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(por decirle a un policía municipal de Sant Boi que le apestaba «el alientazo a carajillo», justo antes de que me sacudiese un cómico sopapo que me mandó a las gomas de una obra y de rebote a él, estilo Wrestling); múltiples falsificaciones de recetas para conseguir anfetamina en farmacias del Baix Llobregat (nunca nos pillaron); y varios hurtos menores en supermercados, disquerías y quioscos (también nos fuimos de rositas de esto). Oh: olvidaba el botellazo de champán que le sacudí en la cocorota, algo fallidamente,* a aquel yonqui que quería atracarnos. Lucky Luciano o Mickey Cohen no fui, en cualquier caso; eso ha quedado claro. Mi único arresto largo fue de 20 días, y tuvo lugar durante el servicio militar, en 1990. Habíamos (unos cuantos barandas y yo) robado la hoja de permisos, y nos pillaron alterando con típex los fines de semana libres para poder regresar mamados al cuartel a la hora que nos placiese. Menudo genio del mal, ¿eh? De acuerdo, algunos amigos míos terminaron en el hospital por peleas entre skinheads (yo mismo me cagué —literalmente— en los pantalones en una de ellas; otro día se lo cuento)** pero, aunque la sangre sí llegó al río, no se trataba de un río proceloso teñido de hemoglobina propia o enemiga, como el Tíber romano. Fue más bien un charco de sangre, bien lavable con mopa. Un suspiro de violencia callejera juvenil que luego pasó, dejándome con ambas nalgas firmemente aposentadas en mi chaise longue para vivir una existencia más plácida que tormentosa en el lado oeste de esta Barcelona domesticada (si no contamos la patibularia omnipresencia de los viles Mossos d’Esquadra). Asimismo, algunos de nosotros todavía nos reconocemos en Edward Bunker. Por mucho que no hayamos alcanzado a sufrir *  La botella no se rompió, y eso que le aticé duro dos veces. **  No, creo que no se lo voy a contar, después de todo.

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LA EDUCACIÓN DE UN LADRÓN (Edward Bunker)  

Prólogo de Kiko Amat y primer capítulo

LA EDUCACIÓN DE UN LADRÓN (Edward Bunker)  

Prólogo de Kiko Amat y primer capítulo