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problemático que acabaría mal. Me hice ladrón. Un chico cuyo rostro y nombre olvidé hace tiempo me llevaba a patrullar los demás dormitorios de madrugada, aún a oscuras, y allí registraba los bolsillos de los pantalones colgados de los ganchos o que se habían dejado sobre los respaldos de las sillas. Cuando alguien se movía, nos quedábamos inmóviles y el corazón nos latía desenfrenadamente. El techo de los cubículos nos tocaba el hombro, así que bajábamos la cabeza y nadie nos veía. Una vez tuvimos que echar a correr porque un chico se despertó y nos plantó cara: «Eh, ¿qué estáis haciendo?». Mientras nos escabullíamos, el chico gritó: «¡Ladrones, ladrones!»; fue una gran descarga de adrenalina. Una noche, unos cuantos nos escapamos del dormitorio y fuimos a la enorme cocina. Allí, con un cuchillo de carnicero, forzamos el cierre de la cámara frigorífica. Birlamos todas las galletas y los helados. Poco después del toque de diana, nos apresaron. Injustamente, fui declarado cabecilla del grupo y castigado en consecuencia. A partir de entonces, también fui elegido para recibir tratamiento especial por parte de los oficiales de los cadetes. Mis contados amigos eran otros inútiles y alborotadores. En Page, el único talento positivo que descubrí en mí fue que deletreaba mejor que nadie. Incluso en el caos de los primeros años de mi vida, había aprendido a conciencia las sílabas y la fonética y recordaba muchas de las excepciones a las reglas. Y, aunque esto parezca una trivialidad, el hecho de saber cómo se pronunciaba cada palabra me permitió leer con precocidad y, muy pronto, con voracidad. Los viernes por la tarde, la mayoría de los cadetes se iban a casa a pasar el fin de semana. Yo iba a ver a mi padre un fin de semana y a mi madre el siguiente. En esa época, ella trabajaba de camarera en una cafetería. Los domingos por la mañana, acostumbraba a hacer lo mismo que la mayor parte de los niños de mi época: iba

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LA EDUCACIÓN DE UN LADRÓN (Edward Bunker)  

Prólogo de Kiko Amat y primer capítulo

LA EDUCACIÓN DE UN LADRÓN (Edward Bunker)  

Prólogo de Kiko Amat y primer capítulo