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Testo originale in spagnolo Señoras y señores, buenas tardes. En primer lugar quiero dar las gracias al presidente de la Fundación por el libro, Rolando Pichioni, al director del Salón del Libro, Ernesto Ferrero, y a los miembros del Consejo de Dirección de la Fundación por haber propuesto mi nombre para este premio en la terna de los escritores finalistas. Y por supuesto quiero dar las gracias a los visitantes del Salón del Libro, por haberme votado. Es verdad que cualquier premio es un regalo imprevisto, que obliga a la gratitud, pero un premio concedido a toda la obra de un escritor por los lectores -que son quienes dan vida a los libros, recreándolos en su imaginación- es, para mí, el mejor premio posible, y un honor al que sólo puedo intentar corresponder escribiendo los mejores libros de los que soy capaz. Por lo menos me comprometo a seguir intentándolo. Y, puestos a dar las gracias, permítanme dárselas hoy también a una persona a quien aprecio mucho. Me refiero a Luigi Brioschi, que fue mi primer editor extranjero –de hecho, adquirió los derechos de traducción de mi primera novela traducida a otros idiomas cuando ni siquiera se había publicado en español-, y que ha publicado ya la mayoría de mis libros. Luigi personifica, para mí, lo mejor de este país, aquellos valores por los que tantos italianos han sido tantos años un modelo para tantos de nosotros: la inteligencia, la cultura, la finezza, el compromiso cívico y la honestidad personal. También la alegría. Porque debo decirles que, en mi vida, Italia ha sido siempre un sinónimo de alegría, desde el primer día hasta este último. El primer día fue hace muchos años, exactamente el dieciséis de junio de 1977, exactamente el día posterior a las primeras elecciones generales


libres en mi país después de cuarenta años de franquismo. Por entonces yo tenía quince años y no viajaba por primera vez a Italia para participar en un acontecimiento político sino en un acontecimiento deportivo: un torneo de balonmano que se celebraba en Rímini, la ciudad de Federico Fellini. Y precisamente allí (allí o en alguna otra ciudad pero en todo caso durante aquel viaje) ocurrió una cosa que parece salida de un film de Fellini, pongamos por caso Amarcord. Mi equipo estaba formado por jóvenes mayores que yo –la mayoría tenía diecisiete o dieciocho años-, y una noche fuimos juntos a un espectáculo de striptease. Créanme: me siento incapaz de explicar ahora mismo qué significa esto para un chaval de quince años que ha vivido siempre bajo una dictadura católica como la franquista; sólo puedo decir que aquella fue una de las experiencias más intensas de mi vida, que durante varios días me dolieron las manos de tanto aplaudir a una de las chicas que actuaron aquella noche y que durante meses no pasó un solo día sin que pensase en ella. Aquella experiencia inolvidable fue, insisto, mi primera experiencia personal de Italia; y esta de hoy la última: francamente, no creo que pueda pedir más. A continuación, tal y como acordamos con Ernesto Ferrero, me gustaría leerles un texto, quizá un tanto programático, que surge de mi interés por la historia, un interés que es tan antiguo como mi afición por la lectura pero que, al menos de forma explícita, sólo se ha reflejado en mis últimos libros. El texto se titula:

LA REVISIÓN DE LA REVISIÓN En su monumental Posguerra cuenta el historiador Tony Judt un chiste de la época soviética. Un oyente llama a Radio Armenia preguntando si es posible predecir el futuro. “Sí, no hay problema: sabemos exactamente


cómo será el futuro”, le contestan. “Nuestro problema es el pasado, que siempre está cambiando”. La humorada describe el alegre desparpajo con que las sucesivas administraciones comunistas manipulaban salvajemente la historia, extirpando cuanto no interesaba a la perduración de la dictadura, y así los adversarios de Stalin fueron no solo eliminados físicamente, sino también borrados de las fotografías en que aparecían junto a Lenin o el propio Stalin. El Poder quizá no lea de verdad a los poetas, pero lo que sabe muy bien es que, como dice el verso de T. S. Eliot, el tiempo futuro está contenido en el tiempo pasado, de forma que la única manera de dominar el futuro es dominar también el pasado; de ahí que el Poder quiera siempre legislar sobre la historia, imponer una lectura de la misma y, en el más delirante o megalómano de los casos, abolirla: en el fondo de todo tirano alienta el deseo de convertirse en aquel emperador chino llamado Shih Huang Ti, quien, según cuenta Borges, dispuso que se quemaran todos los libros con el fin de abolir el pasado y conseguir que la historia empezara con él. Pero el chiste de Judt contiene también una verdad menos aparatosa, aunque no menos evidente. Es cierto que el pasado es casi el único tiempo que posee consistencia real, porque el presente apenas existe –basta mencionarlo para que desaparezca- y porque el futuro es mera conjetura y, cuando deja de serlo, se convierte en presente fugacísimo y luego para siempre en pasado. No es cierto, sin embargo, que el pasado sea algo que permanezca inmóvil, siempre idéntico a sí mismo, invulnerable al paso del tiempo: el pasado está siempre aquí, integrado en el presente, operando sobre todos, porque es la materia de la que estamos hechos y porque de algún modo somos, también, lo que hemos sido; pero, igualmente, porque el presente altera el pasado: porque aquél nos obliga a interpretar éste de un modo distinto. En el ámbito del arte el hecho es clarísimo. Fue precisamente Eliot quien argumentó que las grandes obras no son solo las


que determinan el futuro, sino las que reordenan la tradición, obligándonos a leerla a una luz nueva, y así Kafka altera nuestra percepción de Conrad o Melville, y Picasso exige mirar de otra forma a Velázquez, igual que Bergman o Fellini fueron cineastas distintos tras algunos films de Woody Allen o que el Quijote no significa las mismas cosas después de leer a Joyce o a Borges. Se dirá que las obras de Fellini o Conrad o Melville o Velázquez o Cervantes no cambian con el tiempo; falso: no es solo que a veces las obras del pasado cambien materialmente, porque podemos reconstruirlas con mayor exactitud; es que siempre cambia nuestra percepción de ellas y, dado que en más de un sentido importante las obras de arte sólo existen en la medida en que alguien las percibe –en la medida en que alguien las ve o las oye o las mira-, son ellas mismas las que cambian, y por eso el Quijote que leyeron los contemporáneos de Cervantes, un libro “de burlas” protagonizado por un personaje risible, no es el mismo que el Quijote protagonizado por el heroico “rey de los hidalgos, señor de los tristes” del poema de Rubén Darío, que es el que todos hemos leído a partir del romanticismo Algo semejante ocurre con la historia. No estoy diciendo que los hechos no son lo que son sino lo que recordamos que son; no: los hechos son lo que son, inapelablemente, y de ahí que la expresión “memoria histórica”, tan usada desde hace un tiempo en mi país, sea absurda o entrañe un oxímoron, pues la memoria es personal e inevitablemente subjetiva, mientras que la historia es colectiva y debe aspirar a ser objetiva. Ni siquiera estoy hablando de la evidencia de que las investigaciones de los historiadores exhuman aspectos desconocidos del pasado, que lo completan y modifican. Lo que digo es que el presente nos obliga a interpretar el pasado de una forma nueva: que, digamos, la historia del siglo XX no es la misma después de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York o después de la caída del Muro de Berlín. Dicho esto, para quienes


profesamos la pasión de la historia no deja de ser desconcertante que el peor calificativo que desde hace años pueda infligirse a un historiador sea el de revisionista, siendo así que la primera obligación de un historiador consiste precisamente en revisar la historia, en cuestionar las certezas comúnmente aceptadas y, por lo tanto, en proponer una interpretación del pasado acorde con los conocimientos y las experiencias del presente. Otra cosa es lo que perpetran por ejemplo en España algunos historiadores de mentira que, de un tiempo a esta parte, publican con éxito versiones actualizadas de los infundios de la propaganda franquista; o lo de quienes, digamos, aseguran que Auswitz fue en realidad un balneario. Eso no debería conocerse como revisionismo; debería conocerse como lo que es: tergiversación o mentira o, si preferimos ser generosos, simple ignorancia. Pero que por temor a ser confinados en las letrinas del llamado revisionismo haya historiadores que eludan la realidad o se muerdan la lengua o renuncien al valiente riesgo de la interpretación y se resignen a la docilidad pusilánime de la ortodoxia académica o ideológica sería una catástrofe con la que nadie saldría ganando, salvo quienes mienten, tergiversan e ignoran. Al fin y al cabo, el oficio de historiador no consiste sólo en contar la historia, sino también –lo que en el fondo es lo mismo- en revisar cómo se ha contado la historia, y en revisar la revisión y la revisión de la revisión y la revisión de la revisión de la revisión, y así hasta el infinito. Vistas las cosas desde esta perspectiva, habrá que concluir que el calificativo revisionista, aplicado a los historiadores, es casi pleonástico. Vistas así las cosas, el revisionismo es únicamente aquello que practican los historiadores de verdad.


Traduzione in italiano Signori e signore, buonasera. Vorrei in primo luogo ringraziare il presidente della Fondazione per il libro, Rolando Picchioni, il direttore del Salone del Libro, Ernesto Ferrero, e i membri del Consiglio Direttivo della Fondazione per aver incluso il mio nome nella terna degli scrittori finalisti per questo premio. Un doveroso ringraziamento anche ai visitatori del Salone del Libro per avermi votato. Se è vero che ogni premio rappresenta un regalo imprevisto che obbliga alla gratitudine, un premio riconosciuto all’intero corpus di opere di uno scrittore da parte dei lettori –che sono coloro i quali danno vita ai libri, ricreandoli nella propria immaginazione- è, per me, il miglior premio possibile, e un onore cui posso tentare di contraccambiare solo scrivendo i migliori libri di cui sono capace. O, quanto meno, mi impegnerò a cercare di continuare a farlo. Permettetemi ancora di ringraziare una persona che stimo molto. Mi riferisco a Luigi Brioschi, che è stato il mio primo editore straniero –di fatto, acquisì i diritti di traduzione del mio primo romanzo tradotto in altre lingue quando ancora non era stato pubblicato nemmeno in spagnolo-, e che ha pubblicato la maggior parte dei miei libri. Luigi personifica, per me, il meglio di questo paese, quei valori per i quali tanti italiani sono stati per numerosi anni un modello per molti di noi: l’intelligenza, la cultura, la finezza (in italiano nel testo, ndt), l’impegno civico e l’onestà personale. Anche l’allegria. Perché devo ammettere che, nella mia vita, l’Italia è sempre stata sinonimo di allegria, dal primo all’ultimo giorno, vale a dire oggi. Il primo giorno invece risale a tanti anni fa, esattamente il sedici giugno del 1977, esattamente il giorno successivo alle prime elezioni generali libere del mio paese dopo quarant’anni di franchismo. Allora


avevo quindici anni e, per la prima volta, non venivo in Italia per partecipare a un evento politico bensì a uno sportivo: un torneo di pallamano che si teneva a Rimini, la città di Federico Fellini. E proprio lì (o in qualche altra città, ma comunque durante quel viaggio) successe un fatto che sembra uscito da un film dello stesso Fellini, potrebbe essere Amarcord. La mia squadra era formata da ragazzi più grandi di me –la maggior parte aveva diciassette o diciotto anni-, e una sera ce ne andammo tutti insieme a vedere uno spettacolo di striptease. Credetemi: ancora oggi non sono in grado di spiegare il significato di una cosa simile per un ragazzino di quindici anni che ha sempre vissuto sotto una dittatura cattolica come quella franchista; posso soltanto dirvi che quella è stata una delle esperienze più intense della mia vita, e che per vari giorni mi fecero male le mani per quanto avevo applaudito una delle ragazze dello spettacolo di quella sera, e che per vari mesi non passò un solo giorno senza che tornassi a pensare a lei. Quella vicenda indimenticabile fu, insisto, la mia prima esperienza di tipo personale in Italia; e quella di oggi, per il momento, l’ultima: francamente, non credo di poter chiedere di più. A questo punto, come d’accordo con Ernesto Ferrero, mi piacerebbe leggervi un testo, forse un poco programmatico, che nasce dal mio interesse per la storia, un interesse tanto antico quanto la mia predilezione per la lettura ma che è emerso, almeno in modo esplicito, solo nei miei ultimi libri. Il testo si intitola: LA REVISIONE DELLA REVISIONE Nel suo monumentale Dopoguerra lo storico Tony Judt narra una barzelletta dell’epoca sovietica. Un ascoltatore chiama Radio Armenia chiedendo se è possibile predire il futuro. “Sì, non c’è problema: sappiamo esattamente come sarà il futuro”, gli rispondono. “Il nostro problema è il


passato, che sta cambiando in continuazione”. La battuta descrive l’allegra disinvoltura

con

cui

le

successive

amministrazioni

comuniste

manipolavano selvaggiamente la storia, estirpando quanto non interessava a far sì che la dittatura perdurasse, tanto che gli avversari di Stalin vennero non solo eliminati fisicamente, ma anche cancellati dalle fotografie in cui comparivano accanto a Lenin o allo stesso Stalin. Il Potere forse non legge davvero i poeti, ma ciò che sa bene è che, come dice il verso di T. S. Eliot, il tempo futuro è contenuto nel tempo passato, tanto che l’unico modo per dominare il futuro è dominare anche il passato; ecco quindi che il Potere ambisce sempre a legiferare sulla storia, a imporre una lettura della stessa e, nel più delirante o megalomane dei casi, ad abolirla: nel profondo di ogni tiranno abita il desiderio di diventare come quell’imperatore cinese di nome Shih Huang Ti, il quale, secondo quanto narrato da Borges, ordinò che venissero bruciati tutti i libri al fine di abolire il passato e fare in modo che la storia iniziasse con lui. Ma la barzelletta di Judt contiene inoltre una verità di impatto minore, anche se non meno evidente. È vero che il passato è quasi l’unico tempo dotato di consistenza reale, perché il presente appena esiste –basta menzionarlo che è già scomparso- e perché il futuro è mera congettura e, quando smette di esserlo, si trasforma in un presente molto fugace e, in seguito, per sempre in passato. Non è vero, tuttavia, che il passato è qualcosa che rimane immobile, sempre identico a se stesso, invulnerabile al passare del tempo: il passato è sempre qui, integrato nel presente, esercitando la sua influenza su tutti noi, perché è la materia di cui siamo fatti e perché in qualche modo siamo, anche, ciò che siamo stati; e, allo stesso tempo, perché il presente altera il passato: perché il primo ci obbliga a interpretare il secondo in maniera differente. In ambito artistico questo fatto è chiarissimo. Fu lo stesso Eliot ad argomentare che le grandi opere non sono solo quelle che determinano il futuro, bensì quelle che riordinano


la tradizione, costringendoci a leggerla sotto una nuova luce. Così per esempio Kafka altera la nostra percezione di Conrad o Melville, e Picasso costringe a guardare con occhi diversi Velázquez, così come Bergman o Fellini sono stati cineasti diversi in seguito ad alcuni film di Woody Allen o come il Chisciotte non ha lo stesso significato dopo aver letto Joyce o Borges. Mi si dirà che le opere di Fellini o Conrad o Melville o Velázquez o Cervantes non cambiano con il tempo. Falso: in alcuni casi non è solo materialmente che cambiano le opere del passato, grazie al fatto che siamo in grado di ricostruirle con maggior esattezza; è che a cambiare è sempre la percezione che noi ne abbiamo e, visto che sotto vari aspetti importanti le opere d’arte esistono solo nella misura in cui qualcuno le percepisce –nella misura in cui qualcuno le vede o le ascolta o le osserva-, sono esse stesse a cambiare, e per questo il Chisciotte letto dai contemporanei di Cervantes, un libro “di burla” con un personaggio risibile come protagonista, non è la stessa cosa del Chisciotte con l’eroico “re dei nobili cavalieri, signore dei tristi” del poema di Rubén Darío, che tutti abbiamo letto a partire dal romanticismo Qualcosa di simile accade con la storia. Non sto dicendo che i fatti non siano quello che sono bensì quello che ricordiamo siano; no: i fatti sono quello che sono, in maniera inappellabile, e da qui che l’espressione “memoria storica”, tanto usata nel mio Paese negli ultimi tempi, risulti assurda o implichi quanto meno un ossimoro, in quanto la memoria è personale e inevitabilmente soggettiva, mentre la storia è collettiva e deve aspirare a essere oggettiva. Non sto parlando neppure dell’evidenza del fatto che le ricerche degli storici riesumano aspetti sconosciuti del passato, che lo completano e lo modificano, dico soltanto che il presente ci obbliga a interpretare il passato in modo nuovo: che, per esempio, la storia del XX secolo non è la stessa dopo gli attentati dell’11 settembre a New York o dopo la caduta del Muro di Berlino. Detto ciò, per tutti noi che professiamo


la passione per la storia non può che risultare sconcertante che il peggior appellativo che da qualche anno a questa parte possa essere affibbiato a uno storico sia quello di revisionista, in quanto il primo obbligo di uno storico consiste precisamente nel revisionare la storia, mettendo in discussione certezze

comunemente

accettate

e,

per

tanto,

proponendo

un’interpretazione del passato basata sulle conoscenze e sulle esperienze del presente. Diverso è quanto viene perpetrato, per esempio in Spagna, da alcuni storici presunti che, ultimamente, stanno pubblicando con successo versioni attualizzate delle falsità propinate dalla propaganda franchista; o l’assicurare da parte di altri che Auswitz sia stato in realtà uno stabilimento termale. Tutto ciò non andrebbe etichettato come revisionismo, dovrebbe essere conosciuto per quello che è: distorsione o menzogna o, se preferiamo essere generosi, semplice ignoranza. Ma che per la paura di rimanere confinati nelle latrine del cosiddetto revisionismo ci siano storici che eludano la realtà, si mordano la lingua o rinuncino al coraggioso rischio dell’interpretazione e si rassegnino alla docilità pusillanime dell’ortodossia accademica o ideologica sarebbe una catastrofe dalla quale nessuno uscirebbe vincitore, salvo chi mente, travisa e ignora. In fin dei conti, il mestiere dello storico non consiste soltanto nel raccontare la storia, bensì anche –e in fondo è la stessa cosa- nel revisionare come è stata raccontata la storia, e nel revisionare la revisione e la revisione della revisione e la revisione della revisione della revisione, e avanti così fino all’infinito. Viste le cose da questa prospettiva, bisognerà concludere che l’appellativo revisionista, riferito agli storici, è quasi pleonastico. Da questa prospettiva, il revisionismo risulta essere unicamente quello praticato dagli storici non presunti.


La revisione della revisione. Intervento di Javier Cercas a Grinzane Cavour  

In spagnolo e in italiano l'intervento di Javier Cercas a Grinzane Cavour in occasione del conferimento del Premio Salone del Libro 2011

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