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Ausencias Presentes Sandra Antolinos


Hoy me gustaría saber a quién se parecen mis manos y no lo sé. De dónde proviene mi paso, mi forma de andar por el mundo y no lo sé. Me gustaría buscarme en los rostros de mis antepasados. Descubrir los rasgos que me perfilan por dentro y por fuera. He buscado sus nombres pero no dicen mucho. Las fechas me hablan de nacimientos y matrimonios, pero la historia, la esencia, sigue perdida. Sentirse con raíces, pero no conocerlas, es vivir como una espora. Sin saber de dónde se viene, sin saber a dónde se va. Y todo esto acontece, sin poder más que vivir y ser parte de esta intrincada escalera de seres humanos que tienen a esta tierra por hogar.

Ismael Aranda


Él es Pablo; mi abuelo. Murió dieciséis años antes de que yo naciese. Nació el 20 de julio de 1914.


Él vivió toda su vida en La Algaida, más concretamente en una zona conocida como “Churra”; una pequeña aldea. La Algaida pertenece a Archena. Esta aldea mantiene muchas señas que no han variado con el paso del tiempo; casas cavadas en cabezos, grandes huertas, y muchos rincones especiales que te transportan a una época pasada.


Convivir con las personas cercanas a él fue clave para entender y descubrir un poco más su vida. En este libro recojo testimonios contados por ellos y ellas. Conocer la vida de nuestros antepasados es algo que muchos de nosotros anhelamos; este libro es la causa y consecuencia de mis “ausencias presentes”. Creo necesario que cada persona se interese por su historia más cercana y, como cita el poema, “saber de dónde venimos”.

Antonio


Francisca


Él estuvo en la cárcel de Mula cuatro años. Ocupó un cargo público durante la Segunda República, a consecuencia de esto, con la llegada de la dictadura franquista, fue encarcelado. A él no le gustaba hablar de sus años en la cárcel, pero alguna vez se refirió a la situación tan precaria que tuvo que soportar; cada día sufría el miedo de que fuese el último. Él pudo salir de la cárcel a los cuatro años, gracias a su suegra, una mujer cristiana que llevaba habitualmente comida al párroco del pueblo. Durante una cena con él, le comentó la situación en la que se encontraba su yerno; a las dos semanas fue puesto en libertad.


Dolores


Él enseñó a mucha gente a leer y escribir, ya que no todos en La Algaida podían ir a la escuela.


Josefina


Él trabajaba como arbolista asalariado para una empresa llamada “La cierva”. También poseía una porción de tierra, y cuidaba de sus animales; gallinas, cabras, conejos…


Manolo


Él se escondía en su habitación bajo las sabanas para sintonizar “La Pirenaica”, una emisora de radio clandestina, donde escuchaba lo que realmente estaba sucediendo en España. Los lunes por la noche, bajaba con la radio bajo el brazo para conectar con la “fiesta flamenca”, para que su hijo y vecinos pudiesen escucharla.


Antonia


Las secuelas de su estancia en la cárcel eran evidentes, aún así empezó a construir una nueva casa, más cercana a la carretera y accesible al agua. No pudo acabarla debido a una parálisis. Murió en 1972, en su pueblo natal: La Algaida.


Una fotografía. Un cartón inexpresivo, envuelto por los meses en los rincones íntimos. Un agua de distancia quiero beber: gozar un fondo de fantasma. Un cartón me conmueve. Un cartón me acompaña. Miguel Hernández


Agradecimientos: A Dolores, Antonio, Francisca, Manolo, Antonia, Josefina y a mi madre, además de, por supuesto, a mi particular “ausencia presente”; gracias Pablo.



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