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DOMINGO 2o. DE CUARESMA ciclo C La amistad con Cristo

Ambientación: Celebramos el segundo domingo de Cuaresma. La Cuaresma es un camino de peregrinación hacia la Pascua. Es el símbolo de nuestra vida de cada día: un caminar hacia el "paso al Señor", hacia la gozosa Pascua definitiva. En nuestra "peregrinación" tenemos días de tormenta y días de bonanza; días de lluvia y días de sol; días de sufrimiento y días de gozo. En la Cuaresma, la Palabra de Dios nos ofrece, también, escenas de tristezas y pasajes de alegría; situaciones de oscuridades y otras de luz. Hoy nos ofrece escenas de luz: nos hace vivir las experiencia de la "Transfiguración".

1. INVOCACIÓN al Espíritu Santo Ven a mí, Espíritu Santo, Espíritu de sabiduría: dame mirada y oído interior para que no me apegue a las cosas materiales, sino que busque siempre las realidades del Espíritu. Ven a mí, Espíritu Santo, Espíritu de amor: haz que mi corazón siempre sea capaz de más caridad. Ven a mí, Espíritu Santo, Espíritu de verdad: concédeme llegar al conocimiento de la verdad en toda su plenitud. Ven a mí, Espíritu Santo, agua viva que lanza a la vida eterna: concédeme la gracia de llegar a contemplar el rostro del Padre en la vida y en la alegría sin fin. Amén. (Oración de San Agustín)


2. LEÁMOS la Palabra: ¿QUÉ DICE el texto?

Gn. 15, 5-12.17-18: «Aquel mismo día el Señor hizo una alianza con Abram» La primera lectura narra un ceremonial sacrificial muy antiguo, el cual sellaba la conclusión del pacto y la promesa de Dios a Abraham. Se trata de una doble promesa de Dios, la promesa de una abundante descendencia (Gn. 15, 1. 18) y la promesa de la posesión de la Tierra de Canaán «desde el rio de Egipto hasta el Gran Rio (el Eufrates)» (Gn. 15, 18). Abrahán, el padre de los creyentes, es el tema de la primera lectura de este domingo segundo de cuaresma. En este ciclo «C» se pone de manifiesto la promesa de Dios: una descendencia incontable y una tierra. La promesa es acogida por la fe de Abrahán y sellada por un sacrificio de alianza en el que Dios, simbólicamente (una antorcha ardiendo), compromete su palabra. El patriarca Abrahán se queja al Señor de que, a pesar de lo que le ha prometido, su herencia pasará a un extraño porque él no tiene hijos y su edad es avanzada al igual que la de su mujer Sara. Sin embargo, esta situación no oscurece la fe de Abrahán porque Dios insiste en que le heredará un hijo suyo. La descendencia de Abrahán es Cristo. En Cristo, todos los hombres y creyentes. Y la tierra, el cielo (cfr. segunda lectura). El patriarca Abrahán se queja al Señor de que, a pesar de lo que le ha prometido, su herencia pasará a un extraño porque él no tiene hijos y su edad es avanzada al igual que la de su mujer Sara. Sin embargo, esta situación no oscurece la fe de Abrahán porque Dios insiste en que le heredará un hijo suyo. La promesa de Dios se refiere a la tierra y a los hijos; es una promesa de fecundidad y de vida. Pero, sobre todo, lo que Dios promete es su presencia, su providencia y amistad con Abrahán y lo que Abrahán representa. Por eso hace una alianza con él. Si la promesa de Dios es luminosa como las estrellas del cielo, la fe de Abrahán es tan amplia y numerosa como las arenas del mar.

Salmo 27(26). «El Señor es mi luz y mi salvación» Organización del almo: 1. Canto de confianza (vv. 1-6). 2. Súplica ardiente en la persecución (vv. 7-12). 3. Diálogo consigo mismo del salmista para reafirmar la confianza (vv. 13-14).


Este salmo tiene dos partes muy distintas. La primera nos habla de certeza y confianza (v. 1-6) mientras que, a pa rtir del v.7, hay una especie de ruptura. Aqui se habla de súplica y lamentación (7-14). Por eso algunos autores han dicho que se trata de dos salmos diferentes. Pero la mayoría de los exegetas, siguiendo la tradición, hablan de u n solo salmo, o de dos salmos íntimamente unidos entre sí, formando una unidad. H. Schmidt dice que en este caso «los dos salmos se esclarecen el uno al otro». Y Mannati afirma que «Este salmo es un cuerpo cuya columna vertebral es la confianza». Podemos decir que se trata de un salmo de confianza dividido en dos partes: Confianza triunfante y confianza suplicante. Nos llama la atención la disposición del salmo. Nosotros hubiéramos puesto primero la suplica reiterada y urgente y después la confianza y la acción de gracias. Pero el salmista ha invertido el orden. Lo primero que hace es armarse de confianza para superar todos los obstáculos y todos los miedos. Después aborda la suplica. El salmista parece decirnos: ^que sentido puede tener nuestra oración si antes no nos hemos fiado plenamente de Dios? ¿No es la confianza en Él lo primero que debemos pedir? e

Es significativo que en un salmo breve aparezca por tres veces la palabra l b, es decir, «corazón». El salmista no quiere ir a Dios por los caminos de la razón. Y, como dice Pascal: «El corazón tiene razones que la razón no comprende». Las palabras del salmista nos comentan y actualizan la actitud espiritual de Abrahán. También él estaba en la tiniebla, buscaba la presencia divina y esperaba, tal como Dios le había dicho, gozar de la bondad del Señor en la tierra prometida. El Señor fue para él luz y salvación. Para nosotros, Cristo es la luz que todo lo transfigura {ved el evangelio) iluminando nuestras tinieblas, salvándonos de la muerte y del pecado. El salmo responsorial es especialmente expresivo en esta perspectiva cristiana; cada fiel puede recitarlo como un canto de camino -«Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida»- esperanzado y seguro en la única seguridad decisiva: «Espera en el Señor».

Flp. 3, 17- 4, 1: «Cristo nos transformará según el modelo de su condición gloriosa » La promesa de la tierra viene recogida en la segunda lectura e interpretada como

«ciudadanía celestial»

(Flp. 3, 20). Igualmente se da una primera ojeada a la resurrección de Jesucristo, pues el cuerpo humano y también el cosmos entero seran


transformados y hechos participes «según el modelo de su condición gloriosa» (Flp. 3, 21). San Pablo ha estado en la cárcel y la Comunidad cristiana de Filipos le manifiesta su solidaridad con él y le envía una ayuda. El apóstol les contesta con agradecimiento. Les sigue manifestando que estén atentos al Evangelio que él les ha predicado. Que eviten el peligro de las desviaciones y confusiones que algunos están introduciendo en la Comunidad. Algunos estaban enseñando que era necesario practicar ciertos ritos religiosos judíos para mantener la «alianza» del pueblo con Dios. San Pablo les advierte que se pertenece al pueblo de Dios, no con la práctica de ritos externos, sino dejándose penetrar del Espíritu de Jesús. El camino de la transfiguración es la asimilación en la cruz del Cristo. Las afirmaciones del apóstol son una orientación para el camino cuaresmal y para toda la vida cristiana. Como Abrahán, tampoco nosotros tenemos aquí una ciudad permanente (cfr. Hebr 11,10 y 13,14); ¿por qué, pues, valorar más las cosas terrenales que las definitivas? Nuestra meta no es la corrupción del sepulcro, sino la asimilación, incluso en el cuerpo, de la gloria de Jesús.

Proclamación del Evangelio según San Lucas: Lc. 9, 28b-36: «El aspecto de su cara cambió» 28b

Jesús subió a un cerro a Pedro, Santiago y Juan.

orar, acompañado de

29

Mientras oraba, el aspecto de su cara cambió, y su ropa se volvió muy blanca y brillante; 30

y aparecieron dos hombres conversando con él. Eran Moisés y Elías, 31que estaban rodeados de un resplandor glorioso y hablaban de la partida de Jesús de este mundo, que iba a tener lugar en Jerusalén.


32

Aunque Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. 33

Cuando aquellos hombres se separaban ya de Jesús, Pedro le dijo: «Maestro, ¡qué bien que estemos aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pero Pedro no sabía lo que decía. 34

Mientras hablaba, una nube se posó sobre ellos, y al verse dentro de la nube tuvieron miedo. 35

de la nube salió una voz, que dijo: «Este es mi Hijo, mi elegido: escúchenlo». Entonces

36

Cuando se escuchó esa voz, Jesús quedó solo. Pero ellos mantuvieron esto en secreto y en aquel tiempo a nadie dijeron nada de lo que habían visto. Palabra del Señor R/. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Re-leamos el texto: - ¿Qué personajes aparecen en el texto que hemos leído? - ¿Qué papel desempeñan esos personajes? - ¿Qué considero como lo principal en estos textos? La pasión (Lc. 9, 31) y la resurrección proclaman en el Evangelio la glorificación de Jesús: ellos «vieron su gloria» (Lc. 9, 32). La proclamación de la voz celestial: «Este es mi Hijo, el escogido...» (Lc. 9,35) permite el empalme con el tema de la primera lectura, pues en la promesa de seguimiento de Abraham se halla también incluido el Hijo eterno de Dios, que recibió su configuración humana de parte del Pueblo de Israel. El evangelista San Lucas nos ofrece el episodio de la transfiguración de Jesús después de haber narrado el anuncio que hizo de su pasión y muerte. Después de


anunciar el rechazo y la condena de que iba a ser objeto, tanto él como sus seguidores, ahora se manifiesta a sus discípulos con el resplandor de su gloria. Entre el llamado «pequeño suplemento» (Lc. 6, 20 - 8, 3) y «el relato de viajes», del evangelio según San Lucas (Lc. 9, 51 - 18, 14), ha encajado el evangelista en esos dos capítulos, en los cuales él ha manejado el material de los sinópticos, su relato sobre la glorificación de Jesús: [Lc. 6, 20 - 8, 3… (Lc. 9,28b-36)… Lc. 9,51 - 18,14 ]. La conversación que Moisés y Elías sostienen sobre la muerte de Jesús, está colocada en ese pasaje precisamente porque los tres apóstoles, Pedro, Juan y Santiago, duermen (Lc 9, 28.32. Por lo demás, es Lucas el único en nombrar a los tres apóstoles en este fragmento (cfr. Mc. 9, 2 y Mt. 17, 1). Lucas parece querer excusar a los tres apóstoles con este «dormir». - Sorprende, además, el que únicamente Lucas cite a «Jerusalén» (Lc. 9, 31) como ciudad de la muerte de Jesús. La exaltación de la ciudad de Jerusalén es una peculiaridad de San Lucas y se empalma con la mente de la doble obra de San Lucas, en la que queda estereotipada Jerusalén como la ciudad del cumplimiento de la Historia de la Salvación. - Mientras los sinópticos, Marcos y Mateo, en este pasaje, dejan conectar el relato de la transfiguración del Señor con su resurrección (Mc. 9, 9-10); Mt. 17, 9), falta este paso en Lucas. - Una ulterior observación, que no hay que pasar por alto en la exposición de San Lucas, consiste en que toda la escena brota de la oración de Jesús: «... se llevó a Pedro... a lo alto de una montaña, para orar, y mientras oraba...» (Lc. 9, 28-29). El acontecimiento de la transfiguración parece como una respuesta del Padre celestial a la plegaria del Hijo encarnado. La narración de San Lucas ostenta una impronta que lo distingue de los otros dos sinópticos (Mc. Y Mt.). Pero ella resulta, en comparación con ambos textos de los sinópticos, más tranquila y concentrada. Denuncia asimismo una mayor distancia cronológica y una fase más madura de reflexión. Ese relato ya no se encuentra al servicio de la educación psicológica de los apóstoles, como lo muestran Marcos y Mateo, sino que es una de esas importantes «epifanías» (= «manifestaciones de Dios») , en las cuales el Padre legaliza al Hijo y lo presenta a los hombres. En medio de una vida llena de contradicciones y frente a una etapa llena de sufrimiento, se revela la gloria de Jesús que viene de Dios con un mensaje esperanzador y comprometedor: «Este es mi Hijo, mi elegido; escúchenlo»


Jesús subió a las alturas del monte para orar a Dios y allí «el aspecto de su cara cambió» (cfr. Ex. 34.29–35) ofreciéndose como luz y resplandor a sus discípulos. Después bajó para compartir su vida con los hombres.

«De la nube salió una voz»: En la Transfiguración de Jesús se manifiesta el Padre para confirmar que Jesús es el Hijo y garantizar la verdad del mesianismo que El proclama y aclarar el sentido de la Cruz hacia la Luz. Y, al final «Jesús quedó solo»: Moisés y Elías representaban la LEY y los PROFETAS, es decir, el Antiguo Testamento. Era el camino de preparación, de la Promesa. Con Jesús la historia de Salvación llega al cumplimiento: cesa el Antiguo Testamento y comienza el Nuevo Testamento. Como en la escena del Bautismo, san Lucas acentúa en la transfiguración la situación de plegaria de Jesús. Es «mientras ora» cuando Jesús es proclamado Hijo de Dios por la voz misteriosa, tanto en el Jordán como en la montaña; la transfiguración se produce precisamente en este momento de profunda intimidad con el Padre. Así se entrevé el sentido del hecho: un anuncio de la resurrección, cuando Jesús habrá «dejado el mundo y vuelto al Padre» (cfr. Jn. 16, 28). Así también se indica el camino cristiano con Dios, como Hijo suyo, para compartir la gloria de Jesús. Como los discípulos, todos los cristianos estamos cubiertos por la nube de la presencia gloriosa de Dios.

3. MEDITEMOS la Palabra: ¿Qué NOS DICE el texto? - ¿Cuáles enseñanzas saco de esta Palabra para mi vida? Los caminos de la Providencia son normalmente sorprendentes: - Dios promete descendencia numerosa, como las estrellas del cielo, a quien no tiene hijos, - ofrece una tierra estable al nómada errante, - ofrece la luz de la salvación a quien sufre la oscuridad del pecado.

La FE de Abraham Abram «Creyó al Señor»: La fe de Abraham es un acto de entrega personal al Señor y de plena confianza en su promesa (cf. 1 Mac 2.52; Ro 4.3, 9, 22; Gl 3.6; Stg 2.23). «El Señor lo aceptó como justo»: La justicia que el Señor le reconoce a Abraham depende enteramente de la fe, y no de las obras de la Ley, pues esta aún no


había sido promulgada (cf. Gal. 3.17). Por eso, Pablo, cuando habla de la fe necesaria para alcanzar la salvación, pone a Abraham como modelo y ejemplo (Ro. 4; Gal. 3,6–20). Abrahán, como primer caminante en la fe hacia la tierra prometida, es el centro y la intención de la primera lectura. Abrahán cree en la Palabra de Dios y el Señor establece con él una alianza anunciándole la posesión de la tierra en la que todavía está como peregrino: «Por fe vivió como extranjero en la tierra prometida» (Hbr. 11,9).

Nuestra FE En Abrahán resplandecen las mejores virtudes del Exodo de Israel: la entrega a la Palabra de Dios, la esperanza contra toda esperanza humana. Son también las virtudes que los cristianos queremos despertar en nuestra vida y especialmente en Cuaresma. ¿No dice la voz del Padre, en la transfiguración de Cristo, que tenemos que escuchar al Hijo, al escogido? ¿No nos dirigimos también nosotros hacia un término humanamente inasequible, puro don de Dios? La segunda lectura enlaza el tema del camino de la fe con el de la transfiguración que esperamos, por la potencia de Cristo. Nuestro camino contrasta con el de aquellos que «andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición ». La «ciudadanía»" de los cristianos es el cielo, «la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios» (Hbr. 11,10).

Camino hacia… El término del camino lo pondrá el mismo Salvador que esperamos: él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa. Esta perspectiva es precisamente el significado de la transfiguración de Jesús: el éxodo de Jesús conduce a la revelación plena de su condición de Hijo de Dios por la resurrección de entre los muertos (cf. Romanos 1,4). El conocimiento de Jesús y la fe en él, es lo que hace entrar en comunicación salvadora con él. La «alianza», el compromiso, con Dios lleva consigo riesgo y lucha. La Cuaresma es el camino hacia la Pascua. Pero es un camino en el que, a lo largo de su recorrido, se nos hacen continuas llamadas que nos desvían de la unión y compañía con Dios y nuestro compromiso con él. La fe en Dios nos lleva a luchar contra los ídolos, siempre nuevos y actuales; dioses falsos, pero atrayentes. Servir a Jesús, como dice San Pablo, es alcanzar la libertad; unirse a él es vencer en nuestras luchas.

«Este es mi Hijo: escúchenlo» Los tres apóstoles que Jesús llevó consigo al monte tuvieron la fuerte experiencia de una teofanía, de una manifestación misteriosa de Dios, con la voz de Dios que resonó: «Éste es mi Hijo, el Escogido: escúchenlo». Con el testimonio de todo el AT, Jesús


aparece como el cumplimiento de las promesas, y la voz de Dios proclama a Jesús de Nazaret como Hijo suyo, y además, su Palabra y su Maestro: «escúchenlo». Jesús es el Maestro auténtico que nos ha enviado Dios. Este es el Jesús en quien nosotros creemos, a quien escuchamos en cada Eucaristía y a quien intentamos seguir en nuestra vida. Vamos por buen camino. Jesús es el Hijo de Dios y el Maestro y la Palabra definitiva que Dios dirige a la humanidad.

Mientras Jesús oraba En la unión orante con el Padre celestial queda incluida, ni más ni menos, la naturaleza de Jesús palpable y humana. La divinidad eterna alcanza tal intensidad en Jesús, que su corporeidad queda transformada en otro estilo de existencia. Todo el acontecimiento del monte Tabor se apoya abiertamente en el resplandor del Misterio Pascual. Sólo en el período postpascual fueron capaces, los tres apóstoles, de reconocer la significación de la transfiguración prepascual por medio de las manifestaciones de Jesús resucitado. La «gloria» (Lc. 9, 32) es un anticipo, una indicación previa de la resurrección de Jesús.

Moisés y Elías Ambas figuras veterotestamentarias, Moisés y Elías (Lc. 9, 30), que hablan con Jesús transfigurado sobre su muerte (Lc. 9, 31), expresan un argumento mesiánico personificado. Jesús mismo hace frecuentes referencias al testimonio mesiánico de Moisés (Lc. 24, 16-17, y 44 ss.). Elías era, según la interpretación del Judaísmo posterior (cfr. Eclo. 48, 10-12; Mlq. 3, 23-24), el último mensajero antes de la presentación del Mesías. Por tanto, si aparecen juntos Moisés y Elías, se trata de la última señal, entre todas, de que está ya el tiempo del cumplimiento: Jesús de Nazaret es el Mesías prometido por la Ley (= Moises) y por los Profetas ( = Elias). El relato de la transfiguración se halla en estrecha relación con la exposición bíblica del Bautismo de Jesús. Se trata de un relato meditado e interpretado, en el que la aclaraci6n del misterio de Jesús queda reducida a la proclamación del Padre celestial. La diferencia radica, sin embargo, en que en el relato del bautismo es el Padre el que habla de su benevolencia para con el Hijo (Lc. 3, 22), mientras que en el de la transfiguración es el Hijo presentado por el Padre, como capacitado Maestro, para que le escuchen los apóstoles (Lc. 9, 35). El carácter epifánico de esta escena queda, además, subrayado por el hecho de que se habla de «una voz desde la nube» (Lc 9, 35), pues las nubes son, para el hombre del Antiguo Testamento, una representación de la presencia, del imperio y de la operación de Dios.


Relación con la Eucaristía En la Eucaristía, especialmente doini al, somos invitados a remotivar y refrescar nuestra condición de discípulos: tenemos que «escuchar» más a Jesús. En Cuaresma y a lo largo del año, domingo tras domingo -día tras día- acudimos a la escuela de este Maestro que Dios nos ha enviado, y él nos va enseñando, con su ejemplo y con su Palabra, el camino de la salvación y de la vida. En la oración del principio de la misa hemos pedido a Dios: «Tú nos has mandado escuchar a tu Hijo: alimenta nuestro espíritu con tu Palabra». En nuestro camino cuaresmal, no nos olvidamos de pedir a Dios que esta Eucaristía «nos prepare a celebrar dignamente las fiestas pascuales».

4. OREMOS con la Palabra: ¿Qué LE DECIMOS NOSOTROS a Dios? Te bendecimos, Padre Santo, por Jesucristo, al que proclamaste en la Transfiguración Hijo escogido. Por El diste fuerza a los apóstoles, para que descendiesen de la montaña gloriosa al llano de la vida, en donde se encuentra la ruta dolorosa que conduce a la resurrección, transfiguración final. El es nuestro Señor, que se entrego a la muerte, por la justicia del Reino. Murió por nosotros, resucito y fue glorificado. Tu Hijo Jesucristo nos invita diariamente a rehacer nuestra vida, bajo tu obediencia, en virtud de la fe. Haz que tu Espíritu habite en nosotros, para que aceptemos el misterio de la cruz, camino de la resurrección; para que no plantemos egoísstamente nuestras tiendas sin dar cobijo a los desamparados; para que no mutilemos el Evangelio. Haz que, «unidos al Papa y a nuestro obispo, seamos uno en la fe y en el amor». Por medio de tu Espíritu pascual quieres que hagamos un mundo nuevo,


una ciudad más humana; que caminemos por el llano sin olvidar la gloria de la montaña; que ascendamos en nuestras fiestas a tu monte sin alejarnos de las miserias del valle. Amén.

5. CONTEMPLEMOS la Palabra y OMPROMETÁMONOS. Mientras los hombres quieren prescindir de Dios en la construcción de un mundo mejor, el Señor se acerca al hombre para hacer alianza con él y decirle que no es posible un paraíso sin Dios. Mientras que el hombre de hoy se une en alianza con la técnica, el dinero, el poder, el placer, etc. (que son los ídolos actuales), el hombre de fe, el hombre creyente, se une a Dios, hace alianza con él y se compromete con su Palabra; y así se produce el milagro, como con Abrahán: La Cuaresma es tiempo propicio para examinar nuestra "alianza" con Dios; para reafirmarnos en ella; para ver si está rota o deteriorada y decidirnos seriamente a fortalecerla. La Cuaresma es el tiempo propicio para «escuchar» al Señor, como dice el Evangelio de hoy, y practicar con alegría su Palabra. No podemos dejar pasar la Cuaresma sin reflexionar en ello y sin fortalecer nuestra fidelidad a Dios y nuestra ejemplaridad con los demás. El rostro de Jesús en el Tabor nos hace mirar nuestro propio rostro y ver qué signos presentamos. Nuestras luchas para mantenernos fieles a la alianza, al compromiso con Dios, podría llevarnos al desánimo por lo larga que es y los fracasos cosechados. Por eso, un rayo de luz viene a animarnos. En la Navidad, el profeta Isaías decía: «una luz brillará en la oscuridad» Jesús se transfigura y la oscuridad de las dudas deja paso a la admirable luz de la certeza de la fe en Jesús: «Yo soy la luz del mundo». Hoy se nos repite la invitación a retirarnos del alboroto diario, como Jesús lo hizo, para disfrutar de la cercanía de Dios. Y en esa cercanía experimentaremos la paz de Dios y diremos como el apóstol Pedro: «qué bien se está aquí».

«Mi corazón no tiembla» (Sal. 27(26), 3a). Quisiera, Señor, poder decirte hoy con toda verdad estas hermosas palabras del salmista: «Mi corazón no tiembla». Porque muchas veces tengo miedo: miedo a la vida. Miedo a los demás,


miedo a mí mismo. Incluso te tengo miedo a ti . Muchas veces mi corazón se ha puesto a temblar como las hojas de los arboles movidas por el viento. Pero hoy no tengo miedo. Me siento seguro en ti. Te siento cerca de mí y esta presencia tuya íntima, profunda, embriagadora ha ahuyentado de mí todo miedo. Gracias Señor.

«Tú eres, oh Dios, mi madre bien amada. Mis ojos están fatigados en buscarte y mi corazón está lleno de emociones. Soy un niño inmovilizado en la trampa del mundo. Oh madre, tú eres la gallina y yo el polluelo. Tú eres mi madre y yo tu niño amado. Espero y espero siempre en ti». (Poema hindú, s.XII)

Algunas preguntas para meditar durante la semana 1. ¿Crees que Jesús es realmente tu amigo, permanentemente y sin considerar cómo le respo0ndes? 2. Piensa en las maneras como Jesús te ha mostrado su amistad. 3. Piensa en las maneras como tú puedes mostrar amistad a Jesús.

P. Carlos Pabón Cárdenas, CJM.


«Queridos hermanos y hermanas, en este tiempo de cuaresma, durante el cual nos preparamos a celebrar el acontecimiento de la cruz y la resurrección, mediante el cual el amor de Dios redimió al mundo e iluminó la historia, os deseo a todos que viváis este tiempo precioso reavivando la fe en Jesucristo, para entrar en su mismo torrente de amor por el Padre y por cada hermano y hermana que encontramos en nuestra vida. Por esto, elevo mi oración a Dios, a la vez que invoco sobre cada uno y cada comunidad la Bendición del Señor». (BENEDICTO XVI: Mensaje para la Cuaresma de 2013, 4c).

Lectio 2 Domingo de Cuaresma  

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