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AMBIENTACIÓN Comenzamos, con este Domingo, un nuevo Año Litúrgico. La primera etapa, que nos ocupará cuatro semanas, es el tiempo del Adviento, de la preparación y espera de la Venida del Señor en el misterio de la navidad. El Adviento es tiempo de esperanza, pero de esperanza responsable y vigilante. Para el antiguo Israel la espera del Mesías significó una larga preparación, no siempre fiel, para sentir la necesidad de un Redentor, que fuera revelación plena y personal del amor de Dios. Para nosotros en la Iglesia, el Adviento significa la responsabilidad y la fidelidad ante el que ha venido como Redentor, pero que volverá un día para coronar en nosotros su obra de salvación en la eternidad. La vida de cada uno de nosotros no es algo que «está hecho» de una vez para siempre. La estamos haciendo en cada segundo. La estamos comenzando en cada instante. Cada día comenzamos las labores del trabajo, de la casa, del colegio, de la profesión... También la Iglesia, la Comunidad cristiana, comienza ahora una nueva etapa de su historia de relación con Dios. En nuestra vida religiosa y eclesial, también «esperamos» la acción de Dios y tenemos la «esperanza» que Dios está con nosotros. El tiempo de Adviento es tiempo de espera y de esperanza. La esperanza de un Salvador que mantuvo el pueblo de Dios durante muchos siglos de modo muy intenso, nosotros la vivimos y la celebramos durante cuatro semanas.

1. PREPARACION: INVOCACION AL ESPIRITU SANTO Ven, Espíritu Santo, llena y mueve nuestros corazones. Ayúdanos a acoger a Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne. Que Jesucristo, luz del mundo, ilumine nuestra mente y nos haga testigos de la Verdad y defensores de la Vida, para que nuestra comunidad eclesial sea la morada de Dios entre nosotros, «Casa y escuela de comunión», por la escucha y puesta en práctica de la Palabra Que nosotros no rechacemos la invitación de Dios a acercarnos y escuchar su Palabra, y trabajar por el Reino, sino que con nuestras obras y palabras demos testimonio de nuestra fe y ejemplo de nuestra esperanza.


Ven, Espíritu Santo, ilumina nuestra mente, nuestro corazón y nuestra voluntad, para que podamos comprender, aceptar y vivir la Palabra de Dios. Amén.

2. LECTURA: ¿QUE DICE el texto? Jr. 33, 14-16: «Suscitaré a David un vástago legítimo» El mensaje de Jeremías hace referencia a las promesas hechas por Dios a David. Jeremías ha maldecido al rey de Jerusalén, pero formula el anuncio de un germen a David; anuncio de carácter mesiánico. El futuro rey será justo, hará reinar el derecho, se llamará «Señor nuestra justicia», aludiendo irónicamente a Sedecías, el rey de entonces, cuyo n ombre significaba precisamente «Yahvé mi justicia». La justicia bíblica es la salvación de Dios. Aquí (y casi exactamente lo mismo en Jr. 23, 5-6) dirige el profeta Jeremías la mirada del pueblo veterotestamentario hacia el Rey que ha de venir y Salvador de la Casa de David, que unirá las divinidades y destrozadas tribus de Israel y Judá nuevamente en un solo y justo pueblo de Dios y elaborará «la justicia», esto es, el justo orden religioso y social.

Este mensaje de Jeremías es una profecía mesiánica. Cada año es lo mismo, durante los domingos de este tiempo, marcado por la espera del Señor y la preparación de la fiesta de Navidad. Este año es el profeta Jeremías, quien vislumbra, en el Espíritu de Dios, unos tiempos mejores que los del exilio de Babilonia. La ciudad de Jerusalén, arrasada por los ejércitos invasores; vendrá día en que sus habitantes «vivirán tranquilos». Eso sucederá cuando nazca un "vastago de David". Los cristianos sabemos quién es este "vastago de David", y cómo ha aparecido entre nosotros. El ángel dijo a María: «concebirás en tu seno y darás a luz un hijo... y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre. ..y su reino no tendrá fin» (Lc. 1,31-33). María es la madre virginal de este Don de Dios que es Jesús, «nuestra justicia». Por eso los cristianos vivimos confiados.

Sal. 25(24): «A ti, Señor, levanto mi alma» El salmo 25(24) está organizado así:


1. Revuelta de los reyes y naciones va (vv. 1-3) 2. Serenidad en la esfera celeste (vv. 4-6) 3. Solemne declaración de los poderes del rey (vv. 7-9) 4. Ultimátum a los soberanos enemigos (10-11) Este salmo es alfabético, es decir, cada verso comienza con una letra sucesiva del alfabeto (en nuestro caso: «alefato» hebreo», pues las primeras dos letras del alfabeto hebreo son «alef» y «bet»). Por eso apenas tiene personalidad propia. Es suelto de estructura y abundante de motivos. Con todo recibe elogios de los comentaristas: «El salmo respira una ferviente piedad personal y está cercano al espíritu del Evangelio» (F. Nötscher). «A ti, Señor, levanto mi alma» (v. 1): En un sentido material sería levantar la mirada como alguien que se dirige a una persona que está situada en un lugar más elevado. Pero hay que pasar del gesto corporal al símbolo espiritual: yo tomo mi persona, mi vida entera y la levanto hacia Dios. En este sentido se expresaba un antiguo autor cristiano: «Aparta el alma de las cosas bajas y la levanta por encima de sí: la levanta, la dirige, la coloca en la altura, más cerca de Dios... Dios mío, confiado en ti y no en mí, he emprendido la tarea de despreciar lo sensible para elevarme hacia ti. No permitas que caiga otra vez a tierra desde esa altura que he buscado» (Eusebio de Cesarea). La frase del salmo responsorial es quizá la plegaria de Adviento más tradicional de la liturgia romana: «A ti, Señor, levanto mi alma... ». Este salmo debe meditarse y asimilarse frase a frase. Dios sabe qué fruto obtendríamos si nos propusiéramos aprenderlo de memoria, para tenerlo siempre a punto en los labios y en el corazón. Es un salmo muy adecuado para oración de la mañana durante el Adviento, especialmente los versículos elegidos para este domingo. ¿Por qué no enseñárselo también a los niños?

1Ts. 3,12 - 4,2: «Que el Señor os fortalezca interior mente, para cuando Jesús vuelva» La primera carta de los Tesalonicenses es, además, la más antigua de todo el Nuevo Testamento, escrita completamente en Corinto el año 51-52 después de Cristo. Este pasaje paulino es una oración de Pablo al final de la primera parte de su carta; de acuerdo con la estructura íntima del cristiano: fe (v.10-11), crecimiento en la caridad, esperanza dinámica. En esta lectura -mientras el profeta Jeremías había abordado, en la lectura anterior, los sucesos futuros del reinado de David- el apóstol Pablo prolonga sus perspectivas de la


historia de la salvación hasta la meta, «cuando Jesús nuestro Señor vuelva acompañado de sus santos» (1Ts. 3, 13). No se cansará Pablo de amonestar que el conocimiento de la vuelta del Señor ha de tener consecuencias concluyentes en la vida de los cristianos. El Adviento no olvida la presencia y la actuación real de Cristo en su Iglesia, a pesar de que destaque la esperanza en la manifestación plena de esta presencia, denominada «venida». Por eso insiste el Apóstol en la acción de fortalecimiento y de crecimiento que nos viene por la gracia del Señor, a los fieles, en el tiempo presente.

Lc. 21, 14-28.34-36: «Se acerca su liberación» EVANGELIO DE JESUCRISTO SEGÚN SAN LUCAS R/.. Gloria a Ti, Señor. 14

Háganse el propósito de no preparar su defensa 15 yo les daré una elocuencia y una prudencia que ningún adversario podrá resistir ni refutar. 16 Hasta sus padres y hermanos, parientes y amigos los entregarán y algunos de ustedes serán ajusticiados; 17 y todos los odiarán a causa de mi nombre. 18 Sin embargo no se perderá ni un pelo de su cabeza. 19 Gracias a la constancia salvarán sus vidas.

La gran tribulación (Mt. 24,15-21; Mc. 13,14-19) 20

Cuando vean a Jerusalén rodeada de ejércitos, sepan que está cercana su destrucción. 21 Entonces los que estén en Judea escapen a los montes; los que estén dentro de la ciudad salgan al campo; los que estén en el campo no vuelvan a la ciudad. 22 Porque es el día de la venganza, cuando se cumplirá todo lo que está escrito. 23 ¡Ay de las embarazadas y de las que tengan niños de pecho aquel día! Sobre el país vendrá una gran desgracia y sobre este pueblo soplará la ira de Dios. 24 Caerán a filo de espada y serán llevados prisioneros a todos los países. Jerusalén será pisoteada por paganos, hasta que la época de los paganos se termine.


La parusía (Mt. 24,29-35; Mc. 13,24-26) 25

Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas. En la tierra se angustiarán los pueblos, desconcertados por el estruendo del mar y del oleaje. 26 Los hombres desfallecerán de miedo, aguardando lo que le va a suceder al mundo; porque hasta las fuerzas del universo se tambalearán.

27

Entonces verán al Hijo del Hombre que llega en una nube con gran poder y gloria. 28 Cuando comience a suceder todo eso, enderécense y levanten la cabeza, porque ha llegado el día de su liberación...

34

Presten atención, no se dejen aturdir con el vicio, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que aquel día no los sorprenda de repente, 35 porque caerá como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra. 36 Estén despiertos y oren incesantemente, pidiendo poder escapar de cuanto va a suceder, así podrán presentarse seguros ante el Hijo del Hombre.

Palabra del Señor. R/. Gloria a Ti, Señor Jesús. Re-leamos el texto para interiorizarlo: No hay que olvidar que el Evangelio según San Lucas fue redactado unos 30 años más tarde que la epístola a los Tesalonicenses y que en la última década de la era apostólica la espera primitiva y caliente se había enfriado notablemente; entonces se comprende por qué en el Evangelio se encarece especialmente de un modo expreso el mensaje de la vuelta del Señor. «Estad atentos, no sea que se emboten vuestros corazones por la crápula, la embriaguez y las preocupaciones de la vida... Velad, pues, en todo tiempo y orad, para que podáis evitar todo esto que ha de venir y comparecer ante el Hijo del Hombre» (Lc. 21, 34. 36). El discurso escatológico de Jesús, en Lucas, es anuncio de la ruina de Jerusalén con términos apocalípticos. Esta ruina será la aurora de una creación de nuevo cuño. La «Venida del Hijo del hombre entre nubes» alude a la soberanía de Cristo Resucitado.


En esta caída ver un «signo» de la «proximidad» del Reino, no de carácter temporal (fin del mundo), sino ver en cada acontecimiento el Reino presente y saber descubrirlo. Finalidad de la existencia. La venida de Cristo no es simplemente objeto de conocimiento. Ella es la gran y última crisis de todo el mundo, donde se recibirá de modo perentorio aprobación o reprobación, salvación o condenación.

I. El contexto: discurso escatológico de Jesús El texto del Evangelio de este domingo (Lc 21,25-28.34-36) es parte del así llamado «discurso escatológico» (Lc. 21, 5-36). En el Evangelio de Lucas, este discurso está presentado como respuesta de Jesús a una pregunta de los discípulos. Ante la belleza y grandeza del templo de la ciudad de Jerusalén, Jesús había dicho: «¡No quedará piedra sobre piedra!» (Lc. 21,5-6). Los discípulos querían que Jesús les diese más información sobre esta destrucción del templo y pedían: «¿Cuándo sucederá esto, Maestro, y cuáles serán las señales de que estas cosas están a punto de suceder?» (Lc. 21,7). Sin entrar en la problemática que el estilo y las enseñanzas de este discurso entrañan, basta notar que en él se hace referencia a un triple «Advenimiento» o «Parusía» de Cristo: a)- su venida para juzgar y castigar a Jerusalén; venida inminente. b)- Su venida en fe y amor a todos los corazones que la acepten; esta venida puede durar siglos y milenios. c)- Su venida o «Parusía» final para juzgar al mundo; ésta, en cuanto a la hora y circunstancias, es un secreto del Padre (Mc. 13, 32).

Objetivo del discurso: ayudar a discernir los acontecimientos En el tiempo de Jesús (año 33), de frente a los desastres, guerras y persecuciones, mucha gente decía: “¡El fin del mundo está cerca!” La comunidad del tiempo de Lucas (año 85) pensaba lo mismo. Además, a causa de la destrucción de Jerusalén (año 70) y de la persecución de los cristianos, que duraba ya unos cuarenta años, había quien decía: “¡Dios no controla los acontecimientos de la vida! ¡Estamos perdidos!” Por esto, la preocupación principal del discurso es el de ayudar a los discípulos y discípulas a discernir los signos de los tiempos para no ser engañados por estas conversaciones de la gente sobre el fin del mundo: “¡Atención! ¡No os dejéis engañar!” (Lc 21,8). El discurso nos da diversas señales para ayudarnos a discernir.

Seis señales que nos ayudan a discernir los acontecimientos de la vida


Después de una breve introducción (Lc. 21,5) comienza el discurso propiamente dicho. En estilo apocalíptico, Jesús enumera los sucesos que sirven de «señales». Bueno será recordar que Jesús vivía y hablaba en el año 33, pero que los lectores de Lucas vivieron y escucharon las palabras de Jesús alrededor del año 85. Entre el año 33 y el 85 sucedieron muchas cosas de todos conocidas, por ejemplo: la destrucción de Jerusalén (año 70), las persecuciones, guerras por doquier, desastres naturales. El discurso de Jesús anuncia los acontecimientos como algo que deberá suceder en el futuro. Pero las comunidades los consideran algo ya pasados, ya sucedidos: Primera señal: los falsos Mesías que dirán: «¡Soy yo! ¡El tiempo está cerca!» (Lc. 21,8); Segunda señal: guerras y rumores de guerra (Lc. 21,9); Tercera señal: una nación se alzará contra otra (Lc. 21,10); Cuarta señal: hambre, peste y terremotos por todas partes (Lc. 21,11); Quinta señal: persecuciones contra aquéllos que anuncian la palabra de Dios (Lc. 21,12-19); Sexta señal: asedio y destrucción de Jerusalén (Lc. 21,20-24). Las comunidades cristianas del año 85, al oír el anuncio de Jesús podían concluir: «¡Todas estas cosas han sucedido ya o están sucediendo! ¡Todo se desarrolla según un plano previsto por Jesús! Por tanto, la historia no se escapa de las manos de Dios». Especialmente por lo que se refiere a las señales quinta y sexta podrían decir: «¡Es lo que estamos viviendo hoy!» «¡Estamos ya en la sexta señal!» Y después viene la pregunta: «¿Cuántas señales faltan para que venga el fin?» De todas estas cosas, aparentemente muy negativas, Jesús dice en el Evangelio de Marcos: «Son apenas los comienzos de los dolores de parto» (Mc. 13,8). ¡Los dolores de parto, aunque sean muy dolorosos para una madre, no son señales de muerte, sino más bien de vida! ¡No son motivo de temor, sino de alegría y de esperanza! Este modo de leer los hechos da tranquilidad a las personas. Como veremos, Lucas expresará la misma idea, pero con otras palabras (Lc. 21,28).

II. Re-lectura del texto vv. 25-26: Señales en el sol, en la luna y en las estrellas Estos dos versículos describen tres fenómenos cósmicos: a) «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas»; b) «el fragor del mar y de las olas»; c) «las potencias del cielo se conmoverán».


En los años 80, época en la que escribe Lucas, estos tres fenómenos no se habían manifestado. Las comunidades podían afirmar:” ¡Este es la séptima y última señal que falta antes del fin!” A primera vista, parece más terrible que las precedentes, ya que Lucas dice, que suscita angustia y causa temor en los hombres y en las naciones. En realidad, aunque su apariencia es negativa, estas imágenes cósmicas sugieren algo positivo, a saber, el comienzo de la nueva creación que substituirá la antigua creación (cf Ap. 21,1). El comienzo del cielo nuevo y de la tierra nueva, anunciada por Isaías (Is. 65,17). Introducen la manifestación del Hijo de Dios, el comienzo de nuevos tiempos.

v. 27: La llegada del Reino de Dios y la manifestación del Hijo del Hombre Esta imagen viene de la profecía de Daniel (Dn 7,1-14). Daniel dice que después de las desgracias causadas por los cuatro reinos de este mundo (Dn 7, 1-14), vendrá el Reino de Dios (Dn 7,9-14). Estos cuatro reinos, todos, tienen apariencia animalesca: león, oso, pantera y bestia feroz (Dn 7,3-7). Son reinos animalescos. Quitan la vida a la vida (¡incluso hoy!). El Reino de Dios aparece con el aspecto de Hijo de Hombre. O sea, con el aspecto humano de la gente (Dn 7,13). Es un reino humano. Construir este reino que humaniza, es tarea de las comunidades cristianas. Es la nueva historia, la nueva creación, a cuya realización debemos colaborar. Son los fenómenos cósmicos con que los Profetas describen las intervenciones extraordinarias de Dios en la historia. Los fieles, en clima de fe, esperanza y amor (28-32), y los enemigos, con horror y desesperación (25-26), verán cómo se establece, se consolida y avanza el Reino Mesiánico (v 27). El Reino Mesiánico se edificará sobre las ruinas del judaísmo incrédulo. La Antigua Alianza no tenía más misión que preparar la Nueva. Y tras la destrucción de Jerusalén los gentiles entran, desde todos los confines, en el Reino de Cristo (24). Lo importante es que el advenimiento de Cristo halle en nosotros una buena acogida. En vela todos y siempre. Los vicios, sobre todo de lujuria, orgullo y avaricia, embotan la mente y son un impedimento para recibir con fe y amor a Cristo. Una experiencia de milenios nos ilumina estas palabras de Jesús. Hay personas que lo aceptan con fe y se abren a su amor. Y las hay del todo rebeldes que rechazan su luz y su gracia. A todo lo largo de nuestra existencia de peregrinos se realiza este Adviento de Jesús a nuestras vidas. Es el Hijo del hombre que se presenta (v 36), por la Eucaristía y por su gracia a cada uno y a toda la Iglesia en su etapa histórica. La Parusía o Advenimiento final no cambiará la situación en que nos deje a cada uno la muerte. De ahí que en todo momento debamos estar prestos para acoger con fe y amor a Cristo: «Concede, Dios Todopoderoso, a tus fieles la voluntad de disponerse con obras santas a la venida de Cristo para que así merezcan asociarse a su Reino celeste» (Collecta). Esta realidad de la venida o visita del Señor, nos obliga a permanecer: a) En vela. La disipación malogra las llamadas de la gracia.


b) En Esperanza. Los encuentros personales, ahora en fe, preparan el definitivo en visión y gloria. c) En gozo. Toda visita del Señor es gracia. Es salvación. Es amor. En vela, con esperanza y gozo recibiremos la visita del Señor cuando venga a llamarnos para entrar en su Reino (Lc. 23, 43).

v. 28: Una esperanza que nace en el corazón En el Evangelio de Marcos, Jesús decía: ¡Es apenas el comienzo de los dolores de parto! Aquí, en el Evangelio de Lucas, dice: «Cuando comiencen a acaecer estas cosas, ¡alcen los ojos y levanten la cabeza, porque su liberación está cerca!» Esta afirmación indica que el objetivo del discurso no es el de causar miedo, sino sembrar esperanza y alegría en el pueblo que estaba sufriendo por causa de la persecución. Las palabras de Jesús ayudaban (y ayudan) a las comunidades a leer los hechos con lentes de esperanza. Deben tener miedo aquéllos que oprimen y avasallan al pueblo. Ellos, sí, deben saber que su imperio se ha acabado.

vv. 29-33: La lección de la higuera Cuando Jesús invita a mirar a la higuera, Jesús pide que analicen los hechos que están acaeciendo. Es como si dijese: «De la higuera deben aprender a leer los signos de los tiempos y poder así descubrir ¡dónde y cuándo Dios entra en su historia!» Y termina la lección de la parábola con estas palabras: «¡El cielo y la tierra pasarán; pero mis palabras no pasarán!» Mediante esta frase muy conocida, Jesús renueva la esperanza y alude de nuevo a la creación nueva que ya está en acto.

vv. 34-36: Exhortación a la vigilancia ¡Dios siempre llega! Su venida adviene cuando menos se espera. Puede suceder que Él venga y la gente no se dé cuenta de la hora de su venida (cf Mt. 24,37-39): Jesús da consejos a la gente, de modo que siempre estén atentos: a) evitar lo que pueda turbar y endurecer el corazón (disipaciones, borracheras y afanes de la vida); b) orar siempre pidiendo fuerza para continuar esperando en pie la venida del Hijo del Hombre. Dicho con otras palabras, el discurso pide una doble disposición: de un lado, la vigilancia siempre atenta del que siempre está esperando y por otro lado la serena tranquilidad del que siempre está en paz. Esta disposición es signo de mucha madurez, porque combina la conciencia de la seriedad del empeño y la conciencia de la relatividad de todas las cosas.

3. MEDITACION: ¿QUE NOS DICE el texto? Los cristianos, ciertamente, no esperamos un nuevo nacimiento de Jesús, del todo imposible e innecesario. Nuestra vida ya está puesta en comunión con El, por la fe y por el bautismo. Lo que los cristianos sí esperamos, para cada uno y para toda la historia, es la manifestación de este Jesús Señor de la gloria, tal como El nos lo ha prometido. Los


textos de Lucas destacan la realización de esta promesa como un acontecimiento \liberador, y la condición para que así sea para cada uno de nosotros y para todos los Hombres: no estar tan pendientes de la tierra, como si todo tuviese que resolverse aquí; ¡al contrario, estar alerta, orar y levantar bien alta la cabezal

a) ¿Cuando vendrá el fin del mundo? Cuando decimos «fin del mundo», ¿de qué estamos hablando? ¿El fin del mundo del que habla la Biblia o el fin de este mundo, donde reina el poder del mal que destroza y oprime la vida? Este mundo de injusticia tendrá fin. Ninguno sabe cómo será el mundo nuevo, porque nadie puede imaginarse lo que Dios tiene preparado para aquéllos que lo aman (1Co. 2,9). El mundo nuevo de la vida sin muerte (Ap. 21,4), sobrepasa a todo, como el árbol supera a su simiente (1Co. 15, 35-38). Los primeros cristianos estaban ansiosos o deseaban saber el cuándo de este fin (cfr. 2Ts. 2,2; Hch. 1,11). Pero «no toca a ustedes conocer los tiempos y los momentos que el Padre ha fijado con su autoridad» (Hch. 1,7). El único modo de contribuir al final «es que nos lleguen los tiempos del refrigerio de parte del Señor» (Hch. 3,20), es dar testimonio al Evangelio en todo momento y acción, hasta los confines de la tierra (Hch. 1,8).

b) ¡Nuestro tiempo! ¡El tiempo de Dios! «Porque ninguno conoce ni el día, ni la hora; ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre» (Mc. 13, 32; Mt. 24, 36). Es Dios quien determina la hora del fin. El tiempo de Dios no se mide con nuestro reloj o calendario. Para Dios un día puede ser igual a mil años y mil años iguales a un día (Sal. 90,4). El tiempo de Dios discurre independientemente del nuestro. Nosotros no podemos interferirlo, pero debemos estar preparado para el momento en el que la hora de Dios se presenta en nuestro tiempo. Lo que da seguridad, no es saber la hora del fin del mundo, sino la Palabra de Jesús presente en la vida. El mundo pasará, pero su palabra no pasará (cf Is. 40, 7-8).

4. ORACION: ¿QUE LE DECIMOS NOSOTROS a DIOS? Te damos gracias, Padre, por las promesas que hiciste a tu pueblo de llevar a cabo con los tuyos la «justicia y el derecho en la tierra». Te damos gracias por el regalo de la esperanza en la liberación: esperanza de vivir en paz, esperanza de verificar tu amor, esperanza de combatir el odio, esperanza de libertad. Tú eres, Señor, «nuestra justicia». Reconocemos nuestras impotencias, debilidades, miedos e incertidumbres. Sabemos que vienes y que vendrás acompañado de los justos, de las personas veraces y honradas, que se entregan por el pueblo.


Nos cuesta reconocer tus señales, los signos de los tiempos. Es difícil entrever tu presencia en medio de los estruendos del mar y de los oleajes de la vida, representados por las amenazas de los ídolos del poder, del dinero y de la comodidad. Sabemos por la fe que nuestra liberación se acerca e intentamos alzar nuestras cabezas. Deseamos mantenernos «en pie ante el Hijo del Hombre» Gracias por tu ayuda. Con todos los hombres y mujeres que creen y esperan en Ti, con todos los que se mantienen «despiertos», gracias a la fortaleza que les infundes. Eres un Dios callado y pregonero, ausente y presente, lejano y cercano, débil y poderoso. Te damos gracias por la esperanza que nos das en tu Hijo, muerto y resucitado a causa de la justicia. Gracias a Jesús, la esperanza no se desvanece. Con su encarnación ha inaugurado un continuo nacimiento. Su palabra ilumina las oscuridades, su persona alimenta nuestras vidas, su pasión es senda de resurrección, y su resurrección anticipo de gozo pleno. por los siglos de los siglos. Amén.

5. CONTEMPLACION - ACCION: ¿QUE NOS PIDE HACER la

PALABRA? ¿Cómo se acerca nuestra Liberación? Realización día a día: Nuestra preparación no tiene que ser sólo litúrgica, sino también espiritual y moral. Llama a la conversión del corazón y a la renovación de vida. El tiempo de Adviento no es un tiempo de penitencia al estilo de la cuaresma, que busca la conversión por el hecho de conocer el sacrificio de Jesús por nosotros en la cruz. El Adviento es el tiempo favorable para emprender un cambio del corazón y para dar un nuevo y decisivo paso en nuestro caminar espiritual, es conversión como preparación por la espera de Jesús. La figura de San Juan Bautista destaca de manera especial en adviento. Es un compañero ideal, austero y gozoso a la vez. Su vida fue penitente en grado sumo, pero no resuena en ella nota alguna de tristeza. Como heraldo y precursor del Señor, se regocijo al escuchar la voz de Jesús. Este es el único capaz de sacarnos de nuestra propia complacencia. «¡Arrepiéntanse, el reino de los cielos está cerca!", gritaba. Vivir al adviento es tomar conciencia de la realidad y asumirla de modo responsable: 1. ¿Qué es para nosotros el mundo que nos rodea: lugar de paso o tarea?


2. ¿Qué actitud tomamos ante la realidad? Revisemos la justicia personal y social: 3. ¿De qué nos justificamos? 4. ¿Quién nos justifica? 5. ¿Qué es para nosotros la salvación? 6. La fe debe cambiar la realidad de acuerdo a los planes de Dios: 7. ¿Separamos oración y acción; culto y política?

Relación con la Eucaristía 1. En la Eucaristía se opera la relación entre presente y final cristiano (los ortodoxos la llaman el cielo en la tierra). El «todo se ha cumplido» de Jesús es un anticipo del porvenir en el presente. Y mientras nos vamos revistiendo de El, hasta «que El vuelva» hacemos su memorial. 2. Por la Eucaristía debemos recuperar la atención y tensión del presente, y abandonar las posturas espontáneas ante el tiempo. Sentirnos colaboradores de Dios en la realización de su designio sobre el mundo y la historia, aportando nuestra interpretación a los signos que marcan los tiempos. 3. La Eucaristía que celebramos, escuchando la Palabra de Dios y recibiendo en la comunión a Cristo Jesús, alimento de vida, es la mejor manera de dar consistencia a lo que luego se debe ver en nuestra actuación: que estamos atentos a ese Dios que es Dioscon-nosotros.

Para orar y vivir la Palabra: «A Ti, Señor, levanto mi alma» (Sal. 25(24), 1) Muchas veces, Señor, me siento hundido y aplastado por el peso de la existencia. Me siento solo y sin ganas de luchar. Pierdo el sentido de mi vida. Tengo el alma por los suelos. Pero hoy quiero alzar los ojos hacia Ti y pedir tu gracia para levantarme. Nos has hecho para estar en pie y no te gusta vernos caídos. Quieres que caminemos y vayamos por la vida con la cabeza alta. Yo quiero levantar mi alma a Ti, quiero elevar hasta Ti mi razón, mi corazón, mis sentimientos y lo más íntimo de mi ser. «No rezo por ser rico ni por ser colmado de honores. No rezo por poseer la felicidad ni el encanto de la poesía. Rezo sólo para que toda mi vida pueda poseer el amor. Que yo pueda siempre alegrarme, regocijarme por el amor de amarte a Ti». (Hertsens)


Algunas preguntas para meditar durante la semana: 1. ¿Forma parte de mi vida pensar que debo encontrar a Jesús cara a cara? 2. Adviento es una llamada a la preparación de la Navidad: ¿De qué manera práctica voy a cambiar para ser mejor? 3. ¿Esperamos de veras algo o a alguien? ¿o hacemos ver como que esperamos, porque toca, porque cada año leemos páginas de estos profetas y cantamos cantos de Adviento y Navidad? 4. ¿Sabemos interpretar los signos de los tiempos, o sea, los acontecimientos personales e históricos que van sucediendo, viendo en ellos pasos adelante o atrás en la «utopía de Dios»?

P. Carlos Pabón Cárdenas, Eudista.



Lectio Divina Domingo I de Adviento