamado interno que le indicaba que ése era el juego que necesitaba. En casa no representó ningún problema que las cacerolas donde habitualmente cocinamos fueran al suelo, pero si hubiéramos tenido algún inconveniente, lo que tendríamos que haber hecho era buscar materiales o juguetes que le permitieran llevar a cabo la misma actividad. Era un disfrute ver a Pau tan concentrado, me impresionó

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mucho el tiempo que dedicó a intentar poner tapas pequeñas en cacerolas grandes y viceversa. Miraba la tapa por todos lados intentando comprender por qué no encajaba. Un día dejó de probarlo y ponía cada tapa donde tocaba, había comprendido -¡por sí solo!- que por mucho que intentara poner una tapa pequeña a una cacerola grande no conseguiría que encajara. ¡Genial! Conforme los niños van creciendo sus recursos, curiosidad y capacidad de juego son cada vez más grandes y si cuentan con el espacio, personas y material adecuado bailan, pintan, trepan, corren, montan cabañas, hacen obras de teatro y por supuesto, imitan el mundo de los adultos, pero, ¿cómo podemos saber si las actividades de nuestros niños son realmente un juego? He aquí algunas reflexiones de expertos en el tema que personalmente, me han servido de referencia. EL JUEGO ES: Para empezar y antes que cualquier otra cosa, una acción libre. El juego dirigido no es un juego. (Huizinga). Una acción que proporciona un enorme placer y que se lleva a cabo de una forma espontánea, lúdica y sin preocupación alguna por el resultado final. (Marta Graugés) Una actividad global y totalizadora. Cuando se juega de verdad, se ve implicada la persona en su totalidad: Cuerpo, mente y corazón se articulan en cada partida (María López Matallana).

descubrir de una forma “sencilla” los sentimientos y sensaciones más profundos de los niños, sobre todo de los más pequeños. Todas las madres que conozco, yo incluida, solemos preguntar a nuestros hijos ¿qué has hecho hoy en el cole? Los niños casi nunca responden y no porque no quieran, es porque en realidad no se acuerdan o no saben como expresarlo. En cambio, cuando empiezan a jugar lo dicen todo con el cuerpo, la mente y el corazón, tal como afirma López Matallana. El juego para mí es como la música, un lenguaje universal para el que todos tenemos una predisposición natural, lo que pasa es que nuestra capacidad para jugar de verdad se nos ha quedado soterrada, la hemos perdido entre montones de obligaciones, compromisos, tabúes, complejos y sobre todo, bajo un montón de miedo al ridículo. Cuando los adultos jugamos casi siempre acabamos mostrando un excesivo entusiasmo, evaluamos, comparamos y por supuesto, como somos los que más sabemos, acabamos haciendo de líderes. Suelo comparar el juego con la música porque cuando los adultos cantamos, bailamos, escuchamos música o tocamos algún instrumento, nos pasa como a los niños cuando juegan, nos transportamos a otro mundo. Y en ese momento, no nos gusta que nos bajen el volumen para decirnos algo, o que de golpe alguien se ponga a cantar la canción a todo pulmón. Estamos tan inmersos en el goce de la música que cualquier interrupción la consideramos una falta de respeto.

y ves claramente que la estructura está mal hecha y no aguantará, no digas nada, te sorprenderá la filosofía y la calma con la que tu hijo se toma el que le caigan las cosas, pero si no es así, probablemente se deba a que aún no está preparado para ese tipo de juego. Si no intervenimos, es muy probable que el niño utilice las piezas para jugar de otra forma o quizá abandone el juego y se dedique a otra cosa. Si nos anticipamos y tratamos de “ayudar”, acabaremos haciendo la torre nosotros explicándole al niño paso a paso qué piezas poner primero y cuáles después y aprovecharemos para “enseñarles” a no enfadarse cuando las cosas no nos salen bien a la primera y bla bla bla. El siguiente ejemplo vale para bebés y niños más grandes. Cuando un bebé empieza a desplazarse por sí mismo y desaparece de la vista de su madre es porque siente el territorio lo suficientemente seguro para hacerlo, él mismo volverá cuando la necesite. Si el espacio está adecuado para las necesidades de los niños, únicamente hace falta estar mínimamente alerta, no es necesario perseguir a la criatura por toda la casa. Si se va, es porque necesita “perderse de vista”.

Cuando un niño está jugando olvida el mundo real y se transporta al mundo juego en el que con mucha facilidad se desvelan aspectos fundamentales de la educación y la crianza. En el mundo juego se puede enviar a la silla de pensar igual que lo hace la señorita del colegio, también se puede hacer comer a las muñecas hasta que no queda ni una pizca en el plato, incluso se puede matar a los malos, igual que en la serie de dibujos animados. Si somos capaces de quedarnos quietos y observamos la dinámica en la que el niño está inmerso, podremos, cuando acabe de jugar o incluso unos días más tarde, preguntarle su opinión y darle la nuestra sobre los castigos, la violencia o incluso la muerte. Sí, el juego puede ser una excelente herramienta para

El ejemplo de juego y música vale con otras cosas que nos apasionen como hacer deporte, leer o practicar algún hobbie. La idea es que podamos acercarnos un poco a las sensaciones de los niños cuando juegan, sólo así podremos valorar y respetar el juego en su justa medida.

No confundirnos y pensar que jugando mucho con nuestros hijos obtendremos una relación de apego; eso sería una trampa, de nada sirve jugar con los niños si lo hacemos sólo con la idea de obtener una mejor relación con ellos. Es más bien al revés, gracias a que conocemos e intentamos satisfacer sus necesidades de desarrollo emocional y afectivo gozamos de una buena relación y eso es lo que ellos manifiestan cuando juegan, con o sin nosotros. nos ayudará a reconocer el tipo de juego que desarrollan nuestros hijos (libre, estructurado...) y estaremos en posibilidad de ofrecerles materiales y entornos adecuados.

Saber algunas cosas básicas

Confianza. Pero de la auténtica, no como la que nos dan a nosotros en el trabajo, donde se supone que somos “trabajadores de confianza” y resulta que tenemos que pasar una tarjeta que indica la hora a la que llegamos y a la que nos vamos.

no podemos quitar el protagonismo a los niños porque son ellos los que nos están dando entrada en su mundo, si no somos capaces de asumir el rol de un jugador más, es preferible mantenerse al margen.

La separación entre juego y trabajo es cosa de

para los niños, muchas de las labores de las que los adultos estamos aburridos, como lavar platos o ropa, sacar la basura, poner una lavadora, pelar una manzana, cortarla, cocinar, barrer y fregar, también pueden ser un juego. Finalmente, me gustaría que imaginaras cómo serían tus relaciones si tu pareja, amigos, familiares y jefes respetaran y consideraran importantes tus verdaderas necesidades.

adultos,

Piensa en las personas con las que te gusta estar, las que te hacen sentir bien y luego analiza qué tienen esas personas que no tengan las otras. Seguramente llegarás a la conclusión de que son aquéllos que te aceptan como eres y que, sin tratar de imponer su propio criterio, religión o creencias, influyen positivamente en tu estado de ánimo y te producen sentimientos de los que te sientes satisfecho y orgulloso.

Algunas claves y ejemplos para disfrutar y compartir los momentos de juego: Observar. Sobre todo porque es el único camino que tenemos los adultos para detectar las necesidades de los niños, y también porque es una excelente oportunidad para aprender de ellos. Respetar a la persona que es el niño, su necesidad de jugar y su inagotable capacidad de crear. No anticiparse.

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Libertad.

Si jugamos tenemos que ser uno más,

Una herramienta de la alegría y la alegría, además de valer en sí misma, es una herramienta de la libertad. (Luis Ma. Pescetti).

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Si tu hijo empieza a levantar una torre

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Una reflexión sobre el panorama educativo actual y la crianza con apego. Mª Jesús Cabana, maestra y madre. Pensar por un lado en el modelo educativo real que en la actualidad impera en España y, por otro, en la crianza con apego, resulta totalmente antagónico. Es cierto que en los planes de estudios de las facultades de Ciencias de la Educación de todo el país figuran los nombres de Jean Piaget o John Bowlby como puntales básicos de referencia para cualquier maestro a la hora de diseñar su actuación en el aula. Es también cierto que los estudiantes de Magisterio deben conocer sus teorías sobre el desarrollo psicológico del niño, sobre el apego, sobre la indivisible relación entre el plano emocional y el intelectual (si es que tan siquiera pueden concebirse como áreas separadas dentro de la integridad que supone un individuo), sobre la necesidad de experimentación real que tienen los niños para realizar cualquier aprendizaje, sobre la necesidad de respetar los ritmos individuales de desarrollo y actividad para conseguir un progreso armonioso y significativo... y podría seguir citando durante páginas y páginas. Me pregunto por qué después, en la práctica, en la vida real de la muy grande mayoría de colegios, escuelas e institutos españoles, todos esos conocimientos adquiridos en la facultad se convierten en una única premisa, que viene a rezar más o menos así: “todos los niños de una misma edad tienen que hacer la misma ficha en el mismo momento, tardando la misma cantidad de tiempo, con el mismo resultado y sin molestar al profesor”. No voy a entrar a discutir la validez de dicha premisa porque no es el tema de esta reflexión, pero sí voy a explicar cuál es el método más utilizado y aceptado para conseguirlo, que sí tiene que ver con el tema de esta reflexión, y es la eliminación de las diferencias individuales, que se alcanza normalmente forzando las etapas del desarrollo de cada niño y aplicando un sistema de disciplina rígido basado en la técnica del castigo y la recompensa. Aspectos, todos, que poco o nada tienen que ver con una crianza o educación entendidas con apego y respeto. El sistema educativo actual está diseñado para conseguir resultados muy concretos en períodos de tiempo excesivamente delimitados y cortos. Y con “resultados muy concretos” me estoy refiriendo al almacenaje memorístico de contenidos y automatización de procedimientos de cálculo, básicamente. Esto se viene a traducir, en la práctica, en la necesidad de controlar en todo momento la actividad del niño y sus aprendizajes, lo que resulta en un escaso o nulo interés por sus procesos y necesidades emocionales, sus características e intereses personales, y por supuesto, en la

ausencia total de empatía. Lo que, unido al ya citado método de castigo-recompensa hacen de la enseñanza en este país algo por completo contrario a la crianza con apego. En este sentido, el primer obstáculo que los niños, a la tiernísima edad de 3 años -algunos todavía 2- tienen que salvar para integrarse en el nuevo mundo de la Escuela, es la adaptación. Éste es un momento crucial que debería ser cuidado hasta el más mínimo detalle y sin escatimar esfuerzos, puesto que dejará impronta en los sentimientos del pequeño. La manera cómo se desarrolle este primer aterrizaje en el ambiente educativo probablemente determine, o cuando menos impregne, toda su experiencia académica y la actitud que despliegue hacia ella. Por suerte, parece ser que ahora se ha puesto de moda el ya popular período de adaptación, y en muchos centros se flexibiliza, en mayor o menor grado, la entrada al colegio de los más pequeños. Pero asimismo hay un elevado número de instituciones que siguen sin realizar ningún tipo de ajuste en este aspecto. Esa forma despiadada de recibir a los niños en su primer día de escuela -el primer día de escuela de toda su vida, seamos conscientes de ello- que tienen tantos colegios y que consiste en entrar “a lo bruto”, sin preparación previa, cada uno hasta su aula, sin compañía de ningún tipo más que una maestra o maestro al que no habían visto nunca hasta entonces, ya no es que sea cruel, es que a mis ojos es un maltrato en toda regla. Una falta total de respeto y consideración por sus sentimientos y necesidades. Y casi peor es el hecho de que muchos adultos hacemos mofa de ello, nos reímos comentando lo mucho que fulanito o menganito lloró durante sus primeras semanas de escolarización, nos parece gracioso, tierno, poco importante, normal... No es normal, el llanto de un niño es una reacción natural que se produce ante una situación adversa, estresante o dolorosa, y tiene como finalidad captar la atención de un adulto que pueda poner remedio o fin a esa situación que le ha causado malestar. Es por ello que cuando estamos haciendo caso omiso al llanto de un escolar que quiere volver con su familia o que se siente abandonado en un ambiente totalmente nuevo y desconocido, estamos desatendiendo sus necesidades, estamos tratándole mal, estamos maltratándole. No le infligimos daño físico, pero ignoramos y minusvaloramos su dolor emocional, tan real como el físico y mucho más traumático. Si queremos conseguir una adaptación feliz y plena de

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un niño o niña de 2, 3, 4, o los años que tenga, lo primero que debemos tener en cuenta es que para sentirse seguro en un nuevo ambiente va a necesitar explorarlo hasta hacerlo suyo acompañado de una de sus figuras de apego, va a necesitar convertir a los adultos que pueblen ese nuevo espacio en nuevas figuras de apego, y va a necesitar conocer y entablar sus propias relaciones con los otros niños y niñas que van a compartir ese espacio con él. Para cada niño, esto tomará tiempos y acciones muy diferentes. Algunos -los menos- querrán quedarse solos el primer día, otros no querrán hacerlo hasta pasado un mes, otros sólo resistirán pasar una hora diaria dentro del centro escolar, otros se quedarán encantados durante 2 ó 3 horas, los habrá que prefieran observarlo todo de la mano de su acompañante y sólo decidirse a tocar algo después de un rato largo de observación, otros entrarán en el aula como un terremoto dispuestos a explorarlo todo con sus propias manos desde un principio... ¿Y cuál es la receta perfecta para todo esto? ¿cuál es la forma concreta más indicada de organizar un período de adaptación exitoso? Sinceramente, no creo que la haya... no creo que se pueda programar un horario y un número de niños escalonado para cada día con el fin de alargar artificial y rígidamente los tiempos de estancia en el aula y así adaptar a los niños progresivamente, como se hace en la mayoría de colegios. Mi apuesta es respetar completamente los ritmos de cada uno. Completamente. Dejar que cada alumno llegue al colegio a la hora que desee, acompañado por quien necesite y se quede el tiempo que le apetezca. Puede parecer que en tal caso la escuela sería un caos. Créanme, la escuela, durante los primeros días, es un caos de cualquiera de las maneras. Puede parecer también que de esa manera los niños se acostumbrarían a estar en el aula con sus padres y nunca llegaría el momento en que aceptasen quedarse solos. No es cierto, con la confianza que les da la presencia de un ser querido que les aporta seguridad, poco a poco irán estableciendo lazos sólidos con los maestros, que se van convirtiendo ellos mismos en figuras de apego y seguridad, de modo que los pequeños ya no requieren de la presencia de sus padres para sentirse seguros. Otra cuestión es ya la incompatibilidad de horarios entre el colegio y el trabajo de los padres. Pero tampoco eso justifica la poca flexibilidad con que se trata este período crucial, ni le resta importancia. Siempre se pueden encontrar soluciones alternativas como modificar los horarios

de clase durante los primeros días, buscar a un abuelo, tío o familiar desocupado que pueda hacer la adaptación con el pequeño, ajustar el período vacacional de los padres para que coincida con el comienzo del curso... Hay casos en que parece que la adaptación se está desarrollando satisfactoriamente porque el niño no llora al ir al colegio, no dice que no quiere ir, se lleva bien con los compañeros y los maestros aseguran que se lo pasa muy bien en clase y su comportamiento es modélico. Sin embargo, si ese niño comienza a presentar cualquier tipo de regresión o cambio en su vida diaria, coincidente en el tiempo con la entrada en la escuela (regresión en el control de esfínteres, alteraciones en los ritmos de sueño, alimentación, ansiedad, pesadillas, cambios en su actitud, etc.), suele ser síntoma de que algo en esa adaptación no está discurriendo como debería, y en tal caso lo más aconsejable sería retomar la flexibilización, o ponerla en práctica si es que no la hubiese habido. Tengamos siempre presente que la transición que los niños hacen de la familia a la escuela es un paso importantísimo en su vida, y que se trata de un cambio drástico y un proceso en alto grado artificial, para el cual no suelen estar naturalmente preparados a edades tan tempranas. Nunca restemos importancia al sufrimiento de un niño que no quiere ir al colegio, porque su dolor, su estrés y su ansiedad son reales y, como seres indefensos que son, no disponen de las mismas armas que un adulto tiene a su alcance para lidiar con ellos. Desde el punto de vista del maestro que pretende tratar con apego a sus alumnos, creo que la herramienta básica a utilizar es la empatía. Una persona que no sea capaz de ponerse en el lugar del otro, de comprender y respetar los sentimientos de los demás, nunca podrá llegar a ejercer la educación con apego. A mi modo de ver, nunca será un buen maestro. Si se es incapaz de sentir lo que sienten los alumnos, de comprenderles, no se puede respetarles. El día a día de un maestro está lleno de situaciones estresantes y de momentos de presión, y si no se tiene claro que lo más importante, lo principal, es el equilibrio emocional y el crecimiento personal del alumno, se puede perder el norte muy fácilmente, y caer en la fatal rutina del continuo enfado, los castigos, los gritos y el mal humor. Y no hace falta explicar el efecto que esto produce en las emociones de los pequeños; el miedo, la presión, el descontento y la desazón que les infunde. Para evitar esto, hay que sufrir un proceso de cambio y descubri-

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miento personal que nos permita comprender que el objetivo final de la educación no es la acumulación gratuita de saberes, sino el crecimiento de las personas, el enriquecimiento del individuo. Darse cuenta de que el verdadero motor de la educación está en cada uno, y que la tarea del maestro es ayudarle a descubrirlo y proporcionar multitud de experiencias, materiales y situaciones a través de las cuáles el alumno pueda encontrarse con sus posibilidades y, a su ritmo, desarrollarlas. Todo esto no puede hacerse si no es desde el más absoluto respeto por cada uno, desde la libertad del niño para moverse según su propia brújula interior, desde la consciencia de que un niño no es un adulto en construcción sino una persona entera, con su complejidad emocional e intelectual, a la que tratar con el mismo o más respeto que a un igual. Si no gritamos, agredimos, faltamos al respeto, insultamos, menospreciamos, castigamos, reñimos, humillamos, etc. a nuestros amigos, compañeros de trabajo, familiares... tampoco debemos hacerlo a nuestros niños, sean hijos, alumnos, sobrinos, nietos o vecinos. Además de no ser ético, es un abuso. La educación no consiste -o no debería consistir- en dar una serie de órdenes que el alumno ha de acatar para aprender y convertirse en un adulto de provecho, sino en descubrir quién es y qué necesita, y así poder poner a su disposición los medios más oportunos para satisfacer esas necesidades y alimentar sus intereses. Para conseguir establecer una relación de apego con el alumno, que le permita confiar en nosotros y aceptarnos en su mundo interior, el punto más básico e importante es la disponibilidad. Mostrarse siempre disponible y cercano para sus requerimientos; reservar cada día un momento, por pequeño que sea, de exclusividad con cada niño, hacer posible el contacto físico si lo necesitan, prestar atención a lo que dicen, bajar a su altura para romper esa barrera que los separa de nosotros por estatura y edad, y sobre todo respetar sus decisiones y tomarlos en serio. No imponer una serie de actividades uniformes, sino dejarles libertad para elegir entre multitud de materiales adecuados y estructurados de los que se puedan servir para avanzar en su desarrollo. Confiar en sus capacidades y aptitudes. Tener en cuenta las características del pensamiento del niño en cada etapa, sus posibilidades reales, y nunca pedirles algo que sabemos que no serán capaces de hacer, porque un fracaso no constituye ningún estímulo positivo para su proceso educativo. Y para que la libertad dentro de la escuela funcione, se hace necesario el establecimiento de una serie de normas fijas que todos, alumnos y maestros, tendremos que cumplir, y que tienen que poseer pleno significado para

ellos. Lo que sólo se puede conseguir si esas normas se establecen y consensúan entre todos. Uno tiende a pensar que si se deja a los niños poner los límites a su propia actividad, se convertirán en salvajes y no querrán acatar ninguna norma; pero esto no es así... un grupo de niños que se sienten respetados y libres para seguir el desarrollo dictado por su propio reloj interior -y créanme que lo tienen igual para el aprendizaje de la lectoescritura como para alcanzar logros motores tan filogenéticos y propios de la especie como la bipedestación- sienten la necesidad de establecer una serie de normas que les permitan actuar eficazmente sin interferir en los procesos de los demás. Y lo que es mejor, esas normas nacen de la experiencia, de la resolución de conflictos que inevitablemente surgen en el día a día de la convivencia en una escuela, de la interiorización de situaciones que han supuesto un problema y que se han superado con éxito. Lo que quiere decir que son normas comprendidas y asumidas por todos como propias. Una norma que parte de la experiencia es aceptada y cumplida con tal convicción que no suele ser necesaria la intervención de ningún adulto para velar por su cumplimiento. Y ya por último me queda hablar de los castigos y las recompensas. Existe la creencia de que los castigos son necesarios para moldear el comportamiento de los niños y jóvenes, que no se puede aprender a obrar bien si no se castigan las malas acciones y se premian las buenas. No creo que esto sea cierto. Un niño que es castigado aprende a no hacer determinadas cosas para no ser castigado, pero no tiene por qué necesariamente alcanzar la comprensión de lo inconveniente de tales acciones, con lo cual su integración mental de la realidad se ve alterada, la relación causa-efecto se trastoca de manera artificial. Lo mismo ocurre con los premios, los niños aprenden a hacer ciertas cosas porque les premiamos por ellas, no porque conozcan los beneficios que llevan asociadas, y eso, desde mi punto de vista, es un aprendizaje deficiente. Además de esto, no hay duda de que el castigo conlleva siempre la humillación, el abuso y el sometimiento, que no son compatibles con lo que llamamos una educación o crianza con apego o respeto y, volvemos a lo mismo, son una forma más de maltrato. Si no castigamos a otros adultos, no deberíamos castigar a los niños. Recordemos que no son de nuestra posesión, solamente están bajo nuestra custodia hasta que puedan custodiarse a sí mismos. No nos pertenecen, no tenemos derecho a hacerles daño, a castigarles, a provocarles sufrimiento. En cambio sí tenemos la obligación de dar lo mejor de nosotros mismos para acompañarles en su crecimiento, y, de verdad, es algo maravilloso si sabemos apreciarlo.

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¿Criar sin límites? Susana Prieto Mori, doula. “Los niños necesitan límites.” ¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase? Tantas que va camino de convertirse en un clásico de la pedagogía popular, como “eso no se hace” o “hay que compartir”. Pero si algo tienen en común esos clásicos es que se tiene fe absoluta en ellos, así que se dicen sin pensar, se dan por hecho sin someterlos a juicio, se usan sin saber qué significan. Son las cosas que son así, y punto. Se puede criar y educar con ellos sin tener que hacer el menor esfuerzo de reflexión ni de revisión de planteamientos. Son útiles. Son el camino fácil. Pero, por una vez, demos un paseo por el otro camino, el de pensar. Cuando decimos que los niños necesitan límites, ¿sabemos qué queremos decir con eso? ¿Sabemos de qué hablamos cuando hablamos de límites? El Diccionario de la Lengua Española de la R.A.E. define límite como, entre otras cosas, extremo que pueden alcanzar lo físico y lo anímico. Los límites son lo que en modo alguno se puede sobrepasar, el punto en el que resulta imposible ir más allá. Parece, pues, que al decir que los niños necesitan límites estuviéramos olvidando que todos tenemos límites y que eso no depende de que nadie nos los ponga. Simplemente los tenemos, lo queramos o no. El ser humano nace con los límites inherentes a su propia especie: necesita contacto, aire y alimento, y realizar determinadas funciones corporales para sobrevivir. Otros límites proceden de su entorno físico: está sometido a la ley de la gravedad, por ejemplo. A lo largo de su vida va acumulando límites como consecuencia de sus propias experiencias y traumas (miedos, fobias...), o de posibles enfermedades o malformaciones o accidentes, de las barreras arquitectónicas, etc. Todos, niños y adultos, tenemos además límites personales: el límite de nuestra paciencia, de nuestra resistencia física, de nuestra ética, de nuestro pudor... Todo ser humano, todo ser vivo en realidad, tiene límites que forman parte de su ser y los necesita para relacionarse con el mundo, para dar forma concreta a su existencia y dotarla de una realidad tangible, para recibir la influencia de su entorno y viceversa. Un ser humano sin límites físicos no existiría, un ser humano sin límites morales enloquecería. Los límites son parte de nosotros. Pero no es eso lo que queremos decir con que los niños necesitan límites. Más bien hablamos de limitaciones. Nos dice el diccionario que limitar es fijar la extensión que pueden tener la autoridad o los derechos y faculta-

des de alguien. Pues si los niños necesitan limitaciones ya las tienen, y de sobra. Los niños actualmente, en nuestra sociedad occidental, son las personas más limitadas del mundo. Dudo mucho que haya nadie que cargue con más limitaciones que ellos, tal vez sólo las mujeres en algunas culturas. Es cierto que los niños lo tienen todo ahora, todas las comodidades, todas sus necesidades materiales y de ocio cubiertas, todos sus derechos protegidos, pero no tienen la menor libertad. Los niños no pueden decidir: no deciden dónde quieren vivir, ni cómo, ni qué tipo de educación recibir, ni a qué colegio acudir, en la mayoría de los casos no deciden qué ropa ponerse ni qué comer, no deciden sus horarios, no pueden ir a ninguna parte sin ser acompañados y vigilados. Es necesario por su seguridad, tal vez, dejaremos ese debate al margen de momento. Pero aun en ese caso, ello no quita que reconozcamos su situación de extraordinaria limitación. ¿Qué nos hace entonces repetir una y otra vez que los niños necesitan límites? Me inclino a pensar que lo que queremos decir es sencillamente que los niños han de aprender a ser respetuosos con los demás y a cumplir las normas de convivencia, y que han de conocer, comprender y aceptar las consecuencias de sus actos. Y en eso estamos todos de acuerdo. Sin embargo, las familias que criamos a nuestros hijos con apego encontramos muchas veces miradas de reprobación, cuando no críticas directas, por no “ponerles límites”. Nos quieren decir con esto: por dejarlos decidir. Por darles libertad, o mejor dicho, por no quitarles la libertad de seguir sus deseos. El debate es de orden moral, o filosófico: ¿qué es para mí el ser humano? Es un antiguo dilema: ¿Hobbes o Rousseau? ¿Es el hombre un lobo para el hombre, o es bueno por naturaleza pero la sociedad y la educación lo pervierten? Si creemos, si insistimos tanto en que el niño necesita límites ha de ser porque pensamos que el ser humano tiende de forma natural a la maldad, y que no se puede ser bueno ni tener un comportamiento adecuado si no es a base de restricción, represión, negación. Hacer lo que uno quiera está mal porque sí y por principio. No se puede dejar al niño hacer lo que quiera porque lo que quiera será necesariamente malo. En esto se basa el sistema patriarcal adictivo, que castiga el deseo y premia la obediencia, en la amargura inconsciente de nuestra propia auto-represión que nos hace intolerable ver cómo otro

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¿Y ahora qué? Sara Cué, madre. sigue su deseo sin límites, precisamente, cómo otro tiene lo que hemos perdido nosotros. Y esto es, precisamente, lo que la crianza con apego contradice y desafía. Porque al criar de esta forma a nuestros hijos estamos creyendo en su bondad innata y natural, de forma que tal vez ellos acaben confiando en ella también, en la suya propia y en la de los demás. A menudo identificamos límites con normas, y falta de límites con falta de atención y cuidado, con negligencia. Hemos oído decir que el niño necesita los límites y normas como marco referencial. A menudo en el caso de niños abandonados o maltratados nos dicen los expertos que ellos mismos los piden porque los necesitan. No nos cabe duda de que los niños física o afectivamente abandonados agradezcan que un adulto los tenga en cuenta lo suficiente como para imponerles un límite, o una norma, y que le importe si se atienen a él o si la cumplen. En estados graves de abandono emocional puede ser que el niño no sepa que nos importa, luego que importa como ser humano, si no es porque nos importa que cumpla la norma o respete el límite, y que nos importa lo suficiente como para imponerle consecuencias. Pero no son la norma ni el límite lo que les da seguridad y confianza, es la atención prestada, es el simple hecho de tenerlos en cuenta, de merecer ese tiempo dedicado.

nos y respetarnos a nosotros mismos y a los demás. Es no poner la norma por delante del niño, no dar nunca más valor a la norma que al niño. No creer que el niño aprenda a ser respetuoso a base de cumplir las normas de forma automática y porque sí, sino que él mismo las cumplirá cuando por sí mismo comprenda que los demás merecen el mismo respeto que le hemos otorgado a él a lo largo de toda su vida. Es concebir las normas como herramientas para facilitar nuestras relaciones con los demás, nuestra vida en sociedad, y no como medios para hacer entender a nuestros hijos que nos importan. Es ayudar al niño a saber que existen normas, a conocerlas y a comprender el sentido que tienen: que no es la norma la que tiene valor por sí misma, sino el compromiso que todos adquirimos de cumplirla y la confianza que por eso depositamos en ella. Es no poner el acento en los límites, sino ayudar al niño a que construya los suyos propios y reconozca y respete los nuestros. Es no convertir la crianza en una guerra de voluntades. Es distinguir las verdaderas consecuencias de nuestros actos del premio y el castigo arbitrariamente impuestos de manera artificial. No es no poner normas: es no supeditar la empatía, la comprensión y la aceptación del otro al cumplimiento de la norma, y exigir siempre primero que la norma respete a la persona.

No confundamos: criar con apego no es criar sin normas, ni sin límites, si así los entendemos. Es enseñar a entender y respetar las normas pero, ante todo, a entender-

Es la hora de la comida, y tu hijo te comenta que en el cine están echando una película que le apetece ver. Tú alegremente le dices que el sábado sería un día excelente para ir a verla todos juntos. Él, sin inmutarse te dice “mamá, es que quiero ir a verla con mis amigos”. Por un momento los macarrones parecen una enorme bola difícil de tragar. Hoy ha sido esto, pero ayer te comentó que prefiere ir a comprarse los pantalones con su amigo Pedro, hace tres días te dijo que no le fueses a buscar al colegio, que viene solo y hace tres meses que los besos mejor en casa, que ya es mayor para que le achuchen en la calle delante de todo el mundo. Llegó la adolescencia. ¿Y ahora qué? Hasta ahora la crianza de tu hijo había resultado fácil, sin bien has capeado todas sus etapas “difíciles”, te das cuenta de que esta etapa no es algo tan transitorio como las demás, en esta etapa tu hijo exige estar “solo” y si bien no te echa de su vida, te aparca a un lado, empezando a crear nuevos vínculos fuera del entorno familiar; amigos, salidas, amores, protestas, empiezan a resultarle de vital importancia. Una lucha generacional ha empezado en tu casa, una lucha generacional que lleva dándose desde que el hombre bajó del árbol. Estamos en el necesario e importante tránsito del niño al hombre. Ahora es cuando el respeto, el apego, la libertad que le has otorgado durante toda su infancia, para que se convirtiese en un ser humano libre y de alta autoestima te pide cuentas, te evalúa. La lucha interna de tu hijo es tan cruel, que a veces le parece imposible seguir, esa persona que ni es niño ni es hombre, lo que sí es, es una bomba hormonal. Aunque él no lo quiera, pienso que es cuando más tenemos que estar ahí para él, sin que se note; ya no podemos abra-

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zarlo cuando se cae al suelo, pero sí podremos estar a su lado en su cama escuchándolo desahogarse ante su primer desamor, escucharemos sin emitir juicios, no se nos ha invitado a juzgar, sino a escuchar. Nada de sermones. Debemos no interferir ni protestar cuando le oigamos hablar por teléfono de sus problemas con algún amigo, aceptaremos no ser los primeros a los que acuda cuando algo le suceda. Respetarlo. Las normas, los límites tienen que ir cambiando. Si ya sale, debe comprender que estaría bien que nos llamase por teléfono para comunicarnos dónde está si ha decidido cambiar de trayectoria, o si regresará más tarde de lo que había pensado. Y lo hará, si no le machacamos con prohibiciones. Es bueno también saber cómo reaccionaría ante una dificultad y si no lo sabe darle opciones a tomar, varias, y que él decida la mejor. Le estamos armando ante posibles peligros. No estará de más haberle procurado preservativos, llevado al ginecólogo para recetarle anticonceptivos y recordarle una vez más, que si bebe que lo haga moderadamente. Sin sermones, sin regañinas. Recordarle que un hogar lo componen todos los miembros de la familia y que su cuartel general será respetado, pero el resto de la casa también. Mi madre siempre dice: “Los padres somos como el chocolate en el paladar de un hijo; un buen chocolate dejará un buen sabor, un buen recuerdo, un mal chocolate hará que te duela el estómago y te amargará la boca”. De nosotros depende, de nuevo, qué sabor deseamos dejar.

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El apego y el vínculo en el nacimiento Ibone Olza, Vicepresidenta de EPEn y psiquiatra. Hace ya más de cincuenta años que John Bowlby en un informe elaborado a petición de la Organización Mundial de la Salud explicó que: “Consideramos esencial para la salud mental que el bebé y el niño pequeño experimenten una relación cálida, íntima y continuada con la madre (o sustituto materno permanente), en la que ambos hallen satisfacción y goce”. Eran los años que siguieron a la segunda guerra mundial y en aquel ambiente de preocupación por la gran cantidad de niños huérfanos y hospitalizados los trabajos de Bowlby y Mary Ainsworth sentaron la base de la Teoría del Vínculo, que ha ido creciendo en solidez y evidencia científica desde entonces. Bowlby describió el vínculo como un instinto biológico destinado a garantizar la supervivencia de los bebés. El vínculo es el lazo que se establece entre el recién nacido y su madre y cumple la función biológica de promover la protección, la supervivencia y en última instancia la replicación. Básicamente lo que sabemos ahora es que la relación madre hijo es la base para todo el desarrollo del bebé, y que las implicaciones son profundas y duraderas, tanto para bien como para mal. A lo largo de las últimas décadas numerosos estudios han profundizado en todos los aspectos del vínculo desde muy diversas perspectivas. Los más recientes desde el terreno de la neurobiología y la bioquímica empiezan a desentrañar los mecanismos moleculares por los cuales se establecen los vínculos afectivos desde el nacimiento y se mantienen y se refuerzan a lo largo de toda la vida. Conforme crece el conocimiento científico resulta más evidente la importancia que tiene respetar el nacimiento. Como psiquiatra infantil lo que yo he sacado en claro de la teoría del vínculo es que los humanos nacemos con una necesidad inmensa de ser amados y con una capacidad innata para amar. O dicho que otra manera: que biológicamente estamos programados para amar, que el amor es fundamental para nuestra supervivencia como especie, no un capricho ni un lujo, sino algo imprescindible para todos y todas. Bowlby ya hablaba de la satisfacción y el goce como elementos necesarios para la relación del vínculo entre madre y bebé y viendo lo que sucede con las hormonas en el parto, comprobamos hasta qué punto nuestra naturaleza lo tiene todo pensado para que madre y bebé se enamoren y sientan un inmenso goce y satisfacción. Comprendiendo lo que sucede a nivel biológico es sencillo comprender por qué habría que hacer todo lo posible para evitar influir en dichos procesos hormonales.

Conforme transcurre el parto, el cerebro de la madre va produciendo dosis crecientes de oxitocina. Esta hormona es conocida como la” hormona del amor” ya que se ha comprobado que no sólo es la responsable de las contracciones del útero en el parto y en el orgasmo, también es la que en nuestro cerebro hace que sintamos amor, bienestar profundo, empatía, conexión emocional y ganas de cuidar a nuestros seres queridos y de compartir con ellos alimentos, por citar algunos ejemplos. Los niveles máximos de oxitocina en el cerebro tanto de la madre como del bebé se alcanzan en la hora que sigue al nacimiento. Esto hace que la madre sienta un enamoramiento de su bebé que le facilitará enormemente el cuidarle, que tenga ganas de estar con su bebé la mayor parte del tiempo, que se sienta llena de amor y que esta sensación crezca continuamente. Este amor hace que todo lo demás (cansancio, renuncia a muchas otras actividades que ya no son fáciles con un bebé, etc.) sea fácilmente soportable. Este enamoramiento facilita que la madre busque la proximidad continua con su bebé, que se sienta feliz con el contacto piel con piel que instintivamente buscan todos los recién nacidos y que en cuanto el bebé llore la madre busque la manera de consolarle y tranquilizarle ipso-facto. Ahora sabemos que estas interacciones tempranas a van facilitando el desarrollo cerebral en una dirección y es la de que el bebé vaya aprendiendo a amar, a ponerse en el lugar del otro, a ser más y sociable y empático. La prolactina también empieza su labor tras el parto permitiendo la producción de leche y haciendo que para la madre la lactancia sea algo espontáneo, relajante y sencillo. Sustancias como las endorfinas que también se producen durante el trabajo de parto van a hacer que ese primer encuentro sea muy placentero para los dos y que por decirlo de alguna manera madre y bebé se enganchen de la mejor manera posible. Es decir, venimos al mundo listos para enamorarnos de nuestros progenitores y crecemos gracias a ese amor.

mo enamoramiento de su bebé nada más nacer. Muchas madres cuentan tras un parto hospitalario cómo para su sorpresa no sintieron ese flechazo ni ese profundo amor. En los casos de nacimiento por cesárea programada la ausencia de ese sentimiento puede ser aún más grave: “sabía que era mía y que la quería, pero no lo sentía” como nos contaba una madre, lo que a nivel neurohormonal equivale a un escenario sin chute de oxitocina. Bastante menos se sabe sobre los efectos de esas alteraciones del equilibrio natural en el cerebro del bebé. Sue Carter, una de las mayores investigadoras a nivel mundial sobre la oxitocina explica con vehemencia que los efectos de la oxitocina sintética intraparto en el cerebro del recién nacido nunca han sido investigados, y que sus propios experimentos con oxitocina sobre otros mamíferos recién nacidos hacen pensar que los efectos pueden ser bastante más graves de lo que se imagina, sobre todo a nivel de la conducta amorosa y sexual en la edad adulta, por lo que insiste en recomendar que la oxitocina sintética se utilice sólo en casos verdaderamente urgentes y graves.

También es mayor la evidencia científica de que separar a los bebés nada más nacer de sus madres les produce un enorme sufrimiento y, que si la separación se prolonga, los bebés pasan a estar en un “modo de supervivencia” donde restringen sus funciones al máximo para esperar a que regrese la madre, lo que puede dar erróneamente la impresión de que están tranquilos y calmados, cuando en realidad están tan muertos de miedo que optan por no moverse ni llorar si piensan que no van a ser escuchados. Igualmente se sabe que si se deja a los recién nacidos llorar, los niveles de hormonas de estrés que llegan a liberar pueden dañar el desarrollo cerebral. Son numerosos los estudios que han hallado la altísima correlación que existe entre la separación temprana de la madre y las conductas violentas y disociales en la edad adulta. Por todo ello está claro que respetar la fisiología del parto es fundamental para conseguir desarrollar al máximo la capacidad amorosa de la especie humana. No hacerlo equivale a empezar la vida en una carrera de obstácu

Por el contrario cuanto más se altera ese equilibrio hormonal del parto más difícil resulta sentir ese amor espontáneo y natural. La oxitocina sintética que se administra a tantas parturientas no pasa la barrera cerebral: así que la madre percibe las contracciones uterinas con mucho más dolor (al no llegar esa oxitocina al cerebro no se producen las endorfinas que espontáneamente alivian el dolor y producen bienestar) y tampoco va a sentir el mis-

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La importancia de las doulas. Ana Sánchez Fábry, doula, monitora de yoga prenatal y asesora de lactancia. Reflexionando con Michel Odent ¿Por qué es tan importante la función de las doulas? Tras un maravilloso curso intensivo para doulas con Michel Odent y Liliana Lammers en Londres, cada vez veo más clara la esencia fundamental de la doula, así como la importancia de su función en nuestra sociedad actual. A tavés de todo lo que he aprendido de Michel y Liliana, he logrado expresar con palabras esas sensaciones e intuiciones que hasta ahora me venían diciendo que algo no marcha bien en la forma que tenemos de afrontar los procesos de parto y nacimiento en nuestra sociedad moderna. A través de la atención mecanizada y masificada de unos procesos únicos y mágicos en la vida, estamos poniendo seriamente en peligro el desarrollo de nuestra capacidad de amar y estamos generando comportamientos agresivos que contribuyen a la destrucción de nuestro entorno humano y natural. Es hora, afirma Michel, en unos tiempos de tanta preocupación ecológica, de desarrollar una conciencia global y de dar paso al Homo Ecologicus; aquel que cuida, ama y respeta a la Madre Tierra, a sus compañeros de especie y a las demás especies del planeta. ¿Cómo lograr el nacimiento de este Homo Ecologicus? ¿Y qué tiene esto que ver con el parto y el nacimiento de los humanos? Si queremos que nazca un ser humano capaz de amar a su entorno, debemos empezar a preguntarnos ¿dónde y cuándo surge la capacidad de amar? Y esta pregunta nos conduce directamente a la primera etapa, la etapa primal de nuestra vida (primal= primera en tiempo y primera en importancia), aquella que surge en el vientre materno, que continúa en la etapa perinatal (en torno al parto/nacimiento) y que abarca todo el primer año de vida, es decir la etapa de más estrecha dependencia con la madre. Los efectos comportamentales de las hormonas que dirigen nuestros procesos sexuales-reproductivos (entre ellos el embarazo, el parto y la lactancia) están claramente estudiados y demostrados por la ciencia. Estas hormonas son fundamentalmente la oxitocina (hormona del amor) y la prolactina (hormona de la maternidad). Cuando las dos fluyen en equilibrio, producen lo que llama-

mos amor maternal. En nuestras manos está, dice Odent, crear las condiciones adecuadas para que estas hormonas fluyan durante el parto e impregenen a madre e hijo tras el nacimiento, en su primer contacto vital, con el fin de asegurar el profundo vínculo de amor entre ambos. Hasta ahora, a lo largo de la Historia de la Humanidad, todas las mujeres parían a sus hijos bajo la influencia de un complejo cóctel de hormonas, sus propias hormonas de parto. Aquéllas que moderaban el dolor de las contracciones (endorfinas), y la preparaban para recibir a su bebé con los brazos abiertos y enamorarse de él nada más verlo y olerlo (oxitocina y prolactina). Hormonas que transmitía a su recién nacido a través del calostro (primera leche) y que cumplían una función vital en la criatura; función de enamoramiento, de dependencia y vinculación con su madre y de renovación constante, en cada toma, del lazo amoroso que los unía. Hoy en día, como ha constatado Michel Odent, vivimos un momento único en la Historia de la Humanidad. Esas hormonas del parto (oxitocina, endorfinas y prolactina) están en serio peligro de extinción en una sociedad en la que la mayoría de las mujeres paren a sus hijos sin el efecto de ese cóctel hormonal natural en sus cerebros y en sus cuerpos y por lo tanto desconectadas del proceso y privadas de los efectos comportamentales de las fantásticas hormonas del amor. Reconsiderando la forma de parir y nacer en la actualidad. En la actualidad, la mayoría de las mujeres paren a sus hijos bajo los efectos de sustitutos farmacológicos de estas hormonas (oxitocina sintética, anestesia epidural etc.), que nunca alcanzarán su cerebro y por tanto las privarán de por vida de los efectos comportamentales de tales hormonas en su estado natural: el desarrollo del instinto maternal y el profundo vínculo con el bebé. Además de haber sido privadas de estas profundas sensaciones instintivas, muchas mujeres salen del hospital con heridas físicas y emocionales, secuelas de un parto y un nacimiento poco o nada respetados. Como afirma Isabel F. del Castillo “la tecnointervención y la medicalización del nacimiento se ha convertido en una nueva forma de violencia que aleja a las mujeres de la Naturaleza y de sus propios hijos”. Las madres de hoy reconocen a sus hijos racionalmente.

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Saben, con su cerebro pensante, que son su hijos y que los han parido ellas; pero no los acaban de reconocer instintivamente, con su cerebro primitivo. Los reconocen con palabras y pensamientos, pero no con las entrañas y el instinto. Si no, no habría tantas mujeres que se plantean la lactancia materna, ni tanto fracaso o abandono precoz de la misma (iniciada de manera inadecuada tras horas de separación del bebé después el parto y poco o nada respaldada por los círculos socio-familiares). Este fracaso está favorecido también por elementos externos, sociales y culturales (resultado a su vez de esa falta de visión instintiva de la maternidad). Tampoco habría tantos prejuicios hacia el colecho (compartir cama con el bebé y única forma de mantener una lactancia exitosa y prolongada), ni tantos bebés abandonados con cuatro meses en las guarderías, alimentados con biberones y consolados con chupetes y peluches (sustitutos inminenetes del pecho y el cuerpo materno). Este hecho se ve agravado por la influencia del mercado laboral actual y sus normas duras y rígidas, que sitúan la maternidad en el último peldaño de la escala de valores sociales y contribuyen a mantener un nacimiento y una crianza separadores. Algo no funciona en el Sistema y nosotras, las madres y nuestros bebés somos las primeras víctimas. Preguntémonos por qué hay tantas depresiones posparto y tantos problemas en la crianza de los hijos. Pero no somos las únicas víctimas de esta disfunción. Es evidente que estas dificultades en la etapa primal repercuten negativamente en múltiples planos de la vida futura en sociedad. Por ello, es de nuestra prioridad reconsiderar cómo nacen los bebés y favorecer las condiciones necesarias para que, tanto las madres como los bebés, puedan benficiarse de ese preciado don de la naturaleza: ese complejo cóctel de hormonas de importancia vital, que facilita los procesos de parto y nacimiento, nutre y desarrolla la capacidad de amar, facilita la crianza y, por tanto, tiene consecuencias no sólo físicas, sino también psicológicas y sociales, a corto, medio y largo plazo. Según Michel Odent, “estos aspectos han de ser reconsiderados en términos de civilización”. La esencia de una doula en nuestra sociedad (Compensando los miedos). La doula puede interpretarse como el resultado de una importante carencia. La figura de la doula rellena un gran vacío en los servicios de atención materno-infantil actuales.

Hoy en día, la hipermedicalización y tecnificación de los procesos de embarazo, parto y nacimiento, hace que las mujeres ya durante su embarazo salgan con miedo de las visitas prenatales. Basta con echar un vistazo a los foros de internet. Los controles prenatales se centran en hacer pruebas y análisis, ecografías y test para detectar posibles anomalías. Las visitas al ginecólogo o a la matrona tienen como principal objetivo la búsqueda de patologías y esto genera miedo en las mujeres gestantes. Miedo a que algo vaya mal, miedo al dolor, miedo a los factores de riesgo, miedo a las posibles complicaciones, miedo a lo desconocido...miedo, mucho miedo. Y porque es de sobra conocido que el miedo genera adrenalina y la adrenalina es la peor enemiga de la oxitocina (esa hormona del amor que dirige el parto), es hora de tender una mano a las mujeres para que recuperen la confianza en sus cuerpos, la seguridad emocional y la paz interior que necesitan durante una etapa tan hermosa y especial en sus vidas. El miedo es malo para el bebé y para la madre y es muy malo para el parto. El miedo genera tensión e inhibición y estos dos factores bloquean y dificultan que el cuerpo responda favorablemente. Y la cosa no queda ahí; muchas madres siguen sintiendo miedo cuando acuden a los controles pediátricos en los que tienen que responder siempre a unos patrones preestablecidos y rígidos (de peso, talla, alimentación, sueño, desarrollo normal etc.). Volvemos a esa visión patológica e intervencionista, esta vez de la crianza. La misión de la doula. El trabajo de la doula consiste en brindar acompañamiento no médico a las mujeres y de favorecer la humanización, tanto del embarazo, parto y nacimiento como de la crianza en general. La primera misión de la doula es informar positivamente de la experiencia de la maternidad y del parto a las mujeres embarazadas y a sus familias. Las doulas tienen por tanto, como función principal ser el contrapeso de esa visión patológica e intervencionista del embarazo, del parto y de la crianza que domina nuestra sociedad. Las doulas, con su presencia discreta y calmada, ayudan a devolverles a estos acontecimientos los aspectos emocionales y espirituales que merecen: el embarazo como un proceso mágico y profundo, la vivencia del parto como un hecho íntimo, amoroso, personal, único y sagrado; la vivencia de la crianza desde un enfoque más natural y entrañable, de apego y

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empatía a las necesidades reales de nuestros bebés. La doula debe contribuir también a que se den las condiciones óptimas y necesarias para que el parto sea lo más fácil, corto y seguro posible. Según Liliana Lammers, el parto suele ser más corto de lo que nos imaginamos, si respetamos la fisiología y si no nos empeñamos en alargarlo artificialmente (con corto se podía estar refiriendo a 20-24 horas, no a las tres que le dan a la mujer en el hospital como tope antes de inducir o hacer cesárea) . Esas condiciones óptimas para que el parto fluya sin complicaciones se resumen en: un ambiente de intimidad en el que la mujer se sienta segura pero sin sentirse observada, respeto a sus tiempos, calor, luz tenue, silencio y en definitiva un entorno que mantenga su cerebro racional (responsable de todas las inhibiciones) en un discreto segundo plano y en reposo. Es necesario dejar actuar al cerebro primitivo, aquel de los instintos y las desinhibiciones y el responsable directo de las funciones sexuales-reproductivas en los humanos, entre ellas, por supuesto, el parto. Está claro que un ambiente hospitalario con un rígido e invasivo protocolo, no garantiza estas condiciones en absoluto, es más, aumenta la sensación de miedo, indefensión y soledad de las mujeres. Por eso no ha de extrañarnos la alta tasa de partos medicalizados, instumentalizados, cesáreas, separaciones innecesarias de mamá y bebé, fracasos en la lactancia, experiencias de parto traumáticas, depresiones postparto, etc. tan comunes en esta sociedad de la atención al parto industrializada y masificada. La obstetricia convencional parece ignorar el parto como acontecimiento con una fuerte implicación emocional y, como opina Isabel F. del Castillo, “dirige más energía a resolver los problemas que ella misma genera que a facilitar los nacimientos”. La doula es una protectora de las necesidades reales de la madre y el bebé durante el parto y el nacimiento. Necesidades que se resumen en el respeto a la fisiología. Necesidades que siguen siendo ignoradas y pasadas por alto en la mayor parte de los ambientes de atención al parto convencionales. Hay que saber mucho para saber que no hay que hacer casi nada y que se puede prescindir de todas las intervenciones y agresiones innecesarias que tan sólo entorpecen y dificultan el proceso de parto, nacimiento y primer contacto vital entre mamá y bebé. Un día estaba describiéndole a un buen amigo la figu-

ra de la doula y este amigo me dijo algo así como: “¡ah, como una psicóloga de parto!” Sí, una parte de la doula es ésa, en cuanto a que contribuye a proteger la integridad psicológica de las madres en momentos de enorme vulnerablidad. Pero su labor no queda ahí. También es una especie de abogada defensora de la madre y del bebé y de intermediaria entre éstos y los sistemas de salud, con el fin de defender sus necesidades básicas y lograr un parto y nacimiento seguros y satisfactorios para ambos. Una doula es por tanto un poco de todo esto: psicóloga de parto, abogada de mamás y bebés, compañera, guía, amiga, soporte emocional y afectivo, presencia tranquilizadora, figura maternal... o una simple mano y una voz que susurra que TODO ESTÁ BIEN y le recuerda a la futura mamá que pronto será cómplice del MILAGRO DE LA VIDA... ¿No es ésa una razón suficiente para despojarse de todos los miedos y sentirse la persona más feliz del planeta?

bres en su mayoría) y en el que la comadrona es un simple miembro más del equipo médico, cuando no una ayudante, subordinada a las órdenes y al estilo de actuación (conservador) del jefe, el médico obstetra. Es curioso que en húngaro a las comadronas se las llama védönö, que quiere decir mujer defensora/protectora. Me pregunto ¿a quién defienden muchas comadronas en la actualidad? Ante un panorama tan poco alentador, es hora de recuperar la magia del parto y del nacimiento y de hacer eco de la importancia de las doulas como una ayuda inestimable en los procesos inherentes a la maternidad. Es de vital importancia, promover la figura de la doula, como defensora y protectora de la díada mamá-bebé, sobre la que se sustentan nuestras sociedades futuras.

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Conclusión. Por último, y para concluir al estilo Michel Odent, alzo una pregunta un tanto provocadora para seguir reflexionando sobre si en un sistema sanitario tan rígido e intervencionista como el nuestro, movido por intereses económicos y personales ajenos al bienestar maternoinfantil y en un sistema social plagado de prejuicios, en el que la maternidad es vivida casi como un estorbo, en cuanto a que incompatible con el duro mercado laboral dominante: ¿es acaso la labor de las doulas políticamente correcta?

Como insiste Michel Odent, es del interés de todos cuidar y proteger el estado emocional de las mujeres embarazas, puesto que en ellas se están gestando las generaciones futuras y de su bienestar y su equilibrio emocional depende la salud física y emocional de esas criaturas por nacer. Las vías de actuación de la doula. Una doula tiene, por tanto, dos vías de actuación: una, la directa, apoyando a la futura madre de tú a tú, proporcionándole la seguridad de que todo va a ir bien, acompañándola y reafirmándola en sus deseos, ayudándola en el manejo del dolor, recordándole la magia del proceso y el milagro del nacimiento, apoyándola en la lactancia y la crianza... pero también actúa de manera indirecta (si entendemos su existencia como resultado de una carencia de los sistemas socio-sanitarios) contribuyendo al cambio social e incitando a la reflexión para la mejora de los servicios de atención materno-infantil en nuestra sociedad. Supliendo el papel de la “verdadera comadrona” Enlazando con el punto anterior, dice también Michel Odent que “la figura de la doula nace para suplir el papel de la verdadera comadrona”. La verdadera comadrona es aquella que nació para estar acompañando a las futuras madres, brindándoles ese apoyo continuo y esa seguridad de la que lamentablemente carecen en un sistema obstétrico paternalista, dominado por obstetras (hom-

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¡Que no os separen! Idoia Armendáriz, Patricia Sanz, miembros del equipo “Que no os separen” de El parto es Nuestro La madre y el bebé son unos desconocidos en el momento del nacimiento. Los primeros instantes tras el parto son de búsqueda y conocimiento. Tras el primer contacto piel con piel y el cruce de miradas se produce el flechazo, la impronta y el establecimiento del vínculo que unirá a la madre y al bebé durante el resto de su vida. El vínculo madre-criatura se encuentra en la esencia misma de la campaña que este año comienza a desarrollar la asociación El Parto es Nuestro y que hemos llamado “Que no os Separen”. Quizá no resulte del todo evidente, ya que lo que pedimos es esencialmente que se respeten tres puntos muy concretos y que más bien parecen orientarse a lograr una buena salud física del bebé: Asegurar el contacto piel con piel inmediato e ininterrumpido entre la madre y el recién nacido tras el nacimiento. (Contacto piel con piel, Método madre canguro). No cortar el cordón umbilical hasta que éste haya transferido toda la sangre de la placenta y haya dejado de latir. Facilitar el inicio de la lactancia materna en los primeros minutos de vida. Sin embargo tampoco será difícil entrever que todos estos puntos casi garantizan una temprana y adecuada formación del vínculo. El nacimiento es una de las coreografías más hermosas que la naturaleza ha previsto. Si se respeta la fisiología del parto se produce una serie de reacciones maravillosamente encadenadas que hoy sabemos que pueden marcar la salud emocional, mental y física de madre e hijo.  Durante el “periodo sensitivo” que dura entre 60 y 90 minutos tras el parto el bebé tiene su torrente sanguíneo inundado de hormonas que inducirán una serie de comportamientos encaminados a asegurar su supervivencia. En estos primeros minutos, en un estado de alerta sorprendente, el bebé buscará a su madre. Si la mujer y su bebé no son separados durante este tiempo vital, la criatura reconocerá y memorizará el olor y el tacto de su madre. Reptando sobre el abdomen será capaz de llegar al pecho, levantar la cabeza y cruzar por primera vez su mirada con la de su madre asentando la base del vínculo que les unirá toda la vida. Cuando el bebé succione por primera vez el pecho, un chorro de oxitocina inundará a la madre, que no podrá evitar enamorarse de la criatura, ahora tranquila y serena liberada del estrés del parto. Mientras la madre y el bebé se miran, otros muchos su-

cesos invisibles tienen lugar. El cordón umbilical, aún sin cortar, aporta al recién nacido sangre oxigenada y rica en hierro; la placenta se contrae al máximo con el pico de oxitocina que ocasiona el prolongado contacto piel con piel y la toma precoz del pecho; el pequeño hace su primera toma y la prolactina empieza a fluir... Estamos desmenuzando tan sólo algunas fases del proceso complejísimo e inimitable que la naturaleza ha ensayado durante miles de años para hacernos capaces de sobrevivir en brazos de nuestras madres. Existen sin embargo toda una batería de rutinas hospitalarias asociadas al nacimiento que se repiten una y otra vez poniendo en peligro que suceda el milagro del vínculo. Cuando el parto es manejado desde fuera imponiendo ritmos ajenos a los del cuerpo de la mujer, se interrumpe el proceso fisiológico y la cadena de acontecimientos se compromete. A los riesgos que un parto intervenido tiene para la mujer y su criatura se suman los que la separación podría ocasionar y entre estos está la deficiente formación del vínculo. El apego y la capacidad de amar se conforman a lo largo de toda la vida pero se anclan muy especialmente en las primeras horas tras el nacimiento. La separación, además de poder afectar a las relaciones futuras del niño, afecta de inmediato a la forma en que la mujer siente a su hijo. Una madre enamorada siente placer con el solo contacto de su pequeño y se siente poderosa al tomarlo en brazos, un bien preciadísimo en los primeros meses de maternidad. Al no haber sido separada es más capaz de afrontar los rigores de la falta de sueño y las demandas constantes de su pequeño. Un bebé apegado desde el primer instante, en contacto piel con piel con su madre duerme mejor y más y muestra un mayor estado de alerta en sus despertares. El vínculo es la herramienta fundamental que la naturaleza ha previsto para facilitar a la madre la crianza de su bebé.

sabemos de la importancia de esas primeras horas ¿por qué no ser cuidadosos hasta el extremo? Sin embargo, las rutinas hospitalarias que rodean el parto y el nacimiento llevan tanto tiempo repitiéndose que han adquirido una extraña fortaleza. A menudo no existe una razón médica para realizarlas, pero el profesional se siente más seguro haciendo las cosas que le enseñaron a hacer o como las hacen el resto de sus compañeros. A veces los criterios que imponen las rutinas son meramente organizativos: observar a todos los bebés en una misma sala es más sencillo que hacer una discreta ronda para ver cómo se encuentran los bebés que descansan sobre el pecho de sus madres. Sin embargo puede hacerse. Otros países europeos cuidan muy especialmente la no separación  y todas las rutinas hospitalarias se centran en el cuidado de la díada madre-bebé. Resulta realmente paradójico que tengamos que trabajar para que sea respetado un derecho que de natural nos pertenece, pero al menos tenemos de nuestro lado la última evidencia científica. Nosotras deseamos permanecer ininterrumpidamente con nuestros bebés, y por fin sabemos y queremos hacer saber que a la luz de la ciencia las cosas están claras: la revisión básica que se debe hacer al bebé cuando nace puede hacerse sobre el pecho de la madre; las rutinas necesarias deben hacerse unas horas después del nacimiento y las rutinas innecesarias han de ser desechadas para siempre.    Es especialmente importante cuidar la no separación en los niños nacidos con dificultades, prematuros o bajos de peso. Y lo es por innumerables motivos, entre los cuales se encuentra la formación del vínculo. Quizá su especial condición les obligue a pasar una temporada en el hospital y difícilmente se sentirán unidos y seguros cuando reciban el alta si no se ha permitido que permanezcan juntos y creen lazos de amor con sus padres. 

Es vital que no pongamos a estos bebés frente a una nueva dificultad. El Método Madre Canguro, que consiste básicamente en el contacto piel con piel con la madre o el padre y la lactancia materna a demanda, ha demostrado ser la mejor forma de cuidados para los recién nacidos, especialmente cuando éstos están enfermos o se enfrentan a una dificultad especial. La neonatología y estos cuidados se suman para ofrecer al recién nacido mayores y mejores índices de supervivencia y de salud emocional y física. Es primordial y urgente que se permita a los padres y madres de estas criaturas participar en sus cuidados mientras dure su hospitalización, abriendo las puertas de las unidades neonatales sin restricciones horarias. Esta campaña se ocupa también de la difusión de los derechos de los niños y las niñas en el ámbito hospitalario. Nuestros hijos e hijas tienen derecho a ser acompañados por personas de su confianza durante su hospitalización o en el transcurso de cualquier prueba médica. Es un derecho natural de los niños y las niñas, de los recién nacidos y también de sus padres y madres, recogido por la legislación internacional, nacional y autonómica y que no puede ser anulado por argumentos de tan poco peso como: “es que es mejor para él”,“es que se va a poner muy nervioso” o “es una norma del hospital”. Un menor que se deba someter a una prueba médica debe ser acompañado siempre. Un recién nacido no debe ser separado de su madre. Si logramos que se mire a estos dos mandatos con auténtico respeto, como un objetivo mismo de la asistencia que las mujeres y los bebés reciben durante el parto y nacimiento, estaremos construyendo bases sólidas para la salud de los más pequeños y garantizando un buen comienzo para la formación del vínculo que regirá los afectos y relaciones del futuro adulto.

Parece ser que el vínculo, pese a un mal comienzo en la vida, puede establecerse en las semanas o incluso meses posteriores al parto, con un estrecho contacto y el roce diario. Es, sin embargo, el periodo sensitivo el momento ideal en que las hormonas y todo nuestro organismo confabulan para que se fije ese vínculo y cualquier interrupción por leve que sea puede dar al traste con él. Creemos por lo tanto las condiciones óptimas para que no se produzca la separación. Si podemos hacerlo bien y

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Amamantar y trabajar, algunas soluciones.

Entrevista a Amamanta

Paca Moya, colectivo La Leche, Sevilla, www.colectivolaleche.org

Susana Fernández, socia de ACC

Estas son algunas de las múltiples posibilidades sin orden de prioridad: *Acogerse a alguno de los supuestos que contempla le ley (adecuación del puesto o del tiempo de trabajo, cambios del puesto de trabajo o suspensión de contrato por riesgo para la lactancia natural), si el médico del Servicio Nacional de Salud que asista a la madre valorara que existe riesgo para la lactancia. *Llevar al bebé al lugar de trabajo durante toda la jornada laboral (esto es posible en muchos trabajos como la enseñanza, el comercio, la limpieza doméstica, etc.) o sólo para amamantarlo (esta última opción implica disponer de otra persona que lo traiga y lo lleve). *Reducir la distancia entre el lugar de trabajo y el lugar donde esté el bebé (cambiando de lugar de trabajo, de domicilio, de lugar donde cuiden al bebé, etc.), para poder salir a darle el pecho durante la hora de lactancia o los descansos. *Cambiar de trabajo o renunciar a éste para estar más tiempo con el bebé. *Disfrutar de una excedencia o de una reducción de jornada (ambas pueden ser sólo por unos meses), renunciando a todos o parte de los ingresos (también de muchos gastos: niñera, guardería, etc.) *Extraer la leche en casa o en el lugar de trabajo (es necesario al menos un bolsito nevera para mantener la leche fría) y que otra persona se la ofrezca cuando no estamos en casa. *Familiarizar a la persona que se va a encargar del cuidado del bebé (niñera, abuela, etc.) con la atención a éste, con el manejo de la leche materna y con la forma de su-

ministrarla (vasito o cucharita, si el bebé rechaza el biberón). Si esto se hace unas semanas antes de la incorporación de la madre al trabajo, disminuye la ansiedad de la madre y del bebé. No aporta ventajas el acostumbrar al bebé a tomar el biberón antes de la incorporación al trabajo, máxime si se lo ofrece la madre. *Dar lactancia materna exclusiva durante el tiempo que la madre permanezca con el bebé (fines de semana, noches, etc.) y dar otros alimentos apropiados para la edad del bebé cuando la madre está fuera de casa. *Acumular todos los permisos no disfrutados: hora de lactancia, vacaciones (del año en curso y del anterior), permiso por horas extras realizadas, boda, etc. *Acogerse a una baja por enfermedad común si la incorporación al trabajo desencadenara un deterioro de la salud de la madre (empeoramiento de patologías anteriores a la maternidad, síndrome ansioso-depresivo, agotamiento, etc.). *Buscar apoyo e información en madres con experiencia, representantes sindicales y administración (Puntos de Información a la Mujer, Instituto de la Mujer, Instituto de la Seguridad Social, etc.). Puede haber más soluciones y se puede optar por combinar varias de éstas. En los grupos de apoyo a la lactancia materna se suelen compartir los trucos que cada madre ha encontrado para estar cerca del bebé o poder ofrecerle la leche materna, algunos muy imaginativos.

¿Qué es AMAMANTA? AMAMANTA es un grupo de apoyo a la lactancia materna, donde madres experimentadas que han amamantado y formadas con cursos y conferencias de profesionales, adquieren el compromiso de ayudar a otras madres que se inician en la maravillosa aventura de criar a sus hijos con la lactancia natural. El objetivo principal de Amamanta es el de dar a conocer los innumerables beneficios que supone la lactancia materna para el bebé, para la madre y para la sociedad en general y este trabajo se realiza a través de los Talleres de Lactancia en Centros de Salud, actividad en que la asociación es pionera a nivel estatal. El ritmo vertiginoso de la sociedad de hoy en día se impone y muchas madres primerizas se encuentran solas y desorientadas en el tema de la lactancia y crianza. Antes, las niñas y posteriormente adolescentes y mujeres jóvenes, iban creciendo en su seno familiar y viendo a sus madres, tías y hermanas mayores amamantar, y cuando llegaba su momento la lactancia fluía sin problemas porque habían estado viendo un patrón a seguir prácticamente toda su vida, además del apoyo que recibían de este círculo de mujeres durante el periodo de la cuarentena, una etapa muy delicada que muchas mujeres de hoy en día pasan solas por tener a la familia lejos o simplemente por no tener a nadie en la familia que haya pasado por esa situación. Ante esta carencia nacieron los talleres de lactancia, el apoyo madre a madre, para establecer una cadena femenina de ayuda y acompañamiento que haga la misma función que los círculos de mujeres de las familias de antaño. ¿Cómo y cuándo nace este grupo de apoyo a la lactancia? AMAMANTA nace de forma espontánea en el año 2000 a partir del taller de masaje infantil que, como una actividad más, se realizaba en el Centro de Salud de Villamarxant (Valencia) bajo la tutela de su matrona, Rosario Rozada Montemurro. Del taller de masaje infantil se pasó al taller de lactancia, como necesidad de compartir la experiencia que la lactancia supone entre las madres que optan por esta manera de criar. ¿Cuántas personas participan en el grupo? Actualmente la asociación consta de 200 socias, pero las madres que se benefician son muchísimas más, dado el elevado número de usuarias que acuden a los talleres de lactancia.

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¿Contáis con la participación de asesoras de lactancia o matronas? En nuestras actividades colaboran profesionales como pediatras, enfermeras, matronas, psicólogos, etc. Además, dentro de la asociación hay matronas y asesoras de lactancia que se forman en los cursos que prepara AMAMANTA u otras organizaciones. ¿Qué actividades (reuniones, talleres, difusión, etc.) organiza AMAMANTA? Los talleres de lactancia son el corazón de AMAMANTA. Son el fruto de la reunión, participación y actividad de madres lactantes, que se reúnen de forma periódica en el Centro de Salud para disfrutar y vivir con gozo la experiencia de amamantar. Además de los talleres en Benaguasil, La Pobla de Vallbona, Riba-roja del Túria, Pedralba, Benimamet, Chelva, Alcoi (Alicante), Mislata, Vilamarxant y Museros, se realizan Cursos de Formación en lactancia, exposiciones fotográficas para promocionar la imagen de la mujer amamantando, proyectos educativos en colegios de la zona, conferencias y coloquios (la última de Carlos González), fiestas y Encuentros de Talleres de Lactancia. Siempre tenemos en cuenta a los niños ya que todas las actividades tienen una parte lúdica para los más pequeños. Todas nuestras actividades se pueden consultar en nuestra página web: www.amamanta.es ¿Cómo surgió la oportunidad de montar el taller de lactancia materna de La Fe? ¿Cómo se ha desarrollado la colaboración con el Hospital/Consellería de Sanitat? Dentro de los talleres de lactancia las madres van adquiriendo un compromiso en ayudar a las demás madres. De este sentimiento de querer llegar a las que más lo necesitan surgió la necesidad del acompañamiento a las “nuevas madres” en el hospital, justo cuando empiezan a sentir la maternidad y el deseo de amamantar. El proyecto fue, en un principio, un acuerdo entre el Hospital La Fe y Amamanta, que se ratificó posteriormente por medio de un convenio con la Conselleria de Sanitat de la Generalitat Valenciana. En febrero de 2007, Amamanta comenzó el voluntariado en la planta 7ª del Hospital La Fe de Valencia, una de las iniciativas más pioneras e innovadoras para el fomento de la lactancia materna. El voluntariado de madres se desarrolla diariamente, durante este año 2008 en la planta 8ª de maternidad, de 14:30 a 16:30h. Básicamente consiste en un “taller de lac-

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Ayuda práctica a las madres Mº Helena Herrero, madre de tres hijos, enfermera,consultora certificada en lactancia y presidenta de la Asociación “Amamantar“ en Asturias. tancia” en la sala de familiares, donde se resuelven dudas y se refuerza la confianza de las madres en el hecho natural del amamantamiento. Además, se acompaña directamente en las habitaciones a aquellas madres que no se pueden levantar. Las madres atendidas por las voluntarias reciben información sobre el taller de lactancia en el Centro de Salud más próximo a su domicilio y teléfonos de ayuda directa para que sigan sintiéndose apoyadas por el personal sanitario y otras madres experimentadas en el momento crucial de la vuelta a casa después del parto. Después de más de un año de funcionamiento del taller, ¿Cuál es vuestro balance de la experiencia? El balance es totalmente positivo. Los primeros días en el hospital no sabíamos cómo iban a responder los sanitarios ante nuestras continuas visitas a las habitaciones. Podía haber un cierto “recelo” a que nos inmiscuyéramos en su trabajo diario, pero lo cierto es que sanitarios y voluntarias nos complementamos y apoyamos perfectamente. Cada día nos preparan un informe sobre las madres con dudas o problemas que debemos visitar y avisan por megafonía del comienzo del taller en la sala de visitas. Al acabar nuestro trabajo, comentamos nuestras impresiones con el personal. Las madres disfrutan del taller y sobre todo de la atención personalizada, estamos allí para escucharlas. Para nosotras, la visita a La Fe es una inyección de vitaminas. Tenemos como norma el respeto y el apoyo a la madre, y aunque en algunos casos no son receptivas a la ayuda, la inmensa mayoría de las madres te dan un “gracias” felices y más relajadas, inmersas en el proceso de enamoramiento de su bebé. Además, Amamanta ha demostrado que junto con los Talleres de Lactancia, el Voluntariado de Madres en hospital es una de las herramientas más poderosas para promocionar la lactancia materna. Sólo en el año 2007, con el voluntariado fueron atendidas más de 4000 madres di-

ferentes y todas ellas derivadas a su taller de lactancia correspondiente para que el apoyo no cesara. ¿Cómo organizáis las reuniones periódicas del grupo? ¿Qué tipo de asistencia soléis tener? Cada taller de lactancia tiene un horario, que depende de la disponibilidad de los profesionales sanitarios y las madres que los dirigen. En estas reuniones semanales las madres adquieren confianza y seguridad, se sienten acompañadas y disfrutan compartiendo sus experiencias con otras mujeres que las comprenden y apoyan en sus decisiones. Suelen acudir madres (y padres) con bebés pequeños para resolver las dudas iniciales, pero muchas de ellas continúan viniendo a los talleres durante meses, así que hay bebés de muchas edades. Dependiendo del taller y del momento, he llegado a ver grupos muy numerosos, que se van renovando con el paso del tiempo. ¿Se trata en las reuniones el tema del refuerzo del apego en las lactancias prolongadas? El apego, el vínculo afectivo entre la madre y el bebé es un punto importante que tratamos en todas las reuniones, ya que por una parte no hay lactancia sin apego y por otra, la lactancia materna refuerza el vínculo muchísimo. En nuestra sociedad se tiende a rechazar el contacto físico con los bebés (“no lo cojas en brazos que se acostumbra”) y se reprime el deseo que sienten las madres de acunar, abrazar y acariciar a los bebés continuamente. La lactancia materna ayuda a superar el miedo al contacto (nadie puede alimentarlo más que la madre, nadie se lo quita) y el momento del amamantamiento se convierte en un tiempo mágico de acercamiento y disfrute. En las lactancias prolongadas, ese contacto íntimo continúa, creciendo y cambiando por las distintas etapas del bebé-niño/a, reforzando su autoestima y el amor recíproco madre-hijo.

Hoy se sabe que ayuda a las madres simplemente que se les diga: -La lactancia materna es el alimento ideal para su hijo. -El calostro es bueno para el bebé. -Cuanto más mama, más leche sale. -Póngalo al pecho lo antes posible tras el parto y, después, con frecuencia. -Su bebé sabe mamar, nosotras sólo hemos de acompañar su instinto. -Es bueno fijarse en cómo lo hacen otras mujeres. Las primeras horas Tras el nacimiento, es bueno poner a tu bebé piel con piel sobre ti. Será una gran recompensa para ambos, sin prisas, el tiempo que necesitéis, hasta que se produzca ese primer encuentro de amor y leche. En las primeras horas, los patrones de amamantamiento son aún algo inmaduros, nuestros pequeños hijos e hijas tienen que coordinar succión, deglución y respiración, y para ello toman pequeñas cantidades (7 cc en cada toma). Por eso las tetadas son largas y frecuentes (entre 8 y 12 cada 24 horas), lo cual es cansado: precisamos de apoyo e intimidad. Nuestros peques son más activos a última hora de la tarde y por la noche, y sobre todo la segunda noche de vida. Es su patrón de mamífero humano lactante, así que casi mejor aplaza tus visitas en la primera semana y descansa en las mañanas para acompañar el ritmo de tu pequeño. Recuerda: para la madre, amamantar es una conducta aprendida observando a otras madres; para el bebé, mamar es una conducta instintiva, él sabe. Posiciones Madre e hijo/a cómodos, buen contacto visual entre ambos. Primero acomodamos al bebé al pecho y luego nos acomodamos nosotras, un ambiente tranquilo y relajado nos lo facilitará. Recuerda: el niño a la teta, y no la teta al niño, y muy bien pegaditos. La lactancia va bien si: -no duele; -el bebé se agarra bien, y le oyes tragar; -el bebé gana peso rápidamente y él controla el proceso. ¿Y si son más de uno? Amamantar a gemelos y trillizos es posible, pero la ayuda del entorno es imprescindible para conseguirlo. La ma-

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dre sólo podrá ocuparse de darles el pecho, el resto ha de depender del entorno. Hay variables para colocarlos al pecho de dos en dos, aunque hay madres que prefieren hacerlo de uno en uno, cada una adopta su fórmula personal. Puede ponerse a dos bebés enfrentados o en forma de cruz, en paralelo, o bien como dos balones de rugby y tumbados a ambos lados de la madre en la cama. Puede ser muy útil una almohada larga de lactancia. A veces, también te puede ser de ayuda alquilar un extractor doble (que saque la leche de los dos pechos a la vez) para hacerles llegar a los bebés tu leche en caso de separación o cansancio. Hay madres a las que la situación las puede superar si no cuentan con el apoyo preciso, y se ven en la necesidad de alternar tomas de leche materna y artificial. Esto no suele provocar dificultades insalvables, así que se puede mantener la lactancia por meses e incluso años. Hay otra variante de la normalidad que es amamantar a dos hijos o hijas de diferentes edades, el recién nacido y otro/a hijo/a mayor, lo que es conocido como “lactancia en tándem”. Ello supone que algunas mamás amamantamos en el embarazo, sin que traiga consecuencias para el bebé intrauterino, ni tampoco para el bebé o niño mayor, más allá de que algunos se destetan solos con la disminución de la leche conforme avanza el embarazo y posteriormente la aparición del calostro. A las mamás pueden dolernos los pezones, con mayor o menor intensidad en las diferentes horas del día o momentos del embarazo. Algunas veces rehusamos alguna toma; otras mamás quizás no se sientan con ganas de continuar la lactancia. Un destete progresivo y suave es el ideal para madre e hijo. Cuando el bebé llega, si la lactancia continuó con el niño mayor, éste previene ingurgitaciones y ayuda a tener una buena producción de leche y, desde luego, ambos hermanos se ven favorecidos por la lactancia, que incluso ayuda también a vincularlos. La madre puede precisar ayuda con el mayor, especialmente las primeras semanas y meses, para así poder primar la lactancia del más pequeño. ¿Y si llegan antes de tiempo? Cuando nuestros hijos e hijas nacen antes precisan, más si cabe, de la leche de sus madres, especialmente del calostro.

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Consultorio de lactancia con Helena Herrero Helena Herrero, Asesora de lactancia de Amamantar Asturias, responde a tus dudas sobre lactancia. Envía tus consultas a lactancia@criarconelcorazon.org Puede ser muy conveniente alquilar un buen aparato de extracción. Tu leche puede serle administrada inicialmente por una sondita, e incluso algunos pueden mamar directamente ya a partir de las 27 30 semanas, aunque precisen luego completar en algo sus tomas. La extracción temprana, frecuente y efectiva mediante bombas eléctricas dobles facilita la producción adecuada de leche desde los primeros días (ocho veces al día); y el método canguro, basado en un contacto intensivo piel con piel con mamá, papá y quien pueda de la familia, mejora los reflejos del bebé, aumenta su bienestar, disminuye su estrés y mejora su apego a la vida, especialmente a su mamá. ¿Y si el nacimiento no es el esperado? Cuando nuestros hijos e hijas nacen por cesárea es más necesario, si cabe, favorecer un pronto encuentro de amor y leche. No sólo los príncipes y princesas necesitan esto, es un derecho y necesidad para todas las madres, padres y criaturas. Si se separa a los bebés de sus mamás, no sólo se dificulta la lactancia, sino también el vínculo inicial entre ambos. Ha habido mamás que no querían ver a sus bebés tras doce o veinticuatro horas de separación, y otras no creían poder distinguir a sus hijos de otros de otras madres.

Para amamantarlos con mayores limitaciones de movilidad, sólo se precisa de una compañía permanente y adecuada que nos acerque a nuestro hijo o hija a mamar a la cama. Para ello se levanta un poco la cabecera y se pone al bebé sobre su mamá algo cruzado para evitar la incisión uterina, con almohadas en ambos brazos. No tienes que esperar más que a estar despierta y ágil con las manos para abrazar a tu bebé mientras mama. Las medicaciones anestésicas o analgésicas son compatibles con la lactancia. Si la separación entre madre y bebé es inevitable, puede serte útil un buen extractor para estimular tu pecho y obtener tu calostro para tu pequeño. Amamantar es un acto de amor, no es el único ni es insustituible para una madre, pero puede ser una experiencia placentera para madre e hijo. Puede serte necesario compartir información y experiencias precisas de otras madres lactantes y profesionales. www.amamantarasturias.org

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¿PREPARAR LOS PEZONES? maquina extractora doble que te permita estimular y extraer de forma cómoda y efectiva tu leche, imitando la frecuencia de un bebé, de al menos 8  extracciones en 24 horas, con el objeto de obtener en pocas semanas, un mínimo de 500 ml/día.

Estoy embarazada de seis meses y me gustaría darle el pecho a mi bebé, si puedo. Me han dicho que hay que preparar los pezones para que estén curtidos y no me duelan. ¿Cómo me puedo preparar? ¿Hay algo que pueda ir haciendo para tener leche? ¡Felicidades por tu embarazo! Lo más importante que debes saber es que ya que pertenecemos a una especie mamífera, es absolutamente inusual no poder amamantar. Y en referencia más concreta a tu pregunta sólo te puedo decir que no hay nada especial que tengas que hacer, la naturaleza lo prepara todo. Las mamas se desarrollan durante el embarazo, en las últimas semanas ya podemos ver gotitas de calostro, y son las glándulas de Montgomery las encargadas de lubrificar el pezón.  La leche se produce a golpe de estímulo efectivo de succión y extracción, es decir con nuestro bebé mamando con toda la frecuencia que busque (ese reflejo de búsqueda se distingue porque empiezan a mover la boquita de un lado a otro).  Generalmente maman de 8-12 veces al día, las primeras 8-10 semanas tardan más en cada tetada, a partir de los 3 meses apenas emplean sólo unos minutos. Es muy importante aprovechar las horas inmediatas al nacimiento, nosotras y nuestros bebés estamos emocionados con el encuentro, y no podemos parar de mirarnos y abrazarnos. Nuestros bebés saben mamar si les permitimos acceder al pecho espontáneamente y nosotras sólo acompañamos sus movimientos de búsqueda y adhesión al pecho. Si por alguna razón tu bebé o tú tenéis dificultades, puedes conseguir alquilar una

MAMA TODO EL TIEMPO

Mi bebé tiene un mes y mama todo el tiempo. A veces se pasa mamando media hora, se duerme y a los diez minutos de estar acostado ya me pide otra vez. Otras veces cuando se queda dormido e intento soltarlo, se despierta y sólo se calma en la teta. Estoy preocupada por si tengo poca leche, porque parece que no se sacia nunca. Estoy agotada, no puedo hacer nada más que estar todo el día con él en brazos. La gente me dice que le ponga un horario para que se regule y le dé tiempo al pecho a volver a llenarse. ¿Cada cuánto le tengo que dar para que esté bien alimentado?

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Es difícil regular “desde fuera” la  lactancia, cada bebé sabe lo que come y lo que necesita, hay que confiar en el principio de autorregulación de todos los seres vivos. La lactancia es  una experiencia muy variable, especialmente los primeros meses, generalmente los bebés humanos maman entre 8-12 veces al día. No sólo el peso que gane tu bebé es capaz de indicarnos lo que ingiere, sino el aspecto y estado del bebé, o la cantidad de pipís y cacas  que hace. El bebé tiene el mayor impulso de crecimiento de su vida los primeros 12 meses de su vida, considerando desde el minuto 0 de su concepción, en 9 meses  en nuestro útero suelen crecer unos 50 cm y pesar unos 3-3,5 kg, los 3 meses siguientes pueden aumentar 2-3 kg más y crecer 4-5 cm más.


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En esos 3 primeros meses de vida tienen varios periodos en que aumentan su frecuencia de día y de noche, porque crecen más rápidamente y necesitan comer más, son sobre las 3 semanas, 6 semanas y 3 meses. En esos días tienes más leche porque el bebé extrae más y es lógico que te sientas cansada, puedes intentar conseguir ayuda para que te ayuden en casa y te cuiden, así tú podrás atender mejor el aumento de la demanda de tu bebé. También  podéis probar a tumbaros juntos más en esos días y así mientras que el bebé mama tú estarás más descansada, es muy probable que os durmáis juntos, las hormonas que intervienen en la lactancia producen relax y sensación de bienestar, con tu cuerpo bien rodeado de almohadas podrás descansar cómodamente y tu bebé se dormirá también más plácidamente tras mamar si te siente cerca. Mamá tumbada en la cama de lado, con un cojín entre las rodillas, y un par de cojines bajo la cabeza, y a poder ser un apoyo tras la espalda, que puede ser la espalda del papá, o una almohada. El bebé se coloca también de lado, y con la nariz a la altura del pezón, en el momento en que abre la boca bien grande, la mamá lo aproxima hacia ella empujándolo desde las paletillas de la espalda, no de la cabeza. El brazo de la mamá suele quedar doblado hacia arriba, hacia la cabeza.  

¿CEREALES A LOS 4 MESES?

En la revisión de los cuatro meses me han dicho que tengo que empezar a darle a mi hija cereales sin gluten. Yo quería dárselos con mi leche pero, por más que lo intento, no consi-

go sacarme nada con el sacaleches. ¿Cómo hago para dárselos? No quería empezar con leche artificial, porque en mi familia hay antecedentes de alergias y me gustaría retrasar la introducción de lácteos lo más posible. 

Por lo que hoy se sabe, y los organismos internacionales recomiendan, no hace falta complementar con ningún alimento que no sea tu leche, antes de los 6 meses. La leche materna es un alimento completo e ideal para tu bebé en estos meses, e incluso algunos bebés durante algunos meses más, rechazan la alimentación complementaria, por no estar probablemente todavía preparados para ella.  Una vez el bebé muestre interés por otros alimentos, se le pueden ofrecer los alimentos caseros apropiados para ellos (cocidos, aplastados, rallados, etc.), y no precisas usar alimentos industriales, ni extraerte leche. Se debe mantener la lactancia con toda la frecuencia que el bebé quiera, y ofrecerle al bebé pequeñas porciones de  alimentos (arroz, verdura hervida, fruta, etc., y progresiva y separadamente vas añadiendo otros), 2 ó 3 veces al día, haciéndolo coincidir con las comidas familiares. Si en tu familia hay antecedentes alérgicos conviene retrasar a más del año alimentos como los lácteos vacunos (leche y yogures), huevo y pescado.

¡MI BEBÉ MUERDE!

Mi hijo ha empezado a morderme con los dos dientes que le han salido abajo y a mí me hace un daño tremendo, me pilla desprevenida y cuando lo intento quitar me aprieta cada vez más y lo peor es que le da la risa, le encanta, yo me pongo seria y le digo cosas como “nooo, que me haces daño” , “no me muer-

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das, cariño” , “la teta no se muerde, se chu- se me hace muy cuesta arriba. ¿Es normal pa” y él se ríe en mi cara ¿Qué hago? Ahora que pida tantísimo el pecho con dos años? Es me da pánico cada vez que me pide teta.  que apenas quiere comer otras cosas. No sé cómo afrontar esta demanda constante.  El reflejo de masticación es algo involuntario, aparece con los primeros dientes y, algunos bebés muerden al final o al principio de la succión; pero es una situación muy limitada a estos primeros “brotes dentarios” y no se da de igual manera en todos los bebés. Es necesario estar atenta en esos días, y, en general, “prevenir antes que curar”. ¿Cómo? pues en general cuando notemos que presiona, es casi mejor apretarle contra ti y el pecho para que suelte, que retirarle bruscamente, ya que puedes dañar más el pezón  y el bebé tampoco alcanzará a  comprender lo que ocurre. En esos días que generalmente coinciden con “brotes dentarios” podemos evitar la succión no nutritiva al pecho, es decir retirarles cuando dejan de deglutir, darles cositas para morder, apropiadas y seguras, etc.  Si el bebé te produce  pequeñas heridas, puedes aplicar tras las tomas una pomada antibacteriana, en pocos días sanarán.

¡Enhorabuena! Los organismos de salud internacionales recomiendan un mínimo de lactancia de 2 años, y luego continuarla hasta que madre e hijo quieran, y vosotras os habéis beneficiado de esto, es normal que te sientas orgullosa y también desconcertada. Los 2 años es un periodo complicado a la hora de que tenga lugar un destete natural o que se lleve a cabo uno a iniciativa de la madre. Coinciden  muchos cambios sensitivos y motores pero todavía con un pensamiento racional rudimentario, es época de “perretas” y de “vuelta a la mamá”, a través de ella se comunican o se relacionan con el enorme mundo externo, y de ahí el aumento de la demanda sobre ti: el pecho no es sólo alimento, es búsqueda de consuelo y placer. Puede serte más sencillo un destete progresivo a partir de los 3 años, o quizás cuando lleguéis a ese momento la demanda disminuya y puedas volver a disfrutar de la lactancia, tanto o más que ella. La lactancia natural puede prolongarse hasta los 4-6 años, y sin duda contribuye a darles una gran seguridad afectiva y para nosotras puede ser una experiencia única e irrepetible.

¿ES NORMAL QUE PIDA TANTÍSIMO EL PECHO CON DOS AÑOS?

Mi niña lleva 2 años tomando teta y estoy muy orgullosa de haberlo logrado a pesar de los comentarios de la gente y de la poca ayuda que he tenido en los momentos de dudas. Yo pensé que poco a poco iría dejando de mamar y se destetaría, pero resulta que últimamente es todo lo contrario. Me pide muchísimo de día y de noche, cada vez más, yo ya estoy agotada y no veo que se vaya a destetar por sí sola. Si unimos esto a que además está en una racha de decir “no” a todo y de coger rabietas por menos de nada, la verdad es que

DAR DE MAMAR A DOS

Estoy embarazada de 3 meses y pico y tengo una peque de 22 meses. De momento mantenemos la lactancia y espero con ilusión el poder amamantar a los dos, pero no sé muy bien cómo se organiza uno para hacerlo, sobre todo al principio. ¿Cómo hacerlo cuando los dos lo piden a la vez? ¿Habrá bastante

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¿Qué quiere Nico el Hurón? Paloma Martínez, madre y socia de ACC.

leche para los dos? ¿Debo tomar medidas higiénicas para evitar que la mayor contagie algo al bebé? ¡Felicidades por tu embarazo! La lactancia a niños de diferente edad es también una experiencia vital que cada mamá vive de una manera única. En general, el más mayor suele estar observante con el más pequeño los primeros días, lo que permite que el pequeño se beneficie del calostro inicial. Luego el mayor puede aumentar su interés por la teta con la aparición de la leche, y ayuda a la madre a reducir la ingurgitación de los primeros días. La producción de leche aumenta significativamente con la succión de ambos hijos, y eso redunda en ambos, aumentando significativamente el peso y la protección que ofrece la leche materna a  los dos, y también en tor-

no a la lactancia aumenta el reconocimiento de éstos. Es obvio que precisarás más apoyo para el resto de las obligaciones, y para que puedan también atender algunas de las necesidades de tu hija mayor (juego, acción, etc.) mientras tú atiendes al más pequeño. Hay madres que no se encuentran cómodas dando el pecho a los 2 hijos a la vez y prefieren hacerlo por separado, sobre todo al principio, cuando el más pequeño precisa de más cuidado postural; pasados los primeros meses, puede resultar más sencillo, y a los mayores les resulta más fácil la obtención de más cantidades de leche, si maman junto al pequeño, ya que éste estimula más rápidamente el reflejo de expulsión de la leche.  No se precisa guardar medidas higiénicas especiales, el contagio de las principales infecciones en una familia se da por vía aérea y es inevitable en la mayoría de los casos.

Nico es un hurón pequeñito, no sólo en edad, tiene ganas de gritar y tiene ganas de llorar, sin también en estatura, es el más pequeñito de darse cuenta se pone a patalear en el suelo portoda su casa, incluso el más pequeñito entre to- que tiene mucha rabia dentro. dos sus amigos. Zorrito le agarra e intenta llevárselo a otro Nico tiene mucha energía, quiere descubrir lado, Nico se revuelve y muerde a Zorrito que mundo, le gusta mucho explorar y ayudar a to- le deja en el suelo de mala manera. Los demás dos. Al final del día Nico cae rendido, aunque en animalitos han decidido dejarle solo para que sueños tampoco para. se le pase la pataleta, dicen que es lo mejor, no darle protagonismo y que piense en lo que ha Hoy todos los animalitos se han levantado muy hecho. temprano, tienen que hacer cosas y Nico quiere ayudar, pero le han dicho que es demasiado Nico no entiende nada ¿qué tiene que pensar?, pequeñito, así que quieren que juegue solito y encima le dejan solo. Nico se pone a llorar para no molestar al resto. Pero Nico se aburre, desconsolado. él quiere estar con todos y jugar con ellos. Nadie le hace caso y se pone realmente triste, pero Gran Búho, sabio donde los haya, ha visto todo como es tan predispuesto se propone ayudar, y se acerca a Nico volando, pero éste no quieasí que levanta el ánimo y con energías renova- re ni mirarle, está tan decepcionado de todo el das se dispone a unirse al grupo. mundo que piensa que Gran Búho también le regañará, porque piensa que es Malo, aunque —¿Y qué hago yo? — Pero nadie le hace caso, aún no entiende bien por qué. sólo otro animalito se ha acercado y le ha dicho que mejor que juegue a otras cositas en otro Gran Búho se mantiene a su lado en silencio, lado, ya que ahí molesta. espera que Nico se relaje poquito a poco y así hablará con él. Nico se va calmando y ve que A Nico no le gusta estar solito así que ha queri- Gran Búho sigue a su lado. do ayudar a zorrito a llevar unos troncos al centro del bosque, pero como son realmente gran- —¿Por qué no te has ido como los demás? des para su tamaño ha tropezado y ha tirado a zorrito en su caída. Todos los animalitos se han —¿Querías estar solo de verdad? enfadado muchísimo, parecía que culpasen a Nico de querer tirar a zorrito. —No, pero como dicen que soy malo y me porto mal tengo que quedarme en un rincón sin —Ha sido sin querer— decía Nico asustado. molestar. Pero nadie le ha creído. Nico se ha empezado a enfadar ¿por qué nadie le cree?, todos hablan de que no hace caso, que es incluso malo y no se dan cuenta que él sólo quiere estar junto a los demás. Le están gritando y no le dejan hablar, así que Nico se empieza a sentir muy mal,

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—Y tú ¿qué piensas?, ¿eres realmente malo? —No, pero nadie me cree, como soy pequeñito... Quiero crecer muy rápido para que todos quieran estar conmigo y así hacerme bueno.

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—Nico, no eres malo, sólo que los mayores muchas veces nos olvidamos de que un día también fuimos pequeños como tú, y no recordamos lo que sentíamos con tu edad. —Pues cuando sea mayor inventaré una pastilla para no olvidarme nunca de mi infancia.

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Búho, al que también se le conocía como La Voz del Alma, explicó a todos que con un poquito de atención y cariño podíamos sacar lo mejor de cada uno. - Sólo tenéis que tratarle tal como os gustaría a vosotros ser tratados.

—Ni de tu inocencia Nico, que eso es lo mas importante. MORALEJA: Mientras nos limitemos a ver a los niños con los Gran Búho y Nico se pusieron a jugar y disfruta- ojos de adultos, nos perderemos no sólo sus maron muchísimo juntos. Gran Búno recordó en- tices, sino toda una confianza que no recuperaretonces su infancia y disfrutó como antaño de mos jamás. los juegos en compañía. Cuando regresaron los demás animales vieron a otro Nico y se asombraron de su cambio. Gran

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