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Corredera Una plaza y sus gentes Fotografías de Antonio Jesús González


La fotografía como documento artístico En 1880 aparece por primera vez en un periódico una foto reproducida por medios mecánicos. El 4 de marzo de ese año, el Daily Herald de New York publica una foto titulada “Shantytown” (Barracas) por el procedimiento del halftone, hoy mejorado y conocido como tipografía. Los avances técnicos en la fotografía, como la placa seca al gelatino bromuro, la película en rollo, los objetivos anastigmáticos, la transmisión de la imagen por el telégrafo y la belinografía, propician la introducción de la fotografía de prensa en todos los grandes rotativos de Europa y América, adquiriendo una de sus principales funciones que habrá de mantener a través de los más de 160 años de historia: la documental. Sin duda, la fotografía en el periódico hará cambiar la visión de las masas y abrirá una ventana al mundo, permitiendo conocer al momento la actividad cotidiana en cualquier lugar del planeta. También propiciará los mass media y con el tiempo se convertirá en un poderoso medio de propaganda y manipulación dirigido por la industria, las finanzas y los gobiernos. También mostrará por primera vez los horrores de la guerra con las imágenes captadas por Roger Fenton en Crimea, en 1855. Uno de los usos más frecuentes dados a la fotografía ha sido la crítica social, camino que abrió Jacob A. Riis, periodista del New York Tribune, ilustrando las ínfimas condiciones de vida de los inmigrantes de los barrios bajos de esa ciudad en su libro “Cómo vive la otra mitad”, publicado en 1890. Del mismo modo, Lewis H. Hine, sociólogo, despertó la conciencia de los norteamericanos con sus fotos de niños trabajadores en jornadas de 12 horas en campos y fábricas, consiguiendo que los políticos cambiaran las leyes para proteger al menor. La fotografía también se introdujo en la alta sociedad buscando siempre la noticia, destacando la labor de Erich Salomon entre 1928 y 1933. “Her Doctor”, como gustaba que le llamaran, quizás el primer fotógrafo free-lance, prescindió del flash para pasar desapercibido y armado de una paciencia infinita buscó con obsesión la foto única y el adelantarse a cualquier otro medio gráfico que no fuera el suyo para ganar la batalla al tiempo con su noticia, lo que hoy llamaríamos conseguir una exclusiva. Revistas como Life y agencias como Magnum han mitificado el documento gráfico hasta límites insospechados y de esas fuentes han bebido fotógrafos de nuestra tierra cono Antonio González en el que se combinan perfectamente las dos tendencias vitales de la propia fotografía: la documental y la artística. La primera entiende la imagen como medio de expresión de las preocupaciones de nuestro tiempo desde el propio sentir del fotógrafo, comprometido con los problemas humanos y sociales que le rodean; y la segunda sirve como herramienta a la expresión artística. De modo que una y otra se unen en este autor convirtiéndolo en notario del transcurso vital del hombre y de la sociedad en la que se desarrolla como tal. Antonio es un testigo fedatario de la realidad y a veces un provocador de grandes cambios en la comprensión y resolución de los problemas que aquejan a sus semejantes, al situarlos con crudeza ante nuestros ojos para despertar la dormida consciencia, aunque siempre con un toque estético inconfundible. Antonio es una suerte de mixtura entre Moholy-Nagy, Salomon y Salgado y con su obra pone fin a la antigua querella entre creadores y fotógrafos sobre la condición artística del medio. El sabe que lo importante es participar en nuevas experiencias sobre el espacio y el tiempo y como buen reportero asume su parte de responsabilidad social y compromiso ineludible con la historia al reproducir con exactitud, sin distorsiones ni alteraciones, los hechos cotidianos. Sabemos de la influencia de la cámara en nuestro modo de ver las cosas y que la realidad captada por aquélla es distinta a la que se fija en la retina del ojo humano, pero Antonio concilia ambas percepciones y las funde a diario en el crisol de la honradez de un moderno Hermes que transmite los mensajes de los dioses de la información al mortal consumidor de la noticia. Entre las decenas de fotógrafos que hacen a diario este trabajo en nuestra ciudad, sólo unos pocos superan la simple representación y menos aún nos permiten, como él, descubrir nuevos ángulos de visión para adentrarnos sin tapujos en la vida de los personajes y compartir sus emociones. En este trabajo sobre la Plaza de La Corredera, trata por igual el espacio y sus ocupantes, recorriendo con su cámara los pliegues de la epidermis de una arquitectura rendida al paso del tiempo: el suelo, la piedra de los muros, el óxido de las barandas, la persiana metálica que nunca más se abrirá, los restos de cal y pintura cuarteada de fachadas e interiores de las casas, el subsuelo como jeroglífico latente solamente comprensible a historiadores y arqueólogos, las vetustas maderas de los techos en los soportales, los andamios como huesos de un enorme cuerpo durmiente. También toma el pulso vital que late en la gente que transita, descansa, duerme y vive en su Plaza ajenos a los cambios de la modernidad, como si fuera el único territorio jamás conocido: la churrera, la familia gitana, el anticuario que sin rubor vende las imágenes de los antepasados de familias venidas a menos, el canastero que modela el mimbre con cariño, el librero que nos incita a “descubrir otras posibilidades” escondidas al franquismo en aquellos años en que estaba prohibida la lectura de cualquier título que hiciera pensar, la tendera que vende sus ultramarinos pesándolos en una báscula de apariencia decimonónica de la que no acabamos de fiarnos, los niños jugando a trabajar siempre alegres, la anciana que busca un poco de aire para proseguir su camino, y el sol, siempre arriba, duro y agotador, iluminando entre columnas a los personajes de un teatro de la vida al aire libre. La ropa colgada por doquier, el encaje, la sábana, las lonas como veleros al viento, y Julio Romero de Torres siempre presente entre bicicletas, vespas y guzzis. Y por supuesto, perros, pájaros y gatos por todos los rincones, controlados por el guarda de la Plaza, esa enorme grúa que desde cerca del cielo todo lo ve, mientras abajo los enormes paraguas preservan de las cuatro gotas que puedan caer en un año de sequía malhiriente. Podríamos tomar un café en El Sótano y descansar en La Paloma, pero aún es pronto; el reloj allá arriba, en el centro de la plaza marca sólo las once y cuarto, y queda mucho por hacer y por fotografiar. Y entonces, mi querido amigo Antonio, prepara su máquina y su mente mientras medita que a pesar de las miles de imágenes captadas en 12 años, su trabajo no ha terminado y debe seguir contándonos historias que suceden a diario en la mayor plaza cordobesa.

José F. Gálvez Miembro de la Sociedad de Historia de la Fotografía Española


Corredera una plaza y sus gentes

Para mí siempre es muy difícil contar mis pensamientos fotográficos mediante la escritura, la verdad, no es mi medio. Entonces siempre recurro a la misma coletilla, y esta es que me gusta empezar por el principio, y el principio es que Corredera “una plaza y sus gentes” es un proyecto fotográfico que vengo realizando desde Diciembre de 1989 y que a pesar de la publicación de este libro quizás nunca cese de hacer fotografías de la Corredera. Mi idea era recoger en un trabajo las obras de remodelación de esta plaza barroca rectangular y única en Andalucía por sus características. Fotografiar los cambios humanos y sociales que provocaría el plan especial de intervención diseñado por el Ayuntamiento de Córdoba y la Junta de Andalucía. Pero creo que ni yo ni nadie pensaba que esto iba a durar tanto. En algunas ocasiones mi interés se agotaba y he estado apunto de abandonar, pero el tiempo me hizo comprender que él era mi aliado y me permitió ver estos cambios y lo especial de este lugar y sus vecinos. A lo largo de la historia de la fotografía cientos de fotógrafos desde el nacimiento de la fotografía hasta nuestros días de cámaras digitales se han sentido atraídos por la belleza de esta plaza y la sencillez de sus gentes. Sería interminable nombrar a todos los que han pasado con sus cámaras por la Corredera, pero no me resisto a recordar las fotografías de los vascos Otero Y Aguirre, o las de los cordobeses Fragero o Almenara. Fotógrafos que reprodujeron en distintas épocas esa singularidad de la plaza y sus pobladores. Y usted lector se preguntará que cual es esa singularidad, le voy a poner un ejemplo, hoy día cuando viajamos a algún bello rincón del mundo y admiramos sus impresionantes monumentos, ya sea esta Santa Sofía en Estambul, las Pirámides de Gizeh, el palacio de la revolución en la Habana o sin movernos de Córdoba nuestra Mezquita, su entorno ha sido tomado por los comercios y servicios dedicados a los turistas, ya no existe una población que viva y haga vivir al lugar, todo es artificial. En la Corredera esta situación aún no se ha producido y mientras te paseas por la plaza tomando instantáneas a sus moradores estos siguen su ritmo de vida, un ritmo que aún no se ha contaminado del todo con el estrés del siglo XXI, con sus teléfonos móviles, con sus ropas de diseño o su afán consumista. Muchos de los habitantes de la Corredera se resisten a cambiar y prefieren un estilo de vida en el que es más importante pararse a charlar con el vecino sin mirar el atrasado reloj del mercado Sánchez Peña, vender los mismos botijos y sillas de anea que siempre vendieron sus padres y abuelos, salir al balcón a ver pasar el tiempo o ir a ver a su Virgen del Socorro. Esa autenticidad es lo que me atrae de la Corredera, yo por mi parte solo he intentado plasmarla en imágenes, a estos personajes y su cotidiano día a día con la paciencia de un coleccionista que no ha querido que se pierdan en las frágiles memorias humanas. Y así conservar para futuras generaciones como era la vieja plaza de la Corredera y sus habitantes. Antonio Jesús González.


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El autor Antonio Jesús González Pérez nace en Córdoba en Abril de 1968. Cursa estudios de fotografía en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos Mateo Inurria de Córdoba, formación que ha completado en diferentes cursos y master con destacados autores fotográficos.

Redactor Gráfico y responsable del Archivo de Diario Córdoba desde 1986 y corresponsal de la agencia Efe en Córdoba entre 1991 a 1994. Publica sus fotografías en la casi totalidad de la prensa diaria y semanal española.

A participado en distintos eventos fotográficos como conferenciante, comisario, ponente, moderador, profesor y jurado. Miembro del equipo Artesanos del Ruido, socio fundador de la Asociación fotográfica cordobesa (Afoco) y socio de la empresa de gestión cultural I+GEN.

Investigador y estudioso de la historia de la fotografía cordobesa y andaluza. Ha escrito los libros La Mezquita de plata, un siglo de fotografías y fotógrafos de Córdoba (1840-1939) y Córdoba siglo XX, Noticias, prensa y fotoperiodismo en Córdoba. Además de su labor periodística realiza paralelamente una obra personal con la que publica en las revistas especializadas, libros, Cdrom´s, páginas Web, catálogos, carteles y todo tipo de publicaciones, destacando sus libros: Corredera, una plaza y sus gentes, Fiestas de Guardar y Entre dos luces.

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Su trabajo es reconocido en distintos concursos y premios nacionales. Sus obras se encuentran en importantes fototecas, colecciones y museos españoles y europeos. Así mismo realiza exposiciones individuales y colectivas es África, Europa y América.


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Corredera una plaza y sus gentes  

Libro de fotografías sobre la transformación urbanística y social de la plaza de la Corredera de Córdoba España

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